de la «spaltung» en lacan al «

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LA MIRADA ERRANTE: DE LA «SPALTUNG» EN
LACAN AL «CAOS-COSMOS» DE DELEUZE
RESUMEN:
En psicoanálisis, la Spaltung se configura como la escisión o división
del sujeto entre el yo o el psiquismo más íntimo y el sujeto del discurso
consciente. La distancia que separa el lenguaje del inconsciente de la
articulación del habla, se muestra como un abismo en el que el escritor o
el artista se pierden. En la experienciaartísticacontemporánea se evidencia
esta forma de desdoblamiento del sujeto que supone la división entre el
«Yo» del enunciado y la realidad psíquica que representa: su mirada
oscilante no encuentra otro reflejo que el espejo opaco de su subjetividad.
Sólo en la asunción del discurso fragmentado por la grieta, en la inrnolación de uno mismo, y por la que el cuerpo cristaliza en un caos-cosmos,
puede liberarse el resorte que el olvido del eterno retorno representa, la sola
posibilidad de la mirada errante.
SUMMARY:
In psychoanalysis, Spaltung is represented as a schism or division
between the subject «IDor the most intimate psychism of the concious
speech of the subject. The distance which separates subconcious language
of the spoken articulation is shown as an abysm in the depth of which the
writer or artist are lost. In contemporaneous artistic experience there is
evidence of this form of feedback between the «IDof the enunciated and the
psychic reality it represents: its oscilating look doesn't find any other
reflexion than that of the opaque mirror of its subjectivity. Only the
anouncement of the fragmented speech by the crack, in the sacrifice of one
self, and that which the body crystallizes as chaos-cosmos, can liberate the
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resources which in the forgetting of the etemal retum represents, the only
possibility of the wandering look.
El presente artículo pretende esbozar las líneas fundamentales de la
aproximación a una problemática de orden estético que ha estado latente
en algunos de los lenguajes artísticos contemporáneos y que han planteado
de forma más o menos evidente la idea filosófica de la dualidad presenciaausencia del sujeto. La cuestión subyacente consistiría en rastrear los
mecanismos ocultos que acompañan al lenguaje en su proceso del inconsciente a la palabra, y a su vez, siguiendo una exploración de tipo psicoanalítico, comprobar cómo en este recorrido se dibuja una suerte de abismo,
el borde mismo de lo que lo limita - e l lenguaje recusado como discurso
y retomado en la violencia de la palabra- y que comporta la experiencialímite del camino al habla. El sujeto llega así a tropezar en el proceso de
acceso al lenguaje, descubriendo que el Yo puede advenir al ser de
desaparecer de mi dicho, tal como sostuvo Lacan. En esta vía que permite
al sujeto incorporarse al discurso se producen una serie de obstáculos que
afectan a la configuración del Yo: el acceso al lenguaje representa así una
cierta pérdida que tiene un parecido con la imagen de la muerte.
En el discurso de algunos escritores y artistas contemporáneos se
descubre esta reflexión principal que atañe al cuestionamiento que desde
el psicoanálisis de Freud, y después de Lacan, se hace de las dificultades
que para el sujeto pensante comporta pasar del lenguaje del inconsciente
al lenguaje de la conciencia del Cogito, del lenguaje intersubjetivo a la
inserción en el lenguaje normativo. Pensar el «Yo» comporta así una suerte
de escisión, de falla infranqueable entre el psiquismo más íntimo, desalojado de las ilusiones de la conciencia inmediata, y el sujeto del discurso
consciente, que actúa a la manera de un «doble» en el que el primero no se
reconoce pues evidencia una forma de suplantación del <<Yo»al que
tergiversa mediante el lenguaje mismo.
Esta cuestión, que como es sabido en psicoanálisis se engloba -tanto
en Freud como en Lacan- bajo el concepto de Spaltung («escisión»,
«grieta») configura la aparición de un sujeto escindido en la pérdida que
para el Yo representa la suplantación del deseo por la palabra: tergiversación que comporta la constatación que el psicoanálisis realiza, por un
campo diferente al de la filosofía analítica de Wittgenstein, de los propios
límites del lenguaje. La palabra -como diría Lacan- es presencia y
ausencia de la cosa que designa. La única posibilidad que le resta al sujeto
de escapar a ese proceso de suplantación que en cierta manera representa
el lenguaje normativo, sería asumir el reto de la vacuidad del habla como
reflejo de un sinsentido de la existencia, y por ello, a través de su
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aceptación, convertirlo en «un signo vacío de sentido», según el dicho de
Holderlin. Es a través de la adopción de la grieta como dispositivo, de la
huella del cuerpo afectado y fragmentado, de este salto en el vacío del
inconscientealaconcienciadesnudada, que el lenguajepuede desbloquearse,
reproducirse y devenir, a través de una cadena de proposiciones, la
multiplicidad de voces que escapan al agujero mismo proyectado por la
grieta.
De esta forma, progresivamente, el cuerpo va asumiendo su línea
laberíntica y, por diferentesvías, abre sus expectativasa la exterioridad del
pensamiento, al ser pensado desde el «afuera» (Foucault), gracias a una
«otredad del ser» (Lévinas), y también al proceso de deconstrucción
gramatológica de la escritura, la escritura del cuerpo y de las pasiones que
se contrapone a la escritura del alma y de la interioridad (Derrida). Esta
exterioridad, este «dehors» presente en el pensamiento de Foucault,
Lévinas, Blanchot o Derrida, es el que seguramente habría contribuido a
liberar el significante de su dependencia o de su derivación en relación al
logos y al concepto conexo de verdad o de significado primero: gracias a
esta exterioridad, presente ya en el concepto del Eterno Retorno de
Nietzsche, cada signo desplaza al anterior, cada ser se olvida ante la
presencia de otro, cada cuerpo se disuelve en otros cuerpos, y cuya otredad
consigue borrar la huella trazada por la grieta.
Para descomponertoda esta serie de elementos que recorren el proceso
que va del sujeto «doblado» analizado por el psicoanálisis de Lacan y
Freud, al concepto de «caos-cosmos» desarrollado por Deleuze, se tratan
aquí una serie de puntos que dan cuenta de este paso de la grieta y el instinto
de muerte - e 1 sinsentido de la existencia- a la asunción de los mismos,
adoptándolos y ramificándolos, como una forma compulsiva de proyectar
la existencia.
En el punto primero se analiza pues esta forma de lenguaje fragmentado a través del vínculo entre el cuerpo y la gramática presente en la actitud
del esquizofrénico -comentada por Freud- de ver su propio cuerpo
como un ((cuerpo -colador», ejemplo, cuando la palabra y el objeto no
coinciden, de formación sustitutiva esquizofrénica. También la literatura
de Malcolm Lowry, de F.S. Fitzgerald o de Max Frisch, reflejarían esta
relación entre la perdición corporal y la descomposición del lenguaje. El
punto segundo introduce el concepto de la Spaltung y que representa este
abismo existente entre la búsqueda del Yo en el psiquismo más intransferible del inconsciente y el sujeto del discurso de la conciencia, al que
suplanta no sin una pérdida que comporta su inserción en el lenguaje
normativo. De esta forma aparece el instinto de muerte como el impulso
que de forma silenciosa hace emerger la grieta cerebral (Deleuze), el
lenguaje de las profundidades.
El punto tercero plantea que puesto que el sujeto se halla así deshabitado de simismo a través del lenguaje, este efecto mismo conlleva que sólo
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resta mantener como posibilidad el estado de noli me legere, que para el
sujeto comporta que nunca «lee» su obra, puesto que para él es lo ilegible,
es un secreto frente al que no permanece, es la imposibilidad de mirarse a
sí mismo (Blanchot). Por ello -punto cuarto- se genera de esta forma en
el sujeto una suerte de desdoblamiento o división entre el Yo del enunciado
y la realidad psíquica que representa, según la alternativa de una presenciaausencia. Mientras la conciencia y la reflexión deben situarse en el nivel del
discurso, en el inconsciente habrá de colocarse el sujeto verdadero, lo que
comporta una errancia en la palabra y que tendría su metáfora en la imagen
del borrarse a s i mismo (Blanchot, Jabks, Derrida).
En el quinto punto se introduce ya la inversión de la cuestión. La única
posibilidad de evasión que el sujeto vislumbra de hacer desaparecer la
grieta y el espejo como metáfora de su presencia misma, consiste en la
transfiguración del propio ser, la incesante transfiguración o metamorfosis,
donde toda la identidad se disuelve en una múltiple alteridad, afirmar toda
la serie de instantes de la existencia y en consecuencia la infinita serie de
mis otras posibles identidades (Klossowski). El lenguaje, a su vez, es
ramificado hasta hacer del habla un cuerpo-devenir, mediante su doblez, su
línea etérea. Mientras los rostros de las pinturas de Francis Bacon o de
Arnulf Rainer se descomponen aún dentro del pozo de su propio territorio,
los de las instalacionesde Christian Boltanski aluden al desplazamiento de
la imagen, al rostro sin territorio (Guattari) y como línea de fuga.
El sextopunto desarrolla ya estapalabra errante que esquiva la grieta,
que la dispersa en una escritura de los confines, de las palabras desplazadas
unas por la presencia de otras, en su carácter finito, en su proyección
infinita. Los dibujos de artistas como Joseph Beuys, Cy Twombly, Mario
Merz o Jean Michel Basquiat, reflejarían ya esta desaparición a la que está
abocado el hombre en la huella de una palabra sustraída y cuyo registro se
ha desplegado en el olvido. El séptimo punto y último -la espiral sin
c e n t r e dibuja la superación a la que el eterno retorno de lo diferente y el
poder del olvido someten a la palabra de los confines en su absorción por
el ritornelo del devenir, relación que libera el resorte del lenguaje despojándolo del efecto de la grieta, en un espacio sin temtqrio en el que la
mirada nómada escapa a los mojones que marcarían el desierto de su
mirada.
Se plantea así la erosión del pensamiento, la distancia que separa el
discurso de los contenidos del inconsciente: discurso que mediatiza y
transfigura un saber no hablado, latente en el inconsciente. Es la tesis que
inducirá a Jacques Lacan a considerar que el nacimiento del lenguaje, la
utilización del símbolo, operan una disyunción entre la vivencia y el signo
que la remplaza. Disyunción ésta que al transcurrir de los años se acrecen-
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tará, ya que el lenguaje es antes que nada el órgano de la conciencia, de la
reflexión sobre una vivencia muchas veces insuperable. La reflexión, que
trata constantemente de «racionalizar»,de «reprimir» la experiencia vivida, llegará finalmentea divergerprofundamente con esta vivencia: la grieta
del pensamiento se manifiesta. En este sentido, se puede decir con Lacan
que la aparición del lenguaje coincide en el tiempo con la represión primera
constitutiva del inconsciente. El lenguaje tiene, por otro lado, una virtud:
la de suministrar al sujeto un punto de apoyo, una referencia posible de su
propia «identidad», pero sólo eso, una referencia imprecisa.
El principio del lenguaje es el propio cuerpo: «(...) el principio mismo
está en mi carne», dirá Artaudl. Hay una huella que se mantiene ausente en
la obra, en lafalta de obra, en la presencia repetida de esta ausencia, en su
vacío central. La grieta del pensamiento es esta escritura ausente que
escapa a su propio habla, el borde del abismo tan sólo pensado, que pone
en escena ese espacio-tiempo catastrófico. La grieta del pensamiento se
resume en la paradoja blanchotiana: noli me legere, es decir, que quien
escribe no puede leerse, o bien, que una ceguera profunda ocupa el centro
mismo del pensamiento. Es «En este tiempo donde debemos permanecer
fuera de nosotros, fuera del mundo y casi morir fuera de la muerte misma
(...)D~.E1 cadáver que habita en el sujeto arrastra el sitio que ocupa, lo
abisma con él, y en esta disolución deshabita la posibilidad de una
residencia del «Yo»: «el hombre es deshecho según su imagens3. Es el
problemaque se le plantea al protagonista de lanovelaNo soy Stiller (1954)
de Max Frisch: el del hombre que no acepta su propia personalidad e intenta
desesperadamenteevadirse de ella. Se trata de la necesidad apremiante de
encontrar en una forma de «muerte impersonal» (Blanchot) la posibilidad
de dejar de ser yo mismo para pasar a la serie infinita de mis otras posibles
identidades (el Eterno Retorno, según Klossowski). Así, confiesa Stiller:
«Esto significa tener que volar confiado en que el vacío me sostendrá, es
decir, un salto sin llevar alas, un salto en la nada, en una vida jamás vivida,
en la culpabilidad por omisión, en el vacío en tanto que única realidad que
me pertenece, que me puede sostener...^^. Y en esta certeza se constata la
volatización del sujeto pensante y la pérdida de su objeto, puesto que el
lenguaje no aparece por sí mismo más que en la desaparición del sujeto: es
el yo escindido en la suplantación del deseo por la palabra.
La aparición de los poros agujereados en los autorretratos de Artaud
1. ARTAUD,
A. Manifiesto en Lenguaje claro. SAVATER, F. La filosofia tachada,
Madrid, Taurus, 1986 (2"eimpr.) (1972), p. 155.
2. BLAP~CHOT,
M. El espacio literario, Barcelona, Paidós, 1992 (2kd.) (1955), p. 149.
3. Ibidem, p. 249.
M. NO SOY Stiller, Barcelona, Seix Barral, 1990 (2kd.) (1954), p. 97.
4. FRISCH,
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es el comienzode la grieta que resquebraja y fragmentala dialéctica discursiva
del sujeto e introduce la materialidad de las palabras más allá de toda
representación, cuando el habla está llamada a desatarse en la violencia del
cuerpo y del grito: objetiva el dolor constituyéndolo en objeto, puesto que el
pensamiento, al abandonar la interioridad salmodiante de la conciencia,
deviene energía material. Artaud dice que el Ser, que es sinsentido, tiene
dientes: comer-hablar y el lenguaje esquizofrénico que hace emerger el
sinsentido, el acontecimiento inscrito en la carne, el lenguaje de superficie
desgarrado por la imposibilidad de pensar que es el pensamiento,persecución
y perdición del sujeto mismo.
Es el propio Freudsquien comenta esta actitud del esquizofrénicoy de su
perturbación cuando la palabra y el objeto no coinciden, mostrándose la
formación sustitutiva esquizofrénica: el paciente que en el momento de
colocarse los calcetines, presenta la singular visión de los mismos como
horadados por pequeños orificios y, a su vez, su propio cuerpo como la
proyección de las mallas del tejido-piel agujereados. Esto lleva a Freud a
modificar su hipótesis de que la carga de objetos queda interrumpida en la
esquizofrenia y a reconocer que continúa siendo mantenida la carga de las
imágenes verbales de los objetos. A través de estos poros, la malla de la locura
invade y reproduce la red de objetos-lenguaje infinitamente.
Gilles Deleuze retoma este caso para sostener su imagen del «cuerpocolador», por el que ya no hay frontera entre las cosas y las proposiciones,
precisamenteporque ya no hay superficiede los cuerpos6.El signo se confunde
así con una acción, con una pasión del cuerpo como sujeto y como objeto a la
vez de un lenguaje vacío. El sinsentido rasga el lenguaje de superficie hasta
hacer de la piel un mapa del lenguaje desarticulado. Esto es así gracias a la
ambivalencia acción-pasión: «La consecuencia es que el cuerpo entero ya no
es sino profundidad, y atrapa, y arrastra todas las cosas a esa profundidad
abiertaquerepresentauna involuciónfundamental.Todo es cuerpoy corporal.
Todo es mezcla de cuerpos y en el cuerpo, encajadura, penetra~ión»~.
Repetidas veces, es sabido, Freud habla de la pulsión de muerte como de
una energía «muda», por oposición al «clamor» de la vida: una suerte de
abismoentre lapulsión y sus expresiones,entreel deseo y lapalabra, lapalabra
silenciosa. La grieta cerebral descubre de forma súbita la amplitud del puro
cultivo de la pulsión de muerte. Es el cuerpo alcoholizadodel protagonista de
Bajo el volcán (1947) de Malcolrn Lowry, cuyo ocaso se desliza progresivamente hasta llegar al pozo oscuro que constituye su propio cuerpo: «(...) En un
horizonte desoladodonde navegaba vertiginosamenteun enormebarco negro,
5. FREUD,S . LOinconsciente, en Obras completas,Barcelona, Orbis, 1988(1915),vol.
11, p. 2080.
6. DELEUZE,
G. Lógica del sentido, Barcelona, Paidós, 1989 (1969), p. 103.
7. Ibidem.
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con el casco oculto deslizándose hacia el ocaso; o bien su cuerpo no era nada
sino una mera abstracción, una calamidad, un diabólico aparato para producir
sensaciones calamitosas y enfermizas
El cuerpo es el destinatario en el
que confluyen las palabras desechadas, el cuerpo no reconocido y sublimado
a la vez. Es el último grito de Nietzsche antes de sucumbir, proclamándose
a la vez Cristo y Dionisos, el sueño común que escapa a la razón, el volcán
abierto de la aniquilación de la obra: «Se cumple la predicción de Nietzsche
sobre el vínculo de unión entre Dios y la gramática;pero esta vez el vínculo
es reconocido, querido, gesticulado, «dudado», desarrollado en todos los
sentidos de la disyunción, puesto al servicio del anticristo, Dionisos
crucificado», escribe Deleuze9.
En psicoanálisis, esta grieta del pensamiento tendría cabida en el
concepto de Spaltung (de Spalte, «hendidura,grieta» en alemán), que es la
escisión o división del sujeto entre el yo o el psiquismo más íntimo y el
sujeto del discurso consciente:en la teoría del lenguaje, el abismo existente
entre el lenguaje intersubjetivo y el lenguaje normativo, respectivamente.
La grieta es este vacío, este espacio deshabitado en uno mismo, el lenguaje
inarticulado y marcado por el instinto de muerte. Es lo que Jacques Lacan
denomina la Spaltung (escisión) del sujeto o división del sujeto por el
hecho de que habla o se expresa, por el hecho de su inserción en el orden
simbólico. En efecto, el sujeto, al «mediatizarse»por su discurso, destruye
la relación inmediata de él mismo consigo mismo, se construye (tal será la
«referente»según Lacan) en el lenguaje tal como quiere verse o hacerse ver
y en él se aliena lógicamente. Para Serge Leclaire, la pulsión constituirá la
llamada a un retorno del placer, de la falla inscrita en el cuerpo con ocasión
de una experiencia originaria de placer o de desplacer. El lenguaje - q u e
es también aquello por lo cual el deseo es posible, a partir de la falta o
carencia- se halla vinculado al afloramiento del instinto o pulsión de
muerte; el discurso «mediatiza» al sujeto y se presta por tanto particularmente a una rápida tergiversación de la verdad: en efecto, la palabra según Lacan- engendra la muerte de la cosa. «La pulsión de muerte escribe a su vez Serge Leclaire- es esta fuerza radical que aflora en el
instante catastrófico o extático en que la coherencia orgánica del cuerpo
8. LOWRY,
M. Bajo el volcán, Barcelona, Bruguera, 1984 (3"d.) (1947). (Col. Libro
Amigo, n975), p. 386.
G. Op. cit., p. 282.
9. DELEUZE,
J. - LECLAIRE,
S. L>inconscient,uneétudepsychanalytique,L'inconscient
10.LAPLANCHE,
(VI Coll. de Borneval), Desclée De Brouwer, 1966.
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Antoni Gonzalo i Carbd
aparece como innominada e innominable, síncopa o éxtasis, poniendo de
manifiesto su exigencia o solicitación de una palabra para velarla o sostenerla»lo.
Como dice en un verso Octavio Paz:«El espejo que soy me deshabita
(...)>P.Mi propia obra es un espejo en el que no me reconozco.
La grieta es la hendidura del pensamiento, la sublimación del cuerpo
fragmentado, la palabra doblada por la gramática, «el cadáver del habla
psíquico» (Derrida), la ausenciamisma de obra (Blanchot).También Deleuze
aclara que: «La grieta es el obstáculo del pensamiento,pero también el asiento
y la potencia del pensamiento, el lugar y el agente»12.La grieta designa este
silenciodel soloruido de mi respiración,lapalabra flotante y vigilante,el vacío
que se ahonda y marca una serie de señales, la gozosa errancia por la que se
dispone en cualquier momento de la posibilidad de ((abandonarel libro)):«El
centro es el pozo ... Ojalá pudiese mi muerte provenir de mi (...)», escribe
Edmond Jab&s13.
La grieta es la posibilidad de describir la propia descomposición y por
la que nunca se irá demasiado lejos en su expresión límite. La grieta es este
instinto de muerte que desborda a los protagonistas de las novelas de
Lowry, de Bernhard, de Frisch,... La grieta deviene cuando el escritor
abandona los temtorios del logos y su voz es el fenómeno por el que se
descubre el thymós, su yo irracional. El instinto de muerte ya no reposa en
la represión del inconsciente,sino que actúa y se ramifica hasta desbordar
la palabra, palabra somática y de muerte, pero también palabra de los
confines, la imagen-despojopor la que el cadáver que uno lleva comienza
a parecerse a si mismo. Como escribe F.S. Fitzgerald en The Crack Up
(1936):«Claro, toda vida es un proceso de demolición (...)»14.
Son el tipo
de golpes que vienen de dentro, que uno no nota hasta que es demasiado
tarde para hacer algo con respecto a ellos; no se repara en la grieta silenciosa
puesto que pasa imperceptible mientras va minando el cuerpo, pero de
hecho se percibe de repente. «¡La grieta está en mí!15,escribe Fitzgerald.
La vida es un proceso de destrucción y el cuerpo la caja o el dispositivo
donde la grieta se desarrolla y aumenta: el símbolo del plato roto de
Fitzgerald funciona a la manera de un espejo opaco por el que el sujeto no
se reconocería sino en su imagen, desposeída,vuelta fragmento. «De hecho
11. SAVATER,
F. Op. cit., p. 205.
12. DELEUZE,
G. Op. cit., p. 329.
E. Le livre des questions, París, Gallimard, 1963. Véase el tercer volumen,
13. JABES,
Le Retour au livre, 1965. DERRIDA,
J. La escritura y la diferencia, Barcelona, Anthropos,
1989 (1967), p. 405.
F.S. El Crack-Up, Barcelona, Bruguera, 1984 (2Qd.) (1931). (Col.
14. FITZGERALD,
Libro Amigo, n980), p. 97.
15. Ibidem, p. 104.
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-dado que él y el plato eran uno-, se describió como un plato cuarteado
(...)». «Mi autoinmolación era algo empapado en oscuridad»16.
El instinto de muerte constituirá el verdadero poder del lenguaje, la voz
intransferible, la palabra no robada, el doble que le remplaza a uno de forma
silenciosa: la energía no ligada del instinto de muerte cumple así la
autodestrucción como su expresión fundamental. La pulsión de muerte
adquiere pues un factor potencial, cuya capacidad de autodestrucción se
muestra como el verdadero espacio del lenguaje fuera de la dialéctica del
discurso mismo. La existencia se dibuja más por la ausencia de la huella, por
su agujero, que por la presencia misma del sujeto: la palabra de la palabra, ese
«afuera» (Foucault) donde desaparece el sujeto que habla, puesto que el
lenguaje se deposita en el vacío que habita en la palabra. El espejo, la imagen
reflejada -los rostros desdibujados de Bacon ante el espej- tiene mayor
carga de sentidoque elpropio original.Comoescribe Emst Jünger: «Sialguien
pasa junto a un espejo al poco rato de que la muerte lo haya rozado notará que
la imagen suya allí reflejada es más fuerte que él mismo»17.La oquedad del
cuerpo se convierte así en el túnel al final del cual el sujeto ve el relámpago de
su oscilación indefinida, el origen y la muerte, el contacto de un instante
mantenidoen un espacio desmesurado.Esta oscilaciónes la que aparece en las
pinturas de Bacon: el personaje en una estancia vacía y mirándose en el espejo
deformante en cuyo reflejo no se reconoce puesto que el rostro es el propio
espejo,rostro sin mirada, rostro blanco con agujeros negros. La grieta es aquí
este pedazo de carne sin rostro, este sujeto deshabitado de sí mismo y de los
demás; la grieta alargada y ruidosa, el impulso de la carne inscribiéndosecomo
una falla geológica, el espesor de la palabra y la distensión de la piel. La grieta
silenciosa se confunde así con el ruido del cuerpo. La grieta es la materialidad
del pensamiento que obsesionaba a Artaud. El protagonista de Bajo el volcán
lo expresa diciendo que «(...) en cuanto a mí prefiero desintegrarme a mis
anchas».
Los ruidosos empujes de la grieta cerebral contrastan con su deslizamiento imperceptible, silencioso, hasta que la grieta revienta a costa de la destrucción del objeto. Paul Celan lo contempla en uno de sus poemas:
«keinem wie mir
schlug die Hagelbo durch
das seeklar gemesserte
Hirn»18
16. Ibidem, pp. 105 y 114.
17. J~XGER,E. La tijera, Barcelona, Tusquets, 1993 (1990), p. 47.
18. «a nadie golpeó como a mil la ráfaga de granizo a través 1 del acuchillado cerebro
/ d e mar claro)).CELAN,
P. Hebras de sol, Madrid, Visor, 1989(1968). (Col. Visor de Poesía,
nQ 246), p. 223.
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El espejo es el centro de las significaciones de la mirada que es
despojada de toda referencia al «Yo», pantalla cóncava que representa la
interioridad atraída fuera de sí, el rostro de la subjetividad desplazado y
exiliado de su territorio.Las imágenes de Boltanski, esos rostros de palidez
óntica que han de ser iluminados para recuperar cualquier atisbo de
presencia, son ya la sombra de cualquier rostro estable: la destrucción
oscura y doliente de los personajes de Bacon ha tapiado toda tentativa de
salvación y en este proceso irreversible ha dejado por rastro el desierto de
la exterioridad del ser de los rostros de Boltanski. Como muy bien expresa
en este sentidoFoucault: «(...) Volverse hacia el rostro prohibido que hurta
la mirada, no es únicamente saltarse la ley para afrontar la muerte, como
tampoco abandonar el mundo ni el olvido de la apariencia, es sentir de
repente crecer en uno mismo un desierto, al otro extremo del cual (aunque
esta distancia sin medida es tan delgada como una línea) espejea un
lenguaje sin sujeto asignable, una ley sin dios, un pronombre personal sin
persona, un rostro sin expresión y sin ojos, un otro que es el mismo»1p.
La sucesión de palabras encadenadas y estratificadasde las pinturas de
Twombly o de Basquiat, a la manera de un palimpsesto, convierten el
dibujo en escritura fonética desnudada de cualquier vínculo a un sujeto
ausentado en su propio habla. El «Él» que sustituye al «Yo», es la soledad
que alcanza el escritor por medio de la palabra. «El» es yo mismo
convertido en nadie, otro convertido en el otro, de manera que allí donde
estoy no pueda dirigirme a mí, y que quien a mi se dirija no diga «Yo», no
sea él mismo. En una carta de Rilke, enviada a su hermana Clara Rilke, se
halla esta respuesta: «Las obras de arte son siempre producto de un peligro
corrido, de una experiencia conducida hasta el fin, hasta el punto en que el
hombre ya no pude continuar»20.El plato roto de Fitzgerald es el centro del
caos-cosmos, el alicatado de una mirada multívoca cuyos puntos se hallan
en eterno desplazamiento. Todo son desdoblamientos a partir del origencaos que arriesga al hombre a traspasar su propia sombra hacia otras
identidades: «Nosotros, infinitamente arriesgados...»21(Rilke, en uno de
los Sonetos de Ogeo).
Nunca se irá demasiado lejos en la hendidura de la grieta, en el cuerpo
alcoholizado, en el instinto de muerte destructor, en el proyecto de
perdición. «La grieta -escribe Deleuze- es sólo una palabra hasta que el
cuerpo no se ha comprometido con ella (...)nZ2.La imagen del plato roto,
19. FOUCAULT,
M. El pensamiento del afuera, Valencia, Pre-textos, 1989 (2"d.)
(1986). (Col. Ensayo, nQ9), pp. 64 y 65.
20. BLAPYCHOT,
M. Op. cit., p. 225.
21. Ibidem.
22. DELEUZE,
G. Op. cit., p. 168.
La mirada errante
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la recomposición de sus fragmentos, es el propio rostro de Fitzgerald. Así
también en los protagonistasde las novelas de Thomas Bemhard: la fábrica
de cal abandonada de Konrad (La calera, 1970)o «la buhardilla Holler» de
Roithamer (Corrección, 1975),son los espacios claustrofóbicos en los que
el sujeto acaba poseído por un proceso de locura irreversible y por el que
la grieta se adueña de los dominios de la sinrazón. El hombre queda
enajenado por su propia imagen, doblado por un lenguaje que lo desposee
de toda alternativa de representarse a sí mismo más allá de la dispersión a
la que conduce la imposibilidad de pensar el ser. El cuerpo es así el mapa
en el que se trazan las rutas de la desesperación bajo el horizonte trágico del
azar.
En efecto, siguiendo la teoría de Lacan, en el paso de la carencia al
deseo, el sujeto accede al lenguaje, y del deseo a la demanda, se aliena en
él, se crea y se configura al capricho de su voluntad. El acceso a la palabra
engendra así la muerte de la cosa, puesto que es preciso que la cosa se pierda
para que se la represente, así también, el sujeto que ha de nombrarse en su
discurso y que ha de ser nombrado por la palabra del otro, se pierde en su
realidad o su verdad. Lo que nos falta es el significante original, que
siempre escapa precisamente porque fundamenta, pero cuya falta nos
incorpora a la normatividad lingüística. Como escribe A. Rifflet-Lemaire:
«El hombre se aboca a su propia muerte y la consuma en el mismo
movimiento por el que busca afirmarse él mismo en el mundo normativonZ3.El sujeto se halla así deshabitado de sí mismo a través del lenguaje:
una gran falla remite desde el inconsciente y aflora de forma destructiva,
allí precisamente donde ello sufre.
No hay espejo de uno mismo, sino una profunda ceguera: el alcohol se
derrama por litros en la novela de Lowry, y en la de Frisch, Stiller no se ve
a sí mismo sino a través del cristal bañado de whisky. El primero escribe:
«Es este silencio lo que me aterra... este silencio...». «(...) las palabras se
volvían borrosas, desarticuladas y su propio nombre le salía al encuentro;
pero el mezcal había vuelto a ponerlo en contacto con su situación hasta el
punto de que no necesitaba comprender significado alguno en las palabras,
aparte de la abyecta confirmación de su propia perdición, de su propia ruina
infructífera y egoísta, acaso acarreada al fin por él mismo, con su propio
cerebro en angustiosapausa ante esta prueba cruelmente omitida (.. . ) B ~El~ .
sujeto se paraliza en sus enunciados y la totalidad de éstos se edifica
gradualmente en un yo que es objetivación del sujeto. Para Serge Leclaire
23. RIFFLET-LEMAIRE,
A. Lacan, Bruselas, Charles Dessart, 1970, p. 301.
24. L o w u , M. Op. cit., pp. 381 y 382.
40
Antoni Gonzalo i Carbó
el yo no es el sujeto, está más cerca del personaje, de la apariencia, de la
función, que de la conciencia o de la subjetividad. El yo se sitúa del lado
de lo imaginario, mientras que la subjetividad se coloca del lado de lo
simbólico: «El yo es el lugar de las identificaciones imaginarias del
~ujeto»~~.
Para Lacan, la Spaltung crea una estructura oculta en el sujeto (la
elaboración del inconsciente) que se debe al hecho de que el discurso se
genera en el momento en el que el sujeto se detiene: el significante, al
producirse en lugar del Otro (lo simbólico),hace surgir en él el sujeto,pero
también a costa de paralizarlo. Lo que aquí estaba pronto a hablar,
desaparece o se desvanece al no ser ya más que un significante. La palabra
se halla pues sostenida por un inextinguible temblor de muerte, al borde del
precipicio en el que mi habla psíquica desaparece. Lacan, analizando este
proceso que permite al sujeto del deseo acercarseal discurso,escribe: «Allí
donde ello era en aquel preciso instante, allí donde ello era durante un poco,
entre esta extinción que aún brilla y esta eclosión que tropieza, Yo puedo
advenir al ser de desaparecer de mi
Dado este punto sólo resta mantener el estado de noli me legere, que
para el escritor comporta que nunca lee su obra, puesto que para él es lo
ilegible, es un secreto frente al que no permanece: es la imposibilidad de
mirarse a sí mismo si no es a través de ese agujeronegro que todo lo aglutina
y por el cual se puede llegar a negar el propio discurso. El lenguaje reflexivo
no se dirige ya hacia una confirmación interior, sino hacia su propia
desaparición. Tal como lo hace Blanchot, es sacarlo de sus casillas,
despojarlo en todo momento no sólo de lo que acaba de decir, sino también
del poder de enunciarlo, a fin de quedar libre para un comienzo, que es un
puro origen, puesto que no tiene por principio más que a símismo y al vacío,
pero que es a la vez un recomienzo, ya que ha sido el lenguajepasado el que
profundizando en sí mismo ha liberado este vacío: el encuentro con el
concepto que da título a uno de sus ensayos, L'attente L'oubli (1962), la
espera y el olvido a la vez. Foucault mismo describe perfectamente la
postura de Blanchot: «De ahí la necesidad de reconvertir el lenguaje
reflexivo. Hay que dirigirlono ya hacia una confirmación interior,-hacia
una especie de certidumbre central de la que no pudiera ser desalijado
más- sino más bien hacia un extremo en que necesite refutarse constantemente: que una vez que haya alcanzado el límite de sí mismo, no vea
surgir ya la positividad que lo contradice, sino el vacío en el que va a
desaparecer; y hacia ese vacío debe dirigirse, aceptando su desenlace en el
25. LECLAIRE,
S. A la recherche des principes d'une psychothérapie des psychoses,
Evol. Psychiatrique, 1958. RIFFLET-LEMAIRE,
A. Lacan, Buenos Aires, Sudamericana, 1986
(3"d.) (1 970), p. 124.
26. LACAN,J. Ecrits, París, Seuil, 1966, p. 801.
La mirada errante
41
rumor, en la inmediata negación de lo que dice, en un silencio que no es la
intimidad de ningún secreto sino el puro afuera donde las palabras se
despliegan indefi~~idamente»~'.
La grieta comporta que más importante que lamirada son los ojos, ojos
vacíos que se mantienen en estado de atracción más allá de su propio límite:
más que la ceguera de Edipo, la cuenca sin luz de sus ojos vacíos. Los
personajes de las novelas de Beckett -así Molloy o el Innombrable- dan
cuenta de esta mirada errante, sin territorio, amnésicos,atáxicos, catatónicos;
personajes, en definitiva, que muestran una sensación de cierta ausencia,
personajes perdidos y en estado de espera inútil, que ya no saben su nombre
si no es a partir del habla del otro. Deleuze afirma hermosamente: ((Pero
la mirada sólo es secundaria con relación a los ojos sin mirada, al agujero
negro de la rostridad. El espejo sólo es secundario con relación a lapared
blanca de la r o s t r i d ~ d » ~ ~ .
El rostro blanco está perforado por el agujero negro de los ojos en los
que se sitúa toda la pasión y donde se inscriben los signos de la perdición.
Para Anaxágoras la nieve era negra. En la novela Helada (1964) de Thomas
Bernhard, también lo es: en esta nieve negra el protagonista, el viejo pintor
Strauch, ha encontrado la pantalla opaca en la que se refleja el relámpago
de la desesperación con inusitada viveza. No es éste sino el fulgor excitante
que se produce cuando la grieta se desborda hacia la vivencia del límite de
lo inexorable. El estado crepuscular de la mirada no desvanece su latente
lucidez aun en medio de paisaje tan inhóspito y helado. La grieta también
se mantiene en un soterrado silencio hasta que emerge y desborda con su
turbulencia, arrastrando consigo al cuerpo y conduciéndolo hacia los
meandros de una palabra desterrada de su propio eco. La grieta se descubre
en el proceso de desintegración mental a que se ve sometido el pintor en
medio de una helada perpetua y todopoderosa. La nieve negra es el
territorio de una palabra oscilante, el lugar del texto imposible en el que no
puede habitar si no es a través del advenimiento de un cuerpo que ha
devenido gramática, y de una exterioridad que ha devuelto a la palabra a su
silencio original.
Se genera asíen el sujeto una suertede desdoblamiento o división entre
el «Yo» del enunciado y la realidad psíquica que representa, según la
alternativa de una presencia-ausencia. Por un lado, la conciencia y la
27. FOUCAULT,
M. Op. cit., pp. 24 y 25.
28. DELEUZE,
G. - GCATTARI,
F. Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia, Valencia,
Pre-textos, 1988 (1980). (Col. Ensayo, nV4), p. 177.
42
Antoni Gonzalo i Carbó
reflexión deben situarse en el nivel del discursomientras que el inconsciente habrá de colocarse del lado del sujeto verdadero. Para Lacan: «En el
desdoblamiento del sujeto del habla viene a articularse el inconsciente»29.
La grieta es esta distancia infranqueable entre el psiquismo intersubjetivo
y su mediatización en el sujeto del discurso consciente.Este proceso opera
una estructura ocz~ltaen el sujeto (la elaboración del inconsciente) que no
se resuelve sino en el alejamiento del psiquismo íntimo del yo y la
introducción del sujeto en el lenguaje a través de la mediación del orden
simbólico. A su vez, el acceso a lo simbólico - e l sujeto no se constituye
en su singularidad sino a través de su inserción en el orden simbólicocomporta que el sujeto acaba por «mediatizarse» a través de su discurso,
renunciando así a la relación inmediata de él mismo consigo mismo.
Dicha suerte de enajenamiento del «discurso» del inconsciente cobra
forma en la imagen siniestra de uno mismo como desposeído de lo que más
intransferible habita en su palabra. En este sentido señala Rifflet-Lemaire:
«Si la imagen que un sujeto o individuo se forja de él mismo es una añagaza
o trampa, su deseo también va a perderse en su conciencia, dentro de su
alcance real, y a vehicularse en una «demande» (esto es, en el discurso
hablado) en la que ya no será más que metonimia de él mismo»30.El sujeto
se ve «suplantado»por el lenguaje que actúa como una máscara -lo que
de la personalidad quedará de verídico y de esencial es el reverso de la
máscara (lo reprimido)-, y se encuentra irremediablemente dividido
porque se halla excluido de la cadena significante al mismo tiempo que está
«representado»en ella. En este sentido, puede decirse que el ser humano
es más bien un efecto del significante.
Finalmente, el efecto de la grieta se vuelve corporal y ruidoso,
haciendo del propio cuerpo la superficie en la que se marca el estigma de
esta lucha con el lenguaje,el centro de lo conflictivo o el estrato de la grieta
cuando emerge a la conciencia, en el momento en el que toma cuerpo en
la palabra. En otro contexto, Foucault lo define de la siguientemanera: «El
cuerpo: superficie de inscripción de los acontecimientos (mientras que el
lenguaje los marca y las ideas los disuelven), lugar de disociación del Yo
(al que trata de prestar la quimera de una unidad sustancial); volumen en
perpetuo desm~ronamiento»~'.
Diversos artistas contemporáneos - d e
Francis Bacon a Antonin Artaud, de Arnulf Rainer a Jean Michel Basquiathan dado cuenta de esta palabra arruinada por el propio lenguaje, arrastrada
29. LACAK,
J. A la mémoire d'Ernst Jones: sur la théorie du symbolisme (1960).
RIFFLET-LEMAIRE,
A. Lacan, op. cit. (versión castellana), p. 119.
30. Ihidem, p. 112.
3 1. FOLCAULT,
M. Nietzsche, la genealogía de la historia, Valencia, Pre-textos, 1992
(2"d.). (Col. Ensayo, n V 5 ) , p. 32.
La mirada errante
-
43
al territorio de la escritura sólo a cambio de ser «soplada» o sustraída de su
aliento, poder que no acaba siendo otro que el que consigue distanciarme
de mí mismo, en el afuera de la huella que hurta el trazo de la propia letra.
Así lo expresaba en su momento Jacques Denida, no sin cierta influencia
del pensamiento literario de Maurice Blanchot: «La huella es el borrarse a
sí mismo, el borrarse su propia presencia, está constituida por la amenaza
o la angustia de su desaparición irremediable, de la desaparición de su
desaparición. Una huella imborrable no es una huella, es una presencia
plena (...)D~~.
Este «borrarse» es la muerte misma, hacer desaparecer la palabra del
habla en beneficio de la errancia en la que puede mantenerla el inconsciente, y que tendría su metáfora en la imagen del borrarse a si mismo
(Blanchot, Jabes, Derrida) que se halla presente a su vez en el discurso de
los dibujos-pizarra-borradorde artistas como Beuys, Twombly y Basquiat.
Todo intento de escritura acaba convirtiéndose en un proyecto efímero de
palabra clausurada, en un ensayo enigmático de la mutación del discurso.
En esta línea, la aportación del pensamiento de Emmanuel Lévinas resulta
definitoria: «El existir se libera de la unidad de lo existente. Sustituir el Ser
por el Devenir, es, ante todo, considerarel ser fuera del ente. Interpretación
de instantesen la duración, apertura sobre el porvenir, «ser para lamuerte»:
son medios de expresar un existir que no se conforma a la lógica de la
unidad»33.El il y a de Lévinas se convierte así -como señala Blanchoten una de las proposiciones más fascinantes del reverso de la trascendencia;
la de describir, en términos del ser, pero como imposibilidad de no ser, la
insistencia incesante de lo neutro, el susurro nocturno de lo anónimo,lo que
no comienza nunca (así pues anárquico, puesto que escapa a la decisión de
un comienzo), lo absoluto pero como indeterminación absoluta: esto
hechiza, es decir, atrae hacia el afuera incierto, hablando infinitamente
fuera de la verdad, a la manera de un Otro del cual no nos podremos
desprender.
Maurice Blanchot, acercando así la deuda de su pensamiento para con
el de Lévinas, expresa: «(...) Puesto que (la palabra) es promesa (promesa
que ella ofrece y no ofrece) de aclarar lo oscuro de toda palabra, lo que en
ella escapa a la revelación y a la manifestación: trazo todavía de la nopresencia, la opacidad de la transparencia»34.De esta forma, el rostro de la
escritura se desdobla en la exterioridad de un Otro que aleja a la palabra de
32. DERRIDA,
J. Op. cit., p. 315.
33. LÉVINAS,E. Totalidad e infinito. Ensayo sobre la exterioridad, Salamanca,
Sígueme, 1987 (1971). (Col. «Hermeneia», n" 8), p. 283.
34. BLANCHOT,
M. Notre cornpagne clandestine, en Textes pour Emmanuel Lévinas
(VV.AA.) (Ed. Francois Laruelle), París, Jean-Michel Place Ed., 1980. (Col. Surfaces, nc
2), p. 86.
44
Antoni Gonzalo i Carhó
su refugio en el cuerpo. La grieta ha disuelto la dúctil membrana de la piel
del cuerpo,cuya voz murmurante no ha reparado entre el Dentro y el Afuera
puesto que es ya palabra de los confines. Se puede decir entonces,
siguiendo a Lévinas, que no hay pues continuidad en el ser: «El hombre en
tanto que Otro nos viene desde fuera, separado -o santo- rostro. Su
exterioridad, es decir, su apelación por mí, es su verdad»35.El tiempo es
discontinuo: «Lo esencial del tiempo consiste en ser un drama, una
multiplicidad de actos donde el acto siguiente desata el primero. El ser no
se produce ya de un solo golpe, irremisiblemente presente»36.La palabra
resta a su vez exiliada de toda identidad con un rostro, a través de la
exterioridad de lo Otro a la que somete a un continuo desplazamiento. El
vacío de lo dicho en el que se pierde lo dicho, la pasividad de una ausencia
atenazante, es este rostro que se pierde en el trazo que lo corrige, que lo
adentra en el devenir errante de la palabra arrojada al infinito. Este es el
pasaje soterradode un rostro desposeído,sin principio ni fin, ausentado por
la Nada de sus trazos olvidados. En palabras de Edmond Jabes, dedicadas
al propio Lévinas:
«I1 n'y a de trace que dans le désert, de voix que dans le désert.
La mise en acte est le passage, l'errance.
De l'indicible d 1'indiciblea3'.
Por la temporalidad de la cosa se nos escapa y nosotros escapamos
a nosotros mismos. En lo sucesivo no se puede apuntar sobre una mirada
unificadora que semeja, aquí y ahora, el pasado y el porvenir con tal de
decir sub specie aeternitatis lo que es la esencia verdadera de esto o
aquello. Estamos expuestos así a la alteridad que representa la dualidad
presencia-ausencia -un ensayo enigmático de mutación del discurso, asumiendo un tiempo sin presente, lo que Lévinas denominará la
«diacronía irreducible» que no es la temporalización que vivimos, sino
que se muestra como lapso de tiempo (o ausencia de tiempo), que es a
lo que el Dire nos impulsa en nuestra responsabilidad del Autre. Gracias
al texto continuamente desplazado al que lo somete Lévinas, el rostro
se ha convertido en una imagen furtiva que no se sustrae al infinito, que
retoma y desplaza en serie -gracias a la línea de su exterioridad- cada
palabra escrita: el enigma abierto y desplazable del no-fenómeno, de lo
no-responsable, en el equívoco de un rastro por descifrar, indescifrable.
35. LÉvinas, E. Op. cit., p. 294.
36. Zbidem, p. 291.
37. «No hay huella sino en el desierto, voz que en el desierto. La puesta en acto es el
pasaje, la errancia. De lo indecible a lo indecible)).JABES,
E. Il n'y a de trace que dans le
désert, en Textes pour Emmanuel Lévinas, op. cit., p. 16. (El subrayado es mío).
La mirada errante
45
En la experiencia artística de algunos artistas contemporáneos se descubre también este trazo que escapa a su propia huella. En los dibujos de
Cy Twombly o de Mario Merz la espiral se convierte en un trazo nómada
que no deja subsistir la presencia de su identidad, que escapa vertiginosamente al círculo de la ipseidad gracias a una exterioridad que la marca
con la señal de su propia transitividad, la pérdida que lleva implícita la
voz efímera de lo Otro. A su vez, el derribar toda huella de la palabra
representa el desvanecimiento de la luz que el Ser había depositado en
el rostro, vuelto ahora una sombra languideciente de su propia metáfora.
Los rostros iluminados y reverberantes de las instalaciones del artista
Christian Boltanski son el ejemplo palideciente de una claridad óntica
que se ha ido ocultando en el horizonte cenital de su mirada en eclipse.
Se sigue así la referencia que Demda hace de la metáfora del «sol negro»
-metáfora de la metáfora--, cuando la sobredeterminación o la metaforización de la metáfora borra de una lexis todo nombre «propio», en
cierto modo lo ofusca, y éste ya no denomina como sentido capital, como
padre o sol del sistema. En La escritura y la diferencia (1967), escribe:
«Lo otro, lo completamente otro, sólo puede manifestarse como lo que
es, antes de la verdad común, en una cierta no-manifestación y en una
cierta ausencia (...) Hay, pues, un soliloquio de la razón y una soledad
de la luz (...) Todo lo que me está dado en la luz parece estarme dado
a mí mismo por mí mismo»38.La metáfora es así pues retirada por su
propio trazo, hilvanada con los jirones que el Ser como sedimentación
representa. La huella derridiana invoca a un pasado que se sustrae a la
memoria en el «origen» del sentido, que interrumpe la economía de la
presencia e introduce en la vida de los signos lo incalculable, lo exterior,
lo indecible o la outrance presente en el pensamiento de Lévinas y
Blanchot.
El rostro es el centro del olvido que la muerte como mi extrema
posibilidad permite: rostro indeterminado, sustraído, olvidad?, reencontrado. Escribir el rostro, para Blanchot: «Es pasar del Yo al El, de modo
que lo que me ocurre no le ocurre a nadie, es anónimo porque me
concierne, se repite con una dispersión infinita. Escribir es disponer el
lenguaje bajo la fascinación, y por él, en él, permanecer en contacto con
el medio absoluto, allí donde la cosa vuelve a ser imagen, donde la
imagen, de alusión a una figura, se convierte en alusión a lo que es sin
figura, y de forma dibujada sobre la ausencia, se convierte en la informe
presencia de esa ausencia, la apertura opaca y vacía sobre lo que es,
cuando ya no hay mundo, cuando todavía no hay mundo»39.Los rostros
38. DERRIDA,
J. Op. cit., pp. 123, 124 y 125.
39. BLANCHOT,
M. El espacio literario, op. cit., p. 27.
46
Antoni Gonzalo i Carbó
de Boltanski son el resultado de esta revelación, ligada a la presencia
neutra, impersonal, el Uno indeterminado, el resplandor de Alguien sin
rostro: e! «Yo» que somos se reconoce abismándose en la neutralidad
de un «El» sin rostro. En este sentido, escribe Edmond Jabes:
«Ce visage qui est, peut-etre, le visage d'un visage oublié, retrouvé. (Le mien avant le mien, aprds?)
f...)
De cette trace, un visage. Lequel? Tout est dans le visage et rien;
dans I'effacement du visage qui renait de son effacement, qui
émerge du néant de ses traits oubliés, perdus, restitués par la mort
(...)N40.
5 . EL ROSTRO SIN IMAGEN
En uno de los más felices relatos de Borges, titulado Tlon, Uqbar,
Orbis Tertius, escribe: «El espejo inquietaba el fondo de un corredor (...)
Desde el fondo remoto del corredor, el espejo nos acechaba. Descubrimos
(en la alta noche ese descubrimiento es inevitable) que los espejos tienen
algo monstruoso»41.También se podría decir que el espejo es el elemento
siniestro que dobla al individuo hasta hacer de él su propia imagen. El
espejo no tiene rostro, pero puede hacerlo multiplicar. De alguna manera
el hombre emprende su historia gracias al olvido que le permite escapar
a su presencia misma, mediante su doblez, su línea etérea. El espejo que
multiplica permite adentrarse en los pasajes de una existencia sin límite,
la existencia que se basta a sí misma: el pathos muere en su propia
reproducción, en el laberinto de su dispersa ramificación, en la sombra
de un tiempo cristalino.
Mientras los rostros de Francis Bacon o de Arnulf Rainer se descomponen aún dentro de su propio territorio, los de Boltanski aluden al
desplazamiento, al rostro como agujero y línea de fuga. La ansiosa
búsqueda de una identidad que aquéllos representan, aun cuando fuere
a base de un proceso de descomposición y ofuscamiento, respectivamente, queda extraída en este último del abismo progresivo a que había sido
sometido el semblante del hombre, vuelto transparente, de una claridad
40. «Este rostro que es, quizás, el rostrode un rostro olvidado, reencontrado (¿El mío
anterior al mío, después?) (...) De esta huella, un rostro. ¿Cuál? Todo y nada está en el
rostro; en el oscurecimiento del rostro que renace de su borradura, que emerge de la nada
de sus rasgos olvidados, perdidos, restituidos por la muerte ( . . . ) D . En Textes pour
Emmanuel Lévinas, op. cit., pp. 15 y 16.
41. BORGES,
J.L. El jardín de senderos que se bifurcan (1941), en Obras Completas,
3 vols., Barcelona, Emecé Editores, 1989, vol. 1, p. 431.
La mirada errante
47
cegadora. La luz del barroco cenital de Caravaggio o de Georges de la
Tour se ha desbordado en los rostros de Boltanski como si de un negativo
sobreexpuesto se tratase, el clamor de la luz sin palabra. El artista se
desdobla en la multiplicación de rostros que elabora a la manera de una
suplementación de su propio Yo como un texto continuamente reelaborado, mostrando en toda imagen de su identidad cuantas intersecciones
y fracturas aparecen. La memoria no se puede fijar en un tiempo del
olvido. Gracias a la literatura de Borges, al texto sin origen, se diría que
todo gran libro es una variación de uno anterior que no se ha acabado
de escribir. «Todos los hombres que repiten una línea de Shakespeare,
son William Shake~peare»~~.
En este sentido, las instalaciones de Boltanski se muestran como
monumentos construidos a la memoria de un hombre que constituye su
lenguaje al margen de sus modos discursivos, imágenes y rostros más
allá de un espacio de la representación, en la palabra soberana del nolugar, la memoria sin territorio por la que la palabra literaria se desarrolla
a sí misma en un espacio neutro, sin límites y sin tiempo. El sujeto como
tal se mide en ese salto al vacío que el Yo comporta cuando convierte
en lenguaje los contenidos del inconsciente, alejando, borrando la línea
más intransferible de la existencia en la dispersión de la palabra, que
difumina así esta existencia y no conserva de ella más que su emplazamiento vacío. De alguna manera, el «hablo» comporta una doblez en el
discurso que cuanto más habla más nos aleja del lenguaje en su positividad y convierte todo encuentro con la palabra en una cesión a su
propia esfera: el espacio disperso que se enuncia en la desnudez del
«hablo» y por el que «existo» en la experiencia neutra del lenguaje justo
cuando dejo de existir en mí mismo como sujeto.
Se produce así la aparición de una béance (hiancia, abertura)43,que
en Lacan representa la inquebrantable distancia que separa la falta de
correspondencia de un «hablo» que funciona a contrapelo del «pienso».
Los rostros de Boltanski se ubican en ese espacio neutro que los separa
de su propio autor y a través de los cuales éste se sitúa «fuera de sí»
(Blanchot) en la certeza de la imposibilidad de reconstruir su memoria.
Las lamparillas que deslumbran los rostros fotografiados o las ropas
acumuladas de sus instalaciones son la muestra evidente de un discurso
errante que no encuentra un espejo en el que depositar su imagen, rostro
vaciado que se descubre como un espacio de elipsis, de contracción de
la memoria en la arnnesis entre el Ser y la Palabra, más allá de todo
lenguaje, silencio, más allá de todo ser, nada. El centro es un agujero
42. Ibidem, p. 438.
43. Algunos autores han traducido el término de béance por el de «grieta».
Antoni Gonzalo i Carhó
48
cuyo torbellino arruina a la palabra detenida, clausurada en su propio
desdoblamiento, un bucle que arrastra mi palabra y la dispersa cuando
ello rompe a hablar. Cada rostro repetido de Boltanski señala al anterior
a través del cual conduce a la desaparición del siguiente y en el cual
encuentra la cláusula de su desaparición.Esta repetición anuncia la forma
del eterno retorno, que al desplazar el centro diferencial de su recorrido,
lo convierte en un punto negro abismal que abandona todo recuerdo de
la palabra: «Esta repetición -escribe Derrida- es escritura porque lo
que desaparece en ella es la identidad consigo misma del origen, la
presencia a sí de la palabra sedicente viva. Eso es el centro»44.Este centro
es el pozo de la angustia, y al mismo tiempo la sola posibilidad de
salvarme a costa de mi propia desaparición. La literatura de Maurice
Blanchot o de Edmond Jabks expresan a la perfección semejante paradoja
existencial. Este último escribe en el tercer volumen del Libro de las
cuestiones (1965):
«El centro es el umbral
(...)
Entonces, todo llegará a nosotros desde el fondo de la noche, de
la infancia.
(...)
Un agujero, no era más que un agujero
(...)45.
Los rostros de Boltanski no tienen tampoco morada: el espejo de la
memoria es un desierto. Este «fondo de la noche, de la infancia» es una
buena definición para ese retrato anónimo y colectivo a la vez de las
instalaciones de Boltanski. El rostro es luz, una pared blanca, pero la
memoria es la grieta que la resquebraja, escritura del tiempo sin huella,
agujero negro por el que no se escapa al propio inconsciente. Esa
memoria hurtada no tiene rostro si no es a través de la multiplicación
siniestra de mi propia imagen, repetida, desposeída y, finalmente, así
recuperada. La imagen oscilante fascina por el propio poder de su indeterminación, un neutro resplandor que remite al origen, a la palabra
en suspenso, a la palabra que no se detiene ni ante su propio abandono,
pues no retorna sino en la posibilidad de ver que es el olvido: «Ese medio
de la fascinación -escribe Blanchot-, donde lo que se ve se apodera
de la vista y la hace interminable, donde la mirada se inmoviliza en luz,
donde la luz es el resplandor absoluto de un ojo que no se ve, y que,
sin embargo, no deja de ver porque es nuestra propia mirada en espejo,
44. DERRIDA,
J. Op. cit., p. 404.
45. Ibidem, pp. 405 y 406.
La mirada errante
49
ese medio es por excelencia atrayente, fascinante: luz que también es el
abismo, luz horrorosa y atractiva en la que nos abismamos»46.
6. LA PALABRA ERRANTE
Todo es escritura de los confines, de las palabras desplazadas unas
por la existencia de otras que devuelven a aquéllas su carácter finito, y
las siguientes hacen desaparecer las anteriores, y así sucesivamente ad
infinitum. Los dibujos de Cy Twombly recrean la cartografía de las
proposiciones de Spinoza en su Etica: «Ninguna cosa singular, o sea,
ninguna cosa que es finita y tiene una existencia determinada, puede
existir, ni ser determinada a obrar, si no es determinada a existir y obrar
por otra causa, que es también finita y tiene una existencia determinada;
y, a su vez, dicha causa no puede tampoco existir, ni ser determinada
a obrar, si no es determinada a existir y obrar por otra, que también es
finita y tiene una existencia determinada, y así hasta el infinito»47.Cada
proposición, cada signo, modifica al anterior y éste es a su vez modificado por el siguiente, siguiendo el curso fluctuante de la Diferencia,
de la palabra encadenada y fragmentada al mismo tiempo, de lapalabraarchipiélago. El libro es el laberinto resultante de esta cristalización. Son
muy hermosos los versos de Borges, según los cuales Espinosa «...labra
un arduo cristal, el infinito mapa de aquel que es todas sus estrellas)),
y que tendría su mejor plasmación en el grafismo incombustible de los
dibujos de Twombly.
La palabra se desplaza, pero sin un comienzo, deambula eludiendo
los territorios pues remite a un principio diferencial y cuyo origen asignable sólo se puede hallar bajo la forma de un azar-constelación. La
palabra de los dibujos de Twombly, de Mario Merz, de Basquiat, es esta
palabra esencialmente errante que siempre está fuera de sí misma
(Blanchot). Todo regresa en una continua afirmación que se despliega
en su carácter murmurante, que niega lo que en él afirma, gracias a la
desaparición de lo que seguiría hablando de lo mismo, borrado en su
resplandor fugaz por la nueva palabra que acontece. La palabra persevera
gracias a que habla como olvido, pues las palabras se sustentan sobre
la vertiente invisible de las palabras, porque habla como ausencia. Allí
donde no habla, ya habla; cuando cesa, persevera. Esta «palabra errante»
-tal como la entiende Blanchot4" designa el afuera infinitamente
46. BLANCHOT,
M. El espacio literario, op. cit., p. 26.
47. SPINOZA.
Etica demostrada según el orden geométrico, Madrid, Alianza Editorial,
1987. (Col. El libro de bolsillo, nV243), I,28, p. 75.
48. Cfr. El espacio literario, op. cit., en concreto el punto 3.1 La obra y la palabra
errante, pp. 45-50.
50
Antoni Gonzalo i Carhó
distendido de la palabra, el tiempo quebrado que se desliza mediante
intensidades de signos fluctuantes puesto que habla en un espacio resonante, en el eco de su afuera que es vacío.
En la obra de Twombly se hace patente la necesidad de hacer de
la línea el signo que incide y marca el espacio infinito, al tiempo que
su huella es el registro de la espera, de la memoria que proviene del
mismo poder del olvido al que lo somete el círculo del eterno retorno.
La mirada arnnésica, el rostro blanco sin rostro, Dionisos niño, los
juguetes de Dionisos que ruedan por el desierto blanco imparablemente.
Pensando el mundo, Nietzsche lo piensa como un texto. El azar ramifica
la palabra como un pensamiento súbito compuesto de cada uno de los
momentos (existencias individuales, singulares, fortuitos) que lo componen. Pero el signo no es sólo el trazo de una fluctuación: puede también
marcar una ausencia de intensidad, puesto que cada nuevo aflujo cobraría
sentido sólo para significar esta ausencia (Klossowski). El azar desplaza
los estratos de la palabra, escribiendo en dirección de lo desconocido,
arriesgándose en el avance de una huella en la que el hombre se reconoce
y desaparece a la vez. La experiencia-límite exige así su propio desbordamiento, pues la palabra avanza en ese trazo sin traza, en el territorio
sin coordenadas en cuyo espacio se desencadena esta palabra fragmentada y cuyo desenlace es el mundo mismo.
7. LA ESPIRAL SIN CENTRO
El olvido es el recurso del eterno retorno de lo diferente, es la
relación con lo que se olvida, relación que, volviendo secreto esto con
lo que no tiene relación, libera el poder y el sentido del secreto. Las líneas
esbozadas en el espacio-sin-territoriode Twombly hablan en la memoria
que respira el olvido, el soplo de una palabra cuyo ritornelo a ninguna
anterior se parece, de un devenir cero que no conoce su centro. El soplo
de Dionisos transfigura la memoria en olvido latente. Las significaciones
se convierten en puntos deslizantes, en una serie de flujos y reflujos que
desplazan el territorio (Deleuze, Guattari). Los trazos de Twombly, las
espirales de Robert Smithson y de Mario Merz, o los dibujos laberínticos
de Basquiat, son señales de ese ser en continuo desplazamiento, desalojado de un origen que lo cobijaría del fantasma de lo ineluctable. Los
iglús de Mario Merz dan'an cuenta de la frágil arquitectura en la que se
sustenta la casa del Ser. El azar, el fragmento y el enigma son reconstruidos en la unidad significativa del Eterno Retorno, en el intervalo
vertiginoso de un instante sostenido en cada uno de sus infinitos momentos. La mirada nómada se muestra así como la única vía de acceso al
vértigo de la existencia permitiendo al rostro escapar a su propia imagen
a través del olvido de toda identidad.
Los poros esquizofrénicos de Artaud, el plato roto de Fitzgerald, han
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La mirada errante
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desembocado definitivamente en la no-unidad del ser, en su constelación
fragmentaria, dispersada por una palabra que en su configuración límite
ha desencadenado una forma de existencia como cuerpo-devenir. Es el
paso operado de lo finito a lo infinito que implica la incesante transfiguración de nuestro propio ser: el plato roto es la imagen de mi ser
descompuesto, ya que nuestra muerte sirve precisamente para hacer ser
los nombres, porque el lenguaje no nos pertenece propiamente y hallará
otro cuerpo tras la desaparición del nuestro. La grieta ha servido pues
para superar la grieta misma. La muerte se introduce en nuestro cuerpo
por el lenguaje, a fin de acabar por él nuestra unidad y nuestra firmeza.
De esta forma, el plato roto simboliza el paso operado del káos al kósmos
y por el que se desarrollan una serie de pensamientos, fragmentos,
diálogos, desplazamientos, invocaciones, movimientos narrativos, palabras errantes, que constituyen el subterfugio de un texto: la obra viene
a interrumpir el texto que es la palabra que no se detiene, el murmullo
ininterrumpido. La meditación sobre el lenguaje afecta así al antiguo
tormento del pensamiento, en su impotencia de pensar el ser en cuanto
ser.
Ya no hay línea del pensamiento, sino más bien espirales, envolventes, tramas o redes. El hombre se configura a partir de un plano de puntos
-los dibujos esquizofrénicos de Artaud-, o por el olvido de los mapas
de ruta -las espirales de Smithson, Merz y Twombly-, temtorialización y des-temtorialización, el cuaderno de bitácora y el manuscrito
echado en una botella, las novelas de Conrad en su encuentro con el
destino y la comente subterránea que no escapa al azar de la Narración
de Arthur Gordon Pym de Poe; respectivamente, cuando el ciclo del
abismo tiene un centro, o cuando ese núcleo se encuentra sumido en el
caos. Progresivamente la grieta ha descompuesto el rostro, lo ha diseminado en el avance de un abismo que emerge hacia la mirada, mirada
como agujero negro. El final del relato de Poe es este espacio del
inconsciente, el flujo soterrado de la mirada extraña a la realidad misma,
la realidad detenida en un escenario ajeno, un cuerpo sin territorio, una
mirada en suspenso.
La relación de cuerpo-tenitorio que el espejo de Lacan representa
ha devenido finalmente un cuerpo-laberinto. El hombre es atraído así a
los meandros del Laberinto, símbolo del dios Dionisos, y que no prefigura otra cosa que el logos, que es un producto del hombre, en que el
hombre se pierde, se arruina. Ya no hay un espejo, sino una multiplicidad
de espejos. El movimiento de la espiral está hecho de dilataciones y
contracciones, de flujo y de reflujo. Y esta respiración nos exige un
estado de ser que se disuelva en las infinitas posibilidades de mis otras
posibles identidades, fuera de la memoria de mí mismo, a partir de una
mirada de lo Otro bañado por la diferencia. La imagen del caos-cosmos
de Gilles Deleuze representa así esta vía de cuerpo-devenir que escapa
Antoni Gonzalo i Carhó
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al origen de su abismo, la palabra del afuera que disuelve su propio
centro, diseminado, multiplicado. La espiral de puntos representa esta
forma de abismo-devenir sin principio ni fin, a condición de que el olvido
se sitúe entre cada uno de los puntos. Así se muestra el escritor, el artista
que como Twombly o Merz acepta el laberinto de su propio discurso,
y al entregarse a lo interminable, acepta depender su esencia perdiendo
así el poder de decir «Yo»: su propio lenguaje se construye en la distancia
que lo separa de él mismo. Al hacer del habla un murmullo incesante,
el escritor o el artista renuncia a toda identidad sobre su propio «Yo».
Al no existir un centro de la palabra, al no dirigir el habla a nadie, el
escritor pertenece a un lenguaje que nadie habla. El lenguaje se retira
así de la representación del mundo para devenir mundo en sí mismo, y
el artista desaparece en su sombra.
Como escribe Blanchot. «Escribir es romper el vínculo que une la
palabra a mí mismo (...)49. Es la desaparición de la palabra, rumor sin
trazo, sombra sin cuerpo, voz deslizante que escapa al «Yo» desde el
afuera. «Escribir es hacerse eco de lo que no puede dejar de hablad0,
concluye Blanchot. En estos espacios en los que el sujeto es desposeído,
la llegada significa la dispersión del cuerpo-lenguaje, la fisura donde el
exterior es la intrusión que asfixia, es la desnudez, es el frío de aquello
en lo que se permanece no por más tiempo, al descubierto, donde el punto
de apoyo es el vértigo del vacío. El tiempo de la ausencia de tiempo es
sin presente, sin presencia. Cuando la espiral en la que el espíritu se baña
encuentra su centro en la falta misma de centro, en la diferencia pura
y feliz, el espejo opaco de la existencia se convierte en el espejo de
Dionisos, en el que el dios no se reconoce puesto que en su superficie
cristalina se ha depositado el polvo del olvido.
49. Ibidem, p. 20.
50. Ibidem, p. 21.
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