Los dibujos de Günter Grass - Revista de la Universidad de México

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Entre la pluma
y el pincel
Los dibujos de Günter Grass
M a r i c a rmen Fernández Chapou
Los versos y los dibujos de Günter Grass se alimentan
de una misma tinta. Mientras el narrador escribe a mano,
en las hojas de un cuaderno, novelas, dramas, poemas
y ensayos, de vez en cuando va haciendo trazos que se
convertirán en grabados, litografías y acuarelas. Una
exposición de sus ilustraciones sobre los cuentos del escritor Hans Christian Andersen, que se presenta por estos
días en la casa museo Wolfgang Koeppen de Greifswald,
Alemania, exhibe la faceta menos conocida del escritor:
la de artista plástico.
Grass concibió la idea de ilustrar un libro de cuentos
de Andersen después de que le pidieran diez litografías
para una carpeta que formaría parte de la conmemora-
ción del segundo centenario del nacimiento del escritor
danés, que se celebró el pasado 2 de abril.
Las litografías empezaron a ser cada vez más —explicó el
escritor. Del placer del trabajo surgió la idea editorial de
hacer una selección de cuentos conocidos y menos conocidos, y dedicarla a mis hijos y nietos.
El libro fue publicado por la editorial alemana Steidl
el año pasado, bajo el título de La sombra. Los cuentos de
Hans Christian Andersen vistos por Günter Gra s s, y acaba
de ser distinguido con el Premio Andersen en el rubro de
ilustración, el más importante en el campo de la literatura infantil.
A diferencia de muchos de los ilustradores de las
obras del autor de La sirenita en el siglo XIX, el Nobel de
Literatura 1999 muestra también los aspectos crueles
de los cuentos que ilustra. Esto no es de extrañar, pues la
c ru d eza con la que dibuja aspectos de la realidad —y
de la fantasía— ha sido una constante en su vasta producción plástica.
Grass no sólo es un escritor que también dibuja, sino
un artista polifacético que se expresa por cuantos caminos tiene a su alcance. Dice:
La obra gráfica corre paralela a la prosa. Son mundos artísticos distintos que responden a criterios estéticos. En
algunos casos mis dibujos reflejan acontecimientos de la
vida, como aquellos seis meses que pasé en Calcuta, cuando sólo pude pintar. No podía expresarme de otra manera: los hombres viviendo de la basura, en la basura de la
sociedad, convertidos ellos mismos en basura. Los trazos
surgen de un universo de imaginación y fantasía.
En el taller de grabado de Anselm Dreher, Berlín, 1977
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ENTRE LA PLUMA Y EL PINCEL
No es la primera vez que Grass alterna las letras con la
pintura y el dibujo. Ya en Hallazgos para no lectores ilustraba con acuarelas su poesía y anotaciones literarias; en
su obra autobiográfica Mi siglo, se inscriben con pincel
sobre fondo húmedo poemas y otros textos. Asim i s m o ,
al tiempo que escribió su libro A paso de cangre j o, el
Nobel evadía el cansancio literario trabajando con la arcilla y el pincel. El resultado de aquellas horas de ocio
creativo fue el volumen Cinco decenios, una especie de
autobiografía que recopila medio siglo de actividad cre adora y que, ilustrado con dibujos, fotografías y poemas
que hasta entonces había guardado en los cajones, exhibe las facetas del autor no sólo como dibujante y poeta,
sino también como escultor.
Para el autor de El tambor de hojalata cambiar la
pluma por el pincel o el color por la arcilla es la mejor
fórmula contra el aburrimiento:
En octubre del año pasado cumplí setenta y siete años y
veo que la mayoría de la gente de mi edad ya está jubilada. En mi profesión no existe la jubilación, pero aun así
hay que evitar a toda costa caer en el peligro de la repetición. Para evadir este riesgo, a veces dejo la literatura y
opto por la arcilla y la litografía.
La afición de Günter Grass por el trabajo en piedra
y por el dibujo viene de tiempo atrás. A pesar de ser hijo
de una familia de escasos recursos, su infancia transcurrió plácidamente hasta el estallido de la Segunda Guerra
Mundial. A los diecisiete años fue reclutado por las juventudes hitlerianas como artillero de tanques; en 1945
fue herido en una de las batallas del frente oriental, cerca de Berlín, y hecho prisionero por las tropas estadounidenses. Cuando fue liberado, en 1946, comenzó
a trabajar en las minas de potasa y más tarde aprendió el
oficio de picapedre ro en Düsseldorf. En esta última ciudad descubrió su apego al arte. Cuenta:
La irreflexión de mis diecinueve años hizo posible que en
el invierno de 1946 apostara todo a una carta; sería escultor, pero la Academia de Bellas Artes de Düsseldorf-Rath
había cerrado por falta de carbón. De modo que decidí
formarme como cantero y tallista en dos empresas de
l ápidas sepulcrales. Con mis trabajos en piedra arenisca,
mármol y caliza, que han desaparecido, y dibujos de ancianos hechos en el asilo de Cáritas de Düsseldorf-Rath, en
donde pasaba las noches en un dormitorio de diez camas,
Günter Grass, manuscrito del poema Tal como me veo, Wewelsfleth, 1974
conseguí que me admitieran en la Academia para el semestre del invierno de 1948.
Así, para 1949 ya estaba inscrito en la Academia
de Bellas Artes, donde sería discípulo de artistas como
Ewald Mataré y Otto Pankok, este último un personaje que, a decir de Grass, “con su postura política consecuente —Pankok era claramente pacifista hasta en sus
grabados en madera— me marcó más de lo que entonces quería admitir”. En 1955, cuatro años antes de publicar El tambor de hojalata, Grass presentó su primera
exposición.
Motivado por los sucesos históricos de su entorno,
se empeñó en lograr una formación literaria a pesar de
que no terminó el bachillerato. Su obsesión por documentar la realidad a través de la literatura lo llevó a cre a r
Según Grass, los creadores no son portadores de
moral sino voces que se levantan contra el silencio.
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Mi vuelta al color pudo darse en cierto modo
gracias al ataque furibundo
de la crítica alemana contra mi novela.
notables obras épicas y, años más tarde, a recibir doctorados honoris causa y diversos premios, el más import a nte, el Nobel en 1999.
A pesar de su éxito literario, que despuntó con la publicación de El tambor de hojalata en 1959, nunca abandonó su pasión por las artes plásticas, su primera profesión. Pronto comenzó a plasmar en piedra y papel las
imágenes que se escapaban de sus letras: la naturaleza, con su rica variedad de árboles y setas; el universo
animal, con su serie de pescados, caracoles, gallinas, anguilas, rodaballos, ratas y sapos, algunos de los cuales
también son motivo de sus cuentos; el mundo de los
objetos cotidianos, entre ellos los símbolos como la hoz
y el martillo; sus personajes favoritos, como las monj a s ,
los cocineros, los espantapájaros y él mismo, en una serie de autorretratos. Todas estas imágenes guiadas por
sus preocupaciones filosóficas en torno al ser humano
y sus deseos de ejercer el poder, el erotismo o los vericuetos de la historia.
Günter Grass, boceto para el grabado Yo con mosca, Wewelsfleth, 1979
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Cuando era joven —asegura Grass— tuve que aceptar
que no había más remedio que escribir sobre el nazismo,
sobre la guerra. Los temas se van imponiendo como una
avalancha de piedras que uno no puede evitar. La realidad
nos brinda continuamente situaciones que son risibles
pero al mismo tiempo horribles; de hecho nos provoca
una risa que se queda atascada en la garganta. Por eso cada
vez que concluyo mis manuscritos siento una urgente necesidad de cambiar de herramienta, y entonces opto por
la figura de arcilla. A veces, para una mayor catarsis, elijo
un tema alegre, como el de unas parejas bailando. Después
hago litografías, dibujos, poemas.
Inspirado por Goya, Durero y Rembrandt, el artista no puede evitar trazar en sus grafías su visión crítica
del mundo. Las series Los caprichos y Los desastres de la
guerra de Goya, con un fuerte trasfondo político, son
para Grass “la vara de medir mi propio arte”, ya que el
novelista ha procurado la combinación del realismo ab-
Günter Grass, litografía Menú, 2000
ENTRE LA PLUMA Y EL PINCEL
Manuscrito de Es cuento largo, Behlendorf, 1993
solutamente drástico con la re p resentación de lo fantástico. Para Günter Grass el papel del narrador es escribir
contra el tiempo que pasa.
Porque el proceso de reprimir los recuerdos y olvidar es un
proceso que se acelera cada vez más. Desde ese punto de
vista soy un poco anticuado; pienso que solamente con los
conocimientos del pasado podemos enfrentarnos bien al
futuro. Y eso me parece una condición sin precedentes para la creación. De hecho el curso de escribir, de dibujar, de
crear, surge de la pérdida. A mí me parece que para atacar
el olvido hace falta escribir y dibujar obsesivamente.
Y agrega:
El proceso de la escritura y del dibujo da la posibilidad de aletargar el paso de los años, de dar marcha atrás
y re c rear la quietud del tiempo. La literatura y la pintura, ya no digamos la escultura, hacen posible que el pa-
Manuscrito de Es cuento largo, Behlendorf, 1993
sado lo podamos vivir como si fuera presente. Por eso
s i e m p re vuelvo a la gráfica. Y al igual que atrapar la re alidad en cuadernos y lienzos, es importante mirar hacia
el ámbito fantástico, porque mientras más fantástica sea
la creación más relación conserva con el presente. Por
eso creo que el escritor debe saber mentir a la perf e cción, y el dibujante debe plasmar de manera realista lo
que imagina.
Según Grass, los creadores no son portadores de moral sino voces que se levantan contra el silencio.
No creo que la responsabilidad de un gobierno se pueda
delegar sobre un artista, pero es necesario cumplir con la
obligación que tenemos como ciudadanos de expresar
nuestras opiniones. Por eso, incluso, cuando trato temas
claramente personales, éstos siempre están imbricados y
marcados por algo político. El creador está sentado entre
dos sillas y eso le obliga a permanecer siempre en movi-
A mí me parece que para atacar el olvido
hace falta escribir y dibujar obsesivamente.
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En el taller de litografía de la editorial Steidl, Gotinga, 1990
...hay que evitar a toda costa caer en el peligro
de la repetición. Para evadir este riesgo, a veces
dejo la literatura y opto por la arcilla y la litografía.
miento. Yo me he centrado, como escritor y como artista plástico, en recuperar la memoria, pues sólo podemos
entender lo que sucede en la actualidad si se comprende
el pasado reciente.
A mí me ha sucedido esto siempre con los temas que he
tratado, pero no debe sorprender al lector, pues gracias a
la polémica surge un intercambio de opiniones y los temas se convierten en actualidad y superan el tabú. El caso es que, al recibir la noticia de la crítica y tras reflexionar unos momentos, pensé: no lucharé por este libro. Ya
encontrará lectores. Entonces tomé mis acuarelas y me
fui al bosque a pintar.
Durante varias décadas, la obra gráfica de Günter
Grass estuvo determinada por el manejo de la escala de
grises entre el blanco y el negro; no obstante, en 1995,
a raíz de la publicación de Es cuento largo, que recibió
duras críticas en su país por razones políticas, comenzó a experimentar con los colores de su paleta de acuarelas. Estaba en un bosque, en Dinamarca, descansando
del escándalo por su libro en Alemania, cuando nació
la motivación que lo impulsó a incorporar el color. Fue
como si la reprobación de sus escritos le diera otro matiz
a sus dibujos. Explica:
Otorgado por el International Board on Books for
Young People (IBBY) y patrocinado por la Reina de Dinamarca, el Premio Hans Christian Andersen se otorga cada dos años a un ilustrador y un autor. Al recibir
la noticia Günter Grass dijo: “Me alegro por este galardón porque me siento muy cercano al estilo de los cuentos de Andersen”.
Mi vuelta al color pudo darse en cierto modo gracias al
ataque furibundo de la crítica alemana contra mi novela.
Las ilustraciones que acompañan este texto pertenecen al libro Günter
Grass. Cinco decenios publicado por Editorial Alfaguara en 2003.
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