la poesía lírica - jardinhesperides

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LA POESÍA LÍRICA
LA POESÍA LÍRICA
EL NACIMIENTO DE LA LIRICA
La poesía lírica nace en Roma bastante tarde, cuando ya estaban consolidados hacía
tiempo el teatro y la poesía épica. En la segunda mitad del siglo II a. C. los romanos,
que habían vivido hasta entonces volcados hacia el exterior, empiezan a padecer
problemas internos, primero de tipo social y económico. A la vez, a impulsos de la
irradiación humanística del círculo helenizante de Escipión, crece y se reafirma la
individualidad, el talante reflexivo, el gusto por la intimidad personal, todo lo cual
constituye el clima necesario para el nacimiento de una poesía lírica.
Creado este clima, surgen a finales del siglo, los primeros poetas líricos, que
cultivan el epigrama erótico, poesía amorosa sin grandes pretensiones imitada de
ciertos poetas alejandrinos, escrita en "dísticos elegíacos" (hexámetro + pentámetro).
En el paso del siglo II al primero se sitúan algunos poetas, a los que se suele
calificar de "manieristas", innovadores de vocabulario, sobre todo en diminutivos y en
palabras compuestas. Pero ya entrado el s .I a. C., aparece un grupo de poetas mucho
más importantes en orden al desarrollo de la lírica romana. Son los denominados
tradicionalmente novi poetae o "neotéricos". Querían innovar, abrir nuevos caminos a la
poesía latina, y emprendieron una revolución literaria con resultados muy positivos
para la poesía latina, y sin romper del todo con la tradición nacional. Influirán luego en
Virgilio y Horacio, los dos grandes poetas que aúnan lo mejor de la tradición con las
mejores innovaciones de los neotéricos. Siguen la doctrina literaria del poeta alejandrino
Calímaco, según la cual hay que concentrar los temas en poemas cortos, pero de la
máxima perfección formal. El jefe de filas de este grupo, por encima de todos ellos, es
Catulo, el primer gran poeta lírico de Roma, que vivió en la primera mitad del s. I a. C.
Catulo insufló en la poesía latina unos aires de renovación y frescura. Su lengua es una
mezcla de elementos cultos y populares. En su obra (116 poemas) lo podemos leer
como elegíaco, épico, piadoso, además de tierno en sus amores y feroz en sus odios.
Hemos de citar también en este apartado a Virgilio, el creador de la gran obra épica
latina La Eneida, que compuso Las Bucólicas recogiendo la herencia de los neotéricos,
aunque superándola. No podemos olvidar a Ovidio, uno de los autores más fecundos de
la literatura latina y considerado, después de Horacio y Virgilio, uno de los mejores
poetas latinos. Recordemos obras como Ars amandi, Metamorfosis o sus libros de
elegías escritos en el destierro Tristes y Pónticas. Para terminar esta introducción,
estudiaremos brevemente la elegía en Roma.
En Grecia se llamaba primitivamente elegía a toda composición poética escrita en
dísticos elegíacos cualquiera que fuese el contenido temático. Los poetas alejandrinos
del s. III a. C. comienzan a componer elegías de tema amoroso, pero no personal:
cantan generalmente amores de héroes mitológicos, con gran aparato erudito. Este tipo
de elegías pasa a Roma con los poetas neotéricos; la Cabellera de Berenice de Catulo
constituye el modelo exacto de lo que era la elegía alejandrina. Va a ser en la época de
Augusto cuando surgirá la gran elegía romana, con el metro elegíaco tradicional, pero
con una característica diferenciadora: es una elegía de tema amoroso personal; y con
su último gran representante, Ovidio, surgirá la elegía dolorosa, que pasará luego a ser
exclusiva en el concepto moderno del género. También aquí ya Catulo había hecho
algo, sin embargo, la poesía elegíaca florecerá en la época de Augusto con cuatro
grandes figuras: Cornelio Galo, Tibulo, Propercio y Ovidio.
HORACIO
La vida, las costumbres y el carácter de Quinto Horacio Flaco, poeta humano y
comunicativo, se reflejan en sus obras, sobre todo en sus Sermones y Epistulae,
rebosantes de intimidad.
Cinco años más joven que Virgilio, nace, el 8 de diciembre del año 65 a. de C. en
Venusa, localidad de la Italia meridional, en donde la cultura romana se habría nutrido
de la savia griega. Su padre, liberto acomodado, recaudador de impuestos y organizador
de subastas públicas, había adquirido con los ahorros de su trabajo una granja en los
alrededores de Venusa. En ella transcurrió la infancia y la niñez de Horacio, en la
campiña poblada de olivos, regada por el Aufido y coronada por el monte Vultur; allí se
modelaron para siempre sus aficiones a la vida campestre; allí retorna con frecuencia su
pensamiento en los años de la madurez.
Siempre consideró con orgullo la humildad de su origen y conservó una gratitud
inmensa hacia su padre, que sólo se ocupó de la educación de su hijo, a quien quiso
proporcionar una cultura reservada en aquellos tiempos a los hijos de los senadores y
caballeros (Sat., I, 6, 71-78). Para ello lo llevó a Roma, cuando apenas contaba 12 años
y, además de infundirle personalmente el amor a la virtud y el horror al vicio (Sat., I, 4,
105-134), le hizo instruir por los maestros más famosos, entre ellos figuraba el plagosus
Orbilius, cuyo sistema educativo basado en el lema «la letra con sangre entra» y en la
memorización de la árida versión de la Odisea, hecha por Livio Andrónico, produjo en
el muchacho una indeleble aversión a todos los poetas antiguos.
Mostraba ya entonces Horacio una tendencia bien definida hacia los estudios que mejor
pudieran nutrir su mente reflexiva y satisfacer su curiosidad observadora. Se orientó,
pues, hacia la filosofía que, en su sentido lato de “amor a 1a sabiduría”, llegó a ser como
el alma de su poesía. Fue la escuela epicúrea la que más influyó en él, por responder en
mayor grado a las exigencias de su espíritu en los comienzos de su formación.
Como solían hacer los jóvenes de elevada posición, realiza un viaje a Grecia. Su padre
hace con gusto este sacrificio económico, para brindarle la oportunidad de estudiar en
Atenas, cuna y sede de la filosofía, de las ciencias y de las artes. Allí, en el primer
centro universitario del mundo antiguo, entre lo más selecto de la juventud romana, se
entregó a la búsqueda de la verdad en los jardines de Academo (Epist. II, 2, 45).
Mientras en Roma se imponía la voluntad omnímoda de César, en Atenas se habían
refugiado los viejos ideales de la libertad republicana. Allí se difundía la obra
ciceroniana De officiis, en la que exaltaba, como deber sagrado, la lucha contra los
tiranos. La alusión a César no ofrecía duda alguna.
Idus de marzo del año 44. Muere asesinado César. Los estudiantes romanos de Atenas
aclaman a Bruto y Casio como héroes de la libertad. Horacio, hijo de un liberto, pero
educado como un joven de la alta sociedad, forma en las líneas de los asesinos de César;
Bruto lo elige para el cargo de tribuno militar de su ejército. Jamás olvidará el poeta las
dentelladas de la envidia, que se cebó en “el hijo de un liberto que podía, siendo tribuno,
mandar una legión romana” (Sat. I, 6, 46).
Llega el otoño del 42, el año de la batalla de Filipos, en la que toma parte Horacio. A
ella alude al hablar del escudo cobardemente abandonado, para buscar la salvación en la
fuga vergonzosa (Carm., II, 7), aunque tal alusión más bien parece un simple motivo
literario, imitado de los grandes líricos griegos.
Sus versos atraen la atención de Virgilio y de Varo, con los que había trabado
conocimiento en la escuela epicúrea. Éstos le presentaron el año 38 a Mecenas, que,
dado el historial republicano del poeta, le deparó una acogida un tanto fría. Tras nueve
meses de prueba, vuelve a llamarlo y lo acoge definitivamente entre sus amigos. El
poeta nos describe este momento decisivo con emoción profunda (Sat. I, 6, 53-56).
Pronto surgió entre ellos una amistad íntima, que duró hasta la muerte, casi coincidente,
de ambos.
Mecenas le obsequia con el presente que más podía agradarle: la quinta de la Sabina, a
cinco millas de Tíbur. En este sereno refugio, en medio de los montes, transcurrieron los
días más plácidos del poeta. Allí, libre de apuros económicos, pudo colmarse su amor a
la naturaleza, alejado del mundanal ruido y de los molestos convencionalismos de la
vida de la ciudad.
Al favor de Mecenas se añadió pronto el de Octavio Augusto, que se ganó la adhesión
del poeta antes de la victoria de Actium, a medida que iba disipando los temores de
Horacio acerca de la ruina de Roma, reflejados en dos de sus Epodos. Celebra ya la
victoria de Actium como umbral de una nueva era de orden, de paz, de imperio
universal. Vemos desarrollándose en él, como en Virgilio y T. Livio, la idea de
restauración de la vieja Roma, que iba encarnándose poco a poco en Augusto. A pesar
de ello seguía manteniendo su propia independencia, rechazando incluso el cargo de
secretario del emperador, que éste le ofreció cuando estaba en España durante la guerra
contra los Cántabros (Carm., II, 6; III, 16).
Murió el 27 de noviembre del año 8 a. C., pocos días después que Mecenas. Ambos
fueron sepultados en la falda del Esquilino.
Epodos y Sátiras
Representan el primer período de sus obras, por lo que muestran huellas de inmadurez e
impulsos amargos y desordenados de búsqueda de sí mismo. Las guerras civiles le
proporcionaron motivos de ansiedad, de desilusión y de rencor, que afloran en estas
obras de juventud. Más tarde, la filosofía y, más concretamente, el epicureismo, le
provee, en cierto modo, de materia nueva de desdén y de represión, descubriéndose los
errores, las vanidades y los prejuicios humanos. Su ánimo se orienta entonces hacia la
ironía, manifestada en forma de sátira. Pero la sátira horaciana carece de la crudeza e
hiriente agresividad de la de Lucilio. A su limpio lenguaje, a su donaire, a su fino
humor, se une un agudo espíritu de observación. No sólo satiriza las faltas y debilidades
ajenas, sino también las propias, lo cual le gana las simpatías de los lectores y aplaca las
iras de los satirizados.
Los primeros Epodos, a imitación de Lucilio, de Catulo, de Arquíloco o de Hiponacte,
resultan violentos, desgarrados o agresivos. Algunos Epodos, sin embargo, son de
carácter más templado y suave.
El más famoso de los Epodos de Horacio es el titulado Beatus ille, compuesto hacia el
año 37 a. C.
Rebosante de ironía y donaire, constituye un amable cuadro de la vida campestre. El
usurero Alfio admira la vida feliz y tranquila del labrador que, alejado de los negocios,
ara con bueyes propios los campos heredados de sus mayores. No se despierta
sobresaltado por el toque de alarma de la trompeta bélica, ni se horroriza ante la
tormenta desencadenada, ni tiene que acudir de madrugada a rendir pleitesía a su
patronus.
Su existencia discurre más placentera y sosegada. Casa las parras con los olmos,
disfruta viendo sus rebaños errantes por el prado, injerta frutales, cata colmenas, esquila
sus ovejas, recoge gozoso las peras y las uvas... Tendido al pie de una vieja encina o
sobre el verde césped, puede echar una siesta arrullado por el susurro de un arroyuelo o
las quejas de las aves en la enramada. En invierno, entretiene sus ocios con la caza,
olvidado de las cuitas que acarrea el amor.
Si, además, una honesta esposa comparte con él las tareas de la administración de la
casa y de criar a los dulces hijos, todos los manjares más exquisitos no le serán más
preciados que las aceitunas cogidas de sus olivos, la cordera sacrificada en las fiestas
dedicadas al dios Terminus o el cabrito arrebatado al lobo.
En medio de esta paz idílica, goza al ver de vuelta a casa a los cansados bueyes o a los
esclavos sentados en torno al fuego del hogar.
Tras esta deliciosa pintura de la vida del labriego, Alfio vuelve a las andadas, es decir, a
su duro oficio de usurero.
Aparecen en este epodo diversos tópicos literarios: Edad de Oro, cantada incluso por
Cervantes en El Quijote; vida dichosa del labriego y del pastor, reflejada ampliamente
en la poesía pastoril, que nos presenta idealizada una región aislada y pobre del
Peloponeso, la Arcadia; miedo del soldado ante el combate y del mercader ante las iras
del mar embravecido; intrigas en el Foro: humillante salutatio matinal; etc.
El propio Horacio nos describe la génesis de sus mejores sátiras, que son un espejo de
su vida, ajena a toda ambición, sencilla y honesta, aun en medio de las ventajas
obtenidas (Sat., I, 6, 106-125). Se refugia en su villa rural y, como su famoso “ratón de
campo”, se siente más seguro y feliz que el “«ratón urbano” (Sat., II, 6, 60-81). Allá, en
torno al fuego del hogar, entre humildes labriegos, se cuentan, esmaltadas de
proverbios, fábulas y apólogos; se exponen así los problemas de la conducta moral, de
la sencilla sabiduría popular. Éstos son los principales argumentos de sus sátiras, que no
son áridos, convencionales o abstractos, sino que están impregnados de la vida misma.
Las Epístolas
El año 20 a. C. publica su primer libro de Epístolas, el más rico y variado, compuesto
por una veintena de cartas dirigidas a diversos amigos, en las que vuelve a la filosofía
de sus Sátiras, dulcificada por el paso del tiempo.
El libro II, formado por sólo tres epístolas, es obra de sus últimos años. En él se advierte
un tono de melancolía: “Los años en su huida nos despojan de todo; nos roban el humor,
los placeres de Venus, los goces de la mesa, el juego y aún pretenden llevárseme los
versos” (Epist. II, 55-57).
En las dos cartas primeras de este libro sigue dictando normas de moderación, de
aborrecimiento de los vicios, exponiendo su personal filosofía de la vida, sazonada de
humor y de amable ironía. Termina el libro con el conocido poema denominado Arte
poética, dirigido a la ilustre familia de los Pisones. De ahí su título Ad Pisones.
Constituye un verdadero tratado orgánico sobre estilo, elementos, géneros y cometidos
de la poesía. Los conceptos básicos derivan de la Poética de Aristóteles, contaminados a
su paso por las escuelas filosóficas, pero su fuente principal e inmediata fue el tratado
de poesía de Neoptólemo, gramático y poeta de finales del siglo IV a. C.
Señala los límites entre elocución y contenido poético y atribuye a la poesía un fin
práctico y moral basado en la unión de lo útil y lo agradable. Esta especie de preceptiva
literaria, arraigada profundamente en la tradición de los estudios clásicos, desde el
Renacimiento a nuestros tiempos, se convirtió en código del buen gusto en las
literaturas modernas, sirviéndoles de pauta en la imitación de los modelos clásicos,
sobre todo en el arte dramático, al que está especialmente destinada. Constituye además
una valiosa fuente en la historia de las doctrinas literarias en Grecia y Roma.
Las Odas
Estas composiciones, denominadas Carmina, que representan la madurez artística del
poeta, una vez culminada su evolución espiritual, van naciendo en el decenio que
transcurre desde la batalla de Actium al encumbramiento supremo de Augusto como
dueño absoluto de los destinos de Roma. Los tres primeros libros se publicaron, como
un corpus bien definido, el año 23 a. de C. Después le añadió un cuarto libro, al que se
incorporó el Carmen Saeculare.
En su afán de adaptar las gracias de la lírica griega a las letras latinas, comienza por
ampliar la base de Catulo, limitada a las creaciones de Safo, inspirándose para ello en
Alceo, Arquíloco, Baquílides, Anacreonte y Píndaro. Si con sus Epodos había
pretendido ser el Arquíloco romano, con las Odas, intentará emular a Alceo, con quien
se sentía plenamente identificado. Píndaro, en cambio, le parecía demasiado sublime
para intentar competir con él (Carm., IV, 2). En sus laboriosos poemas fue
introduciendo los procedimientos técnicos y los ritmos de sus modelos griegos, a los
que debe la gracia de la forma, aunque introduce en las estructuras métricas delicadas
variantes, reveladoras de su sentido personal del ritmo. Obra suya es la claridad y precisión de la expresión artística, la adecuación entre la melodía y la representación, la
elaboración de la expresividad de la lengua, la feliz elección y difusión de los epítetos y
el primor de sus imágenes.
El espíritu de Horacio, modelado por la filosofía, era propenso al razonar sosegado, a la
meditación reflexiva, a las observaciones morales, a la ironía.
A pesar de ello, en las Odas consigue altos vuelos poéticos, al cultivar los aspectos
líricos de su mentalidad observadora e irónica. Sus hábitos de pensamiento, su
melancolía, su sentimiento epicúreo de la vida, su carácter escéptico, su renuncia a
toda ambición, el sensato disfrute de los placeres de la vida, se convierten en objetos
de conmovida contemplación artística. La aurea mediocritas, el vivir contento con
poco, el aprovechar el momento fugitivo (carpe diem), el esperar constante de la
muerte, que golpea con pie indistinto las puertas de las cabañas de los pobres y las de
los alcázares de los reyes, se tornan bellas imágenes coloreadas, armoniosos acordes,
efusiones de un alma sensible, que vibra impulsada por palpitantes experiencias
internas.
Cantan algunas de estas Odas la alegría de los banquetes, la placidez de la vida
campestre o las enojosas complicaciones de la vida urbana. Otras aluden a vagos y
pasajeros amoríos, propios o ajenos, reales o ficticios, en tono ligero, pero sensato, de
acuerdo con la doctrina epicúrea, que se muestra indulgente con los sentidos y
permite gozar de la belleza, pero que rechaza la tiranía de las pasiones, cuyas
alternativas contempla Horacio con suave escepticismo, irónica superioridad y velada
melancolía. Horacio no se dejó arrastrar nunca por la pasión amorosa desenfrenada.
En nada se parece su poesía amatoria a la de los grandes poetas elegíacos, ya que es
por naturaleza antielegíaco. Su aspiración ética mantiene un rumbo constante hacia la
calma, la perfección espiritual, el «puerto tranquilo», resguardado de las borrascas de
las pasiones y de los errores de la ignorancia.
Sólo el pensamiento de su patria y de los héroes que la hicieron grande con sus
virtudes suscitan en él los ecos más vibrantes, que resuenan sonoros en las odas
nacionales, destinadas a celebrar a Augusto, a Roma y al Imperio. El poeta se
identifica con Régulo, el viejo cónsul que, para cumplir la palabra dada a los
enemigos, se enfrenta sereno con las torturas y la muerte, y se siente romano, por
encima de todo, con cada uno de los soberbios personajes de la vieja Roma que
desfilan por sus versos.
Es especialmente famoso el Carmen Saeculare, que por deseo expreso de Augusto
compuso el año 17 a. C. para ser cantado en los Ludi Saeculares por un coro mixto de
jóvenes y doncellas. En él contempla Horacio la grandeza de Roma y la gloria de la
nueva época desde el punto de vista moral, universalmente humano, en las alegrías de la
paz, en la concordia de las familias, en la fertilidad de los matrimonios, en la
purificación de las costumbres. Tales son las peticiones que formula a los dioses el
poeta en sus fervientes súplicas.
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