Opus Manuum

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Opus manuum, trabajo intelectual
y nuevas tecnologías
Estamos en la primera semana que, en el tercer Milenio, celebra esta Asociación, y se nos pide
una reflexión o relectura de los valores monásticos esenciales. Al serme asignado un estudio
sobre el trabajo monástico en sus dos modalidades de manual e intelectual, pienso que es porque
los monjes lo consideramos como un valor esencial. Se nos pide además que lo encuadremos en
el contexto social actual, que se caracteriza por un cambio cultural profundo y de proyecciones
insospechadas. Y la fecha no es precisamente el cambio cronológico de siglo; la segunda mitad
del siglo XX ha sido la época de gestación y aún todavía no hemos salido del túnel. Lo que sí
todos reconocemos ya como una fecha significativa es la caída del muro de Berlín, en 1989.
Respecto a pronosticar el futuro, a lo más que podemos aspirar es a intuir los problemas y las
situaciones que puedan ocurrir. Creo que lo importante es responder al presente con que nos
enfrentamos, conscientes del valor de nuestra respuesta para crear futuro, el cual va a ser en
definitiva el que hagamos nosotros. No nos podemos quedar impávidos ante las estadísticas y los
análisis de las ciencias sociológicas, que pretenden diagnosticar casi con precisión matemática el
futuro, que está en las manos de nuestro fugaz presente.
La tarea que nos proponemos es describir, en un primer momento, este valor del trabajo tal como
lo ha trasmitido la tradición monástica; a continuación daremos una visión de cómo se encuentra
el trabajo en la sociedad actual con sus paradojas múltiples. A partir de ahí profundizaremos en
la dimensión teológica del trabajo, para, finalmente, establecer unos principios operativos a tener
en cuenta, para el futuro de la vida monástica.
2
EL TRABAJO EN LA TRADICIÓN VIVA DEL MONACATO
No nos vamos a detener en el análisis de la tradición; en la semana monástica de 1971 se trató ya
el tema del trabajo monástico1 y en la última semana del Valle se le dedicó un extenso y
condensado estudio2. Tampoco vamos a repetir todo lo que se ha dicho ni compendiarlo; nos
limitamos a establecer las líneas constantes de la tradición y a dar una panorámica muy general
de lo que se vive hoy.
Tenemos como telón de fondo la corriente monástica occidental, plasmada en el monacato
benedictino; creo que todos los presentes nos podemos situar en este contexto. San Benito se
encuentra dentro de la genuina tradición monástica, a la que no se limita a copiar, sino que vive,
encarna y trasmite. Copiar y mantener el pasado es empobrecer y matar la tradición. Este aliento
de su Regla será lo que la gran familia benedictina, bajo sus modificaciones históricas, seguirá a
través de los siglos hasta nosotros.
El concepto y valoración del trabajo a través de la historia del cristianismo y de la cultura
occidental ha sufrido muchas variaciones. Lo que podríamos llamar concepción teológica es algo
muy reciente, de mitad del siglo que acaba de terminar. La valoración del trabajo, y en un
principio del manual, el único que se consideraba en aquel tiempo propiamente como trabajo, es
una constante en toda la tradición monástica. En la corriente benedictina, el trabajo, en su
modalidad de manual, es uno de los elementos fundamentales del engranaje de la jornada
monástica.
Dentro del mismo benedictinismo hay, sin embargo dos maneras de ver las cosas. La corriente
pura benedictina y la cisterciense. Entre los benedictinos no se elimina el trabajo manual, pero no
se le quiere dar excesiva importancia. En la Regla, como acabamos de ver, este trabajo aparece
como un ideal, como una excepción, si no hay más remedio. Dentro de estructura de la jornada,
se combinan la oración, el trabajo y la lectio y se prima a esta última, la cual derivará
posteriormente en el estudio de las ciencias sagradas en general, en lo que luego se llamaría
trabajo intelectual.
Ya entre los monjes de Lerins, anteriores a san Benito, la labor intelectual tenía su importancia.
Es a partir del siglo VII con Casiodoro, cuando el trabajo intelectual, dentro de esta corriente
monástica, empieza a tomar cuerpo, y en los siglos XI y XII es su época de verdadero auge; y su
dinamismo intelectual llega hasta nuestros días, con benéficas repercusiones en múltiples campos
del saber, para bien de la Iglesia y de la humanidad. Lo que la tradición antigua decía del trabajo
manual, los benedictinos lo aplican al a veces duro trabajo intelectual, que ellos consideran como
más monástico y también como fecunda fuente de ascesis.
Císter, por el contrario, hará hincapié en el trabajo manual, yendo más allá de la letra de la Regla
y resaltando el ideal que ella misma señala; los primeros cistercienses querían ser verdaderos
monjes, viviendo del trabajo de sus manos3; en los orígenes de Císter, el trabajo será uno de los
puntales fundamentales de la reforma y una exigencia radical para vivir la pobreza. Ellos, los
pobres de Cristo, rompieron con los esquemas económicos del monacato de la época, basados en
1
Cf. T. MORAL, Crónica de la XII semana de Estudios Monásticos, en Yermo, vol. 13, 1975, pgs. 3-7; cf.
también Cistercium, XXIII (1971), pgs. 296-300.
2
T. CABRERO, El trabajo monástico fuente de comunión fraterna, en Nova et vetera, XXIV (2000) pgs. 101128.
3
Cf. Regla, 48, 8.
3
la economía del regalo, y prefirieron la economía del beneficio, explotar las tierras y su propio
ganado, para vivir independientes del entorno. Aceptan, libres de cargas, las donaciones, que
transforman con su trabajo. Marcaron época en el desarrollo de la agricultura y de la ganadería y
también en los comienzos de la industria, por ejemplo en la hidráulica, en la que crearon una
auténtica revolución industrial. Tradicionalmente fueron criticados, pero supieron defenderse, no
solo con palabras sino con la realidad misma.
El argumento principal en toda la tradición monástica para justificar el trabajo manual y la
interrupción en cierto sentido de la oración constante, vocación única del monje, es la necesidad
material de subsistir, como una condición impuesta a la naturaleza humana, que si pudiera el
monje se la quitaría de encima; tal era el concepto cultural dominante en los principios del
monacato y durante muchos siglos después. San Benito, en una época en que no se daba ya
mucha importancia al trabajo, considera un ideal muy conforme a los Padres del monacato y a la
primera era apostólica el vivir del propio trabajo. Se ha fustigado en toda la tradición el no
trabajar y vivir a expensas de los de los demás. A la propia subsistencia los monjes han añadido
siempre la de los demás, los pobres y peregrinos que nunca faltan en los monasterios. Fue la
motivación primera en el monacato de san Basilio y una de las razones fundamentales del duro y
penoso trabajo de los cistercienses4.
Además el trabajo tiene un fuerte sentido de ascesis. El monje trabaja como por un efecto del
pecado original, siguiendo la línea del Génesis y, al mismo tiempo, para domar el cuerpo y
someterlo al espíritu. La actividad física también coopera al equilibrio físico y síquico de la
persona en orden a su unidad interior. El trabajo exige muchas veces constancia y tenacidad,
buen antídoto contra el mariposeo y la dispersión, una de las mayores tentaciones del ser
humano. El monje ha procurado evitar siempre el exceso del trabajo, porque es consciente de que
en la febrilidad se puede camuflar la huida de la propia intimidad y por lo tanto de Dios.
Equilibrio en el interior del monje y también dentro de la comunidad; el trabajo nos
responsabiliza con la tarea común y nos hace comulgar en el proyecto comunitario; descentra al
monje de sí para el proyecto de Dios y el de los hermanos, dándole la ocasión de la donación de
sí. El trabajo entra, pues, como elemento integrante en la estructura de la vida comunitaria, y en
su talante se puede incluso descubrir la idiosincrasia espiritual de la comunidad; el trabajo
monástico elemento integrador o desintegrante de la vida de comunidad, equilibrio que siempre
tienen en mente los legisladores monásticos.
San Benito propone el principio de que nada se anteponga a la obra de Dios, entendiendo por
ésta no solamente el Oficio divino o Liturgia de las Horas, sino todo lo que dice relación
explícita con Dios; es decir, en la trilogía de oración, lectio y trabajo, la primera tiene la
primacía. El trabajo y la actividad intelectual no pueden ahogar la oración, primera obligación
del monje, sino que el trabajo mismo se tiene que convertir en oración, su tarea constante.
Dentro de la tradición monástica, el trabajo se ejecutaba siempre en un clima envolvente de
oración; la mente se concentraba en Dios mientras las manos se movían haciendo cualquier
labor; durante el trabajo se recitaban o se cantaban salmos. San Benito, sin embargo, no explicita
esta constante tradicional; la corriente benedictina posterior ha desligado el trabajo de la oración
vocal. Lo que se ha procurado siempre es salvaguardar la vida de oración y mantener durante el
4
Cf. ISAAC DE STELLA, Segundo sermón para la fiesta de los apóstoles Pedro y Pablo, Sermón 50. En El
misterio de Cristo. Sermones. Col. Padres Cistercienses, n. 15. Edic. Monasterio de Azul, 1992, pg. 302.
4
trabajo un clima de silencio donde sea posible el orar y la meditatio. Dentro de esta línea, se ha
procurado mantener un equilibrio siempre difícil entre la oración y el trabajo.
Esta ha sido siempre la piedra de toque de toda la tradición para definirnos como monjes, a pesar
de todas las variantes que ha tenido la actividad laboral de los monjes en su doble vertiente
tradicional, de trabajo manual e intelectual. La febril laboriosidad, por ejemplo, de los
cistercienses estaba siempre controlada por el clima de oración y por la tensión en mantener
atento el cuerpo, a veces sudoroso y siempre encorvado por el cansancio, para recurrir al Amado.
En medio del duro trabajo en los campos, decían, en el descanso rumiamos la Palabra, la
molemos, la rociamos con el sudor, para ponerla a cocer y luego comerla y no estar en ayunas5.
Esta es la tradición recibida y que se quiere vivir y proyectar hacia el futuro. La panorámica
general, creo que ofrece actualmente rasgos comunes. Nuestras comunidades se van
envejeciendo y los grandes montajes de empresas agropecuarias han desaparecido por doquier;
las causas son muy complejas. La necesidad de trabajar para ganarnos el sustento queda un tanto
relativizada en nuestros países por los subsidios de vejez, que cubren un importante montante de
los gastos de la comunidad. La disminución de fuerzas con la edad es evidente, pero también la
resistencia física de la juventud que ingresa en nuestros monasterios, no se parece en nada a la de
antes.
Por otra parte, la agricultura en España y todo lo relacionado con ella está en sus horas bajas y no
se ven perspectivas favorables a corto o medio plazo; el sistema capitalista neoliberal, del que
hablaremos más adelante, complica mucho las cosas. Ahora los hermanos han asumido, y en
este sentido más cerca de la primera tradición monástica, trabajos más sencillos, especialmente
de artesanía, iconos, mermeladas, pastas, dulces, etc. De este modo evitan la apariencia externa
de riqueza de las complejas empresas que teníamos y que pesaba sobre nuestras conciencias, y se
resuelve el ganarse el sustento dentro de un clima apto para la oración y la lectio. Nos
encontramos en una actitud de buscar respuestas coherentes, dentro de la búsqueda de Dios, en
que san Benito resumió la finalidad de la vida monástica.
EL TRABAJO EN NUESTRO MUNDO CAMBIANTE
En el título de este trabajo se alude a “las nuevas tecnologías” y esto nos impulsa a echar una
mirada a nuestro complejo mundo, sobre todo en su aspecto laboral, para detectar el sufrimiento
y las aspiraciones de muchos hombres y mujeres de nuestro tiempo. La caída del muro de Berlín
significó para muchos el triunfo del neocapitalismo liberal, que empezó a desarrollarse sin
cortapisas ideológicas, todo favorecido por el avance prodigioso de las nuevas tecnologías, de la
informática y de los y medios de comunicación. Más de diez años después, la situación es
imparable y, en cierto sentido, incontrolable. El análisis de esta situación nos llevaría muy lejos;
solamente hacemos una breve descripción del fenómeno y de sus consecuencias, incluso desde
nuestro mismo entorno6.
5
Cf. ISAAC DE STELLLA, Sermón XXIV, citado por A. DIMIER, El trabajo en los primeros cistercienses, en
Yermo, vol. 13 (1975), pgs. 150.
6
Cito al azar estas tres obras que considero importantes: J.R. LÓPEZ DE LA OSA y C. CAMPO SÁNCHEZ, Crisis
de Valores y Normas a finales del Siglo XX, Edit. Perpetuo Socorro, Madrid 2000. D. SHEPPARD – R.. DÍAZSALAZAR (Edit.), El desempleo y el futuro del trabajo. Una investigación para las Iglesias. Edit. Sal terrae,
5
El fenómeno de la globalización
Globalización es la versión en lo económico de Mundialización; con este último término se
quiere significar que nuestro Planeta está cada vez más intercomunicado e interdependiente; es
una “aldea global”. El factor decisivo es el gran desarrollo de los transportes y de las
comunicaciones; Internet se ha convertido en un eficaz instrumento de mundialización. En el
campo económico, Globalización viene a significar en la práctica “capitalismo global”; es la
internacionalización del comercio, de la producción y de los capitales, es decir, una economía sin
fronteras y dominada por las empresas internacionales, por encima de los gobiernos. Con gracejo
casi andaluz se dice que la aldea global es el Cortijo global, con su señorito (USA), sus capataces
(los países del Norte) y los jornaleros (los países del Sur).
Las distancias desaparecen o los lugares se hacen cercanos; mayor producción y de mejor
calidad, más comodidad para prestar y recibir servicios en mercancías y en bienes. El principio
básico es tener el menor coste y procurar el mayor beneficio, y hasta el presente, sin ningún
control; de este modo la globalización se ha convertido en una especie de tren sin frenos que
arrolla cuanto encuentra a su paso. Aunque lo que más circula y mayores beneficios comporta es
el dinero y la especulación; el 70 % de ganancias se consiguen en este sector.
Tenemos productos diseñados en una parte del mundo, fabricados en otro lugar totalmente
distinto y tal vez muy lejano, que pueden consumirse en lugares muy distintos de los anteriores.
Las empresas internacionales sitúan su producción donde los costes son menores; lo fundamental
es eliminar a los pequeños, ponerse en condiciones de competir con los gigantes e intentar
sobrevivir a toda costa. Lo alarmante del progreso, según el Vaticano II, es la gran tentación de
buscar únicamente los propios intereses y no los de los demás, creando un mundo que ya no es el
espacio de la verdadera fraternidad7.
Y se nos pide que abracemos la situación sin más; el título de la obra de los políticos alemanes
O. Lafontaine y Ch. Müller no puede ser más sugerente: “No hay que tener miedo a la
globalización. Bienestar y trabajo para todos”8. En teoría, y si fuéramos buenos, es posible que
sea verdad; pero nos debemos preguntar si lo está siendo. En el periódico económico Expansión,
del 3 de septiembre último, en la sección Firmas9, en un ataque directo al Cardenal Rouco en su
Exhortación Pastoral del 1 de mayo, que critica duramente la “conducta de insolidaridad, muy
generalizada de los economistas”, Carlos Rodríguez Braun pone en entredicho la doctrina social
de la Iglesia y en especial a la “Centessimus Annus” de Juan Pablo. “El falso humanitarismo
religioso, afirma en epígrafe, condena el egoísmo individual con argumentos que finalmente
avalan la coacción del poder político”.
Las consecuencias de la globalización
Reflexionamos sobre algunas deplorables consecuencias. Los procesos de globalización han
contribuido al afianzamiento de mundos separados por abismos crecientes de desigualdad y
Santander, 1999. L. GONZÁLEZ-CARVAJAL SANTABÁRBARA, Los cristianos del siglo XXI. Interrogantes y
retos pastorales ante el tercer milenio. Sal terrae, Santander, 2000.
7
Cf. G S, n. 37.
8
Edit, Biblioteca Nueva, Madrid, 1998.
9
A pesar del Gobierno. “Plenum gratia (sic) et veritatis”, pg. 47.
6
pobreza; cada vez son menos lo que lo tienen casi todo, mientras que cada vez son más los que
permanecen en la más abyecta miseria. Esta doble polaridad, de globalización y desigualdad, ha
colocado a nuestro mundo en una situación de desequilibrio que, a su vez, produce situaciones
crecientes de inestabilidad e inseguridad que afectan a todos. De los tres tercios en que puede
dividirse la sociedad, el de las personas integradas, con trabajo estable y bien remunerado, el de
las personas vulnerables, con empleo precario y mala protección social, y el de los excluidos de
forma estable en el mundo laboral, hemos pasado a dos; los excluidos laborales no cuentan,
porque no existen para ningún efecto.
Las secuencias negativas recaen como siempre sobre los más pobres, tanto sobre los trabajadores
como sobre los mismos países, que solamente sirven para ser explotados y esquilmados en todos
los sentidos. Ellos sufren un acelerado proceso de deforestación y de deterioro de los suelos,
contaminación, hambrunas, conflictos étnicos y desintegración social. Cito literalmente de una
carta de una hermana africana, monja en España, después de la visita a su país: “Llegué tan
deprimida ante la situación de sufrimiento, de desesperanza, de prostitución, de opresión, que
sufre mi gente; lo peor es que se sofoca toda iniciativa de formación, de toma de conciencia; la
gente está demasiado adormilada... ¡No les queda más remedio! Y ver los barriles de petróleo,
los convenios de pesca, la explotación de la madera y cacao, y todo para los de siempre; mientras
la situación general le mata a uno.”
Y rozamos solamente el tema de la inmigración. Algo tremendo debe ocurrir en los países de
origen, cuando arriesgan de esa manera la vida, hacia un futuro incierto, la mayoría de las veces
trágico y siempre humillante y opresor. Problemas ya crónicos se agudizan, como la debilitación
del poder de los trabajadores ante la empresa, quien desempeña un papel voraz e interesado,
facilitando e incentivando la calidad del trabajador, mientas aporta más ganancia a la empresa;
pero en caso contrario, procurando aislarlo o ponerlo fuera de escena. El trabajo, en vez de ser
creador de relaciones humanas, se ha convertido en un objeto utilizable y desechable.
Y el problema del paro y del desempleo. Las nuevas tecnologías tanto crean prosperidad como la
destruyen, con las secuelas del despido y el paro, y no necesariamente en las mismas partes del
mundo. Muchas personas pierden incluso la esperanza de volver a trabajar; de aquí la ira y la
frustración de quienes solo encuentran trabajo mal remunerado sin futuro ni sentido, más la
precariedad del empleo y el miedo a perderlo, con la paradoja de que unos tengan tanto trabajo y
otros no lo encuentren. Hay salarios de escándalo, no sólo entre emigrantes, y condiciones de
trabajo opresivas e injustas. El desempleo, entre nosotros, se está convirtiendo en estructural, no
coyuntural. El paro de larga duración, crece con fuerza; así la persona pierde gradualmente su
ciudadanía e incluso su identidad personal.
Cuando redacto estas líneas me llega el último folleto de Cristianismo y Justicia, dedicado todo
él a los contratos basura10, con testimonios de personas de toda la geografía española, donde se
puede justificar la dureza de las últimas afirmaciones. Está también el problema de la tortura
sicológica en el trabajo, motivada por múltiples causas, el fenómeno llamado Mobbing,
estudiado por especialistas11. Los malos tratos pueden provenir de los jefes o de los compañeros
por rivalidad y competitividad, de la escasez y precariedad del trabajo, de alguien que me puede
hacer sombra u ocupar un puesto o ganar un sueldo que podría ser para mí. Y por último
subrayamos que a veces se explota al trabajador como a una máquina; se estudian todas sus
10
Trabajo basura. Cuadernos Cristianisme i Justicia, n. 107. Barcelona, agosto 2001.
Cf. I. PIÑUEL Y ZABALA, Mobbing. Cómo sobrevivir al acoso psicológico en el trabajo. Sal terrae, Santander,
2001.
11
7
posibilidades con las técnicas modernas para sacarle hasta el último rendimiento; hay quienes a
los treinta y cinco años están quemados y han quedado inservibles.
Los testimonios de hoy
Ahora quiero aportar el testimonio de amigos, que han querido compartir conmigo sus
experiencias. Y empiezo por un padre de familia joven, licenciado en filología, que se queda en
paro a los dos días del nacimiento de su primera hija, con una subvención del INEM por tres
meses, ya que en los tres años de trabajo le despedían siempre en vacaciones para luego
contratarle al retorno. Y ahora a buscar trabajo, para sostener la familia, en situación
desesperante por el entorno. Tiene que recurrir a instituciones benéficas; se gasta el dinero en
mandar curriculum y en tener entrevistas. Son seis folios escritos a máquina con letra pequeña,
describiendo humillaciones, incomprensiones, todo tipo de canibalismo entre compañeros que ya
son rivales, timos y desesperanzas de todo tipo, en los que quiere transmitir toda su angustia
vital.
Los siguientes no son casos de un parado, sino de dos personas con un buen puesto de trabajo,
aparente al menos; las dos trabajan en una prestigiosa firma de abogados, la más grande del país.
Para entrar, un esfuerzo de formación y de títulos, con unos años de trabajo a tope sin cobrar
apenas, y así poder entrar. No hay contrato alguno; se trabaja como autónomos, pero
dependiendo de un sueldo fijo, de un jefe y de un horario estricto sin derecho a la seguridad
social y al desempleo, en una situación de precariedad total y absoluta. Se trabaja por
operaciones, con plazos muy estrechos y urgentes; no hay límite de hora para dejar el trabajo, se
suprime el tiempo libre; siempre en situación de estrés, el trabajador es una máquina y como tal
se la trata; cuando tiene problemas personales, y por lo tanto de rendimiento, se prescinde de él
con total impunidad por parte de la empresa.
Son casos de creyentes, personas comprometidas con el evangelio de Jesús. Es un trabajo, dicen,
que no te deja vivir como persona y menos como cristiano; no puedes tener familia; el trabajo
afecta a mis relaciones familiares, con mis amigos, a mi crecimiento personal y espiritual. Nos
movemos en un mundo competitivo y capitalista que nada tiene que ver con los valores
evangélicos de Jesús. Desde pequeñitos nos han educado para conseguir un buen trabajo, hemos
tenido que pasar muchos años estudiando una carrera y llevo ya un tiempo dejándome la piel en
el despacho. Después de todo, me doy cuenta que mi camino no va por ahí.
El último caso es de una triunfadora en lo humano, en una gran empresa de construcción.
Simultanea la preparación de su tesis, en que su director la soborna y engaña; un trabajo
ascendente en una empresa, donde tiene que luchar contra continuos sobornos de todo tipo,
monetario, sexual, de compañeros y amigos que terminan por ser competidores y enemigos a
muerte. Le ha sido duro después de varios años mantener su alegría, su frescura y sus ganas de
hacer prevalecer la justicia y la humanidad en su entorno. “En las empresas, afirma, hay muchos
violadores morales que utilizan el poder para machacar a otros, y hay también violadores
asertivos, seguramente por razones de personalidad o por su situación personal. Ningún violador
moral que yo no conozca ha intentado seguir su juego con personas que se le enfrentan.”
La última parte de su testimonio, me brinda la ocasión de pasar a otra versión sobre el tema. Ha
cambiado de empresa, ahora más liberal, dentro de una corriente de valores éticos y de auténtico
progreso real, pero donde hay un gran libertinaje cuando se trata de escurrir el bulto y una gran
lentitud en tomar decisiones. Y me pregunto, ¿por qué no dar aquí el cayo de verdad? Es el
8
contraste de quienes tienen un trabajo seguro, que declinan toda responsabilidad y disminuyen el
interés. Parece ser que el ideal es tener un buen puesto de trabajo, donde se trabaje poco y si es
nada, mejor, y donde se gane mucho; luego me buscaré por ahí otro quehacer que me sirva de
hobby o me aumente la nómina. Es un tópico con todas sus excepciones, pero real. Con el
trabajo lo único que se pretende es cubrir las necesidades y también las ilimitadas ambiciones;
una vez logrado esto, lo demás no tiene importancia.
El hombre, encerrado en la masificación, acosado y dominado por consignas de los medios de
comunicación, termina por perder su identidad. El problema no está en la máquina ni en la
técnica; el peligro está en el hombre y en el tipo de hombre que se nos quiere imponer. Domina
la cultura del tener por encima del ser. Los marketing comerciales se basan en crear necesidades,
que no hay más remedio que cubrir a base de comprar los productos que se presentan como
imprescindibles. El gran señor y también el gran tirano es el dinero, que hay que ganar y
conseguir por encima de todo. El ansia de tener y poseer es insaciable, de aquí que haya que
trabajar sin cesar para satisfacer algo que no tiene límites. La llamada sociedad del bienestar se
funda en estos criterios. Esto quiere decir, que se vive para trabajar sin parar, para poder pagar
esos bienes, bajo la esclavitud del trabajo y del tener.
EL TRABAJO DENTRO DEL MISTERIO DE CRISTO
¿Qué respuesta debemos dar los monjes, desde la realidad de nuestro propio trabajo y desde
nuestra vida, ante la situación del mundo laboral que nos rodea? “El tema del trabajo, me decía
una persona amiga, es tan importante que merece ser tratado desde la oración, la contemplación
y la discusión pacífica.” Y antes me decía que hablara de la persona, no de los recursos
humanos, del trabajo como capacidad humana de participación y continuación de la creación; del
trabajo como lugar de salvación, en donde la persona puede crecer, aportar a la sociedad, crear
riqueza para compartir; del trabajo como lugar sagrado.
Así, orando, desde la apertura a Dios en actitud de escucha, me gustaría adentrarme en el tema,
centrándolo en el misterio de Cristo, donde encuentra explicación o al menos respuesta coherente
toda situación humana; y también teniendo, como cañamazo, los temas señalados por la persona
amiga. Partimos de la fijación de los conceptos de trabajo, progreso y dimensión comunitaria y
cósmica, para centrarnos en la función del trabajo en la construcción de la nueva humanidad, del
nuevo mundo, que se está gestando a partir de la Pascua de Jesús. Estos serán los presupuestos
doctrinales, dejando para la última parte las aplicaciones prácticas12.
12
Solamente cito algunas de las obras que han inspirado estas reflexiones: J. DAVID, La fuerza creadora del
hombre, y teología del trabajo y de la técnica, en Mysterium salutis, vol. II. Edic. Cristiandad, Madrid, 1970. E.
MOUNIER, El cristianismo y la noción de progreso, en Obras completas, III. Edic. Sígueme, Salamanca, 1990.
Técnica y desespiritualización, en Obras completas, IV. Edic. Sígueme, Salamanca, 1988. J. ALFARO, Hacia
una teología del progreso humano. Edit. Herder, Barcelona, 1969. M. QUOIST, Construir al hombre. Edic.
Sígueme. Salamanca, 1999. J. GEVAERT, El problema del hombre. Introducción a la antropología filosófica.
Edic. Sígueme, Salamanca, 1981 (4ª Edic.).
9
Trabajo, progreso y unidad cósmica y humana
El trabajo, como procedente de lo íntimo de la persona a la que compromete en todos sus
ámbitos, es la manifestación de su ser más profundo. El hombre trabaja, primero, para existir
como ser humano en dignidad y nobleza, y, luego, para ganarse el sustento, contribuir al
progreso de la ciencia y de la técnica y a la elevación cultural y moral de la sociedad. El trabajo,
al manipular la materia, la espiritualiza; por su parte, el espíritu se expande en ella, desarrollando
progresivamente todas sus posibilidades. De esta manera el hombre humaniza al mundo y a la
materia, aunque únicamente cuando actúa humanamente, es decir, de una manera consciente,
percibiendo su valor y dándole sentido, en una palabra, cuando actúa desde el amor.
En esta conjunción de espíritu y materia, la mano viene a ser la expresión de la mente, se
resuelve el problema clásico de la oposición entre trabajo manual y el trabajo intelectual, dando
origen a la técnica y al arte, en unos desarrollos últimamente sorprendentes. El arte traspasa lo
racional y va hacia lo más profundo del hombre, se acerca a lo divino. Técnica y arte portan en sí
la tentación, lo híbrido, como todo lo humano. Un arte, que se cierra a lo divino o lo niega, es en
cierto sentido un absurdo o aberración. Una mecanización del mundo, que hiciera innecesario al
hombre, significaría el regreso al hombre primitivo dominado por la materia. Por esta íntima
complejidad, el hombre ha demonizado al arte y a la técnica. Pero debe vencer esta tentación y
asumir el arte y la técnica en su función profética de liberación, para hacerle cada vez más señor,
auscultando el mensaje que viene de ella, como una llamada a la transcendencia.
De la utilización de la técnica en los últimos tiempos se ha llegado a un imparable progreso con
sus valores y su justificación interna. El progreso en sí radica en el carácter evolutivo del ser
humano y de todo el universo creado; el hombre es un ser no terminado, que encontrará su fin en
el más allá. El valor del progreso se funda en la ordenación esencial del mundo al hombre, quien,
desde su unidad corpóreo-espiritual, dice relación indivisa a Dios, a la comunidad humana y al
mundo. El progreso humano, en sí y en el cosmos, no será destruido, sino incorporado y elevado
en su definitiva revelación salvífica; todo camina hacia el punto Omega, hacia el Cristo total y
cósmico. Así pues, la idea de desenvolvimiento progresivo, lejos de repugnar a la esencia del
cristianismo, está dentro de su misma entraña.
El mundo encuentra en el hombre su destino y su finalidad; la creación está ordenada al diálogo
del hombre con Dios y está integrada en él. Para el hombre el trabajo es el modo natural de estar
en el mundo y vivirse como naturaleza. Como todos los hombres y con ellos, yo soy hijo de la
Tierra Madre; ser hombre es aceptar y entregar personalmente la partecita del universo que yo
soy, el propio cuerpo. La esperanza de una nueva tierra debe avivar el cultivo de esta tierra, que
puede ofrecer un esbozo del mundo nuevo; el olvido de las tareas terrenas es un pecado para el
creyente.
En su misión de transformar el mundo, el hombre no conseguirá sus objetivos sin colaborar y
compartir con sus hermanos; pues es orientando su actividad y propósitos al servicio de los
demás como le encontrará sentido y se abrirá a una nueva transcendencia. De aquí que, por su
misma naturaleza, el trabajo tenga una dimensión comunitaria y cósmica. La finalidad última del
trabajo es el servicio del hombre íntegro y de todos los hombres, con quienes tiene la misión de
hacer la sociedad. Mi cuerpo es un bien común de la humanidad; todos los hombres juntos
somos el Cuerpo Total de la Humanidad de ayer, de hoy y de mañana; y también el Cuerpo del
Universo y el Cuerpo de Cristo, en crecimiento simultáneo.
10
Hacia una nueva humanidad y un nuevo mundo
Hasta ahora hemos reflexionado más bien desde el mundo del pensamiento filosófico; nos
adentramos ahora en el campo de la revelación y de la fe. Y acudimos a la Palabra de Dios,
donde podremos encontrar intuiciones, aunque no una doctrina elaborada; ésta será obra del
Espíritu que conduce a la Iglesia hasta la verdad plena a través de la historia. En el Génesis, se
presenta a Dios como modelo de trabajador, que, como rey y señor, se toma su descanso, para la
contemplación de su obra. Asume al hombre como colaborador, haciéndolo a su imagen y
colocándolo en el Edén para cultivar y dominar la tierra. El trabajo, incluso el más ordinario, es
una participación humilde y dolorosa, y por consiguiente liberadora y redentora, en el acto
creador de Dios. El hombre es imagen de Dios en la medida en que crea y organiza la tierra y no
se hace su esclavo, cuando comparte su gesto y estilo de obrar, cuando dice las cosas como Dios,
las ve buenas y las domina como él y, al descansar, se convierte en su liturgo.
En el NT el trabajo es exaltado por Jesús, obrero e hijo de obrero, y por Pablo que trabajaba con
sus manos para ganarse su sustento, en un mundo en que el trabajo era de esclavos. Jesús habla
de evitar el agobio, de abrirnos a la gratuidad; nos avisa del peligro del dinero como ídolo
fundante, de las riquezas y de la avaricia; nos anima a que convirtamos la economía en signo de
amor y en ayuda a los pobres. En su despedida en el Monte de Mateo, Jesús resucitado ofrece la
omnipotencia de la cruz, la gracia creadora del amor hacia los otros; no el poder de conquista,
sino la fuerza del amor, que es don, capacidad de crear una humanidad nueva, unificada desde el
misterio de la pascua. Jesús está en el camino y en el centro de la comunidad que anuncia su
Palabra, encarnado en el camino de la historia.
Tenemos la tarea de dominar el mundo con el dominio de Dios, de transformarlo desde interior,
como una semilla que nace al querer entregarnos, al estar con los demás, con sus riesgos y
esfuerzos; que nos capacita para cooperar, compartir y combinar. Dependo del mundo y me
comprometo a actuar en su construcción con todos los hombres, acogiendo a todos, desde los
más pobres, y con todos encontrar y dar sentido a su desarrollo. Pero antes está la propia labor
desde su cuerpo y su interior. El trabajo es un medio de realizar su unión con Cristo,
compartiendo desde la fatiga y el dolor su cruz y redención. En el trabajo, el hombre se
experimenta limitado por lo creado, pero aspira a más, a ser más sí mismo, autoposeerse en
libertad; esta es su fuerza vital más íntima y el manantial de su energía. Su cuerpo de hombre,
habitado por el Espíritu, se prolonga, más allá de sus músculos, al universo de la máquina,
quedando también ella habitada por el mismo Espíritu.
La transformación del mundo por el hombre está exigida por la acción creativa de Dios, como su
necesario complemento. Solamente por el hombre retorna el mundo a su creador, hacia su
porvenir transcendente. El mundo tiende hacia la vida, la conciencia, la personalización y
finalmente hacia Cristo, en quien encontrará su plenitud por la participación en su vida; entonces
la creación logrará su cumplimiento y expresión definitiva. El universo está gestándose por la
fecundidad del Espíritu, poder que despierta y resucita todo desde dentro de la creación. El
progreso se funda en la resurrección, germen de transformación del mundo, hacia la plenitud
escatológica, cuando la humanidad y el cosmos se conviertan en oblación grata a Dios.
En el corazón del mundo y del universo está el Cristo pascual, muerto y resucitado, la realidad,
única y transcendente, a la derecha del Padre, pero cercana en la inmensidad de Dios, que lo
invade y penetra todo. Cristo, Palabra del Padre, vida y luz del mundo, tiene una proximidad
absoluta al mundo y más allá del mundo. Las afirmaciones del prólogo de Juan son categóricas.
11
Todo cuanto existe se hizo por y para Cristo resucitado, Palabra del Padre; él es quien da
consistencia al universo entero13.
.
Cristo resucitado, luz plantada en nuestros corazones, desde lo más hondo del universo de las
cosas, se ha convertido en una energía capaz de transformarlo todo14. Él es la Nueva Creación en
marcha, quien en sí, de los hombres divididos, ha hecho un Hombre Nuevo15. De este Hombre
Nuevo en gestación, en trance de asumir el cosmos, emana un poder transformante. La
humanidad entera, y en ella el cosmos, preñada de la acción del Espíritu en el corazón del
hombre, gime toda ella con dolores de parto, hasta la liberación total del hombre, que la llevará a
su transformación en el Cristo, que se está gestando en ella16.
El progreso de la historia según el cristianismo no es un proceso de acumulación continua, como
el progreso técnico; es ascesis, y prosigue, en la humanidad como en el individuo, la ley de toda
ascesis: Sacrificio, resurrección, transfiguración. Comporta, esencialmente y no accidentalmente,
pérdidas irreversibles, rompimientos, retornos, crisis, noches. El hombre puede romper por el
pecado su relación con Dios, con la humanidad y con el universo, y así frustrar el sentido y el
orden del trabajo, la técnica y el progreso.
En el trabajo es donde el pecado despliega más su poder con la arbitrariedad, la violencia, la
injusticia y la rapacidad. De este modo, el trabajo se convierte en fuente de odio y de divisiones.
El progreso, cuando no es un espacio de fraternidad, puede destruir a la humanidad. No se puede
construir el mundo mientras no se reconozcan a los otros, los más pequeños, como personas,
como hermanos. El utilizar al otro como objeto es degradante y perverso El ejercicio del poder
lleva consigo el dominio y sostiene estrategias de destrucción y de muerte.
Son dos poderes antagónicos; pero para nosotros, hay que pregonarlo muy alto, está la victoria
de Jesús, que ha destruido en sí todos los poderes de perversión y de muerte. Esto que ya
sabemos es una realidad viva, cercana y presente. La tenemos que vivir desde la oscuridad y el
no ver ni palpar de la fe; pero hay una realidad que nos transporta a ella, nos la hacer cercana, el
sacramento de la Eucaristía, en la Pascua semanal e incluso cada día. La Eucaristía es la
actualización del misterio de Cristo, de su muerte y resurrección; el signo sacramental nos abre al
misterio vivido ya por Jesús resucitado, en el seno del Padre; es su actitud orante, oblativa e
intercesora la que se hace presente en la celebración de la Eucaristía y de aquí a través de la
Liturgia de las Horas y mediante el recuerdo de Dios llega a todos los instantes de la jornada, y
se convierte en una presencia dinámica y transformante17.
La Eucaristía es el sacramento de la construcción cósmica y universal, del mundo, de la
humanidad y del hombre. Cristo se hace presente, cercano e íntimo, en el pan y en el vino,
elementos de la naturaleza, símbolos de lo más elemental de lo humano, expresión de su
alimento y compartir con los demás. Desde los dones transformados sacramentalmente, en
símbolo transportador, el cosmos colabora en la construcción de la nueva Humanidad. Son frutos
de la tierra y del trabajo de los hombres, son el humus desde donde se construye y alimenta el
Mundo Nuevo. El misterio de la salvación concreta y operante en la historia se concentra aquí18.
13
Cf. Jn 1,3; cf. Col 1,15-20; Heb 1,2.
Cf. Rom 1,4; Film 3,21
15
Cf. Ef 2,15
16
Cf. Rm 8,19.-20.
17
Cf. OGLH, n. 12; Constituciones de la OCSO, n. 20
18
Cf. VATICANO II, G. S., n. 38; Liturgia de la Eucaristía, Presentación de las ofrendas.
14
12
LÍNEAS DE ACTUACIÓN PARA EL FUTURO.
Llegamos al final de nuestra tarea y es la hora de bajar a lo concreto y definir en cuanto cabe
cuáles deben ser nuestras líneas de actuación ante el momento presente, que nos toca vivir; esta
será la manera eficaz de enfrentarnos con el futuro y encontrarle sus bases. Somos conscientes de
la subjetividad y parcialidad de nuestra aportación; también de que algunas de estas sugerencias
serán idénticas o similares a las que se digan aquí; creo que la coincidencia puede ser muy
positiva. En la variada bibliografía que ha servido de sustrato a estas aportaciones, solamente voy
a indicar tres, que van en nota19. Estableceremos primero unas líneas de actuación desde nuestra
situación de creyentes y luego desde monjes.
Nuestra actitud como creyentes
1. Somos conscientes de la pérdida de valores, pero no nos podemos quedar inertes; hay que
abogar por una moral, que, asentada en la secularidad, pueda responder a la situación actual,
basada en el principio de libertad, pero mediada por el “principio de responsabilidad” y por
el “de alteridad solidaria”. Es una llamada de Dios a vivir en la intemperie e inestabilidad, en
la itinerancia física en muchas ocasiones, mental y cordial, siempre, en actitud permanente
hasta que descansemos en Dios.
2. Las personas concretas están hambrientas de los valores de siempre, como la ternura, la
comprensión, la transparencia y la generosidad, que son verdaderamente humanos y
humanizantes. Como cristianos tenemos que buscar cauces para que sea permeable a ellos el
ambiente laboral. Y como personas y como grupos debemos ofrecer la vigencia de estos
valores, vividos desde la experiencia del Dios que se ha revelado a los hombres como Amor.
3. Todos sabemos que los poderes opresores se asienten en países de vieja raigambre cristiana.
En el tercer milenio todas las Iglesias, con nuestros líderes a la cabeza, tendríamos que
reunirnos para acabar cuanto antes con la vergüenza suprema de nuestros días, que es la
miseria de la mayor parte de la humanidad; y tendríamos que hacerlo desde lo que se ha
llamado “status confessionis”; es decir, ser valientes testigos, como los Apóstoles, del nuevo
orden nacido de la Resurrección, y llegar incluso, como Pablo, a la denuncia pública y a
excluir de la comunión a quien o quienes comulguen de alguna manera con esta situación.
4. Los poderes económicos y del dinero del capitalismo neoliberal han creado unas estructuras
y unas situaciones en las cuales ellos se encuentran cómodos, porque no carecen de nada.
Los cristianos tenemos que luchar con todas las fuerzas para contrarrestar la fuerza
interesadamente conservadora de la antiutopía que proponen como fin de la historia y como
amenaza de matar de parálisis y miseria a media humanidad. Desde la apuesta a favor de la
vida y de la no-exclusión, es posible descubrir la extrema gravedad de esto hecho masivo y
las contradicciones internas del actual sistema mundial, global, violento, injusto e inhumano.
19
M DRIOT, Le moine dans la civilisation de la technique et du travail, en Collectanea, vol. 30 (1968), pgs. 160187. El número 72, que acaba de llegar, de Alianza Intermonasterios, boletín de la A.I.M., 2001, y E. MOUNIER,
citado en la nota 12..
13
5. El paro seguirá en aumento, conforme evolucionan las nuevas técnicas; si hubiera buena
voluntad, el proceso podría corregirse. Necesitamos, pues, utopías que nos liberen del
pragmatismo y de la racionalidad instrumental que nos tienen amordazados; que nos ayuden
a tender puentes entre las personas y países y a destruir las barreras que hemos puesto entre
los seres humanos. Sabemos muy bien que Cristo, muerto en la Cruz, ha derribado todos los
muros de división entre los hombres; nosotros que celebramos en la Eucaristía la
presencialización de este misterio, tenemos en ella una garantía y una tarea.
6. Frente al individualismo fragmentario del neoliberalismo y de la posmodernidad, los
cristianos necesitamos profundizar en nuestra memoria comunitaria, que nos funda, celebrar
de forma compartida la promesa de la resurrección y transformación futuras, cifrada en el
Memorial que nos mandó celebrar Jesús hasta que vuelva, y de aquí comprometernos juntos
en la causa del Reino.
7. La primacía de los últimos es una exigencia ética, fruto de una conciencia crítica de la
realidad. Es tarea de los cristianos hacer que el Reino se manifieste como la vida que merece
la pena y como el sentido con que podemos valorar las cosas. La visión del Reino está en
contra de un sistema social o económico que permite dividir el mundo entre ricos y pobres y
permite que unos consigan su propio bienestar a expensas del bienestar ajeno. La valoración
humana por lo que se es y no por lo que se tiene, por ser presencia del Resucitado desde su
precariedad, pequeñez y pobreza, debe ser un reto para todo creyente.
8. Debemos acoger con clarividencia las aporías que presenta el progreso. No podemos
reducirnos a los criterios de comodidad, de seguridad, de alegría somnolienta que sirven en
general para definir la felicidad. En la expansión del Reino de Dios hay un poder positivo del
Mal, que alcanza sus victorias provisionales y a veces duraderas. Sin embargo, desde la
Encarnación, el sentido de la tierra no puede ser maldito. El peligro y la oportunidad
constantes del progreso técnico es el de que nunca es nuestro; y si puede llevar a lo peor, es
precisamente porque está abocado a lo mejor y que frecuenta los grandes caminos en los que
la vida no pasa más que con el riesgo y el drama. Se requiere una mirada lúcida y escrutadora
para valorar y potenciar el auténtico progreso y su dimensión humana y humanizante.
9. La creciente mecanización, que en sí no es mala, reduce en cantidad la mano de obra y
también abre caminos al ocio. Las máquinas no pueden asumir todos los aspectos del trabajo
humano; y éstos siempre dicen relación a la persona, sujeto principal del trabajo. La sociedad
industrial yo no será una sociedad de trabajo sino del ocio. Se generan ocios y al poco
alguien los convierte en negocio. Los creyentes tienen que decir hoy una palabra al respecto,
nacida del cultivo de la persona y del cuidado de su interioridad.
Nuestra actitud como monjes
10. Muchas veces los religiosos, y también los monjes, nos dejamos llevar por el afán del poder
y del tener, por el oportunismo y la connivencia con los poderes de este mundo, para no
perder privilegios, por miedo al conflicto y a correr la suerte del Maestro. Estos son pecados
auténticos, que requieren autocrítica y conversión.
11. Debemos ser conscientes de que la actitud contemplativa se revela como la plenitud del ser.
En el silencio delante de Dios, la vida se vive al máximum; dentro de nosotros se encuentra
14
el sentido profundo de las cosas y su razón de ser. El mundo y las cosas adquieren su
verdadero valor, cuando se las mira a la luz de Dios.
12. Tenemos que ser conscientes de que en la interiorización el hombre rehace su unidad interior
y la proyecta a su alrededor, englobando a la creación entera en el proceso de purificación y
liberación interiores, para que hombre y creación se realice, conjuntamente como hijos de
Dios. Esto exige estar abiertos a la acción y a la llamada del Dios Amor en nuestro aquí y
ahora, en actitud escuchante y comprometida.
13. Hay una semilla del bien que actúa mezclada con el mal en el corazón del cosmos y también
del hombre creyente que es monje, en orden a la . El monje debe, pues, comprometerse con
el mundo nuevo que se gesta en la historia, de ahí que tenga que redefinirse respecto a los
valores terrestres y tomar en serio la nueva visión del hombre en el universo sin desviarse de
su propia tarea.
14. En la contemplación y en la oración, el monje debe llevar dentro de sí el mundo entero y
encarnarse en él. Desde aquí tiene que ver con ojos nuevos las nociones de separación del
mundo y de presencia en el mundo, de renuncia y de posesión. El monje, seguidor de Cristo,
no debe despreciar lo humano ni todas las cosas buenas que están unidas al hombre, sino que
debe amar las cosas con el amor excesivo que Dios les tiene y amarlas hasta el fondo,
15. Los monjes y monjas debemos ser creativos, para ofrecer al mundo contemporáneo un modo
de vida más humano y más responsable. Tenemos que repensar los valores monásticos, para
ofrecerlos a un mundo acelerado por la técnica y el nerviosismo de las grandes ciudades, al
mundo cruel de la economía, donde el tener es más importante que el ser, y donde el
consumo es signo de riqueza y de poder, a un mundo traumatizado psicológicamente por
personas desestructuradas.
16. La fraternidad monástica, vivida de una manera realista y precaria a la vez, puede ofrecer la
primacía humana del amor, que responde a la fe universal en la fraternidad humana, de la que
se derivan los valores cristianos fundamentales. La fraternidad, más necesaria donde no surge
de manera espontánea, realza el valor del carácter emancipador de la modernidad. Como algo
primario y por los beneficios que comporta, se debe mantener y potenciar la dimensión
comunitaria del trabajo; lo que se expresa en una economía de corresponsabilidad, en que
cada uno pone el mayor interés hasta en los aspectos más ordinarios de la vida diaria.
17. Como fruto de una conversión constante del corazón y de una oración incesante, tenemos
que revalorizar el concepto de trabajo, ya sea manual o intelectual, y convertirlo en la
práctica en culto rendido a Dios y en servicio a los hermanos; que ningún trabajo, por
irrelevante u oculto que sea, quede menospreciado o subestimado.
18. El talante del monje trabajador, como de alguien que ha comprometido su vida para vivirla
desde la fe, es trabajar lo mejor posible, poniendo a contribución toda su habilidad y
capacidad, toda su inteligencia y voluntad y hasta su tenacidad. En monje se debe esforzar
por ser un verdadero profesional, fiel a su horario de trabajo y de producción, emprendiendo
trabajos serios en servicio o a nombre de su comunidad, al servicio de la Iglesia y de la
sociedad. El trabajo monástico, emprendido así, puede ser una alternativa válida al concepto
de trabajo en la práctica actual.
15
19. Según toda la tradición monástica, también hoy el monje debe vivir del trabajo de sus manos;
sería escandaloso vivir como parásitos de la sociedad, solicitando o recibiendo donativos de
quienes trabajan para vivir y pagar impuestos. Su trabajo debe ser pobre, totalmente
desprendido y vacío de cosas inútiles y convencionales. El desprendimiento de las cosas del
mundo le permitirá entregarse con paz, con ilusión y eficiencia, al trabajo. El trabajo de un
pobre debe ser desinteresado y eficiente; no debe tender a amontonar bienes, a aumentar el
confort y a superar a los competidores.
20. Lo que sobra pertenece de derecho a los pobres. El monje debe trabajar también para dar
limosna, y debemos compartir personalmente, ya que el don del corazón, de hombre a
hombre, mantiene todavía su significado. La comunión de los bienes materiales y espirituales
es un buen signo del Reino y una profecía que denuncia el espíritu del mundo.
21. Que jamás perdamos la sensibilidad social, la encarnación en nuestro entorno y la
solidaridad; son la predicación y el testimonio de los hechos, más elocuentes que el más bello
discurso. En esta línea y como ejemplo utópico y atrevido, se podría ser más generosos en
contratar obreros; es arriesgado, pero también puede ser una réplica al egoísmo de tanto
empresario.
22. El papel tan importante y decisivo que, muchas veces sin saberlo, han tenido los monjes a
través de la historia de la humanidad no puede dejar de interpelarnos; no son los mismos
retos, pero no por eso las circunstancias son menos graves. Tal vez la sociedad actual esté
necesitando la nueva aportación teológica, desde la sabiduría que da el Espíritu y que
podemos ofrecer, aunque pobremente, a partir de la escucha atenta y comprometida de la
Palabra de Dios.
23. El trabajo intelectual no debe desaparecer ni ser minimizado en los monasterios, so pena de
decaer nuestro nivel cultural y espiritual y de caer lamentablemente en los
fundamentalismos. Con el estudio, mejor desde la escucha de Dios, la vida monástica puede
alcanzar su pleno desarrollo, el monje puede estabilizarse en su módulo vital, la soledad
hacerse más amable y prepararse mejor el monje para la contemplación y el conocimiento de
Dios.
24. Siguiendo la más sana tradición, el trabajo monástico debe estar subordinado a la oración,
totalmente entregado a la búsqueda de Dios y al servicio inmediato de Dios y del prójimo. Si
sabemos compaginar el trabajo serio y laborioso con la paz monástica, habremos resuelto un
problema delicado de la vida monástica. Mientras el cuerpo se doblega en humildes tareas,
toda la persona se ritma y simpatiza con la naturaleza equilibrada y armoniosamente
silenciosa. El corazón liberado se despierta a la creatividad hasta hacer brotar de la naturaleza
la forma y la belleza, como nacidas de la presencia de Dios, descubiertas en ellas.
25. Un trabajo realizado en un clima de paz, que excluye toda agitación y activismo y el ansia de
ganancias sin límites, no separa de la oración sino que es fruto de la misma. Alentar el exceso
de trabajo supone malinterpretar nuestra fragilidad esencial y poner en peligro nuestra
capacidad de crear y de relacionarnos. Cuando falla la moderación, el trabajo agota y
embrutece, como a tantos contemporáneos nuestros. Tenemos, pues, la urgente y necesaria
tarea de encontrar una sabia moderación en el trabajo, capaz de redimir y no de oprimir a la
persona.
16
26. Y para terminar, una palabra sobre el desastre ecológico. Una parte, relativamente pequeña,
de la humanidad se apropia del derecho de todos a utilizar y transformar los recursos
colectivos, sobre la base de la pobreza y de la miseria de otros muchos. Ante la pérdida del
sentido unitario de la realidad ambiental, ante la poca o nula sensibilidad de la influencia que
la propia conducta puede tener en el entorno, los monjes debemos profundizar en nuestra
condición de interdependientes de otras formas de vida más elementales, mirar todas las
cosas, y también a las personas, como si fueran vasos sagrados del altar, y mantener con
sencillez, belleza y cuidado tantos resortes naturales que nos ha brindado la naturaleza20.
Y así acabamos nuestra tarea con esta larga serie de utopías, algunas para algunos tal vez
irrealizables; pero no perdamos la ilusión y la esperanza en el futuro; somos deudores de la
victoria del Resucitado, lo definitivo, que se está gestando en el mundo y, como todo lo nuevo, lo
está haciendo con dolores de parto.
Agustín Romero Redondo, monje de Huerta
15 de septiembre del 2001.
20
Cf. Regla benedictina, XXXI, 10; Constituciones OCSO, Estatuto 27,A.
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