ponencia del Sr. José López Mercao.

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La autogestión en la globalización
Aproximadamente durante el mes de agosto de 2013, el presidente José
Mujica nos encomendó escuetamente que resumiéramos en una publicación el
fenómeno de la autogestión y su desenvolvimiento en Uruguay.
En principio, eso nos ponía ante dos problemas: el primero lo constatamos al
recurrir a bibliografía sobre el tema, descubriendo que –al menos en Uruguayexistía más literatura y teorizaciones sobre el fenómeno, que emprendimientos
autogestionarios propiamente dichos. La contradicción la resolvimos de la
manera más directa, a saber, concurriendo a los talleres y a las obrerías para
escuchar de boca de los propios protagonistas lo que ha sido su peripecia.
El segundo problema que enfrentamos fue que el proceso que llevó a la
autogestión fue tal, es decir, un proceso, que si bien se verificó a nivel global,
tuvo sus características específicas en Uruguay. En otras palabras, había que
rastrear su genealogía. Ello implicaba detectar los primeros intentos
autogestionarios en la década de los 50, algún antecedente atípico a fines de
los 60 y remontarse a la dictadura de los ’70, que pese a destruir al
movimiento obrero organizado, no pudo evitar que se mantuvieran latentes
algunas experiencias que se remontan a aquella época
Pero la década clave fue la de los 90, llamada también la década neoliberal, que
trazó, a través del llamado Consenso de Washington, una estricta
liberalización de la economía, la reducción del déficit fiscal y la inflación,
reduciendo el gasto público, eliminando barreras para la inversión extranjera
directa, desregulando los mercados y dando garantías jurídicas a la propiedad
privada.
Uno de los puntos centrales de ese plan, que tenía consensualidad política en
la región (recordar la conjunción de los gobiernos de Carlos Saúl Menem en
Argentina, Collor de Mello en Brasil, Luis Alberto Lacalle en Uruguay y
Andrés Rodríguez en Paraguay) era la privatización de las empresas públicas y
los monopolios estatales, lo que en Uruguay –ejemplo único en la región y en
todo el subcontinente) fracasó, al ser sometida la Ley de Empresas Públicas a
un proceso de referéndum que culminó en su impugnación por la ciudadanía.
Esa circunstancia no dejó de pesar en los acontecimientos posteriores y si hoy
podemos, en este ámbito, escuchar la sinergia establecida entre el ente
proveedor de agua potable y la República de Cuba a través del envío de
unidades potabilizadoras u otros servicios, o que UTE se plantee la
posibilidad de emplazar en la isla megatransformadores, veremos que esa
porción de soberanía que se rescató aquél histórico 13 de diciembre de 1992,
no sólo fue un formidable palo en la rueda del carro del neoliberalismo, sino
que tuvo proyecciones de difícil sobreestimación en los acontecimientos
futuros . Es más, se podría decir que la reactivación económica que comienza
en Uruguay con el advenimiento de dos gobiernos progresistas sucesivos
(ahora estamos en presencia del tercero), hubiera sido problemática sin contar
con el control por parte del Estado de las empresas públicas, al menos el de
aquellas que tenían carácter estratégico.
De acuerdo a la necesidad de rastrear esa genealogía, dividimos al libro en
cuatro partes, antecedidas por un prólogo del presidente José Mujica, en el
que aporta su visión sobre el valor de la autogestión. Más allá de su
investidura, el prólogo era ineludible, ya que quienes conocemos a Pepe desde
tiempos muy lejanos, sabemos que el tema autogestionario fue una suerte de
idea fija que siempre figuró en su imaginario de transformaciones. Por
añadidura, en los hechos, el impulso que dio desde el gobierno a la
autogestión fue absolutamente decisivo para que la autogestión se
materializara, tuviera una articulación jurídica y fundamentalmente el apoyo
financiero que le dio la interposición (vía decreto) del artículo 40 en la Carta
Orgánica del BROU, el que mandataba a la institución a que volcara hasta un
30% de sus ganancias anuales al Fondo de Desarrollo Social (FONDES),
destinado a promover proyectos autogestionarios.
Es preciso agregar que el monto asignado al FONDES (que aun no ha sido
transformado de decreto en ley), sienta un precedente con escasas homologías
en el mundo y que, por su cuantía (tomado en proporción con el PBI
uruguayo) es uno de los más importantes del mundo.
De esa manera, además del obligado prólogo con Pepe, dividimos el libro en
cuatro partes. La primera, titulada “El plan perfecto” (porque precisamente se
trató de eso), desgrana en diez capítulos los antecedentes que llevaron al
surgimiento de la autogestión. La segunda, se denomina “Los instrumentos de
la autogestión”. Consta también de diez capítulos, que a diferencia de la
primera parte, no están ordenados de acuerdo a una secuencia temporal y no
contienen una agenda completa de todas las instituciones y organizaciones que
operaron como herramientas para la autogestión (ya sea el BROU, el
FONDES, la Federación de Cooperativas, el Fondo Raúl Sendic, la emergente
Asociación Nacional de Empresas Recuperadas por los Trabajadores
(ANERT). A ello agregamos dos capítulos dedicados al “marco teórico”, al
“plano operativo”, a la compleja estructura del FONDES, prolífica en fondos
y subfondos que no siempre operan con el mismo paso de andadura. Luego,
dedicamos tres capítulos a las primeras empresas recuperadas en el marco de
los beneficios que le otorgó el Fondo del Sur, creado por la voluntad y el
genio del extinto presidente Hugo Chávez.
La tercera parte, la más extensa y seguramente la más importante está
dedicada a “Los protagonistas”. Releva desde dentro la historia de 24
emprendimientos, incluyendo en esta nómina a Niboplast, una empresa
autogestionada que debió cerrar y que nos ofrece una sumatoria acabada de lo
que no se debe hacer en materia autogestionaria o de lo que sucede cuando se
intenta desarrollar un emprendimiento autogestionario con las herramientas
legadas por el capitalismo.
La cuarta parte es el “Epílogo” y en el mismo somos deliberadamente
escuetos. Son dos capítulos: “A manera de síntesis” y “Reflexiones finales”,
que de alguna manera confirman lo que afirmamos en el epígrafe del libro en
palabras de León Felipe: “Yo no sé muchas cosas, es verdad. Digo tan sólo lo
que he visto”.
Otro de los problemas con el que nos enfrentamos fue el de encontrar un eje
a través del cual relevar la multiplicidad de experiencias que se han
desarrollado –a menudo de manera inorgánica- en la última década. Para ello
optamos por recorrer la treintena de empresas nucleadas en la ANERT,
dejando la salvedad de que las mismas no representan a la totalidad de las
autogestionadas, sino a su núcleo central organizado.
Una de las conclusiones a las que llegamos luego de recorrer las empresas
autogestionadas desde el extremo norte del país hasta las obrerías del sur, es
que no existe un denominador común entre las mismas. Que todas ellas
representan una experiencia con una identidad particular, incompatible con
reduccionismos. Algunas son paradigmáticas en cuanto a lo que es una vía
hacia la autogestión y otras nos arrojaron muchas dudas en cuanto a su
viabilidad. Es que los caminos que se están recorriendo son
fundamentalmente empíricos y fuertemente condicionados por la necesidad.
Algo está cambiando en el mundo –y tal vez el ejemplo más resonante sea el
comienzo del fin del infame bloqueo al que ha estado sometida la República
de Cuba por más de medio siglo- . Pero esos cambios fueron antecedidos por
transformaciones en el ámbito del trabajo. Históricamente, tanto los lock outs
patronales como las ocupaciones de puestos de trabajo por los asalariados,
han sido medidas de lucha para posicionarse mejor, ya sea en términos de
competitividad, de condiciones de trabajo o de reparto de la plusvalía. Sin
embargo, esa lucha entre las partes tenía componentes muy fuertes de
gestualidad. Los antagonistas sabían que con la correlación de fuerzas
resultante de esas luchas, el espectáculo debía continuar, es decir, los portones
de las fábricas de reabrían, la sirena volvía a sonar, las máquinas volvían a
funcionar y el trabajo, esa eterna constante, retornaba como retornan las cosas
comunes que hacen a la vida.
Pero llegó un momento en que esa ecuación se rompió. Que los portones se
cerraban para no reabrirse, que ante la ocupación de una industria los patrones
se encogían de hombros, dejaban la planta física (por lo general obsoleta) a los
trabajadores, embolsaban o redirigían al sistema financiero los préstamos
nunca ejecutados que habían obtenido para aggiornar la empresa y dejaban a
los operarios –buena parte de ellos de edad madura- en la orilla de la
marginación laboral y social.
Quiénes tuvieron organización y respaldo para resistir lo hicieron, pero no
estaba claro en nombre de qué proyecto de futuro lo hacían. El desgaste de
esos años fue terrible. Los bolsones de marginalidad que parecen irreductibles
datan de esa época, la inseguridad ciudadana también, el descaecimiento del
sistema educativo también. Cuando se escamoteaba el trabajo, se escamoteaba
la esperanza y la propia vida y eso se proyectaba en las nuevas generaciones.
Recién en 2005, con lo que los trabajadores autogestionarios llaman “el
alineamiento de los astros”, confluyeron una serie de elementos que
permitieron dar vuelta la pisada. Uno de ellos fue interno: el advenimiento del
primer gobierno de izquierda en la historia del Uruguay; el segundo fue el
arribo de Hugo Chávez con su formidable optimismo, su potencial
económico, sus proyectos que podían parecernos excesivos, pero que
transmitían esperanza y confianza en el futuro, dos ingredientes que por
entonces escaseaban dramáticamente en el menú cotidiano de los uruguayos.
Todo ello, acompañado por la reversión del ciclo recesivo, significó un
formidable impulso para el movimiento autogestionario, lo que tendría su
continuidad en 2007 con la creación de la ANERT y en 2011 con el decreto
que sancionaría la creación del FONDES.
A partir de este marco previo, podemos hacer una serie de consideraciones:
La primera es que pese a que la propia ANERT alude al concepto de
empresas recuperadas, el mismo responde a una realidad coyuntural. Limitar la
autogestión a la recuperación de empresas es poco menos que sentenciarla a
muerte. En determinado momento fue preciso tornar viables los despojos que
–por diferentes razones- dejaba el capitalismo en su desenvolvimiento. Si hoy
los economistas nos dicen que de 200 mil trabajadores industriales que
existían en 1990, quedaron 110 mil a comienzos del 2000, podemos advertir la
magnitud de la catástrofe. Pero es preciso comprender que luego de esa
debacle no sólo quedaron en pie las industrias más modernas o aquellas en las
que el capital se concentraba más. El eje de ese atraco (porque de eso se trató)
fue el sistema financiero, no el complejo industrial. De esa manera, fueron
desactivados museos de la industria, pero también establecimientos modernos
y perfectamente viables. Es decir, que la naturaleza del saqueo iba de la mano
del intento de convertir a Uruguay en un país de servicios y de la
financierización del capital, tendencia que se verificaba en el mundo entero.
Hoy por hoy –y de manera creciente- la autogestión privilegia la innovación,
es decir, industrias o servicios novedosos, generando incluso tecnologías
adecuadas al propósito al que se apunta (Profuncoop es un caso).
Sin embargo, el concepto de “innovación” es bifronte, por lo que debe ser
considerado en su contradictoriedad. Por un lado, es una condición
imprescindible para que la autogestión optimice su potencialidad productiva,
vinculada a la incorporación del conocimiento y la tecnología aplicada a los
procesos productivos. Pero desde otra perspectiva, el concepto de
“innovación” es uno de los caballitos de batalla de algunas empresas
monopólicas, interesadas por incrementar su rentabilidad a través del
consumo desenfrenado (MP3, MP4, MP5, y así hasta el infinito). Esta
interpretación del concepto de “innovación” deja en la oscuridad el hecho de
que aquello que hoy es “innovador” rápidamente será obsoleto por la propia
lógica de su desenvolvimiento en el mercado. Otro concepto, que desde la
óptica del capitalismo global es intercambiable con el de “innovación” es el de
“tecnologías de punta”, frase que no es otra cosa que un “publicity” para
enfatizar el uso de la tecnología basura, según entienden las multinacionales la
“innovación”.
Dijimos anteriormente que en el encare de “Autogestión: un rumbo de todos”
privilegiamos lo que vimos sobre lo que concebimos; la práctica operante de
quiénes efectivamente autogestionan a la especulación sobre el destino de esa
práctica, sobre todo en el plano de las relaciones de producción.
No obstante, luego de ese viaje por talleres, campos basálticos, viñedos,
molinos y fundiciones, necesariamente debimos pensar e informarnos acerca
de las implicancias profundas del tema de la autogestión y de su prosapia
ideológica, que por lo general se remite a algunas experiencias como la de la
Comuna de París, las huertas libertarias del Levante español durante la Guerra
Civil o la estructuración de la economía en el primer período de gobierno del
mariscal Tito.
A esa reflexión nos llevaron los propios trabajadores, que exigían una
economía e instrumentos a su escala. Los arroceros ecológicos de Río Branco
chocaban con los técnicos al pedirles zarandas apropiadas a su escala de
producción, más pequeñas y manipulables que las que utilizan los monopolios
del arroz en el este uruguayo. Los pequeños ganaderos de la zona basáltica
demandaban instrumental para incorporar valor agregado a los cueros,
cámaras de frío a escala para faenar y conservar la carne sin depender de la
intermediación; los fundidores de Profuncoop (contra la opinión prevaleciente
en la cátedra), volvieron con éxito a la fundición en tierra, método
decimonónico, cuando los técnicos les decían que las luminarias que
proyectaban sólo podían forjarse con inyectores.
Ciertamente, la economía política ha estado dominada por los conceptos de
los pensadores clásicos del capitalismo y constituye un corpus sumamente
compacto que, en general, no admite discusiones, más allá de las diferentes
escuelas que la constituyan. Sin embargo, una cosa es la economía política,
como tal concebida, y otra la política económica que necesariamente debe
desarrollarse para ser aplicada en contextos diferentes y en emprendimientos
de alternativa.
En 1973, el estadístico y economista alemán Ernst Schumacher, publicaba uno
de los libros más vendidos en cuatro décadas. Su nombre: “Small is beautiful”
(“lo pequeño es hermoso”). Estamos hablando de un año (1973) que se asocia
con el comienzo de la globalización y con la crisis del estado-nación.
Schumacher, y antes que él su maestro, el austríaco Leopold Kohr (quién en
realidad fue quién acuñó el término), advirtieron sobre el catastrofismo que
implicaba el desborde del capital trasnacional y el creciente peso del sistema
financiero en la economía y sustituyeron el concepto de “tecnologías de
punta” por el de “tecnologías apropiadas”. Buscando llevar a la práctica ese
diferencial, en 1966, Schumacher crea el “Intermediate Technology
Development Group” (“Grupo de desarrollo de tecnología intermedia”),
conocido ahora como “Practical Action” (“Soluciones Prácticas para sus
operaciones en Latinoamérica y el Caribe”), que precisamente pretendía
desarrollar esas tecnologías a escala que eran funcionales a la autogestión y a la
economía descentralizada. Muere en 1977 de un infarto de miocardio, en
pleno vigor creativo, cuando su intento de generar esos insumos tecnológicos
aun era del todo incipiente.
Unas palabras sobre Leopold Kohr, maestro de Schumacher, a quién
pertenece la frase “small is beautiful” (en realidad, la frase completa era: “Si no
funciona es porque es demasiado grande. Lo pequeño es hermoso”).
Austríaco, jurista, estadístico y economista, corresponsal de guerra de la
República durante la guerra, amigo íntimo de George Orwell, anticipó la
hegemonía de Estados Unidos y la decadencia de Europa y en 1957 publicó su
obra magistral: “El desglose de las naciones”, que es en realidad también un
alegato político a favor de lo pequeño, que alienta tal vez sin pretenderlo los
separatismos (Irlanda, Euzkadi, por ejemplo), como forma de deprimir las
ambiciones hegemónicas de los grandes Estados.
Acuñó también el concepto de “tecnologías apropiadas”, opuesto al de
“tecnologías de punta”, que para Kohr no era otra cosa que la acumulación de
tecnologías simples y a menudo artesanales. Algunos de los atributos que
debían tener esas “tecnologías apropiadas” eran que debían preservar de
daños a las personas y al ecosistema; que no debían comprometer el
patrimonio natural de las generaciones futuras; que debían mejorar las
condiciones básicas de vida de todas las personas; no ser coercitiva ni
autoritaria y respetar el derecho de elección de cada uno; evitar los efectos
irreversibles de sus acciones sobre la sociedad y la naturaleza y en materia de
inversión priorizar la satisfacción de las necesidades básicas.
En esa línea de pensamiento se encuentran economistas más actuales, pero
poco difundidos y apreciados por la academia.
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Pero volviendo a lo que vimos, lo resumimos en los dos últimos capítulos del
libro, que son breves y de fácil lectura. Algunos de los conceptos que
desarrollamos allí están referidos a las “cadenas de producción” (que
funcionan poco o directamente no funcionan), en parte por presiones de los
monopolios o por falta de eficiencia de la burocracia estatal.
Otro de los temas que allí esbozamos es el de la autogestión y la comunidad.
En general, los emprendimientos que sobreviven y en algunos casos
prosperan, son aquellos que se desarrollan con y desde la comunidad. Es más,
esta es una de las grandes ventajas que tienen este tipo de iniciativas sobre las
instrumentadas por el capitalismo tradicional, que tiende a fragmentar y
destruir la comunidad, teniendo como único horizonte el lucro y la
rentabilidad rápida.
Observamos también que el cooperativismo o la autogestión pueden también
ser funcionales al “establishment”, ya sea transfiriendo a los trabajadores los
segmentos menos rentables de la actividad de la empresa o simplemente
permitiendo que ocupen la planta quebrada, desarrollen trabajos de
supervivencia e indirectamente la custodien, preservándola del saqueo, el
desmantelamiento o la implantación de ocupantes precarios.
Luego, un tema capital es el jurídico, resumido claramente por Carlos Areán,
integrante de Profuncoop: “Ni la Constitución ni el Derecho Civil hablan una
sola palabra de la propiedad social. Todo está montado para proteger la
propiedad privada y el capitalismo. De esa manera hay licitaciones a las que
por capacidad productiva podemos concurrir, pero no tenemos la forma
jurídica para hacerlo…Allí hay un nicho de mercado en el que queremos
competir. Pero mañana viene un capitalista y se apropia de estas luminarias
que nos costó tanto esfuerzo e imaginación elaborar y nosotros ya fuimos”.
Agregando: “Tiempo al tiempo, ya va a venir la Phillips o la filial de la General
Electric de Chile a querer imponer lo que nosotros venimos desarrollando
desde el principio.
Otro elemento que agregamos es la propia estructura del FONDES, que es un
formidable intríngulis de fondos y subfondos con diferentes atribuciones, con
masas de capital a menudo inmovilizadas, con tareas que se superponen y con
la presencia de otros organismos paraestatales que operan, a menudo aportan,
pero se intersectan al punto que a menudo cuesta determinar quién es quién.
Por añadidura, observamos un fuerte distanciamiento entre los técnicos y los
operarios de la autogestión. No solamente físico, sino también ideológico,
demasiado atento a la relación costo-beneficio, pero dejando por fuera lo que
representa la autogestión en términos sociales: dinero que ahorra el Estado al
no abonar seguros de paro ni subsidios; familias constituidas en torno al
trabajo; inclusión social, ahorros significativos en materia de salud, educación
y seguridad ciudadana. Para decirlo de manera más gráfica, no son los
trabajadores los que deben ir a al Fondes y a sus respectivas unidades, sino a la
inversa. Para expresarlo de manera más grotesca: no son los operarios quienes
deben concurrir a las oficinas de los burócratas; sino que son estos los que y
concurrir habitualmente a los lugares donde aquellos trabajan, generan una
cultura y sueñan con mejores horizontes. De esa manera puede ver realidades
que no son reductibles a informes. Siendo más escueto, sería necesario un
asesoramiento técnico más horizontal, atento a lo menudo y si es necesario,
itinerante.
En cuanto a la escala, es indudable que las empresas de mayor porte generan
mayor ocupación y por lo general, más rentabilidad. Pero también son más
endebles ante las variables del mercado. Las empresas pequeñas son más
versátiles, capaces de diversificarse y reconvertirse. Incluso en ellas, si existe
cohesión y liderazgos adecuados, los principios autogestionarios se incorporan
con mayor facilidad.
Otra variable tiene que ver con los tiempos. Los tiempos del trabajo no son
necesariamente los de la burocracia. Sería necesario reducir las
intermediaciones entre el demandante y el facilitador, particularmente en los
casos en los que los problemas a resolver son diáfanos. Las crónicas que
elaboramos luego de relevar los distintos emprendimientos, son prodigas en
ejemplos de problemas que son asumidos con indiferencia por la burocracia
central y que, sin embargo, encuentran rápida resolución con las autoridades
locales.
Agreguemos a esto la contradicción que surge a menudo con los lineamientos
de la macroeconomía. Los curtidores demandan cuero y el mismo es
comprado por acopiadores extranjeros con el arancel más bajo de la región.
Las textiles demandan lana y las ovejas se exportan en pié; los cerámicos
fabrican productos de calidad superior, pero no se ponen barreras a productos
importados que no resisten las más elementales pruebas de calidad y/o
resistividad.
Otro renglón son las compras del Estado. Nadie pretende sensatamente que
las empresas autogestionadas dependan de las compras estatales. Obviamente
que deben jugar en el mercado, pero también es preciso que el Estado otorgue
determinadas preferencialidades a las mismas.
Luego, el que tal vez sea el problema de los problemas, a saber, el de la
reconversión de los operarios a gestores de sus propios asuntos, lo que
también implica despojarse de la ganga de la alienación que comporta en
trabajo en condiciones de dependencia. El asesoramiento al respecto es
fundamental, pero constatamos que es muy débil y fragmentado y a menudo
aparecen consultorías, asesores y gerenciadores que trabajan en su propio
provecho aplicando tasas leoninas al asesoramiento que dan, que a menudo
no es otra cosa que humo.
En cuanto al tema salarial vimos de todo: trabajadores que perciben lo
marcado por el laudo; algunas empresas en las que se está por encima del
mismo y otras en las que no se llega. Se realizan ahorros significativos con la
reducción del hipertrofiado cuerpo administrativo-gerenciador y se reduce el
número de categorías. La tendencia es a beneficiar al que se encuentra más
sumergido, a menudo a expensas de salarios de obreros especializados y
técnicos. Pero cuando el emprendimiento sale de las zonas de riesgo es
preciso retribuir adecuadamente a los mismos, que pueden ser absorbidos por
las empresas privadas, no sólo por razones de estricta justicia, sino también
para disminuir el riesgo de que aquéllos sean absorbidos por las empresas
privadas, sobre todo aquellas de mayor porte.
Por lo demás, existe una particularidad en Uruguay que representa una ventaja
al tiempo que un problema. Para decirlo de manera un tanto basta: sobra plata
y faltan trabajadores autogestionarios (más allá de que el fenómeno va en
incremento); algo que nos diferencia, por ejemplo, de la Argentina, donde son
más de mil las empresas autogestionadas que se nuclearon a contrapelo de las
implicancias sociales del “default” de 2001, pero no existe un apuntalamiento
financiero de la misma magnitud. Por añadidura no existe, salvo excepciones,
una cultura autogestionaria de porte. Los uruguayos nos enorgullecemos de la
organicidad y articulación que logró el país desde comienzos del siglo XIX,
pero esa organicidad se logró, entre otras cosas, privilegiando el binomio
patrono-asalariado, lo que deja profundas secuelas a la hora de convertirse en
un “obrero sin patrón”.
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Antes de terminar, unas palabras referidas al tema de la comunicación, de las
presentación de los productos de la autogestión y la sinergia (particularmente
la internacional) con otras realidades similares. En ese sentido, Uruguay XXI
constituye una suerte de segunda Cancillería, que no debería limitarse a
exponer los productos del país, sino a intervenir activamente en la interacción
entre diversas experiencias, en el diagrama de un proyecto de autogestión a
nivel latinoamericano, en la determinación de las potencialidades de cada
realidad…Pero para eso es preciso pensar la realidad y operar sobre ella, desde
una perspectiva política y no meramente administrativa. Los cambios que
están aconteciendo en el mundo y en nuestras respectivas realidades ameritan
una visión de conjunto atenta precisamente a ese proceso que es sumamente
dinámico. Es decir, que más que expositores de ferias y facilitadores de
negocios, se requiere también de criterios políticos para pensar la realidad, no
sólo desde la óptica de nuestra pequeña comarca, sino también desde la
generalidad de nuestra patria común.
En el final, nos limitaremos a reproducir los últimos párrafos del libro, que
tienen algo de premonitorio:
“Por último –y tal vez esto sea lo más perentorio- es preciso decir que los
tiempos se acortan, que las asignaturas pendientes son demasiadas y que como
sea, el movimiento autogestionario debe generar un anclaje en una realidad
que presumiblemente, sin la presencia del presidente Mujica, le sea adversa.
Seguramente que con viento en contra, hay emprendimientos que van a
subsistir frente a todas las adversidades. La mera lectura de los capítulos
referidos a los mismos puede indicar cuáles son. Esto nos lleva a ver ´la mitad
del vaso lleno’, a saber, que el impulso a la autogestión, el decreto habilitante
del FONDES, su necesaria transformación en ley y la difusión de una
incipiente conciencia autogestionaria marca un hito en la historia y permitirá
seguir creyendo que efectivamente el futuro tendrá que contar con ‘los que
acumulan con su trabajo las riquezas, crean los valores y hacen andar las
ruedas de la historia’”
Esperemos que así sea.
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