12. Avaricia - Iglesia Santuario Sagrado Corazón de Jesús

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AVARICIA
1. Dejar que el corazón se aficione al dinero y a los bienes materiales en general es un grave obstáculo al
amor a Dios: no se puede servir a Dios y a las riquezas (Mt 6, 24). El Señor nos habla de otros bienes, que
son, en definitiva, los únicos que pueden llenar el corazón humano, siempre insatisfecho: No atesoréis
riquezas en la tierra--nos dice--donde la polilla y la herrumbre las destruyen, y donde los ladrones las
socavan y roban; sino atesorad en el cielo, donde ni la polilla ni la herrumbre destruyen ni los ladrones
socavan ni roban (Mt 6, 19-20).
El avaro, en cuanto pone su corazón en los bienes terrenos como si fueran bienes absolutos, comete,
según San Pablo, una especie de idolatría (Col 3, 5), corrompiendo su alma como la corrompe con la
impureza (cfr. Ef 4, 19; 5, 3).
2. De la avaricia, uno de los siete pecados capitales, se derivan otros muchos pecados y daños para el
alma. Dice Santo Tomás (22, q. 118, a. 8) que el avaro, perdiendo la sensibilidad para la desgracia del
prójimo, se inquieta y busca con codicia la riqueza para sí. Con el fin de lograrla recurre, incluso, a la
violencia, al engaño doloso, al perjurio; cede al fraude en los negocios y llega hasta la traición de las
personas, como en el caso de Judas.
Consiste este pecado en el amor desordenado de los bienes terrenos. Este desorden puede provenir de
la intención (cuando se desean las riquezas por sí mismas, como si fueran bienes absolutos), de los
medios que se emplean para adquirirlas, buscándolas con ansiedad, con posibles daños a tercero o de la
propia salud, etc. El desorden que da lugar a la avaricia puede estar también en la manera de usar de
ellas: con tacañería, sin dar limosna, etc.
La avaricia es una señal de falta de confianza en Dios, que ha prometido velar por nosotros con paternal
solicitud, y de excesiva confianza en uno mismo, buscando la seguridad en lo puramente material. Este
desorden lleva con frecuencia a la falta de mortificación y a la sensualidad.
La avaricia constituye un obstáculo grave para la entrada en el reino de los cielos: Es más fácil a un
camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el reino de los cielos (Mc 10, 25).
La avaricia desvía del amor fraterno y sumerge en el egoísmo (Lc 16, 19-31); se opone a la esperanza
teologal en cuanto la sustituye por la esperanza de bienes materiales, pues su adquisición y su goce se
convierten en el bien supremo del hombre, como en el caso del labrador que le habían producido sus
campos tantos frutos que no tenía graneros donde guardarlos (Lc 12, 16-20), y desvía, de forma
importante, el fin al que debe tender el hombre: donde está vuestro tesoro, allí estará vuestro corazón
(Lc 12, 34).
El amor desordenado a los bienes materiales es un gravísimo obstáculo para el seguimiento de Cristo,
como se manifiesta en el pasaje del joven rico (Mt 19, 21-22). Todos los evangelistas que relatan este
suceso nos han dejado constancia de que su negativa a seguir a Cristo se debió a su pegamiento a las
riquezas.
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La avaricia se encuentra en el comienzo de la traición de Judas a su vocación (Mc 14, 11), y al dinero se
debe el falso testimonio de los soldados que guardan el sepulcro (Mt 28, 12-13). Por dinero se cometerá
la injusticia del gobernador Félix para con San Pablo (Hech 24, 26). Por dinero se han cometido
incontables injusticias y traiciones en la historia de la Humanidad.
Dice San Pablo que la raíz de todos los males es la avaricia, y muchos, por dejarse llevar de ella, se
extravían en la fe y se atormentan a sí mismos con muchos dolores (1 Tim 6, 10).
3. El cristiano ha de tener en cuenta que ha de vivir desprendido de los bienes que posee y usa, y ha de
sentirse responsable de todos ellos. De su administración dará cuenta a Dios (Mt 25, 21). Y para que este
desprendimiento sea efectivo ha de hacer frecuentes actos (limosna, evitar gastos innecesarios, etc.) en
los que se manifieste que su corazón lo tiene puesto en el Señor y no en las riquezas.
Con todo, el cristiano no debe olvidar que los bienes materiales son bienes que debe hacer producir y
santificarse con ellos en medio del mundo. Se llaman efectivamente posesiones--dice San Clemente de
Alejandría--porque se poseen, y bienes porque con ellas puede hacerse bien y para utilidad de los
hombres han sido ordenados por Dios. Son cosas que están ahí y se destinan, como instrumento, para
un uso bueno de quien sabe lo que es un instrumento. Si el instrumento se usa con arte, resulta una
cosa valiosa; si el que lo maneja carece de arte, la torpeza pasa al instrumento, si bien éste no tiene
culpa alguna» (Sobre la salvación de los ricos).
CITAS DE LA SAGRADA ESCRITURA
El amor a las riquezas de nada aprovecha: Ecl 2, 17; 5, 9; Eclo 14, 3.
La avaricia causa de muchos males: Prov 1, 19; Eclo 10, 10; 1 Sam 25, 38; 2 Sam 17, 23.
Hay que guardarse de ella: Sal 118, 36.
Especialmente deben evitarla los que gobiernan: Ex 18, 21; 23, 8; Dt 16, 19; Prov 28, 16; Is 5, 23; Ez 22,
12-13; Miq 3, 11.
Algunos perecieron por causa de la avaricia: Jos 7, 21-25; 2 Rev 5, 20-27; 2 Mat 10, 20-23.
Si abundan las riquezas, no apaguéis vuestro corazón. Sal 61, 11.
Nada más inicuo que el avaro, pues es capaz de venderse a sí mismo. Eclo 10, 6.
No podéis servir a Dios y a las riquezas. Mt 6, 24.
¿De qué le vale al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma? Mc 8, 36.
Guardaos bien de toda avaricia que, aunque uno esté en la abundancia, no tiene asegurada su vida con
la hacienda. Lc 12, 15.
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[...] son los paganos quienes buscan estas cosas con afán. Lc 12, 30.
Haceos con bolsas que no se gasten y tesoros inagotables en el cielo, donde no se acerca ningún ladrón,
ni roe la polilla, porque donde está vuestro tesoro allí estará vuestro corazón. Lc 12, 33-34 (Mt 6, 19-21).
Especie de idolatría: Col 3, 5; Ef 5, 5.
[...] ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos [...] heredarán el reino de Dios. 1 Cor 6, 10 Tit 1, 7-11
Que vuestra conducta esté libre de avaricia. Contentaos con lo que tenéis [...] Heb 13, 5.
[...] los cuidados del siglo y la seducción de las riquezas ahogan la doctrina y queda sin fruto. Mt 3, 13,
22.
Traición de Judas por dinero: Mt 26, 15; Jn 12, 6.
Castigo de la codicia de Ananias y Safira: Hech 24, 26.
Codicia del procurador Félix y la prisión de Pablo: Hech 24, 16.
A los ricos de este mundo encárgales que no sean altivos ni pongan su confianza en la incertidumbre de
las riquezas, sino en Dios, que abundantemente nos provee de todo para que lo disfrutemos. 1 Tim 6,
17.
La fornicación y cualquier género de impureza y avaricia ni siquiera se nombre entre vosotros, como
conviene a los santos. Ef 5,3
Es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el reino de los cielos. Mc
10, 25.
SELECCIÓN DE TEXTOS
434 Quien no se abstiene de la avaricia se verá mancillado también por la idolatría y será contado entre
los paganos que desconocen el juicio del Señor (SAN POLICARPO, Carta a los Filipenses).
435 La avaricia es el deseo inmoderado de tener más (SAN GREGORIO MAGNO, Hom. 16 sobre los
Evang.).
436. [...] Ia concupiscencia de los ojos, una avaricia de fondo, que lleva a no valorar sino lo que se puede
tocar. Los ojos que se quedan como pegados a las cosas terrenas, pero también los ojos que, por eso
mismo, no saben descubrir las realidades sobrenaturales (J. ESCRIVA DE BALAGUER, Es Cristo que pasa,
6).
437 Observad que siendo Señor y Criador de los Angeles, vino a las entrañas de la Virgen para tomar
nuestra naturaleza, que El mismo creó. No quiso nacer en este mundo entre los ricos, sino que eligió
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padres pobres, así que no tuvieron cordero que ofrecer por Él, y la madre ofreció en su lugar un par de
pichones o un par de tórtolas (Lc 24). No quiso prosperar en este mundo, sufrió afrentas y burlas,
soportó que le escupieran, le azotaran, le abofeteasen, le coronasen de espinas y le crucificasen... Luego
el que cree ya en Jesucristo pero aún está dominado por la avaricia, se ensoberbece con los hombres, se
abrasa en la envidia, se contamina con la inmundicia de los deleites y desea las prosperidades
mundanas, no quiere seguir a Jesús, en quien creyó (SAN GREGORIO MAGNO, Hom. 2 sobre los Evang.).
438. Entró Satanás en Judas, no violentamente, sino encontrando abierta una puerta; entró por medio
de la avaricia (TITO BOSTRENSE, en Catena Aurea, vol. VI, p. 426).
439. No se encuentra vestigio alguno de bondad en el corazón del que la avaricia ha hecho su morada
(SAN LEON, en Catena Aurea, vol. III, p. 272).
440 Si es cierto que podemos evitarla fácilmente, es también cierto que difícilmente cura de ella por
completo aquel a quien aqueja esa dolencia (CASIANO, Instituciones, 7, 6).
441 El dinero que se obtiene por medio de la usura es parecido a la mordedura de una serpiente: pues
así como el veneno de la serpiente corrompe todos los miembros de una manera oculta, así también la
usura convierte todos los bienes en deudas (SAN JUAN CRISOSTOMO, en Catena Aurea, vol .I, p. 324).
442 Y que alguien intente tales bienes, que van mezclados casi siempre de privaciones del bien
verdadero, obedece a que muchos viven según el sentido, en razón de que lo sensible nos es más
manifiesto y mueve más eficazmente en los casos concretos... Sin embargo, a la posesión de muchos de
estos bienes sigue la privación del verdadero bien (SANTO TOMAS, Suma contra gentiles, 3, 6).
Es insaciable
443 La avaricia es insaciable, no teme a Dios ni respeta al hombre, ni perdona al padre ni guarda
fidelidad al amigo; oprime a la viuda y se apodera de los bienes del huérfano (SAN AGUSTIN, en Catena
Aurea, vol. VI, p. 243).
444 (. . .Derribaré mis graneros y los haré mayores. . .). Los graneros no podían contener la abundancia y
el alma avara nunca se ve llena (SAN BASILIO, en Catena Aurea, vol. VI, p. 80).
445 No encontrarás... quien confiese que es avaro; todos niegan esta bajeza y ruindad de c orazón, y
toman por pretexto, ya el hallarse cargados de hijos, ya a que es prudencia procurar tener lo que uno
necesita; de manera que jamás se cree tener demasiado, y siempre se encuentran ciertas precisiones de
tener más; así pues, aun los más avaros, no sólo no confiesan que lo son, sino que ni aun en su
conciencia lo juzgan, porque la avaricia es una fiebre prodigiosa que se siente menos cuanto mayor es su
ardor y su violencia (SAN FRANCISCO DE SALES, Introd. a la vida devota, 3, 14).
446. La abundancia de riquezas no sólo no sacia la ambición del rico, sino que la aumenta, como sucede
con el fuego, que se fomenta más cuando encuentra mayores elementos que devorar. Por otra parte, los
males que parecen propios de la pobreza son comunes a las riquezas, mientras que los de las riquezas
son propios exclusivamente de ellas (SAN JUAN CRISOSTOMO, en Catena Aurea, vol. VI, p. 315).
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447. [...] Ia avaricia engendra tal frenesí que aumenta más y más con la riqueza (CASIANO, Instituciones,
7, 7).
También tiene su raíz en la soberbia
448. Que alguien desee desordenadamente algún bien temporal, procede de que se ama a sí mismo
desordenadamente, puesto que amar a alguien es querer el bien para él (SANTO TOMAS, Suma
Teológica, 12, q. 77, a. 5).
Quita la libertad al alma
449 Quien es esclavo de las riquezas, las guarda como esclavo; pero el que sacude el yugo de su
esclavitud, las distribuye como señor (SAN JERONIMO, en Catena Aurea, vol. I, p. 392).
450 ¿...Qué haré que no tengo sitio para encerrar mis cosechas? ...Se halla angustiado por el afecto de
sus deseos y por el peso de sus riquezas (SAN GREGORIO MAGNO, Moralia, 15, 13).
Avaricia de deseo
451. Todos los que aman las riquezas, aun cuando no puedan conseguirlas, deben contar en el número
de los ricos (SAN AGUSTIN, en Catena Aurea, vol. VI, p. 316).
452. Es evidente que se puede ser avaro sin tener dinero (CASIANO, Instituciones, 8, 12).
«Donde está tu tesoro, allí está tu corazón»
453 Donde está tu tesoro, allí está tu corazón. El tesoro del hombre viene a ser como la reunión de los
frutos recolectados con su esfuerzo. Lo que uno siembre, eso cosechará, y cual sea el trabajo de cada
uno, tal será su ganancia, y donde ponga el corazón su deleite, allí queda reducida su solicitud. Mas,
como hay muchas clases de riquezas y diversos objetos de placer, el tesoro de cada uno viene
determinado por la tendencia de su deseo, y si este deseo se limita a los bienes terrenos, no hallará en
ellos la felicidad, sino la desdicha (SAN LEON MAGNO, Sermón 92).
454 Por muy avaro que seas, Dios te basta (SAN AGUSTIN, Coment. sobre el Salmo 55).
El recto uso de los bienes y la avaricia
455 No prohíbe Cristo enriquecerse, sino hacerse esclavo de las riquezas: quiere que usemos lo
necesario, pero no que guardemos avariciosamente. Es propio del que sirve el guardar las cosas, y
propio del señor el darlas (SAN JUAN CRISOSTOMO, en Catena Aurea, vol. VI, p. 315).
456 El término «riquezas» reviste en las Sagradas Escrituras tres acepciones distintas: las hay malas,
buenas e indiferentes. Las malas son aquellas de las cuales se dice: Se empobrecieron los ricos y en la
penuria sufrieron hambre (Sal 33, 11). Las hay también buenas. Haberlas adquirido es indicio de gran
virtud y mayor mérito. David ensalza al varón justo que las posee: La generación de los rectos--dice--será
bendecida. Habrá en su casa hacienda y riquezas, y su justicia permanecerá por los siglos (Sal 111, 3) [...].
Hay, finalmente, riquezas indiferentes, esto es, que pueden ser buenas o malas. Son, en efecto,
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susceptibles de ambas cosas, según la voluntad de quien las usa o el modo y fin en que las invierte
(CASIANO, Colaciones, 3, 9).
457 Aprendan (de Zaqueo) los ricos que no consiste el mal en tener riquezas, sino en no saber usar de
ellas; porque así como las riquezas son un impedimento para los malos, son también ocasión de virtud
para los buenos (SAN AMBROSIO, en Catena Aurea, vol. VI, p. 330).
458 ¡Qué necedad tan grande es amontonar donde se ha de dejar, y no enviar allí donde se ha de ir!
Coloca tus riquezas donde tienes tu patria (SAN JUAN CRISOSTOMO, en Catena Aurea, vol. I, p. 386).
459 Si queréis actuar a toda hora como señores de vos otros mismos, os aconsejo que pongáis un
empeño muy grande en estar desprendidos de todo, sin miedo, sin temores ni recelos. Después, al
atender y al cumplir vuestras obligaciones personales, familiares..., emplead los medios terrenos
honestos con rectitud, pensando en el servicio a Dios, a la Iglesia, a los vuestros, a vuestra tarea
profesional, a vuestro país, a la humanidad entera. Mirad que lo importante no se concreta en la
materialidad de poseer esto o de carecer de lo otro, sino en conducirse de acuerdo con la verdad que
nos enseña nuestra fe cristiana: los bienes creados son sólo eso, medios. Por lo tanto, rechazad el
espejuelo de considerarlos como algo definitivo [...] (J. ESCRIVA DE BALAGUER, Amigos de Dios, 118).
460 Entonces--me diréis--, ¿qué han de hacer los ricos para imitar a un Dios tan pobre y despreciado? Os
lo diré: no han de apegar su corazón a los bienes que poseen, han de emplear esos bienes en buenas
obras en cuanto puedan; han de dar gracias a Dios por haberles concedido un medio tan fácil de rescatar
sus pecados con sus limosnas; no han de despreciar nunca a los que son pobres, antes al contrario, han
de respetarlos viendo en ellos una gran semejanza con Jesucristo (SANTO CURA DE ARS, Sobre el
ministerio).
Remedios
461. Enseñó (el Señor) que debe evitarse la avaricia, y añadió la parábola del rico, demostrando con ella
que es un necio quien apetece las cosas superfluas (TEOFILATO, en Catena Aurea, vol. VI, p. 86).
462. Mas no puedo decir lo que se siente cuando el Señor la da a entender secretos y grandezas suyas, el
deleite tan sobre cuantos acá se pueden entender, que bien con razón hace aborrecer los deleites de la
vida, que son basura todos juntos. Es asco traerlos a ninguna comparación aquí--aunque sea para
gozarlos sin fin--y, de estos que da el Señor, basta sola una gota de agua del gran río caudaloso que nos
está aparejado (SANTA TERESA, Vida, 27, 12).
463. Si estáis inclinados a la avaricia, pensad con frecuencia en 463 la locura de ese pecado, que nos
hace esclavos de lo que ha sido creado para servirnos; pensad que al morir, en todo caso, será menester
perderlo todo, dejándoselo a quien, tal vez, lo malversará o se servirá de ello para su ruina y perdición
(SAN FRANCISCO DE SALES, Introd. a la vida devota, IV, 10)
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