En el orden mundial contemporáneo, la globalización financiera ha

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La globalización financiera1
Aldo Ferrer2
La crisis financiera y el establecimiento de reglas que impidan en el futuro la repetición
de los mismos problemas, es una cuestión central en la agenda económica
internacional. El problema principal es que la actividad financiera crece en exceso de
la demanda de liquidez de la inversión, la producción y el comercio internacionales. La
plétora monetaria trasciende las fronteras hasta constituir un sistema planetario
fuertemente integrado. El extraordinario excedente de liquidez genera operaciones
desvinculadas de la economía real, referidas a la especulación sobre tipos de cambio,
tasas de interés y cotizaciones de activos reales y financieros. Este mundo del dinero,
ha ganado influencia creciente en la determinación de las políticas de las mayores
economías industriales. A su vez, la academia justificó teóricamente este proceso,
fundándolo en la racionalidad de los mercados y su tendencia al equilibrio del sistema
y la promoción del interés general.
En consecuencia, la resolución del problema no se limita a aumentar el capital de los
bancos, controlar las entidades “muy grandes para quebrar” o poner límites a los
premios de los operadores del sistema. Es necesario, al mismo tiempo, vincular las
finanzas al crecimiento de la economía real y el empleo. Esto implica, entre otros
temas, resolver los desequilibrios de la macroeconomía mundial. Para apreciar la
magnitud del desafío, conviene pasar revista al origen y naturaleza de estos
problemas.
El déficit de los pagos internacionales de los Estados Unidos y su financiamiento con
su propia moneda, aceptada como medio de pago internacional y activo de reserva por
el resto del mundo, provocó un aumento de la liquidez internacional en exceso de la
demandada por la actividad económica real. Al mismo tiempo, los excedentes de los
países exportadores de petróleo provocaron nuevos aumentos de la oferta monetaria.
El déficit norteamericano y su financiamiento por los principales países superavitarios
(China, Alemania, Japón y exportadores de petróleo), sustentó la expansión de la
liquidez primaria multiplicada, luego, por el ingenio de los operadores del sistema.
Hacia la misma época, la desregulación de los mercados viabilizó el crecimiento
desenfrenado de la globalización financiera. Sucedieron luego, sucesivas crisis
parciales en algunos mercados, entidades y países, hasta culminar con el descalabro
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Artículo publicado en BAE, el 24 de abril de 2011
Director editorial de Buenos Aires Económico
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global a partir del 2007, los problemas con las hipotecas norteamericanas y la caída de
Lehman Bros.
Las operaciones cambiarias constituyen un indicador relevante del crecimiento de la
globalización financiera y de su relación con la actividad económica real. Entre 1977 y
2010, el volumen diario de las operaciones en los mercados de cambio (FX) aumentó
3.300% más que el PBI mundial. Menos del 10% de las operaciones corresponde al
comercio internacional de bienes y servicios, inversiones privadas directas y
préstamos de largo plazo. La inmensa mayoría corresponde al carry trade de
movimientos especulativos de fondos que arbitran tasas de interés y cotizaciones de
valores entre las plazas que integran el sistema global. Simultáneamente, en
numerosos países, aumentaron los niveles de deuda. En los Estados Unidos, la deuda
de las familias, las empresas y el sector financiero respecto del PBI aumentó del 50%
del PBI a principios de la década de 1940 a cerca del 300% en 2007. Entre 2007 y
2010, la intervención masiva para rescatar al sistema de su reciente crisis provocó un
aumento de casi 50% la deuda pública norteamericana que alcanza actualmente al
103% del PBI. En la Unión Europea el aumento fue del 30% y la relación deuda
pública/PBI alcanza al 85%.
El crecimiento de la liquidez contribuyó a la formación de burbujas especulativas en
bienes reales como inmuebles y commodities, en mercados específicos como el de las
acciones tecnológicas (.com) y viabilizó aumentos de deuda pública inmanejables,
como sucedió con la deuda latinoamericana en la década de 1980 y, actualmente, en
varios países miembros de la Unión Europea. En otros casos, como ocurrió en
mercados de Asia a fines de los años noventa, el financiamiento con fondos externos
de activos internos y el posterior derrumbe de sus precios, provocaron crisis de
balance de pagos. Los movimientos de fondos especulativos son también un factor de
perturbación de las paridades de las monedas, de la competividad de las economías
nacionales y sus equilibrios macroeconómicos.
El aumento de la actividad financiera fue acompañado con el surgimiento de nuevos
actores (“banca en la sombra”) y la pérdida de participación de los bancos,
históricamente el agente dominante del sistema. En los Estados Unidos, en 1960, los
operadores no bancarios representaban una fracción ínfima de los activos financieros
frente a más del 50% del total, en la actualidad. La intermediación del ahorro entre las
corporaciones y las familias excedentarias a los demandantes de crédito en las
familias, las corporaciones y el gobierno, es una función crecientemente a cargo de
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operadores de la “banca en la sombra”. Por lo tanto, estos asumieron un protagonismo
principal en la expansión del crédito, en la conversión de plazos de las operaciones
activas y pasivas y en la evaluación y gestión de los riesgos. En este escenario, se
multiplicaron nuevos instrumentos, como derivados y créditos respaldados (securitized
crédit), inexistentes en 1980, que actualmente ascienden a billones de dólares. Las
relaciones entre la banca tradicional y la banca en la sombra es muy profunda y parte
principal de las operaciones del sistema. En los Estados Unidos, alrededor del 40% de
las deudas es intra sistema financiero.
La multiplicación de operadores coexiste con la existencia de grandes entidades, cuya
eventual caída, impone un elevado costo sistémico al conjunto de la actividad
financiera y a la economía real. Son las entidades “muy grandes para quebrar”, las
cuales, en definitiva, como sucedió recientemente, son rescatadas por la intervención
de los estados y los bancos centrales.
La dimensión exagerada de la actividad financiera respecto de la real y la profunda
interrelación de sus principales actores en la economía mundial, amenaza la
estabilidad del sistema. En las fases de auge aumenta el apalancamiento del gasto y
en las de incertidumbre se contrae el crédito y deprime la inversión, la producción, el
empleo y el comercio internacional. Una situación crítica en una entidad o en un
mercado significativo, contagia al conjunto y puede desencadenar una crisis global. El
comportamiento de los actores activos aportantes de fondos, los pasivos tomadores de
deuda y los intermediarios, los lleva a ignorar los riesgos en las fases de auge y elevar
los valores de los activos reales y financieros. En sentido contrario, frente a la
incertidumbre, se espantan, liquidan activos, deprimen sus valores y provocan una
restricción masiva del crédito. Las agencias evaluadoras de riesgo avalan las
opiniones del mercado, no advierten los riesgos sistémicos y fundan sus dictámenes
en prejuicios neoliberales. El G20 recomienda no aceptar mecánicamente sus
calificaciones.
La gigantesca desproporción entre la actividad económica real y la financiera no
contribuye a la agregación de valor a través de la producción, la inversión y el empleo
sino, antes bien, a aumentar su participación en la apropiación de las ganancias. En el
Reino Unido, por ejemplo, la misma pasó del 2% a cerca del 20% en los últimos
cincuenta años. Sobre estas bases, son posibles las retribuciones extraordinarias a los
operadores del sistema.
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La crisis desacreditó el andamiaje teórico que justificó la globalización financiera y sus
excesos. La teoría de las expectativas racionales ha sido desautorizada por los
comportamientos “en manada”, las euforias que terminaron en burbujas, las
espantadas que desfinanciaron incluso a entidades sólidas y la incapacidad de los
operadores de evaluar los riesgos, distribuirlos en el tiempo y cubrirlos. La crisis
demolió la “magia” del mercado. Sin embargo, se sigue comportando con los mismos
criterios.
Mientras las reformas en curso promovidas por el G 20 producen, o no, un contexto
financiero internacional más estable, los países vulnerables siguen sometidos a la
irracionalidad de los mercados o las condicionalidades de los prestamistas de última
instancia. La experiencia argentina y la ajena, demuestra que la mejor respuesta para
defender la estabilidad financiera y el desarrollo es mantener niveles de deuda
respaldados con recursos propios, solvencia fiscal, tipos de cambio competitivos,
superávit en la cuenta corriente del balance de los pagos, sustantivas reservas de
divisas, la regulación de los movimientos de capitales especulativos y la solvencia y
liquidez del sistema financiero.
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