No nos vamos a ningún lado

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No nos vamos a ningún lado
Enviado por Leonardo Garnier en Sáb, 10/09/1999 - 00:00
Leonardo Garnier
La Nación, 9/10/99
Ahora es oficial: ¡no nos vamos a ningún lado! El cielo y el infierno no son ya más ese lugar –maravilloso o tenebroso—al que
vamos a parar según hayamos sido muy buenos o muy malos en este mundo. Por el contrario, ahora sabemos que el cielo y
el infierno no son sino nuestra propia forma de vivir o, en palabras del Papa, el estado en que vivamos nuestro paso por este
mundo.
Decir esto en realidad no es decir algo nuevo, no sabido. Ya teólogos de la talla de Hans Kung habían sostenido que ni cielo
ni infierno debían entenderse como la ‘otra vida’ a la que iríamos después, sino la forma –buena o mala—en que vivimos
esta vida. Es en este sentido que, según nos dice Kung, el cielo “no es un lugar, sino una forma de ser”, en tanto que el
infierno “no debe entenderse como un lugar del mundo supraterrestre o infraterrestre, sino como una exclusión de la
comunión con el Dios vivo”.
Ese era también uno de los mensajes centrales de la teología de la liberación, que entendía el cristianismo no como la
búsqueda pasiva de una salvación eterna en ‘otro mundo’, al que iríamos después de la muerte, sino como la búsqueda
activa de la salvación en este mundo. Así, el Reino de Dios no era visto como un lugar al que se va, sino como una vida que
se construye.
Tal vez por eso, por no ser algo nuevo, no le di mayor importancia a la noticia de que el Papa ‘clausuraba’ el cielo y el infierno
como quien clausura una discoteque, un viejo convento o un edificio abandonado; y anunciaba en sus audiencias generales
del 21 y 28 de julio que, el Cielo “no es una abstracción ni un lugar físico tras las nubes, sino una relación viva y personal con
la Santa Trinidad”, en tanto que el infierno, más que un lugar, “es la situación en que viene a encontrarse quien libre y
definitivamente se aparta de Dios”.
Fue sólo cuando empecé a escuchar las reacciones que esta declaración papal generaba, que me di cuenta de la
importancia que tenía. Al ‘oficializar’ una comprensión del cielo y el infierno como dos estados de la vida –el estado del amor
y el estado del odio, si se quiere—el Papa estaba de hecho transformando los motivos por los que la gente (los católicos)
optaba por ser buena, o ser mala. En las últimas semanas, todos hemos escuchado –o pronunciado—frases como estas:
“¿Por qué no me lo dijeron antes?” o “¿Entonces, de verdad no era pecado?” o, ya más en serio, “Y, ahora, sin infierno,
¿quién va a evitar que la humanidad se desboque?”.
Y eso es lo que cambia radicalmente al hacerse oficial la posición de la Iglesia: ser buenos o ser malos; vivir de acuerdo a
una ética del amor, o vivir según los dictados del egoísmo o del odio; ya no es una decisión que tomamos por el temor de la
condenación eterna en las llamas del infierno, o por la ambición –egoísta al fin—de compartir con Dios esa vida eterna en el
paisaje glamoroso de los cielos. Ya no nos vamos a ningún lado: ni al cielo, ni al infierno. Aquí vivimos, y aquí nos quedamos.
¿Por qué ser, entonces, buenos o malos?
Cuando murió Mima –abuela extraordinaria—mis hijas nos preguntaron: “Y ahora que Mima se murió, ¿está en el cielo?”.
“Por supuesto”. “Pero ¿qué es estar en el cielo?”. La respuesta me sirvió más a mí de lo que ellas imaginaron entonces:
“Cuando nos morimos, si la gente que conocimos se acuerda bonito de nosotros, si nos recuerda con amor, si sienten que
su vida fue mejor gracias a nosotros, eso es estar en el cielo. Pero... si cuando nos morimos la gente sólo queda con
recuerdos amargos de nosotros, con rencor, o con la indiferencia de una vida inútil, eso es estar en el infierno, para siempre.”
Así, nuestro cielo o nuestro infierno los tenemos que construir en esta vida diariamente, en la forma en que tratemos a los
demás y en la medida en que contribuyamos a construir –o destruir—el reino del amor en este mundo, porque... ya no nos
vamos a ningún lado: sólo vivimos eternamente en los demás. Para bien, o para mal.
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