UNIFICACIÓN ITALIANA

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UNIFICACIÓN ITALIANA
Tras el Congreso de Viena, la península italiana quedó dividida en
diferentes estados. Los más importantes eran el reino de Cerdeña – Piamonte al
norte, dirigido por la casa de Saboya; los Estados Pontificios en el centro, y el
reino de las Dos Sicilias al sur, regido por una rama de los Borbones españoles.
La monarquía austriaca mantenía su control sobre la Lombardía y el Véneto y
extendió su influencia por los ducados de Toscana, Módena y Parma.
El proceso de unificación se vio favorecido por la situación diplomática en
Europa (donde se enfrentaban Francia y Austria, que tenían intereses directos
en Italia), y el despertar del sentimiento nacionalista italiano tras las
revoluciones de 1820, 1830 y 1848. Estas contribuyeron a la difusión de las
primeras teorías de construcción de un Estado liberal unitario, como las de
Giuseppe Mazzini y Vincenzo Gioberti.
Los principales protagonistas de la unificación fueron Víctor Manuel II,
rey de Cerdeña – Piamonte, su primer ministro, Camilo Benso, conde de Cavour
y el revolucionario Garibaldi. Los dos primeros, gracias a su habilidad
diplomática y a su talante liberal, se ganaron la confianza de las corrientes
nacionalistas más significativas y del monarca francés. El proceso se realizó en
varias fases. Entre 1859 y 1860, Víctor Manuel II incorporó Lombardía y los
ducados centrales, mientras que Garibaldi conquistaba el reino de Dos Sicilias al
frente de un ejército conocido como los “mil camisas rojas”. En 1861 se formó
el reino de Italia. En 1866 se produjo la anexión del Véneto, aprovechando la
guerra que sostenían Austria y Prusia. La unificación de toda la Península
culminó en 1870, con la entrada de las tropas de Víctor Manuel II en Roma y la
desaparición de los Estados Pontificios.
UNIFICACIÓN ALEMANA
Alemania quedó configurada tras el Congreso de Viena como una
Confederación compuesta por multitud de pequeños estados soberanos entre
los que destacaban Prusia y Austria.
Pronto, algunos intelectuales y escritores divulgaron la idea de la
unificación, cuyo primer paso fue la creación, en 1834, del Zollverein, una unión
aduanera que consiguió aunar en un gran mercado a varias decenas de
estados. La unificación política, sin embargo, fue posible gracias a Otto von
Bismarck, el canciller prusiano que, combinando la habilidad diplomática y el
uso de la fuerza, convirtió a Prusia en el eje del proceso unificador.
En 1864, al morir sin descendencia el rey Federico VII de Dinamarca,
Prusia y Austria declararon la guerra a Dinamarca, a la que reclamaban los
ducados de Schleswig y Holstein, situados en el norte de Alemania y habitados
por población alemana. La victoria alemana fue rápida, pero las diferencias
entre los vencedores fueron aprovechadas por Bismarck para iniciar su guerra
contra Austria (1866). La victoria prusiana sorprendió a todos por su rapidez y
contundencia, y tras la batalla de Sadowa pos austriacos pidieron la paz. Prusia
conseguía así el control de todo el norte de la confederación y el protagonismo
en el proceso de unificación.
Por último, Bismarck entró en guerra con Francia, a la que venció en la
batalla de Sedán (1870). Este hecho supuso el fin del Segundo Imperio francés,
la culminación de la unificación alemana, y el inicio del Segundo Reich o imperio
alemán dirigido por el kaiser Federico Guillermo I.
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