Podría parecer algo innecesario hablar de lectura y escritura en un

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ES MÁS FÁCIL ATRAPAR UN CONEJO,
QUE ATRAPAR A UN LECTOR
CONRADO ZULUAGA
Podría parecer algo innecesario hablar de lectura y escritura en un congreso de Bibliotecas
Públicas. ¿Acaso lo que se hace allí no es leer y escribir? ¿Y no se va a la biblioteca con el
propósito de informarse, formarse o, simplemente, pasar un rato con un libro? ¿Acaso no
se toman notas, se redacta una petición, se escribe una carta de amor o un cuento a partir
de esas lecturas? Así es, a la biblioteca se va a leer, a reflexionar acerca de lo que se ha
leído, a pensar en lo que se va a escribir. Pero, ¿es así para todos? Me temo que no.
La biblioteca sigue siendo un sitio para los estudiantes indisciplinados. Allá los mantienen
quietos y en silencio, o es también un lugar con montones de libros arrumados que nadie
mira. Para los políticos, un lujo que le entregan a una comunidad en busca de una
retribución en votos. Pero la biblioteca no es un cepo, ni una botín, ni un lujo, es un
espacio de libertad y de encuentro con lo mejor del espíritu humano, un derecho de la
comunidad. La palabra Biblioteca viene del griego biblion, rollo de papiro. Berosio,
sacerdote y adivino que escribió una historia de la civilización, atestigua que antes del
diluvio la capital del mundo se llamaba Todos los Libros. Y en el Ramesseum en Tebas, a la
entrada de la biblioteca podía leerse Casa de los sueños del alma. Si fue así o es una
leyenda no importa, lo valioso es comprobar la función que ha desempeñado el libro
desde tiempos remotos.
¿Y la lectura? Es una pregunta que tal vez se hacen a diario muchos de ustedes. A mí me
gustaría pensar que todos ustedes. Es un interrogante que también se formulan
escritores, profesores, sociólogos, editores, libreros y, a veces –pocas veces– también los
políticos. El asunto es que hay muchas respuestas, tantas como seminarios y simposios.
Ahora el dilema se reduce a qué hacer para que al final de esta intervención ustedes se
queden con un gramo de verdad, como escribió Virginia Woolf; porque el deber de un
conferenciante es, afirmaba la escritora inglesa, "ofrecerles después de una hora de charla
una pepita de verdad pura, que ustedes envolverían en las hojas de sus libretas…”. Yo no
soy un experto. Estoy por alcanzar la divisa de Cervantes, llegar a ser ese personaje al que
está dirigido el prólogo de El Quijote: un “desocupado lector”. Leo, edito libros y los
compro a un ritmo mayor que mi capacidad de lectura. Leo varios al tiempo, me encanta
el oficio de producirlos y soy incapaz de dejar en los estantes de las librerías las nuevas
ediciones de aquellos que me gustan. Por fortuna no son muchos: Cien años de soledad,
La montaña mágica, la Iliada, la Odisea, Las mil y una noches, las cartas de Kafka, algunas
novelas del Faulkner, los poemas de Maqroll el gaviero.
Pero no vine a hablarles de mí. “Hay pasiones –dijo Tomás Granados, director de la
colección Libros sobre Libros– que no admiten explicación. Acumular libros es una de
ellas”. Quiero entonces mencionar algunos casos de lectura, con el ánimo de que
obtengamos un atisbo de luz en nuestro empeño por crear más lectores.
En un pueblo del oriente antioqueño, vivía a principios del siglo pasado un hombre,
propietario de una finca en el camino del río Nare. Todas las noches, aquel hombre,
tapaba los resquicios de puertas y ventanas de su casa que daban a la calle, para que no se
viera desde afuera la luz vacilante de las velas, y le leía a su mujer los libros prohibidos de
Víctor Hugo. Ese pueblerino era mi abuelo materno.
Supongo que de ahí viene, en alguna medida, mi afición por la lectura, aunque debo
advertirles que conocí la anécdota cuando ya estaba perdido por los libros. En todo caso
no pretendo sostener que el vicio incurable de leer sea congénito, aunque tampoco se
puede descartar que la escena de alguien leyendo, ajeno al ajetreo del mundo que lo
rodea, pueda conducir a quien la mira a abrir un libro.
Llevamos muchos años desarrollando campañas para promover la lectura, y cientos de
instituciones
–bibliotecas,
organismos
nacionales
e
internacionales,
entidades
particulares– trabajan con ahínco para hacer de ella un hábito. Ya es hora de aceptar que
leer, antes que un hábito o una costumbre, es una pasión que se debe transmitir y para
ello, hay que seducir. De lo contrario seguiremos como en la noria, dando vueltas sin
avanzar un palmo.
Y esa pasión, ese vicio impune –como lo llamó Valery Larbaud– hay que distinguirlo muy
bien del estudio. Estudiar y leer son dos cosas diferentes, pero desde hace unos cuantos
años se confunden y las dos palabras se utilizan como si nombraran lo mismo. Se estudia
para formarse, para obtener conocimientos y procurarse una serie de herramientas; en
cambio, se lee por entretenimiento, para darle vuelo a la imaginación y perder el tiempo.
Sí, leer no produce dinero, no es una actividad lucrativa, para muchos una pérdida de
tiempo. Hace años, una querida amiga estuvo de visita en casa de un campesino. Y la
conversación giró en torno a para qué servían los artefactos que había en la vivienda.
Todos eran útiles para algo. Al final, mi amiga vio una muñeca colgada de un clavo y
preguntó: ¿Y esta, para que sirve? El campesino no dudó en responder: Pa' bonito.
En cuanto a la diferencia entre leer y estudiar, hace veinte años Fernando Savater lo
señalaba en una de sus columnas: "Algunos entramos un día en los libros como quien
entra en una orden religiosa, en un secta, …el efecto de los libros sólo se sustituye o se
alivia mediante otros libros. Con razón los adultos que se encargaron de nuestra educación
se inquietaban ante esa afición sin resquicios ni tregua,.… De vez en cuando se asomaban
a nuestra orgía para reconvenirnos: '¡No leas más! ¡Estudia!'".
El escritor español reconocía, además, que la escogencia de argumentos racionales y
sensatos para inducir a la lectura no es la más apropiada, pero se repiten una y otra vez
para no asustar a educadores y educandos. Y cierra su texto con la confidencia de Manlio
Sgalambro, filósofo, escritor y compositor italiano en su libro Del pensare breve: " Puede
que sólo por eso merezca la pena existir, por leer un libro, por ver los inmensos horizontes
de una página. ¿La tierra, el cielo? No, sólo un libro. Por eso, muy bien se puede vivir".
¿Y la imaginación? Unas líneas atrás se hizo referencia a la imaginación, y a la lectura como
el trampolín que le da vuelo. Pero lo cierto es que se persigue a la imaginación como una
manifestación dañina del carácter, o al menos peligrosa. A la “loca de la casa” hay que
mantenerla a raya. Hace poco el escritor Juan José Millás se preguntaba por qué hemos
separado la imaginación de la realidad, por qué la combatimos cuando en verdad se trata
de una anticipación de la realidad. En un breve texto titulado La vuelta al mundo de Julio
Verne, Millás –con esa desconcertante capacidad que tiene de ver el lado oculto de las
cosas– dice: “Aseguraba Verne que todo lo imaginable es realizable. Sabía, pues, que lo
que llega a la vida pasa antes por la cabeza. Poseía una conciencia excepcional de que lo
que llamamos realidad no es más que una pequeña parte de ella, pues también los sueños
y las fantasías lo son. Más aún: no es que sean realidad, es que conforman lo que
nombramos de este modo. No se puede fabricar un objeto que no haya sido antes un
fantasma en la mente de alguien. No se puede llevar a cabo un viaje (como el de la tierra a
la luna) que no se haya soñado previamente, ni escribir una novela sobre la que no se haya
fantaseado, ni construir una nave de la que no existiera una visión previa. Pese a esta
evidencia, todavía hoy se insiste en colocar entre la imaginación y la realidad una valla
electrificada de tres metros. Es inútil, la imaginación atraviesa la valla por la noche y
aparece como realidad al día siguiente. De ahí la importancia de una imaginación bien
amueblada. (…) Un plan educativo verdaderamente revolucionario consistiría en aceptar la
premisa de que la fantasía conforma la realidad. Curiosamente se combate desde todos los
ámbitos. Por eso hablamos siempre de lo que nos ocurre en vez de hablar de lo que se nos
ocurre. Lo que se nos ocurre, bueno o malo, llega tarde o temprano a la vida, a esa
pequeña parte de la vida que llamamos realidad”.
La curiosidad sufre un trato similar al de la imaginación. Fue hace muchos años. Un día
arribó a Bogotá una colombiana experta en promoción de la lectura, según la Unesco. En
su única comparecencia ante un público ansioso por recibir la varita mágica que haría de
ellos asiduos lectores, empezó diciendo que en su larga carrera había terminado por
conformar un decálogo del buen lector. Su primer punto era el siguiente: 'Nunca me abras
por curiosidad'. Sí, aunque ustedes se sorprendan, eso fue lo que dijo. La curiosidad para
esa señora, como para la Urbanidad de Carreño, es mala educación. Lo que ella nunca
supo –Carreño tampoco, por supuesto– es que todos los libros, incluso aquellos de
materias ajenas a nuestro interés o en idiomas que desconocemos, se abren por
curiosidad. La imaginación y la curiosidad, son dos rasgos característicos de cualquier
lector.
La atracción por la lectura, la afición por ella es el sendero hacia la seducción; mostrarles a
los futuros lectores que abrir un libro es como subirse a un tren cuya trayectoria y destino
final se ignoran. “Muchas veces, decía Ralph Waldo Emerson, la lectura de un libro ha
definido el destino del lector, ha decidido su camino en la vida. La lectura de viajes y
travesías ha despertado la ambición y la curiosidad de un muchacho y lo ha convertido en
marinero y en explorador de nuevos países para toda la vida, en poderoso mercader, en
buen soldado, en puro patriota o en exitoso estudiante de ciencias”.
¿Y la lectura educa? ¿Forma? Claro que la lectura permite abrirse al mundo, ayuda a
conocerse mejor, aumenta el espíritu crítico y, nos hace más humanos, pero todo esto
viene después. Viene cuando se abandona la pasividad inicial frente al texto, cuando la
lectura se convierte en una actividad creativa. Cuando, vuelvo al poeta y filósofo, como lo
proponía Emerson el lector “debe considerar su propia vida como texto y los libros como
comentarios”. En otras palabras, cuando se establece un diálogo, cuando se interactúa
con el texto, cuando el lector alcanza a pensar que lo leído era lo que quería decir pero no
encontraba las palabras apropiadas, cuando tiene el valor para creer que faltó algo en la
lectura y se propone escribirlo. Diversos escritores han sostenido que durante muchos
años buscaron en la lectura algo que no sabían muy bien qué era; algunos textos los
seducían por unas páginas pero nunca quedaban satisfechos. Entonces se vieron en la
necesidad de sentarse a escribir el texto que habían buscado durante años. Esto puede
parecer un desplante, pero no lo es. Es que en el fondo todo este asunto se reduce a dos
agujas y una abundante madeja de lana. Dos agujas: leer y escribir; y una madeja de lana:
la literatura. Así lo planteó otra amiga y la imagen es justa.
¿Y la biblioteca? No es necesario repetir lo dicho unas páginas atrás sobre su naturaleza.
Estas instituciones constituyen en muchos países una pieza fundamental en el engranaje
comunitario. Pero en países como Colombia donde su existencia es precaria debido a los
vaivenes de los gobernantes, es necesario que las bibliotecas encuentren arraigo en la
comunidad. Las bibliotecas públicas del país no pueden estar a merced de las veleidades
de los políticos: uno apoya construir más, el siguiente alega que ya hay bastantes; uno
propone la capacitación y adiestramiento de sus funcionarios, el otro piensa que es un
botín político; un ministro consigue recursos para construir bibliotecas y editar más libros,
pero el siguiente no asegura los recursos y el programa se suspende. Frente a esta
lamentable situación es necesario que las bibliotecas sean una pieza imprescindible para
la vida de la comunidad.
España atraviesa por una dura crisis que ha conducido a recortar presupuestos, lo que
golpea de manera muy especial el sector de la cultura: cine, teatro, danza, música, museos
y naturalmente la actividad editorial y las bibliotecas. Les voy a contar un caso para que
comprendan mejor. A poco más de sesenta kilómetros de Madrid, casi en el extremo
nororiental del área metropolitana de la capital, hay una ciudad, Guadalajara, de 85.000
habitantes, de los cuales 31.650 son usuarios de la biblioteca. En 2007 disponía de
150.000 euros para adquirir materiales que incluían las suscripciones a revistas y las
novedades editoriales. En 2012 esa cifra se redujo a menos de la tercera parte y en 2013
quedó en cero. Entonces, los lectores decidieron que no estaban dispuestos a perder
también el derecho a la cultura y la información. El año pasado pagaron las suscripciones a
62 publicaciones, que antes de la crisis eran más de 200, y fueron a las librerías para
adquirir novedades editoriales que donaron a la biblioteca.
Pero las acciones de los usuarios de la biblioteca de Guadalajara no son meros gestos
esporádicos, socios de la institución desde que tienen memoria, se ofrecieron como
voluntarios para formar clubes de lectura y profesores jubilados donaron los libros de sus
bibliotecas. A todos ellos los anima el sentimiento de que devuelven algo de lo mucho
que han recibido: “Por gratitud”, dice una madre desempleada desde hace más de dos
años, al recordar la felicidad de su hija cada vez que acudía a un club de lectura en la
biblioteca.
Si la comunidad es consciente de que ésta le presta un servicio y contribuye a su bienestar
y desarrollo, la comunidad está dispuesta a ayudar, a apoyarla y defenderla de las
veleidades y los oportunismos, de las crisis y de los recortes presupuestales.
En los últimos cuatro años se construyeron y dotaron en Colombia 101 nuevas bibliotecas.
Hay que valorar este esfuerzo, pero no podemos darnos por satisfechos. Una red de 1.404
bibliotecas públicas quiere decir 2 bibliotecas por cada 100.000 habitantes. España tiene
14 y Finlandia 17. De modo que es necesario persistir en este empeño: construir más
bibliotecas y producir más libros, para ponerlos al alcance de los lectores. No por la
manida y falsa consigna de “cerrar la brecha”, sino para que esta, al menos, no sea más
amplia y profunda.
¿Y los bibliotecarios o bibliotecólogos? A ellos hay que apoyarlos porque como concluye la
periodista del artículo sobre la biblioteca de Guadalajara, son –como fueron los
bibliotecarios sumerios hace cinco mil años– los ordenadores del universo.
Pero los bibliotecarios colombianos soportan un sistema, como en el caso de los maestros,
que los lleva a veces a decir y hacer tonterías. El otro día alguien tropezó con una reunión
de ellos y uno de los participantes comentó que había pedido a la dirección general que
no compraran más libros, porque no había donde ponerlos; otro declaró que él había
devuelto las obras de Julio Cortázar y Edgard Allan Poe, porque esos escritores había
pasado de moda; un tercero, a la pregunta de por qué los libros infantiles estaban en las
estanterías más altas, dijo que los habían puesto allí para que los niños no los dañaran. La
legislación colombiana establecía, hasta hace poco, que los libros de las bibliotecas
públicas eran bienes no fungibles, es decir, que no se gastaban. Esto significaba que libro
que se perdiera o dañara o se acabara, debía reponerlo el bibliotecario. De modo que ante
semejante dislate, son comprensibles las medidas que toman algunos. Pero los niños que
desde pequeños están familiarizados con los libros aprendieron, después de romper
alguno, que hay que tratarlos con cuidado. Y los que por primera vez tienen la experiencia
de coger un libro entre sus manos en una biblioteca pública, cuentan con la buena
voluntad y el deseo de ayudar del responsable de la sala que debe enseñarles cómo
tratarlo, de modo que comprendan que si lo dañan, ocurre como con los juguetes, se
vuelven inservibles.
En cuanto a los autores que ya pasaron de moda, es bueno tener presente que los únicos
libros que pasan de moda son los libros prácticos. Los avances científicos y tecnológicos,
los nuevos modelos organizacionales, las novísimas teorías sociales, etc., conducen a que
muchos libros se encuentren en permanente renovación debido al tema que tratan. Pero
la literatura no pasa de moda y menos aún los clásicos, porque recrean una experiencia
humana memorable.
Es deber de los bibliotecarios propiciar el acercamiento a esos libros que supuestamente
"pasaron de moda", es su deber buscar la actualización constante de sus fondos
bibliográficos, y también encontrar espacios para los nuevos títulos. Pero si no hay
voluntad de enseñar a los pequeños a usarlos, de conducir su curiosidad hacia los libros
que esperan ser abiertos, de preocuparse por obtener los nuevos títulos, de encontrar
espacios para las nuevas adquisiciones, la biblioteca está condenada al fracaso.
¿Pero leen quienes promueven la lectura? Esta es una pregunta innecesaria, pensarán
ustedes. No, no es así. Hace unos años en una universidad de Bogotá, les pidieron a los
profesores de literatura que suministraran las bibliografías de sus cursos. El 70% de esas
bibliografías terminaban en el año en que se graduaron.
¿Puede alguien que no monta a caballo, transmitirle a otra persona el placer de galopar,
de ir al trote corto por un camino de tierra o al paso por un sendero mientras contempla
el horizonte y el animal avanza con las orejas erguidas atento a cuanto lo rodea? No
parece posible. Con la lectura ocurre lo mismo: alguien que no lee, o dejó de leer hace
tiempo, no puede transmitir la afición por la lectura, el placer de abrir un libro. Si no hay
fervor en el empeño porque alguien se aficione a la lectura, si no hay entusiasmo al
mostrar cómo cada autor funda un lugar propio que vale la pena explorarlo, es muy difícil,
casi imposible, conseguir un lector. "Es más fácil atrapar a un conejo, que atrapar a un
lector", declaró García Márquez en una entrevista.
En el texto ya citado de Juan José Millás, el escritor relata cómo llegó a la lectura: " …las
novelas de Verne poseen muchos de los ingredientes de ese género que llamamos 'de
iniciación'. Son en efecto, iniciáticas, tienen la capacidad de fundar un proyecto, de colocar
las bases de una existencia.
"Por mi parte, quiso el azar (esa forma, según Borges, de casualidad cuyas leyes
ignoramos) que la primera novela que leyera en mi vida fuera Cinco semanas en globo.
Aclarémonos: yo no era lector. Yo era un niño que pasaba muchas horas en la calle y que
en invierno, para combatir el frío, se metía a ratos en una biblioteca pública de su barrio
en la que había calefacción, pero donde era obligatorio permanecer callado y quieto: tal
era el precio del calor. Un día, por puro aburrimiento, ese niño se levantó de la mesa, se
acercó a una de las estanterías, extrajo de ella un par de libros que devolvió a su lugar
después de examinar sus portadas. Su dedo índice continuó recorriendo los lomos de los
volúmenes, como la aguja de la ruleta que recorre las casetas de los números, hasta que se
detuvo en Cinco semanas en globo. La ilustración de cubierta mostraba un globo con la
canasta medio desprendida y a cuyos restos se aferraban desesperadamente dos o tres
personas. El niño regresó perezosamente con el libro a la mesa, lo abrió, leyó sus primeras
líneas y se precipitó en el interior del relato como el que tropieza y cae por las escaleras
que conducen al sótano. Un instante fundacional. Allí nació, sin duda, la idea del libro
como sótano, como lugar simbólico en cuyo interior estás a salvo de todo, excepto de ti
mismo. El libro como salvación, la lectura como venganza.
"El niño no era socio de la biblioteca, por lo que no podía tomar el libro prestado para
llevárselo a casa. Cuando llegó la hora de cerrar, se desprendió de él como si se
desprendiera de un brazo o una pierna. Regresó al hogar incompleto. Los libros, desde ese
instante, se habían convertido para él, no en una herramienta, sino en una prótesis, es
decir, en algo que venía a sustituir una amputación misteriosa de la que hasta ese
momento no había sido consciente. Ya no podría vivir sin ellos. Al día siguiente, media hora
antes de que abrieran la biblioteca, el niño estaba ya a sus puertas para ser el primero en
entrar, no fuera a ser que alguien cogiera antes que él la novela comenzada el día anterior.
No habría podido soportarlo. Durante los siguientes días viajó en aquel globo junto al
Doctor Fergusson, su criado Joe y su amigo Dick Kennedy. Partieron de Zanzíbar y
observaron África desde el cielo. El niño todavía no se ha bajado de ese globo".
Aquí, creo, hay una pepita de verdad. Para los lectores, el libro es una parte suya, y la vida
es inconcebible sin ellos pues constituyen una prolongación de su corazón y su cerebro, de
su imaginación y su memoria.
Colofón:
"Algunas veces he soñado, al menos, que cuando llegue el día del Juicio Final
y los grandes conquistadores y juristas y hombres de Estado
vayan a recibir sus recompensas –sus coronas, sus laures, sus nombres
esculpidos indeleblemente en mármol imperecedero–
el Todopoderoso se dirigirá a Pedro y le dirá, no sin cierta envidia
cuando nos vea llegar con nuestros libros bajo el brazo:
'Mira, estos no necesitan recompensa. No tenemos nada que ofrecerles aquí.
Han amado la lectura'".
Virginia Woolf
© Conrado Zuluaga, 2014
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