El otro día intentando explicarle a alguien, o tratando de justificar, la

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El otro día intentando explicarle a alguien, o tratando de justificar, la razón por la cual
estudio en la universidad, decía intentando ser modesto, que lo único que quería era
intentar comprender algo antes de que me alcance la muerte. Si acaso una cosa, ya
sería suficiente. Pero al poco de haberlo dicho reflexionaba sobre mi deseo, dándome
cuenta de que en realidad era muy pretencioso y atrevido, pues probablemente sea ese
misterio, el del fundamento de las cosas que vivimos, lo que como regla del juego nos
esté siempre vedado. Si os fijáis no he mencionado ni tan sólo la posibilidad de poder
hacer algo útil con algo aprendido, pues eso ya me parece una ambición exagerada.
Aunque nuestra experiencia de hombres sea una experiencia de acción, siento que
siempre es una acción sin conocimiento, una pulsión en no pocos casos patológica.
Algo que no se si es censurable o no, porque si lo supiera estaría mintiendo y
diciendo que ya tengo algo con lo que aliviar mi desaparición. Tal vez, esa vocación a
la acción no sea censurable a condición de aceptarla como una incapacidad de ser,
como deseo de ser otro, como compulsividad en mancillar al tocar. Quizá no sea
reprobable si aceptamos sus impulsos para luego buscar maneras de compensar los
desequilibrios generados.
Y aunque ya veis que mi optimismo sobre la posibilidad de alcanzar algún
conocimiento es mas bien inexistente, y mi trayectoria universitaria es escasa,
probablemente debido a que siempre he creído más en que entendería algo de lo
vivido viviendo, y no he acabado de relacionar nunca lo académico con lo vital, - ni
tan sólo desde que de pequeño iba a primaria conseguí entender lo que tenia que
aprender y relacionarlo adecuadamente con el mundo -, debo decir que siento una
inmensa alegría cuando reconozco que mi contacto en la Universidad de Barcelona
con el pensamiento de la diferencia y las mujeres de Duoda ha sido sin comparación
el único punto donde lo vital ha enlazado con lo teórico y he sentido lo que era
aprender algo como un algo real y cierto. Luego, desde ese punto, he intentado evitar
repetir el error de organizar los sueños en dogmas como ya hicimos durante décadas
muchas personas durante el siglo XX, y desde mi posición más bien complicada de
hombre he hecho algún paso para convertir esta chispa en realidad compartida con
otros hombres, aunque tengo que reconocer que hasta la fecha no he conseguido gran
cosa; por incapacidad manifiesta mia, por lo difícil que resulta hablar de la vida entre
nosotros los hombres, por esa fragilidad nuestra que nos petrifica, por ese terror a
caernos del estándar universal masculino que no sólo nos paraliza si no que nos
propulsa a reaccionar furiosamente con demasiada frecuencia. Una fragilidad violenta
que Victor Seidler de forma tan precisa describe en su artículo de este último número
de Duoda. Aunque también, quien sabe si ese fracaso temporal mio tenga la
explicación en que el paso entre entender algo, o creer que se ha entendido y
convertirlo en una realidad como decía antes sea una aspiración temeraria o cuando
menos un salto enorme.
Desde que Margarita Porete me alumbró y dió en mi una luz en la que mi cuerpo
pequeño vivió momentos gigantescos y Simone Weil intensificó esa llama, hubo un
momento en el que percibí de forma nítida la diferencia entre hombres y mujeres, e
hice movimientos desordenados hacía la comprensión y materialización de ese
sentido. No digo nítida en sus límites ni en sus formas, sino en su existir. Nunca nada
escrito había penetrado dentro de mi de semejante forma, desbordándome y
propagándome tan afuera y adentro de mi al mismo tiempo, desde luego nunca un
texto escrito por hombres. Quizá se aproximaron las poesías de hombres como
Espriu, García Lorca, Martí i Pol, Miguel Hernández... Esa fuente originaria del
pensamiento me alcanzó, pero jamás con la misma intensidad ni aportándome lo que
las autoras que he mencionado y muchas otras más como Teresa de Ávila, Maria
Zambrano o Luisa Muraro, me aportaron. Súbitamente reconocí la autoridad
femenina como algo evidente. No como la llave maestra de cosas que podrían
producirse pero si como un asidero fundamental para rescatarnos los hombres de
nuestra entropía extrema. “El máximo de autoridad con el mínimo de poder” una
fórmula inventada por vosotras, como dice Luisa Muraro en su artículo de esta última
Duoda.
Me pareció obvio que las soluciones debían estar sobretodo en nosotros los hombres,
pero no he dado con la manera de mover ni un átomo en la masculinidad que me
envuelve y de la que soy parte, y peco por seguir buscando refugio sólo en vosotras
arriesgándome a no ser ni un pequeño soplido en mi sexo que propicie algún viento
futuro. Me contradigo constantemente porque digo que sólo quiero entender una cosa
y ya estoy embarcado o intentando envolverme en transformaciones atmosféricas de
tamaños imposibles e inimaginables, pero creo que la contradicción es una fuerza
mágica y poética, con la que tenemos que trabar una relación fructífera, como la que
producen las paradojas. Una fuerza diría yo que hasta cómica, porque la comicidad
funciona perfectamente mediante contraposiciones chocantes como el humor de Pat
Carra que se nos revela en sus preciosas viñetas. Y lo cómico no está para nada
reñido con esa fuerza mágica de la que hablaba. Como ella demuestra, lo menos serio
tiene una fuerza frecuentemente incalculable, y la contradicción bien orquestada suele
producir resultados sobresalientes.
Pero volviendo con la dificultad que los hombres tenemos para abordar la diferencia
de forma nutritiva y creativa, quería comentar que intentando responder a una
pregunta que Milagros Rivera me hizo en una presentación de este trabajo que se ha
convertido en artículo, en la que creo que me preguntaba cual era la razón de nuestra
tendencia al desarraigo o a la soledad, le dije, mucho más tarde por correo, que creía
que la especie humana responde a un fin de expansión de la vida en el universo, a un
impulso de salir de La Tierra para continuar con esta fuerza controvertida que es la
vida, que vulnera los principios de la termodinámica y que propulsa la neguentropía
dentro de un universo supuestamente en expansión y en camino hacía un estado de
inmovilidad absoluta. Los hombres somos caóticos y actuamos sin conocimiento, con
una pretendida razón que no es más que una epistemología de la acción inconsciente,
porque somos el vehículo de salida de la vida de este planeta (vida que no tiene
porque ser humana), y las mujeres sois quienes tenéis el vínculo con la vida, la
autoridad para recordar cual es el fin de nuestra tendencia al caos y al desarraigo; el
orden y el re-arraigo en la vida. Pero eso hoy se halla descoordinado, pues en este
largo patriarcado que acaba, la brecha entre simbólicos femenino y masculino,
aunque parezca extraño, se ha ido agrandando de forma peligrosa, llegando a dominar
hoy un caos profundo en el que impera una sed insaciable de mancillar, de no-ser y
como consecuencia de poseer al otro, a lo otro, a la otra, de fagocitar la alteridad, que
apenas se disimula con barnices igualitaristas. Un desorden que nos lleva hoy en día
al riesgo de que todo se desbarate definitivamente. Milagros me respondió que había
demasiados puentes en mi pequeño texto y no insistí más en profundizar en algo tan
extremadamente complejo. Me sentí incapaz de desarrollar mis meras elucubraciones.
Pero a pesar de los sinsabores que comporta navegar por aguas inciertas, el artículo
que Milagros me animó a escribir sigue siendo ahora mismo el motor que me
mantiene ilusionado y atento a todo lo que las mujeres del pensamiento de la
diferencia construís y no pierdo la esperanza de que algún día pueda convertirlo en
esa cosa que habré aprendido e incluso contaminado a otros. Debía haber empezado
por esto, por agradecer a Milagros la oportunidad y la felicidad de colaborar en la
revista Duoda con mi modesto escrito, y a las mujeres del pensamiento de la
diferencia por abrir semejante ventana en mi corazón. Mi escrito buscaba
fundamentar un poco la experiencia que vivo leyendo a las autoras en relación a la
autoridad femenina, no se si lo habré logrado, y luego sobretodo aprovechar la
oportunidad para invitar a otros hombres a hablar sobre estas cuestiones de forma
abierta y directa, siguiendo el ejemplo de vuestros grupos de mujeres o haciéndolo de
una forma distinta, no se, tampoco importa ahora mismo de que manera, importa más
empezar de algún modo. No creo que la vía de reformulación masculina, por decirlo
de alguna manera, pueda ser completamente propia, os necesitamos, necesitamos la
autoridad femenina, porqué está claro que vuestro vínculo con la vida es más fuerte y
experimentado, y es ese vínculo el que hay que tejer en la masculinidad para evitar
nuestra deriva en ninguna parte.
En esta Duoda, Victor J Seidler dice en un momento concreto que “Existe una
debilidad en la política de los hombres anti-sexistas que consiste en que los hombres
estan a menudo atados a una cultura de la auto-negación... [...] que indica que se
sienten incómodos acerca de su masculinidad. A menudo esto significa que los
hombres anti-sexistas encuentran más fácil hablar del sufrimiento de las mujeres en
manos de la violencia masculina que hacerlo sobre sus propias experiencias como
hombres”, yo me atrevería a añadir que no sólo hablar sobre sus propias experiencias
si no de reflexionar sobre ellas usando la autoridad femenina como referencia
importante para colocar nuestras propias experiencias en el mundo.
Y es que mi experiencia es esta. Todas estas inquietudes que os comento surgieron en
mi gracias a la profesora Patricia Martínez Álvarez en un aula de Historia Universal,
y fue a partir de esta experiencia académica tan especial que realizando un trabajo
sobre Margarita Porete entré en contacto con la revista Duoda. Desde entonces leo
vuestra revista sin perderme un número, y no paro de encontrar orientaciones, rutas,
luces, que al tiempo que me ayudan a comprender mejor muchas cosas, siento que
coinciden con muchos de mis sentimientos. Es un regalo enorme el que nos hacéis a
los hombres con vuestra experiencia y su reflejo en la revista, y lo es aun mayor el
que nos dejéis un espacio en la publicación, en especial en Barcelona, lugar en el que
por el momento no hemos sido aún capaces de gestar nada tan precioso. Ya no digo
con el mismo nivel intelectual, que resultaría para nosotros creo que difícilmente
alcanzable, sino en el mero sentido del proyecto vivo y transformador que es. En este
número ya he podido consolidar mi cariño por la revista leyendo una vez más a Luisa
Muraro, a Victor Seidler, a Pat Carrá, por primera vez a Marirí Martinengo, y
gozando de este simbólico riquísimo para mi que es el vuestro, el de todas las
mujeres que impulsáis Duoda, en el que la política no tiene porque estar
obligatoriamente tejida al poder, ni a su aplicación violenta, si no a una autoridad
deseada.
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