HISTORIA, VIAJES, CIENCIAS, ARTES, LITERATURA
ITALIA. — Riva.
T V . 'PRIMERA SERIE;. - T . I . (SEGUNDA S E R I E , . - Yá.
EL MUNDO ILUSTRADO.
<)8
ITJLIJIA..
VIAJE PINTORESCO DE LOS ALPES AL ETNA,
POR
C. S T I E L E R , E, P A U L U S Y W. KADEN,
LIBRO P R I M E R O .
OE
LOS
A L P E S
AL
A R N O.
CAPÍTULO IL
DE T R E N T O
AL A D R I Á T I C O ,
(CONTINUACIÓN).
II.
EL LAGO DE
GARDA.
La ruta más pintoresca para bajar liasta el lago de
Garda es indudablemente la que atraviesa el valle de
Sarca, ofreciendo imponentes garg-antas como la llamada
Biíco di Vela, ó desgarrones de los que á veces brota un
torrente que presta vida á solitario molino, ó bien caos
pedregosos como la Pielra Miirata, ó bonitos lagos encajonados como el de Cavedine, ó castillos posados sobre
horrorosas escarpaduras , siendo una de las muestras
más notables el de los antiguos condes de Arco.
El lago de la Garda (Benactísáe los antiguos), situado
en el límite del Trentino, de Venecia y de la Lombardía,
es el mayor de los lagos italianos : tiene 52 kilómetros
de longitud por 12 en su punto más ancho, siendo una
tercera parte más grande que el lago Mayor. Está á 69
metros sobre el nivel del mar Adriático; su profundidad
máxima es de 290 metros, su perímetro de 124 kilómetros y su superficie total asciende á 300 kilómetros cuadrados ó sea 49,382 hectáreas.
«El lago de Garda, dice E. Bignami, se encuentra en
territorio italiano, menos la extremidad del Norte con
Riva que pertenecen al Tirol. Este lago raras veces está
tranquilo; al contrario, durante las tempestades se agita
al igual del mar, como dice Virgilio en sus (jfeórgicas.
Torbole.
Sus aguas son azules y muy límpidas, y en ellas abunda
la pesca, que es excelente , en particular las carpas,
habiéndose pescado algunas que pesaban diez kilogramos. Las aguas del rio Sarca, del Ponale, del Toscolano
y de otras corrientes menos importantes, forman el lago
de Garda, y á su salida toman el nombre de Mincio.»
Los lagos, lo mismo que los mares, suelen tener tanta
más profundidad cuanto más escarpados son los promontorios que les dominan, pues las cavidades llenadas por
las aguas han de corresponder en dimensión al poder de
las moles levantadas. Citaremos como prueba los lagos
alpinos, los más profundos de los cuales están situados
en la base meridional de los Alpes, que por aquel lado
ofrecen las pendientes más abruptas. El lago Mayor,
cuyo nivel es de 199 metros sobre el Adriático, tiene
854 metros de profundidad ; la del lago de Como es de
604 metros en la parte superior de su concha; los lagos
de Garda y de Iseo no son tan profundos, pero sí lo bas-
tante para estar mucho más bajos que la superficie del
mar. Figúrese el lector la mole de los Alpes igualada
hasta el nivel marítimo; en este caso los abismos cubiertos por las aguas de los lagos Mayor, de Como, de
Garda y de Iseo tendrían respectivamente 655, 403, 158
y 120 metros de profundidad, mientras que al otro lado
de los Alpes todas las conchas quedarían en seco, exceptuando tal vez el lago de Brienz, si es cierto , como
afirma Saussure, que tiene 600 metros de profundidad (1).
El aspecto que ofrece el lago de Garda es sumamente
variado. Al Norte, ó sea en la parte más angosta de la
concha, sobre la ribera tirolesa, hay numerosas bahías
y el panorama es muy abrupto, mientras que las líneas
peñascosas de los montes Baldo y Adamo se destacan
bajo el azulado firmamento ; luego á medida que el
viajero avanza hacia el Sur, el cuadro se ensancha: á
(Ij
Elíseo ReclUS, La TiV-j-™.
líL MUNDO ILUSTRADO.
derecha é izquierda vá alejándose la playa, las rocas
perpendiculares ceden el puesto á colinas de suave pendiente que á su vez acaban por desaparecer; las niug'idoras ondas no encuentran obstáculos y tienen el encanto
de las del mar Adriático; hasta las islas que se alzan de
trecho en trecho están libres de las cortaduras que señalan la lucha de la tierra con el agua.
Para disfrutar debidamente del espectáculo de aquellas
márgenes cubiertas de huertas y de puntos de vista admirables, de naranjos, de olivares, de limoneros y de
Viñedos, fuerza es embarcarse en el vapor y dar la vuelta
al lago. En la extremidad septentrional aparece Riva,
magníficamente situada al pié de la Rochetta y con un
clima excelente, por lo cual varios forasteros acuden
allí en invierno en busca de salud. Riva encierra 4,500
habitantes ocupados en la filatura de la seda y en otras
industrias, á las cuales desde muy antiguo daba importancia la posición topográfica de la población. Las viviendas son aseadas, mereciendo una visita la iglesia de
Santa María Asunta, edificio del siglo xvii que encierra
algunos cuadros recomendables de Graffonara. La casa
municipal fué edificada por la república veneciana en
1475, y el palacio del Pretorio por los Della Scala en 1370.
nay en Riva un establecimiento de baños bastante frecuentado.
Una de las excursiones más interesantes que puede
emprender el viajero que visita á Riva, es la de la cascada de Ponale, la cual se precipita de la altura de
treinta metros: encima de esta cascada hay un camino
que conduce al precioso lago de Ledro y á Besecca,
donde Garibaldi hizo frente á los austríacos en 186G.
También vale la pena de pasar á Varone, distante hora
y media, en cuyo punto hay la cascada del mismo nombre, y de ascender al Arco, fortaleza erigida entre cerros
cubiertos de olivares.
La parte más fértil de la orilla occidental del lago es
la situada debajo de Limone y de Tremosine, la cual se
extiende de Gargnano á Desenzano, pasando por la bahía
ae baló Llámasela Rhiem, y es el punto de cita, durante el verano, de la nobleza de Verona y de Brescia.
. Gargnano cuenta 4,000 habitantes y está rodeada de
cipreses, de laureles y de limoneros, disfrutándose desde
ella de una de las mejores perspectivas del lago. Encima
ae Gargnano hay el monte conelw-aifo della fame, de
que habla Dante.
./
'
Saló (6,000 almas) está asentada al pié de una honda
Dama cemda por gran número de cedros, de olivos y de
a S ' ; fT^^ "^"l ^^^0 San Vigilio y de Saló hay
aaspecto
s n e c í encantador.
'
^! ? ^ ' ^ ^ ' ^^^^^^ ^^ ^^'^^ ^^ ^^SO ofrece uii
t p f f f ^ ^ ' ^^ ''''^'^^''' DecenMo, encierra 4.500 habitanS ITJ .'^""u^ ' ' ' semicírculo sobre el lago. Es patria
el poeta Anelh, que escribió los libretos para las óperas
it Kossini. En la iglesia parroquial de Desenzano consér^nse pinturas de Tiepolo, de Palma el Viejo v de Celestu
A Esto de Desenzano y á mitad camino entre esta
población y Peschiera hay la península de Scrmione,
que cuenta 7,000 habitantes y grandes plantíos de olívales estando unida al continente por una angosta lengua
üe tierra. En este sitio todavía se conservan los restos
tie la quinta de Cátulo, en la cual escribió el gran poeta
,\nn?n'^"?°'^''''' dedicados á su adorada Lesbia. En la
punta de la península hay algunos vestigios de fortifiea5 , ™ ' r ? ' ' " ^ ' y ^ ' ' antiquísimos baños de aguas sulíuro as.EI castillo, bastante bien conservado, es obra
de Alboino della Scala, al paso que en la iglesia de Santa
ManaMaggiore existen algunas admirables columnas
de mármol y ciertas inscripciones antiguas muy interesantes para el arte arqueológico.
Üí)
Al otro lado de la Riricra el punto más notable es
Torbole, protegido por un puertecito á cuyo derredor
silban y luchan dos vientos contrarios, es decir, el Norte
ó Sour, procedente de los Alpes, y el Sur (Ora). Estos
vientos dan al lago de Garda la inagotable riqueza de
tintas que le distingue, entre las que figuran el azul
subido, el acero mate, el plomizo y el verde pálido; de
ahí también las tumefacciones y murmullos de sus
ondas, sobre lo cual dice Virgilio:
Fructibus et fremitu aíísurgens, B e n a c e , m a r i n o .
Mucho han cambiado las cosas desde hace diez y ocho
siglos, escribía Goethe hallándose en Torbole en setiembre de 1786, «pero el viento siempre muge en el lago.>..
Abajo de Torbole, en la misma orilla, está asentada
Malccsine (2,000 almas), con un castillo que data del
tiempo de Carlomagno; luego se presenta Garda, villa
con 1,200 habitantes que ha dado nombre al lago y que
en tiempo de los romanos era muy próspera. Cerca de
ella hay el palacio Albertini, con magníficos jardines.
En la margen meridional levántase Peschiera, cuyo
nombre deriva de la gran pesca de anguilas que antiguamente se hacia en sus inmediaciones. En Peschiera,
una de las obras del célebre cuadrilátero, el Sarca penetra en el lago de Garda, saliendo de él bajo el nombre
de Mínelo. Fortificada en 1848, la población, que sólo
cuenta 2,600 habitantes, por los austríacos, cayó en poder
de los piamonteses al cabo de un mes de asedio, pero
á los dos meses volvió á manos de aquellos, quienes
la conservaron hasta el año 1866, en que definitivamente fué ocupada por los italianos.
«El lago de Garda, dice E. Bignami en su pintoresca
descripción del Benaco, es sumamente interesante para
la geología, ó sea para la historia de la formación de
nuestro globo. Como todos los lagos subalpinos, en
tiempos muy remotos era el que nos ocupa una masa
colosal de hielo que desde los montes se extendía hasta
el llano, según indican actualmente las pardas colinas
que le dominan hacia Peschiera. A medida que se fué
derritiendo el hielo formóse el lago en el mismo lecho
que hoy ocupa. Una de las características del lago de
Garda es que sus aguas no han menguado en beneficio
del rio principal, lo cual se explica por la desviación
forzosa que experimentaría el Adigio en las demás laderas del Baldo cuando el hielo se retiró más allá de la
zona de Riva y de Torbole, quedando como alimento
principal del lago el Sarda, afluente poco importante.»
Traducido y adicionado por
MARIANO BLANCH.
(Continurirá).
CONSTANTINOPLA,
EDMUNDO DE AMICIS.
(CONTINUACIÓN),
S T A M B U L.
Para librarse de semejante aturdimiento, basta con
tomar por cualquiera de las infinitas callejuelas que serpentean por los costados de las colinas de Stambul.
Reina aquí una paz profunda, y puede contemplarse
tranquilamente y bajo todos sus aspectos aquel Oriente
misterioso y desconfiado, que en la opuesta orilla del
Cuerno de Oro sólo es dable distinguir en rasgos imperceptibles y fugitivos, en medio de la rumorosa confusión
lOo
EL MUNDO ILUSTRADO.
de la vida europea. Aquí todo e.s decididamente oriental.
Después de andar un cuarto de hora no se ve persona
alguna ni se percibe el rumor más insig-nificante. Yense
por todas partes casucas de madera pintadas de mil
colores, el primer piso de las cuales .sobresale del bajo,
y el segundo del primero, cuyas ventanas tienen delante
una especie de tribunas cerradas por todos lados, con
desconfianza y celos: diríase que se recorre una ciudad
de monasterios. De cuando en cuando hiere el oído un
aleg-re rumor de risas y carcajadas, y levantando la
cabeza, disting-uís al través de una aspillera, unas flotantes trenzas, ó un ojillo brillante que desaparece
rápidamente. A veces sorprendéis una conversación
animada y sostenida de un lado á otro de la calle; pero
que cesa de improviso al rumor de vuestros pasos,
dando pié para que revolváis por un instante en vuestra
imaginación todo un mundo de intrigüelas y parladurías. No veis un alma y hay cien ojos que os contemplan: estáis solos y os parece hallaros en medio de una
muchedumbre: quisierais pasar desapercibidos, apresuráis el paso, camináis acompasadamente, medís la
mirada. Una puerta que se abra ó una ventana que se
cierre os sorprenden bruscamente cual si á vuestro oído
llegara inesperado rumor. Con tales antecedentes podría
Albanés.
En Stambiil.
vidrieras que cubren á su vez estrechas celosías, las
cuales semejan otras tantas casitas adheridas á la casa
principal y comunican á la calle un tinte especialísimo
de tristeza y misterio. En ciertos sitios las calles son
tan estrechas, que los pisos superiores de las opuestas
casas casi se tocan, resultando de ello que se anda
durante dilatado espacio entre las sombras provenientes
(ie aquellas jaulas humanas, y materialmente debajo de
;as plantas de las mujeres turcas que se pasan en ellas
la mayor parte del dia. sin ver más que un resquicio de
cielo. Las puertas están todas cerradas: las ventanas
del piso bajo defendidas por medio de rejas: todo respira
•
imaginarse que tales calles deberían ser de siniestro
aspecto, y sin embargo, nada menos que esto. Una
mancha de verdura sobre la cual se dibuja un esbelto
alminar blanco; un turco vestido de rojo que avanza en
sentido opuesto al que vos lleváis; una esclava negra
parada junto á una puerta; una alfombra persa colgada
de una ventana, bastan para formar un cuadrito tan
lleno de vida y armonía, que pasaríais una hora contemplándolo. De las escasas personas que pasan á vuestro lado, no hay una que os dirija una mirada. A
veces, sin embargo, oís que á vuestras espaldas gritan:
—¡Giaur! (infiel) (1);—y al volver la cabeza, veis desaparecer detrás de una imposta la cabezuela de un
muchacho. Otras veces se abre la puertecilia de una de
aquellas casitas: os detenéis esperando la aparición de
una hermosura de harem, y en cambio os encontráis
(1) Se dice comunmente que el diablo inventó la palabra a u r p a r a que
la emplearan para saludar los que no quisieran ponerse en la boca el
nombre de Dios, f u e s bien , el aur usado en España como forma de saludo, y empleado principalmente en Andalucía, no es más que una degeneración del giaur con que nos designarían los mahometanos durante su
lorga permanencia en la Península , para indicar que no formábamos
parte del pueblo fiel, es decir, del suyo. (N. del T.)
RL MUNDO ILUSTRADO.
ITALIA. — Desenzano.
ITALIA. —Logo de Cavedine, en el valle de Sarca.
101
102
EL MUNDO ILUSTRADO.
con una dama europea con sombrero y vestido de cola
que murmura un adieií ó un a-urevoir, y se aleja rápidamente, dejándoos con un palmo de boca abierta. En otra
calle toda turca y silenciosa, oís al cabo de un rato el
ronco son de una corneta y el estrepitoso g-alopar de los
caballos: volvéis la cabeza: ¿Qué es ello? Apenas podéis
dar crédito á vuestros ojos. Es un enorme ómnibus que
se adelanta sobre dos rodadas que no hablan llamado
vuestra atención, lleno de turcos y de franceses, con su
conductor uniformado y su tarifa de precios como una
tran-vía de Viena ó de Paris. La sorpresa que causa
semejante aparición en una de estas calles, no puede expresarse por medio de la palabra: imagináis que es una
burla ó un sueño, os dan g-anas de echaros á reir, y contempláis aquel vehículo con la estupefacción propia del
que lo viera por primera vez. En cuanto ha pasado el
ómnibus parece que haya pasado la imagen viva de
Europa y os encontráis de nuevo en el Asia como en
virtud de mutación teatral. De esta calle solitaria pasáis
á una plazoleta casi completamente sombreada por un
plátano g"igantesco. A un lado se distingue una fuente
en que se están abrevando unos camellos; en el opuesto
un café con una fila de almohadones extendidos delante
de la puerta, y en ellos sentado á sus anchas uno que
otro turco fumando deliciosamente su lueng-a pipa; y
junto á la puerta una higuera que sirve de apoyo á una
vid cuyos pámpanos llegan hasta el suelo, pudiéndose
distinguir entre ellos en lontananza el color azulado del
mar de Mármara, y una que otra pequeña vela blanca.
Una luz deslumbradora y un silencio de muerte comunican á todos esos lugares una fisonomía entre
solemne y melancólica que no olvida jamás el que una
sola vez la ha contemplado. Váse andando paso tras
paso como si aquel misterioso silencio produjera en el
alma una fascinación indefinible, que se apodera del
espíritu como grata soñolencia, y al cabo de breve
tiempo se llega á perder la noción de la hora y de la
distancia. Encuéntranse dilatados espacios que ofrecen
todas las señales de vastos y recientes incendios; cuestas en las cuales se distinguen algunas casas desparramadas , entre las que crece la hierba y serpentean
senderos de cabras; puntos elevados desde los cuales
abárcanse con una sola mirada calles, callejuelas, jardines, centenares de casas, sin que en parte alguna se
vea una sola criatura humana, ni la más tenue nubécula
de humo, ni una puerta abierta, ni el más insignificante
indicio de habitación y de vida, de suerte que podría el
viajero imaginarse completamente solo en medio de aquella inmensa ciudad, consideración que basta para que
se apodere involuntariamente el miedo del corazón. Pero
descendéis la pendiente, llegáis al extremo de una de
aquellas callejuelas, y todo ha cambiado. Os encontráis
en una de las principales calles de Stambul, flanqueada
de monumentos para cuya admiración no son bastantes
los ojos. Camináis en medio de mezquitas, de kioscos,
de alminares, de elegantes galerías, de fuentes de
mármol y lápis-lazuli, de mausoleos dedicados á los
sultanes , resplandecientes de arabescos y de áureas
inscripciones, de muros cubiertos de mosaicos, bajo
taraceadas techumbres de cedro, á la sombra de una
vegetación pomposa que sobrepuja las paredes de cerca
y las doradas verjas de los jardines, y llena el ambiente
de embriagadores perfumes. En estas calles encuéntranse á cada paso coches de bajas, militares, empleados,
ayudantes de campo, eunucos de casas de distinción,
una procesión interminable de criados y parásitos que
van y vienen de aquí para allá entre uno y otro ministerio. Aquí se reconoce la metrópoli del dilatado imperio, y se admira en toda su deslumbrante magnificencia.
Percíbense do quiera, una blancura tan agradable, una
arquitectura tan graciosa, tan grato murmurio de agua,
una fombra tan fresca, que no parece sino que los sentidos se hallen acariciados por música embriagadora
que suscita en la mente las imágenes más risueñas.
Por esta calle adelante se llega á la inmensa plaza
donde se levantan las' mezquitas imperiales, ante cuya
presencia lamente queda como avasallada: tan inmensa
es la mole que constituyen. Cada una de ellas forma
como el nudo de una pequeña ciudad, compuesta de
colegios, hospitales, escuelas, bibliotecas, almacenes,
baños que á duras penas se divisan, dominados como
están por la enorme cúpula en torno de la cual se levantan.
La arquitectura que se juzgaba sencillísima, ofrece tal
riqueza de detalles, que atrae y cautiva todas las miradas. Allí hay cupulillas cubiertas de plomo, techos de
formas las más peregrinas levantándose unos encima de
En los crmcntorios.
otros, galerías at'reas, pórt'.cos vasíísimos, ventanas con
esbeltas columnitas, arcos festoneados, agudísimos alminares prolijamente labrados, calados pretiles de azoteas,
capiteles estalactíticos, fuentes y puertas monumentales, que parecen revestidas de encaje, muros esmaltados de
oro y de mil colores, todo recamado, cincelado, ligero,
aéreo, atrevido, sombreado de encinas, cipreses y
sauces, de cuyas frondosas copas salen nubes de pájaros
que en pausado vuelo giran en derredor de las cúpulas
y llenan de armonía todos los ángulos del inmenso
edificio. Aquí se empieza á experimentar algo que es
más íntimo y profundo que el sentimiento de la belleza.
Aquellos monumentos que vienen á constituir una como
colosal afirmación marmórea de un orden de sentimientos é ideas distintos de aquellos en que hemos nacido y en
los cuales se nos ha educado; que forman como si dijéramos el armazón ú osamenta de una raza y de una fe que
nos son hostiles; que nos narran con un mudo lenguaje de
líneas soberbias y de temerarias alturas la gloria de
un Dios que no es el nuestro, y de un pueblo que ha
hecho temblar á nuestros padres, infunden un respeto
mezclado de desconfianza y temor, á los cuales vence al
cabo la curiosidad, que nos empuja hacia lo descono-
EL MUNDO ILUSTRADO.
cido. Vense en el interior de los umbríos patios, turcos
dándose en las fuentes las abluciones prescritas por su
ley, mendig-os acurrucados al pié de las pilastras, mujeres veladas que pasean lentamente debajo de las arcadas; todo silencioso y como bañado en una tinta de
melancolía y voluptuosidad , que no se comprende de
donde deriva, y sobre lo cual la imaginación se detiene
y trabaja luego cual si tratara de resolver un enig-ma.
Galata, Pera, ¡cuan lejos se hallan! Os sentís trasladados
á otro mundo y á otros tiempos : al Stambul de Solimán
el Grande y de Bayaceto segundo, y experimentáis un
vivo sentimiento de estupor cuando habiendo salido de
aquella plaza y perdido de vista aquel desmesurado
monumento del poder de los Osmanes, os encontráis
nuevamente en medio de la Constantinopla de madera,
miserable, decadente, llena de porquería y miseria.
Al paso que adelantáis, las casas se decoloran, los
emparrados desaparecen, las conchas de las fuentes se
llenan de musg-o ; encontráis mezquitas insignificantes
103
conjDaredes desconchadas y alminares de madera rodeados de zarzas y ortig-as; mausoleos en ruinas ; escaleras
derribadas; pasajes cubiertos llenos de pedruscos enmohecidos; barrios decrépitos, de una tristeza infinita, en
los cuales no se oye más ruido que el procedente del
vuelo de los milanos y de las cig-üeñas, ó la voz gutural
del solitario mtceñn que de lo alto de escondido alminar
pronuncia la palabra de Dios.']
No hay ciudad alguna que como Stambul represente
con tanta perfección la naturaleza y la filosofía de su
pueblo. Cuanto encierra grande ó bello, pertenece á
Dios ó al sultán , imág-en de Dios en la tierra: todo lo
demás es insig-nificante y lleva profundamente impreso
el sello de lo perecedero é instable de las cosas de este
mundo.
La tribu de los pastores háse convertido en nación; pero
en la ciudad ha permanecido el amor instintivo á la'naturaleza campestre, á la contemplación y al ocio., que la
disting-uian en la inmensidad de los campos. Stambul no
Casa turca en Stambul.
es una ciudad, no trabaja, no piensa, no crea; la civilización llama á sus puertas é invade sus calles, y ella fantasea soñolienta y adormecida á la sombra de las mez-
púrpura y seda, volaban las cuadrigas de oro á presencia
de los emperadores deslumbrantes de perlas y pedrería.
De dicha colina se desciende á un valle poco profundo,
?h S r / ' ' ° ? P v ' ' *^' ^° ^^^ P^^'-^ á «^ lado- Es una sobre cuya superficie se extienden las murallas occidenZ t t í^'.^r^^^f' ^^^«P'^^^a- deforme, que representa más tales del serrallo, que marcan los límites de la antig-ua
b en la quietud, e momento de alto de un pueblo errante, Bizancio, y se levanta la Sublime Puerta, por la cual se
que el poderío de un estado inmóvil; una metrópoli penetra en el palacio del g-ran visir y en el ministerio
inmensa envuelta en su sudario ; un gran espectáculo de Estado: barrio austero y silencioso, en el cual paremejor que una gran ciudad. Sólo recorriéndola comple- cen condensadas todas las tristezas que inspira la suerte
tamente puede formarse de ella idea exacta. Para ello del imperio.
e. indispensable comenzar el viaje por la primera
De dicho valle se sube á otra colina, en la cual se
colma, aquella que baña sus plantas en el mar de Már- eleva la mezquita marmórea de Nuri-Osmanie , luz de
í^b?;iL T ^ M.P''^*^ ^'^ triángulo. En ella, si así Osman, y la columna derribada por Constantino, que
m o n u m r ° i ' n ' " T ^^ •^^^'^^ de Stambul ; un barrio servia de pedestal á un Apolo de bronce, con la
Zn^TTf
" ™ ' ^ ' recuerdos, de majestad y de luz. cabeza del g-ran emperador, en el comedio del antiguo
foro, rodeada de pórticos, estatuas y arcos de triunfo.
Al otro lado de dicha colina se abre el valle de los bazaiT^cMh v ?^' f' ^ ^"^P^^*^^ '^ P^l^^'o <í« 1^ emperatriz res, que se extiende desde la mezquita de Bayaceto á ia
de la sultana Validé, y abraza un laberinto inmenso de
n t f S o f í J ? S m e í q u L ' l ^ ' l ? ^ '^^ '^ H X " ^ / ^ calles cubiertas llenas de gente y de ruido, de las cuales
. ^..,r^o ^1 "^ "'ezquita de Ahmed , y el At-Meidan
que ocupa el espacio del antiguo hipódromo, en el cual se sale con la vista oscurecida y el oido asordado.
en medio de un Ohmpo de mármol y bronce, y hostigaSobre la tercera colina que domina al par el mar de
das por la g-ritena de una muchedumbre vestida de Mármara y el Cuerno de Oro, levántase g-ig-ante la mez-
104
EL MUNDO ILUSTRADO.
quita de Solimán, rival de Santa Sofía, gozo \y espUndof
(le Stamhü, como dicen los poetas turcos, y la torre maravillosa del ministerio de la Guerra, emplazado sobre
las ruinas de los antiguos palacios de los Constantinos,
un tiempo habitados por Mahometo el Conquistador, y
más tarde convertidos en serrallo de las sultanas ancianas. Entre la tercera y la cuarta altura se extiende como
un puente aéreo el enorme acueducto del emperador Va-
Una calle en Stambul.
lente, formado de dos órdenes de arcos ligerísimos, vestidos de verdura que pende en graciosas g-uirnaldas
sobre el valle cubierto de casas.
Pasando debajo del acueducto, se sale á la cuarta colina.
En ésta, sobre las ruinas de la famosa ig-lesia de los santos
Apóstoles, fundadaTpor la emperatriz Elena y reconstruida por Teodora, levántase la mezquita de Mahometo II,
rodeada de escuelas,5hospitales y posadas^para los peregrinos ; junto á la mezquita se hallan el bazar de los
esclavos, los baños de Mahometo y la columna granítica
EL MUNDO ILUSTRADO.
de Marciano, que ostenta aun su cipo de mármol adornado con las águilas imperiales; y junto á la columna el
lugar en que se hallaba la plaza de los At-Meidan, en la
cual fué consumada la famosa matanza de los genízaros.
Atraviésase otro valle, cubierto con otra ciudad y se sale
105
á la quinta colina, sobre la cual se encuentra la mezquita
de Selim, junto á la antigua cisterna de San Pedro, convertida en jardin. Debajo, á lo largo del Cuerno de Oro,
extiéndese el Fanar, barrio griego, sede del patriarca, al
cual se ha refugiado la antigua Bizancio con los descen-
En Stambiil.—Puerta de la mezquita del sultán Alimed.
dientes de los Paleólogos y de los Comnenos, y donde tuvieron lugar las espantosas carnicerías del año 1821.
Desciéndese á un quinto valle, y se sube á la sexta colina. Aquí nos hallamos ya sobre el terreno que ocupaban
las ocho cohortes de cuarenta mil godos de Constantino,
fuero del recinto de las primitivas murallas , que no se
T . V . (PlilMERA S É m E \ - T 1. (SEGUNDA S É R I E )
-II.
extendían más allá en la cuarta colina, precisamente
hasta el espacio ocupado por la cohorte sétima, que ha
dejado al sitio el nombre de Hebdomon. Sobre la sexta
colina vense aun las paredes del palacio de Constantino
Porfirogenetes, en el cual se coronaban los emperadores,
llamado actualmente por los turcos Tekir-Serai, palacio
EL MUNDO ILUSTRADO.
103
de los príncipes. Al pié de la colina, Balata, es decir, el
^/¿e^^o (barrio de los judíos) de Constantinopla, cuartel
inmundo que se extiende á lo largo de la orilla del
Cuerno hasta la muralla de la ciudad, y al lado acá de
Balata el antig-uo arrabal de las Blaquernas, un tiempo
adornado de palacios con dorados techos, morada predilecta de los emperadores, famoso por la vasta iglesia de
la emperatriz Pulquería, y por el santuario de las reliquias, hoy montón de ruinas habitado por la tristeza.
En las Blaquernas comienzan los almenados muros que
desde el Cuerno de Oro corren hasta el mar de Mármara,
abarcando la sétima colina , donde estaba el foro
boario , y se halla aun el pedestal de la columna de
Ca^áa armenia.
Arcadío ; la colina más oriental y más grande de Stambul, entre la cual y las otras seis discurre el riachuelo
Lykus, que penetra en la ciudad junto á la puerta de
Carisio y va á echarse en la mar vecina por el antiguo
puerto de Teodosio. Desde las paredes de las Blaquernas vese aun el arrabal de Ortaksiler, que desciende
suavemente hacía la rada, y está coronado de jardines:
más allá de Ortaksiler el arrabal de Eyub, tierra santa
de los Osmanlíes, con su gentil mezquita y su vasto
cementerio sombreado por un espeso bosque de frondosos cipreses, sobre los cuales blanquean numerosas
tumbas y mausoleos: detrás de Eyub la alta planicie del
antiguo campo militar, en el cual levantaban las legiones sobre el pavés á los nuevos emperadores, y más allá
de la planicie otras aldeas de riente aspecto que se
divisan semi-ocultas en medio de los verdes bosquecillos
que bañan las últimas aguas del Cuerno de Oro.
Tal es Stambul. Es magnifica. Pero el corazón se
oprime considerando que esta inmensa población asiática
se levanta sobre las ruinas de aquella segunda Boma, de
aquel inmenso museo de tesoros arrebatados á Italia, á
Grecia, al Egipto , al Asia menor, cuyo solo recuerdo
deslumhra la mente como el más encantador de los ensueños. ¿Dónde están los grandes pórticos que atravesaron
la ciudad desde el mar á las murallas; las cúpulas doradas, los colosos ecuestres que se levantaban sobre gigantescas pilastras delante de las termas y del anfiteatro; los
esfinges de bronce sentados sobre pedestales de pórfido;
los templos y los palacios cuyos frontones de granito alzábanse severos en medio de un pueblo aéreo de númenes
de mármol y emperadores de plata? Todo ha desaparecido
ó se ha trasformado. Las estatuas ecuestres de bronce
hánse fundido para convertirlas en cañones ; las planchas de cobre que cubrian los elevados obeliscos sirvieron para acuñar moneda; los sarcófagos de las emperatrices fueron trocados en fuentes; la iglesia de Santa
Irene es hoy día un arsenal; la cisterna de Constantino
una oficina; el pedestal de la columna de Arcadío
tienda de un albéítar; el hipódromo mercado de caballerías: la hiedra y los pedruscos cubren los cimientos
de los reales palacios: sobre el suelo de los anfiteatros
crece la hierba de los cementerios , y algunas escasas
inscripciones calcinadas por las llamas del incendio, ó
mutiladas por la cimitarra del invasor, recuerdan que
sobre aquellos collados alzóse un día la maravillosa
metrópoli del imperio de Oriente. Sobre estas tristísimas
ruinas hállase asentada Stambul como una odalisca
sobre un sepulcro aguardando su hora.
Y ahora véngase conmigo el lector á la fonda para
descansar un instante.
Mucho de lo que hasta el presente llevo descrito,
vímoslo mi amigo y yo el día mismo de nuestra llegada;
imagine, pues, el piadoso lector cuál estaría nuestra
cabeza al regresar á la fonda á boca de noche. Mientras
anduvimos no desplegamos los labios: mas en cuanto penetramos en nuestra habitación, dejámonos caer, mejor
que nos sentamos sobre el canapé , contemplándonos
uno á otro y preguntándonos mutuamente:
—¿Qué te parece?
—¿Qué me dices?
—i Y pensar que he venido para pintar!
—i Y yo para escribir!
Y nos echamos á reír, mostrando de esta suerte la fraternal compasión que mutuamente nos inspirábamos.
La verdad es que durante aquella noche y aun en el
espacio de varios días, habría podido la majestad de
Abdul-Aziz ofrecerme una provincia del Asia Menor,
como recompensa de una docena de líneas escritas por
mí respecto de la capital de sus Estados, seguro de que
no habia de ganársela. Tan cierto es que para describir
las cosas grandes conviene alejarse de ella, y para
recordarlas del modo debido, es indispensable haberlas
olvidado un tanto. Además, ¿cómo escribir en una habitación desde la cual se veían el Bosforo, Scutarí y la
cima del Olimpo? La misma fonda constituía un verdadero espectáculo. Durante todo el dia, por la escalera y
en los corredores veíaxise gentes de todos los pueblos.
En la mesa redonda se sentaban diariamente veinte
naciones. En tanto comía, no podía quitarme de la cabeza la idea de que era un delegado del gobierno italiano,
que á los postres debia tomar por fuerza la palabra sobre
alguna cuestión internacional de verdadera trascendencia. Allí se contemplaban semblantes rosados de
damas inglesas; cabezas desmelenadas de artistas ; ros-
EL MUNDO ILUSTRADO.
tros de aventureros qué andaban en pos de su neg-ocio;
cabezuelas de vírgenes bizantinas, á las cuales para quela ilusión fuera completa, faltaba únicamente el nimbo
de oro; rostros bizarros y siniestros que cambiaban
diariamente. Cuando lleg-ados los postres hablábamos
todos, parecía aquello una nueva torre de Babel.
Desde los prímerosdías trabé amistad con algunos rusos
completamente enamorados de Constantipla. Todas las
noches nos encontrábamos en la fonda, de regreso de
los puntos extremos de la ciudad, y cada cual tenia que
dar cuenta de un verdadero viaje. Éste había subido á
lo más elevado de la torre del Serasquier; aquel había
visitado los cementerios de Eyub; quien venía de Scutari; quien había dado un paseo por el Bosforo: la conversación estaba llena de descripciones animadísimas,
esmaltadas de luz y de color, y cuando faltaban palabras,
nos las sugerían los vinos dulces y perfumados del
Archipiélago. Había también algunos compatricios míos,
acaudalados barbilindos, que me hicieron tragar no
poca bilis, porque desde la sopa á los postres, todo se les
iba en decir pestes de Coristantinopla, y que no había
aceras, y que los teatros estaban poco iluminados, y que
no había medio de pasar la noche alegremente. ¡Habían
venido á Constantinopla para pasar la noche! Uno de
éstos había hecho el viaje por el Danubio. Pregúntele si
le había gustado el gran rio, y me contestó, el grandísimo majadero, que en parte alguna se guisaba tan bien
el esturión como en los vapores de la Real é Imperial
Compañía austríaca. Otro había que era un tipo amenísimo de viajero enamorado; uno de esos hombres que
viajan para seducir, con el libro de memorias de las
conquistas. Era un señorito alto y rubio, abundantemente dotado del octavo de los frutos del Espíriu Santo,
que en cuanto giraba la conversación sobre el capítulo
de las mujeres turcas, inclinaba la cabeza dejando escapar una intencionada sonrisa, y sólo tomaba parteen
aquella con medias palabras, entrecortadas siempre artificialmente con sorbos de vino. No se pasaba un día sin
que llegara jadeante y cual sí no hubiese estado en su
mano evitarlo, cuando los demás estábamos ya muy
adelantados en la comida, con ademan de habérsela
jugado al mismísimo sultán un cuarto de hora antes, y
entre plato y plato hacia pasar cautelosamente de uno á
otro bolsillo billetítos cuidadosamente doblados, destinados á producir» el efecto de cartas de odaliscas y que
de fijo no eran otra cosa que las cuentas presentadas por
los fondistas.
¡Lasgentescon que se tropiezaelviajero en estas fondas
de ciudad cosmopolita! Precisa haberlo experimentado
para creerlo. Había allí un joven húngaro, de unos treinta
anos, alto, nervudo, con dos ojos diabólicos y una charla
lebnl, que después de haber desempeñado el cargo de
secretario de un rico propietario de París, se habia alistado en los-zuavos franceses de Argel, habia sido herido
^ ^ ^ - ? prisionero de los árabes, de los cuales escapó pasando á Marruecos; después vuelto á Europa y dirigídose
i Aja á buscar el grado de oficial para tomar parte en
lucha contra los de este país; rechazado en el Aja habia
dose V-^"*^^ plaza en el ejército turco; mas hallánpor n " ^^^^ '^^ P^^° para Constantinopla, en un duelo
de una ^"^^'"' ^i^bíanle alojado en el cuello la bala
rPf>i«vo/^l^°^^' ^° cual refería mostrando la cicatriz;
hacer? d V " " ^ ' ^ " ^" Constantinopla-¿qué me he de
TiPipnnH^ f ' ^^ ^^'^S-^nfant de Varenlure; he de vivir
iTnT.:^ '"^i'^*'^'^« ya quien me lleva á la India,
-yponia-^lfrinarHfeesto el billete del pasaje.-me alistaré
en las tropas inglesas; en el interior siempre hay en que
ocuparse; yo no deseo masque pelear; ¿qué me importa
á mí la vida? Tengo ya un pulmón destruido. Otro
107
original deliciosísimo era un francés, cuya vida, al parecer, no se empleaba en otra cosa que en estar en guerra
perpetua con las direcciones de correos. Teniaunacuestion
pendiente conlaadministracion austríaca, conlafrancesa i
y con la inglesa; remitía artículos á la Ne%f,e Freie Presse,
protestando de las resoluciones á que esas reclamaciones
ciaban lugar; dirigía impertinencias telegráficas á todas
las estaciones postales del continente; cada día tenia
una pelotera con los empleados; no recibía una carta
á tiempo; no escribía una que llegara á su destino; y
refería en la mesa todas sus desgi'acias y todos los berrinches que con este motivo tomaba, concluyendo invariablemente por asegurar que los correos concluirían
con su existencia. Acuerdóme de una dama griega, con
rostro de espiritada, que vestía de un modo extravagante,
y estaba siempre sola; que todos los días se levantaba
de la mesa á la mitad de la comida, y se marchaba
después de haber trazado sobre el plato un signo cabalístico, cuyo significado nadie pudo jamás descifrar.
Tampoco he olvidado una pareja valaca, un arrogante
mancebo de unos veinte y cinco años, y una jovencita
en la primera flor de la vida, que sólo compareció una
noche, y que de fijo habían escapado de su país, él raptor,
ella cómplice, puesto que bastaba dirigirles la mirada
para que se ruborizaran, y cada vez que se abría la
puerta temblaban como azogados. ¿De quién más me
acuerdo? De cien más sí fijara la atención. Era aquello
una linterna mágica. Los días en que llegaba vapor, mi
amigo y yo nos divertíamos viendo entrar la gente por
la puerta de la calle, todos cansados, aturdidos, alguno
conmovido aun en fuerza del espectáculo de la primera ^
entrada: rostros que decían — ¿Qué mundo es este?
¿Dónde hemos venido á parar?
Cierto dia entró un jovencillo recién llegado, quei
parecía loco de contento por haber venido á ConstaiiJtinopla, con lo cual veía realizados todos los sueños de
su infancia, y estrechaba con ambas manos las de su
padre que con voz conmovida le decía:—Je snis heureíix
de te voir heureux, mon cher eoifant.
Después pasábamos asomados á la ventana las horas
del calor, contemplando la Torre de la muchacha,
que, blanca como la nieve se levanta delante de
Scutarí, en un escollo solitario del Bosforo, y en tanto
fantaseábamos sobre la leyenda del príncipe de Persía
que vá á chupar el veneno del brazo de la bella sultana,
mordida por el háspid. Un chiquillo de cinco años desde
una ventana de la casa de enfrente, todos los diasá la
misma hora nos hacia visajes. En aquella fonda todo era
singular. Entre otras cosas, todas las noches encontrábamos junto á la puerta uno ó dos individuos de fisonomía equívoca, que debian ganarse la vida proporcionando modelos á los pintores, y que tomando por pintores á todos los viajeros, en voz baja les decían:—¿Una
turca? ¿Una griega? ¿Una armenia? ¿Una hebrea?
¿Una negra?
Mas volvamos á Constantinopla y espaciémonos como
los pájaros en el cíelo. Aquí pueden satisfacerse todos
los caprichos. Puede encenderse el cigarro en Europa, y
dejar caer la ceniza en Asia. Al levantarnos por la mañana, podíamos preguntarnos:—¿Qué parte del mundo
veré hoy?—Puede escogerse entre dos continentes y dos
mares. Tenemos á nuestra disposición caballos ensillados
en todas las plazuelas; barquichuelos con vela en todos
los fondeaderos; vapores en cien puntos distintos: el
caique que se desliza, la talika que vuela, y un ejército
de cicerones que hablan todas las lenguas de Europa.
108
EL MUNDO ILUSTRADO.
ITALIA. — Castillo de Arco, en el valle de Sarca.
ITALIA. — Partida de Ptírichiera de uno de los vapores que recorren el lago de Garda.
KL MUJNDO ILUaTIiADO.
109
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EL MUNDO ILUSTRADO.
¿Queréis asistir á la comedia italiana? ¿ver las danzas de
los derviches? ¿escuchar las bufonadas del Caragheuz,
el polichinela turco? ¿oirías canciones licenciosas de los
toatrillos parisienses? ¿concurrir á las representaciones
g'imnásticas de los g-itanos?¿haceros contar una leyenda
árabe por un rapsoda?¿ir al teatro griego?¿oir predicar
á un imán? ¿ver pasar un sultán con su cortejo? Escoged
y pedid. Todas las naciones están á vuestro servicio: el
armenio para afeitaros, el hebreo para limpiaros el calzado, el turco para conducir vuestra lancha, el negro
para estregaros en el baño, el griego para serviros el
café, y todos para engañaros.
Para apagar la sed, encontráis al paso helados hechos
con nieve del Olimpo: si sois golosos podéis beber agua
del iSfilo como el sultán: si padecéis del estómago, agua
del Eufrates; si de los nervios, agua del Danubio. Podéis
comer como el árabe en el desierto, ó como el gastrónomo en la Maison dorée. Para dormir la siesta,
disponéis de los cementerios; para aturdiros, del puente
y al par se desea marchar el dia siguiente. ¿Y cuándo
llega el momento de tener que describir semejante caos?
Asalta la tentación de hacer un lio de todos los libros y
de todos los papeles desparramados sobre la mesa, y de
echarlo todo por la ventana.
Traducido del italiano por
CAYETANO VIDAL DE VALENCIANO.
IConUnuará).
VALLE TRANQUILO.
j
DESVENTURAS
DE U N A C O L O N I A DE I N S E C T O S ,
POR EL
DR. ERNESTO CANDÉZE.
( C O N T I N U A C I Ó N ) .
CAPÍTULO
IV.
Incidentes de viaje.
—Todos los miembros de la comisión que se crean
bastante ágiles para trepar por esta roca, dijo Pusy,
pueden emprender la operación y esperarnos arriba.
Los más tardos buscaremos un sitio de más fácil acceso.
Las dos hormigas, la araña, la larva de Calósomo,
Escolopendra y Armadillo se separaron de sus compañeros y empezaron á ascender.
—Me parece, profirió Reduvio, que puedo subir tan
bien como ellos; probemos.
—Y yo también, añadió Feronia.
— ¡Vaya! nada cuesta el ensayo, dijo Marca siguiendo
á los demás.
— ¡Cuidado, Marca, cuidado! gritaron algunos de sus
compañeros. Sois demasiado pesada para arriesgaros de
esta suerte: no debéis exponer la existencia por mero
capricho.
—Desechad vuestros temores, amigos mios, replicó
la timarca; mi coraza es bien sólida, y aunque resbalar^
y rodase hasta abajo, nada temo.
En los cementerios.
—Pero...
—Qué queréis, es un capricho, bien lo veo.
de la sultana Validé; para fantasear, del Bosforo; para
—Dejadla, dijo el jefe; si se rompe una pata allá se
pasar el domingo, del Archipiélago de los Príncipes; las compondrá.
para contemplar el Asia Menor, del monte de Bulgurlú;
—A lo menos que pida auxilio á alguien, añadió
para ver el Cuerno de Oro, de la torre de Galata; Lamia.
para verlo todo, de la torre del Serasquier. Pero es
—¿Y quién ha de auxiliarla?
una ciudad más extraña aun que bella. Las cosas
—La araña. ¡Ola, Tejenaria!
que jamás se presentaron juntas á nuestra mente,
Ésta, que ya habia escalado un buen trecho de la
ofrécense en ellas reunidas á nuestra mirada. De peña, al oir pronuiíciar su nombre se detuvo y preguntó
Scutari parten la caravana para la Meca y el tren qué se la quería.
directo para Brusa, la antigua metrópoli: junto á
—Marca desea acompañaros, dijo Lamia, ¿tendríais
la misteriosa muralla del antiguo serrallo, pasa el ca- inconveniente en arrojarle un hilo?...
mino de hierro que vá á Sofía: los soldados turcos dan
—¿Para izarla hasta la cúspide? ¡Muchas gracias, es
escolta al sacerdote católico que lleva el Santísimo Sa- demasiado pesada! Si llegaba á caerse yo no podría
cramento : el pueblo celebra romerías en los cementerios: sostenerla, y los dos rodaríamos hasta abajo.
la vida, la muerte, los placeres, todo se enlaza y se conDurante este diálogo, los insectos que tremaban por la
funde. Encuéntranse aquí reunidos el movimiento de roca habían adelantado mucho en su camino. Las horLondres y el letargo de la ociosidad oriental; una in- migas, más ágiles que los otros, no tardaron en llegar
mensa vida pública, y un misterio impenetrable en á la cúspide, y poco después lo efectuaban la larva de
la vida privada; un gobierno absoluto y una libertad calósomo y Escolopendra. Reduvio avanzaba perfectasin restricción.
mente bien; Feronia iba más despacio, no levantando la
Durante los primeros dias no se comprende cosa algu- pata hasta que se habia agarrado sólidamente con las
na: parece que de un momento á otro ha de cesar aquel otras á las protuberancias de la piedra. Armadillo fué
desorden ó estallar por fuerza una revolución: cada noche menos afortunado. A punto de llegar á la cúspide resbaló,
al volver á casa, figúrase uno que vuelve de un viaje; y en vez de procurar asirse contrajo el cuerpo formando
cada mañana se pregunta:—¿Pero realmente se halla ahí una bola, como tienen por costumbre los animales de su
al lado Stambul?—No se sabe donde dirigir los pasos: una especie cuando el miedo se apodera de ellos. Rodando
impresión borra la otra: los deseos se multiplican; el como un guisante, el quilópodo no se cuidaba de agartiempo vuela; se quisiera permanecer allí toda la vida, rarse á ningún objeto é iba rodando hacia abajo. A
RL MUNDO ILUSTUAÜÜ.
mitad del camino chocó contra el canto de un pedrusco
y, describiendo una curva en el espacio fué á parar,
lejos del campamento, en medio de un montón de piedras, desapareciendo entre dos intersticios.
—¡Se ha matado! exclamó el criqueto.
—Matado! repuso Lamia; ¡vaya, que poco lo conocéis!
Ni siquiera* se ha lastimado una de sus patas, podéis
estar seguro de ello. Ya veréis como pronto se reúne con
nosotros, como si tal cosa le hubiese sucedido.
—¿Eso creéis?
—Sé lo que me digo; poco tardareis en salir de dudas.
Este incidente distrajo por algunos momentos la atención de los insectos, y cuando sus miradas se fijaron
nuevamente en Marca, vieron que ésta llegaba al borde
superior de la peña y que desaparecía detrás de ella.
Habla efectuado la ascensión sin el menor contratiempo.
—¡Ahora, amigos, en marcha! dijo Pusy á los que se
habían quedado con él. Encaminémonos hacia la izquierda para ver si encontramos un paso más cómodo que nos
conduzca á la cima de este peñasco.
—Quisiera, querido Pusy, profirió la oruga de macaonia, deciros dos palabras en secreto.
La oruga y el jefe apartáronse un tanto de los demás.
—Me es imposible proseguir la marcha, dijo aquella:
experimento un repentino malestar, una perturbación
general que me ha ocurrido todas las veces que he tenido
que cambiar de piel; empero ahora es más pronunciada,
indicio de que ha llegado para mí el momento de la metamorfosis. De consiguiente, no tengo más remedio que
quedarme en este sitio.
—Habéis elegido un bien triste momento para poneros
en marcha, querida. En fin, supuesto que no hay otro
remedio, quedaos. Buena suerte y adiós.
. —Y yo os deseo un feliz viaje.
Dicho esto se separaron.
Después de andar por espacio de cinco minutos á lo
larg'o de la base de la escarpadura, nuestros aventureros,
en número de ocho, llegaron ante un enorme peñasco,
cuya cima puntiaguda apoyábase en el muro vertical y
alcanzaba el sitio más elevado.
La caravana dio la vuelta al citado peñasco y pudo
convencerse de que una de sus caras presentaba una inclinación bastante pronunciada para intentarse el escalo
con esperanza de buen éxito. Además, la peña estaba
tapizada de musgo, lo cual era prenda segura para no
resbalar; así pues, empezó la ascensión y con harta facilidad llegó la comitiva á la meseta superior, donde la
aguardaba una agradable sorpresa.
El reborde á donde acababan de llegar formaba un
relieve, y luego el terreno constituía una especie de
concha cuyo fondo, compuesto de piedra impermeable,
habia retenido cierta cantidad del agua que en otro
tiempo le llenaba por completo. Este pequeño pantano,
oculto debajo una espesa capa de confervas, no prometía
un agua bien límpida, empero atendida la situación de
nuestros insectos esta circunstancia no les preocupaba
gran cosa: muy al contrario, para los sedientos viajeros era una verdadera fortuna el hallazgo de aquel
abrevadero.
Por lo tanto, Pusy y sus compañeros se apresuraron á
llegar á la orilla del pantano, donde encontraron á sus
amigos que se hablan adelantado, figurando en el
número el caracol, quien habíase regalado perfectamente con el líquido y proveídose de él para las futuras
etapas. Sabido es que esos animales rastreros sólo pueden
avanzar humedeciendo el suelo con una baba viscosa,
un mucus que seco se trasforma en película nacarada y
brillante: cuanto más árido es el terreno más ha de humedecerse, de suerte que nuestro caracol estaba á la
111
última pregunta tocante á líquido: fácil es comprender,
pues, con qué satisfacción se dedicaría á hacer provisión
de agua. En el momento que llegaron los rezagados
ramoneaba en el campo de confervas completamente
satisfecho de sí mismo.
En cuanto al hidrófilo, permanecía á orillas del pantano apagando su sed. ¿Porqué no se zambullía en el
agua un ser tan aficionado á la natación? Él mismo vá
á decírnoslo. Cuando la nepa, desgarrando con sus
patas la capa de confervas, disponíase á tomar un baño,
de cuya satisfacción se viera privada durante tanto
tiempo, Filo le gritó:
—¡Deteneos, querida, no os zambulláis en el pantano,
pues no saldríais viva de él! Está infestado de toda clase
de monstruos. Ha poco intenté bañarme, y fui asaltado
por una multitud de hambrientos que me acribillaron
con sus mandíbulas; por fortuna mi coraza es sólida, ó
sino no lo cuento.
—¿Y porqué sucede esto?
—Por una razón muy sencilla. Los habitantes del
pantano antes vivían desparramados en un dilatado
espacio: al disminuir las aguas se han visto forzados á
agruparse en este sitio. Es probable que estos seres
hayan devorado desde hace tiempo todas las cosas comestibles, y ahora se devoran los unos á los otros. Bajo este
manto de confervas suceden escenas horripilantes.
La nepa no desaprovechó el consejo de su compañero,
limitándose á apagar su .'ed , como habían hecho los
demás insectos.
La presencia de Filo habia sorprendido á sus compañeros, quienes creían que se perdiera en medio de las
pinas y estaban buscando un paso practicable para él.
El hidrófilo satisfizo hasta cierto punto su curiosidad
diciéndoles que habia encontrado una vía fácil, y añadió
que era inútil le preguntasen nada más, pues no se
sentía con ganas de hablar; pero descontento su amigo
112
EL MUNDO ILUSTRADO.
Lamia de la vag-uedad de sus palabras , llévesele á un
lado y le dijo sonriendo:
—Sois un eazurro, Filo. ¿Porqué me ocultasteis anoche
la idea que os acudió de viajar tan cómodamente como
lo habéis efectuado?
—Para daros en que pensar, Lamia, contestó el hidrófilo; empero me habla propuesto revelaros mi proyecto
una vez llevado á cabo.
Os suplico que nada digáis sobre el particular á
los demás. ¿Conque adivinasteis?
—¡Vaya! Confieso que
al momento no di con el
problema; mas cuando vi
que partíais en compañía del caracol, poco me
costó c o m p r e n d e r que
haríais la ascensión montado en la concha del molusco.
— ¡Chiton! ¡Hablad
más bajo!
—Tuvisteis suerte en
encontrar un compañero
de viaje que os prestara
tan señalado servicio.
—¿Verdad que sí?
—¿Y no puso reparos?
—Nada de eso: en seguida se convenció de que debiendo cargar con su casa, le era indiferente sobrecargar
el fardo con el peso de mi individuo.
—Y sin embargo, no sois nada endeble y pesáis bastante.
—Bien lo sé; mas debo deciros que ese molusco es un
ser de muy buena pasta. Seria capaz de cargar, sin quejarse con toda la comisión en peso.
—Siendo así, ¿porqué teméis que los otros aprovechen
sus servicios?
—Porque todos no cabemos sobre su concha.
—¿Y os importa conservar la cabalgadura para vos
solo, eh?
—Es natural; yo soy el primero que he dado en el
quid. Con todo, si queréis, amigo Lamia, os cederé la
mitad del puesto.
—¡Mil gracias! Prefiero ir á pié.
—Verdad es que marchamos despacio; en cambio,
ninguna sacudida, nada de tropiezos... ¡Y qué bien se
trepa por los senderos verticales! Figuraos qué ventaja
para mí que ando con tanto trabajo, y que no puedo
salvar ninguna pendiente algo escarpada.
—En efecto, vuestra cabalgadura os sirve á maravilla.
¿Y es hablador el caracol?
—No. Dos ó tres veces le he dirigido la palabra y
apenas si me ha contestado.
—Esto debe importaros muy poco; lo que os conviene
es aprovecharos de su bondad... ¡ Ah ! el jefe nos indica
que la comisión vá á ponerse nuevamente en marcha.
¿Nos acompañáis?
—Sí, al momento me incorporaré con el resto de la comitiva; como he comido bien me siento restaurado, al
paso que el trecho que vamos á recorrerme parece bastante llano. Si se ofrece algún obstáculo, me detengo y
espero al caracol para que me lleve á cuestas.
El cuerpo expedicionario volvió á ponerse en marcha.
La observación de Filo se habia realizado, pues el lecho
del rio era más practicable para nuestros insectos. En
vez de los guijarros que le alfombraban debajo de la
cascada, á la sazón la comitiva marchaba sobre una capa
compacta de arena y de casquijo, que facilitaba extraordinariamente el avance. Por este motivo reinaba cierto
desorden en la columna, pues los más andarines iban
ganando terreno, mientras que los remolones se desparramaban á derecha é izquierda, según su capricho. Marca, acompañada
del brillante cárabo Sepp,
hacia el cual demostraba
marcadapreferencia,
m a r c h a b a , bromeando,
por la escarpada margen
derecha.Repentinamente
viósela retroceder presa
del mayor espanto, para
reunirse, con su compañero, al resto de la comitiva.
—¡Silencio! profirió dirigiéndose á la blata y
al criqueto, que iban delante; retroceded lo más
cautelosamente posible:
advertid á los demás que
se callen y que marchen con las mayores precauciones.
—¿Qué sucede? preguntó la blata.
—¡No habléis tan alto, por Dios! ¡Al pié de aquella
roca, en una excavación!...
—Bien, ¿y qué?
—¡Hay una culebra!
Al oir un nombre tan temido, el criqueto dio un
gran salto, la blata por poco se desmaya del susto, é
inmediatamente los cuatro insectos volaron al encuentro
de sus amigos para señalarles el peligro y suplicarles
que marcharan silenciosos y evitaran pasar junto al
pedrusco donde permanecía oculto el monstruo.
Hemos de confesar, sin embargo, que el incidente no
tuvo consecuencias desagradables para nuestros viajeros. La serpiente no dio señales de vida, y la comitiva
siguió avanzando : cuando estuvo á prudente distancia
del reptil, hizo alto.
—¿Dónde está Pusy? observó Marca.
EL MUNDO ILUSTRADO.
ITALIA.— Pietra Miirnta, en el valle de Sarca.
.ITALIA. —Molino en Buco di Vela, valle de Sarca.
T . V . 'PRIMERA S É H I E i . — T . L 'sEGUIiDA Í4ÉHIK .—
lü.
un
114
EL MUNDO ILUSTRADO.
Los insectos se contaron, y efectivamente faltaba el
jefe.
—i Es extraño ! profirió la blata. Hace un momento iba
detrás de mí.
—¿Por ventura ha sido presa de la culebra? preguntó
Criq.
—¡Bab! ¡ imposible! He visto á Pusy cuando ya estábamos bastante distantes de la madriguera del reptil:
éste no se ha movido de allí, pues lo habríamos notado.
¡Ah! Meg nos hace signos; veamos lo que quiere.
Todos corrieron en dirección á la hormiga para saber
loque significaban sus visajes. Al llegar junto á ella,
notaron que estaba parada cerca de una excavación circular, una especie de pozo, y que miraba al fondo.
A poco sabían nuestros insectos de qué se trataba: Pusy
había caído en un hoyo y por más que hacia no lograba
salir de él.
En efecto, estando cortadas á pico las paredes del
hoyo en cuestión y constituyéndolas una mezcla de
arena y de casquijo muy menudo, no ofrecían ningún
asidero á las patas del cárabo, de suerte que por más
que éste se revolvía para .salir de aquel antro, nada
conseguía: el pobre se creía perdido , cuando tuvo la
fortuna de que Meg le viera.
No era muy profundo el hoyo en que yacía Pusy, estando aquel sitio sembrado de otros hoyos parecidos, los
cuales formaban una línea transversal al lecho del torrente, y eran debidos al reciente paso de un animal corpulento, sin duda un caballo, cuyos cascos habíanse hundido en el blando suelo.
—¿Y como caísteis en esta zanja, Pusy? preguntó
Lamia.
—Caminaba junto al borde, y resbalé, arrastrando en
la caída parte de la sierra.
—No hay duda que este incidente es debido al temor
que le infundió la culebra, dijo á media voz y con cierta
malicia Sepp. De todos modos, hay que ser bien atolondrado...
Sepp no pudo terminar la frase. El suelo acababa de
hundirse bajo fus patas y el censor fué á reunirse con
su amigo, entre las risotadas de todos sus compañeros, que al momento retrocedieron para no correr la
misma suerte.
—Fuerza es que busquemos el medio de sacarlos de
este sitio, dijo el criqueto. ¿Qué hacer, pues?
—Soy de opinión que podríamos arrojarles algún
objeto, profirió la blata ; una rama, alguna támara, lo
cual les serviría de escala.
—No está mal pensado, repuso Criq, pero ¿dónde está
la rama ó la támara?
— Tal vez encontraríamos ambas cosas á orillas del
arroyo.
—¿Y quién las acarrea hasta aquí? Necesitaríamos
mucho tiempo.
—Ya lo veo; sin embargo, ¿hay alguien que pueda
proponer nada mejor?
—Sí, dijo Lamía que había estado reflexionando mientras sus amigos discutían; he encontrado otro medio,
pero necesito que me ayudéis.
—¿Y qué medio es ese? preguntaron á una los in.sectos.
—Vais á saberlo.
Y esto dicho. Lamia se acercó á reculones al borde del
hoyo; luego se detuvo, diciendo:
—Agarradme por las antenas. Filo, y vos también,
Criq... ¡Perfectamente! Firmes', y sobre todo no me
soltéis.
Entonces Lamia, que se hallaba de espaldas al borde
del hoyo, empezó á patalear el suelo con sus patas tra-
seras, hasta el punto de producir un desplome que le
hubiese arrastrado también al fondo si sus amigos no
le sostuvieran por los cuernos, y no cesó en su tarea
hasta que quedó abierto un ancho y profundo surco,
cuyos escombros, amontonándose en el fondo del orificio
iban formando escarpa; no tardando de esta suerte en
encontrarse los dos cárabos cerca de la boca del pozo, de
donde salieron sin gran trabajo con la ayuda de sus
compañeros.
Como había requerido bastante tiempo la operación
de librar á los dos insectos de su crítica situación, fué al
caer de la tarde cuando la comitiva volvió á emprender
la marcha, bordeando un montecíUo que en otro tiempo
debía ser un islote situado en el lecho del rio. Dicho
iíslote estaba cubierto por un verdadero bosque de hojas
de peíasita, cuyas raíces sin duda habían disfrutado de
cierta humedad, ya que ofrecían las apariencias de una
brillante vegetación. Nuestros exploradores resolvieron
hacer alto en aquel sitio, donde podrían pasar tranquilamente la noche.
Una vez reunidos debajo de una hoja, el jefe dirigió
la palabra á sus subordinados, diciéndoles:
—Amigos míos, bien veo que adelantamos en nuestra
marcha, y esto me regocija; pero hasta ahora no hemos
pensado en nuestro estómago. Por lo que á mí toca
afirmo que no puedo dar un paso más sin probar bocado.
El sitio me parece favorable para obtener víveres; de
consiguiente, voy en busca de ellos. Pueden seguirme
los que se encuentren en mi situación; cada uno es libre
de hacer lo que más le acomode; pero esta noche que
nadie falte aquí.
Esto dicho, el cárabo se metió por entre los espesos
tallos de las petasitas, desapareciendo muy pronto detrás
de aquellas plantas.
Sepp, Feronía y los bombarderos imitaron su ejemplo;
las liormigas. Escolopendra, Armadillo y la nepa no
tardaron en seguirles, de suerte que en el campamento
sólo quedaron Lamia, Filo, Marca, el criqueto, la blata,
la larva de calósomo, Reduvio y Tejenaria, quienes
comenzaron á platicar amigablemente.
—Por fortuna, dijo Calósomo, puedo vivir mucho
tiempo sin comer; de lo contrario mi situación seria
harto crítica.
—¿Por qué? le preguntaron sus compañeros.
—Porque en medio de esas petasitas de seguro que no
encontraría ciertas larvas que constituyen mi único
alimento.
—¿Cuál es vuestra comida habitual? inquirió Filo.
—Las larvas de procesionaria: estoy seguro de que por
estos sitios no las hay.
—Y tenéis razón. Estas larvas suelen vivir en los
robles; raras veces se las encuentra en otros árboles.
—Afortunadamente antes de ponernos en marcha llené
bien mi estómago,''y ahora puedo pasar más de un mes
sin pensar en comer.
—A vuestra edad puede vivirse mucho tiempo sin
probar bocado, repuso Filo. Recuerdo que en mi juventud, cuando todavía era larva, pasé varías semanas sin
comer, y os aseguro que por esto no tuve ahilos de
estómago.
Entre nosotros eso es la regla, observó Lamía: los insectos soportamos perfectamente bien una prolongada
abstinencia, lo que no quita que cuando podemos comer
lo hagamos con gran satisfacción.
—Yo, repuso Marca, desde que nací hasta la hora presente, no he comido más que el cardo-lechero. Por mal
115
KL MUNÜO ILUSTRADO.
de mis pecados quise probar há poco esas hojas de petasita, pero las he encontrado amarg-as y detestables. Por
otra parte, yo también puedo vivir mucho tiempo sin
comer. ¿Y vos, Lamia?
—A mí lo mismo me da comer que no. A mi edad
uno no se siente muy inclinado á esa satisfacción de la
juventud, al contrario de lo que sucede entre los grandes animales y entre los hombres.
—¿Cómo se entiende'?
• —Así se dice.
—¿Y por qué es esto?
—¿Por qué? ¡Vaya una preg'unta! Porque nuestros
org-anismos son muy diferentes. Verdad que en el fondo
nuestros g-ustos, tendencias é impulsos son los mismos;
empero puedo afirmar que éstos se manifiestan en
épocas enteramente opuestas.
—¿Os chanceáis?
—Digo la verdad. Cuando jóvenes, nosotros sólo vivimos para comer. Veamos, Filo; invoco vuestros recuerdos: ¿en vuestro estado de larva, pensabais en otra
cosa qu6 en atracaros? ¿No es cierto lo que dig-o? Pues
á mí me pasaba lo mismo.
—Mientras que entre los hombres...
Sucede lo contrario. A medida que van creciendo
son más aficionados á los placeres de la mesa.
—¡ Cosa más rara!
—A esto llaman ellos compensación.
—¡Excelente! Al oiros, Lamia, podría creerse que
sabéis cuanto pasa entre los hombres. ¿Por ventura
habéis vivido con ellos?
—Nunca; pero una mosca que los trataba y á veces
venia á visitarme, me contó lo que acabo de manifestaros y otras cosas más.
—¿Hay alguno que sepa por qué las abejas tienen
tanta ojeriza á los sitaris? preguntó el criqueto.
—Si no temiese ser pesado, contestó Lamia, yo os lo
diría.
—¡Hablad, hablad! prorumpieron á una los insectos.
—Hace algún tiempo que contaba en el número de
mis amigas, principió el Capricornio, á una abeja, la
cual solía espontanearse conmigo. Las abejas saben
muchas cosas, y la á que me refiero me contó con todos
sus pelos y señales la existencia que llevan esos himenópteros.
—¿Es cierto que viven en comunidad? preguntó
Marca.
—Sí, sus costumbres son sumamente curiosas; pero
es ya demasiado tarde para engolfarme en su descripción: me ceñiré, pues, á deciros algo sobre las
pendencias que sostienen á veces con otros insectos.
Ya sabéis que las abejas acumulan en sus viviendas grandes provisiones de cierto azúcar especial que
recogen en las flores, azúcar que les sirve de sustento así como á sus larvas, y que elaboran para fabricar
con él la miel: este azúcar es muy codiciado por otros
seres, mas como las abejas no son tontas y además halas
dotado Naturaleza de armas poderosísimas, no es cosa
fácil engañarlas, y menos aun apoderarse á viva fuerza
de sus producciones. Con todo, hay ciertos merodeadores sumamente astutos que logran vivir á costa suya sin
que los himenópteros lo sospechen, y sólo una vez despojados notan, aunque tarde, que han sido engañados.
En cuatro palabras voy á relataros la historia de un
ladrón de miel, el cual se vale de muy extraños medios
para introducirse en el domicilio de las abejas y sustentarse á su costa.
—:Hablad, Lamia, hablad! somos todo oidos.
TrailuciJo del francés por
MAÜIANO Br.ANCH.
Esta conversación fué interrumpida por un grito
agudo lanzado á corta distancia del campamento.
—¿Qué sucede? preguntó el criqueto.
Oyóse un nuevo grito, pero esta vez más débil.
Es uno de nuestros bombarderos, observó la blata.
No, repuso Lamia, esa voz no es de ningún bomoardero. Piden auxilio; vamos á ver lo que pasa.
1 todos los insectos se encaminaron hacia el sitio de
donde habia partido la voz.
Poco tuvieron que andar. En el repliegue de un
pearusco divisaron dos abejas que se estaban cebando
ZJfJ^
^'^"Podeun pequeño coleóptero, empleando
las L ! ' ^ poderoso aguijón: el infeliz se revolvía con
las ansias de la muerte.
(Continuará).
HISTORIA NATURAL DEL HOMBRE,
D. JUAN MONTSERRAT Y ARCHS.
INDÍGENAS DE LA AUSTRALIA.
(CONTINUACIÓN).
Morfología.
La morfología ó sea el estudio de las formas que ofrece
el cuerpo, estaba atrasadísima con respecto á los hombres que nos ocupan. Durante mucho tiempo fué cosa
corriente reconocer que los menguados seres que habitan junto al estrecho de King George en el ángulo Suroeste del continente australiano, eran el arquetipo de
los indígenas de aquel país; y les atribuíamos un enflaquecimiento extremo, estrechez de caderas en ambos
sexos, extremidades delgadas y raquíticas y abdomen
voluminoso; pero todos cuantos han pisado el interior
el't^aiH^*'^ ^^^ ^^' ^^^ ^l'° ^'^ impide que el muy maula, han contribuido con sus descripciones á mejorar el tipo
que deí^í' i?^** ^ '^'^^^^ nuestra, á costa de nuestros hijos que nos habíamos forjado. Mac-Kinlay dice haber enhará J^
f" compasión, A lo menos éste ya no nos contrado en el di.strito lacustre del límite Nordeste de la
nara ningún daño.
Australia meridional las tribus más hermosas que
jamás
hubiese visto en aquel continente. Landsboroug-h
An n?oao^^ ^^^^ ^^^ ^^ej^^ emprendieron el vuelo, dejanZiJZ'a^
'"l"^^^'^- Seg-uros nuestros insectos de que el orillas del rio Thompson, lejos de las costas, á 23° latipobre coleóptero estaba bien muertoy que de consi- tud Sur, y Stewart en el Norte, toparon con indígenas que
guiente nada podían hacer por él, ni siquiera un dis- ambos viajeros pintan, con palabras casi idénticas, como
curso fúnebre ya que ignoraban su historia, regresaron individuos gallardos y robustísimos (Vide Peschel, Mnologia, Leipzig, 1874, in 8.°, pág. 348j. Narraciones hay
h sus tiendas discutiendo sobre este incidente.
feí'míílí ^ ^""l "^«"iP^fieros quisieron interponerse y
terminar aquella escena de carnicería; empero al
dirigirse de pa abra á las abejas, una de éstas profirió:
~ i Dejadnos! ¿no veis que os un sitaris?
-_ n ¿^"^ qué os ha hecho este sitaris?
d;a.
1°^^ ^* ^^^^^^' ¿^^^^0 lo ignoráis? ¡Es un banfw ,
' " ° enemigo cruel de nuestra raza!
vosotms
^^P"""^*^'- ^^te insecto es más débil que
vv
LOS N I D O S . —EL
AGUZANIEVE
COMPOSICIÓN Y DIBUJO DE H. GIACOMELLI.
118
EL MUNDO ILUSTRADO.
en que se pintan fig-uras casi maravillosas que «podrían
servir de modelo para una estatua de Apolo,» y de individuos atléticos, vig-orosos y bien formados, descripciones que chocan altamente con otras que parecen
hechas exprofeso para contrarestarlas.
Guillermo Dampier, que en 4 de enero de 1688 abordó
en la Nueva Holanda (que así se llamaba en sus tiempos
la Australia), en la costa Noroeste, álos IG^SO' de latitud
Sur, fué el primero que describió los indígenas de aquellas regiones. No podemos resistir la tentación de exponer á la vista de nuestros lectores una muestra de su
estilo tan ingenuo como original: «Tienen, dice el
intrépido marino inglés, el cuerpo y las extremidades
larg-as, cabeza voluminosa, frente redondeada, sus párpados mantiénense constantemente medio cerrados para
evitar que las moscas penetren en sas ojos, porque son
allí tan insoportables estos insectos que la mosquitera
os ineficaz para apartarlas de la cara, y si la g-ente no
se valiera de las manos y cerrase los labios, entrarían en
la nariz y hasta en la boca. De ahí viene que estas gentes
plegadas de parásitos desde su infancia, no tienen los
ojos abiertos como acontece en otras partes, por cuya
razón no pueden ver á distancia si no es alzando la cabeza como sí tratasen de mirar alg-un objeto suspendido
encima de ellos. Tienen la nariz y los labios abultados
y la boca grande. Ignoro si se arrancan adrede los dos
dientes anteriores, pero lo cierto es que á todos faltan, á
hombres y á mujeres, á niños y á ancianos. Carecen de
barba, su cara es estirada y feísima, sin nada que pueda
g-ustar, ni poco ni mucho. Los cabellos son negros, cortos
y rizados como los de los negros, y no largos y lacios
como suelen tenerlos en general otros indios. Por lo
demás tienen el rostro y demís partes del cuerpo completamente negros como los naturales de Guinea.» fiVwCTO
xiaje alrededor del Mundo).
Esto que decía Dampier podia pasar como verosímil
en pleno siglo XVII; hoy es puramente curioso. Loque
si hay de cierto es que el tipo australiano no es tan uniforme como algunos quieren suponer, y de aquí dimanan
en gran parte las discrepancias que se observan en las
narraciones de viajeros, por otra parte dignos de entero
crédito. Lo mismo sucedería si se verificase la recíproca,
esto es, si se diese el caso de que viajeros australianos se
propusiesen explicar á sus compatriotas el tipo europeo,
que á buen seguro llegarían á aquellas regiones confundiendo andaluces con suecos y tiroleses con flamencos.
Las tribus física y esencialmente distintas entre sí, han
sido confundidas muchas veces, de donde han nacido las
variantes atribuidas á una sola; pero concuerdan todos
los autores en que las tribus occidentales son las ínfimas
bajo el punto de civilización; de suerte que según las
teorías alemanas modernas son éstas las más antiguas,
hallándose al propio tiempo, y sobre esto no cabe duda,
infinitamente inferiores física y etnológicamente á las
del Sur ó Sureste, á pesar de ser éstos á su vez muy
inferiores á los de Queensland. De aquí podría deducirse
un principio etnológico formulado en estos términos, á
saber: que el desarrollo intelectual y corporal son correlativos, principio de que Hellwald ofrece numerosos comprobantes.
Los que se empeñan en buscar una descripción física
aplicable á todos los australianos como trató de hacerlo
Hale, el lingüista de la expedición americana que mandaba el comodoro Wilkes, van en busca de un ideal imposible de alcanzar. No es nuestro ánimo querer dirimir
la cuestión antes mencionada, de si los australianos pertenecen á una ó varias razas, pero es del caso aceptar la
existencia de dos tipos bien delimitados, como Topinard
se esfuerza en presentar. Según los etnólogos alemanes,
Hale tiene razón y á él toman por guia. Dicho erudito
americano dice que los australianos «son de tállamediana, que rara vez pasa de los dos extremos de r52 y
1'83, esbeltos, con extremidades largas, según las tribus,
bien formados y nada feos, pero en su mayor parte flacos
y barrigudos. El tipo de su cara es intermedio del negro
y del malayo; su frente baja, á veces complanada y
aplastada, á menudo alta y saliente: sus ojos son pequeños, negros y hundidos, la nariz aplastada en su parte
radical se ensancha hacia abajo, pero es aguileña; pómulos y mandíbulas prominentes, el mentón por el contrario, retraído, la boca grande con labios abultados y
buena dentadura. El cráneo es muy prolongado, de un
espesor extraordinario y descansa sobre un cuello corto
y pequeño, su cabello largo y fino, pero lanudo y frecuentemente enmarañado como un fieltro á causa del
ningún cuidado que recibe, el restante pelo es abundante
y el de la barba recio. El color de la piel varía entre
chocolate oscuro, rojizo y negro más ó menos intenso.»
(Antropología de lospiieMossahajes, Leipzig 1872, en 8.°
tomo VI, página 708).
Peschel y Mueller concuerdan bastante en las pinturas
generales que hacen del australiano con la anterior descripción; el último, sin embargo, observa que se refiere
principalmente á aquellos habitantes de las costas meridionales que se hablan mantenido libres de todo contacto
de extranjeros hasta la llegada de los europeos. El mismo
Mueller conviene en que hacia la parte Norte y la parte
Oeste existen tipos que discrepan por muchos conceptos
del primitivo, pudiendo atribuirse estas discrepancias á la
influencia de la raza malaya que desde remotos tiempos
se ha hecho sentir en aquellas regiones. También Peschel es de la misma opinión cuando en su Etnología
%
Indigona australiano (le la tribu de Boonoogeng.
dice: «Si se encuentran entre los indígenas de la península de Coburgo, en la Australia septentrional, tipos con
cabellos lacios y ojos oblicuos, es necesario atribuirlo á
una mezcla con malayos que allí acuden con objeto de
pescar el trepang, probándolo el que muchos indígenas
hablen allí el idioma macasar, además de atestiguar la
presencia de malayos ciertas inscripciones buginesas y
EL MUNDO ILUSTRADO.
macasares que se encuentran con frecuencia en las rocas
y peñascos.» Mueller, sin embarg-o de apreciarlo de un
modo semejante, atribuye la alta talla y el desarrollo
muscular del australiano á la alimentación por cuyo
motivo, dice, se encuentran en las costas marítimas y
en las orillas de los rios, sitios en que abundan los alimentos, individuos más robustos y de mayor estatura que
en las reg-iones secas y arenosas del interior. Esta opinión , que sólo corroboran observaciones de algunos
viajeros, la niega rotundamente el doctor Topinard.
Los australianos más pequeños que observó Cook vivian
en la costa oriental, y los más miserables de que hasta hoy
se tiene noticia son los que encontró el capitán Stuart
cerca de la enseñada de Hood, en el centro de la Australia. Las hordas todas que observó este último en el desierto, excepto de las de la ensenada Cooper, eran de una
organización física inferior á la de las tribus montaraces,
sin diferenciarse empero notablemente en lo restante.
Stuart dice haber encontrado individuos pequeños y miserables tanto en el interior, como en la tierra de Arneim,
en el Norte. La talla que según Lesson corresponde á
dos tribus de la costa oriental, no lejos de Port-Jackson,
llega á 1^575; Oldfield encontró otra más pequeña,
puesto que sólo llegaba á l"i440. No resulta así para
otras tribus, según datos é investigaciones que expone
Topinard en un trabajo de gran mérito, ya que en él
los cita mucho mayores, hasta colosales. Más grandes y
más proporcionados que los que pueblan los distritos
meridionales son los indígenas de las cercanías de la
ensenada de Cooper, pues alcanzan muchos de ellos un
metro 830. Mac-Kinlay vio cerca del lago Watti-Widulo,
en el centro de Australia, muchos negros de elevada talla;
Eyre y Gaimard encontraron en la costa meridional estaturas de 1^600 y de l"i670; Stanbridge en Victoria observó la de l'n670; R. Dawson notó la de 1™713 en la costa
oriental; Hume la de 1™627 en el interior; Gregory
encontró en el oeste individuos que median 1™879 y
l'n904; Flinders vio algunos de 1^900, en la isla de
Bentinck, hacia el Norte; el ya citado Stuart atravesando
el continente midió una vez á un individuo que alcanzaba á 2'130, y Stokes y Standbridge acompañados de
Barrington se encontraron con tallas de 1™828. Lo más
digno de notarse es lo que cita Alfredo Lortsch respecto
á una mujer que vio cerca del rio Ciarence, cuya estatura alcanzaba siete pies ingleses bien completos, por
consiguiente 2^130. Considerando ahora que los blancos
de mayor estatura como son los ingleses, escoceses, irlandeses suecos y alemanes del sexo masculino, alcanzan por término medio á la edad de 21 hasta 35 años
sólo de l"i697 ál™718, resulta: que si bien una parte de
los australianos quedan mucho más bajos, la otra restante, que es por otra parte la más numerosa, sobrepuja
bastante el citado tipo. La teoría de la reducida talla de
los australianos ha sido destruida por Topinard: en
efecto, de sus estudios resulta que existen allí dos tipos,
uno pequeño análogo al de los llamados pueblos de
enanos en otras tierras, y otro grande, esbelto, verdaderamente atlético, de lo cual deduce el erudito francés
una talla media de l"i710.
En cuanto á su aspecto no pueden llamarse feas aquellas tribus que apartadas del contacto de los blancos
conservan aun su estado primitivo. Sus individuos son
por lo regular esbeltos y altos, bien proporcionados y
tienen un porte gallardo. La expresión de la cara es
comunmente seria y malhumorada, pero en las mujeres
es más alegre y risueña, y no falta quien haya pretendido encontrar rasgos orientales en las caras australianas; otros han querido extinguir una fisonomía israelita
en muchos individuos, lo que ha inducido á varios mi-
119
sioneros más llevados de su piedad que guiados por la
ciencia etnológica, á tomar á estos australianos conforme
han hecho ya con muchos otros pueblos, por descendientes de las diez tribus israelitas perdidas. Nosotros,
sin embargo, con los naturalistas observadores hemos de
opinar de otra manera.
Hé aquí lo que refiere James Brown de Wan-e-war, del
primer hombre australiano que vio: «La primera impresión que produjo en nosotros el aspecto de aquel salvaje
con cara bestialmente contraída, de tez negrísima, ojos
vivos y centelleantes, con una dentadura que salía desproporcionalmente de su boca grande y abierta, era más
bien la de un mono ó de algún otro ser extraño de este
nuevo mundo que la de un ser humano.» Otros, en
cambio, como ya hemos dicho antes, hablan de «modelos
de forma humana como un escultor no podría desearlos
mejores. A la elegancia de sus formas se juntaban ojos
brillantes y vivos, y dientes blancos como la nieve.»
(Ausland, 1860, pág. 341). Un artesano suizo qué ha
publicado una relación de su residencia de diez y nueve
años en Australia, en estilo muy liso y llano, habla
también de individuos esbeltos, de hermosas formas y á
veces de u:ia talla extraordinaria (T. Mueller, Diez y
'i
íl
]
Indígena australiano de la tribu de Goiilbourn.
nueve años en Australia Aarau, 1877, 8.°, pág. 80). Por lo
regular es el australiano muy inferior al.europeo tocante
á desarrollo muscular: sus extremidades son delgadas y
descarnadísimas, las manos y sobre todo los pies son
estrechos y largos, estos últimos además muy grandes y
toscos con los dedos encorvados hacia dentro; de pantorrillas no hay ni ^trazas; el esqueleto es finísimo por lo
delgado y casi podría decir-se delicado, pero el vientre
es frecuentemente muy abultado, probablemente á causa
de la alimentación mala y mal repartida. Junto con éste
hay otro tipo de pies pequeños y buenas pantorrillas.
Las hembras raras veces grandes, tienen por lo común
la talla media de las mujeres blancas, y entonces .se
CUENTOS DE PERRAULT. — Caga-chitas se encaramó á la copa de un árbol.
(Véase la página 128).
T . V . (PRIMERA SERIE).—T. I. (SEGUNDA SERIE) —16-
122
EL MUNDO ILUSTRADO.
consideran hermosas; en la primera juventud son bastante agraciadas, y su edad más brillante cae entre diez
y catorce años. {Atíslatid, 1861, pág. 346). El doctor
Muecke, que residió mucho tiempo en Tanunda, en la
Australia meridional, alaba en una muchacha de quince
años la magnífica redondez de su cuerpo de «nobilísimas
proporciones.» Su cutis era aterciopelado y terso, y su
boca de labios encarnados, aunque algo abultados, dejaba
ver «una sarta de dientes bien formados y blancos como
marfil.» {Natm\ 1866, pág. 53). También alaba Ricardo
Oberlaender á una inuchacha de edad de diez y seis
años, hija del «rey Bondi,» de la tribu de Goulbourn,
llamada por los mineros la hermosa princesa Kathleen, y
que excitaba general admiración. (Globus, tomo IV,
pág. 278). Estos ejemplos son empero rarísimas excepciones. Las mujeres de aquel país envejecen aprisa y se
vuelven más tarde horriblemente feas. Los miembros,
aparentemente desprovistos de músculos, dejan ver todos
los huesos, ofreciendo estos tristes esqueletos la imagen
de una indecible miseria. El andar de los australianos
se caracteriza por lo erguido y grave, gallardo, ligero,
elástico y natural.
La estructura del cráneo es, cuando no ha sido alterada artificialmente , lo que no es raro, generalmente
algo más hermosa en los hombrea que en las mujeres, por lo demás angosta y oblonga; de modo que los
australianos son dolicocéfalos ú hombres de cabeza
oblonga (Ij.
JUAN MONTSERRAT Y ARCHS.
(Continuará).
RELACIÓN CONTEMPORÁNEA,
DON JOSÉ ORTEGA MUNILLA.
(OONTISÜAOION;.
II.
Polvo y plumero de la historia.
Sí, allí estaba Tortugosa, la antiquísima ciudad cuyo
escudo representaba una tortuga en campo de gules.
Sus torres se levantaban altivas sobre la línea oscura y
ondulada de los tejadillos. Las campanas allá arriba
cantaban con todos los pretextos de la liturg-ia romana
las antiguas preces del creyente y católico vecindario.
Más abajo se quedaban las copas de los álamos negros,
y el follaje de los chopo.Sj poblados de millones de pájaros, entre cuya gente alada predominaba la colonia de
(1) La dolicocet'alia, an lenguaje antropológico, es aquella forma del
cráneo en f|iie el iliiimctro grande, desdo la raiz de la nariz hasta la ¡irotuherancia posterior de la cabeza , excede en mncho al diámetro menor ó
transversal: es opuesta á la braquicefalia, en la cual los dos diámetros
discrepan menos. Para formular el mayor ó menor grado de esta relación
se supone el diámetro mayor igual á IOS, y se expresa el otro ó transversal
por la fracción que le corresponde de aquella medida que viene á ser la
unidad. I,a fracción que resulta se llama Índice transverso ó índice craniano horizontal. De modo que si el ancho del cráneo es igual á las tres
cuartas partes de la longitud, se dice que el índice horizontal del cráneo
es 75. Estos Índices oscilan en el hombre entre 5S y 98, comprendiendo
casos extremos; pero si sólo se tienen en consideración los términos
medios resultan sólo los limites 67 y H5. Entre estos extremos pueden
incluirse todos los cráneos humanos de proporciones medias. Según
Wolcker se encuentra el índice horizontal de la mitad de los hombres
entre 74 y 78, por cuya razón intercaló Paljlo Broca entre las dos clases de
cráneos otra media que llama tnesaticefalia ó me^ocefalia, que significa:
«estructura media de cráneo,» y totlos los cráneos cuyo índice oscila entre
los valores 78 y 79 pertenecen, según la división de Broca, á los mesocófalos.
No sólo individuos sueltos, sino razas enteras, pueden caracterizarse
como dolicccél'alas. Ijraquicél'alas ó mesaticéfalas.
los tordos sabrosos y los malignos gorriones. Una fábrica
de curtidos con sus tinas humeantes y sus patios llenos
de pieles extendidas, impregnaba de infecto olor la parte
septentrional de Tortugosa. Hacia el Sur pasaba el riachuelo, que aun cuando poco caudaloso, abundaba en sabogas y truchas. Esta pesca y el cáñamo, de que se hacían
robustas trenzas y forzudos cordeles, amen de los jumentos, constituían las industrias predominantes en aquella
gloriosa colonia fenicio-romana, de la cual ya Plinio el
Mayor se hacia lenguas. Su población ascendía á 1,500
vecinos: en el padrón de elecciones brillaban 300 capacidades tortugueses, y para que á tanto fulgor geográfico,
numérico y crematístico nada faltase, vivia entre los
muros de Tortugosa el eruditísimo señor don Leonardo
Matienza, correspondiente de la Academia de la Historia,
honorario del Museo Británico y fundador de los Arcades de la Vandalia, sociedad científica é histórica que
extendió las redes de su sabiduría por toda la comarca
nombrada.
Matienza el filósofo, como la gente le llamaba, merece
especial mención por ser la más grandiosa ilustración
de la villa de Tortugosa. Era un viejo de sesenta y tres
años, cumplidos el dia de san Silvestre, de complexión
vegetal, de talle entre el del chopo y el del ciprés. Su
debilidad era tan grande, que apenas podía andar. Tenia
enfermo el estómago y algo de alifafe en el hígado, cuyo
licor le teñía de amaranto las mejillas. Era su pasión el
estudio y bibliómano furibundo : cuando le presentamos
á nuestros lectores hojeaba la edición elzeveriana de la
Dragoniada, un libro que tiene el solo mérito que su
edición casi completa se quemó en Alejandría, cuando
el fuego de marras. Tenia dentro del chirumen el final
de una obra gloriosa en que venia trabajando hace
muchos años. Se titularía «Apoteosis de Tortugosa ó
Floresta histórica de las tortugas sublimes.» ¿Cómo?
¿Habia impíos de la historia que pretendían arrebatar á
Tortugosa la diadema de astros de sus hombres eminentes? Madoz habia tenido la audacia de escribir en su
diccionario: «Tortugosa—c. de p.—Abundante en cáñamos. Célebre por su mercado de jumentos. Ningún valor
histórico.» Cosa fué aquella que sacó de juicio al pacienzudo célibe (Matienza el filósofo permanecía en virginal soledad), y determinó borrar aquellas tres líneas de
injuria que le perseguían en sueños como tres puñales
y le penetraban en el alma destrozándole y arrancándole
túrdigas de su amor patrio y de su orgullo de cronista
tortuguense. Empezó su libro. Revolvió archivos, se llenó
de polvo, fué á los afueras del Vertedero á buscar entre
las inmundicias de un pudridero ciertas piedras y pedacilios de hierro que, según él, eran vestigio de la gran
cultura añeja de Tortugosa. Gastó mucho dinero de su
vínculo de mayorazgado en revolver aquel terruño,
donde el vecindario cometía la impiedad de arrojar sus
desperdicios. ¡Cuántas mañanas en que el Filósofo se
levantaba del lecho «on el sol para proseguir sus pesquisas halló cubierto de ceniza, papeles sucios, plumerío de ave sacrificada y restos de cántaros y pucherería,
lo que él habia limpiado el dia anterior! Era una campaña ruda la que sostenía contra los sucios vecinos: él,
abrillantando aquel pedazo de espejo glorioso de la historia municipal: los vecinos cubriéndole de inmundicia. Obtuvo de un alcalde menos inculto que los otros,
la prohibición de verter basuras en el Sagrario, y las
comadres murmuradoras del lugar cambiaron el mote
nobilísimo de «Filósofo,» con que antes se conocía á
Matienza, por el indecoroso y mal oliente de Buscagusanos. Pero Matienza, como todo ser superior, se
cernía con las alas del desprecio sobre el murmurio de
las viejas y los chuscos. Prosiguió su faena de desmonte.
EL MUNDO ILUSTRADO.
123
que se desplegaban en desgarradísima sonrisa, como si la
boca se la hubiesen fabricado de un hachazo, relucía
la doble hilera de marfil como un relámpago de hambre
en la noche de un estómago voraz. Era algo trepado de
hombros, y con los brazos puestos muy juntos en los
extremos de una caja torácica por demás estrecha. No se
limpiaba ni las uñas ni el pelo y era muy descuidado
en lo que atañe al traje. No se le conocía otro talento
que ese de segunda clase que puede llamarse habilidad
mundana; poseía la elocuencia del insulto y la más desarrollada astucia. La avaricia habia comunicado á sus ojillos mucha vivacidad y resplandores metálicos. Giraban
aquellas dos pupilas en el peludo marco de sus pestañas
como dos extraños bichos de oro presos en una red de
crin. Al enseñar la carta se estremecieron los dos bichos
de oro como si quisiesen saltar fuera de sus nidos.
—¿Ve usted, señor de Matienza, el efecto de albergar
pillos? usted ha protegido á este panza-en-trote y se ha
perjudicado usted en su reputación... porque las gentes
han dado en decir que... vamos... ese muchacho... era
hijo natural de usted...
Matienza el filósofo se puso rojo, y el matiz hepático
de sus pómulos se aumentó.
—Esas son hablillas, dijo no sin enojo.
—Ya lo sé... pero usted ha dado motivo á ello protegiendo á esa mala sangre.
—No hemos de abandonar á los desgraciados.
—Ese no tiene más desgracia que la de ser pillo.
Don Hermógenes esgrimió la carta como una bandera
de odio.
—Aquí... lea usted... me llama «Chupa-pleitos...» y me
dice: «No quiero ser cómplice de sus robos. Judas Iscariote. Usted ha querido explotarme y no lo ha de conseguir... Me voy á ser mucho en el mundo y he de hacerle
llevar á usted á la cárcel entre civiles...» ¿Hay infamia
mayor?
—Pero usted algo le habrá hecho, porque sino no se
explica...
IIL
—¿Cómo es eso, señor de Matienza... usted acaso puede
Busca-gusanos y Chupa-pleitos.
simpatizar con estas infamias?
—No... pero quiero hallar el origen de ellas.
deTa^W.^ Matienza, usted me perdone la importunidad
—Ello es que no encuentro en usted la indignación
ane i r í ' ^''
"" ' ° ' ^ no es para menos. El pilluelo que esperaba...
—Mire usted... la verdad es que cuando usted vino
fúcar n / . "^^ "'^^^^^^^
ese gran tuno de Pepin se ha
lugado de mi casa.
estaba muy lejos de este mundo... Me liallaba en el
t a ¡ ¡ f í n ' ; ¡ y ' ' ' ' ! ^'"^ ^''^^"^^ • ^^'^l^^i'^ «1 filósofo levan- trance de la batalla dada por el procónsul Manilo á los
tando con disgusto su cabeza del pliego virginal.
bandidos, el año...
—Sí... ya sé eso... pero yo vengo á que usted me
esta c a í t a ' ^ u j r ' ' " ' ' " ' " ' " ' ' ' ' " '^ ^ ^ ^ " ' " ° ^ " ''^' indemnice...
- ¿ U n a carta?... pero ¿dónde se ha marchado Pepin?
—¿Indemnizar?... ¿De qué?
—De lo que haya podido robarme esa canallita.
no i t b?p«7"-.°- ^ ' " " P^"*^' á ^^^^^ «'^ff^™ que si
o hubiese sido por la recomendación de usted, no
—Pero ¿se ha llevado algo acaso? exclamó levantán¡Scaría!"
umbrales de mi casa... ¡Qué carta! dose á duras penas de su asiento el débil etudito.
—No lo sé aun, pero es casi seguro.
—Pues no me parece justo acusar á ese pobre mucliade^TÍ'nhíí'^f '^'""^^^ ^"^ ' ^ "^^n" 'ierecha un papel lleno
pobos de salvadera y gruesas letras y garrapatos.
cho de un delito que aun no se sabe si existe.
—Viene usted muy enojado.
—¡Pobre muchacho!... Usted está loco, señor de Man a n t e ' m T i í f í f T ' ' í ' ' ' ' ' " ° ^^ ^^'^ bromas... ¡Ese tu- tienza. No veo el modo de que esas hablillas que acerca
de usted corren tengan buen término cuando usted
mismo les da pábulo... Ello es que no puedo transigir
- E s t ° ^'''''°'°'' ^'eamos esa carta.
con tales infamias, y en busca de mi dignidad, que se ha
-Pero^tU^"^*^/'^'^'' ^^^ ^^^ fi^era de sí el escribano. quedado á la puerta de esta estancia... me retiro.
El colérico guardián de la fe se alejó, con la carta
-Sea-urSÜ
' ^ ^ ' ' ' ° "i^ que se ha fugado Pepin?
metida
en el puño izquierdo, volviendo atrás la cabeza
tienza, oiga usted.'""""^ """^^ ' ' aplaste!... Señor de Mapara echar miradas de odio al erudito y refunfuñando
seSnTof r Z s Í " ? f "í^^'^^^ -^'^'^^ "^^ ^ - - J ^ - " " entre dientes:
—¡Mal auto te parta, Busca-gxisanos!
recia, brillante c o m n T ' n*""" '"^ dentadura entera,
i. O R T E G A M U N I L I . A ,
carniceros. A travéTie
^ ' " ' ' 'gruesos
' '^'^"'^^y ^"^"^^^'^
(Continuará).
v«b ue snf
sus ilabios
carnosos
Cinco jornaleros cavaban de sol á sol. Aquí aparecía un
ánfora rota: un metro más abajo un amuleto romano
de cornarina: allí un trozo de espada herrumbrosa. La
historia iba arrojando lenta y avaramente sus zarandajas,
que habia escondido en las entrañas de la tierra, como
una urraca ladrona. Busca-gusanos no buscaba g-usanos,
como la g-ente g-rosera suponía, sino el terreno de una
batalla dada por el procónsul Manilo á unos bandidos,
el año 451 antes de J. C. Busca-gusanos tenia seguridad
de encontrar el terreno de aquella descomunal hecatombe, oculto y sepultado bajo una capa de arena, por
algún cataclismo terrestre. Cavaba, cavaba sinceramente , confiadamente... él hallaría el « campo de cadáveres cubierto,» como dijo el otro.
A fuerza de gastar su renta en golpes de azadón, habia
reunido en su casa y expuesto en armarios una multitud
de nonadas de antigüedad dudosa, entre las cuales descollaban un brazo de Venus, de buen modelado, un
amorcillo de bronce traspasado de parte á parte por un
agujero como para ser suspendido de algún hilo, y cantidad de armas y ánforas , sin que deba olvidársenos un
trozo de mosaico que representaba una tortuga perseguida por un lagarto, alegoría de la reyerta que sostuvieron por siglos los tortuguenses con los hijos de la
vecina villa de Santo Domingo del Lagarto, de que
tantas páginas llena la historia.
De todas estas preciosidades, sacó copias, las hizo grabar en Madrid á un litógrafo, y escribió cincuenta pliegos
en 4.° mayor de explicación y análisis. Tenia puesta la
pluma en el papel para redactar el último capítulo,
especie de deducción de argumentos en pro de su tesis,
a saber: que Tortugosa habia sido la capital de una civilización romana archinotable. Era un momento crítico
para la musa empolvada y sin dientes de Matienza.
Lntónces se abrió la puerta de su despacho y apareció el
escribano don Hermógenes, el cual dijo:
LOS N I D O S . — E L
AGUZANIEVE
COMPOSICIÓN Y DIBUJO DE H. GIACOMELLI.
EL MUNDO ILUSTRADO.
128
á detenerlas las flores, quizá más bellas, con que susti- ,
vais las cortadas.
|
Ya veis, pues, que sólo la ig-norancia, ó por mejor 1
decir la falta de atención estudiosa, ha i)odido atril)uir- ;
les el dictado de coquetas; análogamente y aumentando el número de comparaciones entre las mujeres y
las mariposas de que antes hemos hecho mención, ;
¡cuántas veces da el mundo el sobrenombre de coqueta
á la mujer que, quizá atraída por engañosas apariencias,
por colores que á primera vista parece que lian de casar
con los de sus ilusiones, encamina el ánimo hacia un ;
ser, del cual al aproximarse se aparta, pues ve claramente que no es portador del alimento que su alma requiere; que no es verdaderamente aquella la corola en ;
que está destinada á posarse!
MELCHOR DH PALMI.
Ijtle setiembre de 1881.
CUENTOS DE P E R R A U L T ,
•rnADuciDos i>on
D. J O S É COLL Y V E H I .
CAGA-CHITAS.
i, C O N T I N U A C I Ó N i
Una vez levantó tanto la voz, que los chiquillos que
estaban á la puerta la oyeron, y empezaron á g'ritar todos
á una:
—i Aquí estamos! ¡ Aquí estamos!
La madre fué corriendo á abrir la puerta, y estrechándolos entre sus brazos y colmándolos de besos les
decia:
—¡Hijos de mi vida! ¡Qué placer es el mió al estrecharos entre mis brazos! ¿Estáis cansados? ¿tenéis
hambre? ¿Y tú, Perico? ¡üy, cómo te has puesto de
barro! ¡Hasta los hocicos! Deja que te limpie.
A este Perico, el primogénito, lo queria mucho más
que á los otros, porque era algo pelirojo, y algo peliroja
era ella.
Agolpáronse los siete chiquillos alrededor de la mesa
y empezaron á menear las mandíbulas con tal priesa,
(véa.se el grabado de la página 120), que se les estaba
cayendo la baba al padre y á la madre, á quienes contaron el miedo que en el bosque hablan pasado, charlando
y gritando y manoteando todos á la vez.
Los buenos padres reventaban de gozo al verse nuevamente reunidos con sus hijos, y esta alegría duró todo
el tiempo que duraron los 120 reales. Como donde no
hay harina todo es mohína, agotado el dinero, volvieron
los apuros y los disgustos. Por segunda vez tomaron la
resolución de abandonar á sus hijos, y de llevarlos más
lejos para de este modo asegurar bien el golpe.
No consiguieron arreglar este asunto con tanto sigilo
que pasase desapercibido á los vigilantes oidos de Cat/achitas, el cual había echado sus cuentas para salir del
apuro tan bien como antes; mas por mucho que madrugó
para ir á coger chínitas, no pudo salir con la Fuya, por
estar cerrada bajo llave, y con dos vueltas, la puerta de
la casa.
No sabia qué hacerse, cuando habiéndoles dado la
madre á cada uno un tarugo para el desayuno, creyó que
las migas de pan sembradas por el camino podrían muy
bien suplir el oficio de las chínitas, y con este objeto se
metió el mendrugo en el bolsillo.
El padre y la madre llevaron á los chiquillos al lugar
donde el bosque ora más intrincado y sombrío, y así que
llegaron, echando por un atajo, los dejaron abandonados. Maldito lo que por esto se apuró Caga-chitas, fiado
en que las migas de pan que oportunamente habia ido
sembrando no dejarían de enseñarle el camino ; pero se
quedó frío como uu mármol, cuando vio que las migas
habían desaparecido sin dejar ra.stro ninguno. Los señores pájaros andan listos, y el no haber contado con ellos,
fué lo que se llama echar la cuenta sin la huéspeda.
Allá de quejas y lamentaciones de toda la chiquillería, que no habia más que oír. Cuanto más caminaban,
más se iban internando y enredando por las enmarañadas revueltas del bosque. Cerró la noche y levantóse un
furioso vendaval que los llenó de espanto. Por todas
partes se les figuraba oír aullidos de lobos que venían á
devorarlos. No se atrevían á resollar, ni á volver la
cabeza. Cayó de repente una fuerte y copiosa lluvia que
les caló hasta los huesos: cada paso era un resbalón, y
se caían en el lodo y se levantaban hechos una miseria,
sin saber que hacerse de las manos. Cagi-cliHas se
encaramó á la copa de un árbol (véase el grabado de la
página 121), para reconocer el terreno y ver si algo descubría; y volviendo la cabeza en todas direcciones percibió fuera del bosque, á grandísima distancia, una
lucecita como de una vela. Bajó del árbol, y lo mismo
fué poner los píes en el suelo que no ver nada. No hay
que decir cuánta aflicción fué la suya.
No obstante, después de caminar mucho tiempo en
compañía de sus hermanos hacía el punto en que habia
visto la luz, al salir del bosque pudo descubrirla de
nuevo. Buenos sustos pasaron; pues cada vez que tenían
que atravesar hondonadas y barrancos , lo que muy á
menudo les sucedía, perdían de vista la claridad que les
guiaba.
Llegaron por fin á una casa de donde la luz salía,
llamaron á la puerta, y una buena mujer que vino á
abrirles, les preguntó que querían. Caga-chitas contestó
que eran unos pobres niños que se habían perdido por
el bosque, y que por amor de Dios les diese hospitalidad
sólo por aquella noche. La mujer viéndoles tan hermosos, se echó á llorar y les dijo:
—¿Sabéis adonde habéis venido , pobrecitos mios?
¿Ignorabais por ventura que esta era la casa de un
ogra (1) que se come á los niños?
—¡Ah! señora, contestó Caga-chitas más muerto que
vivo, como todos sus hermanos, ¿qué remedio nos queda?
Si usted se niega á recogernos, de fijo que esta noche nos
devoran los lobos del bosque : mal por mal, mejor será
que nos coma ese caballero; puede que rogándoselo
usted, llegue á apiadarse de nosotros.
La mujer del ogra, creyendo que podría esconderlos
de su marido hasta el día siguiente, les permitió entrar,
y para que se calentasen los llevó al hogar, donde m e tido en el asador, estaba dando vueltas un cordero enteríto que había de cenarse el ogra.
Al poco rato de estarse calentando, resonaron en la
puerta tres ó cuatro enormes aldabazos: era el ogra que
ya estaba de vuelta. La mujer al momento escondió debajo la cama á los siete chiquillos, y fué á abrir.
T r a d u c i d o del francés por
JOSÉ COLL Y VEHÍ.
[Continuará].
íl) Ogra es lina especie de gigante antropófago, de rpie no [tuvo noticia
BufTon. No consta que en E s p a ñ a los h a y a habido n u n c a . Por lo menos,
con la Estadistica en la luano, puede a s e g u r a r s e i|uo no los h a y a h o r a .
(Nota del
Traductor.)
R e s e r v a d o s todos los d e r e c h o s de propiedad artística y literaria. —Queda hecho el depósito que marca la ley.
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