uno de los más imponentes que se puedan ver: el viajero se detiene

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DOCTOR
uno de
viajero
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por las
dellín.
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los más imponentes que se puedan ver: el
se detiene mudo de sorpresa, y después de
minutos de admiración apresúrase a bajar
tortuosas pendientes que conducen a Me-
VIII
!lIEDELLIN Y 8l;8 ALREDEDOHES.-U80S
y COSTUMBRES.
PEPI'l'OY PEPITA.--LüS
!l.CH.:INALDOS.-LAS SImENAT.\ S.-·-COMERCIO.
Se llega a Medellín siguiendo un torrente que
llaman Quebrada: en ambos lados hay pintorescas
casa y jardines, y a pesar del poco atractivo de aquel
paraje, es el punto de reunión ordinario de los que
van a pasear. Nivelando el suelo, y platando en las
orillas del torrente algunos árboles se podrían trazar dos preciosas avenidas, donde las demás no temerían ya lastimarse sus delicados pies,
Si se continúa avanzando por la Quebrada, llégase bien pronto al río, y a un sendero frecuentado
durante la mañana por las bañistas. Desde las nueve a las diez se las ve llegar,sufriendo
los rayos
del sol, seguidas de sus negras, y cubierta la espalda con su espeso cabello, tan largo como el mantn
de 1HZ. rey.
Al salir de la Quebrada se llega a la plaza principal, que es muy extensa y está rodeada de casas
de un solo piso, construídas casi todas por el mismo
plano. En uno de los ángulos se eleva la iglesia catedral, de estilo único e indescriptible.
En el templo de Medellín no hay tribunas, ni
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bancos reservados ni sillas: las mujeres pobres, y
digo las mujeres porque los hombres suelen ir poco
a la iglesia, se arrodillan o se sientan en las losas
desnudas. La menestrala lleva un tapiz para orar
más cómodamente, siendo siempre el conductor un
niño. Todas las que van a mísa se visten de negro,
cubriendo su cabeza con la característica mantilla,
que, recogida sobre la frente, les comunica un aire
de notable modestia. Pero como los ojos quedan
descubiertos, y son muy negros y están velados por
largas pestañas, si hacen pensar en el Paraíso, harán olvidar también a muchos la devoción qne deben
tener en misa. Por otra parte, nunca faltan momentos en que la mantilla se desarregla, lo cual obliga
a su dueña, como es natural, a elevar graciosamente
ambos brazos sobre la cabeza para prenderla mejor, y entonces deja ver, como por casualidad, el
busto y el rostro. A fin de aprovechar estas oportunidades, los elegantes ele la población acuden solícitamente los domingos al atrio de la iglesia.
El porta-tapiz es un servidor necesario en toda
la América española: en toda casa acomodada hay
uno, que no tiene otra ocupación, y cuya nacionalidad varía según el punto del país. Las familias del
Perú que se precian de tener mejor gusto, eligen
un chico o un indio pura .sangre; en otras partes se
prefiere un negrito o una negrita de la mejor raza.
Este servidor debe ser el compañero de juego de
los niños de la familia, pero está condenado también a sufrir sus impertinencins. Todos le halagan
o le riñen, según se les antoja; y de aquí resulta
que cuando el adolescente debe cesar en sus funciones, no es nunca un buen servidor.
En Medellín, como en toda la Nueva Granada,
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apenas hay más aristocracia que la del dinero. Los
descendientes de los exploradores que descubrieron
el país, fundando los primeros establecimientos, y
los vástagos de los altos funcionarios enviados por
la metrópoli, escasean de tal manera, que la aristocracia de la cuna no existe en la Nueva Granada;
la del talento es desconocida también; y así es que
en aquel pueblo, ocupado tan sólo en buscar el progreso material, los sabios, los artistas y los poetas,
quedan siempre pobres, sin poder constituir una
clase separada.
La clase de menestrales figura en primer término; en ellas se comprende a las personas dedicadas
a profesiones liberales, a los mercaderes y a los
propietarios de haciendas (plantíos o granjas), así
como también a todo el que posea unos quince mil
duros.
Del color no hablemos: cada cual se jacta de
descender en línea recta de hidalgos de sangre azul;
pero la verdad es que los colores morenos, amarillos y atezados que se ven en casi todas las familias,
desmienten esa pureza de origen; bien es verdad
que nadie se ocupa de ello.
El dinero es el único que da a cada cual su valor. El muletero enriquecido llega a ser don Fulano
de tal; y si pierde su fortuna, no ha de imponerse
privaciones para conservar U11 rango adquirido por
casualidad; vuelve a vestir su antiguo traje, y adopta de nuevo sus primeras costumbres. En cuanto
al millonario, no considera vergonzoso dejar en la
miseria a toda su familia; si no se siente obligado
por el corazón, tampoco lo está por las consideraciones sociales.
El término único de comparación es el dinero:
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un hombre se enriquece por la usura, los fraudes
comerciales, la fabricación de moneda falsa u otros
medios por el estilo, y se dice de él: ¡Es muy ingenioso! Si debe su fortuna a las estafas o a las trampas en el juego, sólo dicen: ¡Sabe mucho! Pero si '
piden informes sobre una persona que nada tenga
que echarse en cara sobre este punto, ('ontéstase
invariablemente: Es lJ1wn sujeto, '}Jcro muy pobrc.
Ya se comprenderá que ('on tales elementos no
pueden ofrecer mucho atractivo en Medellín la'S relaciones sociales. Apenas se visitan más que las
mujeres; los hombres se encuentran en los almacenes o en la calle; los viejos hablan de negocios;
los jóvenes, de sus placeres.
El domingo, desde el medio día hasta las dos de
la tarde, está permitido a los elegantes visitar las
casas de su preferencia. Aquel día pueden franquear el zaguán, donde el dueño de la casa les recibe
durante toda la semana, y son admitidos en el salón, en el que encuentran a todas las señoras vestidas de gala y sentadas sobre un largo sofá o banquetas cubiertas de tapices.
El saludo es asaz indiferente por una parte y
otra; y en cuanto a la conversación, recuerda la
academia silenciosa de Amadan; bien es verdad que
poco tienen de qué hablar en una población donde
no hay bailes, ni conciertos, ni teatros, ni crónica,
donde la vida de hoyes la misma de hace un año y
la de toda la existencia. ~Se habrá de hablar de literatura a unas mujeres que no conocen un verso de
Espronceda ni de Bretón de los Herreros, que no
han visto las producciones de Moratín ni aun por
el forro, y que no saben que ha existido un Herrera 1
¿:Se hablará de música a aquellas damas que no
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conocen más instrumento que la guitarra, y que
sólo aprenden de rutina algunas coplas, las cuales
constituyen su eterno repertorio1 ¿Podrá discutirse
sobre pintura con una gente que nos ensalza como
cuadros maestros los mmnnrrachos de Quito que
se venden a duro la van~? La conversación carece
de alimento en todos los puntos de que pudiera
tratar una persona instruída; y hé aquí por qué deben hacer siempre el gasto la maledicencia y la
chismografía; sólo para esto están dispuestas las
damas de Medellín todos los domingos desde las
doce a las dos.
Seamos justos: debemos añadir que hay en la
ciudad algunos salones, muy escasos por desgracia,
amueblados a la europea, donde se encuentran varias buenas tradiciones, y se forma lentamente el
núcleo de una verdadera sociedad.
Después de un año de relaciones como las que
acabo de describir, no se tiene más intimidad que
el primer día; y como todo el mundo sabe lo que
hacéis, lo que decís, adónde váis, por qué y para
qué, no-se tarda en comentar vuestras visitas a cada
casa. Si hay una joven en estado de casarse, al
punto se ve en el extranjero un pretendiente; se da
cuenta de ello a los padres, y os afirman con empeño que estáis perdidamente enamorado de la señorita. Por más que lo negáis, insístese en lo mismo,
y a fuerza de oírlo decir, os hacen pensar en ello.
El padre, por su parto, adopta sus medidas: un
domingo os ,recibe en el zaguán, con gran asombro
vuestro, y sin más preámbulo, pregunta cortésmente
con qué objeto vistáis la familia. Si la respuesta
no es una demanda de matrimonio, os despiden po-
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líticamente, y es preciso que vayáis a otra parte a
matar vuestro aburrimiento dominguero.
Los que allí llaman cachacos visitan poco a las
familias, y aumentan el número de los esquineros,
verdaderos guardacantones vivientes, que pasan
horas enteras en las esquinas de las calles principales. Desde su punto de observación examinan todas
las ventanas enrejadas, en las que aparecen de vez
en cuando rostros de jóvenes, cuya mirada se dirige
magnéticamente hacia el sitio donde se hallan de
centinelas los esquine ros.
Verdad es que no se dicen una palabra, pero los
ojos hablan. La pepita (no de oro), nombre con que
designan aquí generalmente a las jóvenes, reconoce
desde lejos el rumor de los pasos de su admirador,
que también debería llamarse pepito; adivina, por
su modo de toser, que se halla ya en su esquina
preferente; y nunca le faltan pretextos para asomarse varias veces a la ventana, donde cambia con
su adorador desde lejos mil juramentos y amorosas
protestas.
Así es como suelen trabar conocimiento los jóvenes. Después de hacer una temporada el oficio de
esquinero, se pide la mano de la niña, que casi
siempre se concede, y el afortunado mortal recibe
la recompensa de su constancia.
Por fortuna, casi todas las jóvenes son buenas
para la vida matrimonial: si las mujeres de Mede·
llín no son dadas a la ostentación exterior, tan buscada en otras partes, poseen en cambio en el más
alto grado las cualidades de su sexo.
Una vez casadas, conságranse asiduamente a
los quehaceres domésticos; tiernas con sus hijos,
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y fieles a sus maridos, son vcrdaderas esposas y
buenas madres.
Hay, sin embargo, una época cmque los habitantes de Medellín interrumpen sus costumbres claustrales; es la que llaman allí época de los aguinaldos,
y que dura, según las provin:?Í:ls, desde el 25 de
diciembre al 6 de enero. En este período privilegiado menudean las visitas, y el forastero puede presentarse en casa de las personas a quienes desea
conocer, pues tiene la seguridad de ser bien recibido.
Hé aquí cómo se precede en los aguinaldos. Los
jóvenes de ambos sexos convienen de antemano en
pedírselos mutuamente; fíjase algunas veces el día,
y hasta se estipulan las condiciones del combate,
porque es verdaderamente una lucha de finezas, de
astucias y de pl'ecaueiones la que se trabará por
ambas partes .. Aquel que divisa a otro primero,
cuando van por la calle, grita al punto: "i Venga
mi aguinaldo F' y el otro no tiene mús remedio que
complacerle. Difícil es dar una idea de lo mucho que
trabaja la imaginación de nquella gente para sorprender a uno antes de que le vean. Por lo general
se permite todo, incluso el escalamiento y la violación de domicilio. Se soborna a los criados; se ponen espías, y varios se ocultan o se disfrazan, y
siempre acaba la cosa por reírse todos de la mejor
voluntad. Un enamorado penetra audazmente en
casa de su adorada con traje de aguador, y es reconocido demasiado tarde. Un joven recibe en su casa
en el momento menos pensado un fardo voluminoso;
éste se abre de repente, y una voz formidable grita:
,,iMi aguinaldo!"
Con frecuencia, y para prolongar más tiempo
la broma, se discute la validez de los medios em-
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pleados; y no son pocas las bodas que se llevan a
efecto por esta costumbre. Los regalos suelen ser
muy sencillos, y se tiene el buen tacto de no dar
importancia a su valor.
Para aquel que no conociese a ]\'[edellín sino en
la época de los aguinaldos, esta ciudad sería seguramente la más alegre y sociable del mundo; pero
pasado este buen tiempo, todo vuelve a su acostumbrada monotonía, y a los jóvenes no les queda
más recurso que las serenatas.
j Felices los países que han conservado tan poética tradición 1 j Dichoso aquel que en una de esas
noches serenas y perfumadas de los trópicos tiene
derecho a ir solo, o con sus amigos de confianza,
a entonar bajo las ventanas de su amor las ingenuas coplas de las baladas populares! Abrese un
balcón; una velada forma se dibuja en la penumbra;
cae una flor en la calle como señal de agradecimiento o de promesa; dos corazones laten a la par,
y la voz del cantor es trémula al terminar su estrofa.
En Medellín están muy a la moda las serenatas,
y perfectamente en armonía con las sencillas costumbres y con aquel clima igual y constante.
En dicha ciudad no se hace el comercio de exportación; sólo se envía a otros países el oro de las
minas de la provincia; pero impórtanse todos los
años grandes cantidades de mercancías, que se reparten entre los pueblos y ciudades del Estado, y
aun de otros vecinos.
Inglaterra remite hierros, artículos de herrería,
algodones blancos o crudos e indianas; de Alemania
se recibe quincallería, juguetes y fósforos; Suiza
suministra pañuelos, chales de algodón y de lana
y cortes de muselina; España remite sus vinos, y
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Francia las lanas, sedas, artículos de mercería,
sombreros, calzado, drogas y medicinas.
Los traficantes venden al por mayor y al por
menor; los almacenes de cierta importancia son
verdaderos bazares, y ninguno tiene especialidad.
Las tiendas son numerosas, pero cada día se abre
una nueva. El título de tendero es aquí muy considerado, y todos le ambieionan. Es de ver con qué
orgullo llevan aquí los elegidos, por mañana y tarde, la I-)liormellave que constituye la insignia de su
profesión. No hay bolsillo capaz {le ocultar este
objeto, verdaderamente monumental.
La mayor parte de los negocios se hacen a cré(lito y plazo de doce a dieciocho meses; el interés
ordinario es de un doce por ciento; pero muchas
transacciones se hacen a dieciocho. Esta extensión
del crédito indica una honradez y buena fe general
en los negocios; el tipo más elevado en el interés
prueba que con industria se pueden realizar prontamente considera bIes beneficios.
La proximidad de los grandes distritos mineros
contribuye por mucho a la importancia del comercio
de Medellín; los principales negociantes compran
el oro para hacer sus pagos en Europa, y realizan
así un beneficio de cinco a quince por ciento.
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