28th June 2007

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EL CUENTO y EL PRÍNCIPE FELIZ
Pitágoras (570-495) dijo, seis siglos antes del nacimiento de
Cristo: ‘Educad a los niños y no será necesario castigar a los
hombres’.
Aunque el corazón de los padres, en mi opinión, la mejor
escuela para los niños, y la escuela misma, ocupan un lugar
primordial en su educación, el cuento puede ser también un
elemento fundamental.
Con las presiones impuestas por la sociedad en el siglo XXI,
los cuentos deberían recuperar el lugar que tuvieron en la
formación de los niños, cuando no existían, ni la televisión, ni
los videojuegos.
El cuento es tan antiguo como la humanidad. Desde sus
ejemplos en la mitología griega, donde los volcanes son
representados como cíclopes que arrojan grandes piedras al
mar, hasta el libro de ‘Calila e Dimna’, traducido del árabe al
castellano en Toledo, en el año 1251, bajo el patrocinio de
Alfonso X El Sabio. ‘Calila e Dimna’, que procede del
‘Panchatantra’ (siglo VI de nuestra era), es la más antigua
colección de fábulas indostánicas conocida.
En el siglo XIII, empieza en Italia una corriente de la
recopilación de cuentos: ‘Le Cento Novelle Antiche’; esta
recopilación se siguió practicando en la Italia del
Renacimiento. En el siglo XIV, aparece ‘El Decamerón’ de
Giovanni Boccacio (1313-1375) que fue el gran cuentista de la
época moderna, por excelencia. Lo mismo que Cervantes fue
el primer novelista moderno con su ‘Don Quijote’.
Un dominico italiano, Matteo Bandello (1480-1562), en sus
‘Novelle’ continuó esta nueva corriente en la narrativa y
suministró a Shakespeare el material para algunas de sus
mejores obras de teatro, entre ellas, ‘Romeo y Julieta’.
¿Quién no ha leído una de las fábulas de Esopo? (600 a.C.)
¿Quién no ha oído hablar de ‘Los cuentos de las mil y una
noches’ con su ‘Alí Babá y los cuarenta ladrones’? O ¿de
‘La bella durmiente’? cuento de los hermanos Grimm, que
personifica con su sueño, el sueño invernal de la naturaleza.
Tchakovsky (1840-1893) conocía este sentido simbólico y lo
plasmó magistralmente en su ballet de La bella durmiente.
Todos estos cuentos merecen un lugar importante en la
trayectoria del cuento en la humanidad, pero yo quiero
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centrarme en un cuento que, no sólo ha influido mi modo de
escribir, sino también mi modo de ver la vida.
Este cuento es: ‘El Príncipe Feliz’ del escritor irlandés Oscar
Wilde (1854-1900).
El buen cuentista no sólo debe pensar en el medio, sino
también en el remedio. Oscar Wilde nos da un ejemplo
excelente de cómo se debe escribir un cuento.
La narrativa de ‘El Príncipe Feliz’ transcurre en una ciudad.
Oscar Wilde conocía el estado desesparado de la vida de los
pobres en el Londres de su época, retratado maravillosamente
por el escritor inglés Charles Dickens (1812- 1870). Su cuento
da un ejemplo de solidaridad con los más necesitados.
Todavía, hoy en día, hay ciudades en el mundo donde la
pobreza es extrema. Recuerdo lo impactante que fue para mí
el ver, en mis dos visitas a La India, el estado en que viven los
pobres en Delhi y en Mumbai.
El Príncipe Feliz es una estatua revestida de delicadas hojas
de oro, con dos centelleantes zafiros por ojos y un gran rubí
rojo en la empuñadura de su espada.
Una noche, una rezagada golondrina, que no había partido con
sus compañeras hacia Egipto, voló sobre la ciudad y al llegar
la noche, buscando un lugar para dormir, se acostó entre los
pies del Príncipe. Antes de acabar de esconder su cabeza
debajo de las alas, sintió que le había caído una gran gota de
agua. Después de la segunda gota, miró hacia arriba y vio los
ojos del Príncipe llenos de lágrimas.
- ¿Quién sois? – preguntó.
- Soy el Príncipe Feliz.
- Entonces, ¿por qué lloras?
El Príncipe le dice que llora al ver a una pobre costurera
bordando pasionarias y, en un rincón de un cuartucho, a su
hijito enfermo y llorando.
El Príncipe le pide a la golondrina que les lleve el rubí de la
empuñadura de su espada. La golondrina, mensajera del
Príncipe ahora, lo deja sobre la cama junto al dedal de la
costurera.
La golondrina, en su segunda noche con el Príncipe Feliz,
lleva uno de los zafiros a un pobre escritor que, a causa del
frío, no puede terminar la obra de teatro que está escribiendo.
Clara alusión a Oscar Wilde y a la situación precaria de
algunos escritores.
En la tercera noche, la golondrina quiere volar a Egipto, ya
que si no vuela va a morir de frío; pero el Príncipe le pide que
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se quede otra noche. En la plaza hay una niña vendiendo
cerillas y se le han caído en el barro. Es tan pobre que no tiene
ni zapatos, y su padre le pegará si no lleva dinero a casa. La
golondrina le lleva el zafiro del otro ojo del Príncipe.
El Príncipe le pide a la golondrina que ahora debe irse a
Egipto. Entonces la golondrina le dice al Príncipe:
- Ahora que estás ciego, me quedaré contigo para siempre.
Aunque el Príncipe le insiste que se vaya a Egipto, de lo
contrario morirá de frío, la golondrina se queda.
La golondrina le empieza a hablar de los ibis rojos, de la
Esfinge, de los mercaderes con los rosarios de ámbar, de los
camellos, del Rey de las Montañas de la Luna, negro como el
ébano. Pero el Príncipe le dice:
- Vuela sobre mi ciudad y cuéntame lo que veas.
Después de ver la pobreza que hay en la ciudad, la golondrina
arranca, a petición del Príncipe, todas las delicadas hojas de
oro que revisten su cuerpo y se las da a los pobres.
Al final, la golondrina muere de frío. Al morir la golondrina,
el corazón de plomo del Príncipe se parte en dos.
Como la estatua se ha convertido ahora en la estatua de un
pordiosero, es derribada por el Ayuntamiento para su
fundición. Al fundirla, el corazón de plomo no se funde y es
arrojado en el contenedor de la basura, en donde ya había sido
arrojada la golondrina.
Como en todas las buenas fábulas, la parte más imporante es
el final del cuento.
Dios manda un ángel a la ciudad para que le traiga las dos
cosas más preciosas de la ciudad. El ángel le trae el corazón
de plomo del Príncipe y el cuerpo sin vida de la golondrina.
Es, en verdad, una historia triste. En realidad, esta historia de
pobreza y compasión está ocurriendo ahora, día tras día, en las
grandes ciudades de los cinco continentes. Este cuento nos
enseña el valor de la amistad y, en especial, de la caridad.
Otro gran cuento de la literatura universal es: ‘El Principito’
de Antoine de Saint-Exupéry (1900-1944). En su capítulo XXI,
nos relata la historia del Zorro.
- Adiós -dijo el Zorro- He aquí mi secreto. Es muy simple:
no se ve sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos.
El famoso refrán: ‘El amor es ciego’, sólo se puede entender si
estamos de acuerdo con lo que dice el Zorro.
Salvador Ortiz-Carboneres
Ayuntamiento de Alberic, uno de abril de 2011
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