NO SABÍA LEER

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NO SABÍA LEER
Martina era una jovencita que había quedado huérfana desde muy niña
al morir sus padres en un accidente causado por un chofer que estaba
manejando el ómnibus después de haber tomado licor. Por eso vivía con
sus abuelos, quienes eran unos campesinos pobres y ancianos. Pero,
como tenían un par de chacras y una huerta, con lo que de ellas
cosechaban por lo menos podían comer. Una vez, sin embargo, hubo
sequía dos años consecutivos y sufrieron hambre. Entonces, Martina, que
ya era una señorita, se fue a la ciudad a buscar trabajo.
Pronto lo consiguió como empleada doméstica, y con su primer sueldo
quiso enviar a sus abuelos una encomienda con anchovetas secas, unas
latas de atún, bolsas de avena, quinua, kiwicha, azúcar y galletas de
agua. No sabía cómo indicar la dirección de la casa de sus abuelos, pues
quedaba al lado de la carretera. Felizmente en la empresa de transportes
trabajaba un chofer que había conocido a sus padres, y él le prometió
llevar la encomienda y al pasar por la chacra entregarla a sus abuelos.
También le dijo que aprovechara para escribirles una carta que él
recogería con la encomienda dentro de dos días.
Martina regresó apurada a la casa donde trabajaba y pidió a la señora
que le escribiera la carta. La ayudó, pero con ofensas y burlas. Se sintió
muy avergonzada de haber estudiado sólo hasta tercero de primaria y de
que por falta de práctica se hubiese olvidado de leer y escribir.
Llevó al chofer amigo la carta y la encomienda y se quedó esperando la
respuesta. Pasaron algunas semanas y un día el chofer le llevó una carta
que sus abuelos habían hecho escribir al hijo de un chacarero vecino.
Martina rara vez se fijaba con atención en un texto, pero ahora miró y
remiró las letras del sobre. De pronto comenzó a reconocer su nombre,
por la forma de los trazos. Recordaba que la letra inicial de su nombre se
parecía a los cuernos de un toro o a dos cerros altos y angostos, y que
una letra del centro parecía una cruz. Pero temió pedirle a su cruel y
burlona patrona que le leyese esa carta.
Entonces salió a buscar ayuda en la calle. Después de muchas
vacilaciones, cuando vio venir a un señor elegante lo saludó, lo detuvo, le
mostró la carta y le dijo:
–Caballero, ¿podría hacerme el favor de leerme en voz alta esta carta
porque yo no sé leer?
Y el señor, en vez de acceder a su pedido, la riñó por no saber leer
siendo tan grandota, y siguió su camino murmurando.
Sonrojada, Martina quedó parada en la vereda largo rato sin decidirse a
volver a pedir ayuda. Cuando vio acercarse a una señora con rostro de
buena gente, se animó a pedirle el favor. La señora habría querido
ayudarla, pero tenía mala vista y había olvidado sus lentes.
Después pidió ayuda a una joven pareja, pero éstos en vez de atenderla
sólo se interesaron en contratarla para su servicio, y como les dijo que ya
tenía trabajo le dieron la espalda y se fueron.
La muchacha se quedó en la esquina, con la carta en las manos. Sentía
cólera por la grosería de la gente, pero a la vez estaba avergonzada por la
situación. En ese momento, una niña de diez años que ayudaba a su
mamá en un puesto de venta en la vereda le dijo:
–Señorita, si quiere yo se la leo.
Martina aceptó encantada, y la chica además le escribió su carta de
respuesta en una hoja que arrancó del centro de su cuaderno. En ese
momento la mamá regresó al puesto, y ante su gesto de extrañeza, la
niña le presentó a Martina, le explicó la situación y con su autorización la
llevó a la librería a comprar un sobre, en el que metió la carta y escribió el
nombre de los abuelos.
Martina estaba sorprendida y conmovida: una niña cuya edad era la
mitad de la suya sabía tanto y la estaba ayudando con respeto y cortesía.
–¿Por qué no se matricula en un programa de alfabetización? Hay uno
en mi colegio, cerquita de aquí. Aprender a leer y escribir es fácil, en unos
meses lo logrará y también sabrá sumar, restar, dividir y multiplicar.
–¡Papayita es! Si quiere, venga mañana a las seis para que mi hija le
enseñe dónde es el colegio. Y cuando guste, venga al puesto y la
ayudaremos a repasar, –agregó la mamá.
Martina se sintió impresionada por la gentileza de la niña y su mamá.
Agradecida, les compró unas galletas y se despidió hasta el día siguiente.
Se fue pensando con alegría y algo de temor, sospechando que su vida iba
a cambiar, y decidida a buscarse un trabajo mejor.
Elmo Ledesma Zamora
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