Merovingios

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PRERROMÁNICO: HISTORIA Y ARTE MEROVINGIO.
INTRODUCCIÓN AL PERIODO PRERROMÁNICO
Tradicionalmente se ha dado esta denominación al arte que se manifestó en el Occidente europeo desde la
caída del Imperio Romano (s.V) hasta la aparición del arte románico (ss.X−XI). Hoy día se prefiere hablar de
un "arte cristiano de la Alta Edad Media occidental", expresión que tiende a evitar la ambigüedad de aunar
una serie de artes más o menos locales en una sola palabra que pudiera dar la falsa sensación de unidad de
estilo.
Los pueblos germanos, llamados por los romanos "bárbaros", procedían del norte de Europa y fueron
descendiendo, en sucesivas oleadas, hacia el Sur. Poco a poco, se situaron en los bordes exteriores del Imperio
Romano. Estos pueblos tenían una organización muy diferente a la del mundo romano. Constituían pequeños
grupos o tribus que eran mandados por un jefe militar, que era nombrado por una asamblea de guerreros. La
tribu se gobernaba mediante la costumbre, que era convertida en ley. Estos pueblos se dedicaban
principalmente a la agricultura y a la ganadería. Apenas conocían la artesanía.
Sus creencias se fundaban en la adoración a las fuerzas de la naturaleza y sus santuarios estaban en el fondo
de los bosques. El dios Wotan recibía en el paraiso (Valhalla) a los guerreros muertos en combate.
Tácito, a comienzos del siglo II, coloca todavía a los godos (emigrados de Gotland, al sur de la actual Suecia)
a orillas del Báltico, pero a fines del siglo, ya en Ucrania, es donde esta raza se escindió en sus dos ramas de
visigodos y ostrogodos. Ambas transitaron después hacia el sudeste de Europa, y se instalaron junto a los
límites del Imperio de Oriente, hasta que la marcha avasalladora hacia Europa de un pueblo tártaro, nómada y
belicoso, los hunos, puso bruscamente en movimiento a ambos pueblos de estirpe goda. En efecto, allá por el
año 370,al ser rechazados en el Asia por los mongoles, los hunos se precipitaron sobre los ostrogodos y esto
determino también un rápido desplazamiento de los visigodos, que al mando de Alarico se lanzaron en 395
sobre el territorio bizantino; después se encaminaban a Italia y en el año 410 entraban en Roma. Muerto
Alarico, pasaban, bajo el caudillaje de Walia al sur de la Galia, y con Ataulfo a España. En cuanto a los
ostrogodos, poco después se establecieron también, como peligrosos vecinos, en las fronteras del Imperio de
Oriente, de donde, a fines del siglo V el emperador Zenón, logró apartarles, mediante el ardid de revestir a su
caudillo Teodorico del gobierno de Italia, país que de hecho estaba ya perdido para el Imperio y que aquel
invadió en el 489.Cuatro años más tarde lograba vencer y matar en Pavía a Odoacro, rey hérulo, y conseguía
poco después hacerse único dueño de la antigua sede del Imperio de Occidente.
Por otra parte, el último gobernador romano de la Galia, Siagrio, fue derrotado en Soissons, el año 486.Más
que el fin del poder romano en Galia −que se había ido desintegrando desde principios de siglo bajo repetidos
ataques procedentes de Oriente− el acontecimiento señaló la aparición del pueblo que estaba destinado a
heredarlo: los francos. Durante el siglo V, los francos aumentaron rápidamente sus asentamientos situados al
oeste del Rin, pero al principio nada hacía suponer que luego llegarían a dominar todo el país. Les rodeaban
otros pueblos bárbaros más poderosos −suevos, burgundios y, sobre todo, ostrogodos y visigodos− y no
estaban unidos ni eran muy numerosos. Sin embargo, en el plazo de unos cincuenta años (464−511), y al
mando de dos jefes muy capacitados, Childerico y Clodoveo, habían logrado derrotar o aliarse con todos sus
rivales y convertirse en una de las principales potencias de la Europa posrromana.
El arte de estos pueblos era pobre, limitándose casi exclusivamente al adorno de los objetos de uso personal.
Por otra parte, en los últimos tiempos del Imperio se había desarrollado una especie de "bilingüismo
figurativo", paralelo al bilingüismo verbal, que correspondía a una dicotomía social: por un lado el arte oficial
(latín áulico) continuación directa del estilo clásico, y por otro un arte popular (dialecto prerromance) que
mantenía la tradición del estilo provincial romano, menos culto que el anterior. Ambos fenómenos están en el
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origen y formación del arte prerrománico.
Es difícil dar características generales que aúnen los diferentes estilos que componen el fenómeno
prerrománico en el terreno de las creaciones concretas. Cada reino creó prácticamente un estilo. Pero si que
puede señalarse una mentalidad que aflora en todos ellos: en el plano iconográfico la proliferación de las
teofonías, vinculadas a una Iglesia triunfante en la que se apoyaban las monarquías; y en el plano técnico una
regresión hacia un cierto primitivismo que enlaza con la tradición popular y provinciana romana. Este hecho
es paralelo al de la regresión económico−cultural de Europa a partir del siglo V.
A grandes rasgos se pueden señalar dos periodos. Uno que comprende hasta el siglo VIII, limitado por la
invasión árabe de España y la instauración de la dinastía carolingia en Francia, y que corresponde claramente
al arte de los pueblos bárbaros; y otro que partiendo del renacimiento carolíngio llegó hasta el arte románico.
En un primer periodo incluiríamos el arte merovingio (Francia), ostrogodo (Italia), visigodo (España),
irlando−northumbro (Irlanda) y anglosajones (Inglaterra).
En el segundo periodo tendríamos el arte carolíngio (Francia), asturiano (Asturias), mozárabe (España),
longobardo (Italia) y otoniano (Alemania).
Como puede observarse está distribución de los pueblos bárbaros sobre Europa tras la caída del Imperio
Romano, fijaría el origen de las nacionalidades europeas todavía hoy vigentes.
CULTURA MEROVINGIA
LA DINASTÍA MEROVINGIA.
La dinastía de los merovingios, que debe su nombre a un antepasado más o menos mítico, Meroveo, comenzó
reinando sobre los francos salios, federados al imperio por el emperador Juliano desde el año 358, y fue
subordinando progresivamente a numerosos pueblos germánicos curso y al conjunto de la población
galorromana entre finales del siglo V y el año creciendo 751, fecha de su definitiva eliminación por los
carolíngios.
Los merovingios fueron en un principio, un clan sagrado del que provenían los reyes de las diferentes tribus
de francos. Al advenimiento de Clodoveo (482), El problema radicaba en dilucidar cuál de pueblos
germánicos instalados en la Galia conseguiría, en su provecho, dominar el país. Este éxito fue obra de los
francos durante el reinado de Clodoveo y del de sus hijos Teodorico I, Clodomiro, Childeberto y Clotario I. Se
conocen las principales etapas de esta conquista, aunque, por otra parte, la cronología detallada de las mismas
no ha podido ser establecida con todo rigor. La liquidación de las últimas posesiones romanas en la Galia,
gobernadas por Siagrio, a quién Clodoveo venció en la batalla de Soissons (486), que delimitó la frontera del
reino franco en el Loira, y la campaña contra los alemanes, derrotados por Clodoveo en Tolbiac (506),
marcaron un primer momento de esta unificación. Posteriormente, Clodoveo, aliado con los burgundios,
infligió al visigodo Alarico II una decisiva derrota en la batalla de Vouilllé (507), lo cual determinó la
ocupación de Burdeos, Saintes, Tours y Angulema por parte de los francos. Esta batalla sentenció la muerte de
los visigodos en la Galia, y sus territorios, sitos entre el Loira y los Pirineos, con la excepción de la
Narbonense y de Provenza, pasaron a poder merovingio. Al morir Clodoveo(511), los francos eran dueños de
toda la Galia, salvo del vacilante reino de los burgundios y de la zona visigoda. Después de muchos intentos,
la sumisión total de Burgundia (537) y de turingios y bávaros (534−538) terminó de configurar esta
hegemonía. Clotario I logró la reunificación (558−561) del "regnum francorum" e instaló su capital en
París(558), con lo que formó el conjunto territorial más poderoso de Europa occidental.
Las sucesivas divisiones del reino hechas por los soberanos merovingios provocaron sangrientas luchas
fraticidas, que finalizaron al establecerse de nuevo la unidad durante el reinado de Clotario II (613). A raíz de
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aquellas se individualizaron Austrasia, Neustria, Burgundia, Aquitania y Provenza. La muerte de Dagoberto
(639) señaló la creciente importancia de estas entidades y el inicio de la decadencia merovingia, cuya
dirección política sería detentada, en adelante, por los mayordomos de palacio, verdaderos fiscalizadores del
poder real. Neustria, dirigida por el mayordomo Ebroín, impuso la hegemonía al resto de reinos, pero el
asesinato de este(681o683) cambió la situación. Pipino II de Heristal, mayordomo de palacio de Austrasia,
derrotó a los neustrios en Tertry (687), con lo que el poder pasó a manos de Austrasia, y reunió ambos reinos
bajo la teórica autoridad de Teodorico III. Estas rivalidades entre los mayordomos de palacio, que jalonaron la
historia merovingia del siglo VII, fueron más disputas entre familias ávidas de aumentar su poder que
rivalidades entre pueblos. La obra unificadora de Pipino II de Heristal fue continuada por su hijo Carlos
Martel, que sometió a la autoridad franca a Borgoña y Provenza, a alamanes (730) y frisones(733). Además
logró contener el avance de los musulmanes, que habían ocupado Carcasona, Nimes y Autun, y los derrotó en
la batalla de Poitiers (732), hecho que significó el definitivo abandono de la penetración sarracena en la Galia
(sólo Narbona quedó en sus manos).
Con la deposición del último de los "reyes holgazanes", Childerico III, y el acceso al trono de Pipino el Breve
(751,apoyado por el papa Zacarías, el reino franco recuperó su antiguo encuadramiento territorial, e
inauguróse así la dinastía carolingia.
ECONOMÍA MEROVINGIA.
Representando apenas el 5% de la población de la Galia, francos, burgundios y demás germanos establecidos
en el "regnum francorum" tras las invasiones provocaron, por contra, la muerte o el exilio de un número muy
superior de galorromanos. La resultante falta de mano de obra significó la multiplicación de los esclavos, cuya
emancipación prohibieron los concilios de Agde (506) y de Yenne (517), y la proliferación de roturaciones
monásticas. Soberanos, aristócratas y monjes creaban grandes dominios, excepto en el sur de la Galia, y los
pequeños propietarios sólo podían conservar sus tierras a cambio de censos y servicios, como la riga o cultivo
de una parcela ajena de tierra.
Aunque en régimen de economía rural cerrada y de vida urbana muy limitada, la economía merovingia
mantenía, no obstante, contactos con el exterior. El consumo suntuario de la Iglesia y del palacio real abrían el
comercio con el mundo bizantino y con el mundo arabe, mientras la costa atlántica gala intercambiaba sus
productos(vino, aceite, trigo, sal...) por el cuero, la lana, los tejidos y el estaño irlandeses, ingleses o
españoles. Galia, finalmente, reexportaba esclavos anglosajones hacia el Mediterráneo.
Pirenne sostiene que las grandes invasiones germánicas sólo destruyeron el andamiaje político del imperio
romano, pero no su economía. La documentación, a pesar de su insuficiencia, prueba la veracidad de tal
afirmación. El intercambio comercial entre oriente y occidente fue de considerable importancia, sobre todo
durante el primer siglo de la época merovingia. El valle del Mosa destacó como uno de los puntos de
convergencia de las grandes rutas comerciales de Europa septentrional y meridional, y, a su vez, el valle del
Rin fue asimismo una importante vía N−S que unía Italia con los países bálticos y escandinavos. La
importación de artículos desde oriente, a cambio de los cuales se entregaba oro, provocó el agotamiento de
este metal y la paralización del comercio con oriente, al mismo tiempo que se intensificaban los intercambios
con Bretraña y Escandinavia. El sistema monetario merovingio fue, hasta fines del siglo VII, una
prolongación del romano, y se alineó entre los usuales del Mediterráneo que utilizaban el patrón oro; a partir
del siglo VIII, el sistema perdió su unidad, y los tipos monetarios se diversificaron.
EL REY MEROVINGIO.
Descendiente del misterioso Meroveo, que confería un carisma hereditario a su dinastía, y detentador del
trono por medio de la fuerza, el rey merovingio ejercía el poder absoluto a través de bans (órdenes).
Confundía los ingresos del reino con su fortuna personal, dado que no podía percibir regularmente el impuesto
territorial, ni parte de los impuestos indirectos y las regalías. Debido a las retribuciones de los condes y a las
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inmunidades concedidas, sus principales ingresos procedían de la guerra y, sobre todo, de la explotación
económica de su dominio territorial, constituido por las antiguas tierras del fisco imperial.
EL PALACIO.
El palacio, adaptación de la institución imperial del mismo nombre, reunía varios organismos: los servicios de
corte, los scrinia (despachos de escritura) y la guardia real, rigurosamente jerarquizados. Mayordomos, condes
de palacio, senescales, condestables, chambelanes y referendarios tenían una función específica, que
intentarían ensanchar en decrimento del poder real.
EL CONDE.
Responsable local de la administración y de la justicia, las cuales imponía tanto en la circunscripción
eclesiástica, antes civitas galorromana, como en el pagus germano, el conde se encargaba de la exacción de
los impuestos así como de reunir y mandar las tropas de su jurisdicción. Sólo el obispo, en cuya elección
intervendría el rey desde el siglo VI, limitaba su poder regional. Reclutado inicialmente entre aquellos grandes
que frecuentaban la corte real, el conde escapó finalmente a la autoridad del monarca, cuando éste tuvo que
admitir el reclutamiento local.
LA IGLESIA.
Única fuerza moral y única potencia intelectual capaz de asumir la herencia de la cultura antigua y de
transmitirla al mundo medieval, la Iglesia de Galia conservaba, tras las invasiones bárbaras, la armazón
institucional del Bajo Imperio. Cada vez más apegada a la dinastía merovingia, se convirtió de hecho en uno
de los medios de gobierno del monarca, quién legislaba a veces por mediación de los concilios eclesiásticos.
La obra evangelizadora, tutelada por el obispo, se encargaba a los monasterios.
El monarca facilitaba las fundaciones concediendo inmunidad impositiva a las propiedades monacales. De
esta forma, la difícil labor espiritual del clero regular en el seno de la comunidad franca quedaba compensada
en lo material por una progresiva acumulación de tierras, hasta que Carlos Martel, para salvar el estado,
recurrió a una confiscación sin precedentes de los bienes de la Iglesia.
ARTE MEROVINGIO
LAS LETRAS Y LAS ARTES.
La inicial ruina de la economía merovingia provocó la desaparición de escuelas; sólo se conservaron las
ubicadas en las abadías. La mayor parte de los laicos eran iletrados, y la cultura era patrimonio casi exclusivo
del estamento eclesiástico. Casi todas las obras escritas en aquella época son crónicas de vidas de santos, y
sólo la "Historia eclesiástica de los francos", del obispo Gregorio de Tours, tiene especial interés. La mayoría
de las manifestaciones artísticas merovingias se vieron influidas por el arte romano. Las basílicas
ornamentadas con mármoles y mosaicos (París, Auxerre, Autun y Toulouse) ejemplifican esta mímesis. Uno
de los peculiares rasgos fue la utilización de la orfebrería alveolada y la exportación a toda la Galia de
capiteles y sarcófagos de mármol, el cual se extraía de las fecundas canteras de Aquitania. Existe una muestra
de estos capiteles en la cripta funeraria de Jouarre (s.VII).
De hecho, el arte merovingio sólo puede ser juzgado como una transición al importante renacimiento que sería
la época carolingia.
LA PINTURA MEROVINGIA.
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Textos de la época merovingia hacen frecuentes alusiones a pinturas y mosaicos. Aunque no se ha conservado
ni una sola muestra de ellos, comprendemos que los mosaicos debían de ser de dos clases: de mármol y de
vidrio. Para los de mármol, de tradición galorromana, no hacía falta importar artistas en las Galias; sobre todo,
la Provenza es todavía riquísima en mosaicos romanos. Pero para los mosaicos de vidrio en bóvedas y techos
tenían que aprovecharse artistas trashumantes bizantinos de Rávena o de Constantinopla. Y estos últimos
mosaicos de vidrio son los más a menudo mencionados en los textos, acaso porque los mosaicos de mármol
eran demasiado frecuentes y no merecían recordación. La iglesia de San Vicente en París, la de San Gereón en
Colonia, la de San Esteban en Auxerre y, la más importante, La Daurade de Toulouse son algunos ejemplos
de decoración con mosaicos.
Encontramos también menciones a pintura mural, como los frescos le la "Ecclesia Turonica" o catedral de
Tours. Existen también algunas referencias a pinturas sobre tablas, como una imagen de Cristo crucificado
que había en Narbona.
Sí se han conservado algunos ejemplos de miniaturas, pero los libros ilustrados merovingios conservados son
bastante pobres.
LA ORFEBRERÍA MEROVINGIA.
Sólo en el arte del metal, que se calificó a la ligera de "bárbaro", en el siglo VII se desarrolló plenamente el
arte merovingio, tanto en la orfebrería alveolada (cruz de San Eloy, en Saint Denis) como en el damasquinado.
Todo anunciaba el gran despertar de Occidente que se produciría en la época de los carolingios.
Encontramos multitud de ejemplos de la orfebrería merovingia.
Los bustos de plata repujada que podemos observar en el Museo del Louvre se clasifican como merovingios
del siglo VI.
La espada de Childerico es lo único que queda de su ajuar.
El gusto geométrico linear de la tabicación del oro es enteramente extraño al arte clásico. El rojo de los
granates encerrados dentro de tabiques forma un contraste de policromía natural sin matices necesariamente
fuerte y bárbaro.
San Eloy fue el primer platero francogermánico. Realizo dos tronos para el rey Lotario, así como multitud de
joyas, como el cáliz de la capilla de Chelles, una gran cruz de San Dionisio y arcas para reliquias de santos.
Otro ejemplo de orfebrería son las fíbulas francogermánicas con simulacro del caballo de Odín, clasificadas
por sus formas generales: planas, de arco, con remate cuadrado, con remate circular y proyecciones radiales.
Otras fíbulas y agujas tienen como motivo el pájaro teutónico.
Reflejan águilas, ave muy relacionada con Odín.
Encontramos también hebillas, horquillas, pendientes, broches, cálices, patenas, yelmos..., todos ricamente
trabajados con motivos geométricos además de los propios germánicos como los citados pájaro teutónico y el
caballo de Odín.
ARQUITECTURA MEROVINGIA
LOS PALACIOS GRANJAS DE LOS REYES MEROVINGIOS.
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Las residencias preferidas de los reyes francos eran sus granjas reales. Mabillon, en "Re Diplomatica", cuenta
más de 150 villas de reyes merovingios, algunas, como las de Soissons, Norgent, Vitry, Rueil, Compiègne y
Marlenheim, en Alsacia, de grandes dimensiones. Chelles era el Versalles merovingio, cerca de París, donde
Chilperico guardaba el tesoro real.
Las villas reales merovingias tenían aposentos para toda la corte. Los edificios, encerrados dentro de una
empalizada y construidos de madera, estaban separados por patios. Había una sala principal, "aula regia",
donde el monarca pasaba la mayor parte del tiempo. El "gineceo" era una zona reservada para princesas y
damas. Las salas y dependencias de los palacios se distribuían en edificaciones independientes.
LAS IGLESIAS DE LA ÉPOCA MEROVINGIA.
Los francos fueron grandes apasionados de reliquias, y para ellas construyeron sus mejores edificios. En París
además de la iglesia catedral, construyeron una iglesia suntuosa para albergar la túnica de San Vicente. Lo
único que sabemos de esta iglesia es que estaba sostenida por columnas y que tenía ventanas.
Las iglesias merovingias que se han conservado, pocas y pequeñas, no son de tipo basilical; acaso por ser
criptas subterráneas o baptisterios tienden a una planta cruciforme.
La decoración más frecuente de los edificios construidos por los francos en las Galias era el uso o reempleo de
revestimiento de mármoles antiguos romanos o bien de placas de piedra con entrelazados geométricos.
Algunas de las basílicas tenían la particularidad de presentar una alta torre linterna situada entre la nave y el
ábside.
Al contrario que las pinturas y los mosaicos murales, con gran influencia romana, las esculturas de los
capiteles de los grandes arcos murales a menudo reflejan un verdadero espíritu creativo y una loable ambición
de renovación.
En las Galias, el monumento más famoso de está época fue la iglesia que sobre el sepulcro de San Martín
construyó su devoto sucesor en la silla episcopal, Gregorio de Tours. Entre los mejor conservados está el
baptisterio de San Juan de Poitiers, que luego veremos.
Al siglo VII pertenecen la basílica de San Pedro de Vienne y la cripta funeraria de Jouarre. La primera
(reformada en el siglo IX y, después, en la época románica) aún conserva de los tiempos merovingios los
paramentos de los muros laterales con dos órdenes de columnas superpuestas. La exploración de los
arqueólogos nos ha permitido tener una idea clara de la planta de este monumento que recuerda a las basílicas
clásicas. La cripta de Jouarre (cerca de Meaux) es una iglesia funeraria bien conservada que aún guarda, en su
emocionante espacio cuadrado, las tumbas de las primeras abadesas del monasterio al que pertenecía y el
sepulcro de su constructor: el obispo Agilberto.
EL BAPTISTERIO DE SAN JUÁN DE POITIERS.
Se trata de una construcción del siglo V, donde el principal material de construcción empleado son los
ladrillos romanos, y las cornisas, frontones y otros detalles arquitectónicos son claramente romanos en cuanto
a su procedencia.
En cuanto a la estructura, esta se alza sobre una planta de cruz griega, dividiéndose el espacio en tres naves, la
central mucho más alta.
En cada fachada de la nave central se observa un par de óculos.
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Las bóvedas están sostenidas sobre columnas de fustes procedentes de edificios romanos, y los capiteles,
cuando no son antiguos, quieren imitar el capitel corintio; no obstante, en el modo de labrar las hojas (a doble
bisel) se advierte un espíritu distinto del de los marmolistas romanos. En el exterior del baptisterio se
observan tentativas hechas para imitar las cornisas de los frontones clásicos, pero la decoración es de piedras
de diferentes colores formando un mosaico, al estilo de los típicos esmaltes de las joyas bárbaras. Estas joyas
se ven también imitadas en los relieves, con animales, pájaros y, sobre todo, rosetas y racimos de la tradición
oriental siríaca.
Se ha comparado los frontones triangulares de las fachadas con los de los templos paganos y con el mausoleo
de Gala Placidia en Rávena. Pero los frontones de Poitiers están sustentados por altas pilastras casi hundidas
en la fábrica; y esa ordenación evoca más bien otra arquitectura típica del Bajo Imperio, la fachada de la
basílica del Salvador en Spoletto. En los dos monumentos la semejanza es demasiado grande para que ambos
edificios no sean de un origen común. Pero en Poitiers las formas están tan degeneradas que los frontones
triangulares de las ventanas fueron reemplazados por paneles de piedra labrados y sin relieve.
La Galia merovingia practicó una arquitectura religiosa cuyas formas continuaban o imitaban, más o menos
hábilmente, las del Bajo Imperio.
Las partes altas y las pesadas cornisas del baptisterio de Poitiers tienen modillones e importantes elementos de
barro cocido.
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