La Fuente del Peregrino 2º Parte Por el falso llano que supone el

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La Fuente del Peregrino
2º Parte
Por el falso llano que supone el collado de Navatrasierra caminaba bien entrada
la mañana hacia el cerro existente en la cuerda, y desde el que se desprende hacia el Sur
el Risco Pelado. El camino que sigue la divisoria una vez que pasa por debajo del
tendido eléctrico que suministra energía a La Nava, asciende hacia un cerro cubierto de
maleza; jara y carrascas cubren las laderas de la sierra, por la vertiente sur se encuentran
lozanas, verdes, exuberantes; por la vertiente norte la maleza no levanta un palmo del
suelo y sobre ella se alzan como testigos de un drama los palos renegridos de los jarales
quemados no hace mucho tiempo por un incendio, el cual arrasó esta cara de la sierra
desde carrascalejo hasta Mohedas. La sierra de Altamira se despeña en su cara sur hacia
el valle del Guadarranquejo, presentando pedreras de cuarcita y descuelgues de gran
desnivel dando lugar a la aparición de riscos de gran belleza. Uno de ellos es el Risco
Pelado, que se cierne sobre La Nava con apariencia amenazante. En cambio en su cara
norte, la sierra se deshace en cerros dígitos redondeados que mueren con suaves
pendientes en el llano. Entre los cerros existen valles cerrados en donde crecen los
helechos y los zarzales; a veces algún raquítico robledal o fresneda pone una mancha
verde en el terreno rosado de las márgenes de los barrancos que discurren por la parte
más profunda de los valles.
Subí hasta el promontorio que representa desde esta altura el Risco Pelado y
llaneé un trecho por el Collado del Cura. A mi izquierda arrancaba una gran pedrera casi
cubierta por la vegetación, de la que nacía una garganta que discurría entre los cerros
del Timbornal y de Las Gargantas. Cuando este curso de agua sale al llano se lo conoce
como el arroyo de Las Charquillas. La corriente del arroyo se retiene, con las aguas de
otros arroyos, en el pantano de Carrascalejo, que se veía a lo lejos entre la calima que
iba apareciendo sobre la llanura. Al lado del pantano se extendían desparramadas las
encinas del Toconar y de la Argamasa y más allá el encinar de la Dehesa del Monte
como queriendo alcanzar la Sierra de La Estrella. Como telón de fondo la Sierra de
Gredos partida por el estrato blanquecino de la neblina.
Cerca del arroyo de Las Charquillas, están las ruinas de lo que fue Torrelamora,
el pueblo que se despobló a finales del siglo XVIII, del que todavía pueden apreciarse
las huellas de su caserío y de la base de su torre. Dicen los entendidos, que la causa de
su despoblación se debió a lo insalubre de su ubicación, es decir teniendo en cuenta los
avatares sanitarios de la zona, el paludismo debió ensañarse con sus habitantes, de tal
manera que los fue esquilmando. No es de extrañar, teniendo en cuenta el nombre del
arroyo que pasa no lejos de lo que fue la población, Las Charquillas, lo dice todo: zona
pantanosa donde los mosquitos se reproduciría a su antojo, y con ellos la divulgación de
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la enfermedad con sus picaduras. Así las ruinas, los nombres de los arroyos, de los
cerros, quedan como testigos perennes del vivir duro de las gentes de esta comarca.
Cerros del Timbornal y de las Gargantas
A la derecha dejé los canchos que constituyen la coronación del Risco Pelado.
La visión que se tiene desde La Nava del risco no es la misma que se tiene desde la
divisoria, las dos son verdaderas, pero distintas. Desde el pueblo, los canchos se ven
airosos, y con la luz del atardecer reflejándose en ellos dan sensación de briosos,
desafiantes allá en la altura. Desde la cuerda, el Risco son unas piedras que apenas
sobresalen sobre la maleza. Se cuentan historias de gestas en tiempos de guerra ligadas
a estas piedras. Todos los accidentes del paisaje guardan secretos del paso del tiempo y
de la comedia humana ligados a ellos, las piedras, los ríos, las construcciones, hasta los
viejos árboles. La perspectiva, el punto de vista, es importante contar con ello a la hora
de tratar de averiguar la naturaleza de las cosas. Estos paseos por el campo ponen al que
los lleva a cabo en contacto con el paisaje, y éste se contempla desde tantos puntos de
vista que el que lo percibe tiene que tener en cuenta la perspectiva desde la que se hace
si quiere disfrutar de su naturaleza.
Poco me duró la calma para seguir con el análisis de la perspectiva, pues
comencé a descender por la cuerda hacia otro collado que era el preludio de la subida
hacia el cerro de la Horcada. Pero aún me quedó tiempo para disfrutar de la vista que
tenía de la Sierra del Hospital, de sus cumbres, así: del cerro Fortificado, del collado de
los Carboneros, del Cervales. También de los profundos valles existentes entre la sierra
desde la que contemplaba todo y la del Hospital, como los valles del Guadarranque y
del Guadarranquejo y los serrijones que separan ambos valles.
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El Risco Pelado
Caminé hacia el Este con la intención de llegar al cerro de la Horcada y
descolgarme desde allí al valle donde nace el Navalgallo, antes de que el calor apretara.
Pues era allí, en ese valle, donde se encuentra según las referencias, el objeto de mi
correría por la Sierra de Altamira aquella mañana: La Fuente del Peregrino. Un suave
descenso me llevó hasta el collado de la Garganta, enfrente se levantaba un cerro que
forma parte del promontorio que se remata en el Risco de la Horcada. Desde aquella
situación divisé que precisamente de ese cerro venía un todoterreno que había aparecido
casi en la misma cumbre. Fue como una aparición, nunca pensé que se pudiera andar
por aquellas alturas motorizado, es más, pensé que no se debía andar motorizado por allí
nada más que en caso de necesidad. Pero en fin esperé a ver el desenlace. Observé, que
al enfilar la cuesta abajo que le llevaría a donde me encontraba, tuvo dificultades para
hacerse con el coche y paró para meter la marcha reductora. Cuando llegó a donde me
encontraba le comenté:
-
Camino difícil para andar motorizado.
Ya lo creo.
Soy de Villar.¿ De dónde eres?
De La Nava.
Hombre, no serás familia de …
Bueno, en realidad no soy de allí. Me han nombrado miembro de honor del
pueblo.
¡Ah, ya…!
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Se despidió, siguió por los malos pasos de la cuerda con su todoterreno y yo
comencé a subir el cerro. Mientras subía meditaba sobre lo de ser miembro de honor de
un pueblo, tiene su gracia, porque puedes decir que has nacido en …, pero que tienes el
honor de ser de …, interesante.
El Cerro de la Horcada
No tuve necesidad de llegar al risco, pero me prometí seguir el camino que traía
el todoterreno en otra ocasión, para ver hasta donde se llega por allí motorizado. Es
probable que se llegue hasta el Puerto de San Vicente.
Por fin estaba encaminado hacia el final de la andadura y comencé a descender
hacia el fondo del valle. Sentí una gran emoción llegar al nacimiento del Navalgallo, ya
que este arroyo es el hermano del Pedroso, y juntos, discurren por el llano cerca de
Villar y en sus orillas y charcos disfruté en mi niñez de aventuras pescando rubiales,
cazando ranas y bañándome en sus charcos y siempre recuerdo la leyenda que se cuenta
de los dos nacimientos. En el del Pedroso ya estuve, pero esta era la primera vez que lo
hacía en el nacimiento del Navalgallo.
Comencé a bajar por la ladera cubierta de matas de jara y de roble que no
levantaban un palmo del terreno, hacia el fondo de la garganta. El avance, aunque
cuesta abajo era muy lento, tenía que ir sorteando los troncos quemados de los jarales
existentes antes del incendio. Las rozaduras con ellos acabaron poniendo mi ropa
tiznada cual humero y las piernas cubiertas de arañazos. Lo peor eran los restos de los
troncos que apenas sobresalían y se clavaban en la suela de mi calzado, que como éste
no era muy consistente, temía que alguna astilla lo atravesara y llegara hasta el pie.
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Nacimiento del Navalgallo, donde se encuentra la Fuente del Peregrino
Conforme descendía iba recordando la leyenda del nacimiento de este arroyo
que oí contar de esta manera:
Existieron dos hermanos, Matuceno y Aguilo, de la tribu o tierra Taganana, que
tomó su nombre del río Tagus (Tajo). Vivieron en estas tierras en tiempos de la
conquista romana, y murieron los bravos vetones tras la muerte de Viriato. Sus nombres
quedaron grabados, además de en la memoria colectiva de los habitantes de la comarca
en una estela existente en uno de los pueblos de la comarca.
El pueblo de los vetones, al cual pertenecía la tribu Taganana, junto con el de los
lusitanos, había sido medio aniquilado mediante la traición y el engaño del cónsul
romano Sulpicio Galba, por el año 150 a. de J.C. Este cónsul, reunió a un gran número
de vetones y lusitanos para tratar sobre la paz entre los romanos y ambos pueblos, y lo
que hizo fue asesinarles en masa, cuando estaban reunidos esperando el acuerdo y un
reparto de sus tierras, en el cual debían intervenir los romanos como árbitros. De la
matanza lograron escapar algunos, entre ellos el lusitano Viriato y los tagananos
Matuceno y Aguilo. Lograron reunir entre sus paisanos pequeñas partidas y durante más
de diez años presentaron batalla a los romanos consiguiendo vencerlos en la mayoría de
las ocasiones en que se enfrentaron, lo que llevó a Roma a establecer un pacto de
amistad y no agresión con estos pueblos. El año 139 a. de J.C., el procónsul Servilio
Cepión rompe el pacto establecido y se propone utilizar contra Viriato todos los medios
de la guerra sucia. Así, convence a unos emisarios para que acaben con él, que así lo
hicieron. Entregan a Cepión la cabeza del caudillo.
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Después de las grandes exequias que se llevaron a cabo en memoria de Viriato,
tomó el mando de las desorientadas partidas Táutamos. Con el nuevo caudillo estaban
Matuceno y Aguilo. Pero éste no tenía las cualidades guerreras del anterior jefe y poco a
poco fueron derrotados por los romanos en los sucesivos enfrentamientos, de forma que
muchos de los componentes de las guerrillas, hostigados por los romanos, se refugiaron
en Numancia. Matuceno y Aguilo se volvieron a su tierra, que no era otra que la
comarca en donde se encuentra el territorio que estaba recorriendo aquella mañana.
Servilio Cepión, el cónsul romano, no quería dejar libres a aquellos que tantas
veces habían herido el orgullo de Roma y los persiguió por todas partes para someterlos
a esclavitud. A muchos los cogieron y los llevaron encadenados a Roma, y hasta estas
tierras vinieron para apresar a los dos hermanos. Éstos se refugiaron precisamente entre
estos valles y cerros que iba recorriendo. Hoy arrasada la vegetación por tantas rozas
llevadas a cabo en épocas pasadas y por incendios, el terreno aunque áspero se puede
divisar lo que ocurre en él, lo mismo que veía correr aquella mañana a los ciervos por
las pedreras, pero en aquellas épocas estos valles debían ser terrenos impenetrables para
los foráneos. Pues bien, en la persecución fue herido Aquilo, y cuando estaban a punto
de caer en manos de sus perseguidores, Matuceno mató a su hermano, porque prefería
verle muerto antes que esclavo, y a leyenda afirma que fue en este valle donde ocurrió
el suceso. Él siguió huyendo y poco después, en el valle siguiente, donde nace el
Pedroso, rodeado de soldados romanos se quitó la vida.
La leyenda termina relatando cómo los veneros de las gargantas de ambos valles
convirtieron en agua la sangre que manaba de los cuerpos de los dos hermanos muertos,
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dando origen a los arroyos Pedroso y Navalgallo que, ahora, se abrazan en el prado de
La Argamasa, para seguir unidos hacia el Tajo, saltando sus aguas por entre las peñas
del cauce libremente, como siempre lo habían hecho los dos hermanos.
Recordando la leyenda en el lugar señalado por ella en donde ocurrieron los
sucesos que relata, sentí emoción, pues estos relatos de vida y muerte se adaptan al
terreno en donde se cuenta que se produjeron. Viendo el paisaje uno se imagina mucho
mejor qué pudo ocurrir, para que en la memoria colectiva quedara a modo de leyenda un
trágico comportamiento de los habitantes de aquel lugar.
Ya había descendido hasta lo más profundo del valle, hasta el regajo por el que
corría un hilo de agua que era el único sonido en aquella profunda soledad. De entre los
helechos de las orillas de vez en cuando salían espantados corriendo, en esta ocasión
monte arriba, algunos ciervos, que a media ladera se volvían para mirar al intruso que
venía a perturbarles. Continué por la orilla izquierda del regajo, por las veredas abiertas,
probablemente por los ciervos y jabalíes. Esperaba encontrar algún resquicio sobre la
fuente, restos de alguna pared, una pila, algo. Pero en vano busqué. No hallé resto de
construcción alguna en todo el valle. Conforme bajaba el valle se estrechaba y las
cabezas de los cerros dígitos se elevaban, en sus laderas de entre los helechos y la juncia
se elevaban los troncos quemados de algunos fresnos y robles, y cada vez era más difícil
avanzar. Menos mal que seguía el rastro trazado por los animales en la maleza que
llevaba hacia la salida y hacia el llano.
A través de la uve de la salida del valle se divisaba el llano, y en él se apreciaba
el lugar donde estuvo Torrelamora, enfilado con el cauce del arroyo, si bien es verdad
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que éste se desvía hacia el saliente, lamiendo el cerro para internarse en el encinar del
Toconar y buscando al Pedroso. En la misma salida del valle hay unas ruinas que bien
pudieran ser de un corral de ganado y de un huerto. A partir de este punto comienza el
camino de Navalgallo que llega hasta Carrascalejo.
Eran las doce cuando salí del valle, el sol calentaba y por el camino polvoriento
y tortuoso me dirigí hacia donde había dejado el coche. Mientras dejaba atrás primero
una plantación de frutales y luego unas viñas, pensaba en el resultado de la caminata.
No me había tropezado con ningún resto que pudiera indicar que por allí había habido
una ruta de peregrinación hacia Guadalupe, pero sí que había tenido la posibilidad de
descender desde la cuerda hasta el llano, lo cual me hizo pensar que lo mismo que había
hecho yo, lo pudieron hacer en otras épocas las personas que quisieran trasponer la
sierra camino del monasterio. Es decir que por allí pudieran dirigirse quienes quisieran
unirse al trazado del Camino Real, provenientes de la Jara y no quisieran llegar hasta
Las Ventas de San Miguel. En un mapa del XVIII de la zona, se muestra que el pueblo
que estaba en línea recta con la salida del valle era un importante nudo de
comunicaciones, Torrelamora, y que es posible que desde allí se desviaran por este valle
algunos de los peregrinos que quisieran ir a Guadalupe. La ruta nos la podemos
imaginar: subirían al collado de Las Gargantas y por el collado del Cura llegarían al de
Navatrasierra, por donde descenderían para después de pasar por el asentamiento que
hubiera, tomar el Camino Real por alguna de las posibles rutas conocidas.
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