El fundador del Aikido (01): La divina Técnica del no-yo

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El fundador del Aikido (01): La divina
Técnica del no-yo
Por Kisshomaru Ueshiba
Aiki News #30 (August 1978)
Traducido por Angye Alejandra Bahena García
El siguiente artículo fue preparado con la amable ayuda de Jason Wotherspoon de
Australia.
Queremos agradecer a Doshu Kisshomaru Ueshiba por su amabilidad al permitirnos
publicar estos resúmenes.
El Aikido no es un arte marcial que se haya creado de la noche a la mañana. No es una
isla o montaña erigida en una sola tarde.
A lo largo de una vida que abarcó 86 años, Morihei Ueshiba formó personalmente el
magno edificio del Aikido fundándolo piedra por piedra solo para que se derrumbara,
con lo cual comenzaba nuevamente su trabajo. Otra vez se derrumbaba. Reanudaba
nuevamente sus labores. Verdaderamente esta estructura es emblema de las
experiencias personales de una vida de austeridad.
El cuerpo y el espíritu del fundador suministraron la argamasa para esta tarea. Él
estudio seriamente y dominó numerosos estilos antiguos de las artes marciales
tradicionales pero no estaba satisfecho. Él extendió su búsqueda hacia una vía marcial
verdadera que fuera más madura espiritualmente y fundamentalmente nueva
imponiendo severas privaciones a su cuerpo y a su mente noche y día. Esto fue la
cristalización de los esfuerzos de la vida del fundador. Esto explica la sorprendente
individualidad que se expresa naturalmente en el Aikido en la originalidad sin
precedente de sus conceptos, su cálida y penetrante espiritualidad, la verosimilitud y
racionalidad de sus movimientos nacidos necesariamente de su experiencia real en la
guerra, su naturaleza como un “Do” (vía o camino) comenzando por la percepción de
una grandiosa entidad más allá del alcance de la capacidad mental humana y
conduciendo hacia su unificación con ella.
Aquellos que solamente vieron al fundador en una exhibición o durante el
entrenamiento en el dojo y, por supuesto, aquellos que fueron enseñados
personalmente a lo largo de su vida, son incluso ahora, unánimes en sus comentarios.
Primero, con respecto al temor que inspiraba “el brillo penetrante de los ojos del
fundador” aparentemente capaces de atravesar una fortaleza impenetrable; así como,
la “profunda impresión de una instantánea fuerza absoluta y victoriosa” de espíritu,
mente y cuerpo; y finalmente, en sus conclusiones de que su técnica solo podría ser
descrita como una “técnica divina”.
Por ejemplo, un antiguo estudiante que entrenó con O-Sensei durante más de diez
años comentó lo siguiente: Sólo una vez quise intentar tocar el cuerpo de O.Sensei.
Pero siempre en el momento que intentaba tocarlo, mi cuerpo completo volaba en el
aire. No tengo idea de cómo ocurría eso. No tuve otra opción más que convencerme
de que era una “técnica divina”. “En el momento en que me oponía a él,” confiesa otro
de los discípulos de O-Sensei durante sus últimos años, “me convertía como un grano
de arena. Era como si fuera absorbido por el cuerpo de O-Sensei junto con el aire. Para
mi, Sensei era un ‘kami’ (un ser divino).” También, un artista que vio al fundador
durante una exhibición comentó en tono serio: “cómo una fuerza absoluta puede
tomar una forma tan placentera y bella sin ser ni ruda ni violenta: me sumergí en la
fascinación como si estuviera adorando una imagen excepcional y sagrada del budismo
Shinto.” Dejando de lado la cuestión de cómo era como ser humano en su vida diaria,
yo personalmente me siento obligado a afirmar que esas impresiones y comentarios
acerca de su “técnica divina” describen, efectivamente, su forma de ser.
La ferocidad que caracterizó al fundador, especialmente durante la época de sus 60
años, y la cual solo podía ser descrita como una especie de espíritu violento, se había
disipado dejando a su cuerpo envuelto por una aura cálida que solo podría ser llamada
serenidad. Además esta tranquilidad animada por un magnífico espíritu, si se
observaba de cerca, revelaba una extrema cualidad de serenidad, una fuerza poderosa
de atracción, y el poder de succión del vacío que provocaba que uno se imaginara que
el tan conocido “hoyo negro”, también descrito como uno de los misterios del
universo, debía ser similar a esto. Uno podía sentir un poder misterioso más allá de la
comprensión humana. En resumen, me atrevo a decir que el fundador alcanzó la
sublime elevación de la “técnica divina”.
Por supuesto, la “técnica divina” del fundador no llegó en el momento en el que él se
inició en la vía marcial. Como lo mencioné antes, fue sólo el resultado de largos años
de austeridades continuas. Fue la cristalización de una vida de la más decidida autonegación. Repito, no fue algo de lo cual el fundador estuviera consciente, no era algo
intencional de su parte. Esto debe ser entendido como una fruta divina obtenida a
través de una ferviente disciplina. En ello yace el valor humano del fundador, quien
determinadamente dedico su vida al arte marcial. El fundador desafió los límites de los
logros humanos. En el análisis final, el proceso de entrenamiento en sí mismo que llevó
naturalmente a la obtención de la divina técnica es algo precioso. Es un error adorar al
fundador elevándolo en un pedestal sin pensar en las austeridades que lo condujeron
a su técnica divina. No tiene sentido tratar al fundador como si hubiera nacido como
un semi-dios.
El reverendo Genyu Sogabe del famoso templo Kozan (el templo de la familia Ueshiba
y lugar del monumento del fundador y de su tumba) en Tanabe, en la Provincia Kii,
quien fue el primero en recibir la instrucción personal del fundador poco después de la
guerra, inicio sus observaciones de la siguiente manera:
(The full article is available for subscribers.)
http://www.aikidojournal.com/article?articleID=238&lang=es
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