los tres cosmonautas

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Cuentos con Valores - Historias con valores
LOS TRES COSMONAUTAS
CategorÃ-a : CUENTOS 5
Publicado por Admin el 15/7/2015
LOS TRES COSMONAUTAS
Valor: No violencia-hermandad-respeto
Edad sugerida: 9 años en adelante
HabÃ-a una vez en la Tierra.
Y habÃ-a una vez en Marte.
Estaban muy lejos el uno de la otra, en medio del cielo y alrededor habÃ-a millones de
planetas y
Un buen dÃ-a partieron de la Tierra, desde tres puntos distintos, tres cohetes. En el primero iba un
norteamericano, que silbaba muy alegre un motivo de jazz. En el segundo iba un ruso, que cantaba
con voz profunda: “Volga, Volga―.
En el tercero iba un negro que sonreÃ-a feliz, con dientes muy blancos en su cara negra.
Los tres querÃ-an llegar primero a Marte para demostrar quien era el más valiente. El
norteamericano, en efecto, no querÃ-a al ruso, y el ruso no querÃ-a al norteamericano, y todo era
peor cuando el norteamericano para decir buen dÃ-a, decÃ-a: “How do you do―, y el ruso
decÃ-a: “..….bciyutge― por eso no se comprendÃ-an y se creÃ-an distintos.
De hecho los tres eran muy valientes, llegaron a Marte casi al mismo tiempo.
Llegó la noche. HabÃ-a en torno a ellos un extraño silencio, y la Tierra brillaba como si fuese
una estrella lejana. Los cosmonautas se sentÃ-an tristes y perdidos, y el americano, en la oscuridad,
llamó a la mamá.
Dijo: “Mamie―.
Y el ruso dijo: “Mamá―.
Y el negro dijo: “Mbamba―.
Pero enseguida comprendieron que estaban diciendo lo mismo y que tenÃ-an los mismos
sentimientos. Fue asÃ- que se sonrieron, se acercaron, juntos encendieron un buen fueguito, y cada
uno cantó canciones de su paÃ-s. Entonces se armaron de coraje y mientras esperaban el
amanecer, aprendieron a conocerse.
Por fin se hizo de dÃ-a, hacÃ-a mucho frÃ-o. Y de repente, de un grupito de árboles salió un
marciano. Era todo verde, tenÃ-a dos antenas en lugar de las orejas, una trompa y seis brazos.
Los miró y dijo: “¡Grrrrrr!― En su idioma querÃ-a decir: ¡Mamita querida! ¿Quiénes
son esos seres tan horribles? Pero los terrestres no lo comprendÃ-an y creyeron que su grito era un
rugido de guerra. Fue asÃ- como decidieron espantarlo.
Pero de pronto, en el enorme frÃ-o del amanecer, un pajarito marciano, que evidentemente se
habÃ-a escapado del nido, cayó al suelo temblando de frÃ-o y miedo. Piaba desesperado, más o
menos como un pajarito terrestre. Daba realmente pena. El norteamericano, el ruso y el negro lo
miraron y no pudieron contener una lágrima de compasión.
En ese momento sucedió algo extraño. También el marciano se acercó al pajarito, lo miró
y dejó escapar dos hebras de humo de su trompa. Y los terrestres, de golpe, comprendieron que el
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marciano estaba llorando. A su modo, como lloran los marcianos. Después vieron que se inclinaba
hacia el pajarito y lo alzaba entre sus seis brazos tratando de darle calor.
El negro dijo a sus dos amigos terrestres:
“¿Se dieron cuenta? CreÃ-amos que este marcianito era distinto de nosotros, pero
también ama a los animales, sabe conmoverse, ¡tiene un corazón y seguramente un
cerebro!―.
“¿Creen todavÃ-a que hay que espantarlo?―.
No era necesario hacerse esa pregunta. Los terrestres ya habÃ-an aprendido la lección. Que
dos personas sean distintas no significa que deban ser enemigos.
Por lo tanto se acercaron al marcianito y le tendieron la mano. Y él, que tenÃ-a seis, le dio la
mano a los tres a un mismo tiempo, mientras que con las que le quedaban libres hacÃ-a gestos de
saludos.
Y señalando la Tierra, distante en el cielo, hizo entender que deseaba viajar allá, para
conocer a los otros habitantes y estudiar con ellos la forma de fundar una gran república espacial
en la que todos se amaran y estuvieran de acuerdo.
Los terrestres dijeron que sÃ- entusiasmados. Y para festejar el acontecimiento le ofrecieron un
bomboncito. El marciano muy contento, lo tocó con su dedito de luz que lo hizo desaparecer, era su
forma de saborearlo. Pero ya los terrestres sonrientes no se escandalizaban más.
HabÃ-an aprendido que tanto en la Tierra como en los otros planetas, cada uno tiene sus
propias costumbres, pero que es solo cuestión de comprenderse los unos a los otros.
Y Colo… Colo… ColorÃ-n Colorado… este cuento ha finalizado.
De Humberto Ecco.
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