LA MÚSICA EN LOS SIGLOS XVIII Y XIX Contexto:

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I.E.S. Diego Velázquez
Apuntes 3ºESO
LA MÚSICA EN LOS SIGLOS XVIII Y XIX
Contexto:
Al hablar de música culta, la que estudiamos en clase, solemos referirnos a ella como música
clásica. Este término se suele utilizar para designar lo que nunca queda obsoleto, lo que es
equilibrado, el orden… y precisamente estas son las características del arte y el
pensamiento propios del siglo XVIII. Así, fue en el mismo siglo XVIII cuando, por
contraposición a la corriente anterior -a la que, por su carácter extravagante se denominó
Barroco- se llamó a la nueva corriente Clasicismo o Neoclasicismo, haciendo referencia a la
restauración de la cultura grecorromana, que ya se consideró clásica en su momento.
Realmente se toma como final del Barroco el año 1750, la muerte de J.S.Bach, pero ya
desde principios del siglo XVIII se empezaban a dibujar las bases del nuevo estilo.
A finales de siglo estallará la Revolución Francesa, que culminará con la total equiparación
social… al menos en Francia. Hasta entonces, durante todo este periodo el ideal es el de la
Ilustración, que defiende la búsqueda de la razón en lugar de la fe dentro de una sociedad
de tendencia totalmente igualitaria.
Será justamente a partir de entonces cuando, aceptando que lo material no nos hace
diferentes, los pensadores comiencen a centrarse en lo que afecta igualmente a todas las
personas distinguiéndolas entre sí; el alma. Y el conjunto de corrientes artísticas que se
asocia a este pensamiento y se desarrolla durante el siglo XIX es lo que conocemos como
Romanticismo.
En cualquier caso, no se da una ruptura radical entre Clasicismo y Romanticismo como
ocurre en otras épocas; en el siglo XIX los artistas no rechazan la producción dieciochesca,
sino que se basan en esta misma para desarrollar una nueva estética que, eso sí, deja de
lado el buen gusto del equilibrio y la regularidad para centrarse en la expresión de los
sentimientos más íntimos.
Democratización de la música:
A lo largo del siglo XVIII, la búsqueda de equiparación de clases sociales y la apertura de
la música a un público mucho menos “selecto” hace que la temática de las obras se
popularice mucho más. Ya en el Barroco, la aparición de los primeros teatros hizo que se
ampliara el abanico de espectadores de la ópera. De hecho, a principios de siglo nacía la
ópera bufa, cuyos argumentos dejaban de lado la mitología, tan solemne, hacia la
introducción de historias cotidianas en las que el corte humorístico era lo habitual.
Sin embargo, esta continua adaptación a nuevos públicos hace que en el siglo XIX los
compositores se empiecen a encontrar totalmente perdidos. Las Sociedades Musicales, que
empezaron a aparecer ya en el siglo XVIII, son cada vez más numerosas y esto lleva a
infinidad de estilos por desarrollar. Pero no hay alma ni sentimiento general que plasmar en
las obras, de modo que el compositor se ha de centrar en la suya propia dejando de lado ese
lenguaje universal que buscaba el Clasicismo para centrarse en la introspección.
Lógicamente, los resultados serán de lo más variopinto entre lo más íntimo y lo más
espectacular.
El arte:
La base estética del arte dieciochesco, como se ha dicho al inicio, es el orden y el
equilibrio. Todo está destinado al gusto burgués. Ya no se busca la expresión exagerada de
afectos, sino el máximo equilibrio y regularidad hacia dicho gusto. De hecho, el ideal es la
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belleza simple y llana, la máxima naturalidad
que llegue al público sin necesidad de que éste
haga ningún esfuerzo por entenderla, como
ocurre en otras épocas.
Es por esto que la típica tendencia hacia lo
recargado tan propia del Barroco se deja
totalmente de lado en busca de un arte
despojado, fácil y sencillo; un arte con un
lenguaje universal y práctico, elegante y
expresivo… pero nunca grandilocuente.
El arte Barroco se caracteriza por lo recargado de
sus formas, como muestra la fachada del Obradoiro
de la Catedral de Santiago de Compostela.
Unos cincuenta años más tarde, la Puerta de
Brandenburgo, en Berlín, expresa la extremada
sencillez de líneas y equilibrio de la estética clásica.
Neuschchwanstein, el Castillo del Rey Loco (Luis II
de Baviera), construido en 1866, es una muestra del
misticismo y la magia que inundan el siglo XIX.
Y es de este arte del que se parte en el siglo
XIX. Los artistas no pretenden rechazar la
“estética del buen gusto”; el problema es que la
extremada individualidad de éstos da lugar a
giros de todo tipo en busca del ideal de
expresión de los sentimientos más íntimos. De
hecho, a pesar del antecedente que dejaba la
Ilustración, tras siglos de rechazo de la
oscuridad medieval, ahora se da una vuelta al
misticismo y la magia, a la superstición y el
ideal de los cuentos y leyendas.
Todo esto les lleva a buscar una independencia
que, en numerosas ocasiones terminó con los
artistas en la indigencia. La expresión interna
no siempre llena el gusto del público y, una vez
emancipados de sus mecenas, los artistas
tienen que recurrir a la realización de todo
tipo de encargos y trabajos para sobrevivir.
Una de las peculiaridades que nos encontramos
es el fenómeno, sobre todo en música, de lo
que se ha llegado a conocer como “concierto
museo”. Hasta el momento, la música podría
tomarse como un bien de consumo, elaborado
para el momento en cuestión. En el siglo XIX
se empieza a dar importancia a las obras del
pasado y, junto al interés por la historiología,
comienzan los intentos por conocer y restaurar
la música anterior. Serán muchas las
Sociedades Musicales que en lugar de
promover
las
piezas
de
compositores
contemporáneos dediquen sus fondos a la
interpretación de obras de los siglos XVII y
XVIII.
Características generales de la música del Clasicismo:
Teniendo en cuenta la búsqueda de la naturalidad y la sencillez producto de la sociedad
ilustrada, la música del clasicismo mantiene unas características que la llevan hacia la
estética del buen gusto. Como dicen algunos estetas de la época, debe estar escrita en un
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lenguaje universal, ser natural, aunque sensible y expresiva y encontrarse con el oyente sin
que éste deba realizar esfuerzo alguno por entenderla.
-
La melodía se convierte en el centro de la composición, con un desarrollo muy regular en
frases de ocho o doce compases principalmente.
-
Se rechaza totalmente el contrapunto por ser demasiado complicado para poder
ofrecer placer a los oídos; la textura es principalmente de melodía acompañada.
-
También se deja de lado el bajo continuo por restar naturalidad a las piezas tornándose
los acompañamientos mucho más “melódicos”.
-
La orquesta crece considerablemente con nuevos instrumentos de viento; los violines no
se dejan de lado, pero ceden en algunos casos ante otros instrumentos de viento.
-
Las formas musicales se alargan considerablemente convirtiéndose en la clave a la hora
de entender las piezas instrumentales.
-
Puesto que la función de la música ya no es conducir un texto sino entretener, lo
instrumental termina de ponerse a la cabeza frente a lo vocal (de todas maneras, la
ópera sigue siendo importante).
-
El piano, nacido en 1709 con bases que perfeccionan al clave y al clavicordio termina
desbancando a éstos y, sobretodo, al órgano, cuya sonoridad se aleja bastante del ideal
clásico.
Música en el Romanticismo:
Durante todo el siglo XIX se da una progresión que parte de los ideales del Clasicismo, pero
los va deformando poco a poco en busca de la máxima expresión. Así, caracterizar el
Romanticismo musical es complicado, si bien se puede decir que, en su máxima plenitud, casi
se ha perdido el equilibrio y la contención burguesas con melodías más entrecortadas y
largas, acompañamientos que se tornan ciertamente contrapuntísticos, formas mucho más
libres y caprichosas, desarrollos que se mueven entre lo más íntimo y lo más espectacular,
una orquesta que sigue ampliándose introduciendo sonoridades poco habituales, más
cercanas, en numerosas ocasiones, a lo popular y lo folclórico, así como a un entorno de
fantasía.
Música religiosa:
A pesar del triunfo de la burguesía, la Iglesia sigue demandando piezas de tal manera que
compositores del Clasicismo como Haydn, Mozart y Beethoven cultivaron este campo con
obras muy importantes (Mozart dejó incompleto su propio Requiem). Ya en el siglo XIX,
aunque la producción no varíe en exceso, los compositores vuelven la vista hacia el
misticismo que envuelve a la Religión aceptando este repertorio, no como encargo para
sobrevivir, sino como una de las bases de su propia estética.
Ópera:
La ópera sigue haciendo las delicias del público durante ambos siglos, aunque con
características diferenciadas en cada uno.
Ya desde inicios del siglo XVIII, con el surgimiento de la ópera bufa la unidad que
presentaba la ópera seria, basada, originalmente, en la mitología deja paso a una pluralidad
de estilos basada en la naturaleza del argumento, la adecuación música-texto y coherencia
entre los distintos elementos que la conforman, la espectacularidad de los eventos, la
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procedencia de los compositores, la aceptación de divismo en la interpretación, etc. Esta
multiplicidad se sigue desarrollando y creciendo también durante el siglo XIX.
Aparte de esto, la idea general de la democratización de la música nos lleva, durante todo
el siglo XVIII hacia argumentos más populares y cotidianos con melodías pegadizas y
sencillas. Incluso, ya en el paso de siglo, surge un nuevo género, la ópera de rescate, cuya
temática principal es la igualdad social previa a la Revolución Francesa (una persona del
pueblo es injustamente castigada, pero, al final, gracias a su coraje o al de un igual, termina
siendo liberada). Es la base de la que se parte en el siglo XIX, solo que, según se introduce
el gusto por el misticismo y la magia los argumentos empiezan a desplazarse hacia la
mitología centroeuropea y escandinava dentro de parajes de naturaleza virgen y en un
ambiente muy popular; es lo que se conoce como ópera romántica o alemana.
Se puede detectar fácilmente la diferencia de escenario entre una ópera bufa dieciochesca y una ópera
puramente romántica basada en la mitología europea (en este caso, el entorno del Rey Arturo)
Del mismo modo, oratorios, cantatas, pasiones, etc. siguen cultivándose adaptadas al gusto
de cada momento. Mención especial merece el lied (canción en alemán), que, aparecido en el
clasicismo por su sencillez, en el romanticismo se convierte en una nueva fuente de
inspiración para el repertorio vocal, mostrando lo más íntimo y sencillo en contraste con la
espectacularidad de la ópera alemana.
Música instrumental:
A pesar de la importancia de la ópera, es en el siglo XVIII cuando la música pura empieza a
gozar de la máxima aceptación. Mientras que, en el Clasicismo la idea es que la música es
algo tan frívolo que como mero entretenimiento no necesita hacer trabajar a la mente con
ningún tipo de texto o argumento, en el Romanticismo prima la idea de que un arte tan
espiritual no debería ser contaminado con algo tan racional como un texto.
LA SONATA:
De una manera u otra, la máxima responsabilidad de este desarrollo instrumental recae
sobre el triunfo de las formas musicales. En ausencia de texto, la música pura debe basarse
en algún tipo de esquema formal que la haga fácilmente entendible por el público. El
desarrollo cada vez más claro y coherente de estas estructuras hará posible que las piezas
puedan crecer en duración cada vez más. El papel fundamental lo juega la llamada forma
sonata. En principio, una sonata es una composición en cuatro tiempos de carácter
contrastante, pero, además, la forma sonata es el esquema, perfectamente conocido por los
oyentes, del primero de estos cuatro tiempos.
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Esquema de la forma sonata
Como se muestra en el esquema, la forma sonata se desarrolla en tres partes:
-
La EXPOSICIÓN contiene dos ideas musicales contrastantes (normalmente, la primera
enérgica y la segunda más melancólica).
-
El DESARROLLO es un fragmento (cada vez más largo, según avanza la historia) en el
cual el compositor juega y mezcla los elementos de los dos temas anteriores en un clima
bastante inestable.
-
Para concluir se da una REEXPOSICIÓN en la cual se vuelven a mostrar los dos temas
en su forma original.
El público no solo conocía este esquema y esperaba escucharlo; además, a menudo, se
asimilaba como un argumento en el cual los dos temas de la exposición se enfrentan en una
lucha en el desarrollo para terminar con el triunfo en la reexposición.
El esquema de la sonata se puede adaptar a cualquier tipo de situación o agrupación musical.
PIANO:
Aparecido en 1709 como mejora-unión del clave y el clavicordio, el pianoforte ofrecía la
potencia del clave con la posibilidad de realizar matices del clavicordio. Sin embargo,
técnicamente no era demasiado viable (teclado extremadamente duro) de modo que no será
hasta finales del XVIII cuando se empiece a utilizar de forma habitual.
Mozart y Beethoven, grandes representantes del clasicismo musical, compusieron todo tipo
de piezas pianísticas (conciertos y piezas solistas en forma de sonata sobre todo). Pero ya
en el siglo XIX había mejorado tantísimo que se llegó a convertir en el “instrumento rey”,
siendo protagonista de muchísima música de cámara (sonatas y otras piezas menores) y el
favorito a la hora de desarrollar conciertos.
No obstante, hay un buen número de pequeñas piezas solísticas con un carácter íntimo
típicamente romántico y numerosos elementos cercanos a lo popular. Éstas se convierten en
uno de los pilares de la afición musical dentro de la burguesía.
CUARTETO DE CUERDA:
Dentro de la música de cámara nos podemos encontrar cualquier tipo de agrupación. Son
habituales los dúos y los tríos con piano y uno o dos instrumentos melódicos. Sin embargo,
lo más utilizado es el cuarteto de cuerda que consta, habitualmente de violín I, violín II,
viola y violoncello. En el Clasicismo se toma esta formación como ejemplo del máximo
equilibrio sonoro, aunque en el Romanticismo se incluyen frecuentes variantes del mismo
añadiendo en numerosas ocasiones el acompañamiento de un piano.
Aunque dentro de la música de cámara puede tomarse cualquier tipo de desarrollo formal,
la estructura compositiva más usada es la sonata.
MÚSICA ORQUESTAL:
La orquesta también introduce el esquema de la forma sonata en la sinfonía, que no es más
que una sonata para orquesta, en la cual ya no se busca el protagonismo de algún
instrumento como ocurría con el concierto. Incluso el concierto para solista adopta un
esquema de sonata modificada.
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Sin embargo, mientras que durante el Clasicismo la forma mantiene este papel
fundamental, durante el Romanticismo aparece un nuevo enfoque de la sinfonía en el cual se
pretende representar imágenes o argumentos mediante música pura. Es lo que se llama
música programática, dentro de la cual destaca el poema sinfónico como pieza orquestal que
pretende emular una situación o imagen en particular.
Nacionalismos:
Ya a finales del Romanticismo se da una vuelta a los gustos nacionales, bien por defensa
política o cultural de cada zona. El resultado musical es un gran impulso de la música
programática y la ópera (emulando imágenes o argumentos de cada región) y de una
ampliación de la orquesta en busca de timbres más populares.
En cualquier caso, según nos acercamos al siglo XX la diversidad de estilo hace que ya no
podamos centrarnos en un periodo para hablar de un estilo.
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