Quiero ser mala. Quiero hacer cosas malas, ¿por qué no? Mi vida

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Quiero ser mala. Quiero hacer cosas malas, ¿por qué no? Mi
vida es aburridísima. Como ahora. Es de noche, todavía es
temprano para acostarse pero demasiado tarde para estar
fuera, y ellos dos leyendo leyendo leyendo, moviendo los
ojos como la luz interior de una fotocopiadora. Esta noche,
cuando metía los platos en el lavavajillas, he roto un plato.
He dicho lo siento mamá me ha resbalado. Pero no me había
resbalado, soy así a veces, y quiero ser peor.
He hecho cosas que hacían daño, los chicos me lo enseñaron. Arrancarles las patas a las arañas y cosas así. Kevin
Ryder, de la casa de al lado, y sus amigos me dejaron entrar
en un fuerte. Pero de eso hace ya años, yo era una niña, no
importaba ser niño o niña. Ahora supongo que iría contra
la ley entrar en su fuerte. Contra la ley de mi madre. «¿Por
qué no te quedas en casa? –dice–. Ten cuidado ahí fuera»,
cada vez que salgo por la puerta. Pero me pregunto si sólo
son preguntas, ¿cuánto le preocupa realmente? ¿En quién
piensa en realidad cuando piensa en mí? Tengo mis sospechas. Y de todos modos, ¿los chicos todavía tienen un
fuerte? Probablemente hace mucho tiempo que el que tenían está destruido. Era un fuerte en el bosque hecho con
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palos y sábanas y hojas de árbol. Este tipo de cosas no duran
eternamente.
Y además, ahora sé cosas de mi cuerpo que entonces no
sabía. La inocencia de entonces no existe, eso seguro.
Ser malo es fácil si lo haces único e irrepetible. A veces
pellizco a Luke. Luke es nuestro perro. No puedes pellizcar
a todos los perros, porque alguno te morderá. Pero Luke es
viejo y está chocho, es todo amor y nunca te mordería. Le
acaricio unos minutos con ternura y luego de repente le pellizco y él lanza un gañido y se pone a dar vueltas en la habitación buscando al que misteriosamente le ha pellizcado.
Ni siquiera sospecha de mí, tan ciego de amor está. Pero
supon­go que si alguien me apuntara a la cabeza con una
pistola: ¿lo amaba, no lo amaba?, supongo que tendría que
decir que amaba a ese perro estúpido. Lleva con nosotros
toda la vida y duerme en mi cama.
Por si quieres saberlo, nací en esta casa con este perro
y esos dos, profesores de todo. Una casa azul. Si la miras
desde fuera, jurarías que es una cara por el modo en que
están situadas las ventanas. Dos como ojos, una como nariz
y una puerta por boca. Hola, casa, digo siempre que llego.
Lo hago desde que tengo memoria. Tengo otras cosas para
decir, mejores que ésta, pero no se las puedo contar a nadie.
Tengo secretos y voy a tener más. Una vez leí una historia
sobre una chica que murió, y cuando la abrieron de arriba
abajo encontraron un relicario de oro en su estómago y plumas de pájaro. Nadie lograba entenderlo. Bueno, ésa soy
yo. Ésa es mi historia, salvo que ¿quién sabe lo que encontrarán en mi estómago? Es algo en lo que sin duda tengo
que pensar.
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un mundo para Mathilda
Por un instante, mientras los observo leer, creo que mami
y papi se han vuelto de piedra. Entonces ¿dónde está la
mujer con serpientes en el pelo?, me pregunto. ¿Soy yo?
Luego veo que los libros se mueven un poco arriba y abajo
y de este modo sé que mami y papi respiran, gracias a dios.
Luke es una gran bola de pelo sobre la alfombra, en el país
de los sueños. De pronto se tira un pedo y abre un ojo con
rapidez. «Oh, ¿qué ha sido eso?», se pregunta. «¿Quién hay
ahí?» Vaya perro guardián, no sabe distinguir entre un pedo
y un ladrón. Y es demasiado perezoso para ir a investigar.
Mientras no le roben la alfombra sobre la que está, lo demás
le importa un bledo. Casi puedo leer su mente. La psicología
animal sería el trabajo perfecto para mí. Los únicos animales en los que me cuesta entrar son los pájaros. ¡Los pájaros
son los locos del mundo animal! ¿Alguna vez los han observado? ¡Dios mío, están locos de remate! Ni siquiera cuando
cantan les creo del todo.
Odio esta quietud. Olor a pedo de perro y nada más, casi
llegas a creer que te has vuelto sorda. Cualquier persona en
mi lugar empieza a pensar cosas, incluso en la muerte. Sobre
la muerte y el tiempo y por qué a veces tengo miedo por la
noche cuando estoy sentada y los observo a los dos y casi no
respiran, sólo sabes que sí lo hacen porque los libros suben
y bajan como algo que flota en el océano. Y la otra cuestión
es si mamá está borracha otra vez, pero cualquiera pregunta.
Cierra el pico y ocúpate de tus asuntos, pienso. Ella es un
hombre libre en París. Ésta es una canción que mamá solía
cantar cuando en casa se oían canciones. Historia antigua.
¡Ah, y el infinito! Vuelve a estar en mi cabeza. Te hace
estar despierta toda la noche, pensar en ello. ¿Lo han inten13
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tado? ¿Pensar en el infinito? No se puede. Es peor que los
pensamientos de los pájaros. Te dices: de acuerdo, imagina
que el espacio termina, el universo termina, y al final hay
un muro. Pero entonces sigues: ¿qué hay detrás del muro?
Aunque fuera sólido sería un muro sólido que duraría eternamente, un muro sólido hasta el infinito. Si me quedo atascada pensando en esto, lo que hago es arrancarme algunos
pelos de la coronilla. Los arranco de uno en uno. No duele.
Has de tener dedos de cirujano para separar los pelos y asegurarte de que sólo hay uno entre tus dedos antes de tirar
de él. Tienes que concentrarte bastante en la operación y eso
te impide pensar en otras cosas. Te calma.
Él está leyendo un libro sobre China y ella lee una selección de prosa de Ezra Pound, ésta es la cuestión. Ella se ha
quitado los zapatos y él los lleva puestos. Venus y Marte,
por decir algo. Y yo soy la Tierra, aunque ellos ni siquiera
lo saben.
Cuando tengo un puñado de pelos suelo echar algunos
al retrete y guardar el resto en una jarra. Sé que es peligroso, porque si alguien encontrara el pelo podría utilizarlo
para hacer una muñeca con mi cara y entonces estaría eternamente en su poder. Si quemaran la muñeca, yo moriría,
desa­parecería. El infinito.
–¿Qué haces? –me pregunta mamá–. Deja de holgazanear. –Cruza las piernas–. ¿No tienes nada para leer?
Otra vez los libros. Me pondría a chillar. Bueno, me gustan bastante los libros, pero no quiero dedicarme a ellos.
–Estoy pensando –le respondo.
Ella dice que la estoy poniendo nerviosa mirándola fijamente de aquel modo, que por qué no me voy a la cama.
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