La importancia del capital social para comprender los

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ARTÍCULO
La importancia del
capital social
para comprender
los resultados económicos
y sociales
POR MICHAEL WOOLCOCK
RESUMEN. En este documento se entrega una breve introducción a la reciente
bibliografía teórica y empírica acerca del capital social en su relación con el desarrollo
económico, con especial énfasis en su significado para los países de la OCDE. Además,
se analiza la evidencia empírica como apoyo de las hipótesis clave correspondientes al
desarrollo económico, en especial, la relación entre instituciones informales y formales y
su capacidad colectiva de manejar el riesgo; además, se exploran las implicaciones de
una teoría general del capital social para el crecimiento económico en los países de la
OCDE. El documento aborda tres interrogantes específicas: (1) ¿Cómo se relacionan
entre sí el capital social, el capital humano y la capacidad social?; (2) ¿Cómo se puede
medir el capital social?; y (3) ¿Cómo los modelos existentes de crecimiento económico
podrían prestar una atención más adecuada al capital social?
Primavera 2001
LA IMPORTANCIA DEL CAPITAL SOCIAL PARA COMPRENDER LOS RESULTADOS ECONÓMICOS Y SOCIALES
Resulta casi imposible sobreestimar el valor que tiene contactar a los seres humanos con personas
diferentes y con modos de pensar y actuar distintos de aquellos que les son más familiares. Este
tipo de comunicación siempre ha sido una de las principales fuentes de progreso y en la era actual,
lo es aún más.
JOHN STUART MILL
¿Qué es el capital social? ¿En qué se diferencia del capital humano y de la
capacidad social?
“No es lo que sabes o conoces sino a quién conoces”. Esta máxima ya común resume gran parte de
la sabiduría popular respecto del capital social. Se trata de una sabiduría que surge de la experiencia
que indica que para pertenecer a clubes exclusivos se requiere conocer a gente del club en cuestión
y que los concursos para conseguir empleos y licitaciones suelen ganarlos aquellos que tienen
amigos con puestos importantes. Cuando la gente pasa por momentos difíciles, sabe que serán sus
amigos y familia los que, en última instancia, le brindarán apoyo y, en consecuencia, los que
conforman su “red de seguridad”. En un aspecto menos decisivo, algunos de los momentos más
felices y más gratificantes de nuestras vidas son aquellos que dedicamos a conversar con nuestros
vecinos, comer con nuestros amigos, participar de algún grupo religioso y a trabajar de voluntarios
en algún proyecto a beneficio de la comunidad.
Así, la intuición nos dice que la idea básica de capital social es que la familia, los amigos y socios
de una persona constituyen un activo de suma importancia, al que puede recurrir en momentos de
crisis, disfrutar como un fin en si mismo y, también, utilizar para obtener ganancias materiales.
Esto también vale para las comunidades, pues aquellas que cuenten con un abanico de redes
sociales y asociaciones cívicas se encuentran en mucho mejor pie para enfrentar la pobreza y la
vulnerabilidad,1 solucionar conflictos 2 y/o aprovechar nuevas oportunidades.3 En cambio, la falta
de vínculos sociales puede ejercer un efecto de igual importancia. Algunos ejemplos son:
oficinistas que temen no ser considerados en la toma de decisiones importantes o profesionales
ambiciosos que se dan cuenta de que conseguir logros respecto de un nuevo proyecto significa a
menudo dedicarse de manera activa al establecimiento de contactos y redes, es decir, generar las
conexiones sociales de las cuales actualmente carecen.
La intuición y el lenguaje del ciudadano común también identifican otra característica del capital
social: que entraña tanto costos como beneficios o, dicho de otro modo, que estos lazos sociales
pueden ser tanto una ventaja como una desventaja.4 A la mayoría de los padres, por ejemplo, les
preocupa que sus hijos terminen formando parte de un grupo que los influya de manera negativa y
que la presión de sus pares o la fuerte necesidad de aceptación los lleve a adoptar hábitos
perjudiciales. En el ámbito institucional, muchos países y organizaciones (incluido el Banco
Mundial) operan con disposiciones anti-nepotismo en reconocimiento explícito de que los contactos
personales pueden utilizarse para discriminar injustamente, distorsionar ciertas situaciones e incurrir
en corrupción. En pocas palabras, el lenguaje popular y la experiencia de vida nos enseñan que los
lazos sociales que poseen los individuos pueden ser tanto una bendición como una perdición,
mientras que los que no se tienen impiden acceder a recursos clave. Estas características del capital
social están muy bien documentadas con pruebas empíricas y tienen implicaciones significativas en
el desarrollo económico y la disminución de la pobreza.
Las pruebas empíricas más convincente para apoyar la tesis del capital social proviene de estudios a
nivel familiar y comunitario (es decir, micro), que se basan en complejas medidas de las redes
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comunitarias, la naturaleza y el alcance de la participación cívica y los intercambios entre vecinos.
En los países de la OCDE, las conclusiones más amplias corresponden a los estudios urbanos,5 la
salud pública6 y la vida en la empresa,7 en que el argumento unificador es que, si se controlan otras
variables clave, los que tienen buenos contactos tienen más posibilidades de tener vivienda, ser
saludables, ser contratados y ser felices. En términos específicos, tienen mayores probabilidades de
ser ascendidos, recibir sueldos más altos, ser evaluados de forma favorable por sus pares, perder
menos días de trabajo, vivir más y ser más eficientes en la realización de las tareas asignadas.
El capital social también ha sido incorporado a los debates sobre el desempeño económico bajo la
ambiciosa afirmación de constituir un factor independiente – y hasta ahora subvalorado – de la
producción. Los economistas clásicos identificaban la tierra, el trabajo y el capital financiero (es
decir, niveles de inversión) como los tres factores básicos que determinan el crecimiento
económico, a los cuales en los años cincuenta, Robert Solow agregó la importancia de la tecnología
(capital físico). En los años sesenta, los economistas neoclásicos, como T. W. Schultz y Gary
Becker introdujeron el concepto de capital humano, sosteniendo que la dotación de trabajadores
calificados, capacitados y saludables de una sociedad determinaba el nivel de productividad con que
se podían utilizar los factores ortodoxos. Sin embargo, los equipos más recientes y las ideas más
innovadoras en manos o en la mente de la persona más brillante y adecuada no obtendrán ningún
resultado a menos que esa persona también tenga acceso a otros para informar, corregir, asistir y
difundir su trabajo. La vida en casa, en la sala de reuniones o en el taller es más gratificante y
productiva cuando los proveedores, colegas y clientes por igual pueden combinar capacidades y
recursos especiales en un espíritu de cooperación y compromiso para lograr objetivos en común. En
esencia, mientras el capital humano reside en los individuos, el capital social reside en las
relaciones. Sin embargo, el capital humano y el social se complementan en cuanto a que los
ciudadanos cultos e informados están mejor capacitados para organizar y evaluar la información
contradictoria y expresar sus puntos de vista en forma constructiva. Las escuelas que forman parte
integral de la vida comunitaria, fomentan la participación real de los padres y extienden en forma
activa los horizontes de los estudiantes, ven como éstos obtienen calificaciones más altas en los
exámenes.8
No obstante, una definición que no sólo incluye la estructura de las redes y relaciones sociales, sino
las disposiciones conductuales (como confianza, reciprocidad, honestidad) y los indicadores de la
calidad institucional (“imperio de la ley”, “exigibilidad de los contratos”, “libertades civiles”, etc.)
ha despertado entre los economistas gran parte del interés por el capital social. 9 Este enfoque más
integral es atractivo para algunos debido a la disponibilidad de enormes conju ntos de datos
internacionales (por ejemplo, Estudio Mundial de Valores, índices Gastil, puntuaciones de Freedom
House), que permiten incorporar el capital social –medido en la actualidad por puntajes de
confianza y gobernabilidad a nivel nacional– a las regresiones del crecimiento macroeconómico.
Sin embargo, al conceptualizar el capital social a través de unidades de análisis que fluctúan entre
individuos, instituciones y naciones, se puede criticar de éste que se ha convertido en cualquier cosa
para todos (y, por lo tanto, nada para nadie). Un breve análisis de los debates en torno a la
definición de capital social podría ayudar a abordar estos asuntos. En primer lugar, aunque se han
empleado diferentes enfoques para describir el capital social, existe un consenso incipiente en las
ciencias sociales con respecto a su definición, sobre la base de su fundamento empírico cada vez
más sólido. La definición se puede resumir de la siguiente manera: El capital social se relaciona
con normas y redes que facilitan la acción colectiva. En segundo lugar, es importante que toda
definición de capital social se centre más en sus orígenes que en las consecuencias; es decir, en lo
que el capital social es en lugar de lo que hace. Este enfoque suprime una entidad como la
“confianza” de la definición del capital social, porque si bien es cierto la confianza es en sí de vital
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importancia, para nuestros actuales propósitos se entiende más como un resultado (de interacciones
repetidas, de instituciones legales en las que se puede confiar, de reputaciones).
Los que cuentan con buenos contactos tienen mayores probabilidades de ser
ascendidos con más rapidez, recibir sueldos más altos, ser evaluados de forma
favorable por sus pares, perder menos días de trabajo y vivir más.
En tercer lugar, para fines de claridad, el capital social tiene más sentido cuando se entiende como
una variable relacional (es decir, sociológica) más que sicológica (individual) o política
(institucional/nacional). Lo que es más importante, los estudios empíricos de mejor nivel y más
coherentes sobre capital social, sin considerar la disciplina, lo han aplicado como una variable
sociológica.10 La evidencia empírica también debe ser la base para criticar el uso y la eficacia del
capital social; si el término es simplista o distractor, como sostienen algunos,11 esto se debe
demostrar en términos empíricos y no rebatirse en forma polémica. Sin embargo, dada la constante
acumulación de datos que documentan el significado del capital social, la carga de pruebas se
inclina rápidamente hacia los detractores. La virtud de adoptar una definición acordada y
relativamente limitada es que alienta a los partidarios y escépticos por igual a seguir las mismas
reglas.
En cuarto lugar, para ajustar los diversos resultados asociados al capital social, es necesario
reconocer la naturaleza multidimensional de sus orígenes. La distinción más común y popular se
hace entre capital social afectivo y compacto construido por lazos de unión entre miembros de la
familia, amigos cercanos y vecinos (en inglés denominado “bonding social capital) y otro más
difuso y extensivo que más que unir “tiende puentes” entre amigos distantes, socios y colegas
(denominado “bridging social capital”).12 Sin embargo, el capital social que tiene puentes es
esencialmente una metáfora horizontal que supone vínculos entre personas que comparten
características demográficas similares en general. Como lo han destacado Fox y Heller,13 el capital
social también tiene una dimensión vertical; en efecto, la pobreza es en gran medida una función de
la falta de poder y la exclusión. En tal sentido, una tarea clave de los expertos en desarrollo y las
autoridades responsables es asegurar que las actividades de los pobres no sólo trasciendan más allá
de los limites de su exclusión sino que también aumenten. Un componente importante de esta
estrategia supone forjar alianzas con personas partidarias en posiciones de poder, un proceso que
Hirschman irónicamente llama “reforma furtiva”.14 Para ampliar aún más el discurso de Hirschman,
esta dimensión vertical se puede denominar “vínculos”. La capacidad de aprovechar recursos, ideas
e información de instituciones formales más allá de la comunidad es una función clave del capital
social que crea vínculos. Un enfoque multidimensional nos permite sostener que las diferentes
combinaciones de capital social que une, que crea puentes y que crea vínculos originan la variedad
de resultados que observamos en la bibliografía e incorporan un componente dinámico en el cual las
combinaciones óptimas cambian en el tiempo.
En quinto lugar, es importante recalcar que una definición estrictamente sociológica de capital
social –es decir, centrada en las redes dentro de las comunidades, entre ellas y más allá de ellas – no
debe cegarnos respecto del marco institucional dentro del cual se desenvuelven estas redes, en
especial, la función del estado. Desde luego el vigor o la escasez de capital social no se puede
comprender en forma independiente de su entorno institucional más general: la participación en las
comunidades puede ser alta (por ejemplo, generando sus propias formas de crédito y seguridad
debido a que los bancos y la policía rehúsan hacerlo) debido a que las instituciones públicas las
ignoran o maltratan o porque cuentan con relaciones muy complementarias con el estado. Como
varios economistas y antropólogos lo han observado,15 la falta o la ausencia de instituciones
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formales a menudo se ve compensada por la creación de organizaciones informales. 16 Como tal,
tengo mis reservas acerca de las explicaciones del aumento y la disminución del capital social y de
los argumentos para intensificarlo o revivirlo. Los gobiernos débiles, hostiles o indiferentes ejercen
un efecto completamente distinto en la vida comunitaria (y en los proyectos de desarrollo), por
ejemplo, al de los gobiernos que respetan las libertades civiles, respetan el estado de derecho y se
resisten a la corrupción.
Respuesta a los críticos
Por cierto que la creciente importancia asignada al capital social ha encontrado reacciones adversas
en algunos sectores. Además de las inquietudes relacionadas con la excesiva amplitud conceptual y
la falta de especificidad empírica antes descritas, se han planteado varias otras interrogantes. Desde
luego, algunas de éstas son legítimas y se deben abordar, debido a la poca utilidad que tiene el
apoyo de defensores que no evalúan la situación regularmente, que idealizan a la comunidad y que
no admiten ni se ocupan de las debilidades de una idea o agenda. No obstante, varias de estas
inquietudes simplemente son infundadas o al menos no constituyen fundamento para la
desestimación. En esta sección expongo a grandes rasgos cuatro puntos planteados por los críticos y
respondo a ellos.
Según los críticos, el capital social tiene imperfecciones porque:
• simplemente vuelve a presentar viejas ideas; tiene más estilo (buena “mercadotecnia”) que
sustancia;
El aspecto de “buena mercadotecnia” de esta afirmación es cierto, pero no lo convierte en un
defecto. El despliegue publicitario en torno al capital social, como cualquier otro “producto”, habría
caído por su propio peso hace mucho tiempo si no estuviera basado en algún fundamento empírico
lo suficientemente riguroso y si un grupo amplio de personas no lo “comprara”. Sin embargo, el
fundamento es sólido y se encuentra en expansión y el público es amplio y profundo. Por
demasiado tiempo la sociología se ha conformado con permitir que sus ideas clave se promuevan
bajo una terminología confusa y llena de jerga, la cual tiene muy poca afinidad con otras disciplinas
o (más importante aún) con el público en general. En el fondo, la idea del capital social es bastante
simple e intuitiva y, por consiguiente, repercute en muchas personas diferentes. Sin comprometerse
indebidamente, la idea del capital social le proporciona a los temas sociológicos clásicos (y
contemporáneos) un matiz que de otro modo no tendrían.
• no es nada más que lo último que está de moda/en boga en las ciencias sociales;
El aspecto negativo de lograr comercializar una nueva idea pero aún imprecisa es que muchas
personas pretendan aprovechar ese éxito. Estas tratan de obtener credibilidad en su trabajo llamando
a lo que hacen “investigación sobre capital social”, aun cuando sólo tengan un conocimiento
superficial de la forma en que otros han usado el término. Al repetirse varias veces, crea una
situación en que el capital social en efecto parece ser todo para todas las personas. Aunque la
cantidad de estudios sigue aumentando en forma exponencial, está surgiendo una base coherente y
rigurosa. A medida que se llegue a un consenso (si se le puede llamar así) acerca de su definición y
fundamentos teóricos, la diferencia entre los involucrados y los aspirantes se volverá más clara. Es
importante observar que la reciente popularidad del concepto de capital social también se explica
por un componente relacionado con la demanda, por cuanto satisface un vacío conceptual de la
economía general y de las teorías sociales del desarrollo acerca de cómo lidiar seriamente con las
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dimensiones sociales. Mientras exista ese vacío, y mientras la idea de capital social pueda llenarlo
de manera convincente, la moda será bienvenida y no despreciada.
Una definición estrictamente sociológica de capital social no debe cegarnos ante el
marco institucional en el cual se desenvuelven estas redes, en especial, la función
del estado.
• fomenta y recompensa el “imperialismo económico”(¿relaciones sociales como “capital”?);
Los sociólogos económicos son los principales responsables del concepto de capital social y por lo
tanto, hay tantas oportunidades de “imperialismo sociológico” como de abrirle las puertas a los
economistas y al “economismo” (o racionalismo económico, como se le llama en Australia). Sin
embargo, al final no estoy convencido de que este tipo de imperia lismo sea realmente tan malo en
cualquiera de las dos direcciones. Las disciplinas deben basarse con solidez en sus convicciones; no
hay normas que indiquen quién puede o debe estudiar qué tema con cuál conjunto de herramientas y
es necesario reconocer a aquellos que proporcionen la respuesta más convincente a las preguntas
más apremiantes. En la medida en que vivamos en un mundo en que las ideas predominantes –tanto
en el discurso popular como en la política pública– corresponden a la economía, deberemos acoger
las oportunidades de modificar los elementos más extremos de esas ideas y de ofrece una alternativa
concreta. Hablar de relaciones sociales como “capital”, por ejemplo, no es herejía sociológica ni
tampoco significa rendirse ante la economía: es nada más que un reflejo de la realidad de que
nuestras relaciones sociales constituyen una de las formas de enfrentar la incertidumbre (acudiendo
a nuestra familia cuando perdemos el empleo), extender nuestros intereses (usando redes de ex
alumnos para obtener un buen empleo) y lograr resultados que no podríamos alcanzar por nuestra
cuenta (organizar un desfile). Sin embargo, tal vez la mayor cualidad del capital social es que
permite trascender en general las guerras del imperialismo, proporcionando un discurso en común a
través de las divisiones disciplinarias, sectoriales y metodológicas.
• ignora los factores del poder, especialmente en el caso de aquellos que en términos relativos
carecen de poder.
Los estudiosos, los activistas y las autoridades responsables a través de todo el espectro político se
han apropiado del concepto de capital social (un hecho interesante en sí mismo), de modo que es
posible leer la bibliografía en forma selectiva y llegar a la conclusión anterior. Sin embargo, una
interpretación más completa revela que se puede usar una perspectiva del capital social no sólo para
explicar la aparición y la persistencia de las relaciones de poder, sino también – y tal vez de mayor
importancia – para proporcionar una base constructiva que haga algo con respecto a eso. Una cosa,
por ejemplo, es reconocer que la pobreza en cierta forma se genera por la exclusión de algunos
grupos marginados de las instituciones públicas, privadas y cívicas; otra muy diferente es decir lo
que debería suceder a continuación. La teoría marxista predice y promueve la revolución bajo el
supuesto de que hay intereses compartidos entre grupos privados de sus derechos de representación;
la teoría neoclásica supone que los mercados (formales e informales) surgirán por sí solos para
lograr un equilibrio eficiente; la teoría de la modernización promueve la transformación total de
todas las relaciones sociales tradicionales, si se desea alcanzar una mayor prosperidad. En el mejor
de los casos, la perspectiva del capital social reconoce que la exclusión de estas instituciones es
originada y mantenida por poderosos intereses creados, pero que esos mismos grupos marginados
poseen recursos sociales únicos que se pueden usar como base para superar esa misma exclusión y
como mecanismo para permitir el acceso a estas instituciones. Los intermediarios, como las ONG
tienen un papel clave que desempeñar en este proceso, porque se requiere mucho tiempo para ganar
la confianza de los marginados y el respeto de los guardianes institucionales. En resumen, se
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necesita un esfuerzo claro en sentido descendente y ascendente para poder superar esta exclusión,
pero esto se puede lograr, se ha logrado y se está logrando, con resultados positivos y duraderos.
El capital social y los modelos del crecimiento económico:
relaciones sociales adecuadas
Todas las disciplinas de las ciencias sociales han contribuido a la bibliografía sobre el capital social
y se está comenzando a generar un notable consenso con respecto al papel y la importancia de las
instituciones y las comunidades en desarrollo. Por cierto, uno de los principales beneficios de la
idea del capital social es que está permitiendo que estudiosos, autoridades responsables y
especialistas de distintas disciplinas cuenten con un nivel sin precedentes de cooperación y
diálogo. 17 Al reactivar y revitalizar los conocimientos sociológicos generales, en consecuencia, se
ha podido apreciar que las diferentes disciplinas hacen una contribución vital, definida y con
frecuencia complementaria a problemas en sí complejos. Otro aspecto importante del enfoque del
capital social es su planteamiento para comprender la pobreza. Puesto que se encuentran en los
márgenes de la existencia, es probable que el único activo al cual los pobres puedan recurrir para
forjar su camino a través de un mundo impredecible e implacable sea el capital social. Como
observa sagazmente Dordick,18 los pobres “si tienen algo que perder”: unos a otros. Mientras gran
parte del discurso en torno a los pobres y las economías pobres dice relación con las carencias, una
virtud de la perspectiva del capital social es que permite a los teóricos, autoridades responsables y
especialistas asumir un enfoque que reconozca los activos.
Si como lo he sostenido, adoptáramos una definición sociológica rela tivamente estricta de capital
social, pero lo entendiéramos como incluido inherentemente en un marco institucional, ¿de qué
forma podríamos aplicar el capital social a las interrogantes sobre el crecimiento económico? ¿Qué
aplicabilidad tiene una teoría social de normas y redes para aquellos que vigilan el desempeño
económico regional y nacional de los países de la OCDE?
Esta pregunta se puede responder de varias maneras, pero identificaré cuatro. La primera es que el
capital social, como se entiende, debería ocuparse de lo suyo, concentrarse en las comunidades y
dejar los asuntos macroeconómicos a los expertos. Una segunda respuesta es buscar variables
sustitutivas para el tamaño y la estructura de las redes y simplemente agregarlas al catálogo de otras
variables que se consideren significativas para el crecimiento. Una tercera respuesta es hacer el
trabajo duro de integrar estrategias serias cualitativas y cuantitativas al diseño de nuevos
instrumentos globales para medir el capital social en forma más exa cta. Una cuarta estrategia es
tomar las ideas centrales implícitas en la perspectiva del capital social (el “espíritu” del capital
social, si se quiere) y aplicarlas de modo innovador a problemas más generales de la economía
política. De estas respuestas, la primera es demasiado modesta y la segunda, demasiado ambiciosa.
La tercera constituye un objetivo deseable a largo plazo, la cuarta, una posibilidad interesante con
resultados más inmediatos. No es necesario decir que me inclino por los defensores de la s
respuestas tres y cuatro y en el espacio restante, me permitiré esquematizar estas posiciones con
mayor detalle.
Hacia nuevas y mejores medidas más integrales
Para que el capital social llegue a ser un indicador serio del bienestar regional y nacional, sus
medidas se deben obtener de grandes muestras representativas mediante indicadores que se hayan
probado con anterioridad y que se hayan perfeccionado para que resulten adecuados. Esfuerzos
como estos se han llevado a cabo en varios países, como Australia y el Reino Unido,19 con la
posibilidad cierta de que los censos de diferentes países de la OCDE pronto incluirán preguntas
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sobre el capital social. En países en desarrollo, como Guatemala, la muy aclamada Encuesta de
Condiciones de Vida (ENCOVI) –representante estándar de datos de alta calidad para el ingreso, el
gasto, la salud y la educación– está a punto de incorporar un módulo sobre capital social, el primero
de su tipo. Así como esta encuesta nos permitirá efectuar estimaciones fidedignas respecto de la
pobreza, la educación y la salud a nivel nacional, también nos proporcionará datos más o menos
comparables acerca del capital social. Las medidas cuantitativas extraídas de esta encuesta de más
de 9.000 hogares representativos se complementarán con un importante análisis cualitativo a nivel
de las aldeas. Gracias a los datos de esta magnitud y calidad, existe una posibilidad real de que el
capital social pronto se pueda incorporar a la corriente principal de medidas económicas familiares
utilizadas para tomar el pulso de la sociedad (tasas de desempleo, índices de precios al consumidor,
niveles de inflación, entre otros).
Es importante recalcar que, aunque es indispensable reunir datos sólidos, no se deben descuidar los
aspectos cualitativos del capital social. En muchos aspectos, es una especie de contradicción de
términos sostener que se pueden usar medidas universales para captar las realidades idiosincrásicas
locales. A lo menos, esto significa que la elaboración de instrumentos de encuestas para medir el
capital social debe seguir períodos intensivos en terreno que determinen la forma más adecuada de
plantear las preguntas necesarias. Esto ha sido un aspecto del trabajo realizado en el Seminario
Saguaro de la Universidad de Harvard para el estudio del capital social en Estados Unidos, y en
forma más modesta, de mis propios esfuerzos (con Vijayendra Rao y varios colegas de la India)
para comprender las funciones del manejo del riesgo del capital social en los barrios marginales de
Delhi. En una era de comunicaciones electrónicas y ocupadas agendas es mucho más fácil descargar
las encuestas de otras personas, agregarlas a las propias y dirigirse al campo de batalla con nobles
intenciones. Los esfuerzos realizados con anterioridad deben constituir una guía y no un sustituto
del trabajo duro que supone el estudio del capital social, el que requiere modelos claros y grandes
esfuerzos.
Incorporación del espíritu del capital social en la economía política y la política
pública
La respuesta práctica ante la lectura de la bibliografía sobre capital social no debe ser un llamado
para aumentar los coros y los clubes de fútbol, como en general lo han inferido los lectores que
satirizan a Putman. El capital social no es una panacea y el aumento de éste no necesariamente es
mejor. Pero el mensaje más general que fluye a través de la bibliografía en cuestión es que la forma
en que nos asociemos con los demás y los términos de esta asociación tendrán importantes
consecuencias para nuestro bienestar, ya sea que vivamos en países ricos o pobres. Como ésta,
existen varias conclusiones importantes que han surgido hace poco en forma independiente de la
bibliografía sobre economía política, que aunque evitan (con razón) la terminología de capital
social, coinciden por comple to con la perspectiva incipiente de este concepto.
Para ver los motivos, recordemos las tres dimensiones del capital social resumidas anteriormente y
mi insistencia de que deben entenderse dentro del marco institucional en el que se insertan. Si es
cierto que la escasa acumulación de capital social que crea puentes (o bridging social capital)
dificulta la circulación de las ideas, la información y los recursos entre los grupos, entonces las
mayores fuerzas económicas, sociales y políticas que dividen a las sociedades resultarán
perjudiciales para el crecimiento. La desigualdad económica y la manifiesta discriminación entre
los aspectos étnicos y de género, por ejemplo, deberían ser perjudiciales para el crecimiento. De
manera similar, si aprovechar el capital social es una estrategia importante para manejar el riesgo
durante las crisis económicas (por ejemplo, perder un empleo, sufrir pérdidas de cosechas, padecer
de una enfermedad prolongada), entonces las sociedades divididas experimentarán mayores
dificultades para manejar las perturbaciones económicas. Además, el énfasis que pongo en
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comprender la eficacia del capital social dentro de su marco institucional supone que la forma en
que las comunidades manejan las oportunidades y el riesgo dependerá necesariamente de la calidad
de las instituciones bajo las cuales viven. La corrupción incontrolable, los retrasos burocráticos
frustrantes, la eliminación de las libertades civiles, la falta de protección de los derechos de
propiedad y el no respeto por las normas jurídicas obligan a las comunidades a apoyarse en sí
mismas, exigiendo la entrega en forma privada e informal de lo que deben recibir en forma pública
y formal. En consecuencia, en países donde predominan estas condiciones, debe haber poco que
mostrar incluso para los esfuerzos mejores intencionados de construir escuelas, hospitales y
fomentar la inversión extranjera.
El concepto de capital social está permitiendo que estudiosos, autoridades responsables y
especialistas de distintas disciplinas cuenten con un nivel sin precedentes de cooperación y diálogo.
Los recientes trabajos realizados por Dani Rodrik 20 y William Easterly 21 proporcionan sólidas
pruebas econométricas en apoyo a la idea de que el crecimiento económico en general y la
capacidad de manejar las perturbaciones en particular constituyen el doble producto de las
instituciones públicas y las sociedades coherentes capaces de generar lo que Easterly llama
“consenso de clase media”. Los países con sociedades divididas (en el aspecto étnico y económico)
y gobiernos débiles, hostiles y corruptos son especialmente propensos a una caída del crecimiento.
Cuando las perturbaciones atacan –como a mediados de los años setenta y principios de los años
ochenta– estos países resultan incapaces de efectuar los ajustes necesarios y/o no están dispuestos a
hacerlo. Ante la falta de antecedentes, procedimientos y recursos institucionales bien establecidos
para manejar conflictos, estas economías sufrieron una importante caída del crecimiento del cual
algunas aún no se han recuperado.
Para los estudiosos del crecimiento económico en los años sesenta, es difícil juzgar los méritos de
las diferentes estrategias, puesto que todas las economías –abiertas/cerradas, de recursos
naturales/manufactura, dependientes de los recursos agrícolas/costeros, de regiones
templadas/tropicales, grandes/pequeñas– obtuvieron resultados relativamente buenos. La prueba
real surgió con las crisis del petróleo de los años setenta y con la recesión mundial de principios de
los ochenta, que produjo una caída del crecimiento en las economías en desarrollo de enormes
proporciones, la que no terminó hasta 1995. La devastadora caída del crecimiento entre 1975 y
1995 retrasó a lo menos en una década el nivel de desarrollo económico que éstas habrían alcanzado
si se hubiera mantenido la trayectoria de crecimiento de 1955 y 1974.
Por lo tanto, aunque los estudiosos del capital social per se, ciertamente, se encuentran en terreno
firme cuando se trata de asuntos de desarrollo comunitario, el espíritu del capital social también
coincide con las conclusiones que ahora surgen de investigaciones sobre el crecimiento
macroeconómico. En este sentido, pienso que el estudio social sobre temas económicos y el estudio
económico sobre temas sociales está logrando un notable consenso, pero en gran medida no
reconocido. Más diálogo y diplomacia entre los cientistas sociales, en lugar de una permanente
guerra civil, nos permitirían aprovechar estos conocimientos colectivos en la búsqueda conjunta de
una economía global más productiva e integral.
Conclusión
Por lo tanto, para países y comunidades, ricos y pobres por igual, manejar el riesgo, las
perturbaciones y las oportunidades es un ingrediente clave en la búsqueda para lograr el desarrollo
económico sostenible. Ya sea que estas perturbaciones se manifiesten como disminuciones en el
comercio, desastres naturales, huelgas, conflictos en el acceso al agua, violencia familiar o la
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muerte de un cónyuge, las entidades sociales capaces de resistir la tormenta serán las que tendrán
más posibilidades de prosperar. Una perspectiva de capital social pretende ir más allá de las
“explicaciones culturales” primordiales para estas distintas estrategias de respuesta, y en su lugar,
buscar aspectos estructurales y relacionales. El desarrollo es más que desempeñar una buena
defensa (o arreglárselas); sin embargo, también comprende saber cómo iniciar y mantener una
ofensiva estratégica (progresar). Desde las grandes sociedades públicas-privadas hasta los
programas de desarrollo a nivel de aldeas, el éxito depende de la medida en que se encuentren las
formas y medios para formar lazos mutuamente beneficiosos y responsables entre los diferentes
actores y organismos con conocimientos especializados. En este sentido, sostengo que el
“mejoramiento de las relaciones sociales”22 es un componente clave de los medios y los fines del
desarrollo. Si la idea y los ideales del capital social nos permiten movernos en esta dirección – y lo
hacen fomentando y recompensando una mayor fertilización cruzada entre disciplinas y etologías, y
entre estudiosos y autoridades responsables– entonces éste justificará con creces su lugar en el
nuevo léxico del desarrollo.
Michael Woolcock trabaja en el Grupo de Investigaciones para el Desarrollo del Banco
Mundial y en la John F. Kennedy School of Government de la Universidad de Harvard.
Este documento se basa en M. Woolcock, Using Social Capital: Getting the Social
Relations Right in the Theory and Practice of Economic Development (Princeton, NJ:
Princeton University Press, próxima publicación) y M. Woolcock y D. Narayan, “Social
capital: implications for development theory, research, and policy,” World Bank Research
Observer, Vol. 15, nº 2 (2000), págs. 225-250. El autor desea agradecer a Thomas Healy
y Sylvain Cote por sus comentarios sobre un borrador anterior. Las opiniones expresadas
en este documento son responsabilidad exclusiva del autor y no se deben atribuir al
Banco Mundial, sus directores ejecutivos ni a los países a los que representan.
Notas al final
1. D. Narayan “Voices of the Poor: Poverty and Social Capital in Tanzania,” ESSD Studies and Monographs
Series, Vol. 20 (Washington, DC: Banco Mundial, 1997).
2. K. Schafft y D. Brown, “Social capital and grassroots development: the case of Roma self-governance in
Hungary,” Social Problems (Próxima publicación).
3. J. Isham, “The effect of social capital on technology adoption: evidence from rural Tanzania,” documento
presentado en la reunión anual de la American Economic Association, Nueva York (1999).
4. Por cierto, una crítica anterior de la bibliografía sobre capital social fue que no evaluaba las formas ni
consecuencias de estos costos. Por ejemplo, para los miembros de sectas, las lealtades hacia el grupo son tan
fuertes que pueden tener como resultado la muerte; se dice que algunos miembros exitosos de las
comunidades de inmigrantes han adoptado un nombre inglés con el fin de desentenderse de obligaciones
comunitarias para con grupos de inmigrantes que llegaran después de ellos. Lo que es más oneroso, los actos
destructivos de vándalos organizados, carteles de narcotraficantes y organizaciones terroristas pueden
imponer enormes cargas a la sociedad en su conjunto.
5. Ver, por ejemplo R. Gittell y A. Vidal, Community Organizing: Building Social Capital as a Development
Strategy (Newbury Park, CA: Sage Publications, 1998); R. Sampson, J. Morenhoff y F. Earls, “Beyond social
capital: spatial dynamics of collective efficacy for children,” American Sociological Review, Vol. 64, no. 5
(1999), págs. 633-660.
6. I. Kawachi, B. Kennedy y R. Glass, “Social capital and self-rated health: A contextual analysis,” American
Journal of Public Health, Vol. 89 (1999), págs. 1187-1193; I. Kawachi y L. Berkman, “Social cohesion,
social capital and health,” en L. Berkman y I. Kawachi (eds.) Social Epidemiology (New York: Oxford
University Press, 2000).
7. R. Burt, “The network structure of social capital,” en R. Sutton and B. Shaw (eds.) Research in
Organizational Behavior (Greenwich, ct: JAI Press, 2000); R. Fernandez, E. Castilla y P. Moore, “Social
capital at work: networks and employment at a phone center,” American Journal of Sociology, Vol. 105, nº. 5
(2000), págs. 1288-1356.
Primavera 2001
LA IMPORTANCIA DEL CAPITAL SOCIAL PARA COMPRENDER LOS RESULTADOS ECONÓMICOS Y SOCIALES
8. S. Morgan y A. Sorensen, “Parental networks, social closure, and mathematical learning: a test of
Coleman’s social capital explanation of school effects,” American Sociological Review, Vol. 64, nº. 5 (1999),
págs.661-681.
9. Sobre el capital social como un atributo de comportamiento de los individuos, ver E. Glaeser, D. Laibson y
B. Sacerdote “The economic approach to social capital,” Cambridge,MA: NBER, Documento de trabajo
Nº7728 (2000). Para conocer un análisis de la bibliografía que relaciona macroeconomía con capital social,
ver J. Temple, “Growth effects of education and social capital in the OECD,” Oxford University, mimeografía
(2000).
10. Ver M. Foley and B. Edwards, “Is it time to disinvest in social capital?” Journal of Public Policy, Vol. 19
(1999), págs. 141-173.
11. B. Fine, “The developmental state is dead? long live social capital?” Development and Change, Vol. 30
(1999), págs. 1-19.
12. Gittell y Vidal, op cit.
13. J. Fox, “How does civil society thicken? The political construction of social capital in rural Mexico,”
World Development, Vol. 24, nº 6 (1996), págs. 1089-1103; P. Heller, “Social capital as a product of class
mobilization and state intervention: industrial workers in Kerala, India,” World Development, Vol. 24, nº. 6
(1996), págs. 1055-1071.
14. A. Hirschman, Journeys toward Progress: Studies of Economic Policy-Making in Press (New York:
Greenwood Publishing Group, 1968).
15. Ver, por ejemplo, T. Besley y S. Coate, “Group lending, repayment incentives, and social collateral,”
Journal of Development Economics, Vol. 46 (1995), págs. 1-18; W. Davis, “Vanishing cultures,” National
Geographic, Vol. 196, no. 2 (1999), págs. 62-89.
16. D. Naryan, “Bonds and bridges: social capital and poverty,” Documento de trabajo de estudio de política
Nº 2167 (Washington, DC: The World Bank, 1999).
17. D. Brown, “Creating social capital: nongovernmental development organizations and intersectoral
problem solving,” en W.W. Powell y E. Clemens (eds.) Private Action and the Public Good (New Haven:
Yale University Press, 1998).
18. G. Dordick, Something Left to Lose: Personal Relations and Survival among New York’s Homeless
(Philadelphia, PA : Temple University Press, 1997).
19. Sobre Australia, ver I. Winter (ed.) Social Capital and Public Policy in Australia (Melbourne: Australian
Institute of Family Studies, 2000) sobre el Reino Unido, ver P. Hall, “Social capital in Britain” British
Journal of Political Science Vol. 29 (1999), págs. 417-461.
20. D. Rodrik, The New Global Economy and Developing Countries: Making Openness Work (Baltimore,
MD: Johns Hopkins University Press, 1999), y “Where did all the growth go? External shocks, social
conflicts, and growth collapses,” Journal of Economic Growth, Vol. 4, nº 4 (1999), págs. 385-412.
21. W. Easterly, “The middle class consensus and economic development,” Documento de trabajo de estudio
de política Nº 2346 (Washington, DC: Banco Mundial, 2000).
22. Woolcock, Using Social Capital, op cit.
The CSIS Press
Primavera 2001
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