el jardín mesopotámico los jardines colgantes de babilonia

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EL JARDÍN MESOPOTÁMICO
LOS JARDINES COLGANTES DE BABILONIA
En Mesopotamia, uno de los núcleos en los que nace la civilización hace 5000 años,
surgen la escritura, las primeras ciudades, los primeros templos, los primeros imperios y… los
primeros jardines.
Mesopotamia (tierra entre ríos) es una zona de Oriente Próximo que se extiende desde las
áreas montañosas hasta el Golfo Pérsico; ocupa una amplia llanura aluvial de sedimentos
aportados por los ríos entre los que se sitúa: el Tigris y el Éufrates. Coincide aproximadamente
con lo que actualmente es Irak (y parte de Siria al oeste e Irán al este).
Podemos situarnos en la convulsa historia de la región con los siguientes acontecimientos:
- Las primeras ciudades fueron creadas por sumerios y acadios (habitantes de las tierras bajas
que formaban la Baja Mesopotamia o Caldea) en el periodo 3000-2000 a.C. Reyes como Sargón
potenciaron el esplendor de Ur y Uru, entre otras ciudades.
- El primer imperio babilónico se desarrolla entre 1894-1535 a.C. y Hammurabi convierte a
Babilonia en centro del imperio.
- El imperio asirio (que surge en las zonas nórdicas montañosas conocidas como Alta
Mesopotamia o Asiria) se desarrolla entre 1360-612 a.C. y se extienden hasta Asia menor y
Egipto. Asurbanipal fue su último rey y ciudades tan importantes como Asur y Nínive
desaparecieron de la historia hasta las excavaciones arqueológicas realizadas en el siglo XIX.
- El segundo imperio babilónico se desarrolla entre 612-593 a.C. y uno de los reyes principales
fue Nabucodonosor.
- Los pueblos procedentes de zonas más orientales (actual Irán) conquistarían Babilonia en el
año. 539 a.C. y crearían el imperio persa.
Zigurat de Ur 2100 a.C.
Desde época sumeria y acadia, las
ciudades de Mesopotamia estaban rodeadas
por grandes muros provistos de torres
defensivas, con puertas monumentales,
templos, con palacios espectaculares,
provistos de varios patios en torno a los
cuales se distribuían las dependencias.
Ciudades y palacios se construían,
frecuentemente, sobre plataformas creadas
artificialmente para elevarse sobre la llanura.
Las casas tenían patios interiores.
Las ciudades estaban presididas por un zigurat: una espectacular torre escalonada de hasta
90 metros de altura, construida en adobe y ladrillo. Estaba formado por tres, cuatro, cinco, seis o
siete plataformas rectangulares o cuadrangulares (que podían superar los 90 metros de lado), a las
que se accedía mediante escaleras o rampas, en cuyo piso superior se construía un templo
sagrado. Quizás el templete superior del zigurat era un lugar sagrado, o un observatorio
astronómico (pues los sumerios conocían varios planetas); o bien un lugar simbólico: una torre
que enlaza el cielo y la tierra. O quizás tenía un carácter más funcional: proteger a las personas
de las catástrofes naturales, especialmente de las grandes avenidas de los ríos. La bíblica Torre de
Babel parece estar basada en los zigurats de Babilonia.
Francisco Bueno
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Sin los zigurat difícilmente podríamos imaginar la capacidad de aquella civilización para
construir lo míticos jardines de Babilonia.
Existen pocos datos del jardín mesopotámico pues el material utilizado en las
construcciones -adobe- no pudo resistir las frecuentes crecidas de los ríos y quedó sepultado por
los aluviones que aportaban las aguas. Las luchas históricas de los distintos imperios que
ocupaban la región destruyeron la mayor parte de aquel legado artístico.
Los estudios arqueológicos permiten afirmar que desde el segundo milenio a. C. en los
patios de los palacios mesopotámicos se construyeron jardines con estanques, con diferentes
tipos de árboles y flores, y con pabellones de reposo.
Los reyes mesopotámicos crearon parques de caza con animales autóctonos y especies
exóticas (leones, monos) procedentes de otros lugares. En estos parques se desarrolló una red de
riego que suministraba agua a los árboles ornamentales y a los frutales que se habían cultivado.
Pero son los Jardines Colgantes de la ciudad de Babilonia los jardines más famosos de
Mesopotamia.
Según algunas fuentes documentales, estos jardines
fueron construidos por el rey Nabucodonosor II, como regalo
para su esposa Amitis, alrededor del año 600 a.C. Otros
documentos indican, sin embargo, que se construyeron en el
siglo XI a. C. por la reina Semíramis, y posteriormente fueron
ampliados por Nabucodonosor.
Los jardines colgantes de Babilonia, construidos sobre
una ladera, estaban formados por terrazas escalonadas
ahuecadas, impermeabilizadas y llenas de tierra, donde se
plantaban los árboles y vegetales que asomaban por los
muros. Apoyada en columnas y muros, cada plataforma tenía
bóvedas recubiertas por una capa de asfalto que la aislaba de la
terraza que se encontraba en un nivel superior, quedando una
galería o sala aboveda, sombría, en cada plataforma. Un eficaz
dispositivo hidráulico permitía que el agua, transportada hasta
un depósito situado en la plataforma superior, discurriera y
regara todas las terrazas.
Los jardines, situados junto a palacio, se elevaban sobre la llanura de forma espectacular,
formando un conjunto escalonado de murallas verdes por las que asomaban sus copas las
palmeras, los pinos y los álamos. Este conjunto de terrazas verdes que descendía hacia las cotas
Francisco Bueno
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del río, creó en Babilonia un extraordinario escenario sensorial que fue descrito como una de
las Siete Maravillas del mundo antiguo.
Grabado de los jardines de Babilonia (Maarten van Heemskerck, siglo XV).
Al fondo, la Torre de Babel
Los Jardines Colgantes de Babilonia perduraron hasta no más allá del año 126 a.C.,
cuando la ciudad fue destruida.
Pero de ellos se conserva una abundante documentación en la literatura griega (Filón de
Bizancio, Diodoro de Sicilia, Estrabón, etc.).
Filón de Bizancio, siglo II a. C., en su obra “Siete maravillas de la Antigüedad”:
Crecen allí los árboles de hoja ancha y palmeras, flores de todas clases y colores y,
en una palabra, todo lo que es más placentero a la vista y más grato de gozar. Se
labra el lugar como se hace en las tierras de labor y los cuidados de los renuevos se
realizan más o menos como en suelo firme, pero lo arable está por encima de las
cabezas de los que andan por entre las columnas de abajo.
Las conducciones de agua, al venir de fuentes que están en lo alto a la derecha, unas
corren rectas y en pendiente, otras son impulsadas hacia arriba en caracol,
obligadas a subir en espiral por medio de ingeniosas máquinas. Recogidas arriba en
sólidos y dilatados estanques, riegan todo el jardín, impregnan hasta lo hondo las
raíces de las plantas y conservan húmeda la tierra, por lo que, naturalmente, el
césped está siempre verde y las hojas de los árboles, que brotan de tiernas ramas, se
cubren de rocío y se mueven al viento. La raíz, nunca sedienta, chupa el humor de
las aguas que corren por doquier y, vagando bajo tierra en hilos que se entrelazan
inextricablemente, asegura un crecimiento constante de los árboles. Es un capricho
de arte, lujoso y regio, y casi del todo forzado, por el trabajo de cultivar plantas
suspendidas sobre la cabeza de los espectadores.
Flavio Josefo, siglo I a. C., en su obra “Contra Apión”:
Nabuconodosor II construyó un nuevo palacio. En este palacio hizo construir altas
terrazas de piedra, dándoles aspecto de colinas. Plantó árboles de todas clases, y
ejecutó y dispuso el llamado jardín colgante, porque a su esposa, que había sido
criada en Media, le gustaban los lugares montañosos.
Francisco Bueno
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Diodoro de Sicilia, siglo I a. C., en su obra “Biblioteca histórica”:
Y se encontraba también junto a la acrópolis el jardín llamado «colgante», que lo
había construido no Semíramis sino un rey sirio posterior como obsequio a una
concubina; afirman que ésta, persa de raza, añoraba los prados de las montañas y
pidió al rey imitar las particularidades del territorio persa mediante la destreza del
cultivo.
El parque posee una subida montañosa y unas edificaciones sobre otras, de manera
que el aspecto es parecido a un teatro. Debajo de las rampas construidas, se
edificaron galerías que sostienen todo el peso del cultivo, elevadas poco a poco unas
sobre otras. Los muros, construidos suntuosamente, tenían un espesor de veintidós
pies y, cada uno de los pasadizos intermedios, la anchura de diez. Y cubrían los
techos vigas de piedra. La techumbre sobre las vigas tenía primero caña extendida
con mucho asfalto y, después de eso, doble ladrillo cocido unido con yeso y recibía,
como tercera capa, cubierta de plomo para que no penetrara en espesor la humedad
del terraplén. Sobre éstas, fue amontonando un espesor adecuado de tierra,
suficiente para las raíces de los árboles de todas clases capaces de seducir el ánimo
a sus observadores por su tamaño y sus otras gracias. Las galerías, que recibían luz
por la elevación de unas sobre otras, tenían muchas y variadas estancias regias de
todas clases; pero había una con aberturas desde la superficie más alta y con
máquinas para la captación de las aguas, mediante las cuales se extraían gran
cantidad de agua del río, no pudiendo ver lo sucedido nadie desde el exterior.
Estrabón, siglo I a. C., en su obra “Geografía”:
El jardín consta de terrazas abovedadas alzadas unas sobre otras, que descansan
sobre pilares cúbicos. Éstas son ahuecadas y rellenas con tierra para permitir la
plantación de árboles de gran tamaño. Los pilares, las bóvedas, y las terrazas están
construidas con ladrillo cocido y asfalto.
El piso más alto tiene escaleras para subir a él y conchas adyacentes a ellas mismas,
mediante las cuales se lleva continuamente agua procedente del río Éufrates a los
jardines por hombres colocados con este objeto. Pues el río fluye por el centro de la
ciudad, ocupando la anchura de un estadio; los jardines están, por cierto, en la
ribera del río.
En Mesopotamia el jardín tuvo carácter simbólico y sensorial, místico y político.
Fue en esta región, probablemente, donde surgió el mítico jardín bíblico, el Jardín del
Edén, el Paraíso prometido en la religión judía y cristiana, y posteriormente en la islámica.
Los primeros textos del Antiguo Testamento fueron escritos entre 1000 y 500 años a. C.
posiblemente recopilando tradiciones orales anteriores. En ellos, en el Génesis, se describe el
primer jardín mítico, el Jardín del Edén, el Paraíso: un jardín en el que brotan todo tipo de
árboles que, provistos con frutas para comer, embriagan los sentidos. En este jardín se encuentra
el árbol de la vida, el árbol de la ciencia del bien y del mal, y aquí brotan los cuatro ríos (Pisón,
Guijón, Tigris y Éufrates) que lo riegan.
La religión judía y cristiana incorporó el Jardín del Edén del Génesis; posteriormente el
paraíso judeocristiano inspiraría la imagen coránica de los jardines islámicos.
Por otra parte, el hecho de que las estructuras aterrazadas, como los zigurats, fueran
esenciales en la cultura mesopotámica, nos indican que los jardines escalonados, que
constituyen buenas adaptaciones en algunos edificios singulares de las ciudades actuales
más innovadoras, fueron concebidos hace más de 2.600 años.
Francisco Bueno
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Reconstrucciones idealizadas de Babilonia
Puerta de Ishtar en Berlín.
Reconstruida a partir de restos originales
descubiertos por excavaciones arqueológicas
alemanas realizadas en 1902-1914 en Babilonia.
Era una de las ocho puertas de la muralla interior
de Babilonia.
Fue construida en el año 575 a. C. por
Nabucodonosor II
Francisco Bueno
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EL JARDÍN PERSA
La jardinería persa es una continuación de la mesopotámica pues Ciro II, fundador del
imperio aqueménida, absorbió Babilonia en el año. 539 a.C.
Con Ciro II el Grande (575-530 a. C.) y Darío I el Grande (549-485 a. C.), Persia (actual
Irán) se extendió como uno de los imperios más extensos y poderosos de la historia, desde India
hasta Turquía y Egipto. La derrota del imperio persa en el año 331 a.C. ante Alejandro Magno
determinaría que el centro de la cultura occidental se desplazara a Grecia.
Los reyes de Persia levantaron ciudades monumentales y grandes palacios, en Pasargadas
(primera capital del imperio construida por Ciro el Grande) o Persépolis (capital del imperio con
Darío el Grande). En sus palacios, frecuentemente construidos sobre plataformas para ensalzar
majestuosidad, los reyes persas tenían jardines paradisíacos.
Construyeron dos grandes tipos de jardines: formales, en los que predomina el diseño
(jardines de palacios) y no formales, en los predomina la vegetación (parques).
Entre los jardines no formales destacan los parques de caza: extensas formaciones
arbóreas rodeadas por un muro perimetral, con avenidas donde se podía cabalgar o pasear en
carro, con fuentes y pabellones, donde habitaba una fauna variada para poder cazar.
Los parques de caza de los reyes persas los conocemos a través de la literatura griega,
especialmente por Jenofonte (431 a.C.-354 a.C.). En su obra Económico refiere el encuentro del
general espartano Lisandro y Ciro en Sardes, donde éste había diseñado su propio vergel:
Pues bien, se afirma que este Ciro, cuando Lisandro fue a llevarle los presentes de
los aliados, le dio varias muestras de amistad, entre ellas le mostró en persona el
vergel de Sardes. Cuando Lisandro estaba admirando la belleza de sus árboles, la
simetría de la plantación, la derechura de las filas de los árboles, la regularidad de
los ángulos en su totalidad, la enorme variedad de perfumes que les acompañaban
en su paseo, exclamó maravillado: «Ciro, todo me maravilla por su hermosura, pero
mucho más me impresiona el que diseñó y distribuyó cada una de las partes». Al
oírle, Ciro se alborozó y dijo: «Pues todo ello, Lisandro, lo diseñé y lo distribuí yo, y
algunos de los árboles incluso los planté personalmente».
El historiador romano Quinto Curcio (siglo I d.C.) en su Historia de Alejandro Magno
dice:
Las mayores muestras de fastuosidad propia de bárbaros las constituyen en aquellas
regiones las manadas de extraordinarias fieras, encerradas en amplias forestas y
parques. Para ello eligen unos amplios bosques amenizados por abundantes fuentes
de aguas perennes; los parques están rodeados de murallas y hay en ellos torres,
como refugio de los cazadores.
Distintos textos hacen referencia a Persia como lugar donde florecen jardines de variadas
flores.
Son los jardines formales los que tendrán una gran influencia en la jardinería de siglos
posteriores.
Las excavaciones arqueológicas demuestran que en Pasargadas había jardines
estructurados en cuatro cuadrantes separados por paseos y canales de agua.
Es decir, aparece el jardín de crucero, dividido en cuatro partes iguales por dos
canales de agua; cuatro parterres separados por canales y andenes elevados. En el centro podía
haber un estanque, revestido de baldosas coloreadas, donde confluían los dos canales o donde
surgía el agua a modo de fuente.
Francisco Bueno
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Los cuatro cuadrantes resultantes de esta división, destinados a la plantación, se encuentran
rehundidos en relación a los paseos y canales que los delimitan.
Este jardín cuatripartito se conoce como charbagh o Chahar Bagh, término que en persa
significa "cuatro jardines". El jardín de Pasargadas es el ejemplo más antiguo conocido de
charbagh, modelo para el diseño de los jardines persas posteriores.
El jardín persa refleja una forma particular de entender la vida y expresa una concepción
cosmológica del mundo: las cuatro moradas que forman el universo.
En los jardines de Pasargadas había diferentes pabellones, algunos totalmente abiertos por
todas sus fachadas a los jardines, en los que la familia real o los visitantes podían sentarse y
disfrutar de la belleza y de la atmósfera de los jardines.
Además se construyeron canales de agua que discurrían hasta estanques cuadrangulares
colocados a intervalos regulares en el recorrido del canal. De esta forma, el agua y el diseño
geométrico proporcionaban una singular identidad al espacio ajardinado.
Planos de los jardines del palacio de Pasargadas
Los jardines fueron construidos siguiendo un patrón geométrico claro, distribuyendo los
espacios de forma ordenada. Pero la plantación en el interior de los cuadrantes se realizaba a
voleo, por lo que las plantas que crecían dentro se distribuían espontáneamente (a diferencia
de lo que ocurría en los jardines egipcios construidos mucho antes).
En los parterres crecían matorrales y herbáceas de talla elevada que creaban un espacio
multicolor entre los andenes y alcanzaban la superficie de los mismos con sus flores y frutos.
Los olores de las diferentes especies plantadas, las diferentes tonalidades de flores y frutos,
el color de las baldosas de los estanques, el agua transparente de los canales que al rebosar
inundaba los cuadrantes… Pasear por aquellos andenes fue recorrer un universo singular que
impregnaba todos los sentidos.
Los árboles se plantaban siguiendo un trazado geométrico que estructuraba todo el espacio,
siguiendo alineaciones claras que marcaban los caminos y el cerramiento, donde podían formar
barreras vivas frente al viento. Entre los árboles cultivados se encontraban especies
exclusivamente ornamentales y frutales: álamos blancos, cipreses, pinos, palmeras datileras,
plátanos, almendros, granados, cerezos.
Frente a la disposición geométrica de los árboles, las flores se disponían de forma aleatoria,
a modo de pradera natural. Se plantaban rosas, tulipanes, lirios, narcisos, jacintos, clavellinas,
claveles, amapolas, azucenas, jazmines. También se sembraban viñas.
El agua era gran protagonista del jardín persa, un pueblo que por habitar tierras áridas de
escasa vegetación, valoraba extraordinariamente su presencia. De hecho desarrollaron una eficaz
Francisco Bueno
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tecnología hidráulica, creando los singulares qanats: conductos subterráneos que transportaban el
agua desde los acuíferos de las colinas hasta zonas muy lejanas, evitando de esta forma el
cegamiento de la conducción por la arena y las pérdidas hídricas por evaporación.
El jardín persa nace cargado de un fuerte significado simbólico. La palabra que lo designa
-pairidaeza- significa, en persa, recinto cerrado, jardín. La propia esencia de los pairidaeza es
marcar un fuerte contraste con el mundo exterior caracterizado por su clima hostil, por su
aridez, por su fuerte insolación, por su escasa vegetación. Los pairidaeza se crean como
simbólicos oasis aislados de la aridez de las tierras en las que se enclavan, refugios frente a las
elevadas temperaturas del medio.
En radical contraste con el mundo exterior inhóspito, los pairidaeza se constituyen en
universos impregnados de sensualidad, en los que el agua, los estanques y la vegetación
embriagan -con colores, olores y sonidos- todos los sentidos. Es un mundo en el que reina la
tranquilidad espiritual: el jardín recrea el paraíso en la tierra.
El término pairidaeza pasa al griego como paradeisos, y al latín como paradisus. Y al
español como paraíso, que no utilizamos para referirnos a los jardines sino que -en un sentido
trascendente y simbólico- empleamos para designar el mítico jardín reservado para los elegidos
en la eternidad: un universo espiritual perfecto.
El jardín nace conceptualmente con carácter místico y mítico, como espacio diferenciado,
cerrado, que hay que buscar o alcanzar. No es de extrañar que estos jardines alimentaran el mito
de Paraíso terrenal y del Jardín del Edén, con los 4 ríos (Tigres, Éufrates, Guijón y Pisón) del
paraíso bíblico reflejados en el charbagh. Sin duda, a los habitantes de aquellas tierras, los
charbagh debieron parecerles auténticos paraísos.
Como todos los imperios, el persa se derrumbó, en el año 331 a.C. al ser derrotado por
Alejandro Magno. El centro de la civilización occidental se trasladará a las ciudades griegas, y
hasta ellas llegará el mito de los paradisiacos jardines orientales.
Cando Persia fue conquistada por los musulmanes árabes (siglo VII d.C.), el jardín persa
charbagh se constituye en modelo del jardín musulmán: un jardín dividido en cuatro partes
por los cuatro ríos que atraviesan el paraíso del Islam, el arquetipo del jardín islámico.
Francisco Bueno
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