Siempre he sido un soldado. No he conocido otra vida. He seguido

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Siempre he sido un soldado. No he conocido otra vida. He seguido la llamada de las armas desde
la infancia. Nunca he buscado otra.
He tenido amantes, he engendrado retoños, he competido en los juegos y he cometido salvajadas
cuando estaba borracho. He avasallado imperios, he subyugado continentes, he sido coronado
inmortal ante los dioses y los hombres. Pero siempre he sido un soldado.
Cuando era un niño, escapé de mi tutor para buscar la compañía de los hombres de los
barracones. El campo de maniobras y el establo, el olor del cuero y el sudor me resultan
agradables. El roce de la piedra de amolar contra el hierro es para mí lo que la música es para los
poetas. Siempre ha sido de esta manera. No recuerdo que nunca fuera de otra.
Cualquiera creería que alguien como yo ha tenido que aprender mucho de las campañas y de la
experiencia. Sin embargo, debo declarar con toda sinceridad que todo lo que sé lo sabía a los
trece años y, en honor a la verdad, incluso antes de los diez. Nada he aprendido siendo un
comandante adulto que no supiera ya de niño.
Siendo un crío descubrí instintivamente qué eran el terreno, la marcha, la oportunidad y los
elementos. Descubrí el cruce de los ríos y la explotación del terreno; cuántas unidades podían
recorrer esta o aquella distancia, con cuánta rapidez, cargadas con cuánto equipo y el estado en
que llegarían para el combate. Organizar las tropas es como una segunda naturaleza para mí; no
tenía más que mirar y todo aparecía claramente. Mi padre era el mejor soldado de su tiempo,
quizá el mejor de todos los tiempos. No obstante, cuando yo tenía diez años le dije que lo
superaría. A los veintitrés ya lo había hecho.
En la adolescencia estaba celoso de mi padre, temía que él se llevara toda la gloria y no dejara
nada para mí. Nunca le he tenido miedo a nada, salvo a una mala jugada del destino que me
hubiese impedido cumplir con el mío.
El ejército que he tenido el privilegio de liderar se ha mostrado invencible a través de Europa y
Asia. Ha unido los estados de Grecia y las islas del Egeo; ha liberado del yugo persa a las
ciudades griegas de Ionia y Eolia. Ha sometido a Armenia, Capadocia, la Frigia mayor y menor,
Paflagonia, Caria, Plidia, Pisidia, Licia, Panfilia, la Siria desértica y mesopotámica, y Cilicia. Las
grandes fortalezas de Fenicia —Biblos, Sidón, Tiro (y la ciudad filistea de Gaza)— han caído
ante él. Ha destruido el imperio central de Persia —Egipto y la Arabia cercana, Mesopotamia,
Babilonia, Media, Susiana, la escabrosa tierra de la propia Persia— y las provincias orientales de
Hircania, Areia, Paria, Bactriana, Tapuria, Drangiana, Aracosia y Sogdiana. Ha cruzado el Hindu
Kush para entrar en la India. Nunca ha sido vencido.
Esta fuerza ha sido insuperable no por su número, porque en todas las campañas ha entrado en el
campo de batalla en inferioridad de hombres y caballería; no por la brillantez de sus generales o
sus tácticas, aunque estas han sido meritorias; ni por la capacidad de su caravana de
abastecimientos y las unidades logísticas, sin las cuales ninguna fuerza puede sobrevivir en la
campaña, y mucho menos vencer. Este ejército ha triunfado sobre todo por las cualidades
guerreras de cada uno de sus soldados, específicamente por aquella propiedad expresada por la
palabra griega dynamis, la voluntad de luchar. Ningún general de esta o de cualquier otra época
ha sido tan favorecido por la fortuna como yo, al poder dirigir a esos hombres, poseídos por un
espíritu guerrero, dotados de incontables recursos e iniciativa, comprometidos con sus
comandantes y su llamada.
Sin embargo, ha ocurrido aquello que más temía. Los hombres se han cansado de las conquistas.
Se agrupan en la ribera de este río de la India, y carecen de la motivación para cruzarlo. Creen
que han llegado demasiado lejos. Ya tienen bastante. Quieren regresar a casa.
Por primera vez desde que asumí el mando, he considerado necesario formar una compañía de
atactoi —descontentos— y separarla de las divisiones centrales del cuerpo. Estos hombres no
son renegados o delincuentes habituales, sino tropas de primera, veteranos distinguidos, muchos
de ellos entrenados a las órdenes de mi padre y de su gran general Parmenio, pero se han vuelto
tan desafectos, de las acciones y las palabras tomadas u omitidas por mí, que solo puedo
colocarlos en la línea de batalla entre unidades de una lealtad indiscutible, so pena de que
deserten en la hora decisiva. Hoy me he visto obligado a ejecutar a cinco de sus oficiales,
macedonios de pura cepa todos ellos y cuyas familias me son muy queridas, por su tardanza en
cumplir una orden. Detesto hacerlo, no solo por la barbaridad de la medida, sino por la escasez
de imaginación que demuestro. ¿Debo mandar ahora por el terror y la coacción? ¿Es a esto a lo
que se ha visto reducido mi genio?
Cuando tenía dieciséis años y cabalgué por primera vez en la vanguardia de mi propio escuadrón
de caballería, estaba tan emocionado que no pude contener las lágrimas. Mi ayudante se asustó y
me rogó que le dijera qué me inquietaba. Pero los jinetes de los escuadrones lo entendieron. Me
conmovía verlos en perfecta formación, con sus cicatrices y su silencio, con las arrugas que los
elementos les habían marcado en el rostro. Cuando los hombres vieron mi estado,
correspondieron a mi admiración, porque sabían que me dejaría la piel por ellos. En estrategia y
en táctica, otros comandantes quizá sean mis iguales. Pero en esto nadie me supera: en mi amor
por mis camaradas. Quiero incluso a quienes se llaman a sí mismos mis enemigos. Solo
desprecio la ruindad y la maldad. Pero al enemigo que lucha con gallardía, lo abrazo contra mi
pecho, como a un hermano.
Aquellos que no comprenden la guerra creen que es una lucha entre ejércitos, amigo contra
enemigo. No. Diría que es un duelo que amigo y enemigo libran juntos contra un antagonista
invisible, cuyo nombre es Miedo, que buscan, incluso entrelazados en la muerte, subir a la cima
del promontorio cuya enseña es el honor.
Al soldado lo impulsan el aedor, el alma, y la dynamis, la voluntad de luchar. En la guerra no
importa nada más. Ni las armas, las tácticas, la filosofía o el patriotismo, ni siquiera el temor de
Dios. Solo ese amor por la gloria, que es el imperativo fundamental de la sangre, imposible de
erradicar en el hombre, al igual que en el lobo o en el león, y sin el cual no somos nada.
Mira allá, Itanes. En algún lugar más allá de aquel río está la costa del océano: el fin del mundo.
¿A qué distancia? ¿Pasado el Ganges? ¿Al otro lado de la cordillera de las nieves eternas? Lo
noto. Me llama. Debo llegar hasta allí, donde no ha estado príncipe alguno antes que yo. Allí
debo plantar el estandarte del león de Macedonia. Hasta entonces no daré descanso a mi corazón
ni licenciaré a este ejército.
Por eso te he pedido que vengas aquí, mi joven amigo. Durante el día, puedo mantener la
entereza; soy consciente de que las miradas de los hombres están centradas en mí. Pero por las
noches, la crisis del ejército me abruma.
Necesito desahogarme. Necesito poner en orden mis pensamientos. Necesito encontrar una
respuesta a la desmoralización de mi ejército.
Necesito a alguien con quien hablar, alguien que esté fuera de la cadena de mando, alguien que
pueda escuchar sin juzgarme y mantener la boca cerrada. Tú eres el hermano menor de mi esposa
Roxana y como tal estás bajo mi exclusiva protección. Nadie más puede ser tu tutor, a nadie más
puedes confiarle este relato. Estos son mis motivos de confidencialidad. Además, percibo en ti
(porque te he observado atentamente desde que entraste a mi servicio en Afganistán) el instinto
de mando y el don para la guerra que ninguna escuela puede impartir. Tienes dieciocho años y
muy pronto recibirás el grado de oficial. Cuando crucemos este río, llevarás a los hombres a la
batalla por primera vez. Me toca a mí instruirte, porque, aunque seas príncipe en tu país, aquí
solo eres un paje, un cadete en la academia de guerra que es mi tienda.
¿Te quedarás y escucharás mi relato? No te obligaré, porque las confidencias que te revelaré
mientras intento ordenar mis prioridades pueden ponerte en peligro, no ahora mientras viva, pero
sí más tarde, porque aquellos que me sucedan te buscarán para utilizar tu testimonio para sus
propios fines.
¿Servirás a tu rey y pariente? Di sí y vendrás a mí cada noche a esta hora, o a la hora que se
acomode a mi conveniencia. No tendrás que hablar, solo escuchar, aunque quizá deba enviarte, si
la ocasión lo demanda, a que hagas algún recado de confianza o discreción. Di no y te dejaré
marchar ahora, sin ningún resentimiento.
¿Dices que te sientes honrado de servirme?
Bien, mi joven amigo.
Entonces siéntate y comencemos.
(c) 2004, Steven Pressfield. Publicado por acuerdo con Doubleday, una división de
Random House, Inc.
(c) 2005, Grupo Editorial Random House Mondadori S.L.
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