SOBRE LA REFORMA PENAL, EL ENCIERRO Y LOS MEDIOS.

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Facultad de Periodismo y Comunicación Social
SOBRE LA REFORMA PENAL, EL ENCIERRO Y LOS MEDIOS.
LOS CERROJOS EN LA PRENSA.
Lic. Valeria Vivas Arce
Formula Foucault en su libro “Vigilar y Castigar” (1975), “La crónica de sucesos criminales, por
su redundancia cotidiana, vuelve aceptable el conjunto de los controles judiciales y policíacos
que reticulan la sociedad; refiere cada día una especie de batalla interior contra el enemigo sin
rostro, y en esta guerra, constituye el boletín cotidiano de alarma o de victoria.” (…) “La nota
roja unida a la literatura policíaca ha producido desde hace más de un siglo una masa desmesurada de ‘relatos de crímenes’ en los cuales aparece sobre todo la delincuencia a la vez como
muy cercana y completamente ajena, perpetuamente amenazadora para la vida cotidiana,
pero extremadamente alejada por sus móviles y el medio en que se despliega, cotidiana y exótica. Por la importancia que se le da y el fausto discursivo de que se acompaña, se traza en
torno suyo una línea que, al exaltarla, la coloca aparte”.
Para el autor, este fenómeno periodístico forma parte de una “larga maniobra para imponer al
enfoque que se tenía de los delincuentes un enfoque bien determinado: presentarlos como
muy cercanos y por doquier temibles”. Es muy interesante ver cómo estos dos aspectos, el
control político ‐judicial y policíaco‐ y el efecto de separación que formula categorías de sujetos ‐propios y ajenos‐ han triunfado sobre todo en el plano de la niñez y la adolescencia, favorecidos por el tratamiento que el periodismo ha formulado sobre la llamada minoridad.
Esta larga maniobra involucra otras técnicas, sobre todo en lo que respecta a “separar la delincuencia de los demás ilegalismos”. En este sentido, vale como ejemplo la forma de ejercer el
derecho sobre las infracciones de los adolescentes de las clases medias y altas, desagregando
de los hechos delictuales a aquellos que resultan de los excesos, aún los que finalizan trágicamente. “Esta delincuencia propia de la riqueza se halla tolerada por las leyes y cuando cae bajo
sus golpes está segura de la indulgencia de los tribunales y de la discreción de la prensa (…) Si
se puede hablar de una justicia de clase no es porque la ley misma o la manera de aplicarla
sirvan los intereses de una clase, es porque toda la gestión diferencial de los ilegalismos por la
mediación de la penalidad forma parte de esos mecanismos de dominación1”.
1
Op. cit.
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Ahora bien, agrupados y ceñidos en unos discursos que son más que palabras, son unas acciones y unas omisiones, el colectivo de adolescentes, niñas y niños marcados por la vulneración
de los derechos más elementales que reaccionan a esa realidad a través de ser objeto delictual
de adultos, vuelven a ser excluidos de la posibilidad de un horizonte distinto. El pronóstico de
encierro emana de los dichos y, aún más de los actos y olvidos, tanto de autoridades como de
candidatos a serlo cada vez que las circunstancias lo requieran.
En el contexto actual, donde el clima electoral decanta en efectismo, el planteo parece ser el
de fortalecer los sistemas de reclusión. Quedan distantes las disertaciones que hace poco, tan
sólo unos meses, alojaban las expectativas oficiales de alinearse a un mundo donde dejen de
existir, o al menos sean excepcionales, los sistemas de encierro. “Ha llegado el día en que las
autoridades, todas, por fin se han puesto de acuerdo: los Institutos de menores, tal como
están hoy, ‘están agotados’. Lo dice el ministro de Desarrollo Social de la provincia de Buenos
Aires, Daniel Arroyo, dando por cerrada una discusión de años y que comenzó a cambiar hace
cuatro meses, al ponerse en marcha, en la provincia, el sistema de responsabilidad penal juvenil”2, rezaba el primer párrafo de la nota que ilustraba la posición oficial en el dossier que el
diario Clarín titulaba “los menores y el delito”, a fines del 2008.
Allí, se estaba defendiendo un progreso legal que si bien no es de fondo exhorta a la reforma
nacional de un Sistema Penal Juvenil. De hecho, aún la puesta en vigencia del Sistema de Responsabilidad Penal Juvenil en el ámbito provincial, hasta tanto no se modifica la legislación de
fondo, se sirve en lo fáctico del decreto 22.278. El Régimen Penal de la Minoridad se encuentra, además de inadecuado al espíritu que se aspira impregnar, en franca contradicción a la
Convención de Los Derechos del Niño incorporada a la Carta Magna hace ya 15 años.
En esa ocasión también se aseguraba algo que, a lo largo de los días, fue sepultado bajo la estela de polvo dejada por el carro electoral donde los temas se acomodan. “El plan de Arroyo,
que llegó al cargo de la mano del gobernador Daniel Scioli, apunta a fortalecer y crear nuevos
Centros de Contención, con regímenes abiertos o semiabiertos, donde hoy viven 1.800 menores3 acusados de delitos leves o que están allí por situaciones graves de indigencia4, como la de
2
http://www.clarin.com/suplementos/zona/2008/12/07/z-01817608.htm
Cabe aclarar que no son (ni eran al 7 de diciembre de 2008) 1800 los jóvenes que “viven” en instituciones de encierro sean abiertas o cerradas sino que esa cifra se calculó enumerando a aquellos que estaban cumpliendo medidas alterativas a la privación de libertad en Centros de Referencia, un dispositivo
creado en coincidencia con la creación del Sistema de Responsabilidad Penal Juvenil de la provincia de
Buenos Aires, “de atención ambulatoria, para el cumplimiento de medidas cautelares o sancionatorias
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los chicos que viven en la calle. Para los casos de los delitos graves, la idea es ir eliminando
los institutos con calabozos para cambiarlos o adaptarlos hacia lugares más pequeños, para
grupos de no más de 20 o 25 chicos detenidos, con actividades deportivas, escuelas y talleres
laborales5”. A pesar de estas declaraciones, el escaso dinamismo que hoy detentan tanto dispositivos alternativos a la privación de libertad, también cooptados por la paradoja legal que
propone tener como ley de fondo el decreto 22.278 (Sistema Penal para la Minoridad), y los
del tipo llamados Centros de Contención66 inclinan la búsqueda de soluciones hacia lugares de
aislamiento, a la prisión. Un camino impulsado por la sordera de la ignorancia que creyó entender en un reportaje al Juez de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, Eugenio Zaffaroni,
el aliento de una invitación a bajar la edad de imputabilidad7, afianzado por un debate generado en torno a la muerte de un hombre por un niño de 14 años en un episodio que debiera
interrogarnos más que arengarnos.
En un primer momento, el tratamiento mediático de la solicitada reforma penal para jóvenes,
embanderada bajo la consigna de bajar o no la edad de imputabilidad, estuvo marcado por la
presencia de casi todo el espectro de candidatos potenciales, solo funcionarios de alto rango y
ningún técnico o especialista que tenga experiencia de primera mano en el tema. Lo primero
que sobresalió fue, en sintonía con la ignorancia empírica de la problemática, la dificultad para
fijar las categorías en que se encuentran las normativas, una procesal y otra de fondo.
“La República Argentina es un país federal. Por las características particulares del sistema federal argentino, los Estados provinciales no posen la facultad de dictar para sí, normas sustantivas o de fondo. Sí han conservado, en cambio, el derecho de dictar normas de procedimiento
(…) Esta situación genera varios problemas. Las provincias están limitadas en muchos aspectos
(por el Código Civil, Régimen Penal de la Minoridad, etc.) en relación a los avances que pueden
alternativas a la restricción o privación de la libertad ambulatoria, ordenadas por los tribunales competentes en el marco de un proceso penal seguido a personas menores de edad. Con funciones de evaluación, atención y/o derivación de los jóvenes a programas desconcentrados en municipios u organizaciones de la comunidad.”(res. Nº 172/07 MDH).
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Los Centros de Contención son instituciones exclusivamente destinadas a alojar adolescentes en conflicto con la ley. Los chicos con problemas sociales no conviven con otros infractores a la ley. Las estrategias de abordaje son otras, si bien es la misma concepción tutelar la que reina en ambos casos.
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http://www.clarin.com/suplementos/zona/2008/12/07/z-01817608.htm
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Establecimientos de régimen abierto, o régimen de semilibertad (art. 80 ley 13.634) para el cumplimiento de medidas cautelares o sancionatorias restrictivas de la libertad ambulatoria, ordenadas por la
autoridad judicial competente.
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http://www.diarioperfil.com.ar/edimp/0355/articulo.php?art=13802&ed=0355
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incorporar en sus leyes en razón de estar intacto el ‘modelo de la situación irregular’ en las
leyes nacionales8”.
Un debate nacional sobre el sistema penal juvenil implica también definir los parámetros legales en el otorgamiento de poderes que someterán a nuestros adolescentes infractores. De allí,
se plasmarán las posibilidades que cada uno de los jóvenes que infringieron la ley progrese su
vida hacia el delito o puedan operar en él otros recursos y pueda toparse con la eventualidad
de elegir.
“¿Para quién trabaja este pibe?” se preguntaba la jueza de la Corte Suprema de Justicia Carmen Argibay en una entrevista publicada por Clarín en el citado dossier. “Dos más dos son
cuatro. Todavía no han logrado convencerme que son tres. Si la policía lo protege y el pibe sale
a robar y no se hace rico, para quién trabaja. Los cafishios de los pibes son los que lo mandan a
robar. Y los explotan porque saben que son menores y aún con esta espantosa ley, los menores tienen ciertas ventajas9”. En realidad la ventaja la detentan los adultos, no los jóvenes
quienes se exponen a mayor arbitrariedad de parte de los adultos, se arriesgan al encierro.
El texto de Foucault aún sigue iluminando esos lugares oscuros que tanto fascinan a los productores de programas de política, de esa especie de reality show, a los testimoniales que gustan de pasearse cámara en mano, y finalmente a muchos televidentes (vergonzantes o no). A
la prisión, ese “dispositivo disciplinario cuidadosamente articulado”, vuelve a ponerla dentro
de la vida social quitándole su manto censurador. Demuestra que las medidas punitivas “están
también ligadas a toda una serie de efectos a los que tiene por misión sostener”. ¿Cuál sería el
propósito de encerrar a nuestros jóvenes infractores en grandes instituciones cuyo modelo es
el de la prisión? ¿El encierro soluciona? ¿Enmienda? ¿Corrige? Sin duda algo debe limitar las
infracciones que hacen peligrar la paz social. Ante tanta impunidad, tanta desigualdad social, lo
que auxilia es la escena del chivo expiatorio al que se lastima al echarlo.
El encierro, aún más sobre edades tan vitales, confirmará los efectos harto probados. No disminuye la tasa de delitos, provoca reincidencia, organiza una población relativamente estable
y legitima el estigma social a través del examen permanente de diversos agentes sociales, especialmente la policía pero también la escuela y los vecinos. Y, lo que es peor, deja a los niños,
niñas y adolescentes desvalidos ante los escrúpulos de los adultos una vez más dado que “la
8
Informe preliminar de las organizaciones no gubernamentales argentinas sobre la aplicación de la convención sobre los derechos del niño "EL CAMINO DE LA CONVENCIÓN"
www.casacidn.org.ar/media_files/download/InformepreliminarComiteAno1999.doc
9
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delincuencia, ilegalismo sometido, es un agente para el ilegalismo de los grupos dominantes”.
La reclusión hace delincuentes en tanto los aleja de su lugar de ciudadanos, los aísla, los marca, los detiene.
La exclusión social se afirma en el lenguaje con el que se nombra a los sujetos. En este sentido,
sin duda, los medios de comunicación juegan un papel influyente como constructores de espacios de socialización. Un rol que antes ocuparon otras instituciones como la iglesia, la escuela,
los espacios públicos. Proponen tanto debates como canales en los que estos circulen.
Además, el ejercicio periodístico simplifica las dimensiones que pueden tener un fenómeno, un
acontecimiento. Lo ciñe con sus criterios acerca de lo que el medio, y cierta práctica profesional, entienden como noticia. Hoy, la prensa detenta asiduamente el lugar de la justicia y brega
por el de formador de opinión y saber. Es evidente el poder que ellos ejercen, sólo teniendo en
cuenta la cantidad de información a la que estamos expuestos diariamente.
La aceleración de los tiempos editoriales y la precarización laboral (por no acusar cierta laxitud
ética) fortaleció la práctica de extender el uso de la jerga policial a la hora de realizar una
crónica. Lo que resulta en que las crónicas se conviertan en una adaptación periodística de la
circular policial. Los géneros se alimentan muchas veces y, si bien este fenómeno excede los
intereses de esta reseña, es muy interesante advertir cuán ajustado es ese mecanismo10.
Por otra parte, la concentración de distintos medios en manos de algunos grupos económicos,
permite que unos intereses primen notoriamente sobre otros y que esa postura fiscalizante
resulte aún mayor. Por selección casi natural, la mirada de un segmento hacia temas que considera prioritarios se propaga, se extiende, se universaliza.
La contraparte de esta situación, su complemento, es la sorprendente importancia dada por el
poder político a los acontecimientos a partir de su exposición pública. Como si funcionarios, de
cualquiera de los tres poderes, sólo tomaran conocimiento de determinados sucesos nocivos
para el funcionamiento de las instituciones que están bajo sus órbitas, a partir de ser noticia.
Hay un elemento de vanidad obvia. Pero yendo un poco más lejos, podemos dilucidar que ese
papel de fiscalizador de la realidad que se arrogan los medios es sostenido también por las
hipocresías de funcionarios y políticos.
10
Ilustra el caso de las circulares policiales que daban cuenta de niños en situación de calle que alojados
en la plaza céntrica de la capital provincial había cometido fechorías a algunos peatones. Los pequeños
fueron denominados “la banda de la frazada” y así permaneció rotulada en la crónica.
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¿Sería muy ingenuo pretender que el espacio público (incluyendo a los medios) devenga pluralista? En ese horizonte, más allá y más acá de los discursos de campaña, tal vez los funcionarios
y la prensa podrían asumir la muerte por un cuadro de desnutrición crónica de una nena de 8
años, en la plena capital provincial, como un fracaso que los moviliza a revisar, al menos,
métodos y prácticas.
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