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Anorexia y bulimia

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Anorexia-Bulimia: Un mapa para recorrer
un territorio trastornado
Por: Lic. Rosina Crispo
Lic. Diana Guelar
Lic. Eduardo Figeroa
El día de Ana comienza con un viaje al baño para pesarse, ritual que ha completado
desde hace casi una década. Como casi todas las mañanas, la balanza determinará
su humor para todo el día, y hoy no va ser muy feliz, porque ha comprobado que
pesa más de lo que pesaba ayer. ¡Vestirse es un momento aterradorl Se siente gorda
delante del espejo y revuelve el ropero buscando la pilcha salvadora que no la
traicionará ante el mundo. Ana resuelve “ser buena” hoy: comerá la menor
cantidad de calorías posible. Su peso esta noche, justo antes de acostarse, le dirá
cuán “buena” ha sido, cuán “en control” ha estado, o cuán “exitosa”, logró ser con
su decisión.
Ana es una persona única, con experiencias ricas, recursos y posibilidades. Sin
embargo, como tantas otras mujeres, Ana sufre un trastorno de la alimentación que
afecta muy significativamente no sólo su comportamiento, sino lo que piensa,
cómo siente, quien cree que es …
Definición
¿Qué mapa utilizar para encontrar salidas en este territorio de los trastornos de la
alimentación, que aproveche todos los recursos naturales, acorte los tiempos de
viaje y disminuya los riesgos?
El problema del que nos ocupamos en este artículo es el que se genera a partir de
la instalación de un trastorno de la alimentación (TA) en una persona y/o familia.
Hay diversas formas de trastornos de la alimentación: la anorexia nerviosa (1 a 2
% de las estudiantes), la bulimia nerviosa (3 a 5 % de las mujeres) o
los trastornos del comer no especificados (10 a 15 % de las mujeres) que son los
que no tienen todos los requisitos para ser diagnosticados como anorexia o bulimia,
pero sí muchas de sus características. Los factores comunes a todos ellos son la
preocupación extrema por el peso y la imagen corporal, y las prácticas reiterativas
de control del peso.
¿Cuáles son los elementos a considerar para entender el problema?
Si tenemos en cuenta más del 90 % de las mujeres está insatisfecha con su imagen
corporal, el 70 % está preocupada por su peso, aunque sólo el 25 % está excedida
desde el punto de vista médico; y, concretamente, más del 40 % está a dieta como
una forma de modificar la situación.
De estos datos se puede concluir que dentro de los factores predisponentes para
desarrollar este problema se encuentran:
a) Contexto socio cultural: premia la delgadez y tiene prejuicios con la gordura.
No es reciente pero sí va en aumento la presión social sobre la mujer para que
considere la belleza y la flacura como sinónimos.
b) Factores individuales: son los que de algún modo aumentan el riesgo de
desarrollar un trastorno de la alimentación: marcada dificultad para funcionar de
forma autónoma en relación con la familia o con los patrones externos; déficit en
la autoestima que hace colocar toda la valoración personal en la apariencia o la
aprobación externa; tendencia al perfeccionismo y el autocontrol; miedo a
madurar, a aceptar el crecimiento y los cambios.
c)
Factores familiares: la instalación de un trastorno alimentario en la familia
establece modificaciones sustanciales en la interacción de sus miembros. Una
familia poco flexible para asumir los cambios propios de las etapas vitales y
modificar por lo tanto sus reglas de convivencia, una familia sobreprotectora y
cerrada en sí misma, con expectativas parentales demasiado exigentes y con
historias de alcoholismo, depresión y/o abuso sexual o físico, es un terreno más
propicio que otros, para el desarrollo de un trastorno alimentario entre sus
miembros.
Factores predisponentes, precipitantes y perpetuantes
La naturaleza multideterminada de estos trastornos, hace que ninguno de estos
factores por sí solo sea su causa, se trata en cada caso de una combinación singular
de factores predisponentes, factores precipitantes (aumento de stress propio del
ciclo vital y dietas estrictas) y los factores perpetuantes (prácticas reiterativas de
control de peso: ayunos, comilonas, purgas; y sus secuelas fisiológicas y
psicológicas).
Los factores perpetuantes del trastorno, también podrían llamarse “soluciones
intentadas” por las personas para resolver el problema. Justamente, el problema
(necesidad de controlar el peso y la figura corporal) se perpetúa gracias a las
prácticas de control de peso que buscan solucionarlo: restricción calórica o dietas
estrictas, que llevan a la inanición si son «exitosas» o al atracón como reacción
fisiológica natural por compensar la deprivación. Esto a su vez lleva a inducir el
vómito o a tomar laxantes y/o diuréticos como reacción psicológica para recuperar
el control, legitimándose el comienzo de un nuevo ciclo y por lo tanto el descontrol.
Posibilidad de cambio
Para continuar el viaje con nuestro mapa, es clave descubrir la lógica que relaciona
el problema con los intentos de resolverlo, porque es en ese espacio cognitivo
donde habrá que operar para que se modifiquen las acciones. Ver lo que pasa de
un modo diferente posibilita hacer algo diferente al respecto. Conozcamos algunas
de las creencias individuales, familiares y/o sociales en las que se apoyan las
personas involucradas para implementar ese tipo de soluciones:
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“La delgadez es la felicidad, te da todo. La gordura es deplorable, te priva
de todo”
“El control y la autodisciplina se expresan por NO COMER. Comer es
sinónimo de fracasar. Si respondés al hambre, perdés totalmente el
control”.
“Mi cuerpo me traiciona”.
“El reconocimiento y el afecto pasan por la figura y el tamaño de mi
cuerpo. Las flacas son más populares y exitosas”.
“Los hombres prefieren a las flacas”.
“No puedo descansar hasta no tener una figura perfecta”.
“Comer delante de los demás comida que no sea de dieta, es vengonzoso,
modifica mi imagen”.
“Ser flaca es cuestión de voluntad, los obesos comen más que los flacos”.
“Los obesos tienen más problemas psicológicos que los no obesos y se
mueren más jóvenes”.
“Los tratamientos de dietas prolongadas son exitosos”, … etc.
Desde el punto de vista familiar, las ideas que sostienen las acciones parecen más
vinculadas a:
–
Cuestiones no resueltas por los padres en el manejo de su propia imagen
corporal y de las que a veces tienen poca conciencia, de modo que por un lado
critican el aspecto físico de sus hijas y las inducen a la dieta, pero se vuelven
contradictorios cuando, asustados por los resultados logrados por ellas en su afán
de satisfacerlos, se ven obligados a frenarlas.
–
Cuestiones históricas vinculadas a ese hijo/a en particular, con las que se
justifica la situación actual o se espera se modifique: “pobrecita, ella nunca pudo”,
“desde que nació fue el más débil”, “ella nunca nos trajo problemas, se va a
arreglar”, “tengo confianza en que saldrá solo”.
–
La instalación del trastorno, que modifica las ideas e interacciones previas:
“pobrecita está enferma”, “yo tampoco podría comer así”, “nada lo va a hacer
cambiar de idea”, “ella hace lo que se le da la gana siempre”, “estoy convencida
de que no puedo ayudarlo”, etc.
Intervenciones – Tratamiento
La primera intervención recomendable para producir el cambio cognitivo que
posibilitará la modificaci6n de hábitos consiste en dar información básica que
aclare la relación directa entre las prácticas de control de peso y el mantenimiento
y/o agravamiento del síntoma, a la vez que alerte sobre la gravedad de la situación
en caso de que se prolongue sin resolverse. Esto es una realidad que llamamos
«dura», no está sujeta a redefiniciones y dado el riesgo a que está expuesta la
paciente, no es soslayable.
Se trata de dar herramientas de cambio a la familia, función clave del terapeuta.
Las segunda intervención es casi simultánea y consiste en que se ponga un médico
a cargo de la parte orgánica cuando no lo hay.
En los casos de anorexia nerviosa, habitualmente no son las pacientes las que
consultan sino sus padres o personas significativas que están a cargo, y el
trasmitirles esta información casi siempre posibilita una modificación radical en
las modalidades de enfrentarse con la situación. Pueden comenzar a ponerse a
cargo más eficazmente, acompañados por los profesionales que imparten las
instrucciones desde un lugar más periférico y por lo mismo menos confrontable
por la paciente. En los casos de bulimia nerviosa y otras variedades de trastornos
alimentarios, esta información es impartida a través de Grupos Psicoeducativos, y
suele contrarrestar de tal modo las creencias personales y las adquiridas a través
de los medios de comunicación, que luego de finalizado el curso de 5 reuniones,
el estado del síntoma muestra una disminución muy significativa. A partir de la
experiencia se diseña el tratamiento a seguir, que suele requerir continuar con una
contención familiar pautada, una re-educación nutricional con un especialista en el
tema, y la recomendación de incluirse en un grupo de pares, diseñado para aprender
a resolver problemas, no solamente alimenticios.
Todo el trabajo se hace con una estrecha comunicación entre los diferentes
profesionales intervinientes (médico clínico, nutricionista, ginecóloga,
psicoterapeuta y psiquiatra cuando lo hay) buscando que, de algún modo, lidere la
estrategia que se diseña aquel profesional en el cual la paciente y/o la familia tiene
puesta su máxima motivación. Por ejemplo: si el único motivo por el que la
paciente se aviene a consultar es «recuperar la menstruación», entonces
buscaremos levantar la motivación para responder a las demás directivas desde la
ginecóloga, que es quien de hecho tiene más poder para convencerla. O será el
terapeuta familiar el eje explícito, cuando la familia se acerca con la convicción de
que se trata de un problema psicológico, aunque su primera tarea sea convencerlos
de que la paciente se va a curar comiendo, o dejando las dietas para terminar con
los atracones.
Para terminar, es importante destacar que a nuestro criterio hay dos ejes
fundamentales sobre los que se diseña la intervención:
a) La familia: es el medio natural y deseable para la recuperación del paciente, y
los padres tiene recursos para acompañar el camino, siguiendo las directivas de
profesionales idóneos.
b) Las intervenciones: el grado de intrusión terapéutica tendrá relación con la
gravedad de la situación. La idea es ir de menor a mayor, y si la internación o el
hospital de día son inevitables, es recomendable la reinserción progresiva de las
pacientes en su medio familiar y social, en el menor tiempo posible.
Creemos que es en el propio medio donde están dadas las mejores posibilidades de
recuperación, y que no estar en un lugar central en el proceso de recuperación hace
que los padres se sientan impotentes, con el desperdicio de recursos que eso
implica. También creemos que es nuestro deber que la intervención terapéutica -el
viaje por el territorio trastornado- sea lo más breve posible y que “estar en
tratamiento” no termine siendo una forma de vida o una adicción supletoria.
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