HISPANIA. Revista Española de Historia, 2008, vol. LXVIII,
núm. 230, septiembre-diciembre, págs. 821-896, ISSN: 0018-2141
GARNIER, Florent: Un consulat et ses finances: Millau (1187-1461). Paris, Comité
pour l’Histoire Économique et Financière de la France, 2006, 948 págs., ISBN: 211-095379-9.
El año 1982, el historiador del derecho francés Albert Rigaudière, publicaba su monografía Saint Flour: ville
d’Auvergne au Bas Moyen Age: étude
d’histoire administrative et financière, y se
convertía, gracias a ella, en todo un
referente para la historia urbana bajomedieval, especialmente para los estudios dedicados a las haciendas municipales durante dicho periodo. Ahora,
veintiséis años después, uno de sus discípulos más aventajados, Florent Garnier, hace lo propio con otra villa de la
Auvernia, Millau, en lo que constituye
un nuevo jalón en la historia de las finanzas urbanas en Francia a finales de
la Edad Media.
Esta obra es fruto de la laureada tesis
doctoral, dirigida por el mencionado A.
Rigaudière, que F. Garnier presentó, a
finales del año 2002, en la Universidad
de Paris II Panteón-Assas. Tal como
reconoce el propio autor, el trabajo se
inscribe plenamente dentro de la corriente historiográfica que, durante los últimos veinte años, ha renovado e impulsado las investigaciones sobre las finanzas
urbanas medievales, al situar esta cuestión en el corazón mismo de la llamada
«génesis del estado moderno». Desde
esta perspectiva, Garnier profundiza en
el estudio de los orígenes y la evolución
del sistema financiero municipal, en la
línea de otros trabajos realizados en el
marco del proyecto de investigación
franco-español, al cual pertenece: me
refiero al grupo que, dirigido por Denis
Menjot y Manuel Sánchez, se ocupa de la
cuestión de la fiscalidad y las finanzas
urbanas en el occidente mediterráneo
durante la baja Edad Media.
En este contexto historiográfico, el
estudio sobre las finanzas de Millau,
entre los siglos XIII y XV, constituye
un ambicioso trabajo que —como he
apuntado— tiene como objetivo primordial determinar la existencia de un
sistema financiero urbano, entendido
—tal como lo define J.C. Wacquet—
como el conjunto de medios materiales
y humanos, así como de normas contables y fiscales, elaboradas y puestas en
práctica por el municipio para procurarse y garantizarse los recursos necesarios
para la financiación regular de sus gastos. Al contrario de lo que podría pensarse, sin embargo, y pese a encontrarnos ante la obra de un historiador del
derecho, no se trata simplemente de un
estudio jurídico-institucional: Garnier
va mucho más allá y plantea su trabajo
como un intento de aprehender dicha
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estructura de forma global, dentro de
un entorno político, económico y social,
compuesto por actores diversos con
estrategias e intereses también diversos.
Consciente de las dificultades que entraña tamaño planteamiento, el autor
nos presenta la obra simplemente como
una etapa dentro de una investigación a
largo plazo, dándose por satisfecho si su
esfuerzo contribuye al mejor conocimiento de los distintos elementos que
integraban el sistema financiero urbano
en Millau y si permite la comparación
con otros modelos urbanos.
Adelantándome a las consideraciones finales, creo que Garnier consigue
sobradamente su objetivo y ello es posible, en gran medida, gracias al impresionante fondo documental de que dispone,
así como a la sólida metodología de trabajo que aplica a su investigación. En
efecto, los archivos municipales de Millau constituyen, por su riqueza, uno de
los fondos más notables del sur de Francia, ya que contiene registros fiscales y
financieros de carácter muy diverso,
además de una excepcional serie de
cuentas de la tesorería comunal. La información que proporciona este nutrido
depósito, complementada puntualmente
por la que ofrecen los archivos departamentales y nacionales, permite estudiar
cuestiones de índole muy diversa, entre
las cuales se encuentra, por supuesto, la
hacienda municipal. Ahora bien, de nada
serviría esta excepcional materia prima si
el investigador no supiera —y permítanme la expresión francesa— «metriser»
la documentación correctamente. Tal
como puede observarse en el apartado
introductorio, Garnier domina perfectamente dichos fondos y sabe sacarles el
máximo partido. A ello ha de sumarse
un exhaustivo conocimiento de la histo-
riografía existente, con las consiguientes
comparaciones (bien entendidas, y no
gratuitas…) que este conocimiento le
permite con otras poblaciones del Languedoc, de Francia y de la Corona de
Aragón; además de un notable dominio
tanto de las técnicas propias de la historia económica como de los métodos de
análisis prosopográfico, adaptados de
forma prudente y equilibrada a la realidad de Millau.
Sobre estos cimientos, el autor construye una obra cuyo arco cronológico
abarca desde 1187, momento de la confirmación del consulado de Millau por
parte del rey Alfonso II de Aragón, hasta
1460. Esta última fecha viene marcada
por las fuentes, menos abundantes para la
segunda mitad del s. XV, y por dos circunstancias concretas: por un lado, la
desaparición de las grandes familias consulares que habían dominado hasta aquel
momento los asuntos urbanos y, por otro,
la plena integración de Millau dentro de
la dinámica fiscal de la monarquía francesa. A lo largo de este periodo, tres son las
cuestiones que aborda Garnier, y también
los apartados en que divide su trabajo: en
primer lugar, el autor sitúa su objeto de
estudio, Millau, en un marco político y
financiero general; seguidamente, se ocupa de la cuestión social y, más concretamente, de los individuos que rigieron las
finanzas municipales, para acabar con un
análisis pormenorizado de dicha actividad
fiscal y financiera, así como de sus principales repercusiones económicas, sociales y
políticas.
En cuanto al primer apartado, Garnier comienza mostrándonos la génesis y
la consolidación del sistema financiero
municipal y destaca: por una parte, la
íntima relación existente entre los primeros pasos de la hacienda local y el proceso
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de construcción política del municipio; y,
por otra parte, el progresivo desarrollo de
dicha hacienda municipal, sobre todo de
la institución del tesorero, al ritmo de las
continuas y cuantiosas demandas reales.
Posteriormente, y como paso previo imprescindible al estudio de las «gens de finances», el autor se ocupa del reparto de
poder en la villa: para ello, analiza primero el origen y funcionamiento de los órganos de decisión política, y continúa,
posteriormente, con el estudio prosopográfico de las familias que ocuparon el
cargo consular. La panorámica general de
Garnier concluye con una interesante
reflexión sobre la capitalidad política,
económica y financiera de Millau, y sobre
la compleja relación que se establece entre
la villa y la monarquía, especialmente
después de su incorporación definitiva a la
corona francesa, en 1369, en el marco de
las asambleas de Estados de Rouergue.
Una vez situado el objeto de estudio,
el autor aborda la cuestión social y, después de habernos mostrado el carácter
oligárquico del consulado, se centra en
los administradores de las finanzas municipales; un aspecto que —dicho sea de
paso— apenas había sido estudiado, ni
en Francia ni en otros territorios. En este
caso, Garnier nos ofrece una visión integral de la hacienda municipal de Millau,
ocupándose tanto de la figura del tesorero (boursier) como de las administraciones
secundarias o especializadas (obras públicas, recaudación de impuestos, instituciones benéficas…) que completaban el
cuadro financiero local. Desde esta perspectiva, y continuando con el sólido
análisis prosopográfico iniciado en el
capítulo anterior, la obra nos muestra
que, pese a la heterogeneidad del grupo
estudiado, las finanzas constituyeron una
vía de acceso al poder político y a los
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cargos consulares, así como un factor de
conservación y reforzamiento de la posición social. Cabe destacar que, en algunos casos, la trayectoria de estas «gens de
finances» superó el marco estrictamente
urbano, documentándose también su
actuación al servicio de los Estados de
Rouergue, de los condes de Armagnac o,
incluso, de la monarquía francesa.
Finalmente, después de haber esbozado el perfil de los administradores, el
autor centra su atención en el estudio
de la actividad fiscal y financiera que
estos cargos desarrollaron; dicho en
otras palabras, en el funcionamiento
concreto del sistema financiero urbano.
Más allá del simple análisis de la composición y evolución de los distintos
capítulos de ingresos y gastos (por otra
parte, útil y necesario…), Garnier pretende mostrar cómo se opera la transformación de recursos privados en recursos públicos, y a la inversa, dentro
del citado sistema. Para ello, en primer
lugar, sitúa la evolución de la partida
general de los gastos —referente principal en la finanzas de la época— en el
contexto de la coyuntura económica y
monetaria que va desde mediados del
siglo XIV a mediados del XV; y, luego,
nos muestra la importancia trascendental, especialmente en determinados períodos, del capítulo correspondiente a las
demandas de la corona. El siguiente paso
consiste en determinar cómo se financiaron dichos gastos y, sobre todo, cómo se
operó la transferencia de la presión fiscal
de la monarquía sobre los contribuyentes. Un análisis detallado de las normas
fiscales elaboradas por las autoridades
locales y de las prácticas contenidas en
los registros contables nos revelan el
predominio del impuesto directo sobre
otro tipo de recursos dentro de la
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hacienda municipal de Millau; además
de descubrirnos cuáles fueron las principales características de aquella exacción,
que habitualmente afectaba al patrimonio, y de advertirnos sobre algunos interesantes matices relativos a su percepción
y al consiguiente reparto de la carga fiscal. En este sentido, cabe destacar, finalmente, las similitudes y las diferencias del
sistema financiero existente en Millau con
el que se documenta en otras localidades
del Languedoc, de Francia y del occidente
europeo; sobre todo, las diferencias con
aquéllos de Italia y de la Corona de Aragón, donde las haciendas municipales
pivotaron sobre la deuda a largo plazo y
sobre los impuestos indirectos asignados a
su financiación.
El estudio de F. Garnier acaba con
unas conclusiones generales, donde el
autor repasa las ideas fundamentales expresadas a lo largo de su trabajo, haciendo
un especial hincapié —una vez más—
tanto en la íntima relación que se establece entre las finanzas urbanas y su entorno,
como en la activa participación de la
hacienda local en el proceso de construcción del embrionario estado medieval. A
propósito de esta última cuestión, personalmente, creo que resulta muy sugerente
la reflexión sobre la progresiva «aculturación fiscal de la población» que se produce
en Millau durante el periodo estudiado, y
como esta circunstancia contribuye, en
primera instancia, a preparar a la población para asumir el pesado yugo de la
fiscalidad real y, luego, a integrar a dicha
villa y a otras localidades del Midi en el
reino de Francia.
No puedo concluir esta breve reseña
sin hacer mención al completo (aunque
no pueda incluir todos los apéndices de
la tesis) apartado final de anexos, donde
podemos encontrar: en primer lugar, la
exhaustiva relación de los cónsules de
Millau, de los distintos oficiales municipales (notarios, «écuyers», pregoneros…) y de las «gens de finances» (tesoreros,
arrendatarios,
recaudadores,
obreros…) durante los siglos XIV-XV;
luego, un interesante apéndice con
muestras seleccionadas de la normativa
administrativa y fiscal del lugar, junto a
un ejemplo de declaración-estimación
de los bienes de un contribuyente; y,
por último, el imprescindible índice
onomástico y toponímico, habitual en
las cuidadas publicaciones del CHEFF,
además de un índice de materias que
puede resultar de extraordinaria utilidad para cualquier lector.
A grandes rasgos, este es el contenido de una obra de lectura muy recomendable para todos los historiadores
de la ciudad y, especialmente, de las
finanzas municipales en el período bajomedieval. Como he apuntado, en ella,
F. Garnier hace un esfuerzo encomiable
para superar los planteamientos tradicionales existentes sobre dicha cuestión,
y logra ofrecernos, a través de un sólido
estudio de caso, una completa, compleja
y sugerente visión del «sistema financiero urbano» creado en la villa de Millau
entre los siglos XIII-XV. Nos encontramos, pues, ante un interesante trabajo que, sin duda (puede estar tranquilo
el autor), servirá como punto de referencia para la comparación con otros
territorios e, incluso, como modelo para
futuros estudios sobre el tema.
—————————————————–—––—
Pere Verdés Pijuan
Institución Milà i Fontanals, CSIC
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CLEMENTE RAMOS, Julián: La Tierra de Medellín (1234-c.1450). Dehesas, ganadería y oligarquía. Badajoz, Diputación de Badajoz, 2007, 207 págs., ISBN:
978-84-7796-160-4.
El libro que se reseña tiene como objetivo la reconstrucción de todos los
eventos históricos que ocurrieron en la
Tierra de Medellín en época medieval.
Sus resultados son inmejorables en cuanto a la recopilación documental que se
hace de unas fuentes escasas y dispersas.
Su interpretación es sugerente en lo que
se refiere a asentamiento y apropiación
del territorio; sin embargo es más discutible en el análisis de los grupos sociales.
Clemente Ramos lidia con un caso
difícil al que tiene que aplicar toda su
experiencia y sagacidad. Medellín no es
uno de los grandes concejos de la Extremadura. Su documentación municipal sólo se inicia a mediados del siglo
XVI, por lo tanto no ha podido realizar
un estudio como los que se han llevado
a cabo en la segunda mitad de los años
ochenta y noventa para los concejos de
Cáceres, Trujillo y Plasencia. El autor
ha hecho un rastreo de fuentes muy
eficaz en los Archivos de Simancas, del
Monasterio de Guadalupe y las Chancillerías de Valladolid y Granada, recopilando suficiente documentación hasta
1450 y demostrando que ésta se hace
muy rica entre 1470 y 1550. Como
medievalista, el autor se decantó por
escribir un libro de doscientas páginas
sobre Medellín hasta 1450.
La elección es discutible. Una vez
más los cortes cronológicos académicos
han afectado a un trabajo que tendría
mucha más profundidad si se hubiera
prolongado hasta mediados del siglo
XVI. Desde 1450 el señorío de la villa
pasó a la familia de los Portocarrero, lo
que parece que tuvo fuertes consecuencias
para la oligarquía local y supuso un aumento de la conflictividad en la región. La
comparación de ambos períodos habría
sido de gran utilidad para entender los
factores que explican la propia fase medieval. Además, una documentación más
tardía quizá habría permitido tener mas
información sobre aspectos tan huidizos
como los del paisaje y el medio ambiente
que el autor intenta iluminar para centurias más tempranas. Habría sido interesante rastrear en el siglo XVI los usos del
término municipal, el papel de los comunales, la localización de las dehesas boyales, los circuitos del ganado entre las diferentes dehesas o las implicaciones de que
se combinara una ganadería local predominantemente de vacas con una ganadería trashumante de ovino.
Clemente Ramos nos presenta un libro dividido en dos partes. En la primera
se estudia el poblamiento, la organización
del espacio y la explotación económica del
término de Medellín desde el dominio
musulmán hasta la Baja Edad Media. La
segunda parte del libro, más extensa,
estudia los grupos sociales de la región
entre los siglos XIII y XV.
Como no podía ser de otra manera las
páginas dedicadas al Medellín musulmán
son meramente testimoniales. Sin embargo, a pesar de la precariedad documental,
el autor consigue plantear dos hipótesis
interesantes. Por un lado defiende que la
conquista castellano-leonesa no dejó rastro del poblamiento anterior y, por otro,
que es la posición secundaria del emplazamiento de Medellín en el orden mu-
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sulmán lo que explica la temprana señorialización del municipio incluso antes de
las mercedes enriqueñas. En esta parte se
echa de menos una mención al estado de
la cuestión de la arqueología en la zona o,
al menos, a la posible utilidad de ésta y de
la toponimia para este período.
Desde la llegada castellano-leonesa,
el autor muestra su maestría trabajando
la documentación en su reconstrucción
de la aparición de aldeas y dehesas, los
ciclos de población y la fundación de
arciprestazgos y parroquias en una comarca caracterizada por la debilidad
demográfica. Se ofrecen dos cuadros de
gran utilidad. Uno muestra la antroponimia y la movilidad de la población
entre los diversos asentamientos, lo que
ayuda a ver los núcleos que crecieron
desde el siglo XV y aquéllos que por el
contrario se despoblaron y se convirtieron en dehesas (págs. 34-37). El segundo cuadro presenta las transacciones de
dehesas en los siglos XIV y XV mostrando la consolidación de este sistema
de explotación desde el siglo XV y su
vinculación con ciertas familias del concejo (págs. 55-59).
Como para el resto de la submeseta
meridional, la dehesa fue la forma de
apropiación del territorio y el principal
uso del suelo. Acertadamente, el autor
subraya que esta forma de explotación
de la tierra se explica por condicionantes socio-culturales y no medioambientales (pág. 52) y hace una descripción
atractiva de la dehesa como un espacio
de explotación eminentemente ganadero, pero en el que existían otros usos y
edificaciones como castillos o fortalezas,
casas, casetas, cercas, huertos, tierras de
pan llevar y prados (págs. 50-52 y 59).
Sin duda, el argumento más fuerte
que se hace en esta primera parte es el
de que las poblaciones campesinas y las
dehesas eran dos mundos separados e
irreconciliables (pág. 31, pág. 52 y
págs. 73-74). Para el autor, el paisaje
reflejaba una contraposición social y
productiva entre los vecinos campesinos
y la oligarquía ganadera, entre una
economía agrícola y una pecuaria. Sin
embargo, más allá de la obviedad de
que los pueblos suelen disponer sus
cultivos en tierras cercanas y que las
dehesas apacientan rebaños, los datos
empíricos arrojan dudas sobre si la economía mixta de las aldeas se sostenía en
las dehesas (el mismo autor califica de
«mixta» la economía concejil, págs. 7475) o si la oligarquía, que vivía en los
concejos, tenía además tierras de labor y
arrendaba sus dehesas a algunos campesinos-pastores locales. La contraposición
que plantea Clemente Ramos que considera que las aldeas estaban en la periferia del término y las dehesas en el
centro, bien podría reformularse como
la expresión en el paisaje de una economía ganadera tan fuerte que adehesó
incluso las tierras fértiles.
Los datos son frustrantes a la hora de
ahondar en la discusión, pero llaman la
atención varios aspectos contradictorios.
Por ejemplo, si bien todas las familias
acomodadas tenían partes o la totalidad
de varias dehesas, los inventarios de sus
bienes muestran propiedades rurales,
bodegas, casas, molinos, corrales y colmenas en varias aldeas, unos intereses
mucho mas diversificados (pág. 90, nota
193 y pág. 105). El autor se refiere a
concejos que recibían donaciones de
dehesas, es decir, estaban interesados en
la ganadería. También se menciona que
los habitantes de ciertas villas se avecindaban en otras para acceder a sus pastos.
Las poblaciones de Medellín, Miajadas,
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Guareña y Don Benito parecen unas
más proclives a la ganadería y otras más
a la agricultura. Algunos concejos intentaron promover aldeas y otros las
despoblaron para abrir dehesas.
En la segunda parte se describen los
grupos sociales de la Tierra de Medellín
como una sociedad bajo el control político y económico de la oligarquía local.
Esta parte repasa el único linaje preponderante en el término, los Mejía, y
otras familias de menor poder económico (Alvarados, Blázquez, Cidoncha,
Durán de Mendoza, Pantoja, Rengel,
Saavedra, Sandoval). Con mucha más
brevedad se presentan los grupos populares y las minorías étnicas del concejo.
Por último se ofrecen las escasas noticias que tenemos sobre el concejo y las
aldeas y se finaliza con una descripción
política densa sobre los señores jurisdiccionales de la villa. Es muy interesante
en esta parte la distancia entre los ingresos de los dos estratos sociales por
debajo de los grandes señores jurisdiccionales de la villa. La familia más poderosa, los Mejía, disfrutaban de más de
30.000 maravedís anuales de ingresos.
El resto de familias, algunas clientes de
la anterior, sólo alcanzaban unos ingresos entre 4.000 – 6.000 maravedís.
Esta segunda parte es un exponente
genuino de la historia social que predomina en España desde los años
ochenta que desde el funcionalismo
interpretativo hace de los procesos de
«oligarquización» el centro de su análisis social. Así se identifica una oligarquía que tiene el poder político, económico y social desde la misma conquista
hasta finales de la Edad Media. Todos
los elementos del rompecabezas están
perfectamente encajados: la tensión
política entre monarquía y alta nobleza
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obligó a la última a promover y apoyar
a la oligarquía local de la tierra, la cual
mantenía una red de clientes que controlaba el concejo en el que también
había una representación de pecheros
que explicaría la falta de conflictos
(págs. 87 y 138). Este planteamiento,
sin ser falso, pierde muchas ocasiones de
explicar las paradojas, de analizar lo
contradictorio, de singularizar lo extraordinario, de desnaturalizar lo naturalizado y de percibir el cambio en cada
período histórico.
En el caso de Medellín la interpretación es bastante arriesgada porque no
se sabe nada del período musulmán, de
la primera organización del territorio,
del origen de las dehesas, del concejo en
el siglo XIII o de la oligarquía antes del
siglo XV. Todo esto sólo tuvo realidad
documental 150 años después de la
llegada de los castellano-leoneses a Medellín en 1234. Aún así, el modelo propuesto se basa en otros estudios de la
región que parten exactamente de los
mismos planteamientos epistemológicos
y hermenéuticos, sin dar a los documentos la oportunidad de describir una
realidad más cacofónica.
El propio autor detecta algunas
contradicciones que pueden hacernos
pensar de nuevo en la cuestión de «la
oligarquía». Clemente Ramos recuerda
que el ámbito señorial produjo menos
oligarquías locales que el realengo (pág.
146, nota 376), lo que supondría que el
modelo de Cáceres, Coria o Plasencia no
debería trasplantarse mecánicamente.
El primer mayorazgo documentado en
Medellín es de 1496. Hasta entonces
había una enorme inestabilidad en los
patrimonios en la zona, con una alta
fragmentación de la propiedad adehesada hasta el punto de que los propieta-
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rios solían tener partes de dehesas
(págs. 88-89). En toda la Tierra de Medellín sólo había un linaje hegemónico,
los Mejía, y éste se forma con el matrimonio de dos familias en 1409 (pág.
98). Su caso, pues, no es paradigmático
de la oligarquía sino una excepción. Los
Mejías dejaron de vivir en Medellín en
el siglo XVI por avatares familiares
(pág. 104) y lideraron un enfrentamiento con los señores de la villa que sacudió
toda la jurisdicción (pág. 108). Los Mejía intentaron repoblar la dehesa de
Valdetorres y crear un señorío jurisdiccional pero no pudieron debido a «la
propia pujanza de la comunidad vecinal» que se alió con los Portocarrero
señores jurisdiccionales y con el concejo
de Medellín (pág. 190). Este caso permite ver que cuando podemos acercar la
lente a núcleos concretos se ven las
luces y sombras de la complejidad política local.
Como se ha mencionado antes, las
demás familias documentadas son muy
pocas, pero todas poseían dehesas (pág.
89). La separación entre la nobleza media de los caballeros y los simples hidalgos no se produjo hasta finales del siglo
XV y no se conoce el nombre de ninguno de ellos (pág. 91, nota 202). Por
tanto, toda la hidalguía local de fines
del siglo XV tenía una extracción popular (pág. 92). La clientela de esta supuesta oligarquía esta sólo reflejada en
quince documentos en los que no suele
haber más que una mención a que una
persona era criado, hombre o escudero
de otro (cuadro 4, pág. 96).
Algunas familias, como los Blázquez
o los Sandoval, desaparecieron en un
siglo. Su estatus no parece tener las
mismas causas. Algunos no tenían cargos municipales ni estaban vinculados a
los señores jurisdiccionales de la villa,
pero tenían cierto patrimonio en dehesas
(pág. 111). Otros no tenían patrimonio
fundiario pero estaban cercanos a los
señores de la villa en ciertos momentos
(pág. 112). El concejo abierto estuvo
vigente en Medellín hasta la segunda
década del siglo XV (pág. 133). Uno de
los dos alcaldes del regimiento de Medellín era pechero y no hubo nunca monopolio de caballeros o escuderos (pág.
122). Cuando en 1446, Medellín realizó
diversas peticiones al procurador enviado
por el marqués de Villena para tomar
posesión de la villa, ésta solicitó que le
fueran guardados los privilegios del concejo y las mercedes, heredamientos, libertades, fuero, usos y costumbres.
Además solicitaron que no se separasen
las aldeas de la jurisdicción de la villa y
poder seguir con la elección libre de los
oficiales concejiles. Es difícil concluir que
éste era «el programa político de la oligarquía local» (pág. 180). La conclusión
del capítulo tampoco hace justicia a los
documentos: «La oligarquía local se presenta con rasgos nítidos. Sostenida por
su participación en el proceso de adehesamiento, su entendimiento con la autoridad jurisdiccional y una red clientelar,
mantiene una clara hegemonía social y
económica que no genera resistencias...
Este modelo se va a mantener de forma
ininterrumpida desde la conquista cristiana hasta la entrega de Medellín a los
Portocarrero» (pág. 97).
Quizá sea interesante plantear tres
puntos finales para la reflexión. Primero,
que parece que en la Tierra de Medellín,
entre 1234 y 1450, hubo de todo menos
continuidad o inmovilidad. Segundo,
que la opacidad documental de la oligarquía antes de 1409 puede significar
que todo era igual, pero también que
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todo era distinto y sabemos que el siglo
XIII era muy diferente que el siglo XV.
Por último, que la teoría social aplicada a
la historia ha demostrado que los fenómenos de acumulación económica no
tienen por qué significar procesos de
monopolio político y que los análisis de
sistemas de redes de relación y clientelismo para comprender la movilidad
social en grupos intermedios tienen que
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tener muy presente el entramado institucional más allá de los intereses de las
clases sociales o las grandes familias.
Este libro recupera el caso de una
población pequeña de señorío gracias a
la labor documental que ha hecho su
autor y a la vez marca la necesidad de
revisar los modelos de análisis histórico
y el utillaje conceptual que se maneja
para ahondar en las paradojas sociales.
————————————————————–––— Ester Pascua
Universidad de St. Andrews
LÓPEZ LÓPEZ DE ULLIBARRI, Félix (dir.): El linaje del Canciller Ayala. Aiala Kantzilerraren leinua. Vitoria, Ed. Diputación Foral de Álava, 2007, 312 págs. (edición
bilingüe), ISBN: 978-84-7821-681-9.
En 2007 se cumplían 600 años de
la muerte de Pedro López de Ayala, o
Pero López de Ayala, como también
suele ser conocido. Nacido en 1332, se
supone que en alguna localidad alavesa,
el personaje destaca por su trayectoria
política, donde alcanzó el cargo de Canciller Mayor de Castilla, y sobre todo
por su faceta como intelectual, ya que
fue, entre otras cosas, traductor notable
(Tito Livio, Boecio, Gregorio Magno...),
tratadista cinegético, autor de la importantísima obra en verso Rimado de Palacio y, fundamentalmente, de las Crónicas. Estas últimas abordan los reinados
de Pedro I, Enrique II, Juan I y Enrique
III. Como era de esperar las instituciones alavesas, en el más amplio sentido
de la expresión, se volcaron con el personaje. Se celebraron actos y exposiciones múltiples dentro del marco que
llevó por nombre "Actos Conmemorativos del VI Centenario (Canciller Ayala),
1407-2007". Este libro es uno de los
resultados de tales actos. Habría que
señalar también otro volumen de interés histórico —paralelo a éste podríamos decir—, centrado en la obra y personalidad del propio personaje. Se trata
de La Figura del Canciller Ayala. Aiala
Kantzilerraren Figura, en la que José
Ramón Díaz de Durana y Arsenio Dacosta Martínez se ocupan de revisar la
biografía de Pero López, Michel Luis
García de la aportación cultural en su
época y Carlos Mota Placencia de valorar la obra literaria del Canciller.
Una y otra obra constituyen espléndidas ediciones, de lujo podríamos
decir, si por ello entendemos la calidad
tipográfica y las abundantes ilustraciones que las adornan; pero de lujo también si nos fijamos en los contenidos y
autores. Aunque ambas obras exigirían
una atención similar y merecida, aquí
me voy a referir exclusivamente al libro
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sobre el linaje del Canciller, centrado al
fin y al cabo en la faceta menos conocida del personaje o, al menos, la que
suele quedar oscurecida ante la poderosa impronta que don Pedro dejó en la
historia de las letras hispánicas, tanto
por sus Crónicas como por la honda
introspección doctrinal y ejemplarizante
contenida en el Rimado. El libro que nos
ocupa, prescindiendo por tanto de las
aportaciones de don Pedro a la cultura
de finales del Trescientos castellano,
pretende dar a conocer los orígenes
familiares, los lazos de parentesco y la
trayectoria de una familia y un linaje
importantes en su época, pero siempre
en el contexto de la Castilla medieval.
El libro, tras la presentación institucional y tras una introducción a cargo
del Comisario del VI Centenario, se
inicia con un estudio de Julio Valdeón
titulado "Introducción histórica a la
época y figura del Canciller Pero López
de Ayala". No son demasiadas páginas
(págs. 32-79), teniendo en cuenta que
las ilustraciones ocupan casi tanto como
la parte escrita y que el libro está editado en euskera y en castellano, con lo
que el volumen se incrementa. Aun así,
las páginas de este primer estudio son
suficientes para que Valdeón trace las
grandes líneas de la época que mejor
conoce. Se puede decir que este contexto histórico cumple los objetivos previstos y que el lector puede encontrar en él
los clásicos temas que probablemente
esperaba, abordados con la sencillez
característica de la obra del insigne
medievalista vallisoletano: la peste negra, la guerra civil entre Pedro I y Enrique II, las dificultades económicas fruto
de la crisis del siglo XIV, el antijudaísmo, las complicaciones internacionales
de los primeros Trastámara —sobre
todo el fracaso de Aljubarrota—, entre
otras referencias que sirven para encuadrar perfectamente la época que le tocó
vivir a don Pedro López de Ayala y que
él mismo ayudó a comprender a través
de sus propios escritos, convertidos así
en fuentes históricas de primer orden.
El resto de la obra, que es prácticamente toda ella, contiene el extenso
estudio de Ernesto García Fernández
titulado "El linaje del Canciller don
Pero López de Ayala" (págs. 80- 291), a
lo que debe unirse la relación bibliográfica con que se cierra el libro (págs.
294-311). Es curioso que de los más de
cien títulos de esta bibliografía, de los
que E. García ha podido utilizar en
mayor o menor medida en su estudio, y
que ciertamente es un recopilación exhaustiva, no hay ni un solo título originaria y exclusivamente en euskera y
muy pocos son los trabajos de autores
vascos, si bien es cierto que en los últimos años esto está cambiando considerablemente. Este hecho, así como la
noticia que tuve en su día de los actos
conmemorativos, me provocaron un
ligero desconcierto. Fue al comprobar
que Pedro López de Ayala, a quien yo
creía destacado representante de la nobleza y las letras castellanas de su época, empezaba a ser percibido como un
autor o un personaje vasco, al menos en
ciertos ambientes, fuera de los historiadores profesionales. Seguramente esta
sensación personal no tiene nada que
ver con las intenciones de los organizadores del Centenario, quienes, por otra
parte, han hecho lo mismo que las autoridades de todas partes, apoyar y publicitar a los grandes personajes nacidos en
su tierra. Pero a mí me llevó a pensar en
lo inestables que resultan esos grandes
ejes de la memoria colectiva que antes
Hispania, 2008, vol. LXVIII, nº. 230, septiembre-diciembre, 821-896, ISSN: 0018-2141
RESEÑAS
considerábamos fortines inamovibles de
la historia compartida. Hace años nunca
se nos hubiese ocurrido pensar que Pedro
López de Ayala era «vasco», y no porque
no lo supiésemos, sino porque ese dato
no parecía ser relevante históricamente,
en el mismo sentido en que no vemos en
Isabel I una reina «abulense» por el
hecho de haber nacido en Madrigal.
En todo caso, el estudio de Ernesto
García poco tiene que ver con estas elucubraciones ni con los motivos de esta
sensación personal en relación con el
Canciller. Es más, de incidir en algún
sentido, lo sería en el de despejar cualquier prejuicio al respecto. Porque si hay
algo que queda claro en el largo trabajo
del profesor García Fernández es el
hecho de haber captado la dimensión, si
no universal sí al menos castellana o
hispánica, del Canciller y su entorno, así
como las múltiples interrelaciones con
otros linajes, con el poder regio, con
muchas ciudades, comarcas y regiones de
lo que era entonces el vasto territorio de
la corona de Castilla. Esto es válido en
relación con el canciller, con sus antepasados y con sus descendientes. Y ello a
pesar de que el libro se centra en una
dimensión, la de la familia y la estirpe
originaria, que por definición estaba muy
determinada por la conexión con una
tierra y una zona concretas, en especial la
que se halla incorporada al apellido del
linaje, la tierra de Ayala.
El autor ha revisado, con sentido
crítico, los estudios históricos existentes
y la literatura bibliográfica antigua, no
escasa en relación con este personaje,
sin duda, pero claramente deficiente
tanto desde el punto de vista empírico
como de interpretación. Se puede contar con el Libro de los linajes de los señores
de Ayala, escrito por Fernán Pérez de
831
Ayala, padre del Canciller, así como con
los añadidos a esta obra hechos por el
propio don Pedro y sus sucesores. Existen otros textos ya posteriores de ese
mismo corte. En general contaban con
ediciones antiguas y poco o nada críticas, que Ernesto García ha cotejado con
algunos manuscritos y versiones. No
obstante, es preciso indicar que con
posterioridad al libro que aquí comentamos Arsenio Dacosta ha realizado en
la Universidad del País Vasco (Bilbao,
2007) una edición crítica de varios textos genealógicos relacionados con el
linaje del Canciller. En cualquier caso,
siendo la fuente principal, la literatura
genealógica de los Ayala no es la única
utilizada por Ernesto García en su extenso estudio. Las crónicas (desde otras
crónicas reales además de las del Canciller, hasta el Bienandanzas y Fortunas de
Lope García de Salazar, por ejemplo),
varios nobiliarios del siglo XVI, como el
referido a la nobleza alavesa de fray
Juan de Vitoria, o el de fray Pedro de
Murga, así como la numerosa documentación, y sobre todo el recorrido
íntegro por los estudios especializados
referidos a numerosas localidades y
personajes castellanos medievales, sirven al autor para ofrecer un gran acopio
de información considerable en torno a
varias generaciones anteriores o posteriores a Pedro López de Ayala.
Es más, creo que el más importante
reto, y logro, del autor ha sido poder
liberarse del discurso intrínseco de las
genealogías oficiales del linaje. Es lo que
distingue la memoria —en este caso de
una familia de gran abolengo con una
conciencia escrita y reconocida de su
propia identidad— de lo que es la historia como ciencia. El autor nos ofrece
la historia del linaje en la Edad Media,
Hispania, 2008, vol. LXVIII, nº. 230, septiembre-diciembre, 821-869, ISSN: 0018-2141
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RESEÑAS
del linaje y de su tiempo, tal como se
entiende esto hoy en día entre los historiadores profesionales. La investigación
que Ernesto García lleva a cabo comienza
con la parte más difícil, la referida a los
orígenes remotos. Se habla de algunos
personajes envueltos en un cierto halo
mítico, como Don Vela, anterior al siglo
XII, con conexiones con los López de
Haro, la casa de los que luego detentarían
el Señorío de Vizcaya, pero los datos son
tenues e inciertos, por no decir legendarios. Esta indeterminación es aplicable
incluso, aunque en menor medida, a los
primeros Salcedo, que es el primer apellido, sin reglas claras de transmisión, que
descuella desde finales del XII y se alarga
a lo largo del XIII como origen de la casa
solariega de la que nacen los antepasados
del Canciller. Hubo un tal Sancho García,
que al parecer murió en la batalla de
Alarcos en 1195, y otros personajes de
esta descendencia que en el siglo XIII
representan un tipo de nobleza rural característica del norte cantábrico. Estos
nobles, de extracción media, poseían casas
solariegas y divisas, en este caso, en el
valle vizcaíno de Salcedo, Encartaciones o
en la llamada tierra de Ayala. En la segunda mitad del siglo XIII varios Salcedo
aparecen ocupando cargos en la monarquía castellana, tales como merinos y
adelantados del rey.
A partir del siglo XIV, desde sus
inicios, el estudio de Ernesto García va
descubriendo con paso firme y enorme
meticulosidad todo lo referente a las
conexiones de los Salcedo tanto con la
Cofradía de Arriaga, clave en la constelación territorial y nobiliar alavesa, como con los monarcas y con los señores
de Vizcaya, a cuyo servicio parecen
haber estado frecuentemente. Desde el
siglo XIV el apellido Ayala acompaña
cada vez más frecuentemente a los
miembros de la saga, acentuándose este
hecho en lo sucesivo.
El autor ofrece varios árboles genealógicos de los antepasados y descendientes del Canciller y explica las circunstancias y posición política y territorial
de algunos de ellos. Se trata de elaboraciones muy bien construidas y de corte
muy profesional y documentado. Uno
de los aspectos mejor abordados en el
estudio es el seguimiento de los dominios y posesiones de varias ramas de los
Ayala, que ya desde el siglo XIV diversifican su presencia geográfica y material en diversos puntos de la corona. Sin
olvidar la trayectoria de muchos personajes de segunda fila vinculados a pequeños lugares, conventos, etc., desde
luego lo más marcado del linaje en los
siglos XIV y XV es la progresión en la
escala nobiliaria de Castilla de varios
parientes mayores de la estirpe Ayala.
Sobre todo ya desde el propio Canciller,
que supuso la cumbre del linaje sin
duda, los Ayala despliegan en varios
frentes y zonas de la corona proyecciones notables, sobre todo en la esfera de
las posesiones señoriales. Quizá un nudo
gordiano de esta expansión, como Ernesto García ha sabido ver, sea el reparto de la herencia que el padre del canciller, Fernán Pérez de Ayala, estableció
en 1378: para su hija Mencía de Ayala,
con dotaciones en la actual Cantabria,
que supuso la expansión por varios lugares (Escalante, la base inicial, Valle de
Valdáliga, Rucandio y Pontejos); para
sus sobrinos Sancho y Aldonza de Ayala, consistente en posesiones murcianas
—Albudeite—; y sobre todo el mayorazgo de don Pedro López de Ayala,
éste con una doble orientación geográfica, que los herederos del Canciller
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RESEÑAS
ahondarán, la de Toledo, y la de Álava,
o Álava-sur de Vizcaya. Ernesto García
ha sabido calibrar perfectamente el paso
de la nobleza media a la alta nobleza
que experimentó en el siglo XIV el
linaje. En este sentido, el estudio resulta
modélico.
Dentro de las posesiones del linaje, la
parte vizcaíno-alavesa fue muy sustancial
y todo indica que constituye el verdadero
corazón del patrimonio del linaje. Tanto
al padre del Canciller como a él mismo,
su alineamiento enriquista en la guerra
civil les reforzó en la zona, al primero por
su nombramiento como Merino Mayor de
Guipúzcoa desde 1368 y al propio Canciller —al margen de los cargos en la corte
y de la alcaldía mayor de Vitoria— al
permitirle ampliar el patrimonio solariego
que ya tenían en el solar de Quejana y en
la Tierra de Ayala con los nuevos señoríos
de Orozco, Arceniega y villa de Salvatierra. En el siglo XV la descendencia se
había hecho con el control de Salinillas de
Budarón, Morillas, Valle de Cuartango,
Llodio, además de las «vizcaínas» Orozco
y Orduña. Desde mediados del siglo XV
esta familia se identificó también con la
villa palentina de Ampudia, donde residieron los Ayala frecuentemente. Este
"esqueje" familiar derivó de la circunstancia de que los García Herrera de Ampudia enlazaron con los Ayala alaveses, sin
descendencia masculina entonces —no la
tenía el nieto homónimo del canciller, por
lo que pasó a un sobrino emparentado ya
con el linaje de la villa palentina—, tomando los García Herrera palentinos las
posesiones y el apellido de los Ayala en
tierras alavesas. En cuanto a la rama de
Toledo, la descendencia del canciller allí
833
se amplió notablemente: el condado de
Fuensalida en el siglo XV incluía seis
posesiones señoriales sobre todo al norte
de Toledo y hasta Humanes, en la actual
provincia de Madrid; pero además poseyeron Maqueda, Seseña, Casarrubios o
Arroyomolinos.
Desde ahí el ascenso de las ramas
alavesa y toledana fue imparable. A lo
largo de la época Trastámara las dos
ramas, aun siendo autónomas, comparten apellido de linaje —López de Ayala—, el mismo motivo heráldico —dos
lobos—, la preferencia en la onomástica
por el nombre de Pedro y una misma
memoria genealógica ubicada en el mítico don Vela y la tierra de Ayala. A los
miembros del linaje que, en estas dos
ramas y a lo largo del siglo XV, siguieron la estela del Canciller dedica Ernesto
García muchas y atinadas páginas, reconstruyendo íntegramente las posesiones señoriales, propiedades, cargos, dotaciones o patronazgos eclesiásticos y líneas
sucesorias. Es mucha la información, lo
cual es lógico al ser ya en ese siglo los
Ayala, en cualquiera de sus ramas, una
de las estirpes más destacadas de la nobleza castellana. El autor ha manejado
con pulcritud, rigor y buen sentido histórico todo este ingente material.
En definitiva, gracias a este concienzudo estudio conocemos hoy día
mucho mejor uno de los linajes que, por
su dilatado y oscuro pasado y por su
dispersión, presentaba aún muchas zonas de sombra. El gran esfuerzo de Ernesto García en el análisis del linaje
Ayala y sus ramas entre los siglos XII y
XV queda perfectamente compensado
por el brillante resultado.
————————————————––—
José María Monsalvo Antón
Universidad de Salamanca
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CIGANDA ELIZONDO, Roberto: Navarros en Normandía en 1367-1371. Hacia el
ocaso de Carlos II en Francia. Pamplona, Editorial EUNSA, 2006, 392 págs.,
ISBN: 84-313-2352-3.
A la vista de las publicaciones de
historia medieval que se han desarrollado en España en los últimos años, se
observa que las tareas investigadoras del
medievalismo español actual se van ciñendo cada vez más a cada uno de los
reinos o principados por separado, cuando no a regiones o espacios más ajustados, y pocas veces —sobre todo en temas
de evidentes opciones transversales—, se
acometen análisis destinados a integrar
el horizonte hispánico en su totalidad.
No es la ocasión para abundar en esta
percepción, a la que hay que añadir una
constatación aún más categórica: tampoco abundan en España las obras de investigación histórica —medieval, al menos— centradas en espacios políticos
foráneos. De hecho, son más bien inusuales, al contrario que en Francia o
Inglaterra. Y este es el motivo por el
cual llama particularmente la atención
un libro dedicado con todo rigor y profundo conocimiento del terreno a lo que
cabría considerar una parcela de la historia de Francia. Es bien cierto que la historiografía bajomedieval navarra tiene
mayores motivos que otras hispánicas
para acercarse a la historia francesa, y a
sus archivos y bibliotecas, por razones
que no es preciso explicar aquí, pero lo
más habitual es que ello se haga para
completar los análisis relativos a las diversas realidades internas y no para explorar otros escenarios.
La historia de «los navarros en Normandía entre los años 1367 y 1371» se
ubica, en cambio, en un ámbito y unos
problemas que nos sitúan en ambientes
inusuales para la historiografía española;
responde a unos objetivos muy concretos
y aparentemente ceñidos, vinculados a la
historia militar: el análisis de los contingentes desplegados por Carlos II de Navarra en Normandía en apenas un lustro
de sus operaciones defensivas, a través de
una fuente excepcional conservada en los
archivos franceses: el registro de cuentas
de su tesorero en aquellas tierras. Pero
tras estos objetivos se despliega luego
una realidad mucho más amplia. En
primer lugar, si bien las cuentas del registro se ocupan de una cronología muy
estrecha, Roberto Ciganda ha ensanchado este panorama completando y cotejando la información con documentación
tanto navarra como francesa. En segundo lugar, y directamente relacionado con
lo anterior, ha situado el estudio de los
hombres de armas, sus mecanismos de
funcionamiento y aparato militar al servicio de un cuestionario mucho más rico
y sugerente, alejado de la mera —y más
fácil— descripción y cuantificación. La
presencia de Carlos II en Francia, rey de
Navarra pero también conde de Evreux
y señor de otros diversos espacios en la
cuenca del Sena y las costas atlánticas,
un verdadero «príncipe Valois», supone
una coyuntura política de excepcional
interés, no ya para la historia de Navarra —que lo es—, sino para el desarrollo de la guerra de los Cien Años y para
las complejas relaciones de la corte parisina en la segunda mitad del siglo XIV.
El detallado y bien documentado análisis de los contingentes navarros en Normandía, desde esta ventana desde la
Hispania, 2008, vol. LXVIII, nº. 230, septiembre-diciembre, 821-896, ISSN: 0018-2141
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que es posible vislumbrar —hacia
atrás— Cocherel (1364), permite descubrir hasta qué punto Carlos II era
militarmente débil en estos años y por
qué razón tuvo que esforzarse tanto en
las maniobras diplomáticas, en las
abiertas y en las ocultas. Y permite
comprender asimismo, girando la mirada hacia el otro extremo de la cronología, por qué fue tan sencillo confiscar y
controlar todas sus posesiones en 1378.
No había, como queda aquí bien demostrado, una capacidad defensiva ni
mucho menos ofensiva, suficiente para
proteger las posesiones de los Evreux y
para sostener a largo plazo, y sin soportes externos, una política de presión
sobre los Valois.
El estudio de Roberto Ciganda se
articula en torno a lo que cabe considerar como dos bloques esenciales, por
una parte el estudio del espacio, genéricamente las tierras normadas, y en particular las posesiones de los Evreux y,
por otro lado, el análisis de los grupos
armados, desde el punto de vista de la
organización militar del territorio, los
contingentes, mecanismos de reclutamientos, movilización, etc. La plataforma espacial va acompañada de un
equipamiento cartográfico cuidado y
detallado, heredero quizá de una concepción de la Historia muy vinculada a
la necesidad de ubicación de los fenómenos analizados sobre el terreno. Resulta muy significativo comprobar cómo, aunque débil militarmente —como
él demostrará luego—, los dominios de
los Evreux, en plena cuenca del Sena y
en irremediable camino hacia o desde el
canal de La Mancha, constituían un
conglomerado feudal de máximo riesgo
para la casa de Valois, que no podía
permitirse ahí un vasallo irredento o de
835
dudosa fidelidad. Ni Juan II, ni Carlos
V, ni luego Carlos VI de Francia o sus
consejeros podían consentir que la rama
que con mayores derechos podía disputarles el trono controlara este y otros
espacios similares; no hay que olvidar
que tampoco permitieron nunca que
Juana II, o su hijo Carlos II, mucho
menos el nieto, Carlos III, accedieran a
controlar algunos otros de los territorios
acordados en la compensación de 1328,
igualmente peligrosos desde este mismo
punto de vista. Y en este mismo contexto tiene cumplida explicación el
hecho de que el conjunto de rentas
acordadas en 1404 para compensar
toda las reclamaciones y confiscaciones
precedentes reuniese dos características
inexcusables para los Valois: el ducado
de Nemours no conformaba un territorio compacto, sino radicalmente fragmentario, y estaba al sureste de París,
lejos de las rutas de invasión. No podía
ser de otro modo.
Conviene observar, asimismo, cómo
la articulación del espacio, su administración y cohesión administrativa son
utilizadas por el conde de Evreux como
un medio destinado a reforzar la propia
cohesión del territorio; el análisis de la
administración territorial y local, también la castral, adquiere así una dimensión interesante, distinta de la mera
descripción, porque es un arma política,
de articulación interna y de control.
Espacio controlado, organizado, administrado y gobernado, ahí reside una de
las aportaciones esenciales del estudio
de los medios administrativos.
El análisis y fijación del territorio se
presenta aquí, además, al hilo de una
síntesis histórica del reinado de Carlos II,
que no por conocida deja de ser relevante, pues incorpora las últimas posibles
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investigaciones y, sobre todo, pone claridad en una etapa ciertamente compleja
sobre la que ha habido muy pocos verdaderos estudios de historia política desde la síntesis más clarificadora y ordenada publicada por José María Lacarra hace
ya más de treinta años. Se trata sin duda
de un período que requeriría renovados
trabajos desde los cuestionarios más
frescos y sugerentes de la historia del
poder y la diplomacia —otras vertientes
de la historia social, institucional, etc., sí
se han tratado más modernamente—; el
publicado ahora por Roberto Ciganda
parece ir en esa línea, y resulta uno de
sus méritos más llamativos.
Y tras el espacio, las personas y su
vida; estudio prosopográfico, por un
lado, análisis de las guarniciones y grupos militares, por otro, sin olvidar el
tipo de compensaciones y beneficios que
la guerra —o la paz en medio de la
guerra— podía suponer para ellos; resulta particularmente interesante, en
este aspecto, el detallado análisis del
comportamiento de las tropas y compañías, las fórmulas de contratación y de
vinculación y solidaridad entre las gentes de armas. La guerra es un medio de
vida, es quizá una de las conclusiones de
este apartado, el quinto, si bien un análisis más preciso de este último aspecto
hubiera requerido abrir mucho más «la
ventana», en busca de las indudables
compensaciones económicas, o en tierras, rentas y otros beneficios, que muchos de estos nobles —los que pudieron
volver— o sus descendientes y parien-
tes, recibieron luego en Navarra, en
tiempos, por ejemplo, de Carlos III.
Sólo extraña, al hilo de la lectura,
un comentario quizá tangencial en el
apartado de las conclusiones, que requeriría mayor prudencia en cuestiones
conceptuales: la manifestación de que
no parece haber interés por parte de
Carlos II en obtener la soberanía sobre
Normandía. El conde de Evreux pudo
haber tenido, o no, intención —habría
que analizarlo y este no es el lugar— de
alcanzar la soberanía francesa, la corona
misma, respecto de la cual podía alegar
derechos preteridos —los que pudieron
asistir a su madre, «hija del rey de Francia»—, pero no cabía en su mente la
pretensión de una soberanía normanda
o ebroicense. Tal concepción se sale por
completo del sistema imperante, de la
mentalidad de los hombres y mujeres
del siglo XIV. Carlos II, como luego su
hijo, fue en Francia un vasallo del rey
Valois, sentado en su Consejo Real y
además en uno de los puestos de honor,
porque ostentaba la dignidad regia por
otro lado; podía ser un vasallo leal o no,
bueno o malo, traidor incluso, eso es otra
cuestión, pero siempre un vasallo; hablar
de soberanía normanda es otra cuestión
muy distinta, y anacrónica.
El libro de Roberto Ciganda se presenta como resultado de una investigación inicial, destinada a ser ampliada en
una futura tesis doctoral. A la vista de
esta primera aproximación, el anuncio
constituye, sin duda, una muy buena
noticia.
—————————————–———–——
Eloísa Ramírez Vaquero
Universidad Pública de Navarra
Hispania, 2008, vol. LXVIII, nº. 230, septiembre-diciembre, 821-896, ISSN: 0018-2141
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PEREDA, Felipe: Las imágenes de la discordia. Política y poética de la imagen
sagrada en la España del 400. Madrid, Marcial Pons Historia, 2007, 430 págs.
ISBN: 978-84-96467-61-3.
Este es un libro extraordinario, tanto en sí mismo, como en el panorama
historiográfico español. El autor, historiador del arte, ha construido un tema,
un nuevo objeto de estudio, a partir de
la suma de conocimientos y metodologías propios de la teología, la historia
cultural e intelectual, la historia del
arte, todo ello realizado con solidez y
profundidad, con verdadera maestría.
La elección del periodo de estudio, el
tan mal conocido como fundamental (y
debatido) cuarto final del sigo XV,
constituye un valor añadido. El libro es
de una riqueza de la que me va a ser
difícil dar cuenta en un espacio tan
reducido. Para mí, la gran originalidad
del libro consiste en abordar simultáneamente la historia del culto y la historia de las imágenes y mostrar su profunda interdependencia. El debate sobre
el culto determina el lenguaje de los
artistas, al tiempo que los teólogos justifican e incorporan a posteriori prácticas
arraigadas en la religiosidad popular.
Todo ello aderezado por el hecho especial de estudiar una religiosidad que se
afirma en un medio plurireligioso. El
resultado es sumamente iluminador,
sumamente sugerente. Es un libro de
gran ambición y alcance intelectual, en
el que el autor se ha arriesgado, ha salido de senderos batidos.
El objeto de estudio de este libro gira en torno a la historia de la imagen
religiosa entre 1478 y 1500. Un período
de tiempo relativamente breve pero en el
que tuvo lugar un cambio casi diría que
cataclísmico, cuyo eje y símbolo está
constituido por el comienzo del funcionamiento del Santo Oficio, y marcado
por la imposición de una nueva religiosidad homogénea sobre lo que era hasta
hacía poco una sociedad étnico-religiosa
plural. El año de partida del estudio,
1478, es el año en que la corte estuvo
en Sevilla y los Reyes Católicos decidieron poner en marcha una serie de medidas para enderezar lo que consideraban la deriva que estaba tomando la
comunidad conversa, que reclamaba
una interpretación de la religión católica incompatible con la preconizada por
los reyes y las autoridades religiosas y
que mantenía un comportamiento religioso público que resultó chocante a
éstos. Para Pereda, las imágenes fueron
uno de los asuntos principales sobre los
que giró el debate entre los responsables de catequizar a los conversos y las
voces más contestatarias de éstos. Entre
los primeros estuvo el jerónimo fray
Hernando de Talavera, de origen judeoconverso él mismo, confesor de la Reina
Católica y por lo tanto persona muy
cercana a ella, a quién correspondió
crear y aplicar una legislación que estableciera cuál era el uso que a las imágenes debían dar los cristianos de origen
converso. La legislación vino dictada y
condicionada a su vez por un debate
profundo entre teólogos católicos sobre
el culto de que debían ser objeto o no
las imágenes. Talavera era más bien
precavido en cuanto a la conveniencia
de que las imágenes fueran objetos de
culto, entroncando con esta postura en
una larga tradición de pensadores con-
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versos, pero sin embargo era defensor
de su valor pedagógico y devocional.
Pereda muestra de manera magistral
cómo en unos pocos lustros las imágenes
se convirtieron en España en un elemento de conflicto como no lo habían sido
hasta entonces: un conflicto que enfrentaba a las autoridades religiosas españolas con grupos de conversos procedentes
de dos minorías religiosas a las que las
imágenes les resultaban profundamente
rechazables (procedían de religiones
anicónicas). Pero, y esto es aún más
interesante, también a la Iglesia con sus
propios fundamentos doctrinales. Pereda estudia detalladamente las fluctuaciones de la doctrina eclesiástica relativa
a la producción de las imágenes de culto y los desacuerdos en si podían ser o
no adoradas frente a veneradas, lo cual
condicionaba también en qué lugares y
en qué circunstancias. Es decir, si podían
colocarse imágenes fuera del ámbito
sagrado y de los lugares de culto y colocarse también en lugares públicos o en
domicilios privados. No se trata solamente de un debate de teólogos sino
que afectaba directamente al comportamiento público de la población cristiana —definido por gestos tales como
arrodillarse, signarse o descubrirse en su
presencia— todo lo cual constituía elementos visibles de la conducta social y
religiosa que darían una y otra vez pie a
acusaciones frente al Santo Oficio. Todo
esto se superpone a una etapa inmediatamente anterior de intensa polémica
religiosa contra el judaísmo, por un lado,
y por otro con un momento de expansión de la cultura figurativa en toda
Europa, aspectos a los cuales Pereda
dedica atención profunda y detallada
reconstruyendo el proceso por el cual el
uso de imágenes o su prohibición se va
constituyendo como característica de un
grupo social y religioso que es, al fin, el
grupo dominante y hegemónico. Pereda
nos hace entender la rápida deriva que
tomaron las ideas y comprender e interpretar las posturas personales de
quienes intervinieron en la polémica
sobre el trasfondo del conflicto religioso
que estaba teniendo lugar contemporáneamente. Un conflicto religioso que
produjo una intensa campaña de inculturación y de control de las conciencias:
la presencia de las imágenes en las casas, pero también en los lugares públicos, hacía borrosa la barrera que separaba lo sagrado de lo profano. Es un
signo más de la presión de los cristianos
viejos en ciudades como Sevilla, como
Granada, por ocupar el tejido urbano,
por invadir el privado, mediante la ubicuidad de lo sacro representado por las
imágenes de culto. En España se desarrolló una acusada conciencia de la
función cultual de las imágenes. Y el
enfrentamiento contribuyó de forma
decisiva a la formación de una de las
culturas figurativas más exuberantes de
la Europa católica.
La segunda fecha en torno a la cual
gira el libro es 1500, y ahora cambiamos de ciudad y de grupo converso,
pero no de protagonistas: se trata de
Granada en los años en los que se rompieron las capitulaciones establecidas
con los habitantes del antiguo reino
musulmán y se produjeron los primeros
bautizos en masa. Fray Hernando de
Talavera era entonces arzobispo de la
ciudad, lo había sido durante los previos
siete años, y había protagonizado una
campaña de evangelización «por buenas
razones» de la población musulmana
que excluyera la coerción en cumplimiento cabal de las capitulaciones. Par-
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te de esta campaña consistió en la producción semi-industrial de esculturas de
culto para distribuirlas entre las nuevas
parroquias de moriscos del reino. En los
años anteriores, el propio Talavera se
había servido de las esculturas de molde
para extender su campaña pastoral y
ayudar así a superar las barreras lingüísticas de los sacerdotes encargados de
conducir pacíficamente a los mudéjares
hasta el bautismo. La campaña fue
también apoyada por una intensa actividad lingüística consistente en enseñar
castellano a los granadinos y árabe a los
religiosos que habían de tratar con ellos.
Talavera trajo la imprenta a Granada
donde encargó e hizo imprimir un glosario árabe español y un catecismo en
árabe escrito en caracteres castellanos.
La utilización de imágenes seriadas y
portátiles en un proceso de evangelización como el de los moriscos de Granada, superpuesto al uso de la imprenta,
no tiene precedentes: su estudio detallado es uno de los ejes y de los puntos
de fuerza de este libro, que sigue paciente y rigurosamente la pista a través
de material de archivo, de las piezas
documentadas, los talleres, los impresores, las cuentas de los imagineros, de los
talladores, los materiales empleados…
La última parte del libro (un tercio
del total de la obra) está íntegramente
dedicada a la evangelización de los moriscos de Granada. En 1500 Isabel y
Fernando volvieron a Granada. Para
entonces las capitulaciones eran ya papel mojado y en los dos próximos años
se precipitaría la serie de acontecimientos que en 1502 había de dar a los musulmanes de todos los territorios de
Castilla la elección entre la conversión
al cristianismo y la expulsión. Con esta
nueva situación, la reina Isabel puso en
839
marcha la fabricación de ornamentos y
esculturas para las nuevas iglesias del
reino de Granada, empezando por las
que urgía colocar en las iglesias recientemente consagradas. Pereda sigue este
proceso paso a paso gracias a la documentación personal de la reina con el
principal imaginero responsable de la
fabricación, un maestro alemán, que
Pereda propone como procedente de
Utrecht, llamado Huberto Alemán.
Pereda ha realizado una minuciosa reconstrucción documental de los encargos realizados a Huberto, que trabajó a
destajo y produjo una voluminosa cantidad en un breve periodo de tiempo,
gracias a que trabajaba con moldes,
recurriendo a un sistema de producción
seriada que él mismo introdujo en la
ciudad, readaptando una técnica de
fabricación de esculturas que se había
desarrollado en los Países Bajos. La
mayor parte de estas imágenes iba
destinada a una población mayoritariamente morisca, lo cual, en la hipótesis de Pereda, debe haber condicionado
su tipología y su iconografía, que se
describen e ilustran en el libro. Priman
con diferencia las imágenes de la Virgen con el niño y Pereda propone que
este hecho está relacionado con la voluntad catequizadora y con el buen
conocimiento que Talavera tenía del
Islam y de su respeto por la Virgen
María. En opinión del autor, la circunstancia de que se encargaran a
Huberto Alemán representaciones de
una determinada iconografía, demuestra que la política de encargos de imágenes estuvo igualmente guiada por la
búsqueda de puntos de encuentro entre
las tradiciones religiosas de los mudéjares y la religión cristiana. El autor ha
encontrado una cantidad de noticias
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RESEÑAS
impresionante sobre el papel desempeñado por las imágenes como apoyo a la
predicación. Tanto las devociones que
fueron promovidas como las que fueron suprimidas llevan a la huella precisa de una inculturación organizada.
Como contrapunto, los casos de iconoclastia y de injurias a las imágenes
empezaron a proliferar y fueron duramente reprimidos por la Inquisición.
La lectura de los procesos muestra
hasta qué punto las imágenes canalizaban el sentimiento de opresión, llegándose a convertir en verdaderos
símbolos de la discordia social al tiempo que iba afianzándose una doctrina
de adoración de las imágenes.
El autor pues, plantea cuestiones interesantísimas sobre la relación entre
reproductibilidad técnica y devoción. No
hubo una unidad de esquema estilístico:
Huberto Alemán supo adaptar su lenguaje a cada uno de los escenarios y de los
públicos que se mezclaban en la Granada
del 500. Fabricó imágenes de la Virgen,
intimistas y de maternidad conmovedora
para atraer a la población morisca, y talló
hieráticos y monumentales iconos para la
puerta de la fortaleza cristiana de la Alhambra y para su catedral.
Para terminar, este libro verdaderamente espléndido pone de manifiesto
la extraordinaria complejidad de un
terreno en el que confluían por una
parte la polémica bajo-medieval contra
el judaísmo sobre todo, pero también
contra el Islam, los debates internos de
la Iglesia sobre el culto de las imágenes,
las críticas de erasmistas, luteranos,
alumbrados contra ese culto, pero también contra la imposición del Santo
Oficio. Por último, la propia reacción
interna frente a los moriscos iconoclastas. En palabras del autor: «El culto de
las imágenes no podía sino salir reforzado del revuelto río de la espiritualidad
española del 500». Es éste un libro que
hay que leer.
No cabe, por último, sino felicitar a
Marcial Pons por haber detectado y
producido un libro del calibre del aquí
reseñado que es además un libro que se
sale de los cauces historiográficos establecidos y, por lo tanto, supone una
opción arriesgada. Por ello resulta incomprensible que lo haya presentado al
público sin índice analítico y sin bibliografía completa al final. Es una carencia
(incomprensible y yo diría que inadmisible) que disminuye la ambición de la
editorial de convertirse en una de las
mejores para libros de historia en el
panorama actual español.
—————————————–————–—
Mercedes García-Arenal
Instituto de Lenguas y Culturas del Mediterráneo y de Oriente Próximo, CSIC
Hispania, 2008, vol. LXVIII, nº. 230, septiembre-diciembre, 821-896, ISSN: 0018-2141
RESEÑAS
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MARTÍNEZ MARTÍNEZ, María y SÁNCHEZ PRAVIA, José Antonio: Hacia la conquista
del poder: El conflicto comunero en Aledo-Totana (1520-1521). Totana, Ed.
Ayuntamiento de Totana, 2007, 185 págs., ISBN: 978-84-935666-0-9.
En esta breve monografía que, en
lujoso formato, publica el ayuntamiento
de Totana (Murcia), con la colaboración
de otras varias instituciones regionales y
nacionales, los dos autores, una medievalista y un arqueólogo, analizan con
sumo detalle, desde la perspectiva de la
historia local, un episodio concreto de la
vida política castellana de los años 1520
y 1521, a la vez que tratan de ponerlo
en relación con los grandes procesos
políticos que tuvieron por escenario el
territorio peninsular en estos mismos
años, es decir, básicamente, los conflictos llamados de las Comunidades, en la
Corona de Castilla, y de las Germanías,
en el reino de Valencia. No estamos,
por tanto, ante un trabajo que se proponga reinterpretar desde nuevos planteamientos el sentido de estos dos conflictos en términos globales, sino que,
por el contrario, los autores se limitan a
ofrecernos un análisis en profundidad
de un caso local concreto, que presenta
la particularidad de que se encuentra
bastante bien documentado. Y por este
motivo, quizás, una parte muy importante del libro la ocupan el apéndice
documental, en el que se transcriben
varios documentos de gran valor informativo, y la reproducción facsimilar de
los mismos.
Para situar en su contexto el caso
concreto objeto de análisis, los autores
dedican unas cuantas páginas a repasar
los principales modelos interpretativos
hasta ahora propuestos por la historiografía para explicar el sentido del movimiento de las Comunidades, mientras
que, por el contrario, apenas se ocupan
de dar cuenta del tratamiento que ha
recibido el de las Germanías, pese a la
indudable influencia que éste ejerció en
el reino de Murcia, donde se ubican las
localidades objeto de estudio en este
libro. Dado que se trata de una tarea
realizada infinidad de veces, pocas aportaciones novedosas podemos encontrar
en esta parte del libro, que, por lo demás, presenta a nuestro juicio algunas
deficiencias, no sólo porque apenas tiene en cuenta los trabajos de investigación publicados más recientemente, a
excepción de los dedicados al reino de
Murcia, sino también porque a veces
propone una caracterización problemática de los modelos historiográficos
objeto de comentario. Así, por ejemplo,
nos ha resultado sorprendente constatar
que el trabajo clásico de Joseph Pérez
sea situado en la «órbita metodológica
del materialismo histórico».
Sin duda la aportación principal del
libro hay que buscarla en las páginas
que dedica al análisis de los acontecimientos ocurridos en la villa fortificada
de Aledo y en el cercano emplazamiento aldeano de Totana en los años 1520
y 1521, que ofrecen una fuerte singularidad, y una vez más contribuyen a
poner de manifiesto la extraordinaria
diversidad carácterística del movimiento comunero en el conjunto de la Corona de Castilla, a la vez que ciertas peculiaridades del mismo en el reino de
Murcia, que en parte cabe explicar por
la influencia de las Germanías valencianas, aunque los autores se muestren
Hispania, 2008, vol. LXVIII, nº. 230, septiembre-diciembre, 821-869, ISSN: 0018-2141
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algo remisos a admitirlo de forma explícita. En el proceso histórico concreto
analizado en este libro llama particularmente la atención el hecho de que,
formando Aledo y Totana una misma
entidad de gobierno local, que abarcaba
dos emplazamientos separados por una
distancia de unos 8 kilómetros, a partir
de agosto de 1520 se produjo una escisión de la sociedad política local con
clara traducción topográfica, por cuanto
los vecinos de la aldea de Totana se
rebelaron y establecieron un régimen de
gobierno alternativo, de signo comunero, con capitán, alférez, síndicos, escribano y alguacil, mientras que, por su
parte, los residentes en el emplazamiento fortificado de la villa de Aledo permanecieron fieles al servicio del rey,
manteniendo en funcionamiento las
instituciones de gobierno local previstas
en el régimen constitucional vigente.
Esta situación de división y enfrentamiento entre rebeldes comuneros de
Totana y realistas de Aledo se prolongó
durante cerca de un año, y en este
tiempo los primeros llegaron a poner
cerco a la villa amurallada y a su fortaleza, donde se habían refugiado significados realistas del reino de Murcia,
como era el caso en concreto de algunos
regidores de Lorca. Pese a haber conseguido apoderarse de la villa de Aledo a
fines de abril de 1521, con el apoyo de
comuneros procedentes de otras ciudades murcianas, los rebeldes de Totana
resultaron, no obstante, finalmente
derrotados y sometidos a un proceso
judicial, en el que muchos de ellos resultaron condenados a muerte, aunque
la sentencia no se ejecutó. Pero éste es
un aspecto de la secuencia de acontecimientos que no queda suficientemente
clarificado en el libro, pues, mientras
que en él se da minuciosa cuenta del
proceso de asedio a la villa de Aledo
hasta su entrega a los comuneros sitiadores el día 27 de abril, no se explica
por qué via éstos, tras haber alcanzado
tan importante victoria, perdieron después el poder y fueron sometidos a juicio sumarísimo, que concluyó el 12 de
junio de 1521 con la pronunciación de
la sentencia condenatoria. Probablemente las fuentes no lo aclaran, pero no
habría estado de más que los autores
hubiesen planteado algunas reflexiones
al respecto. Por lo demás, éstos resaltan
con acierto la singularidad del hecho de
que en este caso concreto el bipartidismo político realistas-comuneros tuvo
una clara traducción en dos modelos de
poblamiento contrastados. Y también
se detienen en la caracterización de la
base social del movimiento comunero
en este municipio murciano, aprovechando la información inusualmente
detallada que aporta la documentación
conservada, en la que se recogen los
nombres de más de sesenta vecinos que
formaron parte de la Comunidad. A
este respecto advierten de que entre los
rebeldes dominaba el elemento campesino, si bien algunos de sus principales
dirigentes procedían del grupo privilegiado local, como es el caso de Bartolomé de Cayuela, elegido capitán de la
Comunidad, que era uno de los cinco
caballeros cuantiosos con que contaba la
villa de Aledo en 1511. En consecuencia, se trataría de un movimiento con
una amplia base social, que integraba a
los sectores populares campesinos excluidos por su condición del acceso a la
institución concejil, pero también a
familias de superior posición socioeconómica que no formaban parte tampoco
del grupo oligárquico, por diferencias
Hispania, 2008, vol. LXVIII, nº. 230, septiembre-diciembre, 821-896, ISSN: 0018-2141
RESEÑAS
personales que mantenían con quienes
controlaban la principal institución de
gobierno local. Pero, a diferencia de lo
que fue habitual en los principales núcleos urbanos de Castilla que se sumaron a la revuelta, entre los comuneros
de Totana no hubo miembros propiamente dichos del grupo oligárquico. Y
éste es un rasgo que comparte este lugar con las principales ciudades del reino
de Murcia, en las que los regidores, destituidos de sus puestos e incluso forzados
al destierro, militaron en su integridad
en el bando realista. Situación muy diferente es la que se vivió en la mayoría de
las ciudades de la meseta, donde muchos
e influyentes regidores y otros altos oficiales concejiles militaron entre los rebeldes, asumiendo puestos dirigentes.
Pero éste es un contraste sobre el que los
autores apenas llaman la atención, pese
a que habría resultado clarificador
hacerlo, para advertir la singularidad
del caso por ellos estudiado.
En suma, pues, el principal interés
de este libro radica a nuestro entender en
que nos informa con inusual detalle sobre un caso concreto de enfrentamiento
por el ejercicio del poder local que tuvo
lugar en un modesto municipio murciano en el contexto de la revuelta comunera, que obedecía a motivaciones de carácter eminentemente local, y sólo se
843
encontraba tenuemente conectado con el
proceso de rebelión contra la monarquía
representada en la persona del rey Carlos
I que protagonizaron las grandes ciudades de la meseta en los años 1520 y
1521. Por otro lado, el caso concreto
analizado ofrece la particularidad de que
el referido enfrentamiento se tradujo en
la coexistencia durante unos cuantos
meses de dos aparatos de gobierno local
en un mismo municipio, uno conforme
al modelo comunero, en la peculiar versión que del mismo se adoptó en las
ciudades del reino de Murcia, que presenta ciertas diferencias con respecto al
predominante en el resto de la Corona
de Castilla, y otro conforme al modelo
de carácter más marcadamente oligárquico que estaba en vigor antes del estallido de la revuelta. Para esta situación
de coexistencia de dos aparatos de gobierno local que se disputaban el ejercicio del poder en un mismo municipio
resulta difícil encontrar paralelos en
otros ámbitos de la Corona de Castilla.
Y, por consiguiente, puede considerarse
como una de las aportaciones más originales de este libro el haber llamado la
atención sobre la misma, poniendo de
este modo en conocimiento de los investigadores un caso singular de indudable interés para la realización de estudios de carácter comparativo.
—————————————–—————
Máximo Diago Hernando
Instituto de Historia, CSIC
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RESEÑAS
LINDE, Luis M.: Don Pedro Girón, duque de Osuna. La hegemonía española en
Europa a comienzos del siglo XVII. Madrid, Encuentro, 2005, 455 págs.,
ISBN: 84-7490-762-4.
Existe algún motivo por el que el
reinado de Felipe III no acaba de señorear como debiera en la historiografía,
tanto en la española como en la hispanista. Y, sin embargo, como bien señala
Antonio Feros en el prólogo a esta obra,
las dos primeras décadas del siglo XVII
español aúnan acontecimientos «dramáticos, intensos y trascendentales» cuya
revisión a cargo de una nueva generación de especialistas —entre los que
destaca el ya citado, hoy profesor en la
Universidad de Pennsylvania— no ha
cuajado del todo, en el sentido de no
haber provocado un efecto de arrastre
similar al que ha acontecido con los
otros titulares de la Casa de Austria.
Comparativamente, y desde una perspectiva de método, podría afirmarse
que incluso el tiempo de Carlos II ha
experimentado mayores avances que el
de su abuelo, pues pese a la parquedad
de títulos y autores consagrados al último tercio del Seiscientos, al menos se
ha abierto paso la idea de que, para
entender cabalmente el proceso de disolución y cambio del período habsburgo,
éste debe conectarse con las primeras
décadas del siglo XVIII: toda una rebelión, por tanto, contra la tiranía cronológica que imponen los óbitos reales.
Cierto es que hoy los investigadores
que se ocupan de renovar el período de
Felipe III —lo advertimos: muy escasos— han partido de uncir la crisis terminal de Felipe II correspondiente a la
década de 1590 y los arranques reformistas del primer Felipe IV al carro de
una Monarquía Hispánica que, entre
1598 y 1621, experimentó una importante mutación no siempre vista a causa
de la engañosa brevedad de un reinado
considerado menudo (como si esto fuera
un argumento). Estas alteraciones a las
que nos referimos se relacionan con
acontecimientos enormemente reveladores de hasta dónde la herencia del
régimen anterior iba a ser contestada
por la voluntad de los nuevos gobernantes: la inauguración del sistema de
valimiento, el traslado de la corte de
Madrid a Valladolid, la expulsión de los
moriscos, la tregua con las Provincias
Unidas. Son sólo cuatro muestras de un
tiempo en sí mismo espectacular y, no
obstante, desdibujado y hasta algo ausente cuando nos lo representamos en la
secuencia del siglo XVII.
Partimos, pues, de una situación
desanimada y de remonte difícil, factores éstos que todo lector de una obra
como la que ahora presentamos debe
considerar. Empeño loable el de Luis
Linde y por partida doble, habida cuenta de su condición de economista y no
de historiador profesional, y dada su
elección de un período demandante de
nuevas incursiones. Prudente, sin embargo, ha sido el tema escogido: una
nueva biografía —aunque sólo la tercera históricamente, tras las de Leti
(1699) y Beladíez (1954)— de «Osuna
el Grande», el Girón que ocupó los
virreinatos de Sicilia y Nápoles entre
1610 y 1618 dejando tras de sí una
aureola de leyenda temeraria, autoritarismo y agio voluptuoso: nada, a decir
verdad, que no pudiera hallarse en
Hispania, 2008, vol. LXVIII, nº. 230, septiembre-diciembre, 821-896, ISSN: 0018-2141
RESEÑAS
cualquiera de los demás aristócratas coetáneos al nuestro. Quizá la fama ha perseguido más a este Osuna que a otras
cabezas de la nobleza imperial castellana
a causa de otro hecho bien conocido y
del que el autor ha optado por no despegarse lo suficiente: la vinculación entre el
duque y su servidor Francisco de Quevedo, el escritor metido a fiel cliente de su
patrón y convertido en mensajero de lujo
en el intrigante tablero italiano.
Linde, sin duda, ha buscado superar
la desgastada visión del tándem OsunaQuevedo (aunque resultaría más adecuado invertir el orden: QuevedoOsuna) para explicar la naturaleza de la
gestión del poder por parte de las facciones imperantes. Más aún: tal vez la
mejor aportación de la obra consiste en
identificar los hilos de estos inestables
grupos de poder que anudaban los diferentes centros de la Monarquía, en este
caso Madrid y las capitales italianas.
Esta reconstrucción del sistema gubernamental de las provincias del imperio
como una transposición de la realidad
que se vivía en la corte, y viceversa,
atraviesa la biografía de Osuna, que
queda así inscrita —esto es, contextualizada y reducida a una dimensión menos mítica— en el clan de los Sandovales, a cuya cabeza guerreaba el valido de
Su Majestad, el duque de Lerma. Supone todo un logro iluminar sobre la fortuna política de los agentes imperiales
desde las conexiones cortesanas de éstos, en la medida en que la distancia
geográfica entre Madrid y sus virreyes
no siempre se correspondía con la lejanía política. Y haber alcanzado esta
empresa no es corto mérito si constatamos, además, que las fuentes manejadas
por el autor son, en su mayoría, impresas y ya conocidas, sobre todo la corres-
845
pondencia política del duque editada
hace más de un siglo en la Colección de
Documentos Inéditos para la Historia de
España. A este fondo se añaden manuscritos de la Real Academia de la Historia, de la Biblioteca Nacional de Madrid
y del Archivo General de Simancas.
Ninguna consulta directa, sin embargo,
de los archivos sicilianos y napolitanos
—o venecianos—, tan ligados al tema
de la obra —lo que, obviamente, la
compromete.
Osuna, con todo, era Osuna, es decir, la segunda casa nobiliaria de Castilla, con unas rentas que se situaban sólo
por detrás de las de los duques de Medina Sidonia. A la vista de estos datos
podemos intentar devolver la persona
de nuestro Girón a una escala más manejable para los historiadores, aunque
entonces planee de nuevo el riesgo de
incurrir en el delito de jibarizarlo. Linde,
de hecho, oscila en su obra entre el objetivo explícito de normalizar la persona
del duque y, a la vez, el de mantener el
halo de excepcionalidad que, a la postre, es lo que vendría a justificar el libro.
Así, aunque el vínculo con el sempiterno Quevedo resulte insoslayable, podía
haberse evitado (o diluido a lo largo del
texto) el epílogo, donde vuelve a darse a
este asunto un protagonismo ya sólo
necesario para los biógrafos del escritor,
pero prescindible para los del duque
como ente historiográfico. Y así en varias ocasiones, de manera que en la
conclusión de la obra se halla una frase
que condensa la idea que parecía combatirse desde el comienzo: «Era, evidentemente, un personaje fuera de lo común» (pág. 297).
Si lo fue, no se debió, desde luego,
única ni principalmente a su relación
con Quevedo, sino a sus muchas otras
Hispania, 2008, vol. LXVIII, nº. 230, septiembre-diciembre, 821-869, ISSN: 0018-2141
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actividades como cabeza de una soberbia casa aristocrática y como servidor de
la Corona ligado a una facción determinada, y de todo esto Linde aporta una
visión completa y ordenada narrativamente hasta desembocar en la caída en
desgracia del duque (que fue la de los
Sandovales) y su muerte en prisión, en
1624. Cabría, no obstante, apuntar el
detalle de que las supuestas diferencias
que se observan entre Osuna y los demás nobles, o su altanería y en ocasiones desobediencia (aspectos que lo situarían entre los mortales «fuera de lo
común»), fueron rasgos caracterizadores
de grado antes que de naturaleza, en el
sentido de que los enfrentamientos entre los nobles y el rey, o entre las propias facciones, menudeaban en el existir
político de entonces sin causar más
asombro que el que uno quisiera fingir.
Hay en este libro un horizonte sincero de contribuir a ensanchar el camino
de renovación sobre el período de Felipe
III, un fondo encomiable al que las formas, sin embargo, han acompañado en
menor medida. Ha habido demasiada
generosidad a la hora de introducir citas
textuales y sangrados, e incluso hay capítulos —los que explican la situación
general europea— que han traicionado
la noble intención del autor de situar la
actividad de Osuna en un plano más
extenso, pues abarcan más de lo razonable y destiñen o confunden los hilos centrales del análisis. La bibliografía final no
abraza al completo los títulos que enriquecen las notas de cada capítulo.
Esta obra, en suma, invita a reconocer que el camino elegido es el correcto
y, también, que la distancia que aún
falta por recorrer hasta convertir el
tiempo de Felipe III en un país menos
extraño es larga y, sobre todo, que no
será fácil esquivar los obstáculos. Los
viejos enemigos de historiar sin pasión a
Felipe III —las víctimas políticas de su
reinado, primero, y los cómplices del
tópico decimonónico, después— ya
nada pueden pergeñar contra su rey
menos querido. Es a sus defensores de
hoy a quienes corresponde ilusionarnos
con la exégesis de un tiempo «dramático, intenso y trascendental» a fin de
que, en la reconstrucción que imaginamos los historiadores del siglo XVII, sus
primeras décadas dejen de sufrir la poda
a la que habitualmente las hemos sometido con el inconfesable fin de que las
ramas a las que hemos encaramado a
Felipe IV pudieran crecer más de lo
necesario.
—————————————–——————–— Rafael Valladares
Instituto de Historia, CSIC
KIRK, Thomas Allison: Genova and the Sea. Policy and Power in an Early Modern Maritime Republica, 1559-1684. Baltimore and London, The Johns Hopkins University Press, 2005, ISBN: 0-8018-8083-1.
El presente libro es una readaptación de la tesis doctoral que, bajo la
dirección de Kirti Chaudhuri, fue defendida por Thomas Kirk en el Institu-
Hispania, 2008, vol. LXVIII, nº. 230, septiembre-diciembre, 821-896, ISSN: 0018-2141
RESEÑAS
to Universitario Europeo de Florencia
en 1996 y constituye una de las mejores
síntesis de que disponemos en la actualidad para acercarnos al estudio de la
política naval de Génova durante el
periodo en el que la república mecantil
estuvo bajo la órbita de la Monarquía
Hispánica. A partir del uso de numerosas fuentes primarias procedentes de
archivos y bibliotecas genoveses, florentinos y venecianos, el autor combina
con habilidad una coherente visión de
conjunto sobre el complejo sistema de
toma de decisiones en el seno de la república con un pormenorizado estudio de
las medidas emprendidas entre 1559 y
1684 para reactivar el tráfico mercantil y
estimular la creación de unos efectivos
navales que, al margen de los influyentes
armadores particulares al servicio del
monarca católico, fuesen capaces de velar
por un creciente espacio de autonomía
con respecto a los dictados procedentes
de Madrid. En línea con los ya clásicos
trabajos de Claudio Costantini (1978),
Edoardo Grendi (1987) o Carlo Bitossi
(1990), el autor examina el debate político y propagandístico suscitado por la
aplicación de dichas medidas a la luz de
los profundos cambios experimentados
en la coyuntura económica (con un
notable impulso del mundo financiero
en detrimento del comercio y de la manufactura), en el equilibrio de fuerzas
entre las distintas facciones de gobierno
y en la evolución de los acontecimientos
internacionales, con el paulatino desplazamiento de la Monarquía Hispánica
como potencia hegemónica en Europa.
El trabajo de Kirk se suma, por lo
tanto, al interés experimentado en los
últimos años por el análisis de los modelos republicanos existentes en Europa
durante el Antiguo Régimen con estu-
847
dios de conjunto como el de Skinner y
Van Gelderen (2002) donde, sin embargo, el caso genovés queda marginado
debido a su excesiva dependencia respecto a la Monarquía Católica. En este sentido, Thomas Kirk, a partir del estudio
comparativo entre el republicanismo
holandés y genovés elaborado por
Haistma Mulier (1983), lejos de realizar
cualquier referencia a una hipotética
«internacional republicana» en un mundo dominado por los modelos dinásticos,
enfatiza con acierto los límites de «una
improbable alianza entre repúblicas»
(pág. 141). En efecto, el único intento
serio por parte de las autoridades genovesas por alcanzar un acuerdo diplomático con la Inglaterra de Cromwell, las
Provincias Unidas y Venecia, ante las
catastróficas consecuencias provocadas
por el embargo de los bienes genoveses
en los dominios italianos de Madrid emprendido en 1654, tuvo unos resultados
desalentadores debido a la pervivencia
de demasiados intereses conjuntos entre
ambos aliados a pesar de los choques
suscitados por el control español del
enclave de Finale. Además, el autor
subraya con acierto el agudo enfrentamiento por el control de los mercados
internacionales entre dichas potencias
mercantiles como puso de manifiesto en
1649 el apresamiento cerca de Batavia
de los dos galeones de la recién fundada
Compañía Genovesa de las Indias
Orientales por parte de su homóloga
neerlandesa, celosa defensora de su monopolio en aguas asiáticas.
El interés de Thomas Kirk radica,
por el contrario, en analizar los múltiples
elementos de interrelación articulados
entre estas pequeñas repúblicas, herederas de las ricas ciudades-estado medievales, y las nuevas estructuras estatales
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surgidas en Europa a finales del siglo XV
y caracterizadas por la concentración del
poder soberano y la creación de sólidos
aparatos militares. En este contexto, el
número de posibles estrategias viables
con las que contaba la república de Génova para salir indemne de la rivalidad
hispano-francesa por el control de la
península italiana resultaban muy limitadas. Imponderable que condicionó
todo intento de recrear la época dorada
del comercio y la navegación genovesa
durante el siglo XIII, objetivo declarado
de gran parte de la publicística deseosa
de romper con la «cadena de oro» que
ligaba a la república a la corona española desde el acuerdo de condotta alcanzado entre Carlos V y Andrea Doria en
1528. La alianza con la Monarquía Católica, que como ha analizado con detenimiento Arturo Pacini (1990 y 1991)
corrió paralela a un profundo proceso
de oligarquización capaz de cercenar las
tradicionales luchas de facciones en el
seno de la elite dirigente y de evitar así
la constante injerencia extranjera en los
asuntos internos de la república, estuvo
caracterizada por una marcada división
de competencias entre ambos aliados
cuyos beneficios explican su larga perdurabilidad a pesar de los naturales
momentos de tensión. La corona ejerció
con eficacia su función como componente protector del conjunto y se encargó de velar por la «libertad de la
república» ante los intentos anexionistas
de Francia y de Saboya (ataques contra
Córcega durante la década de 1550,
intentos frustrados de invasión en 1625
y 1672, bombardeo francés de 1684). A
cambio, la república ofreció al monarca
católico toda una serie de recursos navales y de capitales esenciales para mantener la comunicación entre sus dispersos
dominios y financiar los elevados costes
de su política exterior. Génova se convirtió en uno de los principales ejes
estratégicos del sistema imperial hispánico (puerto natural del estado de Milán, primer eslabón del Camino Español, base de operaciones para sus
escuadras de galeras) lo que explica la
facilidad con la que sus armadores particulares de galeras y sus todopoderosos
hombres de negocios se integraron en el
sistema de patronazgo regio.
La evolución de las relaciones entre
Génova y la Monarquía Católica constituyó el objetivo principal del monográfico que coordiné para la revista Hispania en 2005 en el que el propio Thomas
Kirk participó con un artículo sobre el
período de mayor esplendor de dicho
entramado de poder, entre la guerra civil
de 1575 y la bancarrota de 1627. Un
balance que, a pesar de contar con dos
notables intervenciones de Carlos Álvarez Nogal y de Carmen Sanz sobre el
papel central jugado por los hombres de
negocios genoveses, no primaba tan sólo
los bien conocidos aspectos financieros
del denominado «siglo de los genoveses»
(Ruiz Martín, Carande, Otte, Braudel,
Doria, Kellebenz, Neri, Muto, Calabria
o, más recientemente Canosa), sino que
intentaba llamar la atención sobre las
numerosas posibilidades de estudio que
aún quedaban por explorar. Cuestiones
que abarcarían del análisis sobre la organización de las influyentes comunidades
de la nación genovesa en la práctica totalidad de los puertos de la Corona (en
línea con trabajos como los de Brancaccio para Nápoles, Vila Vilar para Sevilla
o Montojo Montojo para Cartagena), a la
circulación de modelos culturales y de
refinadas pautas de comportamiento (a
partir del camino trazado por Boccardo o
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RESEÑAS
Colomer) pasando por el análisis de
casos concretos según el modelo utlizado por Grendi en su brillante monográfico sobre los Balbi y que ha sido continuado por Antonio Álvarez-Ossorio o
por mi mismo para el caso del II y el III
marqués de los Balbases, Filippo y Paolo Spinola.
En dicho monográfico llamábamos
también la atención sobre el absoluto
desconocimiento que teníamos en torno
al papel protagonista ejercido por los
asentistas de galeras genoveses para un
adecuado funcionamiento del sistema
naval hispánico en el Mediterráneo.
Cuestión, esta última, que, a pesar de
su importancia crucial para comprender
la política naval de la república, es analizada de manera demasiado tangencial
por parte de Thomas Kirk. Es indudable que, salvo algunas excepciones como el trabajo de Glete (2000) sobre las
marinas de guerra europeas o el de
Horden (2000) sobre el Mediterráneo,
Kirk no parece haber actualizado de
manera notable su bibliografía con respecto al momento en el que presentó su
tesis doctoral en 1996. De lo contrario,
resulta difícil comprender que un libro
sobre la política de Génova y el mar no
tenga en cuenta el valioso estudio elaborado por Luca Lo Basso (2003) sobre
el sistema de galeras en el Mediterráneo, o los trabajos de Claudio Marsilio
sobre el vigor de las ferias de cambio
controladas por los genoveses a lo largo
del siglo XVII. Otro tanto ocurre con
las más recientes aportaciones de Carlos
Álvarez Nogal que, en consonancia con
las últimas apreciaciones de Braudel
sobre la materia, ponen en cuestión el
desplazamiento de los asentistas ligures
de los préstamos a la corona con posterioridad a la bancarrota de 1627. Fac-
849
tor, este último, que constituye el elemento central en el planteamiento de
Kirk para explicar el paulatino distanciamiento entre Génova y la Monarquía
Católica en detrimento de otras cuestiones, tal vez más determinantes, como
la errática política de Olivares en el
norte de Italia que impulsó a la elite
dirigente de la república a apostar de
manera decidida por la neutralidad en
el conflicto franco-español y a exigir el
reconocimiento internacional de una
soberanía plena al margen de la tutela
ejercida hasta el momento por Madrid.
Aspectos que, a pesar de estar en la raíz
de la apuesta de la república por la implantación de una política naval autónoma, son dejados de lado por Kirk
como consecuencia de lo que podríamos
considerar como el problema principal
del libro: la completa ausencia de fuentes
documentales procedentes de los archivos españoles en especial de los fondos
de Simancas. Y es que incluso en los
peores momentos de las relaciones hispano-genovesas, un segmento muy importante del patriciado de la república,
cuyos intereses particulares (asientos de
galeras, préstamos, juros, rentas señoriales, títulos y todo tipo de mercedes) estaban radicados en los dominios del monarca católico, logró poner coto con
éxito a los sucesivos expedientes emprendidos por el grupo de los repubblichisti o navalistas en contra de la tradicional alianza española.
Una vez que el autor apuesta por
dejar de lado cualquier análisis sobre las
influyentes escuadras particulares de
galeras, que siguieron constituyendo el
grueso de los efectivos militares genoveses, el libro de Kirk se centra en el estudio de un fracaso: el de los sucesivos
expedientes y propuestas para poner en
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RESEÑAS
pie una política naval autónoma capaz
de asegurar la plena independencia de
la república respecto de la tutela ejercida desde Madrid y destinados a lograr
una interiorización de los costes de protección semejante al que ostentaban
otras repúblicas mercantiles.
Kirk comienza su estudio (capítulos
I y II) con una sucinta pero clarificadora
exposición de la compleja estructura
constitucional de una república marcada
por importantes divisiones en el seno de
su elite dirigente. Conflictos de facciones
que se fundamentaban en intereses económicos divergentes y que entrañaban
posicionamientos bien diferentes entre
aquellos que apostaban por reforzar los
lazos con la Monarquía Hispánica y los
que se decantaban por dotar a la república de una soberanía plena. El capítulo III aborda los fundamentos de una
política naval autónoma cuyo primer
paso se produjo en 1559 con la creación
del Magistrato delle galere encargado del
mantenimiento de una flota de galeras
bajo control gubernamental. Medida
adoptada en línea con las propuestas
elaboradas por Uberto Foglietta que la
veía como el mejor método para limitar
el poder de los asentistas particulares
que, como Andrea Doria, eran acusados
de poner por delante sus intereses particulares sobre el bien común de la república. El progresivo empeoramiento de
las relaciones con Madrid (conflictos de
soberanía por la cuestión del enclave de
Finale, incidentes diplomáticos y militares relacionados con el estallido de la
guerra en el norte de Italia y, de forma
especial, el impacto de las suspensiones
de pagos de 1607 y de 1627) dio alas a
aquellos que, bajo el apelativo de repubblichisti, apostaban por poner en marcha
un plan coherente de armamento marí-
timo según el modelo de la república
holandesa, como atestigua la creación
de la Compagnia di Nostra Signora della
Libertà en 1638 (capítulo IV). A partir
de ese momento, y en consonancia con
el creciente control de los órganos gubernamentales por aquellos grupos
decididos a aplicar un programa naval
autónomo y financiado con fondos públicos, se sucede una batería de propuestas que son analizadas con detalle a
lo largo del capítulo V. En este sentido
se echan en falta las más recientes aportaciones de Carlo Bitossi (2003) tanto
sobre los fundamentos teóricos de dicho
programa (Spinola, Veneroso, Liberti)
como sobre la heterogénea composición
del grupo de los repubblichisti. Aún así,
Kirk realiza una excelente visión de
conjunto sobre el alcance y las dificultades con las que se toparon, a la postre, apuestas tan arriesgadas como la
creación, en 1647, de la Compagnia Genovesa delle Indie Orientali o los problemas a los que tuvo que hacer frente la
Compagnia maritima di San Giorgio para
comerciar directamente con Brasil a
finales de la década de 1650. El uso de
galeones para estimular el comercio con
el mundo ultramarino y el Levante
otomano tuvo su máxima expresión en
la creación de un sistema de navegación
convoyado, según los modelos inglés y
holandés, que estuvo en funcionamiento
entre 1655 y 1680 pero cuyo destino
final, salvo algunas contadas excepciones, fue el de asegurar el traslado de la
plata entre Cádiz y el puerto de Génova. La fuerza de los lazos que ligaban a
la república con España se puso igualmente de relieve en 1647 cuando, de
forma paradójica, el emblema de esta
política naval independiente, el denominado nuovo armamento (la escuadra de
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galeras financiada por la república y
compuesta por tripulación libre en lugar de por galeotes) se sumó a los efectivos de la escuadra de Doria al servicio
de Felipe IV para sofocar los levantamientos en contra de la autoridad real y
salir en defensa de los numerosos intereses genoveses en Nápoles y Sicilia. El
estallido de la desastrosa peste de 16561657, sumado a la creciente amenaza
francesa, acabaron por limitar la aplicación de nuevos proyectos de autonomía
naval. Ahora bien, más que estos factores exógenos, fueron el elevado coste de
dichas medidas y los sucesivos conflictos
corporativos entre la Casa di San Giorgio
y otros organismos de la república los
que estuvieron en la raíz del limitado
éxito de las mismas. Algo semejante a lo
que Julia Adams ha sugerido para explicar el fracaso de la Compañía de las Indias Occidentales holandesa y que pone
de manifiesto la naturaleza segmentada
y la estructura patrimonial del poder en
este tipo de repúblicas mercantiles.
En el capítulo VI, Thomas Kirk
rompe con la línea diacrónica utilizada
hasta el momento para analizar por
separado la evolución de otra de las
medidas principales aplicadas por el
gobierno de la república para reactivar
la actividad mercantil: la creación de un
puerto franco capaz de limitar la creciente competencia desatada por Liorna
que, gracias a la neutralidad del Gran
Ducado de Toscana, no tardó en convertirse en la principal escala para las
pujantes marinas mercantes holandesa e
inglesa que operaban en el Mediterráneo. Las disposiciones destinadas en
1590 a permitir la libre entrada de cereales se extendieron en 1609 a todo tipo
de mercancías para, según el modelo de
la Livornina, aplicarse también a los
851
mercaderes extranjeros a partir de 1654.
No obstante, esta política liberalizadora
de los intercambios acabó por chocar con
algunas de las costosas iniciativas destinadas a reforzar la plena autonomía naval de la república. La creación de una
serie de escuadras de galeras administradas directamente por el gobierno o la
obligación de canalizar los intercambios
con España a través del ya mencionado
convoy sólo eran posibles mediante un
aumento de la presión fiscal y una política reguladora que iban en dirección contraria a las medidas destinadas a crear un
verdadero puerto franco capaz de desplazar a Liorna como principal escala en el
Mediterráneo occidental. En este sentido, estamos de acuerdo con Kirk cuando
subraya que ambos tipos de iniciativas
respondían a una concepción mercantilista de los intercambios, pues la reducción de tarifas no iba destinada a generar
más comercio sino a desplazar los intercambios en beneficio propio y en detrimento de los puertos rivales. Algo que
por entonces se practicó también en
Cádiz a través de la sustancial reducción
aduanera aplicada por Baez Eminente y
con propuestas como la de Juan Cano
que, en 1670, apostó por crear un puerto franco en dicha ciudad a semejanza
del existente en Liorna.
A fin de cuentas, tanto la Monarquía Hispánica como Génova se embarcaron en una política de crecientes concesiones hacia las Provincias Unidas e
Inglaterra como mejor camino para limitar las ambiciones expansionistas de
Francia. El envío a Génova de un importante contingente militar por parte del
gobernador español en Milán con motivo
del masivo bombardeo del puerto de esa
ciudad por parte de la marina de guerra
francesa en 1684, constituía la prueba
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más palpable de que, tras un período de
cierto distanciamiento, los vínculos entre
la Monarquía Hispánica y la república
eran todavía muy estrechos. Cabría preguntarse si, frente a lo que señala Kirk,
el desplazamiento de estas pequeñas
repúblicas urbanas no se debía tanto a su
incapacidad para competir con las potentes estructuras dinásticas con las que
habían establecido fructíferas vías de
colaboración, sino más bien a la aparición a finales del siglo XVII de modelos
gubernamentales más cohesionados que
como el francés y el británico acabaron
por imponerse a otros sistemas políticos
más fragmentados y descentralizados que,
como el representado por las Provincias
Unidas o por la Monarquía Hispánica, se
habían mostrado hasta entonces como los
más eficaces. Este libro es, en suma, una
pieza central en el renovado interés por
el estudio de las repúblicas mercantiles
europeas durante la Edad Moderna.
—————————————–————–— Manuel Herrero Sánchez
Universidad Pablo de Olavide, Sevilla
MAFFI, Davide: Il baluardo della corona. Guerra, esercito, finanze e società nella
Lombardia seicentesca (1630-1660). Florencia, Le Monnier, 2007, 468 págs.,
ISBN: 978-88-00-20660-0.
Sin duda, en el último cuarto de siglo hemos asistido tanto en España
como en Italia a una revalorización de
los estudios sobre la guerra. De la Historia de la Guerra. Tras la estela de historiadores franceses y británicos, si bien con
algunos precedentes italianos, como sería
el caso de Piero Pieri, los historiadores
españoles y transalpinos hemos ido
haciéndonos con la metodología apropiada, para encarar la fascinante labor de
dilucidar cómo afrontaron los diversos
territorios que componían la Monarquía
Hispánica la tarea de adecuar las viejas
estructuras militares, herederas de la
Edad Media, a las novedades sin fin que
se fueron produciendo a partir de los siglos XIV y XV. Es decir, cómo cada territorio supo, o pudo, ponerse al día en
aquello que Michael Roberts bautizó en
su momento como «Revolución Militar».
Desde hace algunos años, historiadores como M. Rizzo, G. Signorotto, A.
Álvarez-Ossorio o Ch. Storrs se han
venido ocupando de la evolución política y militar de la Lombardía en el
transcurso de los siglos XVI y XVII. El
libro de Davide Maffi es, sin duda, una
gran aportación tanto por el volumen
de documentación, rica y variada, utilizada, como por su orientación metodológica e historiográfica.
A nadie se le escapa la importancia
capital de Milán en la estrategia imperial de la Monarquía de los Austrias;
además, cabe señalar que la presencia
militar hizo de dicha plaza «...la sede
del secondo esercito della corona...» a
fines del siglo XVI e inicios del siglo
XVII. Desde ese momento, la entrada
de la Monarquía Hispánica en la guerra
de los Treinta Años sólo revitalizaría
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aún más la importancia estratégica de
tan importante enclave. Así, en la primera parte de la obra, en palabras del
autor, «si sono analizzati gli avvenimenti legati all’andamento delle operazioni
militari, cercando sottolineare le differenze di vedute tra il potere centrale a
Madrid (...) e gli alti comandi locali,
tutto’altro che rasegnati a veder scadere
la Lombardia a rango di fronte secondario». (pág. 4) Frente secundario, quizá,
dentro del conjunto de la guerra de los
Treinta Años, pero frente muy importante durante el transcurso del duelo
franco-hispano de 1648 hasta la Paz de
los Pirineos. En realidad, tanto Flandes
como Cataluña, aparte de Milán, que si
tenían algo en común era el interés de
todos y cada uno de dichos territorios
para Francia, de alguna forma pudieron
soportar la presión gala en los años
finales del reinado de Felipe IV gracias
al hecho, precisamente, de que los franceses podían obtener ventaja en cualquiera de dichos frentes, y por ello atacaron en todos. Así, sus victorias, que
existieron, también fueron parciales en
el norte de Europa, en el norte de Italia
y en el norte de Cataluña. O dicho con
otras palabras, en la segunda mitad de
la década de 1650, cuando la Francia de
Mazzarino incluso contó con el apoyo
militar de la Inglaterra de Cromwell, si
la Monarquía Hispánica no perdió Milán, o Cataluña, o Flandes en su totalidad, fue porque Francia atacó en todos
los frentes y no en uno sólo de ellos.
¿Hubiera tenido capacidad suficiente de
reacción la Monarquía Hispánica como
para salvar uno sólo de dichos territorios de un decidido ataque francés?
Creemos que no, a menos que contara
con el apoyo de otras potencias, además
del Imperio, y ello sólo ocurriría a partir
853
de la década de 1670. Davide Maffi, en
cualquier caso, se alinea con otros autores, como Ch. Storrs o L. Ribot, que
matizan la decadencia militar de la Monarquía Hispánica en el siglo XVII.
La segunda parte de la obra está integrada por los capítulos dos a cuatro,
dedicados a la composición, estructura y
organización del ejército de Milán, así
como a las tentativas de reforma del
mismo. El ejército de Milán, que alcanzó los 41.000 hombres en 1639, ciertamente a partir de 1640, y hasta el
final de la guerra contra Francia se movió en el entorno de los 20.000 hombres, pero seguía siendo una fuerza
importante. Obviamente, la necesidad
de defender Cataluña obligó a Felipe IV
a enviar numerosas tropas italianas al
Principado. Como en el caso del ejército
de Cataluña en la segunda mitad del
siglo XVII, el tercio fue variando el
número de sus efectivos, pasando de los
clásicos tres mil hombres a apenas quinientos, mientras que la compañía, que
solía constar de 250 efectivos (pues el
tercio de tres mil hombres se subdividía
en doce compañías), apenas terminó
alcanzando los cincuenta hombres. El
problema en el caso del ejército de Milán es que el número de oficiales del
tercio no se redujo consecuentemente,
de modo que en el caso lombardo, a
finales de la guerra contra Francia, para
un total de 9.359 soldados de infantería
existían nada menos que 2.705 oficiales.
(pág. 83) Sin duda, los salarios de estos
últimos encarecían el mantenimiento
del ejército, pero ¿acaso no eran ellos los
auténticos soldados profesionales? Por
otro lado, la excelente investigación de
Maffi ha demostrado la progresiva «italianización» del ejército de Milán: de los
12.283 españoles que servían en él en
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1640 se pasó a apenas 2.384 en 1658
(pág. 96). Es más, los napolitanos también fueron usualmente enviados a servir al frente catalán. Por ello, la necesidad de contar con tropas mercenarias
alemanas y suizas, aunque caras, fue
importante, sobre todo para evitar que,
a su vez, las reclutara Francia. La conclusión, obvia, es que el esfuerzo de
guerra recayó cada vez más sobre los
lombardos, y de ahí la importancia,
como en Castilla, pero también en los
reinos que conformaban la corona de
Aragón, de contar en la Lombardía con
una Milicia del Reino, instituida en
Milán en 1615 como un «ejército de
reserva» pagado por la provincia.
Excelentes son las páginas que Maffi
dedica a desentrañar las razones de fondo
en la promoción de los oficiales del ejército de Milán que, en el caso de los hispanos, fue claramente el patronazgo del
capitán general y la pertenencia a la
nobleza, por encima de las trayectorias
profesionales de los oficiales de carrera
con los méritos suficientes, si bien tener
una cierta capacidad para lo militar, o
una clara disposición por las armas, y la
adscripción a la nobleza tampoco estaba
reñido. Por otro lado, Maffi observa que
en el ejército de Milán la situación era
diferente al de Flandes, donde la alta
oficialidad estaba copada por la nobleza
hispana. En cuanto a los oficiales de los
tercios reclutados en el territorio milanés, la amplia mayoría pertenecía a la
aristocracia de la tierra, exactamente
igual a lo acontecido con los tercios reclutados en los reinos de la corona de
Aragón durante el reinado de Carlos II,
analizados por nosotros mismos. Como
en Cataluña, por ejemplo, numerosas
familias de la nobleza milanesa hicieron
de la guerra, es decir, de servir al rey en
la guerra, su auténtica profesión. En
realidad, tampoco debería extrañarnos
esa vuelta al origen, sobre todo en momentos de crisis. Quizá la única crítica
que se le podría hacer a nuestro autor es
el uso de un número excesivo de ejemplos para ilustrar cada caso o circunstancia, los cuales lastran el trabajo de
una, por otro lado, excelente pluma.
Con todo, sí que el autor hace una más
que adecuada utilización de abundantes
tablas ilustrativas de los contenidos que
desarrolla.
Igualmente notable es el capítulo
dedicado a los conflictos internos de un
ejército saturado, como los demás de la
Monarquía Hispánica, por muchos cargos otorgados ad interim, así como las
habituales pugnas entre la alta y la baja
oficialidad; entre la oficialidad de las
diversas naciones presentes, que a veces
dieron lugar, en plena campaña, a situaciones lamentables que el enemigo,
de haberlas aprovechado, hubiese podido causar estragos; así como las tentativas de reducir el número de los oficiales
de un ejército sobredimensionado en
cuanto al número de tercios y compañías.
Por ejemplo, Maffi señala cómo en
1636 los 27.000 hombres del ejército
de Milán se repartían entre 285 compañías; en cambio, en 1644, con 23.000
efectivos, ya eran 416 las compañías
existentes, y aún en 1651, tras notables
tentativas para atajar el problema, los
19.000 soldados del ejército se repartían
en 263 compañías (pág. 228). De alguna
forma se podría decir, a partir del ejemplo milanés que Maffi ha analizado, que
si bien el ejército era del rey, la estructura interna de la institución militar, el
funcionamiento de la institución en definitiva, estaba en manos de la alta oficialidad en tanto en cuanto eran ellos, y
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nadie más, quienes dirigían, casi siempre
con el beneplácito de los poderes locales, los destinos de la maquinaria bélica.
La tercera parte de la obra está dedicada a las relaciones entre los militares y la sociedad civil. Sin duda, la cuestión de los alojamientos de tropas fue
un flagelo en Italia, lo mismo que lo fue
en España, Alemania, Francia o Flandes. Maffi se afana en señalar los principales abusos de las tropas y sus causas,
así como las coléricas respuestas, con
razón, de los civiles. La búsqueda de
soluciones por parte de la Monarquía,
que en el caso milanés desarrolló en
1638 una comisión mixta, civil y militar, presidida por un canciller, no encontró las soluciones necesarias, ya que
debían pasar inevitablemente por una
reducción de las cargas impuestas,
cuando, precisamente, se llegaba a un
momento en el que la Monarquía tenía
multitud de frentes abiertos y dependía
más que nunca del esfuerzo de guerra
de cada uno de los territorios. En cualquier caso, con la lectura de la obra de
Maffi podemos comprobar cómo, ante
situaciones parecidas, las respuestas que
se dieron en diversos lugares (Cataluña,
Extremadura) fueron muy semejantes.
Sería necesario trabajar más profundamente, y desde una perspectiva comparada, las diferentes tradiciones en cuanto a cómo afrontar el problema de los
alojamientos de tropas en la Europa de
la Edad Moderna.
La última parte de la obra —capítulos sexto y séptimo— está dedicada a
las finanzas de la guerra. Por un lado, el
autor demuestra claramente cómo el
855
ejército de Milán recibiría una cantidad
inferior de dinero con relación a Flandes
o Cataluña (desde 1640), sólo que, desde
1643, dicha cantidad cayó en picado. A
pesar del uso de préstamos y la aplicación
de nuevas imposiciones fiscales en una
época, además, de crisis económica, el
déficit del ejército milanés fue creciendo
y, lo peor, hubo años, como 1649, en los
que las tropas no cobraron nada. La presión sobre los civiles sólo podía ser terrible. Las remesas enviadas desde España o
desde Nápoles no pudieron, desde los
años cuarenta, salvar la situación, de
modo que los gobernantes milaneses, una
vez que se abandonó parcialmente la vía
de las contribuciones forzosas, recurrieron
a «...i prestiti e l’alienaziones delle rendite
regie, oltre alla vendita dei feudi o di altri
beni». (pág. 355) Y como tales expedientes no fueron suficientes, desde la década
de 1640 durante el invierno el país tuvo
que mantener las tropas. Poco a poco,
servicios de los que antes se hacía cargo la
Real Tesorería, como el tren de la artillería o la remonta de la caballería, fueron
recayendo, también, en las espaldas de
los contribuyentes del Milanesado. El
resultado de todo ello, según estimas
realizadas en la época, fue que la Lombardía había contribuido entre 1610 y
1650 con mil quinientos millones de
liras, de los cuales trescientos se habían
empleado en el socorro de los soldados.
(pág. 381) Es decir, que como cualquier
otra sociedad de la Época Moderna, también la vida política y económica milanesa tuvo en el mantenimiento del ejército
uno de sus principales cometidos.
—————————————–————–—— Antonio Espino López
Universitat Autònoma de Barcelona
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FILIPPINI, Orienta: La coscienza del re. Juan de santo Tomás, confessore di
Filippo IV di Spagna (1643-1644). Firenze, Leo S. Olschki Editore, 2006, 201
págs., ISBN: 88-222-55607.
La historiografía tradicional ha prestado poca atención a la figura del confesor real. Las distintas órdenes religiosas
elaboraron listados donde constaban
aquellos de sus miembros que habían
ocupado el confesionario regio en el devenir del tiempo. La finalidad prioritaria
era ensalzar los méritos del instituto a
través de la significación alcanzada por
sus miembros. Sin embargo, la aparición
de investigaciones centradas en la corte,
en las que se estudia el papel que desempeñaba el monarca y la importancia
de las relaciones no institucionales en el
ejercicio del poder, ha propiciado que el
confesor real sea valorado de manera
diferente, y que su estudio adquiera una
especial relevancia.
Orietta Filippini nos informa en la
introducción de su libro de que el objetivo del mismo es reconstruir la vida y
obra del dominico español Juan de Santo Tomás, en el siglo João Poisot, que
se ocupaba como confesor de Felipe IV
en el período comprendido entre 1643 y
1644, que se corresponde con el último
año de su vida. Sin duda, se abordan en
el mismo unos meses especialmente interesantes al tratarse de los inmediatamente posteriores al apartamiento de la corte
del Conde-Duque de Olivares, y en los
que se gestó el ascenso de don Luis de
Haro como nuevo favorito del monarca.
El estudio de la biografía de fray
Juan se desarrolla en el primer y último
capítulo del libro, ocupándose en los
intermedios de acontecimientos concretos en los que el dominico tuvo un destacado protagonismo durante este perío-
do. Nos encontramos ante la trayectoria
de uno de los intelectuales más destacados de su época. Si bien no se trata del
tema de estudio elegido por la autora, se
hace poca incidencia fundamentada de
sus muchos méritos, que habían justificado la fama de hombre sabio que le
acompañó durante su vida. Únicamente
se nos refiere la fecha de publicación de
sus principales obras, sin introducir al
lector en el significado histórico de las
mismas, a pesar del interés que los trabajos del dominico han despertado en
los últimos años en el ámbito filosófico.
Destacado exponente de la segunda
escolástica, se había formado en la universidad de Coimbra, donde había tenido la oportunidad de asistir a las clases
de Suárez. Hijo de la portuguesa María
Garcez y de Pedro Poisot, un vienés de
estirpe borgoñona que llega a Portugal
al servicio del archiduque Alberto, nacía
en Lisboa en 1589. Finalizados sus estudios de Teología, acudía a la Universidad de Lovaina para continuar con su
formación. Amigo del dominico Tomás
de Torres, permaneció en dicha institución hasta que, en julio de 1609, se
trasladó al convento de Nuestra Señora
de Atocha en Madrid. Durante los años
siguientes, se empleaba en labores de
docencia en diversos conventos y colegios de la propia orden hasta que, en
1627, accedía a la cátedra vespertina de
Lerma en la Universidad de Alcalá de
Henares, que era ocupada tradicionalmente por un tomista ortodoxo.
Unido por lazos de amistad y hermandad de hábito con significados do-
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centes del centro complutense, conformaron un grupo de manifiesta oposición
política al Conde-Duque de Olivares.
Con su relegamiento de la corte, el confesor del rey, Antonio de Sotomayor,
cercano colaborador del valido, resultaba
igualmente apartado del confesionario
regio. Mientras que el anciano dominico
trató de resistirse a ser relevado, y propuso que su sucesor se eligiese entre los
religiosos del salmantino convento de
San Esteban, los opositores al CondeDuque, concentrados en el entorno de
la reina Isabel de Borbón, propusieron
otras opciones que depararon en la elección de fray Juan de Santo Tomás. Así
pues, queda evidenciado que su designación tiene origen en el entorno de la
reina, pero la autora no nos aclara finalmente cómo y quién proponía su
nombre al rey o cómo el monarca se
inclinó por fray Juan frente a las otras
opciones que le fueron presentadas. La
autora nos hace una exposición de los
testimonios recogidos en la literatura
memorialística, en las relaciones del
nuncio y en la correspondencia de los
embajadores de los distintos territorios
italianos para que el lector elabore sus
propias conclusiones, apoyándose sobre
el escenario histórico de la caída del
valido descrito por G. Marañón y J.
Elliott. Sin duda, el planteamiento resulta original respecto de las fuentes
utilizadas. El cruce de testimonios de
estos meticulosos observadores de la
realidad y el conocimiento de los juicios,
opiniones y argumentos que transmiten
en sus memoriales, relaciones y cartas
constituyen una manera adecuada de
abordar la cuestión de cómo llega a
convertirse el dominico en el nuevo
confesor del rey. Sin embargo, el trabajo hubiese sido más completo si no se
857
hubiese limitado a una exposición de
posibilidades. Ciertamente, la dificultad
de reconstruir estas intrincadas relaciones a través de las fuentes documentales
disponibles es importante, pero hubiese
sido más factible si se hubiese insistido
en su búsqueda en los archivos españoles, cuya consulta más sistemática
hubiese podido arrojar luz sobre este y
otros episodios de la actuación de fray
Juan de Santo Tomás. La amistad que
le unía a su compañero en la Universidad de Álcalá, y también dominico, fray
Pedro de Tapia, cuyo nombre pudo ser
sugerido para su sucesión por Sotomayor, y Tapia, a su vez, impulsar a fray
Juan para ocupar este puesto; la vinculación al duque de Medinaceli, centro
de los descontentos con la actuación de
Olivares; el posible conocimiento de la
reina de la fama intelectual de quien
había sido prior en dos ocasiones del
convento de Nuestra Señora de Atocha,
muy relevante en la devoción cortesana,
así como de su experiencia como director espiritual de sor María de la Paz,
monja dominica con fama de santidad,
fueron las posibles vías de acceso del
dominico hasta el confesionario real.
Según los memorialistas jesuíticos, la
reina propuso al monarca que se sirviese
de su propio confesor, el también dominico fray Juan Martínez, y ella tomaría como director de su conciencia a fray
Juan de Santo Tomás. Sin embargo, la
determinación final del rey se inclinaba
por este último. Si se veía favorecido
por los opositores políticos a Olivares y,
especialmente, por el entorno de la
reina, posteriormente, el confesor contribuyó de manera activa a apartar del
mismo a la condesa de Olivares, cuyo
alejamiento de la corte, a pesar de la
promesa realizada por el monarca al
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Conde-Duque, ponía fin a las esperanzas del mismo de retornar a la gracia
real. De la misma manera, apoyaba el
establecimiento de una casa independiente para el príncipe Baltasar Carlos.
El estudio analiza cómo la actuación
desarrollada por el dominico se movía
por un impulso principal: afianzar la
reforma del gobierno de la Monarquía.
Su intención era conseguir que Felipe IV
asumiese las riendas del gobierno personalmente, asesorado por los consejeros,
pero que no adoptase un nuevo favorito.
La autora expone que, en este sentido, la
labor desarrollada por el confesor fue
contradictoria, puesto que, en cierta
medida, vino a favorecer o, al menos, a
no impedir de manera efectiva aquello
que quería evitar. No obstante, fray Juan
se mostró siempre coherente con sus
convicciones, pues mantuvo su antiolivarismo y su deseo de aislar al rey de la
influencia de ningún favorito hasta el
final de sus días, y utilizó para ello todos
los recursos que tuvo a su alcance.
Sin duda, una de las principales
funciones del confesor era la dirección
de la conciencia regia. Su conocimiento
de los asuntos y participación en las
decisiones que implicaban o afectaban a
la misma formaban uno de los pilares
esenciales en los que se asentaba la importancia del cargo. Durante los meses
que se empleó en las labores de confesor,
fue el principal director espiritual del rey
junto a sor María de Agreda, con quien
compartía ideas en relación con la reforma del gobierno de la Monarquía. Así,
acompañaba al rey en su visita a la monja en julio de 1643. En relación con esta
cuestión, la autora aborda el asunto concerniente a las profecías de carácter político y a la relación que el confesor mantenía con diversos visionarios, a los que
reunió en Zaragoza durante el desarrollo
de la campaña militar. Esta actuación se
inscribía en los mecanismos de persuasión
que el dominico aplicaba al monarca para
incidir en la necesidad de que el rey asumiese el gobierno personalmente y renunciase a distinguir un nuevo favorito.
De la misma manera, fray Juan continuaba durante estos meses con la colaboración que había tenido en las actividades del Santo Oficio, especialmente en
la elaboración de diversos índices de libros prohibidos. Su prestigio intelectual
había propiciado que su participación
fuese requerida como calificador. Su entendimiento con el nuevo Inquisidor
General Diego de Arce y Reinoso, en
cuya relación también pudo mediar fray
Pedro de Tapia, se concretó en la intervención en el proceso inquisitorial iniciado contra Jerónimo de Villanueva. La
ofensiva desplegada contra los colabores
de Olivares condicionaba la reapertura de
la causa en torno al convento de San
Plácido, donde el confesor real participaba realizando funciones de calificación de
los nuevos testimonios recogidos. Asímismo, asistía al nacimiento de la cuestión jansenista, en la que adoptó una
posición intermedia entre el tradicional
regalismo de los monarcas hispanos y las
presiones del nuncio. En este sentido, el
estudio pone de relevancia cómo el nuncio Giovanni Giacomo Panciroli supo
atraer al confesor a sus planteamientos,
valiéndose de su inexperiencia política y
de la rigidez con que defendía sus convicciones, para que procurase convencer a
Felipe IV de la idoneidad de favorecer los
intereses de Roma, especialmente en el
contexto italiano y en temas relacionados
con cuestiones tributarias.
Por último, el dominico participaba
igualmente en una junta orientada a la
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reforma de las órdenes religiosas en tres
direcciones: cambiar la modalidad de
elección de los superiores para lograr
mayor conformidad en el seno de la
familia religiosa, instaurar unas costumbres más acordes al voto de pobreza
y el establecimiento de mayor rigurosidad en las visitas de los seglares a los
conventos. Este proyecto no prosperó al
no lograr concitar suficientes apoyos.
En este sentido, también fue perdiendo el favor real. Su combinación de
severidad y persuasión en la dirección
de la conciencia regia perdía el pulso
político con don Luis de Haro que, al
frente de la oposición aristocrática a
Olivares, lograba incrementar su influjo
y ocupar un destacado lugar en el gobierno de la Monarquía. Sin duda, fray
Juan había sido uno de los principales
consejeros del rey en los meses precedentes, pero su debilitamiento se escenificó
en la Navidad de 1643, cuando el rey
859
recurría a su viejo confesor Sotomayor.
La muerte en 1644 libraba al dominico
de la evidencia de su derrota política,
pero, por diversas causas, se logró uno
de los anhelos del confesor, pues la
implicación personal del rey en el gobierno fue mucho mayor que en la
etapa anterior.
Así pues, la autora nos ofrece una
exposición de la trayectoria del confesor
real en su último año de vida y su intervención en importantes cuestiones políticas y religiosas. Detecta y pone de manifiesto la importancia de las relaciones
extrainstitucionales establecidas por el
dominico y la pugna mantenida por las
facciones cortesanas en dicha coyuntura
política, lo que hace que el trabajo sea
loable. No obstante, hay temas que quedan meramente planteados, sin que se
acompañen, como requiere este tipo de
investigación, de un análisis profundo.
—————————————–————————
Henar Pizarro
Universidad Pontificia de Comillas
GIL PUJOL, Xavier: Tiempo de política. Perspectivas historiográficas sobre la
Europa Moderna. Barcelona, Universitat de Barcelona, 2006, 441 págs., ISBN:
84-476-3127-9.
Tiempo de política acoge uno de los
universos temáticos predilectos de su
autor: el del análisis historiográfico y la
exégesis de los discursos epistemológicos. Todas y cada una de las perspectivas
historiográficas que infunden y se reúnen
bajo tan ajustada y feliz titulación, concebidas y compuestas entre principios
de los ochenta y el meridiano de nuestra
década, exploran desde multitud de
planos convergentes entre sí un único
motivo: la reciente metamorfosis en el
entendimiento y estudio de la política
propia de la Europa moderna. Ninguno
de los frentes del asedio así dispuesto se
limitan por lo demás a la mera y aséptica constatación de esa tan profunda
mutación cuya esencia captura la divisa
a la que se encomienda el epílogo que
hilvana la recopilación: política como
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cultura. El atributo que sin duda mejor
los define es el mucho más comprometido empeño de cartografiar las convulsiones metodológicas y conceptuales
desatadas por los poderosos afluentes
historiográficos a los que la historia
política debe su renovado caudal y la ya
contrastada vocación expansiva que
exhibe en el presente. La pulcra y minuciosa reconstrucción de los mayores
debates propiciados por la apertura de
esas nuevas vías de comprensión de la
política, junto a la siempre intrincada
disección del ascenso y caída en su seno
de unos paradigmas interpretativos,
tejen precisamente la lógica que no sólo
conecta y vincula esas perspectivas sino
que también da sentido a un conjunto
que así resulta, simple y llanamente,
referencial e indispensable. De visita
ante todo obligada para los cultivadores
de cualquiera de las vertientes de una
historia atraída por la política y lo político. Pero de lectura no menos recomendable, al margen de especialidades,
para los historiadores a secas. Sin ir más
lejos, y ya de entrada, por su recurrente
enunciado de las implicaciones consustanciales a la imperativa toma de conciencia sobre la alteridad del pasado. O
por la propia lección que encierra el
lúcido reconocimiento de los frutos
recolectados por la historia política al
superarse pretéritas y empobrecedoras
estrecheces disciplinares. Pero también,
y en primerísimo lugar, porque estas
perspectivas nos dicen tanto del historiador que las suscribe como de la diversidad de autores y textos que con delicadeza se ocupan de glosar.
Ciertamente ninguno de los trabajos de este Tiempo de política se concibe
sobre un molde autobiográfico. Su fisonomía es otra bien distinta. Responde al
trazado de los precisos paralelos y meridianos del proceso de insurrección de
una historia política frente a la posición
subordinada que la historia social y económica venían otorgando en el pasado a
los fenómenos culturales. Sus perfiles
básicos obedecen además a la voluntad
de rendir cuentas sobre la responsabilidad que en la provechosa metamorfosis
experimentada al compás de esa insurrección debe reconocerse y atribuirse a
la lúcida asimilación del utillaje conceptual de otras disciplinas de las ciencias
sociales, con la antropología y la lingüística al frente. Poco importa entonces que
la mirada se pose sobre el cambiante
modo de entendimiento y estudio de los
fenómenos revolucionarios o que el acento se coloque en el desarrollo de una
cierta historiografía que, dispuesta como
historia del poder, ha precipitado el inicial desmantelamiento y posterior destierro de la categoría estatal en la exploración del genuino campo político de la
modernidad. Los actores principales en la
escena argumental de esas variadas perspectivas, con independencia del preciso
rumbo que toma cada una de ellas,
siempre son los autores y los textos que
abrieron unos nuevos horizontes y las
investigaciones y las obras que han recogido luego con mayor coherencia su
testigo. Se despliega así un abigarrado
universo de nombres propios, en el que
tienen cabida desde R. Chartier y P.
Burke hasta A. M. Hespanha y B. Clavero, en el que hay espacio para M. Foucault y para J. G. A. Pocock, en el que
no es ningún extraño J. H. Elliott pero
tampoco lo son C. Ginzburg o J. Revel.
No obstante, y pese a todo lo dicho, o
quizás justamente por todo lo dicho, la
alargada sombra del clásico Taller del
historiador de Lewis Perry Curtis Jr.
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viene a la memoria con suma naturalidad al concluirse la lectura del Tiempo de
política de Xavier Gil Pujol.
En su contribución al ingenioso experimento de Curtis, y al confesar los
estímulos a los que respondía su obra y
la opción de método que efectivamente
la encauzaba, uno de esos historiadores
que mejor permiten identificar un tiempo de política, Pocock, constataba al fin y
al cabo que describir el desenvolvimiento de
un estilo personal, o ciertos instantes de tal
desenvolvimiento, no puede hacerse sin ceder,
hasta cierto punto, a las seducciones de la
bibliografía. Sería justamente el sugerente
rastro de esa íntima y personal dimensión de las seducciones bibliográficas el
que se perdería si la vocación de unas
reflexiones historiográficas se ciñese a
ofrecer unos autorizados balances y a
cerrar un cumplido estado de la cuestión
referido a la materia por la que se interesan. Desde las páginas introductorias del
Tiempo de política se anticipa sin embargo
que su itinerario argumental no renuncia
ni mucho menos a recoger el posicionamiento propio del autor ante los debates
y las propuestas que procede a inventariar. Y como luego se recorre el camino
así señalado, lo que en cierto modo y
manera se brinda al lector es también la
posibilidad de asomarse al taller de
Xavier Gil Pujol.
La lectura de estas panorámicas,
aún siempre de forma indirecta, contribuyen entonces a desvelarnos un buen
puñado de claves para recomponer la
senda que ha llevado a su autor a suscribir algunas de las que incuestionablemente resultan ser la mejores piezas
de esa historia política sobre cuya resurrección y renovación nos instruyen.
Con ello, por supuesto, no quiere decirse que Tiempo de política constituya un
861
peaje obligado para acercarse a esa otra
línea de desarrollo de su obra. Para
situar sus más recientes aportaciones a
los imponentes frescos del pensamiento
político europeo gestados en tan prestigiosos laboratorios historiográficos como son los de Cambridge y Yale, para
aproximarse a sus colaboraciones al
Republicanism, editado por M. Van Gelderen y Q. Skinner, o al European political thought, 1450/1700, coordinado por
H. A. Lloyd, G. Burgess y S. Hodson,
bastaría probablemente con repasar
anteriores trabajos como pudieran ser
los dedicados a Juan Costa y el humanismo cívico (Manuscrits, 19/2001), o a
esa generación que leyó a Botero a la que
alude su contribución a Le forza del principe —M. Rizzo, J. J. Ibañez y G. Sabatini (eds.), Universidad de Murcia,
2003—. Esa puede ser, si se quiere,
harina de otro costal. Pero si nos interrogamos por cómo se gestaron y concibieron esos trabajos, o si nos interesamos y
preguntamos por cuáles fueron las seducciones bibliográficas que los estimularon, desde luego convendrá tener a
mano este Tiempo de política.
Muy bien escritas, y sería éste otro
sello distintivo del autor, estas perspectivas
que se dicen de historia política y para una
Europa moderna, y que de largo son las
mejores a las que se puede acceder en
castellano, terminan así iluminándonos
desde ángulos bien diversos los retos
historiográficos a los que un historiador
de la política debe hacer frente para colocarse a la altura de los tiempos. Por eso
mismo resulta de recibo dispensarles una
cálida acogida. Por la utilidad y fecundidad que encierra su muy autorizada
puesta al día de los nuevos vientos historiográficos que soplan por dichas latitudes. O lo que es lo mismo, porque son
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esos mismos retos que plantea los que
otros historiadores pueden ahora afron-
tar pertrechados con renovadas garantías
merced a sus perspectivas.
———————————————–—
José María Iñurritegui Rodríguez
Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED)
FERNÁNDEZ ALBALADEJO, Pablo (ed.): Fénix de España: modernidad y cultura
propia en la España del siglo XVIII (1737-1766). Actas del congreso internacional celebrado en Madrid, noviembre de 2004. Homenaje a Antonio Mestre
Sanchis. Madrid, Marcial Pons/Universidad Autónoma de Madrid/Universidad
d’Alacant/Casa de Velázquez, 388 págs., ISBN: 84-96467-26-0.
Los ponentes y el tema del congreso
del que proceden estas actas estaban seleccionados, como se indica en el subtítulo del libro, para tratar una cuestión historiográfica que trasciende cualquier
polémica personal: demostrar que hay
una vía hacia la modernidad a través de
‘ilustraciones’, en plural, y no de una
Ilustración según la definición kantiana.
Para ello, como lo expresa F. López en las
conclusiones del coloquio, la Ilustración
habría que reducirla a un ‘pragmático y
moderado proyecto de racionalismo’ (pág.
367). Si analizamos esa definición, ‘pragmático’ significaría exento de teorías e
ideas; y ‘moderado’, falto de radicalidad o
rupturas. El término ‘racionalismo’ queda
en el aire, pero algunas comunicaciones
aclaran que no está reñido con la utilización de mitos, a lo cual apunta P. Fernández Albaladejo en su ‘Mitohistoria y
nación’. Recurrir al mito para fundamentar la nación es un procedimiento que
remite obligadamente a la operación de
desvirtuar la Ilustración llevada a cabo
por Horkheimer y Adorno en su Dialektik der Aufklärung para recuperar, en
contexto claramente sionista, el mito de
la fundación de Roma. Ahora, en cam-
bio, con objeto de legitimar la nueva
dinastía que ocupa el trono en la España del siglo XVIII, la ‘ilustración’ típicamente vernácula, en lugar de una
función emancipadora, se concretaría en
hacer brotar la conciencia de ‘nación’,
no en el sentido político de la Constitución de 1812, sino en el de la continuidad cultural de ‘las cosas propias’. La
imagen del fénix sería el icono de una
reacción para superar la decadencia y
postración gracias a un ímpetu patriótico en la literatura y en la historia. Lo
paradójico y artificial de esta concepción
de la Ilustración española, lo expresa
también F. Lopez: «A nadie se le puede
escapar que toda la retórica de la nación
siempre obedeció a la voluntad del poder civil» (pág. 372).
Las Luces se diluyen en el despertar
del espíritu nacional. A ese fenómeno le
dedican artículos D. Gies para el teatro,
P. Álvarez de Miranda para el canon literario y A. Gelz para la prensa y escritos
costumbristas. Leve contrapeso a esa contemplación obsesiva de lo propio ofrece el
artículo que F. Étienvre dedica a la traducción de obras extranjeras, como forma
de naturalizar lo ajeno. Desde mi punto
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de vista hubiera sido deseable que se
hubiera abundado un poco más en la
dialéctica de lo propio y lo extraño, así
como de los mecanismos de rechazo aparejados a la acción de delimitar y acotar lo
propio, ya que, por inercia, lectores ingenuos podrían sucumbir a la tentación de
retornar a tópicos patrioteros de antaño.
Indudablemente en la época posmoderna no podemos esperar ánimos
exaltados cuando se tocan las glorias
hispanas, como ocurría en mis ya lejanos tiempos del bachillerato. Más bien
se advierte un cierto recrearse de modo
complaciente y nostálgico cuando, por
ejemplo, J. Álvarez Barrientos, al exponer el imaginario ideado por Martín
Sarmiento para que el pueblo aprendiera la esencia nacional a través de las
esculturas destinadas a adornar el Palacio Real, recuerda que la figura del español debería representarse por un individuo, que a diferencia de las demás
naciones, en lugar de llevar cubierta la
cabeza y estar de pie, iría ‘desgorretado’
y arrodillado, llevando un rosario en la
mano. F. R. de la Flor, por su parte,
evoca las múltiples celebraciones que
tuvieron lugar en torno a la canonización de aquellos jóvenes ejemplares
Estanislao de Kotzka y Luis Gonzaga,
modelos de castidad y sumisión para las
nuevas generaciones educadas en colegios jesuíticos. La línea divisoria entre la
seriedad y el humor se difumina.
Nadie pone en duda los numerosos
datos históricos que confirman el hecho
de que en el siglo XVIII hiciera eclosión
863
un patriotismo que llevó a ocuparse, de
forma espontánea o por encargo, de las
cosas propias frente a las ajenas y de
que las apologías de la nación tuvieron
algunos efectos positivos para recuperar
glorias literarias del pasado y algunas
contemporáneas, incluidas los toreros;
pero que se llegue hasta el extremo de
hablar de una ‘Física de las cosas de
España’ (J. Pimentel), más allá de la
cartografía o de la descripción de la
flora y fauna de un territorio particular,
abre las puertas a extravagancias terminológicas que el mismo autor matiza y
relativiza al final de su contribución.
Subrayar la continuidad con el Barroco
(J. Pérez Magallón) o sacar a la luz los
muchos textos que anticipan el nacionalismo casticista decimonónico es perfectamente legítimo y evita que se contemple el renacer cultural del dieciocho
sólo como mera mímesis de opiniones
expuestas más allá de los Pirineos, pero
resulta desmesurado insinuar que esa
labor ofrece una alternativa válida al
estudio de la otra Ilustración de dimensiones continentales, de la que también
participaron españoles y que, por lo
tanto, pertenece a la historia patria lo
mismo que otras muchas religiones,
dinastías o gustos artísticos que se asentaron en los pagos celtibéricos a través
de los tiempos. Trivializar la definición
de ‘Ilustración’ para dar cabida a pragmáticos y moderados que sólo gozan
con las cosas propias no contribuye
precisamente a enriquecer nuestra memoria histórica y nuestra cultura.
—————————————–—————
Francisco Sánchez-Blanco
Ruhr-Universität Bochum
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LÓPEZ GARCÍA, José Miguel: El motín contra Esquilache. Madrid, Alianza Editorial, 2006, 260 págs., ISBN: 9-7884206479-37.
López García ha hecho un esfuerzo
documental y conceptual importante
para elaborar este libro. Lo más valioso
de ese esfuerzo es que incorpora al estudio del motín de 1766 lo que dan de sí
los protocolos del archivo notarial de
Madrid y los fondos de diverso carácter,
sobre todo lo relativo a la administración municipal que se conservan en el
archivo de la villa. No hay que olvidar
que López García forma parte del grupo
de historiadores de la Universidad Autónoma de Madrid que se han especializado en la historia de la villa y corte.
No lo dice —o no he sabido advertirlo—, pero es posible que le haya inducido a elaborar este libro algo semejante
a lo que me indujo en su día a hacer lo
mismo con El motín de Esquilache, América y Europa (2003): el esfuerzo de documentar otros aspectos de la época puede
tener el estupendo efecto indirecto de
hacer ver al historiador que puede añadir
una perspectiva nueva a lo que se ha
escrito hasta ese momento acerca de un
asunto distinto de aquel que nos ocupa,
por más que, en un principio, no tuviéramos la intención de estudiar ese asunto
en sí, en este caso el motín de 1766.
No deja de ser singular y —en mi
caso— un motivo más de satisfacción el
hecho de que el segundo aspecto importante que he destacado en este libro tenga que ver asimismo con lo que me llevó
a recorrer no pocos archivos de América y
Europa para ver desde distintos ángulos
lo sucedido en aquellos años del siglo
XVIII. Concretamente, el esfuerzo conceptual de López García se dirige a verificar la hipótesis de que el pueblo de Ma-
drid habría engendrado una cierta
concepción política —en un sentido muy
amplio— que fue la que se vertió en el
motín de 1766 sin necesidad de que mediara conspiración de ningún género.
López García, en realidad, desecha
la idea de que hubiera conspiración. No
sólo lo hace, sino que considera “conservadores” a los historiadores que han
intentado probar o sencillamente entender —que no equivale a probar— el
asunto por la vía conspirativa. Mis intereses han caminado —como acabo de
decir— cerca de los que animan a López García. Pero llamar conservadores a
quienes han hecho algo tan inocente
como preguntarse si hubo conspiración
es, a todas luces, improcedente. Implica
precisamente sospechar de ellos y, por
principio, nadie tiene derecho a sospechar de nadie. El método de la sospecha
ha sido, a mi entender, uno de los mayores lastres de la historiografía del siglo
XX, en definitiva porque ha sido uno de
los peores males de la vida del siglo XX
en sus más diversos aspectos. Disuade de
pensar, no digo ya de entender a los
otros. Suponer que verdaderos humanistas como Rafael Olaechea o Teófanes
Egido, que han escrito algunas de las
mejores páginas sobre la España del siglo
XVIII y que difícilmente pueden ser
tildados de conservadores, lo son precisamente por tener la osadía de admitir
la posibilidad de que alguien conspirase
en 1766 es, a todas luces, abusivo.
La combinación de las fuentes archivísticas de que he hablado más el
esfuerzo conceptual que ha hecho el
autor le permite, en todo caso, arrojar
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mucha luz sobre lo que debió de ser la
vida cotidiana de aquellas gentes del
Madrid de 1766, y no para quedarse en
eso —lo cotidiano— sino para interrogarse, a partir de ahí, sobre la manera en que
aquella forma de vivir pudo dar lugar a
actitudes ante el poder que fueron las que
salieron a la luz en 1766 en su facies más
subversiva. López García lo plantea desde
las propuestas metodológicas de un grupo
de historiadores extranjeros que, a mi
juicio, se diferencian excesivamente entre
ellos para que sean compatibles. Algunos
han interpretado las revueltas del siglo
XVIII con un mecanicismo elemental,
que contrasta con la sensibilidad de Natalie Z. Davies o el humanismo marxista de
E. Thompson, tan humanista que, sin
necesidad de marxismo, yo mismo me
inspiré expresamente en él al publicar las
primeras páginas acerca de este asunto
—las actitudes políticas populares ante el
poder— en 1982.
El propio Thompson y los demás
historiadores en cuyo método se afirma
López García han llamado la atención
—aunque haya sido de paso— sobre el
papel de la comunicación en la formación de estas actitudes ante el poder y
respecto a la vida en general. Ciertamente, se trata de autores que han llevado a la práctica con especial fortuna
la microhistoria. Pero por la microhistoria —del todo imprescindible para este
género de estudios— casi nunca han
llegado a descubrir el papel de la comunicación a media y larga distancia
como realidad también histórica con la
que es necesario contar, si se quiere
comprender un poco mejor los procesos
por medio de los cuales se forma un
universo de actitudes de tipo cultural.
En este sentido, es en el único en el que
me atrevo a lamentar que López García
865
no haya decidido cruzar por las puertas
que quedaron abiertas con la publicación de Quince revoluciones y algunas cosas
más (1992), uno de los primeros libros
donde estudié precisamente eso y de esa
manera —las actitudes populares ante
el poder microhistóricamente y, en concreto, la forma en que se comunicaban
las ideas fuera del ámbito local—; digo
que es una pena porque allí expuse que
pudo haber relación directa —por la vía
de la noticia— entre el motín de Quito
en 1765 y el de la villa y corte de 1766,
y eso por mor de la comunicación. Está
documentado que, en Madrid y pocas
horas antes de que estallara el motín
contra Esquilache, se hablaba del motín
de Quito y de que los quiteños habían
impuesto unos "capítulos" al regente y
oidores de la Audiencia. Y capitulaciones
impondrían los sublevados madrileños al
rey Carlos III. Lo advertí allí e insistí en
ello en El motín de Esquilache, América y
Europa, así que era de esperar que se
desarrollara o, al menos, se partiera de
esa base. López García no lo hace; no se
ocupa de lo que eso significa —que es el
aspecto comunicativo y la permeabilidad
a la propia comunicación supramunicipal
de toda comunidad humana, al menos
en la España de 1766— y ése es uno de
flancos más débiles de su libro. Bien
entendido que es un flanco porque él lo
ofrece como tal. Bastaría que el autor
hubiera advertido las limitaciones archivísticas de su investigación —ceñida,
como he dicho, a documentación local—
y que hubiera añadido, además, que no
pretendía enmendar a nadie la plana,
sino poner un nuevo sillar en el edificio
que construimos entre todos y que
constituye, en definitiva, el saber histórico. No lo hace así; lo plantea, según
he dicho, en clave de sospecha respecto
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de los historiadores que considera conservadores y el resultado es el que digo.
Me apresuro a subrayar sin embargo, que en el libro hay suficientes indicios para afirmar que ésta y las demás
limitaciones, sobre todo metodológicas,
no son intencionadas. Y eso explica
seguramente que, a alguno de los historiadores de quienes disiente López García, les atribuya afirmaciones incluso
histriónicas y desde luego ajenas a lo
que ha podido leer en sus publicaciones.
Lo grave es que esta distorsión de la
verdad, precisamente porque es involuntaria, tiene una importancia mayor
desde el punto de vista estrictamente
historiográfico. Si todo eso implica un
cierto pre-juicio —en el sentido estrictamente etimológico de la palabra— y el
método de la sospecha no es sino fruto
de un hábito, hay que temer que los
documentos originales de aquellos archi-
vos también habrán sido leídos por el
autor con esos hábitos y, por lo tanto,
han podido ser mal leídos, claro es que
sin propósito: por puro hábito.
Pero cuidado: para salir de esa duda
haría falta estudiar esos documentos y,
mientras nadie lo haga, nadie podrá
considerarse con derecho a resolver lo
que planteo, ni en sentido negativo, ni
tampoco en sentido afirmativo. En último término, lo que querría con estas
líneas es animar a un buen investigador a
que sea un historiador todavía mejor.
Hace años, en Recreación del humanismo
desde la historia (1993), afirmé que la
opción por un método o por otro no es
aleatoria, sino que tiene carácter ético.
Entre las cosas que mantendría hoy de
aquel libro, figura ésta sin el menor lugar
a dudas. Detrás de nuestra forma de ver
lo que ocurrió hace siglos, está también el
modo en que miramos nuestro siglo.
—————————————–——————— José Andrés-Gallego
Instituto de Historia, CSIC
WEINDL, Andrea: Wer Kleidet die Welt? Globale Märkte und merkantile Kräfte
in der europäischen Politik der Frühen Neuzeit. Mainz, Verlag Philipp von
Zabern, 2007, 289 págs., ISBN: 978-3-8053-35-90-4.
El título de este libro, ¿Quien viste
al mundo? Mercados globales e influencia
mercantil en la política europea en la Edad
Moderna, promete por sí mismo al lector
la profundización en cuestiones claves
para comprehender diversos aspectos
cruciales aún no resueltos en la historiografía sobre las redes mercantiles en los
siglos de la época moderna. En un contexto historiográfico cada vez más marcado por el interés en el análisis de la
mundialización de la economía y en el
estudio de cómo se produjo la proliferación de las técnicas más complejas y necesarias para la integración de los diversos
mecanismos de influencia individual y
colectiva que hicieron posible dicha expansión, esta obra aporta información de
primera mano como respuesta a algunas
cuestiones recurrentes. En primer lugar,
evoca el interés en relacionar factores
múltiples como la producción interior en
Hispania, 2008, vol. LXVIII, nº. 230, septiembre-diciembre, 821-896, ISSN: 0018-2141
RESEÑAS
distintas regiones del viejo continente
(algo bastante dejado de lado por la historia económica europea) y los parámetros dictados por las necesidades del comercio exterior. Por otra parte, relaciona
el desarrollo de técnicas textiles, o la introducción de manufacturas en las posesiones ibéricas en África, Asia y América
por mercaderes e intermediarios marítimos de distintas nacionalidades, con las
imposiciones de la demanda. Al mismo
tiempo, también aporta novedosas visiones de conjunto sobre el desarrollo de esta
economía manufacturera con vocación
exportadora, que se centralizó en determinados focos regionales de la Europa
moderna. Asimismo, se ahonda en los
intereses de los agentes que la sustentaban y la injerencia de éstos en determinadas políticas gubernamentales interesadas
en el desarrollo de políticas industriales
favorables a un sector considerado como
motor de crecimiento para las respectivas economías exteriores, algo primordial en la era del Mercantilismo.
En términos generales, la obra está
influida por el debate sobre el concepto
de globalización, término útil y polisémico, pero vinculado en este caso al dispar
proceso evolutivo de las etapas de la expansión atlántica. En esta línea, hay que
hacer constar, se han abierto interesantes
debates sobre la existencia o no de un
sistema atlántico, sobre la relación entre
el desarrollo de las instituciones y las
nuevas necesidades económicas, y sobre
el imperativo cada vez más evidente del
mantenimiento del orden europeo como
fuerte requisito para el crecimiento y
desarrollo no desigual de los mercados
internacionales. En esta investigación, su
contextualización desde la perspectiva de
la relación entre producción manufacturera local y su proyección nacional, euro-
867
pea, atlántica, y aún global, permite
abarcar varios problemas que son extensamente considerados por la autora. En
primer lugar se da importancia a la naturaleza del diseño puramente colonial de
algunas leyes europeas y la semejanza
existente entre muchas de las que fueron
promulgadas por distintos estados mercantilistas, especialmente durante los siglos XVII y XVIII. Este hecho ha sido
escasamente reconocido, haciéndose aquí
hincapié en la influencia, o mejor aún, el
determinismo colonial de las leyes europeas en materia de política económica. Por
lo demás, es una idea que también va muy
en consonancia con una de las tesis más
singulares desarrolladas precisamente en el
ámbito académico alemán recientemente,
la idea de la atlantización de los estados
europeos, algo a veces más importante
incluso que la idea contraria y tradicional
de la europeización del mundo atlántico.
Cabe constar que el conocimiento
bibliográfico de la autora es amplio y
que está más o menos al tanto de las
últimas y nuevas aportaciones sobre las
relaciones entre las instituciones y las
diferentes sinergias que movían el
mundo mercantil, incluyendo la literatura escrita en lengua española. No
obstante, se echan de menos algunas
aportaciones recientes muy brillantes
sobre la industria textil en la Edad moderna, como el estudio de Marta V.
Vicente, Clothing the Spanish Empire, u
otros muchos trabajos que hacen relevancia a dos líneas de investigación cada
vez más vinculadas a las visiones economicistas y sociales de la mundialización: la cultura material y el consumo.
Ambas líneas se echan un poco en falta
a lo largo de la obra al estar más centrada en el trasfondo socio-político. No
obstante, este trabajo recalca la impor-
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RESEÑAS
tancia de una nueva línea de investigación, aún no tan profundizada como se
merece, y muy relacionada también con
el interés reciente en los estudios sobre
los comportamientos de las redes, la
cooperación entre los agentes y su interaccionismo en el devenir institucional
desde el ámbito local al nacional y más
aún, al transnacional, aún cayendo (por
falta de otro más adecuado) en el uso de
este término anacrónico. Una cuestión
importante es dilucidar hasta qué punto
las redes de mercaderes, sobre todo sus
elites y representantes más influyentes,
pudieron influir en el diseño de las políticas económicas de los Estados europeos y hasta qué punto esto condicionó
los mercados exteriores, o al revés.
Es un hecho más que evidente, aunque escasamente subrayado por los muchos estudios existentes al respecto, que
la expansión de Europa cambió la producción de textiles en muchas de aquellas zonas donde se estaba experimentando una incipiente proto-revolución
industrial y que empezaban a conocer un
incremento de la producción ante la alta
demanda nunca antes conocida. También es cierto que esta expansión global
de la industria textil vino de la mano
del esparcimiento paralelo de nuevos
usos y costumbres y formas de vida
material. Infirió además en las políticas
de los estados europeos afectando al
posicionamiento y a las oportunidades
que el negocio de esta industria textil
encontró en los mercados internacionales. Debido a este proceso, muchas zonas de Europa, especialmente Alemania, Flandes, Francia y norte de Italia,
se convirtieron en altas exportadoras de
manufacturas textiles hacia otras zonas,
siendo su radio de acción a veces muy
considerable. La historiografía más tra-
dicional ha considerado este hecho como algo a tener en cuenta a la hora de
estudiar el origen de los crecimientos
económicos de dichas regiones en Europa y el retraso de otras. Hasta qué punto el establecimiento de unas redes de
exportación, almacenamiento e importación (casi siempre con vistas a la reexportación) supuso un factor de retraso
para la supuesta revolución industrial
que, también supuestamente, muchas
de aquellas ciudades y regiones vinculadas a estas rutas comerciales debían
experimentar, se ha convertido casi en
uno de los problemas no resueltos de la
historia económica en los siglos XVI al
XVIII. Actualmente la aportación de
esta historiografía se basa en la investigación y análisis de varios problemas
principales que son reiterativos, como la
organización de las manufacturas urbanas, la formación de monopolios y corporaciones gremiales, el estudio de la
ciudad como centro organizador para la
circulación y la distribución. Estos trabajos no dejan de ser interesantes estudios socio-económicos aunque escasamente relacionados con problemas que
ya fueron delineados por la obsoleta
historiografía marxista pero no faltos de
interés como la importancia de la protoindustria como forma transicional que
derivó en importantes transformaciones
de las relaciones de producción (como el
Verlagssystem). Desde un punto de vista
global y comparativo se hace evidente la
necesidad de relacionar estos parámetros
de producción interna regional europea,
las vinculaciones entre las mismas y los
sistemas económicos nacionales.
En términos generales, esta enjundiosa investigación aporta nuevas interpretaciones sobre la importancia de la
influencia que tuvieron las elites mercan-
Hispania, 2008, vol. LXVIII, nº. 230, septiembre-diciembre, 821-896, ISSN: 0018-2141
RESEÑAS
tiles en las cortes de la Europa moderna
a la hora de determinar qué productos
textiles tendrían éxito en los mercados
internacionales. No obstante, el libro
tiene una falta importante, y es que no
logra explicar por qué mecanismos funcionó dicha influencia. Hubiera sido, sin
duda, una gran aportación el conocimiento, aún no satisfecho, de cómo operaron
estas redes de relación entre productores y
mercaderes que se daban en el marco
local (sobre todo desde puntos de vista de
la convivencia y la cooperación social y
económica) hasta su trascendencia a las
políticas nacionales. Sin duda, queda pendiente cómo se establece esta presencia
del mercader en los órganos de presión y
decisión y cómo se traduce en el diseño
de una determinada política económica.
La obra está dividida en dos bloques
temáticos. El primero de ellos, bajo el
título genérico de «mercados, poderes y
personas», está dedicado a la descripción de cómo se va ampliando el mercado de las manufacturas en Europa,
debido sobre todo al aumento de la
demanda exterior al viejo continente y
como ello va incitando a la competencia, a la vez que colaboración, entre
mediadores de diversas naciones mercantiles. El segundo bloque consta de
cinco grandes y elaborados capítulos
que comprenden las más importantes e
interesantes aportaciones. Más que por
el contenido, que sin duda es de buena
calidad (y a pesar de citar algunos capítulos ya conocidos), esta segunda parte
es novedosa por la perspectiva y la visión que se da al tema objeto de la investigación. En estos capítulos se profundiza en algunos ejemplos de cómo
869
las elites influyen en las políticas industriales o manufactureras, ilustrando el
caso de las relaciones de Inglaterra con
España. Es de alto valor la visión fuertemente transnacional, ya que la obra
presta mucha importancia a las relaciones entre los diferentes gobiernos de las
naciones a través del tiempo largo, objeto de estudio. El interés de esta transnacionalidad en el estudio de las redes
de mercaderes es notable sobre todo si
consideramos que en la época mercantilista el comercio de las naciones era
siempre multilateral (nunca bilateral) y
que a pesar de los rígidos monopolios y
las políticas intervencionistas de los
incipientes estados europeos, eran las
comunidades de comerciantes las que
sostenían el poder de las economías de
mercados o de los sistemas mercantiles,
en el caso de que éstos se puedan separar unos de otros. También se describen
algunos ejemplos de cómo estas políticas influyeron en las relaciones intergubernamentales, en cuyo caso la descripción se detiene en cuestiones muy
concretas con un análisis pormenorizado. Se presta atención a cómo influyen
algunos eventos diplomáticos y políticos
en las economías de otros países, como
fue el caso de las Actas de Navegación
inglesas, las paces de Westfalia, el tratado del Asiento entre España e Inglaterra o la promulgación de la Carta
Magna y su influencia en el comercio
anglo-portugués. Su autora, Andrea
Weindl, presentó su tesis doctoral en la
Philosophischen Fakultät der Universität de Colonia en 2004. Este libro es
el producto, esperamos que no definitivo, de aquella obra de investigación.
—————————————–———————
Ana Crespo Solana
Instituto de Historia, CSIC
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CASTILLO GÓMEZ, Antonio y SIERRA BLAS, Verónica (eds.): Letras bajo sospecha.
Escritura y lectura en centros de internamiento. Gijón, Ediciones Trea, 2005,
448 págs., ISBN: 84-9704-139-9.
Nuevamente, en los márgenes del
Seminario Interdisciplinar de Estudios
de la Cultura Escrita de la Universidad
de Alcalá de Henares, se acomete el
análisis de una parcela de la historia de
la escritura marginal y marginada, pues
bajo los dos marbetes pueden acogerse las
Letras bajo sospecha desbrozadas en el volumen colectivo que coordinan Antonio
Castillo y Verónica Sierra. En esta ocasión,
la mirada se dirige hacia los textos y las
lecturas nacidos en los límites del confinamiento represivo, bajo la panóptica
vigilancia de instituciones coercitivas que
generan una documentación oficial, pero
que también fomentan el acto íntimo de
la escritura entre sus internos. Así, los
espacios de reclusión como las cárceles, los
reformatorios, los campos de concentración, los hospicios, los manicomios o los
ámbitos en donde se legitima la esclavitud
se convierten en el «soporte» de unos escritos personales excluidos de cualquier
inventario histórico-documental, a pesar
de ofrecer testimonios de inusitado valor
para conocer las historias de vida en cautiverio y, al tiempo, para entrever una realidad cotidiana que trasciende los límites
del internamiento a través de las evocaciones propias de la escritura autobiográfica.
Prisioneros de guerra, delincuentes,
enfermos mentales, esclavos, jóvenes en
reformatorios, sin dejar de lado la producción generada por los profesionales al servicio de los centros de reclusión o de rehabilitación socio-moral y mental, transmiten su
testimonio —ya sea voluntario, ya inducido por los educadores o terapeutas— a
través de un corpus plural que agrupa
cartas familiares, solicitudes administrativas, memorias, tatuajes corporales o grafitis. Se trata, pues, de una escritura con
frecuencia mediatizada, es decir, reelaborada por una mano ajena —personal de la
administración, compañeros de presidio,
familiares o amigos— en la que el emisor
delega el acto de la materialización de su
discurso, bien por tratarse de individuos
analfabetos, bien porque desconozcan los
protocolos administrativos para dirigirse a
los representantes institucionales.
La división interna del libro Letras bajo sospecha obedece a una diferenciación
funcional de los centros generadores de
palabras cautivas; así, los treinta y un
trabajos —bautizados artificiosamente
como capítulos— se agrupan en dos
apartados regidos, a su vez, por una ordenación cronológica y temática: el que
analiza los escritos segregados en centros
punitivos (cárceles y campos de concentración) y el que estudia los nacidos en
espacios que justifican la reclusión por
motivaciones formativas (correccionales),
benéfico-sanitarias (hospicios, manicomios) o socio-económicas (ámbitos de la
esclavitud legalizada). Estos trabajos de
perspectiva transnacional ofrecen un
breve recorrido por ciertos testimonios de
la historia moderna, como el centrado en
el peritaje grafológico de unas cartas
enviadas presuntamente por dos presos
por herejía desde la cárcel inquisitorial de
Évora en el siglo XVII. El episodio, reconstruido por Rita Marquillas (págs. 4376), atestigua, al tiempo, la intrincada
relación entre realidad y ficción y entre
oralidad y convenciones epistolográficas
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que codifican un tipo de escritura considerada tradicionalmente un reducto de
la privacidad pero que deviene instrumento de poder en tanto medio de información para las autoridades. Más allá
de estos usos espurios entre la burla
ingeniosa y la trama picaresca, el estudio de la correspondencia permite, en
casos como el mencionado, seguir indagando acerca de géneros intermedios
como el de las cartas apócrifas o inventadas, que tanta rentabilidad literaria
han demostrado en nuestras Letras.
Las diversas reformas del sistema
penitenciario europeo, fundamentalmente desde los escritos pioneros de
Cesare Beccaria, insistían en la necesidad de convertir la estancia de los penados en un proceso de reeducación que
permitiera la futura reinserción social;
tal era, al menos, la filantrópica idea
plasmada en las principales fuentes
europeas revisadas por Margarita Pérez
Pulido (págs. 257-273) para fundamentar su estudio acerca de la incorporación
del hábito de la lectura como parte de
la disciplina interna de los presidios
desde el Siglo de las Luces. Este sucinto
y panorámico recorrido desemboca en
un resumen —desprovisto de algunos
datos específicos necesarios para conocer
el valor del muestreo realizado— del
trabajo de campo con los reclusos del
Centro Penitenciario de Badajoz acerca
de los usos condicionados del libro y de
la biblioteca en la actualidad. En esta
línea de indagación en torno a la política educativa y a la reconstrucción de la
memoria institucional en centros de
carácter benéfico, pero con evidente
disciplina higiénico-social, se sitúa el
estudio de Pilar Gutiérrez Lorenzo
(págs. 321-339), centrado en el archivo
decimonónico del hospicio mexicano de
871
Guadalajara —que otorgaba asistencia
a huérfanos, indigentes, ancianos, ciegos, enfermas y viudas— y en sus proyectos de estimulación de las habilidades
lecto-escritoras, fructíferos sobre todo en
el caso de las mujeres. El discurso filantrópico acerca de la capacidad regeneradora de la pedagogía también estuvo
presente en las propuestas para los correccionales mexicanos, propuestas que
encontraron su duro correctivo en la
propia realidad diaria, marcada por la
falta de medios, como señala Enrique
Vera Segura (págs. 341-352), casuística
similar a la del reformatorio italiano de
Bosco Marengo (1904-1920), expuesta
por Davide Montino (págs. 353-377)
como un foco de la llamada scritura bambina; esto es, la escritura epistolar de
niños adolescentes, caracterizada por un
alto nivel de coerción disciplinaria y de
sumisión jerárquica, pero que permite
vislumbrar el proceso de definición de la
identidad de los emisores frente a los
represores y las estrategias empleadas
para congraciarse con la autoridad.
La lectura como vía de aprendizaje
esencial en el proceso de constitución
del sujeto, sometido a las fuerzas poderosas de normalización y disciplinamiento de los centros educativos, ocupa
el interés del trabajo colectivo de R.
Lúcia, F. de Miranda y Vera Helena F.
de Siquiera (págs. 402-420). Dos discursos literarios asimilables a la literatura del yo —O Ateneu (1888) e Infância
(1945), de los brasileños Raul Pompéia
y Graciliano Ramos, respectivamente—
demuestran cómo la lectura dota al
niño de un interlocutor necesario en el
plano simbólico y le adiestra en la búsqueda de otras vías expresivas para la
reconstrucción memorialística en la
edad adulta. En el documentado trabajo
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de casuística local de Elena de Ortueta
y Daniel Piñol (págs. 77-106) se aborda
la ordenación legal relativa a los planes
escolares y al acceso a la cultura escrita
en los presidios —y la sistemática inobservancia de las directrices legales—, así
como el diseño arquitectónico de los
espacios destinados a la escritura en la
provincia de Tarragona (1834-1932). El
archivo penitenciario, producto de la
maquinaria burocrática —un mecanismo más de control social, en palabras
weberianas, como el mismo proceso de
alfabetización lo es para el control ideológico de los reclusos—, con sus expedientes de penados, libros de registro o
la correspondencia oficial y particular,
plantea cuestiones pendientes como la
gestión y el tratamiento de este corpus
como una fuente documental necesaria
para la historia de la cultura contemporánea, tema que se aborda desde diversos ángulos en este volumen colectivo
dedicado a la maquinaria grafómana —
remedando el título del trabajo de Philippe Artières (págs. 135-146)— que
suele desencadenar un establecimiento
de reclusión con anterioridad al ingreso
de cada penado.
Artières, referencia inexcusable en
el estudio de la epistolografía y de los
escritos de individuos anormales, criminales y desviados, señala que el verdadero autor de cualquier forma de escritura
carcelaria en su diversidad gráfica —ya
sean tatuajes, graffiti, cuadernos de
reclusos o libros oficiales— es la propia
institución. En ella, sus habitantes ofician sólo de copistas de una suerte de
panóptico gráfico destinado a adiestrar
y a disciplinar a los individuos a través
de la escritura: el individuo será «actor
de su propia vigilancia» (pág. 146) y,
así, el vigilante devendrá lector. Incluso
el cuerpo del recluso se convierte en
soporte de un alfabeto gráfico vinculado
principalmente a la vida en cautividad:
el tatuaje, marca que llegará a estigmatizar al delincuente en la tipología lombrosiana y que permitiría el análisis de
una práctica discursiva atípica. Así,
Lelia Gándara (págs. 237-255), a partir
de los postulados de la escuela francesa
de Análisis del Discurso, disecciona —a
través de las imágenes tomadas en una
prisión bonaerense desocupada en
2001— la tipología de los graffiti carcelarios, sus técnicas y temáticas, como
una estrategia comunicativa híbrida, a
medio camino entre la escritura y el
dibujo, que se erige como un sistema
contra-panóptico.
El espacio de la reclusión forzada
genera escrituras y lecturas disciplinadas, disciplinantes y disciplinarias, a
través de unos dispositivos que, según
las conocidas tesis de Michel Foucault,
fomentan la práctica del examen para
vigilar y castigar, pues, ya se sabe: toda
forma de conocimiento asegura o fundamenta el poder socio-político. Pero
también genera discursos disidentes al
pervertir y dislocar los usos y protocolos
de la escritura oficial, como se manifiesta en la colaboración de Verónica Sierra
(págs. 165-200), un valioso trabajo de
exhumación documental centrado en las
cartas de súplica en los centros de reclusión de la guerra y la posguerra civil
españolas (1936-1945). Los escritos
dirigidos a las autoridades penitenciarias aspiran a crear formas de interlocución con el poder —a menudo unidireccionales— pero, al tiempo, prueban que
los instrumentos de dominio pueden
devenir cauces de construcción biográfica que testimonian íntimas fórmulas de
resistencia, bien desde la cárcel, bien
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desde el exterior, vía familiares y allegados. Peticiones de reducción de condena, pliegos de descargo, avales, declaraciones testificales, manifiestan la
apropiación del medio escrito por parte
de un variado corifeo que, desde la
aceptada sumisión y adaptación a los
usos retóricos de la autoridad, permite
reconstruir testimonios de oralidad en
unas condiciones de enunciación atípicas que franquean el paso a la escritura.
Otro tanto podría decirse de los catorce
documentos de los siglos XVIII y XIX
escritos por esclavos, o a instancias de
éstos, que analiza Klebson Oliveira
(págs. 279-320) —en su mayoría cartas
peticionarias destinadas a denunciar
malos tratos, rogar traslados de cárceles
o solicitar la manumisión—, que no sólo
manifiestan que la historia de la alfabetización en Brasil no fue una cuestión
exclusiva de la población blanca, sino
que constituyen valiosos testimonios de
la especificidad lingüística del portugués
empleado por las capas populares del
Brasil colonial y postcolonial que percibieron el valor de la escritura como recurso garantista de sus deseos e intereses.
Así, las letras bajo sospecha constituyen un rico muestrario para el estudio
particularizado de la semiótica de la
reclusión y la punición, es decir, para el
análisis de los diversos sistemas elusivos
y alusivos que marcan necesariamente
diferentes niveles de interpretación en
función de los redactores (a menudo
funcionarios) y de los lectores (internos
y externos al centro de reclusión) de los
textos. La necesidad de valorar estos
testimonios se deduce nuevamente del
análisis diacrónico realizado por Diego
Navarro Bonilla (págs. 17-41) de la
escritura de resistencia de los prisioneros de cárceles españolas y francesas, ya
873
sea en papel o en los propios muros, y
en la documentación generada por la
institución penitenciaria, análisis que
adereza con consideraciones de raigambre archivística acerca de la tipología y
de la organización interna del variado
corpus burocrático generado que, al
tiempo, permite entrever la estructura
orgánica de estos espacios de reclusión.
Espacios que también generan una escritura de frontal resistencia y confrontación, como la multiplicada por el
terrorista de la extrema derecha italiana
Vincenzo Vinciguerra, que convierte la
cárcel como el último reducto desde el
que llevar a cabo la actuación política y
el reto permanente al Estado, como lo
demuestra en la reconstrucción histórico-biográfica de su activismo militante
en la década de 1970 a través de sus
escritos carcelarios, glosados por Gianfranco Quiligotti (págs. 275-285).
La escritura con fines terapéuticos,
otra forma de control médico-social
practicada en las instituciones sanitarias
en las que se construye y aplica el discurso sobre la normalidad, tiene también su tratamiento en este volumen, de
la mano de Augusta Molinari (págs.
379-399), que exhuma más de cien
textos autobiográficos y numerosas
cartas de pacientes de origen popular
recluidos en el manicomio genovés de
Quarto al Mare en el período 19171929. El médico, agente del proceso de
escritura para estimular el autoanálisis
de la enfermedad y, asimismo, «archivero» que procesa los signos del mal a
través del ejercicio de memoria de la
paciente, condiciona la producción del
texto, pero también legitima la voz de
la interna que pretende reconstruir su
verdad y, a menudo, probar su equilibrio mental. Estos textos no sólo permi-
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ten reconocer el carácter de patología
social que la locura femenina asumía en
el discurso biologicista de la época, sino
también detectar cómo estas mujeres,
que se evaden de las condiciones del
internamiento, demuestran una impensable destreza en su composición; toda
una cartografía del sufrimiento que
tiene sus principales desencadenadores
en el seno de la familia. La escritura
íntima femenina, como catarsis y como
proceso de autointrospección publicitada, es decir, como confrontación entre
la imagen social y la imagen íntima,
encuentra singular exhibición en el caso
de la infanticida brasileña de principios
del siglo XX analizado por Ioniza
Marmita Wadi (págs. 421-447).
En la misma línea de trabajo se sitúa el estudio de Fabio Caffarena (págs.
107-133), restringido al penal italiano
de Finale Ligure (1864-1965), donde se
custodia un rico y aún escasamente
conocido legado epistolar que refleja el
uso de la escritura y de la lectura como
un medio de reafirmación de la individualidad, frente al proceso de despersonalización y anulación que conlleva el
confinamiento. Tales estrategias defensivas se ratifican en las cartas, pero sobre todo en los diarios de otros prisioneros de estatus diverso al del preso
común: los soldados italianos que lucharon en el frente oriental en la Primera Guerra Mundial, en el ejército pluriétnico del Imperio Austrohúngaro.
Tales testimonios son una manifestación convincente de la escritura extrema,
reunida por Quinto Antonelli (págs.
147-163) como ejemplo del valor histórico del testimonio personal, dietario de
la construcción moderna de la identidad
en un centro de reclusión en período de
guerra. Esta visión se complementa con
el estudio de Giuliana Franchini (págs.
201-216), también centrado en una
comunidad bélica, la de los soldados
italianos prisioneros en los lager alemanes de la Segunda Guerra Mundial, a
los que se les negó la condición jurídica
de presos de guerra y se les aplicó prácticas alienadoras propias de los sistemas
totalitarios. Frente a éstas, los presos
esgrimieron el ejercicio clandestino de la
lectura como sistema de socialización y el
de escritura como recreación de formas
embrionarias de relaciones personales, de
voluntariosa reconstrucción y reconocimiento de la propia identidad, así como
de triunfo simbólico de los derrotados a
través de una memoria histórica de resistencia escrita, tal como nos ha legado el
testimonio vital de Primo Levi y su agónico Se questo è un uomo (1958) tras su
paso por Auschwitz. Precisamente son
las páginas de Levi —«escribo aquello
que no sabría decirle a nadie»— las que
alumbran la reflexión de Carmen Rubalcaba (págs. 217-235) sobre la escritura en campos de concentración nazis
y los gulags soviéticos.
En suma, la compilación de estudios
en torno a las Letras bajo sospecha viene a
insistir en la multivocidad y en la polisemia de las palabras nacidas y sometidas
—pero sobre todo rudimentariamente
multiplicadas— en situaciones de reclusión como vía para crear simbólicos espacios de libertad individual y, al tiempo,
como testimonios indispensables para
ampliar el campo de conocimiento de la
historia cultural contemporánea.
—————————————–———––––—––— Pura Fernández
Instituto de Lengua, Literatura y Antropología, CSIC
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CASTILLO, Santiago y OLIVER, Pedro (coords.): Las figuras del desorden: heterodoxos, proscritos y marginados. Madrid, Ed. Siglo XXI, 2006, 372 págs. +
CD adjunto, ISBN-13: 978-84-323-1277-9, ISBN-10: 84-323-1277-0.
El presente volumen recoge las actas
del Congreso de Historia Social, celebrado en Ciudad Real los días 10 y 11 de
noviembre de 2005. Era éste el V congreso organizado por la Asociación de
Historia Social y se planteaba en continuidad con los anteriores, recogiendo la
experiencia acumulada en ellos.
Con el título genérico «Las fuerzas
del desorden: heterodoxos, proscritos y
marginados», los trabajos presentados en
el congreso intentan responder a una
doble hipótesis de partida: por un lado,
que las categorías propuestas para análisis, pese a sus evidentes diferencias y a la
imprecisión conceptual que las rodea, se
relacionan entre sí y suelen aparecer juntas, en determinados momentos históricos, como figuras de la marginación y la
exclusión social; por otro, que las temáticas que reflejan están muy presentes en
las Ciencias Sociales, debido a su relación
con problemas de gran envergadura
(creencias, ideologías, poder, normalidad,
coacción, orden-desorden, elites sociales,
valores dominantes, etc.). Desde esa doble perspectiva, las actas del congreso se
agrupan en una conferencia inaugural de
carácter introductorio y tres partes,
dedicadas respectivamente a heterodoxos,
proscritos y marginados. El volumen
impreso incluye las ponencias presentadas; las comunicaciones han sido recogidas sólo en el CD que lo acompaña.
La conferencia inaugural (J. Casanova), con el título de «Ortodoxias seculares y heterodoxias religiosas en la
Modernidad» contiene, en primer lugar,
unas reflexiones teórico-analíticas de
carácter general sobre los conceptos de
«ortodoxia» y «heterodoxia» desde la
perspectiva de la sociología comparativa
histórica de las religiones y civilizaciones;
se basa para ello en autores como Max
Weber, Kart Jaspers, y especialmente
S.N. Eisenstadt. Continúa con el sucinto
análisis de una institución concreta: el
Opus Dei como exponente de las mutaciones típicas de heterodoxias en ortodoxias en los procesos de modernización.
Concluye con unos apuntes sobre el secularismo como ortodoxia de la modernidad occidental y la relegación de la
religión al puesto de heterodoxia.
La primera parte del volumen agrupa cuatro ponencias. «Heterodoxias religiosas en la Antigüedad: repudio e integración» (R. Cid) analiza algunas
cuestiones religiosas de las sociedades
antiguas, especialmente el paganismo
grecorromano y oriental. En este terreno, los estudios han superado la problemática que reflejaban hace varias décadas (v. g. G. Puente Ojea, B. Dunham,
A. Momigliano, J. Bayet, etc.), puesto
que la oposición religiosa no se limitó, en
la Antigüedad, a la confrontación cristianismo-paganismo ni respondió a una
idea estable o unívoca de ortodoxia y
heterodoxia. En «Convivencia difícil»
(B. Vincent) se aborda una variada problemática sobre las relaciones entre
cristianos viejos y moriscos en el siglo
XVI, reflexionando especialmente al
hilo de los análisis de C. Císcar Pallarés
y de A. García Pedraza. Numerosos
estudios han tratado de esas relaciones,
aunque de modo distinto. Debido pro-
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876
RESEÑAS
bablemente a las fuentes utilizadas (v.
g. documentos inquisitoriales y estatales), ambos grupos se vieron tradicionalmente como dos bloques irreductibles y completamente diversos entre sí;
pero estudios posteriores han mostrado
que no existió un único problema morisco, sino varios, producidos por situaciones muy diversas y que este hecho
empujaba a realizar otros estudios monográficos sobre territorios limitados,
utilizando fuentes nuevas (como protocolos notariales) y variadas (oficiales o
privadas, civiles o eclesiásticas, locales,
regionales o nacionales, poco o muy
mediatizadas), debidamente sometidas
a una crítica científica desde diversos
campos y disciplinas. Ni una oposición
radical y permanente entre cristianos
viejos y moriscos, ni una integración
deseada por ambos grupos y sólo frustrada por la Monarquía y la Inquisición
responden a la realidad de lo que hoy
conocemos; sólo la expresión «convivencia difícil» describe a la generalidad
de situaciones a las que esas comunidades tuvieron que enfrentarse. «Doxa,
ortodoxia, heterodoxia. La crisis del
siglo XVIII» (J. Herrero) analiza esos
términos partiendo de clásicos grecolatinos: para Parménides, la «doxa» (opinión) carece de realidad y verdad, es
impermeable a la razón y está dominada por fuerzas irracionales; para Platón
la verdad es alcanzable por el hombre,
que puede distinguir entre «ortodoxia»
(recta opinión) y «heterodoxia» (opinión
errónea). Sin embargo, esta distinción
carece de sentido para la mayoría de
críticos contemporáneos, pues ortodoxia
y heterodoxia se delimitan según el
contexto en que se inscriben y toda
«doxa» puede convertirse en una u otra
dependiendo de sus circunstancias his-
tóricas: lo que en un momento concreto
se consideró ortodoxo puede considerarse heterodoxo en otro y viceversa. El
cristianismo considerado heterodoxo
por Nerón convirtió en víctimas de la
Inquisición a nuevos heterodoxos quince siglos después; la ortodoxia política
de siglos, que postulaba que el poder
desciende de Dios directamente a los
gobernantes, fue sustituida como heterodoxa durante la Ilustración por una
nueva ortodoxia que postula que el
poder surge del pueblo y es ejercido por
sus representantes; esta nueva ortodoxia
«democrática» fue, a su vez, suplantada
como heterodoxa por la nueva ortodoxia totalitaria del nazismo y de su
remoto precursor Nietzsche. Finalmente, las «Reflexiones de conjunto sobre
los heterodoxos» (F. Sabaté) señalan
diversos mecanismos por los que toda
ortodoxia pretende excluir de su seno la
heterodoxia. Ante todo, una autoridad
que se atribuye en exclusiva el derecho
de definirlas; una sociedad que se articula con reglas, reforzadas por amenazas directas, por la invocación de un
peligro común o por una noción de
orden que incluye desde la paz en la
tierra hasta la felicidad eterna. Por su
parte, el poder guardián de la ortodoxia
dosifica los conocimientos necesarios;
consolida su posición con un discurso
ideológico del que deriva un único modelo social, sin posible alternativa; impone así un pensamiento único y persigue a todo posible disidente con el peso
del aparato político y de la cohesión
social, bajo diversas formas. La heterodoxia, a su vez, puede presentarse como
una reivindicación o como propuesta de
un orden social contrario al poder imperante. El autor ilustra todo ello con el
análisis de situaciones y casos concretos.
Hispania, 2008, vol. LXVIII, nº. 230, septiembre-diciembre, 821-896, ISSN: 0018-2141
RESEÑAS
La segunda parte trata de los proscritos y recoge también cuatro ponencias. «Fuera de la ley/por encima de la
ley: movimientos ainstitucionales en la
baja Edad Media» (B. Garí) presenta las
vicisitudes y el destino final de las corrientes beguinas de Occitania en el
primer tercio del siglo XIV y su choque
con el papado y el derecho canónico, a
cuyo control pretendían escapar, siguiendo impulsos más carismáticos que
institucionales. Las beguinas y beguinos
del Languedoc constituyeron comunidades imbuidas por algunas ideas y
prácticas de la espiritualidad franciscana; su experiencia de vida común acabó
en procesos inquisitoriales y en ejecuciones. «Género, trabajo y marginación:
estereotipos explotados desde la antropología histórica» (A. Martín Casares)
trata de comprender la realidad social
de determinados grupos de mujeres
marginadas y asociadas al ámbito doméstico; a la vez, pretende poner de
relieve la pertinencia de la perspectiva
de género en la historia y en la antropología social. Tras una escueta reseña del
camino seguido por esta última disciplina y de las fuentes utilizadas para
ilustrar una realidad social determinada,
pasa la autora a analizar el caso de las
criadas y la infravaloración del trabajo
doméstico; concluye con unos apuntes
sobre el precio de las esclavas, como
exponente de la explotación por género,
clase y etnicidad, basándose en hipótesis
elaboradas en anteriores trabajos sobre
la esclavitud en la España moderna o en
Mauritania y Sudán contemporáneos.
«Más allá de los exilios políticos: proscritos y deportados en el siglo XIX» (P.
Gabriel) estudia las deportaciones en la
España contemporánea, menos conocidas que los numerosos exilios y emigra-
877
ciones políticas. La deportación en España estuvo estrechamente vinculada
con la represión directa en la península,
con un determinado sistema penitenciario y con una ideología penalista burguesa. A diferencia de otras formas de
castigo, la deportación implicaba el
alejamiento físico, pero iba también
acompañada de exclusión, separación,
marginación y repudio; por ello, deportación y proscripción acabaron estando
unidas y siendo equivalentes. Los deportados políticos en territorio nacional
debían ir en principio a Valladolid, pero
tuvieron también como destino los penales del Peñón de la Gomera y las
Chafarinas, junto a algunos otros lugares del norte de África (Ceuta, Melilla,
Alhucemas); numerosos deportados
pasaron a colonias penitenciarias de
Ultramar (Filipinas, Islas Marianas,
Golfo de Guinea y Fernando Poo); no
faltaron deportaciones a Francia e Inglaterra. Se analizan con cierto detalle
los penales de Fernando Poo y las Marianas. Cierra esta segunda parte «Proscritos y proscripciones: una historia en
perspectiva» (T. A. Mantecón Movellán) donde se pasa revista a las comunicaciones presentadas a esta sección; el
ponente constata el peso de los factores
de género, etnicidad, cultura y disidencia en la construcción de la proscripción
en sociedades históricas y contextos
variados; subraya finalmente la vitalidad de la investigación en este campo y
la existencia de amplios sectores todavía
por explorar.
La tercera y última parte del volumen está dedicada a los marginados.
«Control social y control penal: la formación de una política de criminalización y de moralización de los comportamientos en las ciudades de la España
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RESEÑAS
medieval» (I. Bazán) se centra en el
estudio de los mecanismos de control
social y penal establecidos por las sociedades urbanas de fines de la Edad Media. Para ello, el autor analiza el planteamiento teórico del tratado Suma de la
política de Rodrigo Sánchez de Arévalo,
escrito entre 1454 y 1455, y la aplicación práctica en varias ciudades (Murcia, Toledo, Valencia, Vitoria o Palencia). En todas ellas, las materias
sometidas a control por las autoridades
fueron la violencia, la conducta sexual,
las desviaciones religiosas, la higiene
pública, el juego, los marginados… Los
principales mecanismos arbitrados para
controlar, perseguir y castigar fueron
los cuerpos policiales, las penas ejemplares y públicas, el destierro, las «vecindades» o las parroquias y «colaciones» (según las ciudades). También se
arbitraron medidas de asistencia y rehabilitación de marginados (infancia
abandonada, pobres, prostitutas…).
«Pobreza y modernidad: la política de
pobres a la luz del derecho de gentes»
(F. Álvarez-Uría) presenta el debate
entre el dominico Domingo de Soto y el
benedictino Juan de Robles, suscitado a
mediados del siglo XVI sobre el estatuto de los pobres. El origen del debate
fue el opúsculo Deliberación de la causa de
los pobres de Domingo de Soto, en el que
se hacía una crítica de la política oficial
sobre pobres, inspirada en las recomendaciones hechas veinte años antes por
Luis Vives a la ciudad de Brujas. La
defensa de los pobres planteada por
Soto está vinculada a las ideas de soberanía popular y de igualdad del género
humano. «Marginados dentro de la
marginación: prostitución masculina e
historiografía de la sexualidad; España
1880-1930» (R. Cleminson) centra su
análisis en la prostitución masculina y
más concretamente la destinada a hombres y no a mujeres. En la España del
periodo analizado existen tres tipos de
escritos que mencionan la prostitución
masculina: los que tratan de la prostitución femenina, pero incluyen apartados
sobre la masculina como dato que hay
que analizar en un contexto moral; los
que tratan de la infancia y sus peligros,
con apartados sobre la prostitución de
los menores o la delincuencia infantil; y
los que tratan del vicio de las grandes
ciudades, con secciones sobre la «inversión sexual», según las teorías psicopatológicas del momento. En conjunto,
ofrecen un material inicial, suficiente
para una primera aproximación al estudio propuesto. Finalmente, «Marginados: la producción y el castigo de la
exclusión» (P. Oliver Olmo) analiza la
treintena de comunicaciones presentadas al congreso en esta sección; el autor
las agrupa en aquellas que tratan de
discursos productores y reproductores
de marginación, las que se refieren a la
pobreza y su control, las que abordan
las razones de la delincuencia y finalmente las que estudian los espacios y
prácticas de control y castigo de la
marginación. Como sucedía en el análisis de las ponencias presentadas sobre
proscritos, el autor constata también la
vitalidad de la investigación histórica
sobre la marginación y los esfuerzos de
renovación de la historia social.
El amplio y variado contenido de
este volumen interesará no sólo a especialistas en historia social, sino también
a historiadores de las ideas y las mentalidades del Occidente cristiano en diversas épocas. Es de agradecer el esfuerzo
de coordinadores y ponentes por vertebrar los materiales disponibles y superar
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RESEÑAS
cierta dispersión temática y cronológica,
inherente a este tipo de obras colectivas,
879
que aspiran a recoger la reflexión y el
debate de diversas disciplinas.
—————————————–——————––— Andrés Barcala
Instituto de Historia, CSIC
FORNIÉS CASALS, José Francisco: José Sinués y Urbiola, un regeneracionista católico aragonés (1894-1965). Zaragoza, Real Sociedad Económica Aragonesa de
Amigos de del País–IberCaja, Obra Social y Cultural, 2006, 850 págs., ISBN: 848324-235-4.
José Sinués, un financiero, un dirigente empresarial, un político y un católico aragonés, un católico social activo. La
Caja de Ahorros y Monte de Piedad de
Zaragoza, una creación de la Real Sociedad Económica Aragonesa, en 1876.
Amplió José Sinués su radio de influencia en tiempos en que la dirigió. Fue
pieza clave en la evolución de esta entidad, en cuyo consejo de administración
estuvo desde 1933. Con él y gracias a
él, las dos instituciones aragonesas alcanzaron proyección nacional e internacional. Presidió muchos años la Confederación Española de Cajas de Ahorro y
el Instituto de Crédito de las Cajas de
Ahorros y participó en la constitución
de la Asociación Internacional de Montes de Piedad en 1957.
Esta biografía trata de explicar por
qué tantos quisieron contar con Sinués y
por qué éste acudía a esos requerimientos y cómo lo hacía. Era una persona al
servicio de todos. Esa era su imagen y la
base de su prestigio entre los directivos
de las grandes empresas. Casi todos sus
colaboradores tenían en común ser amigos suyos y ostentar cargos políticos en
Aragón, La Rioja y Madrid. El autor, en
el tercer apéndice, de más de doscientas
páginas, consigna la fecha en que cada
uno de los citados conoció a Sinués.
Su regeneracionismo se concretó en la
lucha contra la pobreza, la enfermedad, la
ignorancia, la indefensión de los más débiles. Dentro de la tradición ilustrada, creía
que la formación y la cultura generan
riqueza y la aseguran luego. Como aragonés, trabajó para proporcionar a su tierra
recursos con los que modernizar su agricultura, sus regadíos, sus comunicaciones,
sus fuentes de energía, su industria, su
sector de servicios, sin temer riesgos. Algunas de sus iniciativas los tenían y le
causaron luego problemas Eso sucedió con
el fracaso de NAZAR, un intento de dotar
a Aragón de una fábrica de vehículos.
Un recorrido sumarísimo por esta
obra pone de manifiesto que la sociedad
en la que vivió Sinués era bastante
compleja y no tan monolítica. Había
que negociar las cosas asiduamente y
con muchos. Hay una secuencia en el
título que queda bien probada en la
biografía. Ilustrado y regeneracionista,
le importaba mejorar las condiciones de
vida fomentado la riqueza. Sabía que
para ello necesitaba contar con la bene-
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RESEÑAS
volencia del poder público, sobre todo
por su función imprescindible: asegurar
el orden para poder tener tiempo y dar
lugar a que fructifiquen las «empresas».
Sinués se benefició del giro de un
sector de los católicos en esos años: hay
que modernizarse en los procedimientos
para estar presentes eficazmente en la
sociedad. Se explica así su colaboración
con el Opus Dei y su pertenencia a la
ACNP. Sinués fue un «vaticanista»,
porque la Santa Sede era una instancia
más innovadora que el episcopado español. Con Benedicto XV y Pío XI, en el
Vaticano estaban por lo que en tiempos
de León XIII se llamó el «ralliement», es
decir, la aceptación de la legalidad, actuar dentro de ella y obtener todas las
ventajas que ofrece, incluido el procedimiento para cambiarla legalmente.
Expresó sus ideas muchas veces. Lo
hizo de manera significativa en el discurso que pronunció el 28 de abril de 1951,
el año en que oficializó su pertenencia a
la ACNP, con cuyas instituciones venía
colaborando. Pese a la situación política,
la sociedad se había fortalecido entre
1930 y 1950. En esos veinte años el
ahorro se había triplicado y el número de
ahorradores, duplicado. Defender a las
Cajas era un modo de asegurar la rentabilidad de sus impositores. Pidió un trato
equitativo en relación con la banca privada. Mantuvo el Estatuto del Ahorro de
1933 para disuadir a quienes pretendieran hostigarlas, incluido el Ministerio de
Trabajo en 1947. Logró frenar esos ataques y apoyó los recursos frente a las
delegaciones de Hacienda, que trataban
de que las Cajas pagaran impuestos sobre las cantidades que aplicaban a sus
obras sociales.
En la última etapa de su vida creyó
que se aproximaba una liberalización que
rebajaría el coeficiente de inversiones
obligatorias a favor del INI. Pensó que
eso permitiría la expansión del crédito a
favor de las empresas privadas y una
bien estudiada adquisición de títulos de
inversión. En aquella coyuntura favorable para la construcción de viviendas,
que la banca privada quiso acaparar,
reclamó desde la CECA en abril de 1961
una liberalización plena para que las
Cajas invirtieran sin topes ni limitaciones
en viviendas.
Con sus muchos aciertos y algunos
fracasos, Sinués fue una persona modesta,
entrañable, buen cristiano porque ayudó
siempre a los demás, buen ciudadano,
porque defendió siempre su justo derecho
frente al Estado y buscó acrecentar el
bien común. Este hombre trabajador
infatigable, ilustrado y regeneracionista,
encontró gozo en el trabajo incansable.
Asentó en la confianza sus casi incalculables obras y tareas. Jamás aceptó obsequios relacionados con su cargo. Discreto
en su muerte, apunta su sobrino en las
primeras páginas, no quiso homenajes
póstumos. Le bastaba ser recordado con
una oración. La mayor y, para él, la mejor parte de su herencia la repartió en
vida.
Forniés Casals es un especialista en
las instituciones en las que intervino
Sinués. Ha escrito sobre ellas alguna
monografía y varios artículos. En ésta
respeta la cronología. La abundancia de
datos sobre una persona tan activa crea
a veces una sensación de que el lector va
siguiendo la agenda de Sinués, las actas
de los organismos que presidió y las
cartas institucionales y personales que
escribió.
No es así. Estamos ante una excelente biografía que permite ver cómo
fue la clase dirigente española y qué
Hispania, 2008, vol. LXVIII, nº. 230, septiembre-diciembre, 821-896, ISSN: 0018-2141
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proyectos modernizadores tuvo en esos
años. Nos acerca a las ciudades, instituciones financieras nacionales e internacionales, a los políticos y a los órganos
de poder, al patrimonio cultural, al
tejido empresarial, a los proyectos de los
católicos modernizadores y a sus obras y
organismos, a sus familiares, a la carrera
de algunos de ellos, a las trastiendas del
poder en sus relaciones con Franco y sus
ministros. Es también una micro-historia
acerca del drama de un ilustre exilado,
Manuel García-Miranda y de un preso
político, un comunista, empleado en la
CAZAR. Lo mantuvo en plantilla y entregó mensualmente la nómina a su
familia. Se sentía confortado Miguel
Galindo García —ése era el hombre—
al verlo coincidir «con mi sentido gene-
881
roso y justo de la vida, de la comprensión, de la convivencia y justicia social… mi principal preocupación es el
tener oportunidad para poderle corresponder» (pág. 523).
Forniés Casals emula a su biografiado en esfuerzo y entusiasmo por lo
bien hecho. Hay un uso abundante y
permanente de fuentes, documentales y
orales. Presenta una exhaustiva y minuciosa información de los aspectos oficiales y de las relaciones profesionales y
personales de Sinués, de sus cargos y de
las instituciones a las que perteneció o
con las que mantuvo contacto, y una
lista de sus publicaciones (págs. 629635). Hay casi un millar de notas, muchas de ellas con varias referencias archivísticas.
—————————————–—————— Cristóbal Robles Muñoz
Instituto de Historia, CSIC
NÚÑEZ SEIXAS, Xosé Manuel: ¡Fuera el invasor! Nacionalismos y movilización
bélica durante la guerra civil española (1936-1939). Madrid, Marcial Pons
ediciones, 2006, 477 págs., 8 ilustr., ISBN-10: 84-96467-37-6.
La guerra civil de 1936 no sólo fue
una lucha de clases, no sólo se movilizaron intereses sociales y posiciones ideológicas y políticas, sino que en ambos
bandos el nacionalismo español, la idea
de España, se convirtió en un importante factor de canalización de adhesiones a
la respectiva causa. En esta misma editorial se publicó otro libro a cargo de
Ismael Saz (España contra España. Los
nacionalismos franquistas, Madrid, 2003)
que desglosaba el carácter nacionalista
de la dictadura de Franco y cómo en su
seno pugnaron por hacerse hegemóni-
cos un españolismo de origen fascista y
otro españolismo de contenidos católicos.
Ambos, contra la idea de una España
concebida no sólo con criterios socialistas
y revolucionarios, sino también con el
afán de destruir cualquier atisbo de una
nación liberal y democrática.
Por su parte, Núñez Seixas enriquece ese planteamiento y profundiza en el
modo en que la idea de España se convirtió también en el bando republicano
en un medio para concitar la mayor
lealtad ciudadana posible y también en
un instrumento de propaganda contra
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los sublevados al tacharlos de elementos
al servicio de potencias extranjeras,
como la Alemania de Hitler y la Italia
de Mussolini. No por casualidad, el 2 de
mayo y los actos de la guerra contra
Napoleón se convirtieron en imágenes
muy utilizadas en la propaganda de las
instituciones republicanas. Son muy
reveladoras y directas las ilustraciones
que se reproducen en el libro. Por sí
solas explican cómo el Socorro Rojo de
España o la FETE-UGTE y otras instituciones del bando republicano se remontaron nada menos que a ese mítico
2 de mayo de 1808, a Agustina de Aragón, a la imagen del guerrillero ataviado al modo goyesco para enlazar aquellas guerras con la de 1936. Por
supuesto, también la guerra contra
Napoleón sirvió al bando rebelde franquista para utilizar la misma figura de
Agustina de Aragón; baste recordar la
película de Juan de Orduña protagonizada por Aurora Bautista, aunque se
realizó en 1950.
Tras un capítulo introductorio sobre el valor de la retórica y del discurso
nacionalista en la estrategia de movilización y cohesión desplegada en ambos
bandos desde el verano de 1936, exponiendo los consiguientes soportes teóricos y metodológicos, el libro se organiza
en torno al análisis de ambos discursos.
Ocupan sendos capítulos, cuyos títulos
nos ofrecen el núcleo esencial del patriotismo al que se apelaba en cada
caso. El capítulo 2 dedicado a «la nueva
Numancia miliciana» despliega, en
efecto, la elaboración de un discurso en
el que se solapó la revolución con la
independencia nacional y en el que los
mitos del españolismo liberal se transformaron en elementos de un nuevo
casticismo revolucionario. Solaparon así
las ideas de patria, de libertad y de revolución hasta tal punto que los más
radicales anarquistas se consideraron a
sí mismos como los más auténticamente
patriotas pues sólo luchaban y anhelaban la felicidad y bienestar del pueblo.
El capítulo 3, por el contrario,
aborda, tal y como titula el autor, la
idea del bando rebelde: «España será de
Cristo». En esta idea se conjugan tanto
la imagen del ruso invasor como la simbiosis entre patria y religión católica, la
Castilla reconquistadora, la indiscutible
unidad de España e incluso la propuesta
de que el «moro» era el buen luchador
contra el ateísmo de unos españoles
que, por rojos, ya eran precisamente la
anti-España. Ahora bien, junto a estas
dos dinámicas identitarias enfrentadas
de modo fratricida, Núñez Seixas aborda en el capítulo 4 una cuestión igualmente necesitada de una investigación
como la que realiza en esta obra el autor, con sólidos anclajes metodológicos.
Se trata de cómo vivieron esa pugna
patriótica los nacionalismos catalogados
como «periféricos», el catalán, el vasco y
el gallego. La tesis es muy importante:
los adeptos a tales nacionalismos, aunque no fuesen mayoritarios en sus respectivos territorios, se sintieron en cierto modo ajenos a esta lucha por el
monopolio de lo español y, en contrapartida, surgió un discurso en el que fue
nada menos que España la que recibió
el calificativo de invasora.
Aunque dichos nacionalismos «periféricos» se situaban en gran parte en
posiciones social y culturalmente conservadoras, consideraron la rebelión
militar como una agresión españolista
contra las pretensiones de autogobierno. Agresión que, sin duda, les permitía
plantarse ante el gobierno republicano
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con afanes de refundación del Estado,
pues si participaban en la contienda
junto a la República no era tanto para
defender los programas de la misma
sino para impedir que la rebelión militar aplastase las autonomías logradas o
en marcha. Se conocen, por otras investigaciones, cómo los gobiernos vasco y
catalán mantuvieron de hecho actitudes
y decisiones de pretensiones semiindependientes frente al gobierno republicano. De este modo, en líneas generales, la agresión de los militares rebeldes
se transformó en la agresión exterior de
España y se expandió la idea no tanto
de luchar por la República y contra el
fascismo, sino sobre todo contra una
invasión españolista. Se invocó, por
ejemplo, en el País Vasco la necesidad
de la independencia frente al fascismo
español, se exaltó la necesidad de defender la patria propia, la liberación de
Euskadi, en su larga lucha contra España, tal y como había predicado en su
momento Sabino Arana. De hecho, en
los testimonios autobiográficos y epistolares de los gudaris vascos predomina la
idea de que sólo luchaban por la libertad de Euskadi, y que lo demás era
secundario.
En Cataluña los nacionalistas ni tenían la misma fuerza militar que los
gudaris vascos ni fueron unánimes en
este aspecto, pues incluso Esquerra Republicana, el partido mayoritario en las
instituciones, albergaba posiciones que
iban desde un catalanismo radical, muy
cercano al representado por Estat Català, hasta el republicanismo federal que
no rechazaba la alianza con las fuerzas
obreras, además de cierto catalanismo
de planteamientos centristas. En general, predominó una ideología federal, tal
y como la expresó Lluis Companys,
883
presidente de la Generalitat, para quien
se estaba construyendo una República
federal que asumía tanto las «tradiciones españolas [de] los comuneros, las
libertades y los fueros», como la meta
de una unidad de pueblos amasada por
unos mismos valores de libertades individuales y colectivas. Esto hizo que el
republicanismo catalán pudiera ensamblar las reivindicaciones sociales con las
nacionales y hacer de la lucha contra el
fascismo la comunión entre catalanismo
y obrerismo. De hecho, si algunos plantearon la idea de un ejército nacional
exclusivamente catalán, la realidad fue
la de un Exèrcit Popular de Catalunya
que, tras los sucesos de mayo de 1937,
se transformó en el Ejército del Este en
el que los soldados catalanes se integraron en distintas divisiones. No obstante,
también se creó un discurso independentista en el que se fraguó la idea de
una lucha entre Cataluña y el «fascismo
militarista español».
En definitiva, la aportación del historiador Núñez Seixas es contundente:
«el nacionalismo ofreció una virtualidad
mágica para los dos contendientes, y la
nación —fuese identificada con el pueblo o la República, lo fuese con la patria
y la tradición— surgió con toda su
fuerza talismánica como argumento
movilizador de primer orden». Tesis
distinta a la de quienes defienden que la
propaganda nacionalista fue mucho más
intensa en el bando franquista pues, tal
y como ha planteado Pérez Bowie, este
bando rebelde defendía sobre todo una
idea nacionalista de España mientras
que las distintas fuerzas agrupadas en
torno al régimen de la República lucharon ante todo por el pueblo, concepto
bien distinto del de nación. Dos tesis
que pueden ofrecer un sugerente debate
Hispania, 2008, vol. LXVIII, nº. 230, septiembre-diciembre, 821-869, ISSN: 0018-2141
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al respecto, pues tanto los conceptos de
nación como los de pueblo se han encabalgado con el de patria y los tres han
permitido múltiples combinaciones ideológicas incluso antagónicas entre sí, como es el caso de la guerra civil española,
pues ninguno de los dos bandos dejó de
usar esos conceptos con muy distintos
contenidos y siempre como artificios
retóricos que buscaban la adhesión del
mayor número posible de ciudadanos.
En todo caso, tal y como concluye
también Núñez Seixas, los paralelismos
no deben ocultar las notorias diferencias
entre unos y otros, pues ni los discursos
fueron idénticos en contenidos ni tuvieron los mismos valores y significados,
por más que cumpliesen la misma función movilizadora. Así, en el bando republicano el nacionalismo españolista no
fue el argumento prioritario en ningún
caso, sino que se agregó como factor de
legitimación patriótica a las respectivas
políticas de reformas sociales o incluso de
aspiraciones revolucionarias. En el bando
rebelde, sin embargo, la idea de España
se basó en las tradiciones conservadoras
más autoritarias y se contrapuso a la de
una anti-España que había que eliminar
física y violentamente, adobada además
con la religión, pues ésta bendecía a la
primera y satanizaba a la segunda. Se
luchaba por el triunfo de la España de
Dios y por la «resurrección» de la auténtica España, la católica, frente a la España del Mal, materialista y atea. En resumen, en palabras de Núñez Seixas, «la
idea de la patria mártir» se utilizó como
un «eficaz revulsivo de la conciencia
nacional, incluso allí donde ésta no se
hallaba particularmente desarrollada,
como era el caso de Galicia». Tal fue la
paradoja de una guerra civil que se imaginó como guerra «nacional».
—————————————–————— Juan Sisinio Pérez Garzón
Universidad de Castilla-La Mancha
LAGO CARBALLO, Antonio y GÓMEZ VILLEGAS, Nicanor (eds.): Un viaje de ida y
vuelta. La edición española e iberoamericana (1936-1975). Madrid, Ediciones
Siruela, El Ojo del Tiempo, 2006, 266 págs., ISBN: 978-84-9841-023-5.
En septiembre del año 2004 se realizaron en la Casa de América unas
Jornadas dedicadas al estudio, quizá
mejor al debate y el recuerdo, de la
llamada edición de ida y vuelta entre
España y América Latina, organizadas
por la Sociedad Iberoamericana de
Amigos del Libro y la Edición y patrocinadas por la Fundación Carolina, cuyas actas recoge este libro que ahora
reseñamos. La Guerra Civil española
propició, entre otros exilios, el de los
editores españoles y el de algunos literatos que encontraron en la actividad
editorial una forma de vivir en el forzado destierro, como indica Asunción
Ansorena. El libro coordinado por Antonio Lago Carballo y Nicanor Gómez
Villegas recoge parte de esta amarga
experiencia, poco estudiada hasta ahora
(véase Armida González de la Vara y
Álvaro Matute, coord., El exilio español y
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el mundo de los libros. México, Universidad de Guadalajara, 2002), que luego
se convirtió en un hilo de continuidad
entre la edición anterior a la Guerra y la
producida al llegar la democracia a España tras la muerte de Franco.
Como señalan los editores, fueron
México y Argentina los lugares donde
mejor fructificó la semilla de la edición
española, tanto en lo que se refiere a las
formas de hacer la producción editorial
como a las prácticas empresariales, organización, comercialización, difusión,
etc. En México contaron con la inestimable ayuda del propio presidente de la
República, Lázaro Cárdenas, que como
sabemos desplegó un sistema de ayuda
y solidaridad internacional ejemplar
para poner fuera de peligro a los refugiados españoles, a la vez que les daba
la oportunidad de integrarse en la sociedad mexicana en puestos cercanos a
los de origen, como ya sabemos desde
los estudios clásicos de José Luis Abellán y las investigaciones posteriores de
Clara Lida, José Antonio Matesanz,
Concepción Ruiz-Funes, Magdalena
Ordóñez, Mª Fernanda Mancebo, Josep
Lluís Barona, Pilar Domínguez, Dolores
Pla, Javier Dosil, José Mª López Sánchez, etc., o los trabajos de los propios
protagonistas, como Francisco Giral, o
sus memorias, de las que quiero recordar ahora las interesantísimas del oceanógrafo Odón de Buen.
El caso argentino fue algo diferente,
mucho menos masivo que el mexicano,
pero con aristas en el caso editorial de
sumo interés. Como indican los editores, la industria editorial argentina despegó con la caída de la española como
consecuencia de la Guerra Civil, al ocupar el nicho económico que quedaba
vacío en todo el área sudamericana y
885
poco después se renovó con la puesta en
marcha de nuevas empresas editoriales
por parte de algunos editores e intelectuales españoles exiliados.
El libro se ocupa además de la labor
que realizaron las editoriales americanas, muchas de ellas fundadas por los
refugiados, en la época de la dictadura
franquista cuando la edición fue un
páramo cultural, quizá con la excepción
de algunas instituciones, como el CSIC
o Cultura Hispánica, siempre mediatizadas por la nueva ideología dominante,
o el esfuerzo de algunas pequeñas editoriales limitadas por el aplastante peso
de la censura. Los editores de la obra
que comentamos insisten en este tema
al afirmar con rotundidad la importancia de estas editoriales iberoamericanas
en la España franquista con sus traducciones y la entrada clandestina de sus
ediciones, algo que también subraya
Rosa Conde, directora de la Fundación
Carolina, en su intervención, al afirmar
que este Seminario se realizaba para
rendir un homenaje a los editores de
Iberoamérica —muchos de origen español— y representados entre otros por
editoriales como el Fondo de Cultura
Económica, Emecé, Sudamericana, Grijalbo, etc. por su trabajo como depositarios de la libertad de pensamiento y
de la creación científica y literaria durante la dictadura, un asunto ya tratado
por Xavier Moret en su libro Tiempo de
editores. Historia de la edición en España,
1939-1975 (Barcelona, 2002), pues este
mismo autor destacó en su crónica de la
vida editorial española a editores como
Josep Janés, Josep Vergés, Luis de Caralt, José Manuel Lara, Germán Plaza,
la familia Bruguera, Pancho González,
Germán Sánchez Ruipérez (Conversaciones con editores en primera persona, Funda-
Hispania, 2008, vol. LXVIII, nº. 230, septiembre-diciembre, 821-869, ISSN: 0018-2141
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RESEÑAS
ción Germán Sánchez Ruipérez, 2006),
Carmen Balcells, Jaime Salinas, o Jorge
Herralde, este último, director y fundador de Anagrama, también dedicado a
la intrahistoria del mundo editorial en
sus Opiniones mohicanas (Barcelona,
2001) o más recientemente Por orden
alfabético. Escritores, editores, amigos (Barcelona, 2006).
En este capítulo merece también
un especial recuerdo Carlos Barral,
cuyas memorias son una maravilla, y
constan de Los diarios / 1957-1989.
Almanaque, Memorias (Años de penitencia, Los años sin excusa, Cuando las horas
veloces), y Observaciones a la mina de plomo. Asimismo merece un lugar de
atención Mario Muchnick con una
auténtica saga de memorias que van
desde Lo peor no son los autores. Autobiografía editorial 1966-1997 (Madrid,
1999), Banco de pruebas. Memorias de
trabajo 1949-1999 (Madrid, 2000),
Editar guerra y paz (Madrid, 2003), A
propósito. Del recuerdo a la memoria
1931-2005 (Madrid, 2005), hasta llegar a El otro día. Una infancia en Buenos
Aires 1931-1945, (Madrid, 2007).
Francisco Pérez González, uno de
los artífices de este encuentro sobre esta
historia editorial transatlántica, insiste
desde el comienzo en la necesidad de
rescatar la memoria de algunos de estos
editores como Antonio López Llausás de
Sudamericana, Gonzalo Losada y su
conocida empresa editorial Losada, en la
que colaboró Francisco Ayala, Rafael
Olarra de Espasa-Calpe, Manuel Aguilar, Bonifacio del Carril y la editorial
Emecé, que luego pasaría a Planeta, así
como Juan Grijalbo, Pelayo Sala, Joaquín Almendros, Manuel Andujar o
Joaquín Díez-Canedo, por citar a algunos de los más importantes.
Francisco Caudet, autor del El exilio
republicano en México : las revistas literarias (1939-1971) (Madrid, Fundación
Banco Exterior, 1992), tiene en este
libro una interesante, aunque breve,
intervención para fijar los primeros
momentos de la edición española en el
siglo XX, desde 1908 en que se organizó el VI Congreso Internacional de
Editores en Madrid, las primeras asambleas de libreros y editores en Barcelona, o de la política del libro iniciada por
Gustavo Gili, quien detectó desde el
principio los aspectos comerciales, culturales y de interés nacional en la industria del libro, luego desarrollada por la
Compañía Iberoamericana de Publicaciones, que llegó a tener el 80% de la
distribución del libro, también destacada por Gonzalo Santonja. Xavier Moret, al que la editorial Destino encargó
el libro Tiempo de editores, reportaje de la
edición española entre 1939 y 1975, da
cuenta de la escasez de material sobre la
edición española, en parte por la pérdida de testimonios y archivos, entre los
que destaca como ejemplo los de Seix
Barral, tirados antes de pasar a la editorial Planeta, un asunto desgraciado si
tenemos en cuenta la importancia de
esta editorial que nació como una entidad especializada en la pedagogía y,
como recuerda Moret, fue decisiva en la
época de Carlos Barral para el cambio
en la edición española. A pesar del lamento de Moret por la desaparición de
los archivos y los testimonios, hay que
decir que en los últimos tiempos se ha
hecho un gran esfuerzo por la recuperación de la memoria de las principales
editoriales españolas, entre los que Moret destaca el de Manuel Aguilar Una
experiencia editorial, obra en la que aparece este fenómeno de la ida y vuelta en
Hispania, 2008, vol. LXVIII, nº. 230, septiembre-diciembre, 821-896, ISSN: 0018-2141
RESEÑAS
la edición, aunque en este caso con el
vector más señaladamente dirigido desde España a América. En sentido contrario se destaca el caso de la famosa
colección Austral, iniciada en Argentina
entre 1937 y 1939, llegando a España
en este último año cuando ya llevaba
editados más de cien libros. Es también
muy interesante el caso de José Janés,
considerado un exiliado interior, que
tras un primer exilio en París decidió
editar en España —con el aval de Eugenio d’Ors— en una experiencia interesante que llevó a cabo hasta su fusión
en 1959 con Plaza para formar la nueva
editorial Plaza & Janés (véase Jacqueline A. Hurtley, Josep Janés. El combat per
la cultura. Barcelona, 1986). También
se destacan algunas experiencias como
la de Bruguera, que acogió a muchos
republicanos represaliados, y entre las
mejor vistas por el franquismo Moret
cita a Destino o Planeta, además de
algún caso curioso como el de Luis
Caralt o el de la editorial Yunque de
Juan Ramón Masoliver. Entre las que
interesan por el tema de la edición de
ida y vuelta, Moret hace especial hincapié en la editorial Sudamericana, que
aparece numerosas veces en las páginas
de este libro, creada en Buenos Aires
en 1939 por Antonio López Llausas,
antiguo librero de Barcelona, que terminó editando a Claudio Sánchez Albornoz, Francisco Ayala o Salvador de
Madariaga. Asimismo Emecé, fundada
por Mariano Medina y Álvaro de las
Casas, con la intervención decisiva de
Bonifacio del Carril, ocupa también
muchas de las citas entre las editoriales
creadas en América Latina, junto a
Grijalbo, creada por Juan Grijalbo en
el exilio mexicano, especializada en dos
líneas que aquí se destacan: la edición
887
de best-sellers y la de libros de carácter
marxista o los publicados en la Unión
Soviética.
En el capítulo dedicado expresamente a la edición en México, tanto
Antonio Lago como Teresa Rodríguez
de Lecea destacan al Fondo de Cultura
Económica como una de las principales
empresas editoriales. Impulsada por
Daniel Cosío Villegas asumió algunos
proyectos de los republicanos españoles
exiliados en México como José Gaos o
Wenceslao Roces. Rodríguez de Lecea
destaca también, en este resumen de lo
que pasó en tierras mexicanas, la llegada de algunos editores como Antonio
Zozaya, Eugenio Imaz, Rafael Jiménez
Siles o José Bergamín, destacando este
último por la creación de la editorial
Séneca y la revista España peregrina.
Séneca tuvo como colección de prestigio
Laberinto, con títulos como El Quijote o
las obras de Antonio Machado y alguna
de José Gaos, junto a otras colecciones
como Estela, de divulgación científica y
con titulos de Cándido Bolívar o Enrique Rioja, o las colecciones Árbol, en la
que se publicaban libros o manuales
para estudiantes escritos por García
Bacca, Bergamín, Gaos, Gil Vicente,
etc. o Lucero, con títulos del propio Bergamín o Alberti.
Rodríguez de Lecea encuentra en la
Editorial Séneca una institución representativa del grupo español en el exilio
con objetivos de divulgación, de recreación de los clásicos y de afirmación creativa de este propio grupo ya en el exilio,
aunque también señala la importancia
de otros grupos editoriales de esta época
temprana del exilio español en México,
como Ediapsa (Editora Iberoamericana
de Publicaciones S.A.), fundada por
Rafael Jiménez Siles en 1939 con ayuda
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RESEÑAS
de algunos intelectuales mexicanos. En
este caso es muy interesante la extensión del grupo a pequeñas editoras que
surgen desde la casa matriz por diversas
asociaciones de Jiménez Siles que dieron
lugar a Ediciones Pedagógicas y Escolares, Nuestro Pueblo, Editorial Colón,
Nueva España, Norgis, etc., además de
las incursiones en el gremio de las librerías con la fundación de la Librería Juárez y de la serie de librerías Cristal, o la
fundación en 1944 de la Asociación de
Libreros y Editores Mexicanos y la de la
Feria del Libro en 1947.
En cuanto a la experiencia argentina, el otro eje del libro que comentamos, Ana María Cabanellas destaca la
importancia del exilio español en el
fenómeno editorial argentino. Argentina vivía dominada por la industria editorial francesa, fenómeno repetido en
Uruguay, hasta la entrada masiva de las
editoriales españolas. Cabanellas describe muy bien la llegada desde principios
del siglo XX de algunos editores como
Victoriano Suárez, Antonio Zamora y
Jesús Menéndez o libreros importantes
como Pedro García o Juan Torrendell.
En los años veinte se produce una cierta
crisis entre el mundo editorial argentino
y el español hasta la toma de decisión
de crear un centro distribuidor del libro
hispanoamericano en Madrid, así como
organizar ferias del libro, publicidad en
la prensa, etc., es decir, actuaciones que
hoy nos resultan obvias en el mundo
editorial. El estallido de la Guerra Civil
y el exilio condujo a una situación paradójica en la que las casas sucursales de
las editoriales españolas pasaron a tomar el papel protagonista y a publicar
un número de títulos antes impensable,
también por la actuación de los intelectuales, editores y libreros transterrados.
Cabanellas explica el fenómeno como un traspaso de la industria editorial
en español hacia América por la transformación de editoras argentinas, librerías y distribuidoras, casas entre las que
menciona a Sopena, Labor y EspasaCalpe, esta última transformada por el
conocido editor Gonzalo Losada y que
poco después lanzaba la conocida colección Austral ya mencionada. Losada
será muy conocido por la fundación de
la editorial Losada junto a socios como
Guillermo de la Torre y a intelectuales
de la talla de Amado Alonso o Pedro
Henríquez Ureña, a los que poco después se unían Luis Jiménez Asúa y Lorenzo Luzuriaga. En Losada se publicaron títulos de Federico García Lorca,
Alberti, Pedro Salinas, Luis Cernuda,
Unamuno Ferrater Mora, Ayala y
Aleixandre. Asimismo, la otra editorial
que sobresale en esa época en Argentina, además de Emecé ya mencionada y
otras menores como Poseidón o Pleamar, fue Sudamericana, por iniciativa
de Julián Urgoiti y Antonio López Llausás con un grupo de argentinos interesados en las traducciones y en la obra de
españoles exiliados como Madariga,
Sánchez Albornoz, Guillén, etc. Ante
todo los autores de este libro destacan
la profesionalidad de los editores españoles en Argentina como el motor de la
transformación de esta industria cultural en un momento político difícil pero
también fecundo por la hiperactividad
de los intelectuales españoles exiliados.
Otros apartados analizados en este
viaje de ida y vuelta son la implantación
de editoriales iberoamericanas en España y la edición iberoamericana de libros
en español. Antonio Lago inicia el primer apartado con un comentario sobre
la creación de Edhasa en Barcelona en
Hispania, 2008, vol. LXVIII, nº. 230, septiembre-diciembre, 821-896, ISSN: 0018-2141
RESEÑAS
1963 como una hija de Sudamericana,
cuya primera colección «El puente»
dirigió Guillermo de la Torre, el creador
de Austral en Argentina bajo la tutela
de Gonzalo Losada, que publicó a Menéndez Pidal, Ferrater Mora, Gómez de
la Serna, Ayala, Max Aub, María Zambrano, Azorín, etc. Javier Pradera, buen
conocedor del fenómeno editorial por su
paso por el Fondo y luego Alianza, comenta la situación recordando en primer lugar un poema de León Felipe
publicado en su libro Español del éxodo y
el llanto en 1939, que queremos repetir
aquí por su emotiva expresividad: «Tuya es la hacienda, la casa, el caballo y la
pistola, mía es la voz antigua de la tierra, tú te quedas con todo y me dejas
desnudo, errante por el mundo, mas yo
te dejo mudo y cómo vas a recoger el
trigo y a alimentar el fuego si yo me
llevo la canción».
Pradera analiza el páramo intelectual español de esos años en los que se
había barrido la memoria intelectual
anterior a la Guerra Civil con una brutal censura. Esta situación provocó un
flujo inverso desde América Latina, en
este fenómeno de ida y vuelta que describe el libro, de obras editadas por el
Fondo de Cultura Económica, Losada,
Siglo XXI, Sudamericana, Grijalbo,
etc., editoriales que salvaron nuestra
formación intelectual en la época franquista, junto a otras como Ruedo Ibérico (véase Albert Forment, José Martínez:
la epopeya de Ruedo Ibérico. Barcelona,
2000), que contaron con la ayuda de
889
importadores como Oteiza o distribuidores como la Distribuidora Hispano
Argentina. Creo que tiene mucha razón
Javier Pradera cuando dice que «no es
exagerado pensar que uno de los afluentes más caudalosos que contribuyeron a
esa formación de la juventud discrepante, que desempeñó un papel en la toma
de conciencia de la sociedad española y
en la moderación democrática» fue el
creado por estos editores que aparecen
repetidamente en este libro, como Gonzalo Losada, Antonio López Llausás,
Manuel Andújar, Joaquín Díez-Canedo,
etc., hasta llegar a un cambio interior
relevante como fue el creado por Alianza, donde aparecen nombres como el
del propio Pradera, además del de Jaime Salinas o Enric Folch, y a un cambio
radical en la sociedad española por la
muerte del dictador en 1975.
El final del libro cuenta con unos
pequeños apéndices con casos concretos
como el de la Editorial Sudamericana,
comentada por Antonio Lago Carballo,
Edhasa, por Pep Carrasco y un capítulo
final sobre los editores españoles en
México, que hace de manera magistral
Elena Aub, quien además aporta una
entrevista a Antonio Ruano Hernández
y otra a José de la Colina, que complementan muy bien la historia que cuenta
este libro que intenta recuperar, aunque
a veces aparezca de una manera algo
caótica, la desmemoria del fenómeno
cultural que supuso el exilio editorial en
América y su regreso a España, en este
viaje de ida y vuelta.
—————————————–————— Miguel Ángel Puig-Samper
Departamento de Publicaciones, CSIC
Hispania, 2008, vol. LXVIII, nº. 230, septiembre-diciembre, 821-869, ISSN: 0018-2141
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RESEÑAS
SÁNCHEZ SÁNCHEZ, Esther M.: Rumbo al Sur. Francia y la España del Desarrollo, 1958-1969. Madrid, CSIC, 2006, 470 págs., ISBN: 84-00-08444-6.
Cuando se hace balance de la historia
de las relaciones internacionales en España resulta casi un tópico señalar el predominio de enfoques tradicionales,
próximos a la vieja historia diplomática,
así como la escasa interdisciplinariedad
aplicada por los autores de este género
historiográfico. El libro de Esther Sánchez es un ejemplo de todo lo contrario.
Se trata de un estudio de las interacciones
económicas entre la Francia de De Gaulle
y la España franquista, aunque sin perder
de vista el estado de las relaciones políticas bilaterales. La autora trabaja a caballo
entre la historia de la economía y de las
relaciones internacionales, opción que se
refleja también en las ricas fuentes que
maneja para su estudio. En consecuencia,
aborda, no sólo la acción gubernamental
de los dos estados (conjugando la labor
del aparato diplomático y de los departamentos económicos), sino la de otros
agentes, sobre todo económicos (empresas multinacionales) y su vinculación con
la diplomacia económica oficial. También
rompe con la tendencia historiográfica
habitual que suele concentrarse en la
política exterior española, porque nos
sumerge en la Francia de De Gaulle para
explicar, con eficacia, el papel atribuido a
España en la gran estrategia exterior del
estadista francés.
No se queda ahí, sin embargo, su
aportación. Rumbo al sur amplía nuestro
conocimiento sobre el fenómeno del desarrollismo. Sabemos de la importancia
de los factores exógenos que contribuyeron al crecimiento económico español en
los sesenta. Se cita siempre el aporte de
las remesas de los emigrantes, del turis-
mo y de la inversión internacional; pero
faltaba esclarecer el volumen y procedencia de estos capitales, así como su impacto directo (en la creación de nuevo tejido
industrial) e indirecto (transferencias
tecnológicas, modelos de organización y
estrategias empresariales, formación de
capital humano, etc.). Sólo la «ayuda
norteamericana» oficial ha recibido cierta
atención historiográfica, aunque sin que
se haya llegado a un juicio unívoco sobre
sus efectos concretos en la economía española. En cambio se había descuidado el
estudio del impacto de la inversión privada de origen norteamericano (abordado
últimamente por N. Puig o J. Tascón) y,
en especial, de los países de Europa Occidental. El libro que nos ocupa ha clarificado la contribución francesa, sumándose
así al material aportado por la tesis inédita de Carlos Sanz Díaz sobre el caso de la
República Federal Alemana (RFA).
Rumbo al sur comienza con un repaso a la política exterior de Charles De
Gaulle en el periodo de la V República
(1958-1969) y su proyecto de devolver
a Francia su Grandeur, es decir su tradicional puesto preeminente en el sistema
internacional. Para lograr una posición
de prestigio e independencia con respecto a las dos superpotencias del momento, no bastaba con una gran diplomacia, había que disponer de una
defensa autónoma (force de frappe) y una
elevada capacidad tecnológica, ligada a
suficientes medios económicos y financieros. Sánchez desentraña las distintas
facetas de este diseño. Por una parte,
una posición contestataria en la OTAN,
un proyecto confederal basado en la
Hispania, 2008, vol. LXVIII, nº. 230, septiembre-diciembre, 821-896, ISSN: 0018-2141
RESEÑAS
cooperación intergubernamental para
Europa, neocolonialismo y ayuda al
desarrollo como vías de influencia político-económica, más la oferta de Francia
como un interlocutor privilegiado de los
países no alineados o secundarios en el
sistema internacional, alternativa a
EE.UU y a la URSS. Por otra parte, en
su vertiente económica, con una mezcla
de elementos dirigistas (planes indicativos) y liberales, se buscó una mayor
concentración empresarial (campeones
nacionales) que facilitase a Francia una
proyección exterior potente en exportaciones e inversión.
La autora explica después el papel
otorgado a España en ese programa,
como parte del eje complementario de
relaciones con países secundarios que
debían contribuir a ensanchar la influencia exterior francesa. El plan era
apoyar la reinserción occidental del
franquismo ejerciendo desde París un
padrinazgo que permitiera compensar
la influencia norteamericana en España
desde 1953 y sacar partido de las oportunidades de la liberalización económica
española (sobre todo desde 1959) a fin
de recuperar la tradicional presencia
francesa en el mercado español y seguir
disponiendo de la disciplinada mano de
obra que llegaba desde España. Para
lograrlo se arrinconaron los prejuicios
ideológicos y se aplicó el máximo pragmatismo, profundizando una senda
iniciada ya por los últimos gobiernos de
la IV República. Por una parte, la cooperación en los problemas de la descolonización magrebí, compensada por un
mayor control del exilio republicano
español en Francia, sirvió para generar
unos mínimos de confianza que diluyeron la hostilidad política de las dos décadas anteriores. Por otra parte, París
891
pudo sacar partido de tres factores: primero, la reorientación dada por el ministro F. M. Castiella a la política exterior
española desde 1957 en un sentido europeísta; segundo, la imagen positiva
que el círculo de poder franquista tenía
de De Gaulle, tanto por sus modos conservadores con ecos autoritarios como
por algunos de sus proyectos políticos
(una Europa de las Patrias que no precisaba marchamo democrático y una diplomacia nacionalista de tono antinorteamericano); y, en tercer lugar, la
decisión de los tecnócratas españoles de
copiar el modelo francés de planificación indicativa.
El libro desgrana el interés francés
por la economía española como mercado de exportación, pero más aún como
destino de inversión e implantación
industrial a través de filiales o empresas
mixtas (joint-venture), en un capítulo
muy revelador de las condiciones económicas de la España del desarrollo:
lentitud y titubeos del proceso de liberalización económica, persistencia del
proteccionismo comercial, burocratismo
e ineficacia heredados de la etapa autárquica, etc. Sánchez describe las estrategias de penetración en España, con
colaboración entre los sectores público y
privado franceses para una mayor eficacia: contactos políticos, propaganda en
ferias y exposiciones comerciales, difusión de la tecnología francesa (programas de formación de técnicos y directivos), fomento de los intercambios
comerciales por organismos públicos o
privados y cooperación cultural. Unas
tácticas que no eran nuevas ni fueron
muy distintas de las utilizadas por los
competidores de Francia.
La evaluación de los resultados obtenidos por el estado y las empresas
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RESEÑAS
francesas en España ocupa los tres últimos capítulos del libro. El balance fue
desigual. Los intercambios comerciales
no dejaron de aumentar hasta 1969,
pero Francia nunca pudo alcanzar, ni
en importaciones ni en exportaciones,
las cifras de EE.UU y de la RFA. Lo
mismo ocurrió en el caso de la cesión de
tecnologías (contratos de explotación de
patentes francesas por empresas españolas) y en las inversiones directas francesas; estas últimas representaron el 7%
de la inversión extranjera en España,
frente al 10% de la RFA y el 21% de
EE.UU. Sin embargo, los flujos de turistas francesas fueron los más importantes en esos años y contribuyeron a
compensar el déficit de la balanza comercial. Lo mismo sucedió con las
remesas de los trabajadores españoles,
que encontraron en Francia uno de sus
destinos exteriores preferidos en aquellos difíciles años.
Resultan muy esclarecedores los estudios de caso sobre algunas de las derrotas y los éxitos de los proyectos franceses. A través de ellos quedan en
evidencia, en primer lugar, las limitaciones del ambicioso proyecto económico francés trazado por el gaullismo a la
hora de competir en sectores como el
televisivo (derrota del sistema de televisión en color SECAM frente al PAL alemán) o el petrolífero (fracaso de la Compagnie Française des Pétroles y L’Union
Générale des Pétroles para instalar refinerías
en competencia con las firmas norteamericanas y con la opción nacionalista de las
empresas del Instituto Nacional de Industria). En segundo lugar, los éxitos de
los gigantes del vidrio Saint Gobain y del
automóvil Renault son reveladores de los
arbitrarios mecanismos de funcionamiento de la administración española en los
tiempos de la dictadura que las dos empresas francesas supieron aprovechar. El
papel de Nicolás Franco en la creación de
la planta de montaje de FASA-Renault
en Valladolid resulta paradigmático.
Quizá hubiera sido interesante seguir la
pista de los proyectos para la explotación
económica conjunta del Sáhara, ligada a
los importanes intereses económicos y
políticos franceses en el Magreb.
Por lo que se refiere al objetivo político de De Gaulle de mitigar la influencia estadounidense en España, los
resultados fueron más modestos. La
razón fundamental, como señala la autora, radicaba en que Francia no era una
alternativa para la España de Franco: en
ningún caso podía sustituir la cobertura
política y militar que proporcionaban
los acuerdos hispano-norteamericanos
de 1953. Sólo en los dos momentos de
la renegociación de los Pactos (1963 y
1967-70) se dio desde Madrid más relevancia a la relación bilateral con Francia
buscando alguna baza negociadora que
exhibir ante Washington; aunque exclusivamente en el último episodio negociador esta opción sí se tradujo en
contenidos concretos (Vandellós, más
los acuerdos de cooperación científicotécnica y militar de 1969-1970) porque
esta vez había una voluntad decidida de
contrarrestar la dependencia de EE.UU.
La autora resume bien la relación cuando señala que a Francia se le dio «una
de cal y otra de arena». La explicación
es que también desde París se recibió
bastante menos de lo esperado: el supuesto apoyo francés a la plena integración europea de la España de Franco
apenas tuvo efectos en la CEE o en la
OTAN. A finales de la década de los
sesenta, desde el Ministerio de Asuntos
Exteriores, el equipo de Castiella juzga-
Hispania, 2008, vol. LXVIII, nº. 230, septiembre-diciembre, 821-896, ISSN: 0018-2141
RESEÑAS
ba que Francia había ido obteniendo
ventajas de la relación (sobre todo económicas) sin una correspondencia equitativa por su parte y había sacado mucho provecho de la carencia española de
apoyos en Europa Occidental por el
déficit de legitimidad política del franquismo. Este elemento pesó mucho en
la mayor capacidad negociadora del
gobierno francés respecto del español,
que necesitaba más a aquél que viceversa. En todo caso, la política exterior
gaullista sirvió de clara inspiración en la
etapa final, más nacionalista, del mandato de Castiella: actitud reivindicativa
frente a Washington, discurso de tercera vía, en línea con la coexistencia pacífica, para captar votos de países no alineados, incluso comunistas (con una
tímida ostpolitik) y mantener cierta influencia en América Latina y países
árabes, con la vista puesta en la recuperación de Gibraltar.
893
En fin, el libro ayuda a comprender
mejor las relaciones exteriores del franquismo en una etapa (años sesenta y
setenta) aún poco abordada por los historiadores. Queda mucho por hacer respecto a importantes países de Europa
Occidental (Francia incluida, pero sobre
todo Gran Bretaña, Italia o Alemania) y
otros ámbitos regionales en que la investigación se ha quedado estancada en la
etapa de finales de los cincuenta. En todo
caso, Rumbo al sur, un texto bien escrito,
bien construido, rico en contenidos y
matices, constituye un excelente balance
del papel de Francia en la asistencia internacional al desarrollo y en la apertura
económica exterior española, que contribuye a normalizar la posición de la España franquista en las relaciones económicas
de la Europa de los años sesenta y, por
tanto, a ajustar la perspectiva de la excepcionalidad con que suele abordarse su
estudio desde nuestra historiografía.
—————————————–————–—
Rosa María Pardo Sanz
Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED)
MOLINERO, Carme e YSÀS, Pere: La anatomía del franquismo. De la supervivencia a la agonía, 1945-1977. Barcelona, Crítica, 2008, 320 págs., ISBN: 978-848432-006-7.
En este libro se analiza la dictadura
franquista a partir de 1945 y llega hasta
su «desmantelamiento». Los autores,
lejos de habituales cesuras historiográficas en 1959 que separan el primer y el
segundo franquismo, lo presentan como
un todo, como un régimen que, nacido
antes, sobrevivió a la victoria aliada. «Posiblemente —escriben—, una parte
destacada de los análisis que se han
hecho sobre el franquismo han infravalorado la fuerte continuidad, tanto personal como ideológica, en la trayectoria
del régimen» (pág. 63). Como «superviviente» logró reenderezar sus relaciones con los países del entorno gracias a
la guerra fría, consiguió ser aceptado a
la nueva circunstancia internacional en
los primeros años cincuenta, canceló
—empujado por los números rojos— la
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894
RESEÑAS
opción autárquica en 1957-59, permitiendo que la economía española participara del crecimiento que experimentaban las europeas, procuró adaptarse a
las transformaciones sociales de los sesenta, pero envejeció al tiempo que lo
hacía su dictador, entrando en fase agónica a partir de 1969, manifestando sus
fisuras internas en «la crisis de 1970», y
se derrumbó en los años siguientes,
herido de muerte por las movilizaciones
sociales y la desorientación e incapacidad de los dirigentes, apresados por
contradicciones doctrinales y políticas,
tensiones entre sectores, confusión programática y hasta desaliento.
El libro, pues, está organizado en dos
partes: supervivencia (1945-1970) y agonía
(1970-1977). En ambas, los autores nos
hacen sentir la polifonía de aquel discurso,
su retórica, matices, disputas, reiteraciones, los anhelos para adaptarse sin desnaturalizarse, introducir novedades que
nunca llegaron a alterar la fuente del
poder. La supervivencia, desde 1945, fue
su proyecto de futuro. El trabajo, además,
explica «desde dentro», desde la voz de
sus agentes, basándose en documentación
no explorada hasta ahora, entre la que
destacan materiales procedentes del Consejo Nacional del Movimiento, revitalizado en 1957, Secretaría del Movimiento,
Presidencia del Gobierno, diarios de sesiones de Cortes, gabinete de Enlace,
hemeroteca y memorias de políticos.
El libro nos muestra que la supervivencia fue asumida, con estrategias
distintas, por la mayor parte de dirigentes (aunque no faltó quien en 1945
propuso a Franco «licenciar» la Falange
—Serrano Suñer—). Se trataba de
«aguantar», dijo Carrero (pág. 11), lo
que comportaba reformular el régimen,
adaptarlo al entorno hostil, airear el
catolicismo y el anticomunismo, definir
España como reino, abrir la dictadura al
«desarrollo institucional» de una «democracia orgánica» superadora de los
«vicios» de la democracia liberal y fundamentada en los Principios del Movimiento. No obstante, la sensación de
provisionalidad —el libro está lleno de
testimonios— merodeó en muchos
dirigentes franquistas: «lo que ocurre
—decía Fernández Cuesta en 1970—
es que en el subconsciente de muchos
está el convencimiento de que es inevitable que a la desaparición de Franco,
desaparecerá el Régimen» (cit. pág.
156). En todo caso, hasta que eso llegó,
la idea fuerza de la clase política franquista fue sobrevivir, y sobrevivir era
«reafirmarse en el ser», dijo Jesús Fueyo
en 1962 (pág. 66).
En el libro se explica cómo modularon las diversas estirpes franquistas ese
«reafirmarse en el ser». Se desgranan
propuestas, conflictos, divergencias de
programa y tensiones de tecnócratas y
falangistas, que, desde 1957, «se fueron
conformando con nitidez», en torno a la
Presidencia y a Luis Carrero Blanco los
unos, y a la Secretaría Nacional del
Movimiento y José Solís, los otros (pág.
59). Desde ese año ya no fue posible la
«unidad interior» que se había impuesto
en 1937 ni en 1945 (el «orden, unidad y
aguantar» de Carrero. Desde 1957, «la
unidad quedó severamente dañada...,
las tensiones internas se solidificaron y
el pulso continuó, convirtiéndose en
uno de los elementos de la crisis del
régimen» (pág. 34). Los avatares de este
«pulso» (cuyas raíces se remontan a los
años treinta) esmaltan la historia política del régimen.
Los tecnócratas del Opus Dei —explican los autores— ambicionaban una
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RESEÑAS
monarquía católica, autoritaria, asentada sobre las bases del Movimiento y
apostaban por la modernización económica, eficacia en la administración y
una sociedad apolítica y desmovilizada:
«modernización del capitalismo español
con una concepción radicalmente autoritaria del poder político» (pág. 37). Los
falangistas nunca pusieron dificultades
«serias» al desarrollo económico, pero
«querían fijar el modelo político» (pág.
28), a lo que también aspiraban los
tecnócratas. Además, los falangistas
entendían que la supervivencia del régimen se fundamentaba en la participación «responsable» de los españoles en
política, una participación activa, jerarquizada y controlada, dentro del Movimiento, marco organizador de «cauces
reguladores» que garantizasen la «fertilidad y la vigencia» de los Principios
(Franco dixit, pág. 117); apostaban por
una Organización Sindical con cierta
autonomía, pero bajo la jerarquía y
control de los falangistas; apostaban por
una prensa abierta a iniciativas nuevas.
«Ya no estamos —dijo Fraga— en la
España del 31 y del 36... nosotros estamos ya preparando la España del
futuro» (pág. 93). Tecnócratas y falangistas chocaron en casi todo y, sin duda,
en la institucionalización del régimen:
la Ley Orgánica del Estado.
Pero las desavenencias no impiden,
aunque empañan, la unidad en lo fundamental. Los autores muestran cómo
el régimen nunca se abrió a «cualquier
proceso de democratización que culminara con la extinción del franquismo»
(pág. 217). Cerró el paso a lo que no
fuese estrictamente «el régimen». En la
ley de asociaciones de 1964, por ejemplo, según explicó el procurador Bau
Nolla, no se trataba de abrir el camino
895
«a los nuevos caballos de Troya que
andan por el mundo actual» (pág. 83);
en mayo de 1975, Herrero Tejedor
explicaba que España tenía una «constitución abierta» —así llamaba ya por entonces a las Leyes Fundamentales—,
«pero no abierta a quienes entran a saco
en ella para alterar sus principios esenciales, modificar su equilibro de fuerzas o
derrumbar sus paredes maestras» (pág.
217). En agosto de 1976, Lamo de Espinosa proponía, aunque sin éxito, el recurso de contrafuero a la ley de asociación
política aprobada por las Cortes poco
antes (aunque sin modificar el código
penal) y que posibilitaba crear asociaciones al margen del Movimiento (pág.
248). El franquismo mantuvo sus banderas, cada vez más ajadas, hasta el final.
Por eso el trabajo de Molinero e
Ysàs no solo argumenta los ingentes y
contrapuestos esfuerzos para lograr la
continuidad de la dictadura. Tiene una
segunda aportación: «Es del todo insostenible —advierten al principio— el
vínculo entre las propuestas de reforma
‘del’ régimen, justamente para lograr
que continuara sobreviviendo, con el
proceso de cambio ‘de’ régimen que se
materializaría durante la transición a la
democracia» (pág. 5). Si una conclusión
saca el lector es que la transición a la
democracia, a diferencia de otras interpretaciones, no se debió a ninguna
«evolución natural» de la dictadura ante
una oposición impotente y una sociedad
pasiva. La transición no fue un «perfeccionamiento de nuestro sistema político», por decirlo con Arias (pág. 233).
Más bien lo que el libro muestra es el
agotamiento del franquismo.
Los pequeños pasos de sus reformas
fueron desbordados por las demandas
sociales y los dirigentes del régimen
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RESEÑAS
más que «adelantarse a los cambios» se
dedicaron, desde los sesenta, a «no ser
arrollados por ellos» (pág. 162). Los
tecnócratas consideraron que la sociedad
satisfecha económicamente sería reducida a pasividad, y fracasaron. Los falangistas creyeron poder atraer a «estudiantes con inquietudes», «abrir cauces»
políticos, crear asociaciones dentro del
Movimiento, integrar a obreros en la
Organización Sindical... y comprobaron
que no sólo les ponían zancadillas los
del Opus Dei, sino que la sociedad vivía
de espaldas a sus desvelos. Fracasaron,
en fin, los reformistas del propio régimen
de los que Fraga es emblema: su reforma, debatida los primeros meses de
1976 en un contexto de movilización
social, produjo perplejidad al grueso de
la clase política franquista, a la que le
parecía «un producto híbrido que mezcla lo orgánico con lo inorgánico», según informó el Consejo Nacional (pág.
245), y embarrancó.
La reforma del gobierno Suárez,
planteada para poder conseguir «apoyos
extramuros del régimen», aún con indefiniciones e incertidumbres, permitía
desmantelar el régimen. Aunque sus
promotores la presentaron como «compatible» con la legislación de la dictadura y «paso natural» de ésta a la democracia, no era ni lo uno, ni lo otro. Los
sucesos que siguieron a su aprobación
«fueron decisivos para que el gobierno y
la oposición alcanzaran los acuerdos
mínimos para la celebración de unas
elecciones que pudieran considerarse
libres» (pág. 261). En consecuencia, la
transición a la democracia que nos presenta este libro no se diseña como obra
de reformistas del régimen, sino como
un cambio que rompe con el régimen.
No era una democracia otorgada por
franquistas comprensivos, sino arrancada por una sociedad activa que llevó a
fracasar las iniciativas anteriores.
—————————————–—————–— Marc Baldó Lacomba
Universitat de Valencia
Hispania, 2008, vol. LXVIII, nº. 230, septiembre-diciembre, 821-896, ISSN: 0018-2141
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