LA HUELLA CLUNIACENSE 0 CLUNY Y EL CAMINO DE

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LA HUELLA CLUNIACENSE
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CLUNY Y EL CAMINO DE SANTIAGO
Ante todo, mi más cordial saludo a todos los aquí presentes y expresarles el gozo
que me proporciona estar aquí en esta tarde, en medio de un auditorio tan selecto y
distinguido.
Cuando hace unos meses se me ofreció la oportunidad de impartir esta
conferencia, acepté con mucho gusto, dado el cúmulo de circunstancias que convergen:
- Ante todo, el hecho de ser el presente 2010 Ano Santo Compostelano, realzado
con la visita del Sto. Padre Benedicto XVI a Santiago de Compostela.
- El hecho de haber nacido en pleno Camino de Santiago, nada menos que en
Burguete-Roncesvalles.
- El celebrarse también en este ano jacobeo las Bodas de Oro de la Coronación de
la Virgen de Roncesvalles, llamada "Regina Peregrinorum".
- El ser monje benedictino y Cluniacense también.
- Y finalmente, la conmemoración en el presente ano del XI Centenario de la
fundación de la célebre Abadía de Cluny, llamada con toda propiedad, "Ciudadela de
Dios".
Por todo esto, no podía negarme a compartir con todos Vds. este encuentro, en el
que participan no pocos amigos y conocidos y hasta algún familiar. Muchas gracias,
pues a todos, y durante estos minutos me gustaría hacer realidad aquel consejo de un
monje cluniacense que decía: "Resume tu discurso, di mucho resumidamente, muéstrate
a la vez inteligente y prudente".
Es lo que desearía hacer en este gozoso momento que voy a compartir con todos
ustedes.
Ante todo se impone una aclaración: La historia de Cluny no puede ser presentada
aquí, ni resumida; ni la vida de los monjes cluniacenses debidamente evo-cada. Se trata
de un tema tan denso y profundo, que no es fácil sintetizarla. Tenemos, pues, que
limitarnos a dar unas pinceladas; pero eso sí: ello va a ser suficiente para mostrar la
importancia de este movimiento eclesial y monástico sin parangón.
En el ano 910, un poderoso señor llamado Guillermo el Piadoso, duque de
Aquitania, tuvo la feliz idea de construir el monasterio de Cluny, a la orilla del Grosne,
en los confines de la Borgoña, donde los monjes sirviesen al Señor según el espíritu de
la verdadera perfección monástica. Este diminuto árbol de mostaza se iba a convertir en
un árbol gigantesco, según el testimonio del Papa Urbano II, que, aunque hijo de la casa
afirmó de Cluny: "La Congregación de Cluny, más favorecida que ninguna otra por la
gracia divina, brilla en la tierra como el sol en el firmamento; a ella deben aplicarse en
nuestros días aquellas palabras del Salvador: "Vosotros sois la luz del mundo". Dos
papas, San Gregorio VII y Urbano II, son monjes de Cluny. Este último fue quien
consagró la basílica cluniacense. El papa Gelasio II se retiró a morir entre los monjes
cluniacenses y allí mismo se celebró el cónclave que le dio sucesor. Los Soberanos
Pontífices dispusieron que en los archivos de Cluny se guardasen copias de los
principales documentos de la Santa Sede.
Y hay que comenzar diciendo que pocos movimientos religiosos han dejado una
huella tan profunda en la historia y en la espiritualidad de la Iglesia, como Cluny. Esta
celebérrima abadía borgoñona, se constituyó no sólo como el centro del monacato
benedictino, sino incluso de la cristiandad occidental. Con toda razón se la llegó a
llamar la segunda Roma.
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Pero es bueno y conveniente que retrocedamos un tiempo para dar con las causas
y motivaciones que propiciaron la intervención y el éxito de Cluny:
A mediados del siglo IX, prácticamente toda Europa es cristiana y ha hecho suya
la cultura grecorromana. En este proceso de cristianización y culturización ocupan un
lugar muy destacado los monjes benedictinos. Incluso a regiones como la Península
Ibérica e Irlanda que contaban con un monacato autóctono pujante, ha llegado la
influencia del ideal monástico-benedictino y monasterios de monjes y monjas, han ido
cubriendo materialmente Europa. Pero a finales del mismo siglo IX, tanto el futuro del
monacato como de la misma cristiandad en general, se presenta incierto y por las
mismas causas. Éstas son unas externas: crisis política, guerras intestinas, inseguridad
social, hundimiento del Imperio Carolingio, invasiones de normandos, sarracenos y
húngaros etc. y también causas internas: pérdida de la identidad de la Iglesia y como
consecuencia, del monacato que era la fuerza más activa en esos momentos; la
interferencia de lo político y lo religioso que trajo como consecuencia el sometimiento
de la Iglesia a los poderes civiles y la absurda transformación de los jerarcas
eclesiásticos en señores feudales.
Pero precisamente éste fue el clima en el que fraguaron los intentos de reforma; y
estos intentos fraguaron antes que en ninguna parte en los medios y ambientes
monásticos. El pionero de este movimiento de retorno a las fuentes para regenerar el
monacato, fue San Benito de Aniano, muerto en el 821. Antes de ser monje se llamaba
Witiza. Su programa consistía en implantar en toda su pureza la práctica de la Regla
Benedictina. Naturalmente - y como ha pasado en todas las épocas- ello suponía
enfrentarse con un status social y eclesial por todos admitido como normal. Todo ello
exige unos planteamientos y un programa radical: La radicalidad de la vivencia
monástica; la vuelta al trabajo manual y la Dedicación casi total del monje a la liturgia
como quiere San Benito. Pero este programa de San Benito de Aniano, tendrá que
esperar casi un siglo hasta que fragüe y se convierta en un movimiento de ámbito
eclesial.
El alma de esta renovación será la Abadía Borgoñona de Cluny, fundada en 910.
Un conjunto de circunstancias que difícilmente se dan juntas elevó esta reforma
monástica a una brillantez y a un éxito sin precedentes. Siguiendo las líneas maestras de
San Benito de Aniano, se presenta un programa sencillo: volver a la trilogía monástica
del silencio, la oración y el trabajo, así como también de una rigurosa penitencia. Pero
sobre todo, de la liturgia: la solemne celebración del culto adquieren en Cluny un relieve
excepcional, alternando con la lectio divina y el estudio. El esplendor y la majestad de
las ceremonias, la riqueza de los ornamentos y vasos sagrados, la belleza del templo, el
número de monjes -hasta 300- harían de la liturgia de Cluny un trasunto de aquella otra
celestial. Esta solemne y prolongada celebración de la liturgia, se realizaba en bellas
iglesias románicas, decoradas suntuosamente.
Pero Cluny fue aún más lejos: su extraordinario desarrollo puede explicarse por la
excepcional situación histórica donde se encontró insertada en el s. X; y su auge
prodigioso se comprende también por la entera libertad, tanto sobre el plano temporal
como sobre el plano espiritual: era uno de los dos objetivos fundamentales en los que
basó su reforma: ser fieles a la Regla de San Benito y liberarse de la plaga de las
intromisiones de personas influyentes en los asuntos internos de las comunidades, tales
como el nombramiento de abades.
Por eso, Cluny consigue el privilegio de la exención en lo material y en lo
espiritual. Cluny no reconoce más autoridad superior que la del Papa y los bienes de sus
monasterios son "bienes de San Pedro". Con esta fórmula se consiguió poner a salvo
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estos bienes de las apetencias de los reyes, de los nobles e incluso de los obispos. Al ser
colocado bajo la dependencia y la protección directas de la Iglesia de Roma, con el
tiempo vinieron a añadirse toda una serie de privilegios, que acabarán en la constitución
de un verdadero cuerpo autónomo dentro de la Iglesia y dentro de la sociedad: el
Ecclesia Cluniacensis.
Consigue también que los abades sean elegidos directamente por la Comunidad y
cuando esto no sea posible por imperativo de las costumbres, opta porque los superiores
sean sólo Priores, nombrados por el Abad de Cluny.
El éxito de de Cluny se debió a diversos factores: De una parte, sus ideales
religiosos sintonizaban con los ideales de la sociedad de entonces o eran una reacción
evangélica frente a los males de esa sociedad. Pero las causas tanto de su prosperidad
espiritual, como de su rápida expansión que podríamos llamar el "secreto de Cluny", por
repetir el título de un bello libro de Raymond Oursel, radican sin duda en haber contado
con una serie de abades excepcionales, tanto por su santidad como por sus dotes de
gobierno, así como por la duración de sus abadiatos. Son los cinco santos abades
cluniacenses: Odón, Máyolo, Odilón, Hugo y Pedro el Venerable. Sus largos y fecundos
abadiatos dirigirán los destinos de la célebre Abadía por espacio de casi dos siglos y
medio. Y lógicamente, su santidad y sus méritos a los ojos de Dios y de los hombres, les
valieron la aureola de santos que la Iglesia les concedió. Pero en definitiva, el gran
secreto de Cluny, de este hogar de caridad que irradió y fecundo tanto a la Iglesia como
a la sociedad de su tiempo, no es otro que el haber servido a Cristo con ese amor
preferente al Señor al que nos invita todavía hoy San Benito: "Nihil amori Christi.
praeponere" ("No preferir nada, no anteponer nada al amor de Cristo")
En el momento de máxima expansión, Cluny llegó a contar con más de 2.000
monasterios. Y su influjo se extendió mucho más. Puede decirse que hasta la aparición
de los Cistercienses en el siglo XII, todo el monacato occidental o es cluniacense o está
fuertemente influenciado por el ideal monástico de Cluny. En España, aceptaron los
usos y costumbres cluniacenses la mayoría de las grandes abadías, aunque conservando
su autonomía y el derecho de elegir sus propios abades.
Hoy, extinguida la vida monástica en Cluny, nos podíamos preguntar si de alguna
manera el fenómeno cluniacense se ha hecho presente en cierto modo en alguna
corriente o restauración reciente. La respuesta es positiva. Hoy, el Solesmes restaurado
por Dom Próspero Guéranger, devino por voluntad expresa del Papa Gregorio XVI, en
legítimo heredero de Cluny. Anteriormente, nunca Solesmes estuvo afiliado a la Abadía
de Cluny. Pero desde la decisión de Gregorio XVI, los monjes solesmenses y el resto de
la Congregación, buscan permanecer fieles, de modo más modesto ciertamente, a la
gran tradición cluniacense de la oración litúrgica, celebrada con toda solemnidad, del
sufragio a favor de los difuntos, las obras de misericordia, particularmente en la
atención a los más pobres y de la hospitalidad.
Por eso mismo, hay que decir también que ha sido una feliz coincidencia que en el
presente ano se estén celebrando el XI centenario de Cluny y el milenario de Soles-mes,
siendo como un eco uno de otro. Ambos muestran, a su manera, cómo la vida monástica
no falta jamás en la Iglesia y que en todas las etapas de su historia, se renueva sin cesar
con ella.
Y llegados a este momento, creo ya suficientemente demostrada la importancia de
Cluny en el ámbito eclesiástico y monástico. Pasamos ahora a su vinculación e
influencia en el Camino de Santiago, que es el objetivo principal de este encuentro:
Varias décadas antes de la fundación del célebre monasterio de Cluny a comienzos
del siglo X, en las ignotas tierras occidentales del reino astur-leonés, se había
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descubierto la tumba del apóstol Santiago. Respecto a los motivos que llevaron a la
identificación del descubrimiento compostelano con el Apóstol Santiago, hijo de
Zebedeoy hermano de Juan, los estudios actuales suelen partir de las llamadas Resortes
apostólicas", es decir, la distribución que se hace a partir del siglo VI, en Oriente, de los
Apóstoles entre las distintas regiones conocidas y evangelizadas. Según esta tradición,
al extremo occidental de Europa -Hispania- llegó el Apóstol Santiago, que con su
predicación incorporó las nuevas iglesias allí fundadas, a la gran familia cristiana.
Este sustrato doctrinal, presente también en Occidente a partir del siglo VII, se vio
afectado por la invasión musulmana de la Península Ibérica, a comienzos del siglo VIII.
De hecho, hasta nosotros ha llegado un himno compuesto a finales del siglo VIII en el
reino astur-galaico en honor del Apóstol Santiago, a quien se invoca como cabeza
refulgente, implorando su protección y auxilio. Efectiva-mente, en una situación tan
apurada, el patronazgo de un apóstol tan cercano al Señor, constituiría una garantía del
auxilio divino. Este es el ambiente que envuelve el descubrimiento del sepulcro del
Apóstol Santiago, durante el episcopado de Teodomiro, obispo de Iria Flavia, entre los
anos 820 y 834.
Lo que no se podía entonces pensar es que ambos lugares: Compostela y Cluny,
habrían de convertirse, con el correr de los anos, en referencias espirituales
imprescindibles de la Cristiandad de la época románica. Su relación no sólo fue de
carácter político o económico: llegaron a plasmar en piedra, en pergamino, en partituras,
en ceremonias y celebraciones, una común percepción y expresión del misterio del Dios
cristiano, que todavía hoy podemos recomponer a partir de los restos fragmentarios que
hasta nosotros han llegado.
En buena parte, somos deudores a Cluny de las peregrinaciones a Santiago de
Compostela, pues impulsó de forma extraordinaria la peregrinación al sepulcro del
Apóstol. Los caminos de la peregrinación estarán provistos a distancias determinadas,
de monasterios cluniacenses, de modo que los peregrinos fueran acogidos en su camino
de penitencia por el espíritu de la Regla Benedictina, que ordena recibir al huésped y
peregrino que llama a la puerta del cenobio, como al mismo Cristo en persona. Son
palabras textuales del la Regla de San Benito, cap. 53. También en las iglesias
cluniacenses, tendrán lugar las primeras ceremonias de consagración de las espadas y
otros utensilios del caballero que peregrina hacia Compostela. A lo largo del siglo X, la
noticia del descubrimiento del sepulcro apostólico, lejos de ser una tradición de ámbito
local, se expandió por todo el continente europeo y multitud de peregrinos comenzaron
a frecuentar el santuario compostelano. Los últimos anos del siglo X trajeron una
profunda crisis económica a los reinos cristianos del norte hispano y la situación se
agravó además, a causa del hostiga-miento musulmán protagonizado por su caudillo
Almanzor, quien asaltó Compostela, arrasando el sepulcro apostólico. La basílica fue
reconstruida en pocos anos y el ano 1003 fue nuevamente consagrada por el obispo
Pelayo II, en presencia del rey Bermudo II de León.
Durante el siglo XI se suceden dos grandes obispos, que cimentarán el futuro
esplendor compostelano sobre sólidas bases: Cresconio (1037 a 1067) y Diego Peláez
(1071 a 1085). Este último representa una línea de tensión frente a la creciente
influencia cluniacense favorecida por el rey Alfonso VI, quien conseguirá final-mente
deponerlo. Con todo, hay que reconocer la importancia de Diego Peláez, pues fue el
obispo que inició el ano 1074 la edificación de la catedral románica de Santiago.
El año 1093, en pleno auge de la influencia cluniacense, fue elegido obispo de
Compostela un monje cluniacense, Dalmacio, enviado poco antes por el abad de Cluny
San Hugo, para mediar en la sucesión de Raimundo de Borgoña. Hay que reconocer que
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este obispo Dalmacio, cluniacense, defendió más las pretensiones de la Sede
Compostelana que la línea político-religiosa representada por Cluny. A su muerte le
sucedió Diego Gelmírez, el más importante de los obispos compostelanos, que inició su
pontificado con el siglo XII.
La peregrinación siguió en aumento. Durante el siglo XI, los reyes Sancho el
Mayor de Navarra, Fernando I y Alfonso VI de Castilla, fijaron el trazado del llamado
Camino Francés y mejoraron las infraestructuras para permitir el paso del creciente flujo
de peregrinos.
Desde el siglo XI, el movimiento de peregrinos alcanzó tal volumen que pasó a
convertirse en un movimiento espiritual muy apreciado por la Iglesia. El monacato
cluniacense, en plena etapa de expansión, no fue ajeno a esta situación. Los caminos de
Cluny y los de Compostela, se fueron así acercando. Las distintas fundaciones
cluniacenses repartidas a lo largo del camino, fueron proveyendo de alojamiento y
manutención material a los peregrinos, al tiempo que les ayudaban espiritualmente a
través de las celebraciones litúrgicas y de la intercesión ante los santos, cuyas reliquias
jalonaban las rutas de peregrinación, como si se tratase de una constelación espiritual.
El asentamiento cluniacense en los reinos cristianos del norte hispano, fue más
fuerte en la zona occidental. El rey Sancho el Mayor de Navarra envió a Cluny a
Paterno, quien a su vuelta quedó designado como abad de San Juan de la Pena,
instaurando las costumbres y usos monásticos cluniacenses. Los hijos de Sancho, que se
repartieron el reino a su muerte, prosiguen esta línea, destacando por una parte la
fundación del monasterio de Nájera en 1052 por el rey Don García y por otra la
constante presencia del rey Fernando en el monasterio de Sahagún, que dio origen a una
intensificación de las relaciones con el monasterio de Cluny. Asimismo, los monasterios
hispanos de Nájera, Carrión, Sahagún, Frómista y Villafranca del Bierzo, quedaron bajo
la influencia de Cluny y constituyeron puntos esenciales, junto con los hospitales
burgueses, para la ayuda a los peregrinos que se dirigían a Santiago.
Pero, todo hay que decirlo, Cluny se benefició también de los extraordinarios donativos que aportaron los sucesivos reyes hispanos, gracias a los cuales fue posible la
sorprendente actividad constructiva de la abadía borgoñona. Otra de las influencias
notables de Cluny lo constituyó la creación de una liturgia específicamente jacobea.
Aprovechando el fervor litúrgico promovido por el monacato cluniacense, se elaboró
una exuberante liturgia, con todos los elementos del Oficio Divino y de la celebración
de la Eucaristía. Todo ello es uno de los intereses primarios del Liber Sancti Iacobi. La
parte más extensa del mismo está destinada a este fin. Se compone un elaborado elenco
de piezas tanto del Oficio Di-vino como de la Eucaristía, en canto llano y se añade
también otro amplio repertorio de piezas polifónicas. Toda esta riqueza litúrgica y
musical nos pone muy de manifiesto el interés por crear un ambiente cultual
parangonable con el existente en Cluny. De entonces data también la vinculación
existente entre Roma, Jerusalén y Santiago, puesto que en los tres lugares el monacato
cluniacense desempeña un preponderante papel.
Es innegable, por otra parte, la relación existente entre el Liber Sancti Iacobi y la
forma cluniacense de entender la espiritualidad. A través de él podemos comprender
cómo la edificación de la catedral compostelana, en el fondo, responde al mismo
proyecto teológico que movió a la edificación del deslumbrante templo de Cluny; es
más: ambas obras coinciden prácticamente en el tiempo.
Queda fuera de toda duda que ambos edificios -la basílica de Cluny y la basílica
compostelana- eran desproporcionados con relación a las necesidades de ambos. ¿Por
qué se emprendieron entonces obras tan ambiciosas y costosas?
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¿Se trataba -como piensan algunos- de un afán de ostentación, destinado a
deslumbrar la fácilmente impresionable sensibilidad de sus contemporáneos? Yo no lo
creo. Sino creo más bien que la espiritualidad cluniacense se apoyó decididamente en la
celebración de una liturgia ricamente embellecida por el canto, que no dudó en buscar
un escenario que evocase el ámbito celestial. Esto es lo que movió a San Hugo -uno de
los cinco santos abades- a edificar la deslumbrante basílica de Cluny. Su biógrafo
Hildeberto de Caen dice que:
"Construyó a la gloria de Dios una basílica tan grande y de tal calidad, que es
difícil de describir por su enorme capacidad y su admirable arte. Es tal su belleza y
gloria, tanto agrada a los espíritus celestiales, que podría llamarse deambulatorio
angélico. De esta basílica se dijo que rivalizaba en belleza y grandiosidad con los más
célebres monumentos de Roma y sólo cedía en tres metros a la basílica actual del
Vaticano. Y de ella se cuenta que cuando Napoleón iba a Milán para ceñir la corona de
hierro, salieron a saludarle en Macón los representantes de la ciudad de Cluny, los
cuales le invitaron a que pasase unas horas entre ellos; a lo que contestó el emperador:
"Sois unos vándalos: habéis destruí-do vuestra grandiosa basílica; no voy a Cluny".
Resumiendo cuanto venimos diciendo, música, literatura, arquitectura, escultura y
pintura, son artes empleadas por los cluniacenses para remontarse al misterio de Dios.
Además, es difícil disociarlas entre sí: se musicalizan textos sagrados, se cantan en los
templos y se reproducen en la escultura y la pintura. Todo con-fluye hacia una armonía
que pretende emular la armonía celestial; o dicho con otras palabras, se pretende la
ascensión a través de las criaturas, hasta la belleza que en ellas se manifiesta. A través
de la ornamentación musical de la liturgia, el monacato cluniacense forjó su
espiritualidad, desplazando unilateral-mente el centro de atención de la regla
benedictina hacia una vivencia litúrgica rica en contenidos y expresión. Aún hoy
podemos constatar en los templos que han llegado hasta nosotros, cómo la espiritualidad
cluniacense buscó crear ámbitos sagrados que aludiesen a la Jerusalén celestial: De la
misma forma que las jerarquías celestes alaban cara a cara al Rey de la Gloria, también
los monjes y los fieles que se les unen participan en esta alabanza. Y esta idea está
también presente en el más peculiar y significativo de los sermones coleccionados en el
Calixtino: el "Veneranda Díes", ofrecido a las multitudes de peregrinos que se dan cita
en la basílica compostelana.
Pero todavía hay más: la mutua influencia entre Cluny y Compostela, no sólo se
refiere a la relación político-económica, sino a estratos teológicos mucho más
profundos. Un detalle no insignificante podemos encontrarlo en la distribución del
espacio sagrado en ambos fastuosos templos: San Hugo dispuso dedicar uno de los
altares de la girola de la nueva basílica de Cluny al Apóstol Santiago.
Por su parte, el espacio sagrado de Compostela no se ordenó sólo con el sencillo
fin de exaltar la figura de Santiago, sino que empleó la más elaborada idea de la
Transfiguración como clave interpretativa. En consecuencia, el altar mayor quedó
dedicado a Santiago; pero el de la capilla de la cabecera de la girola, se dedicó al
Salvador (advocación de Jesucristo tradicionalmente ligada a la Transfiguración (fiesta
y misterio titular de Leyre), quedando flanqueado por las capillas y altares respectivos
de San Pedro y de San Juan, testigos, junto con Santiago de la gloriosa manifestación
del Señor. Años después, el Códex calixtinus insistirá también en esta idea. Hemos de
poner todas estas alusiones en relación con la creciente importancia que tuvo en el
Cluny de Pedro el Venerable (momento de la composición del Calixtino) la celebración
de la Transfiguración del Señor. Se conserva de este Abad un sermón acerca de este
misterio, así como la disposición de celebrar la Transfiguración con toda solemnidad,
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porque, dice, "después de la admirable Natividad y Resurrección de Cristo su
Transfiguración es un día de solemnidad y dignidad no menor que la de aquellas; y la
misma Iglesia celebra la memoria de la Transfiguración con solemnidad no inferior a
la de la Epifanía y la Ascensión”.
Para terminar este apartado, podemos constatar cómo Compostela -al igual que
otros puntos de la geografía espiritual medieval- se valió de una forma de expresar el
misterio de Dios, gestada en el entorno del monacato cluniacense. Por medio de la
Belleza, expresada en la arquitectura, en la escultura, en la pintura, en la literatura, en la
música y en la escenografía sagrada de la liturgia, se trascendió a una expresión
teológica que aunó todas estas artes. Y ello fue así porque los caminos de Compostela
discurrieron por veredas no lejanas de los caminos de Cluny; y ello no sólo por una
interesada relación político-económica sino, sobre todo, por una común percepción del
misterio de Dios.
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CLUNY Y NAVARRA
En este camino mayor de Europa, en esta ruta secular que es el Camino de
Santiago, Navarra ocupa un lugar excepcional. Tan es así, que la ruta jacobea, su huella
artística, bien notable por cierto, y todo el entramado cultural de historia, tradiciones y
leyendas, se ha convertido en una importantísima seña de identidad de nuestro viejo
Reino. Lo digo para santo orgullo de todos nosotros. El Reino de Navarra, a través de la
acción decisiva de sus monarcas entonces y de sus Instituciones hoy, ha favorecido
siempre que el Camino a Compostela atravesara sus lindes, creando para ello ciudades y
burgos que permitieran escalonar las etapas del camino y construyendo hospitales,
monasterios, puentes y calzadas. Y es que no hay que olvidar que Navarra es la primera
comunidad española que atraviesa el principal ramal europeo de la ruta jacobea. Y es el
lugar en el que los peregrinos rezaban de rodillas por primera vez al Apóstol Santiago,
al rematar las crestas del Pirineo navarro, cerca de Roncesvalles, en un paraje que según
el códice Calixtino (s. XII) "su altura es tantp0 que parece tocar el cielo y el que sube
cree que va a poder alcanzar el cielo con su propia mano".
¿Cómo influyó Cluny en la atención al peregrinaje jacobeo en Navarra?
Sin duda a través de la hospitalidad ofrecida por los monasterios. Leyre es uno de
los que mejor organizada tiene la hospitalidad a lo largo de la ruta compostelana. Entre
los valles del Roncal y Salazar existe toda una cadena de pequeños monasterios
llamados monasteriolos que dependen de él. Para los peregrinos santiagueses que
seguían la ruta de Roncesvalles, San Salvador de Ibañeta, unido a Leyre en 1067,es la
dependencia legerense que más fama adquiere por su actividad hospitalaria. En Ibañeta,
la historia sitúa a los monjes del citado priorato legerense, que por eso se llama de San
Salvador, haciendo sonar la campana en las noches tempestuosas y de niebla, para que
los peregrinos encontrasen el rumbo en el camino que desde Valcarlos se dirige a
Roncesvalles, a través del desnivel del duro puerto de Ibañeta.
Pero es al monasterio de Irache, en pleno camino romero, a quien le corresponde
la gloria de ser el primero en Navarra en erigir un hospital de peregrinos junto al
monasterio. Eran los tiempos del abad Munio, tío de San Veremundo y un siglo antes de
que se fundara el igualmente célebre hospital de Roncesvalles. Irache establece los
diversos servicios existenciales y humanitarios en las dependencias establecidas a lo
largo y ancho de la gran ruta jacobea. Un recuerdo especial se merece la encantadora
figura de San Veremundo, sin duda, el abad más destacado del cenobio. Durante su
abadiato el hospital de Irache alcanzó todo su apogeo y en él encontraron franca acogida
los devotos peregrinos que se dirigían a Compostela. San Veremundo a imitación del
buen samaritano extendió la caridad y la hizo universal en su hospital de peregrinos,
levan-tado junto a la abadía a petición del rey navarro García de Nájera, hacia el ano
1045, lo que contribuyó aún más a estrechar los lazos de amistad entre el rey y el
monasterio de bache. Junto con Sto. Domingo de la Calzada y San Juan de Ortega, San
Veremundo es uno de los protectores del Camino de Santiago; pero su Navarra natal
quiso tributarle en 1969, exactamente el 20 de febrero un reconocimiento especial: A
petición de la Asociación "Amigos del Camino de Santiago de Estalla, el entonces
arzobispo de Pamplona, cardenal Arturo Tabera Aráoz, nombró y declaró a San
Veremundo de bache, ilustre figura del santoral navarro, monje cluniacense y que tanta
vinculación tuvo con los peregrinos a Santiago de Compostela, Patrono del Camino de
Santiago en Navarra.
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Para terminar, tengo que decir que cuando se habla de todo el movimiento cluniacense, no es posible declararse imparcial: Clunji, o suscita admiración o suscita
controversia. Personalmente me sitúo entre los primeros y eso mismo espero de todos
Vds. que han tenido la amabilidad y la paciencia de escuchar-me y soportarme a lo largo
de este encuentro. MUCHAS GRACIAS.
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