A identificaciones líquidas, adicciones sólidas [1]

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Noviembre - 2014
A identificaciones líquidas, adicciones sólidas [1]
Ernesto S. Sinatra
“No nos asombre que las neurosis de esas épocas tempranas se presentaran con una vestidura demonológica, puesto
que las de nuestra época apsicológica aparecen con vestidura hipocondríaca, disfrazadas de enfermedades orgánicas”.
S.Freud: Una neurosis demoníaca en el Siglo XVII (1923)
1. El empuje a lo efímero comanda las identificaciones
Si la identificación fue considerada por Sigmund Freud en los tiempos inaugurales del psicoanálisis como el “primer
enlace afectivo al objeto”, las formas de la identificación varían según las épocas, sus vestiduras adquieren diversas
manifestaciones cubriendo el vacío estructural de la falta de relación entre los sexos. La nuestra, época de la cultura
de mercado, se caracteriza por lazos efímeros, líquidos, que se oponen a la densidad de las relaciones elementales de
parentesco centradas en el nombre del padre.
Hoy el vértigo de lo efímero, la búsqueda de las soluciones urgentes sin necesidad de esfuerzos prolongados; el
predominio de la “comida rápida”; los movimientos tendientes a la satisfacción instantánea muestran el fondo
pulsional que sienta las bases de las identificaciones contemporáneas: seres ofrecidos a la mirada que se alimentan de
la pasión por lo efímero –enlazado con la pretensión de lo instantáneo–, nuevo ideal del mercado del consumo, uno
de los nuevos nombres del padre que organiza las identificaciones en la civilización actual.
2. Los consejeros expertos o la renegación de lo perecedero
“La incapacidad de elegir entre atracción y repulsión, entre esperanza y temor, desembocaba en la imposibilidad de actuar. A
diferencia de las ratas, los seres humanos que se encuentran en circunstancias semejantes pueden recurrir al auxilio de expertos
consultores que ofrecen sus servicios a cambio de honorarios. Lo que esperan escuchar de boca de ellos es cómo lograr la cuadratura
del círculo: cómo comerse la torta y conservarla al mismo tiempo, cómo degustar las dulces delicias de las relaciones evitando
los bocados más amargos y menos tiernos: cómo lograr que la relación les confiera poder sin que la dependencia los debilite,
que los habilite sin condicionarlos, que los haga sentir plenos sin sobrecargarlos…Los expertos están dispuestos a asesorar,
seguros de que la demanda de asesoramiento jamás se agotará, ya que no hay consejo posible que pueda hacer que un círculo se
vuelva cuadrado…Sus consejos abundan, aunque con frecuencia apenas logran que las prácticas comunes asciendan al nivel del
conocimiento generalizado, y éste a su vez a la categoría de teoría erudita y autorizada.”[2]
Por supuesto, también los psicoanalistas podrían convertirse en tales expertos consultores –por ejemplo, en
toxicomanías– ya que la tentación está ahí, al alcance de la demanda del mercado: la canallada de servirse de la
no-relación de los sexos para encarnar allí una promesa de consistencia, identificándose con el supuesto-saber-hacercon-lo-perecedero (es decir, para renegar de lo perecedero).
Zygmunt Bauman caracteriza con su concepto de amor líquido la tendencia a evitar las relaciones duraderas,
reemplazándolas por conexiones de fácil acceso y salida. Con exquisita ironía él identifica a los individuos
consumido(re)s del mercado con ratas de laboratorio. Nosotros agregaremos que tales inhibiciones motrices y
procastinaciones son el precio que pagan los individuos por el desconcierto promovido por las relaciones entre los
sexos, causa real del horror al acto.
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Mientras Sigmund Freud establecía hace ya casi un siglo que el secreto de lo perecedero consistía en que confronta a
Los hablantes con el duelo a realizar por el objeto perdido, Bauman –nuestro Zygmunt hiper-moderno– [3] deja la
palabra a dos expertos contemporáneos, quienes aconsejan respecto de las elecciones amorosas.
“Un consejero experto informa a los lectores que “al comprometerse, por más que sea a medias, usted debe recordar que tal vez esté
cerrándole la puerta a otras posibilidades amorosas que podrían ser más satisfactorias y gratificantes”. Otro experto es aún más
directo: “Las promesas de compromiso a largo plazo no tienen sentido… Al igual que otras inversiones, primero rinden y luego
declinan”. Y entonces, si usted quiere “relacionarse” será mejor que se mantenga a distancia; si quiere que su relación sea plena,
no se comprometa ni exija compromiso. Mantenga todas sus puertas abiertas permanentemente.” [4]
Las relaciones promovidas por tales expertos son cortoplacistas para asegurar que la inversión sea redituable, el
largo plazo es considerado anti-económico –podríamos decir: desaconsejado por perecedero, ya que las relaciones
efímeras, y a repetición, ofrecen la ilusión de que el tiempo no transcurre: la promoción del instante congela la
duración y anula lo perecedero.
Una anécdota de mi niñez ilustra este punto: mi vecino, desde niño, tuvo durante varias décadas un perro, Laqui, al
que cualquier desprevenido visitante podía identificar con un cuerpo canino; pero no era así: cada dos años el padre
reemplazaba el animal por otro más joven, exactamente de la misma edad, siempre. “Laqui” siempre perduraba,
aunque varios Laqui hayan muerto sin inscripción. Comprobamos hasta qué punto la identificación que promueve
el significante puede renegar de lo real de la muerte.
3. Las conexiones en red: nuevo tipo de relaciones
Veamos hasta qué punto el “enlace afectivo a un objeto” del que se extrae la identificación puede variar sus vestiduras
según las épocas:
“Un hombre de Bath, de 28 años, entrevistado en relación con la creciente popularidad de las citas por Internet en desmedro de los
bares de solas y solos y las columnas de corazones solitarios, señaló una ventaja decisiva de la relación electrónica: “uno siempre
puede oprimir la tecla ‘delete’ “[5]
Al par que las relaciones entre hombres y mujeres se realizan en “red”, en este juego de lenguaje se reemplaza el
encuentro de los cuerpos por la conexión virtual, hasta que las garantías estén dadas para identificar del modo
más inequívoco al partenaire(lo que no ocurre en todos los casos): sólo entonces se correría el riesgo del encuentro,
luego de minorizar con la mediación de la computadora y sus gadgets adicionales (chateo para levantar el perfil
del candidato, cámara web para asegurarse del valor de la imagen corporal) el impacto que la contingencia ofrece
a lo inesperado, a lo ignorado. Con un saber tecnológico se sutura la contingencia, renegando de la castración: se
supone, antes de efectivizar el encuentro, que se sabe quién es el otro, qué quiere el Otro. Se buscan garantías para el
encuentro, adecuación para el perfil que satisfaga a cada individuo: identificar alpartenaire. Pero como acertadamente
lo indica Bauman:
“La facilidad que ofrecen el descompromiso y la ruptura a voluntad no reducen los riesgos, sino que tan sólo los distribuyen, junto
con las angustias que generan, de manera diferente.”
Nosotros diremos que lo real sigue ahí, bajo el modo de la angustia esperando la ocasión de hacer saber lo que no
marcha entre hombres y mujeres, más allá de los trucos tecnológicos.
4. Los nuevos adictos: los consumidores, consumidos
Si el paradigma de las nuevas relaciones son las conexiones en red, las identificaciones que ellas patrocinan no
responden menos a otro gadget: la televisión.
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Tiempo atrás arriesgué la hipótesis de la función omnivoyeur de la televisión: ella mira en vuestros hogares forzando
la puerta de la realidad para disfrazar cada vez más lo real; ella induce en los individuos identificaciones a rasgos, a
formas de vida a los que adherirse: con sólo mirarlos les impone la uniformidad de un modo de gozar.
Tal vez no se ha puesto el debido énfasis en que los hijos de la televisión –y esto va más allá de los países, inclusive
hasta más allá de las variantes culturales– no toman tanto de los padres, como otrora, los rasgos de identificación,
sino que muchas veces los adquieren de personajes de la televisión, a partir –por ejemplo– de modos de hablar
que, habitualmente, nada tienen que ver con las desinencias de las lenguas maternas de cada ciudad: responden
al monolingüismo de la globalización. Uno los escucha: los niños hablan (es decir, gozan del lenguaje) según las
desinencias fónicas de eso que los mira todo el día –y que ellos no quieren dejar bajo ningún concepto– que es la
televisión. Los llamaremos los tele-adictos.
Una niña, de aproximadamente tres años, participó de un programa infantil en el cuál los niños tienen un papel
protagónico desenvolviéndose en temas de adultos. Para esa niña, sería aquél el momento soñado: el encuentro
con sus ídolos televisivos, (una pareja joven, protagonistas de una telenovela con buen rating); pero ocurrió algo
inesperado. Al aparecer ellos, la niña –sentada en un confortable sillón en el centro del set televisivo– los desconoció,
señalándoles con una mano que se fueran, sin siquiera mirarlos. Imagínense el desaire producido a esos ídolos de
barro por el simple berrinche de una niña.
La conclusión –tan obvia como sorprendente para el conductor, los presentes en el estudio y la audiencia televisiva–
fue que para esa niña no se trataba de eso: a pesar de lo que había pedido, ella no los quería allí.
¿Qué había pasado? No lo sabemos, sólo podemos deducirlo: la presencia del Ideal en la realidad del estudio –esa
pareja que encarnaba un objeto de identificación–, habría desajustado la imagen fijada que hacía gozar a dicha niña
frente a la pantalla de la TV. Se desprende que la satisfacción obtenida en la primera escena no era trasladable a
la otra: la realidad ofrecida en el espacio del set televisivo se hallaba desajustada respecto de lo real del goce de la
mirada obtenido en el espacio hogareño. Por ende, la identificación, bruscamente, también vaciló. [6]
Volviendo al estudio, la situación se puso aún más tensa: confrontada por el conductor con su inesperada respuesta
y ante su insistencia para que los reconociera como eso que quería y que –además– había pedido especialmente, ella
les dijo lo siguiente:
“Voy a apagar el televisor, voy a desenchufar el cable, y ¡¡¡ustedes no me van a ver más....!!!”. [7]
Se evidencia con claridad algo que parecería oscuro al formularlo teóricamente: es la televisión la que mira al
“espectador”. Esta simpática niña sabía de lo que hablaba: en nombre de la histeria hiper-moderna colocó el palo en
la boca del TV-cocodrilo para cuestionar la existencia del Ideal y su empuje identificatorio.
Este caso –light, [8] en comparación con otros casos en los que se emplean drogas duras, por ejemplo– constituye un
paradigma de nuestra hipótesis de base, con la que intentamos caracterizar un modo de gozar contemporáneo: los
hijos tele-adictos son consumidos por la máquina omnivoyeur, son devorados por su mirada.
¿Individuos hiper-modernos de la toxicomanía generalizada? ¿Nuevos adictos?
En este punto podemos interrogar: ¿Qué hace cada uno con lo que consume?, ¿se presta o no a ser consumido por
los gadgets—entre ellos, por ejemplo— por la máquina omni-voyeur de gozar, esa que produce tele-adictos entre
hombres y mujeres? ¿Se deja mucho, poco, poquito, nada...?
Es evidente que también la clínica psicoanalítica registra estos desplazamientos, los que se presentan en muchas
oportunidades de un modo dramático: los efectos en la subjetividad que afectan a los ciudadanos conmueven al
psicoanalista y le plantean nuevos problemas. Los casos que llegan al consultorio no tienen ya la <pureza clínica>
de un siglo atrás. Las obsesiones ya no son el compendio de rituales sistematizados descritos por Sigmund Freud
en el inicio de su investigación, ni las histerias esos casos “puros” que culminaban en ataques y conversiones, pero
finalmente dóciles a la interpretación. Hoy, las drogas y los trastornos alimentarios se mezclan con las estructuras
clínicas y dificultan no sólo el diagnóstico diferencial sino que cuestionan la eficacia de la práctica analítica.
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Éste es el marco actual en el que hombres y mujeres tienen que vérselas para encontrar un lugar en el mundo. La así
llamada <hiper-modernidad> oficia de marco para que hombres y mujeres confluyan en el mercado del consumo,
siempre dispuestos a dar batalla en asuntos de amor, deseo y goce.
Mientras la televisión es omni-voyeur y sus hijos tele-gozan, ¿ha llegado el tiempo de los nuevos adictos?
Este caso también permite ilustrar, a través de la máquina de tele-gozar, la pulverización de los nombres del padre y
uno de sus efectos: la “globalización” de las identificaciones en su labilidad efímera (tanto como lo es la durabilidad
de los ídolos de barro que consume la TV); pero también su envés, la oscura persistencia de su entramado libidinal
(es el goce de la mirada que consume al individuo, televidente).
Mientras el espectáculo del mercado exhibe lo que ha producido, se transforman las relaciones en conexiones y lo
perecedero adviene efímero e instantáneo.
Allí donde el Padre-Uno ya no asegura al parlêtre en sólidas identificaciones que anuden su cuerpo al nombre
(como Laqui lo anticipaba), el empuje a lo efímero que propicia el mercado de consumo ofrece una variedad de
identificaciones prêt a porter.Ellas sustituyen la indeleble marca de la castración por marcas en el cuerpo a fuerza de
drogas a la medida del consumo [9], por tatuajes y piercings diseminados en la superficie del cuerpo; lo que el nombre
del padre no marcó con el lenguaje, retorna desde lalengua con drogas e insignias diseñadas por la industria que se
adhieren al cuerpo evidenciando la faz de goce de toda identificación.
Es en esta vía que podemos indicar la existencia de un nuevo tipo de identificaciones que acompañan en nuestra época
a la pulverización del nombre del padre. Por ello, parafraseando a Zygmunt Bauman, diremos que las identificaciones
líquidas [10] son la contrapartida de las adicciones, sólidas; o –también– que la solidez del goce que las adicciones
condensan, no va sin la fragilidad simbólica de las identificaciones en el tiempo en el que la tecno-ciencia oficiando
para el mercado de consumo, reniega de lo perecedero.
5. Una definición hiper-moderna de normalidad: la nada como objeto de
goce
Se comprueba hasta qué punto la máquina de tele-gozar se ha metido en los hogares: los talk shows y los realityshows dan la medida exacta de la función omnivoyeur de la “tele”. En ellos se muestran seres perfectamente anónimos,
tan ‘normales’ como cualquier espectador que sólo sueña con estar ahí, del otro lado de la pantalla, siendo mirado
por todos –mientras desconoce que con sólo ver eso ya es mirado del mismo modo que ellos; individuos hipernormales mirados en su intimidad, mientras hacen de todo lo que saben hacer: es decir, una normalidad pletórica de
nada; ellos son los ilotas del régimen: mírenlos gozar.
En la clínica, se presentan casos, tal vez paradigmáticos de la época, que muestran la labilidad de la norma-macho
(el normal lacaniano) con sus identificaciones líquidas que acompañan la caída hiper-moderna del padre. A ellas
corresponden, y cada vez más, adicciones sólidas.
NOTAS
1. Sinatra, E.: ¿Todo sobre las drogas? Grama Ediciones; Bs. As. 2010: la base de este artículo ha sido extraída de este texto (especialmente:
págs. 167/171).
2. Bauman, Zygmunt: Amor líquido –acerca de la fragilidad de los vínculos humanos, FCE, pg. 9. Este texto constituye la referencia central de
las presentes elaboraciones
3. equivocó aquí Zygmunt (Bauman) con Sigmund (Freud)
4. Ibíd, pg. 11
5. Ibíd, pg.13
6. Más adelante podremos decir: se licuó (ref. identificaciones líquidas)
7. Otra cuestión es: cuál sería el enchufe –y dónde estaría–, aquél que permitiera al individuo sustraerse de la mirada del Otro; ya que como
es sabido con los niños, especialmente, con intentar sustraerlos del televisor no alcanza
8. dicho así para estar más a tono con cierto sector del mercado que promueve una ‘cultura’ light
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9. Kiko Veneno, cantante de rock español, canta en uno de sus temas: “yo solo quiero enchufarme en tus venas”
10. Concepto acuñado en ocasión de las XV JORNADAS ANUALES de la EOL, 2 de diciembre 2006 en el trabajo intitulado: Las Identificaciones
Líquidas –variaciones pos-modernas del amor–
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