Unidad 6.La Restauración - IES Bárbara de Braganza

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IES Bárbara de Braganza
2º Bachillerato
2015-16
UNIDAD 6
“LA RESTAURACIÓN MONÁRQUICA (1875-1902)”
Fechas: 1898
Personajes: Alfonso XII, Cánovas del Castillo, Sagasta, P. Iglesias.
Términos: Caciquismo, Institución Libre de Enseñanza, PNV, Pucherazo y Sufragio Universal.
Cuestiones asociadas al texto 8: “Oligarquía y caciquismo” 1
•
El sistema canovista.
•
Los movimientos sociopolíticos: movimiento obrero y el origen de los nacionalismos.
•
Oligarquía y caciquismo en Extremadura
El Período que se inicia en 1875 está presidido por la restauración de la monarquía, y más en
concreto de la dinastía borbónica. Con ella vuelven también algunas de las características que habían
presidido la etapa anterior al Sexenio democrático, sobre todo en lo que respecta al dominio político
real de una élite constituida por los dirigentes de los dos grandes partidos, ahora llamados
conservador y liberal, y que son los herederos de los viejos grupos moderados y progresistas. Hasta
1902, año del inicio del reinado de Alfonso XIII, transcurre una larga época presidida por la
constitución de 1876 y su funcionamiento adulterado por la manipulación electoral y el caciquismo,
una etapa que se verá duramente alterada, en su monótono discurrir, por la sacudida de la guerra de
Cuba y el desastre de 1898. Esta grave crisis política planteó la necesidad de reformas que
modernizaran el país (“Regeneracionismo”). En este período también aparecerán nuevas fuerzas
emergentes como el obrerismo y los nacionalismos.
Por otra parte, el indudable crecimiento económico de finales del siglo no permitió, sin
embargo, acercar el nivel de desarrollo al de las grandes potencias ni transformó la sociedad, que
siguió inmersa en el atraso y las profundas desigualdades.
1.- EL RÉGIMEN DE LA RESTAURACIÓN
1.1.- La crisis del sexenio y el retorno de los borbones
Tras el golpe de estado de Pavía (ver unidad anterior), y la disolución de las cortes, en
enero de 1874, el general Serrano estableció un régimen que funcionó en la práctica como una
dictadura personal, pero a finales de año la posición de Serrano era ya frágil.
Mientras la propaganda hábilmente dirigida por Cánovas a favor del príncipe Alfonso, calaba
en el seno del ejército y aglutinaba a los grupos burgueses. El 1 de diciembre Alfonso XII firmaba el
Manifiesto de Sandhurst, en el que el futuro rey garantizaba una monarquía constitucional y
dialogante.
Cánovas preparaba un proceso pacífico y sin
intervención militar, pero el general monárquico
Martínez Campos se le adelantó y se pronunció en
Sagunto, el 29 de diciembre, proclamando a
Alfonso XII rey de España. El gobierno no opuso
resistencia y dimitió.
Alfonso XII con su segunda esposa María Cristina de
Habsburgo.
1
Este texto es el primero de la segunda parte del programa.
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1.2. El sistema político canovista: constitución de 1876, turnismo y el caciquismo.
El 9 de enero llegó Alfonso XII y Cánovas emprendió enseguida una tarea de gobierno
centrada en la pacificación afrontando las dos guerras abiertas, la de Cuba y la carlista y la creación
del nuevo régimen,
La campaña final contra los carlistas concluyó en marzo de 1876. No obstante, los problemas
asociados al carlismo no fueron resueltos. Permanecía el sentimiento regionalista, sobre todo entre los
vascos, cuyos fueros quedaron abolidos. Tampoco desapareció el sentimiento católico
ultraconservador; de hecho, el carlismo siguió vivo.
El final de la guerra carlista permitió enviar tropas a Cuba. Durante dos años se combinó la
negociación con una dirección militar eficaz. La Paz de Zanjón, que puso fin a la guerra en febrero
de 1878, incluía una amplia amnistía y una serie de reformas y promesas cuyo incumplimiento
posterior por el gobierno español provocaría la guerra definitiva de 1895.
El centralismo que revelan ambas actitudes tendrá mucho que ver con los problemas que
habrá de afrontar el régimen antes del final del siglo.
Las primeras medidas de Cánovas dejaron claro el carácter conservador del régimen:
gobernadores civiles y alcaldes fueron sustituidos por hombres afines a la corona, se reforzó la
censura y el control del orden y se eliminaron el matrimonio civil y los juicios por jurado.
Pero al mismo tiempo, Cánovas emprendió contactos con los líderes de demócratas y
progresistas. Ello se debe a la decisión de Cánovas de no repetir los errores del partido moderado,
haciendo sitio en el régimen a cierta oposición. Efectivamente, en la visión política de Cánovas era
imprescindible para la consolidación de la monarquía la creación de un sistema que fuera
igualmente válido para los antiguos moderados, unionistas, progresistas y demócratas, con la sola
condición de que aceptaran la monarquía y la alternancia en el gobierno, de modo que se terminara
con el pronunciamiento como vía para la toma del poder: el ejército debía "volver a los cuarteles" y
limitarse a su misión constitucional.
Para elaborar la Constitución que regularía el nuevo sistema, se convocaron elecciones a
cortes constituyentes, en diciembre de 1875; se convocaron por sufragio universal, pero fueron ya
manipuladas desde el Ministerio de Gobernación por el ministro Romero Robledo para asegurar
amplia mayoría a los partidarios de Cánovas, inaugurando así lo que sería la práctica electoral
típica de la Restauración.
La constitución de 1876 pretendía ser una síntesis de los textos de 1845 y 1869, aunque en
esencia se parece mucho más a la primera: la soberanía es compartida, y el poder legislativo lo
tienen “las cortes con el rey” (la corona tiene poder de veto por una legislatura, y la capacidad de
disolver cortes y convocar nuevas elecciones); el poder ejecutivo lo ejerce la corona a través del
gobierno, cuyo jefe elige el rey libremente. Las cortes son bicamerales; la Constitución no fija el
tipo de sufragio, por lo que será el partido gobernante el que lo decide, a través de la ley electoral. La
declaración de derechos es prolija, y reconoce casi todas las conquistas de 1869; pero, como en la
constitución de 1845, su concreción se remite a las leyes ordinarias, y éstas, en su mayor parte,
tendieron a restringirlas, especialmente los derechos de imprenta, expresión, asociación y reunión.
Ayuntamientos y diputaciones quedan bajo control gubernamental. Finalmente, la cuestión religiosa
se resuelve volviendo a la confesionalidad católica del estado.
Para el proyecto político de Cánovas lo ideal era que hubiera dos partidos, uno conservador,
y otro liberal, en el que se integraban grupos y personajes del sexenio, que pudiera funcionar como
alternativa, lo que era fundamental, en opinión de Cánovas, para afianzar el sistema. El núcleo de este
grupo fue el Partido Constitucionalista de Sagasta, que tras algunas dudas iniciales, terminó por
aceptar la monarquía de Alfonso XII y fue aglutinando otros grupos de su derecha y de su izquierda,
hasta constituir en mayo de 1880 el Partido Fusionista, enseguida Partido Liberal, que se convirtió
en la alternativa del Partido conservador de Cánovas.
Por tanto, en estos años iniciales se consolidaron el Partido Conservador, con un programa
de defensa del orden social, de la propiedad y de la monarquía y el Partido Liberal que, dentro del
marco constitucional, aboga por la defensa de los derechos individuales y el sufragio universal.
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Antonio Cánovas Del Castillo
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Práxedes M. Sagasta
Desde 1881, como veremos, empezó a funcionar lo que se conoció como el "turno pacífico",
que caracterizará el régimen durante más de cuarenta años, y cuyo rasgo más destacado es que no
surge de los resultados electorales, sino de transacciones entre los grupos dirigentes de ambos
partidos, que controlan el poder para preservar la monarquía y sus propios intereses para evitar
alteraciones revolucionarias.
El mecanismo se basa, una vez más, en el poder del rey para disolver y convocar cortes y en
un sistemático falseamiento del sufragio. Cuando un partido experimentaba el desgaste de su gestión,
o sencillamente cuando los líderes consideraban necesario un relevo en el disfrute del poder, se
sugería a la corona el nombramiento de un nuevo gobierno. El nuevo presidente era siempre el
líder del partido hasta entonces en la oposición, y recibía junto con su nombramiento el decreto de
disolución de cortes y la convocatoria de nuevas elecciones. Entonces actuaba el ministerio de
gobernación, que fabricaba los resultados electorales desde el llamado "encasillado", que consistía
en adjudicar escaños a partidarios o adversarios en función del acuerdo pactado entre los dos partidos.
El siguiente paso consistía en manipular las elecciones para que salieran los resultados acordados, lo
que se hacía a través de los "caciques", que a nivel local o provincial respondían de los votos de una
clientela cuya voluntad dominaban a base de proporcionar empleos o beneficios de tipo diverso; el
mecanismo se completaba, por supuesto, con el conjunto de procedimientos fraudulentos que se
conocen como "pucherazo".
Viñetas aparecidas en la revista satírica
La esquella de la Torratxa, 1905.
⇒ Identifica a los personajes de
ambas viñetas y comenta el
contenido de cada una de
ellas.
1.3. La evolución política.
La acción de gobierno de Cánovas entre 1876 y 1880 estuvo marcada por las reformas
administrativas ya mencionadas y la acción contra las guerras carlista y cubana. En 1881 formó
gobierno por primera vez el Partido Liberal, con una actuación un poco tímida: suavizó las
restricciones a la libertad de imprenta y de reunión y asociación; pero no restableció el sufragio
universal, lo que originó protestas y disturbios. Aunque el gobierno de Sagasta reaccionó con dureza,
el rey decidió el cambio y Cánovas volvió al poder en enero de 1884.
En noviembre de 1885 murió Alfonso XII y meses más tarde nacía su hijo póstumo, el futuro
Alfonso XIII. Su viuda María Cristina se hizo cargo de la regencia, y ante la situación, Cánovas y
Sagasta, habiendo comprobado ya el funcionamiento del “turno", se comprometieron a no poner en
peligro la estabilidad del sistema, apoyando a la regencia, a base de facilitarse mutuamente el relevo.
Este acuerdo, que se conoce como "Pacto del Pardo", permitió efectivamente superar la prueba de la
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muerte del rey y la larga regencia, pero contribuyó a agudizar la corrupción política y a falsear la
voluntad popular, cada vez más ajena al sistema político.
Sagasta formó gobierno en 1885 y su partido obtuvo la correspondiente mayoría. Durante el
llamado "Parlamento largo” se restablecieron la libertad de imprenta y la de asociación y se amplió
definitivamente el sufragio a todos los varones mayores de 25 años (1890). Por supuesto, esta
importante conquista democrática quedaba desvirtuada por la manipulación electoral: las primeras
elecciones celebradas por sufragio universal, en 1890, dieron la victoria al gobierno recién formado
por Cánovas. En años sucesivos siguieron turnándose, pero con importantes novedades que irían
debilitando el sistema.
⇒ Analiza los datos de esta tabla y comenta la causa de esos resultados
y sus posibles consecuencias.
⇒ ¿Qué fuerzas sociales apoyaban a los conservadores?, ¿y a los
liberales? Cita a los partidos que quedaban fuera del sistema.
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2. LA CRISIS DE 1898: LA GUERRA DE CUBA
En febrero de 1895 se produjo un levantamiento independentista en Cuba, que
rápidamente se transformó en una insurrección general. La guerra se debió a la maduración del
movimiento independentista, dirigido por Antonio Maceo y José Martí, pero también a los errores
cometidos por España (incumplimiento de las promesas de autogobierno y de abolición de la
esclavitud, ley proteccionista de 1891), presionada por los grupos con intereses coloniales, que se
oponían a cualquier cambio que pudiera reducir sus ganancias en la explotación de la isla. A la
frustración acumulada se unió el respaldo norteamericano a los insurgentes, ante la posibilidad de
explotar la isla en exclusiva. El apoyo fue primero diplomático y a partir de 1891, cuando la ley de
aranceles prohibió a los cubanos el comercio libre, se convirtió en apoyo material y en presión a favor
de la insurrección.
La guerra cubana atravesó varias fases. Inicialmente el Gobierno liberal intentó una
política de negociación y envió a Martínez Campos a la isla. Pero éste fracasó y tuvo que regresar a
España tras negarse a aplicar medidas represivas sobre la población civil. Además, en 1896 la
situación militar se agravó, al sumarse una segunda insurrección colonial, esta vez en Filipinas.
El nuevo gobierno de Cánovas envió entonces al general Weyler. Experto conocedor de
Cuba, recuperó todo el territorio y envió a los insurrectos a las montañas. Dividió el territorio mediante líneas fortificadas y concentró en compartimentos (auténticos campos de concentración) a la
población civil, para evitar que pudiera apoyar a los guerrilleros. Comenzó así una feroz guerra de
desgaste caracterizada por la superioridad militar española y el dominio del terreno por los guerrilleros
cubanos, que recibían armamento y suministros norteamericanos.
Las bajas fueron aumentando, mientras en España comenzaban a levantarse protestas. En agosto de
1897, Sagasta, que formo nuevo gobierno, tras el asesinato de Cánovas por el anarquista Angiolillo,
intentó un nuevo proyecto de autonomía más amplio con gobierno propio, parlamento y los mismos
derechos que los peninsulares. Sustituyó a Weyler y en enero tomo posesión el nuevo Gobierno
cubano. Desde Madrid aún parecía posible la paz.
Fue en ese momento cuando los Estados Unidos decidieron intervenir, contando con el
apoyo de una opinión pública hábilmente manipulada por los ideólogos del imperialismo y los
periódicos. El incidente que propició el estallido de la misma fue la explosión del acorazado
estadounidense Maine, anclado en la bahía de La Habana, el 15 de febrero de 1898, que causó 254
muertos. Había sido enviado a Cuba para “proteger los intereses norteamericanos en la isla”. Pese a la
propuesta española de una comisión de investigación internacional, los Estados Unidos, tras una
rápida y particular investigación, atribuyeron toda la responsabilidad a España. En esas condiciones,
el Gobierno de Washington propuso primero la compra de la isla y, ante la previsible negativa
española, lanzó un ultimátum que amenazaba con la guerra si en tres días España no renunciaba
expresamente a la soberanía. Desde la óptica de los dirigentes políticos y militares españoles, el
enfrentamiento era inevitable al tratarse de una cuestión de prestigio.
La guerra comenzó en Filipinas. Después de tres años de insurrección independentista, el
ejército español había conseguido dominar en parte la situación. Pero en la primavera de 1898 la flota
norteamericana se dirigió a las islas para apoyar a los insurrectos. El desarrollo de las operaciones fue
rápido y contundente. La superioridad material y técnica norteamericana era enorme, y sus bases
estaban mucho más próximas a los objetivos. En Filipinas, los estadounidenses tomaron Cavite el 1 de
mayo, destrozando la flota española, mientras que Manila fue conquistada casi sin combate el 14 de
agosto, cuando ya se había firmado el armisticio.
En Cuba, la flota española tras permanecer sitiada en Santiago, acabó siendo derrotada el 3
de julio. Ese mismo mes tropas norteamericanas desembarcaron en Guantánamo, en el extremo
oriental de la isla, y en Puerto Rico. El 12 de agosto España tuvo que pedir un armisticio. Por el
Tratado de París (10 de diciembre de 1898) España renunciaba definitivamente a Cuba, cedía a
Estados Unidos las Islas Filipinas, a cambio de 20 millones de dólares, y Puerto Rico, así como la isla
de Guam en las Marianas. La entrega de los restos del Imperio colonial se cerró en 1899: el Gobierno
español, consciente de la imposibilidad de mantener los últimos reductos, cedió a Alemania el resto de
las islas Marianas, las Carolinas y las Palaos a cambio de 15 millones de dólares (Tratado HispanoAlemán).
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El Desastre supuso una auténtica crisis en la conciencia de los españoles, y arrastró una serie
de consecuencias importantes.
Están, en primer lugar, las pérdidas humanas. Se calcula que las guerras de 1895-1898
costaron en conjunto unas 120.000 muertes, de las cuales la mitad fueron de soldados españoles. La
mayoría de las bajas se debieron a enfermedades infecciosas. Si al principio los daños no repercutían
demasiado en una opinión pública adormecida, poco a poco comenzaron las protestas y se fue
extendiendo la amargura entre las familias pobres cuyos hijos habían sido enviados a la guerra por no
poder pagar las quintas.
Los perjuicios psicológicos y morales fueron también importantes: los supervivientes
retornaban heridos y pésimamente atendidos. A ello se añadía la desmoralización de un país
consciente de su propia debilidad y de lo inútil del sacrificio.
Las pérdidas materiales, si bien no fueron excesivas en la metrópoli, salvo la fuerte subida de
los precios de los alimentos en 1898, sí fueron graves a largo plazo. La derrota supuso la pérdida de
los ingresos procedentes de las colonias, así como de los mercados privilegiados que éstas suponían y
de las mercancías que, como el azúcar, el cacao o el café, deberían comprarse en el futuro a precios
internacionales.
La crisis política resultó inevitable. El desgaste fue de ambos partidos, pero afectó
esencialmente al Liberal y a Sagasta, a quien tocó la misión de afrontar la derrota. Con él desapareció
la primera generación de dirigentes de la Restauración, que tuvo que ceder el terreno a los nuevos
líderes.
Pero quizá lo más grave fue el desprestigio militar, derivado de la dureza de la derrota, a
pesar de la capacidad demostrada aisladamente por algunos generales y del valor de las tropas. Era
evidente que las Fuerzas Armadas no habían estado preparadas para un conflicto como el ocurrido.
Aunque en último extremo la responsabilidad era más política que militar, el Ejército salía
considerablemente dañado en su imagen, lo que traería graves consecuencias en el siglo XX.
3. MOVIMIENTOS SOCIOPOLITICOS
3.1. El regeneracionismo
Tras la derrota, la opinión pública reaccionó a la pérdida del Imperio colonial con
resignación y fatalidad. La convulsión se produjo entre los políticos y los intelectuales, no entre las
clases populares.
Entre quienes analizaron las causas de esa situación destacó una serie de intelectuales, los
llamados regeneracionistas el más conocido de los cuales fue Joaquín Costa2. Para ellos, el origen del
problema estaba en el aislamiento del cuerpo electoral del país, la corrupción de los partidos del turno
y el atraso económico y social que España tenía respecto a los países europeos más avanzados. Para
cambiar la situación propusieron programas basados en la reorganización política, la dignificación de
la vida parlamentaria, la reforma educativa siguiendo los principios de la Institución Libre de
2
A este autor corresponde el texto nº 8 de las pruebas de acceso a la universidad.
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Enseñanza, la acción orientada hacia la ayuda social, las obras públicas y, en definitiva, una política
encaminada al bien común y no en beneficio de los intereses de la oligarquía.
Pero los regeneracionistas se quedaron en la teoría. No quisieron formar partidos ni participar
en la vida política. Por ello su crítica, con ser un revulsivo valioso, fue estéril, porque no trascendió en
un movimiento político concreto con capacidad de acción.
En cuanto a la oposición republicana, ésta se vio dificultada por la existencia de multitud de
tendencias irreconciliables, que acabaron traduciéndose en la formación de varios partidos, y por la
falta de apoyo social, al perder a la clientela obrera, decantada hacia las organizaciones obreras y a la
burguesa periférica, ya inclinada al regionalismo y el nacionalismo.
Estas nuevas fuerzas, organizaciones obreras y nacionalismo, constituirán la verdadera
oposición al régimen canovista.
3.2. El origen de los nacionalismos
Hasta la Restauración, la reivindicación foralista o nacionalista se había canalizado a través
del republicanismo federal, si era progresista, y del carlismo, cuando era conservadora. Debilitadas
ambas corrientes, surgen ahora movimientos que reivindican los derechos históricos catalanes, vascos,
valencianos, gallegos y andaluces. El movimiento regionalista fue más fuerte y surgió antes en
Cataluña y el País Vasco, al existir allí una diferenciación lingüística que cimentó el sentimiento
nacional, y una burguesía desarrollada en la que arraigó la ideología nacionalista. Si bien en España
tuvo caracteres propios, fue un fenómeno común a toda Europa, que en la misma época experimentaba
el auge de un nacionalismo a veces imperialista.
La región española pionera en desarrollar un movimiento regionalista fue Cataluña, donde a lo
largo del siglo XIX había tenido lugar un crecimiento económico superior al de cualquier otra región
española. Este desarrollo socioeconómico coincidió con u notable renacimiento de la cultura catalana.
En este contexto, y a mediados del siglo XIX, nació un movimiento conocido como la Renaixença,
cuyo objetivo era la recuperación de la de la lengua y de las señas de identidad catalanas. De este
modo, el catalanismo surgió de la conjunción del progreso económico y el renacimiento cultural.
En Cataluña el primer nacionalismo surgió en torno a intelectuales como Valentí Almirall,
considerado como el padre del catalanismo político o Prat de la Riba. En 1892 los grupos liderados
por ambos se fusionaron en la Unió Catalanista, cuyo programa fundacional, las Bases de Manresa,
constituyó el documento básico del nuevo nacionalismo catalán. Movimiento esencialmente burgués,
no planteaba la secesión ni una actitud de lucha contra el Estado español, sino una propuesta de
sistema federal en el que las regiones obtuvieran un régimen de autogobierno con instituciones
propias.
La crisis del sistema del sistema político de la Restauración acrecentó el interés de la
burguesía catalana por tener su propia representación política al margen de los partidos dinásticos. En
1901 se creó la Lliga Regionalista, fundada por Prat de la Riba y Francesc Cambó. Este nuevo
partido aspiraría a tener representantes que defendiesen los intereses del catalanismo en las Cortes. El
éxito electoral convertiría a la Lliga en el principal partido de Cataluña durante el primer tercio del
siglo XX.
El nacionalismo vasco surgió en fechas más tardías. En sus orígenes hay que considerar la
reacción ante la pérdida de los fueros tras la derrota del carlismo; pero también el desarrollo de una
corriente cultural en defensa de la lengua y cultura vascas.
Su gran propulsor fue Sabino Arana, quien creía ver un peligro para la subsistencia de la
cultura vasca la llegada de inmigrantes de otras regiones de España a la zona minera e industrial de
Bilbao, como resultado de la gran expansión económica vizcaína en el último tercio del siglo XIX.
Las propuestas de Arana prendieron en diversos sectores, sobre todo en la pequeña
burguesía, que veía con temor el crecimiento del socialismo entre la clase obrera vasca temerosa, y en
1895 fundaba el Partido Nacionalista Vasco (PNV) en torno a un grupo de reivindicación foral
vizcaíno. Arana popularizó el nombre de Euzkadi y la ikurriña. Este movimiento estuvo impregnado
de un fuerte sentimiento católico y de defensa de la tradición y la pureza racial del pueblo vasco,
por lo que adquirió un cierto tono xenófobo.
Aunque en un principio sus planteamientos fueron muy radicales, proponiendo la secesión
frente al Estado español, poco a poco fue suavizando su postura al tiempo que ganaba adeptos en una
burguesía industrial y más moderna (Ramón De La Sota). Este sector acabó imponiéndose en el
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control del PNV y se acomodaron a una estrategia autonomista similar a la del catalanismo. A partir
de entonces comenzó a obtener ciertos éxitos en las elecciones. De este modo se configuraron dos
tendencias dentro del PNV que se mantendrían en el futuro.
Más débiles ante la falta de una burguesía fuerte que los impulsara, otras expresiones
regionalistas y nacionalistas como la gallega, valenciana y andaluza, que tenían ya defensores en
algunos intelectuales a finales del siglo, sólo se desarrollarán en los comienzos del siglo XX.
3.3. El movimiento obrero durante la Restauración.
Al iniciarse la Restauración, el movimiento obrero había pasado ya a la clandestinidad y
escindido ya claramente en dos corrientes diferentes, socialista y anarquista.
En 1881 se fundó la Federación de Trabajadores de la Región Española (FTRE), de
inspiración anarquista. La nueva federación, que tenía su mayor implantación en Cataluña, Aragón,
Valencia y Andalucía se inclinó por un activismo predominantemente sindical y reivindicativo. Los
desacuerdos dentro de la organización y la constante represión sobre el movimiento obrero y
campesino favorecieron que una parte del anarquismo optara por “la acción directa” cuyo
objetivo era atentar contra los pilares del capitalismo: el Estado, la burguesía y la Iglesia. Esa
táctica de los más radicales sirvió para etiquetar de violento a todo el anarquismo.
En la última década se sucederían episodios de violencia basada en una dinámica de
acción/represión/acción. En 1893 se atentó contra el general Martínez Campos, el autor fue detenido
y fusilado. Como respuesta se produjo el atentado en el Liceo de Barcelona que causó 20 muertos.
Esta vez la represión se extendió a 415 obreros, seis de los cuales fueron fusilados. Más tarde un
anarquista francés lanzó una bomba al paso de la procesión del Corpus en Barcelona. La policía
detuvo a más de 400 obreros, 87 de ellos fueron procesados y encarcelados en el castillo de Montjuic:
al final, cinco de ellos fueron sentenciados a muerte. Finalmente, en 1897, la víctima del
anarquismo fue el artífice de la restauración, Cánovas del Castillo. A partir de esa fecha la
actividad terrorista disminuyó , aunque también aparecería en las primeras décadas del siglo XX.
En el campo andaluz se extendió el anarquismo revolucionario, donde surgió una supuesta
sociedad secreta anarquista “La Mano Negra”, a la que se atribuyó una serie de acciones violentas
que permitió una dura represión al anarquismo andaluz.
Esta violencia ahondó la división del anarquismo entre los partidarios de continuar con la
acción directa y los que propugnaban una acción colectiva y sindical. Entre estos últimos se
encontraba uno de los principales representantes del anarquismo español, Anselmo Lorenzo. Esta
tendencia, de clara orientación anarcosindicalista, comenzaría a dar sus frutos a principios del siglo
XX con la creación de Solidaridad Obrera (1907) y la CNT(1910).
La otra gran tendencia del movimiento obrero fue la marxista, que ya desde 1870 tenía en
Madrid su principal arraigo. Los socialistas madrileños se reorganizaron en torno al núcleo de los
tipógrafos. Fueron ellos quienes, junto a algunos intelectuales y otros artesanos fundaron en mayo de
1879 el Partido Socialista Obrero Español (PSOE).
Una comisión encabezada por Pablo Iglesias redactó el
primer programa y que se basaba en tres objetivos
fundamentales: la abolición de las clases y la emancipación
de los trabajadores; la transformación de la propiedad
privada en propiedad social o colectiva, y la conquista del
poder político por la clase obrera. El programa incluía,
además, una larga lista de reivindicaciones políticas y de
carácter laboral, que pretendía la mejora de las condiciones
de vida de los obreros.
Retrato de Pablo Iglesias, líder histórico del PSOE.
En 1888 se fundó en Barcelona la Unión General de Trabajadores (UGT), un sindicato de
inspiración socialista. A partir de 1888 se marcará la línea divisoria clara entre el partido, con
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objetivos políticos, y el sindicato UGT, cuya función reivindicativa e inmediata era la defensa de los
trabajadores en la sociedad capitalista.
En 1890 se celebró por primera vez el 1º de Mayo, siguiendo la consigna de la II
Internacional. Desde aquel año el PSOE, comenzó a presentar candidatos a las elecciones, y en las
municipales de 1891 por vez primera cuatro concejales fueron elegidos en las grandes ciudades. El
éxito, que contrastaba con su escasísima influencia en el campo, sirvió al partido para catapultarse y
presentarse como organización que aspiraba al poder.
También intentan organizarse en ese final de siglo movimientos obreros de inspiración
católica, a partir de la encíclica Rerum Novarum de León XIII, que, tras denunciar al socialismo y
hacer una moderada crítica del sistema capitalista, animaba a encauzar a través del Evangelio los
intentos de mejorar la vida de la clase obrera. Sin embargo, las organizaciones católicas apenas
arraigarían.
4.- OLIGARQUÍA Y CACIQUISMO EN EXTREMADURA
Tal y como se ha indicado anteriormente, el sistema canovista resultaba falsamente
democrático, aún después de la implantación del sufragio universal. Además, en el caso extremeño,
una zona eminentemente rural, el funcionamiento del sistema alcanzó sus mayores cotas de eficacia.
No obstante, en los primeros años el modelo canovista tuvo que hacer frente a los últimos y
residuales coletazos de algunos sectores del republicanismo, que mediante el recurso a la sublevación
trataron de subvertir la estructura del Estado. Este fue el caso de la sublevación de militares
republicanos en Badajoz en 1883.
Superados estos acontecimientos, que tan escasa incidencia real tuvieron, el sistema político
siguió madurando. En 1890, como muestra del grado de consolidación, se admitía el sufragio
universal masculino. La ampliación del derecho electoral, que al dar posibilidades de participación a
los más modestos podía tener importantes repercusiones, en una sociedad tan desajustada como la
extremeña, no puso nunca en peligro las ancestrales relaciones de dominio político, económico y
social consustanciales a la región.
El sistema tenía en el caciquismo su método de supervivencia y garantía de perpetuación de
aquellas situaciones. Los filtros que imponía el sistema impedían que entraran en el engranaje político
fuerzas potencialmente dinámicas. Con unos partidos formados por reducidos grupos de notables,
de gran peso específico en la región extremeña y con idénticos intereses que defender (así, por
ejemplo en las elecciones de 1896 fue diputado por Cáceres el conservador Conde de Torrearias y en
la elección siguiente triunfó el Conde de Campo Giro, liberal, ambos eran de los mayores
terratenientes de provincia). Junto a estos personajes de la aristocracia aparecían los más acaudalados
labradores y profesionales de la política (principalmente abogados). Por tanto, una parte importante
de la oligarquía agraria extremeña optó por la vocación política.
Por debajo de estos representantes elegidos se situaban los caciques locales, diseminados por
las poblaciones, quienes atraían el voto a la opción elegida según el turno, gracias a su preeminencia
socioeconómica (fueron los grandes beneficiados de los procesos desamortizadores y contaban con
patrimonios muy saneados) y llegado el caso usando todo tipo de maniobras.
El sistema alimentaba, por otra parte, la intensa desmovilización política de la región, puesta
de manifiesto en el elevado grado de abstencionismo sino también en la fidelidad al poder. En la
Extremadura de la Restauración, como en otras tantas regiones, siempre ganaba el partido que las
convocaba, con riguroso respeto al sistema de turno pacífico de conservadores y liberales. Y esto
funcionó hasta que la crisis de los partidos dinásticos introdujo una fuerte dispersión del voto.
Fuera del sistema tan sólo los republicanos, en la provincia de Badajoz, consiguieron alguna
representación testimonial. Ni las organizaciones obreras ni mucho menos el regionalismo, muy poco
relevante en nuestra región, tuvieron cabida en estos finales de siglo. En definitiva, la mayoría de la
población extremeña estuvo, aunque no formalmente si en la realidad, marginada de la toma de
decisiones políticas durante la Restauración.
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