titulo: las paradojas del pensamiento crítico. algunas implicancias

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TITULO: LAS PARADOJAS DEL PENSAMIENTO CRÍTICO. ALGUNAS IMPLICANCIAS
EN LA FORMACIÓN DE LOS TRABAJADORES SOCIALES1
EJE TEMATICO: UNIVERSIDAD Y PROYECTO PROFESIONAL CRITICO
AUTORAS: SUSANA CAZZANIGA, ROSA FRANCO, LAURA SALAZAR, ROSANA
PIERUZZINI, VERONICA VILLAGRA, ALICIA PETRUCCI
“Decir y sostener aquello que con el correr del tiempo puede
comprobarse que era lo imposible de ser pronunciado en el interior de
los saberes que estructuran una situación, es la esencia misma del
pensamiento”. CERDEIRAS
1.- La intelectualidad crítica.
La construcción de una intelectualidad crítica requiere de algunos aspectos que parecieran no
siempre estar presentes muy a pesar de muchos de nuestros discursos que dicen estar
posicionados en ella. Toda intelectualidad que se precie de ser crítica contiene el desafío de la
transformación, un camino para encontrar nuevas formas de “ser” y de actuar en el mundo; así su
función se centra en la capacidad de orientar la construcción del orden simbólico en pos de una
hegemonía que de cuenta de otro tipo de sociedad. Es justamente por ese lugar que ocupa, que la
tarea del intelectual contiene implicancias políticas.
En este punto entendemos necesario preguntarnos ¿qué es un intelectual?, y siguiendo a
Gramsci, éste se define por el lugar y la función que ocupa en el conjunto de las relaciones
sociales “Todo grupo social que surge sobre la base original de una función esencial en el
mundo de la producción económica, establece junto a él, orgánicamente, una o más capas
intelectuales que le dan homogeneidad y conciencia de su propia función, no sólo en el campo
económico, sino también en el social y en el político…2. Este pensador agrega además, que los
intelectuales son también los portadores de la función hegemónica que ejerce la clase dominante
en la sociedad civil.
Estas mismas características son trabajadas por diferentes autores abonando la influencia que los
intelectuales tienen en la construcción del orden simbólico “…han sido los especialistas en
producir o reproducir los valores y mundos simbólicos, las creencias y representaciones
1 Articulo presentado en el I Encuentro Nacional y Latinoamericano “Prácticas Universitarias y
Proyecto Profesional Crítico”, realizado por la Escuela de Trabajo Social de la Universidad Nacional de
Córdoba, 29, 30 de junio y 1º de julio, 2006.
2 GRAMSCI, Antonio. Citado en: PIOTTE J. M. El pensamiento político de Antonio Gramsci. Cuadernos
de Cultura Revolucionaria. Buenos Aires. 1973. Pág. 16
colectivas, en fin, las ideas e imágenes que se hace una sociedad acerca de sí misma”3. De este
modo, el intelectual contribuirá en la construcción de un orden social determinado y de la
distribución del poder en ese mismo orden justificando o impugnando las desigualdades
existentes.
Así, esta figura presenta su metamorfosis según la perspectiva teórica-ideológica lo que dará
lugar a diferentes posiciones, entre ellas aquellas que velarán el carácter político de sus
intervenciones. Para el caso de Trabajo Social, el énfasis tecnocrático que ha recorrido (y de
hecho todavía recorre) nuestra historia, ha contribuido a dibujar un cierto papel de intelectual
desde la disociación entre el hacer y el pensar, la argumentación de la neutralidad valorativa y la
desvinculación política, negando el potencial emancipatorio, que sólo será posible de ejercer en
la sociedad, desde una postura crítica.
Aunque debemos reconocer que en ciertos momentos este ideario emancipatorio supo erigirse
como preponderante orientando rupturas significativas que los procesos de represión y
oscurantismo vividos en la última dictadura militar quebraron, impidiendo su consolidación. La
apertura democrática otorgó condiciones para una nueva apuesta, los intelectuales jugaron un
importante papel en el llamado proceso de transición a la democracia, contribuyendo a recuperar
valores vinculados a este nuevo escenario, demandando un intenso debate acerca de los derechos
humanos y una revisión de los modos de construcción y las prácticas políticas previas. Tampoco
este proceso logró fortalecerse, ya que se vio rápidamente atravesado por las políticas
neoliberales que reforzaron aquel énfasis tecnocrático. De esta manera contribuyeron
nuevamente a dejar un vacío en el lugar de la formación del intelectual crítico, desprestigiando
junto a ello a las ciencias sociales y humanas, reconvirtiéndolas en instrumentadoras de la
tecnocracia.
Hofmeister afirma esta reconversión diciendo, “Una porción considerable de la intelectualidad
latinoamericana ha dejado de lado su posición crítica y hasta contestaria y se ha integrado con
sorprendente facilidad dentro de las estructuras de poder de los regímenes neoliberales.” 4
3 LECHNER, N. En HOFMEISTER, Wilhem y H.C.F. MANSILLA (editores) Intelectuales y política en
América Latina. El desencantamiento del espíritu crítico. Ediciones Homo Sapiens. Rosario, 2003. Pág.
29
4 MANSILLA. En HOFMEISTER, Wilhem y H.C.F. MANSILLA (editores) Intelectuales y política en
América Latina. El desencantamiento del espíritu crítico. Ediciones Homo Sapiens. Rosario, 2003. Pág.
29
Un mundo en el cual la desigualdad y pobreza generadas en el último siglo son incomparables
con ninguna otra, enrostra la injusticia, y reclama la urgencia de una práctica intelectual ética,
desde las coordenadas de la distribución de la riqueza, del poder y del saber que incorpore a los
otros como protagonistas de su historia. Todas las prácticas sociales está atravesadas por una
dimensión ética, que no siempre se validan en los actos, por lo que vale la pena recordar que la
ética es inseparable del sujeto racional, voluntario, libre y responsable, “refiere a valores y su
conquista es política”.5
En estos contextos, se produce un juego paradójico en el cual ciertos discursos críticos se tornan
funcionales a aquello mismo que se pretende cuestionar, se trata de los casos en que la crítica se
cristaliza y por lo tanto se naturaliza, volviéndose encubridora —a pesar de su propia
intención— o directamente mesiánica, en la que la espera de otro futuro pasa a ser una virtud.
Por ello, nos preguntamos, ¿Es posible una intelectualidad crítica que pueda poner en cuestión
los saberes constituidos y producir nuevos sentidos?
El campo de la Universidad, el campo del conocimiento son campos en disputa donde se pone en
juego el sentido fundamental desde donde se plasman los símbolos, a partir de los cuáles, una
sociedad suele orientar sus conductas. Los intelectuales interpretan la realidad, pero ¿qué
realidad?, ¿en base a que pautas y valores?, ¿cuáles son los fines de los intelectuales?, sus
conocimientos ¿a qué intereses responden? Puede ocurrir que la función de defender los valores
de justicia y verdad quede cooptada por intereses políticos y hasta puede estar definido su papel
por ellos. Así, como planteáramos antes, tenemos intelectuales tecnócratas y expertos que no han
podido ver la compleja y diferenciada realidad, ni mucho menos crear otras realidades. Su
función ha quedado anclada en una perspectiva conservadora sin lograr tensionar la relación con
los poderes instituidos, además esas argumentaciones teóricas no dan cuenta ni recrean nuevas
categorías y conceptos desde los que se podrían comprender y obviamente reinventar los
procesos históricos actuales.
El intelectual crítico debe apostar a la autonomía de pensamiento, a dialectizar la relación entre
los discursos y el devenir de la sociedad, tiene la responsabilidad de contribuir a la formación
de la opinión pública, de proponer estrategias políticas, y fundamentalmente debe intentar
5 TRACHITTE Y OTROS. Ponencia. Etica y Trabajo Social. Presentada en Encuentro Académico
Nacional de la AFAATS. Luján. 2001. Pág. 6
impedir que otros decidan por nosotros. En síntesis, la criticidad reivindica un pensamiento que
no solo interprete la realidad sino que apueste a cambios sustantivos de esa realidad.
2.- El lugar de la Universidad en la formación de trabajadores sociales.
La formación de Trabajadores Sociales se constituye en torno a una concepción de la profesión
que se sustenta tanto en las ofertas académicas ancladas en la Universidad pública, como en las
diversas instancias de orden público y privado que implementan este tipo de carreras. No
obstante la explicitación de los supuestos de especificidad disciplinar no siempre se concretizan
o visibilizan en los señalados procesos de formación profesional.
Con todo, es notable que la especificidad de Trabajo Social como disciplina de las ciencias
sociales ha sido y es eje de un debate central y recurrente que —podría afirmarse sin temor al
error—nace junto con su institucionalización. Situación reflejada “ab aeterno” en las diferentes
currículas y planes de estudios reformados reiterada y consecuentemente; repercutiendo
inevitablemente en el perfil de los profesionales, el cual se ha ido modificando cíclicamente a la
luz de esos debates que van instalando tendencias acerca de la intencionalidad de Trabajo Social,
en definitiva acerca del “deber ser” de de la Profesión.
Un espacio privilegiado donde esos debates se dan es la denominada academia. Por ello, es
nuestra intención referirnos a la Universidad como institución que habilita y certifica la
idoneidad para ejercer el oficio, puesto que es donde desarrollamos nuestras prácticas docentes,
sin que dicha experiencia no sea susceptible de homologación a las diversas instituciones
erigidas alrededor de iguales funciones y que forman trabajadores sociales.
Entonces, cobra relevancia la reflexión acerca de los condicionantes y/o influencias que la
Universidad Pública y Estatal —como uno de los
espacios legitimados de producción de
conocimiento y formación de profesionales— ejerce en los procesos de enseñanza-aprendizaje y
en los sujetos de ese proceso: estudiantes y docentes.
Así, tal como lo expresáramos anteriormente, la universidad hoy se halla tensionada por la
impronta que le impuso —no sin resistencia, justo es decirlo— el despliegue del neoliberalismo
en las últimas dos décadas; impronta patentizada en la Ley de Educación Superior a partir de la
cual las prácticas universitarias en todos sus niveles, planos e instancias fueron colonizados —
muy a pesar del discurso crítico que las rechazaba— por los dispositivos de ella derivados, con
claros efectos en el andamiaje docente y lógicamente en el proceso de formación de grado.
De tal forma, la mercantilización de la vida universitaria se evidencia en la relevancia de la
eficiencia en términos cuantitativos que impulsa la expansión de las hiperespecializaciones,
formación de posgrados, categorizaciones docentes para la investigación, entre otros.
Como consecuencia inmediata se observa una secundarización de las formaciones de grado
cuestión que se refleja en las distribuciones presupuestarias particularmente en lo referido a las
dedicaciones docentes, a pesar de que una de las razones de ser de la universidad sigue siendo las
carreras de grados. La misma tarea docente se ve constreñida a formar parte de la expansión
neoliberal, en tanto reglas de juego que parecieran inmodificables, desde las cuáles es posible el
propio sostenimiento en el sistema.
Algunos estudios sobre la universidad de estos últimos años, reafirman lo mencionado,
constatando cierto desencanto de los actores de la universidad de los 90, expresando la pérdida
de sentido en varias direcciones: del lugar crítico de la universidad, del valor social del
conocimiento, del compromiso político de los docentes6.
Estas circunstancias, expresiones de un cierto orden épocal, hallan su sedimento en el
pensamiento hegemónico que le dan sentido y significado y se tornan corpóreas en cada una de
las organizaciones societales que en tanto dispositivos de una determinada estructura social
impregnan las distintas prácticas por ellas generadas. Esto quiere decir que el contexto y el
sistema de ideas vigentes asedian y atraviesan los procesos de formación
de los futuros
profesionales, imprimiéndoles —mal que nos pese— cierto aire neoliberal.
No es intención
transmitir
la idea de sobredeterminación de la esctructura, sino por el
contrario, repensar y reflexionar a través del desarrollo de una lectura crítica acerca del modo en
que esa estructura condiciona y posibilita a la vez la emergencias de prácticas críticas,
consecuentes con su propio discurso,
vale decir, coherente con una intelectualidad
comprometida con los ideales de transformación por un mundo mejor. Esto significa considerar a
las estructuras no sólo como reglas, sino también como recursos (Giddens, 1995).7
¿De que se trata entonces? Se trata de pensar y poner sobre el tapete el lugar de la universidad
en la sociedad, mejor, de recuperar el lugar de la universidad pública como espacio de
producción de conocimiento crítico, con una clara función social, y en nuestro caso pensar qué
6 BADANO y Otros, Ponencia: Habitar la universidad: de continuidades y rupturas en las culturas
acdémicas en los ^90. En CD de III Jornadas de Investigación “La Investigación en, Trabajo Social en el
contexto latinoamericano” .Fac. de Trabajo Social. UNER. 2005.
7 GIDDENS, A. La Constitución de la sociedad. Amarroutu. Bs.As.1995
lugar tiene la formación de futuros trabajadores sociales en tanto que su quehacer estará en el
centro de la producción y reproducción social. Este “lugar” está inevitablemente ligado a una
dimensión ética, puesto que esta dimensión se dirime en el ámbito del mundo de la vida de los
sujetos, en circunstancias de desigualdad social.
Y si admitimos que el despliegue de intervenciones requeridas, en tanto ejercicio profesional, en
tanto puesta en acto de una profesión, evidencia en general como relevante la dimensión ética,
es pertinente inferir que en este contexto neoliberal se intentará minimizar y neutralizar el
carácter sustancialmente político —ideológico, dirá Saúl Karz— de dichas prácticas. Esta puja y
tensión permanente también se expresa en la formación profesional.
Empero estas evidencias no constituyen per se, abdicación alguna del compromiso desde un
pensamiento crítico puesto al servicio de la construcción de una sociedad más justa. Así lo
sostiene claramente Bourdieu cuando afirma que “Hacer conscientes ciertos mecanismos que
hacen dolorosa e incluso intolerable la vida no significa neutralizarlos; sacar a la luz
contradicciones, no significa resolverlas. Empero, por escéptico que uno sea respecto de la
eficacia social del mensaje sociológico, no es posible considerar nulo el efecto que puede
ejercer al permitir a quienes sufren descubrir la posibilidad de atribuir ese sufrimiento a causas
sociales y sentirse así disculpado; y al
hacer conocer con amplitud el origen social,
colectivamente ocultado, de la desdicha en todas sus formas, incluidas las más intimas y
secretas”8.
Por otra parte, es necesario reconocer que si bien las prácticas académicas aparecen como el
principal mojón en la formación de profesionales, en tanto devenir intelectual crítico, necesita
otros aderezos que le otorguen el saber y el sabor que le den identidad y entidad. El saber en
términos de formación sólidamente argumentada, explicitada y
posicionada desde un
determinado paradigma teórico-epistemólogico. Y en términos de sabor, aquel que cada uno
busca y elige en un horizonte de condiciones de posibilidad en interacción con el mundo más
mediato, pero que se pone en acto permanentemente en el aquí y ahora; esto es el sabor que da
el proyecto compartido, colectivo, por un orden social más justo. Entonces, la dimensión política
es la punta de lanza del devenir crítico de la formación académica.
8 BOURDIEU, Pierre. La Miseria del Mundo. Fondo de Cultura Económica de Argentina .S.A. Buenos
Aires, 1999
El desafío es permitirnos instalar el debate político en la universidad:
discutir acerca de la
función social de la universidad, poner en juego el para qué, y el cómo de los procesos de
formación académica y de las prácticas académicas. Una vez situados, y en permanente
vigilancia epistemológica, ética y política, definir políticas, líneas de docencia e investigación,
modos de vínculo con la comunidad y en orden a los intereses nacionales, regionales, y
disciplinares.
Se trata, entonces de recuperar la universidad pública como recurso estratégico al servicio de una
sociedad democrática, justa y solidaria, que ponga el acento en la criticidad esa que nos llevará a
la recuperación de las utopías y “caminando” —como bien dice el poeta—, “haciendo”
agregamos nosotros un proyecto emancipatorio.
BIBLIOGRAFÍA
HOFMEISTER, Wilhem y H.C.F. MANSILLA (editores) Intelectuales y política en América
Latina. El desencantamiento del espíritu crítico. Ediciones Homo Sapiens. Rosario, 2003.
SUASNABAR, Claudio Universidad e intelectuales. Ecuación y política en la Argentina (19551976). Editorial Manantial. Buenos Aires, 2004
CHARLE, Christophe Los intelectuales en el siglo XIX. Precursores del pensamiento moderno.
Siglo Veintiuno. Madrid, 2000.
BOURDIEU, Pierre. La Miseria del Mundo. Fondo de Cultura Económica de Argentina. S.A.
Buenos Aires, 1999
BADANO y Otros Ponencia “Habitar la universidad: de continuidades y rupturas en las culturas
académicas en los 90 “. En CD de III Jornadas de Investigación “La Investigación en Trabajo
Social en el contexto latinoamericano” .Fac. de Trabajo Social. UNER.2005. PIOTTE JeanMarc. El pensamiento político de Antonio Gramsci. Cuadernos de Cultura Revolucionaria.
Buenos Aires. 1973.
GIDDENS, Anthony La Constitución de la sociedad. Amarroutu. Buenos Aires,1995
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