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La dialéctica del Amo y del Esclavo

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Hegel y Marx: La dialéctica del amo y del
esclavo
Por Arnoldo Mora
27 abril, 2021
La dialéctica del amo y del esclavo es una de las páginas más célebres de La
fenomenología del espíritu, una de las obras mayores de Hegel, quien es
considerado como uno de los filósofos más influyentes de los últimos doscientos
años. La dialéctica del amo y del esclavo constituye uno de los mayores aportes y
de mayor trascendencia de la filosofía hegeliana a la filosofía contemporánea;
sobre todo si tenemos en mente la versión que de la misma hizo Marx a la luz de
las categorías epistemológicas que sustenta el materialismo histórico. Por eso
resulta difícil, por no decir imposible, separar una versión de la otra, si bien es
indispensable hacer este intento para mejor sopesar y valorar el aporte de una u
otra versión. Para Hegel, la dialéctica del amo y del esclavo caracteriza una de las
“figuras de la conciencia” histórica: la antigüedad clásica, que Hegel analiza
particularmente a propósito del Imperio Romano.
En concreto, para Hegel se trata de comprender la historia como vivencia
existencial colectiva, tomando en cuenta una ética de la alteridad, basada en una
concepción integral de la sociedad y de la confrontación de los sectores que la
componen. Eso da un enfoque político a los procesos históricos, entendiendo por
“política” el ámbito social donde se libra la lucha por el poder y su resultante como
ejercicio del mismo en el Estado. Para ello, se requiere asumir un punto de vista
epistemológico, a tenor del cual se analizan los hechos no solo como realidades
objetivas como hace el historiador, sino desde la conciencia vivida de los
principales protagonistas de la historia. Ello porque lo importante para nuestro
filósofo en la historia, más que los hechos tomados como eventos aislados o, más
exactamente, a partir de los hechos fácticamente tomados, aquí se busca explicar
la racionalidad que rige, no tanto los hechos individualmente tomados, sino los
procesos históricos que los rigen y explican; por lo que se reflejan en las
instituciones que en esos períodos históricos se crearon.
En este caso concreto, el aporte más significativo de la Roma clásica a la cultura
universal fue la creación del primer Estado propiamente dicho (Maquiavelo) y su
justificación racional mediante el derecho. En la historia, tal como la solemos
estudiar, se caracteriza a la sociedad y al Estado de la Roma Imperial, organizada
como una sociedad “esclavista”. Desde un enfoque epistemológico, la sociedad
romana debe verse como un todo sociocultural, donde amos y esclavos son por
igual (aunque con roles diametralmente diferentes) sus artífices; en una sociedad
esclavista unos y otros son indispensables. Al analizar la conciencia del hombre
romano, Hegel señala que uno de sus componentes es el esclavo, tan
imprescindible como el señor, si bien con un rol irreconciliablemente antagónico.
En consecuencia, si caracterizamos la conciencia del romano, sea amo o sea
esclavo, estamos ante una conciencia alienada, dado que una de las partes que la
componen, es negada por la otra; estamos ante una conciencia en conflicto, en
lucha contra sí misma. El esclavo es la negación del amo; por su parte, el amo se
niega a sí mismo, al negarse a reconocer uno de los elementos constitutivos de
su propia conciencia. Ese elemento, que es el esclavo, es la parte material de la
conciencia del amo, y el amo es la parte pseudoespiritual o trascendente de la
conciencia del esclavo; por lo que este lleva a su dominador dentro de sí mismo;
su conciencia también está enajenada.
El amo solo sueña en ser conquistador por la violencia, por lo que desprecia al
esclavo a quien ha vencido obligándolo a producir lo necesario para satisfacer las
necesidades materiales, es decir, la vida mediante el trabajo. Dentro de este
contexto político y cultural, el esclavo no es una persona, no es un sujeto de
deberes y derechos sino un instrumento o herramienta de trabajo; su vida, a los
ojos del señor, no se justifica más que por la producción de bienes materiales;
razón por la cual justifica su existencia objetivando su esencia de esclavo
mediante el producto de su músculo, aunque no le pertenece sino al amo, es él –el
esclavo– el que produce la riqueza; esta es la razón por la que el amo le perdona
la vida. Lo que el amo olvida es que, si bien el esclavo necesita del amo para
sobrevivir, el amo también necesita del esclavo, porque sin su trabajo se moriría
de hambre. No hay amo sin esclavo; el amo necesita del esclavo para afirmar su
libertad y justificar su condición de amo; el esclavo le es imprescindible, por lo que
el esclavo se convierte en su destino inexorable; hasta el punto de que el amo
termina por depender de la existencia misma del esclavo.
Por eso el esclavo se libera, es decir, produce su propia libertad al objetivar la
conciencia alienada mediante el trabajo material, mientras el amo destruye su
propio ser en el goce o disfrute del trabajo ajeno. Más que el esclavo del amo, es
el amo quien necesita del esclavo para su propia sobrevivencia. El amo está más
lejos de su liberación que el esclavo; el amo solo podrá lograr su libertad, es decir,
desenajenar su conciencia de esclavista, mediante la reconciliación con el
esclavo; lo que equivale a reconocer la condición de persona del esclavo y, con
ello, su condición de sujeto de derechos y deberes. Eso significa que el amo debe
negarse a sí mismo, vivir su propia contradicción intrínseca como su destino
inexorable como individuo (Hegel) y el fin de su clase social como destino histórico
(Marx).
Finalmente, si vemos este proceso dialéctico a más largo plazo, es decir, desde el
punto de vista de una filosofía de la historia de Occidente, como lo hace Hegel en
la obra mencionada, el hombre medieval —período que sigue a la época clásica
esclavista— se caracteriza por asumir su existencia como “conciencia
desdichada” o conciencia desgarrada, que ya en sus escritos de juventud Hegel
caracterizaba como lo propio del cristianismo; tal es la conciencia de culpabilidad
por considerarse un pecador. Esa concepción teológica llega al paroxismo con los
reformadores, de donde proviene el propio Hegel.
Por su parte, el reconocimiento de los derechos y deberes del esclavo, es decir,
de las clases sociales subalternas, implica una revolución, no solo política, sino
también cultural. Para Marx, esto solo se da con un cambio en la clase social
dominante, cosa que, históricamente, se logra gracias al advenimiento del modo
de producción feudal y la cultura medieval básicamente teológica, “metafísica”,
diría Comte. Con ello la contradicción interna y existencial del hombre medieval se
traslada al más allá, con lo que la vida aquí en la tierra se ve tan solo como un
tránsito a la otra vida, la que es considerada como la definitiva y plena; el más allá
es la razón de ser del más acá. Las grandes peregrinaciones religiosas son la más
evidente expresión de esa cultura, dirá Hegel.
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