lazos familiares - conferencia general

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Conferencia General Abril 1976
LAZOS FAMILIARES
por el élder William G. Bangerter
Ayudante del Consejo de los Doce
P
or dedicación a la obra genealógica, nuestra familia ha seguido las líneas de
nuestros antepasados hasta el año 1500. Un día conté los apellidos en nuestras
hojas familiares y encontré que desciendo de 226 líneas familiares conocidas.
Infinidad de personas, cuyas familias provinieran de Suiza o Inglaterra, al revisar sus
hojas familiares encontrarían los mismo apellidos que aparecen en las mías. Esto
indica que todos tenemos un verdadero parentesco basado en lazos sanguíneos.
En mi hoja familiar conté 650 nombres de personas a las que identifico como mis
progenitores directos. Pero he calculado que si pudiera llenar todos los espacios
vacíos que aparecen en la gráfica de la hoja familiar retrocediendo sólo hasta el año
1500, tendría de quince a veinte mil nombres de mis ascendientes directos; y si
agregara a ésos los nombres de sus hijos, tendría un árbol genealógico con cincuenta
o sesenta mil personas, todas de parentesco cercano.
A causa de los intensos esfuerzos de mi madre y otros miembros de la familia, se
han reunido varios miles de nombres de mis parientes muertos. Siguiendo la doctrina
de la Iglesia, estos nombres han sido llevados al templo para efectuar las ordenanzas
a fin de que cuando nos encontremos con ellos después de esta vida, podamos
reconocerlos no sólo como miembros de nuestra familia, sino como hermanos en el
evangelio.
También me he dado cuenta de que, aun en una familia donde se ha efectuado
un extenso trabajo genealógico, la mayoría de la obra todavía está por hacerse.
También existe otra clase de lazos en nuestra vida que no tienen que ver con el
parentesco sanguíneo.
He oído los testimonios de muchas personas que se han unido a la Iglesia. Casi
invariablemente comentan cómo, después de seguir diferentes filosofías o religiones,
cuando se unieron a la Iglesia se dieron cuenta de que habían encontrado su
verdadera familia; espiritualmente hablando, se sentían de nuevo en su hogar.
He tenido en los negocios cercana asociación con un hombre a quien considero
un amigo querido. Ocasionalmente hemos hablado de religión y, aunque no ha
mostrado interés en unirse a la Iglesia, ha investigado muchas filosofías religiosas,
incluyendo iglesias protestantes, la teoría de la reencarnación, ciertos aspectos del
espiritualismo, grupos pentecostales y asociaciones cristianas. Una vez le dije que
algún día se unirá a la Iglesia. Cuando me preguntó cómo podía yo decir eso, le
respondí que cualquiera que busca algo seriamente como lo hace él, nunca estará
satisfecho hasta que encuentre la respuesta correcta; pero cuando se una a la Iglesia,
sentirá que ha encontrado "su hogar" y no buscará más.
Este es el sentimiento de los miembros de la Iglesia. Desde los tiempos de
Jesucristo, los prosélitos de su Iglesia se llamaban unos a otros hermano y hermana;
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esto no era por casualidad, sino a. propósito. El Salvador nos enseñó a orar a nuestro
Padre que está en los cielos y se refirió a sí mismo como el Hijo de su Padre y
frecuentemente habló de los miembros de la Iglesia como hijos de Dios.
Evidentemente, esto indica que existen lazos familiares que nos unen. Cuando fui a
Sudamérica como un joven misionero, me di cuenta de que la gente que veía allí era
diferente; hablaban un idioma extraño, algunos tenían piel morena, cabello y ojos
oscuros y me sentí perdido entre ellos. No comprendí sino hasta mucho después que
el extraño era yo.
Pero ahora, luego de haber pasado varios años entre ellos, cuando me dirijo a
esos lugares no hallo diferencia entre los americanos del norte o del sur, sino que me
siento tan a gusto entre ellos que ya no me doy cuenta de si tienen el pelo negro o si
el color de sus ojos y piel es diferente. Ni siquiera me doy cuenta de las diferencias de
idioma.
Ellos son mis hermanos. Les ofrezco todo mi amor y me lo devuelven multiplicado
en tal forma que los siento tan cercanos como si fueran de mi propia familia.
Ahora, al leer las Escrituras, me doy cuenta de lo que el Salvador quiso decir
cuando se encontraba visitando cierta casa y un mensajero le informó que su madre
y sus hermanos estaban esperándolo afuera, El se volvió hacia el hombre y, no para
menospreciar sus lazos familiares sino para enseñar una lección especial, dijo:
"¿Quién es mi madre, y quiénes son mis hermanos?"; luego, señalando a sus
discípulos: "He aquí mi madre y mis hermanos. Porque todo aquel que hace la
voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, y hermana, y madre"
(Mateo 12:48-50).
En su carta a los santos de Efeso, Pablo describe el mismo tipo de experiencia que
yo tuve en América del Sur: "Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino
conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios" (Efesios 2:19). Las
palabras "miembros de la familia" ¿no describe acaso una relación?
Yo deduzco que Dios el Padre, después de haber esparcido a sus hijos por la
superficie de la tierra para ganar experiencia, desea que vuelvan a su presencia.
Nosotros, a quienes como Pedro dijo, "el Señor nos ha dado preciosas y grandísimas
promesas" (2 Pe. 1:4), nos hemos comprometido por esta vida al servicio de nuestros
semejantes que no son tan favorecidos.
Aquellos parientes que se nos han adelantado en el mundo de los espíritus sin
haber recibido las bendiciones del evangelio, no pueden ser olvidados. Pocos son los
miembros de la Iglesia que han sido diligentes; pero una nueva era se abre ante
nosotros. Actualmente se están enviando a los sumos sacerdotes de la Iglesia,
instrucciones para iniciar un programa por medio del cual cada miembro de la Iglesia
pueda recibir ayuda para hallar a los miembros de su familia que se han perdido, y
traerlos de nuevo al redil. Este año se nos ha pedido que guardemos una historia
personal y organicemos nuestra familia. Aunque no existan un templo ni una
biblioteca cerca de nosotros, todos podemos hacerlo. El próximo año se nos darán
otros cometidos y asignaciones, hasta que gradualmente todos los miembros de la
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Iglesia podamos ser eficientes en preparar registros de nuestros familiares que hayan
muerto sin el evangelio.
Si esta obra es verdadera, no ha de estar lejos el día en que podamos hacer la
obra por los muertos con tanta intensidad como la hacemos por los vivos. Esto
requerirá que muchos de los miembros de la Iglesia dediquen años de labor y gasten
grandes cantidades de dinero, para efectuar el trabajo misionero que se lleva a cabo
hoy en día.
Unir a la familia de Dios para la eternidad constituye uno de los propósitos por los
cuales ha sido restaurado el evangelio, y lo cumplimos al unirnos como familia y
obtener nuestras bendiciones en el templo; lo hacemos al invitar a otros a que
acepten el evangelio; lo hacemos al extender nuestra mano através de los muros
espirituales, a nuestros parientes muertos que se fueron de este mundo sin las
bendiciones del evangelio. Si no unimos a nuestra familia, Moroni dice que la tierra
será destruida totalmente a la venida de Cristo (Doctrinas y Convenios 2:3). Que el
Señor nos bendiga para que seamos salvadores y no destructores de la familia de
Dios, lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.
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