El concepto de Avatar y Rey del Mundo en la cosmología

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XII Congreso Internacional de ALADAA
Fabián Rico Acosta
El concepto de Avatar y Rey
del Mundo en la cosmología hindú
Maestro Fabián Acosta Rico
Universidad de Guadalajara
Jalisco México
Para comprender la asociación y las correspondencias entre las figuras del Avatar y el
Rey del Mundo es forzoso analizar, preliminarmente, el sentido y la mecánica
implicadas en la concepción cíclica del tiempo, de la que ambos son, por así decirlo,
sufragantes. Desde este entendimiento se puede desentrañar el papel que juegan
ambas figuras en el drama cósmicos. Avatar y Rey del Mundo son, por una
determinación de la leyes cósmicas (Dharma) del devenir, los puntos extremos (y a la
vez coincidentes) del ciclo cósmicos; cada cual desempeña una función única y crucial;
comparten una naturaleza común; son, incluso, manifestaciones de un principio más
elevado de orden supramundano (el Logos); pero, al verse obligadas a materializarse
bajo determinaciones temporales (e incluso históricas) distintas, asumen (o cristalizan)
representaciones o personificaciones necesariamente diferentes; Avatar y Rey del
Mundo quedan revestidos y enmarcados, por una suerte de obligación con el Dharma,
por el momento o fase temporal que los demanda y enajena; momento que puede estar
ya se al principio (Rey del Mundo) o al final (Avatar) del ciclo. Pero ocupémonos
primero de la idea antigua del tiempo.
En el hinduismo, el tiempo, en términos simbólico sagrados, es representado
como una rueda; un ejemplo de esta
analogía lo encontramos en el capítulo del
Mahabharata que nos presenta a Krishna y Aryuna montados en un carro de combate.
El carro representa el macrocosmos; el campo de batalla, por su parte, es una alegoría
del devenir, del movimiento u oscilación de la rueda cósmica; este movimiento implica
un encadenamiento de tránsitos intermitentes del ser al no ser, de la muerte a la vida,
de la luz a la oscuridad, como si se tratase, y a si lo concibieron los antiguos, de una
terna guerra en la que están enfrascadas las fuerzas duales y equipotentes, de
naturaleza dialécticamente opuesta y complementaria a la vez.
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En el plano sutil, es decir, en la dimensión invisible donde se manifiestan las
divinidades, los principios cósmicos embargados en esta belicosa dualidad se muestran
correlativamente como devas o Asuras, ángeles o demonios, númenes o titanes;
pero, tanto los unos como los otros comparten un origen común, del que emergieron
antes de que existiera el tiempo; Mircea Eliade menciona, a este respecto que: “de dos
clases son los hijos de Prajapatya, dioses y asuras”.1
En la literatura hindú, estos principios que desglosan la dualidad cómica cobran
personificación en las figuras de los príncipes kurus y padavas; obvió que el poema
épico que relata el enfrentamiento entre ambos bandos narra hechos que discurren en
un plano más grosero o material de la existencia universal; plano que es,
alternadamente, mítico e histórico; en efecto, como Eliade lo menciona:
(…) el Mahabharata describe y exalta, por un lado, la lucha entre el bien y el mal, dharma y
adharma, lucha que alcanza el peso de una norma universal, pues rige la vida cósmica, la
sociedad y la existencia.
2
Continuando con el pasaje citado, es una obviedad decir que las ruedas
sostienen y permiten al carro desplazarse y generar el devenir del Cosmos; lo que no
es tan evidente es que ambas (izquierda y derecha) forman un binomio que ejemplifica
la idea del tiempo como una doble espiral, que oscila tanto de forma centrífuga como
centrípeta, es decir, el binomio formado por las ruedas explica como el eje cósmico, en
tiempos distintos, realiza la expansión cosmogónica, que teje el velo de Maya, y luego
retrotrae la manifestación o creación a su punto de partida o de eclosión; la lleva de
regreso a Atma.
Asiendo soslayo de la totalidad cósmica simbolizado por el carro y quedándonos
únicamente con el símbolo de la rueda; ésta por si misma nos ejemplifica el
Manvantara con sus distintos Kalpas divididos en sus respectivos yugas; en el centro
de la rueda estará situado el arquetipo primordial, el Hombre Cósmico o Vaishwanara;
cada una de las partes de Vaishwanara tiene su correlativo en el plano de la
1
Eliade, Mircea. Tratado de Historia de las Religiones. Biblioteca Era. México, 1984. Pág. 143
Eliade, Mircea. Historia de las creencias y las ideas religiosas, tomo II. Paidos Orientalia. Barcelona,
España, 1988. Pág. 281
2
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manifestación o Maya. A propósito de lo anterior, Jotisha o la astrología tradicional
hindú, junto con el Tantra Yoga precisan la correspondencia y equivalencias existentes
entre los chakras y los planetas, por ejemplo, Mula Dhara, el primero de los vértices del
cuerpo sutil del hombre (expresión contingente y finita del Hombre Cósmico)
corresponde, bajo el principio de que la parte está en el todo y el todo en la parte, a
Chandra o a la Luna.
Por su ubicación, en el plano de la manifestación sutil y grosera (ambas
manifestaciones abarcadas por Maya), el Hombre Universal cumple la función de eje y
proyecta su movimiento, a través de sus rayos o Tanmatras, al cuerpo periférico de la
Rueda Cósmica; como lo expusieron Heráclito y Aristóteles, su movimiento a Él (como
motor inmóvil o Logos) no le afecta. Semejante verdad, Krishha la afirma para sí en su
calidad de analogía y teofanía del Hombre Universal y se lo explica a Aryuna
precisándole su naturaleza avatárica; le dice al “Guerrero Perfecto” que a pesar de sus
constantes encarnaciones, de sus mil rostros contemplados en las infinitas
posibilidades del arquetipo universal, Él, Krishna siempre permanece inmutable:
Krishna crea continuamente el mundo por medio de su prakriti, pero esta actividad incesante no o
encadena: Krishna es simplemente espectador de su creación. Es precisamente esta
revaloración, paradójica en apariencia, de la actividad (del karma) lo que constituye la lección
capital revelada por Krishna: a imitación de Dios, que crea y sustenta el mundo sin participar en
3
ello, el hombre aprenderá a hacer lo mismo.
Él es el dínamo, el generador de la oscilación o girar (la swástica es un símbolo
sagrado que ejemplifica dicho movimiento) de la Rueda Cósmica; mas este movimiento
no es arbitrario o anárquico; por el contrario, sigue un ritmo que va marcando el devenir
o las mutaciones de los seres.
Precisemos un punto que después nos será de interés y útil para nuestra
reflexión, Vaishwanara, como la inteligencia universal, Viraj o Logos, se revela también
como el dador del orden o ley (Dharma).
Como Logos que se proyecta en la tierra (Bhu) y en el mundo de los hombres,
Vaishwanara se identifica con el avatar; pero, como fuente y dínamo de la ley cósmica
3
Ibed pág. 284
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se manifiesta como Manú. Manu, como lo explica Eliade, es en parte un personaje
mítico, propio obviamente del panteón hindú, que representa la autoridad suprema en la
realidad inmanente; y como tal lo podemos vincular con personajes, igualmente míticos
y legendarios, de otras tradiciones antiguas que, como él, tienen la misma connotación
de reyes del mundo y supremos jueces de los hombres como: Manes, Melquisedet y
sobre todo el legendario Preste Juan. Pero Manú además representa, igual que
Krishna, al Hombre Universal y por ende a la inteligencia universal y trascendente:
Este principio (Manú) se considera como prototipo del hombre, al que se llama manava cuando se
le ve esencialmente como ser pensante, caracterizado por la posesión del manas, elemento mental
o racional; la concepción del Manú es equivalente, bajo ciertos aspectos, a la que otras tradiciones
(principalmente la Kabala hebraica y el esoterismo musulmán) designan como el Hombre Universal,
y a lo que el taoísmo llama Rey.
4
Parece una contradicción o confusión que tanto Krishna como Manú simbolicen
dentro de la mitología hindú el principio orquestador de la armonía cósmica, al Hombre
Universal o Cósmico. Para esclarecer este problema de duplicidad identitaria de un
mismo principio, nos valdremos de dos textos: el Bhagavad Gita y el Evangelio
Armenio. En el Evangelio Armenio se relata la parusía o adoración de los magos desde
una perspectiva esotérica, es decir, que deja de lado el apunte y la precisión histórica y
avanza por los terrenos de la simbología sagrada develando claves para comprender el
devenir del cosmos, entendiéndolo a éste como la acción de fuerzas trascendentes al
mundo y obviamente al hombre.
Este apócrifo texto, a diferencia de otros que si entran en el compendio bíblico,
contiene claves para entender el carácter avatárico que cierta tradición gnóstica
cristiana le quiso dar a Jesús como epifanía crística y cosmocratos.5
4
Guenón Rene. Introducción general al estudio de las doctrinas hindús. Losada. Madrid, España, 2004.
Pág. 184.
5
El Filósofo de las religiones, Rene Guenón, en su obra La Triada hace una comparación entre la figura
del Cristo y el Avatar en la que precisa sus similitudes y correspondencia, más haya de las formas
religiosas de las que ambas figuras están revestidos: “En efecto, la operación del Espíritu Santo, en la
generación de Cristo, corresponde propiamente a la actividad no actuante de Purusha, o el Cielo según el
lengua de las tradiciones extremo-orientales; la Virgen, por otra parte, es una perfecta imagen de Prakriti,
que la misma tradición designa como la Tierra; y en cuanto el propio Cristo, es todavía más
evidentemente idéntico al Hombre Universal. Así, si se quiere encontrara una concordancia, habrá que
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Según el Evangelio Armenio, cuando Herodes les pregunta a los magos como
se enteraron del nacimiento del Mesías; estos le respondieron que su pueblo ha
poseído, desde los comienzos de la humanidad, un libro6 que nadie conoce más que
ellos y que ha pasado de generación en generación:
De ellos hemos recibido de nuestros antepasados el testimonio escrito, que se guardó bajo
pliego sellado. Y, durante largos años, de generación en generación, nuestros padres y los
hijos de sus hijos han permanecido en expectación, hasta el momento en que aquella palabra
se ha realizado (...)
7
Es interesante el hecho de que el conocimiento, revelador y salvador, del libro
citado por los magos apunta o refiere acerca de la manifestación humana de lo divino,
es decir, a la encarnación que revela la Verdad a los hombres, a la epifanía que
subjetivisa al Absoluto. La manifestación del Avatar representa la gnosis como vía
redentora al final de un ciclo; el Mesías está no sólo para aniquilar el mal; su misión
más importante consiste en ser testimonio de la Verdad como vía o ejemplo. Por otro
lado, Krishna pide también ser imitado y a la vez le indica a Arjuna que a través de Él
puede ver y comprender al universo en su totalidad, pues todo lo que existe en Él está
sustentado; el hombre que lo acepta, devocionalmente, y lo reconoce como el Ser
trascendente que sostiene la manifestación (Maya) alcanza el conocimiento, el Yoga
Supremo.8 Cristo, de igual forma, se afirma como la Verdad y la Vida y le indica a sus
decir, empleando los términos de la teología cristiana, que la Triada no se refiere a la generación del
Verbo ad intra, incluida en la concepción de la Trinidad, sino a su generación ad extra, es decir, según la
tradición hindú, al nacimiento del Avatara, en el mundo manifestado”. Guenón, Rene. La Gran Triada.
Edisiones Obelisco. Barcelona, España, 1986. Pág. 19
6
El Evangelio también aclara que el libro o carta fue escrita por el dedo de Dios y resguarda por Set, el
hijo concebido por Adán y Eva, tras la muerte de Abel y el destierro de Caín. Set, el hijo de la esperanza,
regresó al Pardes y obtuvo el documento, o la revelación providencial y redentora; en su momento se la
trasmitió a Enoch, este la deposito en Noe y así sucesivamente la Tradición primordial pasó, de
generación en generación, hasta llegar a las manos de Abraham, quien la confió a Melquisedec, Rey de
Salem. De Melquisedec, Rene Guenón, en su obra el Rey del Mundo aclara que: Melki-Tsedeq es pues
rey y sacerdote todo junto; su nombre significa «rey de Justicia», y es al mismo tiempo rey de Salem, es
decir, de la «Paz»; así pues, aquí volvemos a encontrar, ante todo, la «Justicia» y la «Paz», es decir,
precisamente los dos atributos fundamentales del «Rey del Mundo».
7
Evangelio Armenio de la infancia de Jesús. Ediciones obelisco. Barcelona, España, 1986. Pág. 53
8
Mircea Eliade los menciona en términos de conocimiento e ignorancia; esta última es de orden
metafísico y es el origen del mal en el hombre; consiste en no ver más allá de esa irrealidad o ficción
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discípulos que lo sigan, es decir, que lo imiten. Por tanto, Cristo y Krishna se presentan
como portadores y manifestaciones de la Verdad suprema; este es un primer punto que
nos permite equipararlos y trabajarlos en paralelo para tratar el tema del Avatar.
En otro pasaje del Bhagavad Gita, Krishna le aclara a Arjuna que su mensaje o
revelación divina, la Verdad suprema que por Él y gracias a Él conoce, es también un
mensaje eterno, incluso atemporal. Antes que a cualquier hombre, Krishna le confió
este mensaje o verdad a las que podríamos considerar sus manifestaciones divinas
inferiores y estas, por su parte, lo mostraron a los reyes sacerdotes cuya investidura
tenía su razón de ser en la función de resguardar y trasmitir este mensaje, el Yoga
Supremo. La cita textual es la siguiente:
Yo he proclamado este yoga imperecedero a Visvasvata, Visvasvata se lo comunicó a Manú, y
Manú a Ikshvaku.
Los reyes sabios conocían este yoga, recibido en regular sucesión. Ahora se ha perdido, pues
ha pasado un largo lapso de tiempo.
9
Hoy te enseño este antiquísimo yoga, porque eres Mi devoto y amigo. Es un secreto supremo.
La anterior cita ayuda en la intención de asociar la figura del Avatar con el
Dharmaraya; intento que nos lleva a realizar un estudio comparativo de dos tradiciones,
en apariencia antitéticas (cristiana e hindú); no obstante, en ambas es posible,
partiendo desde sus formas religiones muy particulares, hacer una síntesis de los
rasgos esenciales tanto del héroe mesiánico o avatárico como del Rey del Mundo o
Dharmaraya. Krishna le menciona a Arjuna que su yoga imperecedero lo conoció,
gracias a Él, primero Vivasvata “El Brillante Dios Solar”.
llamada Maya: “Puesto que el universo entero es creación y hasta epifanía de Krishna (Visnú), vivir en el
mundo, participar de sus estructuras, ya no constituye una mala acción. La mala acción consiste en creer
que el mundo, el tiempo y la historia poseen una realidad propia e independiente, es decir, que no existe
ninguna otra cosa fuera del mundo y de la temporalidad. Esta idea es, ciertamente, panindia, pero sólo en
la Bhagavad Gita recibió su más coherente expresión.” Eliade, Mircea. Historia de las creencias y las
ideas religiosas, tomo II. Paidos Orientalia. Barcelona, España, 1988. Pág. 288
9
Bhagavad Gita. Fundación Vedanta. México, 2003. Pág. 22
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Aquí debemos detenernos para hacer una serie de reflexiones. Primero, es
preciso señalar que el conocimiento irradiado por el Avatar es tan antiguo como sol,
entendiendo a éste en su carácter de teofanía del conocimiento primordial. Elide refiere
que la tradición india se contempla así misma como un saber perenne y no como una
construcción histórica, cuyos contenidos han crecido en volumen y profundidad
progresivamente:
Según la tradición india, tan enérgicamente reafirmada por Krishna, los diversos momentos
históricos –que son al mismo tiempo momentos del devenir cósmico- no crean la doctrina, sino
que se limitan a poner al día las fórmulas apropiadas del mensaje intemporal.
10
Como lo sostiene el propio Krishna, la doctrina o el corpus de conocimientos y
prácticas sagradas, donde está formalizada o relativizada la Verdad perenne, no ha
variado en su esencia una sola letra. Se entiende que los hombres, de las distintas
época, encargados del resguardo de la doctrina la han puesto al día, es decir, desde
sus limitaciones y condicionamientos culturales, los exegetas han persistido en
adaptarla, en formas o representaciones, para hacerla entendible y aplicable a los
hombres de una determinada fase del ciclo cósmico. En el peor de los casos, la Verdad
perenne, por una determinación del propio Dharma, en vez de ser conocida más y
mejor se ha ido olvidando
Continuando con el discurso de Krishna antes citado (y que corresponde a las
primeras líneas del cuarto capítulo del Gita) el Yoga supremo por haber sido confiado al
dios solar estará plasmando, en consecuencia y por necesidad, en una tradición de
índole o esencia solar, cuyos mayores exponentes y encarnaciones, míticas o metahistóricas, son los héroes solares, en especial los avatáricos; héroes que, como bien
dice Mircea Eliade, tienen una conexión simbólica sagrada directa con la figura del Rey
Mundo como soberano creador o demiúrgico; pues ellos cumplen la función de
restaurar el orden
vencido por el avance de las fuerzas oscuras o telúricas
representadas por los asuras o demonios:
10
Eliade, Mircea. Historia de las creencias y las ideas religiosas, tomo II. Paidos Orientalia. Barcelona,
España, 1988. Pág. 283
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El mito de los héroes solares esta igualmente penetrado de elementos que corresponden a la
mística del soberano demiurgo. El héroe salva al mundo, lo renueva, inaugura una nueva etapa
que equivale a veces a una organización del universo; dicho de otra manera, sigue conservando
11
la herencia demiúrgica del ser supremo.
El segundo en recibir la Verdad suprema fue Manú, es decir, el arquetipo
humano primordial, el Hombre Universal (hablando en términos cosmológicos) o el Rey
del Mundo (desde una perspectiva meta-histórica); y a través de él la tradición llegó a
Ikshvaku, hijo de Manú y fundador de la dinastía de los reyes; en este último mítico
personaje, el grado de universalidad y por tanto su distancia respecto a los hombres y
al devenir de estos es menor; es el fundador del linaje que por derecho de sangre o de
nacimiento está destinado a gobernar, lo cual supone que fue, aunque sea en términos
míticos, un hombre; un hombre verdadero que tuvo descendencia; es el padre fundador
del linaje regio y de todas las dinastía que de él se desprenden.
Visvasvata, Manú e Iksvaku serán manifestaciones inferiores o menos
universales del principio representado por Krishna, el de Logos o rector del orden que
mantiene la unidad y el orden en el cosmos. Desde el plano divino o espiritual, pasando
por el psíquico o matriz hasta el de la manifestación grosera o concreta, el Logos
relativizado, o cosmocratos, se manifiesta en los momentos menos oscuros o caóticos
del Manvantara en la figura del soberano o rey; es el análogo o representación relativa
del Hombre Universal que, sin embargo, envejece, es decir, no logra sustraer a las
leyes del devenir por él impuestas. El Dharma termina también arrastrándole, como a
todas las demás manifestaciones y criaturas; por eso Logos debe reaparecer,
descender nuevamente, en la figura del reciente nacido, del Avatar que, a diferencia del
Dharmaraya, es joven y por tanto expresa el estado de inocencia de la inteligencia
supracósmica que no ha sido tocada por lo inmanente.
Mesías y Rey del Mundo, como figuras simbólico sagradas de orden
metahistorico, simbolizan al Logos; pero, esta correspondencia no las hace
11
Eliade, Mircea. Tratado de Historia de las Religiones. Biblioteca Era. México, 1984. Pág. 145
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equivalentes. El Avatar salta del plano atemporal, de Atma, al mundo del devenir, a
Maya; el Dharmaraya no, el ya ha sido golpeado por el Samsara (utilizando un término
Budista) o el devenir cósmico; por eso no es extraño que Krishna sostenga ante Arjuna
que él antecedió a todos las principios o fuerzas cósmicas que han impuesto el Dharma
en los distintos planos de la existencia universal (Visvavata, Manú y Iksvaku) y que,
además, de Él recibieron la Verdad Suprema; sobre este punto Aryuna le comenta
desconcertado:
Vivasvata fue antes que Tú; Tú eres posterior ¿Cómo he de entender que Tú declares este
yoga en un principio?
Tú y Yo hemos dejado detrás muchos nacimientos: Yo los conozco todos; tu no Arjuna.
Aunque por naturaleza Yo no nazco ni muero y soy el Señor de todos seres, controlando Mi
Prakriti, nazco por medio de Mi propio poder.
12
Regresando a la Epifanía o adoración de los enviados de oriente; como lo
señalan las Escrituras, los Reyes Magos le rinden homenaje al Mesías y al hacerlo lo
reconocen como su superior y le tributan regalos que, en un sentido estricto y lógico, no
podrían dar, sino los poseyeran; no los dan en nombre de nadie; al menos no lo
anuncian o explicitan así; aparentemente, lo que dan lo dan de suyo: el oro, el incienso
y la mirra; los regalos no sólo definen al enviado, al Cristo, también manifiestan, en un
sentido simbólico, la función y naturaleza de cada uno de los magos ya sea como: dios
de la manifestación, rey de los hombres o señor de los principies; estas tres funciones
son, en su conjunto, los atributos del Rey del Mundo; atributos representados en el
gobierno que éste ejerce sobre los tres planos de la existencia universal, descritos en el
Tribhuvana: Cielo (Swar) la Atmósfera (Bhuvas) y la Tierra (Bhû). Si el Dharmaraya es
la síntesis de estas tres funciones, los magos y los principios cósmicos activos
(Visvavata, Manú y Iksvaku) son a la vez su desglose:
12
Bhagavad Gita. Pág. 20
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Y el rey Gaspar contestó: Reconocí en él al hijo de Dios encarnado, sentado en un trono de
gloria, y las legiones de los ángeles incorporales, que formaban su cortejo. Ellos dijeron: Está
bien. Y preguntaron a Baltasar, rey de Arabia. Cuando le aportaste tus tesoros, ¿bajo qué
aspecto se te presentó el niño? Y Baltasar contestó: Se me presento a modo de un hijo de rey,
rodeado de u n ejército numeroso, que le adoraba de rodillas. Ellos dijeron: La visión es muy
propia. Y Melkon, sometido a la misma interrogante que sus hermanos, Yo le vi como hijo del
hombre, como un ser de carne y hueso, y también le vi muerto corporalmente entre suplicios, y
más tarde levantarse vivo del sepulcro.
13
Ahora bien, como anticipamos, las tres visiones de los magos tienen sus
correlatos directos en las afirmaciones de Krishna respecto a la subordinación que le
guardan a Él, como Logos, los tres principios cósmicos. Él les enseñó el Yoga supremo.
El que regala el incienso, Gaspar, por la naturaleza simbólica y sagrada que lo ve y
otorga, nos remite inequívocamente a Visvavata.
La tradición cristiana ve en Gaspar al rey de la India y él, por su parte, reconoce
en
el Mesías, en el Cristo encarnado, a Dios; por otro lado, la divinidad hindú,
aleccionada por Krishna, Visvavata, es asociada con la teofanía solar, con el sol como
dios de la manifestación y en especial de la humanidad: el dios-sol que ilumina a la
humanidad. Visvavata y Gaspar son representaciones míticas del carácter divino tanto
del Avatar (Mesías) como del Dharmaraya (Rey del Mundo). Idénticas asociaciones
podemos hacer respecto al resto de los personajes y de las figuras divinas hindús.
Continuemos. El rey de Persia, Melkon, el que presentó la mirra, tiene su
análogo en Manú, el Hombre Universal, el arquetipo humano. La asociación, en
especial, podría parecer un tanto arbitraria o forzada, pues ateniéndonos a la literalidad
del relato del Evangelio Armenio, Melkón ve en el Mesías a un hombre de carne y
hueso y no precisamente al arquetipo universal de la humanidad; pero, haciendo un
poco de hermenéutica, la visión mesiánica del rey de persa sintetiza, en sus términos,
la naturaleza humana en su dualidad, partiendo de la certeza del mago de que en el
Mesías constató las dos naturalezas: la mortal e inmortal; Melkón explica que lo vio
como un hijo de hombre, como un ser carnal y por lo tanto mortal; pero que después
13
Evangelio Armenio de la infancia de Jesús. Pág. 58
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resucitó, venciendo así a la muerte. Que pudiera trascender la muerte evidencia su
esencia divina y la presencia activa en Él del Espíritu o Buddhi.
El modelo universal humano, para la cosmología hindú, es Manú; él es para el
hinduismo el origen; pero, también la síntesis del ser total del hombre desglosado en
sus tres naturalezas o formas de manifestación (o gunas): intelectual o espiritual
(sattva) volitiva o pasional (rayas) y corporal o concupiscente (tamas).
Por ultimo, Baltasar, el rey de Arabia, el que le tributa oro, presencia o atestigua
la condición regia del Mesías y su apreciación inmediatamente nos evoca a Iksvaku, el
fundador material del linaje de los reyes. De los tres principios cósmicos, Iksvaku es el
más inmanente o cercano a Bhu o a la tierra y a los hombres, obviamente. Es de sobra
conocido, que la teología romana al referirse a Cristo, como señor de la creación, lo
enuncia como rey de reyes.
A manera de conclusión, podemos de decir que el ocultamiento o la aparente
disolución de Atma o del espíritu Absoluto en la manifestación universal o Maya o si
prefiere, la preponderancia del principio cuantitativo o Prakriti sobre el cualitativo o
Purusha nos indican que el Manvantara a traviesa por una fase o yuga de descenso y,
por tanto, de caos; en términos míticos, el Dharmaraya ya no habita la cresta de la
montaña cósmica; esta oculto, enfermo y envejecido, quizás se encuentre en la
profundidad de la tierra, como lo afirma el mito budista tibetano del Chakrabrati. En
términos de San Agustín la gracia ya no acompaña al hombre desterrado del Pardes: al
hombre condenado al pecado y, por añadidura, a la muerte.
La esperanza reside, simbólicamente hablando, en el libro o vaso sagrado, el
Grial,
14
sacado por Set del edén; vaso cuya contenido es la esencia crística
(representada a posteriori por la sangre del Cristo histórico o bíblico, Jesús); sólo
bebiendo de él, el liquido de la inmortalidad y la sabiduría, el Rey Pescador podrá
recuperar la salud y con ella la fuerza vital para sostener la vida en el mundo, según lo
explica la mitología y saga del rey Arturo. Mientras tanto, el Rey Pescador, el Rey del
Mundo, envejece junto con la creación, en espera del caballero, del héroe solar,
avatárico, que logre dar con la tradición, con el conocimiento oculto, capaz de
En distintas tradiciones cristianas y no cristianas de Europa (como la celta) se hace referencia al Grial
indistintamente como libro o vaso o, en su defecto, como una copa que tiene esculpidas, a manera texto
sacro, las rutas.
14
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restaurarle la salud; entendemos por tradición el orden primigenio e imperante en los
yugas anteriores a la caída del hombre.
En términos más filosóficas, y no por ello necesariamente mejores, en este
momento critico del ciclo cósmico, el Logos a perdido fuerza y tiende a estatizarse; su
disminución como principio dinámico y ordenador deja libre a la Materia y ésta,
siguiendo la propensión o inercia de su naturaleza, tiende a dispersarse, a romper toda
forma y a llevar a todas las manifestaciones a una estado caótico de unidad
indiferenciada.
En este momento, a fin de impedir el desplome del cosmos, el Logos debe
reaparecer; pero no emerge de la Materia, sino que desciende directamente del
Espíritu: se manifiesta como el Avatar, el Cristo, destinado a restaurar, en su venida de
lo alto (Swar), el orden en el plano psíquico (Bhubana) y en el mundano (Bhu) Por
tanto, al principio y al final del ciclo cósmico hace aparición en la historia, y en la
metahistoria de la humanidad,
el Logos; al comienzo como el Rey del Mundo o
Dharmaraya y en su última fase, en la más caótica y oscura, como Avatar o Mesías.
Bibliografía:
1. Eliade, Mircea. Tratado de Historia de las Religiones. Biblioteca Era. México, 1984.
2. Eliade, Mircea. Historia de las creencias y las ideas religiosas, tomo II. Paidos Orientalia. Barcelona,
España, 1988.
3. Evangelio Armenio de la infancia de Jesús. Ediciones obelisco. Barcelona, España, 1986.
4. Eliade, Mircea. Tratado de Historia de las Religiones. Biblioteca Era. México, 1984.
5. Bhagavad Gita. Fundación Vedanta. México, 2003.
6. Guenón, Rene. La Gran Triada. Edisiones Obelisco. Barcelona, España, 1986.
7. Guenón Rene. Introducción general al estudio de las doctrinas hindús. Losada. Madrid, España, 2004.
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