dos tendencias en la teología contemporanea

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GERARD PHILIPS
DOS TENDENCIAS EN LA TEOLOGÍA
CONTEMPORANEA
Algunos dieron al V. II el nombre de Concilio Lovaniense por la enorme contribución
que los teólogos de Lovaina le prestaron. Entre ellos y ocupando un lugar de primera
fila, Gérard Philips, que fue maestro indiscutido de teólogos e investigadores en la
Facultad de Teología de Lovaina. Su obra y sus intervenciones en el V. II han hecho de
él una de las figuras prominentes del pensamiento teológico de la época del Concilio.
En su extensa bibliografía prima la temática eclesiológica, con una especial
predilección por la teología del laicado. No es, pues, de extrañar que fuese nombrado
experto del Concilio y miembro de la Comisión teológica, y que el 2 de diciembre de
1963 los miembros dé dicha Comisión le eligiesen Secretario adjunto de la misma,
cargo en el que desplegó una actividad infatigable y decisiva en la redacción sobre
todo de la Constitución LG, pero también de la DV y de la GS. El presente artículo
pertenece a la primera época romana. La experiencia acumulada en los largos años de
docencia e investigación, su presencia en los ambientes conciliares y sus contactos con
teólogos de las más diversas 'tendencias le permitieron diseñar dos formas de hacer
teología y de enfocar la problemática eclesial que estaban presentes -enfrentadas- en el
Concilio. El artículo, que fue publicado en seis lenguas, ayuda a comprender el
trasfondo de los debates conciliares y no deja de tener actualidad.
Deux tendences dans la théologie contemporaine. En marge du He Concile du Vadean.
Nouvelle Revue Théologique 95 (1963) 225-238
La presencia de dos tendencias en la vida doctrinal de la Iglesia, una, celosa de la
fidelidad a las fórmulas tradicionales, la otra, preocupada por la difusión del mensaje al
hombre contemporáneo, es un fenómeno permanente y normal. Pero, en determinados
momentos de la historia del pensamiento teológico, su confrontación puede provocar
unas discusiones tan vivas que rozan en el conflictos. Esto se presenta cuando la Iglesia
emprende la tarea de poner al día sus enseñanzas y fijar para las próximas generaciones
los jalones para el desarrollo de la fe y de la reflexión. ¿Cómo asegurar al mismo tiempo
el respeto al dato revelado, que es el mismo, y su fuerza de penetración en un mundo
profundamente cambiante?
No se trata de una mera rivalidad entre escuelas teológicas. La problemática que divide
actualmente los espíritus afecta a la concepción que cada uno tiene de la teología y a la
manera de vivir y propagar la fe.
Despejar los presupuestos de las discusiones y esclarecer los juicios de valor implicados
en ellos puede contribuir a comprender el alcance de las discrepancias y a descubrir su
carácter relativo y probablemente complementario. Las divergencias no son sólo de
vocabulario. Revelan un estado de espíritu y una mentalidad distinta. El disenso no se
sitúa, ciertamente, a nivel dogmático, pero va más allá de lo puramente verbal.
GERARD PHILIPS
I. CARACTERISTICAS DE LAS DOS CORRIENTES
Las dos "funciones" de la enseñanza eclesial
Sería mejor hablar de dos "deberes" o dos "aspectos" de la función doctrinal, no
separados ni separables, sino mutuamente imbricados: La Iglesia ha de conservar el
dato revelado y también ha de difundir el mensaje de la fe en el espacio y en el tiempo
de una forma inteligible y adaptada. La primera función insistirá sobre la conservación
y la identidad permanente del dato, la segunda sobre el progreso histórico de la
comprensión del dogma y su presentación a los diversos grupos.
La primera tarea es fundamental. La Iglesia no inventa nada. Recibe la Palabra de Dios
y no la puede modificar, so pretexto de hacerla más asimilable. Va en ello la misma
existencia de la Iglesia: si abandona el mensaje, deja de ser la Iglesia de Cristo.
Pero, a su vez, ha recibido esta Palabra, no para encerrarla en una torre de marfil, sino
para propagarla, para ponerla al servicio del mundo. Y los creyentes han de vivir de
ella: desentrañándola, la han de hacer entraña propia.
No es que se haya dejado algo en depósito como quien deja un paquete. La revelación
vive en el alma de la Iglesia viviente y está destinada a hacer vivir a todos los hombres.
Para esto hay que transmitirla en un lenguaje transparente.
Un obispo o un teólógo no es un supermán, tiene una capacidad limitada. De ahí que, no
pudiéndolo abarcar todo, escoja uno de los aspectos. Pero es evidente que hay que hacer
las dos cosas: conservar y adaptar.
Dos aproximaciones al misterio de la fe
La fe entraña una antinomia inevitable: tiene necesidad de enunciados intelectuales,
pero a la vez ha de mirar, no a la fórmula, sino a la verdad del Dios viviente. No apunta
a un objeto sino a un Sujeto trascendente. La fe no se reduce a una serie de
proposiciones verdaderas que forman el credo católico, sino que esencialmente consiste
en una adhesión personal, que apoyándose en la fidelidad de Dios, responde a su
llamada. Nuestra adhesión no es a unas fórmulas. Creemos en Dios Padre
Todopoderoso, en Jesucristo su Hijo único y en el Espíritu Santo que habla en la Iglesia.
Las fórmulas son necesarias. Pero, por claras que sean, nunca son exhaustivas. Por su
carácter abstracto, proporcionan unos conceptos enjutos y mates que, sólo con un baño
de realidad, recuperan su brillo y su capacidad expresiva. La verdadera fe es consciente
de la trascendencia de su objeto: Dios en nosotros!
De ahí su carácter personalista. Es personal en su término divino: el Dios trinitario que
se revela; personal en su autor: Cristo; personal en el sujeto al que se dirige: el hombre
viviente con su común vocación sobrenatural y sus diferencias múltiples y a menudo
profundas en su psicología, cultura y desarrollo religioso. Mantenerse a distancia de esta
realidad, en una región de pura especulación, reduciría la fea un saber angélico por
encima de las contingencias terrestres.
GERARD PHILIPS
No hay fe sin predicación. Tampoco sin teología. No podemos pasar de las
formulaciones, pero no hay fe, si no se pasa más allá de las formulaciones, para alcanzar
a través de ellas al Dios que se revela. En este proceso uno puede fijarse en el enunciado
o bien fijarse en aquel que habla y se entrega a través de esta revelación. La fe, aunque
es un saber, es más que un saber: está metida en un lenguaje humano, aunque es una
participación de la suprema Verdad. Y sobre todo es vida. Pararse en el camino y
contentarse con una expresió n exacta no es todavía dar testimonio de la fe en Cristo.
Pero tampoco hay fe auténtica, si el mensaje no responde totalmente a la verdad de
Cristo.
Dos mentalidades teológicas
De esta antinomia resultan dos concepciones teológicas diferentes: la primera se mueve
en el mundo de las ideas abstractas e imperturbables, con el riesgo de confundir los
conceptos con el misterio que los., y poner un muro entre las enseñanzas y los hombres
a los cuales éstas deberían interpelar. Los teólogos que tienen esa mentalidad no se dan
cuenta de esta separación y de que el mundo pide no teorías, sino contacto con la
realidad. El resultado es una teología angustiada y cauta. Consideran la verdad como un
monolito y no distinguen los diversos niveles de certeza, ya que toda su preocupación
consiste en poner la verdad al abrigo de cualquier peligro. Por falta de información,
confunden, a veces, la Tradición con las opiniones corrientes en los últimos siglos, o
sea, con sus concepciones habituales poco controladas. Llegan incluso a considerar
como novedades sentencias pertenecientes a una tradición más auténtica y más antigua,
pero olvidada. En consecuencia, se vuelven fácilmente recelosos y .son partidarios de
una doctrina segura. Su teología tiene un aire polémico y negativo. La prudencia de esos
teólogos, aunque un poco miope, tiene su explicación: la historia de las herejías les hace
muy circunspectos.
En cambio, el otro tipo de teólogos podría, de algún modo, sacrificar cualquier cosa a la
angustia de no llegar al interlocutor concreto de hacer tarde y de perder el contacto con
el mundo moderno, aunque esto implique un cierto riesgo de ceder de las exigencias
fundamentales en favor de una moda pasajera e incierta. Con todo, esta segunda
concepción teológica está lejos de querer relativizar el dato revelado, que respeta
incondicionalmente. Este tipo de teólogos está convencido de que su visión de la verdad
no se identifica con la verdad misma. Sabe muy bien que nuestras categorías
intelectuales apuntan a la verdad y la alcanzan, pero sin poderle dar una expresión
adecuada. Tiene un mayor sentido de la historia y, aunque cree que lo que la Iglesia
define es irreformable, lo considera, a pesar de todo, susceptible de una clarificación
mayor y de un enunciado más lúcido. Un concilio puede perfeccionar la definición de
un concilio precedente, por ej. marcando con mayor nitidez cómo una doctrina
solemnemente definida, pero parcial, se inserta en un complejo doctrinal más amplio.
La historia así lo demuestra.
El que un pensador opte por una u otra de estas dos alternativas depende de su
temperamento, de su educación, de su preocupación dominante y del contexto históricocultural en que vive. En todo caso el factor decisivo será el talante intelectual y una
apertura de espíritu mayor o menor. Pero sean cuales fueren las preferencias personales,
será preciso tender hacia la comprensión mutua y hacia un sano equilibrio.
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II. EL SENTIDO DE LAS PREOCUPACIONES DOMINANTES
La divergencia de las dos corrientes teológicas resulta aún más clara cuando se
examinan más de cerca las discusiones sobre la finalidad de la enseñanza teológica:
¿Qué significa exactamente la intención ecuménica, la forma escolástica, el aspecto
jurídico y el carácter pastoral que se reclama o se critica?
La intención ecuménica
El empeño ecuménico quiere promover la unidad de los cristianos, no simplemente
condenando o refutando, sino preparando las vías de un mutuo entendimiento con la
esperanza de una reconciliación en consonancia con la voluntad de Cristo. Intenta una
exposición equilibrada de la verdad total, sin dejar en la sombra ninguno de sus
aspectos. Trata de descubrir los elementos de verdad que subsisten en las confesiones
no católicas y de limitar y restringir en su medida exacta los puntos de desacuerdo
aparentemente irreductibles. Para esto se esfuerza en conocer y comprender mejor a los
hermanos separados, sus doctrinas y preocupaciones, con la intención de facilitar un
acercamiento y neutralizar los factores no teológicos de división.
El sistema antiguo, amante de la polémica y de la controversia, ponía el acento sobre
una verdad' generalmente parcial, precisamente la que era cuestionada por el adversario.
Este método adolece de unilateralidad y tiende a endurecer las posturas, ya que deja
fatalmente en la sombra el aspecto complementario de lo que se afirma. Un ejemplo
clásico sería la defensa por parte de la teología postridentina del sacerdocio ministerial,
desacreditado por la Reforma, que conlleva una reticencia, considerada hoy deplorable,
con respecto al sacerdocio universal de los fieles. Una atmósfera más serena nos permite
hoy valorarlo como es justo.
Desde el punto de vista doctrinal el problema ecuménico sólo existe cuando se toman
en serio tanto los puntos de acuerdo como las discrepancias. El ecumenismo dejaría de
existir en el momento en el que se diese a entender que, en el fondo, decimos lo mismo.
Se exige la más completa sinceridad, si es que queremos respetarnos, para acabar
reconciliándonos sin segundas intenciones.
Reducir al máximo las reacciones emocionales y las suspicacias es la condición previa
para establecer con claridad dónde empieza la diferencia propiamente doctrinal: Desde
los tiempos de la Reforma las cosas han cambiado mucho y la actitud de la Iglesia
también. Sin ir más lejos, el Papa Juan XXIII ha podido hablar no en el lenguaje duro de
la condena, sino con una actitud de comprensión y de diálogo. El ecumenismo no es un
fenómeno tan reciente. Pero el deseo de comprensión y de paz es hoy más vivo que
nunca. Roma no ha titubeado en reconocer que el Espíritu unificador trabaja en el seno
de las comunidades no católicas.
La forma escolástica
En todas partes se respira un cierto desafecto hacia la escolástica. Se la ha considerado
un método puramente escolar, característico de los manuales de dogmática, que se
precia de ser una exposición sumaria, netamente dividida, clara y sistemática, y que se
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fija sobre todo en las nociones teóricas, sin insistir en los matices y sin preocupación
por las reacciones religiosas o las resonancias kerigmáticas. Va bien para los
principiantes, pero por sí solo es insuficiente y puede fácilmente inducir a pensar que el
"adversario" es corto o va de mala fe.
Si por "escolástica" entendemos la teología especulativa*, hay que decir que ese análisis
respetuoso, que, partiendo del dato revelado, reflexiona en profundidad y en armonía
con el dogma, se ha practicado siempre y hoy más qué nunca es necesario. Pero más en
concreto todavía, la escolástica* es la teología de las grandes Escuelas medievales, cuyo
apogeo se sitúa en el Siglo XIII y que se caracteriza, en su corriente dominante, por el
uso del aristotelismo. Reconocemos la inmensa aportación teológica de los grandes
maestros de la Edad Media. En Occidente, todos dependemos y nos beneficiamos de sus
trabajos y vigor intelectual, pero les haríamos poco honor, si en vez de conservar su
espíritu, abierto a todos los aspectos de la verdad; nos convirtiésemos en esclavos de la
letra, huyendo de la confrontación con el pensamiento contemporáneo.
Si en dogmática se impone el retorno a las fuentes, esto no puede significar un saltar por
encima del medioevo hasta la antigüedad, escamoteando el paso por la escolástica. La
Reforma y la Ortodoxia bizantina también han conocido su escolástica. Negarla pura y
simplemente implicaría una pérdida. En la difusión del mensaje hay que abandonar el
idioma árido y exsangüe de la escolástica, para emplear un lenguaje más vivo y
concreto, como el de la Biblia y el de los Padres. Pero no hay que sacrificar el alimento
doctrinal, sino presentarlo asimilable y sin rebajas, para hacer que la generación actual
no se contente con brillantes ilusiones, sino que capte una enseñanza sólida, capaz de
nutrir la vida, es decir: el espíritu, el carazón y el comportamiento.
La presentación jurídica
Se dice que la justicia y el derecho es propio del espíritu romano. Si esto, que es un
elogio, se exagera, tenemos el juridicismo, que tanto le reprocha el Oriente cristiano a la
Iglesia romana. Aunque al precio de un cierto envaramiento, las distinciones del
derecho canónico han contribuido al avance de la dogmática, sobre todo en
sacramentología y eclesiología. Su principal mérito consiste en promover el aprecio de
las personas y protegerlas, ya que ni las cosas ni los seres irracionales son sujetos de
derechos y deberes. Se admira el orden, la claridad y la moderación del genio latino y la
Iglesia apela a él para su organización.
Pero, a causa de su carácter abstracto y de sus generalizaciones, la codificación de las
leyes llega fácilmente a olvidar la referencia a la persona, para contentarse con apelar al
ideal, un poco al margen de la vida religiosa real. No se vive de la observancia legal, al
menos bajo la nueva Alianza. El derecho, que es una garantía social, no alcanza la
última realidad sujetiva e interior. Y por esto ha de ser superado por la caridad.
Si el derecho es formal y duro, la caridad es atenta y flexible. El derecho eclesiástico es
sensible a las realidades sobrenaturales, que no podría encerrar en su encasillado, y
respeta la voz de la conc iencia, en la que la persona oye la voz de: Dios.
Los poderes de la Iglesia -doctrinales, sacramentales, legislativos y coercitivos- se
enuncian en la Escritura en términos de amor, de servicio y de libertad. Todo poder
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sagrado es diaconía y no dominación. Si la Iglesia reivindica sus derechos, es porque
tiene conciencia de sus deberes y de su misión de salvar. El Señor ha venido para servir.
Y la Iglesia ha de ser, como El, servidora de la humanidad.
La finalidad pastoral
Para la pastoral, la verdad está esencialmente destinada a ser vivida y no puede
encerrarse en un saber teórico. Así, tratar aparte la teoría y la práctica entraña una
especie de vivisección, que acabaría con la fecundidad del mensaje.
San Pablo saca las aplicaciones morales de la predicación del misterio. La estructura de
sus cartas es siempre idéntica: a la parte doctrinal le sigue la parte parenética, de
aplicación a la vida cristiana. El apóstol quiere que la acción del cristiano no sólo tenga
una motivación, sino también que responda al impulso de Cristo muerto y resucitado.
La moral es el conocimiento práctico de Dios.
Así pues, la instrucción no puede contentarse con la exactitud técnica, sino que ha de
intentar unir al hombre con Dios. La separación entre el dogma y la ética cristia na,
presentada más de una vez como una filosofía apenas bautizada, seca nuestra enseñanza,
tanto especulativa como práctica.
Algunos teólogos sólo quedan satisfechos cuando lanzan sus tesis contra unos
adversarios. Y es así como les viene la inspiración. Pero no se dan cuenta de que un
procedimiento puramente polémico no lleva a buen fin. No impongamos a los fieles el
trabajo penoso y arriesgado de traducir en forma positiva nuestras proposiciones
negativas. Somos nosotros los que hemos de rectificar a tiempo.
Ante Cristo crucificado el escándalo de los espíritus fuertes es inevitable y a la postre
saludable. Pero sería presuntuoso querer provocarlo. Porque no sería el escándalo del
mensaje, sino el escándalo de nuestra estrechez y dureza. Por el contrario, es preciso
iluminar y fortalecer a los más débiles, intentando ayudarles a comprender y a escuchar
su corazón, colocando sobre ellos el yugo suave y la carga ligera de Cristo y no la de los
hombres, por sabios que sean. De esta forma no se sentirán esclavizados sino liberados.
El verdadero teólogo tendrá siempre un alma de padre y pastor.
CONCLUSIÓN
Estas dos corrientes de la teología no deben de combatir entre ellas. Han de juntarse,
purificándose de sus deficiencias respectivas y ensanchando su horizonte. Este
despojarse de todo amor propio es terriblemente exigente. Necesitamos el ojo sencillo y
el oído atento, cuando nos habla el Evangelio. Es a este precio que se aprende la
obediencia de la fe, que escucha antes de hablar y que, ante los problemas
controvertidos no rehúsa confesar que no sabe, cuando el Espíritu Santo no ha llevado
todavía las investigaciones a la madurez. Los teólogos no están obligados a decidirlo
todo.
No conviene canonizar toda tentativa que se vista de renovación, pero sería lamentable
cerrarle las puertas al esfuerzo sincero por comprender mejor la verdad Hemos de
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resistir a la sutil tentación de convertirnos en maestros de la verdad y de ser sus
propietarios, en lugar de hacernos sus servidores.
En el Concilio el gran actor invisible es el Espíritu Santo que preside y dirige la
asamblea. A él interrogan los Padres antes de pronunciar su placet (sí). Y es él también
el que, en medio de los debates más agitados, asegura la concordia de toda la Iglesia de
Dios. En medio de nuestras disputas humanas, sólo la fe de Cristo saldrá victoriosa.
Tradujo y condensó: EDUARD POU
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