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CUMBRES DE TRAICIÓN - TOTAL

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CARLOS PADILLA
CUMBRES DE
TRAICIÓN
UNO
-¡Cardenal Montini!- Llamó el Rey, con voz de trueno. Una puerta de su despacho se abrió
con presteza y apareció caminando la figura lánguida del cardenal. Se detuvo a cinco
pasos del monarca que a esa distancia resumaba efluvios de alcohol.
-Estoy a su disposición, Su majestad.- le dijo, haciendo una casi imperceptible inclinación
con la cabeza. Notó que el rey estaba ebrio y ese era el estado en que había que tener
cautela con las palabras.
-Dígame, ¿cuándo fue la última vez que me divorcié?- preguntó el rey Vladislav.
-Hace sólo dos meses, Sire. Le recuerdo que en Fransville sólo el rey puede divorciarse a
discreción. Su Alteza es el Jefe Máximo de la Iglesia y tiene la potestad de decidir al
respecto.- El Cardenal fue quien dirigió el cambio de régimen matrimonial, bajo la presión
armada que Vladislav VI ejerció sobre el Vaticano, obligando al Papa a decretar esa
dispensa para Fransville.
Se encontraban en el Palacio de Versilonge, joya arquitectónica sin paralelo en ningún
reino europeo en ese instante. Constaba de dos etapas, la primera de las cuales fue
ordenada y dirigida por el padre del actual rey. Los inmensos jardines esmeradamente
cuidados despedían aromas de las macetas floridas, en todas las estaciones del año,
excepto en invierno. Había senderos por los que era posible llevar a cabo caminatas de
placer. La sección principal era un inmenso castillo que servía de residencia real y a la vez
despacho de gobierno. Los ministros, los consejeros, los miembros de la familia real y los
huéspedes de honor tenían asignadas bellas suites que eran atendidas por un gran grupo
de sirvientes, ayudas de cámara y ujieres siempre atentos a las necesidades de sus
atendidos. Había salones reales de todo estilo: salón de los espejos, sala de pinturas, salón
del té para las damas de la corte, salón real, cámara del rey, cámara de la reina y muchos
más. El lujo y las riquezas pululaban por doquier. Las colonias proveían el oro necesario
para todo ese boato y lujo real.
Era el mes de octubre del año de 1413. La Iglesia Católica había pasado por etapas
difíciles, especialmente cuando el rey Vladislav VI decidió divorciarse de su esposa Lady
Margaretta de Rossellini. Como el Papa no accedió a su deseo ni aprobó esa decisión, el
rey invadió el Vaticano, comandando él mismo un ejército de 13.000 mercenarios. Ocupó
la ciudad e hizo prisionero al Papa Inocencio III, quien no tuvo más remedio que acceder a
las peticiones de Vladislav. Se decretó entonces un régimen especial para Fransville,
donde el monarca era la cabeza de la iglesia y sus decisiones tenían carácter de ley
ecuménica en todo el reino. Como contra-prestación, el rey nombró Primer Consejero al
cardenal Giuseppe Montini.
El cardenal Montini era un personaje brillante por su mente rápida y proyectiva. Algunos
golpes asestados al reino de Estiria, del cual Fransville tomó más de 20.000 leguas de
territorio, fueron exitosos mediante las estrategias diseñadas por Montini. Su
personalidad reservada y explícita a su conveniencia le granjearon antipatías de parte de
algunos miembros prominentes de la corte, entre quienes estaba el Conde de Licanor, rico
terrateniente, dueño de varios castillos y de un ejército privado.
El Cardenal era quien, hasta cierto punto, manejaba los asuntos de la política exterior de
Fransville, y sus decisiones tenían carácter de mandato real.
Aquella tarde de octubre, el Cardenal Montini tendría que lidiar con el carácter volátil del
rey Vladislav. Ya era rutinario que Su majestad se emborrachara y, en ese estado de poca
lucidez, tomara decisiones que Montini tendría que manejar muy bien para no provocar
incidentes notorios. El llamado del rey para exigir un divorcio más era la prioridad de ese
momento.
-Prepare mi matrimonio con la Princesa Luisa de Poitiers, una vez que se declare público
mi divorcio de la Infanta Teresa de Portugal.- ordenó Vladislav.
-Como usted lo ha dispuesto, así se hará, Sire.- respondió Montini, retirándose del
despacho real.
La proclamación del divorcio y el siguiente matrimonio fueron un pretexto más para que la
corte y medio continente estuvieran presentes, más por las dádivas y los regalos que
Vladislav repartía entre sus invitados. La fastuosidad reinaba en todos los ángulos del
palacio. Para ese evento fueron declarados dos días de celebraciones, los cuales brillaron
por la calidad de las viandas ofrecidas, los trajes lujosos y elegantes que se lucían por las
damas y los caballeros, y por los presentes que se intercambiaban. Un ejército de meseros
atendieron el gran banquete, en el que se ofreció faisán relleno de trufas y postres de los
mejores chefs del palacio. Las vajillas y los cubiertos eran de oro para el rey y su familia, y
de plata para los demás comensales.
Todo era celebración en el palacio de Versilonge. Al cabo de esos dos días de celebración,
los príncipes y nobles invitados habían disfrutado de las fiestas y también habían firmado
tratados que mantenían la fuerza y el poder de sus reinos y posesiones, favoreciendo
siempre al reino de Fransville. Pero, lo que nadie sospechaba era la alianza que entre
Montini y el Conde Licanor se había empezado a fraguar, ya que ante todos, esos dos
personajes se odiaban a muerte.
La ambición traicionera no era nada extraño en esos tiempos en que el pueblo llano ni
siquiera era considerado en los planes reales, excepto para cobrar impuestos e imponer el
servicio militar inobjetable por parte de los monarcas.
Por eso, el Cardenal Montini notó que era un buen momento para fraguar un plan en
contra de la corona. Sus secuaces eran el Conde Licanor y el rey Fausto, padre de la esposa
recientemente repudiada por el rey, y quien poseía uno de los reinos más ricos y fuertes
en esos días.
El plan del Cardenal empezó a tomar forma la semana siguiente al divorcio del rey
Vladislav. En una de las Serranías de la Villa de Oporto, se levantaba el inmenso castillo de
la familia real portuguesa, que más tarde sería bautizado como Castillo de Francisco
Javier. En una extensa región se encontraban los dominios del Rey Fausto III. No se
conocía mucho sobre su familia ya que el no haber participado en alguna de las guerras
anteriores lo hacía mantener un perfil bajo.
El cardenal Montini decidió hacerle una visita inesperada, que fue bien recibida por el Rey
Fausto, pues ya habían intercambiado ideas acerca del comportamiento del Rey Valdislav.
Se abrazaron y siguieron a un despacho privado para hablar a fondo del plan que tenían
en mente. Allí recordaron que la razón para haber casado una de sus hijas con el Rey
Vladislav VI fue la de hacerse conocer y ampliar los dominios de su reino. Sin embargo,
tarde se vino a enterar de la conducta licenciosa y desordenada de su recién adquirido
yerno. El incumplimiento de las promesas hechas por Vladislav como parte de los regalos
de boda a la Infanta Teresa no se cumplieron y más bien se convirtieron en apropiación de
la dote que su padre le concedió.
Cuando se enteró del repudio hecho a su hija, en medio de escándalos
vergonzosos, Fausto no se atrevió a desafiar directamente el poderío de su yerno, pues
no contaba con un ejército numeroso ni suficientemente fuerte.
Estaban hablando de ese aspecto militar cuando D. Pedro de Souza, Duque de Coimbra y
Ministro del Reino, entró al despacho y saludó. Una vez que fue invitado a tomar parte de
la conversación, dijo:
-Su Eminencia, Sire, les sugiero me comuniquen sus inquietudes para así poder ayudarlos.dijo D. Pedro.
-Mi querido Duque, me preocupa el estado de las tropas y los equipos. Necesitaremos
pronto emprender una acción grande contra Fransville y no tengo confianza en lo que
tenemos.- se quejó el rey.
-Eso se puede remediar contratando mercenarios italianos y rusos. El cardenal Montini
tiene contactos con los italianos y yo me encargo de contratar a los rusos. Sólo dígame de
qué capital disponemos.- expuso de Sousa.
-Estoy plenamente de acuerdo. Mi colaboración es definitiva y podemos contar con los
italianos. Mi aporte para esta causa será el costo de la contratación y el soporte
necesario.- dijo Montini, sonriendo.
-Le agradezco ese gran gesto, Cardenal.- expresó el Rey fausto.
-Ese será el primer paso para fortalecer las milicias de nuestro ejército. Nos faltaría quién
se encargue del entrenamiento.- arguyó el Duque de Coimbra.
-El Conde Licanor, muy conocedor de las huestes de Fransville, será el candidato excelente
para esa tarea.- ofreció el Cardenal Montini.
-¿Cómo podremos contactarlo al respecto?- preguntó el monarca.
-No habrá dificultad, Sire. Yo me encargo de ello.- dijo Montini.
Los tres altos personajes siguieron hablando abiertamente de su conjura, mientras el viejo
ujier, encargado de servirles el vino, se acercaba a llenar sus copas de nuevo. Era un
anciano encorvado, de andar cancino. El Cardenal Montini hizo un gesto de sorpresa al ver
a un extraño entre ellos.
-No se preocupe, Eminencia. Es un viejo sordomudo que lleva al servicio de la casa real
más de 20 años.- apuntó D. pedro de Sousa.
Esas palabras tranquilizaron al Cardenal. Siguieron, pues, hablando de los planes futuros
contra Fransville, mientras el viejo escanciador se retiraba con su andar lento y cansado.
No notaron la mirada maliciosa que se dibujaba en su rostro a medida que se alejaba.
DOS
El viejo escanciador no era parte de la nobleza. Desde que era un niño, empezó a
frecuentar lugares de diversión a donde concurrían caballeros de la corte que siempre
andaban en búsqueda de entretenimiento. Precisamente, la madre de aquel muchacho
era una de las más reconocidas bailarinas de vodevil. Su belleza y la magistral manera de
danzar la habían hecho tan famosa que algunos caballeros del palacio real decidieron
apostar acerca de quién lograría conquistarla primero.
Una de esas noches, en las que ella mostraba su rutina de baile de cabaret, el Conde
Ferdinand de Chevigné entabló un diálogo con ella, después de su número.
-He notado que usted posee muy buena formación en danza. Permítame invitarle un vaso
de vino- dijo el Conde.
-Es usted muy amable, Mi Señor.- comentó ella.
-Basta con que me llame Conde. A propósito, trataré de adivinar su nombre.- apuntó el
noble.
En ese mismo momento, Edmund, el hijo de la dama, se acercó y pidió permiso para
escanciar el vino en sus copas. Lo hizo con tanta precisión y elegancia que el Conde quedó
gratamente impresionado. Luego, se retiró prudencialmente, pero quedando a la vista de
el Conde y su madre.
-¡Salud!- brindó el Conde.
-¡Salud!- respondió ella.
-Creo que su nombre es Brigitte.-dijo sonriendo Ferdinand.
-No ha acertado, Señor Conde.- comentó ella.
-Entonces debe ser,... ¡Amelie!-Está cerca.- dijo ella, sonriendo.Edmund se acercó de nuevo a la mesa y, mientras les servía el vino, le susurró al Conde: ¡ Annette. !
-Mmmmm,.. estoy seguro de que es,... Annette.- dijo el Conde.
-Ha acertado Señor Conde.- exclamó ella, riendo a la par con él.
Esa noche de aproximación inusual entre un noble y una dama de finas maneras y
excelente preparación cultural, se produjeron hechos que cambiarían las vidas de las
personas involucradas en ese encuentro. El Conde se prendó de Annette y le propuso que
trabajara personalmente para él y su familia en el palacio de Versilonge. Edmund fue
contratado como escanciador real (ya había cumplido 18 años). Annette empezó a
trabajar como institutriz de los hijos del Conde de Chevigné.
Los años pasaron y la presencia de Annette y Edmund se hizo rutinaria en el Palacio.
Después de enfermar de los pulmones, la ex-bailarina de vodevil murió en los brazos de su
hijo una noche de invierno. Fue tal el impacto de aquella pérdida para Edmund que no
volvió a articular palabra ante nadie. Su presencia en el Palacio se hizo familiar y él tuvo la
experiencia de ver pasar por el trono de Fransville a tres reyes. Como no se le oía hablar ni
participar en ninguna actividad, fuera de ejercer como escanciador, el último rey, Vladislav
VI, supuso que el ya anciano servidor de vinos era sordomudo, y así se lo hacía saber a
todos.
Aquella noche en la que los conspiradores hablaron de sus planes para atacar Fransville y
tomar posesión de ese reino, le dieron al viejo Edmund la oportunidad de tener en sus
manos uno de los más grandes secretos. Ahora se dedicaría a pensar de qué manera se iba
a servir de ello para sacar el más grande beneficio. De lo primero que estuvo muy seguro
fue de no poner sobre aviso a Vladislav, pues no valía la pena aliarse con ese rey
desordenado y borracho en quien el viejo escanciador no confiaría nunca. Pensó en el rey
de España, vecino de Portugal, quien siempre había sido el rival de esos monarcas,
especialmente por tener ellos el dominio de las rutas marítimas hacia las Indias
Orientales.
Edmund pensó que un buen negocio sería vender su información a los Reyes de España de
ese momento, Fernando e Isabel, llamados LOS REYES CATÓLICOS. Seguramente, ellos
estarían interesados en conocer las andanzas íntimas del rey de Portugal, Fausto III. Al
emprender la campaña planeada con Licanor y Montini contra Fransville, Portugal
quedaría débil y expuesto a una posible invasión por parte de España. Como aún era algo
prematuro emprender esa tarea, Edmund esperó un tiempo más para conocer más
detalles de la conjura.
Eran tiempos de rivalidades entre las potencias colonizadoras de la época. España, Francia
y Portugal se disputaban los caminos terrestres y marítimos para alcanzar las lejanas
tierras de las Indias Orientales desde donde transportaban en grandes barcos la seda y las
especias que eran tan apreciadas por los negociantes y las cortes reales de toda Europa.
Fueron los años en que el comercio de ultramar dominaba e impulsaba el desarrollo de
otros elementos culturales. El papel, la pólvora, la cartografía y novedosas técnicas de
guerra fueron importadas desde el oriente hacia el occidente por arriesgados aventureros.
Marco Polo y otros navegantes adquirieron tal renombre que a esos personajes se les
adjudicaban proezas y poderes especiales.
El Rey Fausto III de Portugal, apodado "El Navegante", hablaba con su asesor real sobre lo
llevado a cabo por un marino italo-español llamado Cristopher Columbus, que había
arribado a un "Nuevo Mundo" en busca de otra ruta para ir a las Indias.
-Se dice que ese Columbus viajó hacia el oeste en vez de tomar el camino marítimo
alrededor del África.- afirmó el rey.
-Su Majestad, él lo hizo forzado por dos factores: Uno, la imposibilidad de tomar el
Mediterráneo y luego el Mar Índico por estar dominados esos pasos por los Turcos
Otomanos, y Dos, para no seguir la ruta del África, ahora manejada por nosotros.- explicó
Don Pedro De Souza.
-¡Ah, ahora sí veo claro por qué ese personaje me parecía familiar. Él pidió audiencia para
que yo le auxiliara con dinero y barcos, pero a mí me pareció más un loco que un
navegante serio.- rememoró el rey Fausto.
-El turno parece ser ahora de D. Fernao de Magalhaes, el descendiente del marqués de
Magalhaes, que tanto colaboró con la Corte. Él tiene la idea de hacer un viaje redondo
alrededor del mundo y desea que Su Majestad le dé el apoyo necesario en barcos, dinero,
vituallas y hombres.- propuso De Souza.
-Lo atenderé en audiencia mañana por la tarde. Encárguese de los arreglos
correspondientes.- ordenó el rey Fausto.
-Se hará como S. M. lo ha decidido. ¿A las 6 de la tarde, le parece bien?-Si, Marqués.- dijo el Rey y se retiró hacia su despacho privado.
TRES
El Palacio de Sagres, sede de la Corte del rey fausto III, adquirió gran notoriedad por los
lujos y elegantes dotaciones, casi todo traído del lejano oriente. Estaba localizado en la
provincia de Oporto y sus terrenos circundantes llegaban hasta el mar. Fue famoso el
astillero fundado por este monarca, siempre enamorado de las artes náuticas. Era una
época de prosperidad para Portugal y el potencial de hombres de mar era inmenso. De
ese gran grupo de aventureros valientes surgió Fernao de Magalhaes, conocido en España
como Don Fernando de Magallanes.
La tarde de la entrevista de Magallanes con el Rey Fausto no prometía mucho de lo que se
esperaba. El monarca, además de ser fanático de los viajes de ultramar, era famoso por su
tacañería desmedida y también por desconfiar de quienes le mostraban planes de viajes
de los cuales no había garantías de éxito.
Cuando Magallanes llegó al Palacio de Sagres el rey le envió un mensaje con su relator,
que decía:
"POR INCONVENIENTES DE SALUD, NO PUEDO ATENDERLE. RESPECTO A SU PETICIÓN DE
AYUDA PARA LA EXPEDICIÓN DE QUE ME HIZO SABER, LE COMUNICO QUE NO HAY
POSIBILIDADES PARA ELLO. LE RECOMIENDO ACUDIR A LA CORTE ESPAÑOLA DONDE HAY
INTERESES QUE LE PUEDEN FAVORECER."
El mensaje tenía el sello real y la rúbrica del rey. La historia refiere todo lo referente a ese
famoso viaje alrededor del mundo, del cual fue patrocinadora la Corte Española y que
culminó con éxito. Todos esos acontecimientos fueron ampliamente conocidos por
Edmund quien también se enteró de que ya se estaban tejiendo los hilos de la trama
contra Fransville.
Edmund, el viejo escanciador de vinos de Fransville, decidió que ya era hora de viajar a
España para buscar una entrevista con el rey Fernando el Católico. Tenía que asegurarse
de que ello sucediera pronto, dadas las circunstancias. No era nada fácil para una persona
como él llegar al Palacio de Aragón pues había mucho trecho por recorrer. Además, el
único contacto fiable para él era Fray José de la Cruz, abad del Monasterio de Santo
Domingo, en Zaragoza, ciudad donde se hallaba el Palacio Real.
Fray Domingo era el confesor de los reyes católicos y podría servirle a Edmund como
vocero para recomendarle al rey Fernando una entrevista para referirle los planes de
Portugal contra la corona de Fransville. Era muy factible que aquel monarca se interesara
por conocer los vericuetos de la conjura y así, tomar partido. Al menos, eso era lo que
pensaba Edmund.
Tan pronto logró poner el pie en tierras de zaragoza, Edmund localizó el Monasterio de
Santo Domingo. Allí lo anunciaron ante Fray José, quien ordenó hacerlo seguir
inmediatamente. Lo condujeron a lo largo de un corredor hasta llegar al despacho del
religioso. Al verlo, Fray José le dio un abrazo y lo invito a sentarse.
-Es un gran placer tenerlo por estos lares, Edmund.- dijo el fraile.
-Para mí es un honor estar con Usted, señor Abad.- respondió el viejo escanciador.
-¿En qué podría servirle, querido amigo?- indagó Fray José.
-Necesito una entrevista con su majestad el rey Fernando y quisiera abusar de su
influencia en la corte, Fray José.
-NO hay problema, Edmund. Lo pondré en contacto con el Palacio Real mañana mismo.
Esté seguro de que Don Fernando lo recibirá.-¿Qué me sugiere decirle al Rey como saludo?-Sólo inclínese ante él y no tenga rodeos acerca de lo que le va a decir. Él es una persona
práctica y gusta de las cosas directas. Eso sí, haga hincapié en darle a entender que usted
es un católico creyente y practicante.- recomendó Fray José.
Salieron de la estancia donde se encontraban charlando para recorrer los pasillos del
monasterio. Fray José condujo al viejo Edmund hasta la nueva capilla que la corona había
mandado a construir. Era realmente hermosa, con imágenes restauradas y adornos
renacentistas de la época. Hasta allí se desplazaba el Rey Fernando para ejercer su
sacramento de la confesión ante Fray José. Quizás por eso, era uno de los lugares más
fastuosos y ricamente adornados.
Edmund salió de allí no sin antes agradecer a Fray José su atención. Luego, se encaminó
por una de las vías que conducían al puerto de Zaragoza. Al llegar allí se acercó a uno de
los vigías y le hizo algunas preguntas.
-Buenas tardes, ¿le puedo preguntar algo?- dijo Edmund.
-Claro. ¿Qué desea saber?- respondió el vigía.
-¿Hay por estos lugares una buena taberna?-Sí, desde luego. Al final de este sendero encontrará lo que desea.-dijo el vigía.
-Muchas gracias.- replicó Edmund.
-De nada.- dijo el vigía, y siguió con su ronda.
El viejo escanciador se dirigió hacia el lugar indicado y, después de caminar por diez
minutos, divisó un nombre escrito sobre un pedazo plano de madera. Decía, EL GATO
NEGRO. Se agachó para entrar, pues la puerta era más bien baja. Dentro, no había mucha
gente. Dos marineros se sentaban al fondo mientras la dama a cargo de llenar los vasos de
vino cumplía con su cometido. Recordó sus tiempos de escanciador en la corte de Portugal
y buscó un lugar cerca a la barra, pues quería saber qué vinos tenían allí.
-Veo que hay un buen surtido de bebidas.- le dijo al hombre a cargo de los vinos.
-Es cierto, amigo. ¿A quién tengo el placer de servir?- preguntó el vinatero.
-Soy Edmund de Bermeo, escanciador de profesión.- dijo el viejo.
-¿Es usted el conocido escanciador de la corte Portuguesa?- indagó el hombre.
-Lo soy. Mucho gusto.- respondió Edmund.
-Yo soy Marco, y todos me conocen como "el pequeño". También soy escanciador de
profesión, mas no he laborado para ninguna corte.- explicó el hombre tras la barra.
-Bébase un vaso de este buen vino que yo invito para celebrar su presencia aquí.- invitó
Marco.
Los dos hombres brindaron por la salud de cada uno. Después de un buen rato, Edmund
salió hacia la posada donde iría a dormir. No se dio cuenta de dos sombras que lo seguían
cautelosamente. Lo último de que tuvo conciencia fue de un duro golpe que recibió en la
cabeza. Media hora más tarde, lo despertó un fuerte dolor que no le impidió incorporarse
y seguir su marcha. Esa noche no pudo dormir bien.
CUATRO
El anciano Edmund no lograba comprender el por qué de ese ataque tan sorpresivo. Se
imaginó que aquello pudo ser obra de un rufián de los que abundan en los puertos y que
atacan a los clientes de las tabernas y las vinaterías. Pero, también pudo haber sido una
especie de aviso con respecto a su plan de hacer un acuerdo en el Palacio de Sagres.
Comenzó, pues, a prevenirse un poco más.
El día anterior, al salir del Monasterio de Santo Domingo, Edmund acordó con Fray José
encontrarse a las puertas del palacio el día siguiente, a las 4 de la tarde. Siendo las 3 de
aquel día sábado, se decidió a salir al encuentro de su amigo el fraile. A esa hora, los
caminos de esa ciudad se notaban llenos de actividad de toda clase. Los caminantes se
apresuraban a llegar a tiempo para la misa de las 4, oficiada ese día por el mismo obispo
de Zaragoza, que se hallaba de visita en el Monasterio de Santo domingo. Muchos
negociantes ofrecían sus mercancías y en cada uno de esos negocios se escuchaban los
regateos en cuanto a los precios, que muchas veces duraban horas. En algunos lugares
fijos, los banqueros y prestamistas no disimulaban su ansia de hacer usura. Aquel era un
puerto de mucho movimiento.
Edmund continuó caminando hacia el palacio real, tropezando de vez en cuando con uno
que otro transeúnte. Después de subir un atrio empedrado y varios escalones de granito,
se vio al frente de dos grandes puertas de madera labrada, guardadas por cuatro
centinelas del cuerpo de lanceros del palacio. No se acercó mucho, ya que su cita era con
Fray José. Esperó un rato prudencial a su amigo quien apareció un poco jadeante por el
esfuerzo del ascenso por el atrio.
-Buenas tardes, querido amigo.- dijo sonriendo. Luego agregó: -Perdone mi tardanza,
Edmund. Hoy ha sido un poco difícil la movilización por estas calles.-No hay ningún inconveniente, Señor Abad. Es un placer saludarlo.- le respondió el viejo
escanciador, extendiendo su mano.
-¿Le parece bien que sigamos?- invitó el Abad, moviéndose hacia la gran puerta.
Edmund caminó a su lado y vio cómo los centinelas le dieron entrada franca a Fray José.
Uno de los soldados les abrió la puerta de ingreso para las visitas. Desembocaron en un
largo corredor recubierto con placas de mármol. A lado y lado se hallaban situadas sillas y
mesas auxiliares. De las paredes colgaban pinturas cuyos marcos dejaban ver la influencia
renacentista del momento. A medida que se desplazaban se iban presentando espejos
lujosos y arcos en las paredes. Al cabo de un cuarto de hora, se encontraron ante un
elegante ujier que los saludó y los invitó a seguir al despacho real.
-No olviden inclinarse y extender su brazo derecho al frente y su brazo izquierdo a la
espalda.- recomendó el ujier.
-Muchas gracias por el consejo.- dijo Edmund, y siguieron hacia el interior de la estancia.
El escanciador no se impresionó mucho por el lujo y el boato exhibido por doquier en el
palacio. Él mismo había vivido literalmente en el palacio de Versilonge, en Fransville,
durante más de cincuenta años. Allí aprendió los modales cortesanos del momento y toda
la etiqueta necesaria para sobrevivir en ese ambiente acartonado y superficial.
Permanecieron unos minutos de pie en medio de la gran sala, admirando el despliegue de
riqueza y elegancia. De improviso, apareció el Rey Fernando de Aragón, más tarde llamado
EL CATÓLICO. Los dos visitantes se inclinaron y saludaron:
-El Señor de los Cielos esté con Su Majestad.- dijo Fray José. Edmund esperó hasta ser
presentado.
-Y con su Reverencia.- respondió el rey. Luego los invitó a sentarse en sillas isabelinas que
se mostraban como un semicírculo en aquella amplia sala. Después agregó: -Y, ¿quién nos
acompaña hoy?-
-Con su permiso me presento, Su Majestad. Soy Edmund de Villars, escanciador oficial del
Palacio de Versilonge, en Fransville.-
-Bienvenido al palacio, Edmund. ¿Hay algo especial que desee referirme?- indagó el Rey.
-Sí, Su Majestad.- respondió Edmund.
-Yo me retiro mientras tanto, si Su Majestad lo permite.- dijo Fray José, haciendo una
reverencia y encaminándose hacia la salida.
-¿De qué se trata eso que usted quiere decirme, Edmund?.-apremió el Rey Fernando.
-Es algo sumamente delicado y posiblemente positivo para sus intereses, Majestad.explicó Edmund.
-Soy todo oídos.- dijo el rey, arrellanándose en la silla real.
A Edmund le tomó más de media hora referirle al rey todos los antecedentes y detalles de
la conjura que el Cardenal Montini, el Rey Fausto de Portugal, Pedro de Souza y el Conde
Licanor habían preparado contra Vladislav de Fransville. El meollo del asunto era la
posibilidad de usar la debilidad militar y económica del reino de Portugal, después de esa
campaña, para tomar ventaja y cobrar viejas rencillas por parte de Fernando de Aragón. El
sometimiento de Portugal por España era el sueño de los reyes españoles, pues querían
consolidar el poder en toda la Península Ibérica y, por supuesto, adueñarse de la ruta de
las especias alrededor del África, que era del dominio portugués.
Ante ese panorama expuesto por Edmund, no le pasó por la cabeza al rey que había de
por medio una traición. Era tan común en esos tiempos esa clase de comportamiento que
sólo le interesó saber cómo recompensaría al escanciador.
-Mi Jefe del Tesoro le dará a la salida una recompensa de 400 escudos. Por favor, no se
presente más por el palacio.- casi ordenó el rey.
-Lo que decida Su Majestad es orden para mí y así lo haré. Fue un gran placer servirle.dijo Edmund, a guisa de despedida.
Se retiró y, a la salida del gran salón, un ujier lo esperaba con dos bolsas medianas,
repletas de monedas de oro. Toda una fortuna. A la salida del palacio, Fray José lo
esperaba sentado en uno de los bancos laterales. Edmund se encaminó hacia él y le tendió
una de las bolsas.
-Para mejoras en el Monasterio.- le dijo.
Fray José la recibió, sonrió y dijo: -Para algo ha de servir el oro que éstos zánganos
explotan del sufrido pueblo.Los dos hombres siguieron su camino hacia el Monasterio de Santo Domingo, no sin antes
dar una visita a la Catedral de Zaragoza.
CINCO
El gran atrio a la entrada de la catedral era uno de los más bellos atractivos para los
visitantes, muchos de los cuales iban a pagar promesas por favores recibidos. También se
veía a la entrada, un lugar exclusivo para los pordioseros y menesterosos que dependían
de la caridad de los creyentes. Se perfilaban desde afuera tres entradas, una central y dos
laterales, constituyendo tres naves. La estructura de las naves se apoya en contrafuertes
característicos del gótico tardío. El material constructivo fundamental es el ladrillo,
habitual en la arquitectura aragonesa.
El acceso principal se realiza por el lado occidental, donde se levantó una fachada barroca
clasicista que se encuentra detrás de la actual portada.
Era imponente la edificación y mostraba el poder de la iglesia en esa época turbulenta del
Renacimiento, años de grandes evoluciones tanto en la cultura como en los
descubrimientos. Edmund y Fray José se hallaban sumergidos en ese ambiente de cambios
que después significó la parte más significativa de la Era Moderna en la historia.
- ¿Desea acompañarme al Monasterio, Edmund?- dijo Fray José.
-Le agradezco la invitación, querido amigo, pero preferiría seguir hacia la posada para
descansar el resto del día. Mañana saldré temprano con destino a Fransville.- explicó el
viejo escanciador.
-Otro día será.- replicó Fray José. Dio un abrazo al anciano y se despidieron. -Que Dios y la
Virgen lo protejan.- le deseó.
-Muchas gracias por esa bendición, Señor Abad. Gloria al Señor.- dijo en respuesta
Edmund, y siguió caminando.
El viejo escanciador se desplazó por esas calles angostas y empedradas hasta alcanzar la
entrada de la posada donde dormiría esa noche. Saludó al centinela de turno y fue directo
a su cuarto. Allí pensó en el futuro que le esperaba en Fransville, reino al que se le
avecinaban días muy violentos, dada la conspiración que tenía el Rey Vladislav ad portas.
El día de su partida, el sol alumbraba pródigamente y el ambiente era de bastante
movimiento. Se encaminó al puerto para abordar el barco que lo llevaría a Fransville, reino
situado al nordeste de Francia.
Lo que Edmund ignoraba en ese instante era que desde Portugal ya había partido la flota
que atacaría a Fransville, pues el rey Fausto había decidido vengar el repudio que Vladislav
había hecho a su hija, ahora ex-esposa del monarca. En esa condición, era algo menos que
cualquiera de las concubinas que conservaba el rey. El Coden Licanor, el cardenal Montini
y el Marqués de Souza habían hecho adelantar la fecha del ataque, dado que Fausto III de
Portugal había contratado miles de mercenarios y él mismo decidió dirigir esa campaña
que consideraba como un desagravio real.
El Rey Fernando de Aragón ya tenía conocimiento de todos los pasos de su vecino y sabía
muchos de los detalles merced a la delación de Edmund de Villars. Casi en secreto, había
ordenado a sus barcos estar listos para zarpar al oeste, y a sus soldados permanecer en
pie de marcha para la invasión del reino de Portugal.
Por medio de sus espías, Fernando supo que Fausto había abandonado su trono mientras
llevaba a cabo la campaña contra Fransville. Su hermano mayor, Enrique, llamado "el
taciturno", había quedado como regente del reino. Había contraído matrimonio tardío con
la princesa Carlota Corday, sobrina del rey Vladislav de Fransville.
Enrique era ya un príncipe de 60 años y su reciente esposa tenía tan sólo 35. Ya eran vox
populi los escarceos de Doña Carlota con otros monarcas, incluido don Fernando de
Aragón. Por supuesto, ella era la confidente que le ponía al corriente de todos los
acontecimientos sucedidos y por suceder en Portugal.
En un de esos encuentros furtivos, ella le refería los acontecimientos:
-Querido, tú me prometiste la Corona de Portugal cuando todo esto termine. ¿Lo tienes
en mente?- decía ella.
-Eso no se me ha olvidado, mi princesa. Pero, cuéntame cómo están las cosas en tu casa.apresuró el rey Fernando.
-Fausto se ha marchado con sus gentes y Enrique se encierra a beber y a dormir.- refirió
ella.
-¿Hay barcos en los muelles?- indagó Fernando.
-Sólo los del comercio real. Casi no hay soldados porque la mayoría se marchó a Fransville
y a Enrique parece no importarle lo que pueda pasar en Portugal.- afirmó Carlota.
-Lo mejor para ti será que pases unas semanas aquí, pues habrá movimientos militares en
tu reino.-casi ordenó Fernando.
-Como tú lo decidas, querido.- aceptó Carlota.
Aquella charla entre los dos conspiradores apuntaba al inicio de grandes cambios en el
panorama político, cultural y social de toda la Europa de Occidente.
SEIS
Doña Carlota Corday, princesa de gran poder en la corte del rey Vladislav VI de Fransville,
era una dama distinguida que frecuentaba pitonisas y adivinadores, dado su interés en
saber acerca de los futuros pasos de su cuñado Fausto III de Portugal. Uno de sus augures
favoritos era un tal Magnus, llamado el mago por quienes afirmaban que no sólo podía ver
el futuro sino que también le atribuían poderes alquímicos especiales para fabricar oro a
partir de cualquier otro metal. Disfrutaba de una riqueza inmensa con la que había
logrado comprar el título de nobleza que tanto ansiaba. El Rey Fausto en persona lo
invistió de su nuevo título como el Marqués de Sajonia. En esos días se hallaba visitando
en la corte portuguesa a Doña Carlota.
Esa tarde, casi anocheciendo, Magnus caminaba lentamente a lo largo de uno de los
pasillos del palacio lusitano. Se entretenía mirando las pinturas que colgaban de las
paredes mientras se aproximaba a la estancia donde generalmente atendía a la princesa
Carlota. Ese día el esposo de la famosa dama, Don Enrique, "el taciturno" estaba
recorriendo uno de los feudos que su hermano Fausto le había encargado para regir,
mientras marchaba hacia la guerra contra Vladislav, en Fransville.
Cuando Magnus llegó frente a la gran puerta del salón donde se suponía que Doña Carlota
lo esperaba, vio un detalle que lo sorprendió. La puerta no estaba asegurada ni había
centinela alguno al frente. Decidió seguir adentro y sólo tuvo que dar unos pocos pasos
para quedar estupefacto al ver una escena espantosa. Doña Carlota yacía sobre el piso
alfombrado y su sangre teñía el azul de su lujoso vestido. El mago, ahora Marqués de
Sajonia, se arrodilló y palpó el rostro de la dama, pero ya era tarde. En ese preciso
instante, entró al recinto su esposo, Don Enrique, y al percatarse de la escena macabra,
sólo atinó a gritar:
-¡Guardias! ¡Detengan a este hombre, que ha asesinado a mi esposa!-¡Pero, Su excelencia, yo no he cometido ningún crimen!- atinó a exclamar El Marqués.
-¡Aprésenlo de inmediato!- ordenó a los cinco guardias que llegaron corriendo.
El Marqués de Sajonia fue conducido enseguida, con sus manos atadas a la espalda, a uno
de los calabozos del Palacio. Fue tal el caos generado por el acontecimiento, que las
damas de compañía de la finada no cesaban de llorar y lamentar lo ocurrido. El Consejero
Real, Don Pedro de Souza, acudió al llamado de Don Enrique con quien dialogaron acerca
de la tragedia ocurrida. Siendo Don Enrique, hermano del Rey Fausto, el tratamiento que
se le daba era el de SIRE, Príncipe Regente.
-Siento mucho lo ocurrido a su esposa, Sire.- se lamentó Don Pedro.
-Muchas gracias, Señor Duque. Esto que ha pasado tendremos que hacerlo investigar
hasta las últimas consecuencias. Le ruego que encabece la comisión para esclarecer el
hecho.- casi ordenó el Regente.
Los dos estuvieron de acuerdo en que habría que tratar el caso con mucha cautela,
evitando el escándalo en la corte. Además, la popularidad que Doña Carlota había
obtenido por sus numerosos escarceos reales exigía llevar a cabo la investigación casi en
el anonimato. Se organizó así, un grupo de letrados en leyes y un juez máximo que serían
aconsejados por Don Enrique y Don Pedro de Souza para que el mago fuera declarado
culpable y ajusticiado en una de las mazmorras del palacio. No habría dificultad en llevar a
cabo ese tratamiento sigiloso del caso, dado que el familiar más cercano de la dama
asesinada era el rey Vladislav, pero él estaría muy atareado respondiendo al inminente
ataque de las tropas del Rey Fausto.
Las cosas se dieron acorde con los planes fraguados por los poderosos. El entierro de Doña
Carlota se dio en la más privada de las ceremonias, para la cual se aprovechó la visita del
cardenal Montini al Palacio de Portugal quien prefirió estar lejos de su rey, Vladislav,
durante la guerra que Fausto estaría librando contra aquel personaje sombrío.
Después de un simulacro de juicio contra Magnus, el nuevo Marqués de Sajonia, y que
sólo duró una hora, aquel fue declarado culpable de asesinato de un personaje real. Ese
crimen estaba penalizado con la horca. Al amanecer de ese mismo día, el verdugo cumplió
con su trabajo y el mago fue ajusticiado.
Todo era sigilo y voces bajas en aquel palacio, donde la autoridad brillaba por su ausencia.
Don Enrique, encargado de la corona por su hermano el Rey Fausto III, no proyectaba la
imagen necesaria para mantener firme la corona. Ese ambiente trascendió hasta Zaragoza,
donde Fernando de Aragón esperaba el momento más propicio para ocupar Portugal, por
razones políticas, principalmente.
SIETE
El regente Don Enrique realmente sentía que había resuelto el asunto del crimen de su
esposa Doña Carlota. Sin embargo, muy en su interior, experimentaba una especie de
liberación, pues el nombre de la dama estaba circulando de boca en boca tanto en el
Palacio como en los reinos vecinos. Sus continuos y no tan disimulados escapes hacia el
reino de Aragón eran la comidilla en el reino de Portugal.
Por esos motivos, Don Enrique sintió que se había quitado una especie de peso de encima
al morir Doña Carlota, pues sus inquietos devaneos y el carácter pícaro de ella, no le
favorecían en absoluto.
Las noticias de lo ocurrido en Portugal no tardaron en conocerse en el reino de Aragón. A
Fernando no le importó mucho la muerte de su concubina, a quien sólo le reconocía sus
buenas dotes de espía. Por ella, él supo que el momento era propicio para empezar y
llevar a cabo la invasión de Portugal por España, ya que los reinos españoles se habían
consolidado al contraer nupcias Don fernando de Aragón con Doña Isabel de Castilla, a
quienes se les empezó a llamar LOS REYES CATÓLICOS.
Ya se hablaba en toda Europa del poderío español de ultramar, especialmente después del
primer viaje de Don Cristopher Columbus hacia tierras desconocidas, tropezándose
accidentalmente con todo un mundo nuevo. Inicialmente, no hubo derroche de riquezas
ni tesoros al regreso de Columbus, pero el potencial colonial y ultramarino de España era
indiscutible.
Con el ego más crecido por los logros recientes, Fernando decidió dirigir personalmente y
respaldar económicamente la invasión de Portugal, ya que Doña Isabel estaba financiando
la expedición a América con su propia riqueza. Encargó al Condestable Don Francisco de
Borbón el comando de las fuerza marítima compuesta por 30 barcos equipados con
cañones y bombardas, además de transportar marinos expertos en el manejo de la
espada. Las fuerzas de tierra estarían bajo el mando del Condestable Juan de Toledo,
quien ostentaba el título de "pacificador de los moros". Eran muy conocidos sus arranques
sanguinarios cuando comandaba sus soldados al tomar un poblado.
El día miércoles 28 de junio del año 1505, al amanecer, zarparon los barcos españoles con
rumbo a los puertos portugueses. Tarde se percataron en el palacio de Oporto de la
inminente invasión. Por tierra, ya la caballería de Castilla, dirigida por el marqués de
Sidonia, se encaminaba hacia las montañas de Malhao y las serranías de Nogueira y
Mogadouro, fáciles de atravesar por su baja altitud.
Las fuerzas portuguesas no tendrían el tiempo suficiente para prepararse ni para
trasladarse a los lugares estratégicos del reino. Don Enrique, el regente en nombre de
Fausto III, rey de Portugal, decidió ofrecer la capitulación ante el desastre tan inminente.
El Consejo Real estuvo totalmente de acuerdo en la rendición, bajo las siguientes
condiciones:
1.- Habilitar tres pasos terrestres a través de las sierras portuguesas para el paso de la
caballería española.
2.- Compartir el uso del muelle de Oporto sólo en determinadas circunstancias.
3.- Pago de 200.000 ducados de multa a Don Fernando de Aragón.
4.- Ceder 300 fanegadas de los terrenos al occidente de la Serranía de Nogueira para que
los españoles construyan un asentamiento de observación.
5.- Co-administrar la vía marítima hacia las Indias Orientales, alrededor del África.
6.- Darle una vigencia de 2 años a este acuerdo, declarándose terminado en sus funciones
al cabo de ese plazo.
En realidad, el punto 5 del tratado era el que importaba a la Corona Española. Los turcos
habían invadido Constantinopla e impedían los viajes al este por el Mediterráneo, pues tal
bloqueo significaba sostener una guerra contra esos invasores.
Fernando el Católico estuvo completamente de acuerdo al evitar derramamiento de
sangre y continuar, de cierta manera, una buena relación con su vecino de occidente.
La vida monárquica no era tan sencilla de sobrellevar, según parecía. Una hija de Fernando
el católico, Catalina de Aragón, se convirtió en la primera esposa del rey Enrique VIII de
Inglaterra. Ella tenía parentesco con la Casa Inglesa, pues era la bisnieta de Catalina de
Lancaster y había sido ofrecida como esposa de Arturo de Gales, primogénito de Enrique
VII de Inglaterra. Poco tiempo después de su primer matrimonio, su esposo murió a causa
de fiebres producidas por el "SUDOR INGLÉS". Una vez muerto Enrique VII, ella se casó con
el heredero Enrique VIII, quien la repudió más tarde por casarse con una concubina
llamada Ana Bolena.
Todo ese barullo real produjo varios cambios de fondo en la política de los reinos de ese
momento histórico. El rey inglés se convirtió en Jefe de la Religión y surgió así el
ANGLICANISMO, una ramificación del Protestantismo, recientemente instaurado en
Alemania. La Corona Española empezó a acunar un odio en contra de los Ingleses, que
más tarde significó una ruptura violenta que se convirtió en una de las guerras más
connotadas de la historia moderna.
Mientras tanto, el rey Fausto III de Portugal logró su cometido y venció en franca lid a
Vladislav VI, en Versilonge. Así, Fransville se convirtió en una colonia de Portugal, que más
tarde recuperó su lugar como potencia descubridora y colonizadora.
El Cardenal Montini aún conservaba su lugar como Ministro asesor de la corona de
Fransville en el momento de la invasión portuguesa. Y fue, al producirse la ocupación,
cuando Edmund retomó su labor de escanciador real, a su regreso de España.
OCHO
Las condiciones de la rendición de Fransville a Portugal conllevaron la situación de colonia,
que en nada favorecía el desarrollo de aquel reino. A su vez, Portugal había sucumbido a
la invasión de Fernando y también se habían cambiado su naturaleza política de tal
manera que, como Fransville, no conservaría libertad plena para su futura realización
como estado monárquico. Aquella era una especie de mala jugada de la historia política
de Europa, y ante esa suerte de impasse, tendría que re-diseñarse el juego de las alianzas
y las concesiones.
Por ello, tan pronto reasumió sus funciones en Fransville, Edmund decidió hablar con el
Cardenal Montini, quien había tomado las riendas del gobierno debido a la muerte del rey
Vladislav VI a manos de Fauso III de Portugal. Fransville se hallaba sin mandatario real en
ese momento, pues el monarca no dejó descendencia. En el despacho del Cardenal se
hallaban reunidos Montini, Licanor y Edmund, a quien le reconocían buenas dotes
diplomáticas por el manejo que hizo de su entrevista con Fernando de Aragón.
-Ya sabemos de su verdadera condición y perfecta lucidez, Edmund.- dijo Montini.
Edmund se levantó de su silla e inclinó su cabeza al decir: -Eminencia, nunca quise ofender
a nadie con mis acciones y siempre fui leal en mi trabajo.-No tiene que explicar nada al respecto, Edmund. Comprendemos su posición y deseamos
hacer buen uso de sus méritos y capacidades diplomáticas.- acotó el Conde Licanor.
-Es por eso que lo vamos a relevar de su posición como escanciador real. A cambio, lo
nombramos Primer Asesor de la Regencia.- planteó el Cardenal Montini.
-Es un gran honor el que ustedes, Sires, me están ofreciendo. Pero, hay una dificultad para
yo poder aceptar tan magnífico ofrecimiento de su parte.- acotó Edmund.
-Y, ¿cuál es esa dificultad?- preguntó el Conde.
-Yo no tengo ningún título nobiliario.- explicó Edmund.
En ese momento, el Cardenal Montini fue a su escritorio y sustrajo de una de las gavetas
un pergamino recién elaborado. Lo desplegó ante los presentes y dijo:
-Por medio de éste decreto de la regencia, se le hace patente el título de Conde de
Landau, como reconocimiento a sus raíces nobles por parte de su Señora Madre, quien se
había casado en secreto con el Conde Ferdinand de Chevigné y Landau, a la muerte de su
esposa.- dijo Montini.
-Le ruego se acerque a firmar el acta correspondiente, Señor Conde.- invitó Licanor.
Edmund nunca se hubiera imaginado que el destino había dado semejantes virajes en su
favor. Firmó el acta y agradeció aquel gesto inesperado de parte de quienes estaban a
cargo del gobierno de Fransville.
Así fue como Edmund de Villars se convirtió en Conde de Landau y vino a formar parte del
gobierno de Fransville como Primer Asesor de la Regencia, lo que a su vez significaba ser
Vice-Regente del reino. Desde esa posición le sería propicio llevar acabo una nueva
negociación con el Rey Fausto III de Portugal y lograr así mejores condiciones políticas.
En charla privada con el Cardenal Montini, Edmund propuso un primer paso a seguir.
-Eminencia, creo que deberíamos resolver lo más pronto posible el problema de quién se
debe sentar en el trono de Fransville.-Tiene razón, Señor Conde. Yo también he pensado en posibles candidatos para esa
posición tan delicada.- dijo el Cardenal.
-¿A quiénes se refiere Usted?- indagó Edmund.
El Cardenal Montini le tendió un pergamino donde se hallaban escritos los nombres y los
títulos de quienes eran parientes del finado Rey Vladislav VI. Edmund leyó lo escrito y se
detuvo en uno de ellos. Luego, preguntó:
-¿El Rey Luis XII de Francia era medio hermano de S.M. VladislavVI?-Usted lo ha dicho, Señor Conde. Y él es el familiar más cercano.- anotó Montini.
NUEVE
La sola idea de compartir la corona de Fransville con el monarca francés le martillaba el
cerebro al Cardenal Montini. Para un rey, en aquellos tiempos, no era nada extraño ceñir
sobre su cabeza real más de una corona. Recordaron el caso de Carlos I de España, quien a
la vez heredó el imperio de Alemania con el nombre de Carlos V. Por ello, para Montini, en
el caso de que Luis XII decidiera reclamar lo que le pertenecía por derecho propio, aquello
significaría el final de su sueño remoto de hacerse coronar como Rey de Fransville. El
único requisito que debería cumplir era el de haber alcanzado el solio Papal. En ese caso,
no había ninguna legislación o acuerdo que impidiera que un Papa fuera coronado Rey.
Así las cosas, el cardenal Montini propuso al Consejo Real de Fransville considerar el
nombramiento de Edmund, ahora Conde de Landau, como Regente interino para poder
desplazarse con libertad hacia Roma y, desde allí mismo, llevar a cabo una campaña fuerte
y demoledora para aspirar al solio pontificio, especialmente ahora que el Papa en
funciones, Inocencio III, se había desprestigiado enormemente por haber auxiliado con
soldados, armas y dinero al Rey Fausto III de Portugal en su guerra de sometimiento a
Fransville que en el presente estaba sufriendo una penosa capitulación ante Portugal.
Después de una semana de debates, discusiones e intervenciones de varios Duques y
Condes de Fransville, se acordó nombrar al Conde de Landau Regente oficial del Reino,
por tiempo indefinido.
Montini tenía diferentes variables en sus planes políticos. Uno, era hacerse nombrar Papa;
dos, coronarse Rey de Fransville; tres, invalidar el acuerdo de rendición ante Portugal. Su
ambición no había decaído con los años. Por el contrario, se había aumentado de una
manera casi voraz.
Por medio de una ceremonia solemne, donde el Cardenal Montini mostró su verdadero
poder ante la corte Fransvillense, fue proclamada la investidura de Regente del Conde de
landau. A partir de ese momento, Edmund era la más alta autoridad de Fransville, con las
atribuciones de un monarca no coronado.
Usando su poder en el gobierno, destituyó al Conde Licanor de su dignidad como Tesorero
Real y se hizo cargo directamente de las arcas del reino. Condenó a muerte a Don pedro
de Souza, Duque de Coimbra, acusándolo de traición y malversación de fondos reales.
Finalmente, nombró como Consejero personal a su hijo adoptivo, Arnaud, a quien le
había hecho reconocer el título de Marqués de Giscard, otro de los títulos nobiliarios que
heredó a la muerte del Conde Ferdinand de Chevigné, su padrastro póstumo.
Edmund de Villars estaba empezando a saborear las mieles del poder sin habérselo
propuesto. Parecía que los hados del destino se habían confabulado a su favor y no era el
momento de mostrar ni humildad ni debilidad. De acuerdo con los acontecimientos
acaecidos recientemente en su vida, una al principio fugaz idea empezó a tomar forma en
su cerebro. En ese momento de la historia, él estaba descubriendo que no había límites
para lo que se propusiera lograr.
Había aprendido que la lealtad no se podía disimular indefinidamente y que, tarde o
temprano, la verdad se manifiesta. Por ello, decidió actuar de la manera más honesta
posible, creyendo en cada paso que iba dando. El día anterior a la partida del Cardenal
Montini hacia Roma, los dos jerarcas del gobierno de Fransville se reunieron
privadamente para ultimar los detalles de la Regencia que habría que llevar adelante
especialmente ahora que el Reino necesitaba proyectar una nueva imagen de poder.
-Querido Edmund, dejo en sus manos la marcha de progreso y reconstrucción que hemos
iniciado en ésta nueva era.- expresó Montini.
-Espero no defraudarlo, Giuseppe. Puede confiar en que sus líneas de gobierno seguirán
funcionando.- le respondió Edmund.
-Hay un asunto que le concierne directamente, Señor Conde.- dijo el Cardenal Giuseppe
Montini, poniéndose de pie.
-¿A qué se refiere en particular?- indagó Edmund, incorporándose de la silla que ocupaba.
-Es la anulación de las condiciones deshonrosas del tratado de rendición ante Portugal.respondió.
-¡Ah, eso! - exclamó Edmund, tomando entre sus manos un escrito recientemente
elaborado.
El cardenal Montini recibió el pergamino que Edmund le estaba tendiendo. Lo leyó
atentamente y dijo:
-Dejo en sus manos el manejo de las relaciones con Fausto de Portugal. Si logra usted que
este nuevo tratado se firme habremos logrado recuperar nuestro prestigio y poder en
Europa.- vaticinó Montini.
El nuevo escanciador real se acercó y sirvió vino de Burdeos en las copas doradas que
sostenían los actuales dueños del poder en Fransville. Luego de lo cual se retiró
ceremoniosamente.
-¡A nuestra salud!- brindó el Cardenal Montini.
-¡Salud!- dijo Edmund.
DIEZ
Después de la muerte del rey Vladislav VI, Fransville empezó a experimentar los cambios
propios de un reino que casi queda en ruinas como consecuencia de la guerra. El Rey
Fausto III de Portugal fue inclemente en sus ataques al Castillo de Versilonge. Dos
almenas, un torreón, la barbacana, el puente levadizo y la Torre del Homenaje sufrieron
daños muy serios por los proyectiles disparados con las gigantescas catapultas que poseía
el ejército de mercenarios proveídos por el papa Inocencio III al rey de Portugal.
Habría que destinar una buena parte del presupuesto de gastos para reconstruir esas
secciones del castillo. Para ese menester, Edmund encargó a su hijo adoptivo Arnaud que
ahora era su Consejero Real. Hablaban mientras caminaban a lo largo del pasillo central
del palacio.
-¿Cómo te sientes, ahora que tienes un cargo de alto poder?- inquirió Edmund.
-Padre, pertenecer a la nobleza es algo delicado pero ahora con la Consejería me siento
mucho mejor.-dijo Arnaud.
-Tendrás que hacer un estimado de los posibles gastos a llevar a cabo para las refacciones
del castillo y mantener un ojo sobre los contratistas para que no haya dilapidaciones.aconsejó Edmund.
-Tienes razón, padre. Los daños producidos por la guerra fueron grandes y serios.
Necesitaremos de los mejores ingenieros del reino para esos menesteres. Yo los
contactaré y te haré saber sobre lo que será necesario.- dijo Arnaud, con un gesto fugaz,
percibido por su padre.
Algo que Edmund, nuevo Regente del reino, no sabía acerca de su hijo adoptivo tenía que
ver con su comportamiento antes de ser favorecido con el título nobiliario de Marqués. En
repetidas ocasiones él se vio enredado en andanzas "non sanctas" y fue detenido varias
veces por "robo y daño en bien ajeno" en una provincia cercana a Versilonge. Hacía poco
tiempo que había empezado a vivir en el palacio en compañía de su padre adoptante y
ello no le dio lugar a Edmund para enterarse de que su hijo no era exactamente lo que él
imaginaba.
Siguieron caminando por el corredor de los espejos durante más o menos quince minutos.
Después, se despidieron y cada uno tomó un rumbo diferente. Edmund decidió salir al
prado frontal del palacio para disfrutar de los aromas de los jardines. Es de anotar que
dentro de los terrenos del castillo se había construido el palacio, con el fin de brindar más
protección al Rey y a los miembros de la Corte, que vivían allí.
Las arboledas y los prados se mantenían muy bien cuidados por un grupo de jardineros
reales. Era el final de la primavera pero el verdor aún permanecía latente en todo ese
paisaje. Edmund se sentó a un lado de la fuente que regaba los jardines. Pensaba en los
extraños giros que había dado su vida en los últimos días de su vida. Ya bordeaba los 70
años y aún no comprendía el alcance de todo lo que le había sucedido. Recordó la
entrevista que tuvo con el Rey Fernando el Católico, cuando jugó al espía, vendiendo
información sobre Portugal. Por su cabeza pasó fugazmente la idea de que algún día se
supiera aquello, lo que arruinaría sus logros obtenidos recientemente. También pensó en
las posibles jugadas que el cardenal Montini podría llevar a cabo una vez lograra hacerse
proclamar Papa.
Edmund se sentía en ese momento como despertando de una hermosa pesadilla. Desde
simple escanciador en la corte había dado un salto que lo había puesto en el nivel más
alto al que podía aspirar. Veía que desde esa posición era posible obtener grandes logros
o grandes fracasos. Decidió, pues, encarar esa realidad y empezó a desconfiar de todo y
de todos.
Se encaminó por un sendero que lo condujo directamente al salón del Consejo Real.
Recibió los honores que, a su paso, le rendían los soldados de la guardia de palacio. Entró
a la lujosa estancia adornada con grandes pinturas de los más renombrados pintores de la
época. Los sillones eran nuevos y resumaban elegancia. En una esquina del salón se
encontraban cuatro miembros de la nobleza discutiendo sobre lo caro que era en esos
días mantener un ejército de mercenarios, especialmente si eran españoles o franceses.
Dos damas los acompañaban.
El Conde Marcel de Bragelonne, la Marquesa Ana de Aragón, sobrina del Rey Fernando el
Católico; el Barón Hunter von Klaus, el Condestable John Parker; Doña Isabela, infanta de
Portugal y el Duque Marcel de Vignard, asesor real en Versilonge.
Todos ellos se mostraban bastante locuaces y sus risas llenaban el recinto a medida que
bebían vino de sus copas. Edmund se encaminó hacia el grupo para saludar y brindar sus
respetos a las damas y al hacerlo, una de ellas se acercó a él.
-Me place mucho saber que el Señor Regente está entre nosotros.- dijo con aire jovial y
gran sonrisa.
-El placer es mío, Madam...- respondió Edmund queriendo saber su nombre.
-Soy Ana, la sobrina de su Majestad el Rey Fernando de Aragón. ¿Recuerda cuando nos
saludamos en el palacio español? Usted se hallaba con mi tío conversando de asuntos
políticos, me parece.- aclaró ella sonriendo.
Edmund se sorprendió al oír esas palabras, pero no dio trazas de ello. Se inclinó y besó la
mano de la Marquesa.
-Sea Madam bienvenida a Versilonge.- expresó ceremoniosamente el antiguo escanciador
real del palacio.
ONCE
La situación no era fácil de digerir para Arnaud, quien, como por arte de encantamiento,
había recibido una especie de reivindicación de estatus al heredar de su padrastro aquel
título nobiliario que le permitía estar viviendo en la corte de Fransville, con todas las
garantías que un caballero de su tiempo recibía a ese nivel social. No estaba, pues, dispuesto
a perder todas esas prerrogativas que estaba disfrutando.
Edmund, por el contrario, veía con preocupación el hecho de tener que lidiar con varios
predicamentos. Uno, era mantener el nivel de aprobación que siempre daban las otras
cortes, cuyos miembros visitaban en ese momento el Palacio de Versilonge, siendo uno de
los huéspedes el Conde de Bragelonne, quien sospechaba de su hijastro. Dos, venía a
ser el hecho de haber sido reconocido por la sobrina del Rey Fernando de España. Tres, le
preocupaba el pronto regreso del Cardenal Montini, de quien se podría esperar cualquier
cosa en referencia al gobierno.
Si, definitivamente, Edmund no se hallaba en una posición muy fortalecida dada su
condición de regente encargado del Gobierno de Fransville. Pensó, pues, en dar un golpe
directo a la cabeza del problema. Convocó a una reunión de sus invitados, con carácter
urgente.
-Daniel, ve y dile personalmente a la Infanta Ana, al Conde de Bragelonne y al marqués
de Giscard, mi hijo, que los espero en el Salón de las Pinturas, esta noche, antes de la
cena.-ordenó al Jefe de Ujieres, quien vestía una elegante librea.
-Como usted lo ha manifestado, así se hará, Su Excelencia.- afirmó el oficial, y se encaminó
a llevar a cabo su tarea.
El Salón de las Pinturas era llamado así por reunir sobre sus muros y paredes una de las más
grandes colecciones de obras de los artistas connotados de la época. Los cuadros de los
afamados pintores de la Escuela de Fontainebleau, del Renacimiento Francés y del
Manierismo español se podían admirar directamente allí. El moblaje de esa estancia había
sido diseñado de acuerdo con la corriente renacentista caracterizada por el colorido vivaz y
los tapizados de sedas chinas. Entre las piezas de arte pictórico descollaba el famoso cuadro
de EL GRECO, “El Entierro del Conde de Orgaz”, que siempre atraía las miradas de los
visitantes.
Precisamente, ante ese cuadro se hallaban los citados personajes, intercambiando
conceptos
artísticos
sobre
el
estilo
de Doménikos Theotokópoulos,
en griego Δομήνικος Θεοτοκόπουλος, nombre real de EL GRECO.
-Es un cuadro con muchos detalles del hecho que retrata.- afirmaba el Conde de Bragelonne.
-No concuerdo con tu concepto, Marcel.- replicó la Princesa Isabela de Portugal, hija del finado
rey Fausto III y esposa del Conde.
-¿Por qué lo dices, mi querida Isabela?- preguntó Marcel de Bragelonne.
-Dadas las circunstancias de ese evento, lo grandioso debe resaltarse por los detalles.-replicó
ella, con una sonrisa coqueta dirigida a su esposo.
-Con perdón de los dos, creo que el Greco está mostrando cierta presunción al querer mostrar
que conoce muy bien a los personajes del cuadro.- afirmó Doña Ana de Aragón, que se había
unido al trío de los citados por Edmund, por iniciativa propia.
Edmund había decidido no citar a la sobrina del Rey Fernando de España para no tener que
referirse al asunto de su encuentro don el rey, cuando le vendió la información sobre Portugal,
pues sabía que en presencia de la esposa del Conde de Bragelonne, la Infanta Ana podría
resentirse al conocer esos hechos ya que su padre pereció en la ocupación española.
Para Arnaud, aquella situación podría desembocar en un impasse internacional si no se
manejaban los hilos apropiadamente. Pensó rápidamente en separar a Doña Ana del grupo
y, para ello, llamó presurosamente a su edecán personal para darle instrucciones.
-Juan, rápidamente traiga a este salón 5 cortesanas del Palacio para que inviten a Doña Ana
de Aragón a probarse los trajes que mi padre ordenó para la ella, pues el modisto real desea
hacerle los ajustes necesarios y los que la dama crea convenientes.-Como usted lo ordene, excelencia.- respondió el edecán, y salió rápidamente del lugar.
En menos de quince minutos, cinco elegantes damas aparecieron en el Salón de las Pinturas
y convencieron a Doña Ana para encontrarse con el modisto real.
Efectivamente, Edmund había ordenado traer las mejores galas para agasajar a la sobrina
del Rey Fernando. En su camino hacia el lugar de la reunión, el antiguo escanciador real se
cruzó con la dama en cuestión y las damas acompañantes. Les dirigió una sonrisa de cortesía
y siguió su camino.
Pronto arribó al Salón de las Pinturas donde se hallaban los citados, enfrascados en una
charla muy animada sobre la obra de EL GRECO. Franqueó la entrada y se dirigió
pausadamente hacia el grupo.
Al percatarse de su presencia allí, Arnaud fue el primero en dirigirse a él:
-Bienvenido a la tertulia, Padre. Desearíamos que se nos uniera a la amistosa discusión y a
disfrutar de un buen vaso de vino.Edmund notó un ambiente amistoso en el grupo y, en medio de ese calor de simpatías entre
los presentes, decidió no echar a perder el momento. Tomó el vaso de vino que le ofrecía
el nuevo escanciador y, con la otra mano extendida hacia el cuadro que atraía la atención
de los invitados, les dijo:
-El Greco en persona me obsequió esa producción, precisamente una semana después de
las exequias del Conde de Orgaz.Esas palabras provocaron expresiones de admiración en los presentes, lo cual distendió el
ambiente y le dio a Edmund la oportunidad de cambiar la agenda para la reunión, pues
inicialmente él había pensado en aclarar las situaciones equívocas surgidas aquel día.
Decidió, pues, aplazar lo que había pensado hacer y más bien disfrutar del momento.
DOCE
Se escuchaban las risas y las frases de intercambio social entre los huéspedes de honor y
sus anfitriones en el Salón de Pinturas del Palacio de Versilonge. La Infanta Doña Ana de
Aragón estuvo ausente y decidió dar un paseo por los jardines, acompañada por su edecán
personal Don Francisco de Ponce, después de medirse los trajes recién traídos de París por
órdenes expresas del Regente Edmund. Además de ser su edecán, Don Francisco era primo
de Doña Ana y Marqués de la Casa de Castilla, lo cual le asignaba un escalón en la posible
sucesión del trono de Aragón.
-Ana, ¿no se te hace extraño que te hubieran llamado a la sala de trajes, precisamente en
el momento de la reunión de los otros huéspedes?- indagó Francisco.
-Es posible que las costureras y las modistas estuvieran de prisa esta tarde y fuera necesario
hacer los ajustes inmediatamente.- replicó la Infanta.
-Yo me refiero a que prácticamente te sacaron del Salón de Pinturas por algún motivo.
¿Tendrían asuntos entre manos que nosotros no debiéramos conocer?-Preguntó el primo.
-Eso es fácil de aclarar, Paco.- le dijo Ana, con tono cariñoso y sonriendo pícaramente.
-¿A qué te refieres, prima?-A que podemos caer de sorpresa en la reunión que, entre otras cosas, aún no ha terminado,
e integrarnos a ella.- invitó la Infanta-Me parece una excelente idea para charlar un rato y
catar una copa de buen vino.- dijo el Marqués.
Se dirigieron con algo de prisa hacia el fastuoso Salón de Pinturas. Desde la cercanía se podía
apreciar la iluminación de sus coloridos ventanales. Dos ujieres vestidos elegantemente les
franquearon la entrada.
-Por favor, sigan sus excelencias.- Invitó uno de los servidores.
La Infanta Doña Ana de Aragón avanzó por el corto pasillo de la entrada del brazo de su
primo. Los dos personajes de la realeza española desembocaron en la gran sala, donde ya
habían llegado otros invitados. Un grupo musical de corte barroco amenizaba la tertulia que
se veía bastante animada.
Tan pronto Edmund se percató de la presencia de los recién llegados fue presurosamente a
su encuentro y les dijo:
-Sean bienvenidos, Madam et Monsieur.- invitó el Regente, en francés.
-Mercí- respondieron los recién llegados, y avanzaron hacia el grupo.
-Es un gran placer tener con nosotros a tan distinguidos representantes de la
Corte Española.- acotó Arnaud, que se había acercado a ellos haciendo una venia.
Se hicieron las presentaciones y enseguida les fueron servidas sendas copas doradas con el
mejor vino del Palacio.
-¡Salud!- dijeron todos, casi al unísono.
Pronto se unieron a los demás y conversaron de temas artísticos y de las pasadas campañas
militares. Coincidencialmente, el primo de la Infanta Ana de Aragón era un comandante
militar de uno de los regimientos que usó Fernando el Católico en la ocupación de Portugal.
Precisamente, la princesa Isabela recordó que él estaba presente en el funeral de su padre
el rey Fausto y le dijo en voz baja a su esposo el Conde de Bragelonne:
-Ése era uno de los ocupantes del Palacio y sabrá Dios si no fue también asesino de mi
padre.Los dos se aproximaron lentamente a los recién llegados. Se cruzaron miradas inquisitivas
no ausentes de reproche y entablaron un diálogo bastante sensible.
-Señor Marqués, ¿estuvo usted presente en la ocupación de Portugal?- inquirió el Conde.
-¿Puedo saber a qué se debe la pregunta?- replicó el Marqués.
-Yo le diré la razón.- intervino Doña Isabela, mirando fijamente al primo de la Infanta Ana.
Luego, continuó: -Mi padre fue asesinado durante la invasión que el Rey Fernando llevó a
cabo en nuestros territorios, y Usted era uno de los ocupantes.- le dijo en tono airado.
Edmund se percató de que algo no estaba funcionando bien entre sus invitados y se
desplazó rápidamente hacia ellos. En ese instante, el Conde de Bragelonne daba pasos
peligrosamente retadores hacia el Marqués. Las damas se aferraban a los brazos de sus
acompañantes mientras ellos se acercaban más y más. En un momento dado, los dos
hombres se miraron fijamente, con sus manos puestas sobre las espadas.
-Es probable que su esposo sea un asesino.- espetó Doña Isabela, directamente al rostro de
la Infanta Ana.
En ese momento, quizás accidentalmente, el Marqués de Castilla, primo de la Infanta Ana
de Aragón, tropezó con su mano el brazo de Doña Isabela. Su esposo, el Conde
de Bragelonne, desenfundó su espada para defender el honor de quien creyó reconocer a
uno de los ejecutores de su padre.
Edmund y Arnaud se interpusieron entre los caballeros que estaban a punto de empezar un
duelo.
-¡Por favor, excelencias! Les pido respetuosamente que se calmen y que dialoguemos
tranquilamente sobre el tema que están tratando.- dijo Edmund.
Los músicos dejaron de tocar sus instrumentos y los demás invitados se replegaron hacia
los costados del salón. Había una atmósfera pesada y era necesario calmar los ánimos.
TRECE
El rostro del Conde de Bragelonne lucía demudado y pálido a la vez que hacía esfuerzos por
zafarse de los brazos de Edmund y Arnaud. La Princesa Doña Isabela, su esposa, le habló,
con gesto conciliador:
-Querido, no creo que debamos llevar las cosas a extremos tales que nos puedan crear más
dificultades. Yo, personalmente, estoy de acuerdo en que nos serenemos y hablemos
calmadamente.-¡Yo vi cuando este caballero te agredió!- dijo Bragelonne, señalando al Marqués de Castilla.
Luego, continuó: -Es una afrenta que no voy a permitir.La situación parecía no conducir a ningún acuerdo o satisfacción. Los dos nobles eran
jóvenes y aún sentían el ánimo de mostrar a los observadores el nivel de su alta clase
nobiliaria. El Conde era afamado por haber salido siempre vencedor en numerosas luchas
de honor y éste parecía el momento de reafirmar su calidad de gran duelista. El Marqués
de Castilla tenía otra formación, tendiente a argumentar más que a batirse arriesgando su
vida. Tan pronto se calmaron un poco los ánimos, él tomó la iniciativa para tratar de aclarar
el malentendido.
-Permítame disculparme si accidentalmente he cometido algún desafuero, Excelencia. No
ha sido mi intención ofender a ninguno de los dos, y quizás fue torpe de mi parte no
percatarme del roce que produje con el brazo de su digna esposa al moverme
bruscamente.-
Los asistentes relajaron un poco sus expresiones y empezaron a acercarse a los
protagonistas del evento. Se oían murmullos por toda la sala y la expectativa era grande.
Ante el gesto caballeresco del Marqués, el Conde envainó su espada, tomó un sorbo del
vino de su copa, se alisó la peluca empolvada y respondió:
Señor Marqués, acepto su explicación con respecto al malentendido. Le ofrezco disculpas
por mi reacción un poco violenta y precipitada.-Con gusto acepto sus palabras como un llamado a guardar la calma y a distender la presión
que había surgido desde el principio.- expresó el Marqués de Castilla.
Doña Isabela no cesaba de mirar con cierto desdén a la Infanta Doña Ana, quien a su vez le
brindaba un gesto de dignidad, al lado de su primo. La orquesta reanudó la interpretación
musical que había detenido por el percance anterior. Los invitados comentaban, según sus
apreciaciones personales, acerca de cuán valiente era cada uno de los caballeros
protagonistas del hecho.
-Me parece que el Marqués es todo un caballero.- decía un Barón.
-Para mí, el gallardo Conde es más de mi estilo.- apuntaba un Duque, apurando su copa.
-Los dos son de buena casta y alta formación.- opinaba una dama, a la vez que se empolvaba
la punta de la nariz.
Como ellos, el resto de los asistentes que se habían unido al grupo inicial reiniciaron las
charlas y seguían departiendo animadamente. La Princesa Isabela de Portugal, esposa del
Conde de Bragelonne, sentía que la presencia de los españoles en aquel recinto significaba
una afrenta para ella, pues su padre el Rey Fausto fue asesinado por los ocupantes de la
Casa de Aragón. Ella seguía convencida de que Francisco, el marqués de Castilla, primo de
la sobrina del Rey Fernando, era uno de los asesinos de su progenitor. Pero, al ver cómo su
esposo y el Marqués se avenían a buenas relaciones, decidió jugar un papel menos agresivo
para ver cómo seguían desenvolviéndose los acontecimientos.
Precisamente, Edmund y Arnaud recorrieron los diferentes grupos del salón, brindando
atenciones a sus invitados, pues era necesario hacer hincapié en conservar la buena imagen
de excelentes anfitriones que se habían forjado en Versilonge. Pensaban que todo debía
proyectarse de tal manera que se notara la riqueza y el alto nivel cultural que se habían
disminuido cuando Fausto de Portugal invadió Fransville y casi destruyó Versilonge. La
presencia de la Princesa Isabela era muy positiva allí pues así se mostraba el ambiente de
paz entre los dos reinos.
Edmund se retiró hacia uno de los extremos del salón y desde allí le hizo señas a su hijo para
que se le uniera. Arnaud comprendió la señal y se encaminó hacia allí.
-¿Qué piensas de todo esto?- inquirió Arnaud, mirando al rostro de su padre.
-Veo que cada día que pasa se hace más difícil manejar la política entre estas gentes.respondió Edmund.
-A propósito, ¿para cuándo se espera el regreso del Cardenal Montini?- preguntó Arnaud.
-Ya debe estar en camino hacia aquí. Un emisario me comunicó la buena nueva de que ya
ha sido declarado papábile por el Concilio de Roma.- comunicó Edmund.
-Y, ¿eso qué significa para nosotros?- arguyó Arnaud.
-Que yo no seguiré siendo el Regente encargado y que muy probablemente el Cardenal se
haga coronar como Rey de Fransville. Ello nos marginaría aquí en la Corte, lo que significa
que tendremos que buscar otro reino para seguir con nuestras vidas.- dijo Edmund.
CATORCE
Hasta ese momento la situación de Fransville, como reino sometido a las condiciones de su
rendición ante la ocupación portuguesa, no era la mejor. Aún tendría que pagar altas cuotas
de su erario al vencedor y cobrar más impuestos a los ciudadanos no era la política más
acertada. En una de las provincias se produjo una especie de rebelión cuando los
cobradores demandaron el pago de las contribuciones. Como consecuencia de ello, dos
emisarios resultaron heridos y un aldeano fue muerto durante la reyerta. Lo más negativo
de esa situación fue que aquel sentimiento de resistencia a la autoridad real se estaba
esparciendo a lo largo y ancho de casi todo el territorio de Fransville.
En su despacho de Regente Interino del Reino, Edmund se atrevió a confiar a la Infanta Doña
Ana y a su primo el Marqués de Castilla lo grave de aquella situación que ya empezaba a
tomar un cariz de problema político.
-Doña Ana, usted como sobrina de Su Majestad Don Fernando conoce mi condición de
cercanía con su tío. ¿Sería posible que por su intercesión yo pudiera tener una
reuniónurgente con él?- le sugirió.
-Con gusto atenderé su pedido, Señor Conde. De inmediato enviaré uno de mis edecanes
más veloces a darle ese recado a mi tío. Cuente con esa reunión.- respondió la dama.
A su lado, su primo Francisco se mostró de acuerdo con la decisión y enseguida pidió
permiso para retirarse a redactar el mensaje que el emisario llevaría, no sin antes recibir de
Edmund las respectivas directrices de aquel escrito.
El Marqués de Castilla escribió:
Mensaje del Conde Edmund, Regente Interino del Reino de Fransville.
Para su Majestad Don Fernando de Aragón, Rey de España y de América.
Solicito muy respetuosamente y con carácter de urgencia una reunión con Su Excelencia
para tratar asuntos políticos del reino bajo mi regencia y que muy posiblemente afectarán
los intereses de España de manera muy significativa.
Respetuosamente,
Edmund de Villars, Conde de Landau, Regente Interino de Fransville.
Edmund leyó el mensaje que el Marqués de Castilla le enseñó y lo firmó a la vez que lo selló
con lacre fundido, sobre el cual puso el sello real. Se lo tendió al mensajero y éste partió.
Mientras todo eso ocurría en Fransville, por los caminos tortuosos de la campiña del norte
italiano se desplazaba una caravana conformada por tres carruajes tirados por caballos
percherones, escoltados por oficiales del ejército del Vaticano. En la caleza del centro se
acomodaba el Cardenal Montini, dos auxiliares eclesiásticos y un escolta personal armado.
En los otros dos vagones viajaban los sirvientes del Cardenal, dos monjas de la caridad y tres
acaudalados banqueros del Vaticano, quienes transportaban dos cofres llenos de monedas
de oro para invertir en negocios de Fransville, que ya casi estaba en bancarrota.
La caravana venía guardada y protegida por soldados profesionales del ejército personal del
Papa, lo cual generaba un alto grado de confianza en los viajantes.
En un recodo del camino, tupido por altos árboles que no permitían la visión a más de 100
metros de distancia, se hallaban apostados los miembros de la Banda Fiorentina, unos 30
forajidos de los más sanguinarios de esos contornos y que tenían aterrorizados a todos los
habitantes de esa región. El jefe de ese grupo, de nombre Vanzetti, daba instrucciones a
sus hombres:
-Aldo, tú te adelantarás con 8 militantes y evitarán que avance la caravana.-Mariano y 10 combatientes se encargarán de neutralizar a los soldados protectores.-Los demás irán conmigo para hacernos cargo del Cardenal. Una instrucción más: en lo
posible, que no haya sangre, ¿entendido?Todos dijeron que sí y se prepararon para dar el zarpazo atacante al grupo de viajeros, que
no habían detectado nada de todo aquello.
QUINCE
En Versilonge nada sospechaban de lo que había sucedido en los bosques italianos. Tanto
Edmund como Arnaud se hallaban muy atareados con los invitados de honor, tratando de
mantener la paz y la cordialidad entre ellos. Ya los emisarios de Doña Ana de Aragón se
movían a galope tendido por los valles que separaban Versilonge del Palacio del rey
Fernando.
Por la cabeza de Edmund pasó una idea fugaz que se adueñó de su plan futuro. La reunión
que solicitó al monarca español tendría por objeto dar un vuelco en el destino de Fransville,
ahora que él era el jefe interino del gobierno.
A todas luces, Fransville era un reino fracturado y venido a menos, dadas las
consecuencias de las guerras de ocupación anteriores y también por no haber un heredero
de esa corona.
Edmund pensó que tendría que acelerar el desarrollo de su plan, antes de la llegada del
Cardenal Montini. Se hallaba tan embebido con sus ideas que no oyó el galope de los
caballos de los emisarios enviados por la comitiva del Cardenal Montini.
Fueron reconocidos por los centinelas del palacio y enseguida fueron conducidos a la
presencia del Regente Edmund. Sus graves semblantes y el mensaje que llevaban
sorprendieron al viejo escanciador, ahora dueño del poder en Versilonge.
-¡Pero cómo fue posible que ocurriera eso!- exclamó Edmund.
-Todo fue tan rápido y sorpresivo que no tuvimos tiempo ni manera de reaccionar. Los
asaltantes tenían armas de fuego y no nos fue posible evitar el plagio de
su Excelencia.- explicó el soldado.
-¿Hicieron alguna demanda o exigencia?- preguntó Arnaud, quien se había unido al grupo.
-Nada, mi Señor. Sólo montaron al cardenal en un veloz caballo y partieron hacia lugares
desconocidos para nosotros.-Pueden retirarse.- ordenó Edmund.
Los hombres salieron de la estancia. Edmund dijo, entonces, a su hijo adoptivo:
-Parece que el destino está a nuestro favor, Arnaud. Me da la impresión de que no
tendremos
que
abandonar Fransville,
por
el momento.- dijo
Edmund,
sonriendo sarcáticamente.
-Tienes razón, padre.- asintió el joven Conde.
Mientras tanto, en el Castillo del Rey Fernando de Aragón, los guardas detectaron un jinete,
con las últimas luces de la tarde.
-¡Emisario a la vistaaaaa!!!!- gritó el centinela de la almena del castillo.
-¡Alto! ¿Quién se aproxima?- exclamó la voz del centinela del puente.
-¡Emisario de Su Excelencia Doña Ana de Aragón!- respondió el recién llegado.
-¡Bajen el puente!- ordenó el oficial a cargo. -¡Abran la puerta!-dijo el centinela.
El hombre continuó su marcha hacia el interior del castillo y allí entregó el pergamino con
el mensaje de Edmund de Fransville al edecán del rey Fernando.
DIEZ Y SEIS
Lo que estaba sucediendo simultáneamente en España y Fransville parecía ser una jugada
del destino que ninguno de los protagonistas en cada uno de esos reinos estaba cerca de
imaginarse. Esas dos ocurrencias y el secuestro del Cardenal Montini armarían una especie
de
triángulo
factual
que
conduciría
hacia
situaciones aleatorias,
no
exactamente diseñadas por aquellos personajes tan ávidos de poder y de riqueza.
En Fransville, reino en franca decadencia por el trono acéfalo y las finanzas en bancarrota,
amén de otros factores de corrupción, transcurrían hechos que ni Edmund, ni Arnaud, ni
nadie en la corte habían detectado con anterioridad. El viaje a Roma del Cardenal Montini,
Regente en funciones, había sido una artimaña fraguada por el prelado para llevar a cabo
su “auto-secuestro”, que había planeado hacía semanas con Vanzetti, con el fin de terminar
de socavar las finanzas del reino por medio de un rescate en oro.
La visita de Doña Ana, sobrina del Rey Fernando de Aragón, en compañía de su primo
Francisco, Marqués de Castilla, era una pantalla para realizar toda una labor de espionaje
con respecto a la situación política de Fransville y detectar así la posibilidad de hacerse con
el trono, alegando derechos de parentesco familiar.
De cierta manera, la Princesa Isabela, hija del finado Rey de Portugal, y su esposo el Conde
de Bragelonne, emparentado con el Rey Luis XIV de Francia, estaban tanteando el terreno
para ver la posibilidad de madurar el plan del monarca francés, consistente en
invadir Fransville, con el objetivo de anexarlo al poderoso reino francés.
Todas esas conjuras estaban a la orden del día y el futuro de Edmund y Arnaud dependería
de cómo ellos manejaran esas situaciones, a medida que las fueran detectando.
El día siguiente a los acontecimientos de la Sala de las Pinturas, se vieron partir
de Fransville las comitivas de los invitados de honor. Pronto empezarían a verse los
resultados de esas actuaciones que apuntaban a la destrucción del fracturado reino.
Tan pronto el Rey Fernando de Aragón recibió el mensaje de Edmund, procedió a dictar la
respuesta a su secretario de cabecera, Fray Pedro de Marchena, antiguo abad del
Monasterio de la Rábida.
-¿Desea Su Majestad que empecemos con un saludo protocolario?- dijo el clérigo.
-Sí, Fray Pedro.- dijo el Rey, observando a su secretario realizar ese cometido.
-Ya está listo el pergamino para el cuerpo del mensaje, Excelencia.-apuntó Fray Pedro.
El Rey se acomodó y dictó:
Con beneplácito estaré disponible a recibirlo en mi despacho, Sir
Edmund. Lo que esté a mi disposición, podremos negociarlo y sacar
el beneficio que a su juicio estime conveniente.
Ya hemos intercambiado ideas en el pasado y creo que ello nos
ayudará a lograr un acuerdo favorable para los dos.
Sírvase acercarse al Palacio cuando Usted lo estime acorde con sus
compromisos.
Atentamente,
Don Fernando IV de Aragón, soberano de España y de
América.
Enseguida fueron despachados dos emisarios con destino urgente hacia Fransville. Después
de recorrer 3 horas a galope tendido, los dos hombres se encontraron con la comitiva de la
sobrina del Rey, Doña Ana. Su acompañante, Francisco de Castilla, bajó del carruaje y
enfrentó a los mensajeros.
-¿Hacia dónde se dirigen?- preguntó con aire de autoridad.
-Hacia Fransville, Excelencia.- respondieron.
-¿Cuál es el cometido?- inquirió Francisco.
Los hombres vacilaron un tanto, pero al ver la determinación en los ojos de Francisco
decidieron cooperar.
-Es un mensaje personal de Su Majestad para Sir Edmund, Regente interino de Fransville.dijo uno de los mensajeros.
-Está bien, continúen su camino.- dijo Doña Ana, asomándose por la ventana de la calesa.
Los dos emisarios montaron sus cabalgaduras y partieron, haciendo una venia.
DIEZ Y SIETE
Parecía que tres situaciones, sucediendo casi simultáneamente, habrían de definir el
futuro del reino de Fransville. Todo dependería de la aleatoriedad y del tiempo.
Inesperadamente y sin previo aviso, llegó al Palacio de Versilonge uno de los miembros de
la cuadrilla que había asaltado la comitiva del Cardenal Montini. Era Aldo, segundo de
Vanzetti, con quien sostuvo un altercado por diferencias en las cantidades de oro que
exigirían para el rescate del Cardenal.
La discusión entre esos fascinerosos se dio en medio de pugnas por el oro que recibirían.
Los dos hombres se hallaban dentro de un salón de la casona que el Cardenal había
comprado para llevar a cabo el simulacro de su plagio. Era una antigua construcción
localizada en el feudo Pascali, al sureste de Roma.
-Mariano y tú recibirán cada uno el 10.000 de los cien mil talentos de oro que pediremos a
Versilonge.- dijo Vanzetti, dando largas zancadas por el corredor de la vieja construcción
donde decidieron parar, después del falso secuestro. Luego, continuó: -El Cardenal tomará
50.000 y yo tomaré los restantes 30.000.-No me parece justa esa repartición.- ripostó Aldo, con visible disgusto.
-Entonces, ¿qué es lo que exiges?- replicó Vanzetti.
-Por lo menos 20.000. Yo expuse mi vida en el ataque a los guardias, allá en la arboleda.
Creo que es apenas lo justo.- exigió Aldo.
-Será como lo acordamos. ¡Y no admito discusión al respecto!.- determinó Vanzetti,
echando mano a su espada.
Aldo dio media vuelta y salió de la estancia con pasos marcados que retumbaron sobre el
corredor de piedra. En su mente calenturienta no cabía más que vengarse de su jefe.
Planeó delatar a Vanzetti y al Cardenal y por eso montó su caballo y se dirigió al Palacio de
Versilonge.
Al llegar a las goteras del Palacio, uno de los vigías le hizo las preguntas de rigor y envió el
mensajero a darle la noticia al Regente Edmund, que se encontraba reunido con Arnaud.
Tan pronto se enteró de ello, autorizó la entrada del bandido. Éste fue escoltado por dos
guardias del palacio hasta el despacho de la Regencia. Allí, Edmund ordenó que siguiera.
-¿Quién es usted y qué es lo que tiene que decirme?- lo confrontó Edmund.
-Mi nombre es Aldo Ristelli, de los suburbios de Roma. Hasta hace 6 horas, formé parte de
un grupo de asaltantes que supuestamente secuestró al Cardenal Montini.-¿Qué quiere decir con "supuestamente"?-inquirió Arnaud que asistía atentamente al
interrogatorio.
El hombre contó los antecedentes del plan y la ejecución en esa mañana. Habló de todos
los detalles concebidos entre su jefe y el Cardenal, con el objeto de agotar el erario de
Fransville, y desaparecer.
Todo aquello no produjo mucha sorpresa en los encargados de Versilonge. Edmund y
Arnaud decidieron mantener al bandido bajo detención mientras se corroboraba la
veracidad de lo narrado. Si las cosas resultaban como él lo había referido, lo dejarían ir,
con su respectiva recompensa.
Versilonge era una especie de capital para el reino de Fransville, donde los duques y
algunos condes poseían las tierras y los feudos que alimentaba las arcas del Palacio de
Versilonge. Cien mi ducados de oro, que era la cantidad que demandarían Vanzetti y el
Cardenal, arruinarían definitivamente a Fransville. Pagos para el personal de
mantenimiento, los mercenarios, las recepciones y otras mil cosas exigían esa cantidad y
un poco más. Definitivamente, tendrían que idear rápidamente un plan para
desenmascarar al Cardenal y apresar a los bandidos. Al hacerlo, Edmund quedaría como
Regente en propiedad ya que Montini quedaría públicamente deshonrado.
Aprovechando la presencia y la delación del bandido Aldo, Arnaud supo la ubicación
exacta de los involucrados en el falso secuestro. Con su padre prepararon el asalto a la
casona de Pascali. Se asesoraron de un grupo de 40 de los mejores espadachines y
ballesteros del ejército del Palacio. Cinco mosqueteros los acompañarían, en caso de que
hubiera mucha resistencia. Los mosquetes eran las primeras armas de fuego de la época y
aterrorizaban a quienes se convirtieran en enemigos o atacantes.
A la madrugada de aquel día, tan lleno de sorpresas, partieron hacia Pascali, dejando
encargado de la autoridad al Barón de Montesquieu, muy allegado a la corte de Fransville
y quien era el presidente del Consejo Real. Pronto se empezarían a ver los primeros
resultados de aquella tan compleja situación política de la cual dependería el destino de
Fransville.
Los asaltantes de la arboleda, Vanzetti y el Cardenal no se imaginaban que un ataque les
caería por sorpresa. Por ello, se encontraban sin guardias y completamente relajados en
sus lugares de la Villa de Pascali. Una avanzada de los hombres de Edmund, bajo el
comando de Arnaud, irrumpió de repente en los aposentos de Vanzetti y Montini. Allí, los
desarmaron y sometieron sin mucho esfuerzo. Entre los demás forajidos, algunos
trataron de resistirse y murieron en el intento. Otros, pretendieron huir pero los hombres
de Arnaud lo impidieron.
Finalmente, Edmund, Conde de Villars y el Cardenal Montini se enfrentaron, y entre ellos
se dio el siguiente diálogo:
-Eminencia, dadas las circunstancias producidas por los últimos acontecimientos, creo que
lo más conveniente para usted es que no regrese a Versilonge. Usted muy bien sabe que
la deshonra política para una persona de su rango eclesiástico le acarrearía graves
consecuencias.-
-¿Qué me propone, entonces, Edmund?- dijo el Cardenal con pasmosa tranquilidad.
-Que usted presente una renuncia formal al cargo de Regente y se retire a Roma, o a
donde lo prefiera. Se le pagará lo que esté pendiente y no se hará referencia a este
bochornoso acontecimiento.- explicó Edmund.
-Me parece aceptable su oferta, Señor Conde. Lo propondré ante el Consejo Real para que
continúe como Regente en Propiedad.- dijo Montini.
-Le sugiero que firmemos este documento que he preparado para oficializar lo acordado.invitó Edmund, a la vez que extendía el pergamino correspondiente.
Los dos personajes más importantes de Fransville firmaron ese pacto de caballeros y así
empezó una nueva etapa en la vida del viejo escanciador de vinos. Arnaud también firmó
el documento como testigo de primera mano.
DIEZ Y OCHO
La estadía de la Princesa Isabela de Portugal y su esposo el Conde de Bragelonne en el
Palacio de Versilonge les había servido para escudriñar a fondo sobre la verdadera
situación casi trágica por la que estaba atravesando el reino de Fransville. Tanto Portugal
como como Fransville tenían tronos acéfalos en ese momento y los reinos vecinos como
Francia y España ya estaban urdiendo planes para hacerse con esa corona. Se daba por
descontado que Portugal tendría su primera reina, una vez que la ley real sobre la
descendencia se modificara por medio del Consejo de la Corte. Además, el esposo de la
futura soberana, el Conde de Bragelonne era familiar del Rey de Francia.
Algo que no se conocía era el plan que Luis XIV tenía con respecto a Portugal. Él mismo
apoyaría la moción de cambio en la ley de ese reino para que Isabela asumiera el trono y,
una vez logrado ese propósito, ella sería obligada a abdicar en favor de su esposo, el
Conde de Bragelonne que era familiar cercano del rey de Francia. Así se aseguraban de
que el rey Fernando de España no realizara su sueño de adueñarse definitivamente de
Portugal.
Pero, una idea que seguía andando en las mentes de Doña Ana de Aragón y de su primo
Francisco, el marqués de Sevilla, era la de adueñarse de los destinos de Fransville. Muy
bien sabían en la Corte de España que quien ahora regía los destinos de ese frágil reino
era el antiguo escanciador que una vez visitó al Rey Fernando para venderle información
que claramente significaba una traición.
Ahora el panorama se estaba aclarando: Francia quería anexar a Portugal y España quería
adueñarse de Fransville. Como nos lo muestran los hechos históricos de la época, todo eso
se llevó a cabo. Sin embargo, es importante conocer el desarrollo de los acontecimientos
que desembocaron en semejantes cambios geo-políticos en Europa y que más tarde
significaron la transformación de los sistemas de gobierno, amén de levantamientos de los
respectivos pueblos apoyados por las cortes corruptas, y que terminaron por cambiar las
formas de gobierno en casi todos los estados monárquicos del continente. Era el
nacimiento de lo que se vino a llamar LA REPÚBLICA.
En el Palacio de Aragón, el rey Fernando VI dialogaba con su sobrina Doña Ana, tercera en
la línea de sucesión al trono español. Los dos caminaban por los jardines del lado oeste en
el palacio.
-Querida Ana, ¿te gustaría empezar a reinar antes de lo que esperas?- inquirió el Rey.
-Tío, ¿qué quieres decir?- dijo Ana, con gesto de sorpresa.
-No me refiero a España sino a Fransville.- replicó el soberano, tomándola de la mano
derecha.
Esa afirmación intrigó tan profundamente a la Infanta que, sin proponérselo, marcó sus
uñas en la mano del soberano.
-¡Ay, querida!- exclamó Fernando. Se frotó la mano y dijo: -No es nada del otro mundo.
-¡Perdóname, tío! No quise herirte.- dijo Ana, besando la mano de su tío. Luego, agregó: ¿Me podrías aclarar esa afirmación?-Te lo explicaré.- invitó Fernando, invitando a su sobrina a sentarse en uno de los
descansos que los arquitectos habían hecho construir en el jardín. Una vez acomodados,
el rey dijo:
-No hace mucho, un mensajero me trajo un mensaje del Conde Edmund de Villars,
Regente interino de Fransville, pidiéndome una cita para tratar asuntos políticos, según
parece. Ese personaje era un Don nadie en la Corte de Versilonge cuando vino hacia mí
para venderme información delicada. Su oficio era de escanciador de vinos, nada más.-Sí lo recuerdo cuando estuvimos con mi primo Francisco allí. Pero en esa oportunidad se
veía que poseía poder de decisión y autoridad. Yo no tenía ni idea de que él era un
sirviente.- dijo Ana.
-Lo que sucede es que los acontecimientos ocurridos en Fransville desembocaron en lo
que tú viste en Versilonge.- aclaró el rey.
-¿Lo vas a recibir aquí en el Palacio?- preguntó la Infanta.
-Por supuesto que sí. Ese personaje es quien rige los destinos de Fransville en este
momento, querida. Veamos, pues, qué me va a ofrecer ésta vez.- dijo entre risas el Rey
Fernando. - A lo mejor, los resultados de esa entrevista proveerán tu futuro reinado.Los dos miembros de la realeza española siguieron su camino y se internaron dentro del
palacio.
DIEZ Y NUEVE
Media hora más tarde, un jinete solitario se acercó a las entrada del Palacio de Aragón.
Desde abajo, sin bajar de su cabalgadura, se anunció con voz fuerte.
-¡Ah, de la guardia del puente!-¿Quién va?- replicó una voz desde la almena.
-¡El Conde Edmund de Villars!- dijo Edmund.
-¡Un momento, Excelencia!- respondió el soldado.
Casi inmediatamente, el puente fue extendido y la puerta auxiliar fue abierta para dar
paso al recién llegado y su caballo. Al mismo tiempo, un guardia se aproximó con una
lámpara en una mano y su espada desenvainada en la otra. Don Francisco, Marqués de
Sevilla, primo de Doña Ana de Aragón, acompañaba al centinela para hacer el
reconocimiento del visitante.
-Bienvenido a nuestro palacio, Señor Conde.- dijo Francisco, haciendo una venia.
-Muchas gracias, Señor Marqués.- respondió Edmund, correspondiendo al saludo.
Los dos hombres caminaron a lo largo de un sendero empedrado que se hallaba iluminado
por grandes antorchas que proyectaban sus sombras sobre el piso, alargando sus siluetas
como seres etéreos que cambiaban de forma y tamaño a medida que avanzaban. Pronto
se vieron en el despacho del secretario privado del Rey.
-Fermín lo conducirá hasta la oficina de Su majestad el rey Fernando. Yo me retiro por el
momento.- dijo Francisco, casi sin detenerse, y se alejó.
-Por favor, Señor Conde, permítame guiarlo hasta el estudio privado de Su majestad.invitó Fermín, tomando la delantera.
-Gracias, Fermín.- dijo Edmund y lo siguió por un recinto lleno de espejos.
Al cabo de unos cinco minutos de recorrer la estancia, desembocaron en una amplia sala
decorada con cortinas de seda y tisú, grandes pinturas de los maestros de época, muebles
con incrustaciones de oro y plata y grandes jarrones conteniendo vistosas flores. Todo
aquel escenario estaba iluminado con lámparas colgantes, apliques y candelabros de oro y
plata cargados con aceite y velas, que daban un aire de imponencia al lugar.
De cierta manera, la Corte de Aragón trataba de emular en el lujo a la Corte de Francia.
Desde hacía mas de medio siglo, esos dos reinos competían por la magnificencia y el
boato para proyectarse ante Europa como las monarquías de más poder.
Sobre una especie de plataforma se alzaba una silla-trono donde se encontraba Fernando
de Aragón conversando con su sobrina Ana.
Fermín anunció la presencia de Edmund golpeando suavemente la puerta abierta con el
aldabón.
-Su Majestad, se halla presente el Señor Conde Edmund de Villars.El rey hizo un ademán con la mano izquierda, indicando al visitante que podía ingresar al
recinto. Al mismo tiempo, Fermín se retiró. Ana permaneció sentada al lado del soberano
-Adelante, Edmund.- invitó el rey.
-Gracias, Sire.- dijo Edmund y avanzó hacia la mesa ante la cual se sentaban el rey y la
Infanta Ana.
-¿A qué debo su grata visita, Señor Conde?- indagó Fernando.
-Creo que tengo una atractiva oferta para usted, Sire.- dijo Edmund, mirando a los dos
personajes.
En ese instante, Ana dio un beso en la frente a su tío y se retiró haciendo un gesto
sonriente hacia Edmund. El rey, único presente allí, se dirigió al recién llegado.
-Tome asiento, Edmund.- dijo, señalando una silla al frente de él. Luego agregó: - Me
interesa escucharlo.
Los dos hombres se sentaron uno al frente del otro, esperando recibir sorpresas de las
palabras que saldrían de sus bocas. El rey Fernando mostró un gesto de expectativa que
Edmund tuvo que satisfacer.
-Majestad, usted conoce perfectamente los asuntos políticos que atañen a Fransville.
Somos, en este instante, un reino "acéfalo" por no tener un aspirante real a la corona.-Lo sé, lo sé, Edmund, y eso no tiene que significar ningún obstáculo para que usted me
ponga al corriente de sus planes de gobierno. Entiendo que ahora es usted el Regente en
ejercicio, dadas las circunstancias que han afectado la regencia del cardenal Montini.afirmó el rey Fernando, afectando sus palabras con un aclaramiento de su garganta a la
vez que se ponía de pie.
La estatura del monarca parecía haber aumentado al acercarse lateralmente a Edmund.
Éste no tuvo más remedio que pararse también y aparentar entereza de ánimo. Una
pequeña vacilación le echaría a perder lo que tenía planeado, pensó él.
-Pongamos las cartas sobre la mesa, mi querido Conde.- dijo el Rey.
-Como usted lo prefiera, Majestad.- respondió Edmund, a la vez que sacaba de su alforja
privada un mapa del reino de Fransville que tendió sobre la mesa. Luego continuó: -Aquí
podemos ver la extensión comparada de mi regenciado reino con España, Francia y
Portugal.-
Fernando de Aragón acercó una de las lámparas para ver mejor los detalles. Tanto
Portugal como Fransville estaban pasando por momentos difíciles, políticamente
hablando. Sus tronos no habían sido ocupados por heredero alguno, y los ojos de otras
monarquías se estaban posando sobre ellos. Era menester tomar decisiones rápidamente
para sacar el mejor partido de esa situación, pensaban los dos hombres que podrían jugar
roles de protagonistas en esas situaciones tan delicadas. Parecía que Edmund estaba
llamado a definir los eventos.
VEINTE
Aquella reunión no pasaba a ser sino una especie de estratagema para que el más
poderoso aprovechara las desventajas del más débil. A todas luces, Edmund llevaba las de
perder si no ponía en juego su sentido político y su inteligencia nata. El mapa extendido le
sirvió para ver en los ojos de Fernando la avidez de poder que no podía disimular.
-Vemos que Fransville está más cerca de Francia, cultural y geográficamente hablando.dijo Fernando de Aragón.
-Y, Portugal lo es más de España que de otro reino, Majestad.- replicó Edmund.
-¿Qué podríamos sugerir, analizando esos factores y los otros que conocemos?- preguntó
Fernando.
-Para ser franco, le diré lo que pienso al respecto, Majestad.- dijo Edmund.
-¿Qué me ha venido a proponer, querido Conde de Villars?- expuso el Rey, dando largas
zancadas por el recinto.
La elegancia y el lujo exhibido en aquella sala mostraba opulencia, riqueza y poder. En
Fransville, todo aquello había mermado tanto que ya no podía ese reino competir con las
cortes de sus vecinos. Las arcas de sus tesoros se habían achicado por los gastos
desmedidos del Cardenal Montini y las guerras que perdieron ante Portugal y Francia los
llevaron casi a la bancarrota. Los duques y los señores feudales ya se estaban preparando
para guerrear por el trono vacante, lo cual dificultaría una ocupación exterior. Todo eso lo
había examinado Edmund cuidadosamente.
-Le facilitaré la ocupación pacífica de Fransville a cambio de dos concesiones.- dijo
Edmund.
-¿Cuáles son esas concesiones?-inquirió Fernando.
-Ésta es la primera: sin importar quién rija los destinos de Fransville, mi hijo Arnaud debe
ser nombrado Ministro Asesor de la Corona.- aclaro Edmund.
-Y, ¿Cuál es la otra?-
-Yo ceñiré la corona de Portugal, una vez que sus ejércitos ejerzan sus dominios allí. No
pretendo ser un rey poderoso sino más bien un aliado de España. Quiero asegurar mis
últimos años con cierta riqueza y algo de poder. Ya tengo más de 80 años y sólo deseo
comodidad y tranquilidad.- explicó Edmund.
El rey Fernando no podía dar crédito a las pretensiones de su visitante. Jamás aceptaría
que un miembro de la plebe de Fransville, venido a más por accidentes de la historia, le
fuera a dictar sus líneas de acción en la política externa de España. Él ya tenía hilvanados
los planes para llevar a cabo la toma de Fransville y la ocupación de Portugal. Decidió que
ya no era momento para perder el tiempo en charlas insulsas y tomó el control de la
situación.
- Acepto sus condiciones, Señor Conde.- dijo Fernando. -Le sugiero que emprenda de
inmediato su regreso a Fransville para acelerar los preparativos de mi campaña.- apremió
el Rey.
-Creo que su Majestad tiene razón. Saldré de inmediato.- dijo Edmund, guardando el
mapa.
-He preparado un piquete de soldados para que lo acompañen una buena parte del
camino, por su seguridad.- reflexionó Fernando, a la vez que llamaba a su capitán de
guardia: ¡Condestable Grandet!-
Un oficial se presentó de inmediato ante el monarca. Hizo una venia y se acercó para
recibir instrucciones.
-El grupo 20 soldados bajo su mando debe escoltar al señor Conde de Villars hasta los
Bosques de San Pelayo. Allí, actúen de acuerdo con mis instrucciones.- ordenó Fernando.
-Se hará como su Majestad lo ha ordenado.- dijo el oficial, haciendo otra venia y
retirándose.
Edmund y el Rey Fernando se dieron un tímido abrazo y se despidieron sin muchos
protocolos. Ya el puente del palacio había sido bajado y pronto un grupo de soldados del
rey, acompañando al Regente de Fransville, abandonaron la fortaleza, con sus
cabalgaduras a paso lento. Era casi medio día y el sol no se había mostrado en su plenitud.
El grupo marchaba silencioso y después de una hora de avance, desembocaron en los
Bosques de San Pelayo. Era una arboleda poblada por grandes pinos y viejos robles que
dibujaban un cuadro de verdor y sombra que invitaba a descansar. El capitán Grandet se
apeó de su caballo, desenvainó su espada y dijo, encarando a Edmund que había
descendido de su montura.
-¡Por orden del Rey Fernando de Aragón, queda usted detenido por traición! -
Enseguida dos soldados se acercaron a Edmund con el ánimo de inmovilizarlo, pero desde
la espesura del Bosque, se precipitó un grupo numeroso de arqueros, ballesteros y
espadachines, con sus armas listas a ser usadas a la orden de Arnaud. Aquellos militares
superaban en número y armamento a los españoles, quienes decidieron rendirse y
entregar sus armas.
-Padre, ¿estás bien?- inquirió Arnaud, ayudando a Edmund a montar su cabalgadura.
-Si, hijo.No te preocupes. Todo está saliendo de acuerdo con lo que habíamos analizado
antes de mi partida a España. Ahora, aceleremos el regreso, pues nos esperan muchas
cosas por hacer.-
El grupo de españoles aceptaron canjear sus vidas por servicio en pro de Fransville y así
todos re-emprendieron la marcha. Edmund y Arnaud mantenían en sus mentes lo que
seguiría en sus agendas para lograr el renacimiento del reino que otrora mandaba la
parada ante sus vecinos. Parecía que el destino estaba jugando los más inesperados
desenlaces y Fransville tendría la oportunidad de renacer de entre las cenizas, como el ave
fénix de las leyendas épicas.
VEINTIUNO
La temeraria acción de Edmund y su hijo al desafiar el poder español podría ser
interpretado como un reto para el engreído Fernando de Aragón, quien presumía de su
poder ante otros reinos como Portugal y Fransville. Él mismo pretendió comandar las
recientes misiones de ocupación de Portugal, lo que en cierta medida le granjeó la
simpatía de algunos nobles y el odio de otros. Su personalidad egocéntrica lo llevaba a
cometer desaciertos que muchas veces significaron grandes inversiones para la corona
española. Las colonias de América demandaban muchos gastos y lo que se recibía era
totalmente incierto, dadas las condiciones de quienes dirigían esas tareas de conquista y
colonización.
Las cortes de los pequeños reinos ibéricos se peleaban para obtener las riquezas que
provenían de ultramar. Fue así como Castilla y Aragón se unieron, formando un bloque
poderoso que invitó a los demás a conformar una España más fuerte. Algunos reinos
respondieron afirmativamente y otros fueron obligados a aceptar la unificación. Sólo
faltaba anexar la franja de Portugal para convertirse en la potencia colonial e imperial más
fuerte en toda Europa.
Pero, Fernando no tenía idea de que los planes de Edmund de Villars no apuntaban a los
objetivos que le confió en su visita reciente. Aquello de "venderle" Fransville y facilitarle el
dominio de Portugal bajo el pretexto de ser un rey temporal no era en absoluto su visión
inmediata. Recordaba los varios viajes que llevó a cabo a la corte del Rey Sol, en Francia,
ofreciéndole una especie de alianza, o más bien, una anexión de Fransville, perfectamente
acordada legalmente con todos los duques y demás nobles que se sentían anegados por
los gastos de mantenimiento de sus respectivos feudos. Ellos veían la gran posibilidad de
re-emprender sus planes de proyectarse como parte del reino más poderoso y famoso del
mundo en ese instante histórico. Francia era vista por esos nobles como una especie de
redención.
Fue durante la celebración de "La Gran Diversión Real" cuando Edmund , Conde de Villars
y Regente de Fransville, logró tener una reunión privada con el Rey Luis XIV. Esa mañana,
los jardines del ala este del palacio estaban siendo preparados con grandes galas para la
presentación de obras de teatro, divertimentos y fuegos artificiales. Todo aquello debía
iniciarse a las 4 de la tarde de aquel 18 de julio de 1668.
El encuentro de los dos personajes se llevó a cabo en el Salón de Apolo, anexo al
imponente Salón de Los Espejos. Allí el Rey Sol recibía a los más altos dignatarios, después
de hacerles recorrer el Salón de los Espejos, que contenía las obras pictóricas y
escultóricas de los más famosos artistas de la época. Edmund no ocultó su asombro ante
tanto lujo y riqueza juntos. Su sueño era pertenecer a la nobleza de Versalles y no
descansaría hasta lograrlo.
El Salón de Apolo era una especie de Oficina Privada del Rey. Su amplitud era notoria y su
decoración era impresionante. Sillas, sofás, mesas y adornos del más refinado estilo
ocupaban el espacioso recinto. Candelabros que descansaban sobre mesas labradas,
lámparas colgantes y muchos cuadros de pinturas de artistas renombrados adornaban las
paredes. Esa mañana, los dos personajes fueron conducidos por dos ujieres que se
retiraron una vez el rey y su invitado se sentaron.
-Señor Conde Edmund, entiendo que usted tiene una oferta muy atractiva para mí.- dijo el
rey, esbozando una sonrisa.
-Si Su Majestad me lo permite, le expondré los pormenores de mi propuesta.- pidió
Edmund.
-Adelante, Señor Conde.- invitó el Rey, acomodándose en su silla-trono.
Edmund pensó cuidadosamente en la selección de sus palabras y expuso así su
pretensión:
-Majestad, como usted ya debe saberlo, Fransville está atravesando por un período crítico
en cuanto se refiere al gobierno y a sus finanzas. Los Duques se sentirán halagados si mi
propuesta de anexión a Francia se lleva a cabo. Mi mensaje anterior al respecto, y que fue
transmitido a su Excelencia por mi hijo adoptivo Arnaud hace un mes, parece que fue de
su agrado, según él me refirió. Sé que ésta modalidad política de unión es completamente
nueva en Europa, pero los beneficios mutuos serán también importantes.-
-Me parece una excelente oferta y creo que ello favorecerá al Reino francés. Acepto su
ingreso y el de su hijo a nuestra Corte, con cargos significativos en el gobierno, que el
Cardenal Mazzarino se encargará de reglamentar.- dijo el Rey Luis.
-Entonces, Majestad, Francia se expandirá por el nordeste y Fransville se convertirá en un
Gran Ducado bajo la jurisdicción de las leyes del reino de Francia, según veo yo la situación
geográfica.- afirmó Edmund.
-Así será, Edmund. Los documentos están listos para que los firmemos inmediatamente.dijo el Rey, al tiempo que llamaba a su Secretario Privado.
Se selló allí aquel tratado de anexión que hacía "desaparecer" el Reino de Fransville,
convirtiéndolo en el Gran Ducado de Franconia. A partir de ese día, Edmund recibía el
título de Duque Regente de Franconia. Sus atribuciones serían las de un Ministro asesor
del rey Luis XIV. Todo aquello le sonaba como música celestial en sus oídos, aunque le
preocupaba un tanto su futura relación con el cardenal Mazzarino, de quien había oído
decir cosas terribles. Pero esa idea no lo trasnocharía, pues él ya tenía buena experiencia
con Cardenales.
VEINTIDOS
Los días siguientes a la trascendental reunión celebrada en el Palacio de Versalles entre el
Rey Sol y el, ahora, Duque de Franconia fueron de mucha agitación y actividad en los
territorios de Fransville. No hubo ocupación alguna y más bien se sintió un aire de
renovación por los envíos de vituallas, caballos, alimentos y dinero que se empezó a usar
por los habitantes que ya empezaban a sufrir grandes privaciones. El ambiente de vida
francés era bastante superior al conocido en la antigua Fransville y el hermanamiento de
los pueblos fue muy bien recibido por los nobles feudales de aquellos territorios pues el
idioma y la idiosincrasia eran muy similares.
Todo aquel movimiento humano vino a sellar la pertenencia de Fransville al reino de
Francia y esa transformación social fue rápidamente conocida por el rey Fernando de
Aragón quien no tuvo más remedio que abandonar sus planes de ocupación y
colonización. De todas maneras, Portugal era aún su punto de enfoque para un inminente
dominio, lo que no significó un gran esfuerzo, pues el rey Luis no estaba interesado en
esos territorios.
Llegó, pues, el momento en que Edmund, ahora Duque de Franconia, empezaría a llevar a
cabo sus funciones de Ministro Asesor de Su Majestad el Rey Luis XIV. Para ello, le fue
adjudicada toda una sección lujosamente amoblada en el ala norte del Palacio. Era un
espacio constituido por cuatro estancias: el Recibidor, la Sala de Reuniones, el Salón de
Artes y la Sección Personal. Se aprestaba a conocer detenidamente cada uno de esos
espacios y decidió empezar por el Recibidor. Al acercarse a la gran puerta de acceso
recibió los honores de una pequeña guardia constituida por diez soldados mosqueteros,
expertos en el manejo de la espada.
-Soy el Capitán LeClerk, Excelencia, y estoy a su servicio.- dijo un hombre de maneras muy
educadas, haciendo una venia.
-Gracias Capitán.- respondió Edmund y franqueó la gran puerta labrada que los soldados
abrieron para él.
Tan pronto ingresó al estudio, le sorprendió ver allí, de pie, a un personaje totalmente
vestido de ropajes rojos adornados con hilos de oro y tocado con un solideo del mismo
color. No le cupo duda a Edmund sobre la persona que allí se encontraba.
-¡Ave María Purísima!- exclamó el Cardenal Mazzarino.
-¡Sin Pecado Concebida!-respondió Edmund, acercándose para besar el anillo cardenalicio,
a la vez que hincaba su rodilla izquierda en el suelo.
-No tiene por qué arrodillarse ante mí, Señor Duque.- acotó el Cardenal. -Su rango de
nobleza lo dispensa de ello.-Gracias, Reverencia. ¿Podría dirigirme a usted como "Señor Cardenal"?- preguntó
Edmund.
-No es necesario, Señor Duque. Puede llamarme Jules, como es mi nombre, y si lo acepta,
yo le llamaré Edmund. ¿Le parece bien?- dijo el Cardenal, con amabilidad. -Salvo en
situaciones públicas u oficiales.- condicionó.
-Me parece una excelente idea, Jules.- acotó Edmund , sonriendo.
Los recién relacionados se despidieron sin mucho protocolo y quedaron de encontrarse
para la cena en compañía del rey. Ese encuentro entre aquellos hombres poderosos no
fue tan trascendental como se imaginaba Edmund, después de conocer las leyendas
negras que circulaban acerca del cardenal Mazzarino.
Le faltaba aún, conocer personalmente a la esposa del Rey Sol, Doña María Teresa de
Austria, Infanta de España y de Portugal, Reina consorte de Francia y de Navarra. Como lo
supo más tarde, esa dama tenía nexos familiares con la Corona española y rogó que
cuando la conociera no hubiera referencias al rey Fernando, dados los antecedentes que
se habían producido en tiempos anteriores.
VEINTITRES
Los días siguientes a la trascendental reunión celebrada en el Palacio de Versalles entre el
Rey Sol y el, ahora, Duque de Franconia fueron de mucha agitación y actividad en los
territorios de Fransville. No hubo ocupación alguna y más bien se sintió un aire de
renovación por los envíos de vituallas, caballos, alimentos y dinero que se empezó a usar
por los habitantes que ya empezaban a sufrir grandes privaciones. El ambiente de vida
francés era bastante superior al conocido en la antigua Fransville y el hermanamiento de
los pueblos fue muy bien recibido por los nobles feudales de aquellos territorios pues el
idioma y la idiosincrasia eran muy similares.
Todo aquel movimiento humano vino a sellar la pertenencia de Fransville al reino de
Francia y esa transformación social fue rápidamente conocida por el rey Fernando de
Aragón quien no tuvo más remedio que abandonar sus planes de ocupación y
colonización. De todas maneras, Portugal era aún su punto de enfoque para un inminente
dominio, lo que no significó un gran esfuerzo, pues el rey Luis no estaba interesado en
esos territorios.
Llegó, pues, el momento en que Edmund, ahora Duque de Franconia, empezaría a llevar a
cabo sus funciones de Ministro Asesor de Su Majestad el Rey Luis XIV. Para ello, le fue
adjudicada toda una sección lujosamente amoblada en el ala norte del Palacio. Era un
espacio constituido por cuatro estancias: el Recibidor, la Sala de Reuniones, el Salón de
Artes y la Sección Personal. Se aprestaba a conocer detenidamente cada uno de esos
espacios y decidió empezar por el Recibidor. Al acercarse a la gran puerta de acceso
recibió los honores de una pequeña guardia constituida por diez soldados mosqueteros,
expertos en el manejo de la espada.
-Soy el Capitán LeClerk, Excelencia, y estoy a su servicio.- dijo un hombre de maneras muy
educadas, haciendo una venia.
-Gracias Capitán.- respondió Edmund y franqueó la gran puerta labrada que los soldados
abrieron para él.
Tan pronto ingresó al estudio, le sorprendió ver allí, de pie, a un personaje totalmente
vestido de ropajes rojos adornados con hilos de oro y tocado con un solideo del mismo
color. No le cupo duda a Edmund sobre la persona que allí se encontraba.
-¡Ave María Purísima!- exclamó el Cardenal Mazzarino.
-¡Sin Pecado Concebida!-respondió Edmund, acercándose para besar el anillo cardenalicio,
a la vez que hincaba su rodilla izquierda en el suelo.
-No tiene por qué arrodillarse ante mí, Señor Duque.- acotó el Cardenal. -Su rango de
nobleza lo dispensa de ello.-
-Gracias, Reverencia. ¿Podría dirigirme a usted como "Señor Cardenal"?- preguntó
Edmund.
-No es necesario, Señor Duque. Puede llamarme Jules, como es mi nombre, y si lo acepta,
yo le llamaré Edmund. ¿Le parece bien?- dijo el Cardenal, con amabilidad. -Salvo en
situaciones públicas u oficiales.- condicionó.
-Me parece una excelente idea, Jules.- acotó Edmund , sonriendo.
Los recién relacionados se despidieron sin mucho protocolo y quedaron de encontrarse
para la cena en compañía del rey. Ese encuentro entre aquellos hombres poderosos no
fue tan trascendental como se imaginaba Edmund, después de conocer las leyendas
negras que circulaban acerca del cardenal Mazzarino.
Le faltaba aún, conocer personalmente a la esposa del Rey Sol, Doña María Teresa de
Austria, Infanta de España y de Portugal, Reina consorte de Francia y de Navarra. Como lo
supo más tarde, esa dama tenía nexos familiares con la Corona española y rogó que
cuando la conociera no hubiera referencias al rey Fernando, dados los antecedentes que
se habían producido en tiempos anteriores.
VEINTICUATRO
Arnaud se hallaba descansando del entrenamiento con espadas que había estado
realizando durante toda la mañana. No pensó que debería acompañar a su padre para la
entrevista aquel día en que se pactó la "entrega" de Fransville, que, muy
eufemísticamnete llamaron "anexión pacífica" al Reino de Francia pues sintió que su
sueño de llegar a regir aquel reino en decadencia en reemplazo de Edmund se había
desvanecido como la bruma de la mañana. Había decidido retirarse a vivir un tiempo a su
residencia privada que había adquirido en el nordeste de Portugal, más precisamente en
el feudo de Santarém, situado a poco más de 18 leguas del Castillo de Sesimbra, sobre el
puerto de Lisboa.
Precisamente, allí se encontraba la residencia de la Reina Isabela I, hija del Rey Fausto de
Portugal, asesinado durante un asalto al castillo de Sesimbra. Ella, con la ayuda de su
esposo el Conde de Bragelonne, pariente cercano del Rey Luis XIV, había logrado una
dispensa con respecto a la Ordenanza Real que prohibía a las infantas heredar la corona,
en caso de no haber heredero varón u otros miembros de la familia real. La infanta era
hija única y no había parientes cercanos del rey fallecido. El Rey Sol consiguió, por
intercesión del Cardenal Mazzarino, una orden directa del papa Inocencio IV por la cual se
ordenaba coronar a la Infanta como Reina de Portugal.
Arnaud se sentía afortunado de vivir en un feudo tan cercano al Castillo-Palacio de la
Reina Isabela. Ya hacía largo tiempo que había concebido la idea de acercarse a aquella
fortaleza, en son de socializar con la nobleza lusitana. Su experiencia en el manejo de las
relaciones con los nobles de Fransville le facilitaría llevar a cabo su plan.
En su chalet de Santarém, que se convirtió en un palacio de gran extensión, Arnaud
mantenía una especie de ejército privado, servidumbre numerosa, caballerizas bien
dotadas, patios de armas, jardines bien cuidados y un poblado alrededor conformado por
familias fieles a él, que trabajaban con gusto. Poco a poco se fue regando la noticia de que
un señor feudal llamado Arnaud, Marqués de Giscard e hijo del Conde de Franconia,
estaba dando permiso a sus siervos para educarse en las escuelas del reino, cosa jamás
aceptada por la Corte hasta ese momento. Eran los primeros cambios sociales de lo que
más tarde se vino a convertir en el nacimiento de la República.
Aquellos últimos años fueron de inquietud política y enfrentamientos entre quienes se
hallaban a favor de grandes cambios y aquellos que querían aferrarse a las viejas
tradiciones de dominio y poder. Arnaud no era extraño a todos esos movimientos y sintió
que estaba por llegar el momento de actuar. En su despacho privado de Santarém, el
Marqués de Giscrad conversaba con su jefe de guardia, el Capitán Agostinho de
Vasconcelos, sobre el estado de las tropas. Allí también se encontraban Don Aldo de
Souza, jefe financiero del Palacio, y el Condestable Antoine Leroux, jefe de Relaciones de
la Corte que ya se empezaba a gestar en aquel nuevo palacio.
El despacho de Arnaud era afamado por la decoración que lucía. Cuadros originales de los
grandes pintores y escultores franceses de la época colgaban de las paredes de aquel gran
salón. Pinturas de Jean Audran, Augustin Aubert y Rosalie Filleul que resaltaban con sus
coloridos relucientes y esculturas de Michel Victor Acier y Marc Arcis provocaban
excelentes comentarios de los visitantes. Todas esas obras se cotizaban en altos precios,
pues los autores se encontraban en la cumbre de sus realizaciones.
Cortinajes de terciopelo azul y verde con bordados en plata y oro brillaban a la luz de los
candelabros que pendían del techo. La elegancia de quienes se hallaban allí también era
notable. Allí conversaban las personas citadas.
-Capitán Agostinho, ¿con cuántos soldados contamos?- inquirió Arnaud.
-Son 350 mosqueteros-espadachines de a pie, 200 arqueros a caballo, armados con
pistolas de chispa, 150 lanceros a caballo y 100 mercenarios escogidos.- reportó el Capitán
de Vasconcelos.
-¿Se podría decir que están dispuestos a la acción inmediata?- preguntó Arnaud.
-¿A qué debemos esa pregunta, Señor Marqués?- quiso saber Don Aldo de Souza, con
cierto aire de curiosidad.
-Pronto lo sabremos.- acotó el Condestable Antoine Leroux.
VEINTICINCO
El Condestable Leroux sabía de qué estaba hablando. Desde tiempo atrás, había sostenido
largas charlas con Arnaud,y a quien consideraba como su hermano. Hablaban mucho
sobre lo que fue el antiguo reino de Fransville, ahora anexado al poderoso y rico reino de
Francia. Precisamente, fue allí donde creció, se educó y vino a ser un personaje muy
apreciado por la corte Fransvilleana. Desde su patria tuvo que huir hacia tierras
extranjeras, tomando rumbos peligrosos, llenos de maleantes, que mantuvieron su vida
en riesgo por varios años. Con el paso del tiempo, se estableció en una villa de Portugal,
pasando casi de incógnito para así re-empezar a organizar su vida.
Antoine Leroux, noble de casi la misma edad que Arnaud, se topó de manos a boca con la
comitiva de quien más tarde se vendría a convertir en su amigo del alma. Era una mañana
de otoño, cuando los Leroux estaban llevando a cabo una cabalgata con fines de cacería
de liebres que en ese bosque abundaban por aquella época. Mademoiselle Giselle de
Trebaine, hija del Conde-Duque Gaspar de Trebaine, era la invitada de honor en esa
actividad. Una vez que los perros fueron sueltos para hacer salir las liebres de sus
madrigueras, fue tal el fragor de los ladridos, que hicieron desbocar el caballo de la dama
poniendo así en grave peligro su vida.
Coincidencialmente, la comitiva de Arnaud se hallaba acampando transitoriamente para
tomar un descanso, después de un largo desplazamiento a través de la tupida floresta de
aquel bosque. Súbitamente, Arnaud oyó un galope tendido y voces pidiendo auxilio.
Rápidamente, se incorporó y montó su cabalgadura para salir rápidamente en pos del
caballo desbocado.
-¡Alguien detenga ese animal!- gritaba Antoine, que también trataba de darle alcance, sin
lograrlo.
A su lado cabalgaba Arnaud, con un caballo más veloz. -¡Permítame, Señor!- dijo,
acelerando la marcha.
-¡Por favor, detenga ese caballo antes de que llegue al desfiladero!- gritó Antoine.
El galope del caballo de Madam Giselle parecía acelerarse hacia el lugar donde el camino
se terminaba. Enseguida no había sino rocas escarpadas donde seguramente se estrellaría
con su preciosa carga. Ya era mínima la distancia que separaba los dos caballos pero el
tiempo y la distancia no alcanzarían para detener al equino. En plena marcha, Arnaud
extendió su brazo y rodeó la cintura de la dama a quien posó en la parte delantera de
silla, desviando su rumbo hacia la izquierda. Casi en ese mismo instante, el caballo
desbocado se lanzó al vacío.
-Parece que lo logramos, Madam.- dijo Arnaud, sonriendo y disminuyendo la velocidad.
-Creí que no podríamos hacerlo, Señor...- dijo la dama.
-Soy Arnaud, Marqués de Giscard, Mademoiselle...- aclaró Arnaud, a la vez que indagaba
por el nombre de la bella dama.
-Giselle, Condesa de Tribaine.- aclaró ella.
En ese momento, se apearon y se encontraron con el noble que dirigía la cacería.
-Me complace mucho que usted haya aparecido en el momento justo y lamento que
hubiera puesto su vida en peligro para salvar a mi prometida. Soy el Condestable Antoine
Leroux, invitado de honor del padre de Giselle.- explicó el joven.
-¿Les parece que nos llamemos por nuestros nombres, simplemente?- sugirió ella.
-Es lo más sensato que he escuchado hoy.- dijo riendo Antoine.
Enseguida hubo agradecimientos e intercambio de invitaciones a los respectivos palacios.
Fue así como Antoine y Arnaud se convirtieron en los mejores amigos, siendo el segundo
el de más experiencia en armas y poseedor de su propio palacio y feudo. Con el tiempo,
los dos fueron premiados por el padre de Giselle con sendos títulos de Condestables.
Ahora, Arnaud podía sumar otro título al que ya poseía, lo que redundó para él en gran
popularidad y nombradía.
Después de varias visitas que Antoine hizo al palacio de Arnaud, éste le ofreció el puesto
de Jefe de Relaciones de la Corte, el cual fue aceptado por quien logró dar renombre a la
novel corte que se estaba organizando en Santarém. Por supuesto que los planes que se
gestaban allí eran perfectamente conocidos por Antoine.
Una de esas noches palaciegas después de la cena general, Arnaud decidió poner sus
cartas sobre la mesa.
-Antoine, ¿usted conoce mis orígenes?- inquirió
-No totalmente, Arnaud.- dijo Antoine, sin mucha sorpresa en su voz.
-Déjeme decirle que yo soy el hijo adoptivo del Conde Edmund de Giscard, ahora
Condestable de Franconia. Desgraciadamente, yo me quedé sin patria por la traición que
mi padre nos jugó a todos los habitantes de Fransville.- dijo Arnaud con amargo
resentimiento.
-¿Cree usted que la anexión de Fransville a Francia fue un acto de traición?- indagó
Antoine.
-Desde luego que sí. Con decirle, que yo me enteré de ello mucho después de que mi
padre ya había firmado la anexión. Y ese es un hecho que no podré jamás perdonarle.explicó Arnaud, dando pasos hacia el crucifijo que pendía de una de las paredes del
estudio.
Antoine se quedó pensativo por un instante y se acercó a su amigo, para oírle decir: Quiero que usted sea mi testigo de lo que voy a decir.Arnaud hincó su rodilla izquierda en el suelo, levantó la mirada hacia el crucifijo y
proclamó:
"Juro ante la presencia sagrada de Jesús Crucificado, que no daré descanso a mi brazo ni
reposo a mi alma hasta no recuperar la libertad de mi patria Fransville, así sea a costa de
mi propia vida."
Antoine se sorprendió al escuchar esas palabras, pues ello equivalía a una declaratoria de
guerra al reino de Francia. Por eso, aquella noche en la que las autoridades del palacio de
Arnaud se reunieron para hablar sobre la marcha de los asuntos administrativos y de
defensa, el Condestable Antoine Leroux respondió a Don Aldo de Souza con pleno
conocimiento de causa. En esa oportunidad, lo que se estaba gestando era una nueva
guerra.
VEINTISEIS
Parecía que los hados del destino se estaban organizando de la manera más extraña.
Padre e hijo se verían enfrentando situaciones que jamás habían cruzado por sus mentes,
lo cual mostraba cuán caprichosa es la diosa del infortunio. Hasta ese momento, nadie
sospechaba qué sentimientos se anidaban en los corazones de quienes protagonizaban la
historia de aquellos reinos tan propensos a los cambios repentinos e inesperados.
Edmund ya se encontraba andando sobre sus 75 años, pero no daba muestras de querer
retirarse a disfrutar de la vejez que lo había premiado con riquezas y poder político dentro
del reino más poderoso del momento. Francia se hallaba atravesando por la cumbre de su
historia bajo la tutela del Rey Sol, Luis XIV y uno de los funcionarios notables era el antiguo
escanciador.
En el estudio privado de su castillo, Edmund, Duque de Franconia, pensaba en lo
afortunado que había sido al evitar el inminente desastre de Fransville. Casi todo el
pueblo y la nobleza habían celebrado el hecho de pertenecer ahora al reino de Francia. Sin
embargo, se acababa de enterar de que la persona más allegada a él, su hijo Arnaud,
estaba organizando una conspiración.
Precisamente, el Conde de Bragelonne, que vivía con su esposa la Reina Isabela de
Portugal en el Castillo de Sesimbra, se había enterado de que un Señor Feudal, cuyo
palacio se hallaba a pocas leguas del Palacio real, estaba organizando un gran ejército
bastante poderoso. Para asegurarse de que aquello no era sólo un rumor, envió un espía
hacia aquella propiedad con el objetivo de investigar la verdad de todo lo que se decía. El
escogido para esa misión fue Amauro de Souza, capitán de caballería y experto en esa
clase de cometidos.
Al atardecer, Bragelonne le daba instrucciones precisas a De Souza con respecto a lo que
debía hacer. Los dos hombres caminaban a lo largo de un sendero entre los jardines del
ala norte del palacio real.
-En primer lugar, usted no deberá ocultarse ni dar a entender que va de incógnito. Es
alguien de la corte real que desea rendir sus respetos al acaudalado Señor del palacio
vecino.- recomendó Bragelonne.
-Lo comprendo, señor conde. No creo que haya inconvenientes en ello.- dijo De Souza.
-Le recomiendo llevar un presente para el Señor de ese feudo y, de paso, investigar qué
hay de cierto en lo que se rumorea.- casi ordenó el Conde.
Acordaron en que se le llevaría un cuadro original de El Greco, con lo cual se facilitaría la
entrada del Capitán De Souza. Al día siguiente, partió de Sesimbra montando uno de sus
mejores caballos, sin escolta a la vista. Después de media hora de recorrido, se vio frente a
las puertas de un inmenso castillo-palacio en cuyas torres ondeaban banderas para él
desconocidas. Uno de los hombres armados que custodiaban las almenas gritó:
-¡Identifíquese!
-¡Soy el Capitán de Caballería Amauro de Souza, y deseo entrar!-
-¿Cuál es el objeto de su visita?-
-¡Entregar un presente al Señor del feudo, por encargo de Su Majestad la reina Isabela!dijo el capitán.
-Espere un momento mientras bajamos el puente.-determinó el centinela.
El puente levadizo bajó hasta el nivel de la entrada y enseguida se abrió la puerta de los
visitantes. El capitán avanzó hacia el interior y, una vez en el patio de las cabalgaduras, se
apeó de la suya. Un mosquetero lo recibió y le dijo:
-Por favor, permítame conducirlo al despacho de Don Aldo de Souza, jefe Financiero del
Palacio.-
-¿Aldo de Souza?- inquirió el capitán. Pero, ¡él es mi tío en segundo grado!-
-¿De verdad? Y, ¿usted no sabía que él se hallaba aquí?- preguntó el mosquetero,
sonriendo.
-Es la primera vez que vengo por estos lares.Siguieron caminado por una vía cubierta de placas de mármol brillante y pronto se
hallaron al frente del despacho buscado. El mosquetero hizo una venia y se retiró. Amauro
se aproximó y golpeó suavemente con el aldabón la puerta que se encontraba
entreabierta. Un hombre de unos 60 años levantó la vista de unos documentos que tenía
extendidos sobre su gran escritorio. Afinó la visión y se puso de pie.
-¿Le puedo servir en algo?- preguntó a la vez que se dirigía a la puerta. Allí pudo reconocer
a su familiar.
-¡Querido sobrino!- dijo con alegría.
-¡Tío Aldo!- exclamó el visitante, yendo al encuentro de su tío.
-Pero, ¿a qué debo tu inesperada visita?- dijo Don Aldo, abrazando a su familiar.
-Traigo un presente de la Reina Isabela para el Señor de este castillo.- explicó Amauro.
-Cuando lo desees, yo te puedo conducir a él. Estoy desempeñando el cargo de Jefe
Financiero y me será fácil hacerlo.- invitó el viejo.
Caminaron por uno de los corredores y a medida que lo hacían se contaron pormenores
de sus respectivas familias. Tío y sobrino se llevaban muy bien y el encuentro, un poco
sorpresivo, significó bastante para los dos. En medio de la marcha, Amauro preguntó:
-¿Quién es el Señor de este feudo?-Es el Señor Arnaud, Marqués de Giscard e hijo del Conde de Franconia.- fue la respuesta
de su tío.
-¿Lo podré conocer esta noche?- indagó.
-Precisamente nos dirigimos hacia su despacho privado.- respondió el viejo.
VEINTISIETE
Caminaron por un rato más, disfrutando de la vista de los jardines muy bien cuidados por
los hermanos Arsenio y Caetano Almeida, famosos diseñadores de cortes y figuras
decorativas que se exhibían en los terrenos que rodeaban el castillo, brindando a los
visitantes vistas llenas de hermosos colores y un inmenso verdor de varios matices. Los
Almeida se convirtieron en verdaderos maestros de la jardinería real y eran famosos en
toda la comarca. Precisamente, Arsenio se hallaba dirigiendo a un grupo de sus asesores,
cuando los Souza pasaron por su lado.
-Es una bella vista la de esta ala de los jardines.- juzgó Don Aldo, dirigiéndose al grupo.
-Favor que usted nos hace, Señor de Souza.- respondió el maestro jardinero.
-Lo felicito por tan especial trabajo, Arsenio.- dijo sonriendo el administrador.
-Muchas gracias por su concepto tan especial, Señor.- correspondió el jardinero, haciendo
una venia.
Tío y sobrino siguieron su recorrido a lo largo de un sendero tapizado con césped de corto
crecimiento que despedía un rico aroma campestre. Siguieron por el corredor a cuyos
lados se podían apreciar arcos y pinturas murales hechas por artistas que Arnaud acogía
en el palacio, por lo que su reputación de mecenas era bastante conocida. Pronto
arribaron a la entrada de un gran salón a cuyo fondo se observaba una gran mesa de estilo
florentino con cuatro sillas de estilo francés que la rodeaban. Hacia el rincón derecho de la
estancia se hallaba una especie de escritorio macizo tallado en cedros del Líbano. Tapices
flamencos y lámparas lusitanas adornaban las paredes y el techo de aquel salón que más
parecía un despacho real. Arnaud, marqués de Giscard, se hallaba sentado ante el
inmenso escritorio, pasando revista a varios documentos e implantando el sello feudal en
algunos de ellos cuando observó a su Jefe de Finanzas y al visitante aproximándose. Ya le
habían notificado de la presencia del sobrino de Don Aldo de Souza.
-¡Acérquense, por favor!.- invitó Arnaud.
Los dos hombres se aproximaron hasta llegar al frente del Marqués a quien saludaron con
una venia.
-Permítame presentarle a mi sobrino el Capitán Amauro de Souza, Señor Marqués.- dijo
Don Aldo.
-Bienvenido a mi palacio, Capitán. Soy el Marqués de Giscard, Señor de este feudo. Mi
nombre es Arnaud y soy el hijo adoptivo del Conde Edmund de Franconia.-Muchas gracias, Señor Marqués. Tengo que reconocer que mi tío me ha brindado una
generosa acogida en su palacio y me siento honrado de estar acá.- expuso el Capitán.
-Podría preguntarle, ¿cuál es el objetivo de su visita?-indagó Arnaud, mirando de frente al
recién llegado.
-He venido a presentar los saludos de Su Majestad la Reina Isabela I y a entregar un
presente que la corte real le envía, Señor Marqués.-explicó Amauro, descubriendo el
cuadro de El Greco.
-Es muy especial ese detalle de nuestra reina, el cual acepto con orgullo y alto aprecio. Le
reitero mi bienvenida y lo invito a quedarse en el palacio el tiempo que usted estime
conveniente. Su tío se encargará de los detalles.-dijo Arnaud.
-Le agradezco enormemente su deferencia, Señor Marqués.- respondió Amauro,
estrechando la mano de Arnaud.
Los dos hombres se retiraron y a medida que caminaban iban intercambiando ideas.
-Tío, ¿es verdad que el ejército de Santarém es muy numeroso?- inquirió Amauro.
-¿Por qué lo preguntas?-Es que cuando me apeé en la cuadra de los caballos observé que había numerosos
animales y muchos soldados equipados con armas modernas. Además, se puede apreciar
el gran tamaño de los campamentos de las tropas, en continuo movimiento.- dijo el
sobrino.
-Todo ese tema es delicado de tratar a la ligera y no te podría afirmar ni negar nada al
respecto, querido Amauro.- explicó Don Aldo.
Casi en ese mismo instante se encontraron con el Condestable Antoine Leroux, el Jefe de
Relaciones de la nueva Corte de Santarém que se aproximaba con paso ligero. Al ver a los
de Souza, se detuvo y los saludó. Se hicieron las presentaciones de rigor y siguieron sus
rumbos respectivos. Inesperadamente, Amauro dijo:
-El Condestable es como el Primer Ministro aquí, ¿no es cierto, tio?-Podríamos decir que sí, sobrino. Es la persona con más poder, después del Marqués.explicó Don Aldo.
A medida que se desplazaban, Amauro miraba hacia todas las secciones del palacio y
detectaba mucho movimiento militar. Entonces, se atrevió a preguntarle a su tío:
-¿Se está preparando aquí alguna acción armada de gran envergadura?-Si te doy la respuesta, ¿prometes guardarla para ti solo?- contra-preguntó Don Aldo.
-Por supuesto, tío.- prometió Amauro.
-Aquí se está gestando la reconquista de Fransville.- sentenció Don Aldo.
VEINTIOCHO
Por supuesto que Amauro de Souza no cumpliría la promesa de no divulgar la información
dada por su tío, pues su misión en Santarém consistía en espiar para su superior el Conde
de Bragelonne, esposo de la reina Isabela de Portugal. Como no pudo sonsacar más
información de su tío, decidió dejar las instalaciones del palacio, pues la tarea había sido
llevada a cabo con sorpresivos resultados y sin hacer mucho hincapié en conocer
personalmente al Señor del feudo, se despidió de su familiar.
-Creo que ha sido una hermosa sorpresa para mí saber que usted es tan alto funcionario
aquí, tío.-Tú sabes que aquí estaré para lo que se te ofrezca, sobrino. Por favor, dale nuestros
saludos a Su Majestad la reina Isabela, con nuestros agradecimientos por ese gesto de
amistad tan especial.- dijo Don Aldo.
-Lo haré, tío.- dijo Amauro, abrazándolo. - Cuídate mucho.-Tú también, querido sobrino. Que la Virgen te proteja siempre.Amauro se dirigió a la salida del palacio y al frente de la puerta principal se encontraba un
caballerango sosteniendo las bridas de su caballo. Montó en su cabalgadura y emprendió
marcha hacia el castillo de Sesimbra, pensando en el predicamento que se le había
presentado con respecto a la información que había obtenido en Santarém.
No era nada fácil traicionar la confianza de su tío y menos sabiendo que el Conde de
Bragelonne era familiar cercano al Rey Luis XIV de Francia, para quien el padre de Arnaud
trabajaba ahora que fue nombrado Duque de Franconia, la antigua Fransville. Parecía que
los hados se habían confabulado en su contra, pues aquella situación lo incomodaba en
grado sumo.
Siguió su marcha al paso lento de su caballo, atravesando el valle que separa los dos
palacios, el de Sesimbra y el de Santarém. Avanzó por una hondonada llena de verdes
pastos poblados de altos árboles que ya estaban cambiando el color de sus hojas, antes de
perderlas en pleno otoño. Un manantial de aguas cristalinas se deslizaba de forma
calmada por entre los matorrales. La brisa, que soplaba suavemente, daba en pleno sobre
el rostro de Amauro que decidió desmontar un rato para pensar más cómodamente. Dejó
a su caballo libre de la montura para que pastara y bebiera del manantial. Él se acomodó
sobre una manta que llevaba siempre en sus viajes a campo traviesa.
Pensaba que aquello que se estaba preparando bajo la dirección de Arnaud era ni más ni
menos que una guerra contra el reino de Francia. Tal evento desencadenaría toda una
tempestad política en esos momentos, lo cual a su vez, tendería a desequilibrar los
poderes ya establecidos en Europa.
Había varias alternativas para manejar el problema:
1.- Comunicar a su superior, Bragelonne, todo aquello de lo que se había enterado. Ello
traería consecuencias inesperadas por la
posible reacción del Rey Luis.
2.- Hablar con el padre de Arnaud para así evitar el enfrentamiento entre padre e hijo.
3.- Callar y dejar que los acontecimientos siguieran su curso.
Estaba embebido en aquellas elucubraciones, cuando detectó en la distancia que un grupo
de soldados de a pie, armados con espadas y mosquetes, se aproximaba hacia él, sin
buenas intenciones. Con la rapidez que lo caracterizaba, montó en su caballo y se alejó a
galope tendido de sus posibles agresores. Pronto los perdió de vista y se apresuró a llegar
a su destino, el Palacio de Sesimbra.
-¡Alto!, ¿quién vive?- gritó una voz desde la almena de la entrada.
-¡Soy el Capitán De Souza!- respondió el recién llegado.
-¡Siga, Señor Capitán!- dijo el centinela, al tiempo que bajaban el puente.
Una vez adentro, uno de los guardias le dio un mensaje: -Su Majestad, la Reina Isabela,
requiere su presencia inmediatamente.-
-¿En qué parte del castillo se encuentra Su Majestad?- inquirió Amauro.
-En la Sala Principal de Reuniones, Señor.- dijo el guardia.
Tan pronto se enteró del recado, Amauro desmontó de su cabalgadura y se encaminó
hacia el lugar referido. Tuvo que atravesar el Salón de los Espejos, el Patio de Armas y el
Salón de las Esculturas, cada uno exhibiendo bellas piezas de los más afamados artistas
contemporáneos. En cada una de esas estancias se hallaban guardias que saludaban al
Capitán Amauro de Souza. Uno de ellos lo acompañó hasta la entrada de la Sala de
Reuniones. El centinela de turno le franqueó la entrada.
-Bievenido, Capitán.- dijo la mismísima Reina.
-Gracias, Su Majestad.- respondió Amauro, haciendo una venia.
-Acérquese, por favor.- invitó la soberana.
Varios funcionarios acompañaban a la reina Isabela en ese momento y entre ellos se
encontraba el Conde de Bragelonne, quien dijo:
-Capitán de Souza, estamos prestos a escuchar su informe sobre la visita que acaba de
hacer al Palacio de Santarém.-
VEITINUEVE
El Capitán Amuro de Souza decidió en ese momento que había que mostrar aplomo y
seguridad tanto en sus pasos como en la expresión de sus ideas. Aquellos momentos de
análisis allá en la arboleda del manantial le sirvieron para sopesar cada una de las
variantes existentes en lo que ahora estaban llamando "informe de la visita a Santarém".
Pensó detenidamente en las consecuencias inmediatas y a largo plazo que sus palabras
producirían. Por ello, tendría que ser lo más directo posible y evitar las ambigüedades en
su exposición. Empezó diciendo:
-Les agradezco mucho la atención que ustedes me están dispensando, especialmente a Su
Majestad Doña Isabela.- dijo inclinándose hacia el trono real.
Los ojos y los ademanes de quienes estaban presentes mostraron un inusitado interés en
lo que él estaba diciendo. Parecía que ya hubieran tratado con anterioridad los temas
relacionados con las palabras que diría. Como una especie de análisis de los pros y los
contras de esa información.
-Le sugiero no andarse por las ramas, Capitán.- dijo el Conde de Bragelonne.
-Lo haré, Su Excelencia.- acotó Amauro, sin dar muestras de del descontento que aquellas
palabras le habían causado. Luego, continuó:
-Señor Conde, antes que todo me gustaría saber si todos los asistentes reunidos en este
recinto deben escuchar mi reporte, pues esta es información de estado.- condicionó
Amauro.
El Conde de Bragelonne se aproximó, sin ninguna discreción, a dos damas y tres caballeros
que dialogaban en el fondo derecho del despacho y les sugirió retirarse. Ellos salieron,
aparentemente sin sentirse ofendidos.
-Ya puede usted continuar, Capitán.- expuso la reina Isabela.
-Con el permiso de Su Majestad, me permitiré exponer la situación que encontré en
Santarém, de la manera más escueta posible. Les refiero que, con sorpresa, me encontré a
mi tío Aldo de Souza trabajando bajo las órdenes del Señor Arnaud, Marqués de Giscard,
hijo adoptivo del Conde de Franconia. Ello me aseguró una magnífica estadía allí y la
posibilidad de investigar sobre ese feudo.-Prosiga, Capitán de Souza.- apremió el Conde de Bragelonne.
Amauro de Souza quería ganar algo de tiempo con el objeto de redondear mejor sus
ideas. Rodeó una de las mesas y extendió un pliego de papel sobre el cual se podía
apreciar el dibujo esquemático de un castillo de la época. Señalando con un puntero
improvisado, dijo:
-La situación que encontré allí se puede resumir en los siguientes puntos:
1.- El Castillo-Palacio de Santarém es una fortaleza difícil de expugnar debido a su
extensión y a las torres muy bien estructuradas.
2.- Las almenas siempre están vigiladas por un grupo de soldados de élite.
3.- Pude constatar que el número de militares disponibles para el combate sobrepasa los
cinco mil.
4.- Hay un cuerpo de mosqueteros altamente entrenados para la guerra, cuyo
armamento es de vanguardia.
5.- El poder militar de Santarém podría catalogarse como altamente peligroso.
6.- Observé que los entrenamientos son de época de pre-invasión.
7.- La caballería es muy seleccionada, desde los caballos hasta los jinetes, que son
soldados expertos en el manejo de la espada, el arcabuz y la ballesta.
8.- En general, el ambiente que se vive dentro de Santarém es de pre-guerra.
Los asistentes a aquella exposición empezaron a mostrar gravedad en sus rostros y
algunos se pusieron de pie, dando pasos alrededor de la mesa del dibujo.
-¿Para qué cree usted que Santarém se está preparando de esa manera?- preguntó la
Reina.
-Hay una situación familiar y política latente allí.- dijo Amauro, rozándose el mentón con el
dorso de su mando derecha. -El Marqués de Giscard resiente fuertemente la anexión de
Fransville a Francia y planea la posible recuperación de la condición de Reino de su patria.explicó Amauro.
-¿Eso qué significaría?-espetó el Conde de Bragelonne.
-Que Santarém planea atacar a Francia, simplemente.- sentenció el Capitán de Souza.
La Reina Isabela y su esposo, el Conde de Bragelonne, decidieron que ya era suficiente la
información que poseían con referencia a aquella situación que podría desembocar en
una nueva confrontación dentro de la cual Portugal se vería envuelta. Por ello,
agradecieron al Capitán Amauro de Souza por el servicio prestado, lo despidieron y
emprendieron enseguida un diálogo entre ellos. Ya, presentes sólo ellos dos en el
despacho, comentaron los alcances tan delicados que conllevaba todo aquello que
acababan de oír.
-¿Qué piensas de todo este barullo que se está armando, querido?- dijo la Reina, con una
inmenso aire de preocupación.
-Creo que el reino de Portugal, por estar íntimamente ligado a los destinos de Francia, se
verá afectado por los futuros acontecimientos.- reflexionó el Conde. -Será necesario
mover las fichas de este juego rápidamente para tomar ventaja.- agregó.
-Nuestro rey Luis deberá enterarse inmediatamente de los hechos de Santarém y tomar la
iniciativa antes de que se desate un infierno.- dijo Isabela.
-No sería sólo ese el problema, querida.- apuntó Bragelonne.
-¿Qué quieres decir?- dijo ella.
-Sesimbra se encuentra a pocas leguas de distancia de Santarém y no es improbable que
aquí estemos al fácil alcance de una sorpresiva invasión, con el peligro que ello encierra.respondió Bragelonne.
-Entonces, ¿qué deberíamos hacer?-
-Atacar primero.- afirmó resueltamente el Conde.
TREINTA
La Reina Isabela de Portugal había sido elevada a la dignidad real, de manera oficial, hacía
apenas dos años. Casi toda su vida transcurrió de manera pasiva en la corte de su padre, el
rey sacrificado en la última guerra contra el reino lusitano. Ella no estaba al corriente de
los movimientos militares que conlleva un estado al cual hay que defender. Para ello se
asesoró de su esposo, el Conde de Bragelonne, quien a su vez nombró oficiales franceses
que poco conocían de los vericuetos políticos de Portugal. Además, el reino no poseía una
armada o ejército grande ni entrenado para emprender campañas de gran calado.
El General Leonel Varteil, ministro militar de Portugal, exponía sus aprehensiones al
Duque de Desmoines, asesor militar para las fronteras del Reino Francés, en esos días de
visita en Sesimbra.
-No es exceso de previsión, pero siento que estamos en desventaja con respecto a
Santarém, de acuerdo con el informe del Capitán Amauro de Souza.- decía Varteil,
agitando varias páginas de papel en su mano izquierda.
Desmoines, hombre curtido en varias guerras y vencedor en la última campaña francesa
contra los moros, respondió:
-Es posible que usted tenga razón en cuando al número de soldados y quizás también
respecto del armamento actual. Pero ello no es una situación que no se pueda resolver
contratando mercenarios y comprando más armas.-Usted tiene razón, Señor Duque. Sin embargo, eso exige mucho dinero que no tenemos
en nuestras arcas, en estos momentos.-Su Majestad el Rey Luis ayudará gustosamente a solucionar esa situación, de forma más
directa.- dijo el Duque.
-Y, ¿cuál sería esa manera?- indagó Varteil.
Desmoines se puso de pie y se aproximó más a la silla del Ministro, quien también se
levantó para escuchar al Duque, con más atención.
-Mi querido amigo Varteil, en París hemos estado siguiendo los pasos del hijo de Edmund
y sabemos que está pronto a emprender una campaña militar a gran escala, con el fin de
recuperar Fransville, no sin antes adueñarse de Portugal.-O sea que no es nada nuevo lo que nos ha referido el Capitán de Souza.- exclamó el
Ministro Varteil.
-Y eso no es todo, Ministro. Ya está en camino hacia Santarém una brigada numerosa de
mosqueteros, espadachines y artilleros con los primeross cañones más mortíferos
existentes.- explicó el Duque de Desmoines.
-¿Cuántos efectivos contiene esa brigada?- quiso saber Varteil.
-Poco más de diez mil hombres.-dijo el Duque. Luego agregó: -Lo que en principio ordenó
el Rey Luis ha sido la protección del Reino de Portugal y para ello arribarán primero acá, al
Palacio de Sesimbra, desde donde partirá la ocupación de Santarém.-
-Pero, ¿por qué no se me había informado de éste asunto?-se quejó el Ministro Varteil.
-Del sigilo y el silencio dependen muchas victorias, querido amigo Varteil.- dijo sonriendo
el Duque.
Estaban en ese intercambio de información tan coyuntural cuando, sorpresivamente y sin
previo aviso, entró al despacho uno de los guardias privados de la reina Isabela, dando
perentorias instrucciones:
-¡Por favor, excelencias, acompáñenme a la "Cámara de Protección y Cobijo". Hay una
aproximación de grupos armados hacia el Palacio!-
Rápidamente y sin vacilaciones, salieron de allí escoltados por varios guardias escogidos.
Se desplazaron por corredores no transitados y pronto llegaron a la Cámara de Protección,
que era una estancia secreta que casi todos los palacios poseían, con el objeto de proteger
a las personalidades de la Corte, del gobierno, del clero y de altas personalidades claves,
no ligadas al asunto militar.
Allí en ese enclave subterráneo había ductos de ventilación y despensas con todo lo
necesario para sobrevivir por varias semanas, si fuere el caso.
El Conde de Bragelonne, el Capitán de Souza y los altos militares del Reino de Portugal
estaban en el exterior prestos a llevar adelante la defensa del palacio en caso de que fuera
sometido a un ataque exterior. Los miembros disponibles del ejército lusitano ya estaban
listos a responder cualquier arremetida que se presentara.
Esperaron a que se disipara la neblina del momento para ver a qué se estaban enfrentado.
Desde las almenas del Castillo-Palacio de Sesimbra observaron que un gran cuerpo de
infantería y otros dos de caballería se apostaron frente a las inmensas puertas de acceso,
sin desencadenar ningún ataque.
Sorprendidos por ese actuar de los soldados que llegaron, decidieron encargar a uno de
los centinelas, hacer el cuestionamiento de rigor.
-¡Ah, de allá abajo! ¿Quiénes son?-
-¡Somos la armada del Rey Luis y nuestro vocero camina hacia el puente!-
Bajaron el puente y el mensajero expuso con credenciales la veracidad de la respuesta de
quien identificó el ejército visitante. Se percataron, entonces, de que el ejército francés
había llegado a Sesimbra.
TREINTA Y UNO
Era un ejército muy grande. Los soldados de la caballería pesada sumaban 3.500 hombres,
todos montados sobre ejemplares frescos y de raza árabe, con una alzada de casi dos
metros. Las armas de los caballeros consistían de espadas curvas de doble filo, arcabuces
de rápida carga y pistolas de fisto. También se equipaban con puñales y hachas de guerra.
Era el guerrero que definía el final de los combates, generalmente.
Los soldados de la infantería llegaban a los 4.000, todos cubiertos con las cotas de malla.
La mitad de ese número era de ballesteros y el resto, arcabuceros. Iban también
equipados con espadas cortas.
Detrás de la infantería se desplazaban los arqueros y los expertos en máquinas pesadas,
que movían sobre plataformas dotadas de ruedas. Éstos soldados sumaban 1500
efectivos.
Desde las torres de Sesimbra se podía divisar una inmensa mancha humana movediza que
cubría los valles aledaños al castillo. Siendo tan numeroso aquel ejército, era menester
que armaran sus campamentos en los terrenos que rodeaban Sesimbra. El Conde de
Bragelonne, en compañía de los De Souza, padre e hijo, con los dignatarios militares
rpesentaron los saludos a los altos oficiales del ejército enviado por Su Majestad el Rey
Luis XIV, llamado "El rey Sol".
A primera vista, Arnaud no parecía tener opción de lucha ante semejante armada que era
divisada desde el Palacio de Santarém. Ese era el sentimiento que desde Sesimbra se
pensaba que llenaba el cerebro del Marqués de Giscard, pero no todo lo que se percibe
con la vista es necesariamente la realidad. Los 9.000 hombres recién llegados a los
terrenos de Sesimbra no le preocupaban a Arnaud, como se suponía.
Los emisarios reales del hijo del antiguo escanciador habían cumplido con el cometido que
él les había confiado. Habían logrado que al menos la mitad de los soldados y oficiales
recién llegados, se convirtieran en renegados secretos que lucharían a favor de la
liberación de Fransville. Muchos de ellos eran miembros de las familias sometidas por la
corona francesa y deseaban fervientemente ver a los suyos libres del dominio de Francia y
no pertenecer más a un ducado. Anhelaban con fuerza retornar a su reino de Fransville.
La situación no era como se mostraba a simple vista. La realidad era más compleja de lo
que parecía. Sin embargo, desde la visión militar y táctica de Arnaud, todas las ventajas
estaban a su favor. Los renegados del ejército francés ya habían recibido la orden de
secuestrar y someter al resto de quienes se hallaban rodeando a Sesimbra. Les ofrecieron
una mejor paga y el hecho de seguir con vida si colaboraban con la causa de Fransville.
Dado que un alto número de ellos eran mercenarios, no tuvieron inconveniente en
aceptar la benévola oferta.
Todo cambió de orientación en un santiamén. Los miembros de la nobleza, incluyendo a
Bragelonne, que se hallaban dentro del castillo de Sesimbra, vieron que el desbalance de
fuerzas estaba contra ellos. La Reina Ana no dudó en organizar un comité de negociación
para establecer las nuevas condiciones que exigían Arnaud y sus asociados. Sólo querían
que Fransville fuera liberada de la tutela francesa y que se conservara como un reino
independiente. Varios emisarios de gran preparación para estos menesteres marcharon
hacia París, donde Edmund ya se encontraba negociando con el Rey Luis, a quien poco le
interesaba mantener a Fransville como un Ducado aledaño al Reino francés, pues los
gastos de sostenimiento y el manejo administrativo ya estaban minando las arcas de
Francia.
Aquel 3 de Enero, día de santa Genoveva, la patrona de París, se firmó un nuevo tratado
estableciendo los límites antiguos del Reino Fransville. Todos en aquella comarca
coincidieron en coronar a su primer rey: Edmund I de Villars. Hubo tres días de
celebración, por la real invitación del Rey Luis, quien donó la nueva decoración del Palacio
de Versilonge, los gastos de coronación y la bendición especial de la Santa Sede, por
medio de la presencia del nuncio papal, el Cardenal Mazzarino.
La nueva Fransville recobró así su estatus de independencia y un lugar destacado entre los
reinos europeos de la época. A los dos años de empezar su reinado, Edmund de Villars,
antiguo escanciador real, moría en su lecho, rodeado del príncipe Arnaud, quien lo
sucedió en el trono, tomando el título de Arnaud I de Giscard. Los funerales de Edmund
fueron grandiosos y no hubo familia que no lamentara su fallecimiento.
FIN
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