Num130 018

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¿Vuelven los
tranvías?
INGENIERÍA
FERNANDO SÁENZ
RIDRUEJO
P
arece ser que en algunas ciudades españolas están pensando
en volver a los tranvías. En la
naturaleza
retornan
las
estaciones y en la vida humana
vuelven, con distintos matices,
las modas. Resulta más difícil
entender qué sentido tiene, en
el campo de la técnica, el
regreso a tipologías que ya
fueron superadas. Después de
la guerra, ante la falta de acero,
se volvió a las construcciones
de hormigón en masa y, tras la
crisis energética del 73,
empezaron los japoneses a
equipar los petroleros con velas
auxiliares;
pero
estos
arcaísmos se olvidaron tan
pronto como se volvió a
situaciones de normalidad.
Los tranvías, que exigían un
complicado tendido eléctrico y
circulaban por carriles fijos,
representaban un obstáculo
cada vez mayor, a medida que
fue creciendo el parque automovilístico de las ciudades. Su
rigidez no les permitía hacer
frente a ninguna contingencia,
su itinerario era inmodificable
y bastaba un pequeño socavón
o un bulto caído en su camino
para paralizarlos y crear un
enorme atasco tras ellos. Y
aunque no emitían gases,
resultaban
tremendamente
ruidosos. Fueron sustituidos
por los efímeros trolebuses, de
trazado un poco menos rígido,
y por los autobuses. Éstos han
evolucionado para reducir la
contaminación y muchos se
mueven ahora con motores de
gas o eléctricos.
Uno se pregunta qué está
pasando en nuestras ciudades
para que volvamos la vista
hacia los tranvías. Y encuentra
la respuesta al enterarse de que
estos nuevos tranvías están
siendo promovidos por grupos
empresariales deseosos de
entrar en el negocio de las
infraestructuras públicas. Se
presentan con planteamientos
novedosos
y
despliegues
propagandísticos
en
que
abundan palabras tales como
medioambiental, sinergia o
sostenibilidad.
Pero,
reconociendo la innegable
capacidad del sector privado
para la gestión más eficiente de
todo tipo de infraestructuras,
debemos ser muy escépticos
ante estas iniciativas. Sólo
pretenden
aprovechar
parcialmente los servicios
públicos más rentables, en un
proceso que distorsiona la
gestión racional del conjunto.
Cuando se recuerda la historia
de los microbuses madrileños,
que al final acabaron revertiendo a la EMT, se llega a la
conclusión de que la mayoría
de estas felices ideas consisten
en la privatización de unas ganancias y la socialización de
unas pérdidas que, en conjunto,
resultarán incrementadas.
Puede ser razonable el
aprovechamiento
de
los
trazados
abandonados
de
antiguos ferrocarriles de vía
estrecha, que circulaban por
barrios
periféricos,
para
instalar tranvías de nueva
generación, más rápidos y
capaces que los antiguos.
Puede algún promotor avispado
obtener la licencia para
explotación de un negocio
tranviario; pero el tranvía ya no
será nunca una solución global
válida para el problema del
transporte urbano.
Como dijo Quevedo y nos ha
recordado en alguna ocasión
Marías, el tiempo ni vuelve ni
tropieza. Lo que ocurre es que
el tiempo —es decir, la
historia— como los ríos,
avanza haciendo tornos y
revueltas y, a veces, se remansa
en los obstáculos que estorban
su paso, en las represas con que
algunos obstruyen el cauce
para llevar las aguas a sus
propios molinos.
En la muerte
de Ángel Galíndez
En Algorta, donde hace ya
bastantes años vivía retirado,
ha muerto Ángel Galíndez, un
ingeniero atípico que, casi
siempre desde un segundo
plano, jugó, durante más de
treinta
años,
un
papel
importante
en
bastantes
aspectos de la vida económica
española. No sabemos las
razones que le impulsaron a
venir, desde su Bilbao natal, a
estudiar ingeniería agronómica;
pero el hecho es que nunca
practicó esa profesión. Nada
más graduarse, hacia 1945,
entró en la oficina técnica de
Saltos del Duero (más tarde
Iberduero y ahora Iberdrola) y
allí, a la sombra de Pedro
Martínez Artola, aprendió a
proyectar presas y centrales
hidroeléctricas
hasta
convertirse, a la muerte de éste,
en jefe de proyectos de la
sociedad. Bajo su dirección se
planificó, entre otros proyectos
menores, el gran complejo de
Almendra, sobre el río Tormes.
Se trata de la presa más alta y
más larga de España, que crea
un embalse colgado a varios
centenares de metros sobre el
cañón del Duero fronterizo,
para alimentar la central
reversible de Villarino. La
originalidad de Almendra, lo
que marca una diferencia
conceptual con las presas
hechas anteriormente, no es
tanto su tamaño como el hecho
de que su coronación rebase
ampliamente el valle en que se
aloja y se extienda por la
meseta castellana.
Las obras de ingeniería suelen
ser anónimas y, posiblemente,
ni uno sólo de los proyectos
que componen este conjunto
lleve su firma, por impedírselo
su titulación; pero si hubiera
que asociar un solo nombre a
los de Almendra y Villarino,
no dudaríamos en dar el de
Ángel Galíndez. Personalmente
le recuerdo, en la llanura granítica del campo salmantino,
señalando la coronación de la
que sería su presa: una línea
hipotética situada a cuarenta
metros sobre nuestras cabezas.
Y le recuerdo también en un
despacho madrileño, al que en
teoría
había
acudido
a
examinar balances y dividendos, escribiendo ecuaciones
sobre una pizarra, para discutir
las torsiones que aparecían en
el cálculo de la presa bóveda.
Decir que Galíndez fue un
tecnócrata sería simplificar en
exceso, aunque los años en que
empezó a destacar fueran
precisamente los de los
gobiernos tecnocráticos de
López Rodó y otros lópeces, de
los que no se hallaba
demasiado
alejado.
En
cualquier caso, habría que decir
que fue un tecnócrata de
técnicas sucesivas. Durante un
periodo fue teniente de alcalde
del ayuntamiento de Bilbao y
dejó
encarrilada
la
organización de ese complejo
organismo que abastece la villa
y su entorno con aguas procedentes, mayoritariamente, de la
cuenca del Ebro (resulta, por
cierto, curioso que nunca hayan
protestado los aragoneses de
que se detrajeran a su río aguas
que habían de pasar por
Zaragoza y estén tan enfadados
ahora por la derivación, aguas
abajo, de otras que, como dice
la canción, no han de beber).
Antes de que estuviera
terminado
el
esquema
hidroeléctrico de Iberduero ya
estaba Galíndez planificando el
desarrollo de unas centrales
nucleares en las que se cifraba
entonces el futuro de la
industria eléctrica.
El fracaso de los planes
nucleares no hizo languidecer
la estrella de Galíndez que, de
la noche a la mañana, resurgió
como presidente de un Banco
de Vizcaya lleno de problemas.
Saneó el banco, pero enfermó
él mismo y, considerándose un
presidente de transición, dirigió
todos sus esfuerzos a buscar un
sucesor idóneo. Utilizó toda su
astucia y todo su don de gentes
para situar ventajosamente al
delfín elegido, Pedro de
Toledo, en el complicado
INGENIERÍA
contingencias que desbaratan
las
planificaciones
más
aquilatadas.
Pies de barro
tablero del ajedrez bancario.
Cuando la operación estaba
coronada con éxito aparente, el
delfín enfermó y murió en
pocos meses. Dicen que
Galíndez, que hubo de volver a
tomar las riendas de la entidad,
no se recuperó nunca de un
golpe que su mente calculadora
no había podido prever. Los
técnicos llegan a olvidarse a
menudo del carácter aleatorio
de la vida humana, sujeta a
Charlando con un amigo que,
durante los años sesenta, había
trabajado en la base aérea de
Torrejón le preguntaba yo qué
le había extrañado más de la
organización americana y me
contestó, sin dudarlo, que el
esfuerzo y el dinero invertidos
en la conservación de los
equipos. No entendía bien y,
como español criado en la posguerra, casi consideraba un
despilfarro que aparatos de
todo tipo, en perfecto estado,
fueran sustituidos sistemáticamente por el sólo hecho de que
hubieran transcurrido los años
o los meses estipulados en un
manual de mantenimiento.
Ahora, en cambio, resulta
llamativo el hecho, cada vez
más evidente, de que la infraestructura de las obras públicas
norteamericanas está obsoleta y
en algunos casos en lamentable
estado de abandono. Las periódicas visitas de ingenieros
yankees para conocer las
novedades de la ingeniería civil
europea parecen indicar que, al
otro lado del océano, no
abundan las ideas con que salir
de esa situación.
El reciente fallo del sistema
eléctrico, que ha dejado sin luz
a buena parte de la costa este
de Canadá y Estados Unidos,
pone una vez más de
manifiesto las carencias en el
desarrollo y la conservación de
una
infraestructuras
envejecidas. Y pone de
manifiesto algo aun más
preocupante. Estos apagones,
que vienen precedidos por
otros recientes en la costa
oeste, muestran muy a las
claras la incapacidad del
mercado para afrontar por sí
solo las necesidades de la
sociedad. Muestran también
que, después de varios años de
soñar con tecnologías virtuales
y expectativas de futuro
basadas en cuentos de la
lechera informáticos, seguimos
necesitando empresas sólidas,
que produzcan cosas reales, y
autoridades fuertes que las impulsen, coordinen e inspeccionen.
Serpiente de verano
En verano, cuando escasean los
debates
políticos
y
los
redactores están de vacaciones,
se llenan los periódicos de
noticias pintorescas, que nadie
se entretiene en contrastar.
Hace años, sistemáticamente,
cada verano aparecía una
noticia disparatada procedente
de Antofagasta (Chile), ciudad
que, por su lejanía y por su
nombre
sonoro,
resultaba
apropiada
para
albergar
terneros de tres cabezas,
calabazas de setenta kilos y,
por supuesto, todos los platillos
volantes que se le quisieran
atribuir.
Ahora, en cambio, abundan
otras noticias de aspecto más
serio, que cabe incluir en eso
que llamamos periodismo
científico, pero que carecen,
asimismo,
de
cualquier
ponderación.
Un
diario
madrileño ha dedicado toda
una página, que costaría dos
millones de pesetas si se
quisiera llenar con publicidad,
a explicar que el aeropuerto de
Munich ha efectuado una
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g
r
a
n
di
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a
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ón de
energía fotovoltaica que puede
producir
455.000
kilovatios/hora al año y
suministrar electricidad
a
155 hogares. Esto de los 155
hogares debe de parecer una
cifra elevada al redactor de
guardia, pues lo resalta en un
ladillo, con letras de mayor
tamaño. El artículo, además de
exponer las ventajas de una
energía limpia, renovable, etc.,
sugiere la posibilidad de que
otros aeropuertos sigan el
ejemplo
del
aeródromo
muniqués.
Uno se pregunta por qué esas
instalaciones han de realizarse
en aeropuertos y no, por
ejemplo, en fábricas de cerveza
o campos de fútbol. Y se
pregunta también si alguien en
el periódico se ha dado cuenta
de qué órdenes de magnitud
está
tratando.
Esos
kilovatios/hora, a precios de
mercado, no pagan la mitad de
la página en que se da la
noticia. Si Alemania tuviera un
millón de aeropuertos y en
todos se instalaran tantos
paneles fotovoltaicos como en
Munich, no llegaría a abastecerse el mercado eléctrico
alemán, ni aun en el caso, poco
probable, de que el sol saliera a
las horas en que el fluido
eléctrico más se necesita. En
definitiva, el tratamiento serio
de las informaciones técnicas
no consiste tanto en dar las
cifras con decimales, sino en
ponderar lo que esas cifras
significan, que, a veces, es muy
poco.
En esto de las energías
renovables estamos atrapados
en una inmensa hipocresía de
la que nadie se atreve a salir.
Los
gobiernos
las
subvencionan por creerlas
políticamente correctas, las
grandes
multinacionales
petroleras siguen la corriente y
crean sus propias filiales, poniéndose así al frente de la
manifestación, y nadie da pasos
serios para atajar los problemas
reales, en espera de que la
demanda se modere por sí sola
o de que los ecologistas se cansen de protestar.
Posdata
Estando ya escrito lo anterior,
se ha producido el gran apagón
italiano, que nos permite
insistir en la falsedad de
algunos
planteamientos
energéticos; falsedad que es
especialmente ostensible en el
caso de Italia. Este país, que
hace ya mucho agotó el
aprovechamiento de sus saltos
hidráulicos y que carece de
recursos petrolíferos, vive de
importar energía eléctrica
procedente de las centrales
nucleares
francesas.
La
precariedad de su sistema es tal
que el suministro se ha venido
abajo por un percance ocurrido
en la madrugada de un
domingo: en horas de mínima
demanda. También España,
que tenía una considerable
reserva de potencia, es cada
vez más dependiente de las
importaciones de Francia y de
las adquisiciones de energía a
empresas de régimen especial.
Estamos tranquilos porque
hemos cortado el programa de
centrales nucleares, pero nos
abastecemos de las nucleares
que nuestros vecinos tienen en
la vertiente norte de los
Pirineos. En caso de accidente,
la
contaminación
no
reconocería fronteras, por lo
que tal vez sería más sensato
no depender de los vecinos,
gestionar
nuestra
propia
seguridad, garantizar nuestro
suministro y reservar los euros
para importar cosas que no
seamos capaces de producir.
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