ARTIUM

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Texto del catálogo
Enero 2010
ARTIUM
Centro-Museo Vasco de Arte Contemporáneo
Vitoria-Gasteiz
Exposición
Miguel Ángel Gaüeca. Deals, Shapes and Void
Sala Este Baja, desde el 29 de enero hasta el 25 de abril de 2010
Más extraño que la ficción: la fotografía de Gaüeca.
Susan Bright
…
Como un punto de partida para abordar estas obras me gustaría, en primer lugar, considerar la fotografía publicitaria. Podría
parecer una extraña posición para empezar si pensamos en Gaüeca como un artista de Bellas Artes al que parece traerle sin
cuidado el mundo de lo comercial, como puede verse en sus pastiches fotográficos de sus series Objects and Things y Me,
Myself and I. Pero para poder ejecutar con éxito un pastiche sobre un tema, el artista debe conocerlo bien, e incluso sentir
cierto respeto por él a fin de poder subvertirlo con éxito. Para mí, Gaüeca deja de manifiesto un conocimiento profundo del
poder y la historia de la imagen publicitaria. Utiliza con habilidad los recursos que son tan importantes para el género (como la
naturaleza muerta, claridad, texto y cuidadoso estilismo), pero produce algo más ambiguo en su conjunto. Su enfoque nos
atrae y seduce exactamente como lo hace un buen anuncio, pero nos deja con las manos vacías en lo que respecta al anhelo
consumista. Como resultado, es muy posible que acabemos un poco estupefactos respecto a de qué tratan las imágenes en
realidad y qué puedan significar. Y ahí está el problema. ¿Qué significan las fotografías de Gaüeca? Significado, sin duda, debe
de ser la pregunta más difícil y que más se hace a toda obra de arte, ya que los significados difieren de una persona a otra y
de un contexto a otro. Añadido a esta antigua cuestión existencialista está el hecho de que Gaüeca se recrea en lo misterioso,
lo ficticio y lo francamente estrambótico.
Tomemos como ejemplo Kidology, el último cuerpo de trabajo de Gaüeca. A primera vista se podría considerar parte de un rico
linaje que contempla en la literatura, el cine y la fotografía la parte más oscura de la infancia desde una perspectiva adulta,
pero algo más está pasando. No es sólo siniestra de un modo adulto; también consigue tocar los sueños y fantasías que un
niño podría tener en realidad. Por supuesto, a medida que nos hacemos mayores perdemos la capacidad para pensar como
un niño, proyectamos lo que pensamos que les gusta más que saber lo que realmente sienten, pero estas obras se acercan
más que muchas de las que he visto. Hay un toque de El laberinto del fauno en lo referente a algunos de los personajes que
aparecen, y aunque de inmediato podrían parecer viles, jamás parece existir ninguna sensación real de peligro, y el niño nunca
parece asustado o amenazado. Lejos de parecer temeroso, está muy a gusto con el elenco surrealista de personajes que
ocupan su entorno.
La leve excepción a esto es la fotografía del niño que saca lustre a los zapatos de un hombre de mayor edad (el propio
Gaüeca). El hecho de que estén vestidos igual y tengan un aspecto similar altera sutilmente las connotaciones, y le lleva a uno
a pensar que la narrativa puede tener un hilo más autobiográfico entretejido en el entramado del, por otro lado, relato
fantástico. No se trata de que el niño parezca incómodo o amenazado, la fotografía simplemente da a entender un orden
subordinado y jerárquico en su mundo, que está casi ausente en los otros retratos. En otras obras aparecen adultos, pero ésta
es la única en la que hay una relación directa que no se inclina necesariamente a favor del niño. Por este motivo destaca y da
una dimensión interesante a la serie que, de otro modo, podría funcionar simplemente en términos de fantasía, y ser
comprendida como quijotesca. Nos recuerda que, por exquisitas y surrealistas que puedan ser las fantasías, siempre hay un
mundo adulto (la realidad) alzándose a poca distancia con sus reglas y orden.
Las implicaciones autobiográficas también quedan sugeridas por el uso de attrezzos, que se repiten a lo largo de la obra de
Gaüeca y que del modo más significativo también se pueden ver en Nobody Knows Me (2006) de su serie Objects and Things.
Es imposible no interpretar el retrato como un memento mori y una referencia cómplice al género de las vanitas en la pintura,
con la conspicua colocación de un cráneo en el primer plano de la fotografía. El cráneo se usaba tradicionalmente en las
vanitas para simbolizar la fragilidad de la vida al lado de objetos tales como velas para representar el paso fugaz desde la tierra
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al cielo. El uso del blanco y negro en esta fotografía también añade una declaración gráfica y metafórica sobre la vida y la
muerte, la oscuridad y la luz. Pero lo que me resulta interesante en este retrato son las esculturas, el uso de fotografías, las
llaves y la mano de una figura negra en el extremo izquierdo de la imagen. Todos estos objetos aparecen en Kidology y
refuerzan la idea de autobiografía y del propio yo; un elemento que se muestra esencial en gran parte del trabajo de Gaüeca.
Este mundo adulto, u otro, se puede percibir también a través de las fotografías que cuelgan de las paredes de la casa
lujosamente decorada. Doy por supuesto que es la casa en la que vive el niño, pero desde luego esto es simplemente mi
extrapolación y lo que conjeturo al contemplar la obra; nunca se nos dice dónde se toman las fotografías. En una fotografía el
niño está cerca de la pared (más bien confinado por un mueble enorme) mirando el batiburrillo de viejas fotografías de la
pared, que no están colgadas como decoración sino más bien pegadas al papel pintado para que se pueda llevar a cabo esta
inspección. Algunas están detrás de él, también sobre el mobiliario. Principalmente de los siglos XIX y principios del XX; el
color sepia y los marcos ovales de éstas sugieren un linaje y una familia de la que procede este muchacho. Una parece un
ferrotipo y muestra niños pequeños en un estudio. Como gran parte de las fotografías de esa época la mayoría parece teatral o
acartonada, debido a la composición de estudio, e ilustra plenamente que la fotografía puede haber cambiado técnicamente a
pasos agigantados, pero que las mismas composiciones artificiales siguen siendo a menudo una constante.
El niño posee una inocencia salvaje. No asoma esa torpeza que tanto se asocia con los chicos de esta edad y está ausente
toda sensación de transformación en hombre. Esto trata sobre ser un chaval y las alegrías y miedos de serlo. Es un trabajo
interesante, ya que es raro que los fotógrafos se concentren en esta edad y usen niños como tema. Desde luego no es algo
único (Larry Clarke nos viene a la mente de inmediato), pero es ciertamente raro. Las niñas y adolescentes, por otra parte, son
sumamente fotogénicas y han fascinado durante mucho tiempo a los fotógrafos, que parecen estar perpetuamente cautivados
por el tira y afloja de las niñas en transición a la condición de mujer, por la tosquedad de cuerpo y expresión que esta época
representa con tanta claridad. Con las chicas los temas parecen estar cargados de sexualidad (Sally Mann, Collier Schorr,
Rineke Dijiskta y, de manera más polémica, Jock Sturgess, para nombrar sólo a unos pocos) o asfixiados por un hastío que
parece ejercer un dominio invisible sobre ellos (Sarah Jones, Katy Grannan y Hellen van Meene, por ejemplo). Kidology, por
otra parte, conduce al espectador a un viaje al interior de lo que podría ser la imaginación de los niños o, quizá con más
exactitud, su conflicto con la realidad. Y por este motivo la obra tiene más en común con las famosas colaboraciones de Wendy
Ewald con los niños, que con sus colegas de Bellas Artes mencionados antes. El trabajo de Ewald con niños muestra a los
adultos una percepción espeluznante de los temores, a menudo violentos y horripilantes, que habitan de verdad en las mentes
de los niños. También resulta interesante compararlos técnicamente, ya que Edwald se recrea en la bruma del blanco y negro,
que implica un escenario como de ensueño, de modo que sabemos automáticamente que contemplamos algo que no es real,
a pesar de las puestas en escena «genuinas» y la brillante sutileza de Gaüeca, así como la claridad que sólo el color puede
producir. Esta misma claridad de enfoque añade otra interesante interpretación entre realidad y fantasía, entre lo real y lo
imaginado, y muestra concluyentemente que la fotografía, a pesar de la objetividad que se percibe en ella, es un medio de
llevar a cabo engaños y dobles engaños, en especial si está en manos de un tramposo como Gaüeca.
La idea del farol, que tanto gusta a los jugadores de póquer, es crucial en su serie de au-torretratos Me, Myself and I.
Expresiones faciales, un cambio de ropas, el uso de texto y la adaptación de conocidos tropos y géneros históricos cooperan
para confundir expectativas y adaptan ingeniosamente el uso tradicional del autorretrato, que históricamente se ha usado para
revelar sentimientos íntimos y estados emocionales. Los autorretratos de Gaüeca no hacen nada de eso y muestran que la
fotografía puede no revelar nada del carácter de una persona y que en cuanto una persona se presenta ante una cámara, lo
que se revela es un complejo rebote de farsa, apariencias, actuación y pose. La identidad de Gaüeca aparece maleable, y éste
adopta el título genérico de «el artista» con todos sus gloriosos clichés manidos y pone de manifiesto que el negocio del arte
no es más que el «traje nuevo del emperador» de nuestros días.
Su «admiración» por la publicidad puede verse aquí al convertirse a sí mismo en una marca, su nombre estampado sobre la
imagen como un anuncio de moda. Su marca –Gaüeca el súper artista– no es inconcebible, y se ha visto en artistas a lo largo
de todo el siglo XX, desde Dalí, pasando por Andy Warhol, hasta llegar al rock star más reciente que se ha beneficiado de tales
tácticas: Damien Hirst. Adopta las identidades de otros (como Vermeer, Magritte y Bruce Nauman, que han obtenido tal
condición póstumamente o a través de la obsesión constante de críticos y museos con el artista) a través de otros personajes
realiza un pastiche con ellos y con lo que han llegado a representar en el mundo del arte, reinterpretando su obra y añadiendo
un atrevido giro personal.
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Especialmente fascinante es Nobody Knows Vermeer Told Me This (2004), que es obvio su inspiración directa en el famoso
cuadro de Vermeer Muchacha leyendo una carta ante una ventana abierta (1657), pero en lugar de ser la ventana el centro
principal de atención de la fotografía, una serie de espejos que reflejan la imagen del artista la repiten una y otra vez
reafirmando al artista en una fusión de roles de sujeto y objeto. Ha capturado al artista con su cámara pero también está
atrapado en un laberinto o eco de imágenes de sí mismo. Esta utilización del espejo también hace referencia a otra famosa
pintura: El matrimonio Arnolfini (1434) de Jan Van Eyck. Se cree que una de las figuras reflejadas en el espejo convexo de este
revolucionario cuadro es el artista. Se ha dado por supuesto que tanto Jan Van Eyck como Vermeer utilizaron la cámara
obscura para sus cuadros, y por lo tanto ambas pinturas ocupan un puesto importante en la prehistoria de la fotografía. Con
estas referencias en mente, la pared de espejos de Gaüeca realiza una inteligente proposición sobre la reproductibilidad de la
fotografía, la iconografía de la pintura, la multiplicidad y mascarada del artista y, cómo no, un comentario sobre los muchos
otros artistas y fotógrafos contemporáneos que han acudido a Vermeer como inspiración: la más conocida el artista británico
Tom Hunter con su fotografía Girl Reading a Possession Order (Muchacha leyendo una orden de tenencia) de 1998. A
diferencia de Hunter, Gaüeca puede tomar prestada la composición pero deja atrás los colores exuberantes en favor de un
mayor balance monocromático de blanco y negro. Por lo tanto, el rojo de las manzanas colocadas en primer plano irrumpe
como una rara salpicadura de color. Gaüeca también traslada el énfasis y gira en dirección contraria a la de la figura femenina
del cuadro, y la ventana se convierte en una sección cubierta por una cortina, a duras penas perceptible al ser los espejos los
que dominan. Lo que a primera vista parece una simple puñalada irónica a la mitificación y al legado de un artista, es de
hecho un retrato inteligente y complejo que muestra un sofisticado conocimiento de la historia del arte y su repercusión en la
cultura contemporánea.
Las series de retratos, que forman parte de la exposición pero no se muestran en este catálogo, también muestran una
acertada comprensión de la difusión de las imágenes. Iniciados en 2004, se han publicado sistemáticamente en una revista
gratuita y no estaban pensados para la exhibición en una galería (aunque encajan bien en este contexto). Más relajados que
los escenarios totalmente fabricados de Kidology, Me, Myself and I y Objects and Things, muestran personas que son parte de
la vida personal de Gaüeca. Como consecuencia, hay una intimidad en ellas que no se advierte en las otras obras y son más
relajadas incluso a pesar de estar compuestas cuidadosamente y bien dirigidas artísticamente. Uno percibe el cariño y la
admiración por sus amigos, y se hace una idea de la gente tan interesante de la que se rodea. También son lo más tradicional
de su trabajo, y demuestran la técnica habitual de colocar accesorios personales junto con el modelo a fin de explicar la
profesión u ocupación. A partir de esto podemos ver que sus amigos son genéricamente aquello que recibe el nombre de
«creadores», sean estos artistas, bailarines o comisarios. Son la beautiful people, y su entorno es inmaculado y rico. ¿Quizá su
burla del artista adinerado en Me, Myself and I no es tan frívola después de todo y hay en ella un toque agridulce y un deje de
aversión hacia sí mismo?
Gaüeca es realmente bueno «evadiéndose». Desafía a una definición fácil de ser clasificado como un cierto tipo de artista, y su
comprensión de sí mismo (tanto artística como personal) es escurridiza y crece con el sabotaje. Su obra es autorreflexiva y
muestra una sofisticada comprensión del polifacético medio de la fotografía, del uso de la iconografía, del texto y del poder de
la publicidad. Con estos conocimientos prepara un extraño brebaje que confunde expectativas y hace que el espectador esté
siempre adivinando. Yo no diría que la obra se comprenda con facilidad al instante, ni que por supuesto «guste», pero eso es a
su vez su fuerza, ya que exige tiempo y trabajo por parte del espectador para conseguir lidiar con ella. La obra de Gaüeca es
alternativamente excitante, divertida, inquietante, íntima, reveladora, incomparable y misteriosa… y, ¿quién podría pedir al arte
más que eso?
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