Ver libro completo - Ministerio de Agricultura, Alimentación y

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La lucha por la tierra en
la Corona de Castilla al final
del Antiguo Régimen
E1 expediente de Ley Agraria
Margarita Ortega López
Edita: Secretarla General Técnica
;Ninisterio de Agricultura, Pesca y Alimentación
Diseño: Alóerto Corazón
ISBN: 84- 74 79-45 7-9
Depósito Legal: M-15932-1986
NIPO: 25/-86-064-3
/mprime: (:entro de Publicaciones
A mi padre
0
INDICE
PROLOGO ...................................
11
INTRODUCCION .............................
19
PRIMERA PARTE: El conflicto agrario . . . . . . . . .
31
I.
35
41
45
51
II.
Enfrentamiento entre labradores y ganaderos
• Las alegaciones de los ganaderos . . . . . . . .
• Diferentes status ganaderos . . . . . . . . . . . . .
• Peticiones y éxitos campesinos . . . . . . . . . .
1. La acción estatal: actitud y realizaciones gubernamentales .............................
• Las repoblaciones ...... .... .. .. .. .....
• La actitud gubernamental ante la Mesta .
Los enfrentamientos entre propietarios y arrendatarios de la tierra . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
1. Los arrendamientos . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
2. Los propietarios . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
• Los propietarios nobles . .. .. . . . . .. . . . . .
• Los propietarios eclesiásticos . . . . . . . . . . . .
• Los propietarios no nobles . . . . .. . . . . . . .
55
55
59
65
66
75
82
86
96
7
Los arrendatarios .....................
Enfrentamientos entre propietarios y grandes
98
arrendatarios .........................
• Enfrentamientos entre grandes arrendatarios
99
3.
•
•
•
•
•
y subarrendatarios .................... 108
Enfrentamientos entre propietarios y pequeños arrendatarios ..................... 113
La subida de la renta contractural ....... 120
Enfrentamiento entre vecinos y forasteros por
el arrendamiento de la tierra . . . . . . . . . . . 127
Enfrentamientos eritre varios pueblos por los
arrendamientos de la tierra . . . . . . . . . . . . . 130
III.
Los Jornaleros ............................ 135
1. Vida y miseria . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 135
2. Las soluciones ilustradas al problema de los jornaleros ................................ 144
IV.
Problemas enmarcados en la gestión y el reparto de las tierras de Propios ................ 153
1. La explotación de las Tierras de Propios .... 153
2. Dificultades y resistencias a aplicar las leyes sobre el reparto de tierras de Propios y Baldíos a
los jornaleros ........................... 162
V.
Localización del conflicto agrario . . . . . . . . . . . 171
1. Los problemas de Castilla . . .. . . . . . . . . .. . . . 174
• Salamanca ........................:.. 177
• El. partido de Ciudad Rodrigo . . . . . . . . . . 183
2. Los problemas andaluces . . . . . . . . . . . . . . . . . 194
• E1 marco general ..................... 194
• Los problemas de los pelentrines . . . . . . . . 203
• Las consecuencias de la liberalización del co-
me^cio de granos ..................... 211
8
SEGUNDA PARTE: El Expediente de Ley Agraria 219
I.
La composición del expediente . . . . . . . . . . . . .
1. Las demandas de los campesinos y concejos
II.
Las ^posiciones doctrinales: La información .. 243
1. Los informes de los intendentes . . . . . . . . . . . 243
• Los informes de los intendentes castellanos
250
• Los informes de los intendentes andaluces
255
• El Informe de Olavide . . . . . . . . . . . . . . . . . 263
221
228
2. Los pleitos de la sociedad rural ......... 236
2. Otros informes . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 269
• Los corregidores ......................
269
<,
• Los síndicos personeros y diputados del Común ................................ 277
3. El Procurador General del Reino . . . . . . . . . . 285
III.
La legislación ... ......................... 293
1. El incumplimiento como norma . . . . . . . . . . . 296
2. Las leyes agrarias recopiladas en el expediente
296
• Leyes que prohibían el desahucio del campesino arrendatario . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
299
• Leyes que prohibían la subida de las rentas
de los arrendamientos .. . ........ ... ... 300
• Leyes que prohibían el subarrendamiento
301
• Leyes que regulaban la preferencia del vecino frente al forastero en los arrendamientos
de la tierra ........................... 301
• Leyes que prohibían la capacidad de gestión
directa de los eclesiásticos en la explotación
agraria .............................. 302
• Leyes que establecían la tasa para controlar
las alzas de los arrendamientos de la tierra y
el precio de los granos . . . . . . . . . . . . . . . . . 302
• Leyes sobre.el repartimiento de las tierras de
Propios y Baldíos .......... ...... .... . 303
9
FUENTES Y BIBLIOGRAFIA ... . ...... .. .....
•
•
305
Fuentes .............................. 305
Bibliogra^a .......................... 309
APENDICE S ..................:.............. 323
10
Prolv^
El Exriedzente de la ley agraria es un conjunto documental
tan famoso como en cierto sentido desconocido. En su tiempo proaocó suficiente^ temores como para que, al igual que ocurriera con
el f^royecto de Unica Contribución de Ensenada, no completase su
^iroceso legislatiao. A lo largo de éste, la información fue sistematizada y publicada en el Memorial ajustado de 1784 y dió origen a un importante debate teórico con la ^iublicación de numerosos
estudios sobre la oportunidad de una ley de este tipo, entre los cuales el Informe de foaellanos, en 1795, se conairtió en programa
de la Reaolución liberal por lo que res^iecta a esta cuestión. De
estos tres documentos el Ex^iediente ha sido siempre el menos trabajado ^ior que el Memorial se consideraba que contenía información suficiente en tanto que el Informe ofrecía un acceso mucho
mcís interesante al ^iroblema político.
Al margen del significado doctrinal y de las interesantes noticias que proporciona acerca de la situación de la agricultura, el
Ezriediente constituye una pieza legislatiaa de especial interés. Los
Borbones introdujeron noaedades sensibles en la legislación desde
la llegada al trono de Felipe V. Comenzó una actiUidad legislatian
mucho mcís abundante que apuntaba la intención de organizar ciertos
aspectos de la realidad según un modelo único. Con Carlos III,
arquetipo español del déspota ilustrado, se produce un fenómeno
muy si^nificatiao. Es el momento en que las instituciones políticas
dan muestra de un especial actiaismo en la medida en que su opi13
nión es solicitada de forma habitual antes de tomar aquellas decisiones consideradas como de mayor trascendencia. tin síntoma relevante de esta nueva situación es la importancia política que alcanzan los fiscales de los Consejos, y muy especialmente los del
de Castilla, hasta el punto de oscurecer a los ministros e incluso
a los presidentes o gobernadores. Este fenómeno no es más que el
reflejo de una práctica política en virtud de la cual la corona busca
la colaboración de las instituciones colegiadas en el proceso de estu- .
dio y elaboración de las leyes de mayor trascendencia. Podría hablarse incluso de un sistema político de división de funciones aunque, por supuesto, no de poderes; circunstancia que explica la necesidad de una constante voluntad del Rey para que las leyes, contrarias a los intereses m jor representados en la Corte, llegasen a
buen fin con la promulgación. Este fue el caso de la famosa pragmática que introdujo la libertad en el comercio de granos contra
una fuerte oposición social e institucional y al mismo género pertenece el proyecto de ley agraria que no fue más allá de la ^recogida
de información que debía haber producido un dictamen fiscal, sustituído de hecho, aunque no en la forma, por el Informe deJovellanos.
Aunque más de un historiador se ha asomado a los legajos del
Ex^liediente e incorporado sus noticias a las investigaciones, nadie hasta ahora había tomado éste como objeto mismo de su investigación. Margarita Ortega ha llevado adelante el empeño y, a mi
juicio, ha sacado cuanto en él había, mejorando nuestro conocimiento en un doble plano: en el de la información agraria que contiene, y en el del significado político en los cuales, a su vez, me
he permitido resumir al lector como introducción al objeto mismo
del estudio.
Del mismo modo que el Catastro de Ensenada recoge la mejor información, anterior a nuestro siglo, en todo lo relativo al paisaje agrario, producción agrícola y artesanal, distribución de la
propiedad y cuantificación de la renta de cada uno de los vecinos
14
de la Corona de Castilla, el Exriediente proporciona, con tres décadas de interaalo, la mejor noticia de las relaciones sociales establecidas en la agriculturay descripción de todos los conflictos manifiestos en el sector más importante de la economía. De aquí el
interés que tiene el análisis sistemático que se nos ofrece de las realidades y problemas que el sector primario de la economía, experimentaba en el siglo XVIII, lo que aiene a suponer tanto como tratar de la más importante porción de la sociedad española.
En este punto, nuestra autora ha eludido con gran cuidado la
tentación de dejarse lleaar por la propia organización de las fuentes, imponiendo a la realidad un modelo teórico que se hace patente
en el índice en forma de temas o cuestiones a estudiar. Este planteamiento procede de una posición doctrinal sólidamente establecida que le permite definir los problemas releaantes desde una u otra
perspectiaa, describirlos y analizarlos para conseguir un resultado
definitiUO sin necesidad de teñer que acumular noticias hasta el infinito. La demostración que nos brinda es la necesaria y también
la suficiente. Es una postura que no puede ser atacada mediante
la pretensión de que sería necesaria más información. Quien pretenda discutirla deberá apuntar los ejemplos que puedan impugnarla, pero la tesis no quedará debilitada por la presentación de
nueaas situaciones o conflictos semejantes a los aquí descritos.
El libro de Margarita Ortega se sitúa dentro de un rico conjunto de estudios sobre temas agrarios del Antiguo Régimen. Destaca entre ellos por el decidido parti pris que manifiesta ante el
examen de los conflictos sociales que constituyen el tema explícito
de la primera y más extensa parte de la obra. Destacar esta perspectiaa, frente a tantas descripciones de las relaciones sociales que
olaidan las tensiones y, cuando hay oportunidad, las luchas que
de aquellas se deriaan, es tanto más necesario cuanto es en el conflicto donde la realidad se hace transparenle al historiador. De aquí
la importancia que habrá de tener para el futuro de nuestro conoci15
miento el examen de los pleitos que reposan en los archirios de las
antiguas chancillerías y audiencias.
Nuestra autora no sólo ha hecho aflorar el conflicto como aspecto fundamental de la realidad social sino que ha procedido a
una sistematización teórica del número de los posibles para buscar
en el Ex^iediente ejemplos de cada uno de ellos. En este punto
quisiera llamar la atención del lector destacando el interés del planteamiento que le lleva a presentar el fundamental problema de la
relación del hombre con la naturaleza en el que señala con toda
razón cómo no se trata de un problema individual, como lo sugiere
el enunciado, sino que se complica por la mediación de otros hombres, con lo que la cuestión primitiva se transforma en una lucha
entre programas diferentes para el uso de la tierra y la configuración del paisaje. «El enfrentamiento entre labradores y ganaderos»,
título de un capítulo, es la ilustración ejemplar de cómo el problema primero de la relación con la naturaleza se convierte en conflicto social entre los intereses contrapuestos de uno y otro grupo. •
El derecho de propiedad constituye un elemento decisivo de la
realidad agraria y como tal se refleja en la organización del libro
al separar los problemas de la tierra de pro^iiedad individual de
la de patrimonio colectivo que fornzan los propios y comunes de
los pueblos. En relación a estos últimos, se nos ofrece tanto en una
como en otra parte de la obra una significativa exposición de la
inanidad de los proyectos reformistas cuando éstos,no vienen acompañados de los cambios que hubieran permitido a los municipios
orientar su política en dirección distinta a la que siguieron.
La complejidad de la realidad social, que no puede describirse
mediante una estratificación que opera con un único elemento como
es la conocida división estamental, constituye la parte nuclear del
libro. Al tomar en consideración no sólo el estatuto jurídico sino
también el disfrute o la dependencia del poder jurisdiccional y la
existencia de situaciones determinadas no sólo por el patrimonio
sino por la cuantía de las rentas, el arquetipo de sociedad estamen16
tal deviene borroso. En su lugar se nos ofrece una imagen más compleja y, si bien esto requiere un mayor esfuerzo de comprensión,
al mismo tiempo tiene la virtualidad de presentar claves más eficaces para la comprensión dé los fenómenos del tiempo que siguió
a la realización del Ex^iediente.
De resultas de este planteamiento nos encontramos ante una
sociedad en la que la distribución por el privilegio, que separa a
nobles y eclesiásticos del resto de la población, no es suficiente. Es
preciso saber quiénes de entre aquéllos tenían además poder jurisdiccional que les permitía mejorar su posición y quiénes por el contrario se encontraban disminuídos por hallarse en dépendencia como vasallos. Y aún más, se necesita saber las posibilidades que
ofrecía el patrimonio desde el momento en que sólo en casos determinados coincidían el privilegio, la jurisdicción y la propiedad.
Al lado de este sector intensamente iluminado aparece envuelto en
sombras, que este libro contribuye a disipar, el de quienes tenían
privilegios pero no jurisdicción ni patrimonio o el de quienes disfrutaban de éste sin tener ninguno de los otros factóres que jugaban
en la determinación del lugar en la sociedad. Y, en progreso, Margarita Ortega nos conduce al problema más importante de cómo,
en última instancia, lo más relevante para determinar la estratificación social es el nivel de rentas ofreciendo con vivos detalles la
presencia del grupo de los arrendatarios que sin tener ninguno de
los tres elementos antes mencionados desempeñaban un excepcional
papel en el juego de la producción y en la distribución de las rentas. A su vez, la falta de otras rentas que no fueran las del producto de su trabajo tipificaba un último sector de la sociedad, el de
los jornaleros, cuya penosa situación encuentra^abundantes testimonios en la encuesta que consideramos.
La vieja imagen de una sociedad estable ha de quedar, como
consecuencia de todo lo expuesto, definitivamente árrinconada. En
su lugar se nos presenta una sociedad intensamente conflictiva cuyos sectores, individuos y grupos estaban a la espera de una opor17
tunidad que les permitiese modificar la distribución de los recursos
en su propio beneficio. Era la situación común de la Europa anterior a la revolución. En definitiaa, lo que se nos ofrece en este libro
es la explicación más conaincente de las causas que determinaron
el fenómeno reaolucionario, explicación que bien merece el empeño,
y que la prosa de su autora hace fácil, de proseguir sin interrupción la lectura.
Miguel Artola
18
INTR.ODUCCION
La agricultura española no había avanzado demasiado desde
la época medieval. La estructura de la propiedad de la tierra,
las formas de explotaciones y su productividad no eran lejanas
a las cotas alcanzadas en la época de Fernando III el Sarrto.
Todavía, en el siglo XVIII, el resultado era una agricultura
de autoconsumo con escasa y mal repartida producción que
subrayaba -notoriamente- profundas diferencias regionales.
La inexistencia de un mercado nacional -que atemperase estos contrastes- producía, en unos casos, graves problemas de
abastecimiento y, en otros, excedentes de producción difícilmente comerciables.
La consecuencia de tal estado de cosas era, periódicamente, la desnutrición y el hambre para amplias masas de la po'blación. El censo.de 1799 estimaba que frente a un «superavit
de 4 millones de fanegas de cereales en las provincias del interior, había un déficit de 26 millones en las de la periferia que
no podían cubrirse con tan menguado excedente; dando como
resultado un déficit nacional de 22 millones de fanegas de cereales al año» (1). Seguramente la magnitud de estas cifras sea
(1) Censo dt la ^iqutza territorial t industñal de España tn tl año 1799. Madrid
1803.
19
inexacta (2). Aun así, los datos cuantitativos que poseemos confirman que la periferia española no podía compensarse con los
excedentes de cereales del interior. Sin embargo no es defendible el marco de una meseta excedentaria -relativamente
boyante- frente a una periferia con cíclicos problemas de abastecimiento. Todo lo contrario.
La inexistencia de unas rutas ágiles entre la meseta y el mar
y una adversa climatología transformaban, con dramática reiteración, a la Castilla cerealística en una zona de desnutrición
y miseria. Es más, los graves problemas de abastecimiento iban
a surgir en Castilla periódicamente. En cambio, en la periferia, un regular sistema de importaciones de cereales de los mercados extranjeros producían unos precios agrarios relativamente
constantes (3). El cereal llegaba de Túnez, del Báltico, del Mar
Negro o de Filadelfia y recalaba en la zona litoral española que
así burlaba con cierta facilidad las oscilaciones que todo ciclo
productivo agrario conllevaba. Sin embargo, Castilla no tenía
esa posibilidad; sus vías eran las mismas obsoletas rutas medievales y la escarpada geografía nacional hacía costosa; e irrealizable, tal empresa. Había de contentarse con las habituales
crisis de subsistencia de las economías del Antiguo Régimen.
Pero, en esos momentos finales del Antiguo Régimen, el
campesino pensó que no era solución continuar soportando estoicamehte tal situación organizativa. Que debía estructurar
una protesta generalizada a los órganos gubernamentales, pa-,
ra que acometiesen una reforma agraria (4) que imposibilitase la permanencia de tal estado de cosas.
(2) Fontana señala las abundantes inexactitudes del censo, contrastables
con los datos que daba la balanza del comercio exterior de España en 1795.
En «La primera etapa de [a formació del mercat naciona[ en Espanya»; en Homenaje
a Vicens Vives, Barcelona, 1967.
(3) Anes: Las crisis ágrarias en la España moderna, Madrid 1974.
(4) Esta documentación de primera mano va a ser la base sobre la que
se recopiló el expediente de Ley Agraria. En A.H.N. Consejos Legs.: 1.840,
1.841, 1.842, 1.843 y 1.844.
20
Y la protesta se fue a desencadenar en un doble frente. Por
una parte, se enviaron al Consejo de Castilla numerosos memoriales mostrando los problemas más agobiantes de la geografía castellana y andaluza. Por otra, con ocasión de una «clásica» crisis de subsistencias -la de 1766- (5), los motines y
revueltas fueron denominador común de gran parte de la península.
Es fácil comprender por qué fué mucho más numerosa la
protesta de los castellanos en relación a otras zonas. Era aquí
donde la ineficacia de la organización agraria se mostraba con
toda su crudeza, y donde -y no era elemento intranscendente- había que soportar el privilégiado status de los ganaderos mesteños que recorrían dos veces al año sus cañadas. El
expediente de la Ley Agraria fue un fiel reflejo de este profundo malestar.
Los ilustrados por su parte, dieron un enorme impulso e
importancia a la agricultura como base de la economía española. Los ministros del Despotismo Ilustrado trataron de racionalizar esa pesada herencia medieval. Moxó ha hablado, a
este respecto, dé «revisioñismo medieval». Es acertada su expresión que será llevada a los más diversos ámbitos de gobierno y, sobre todo, al fiscal.
Como no era posible una política fiscal sin una política económica, el gabinete ilustrado trató de incidir también en la economía del país. Es fundamental comprender la vinculación de
ambas cuestiones y, preferentemente, en la economía agraria,
sector puntero de un país preindustrial. En un principio se trataba de mejorar la economía española pero la razón última era
aumentar los ingresos de la -cada vez más decrépita- Real
Hacienda. Si la agricultura era más próspera y productiva,
Ha^ ienda sería la más directamente beneficiada al aumentar
(5) De tal forma lo muestra Pierre Vilar en EI motín dt Esqui[aches y las
crisis de[ Antiguo Régimen. En Revista de Occidente, n° 107, 1972. Aunque
otras interpretaciones insisten en dotarla con un carácter más político: Laura Rodríguez, Corona,... etc.
21
-en calidad y cantidad- el número de sus pecheros. Desde
todos los puntos de vista era urgente, para el Depotismo Ilustrado, acometer la reforma agraria.
No obstante, la abundante literatura que los ilustrados dedicaron a los problemas agrícolas mostraba la existencia de serias dificultades en su desarrollo; dificultades que frenaban el
crecimiento de toda la economía del país que había de basarse
necesariamente en la producción agraria.
Es bien conocido que el mundo rural español estaba dominado por una inmensa masa de bienes amortizados y de comunales, acaso los más extensos pero los menos importantes
desde un punto de vista económico. Las consecuencias que esta magna concentración de la propiedad tuvo en el nivel productivo de la agricultura española fueron, lógicamente, muy
lamentables. Jovellanos lo juzgaba así:
«No es creíble que los grandes propietarios puedan cultivar, ni cuando lo fuese, sería posible que (...) las cultivasen
bien, si alguna vez la necesidad o el capricho los moviese a
labrar por su cuenta una parte de sus propiedades, o establecerían en ella una cultura inmensa y, por consiguiente,
imperfecta y débil, como sucede en los cortijos y olivares cultivados por señores o monasterios en Andalucía; preferirán
lo agradable a lo útil (...). Por una consecuencia de esto, reducidos los propietarios a vivir holgadamente de sus rentas,
toda su industria se cifrará en aumentarlas, y las rentas subirán, como han subido entre nosotros al sumo posible. No
ofreciendo, entonces, la agricultura ninguna utilidad, los capitales tirarán no sólo de la propiedad, sino también del cultivo y la labranza irá a manos débiles y pobres y será débil
y pobre como ellas. Porque si es cierto que la tierra produce
en proporción del fondo que se emplea en su cultivo ^qué
producto será de esperar de un colono que no tiene más fondo que su azada y sus brazos? (6).
La desigual estructura de la propiedad de la tierra era el
(6) Jovellanos: Informe sobre la Ley Agraria, Madrid 1795.
22
primero de una cadena de males íntimamente relacionados con
ella. Si más de las dos terceras partes de la tierra estaba
amortizada (7), no quedaban demasiadas opciones para el campesino: trabajar a través de contratos de arrendamiento o de
jornales la tierra que las clases privilegiadas juzgasen oportuno cultivar. Que no era toda la disponible.
Efectivamente, en Castilla la Vieja, hacia 1752, la superficie cultivada real alcanzaba sólo el 49,8% y en Andalucía se
cifraba en torno al 54% (8) del territorio total provincial. El
testimonio cualificado de un viajero ilustre -Laborde- manejaba también datos similares (9):
«Si apenas las dos terceras partes de la tierra estaban cultivadas, es bastante común encontrar allí siete y ocho leguas
sin ningún rastro de cultivo; el resto, a excepción de algunas
huertas, no presenta más que un cultivo negligente, imper^
fecto y mediocre».
Ciertamente era muy poca la superficie de tierra labrable.
para una población que veía aumentar la tasa global de crecimiento en torno a un 0,42% anual desde principios del siglo
XVIII (10). La evidente presión demográfica del setecientos
iba a hacer mucho más insostenible continuar con tales estructuras agrarias, que se traducían en el .aumento de la miseria
de los ansiosos cultivadores.
El expediente de Ley Agraria dió escalofriantes datos de
este lamentable estado de abandono del campo español. Por
ejemplo la existencia de abundantes despoblados por todo el
territorio no era sino una significativa muestra. El intendente
( 7) Artola: Los origenes de la Esparia Conl^uposánea, Madrid 1959. •
(8) Grupo 75: La Economía del Antiguo Régimen en la Corona de Castilla.
U.A.M., Madrid 1977.
^
(9) Laborde: Itini^aire descript:f.• 1827-1830. Volumen V, pág. 231.
(10) Anes: El Antiguo Rígimen: los Bosbanes. Pág.: 28.
23
Lucas Palomeque informaba de la existencia de 340 (11) despoblados en la provincia de Salamanca -excluida la zona este
y sureste-. Y por aquél entonces, Campomanes señalaba la
existencia -aproximada- de 1.500 despoblados en Castilla
la Vieja (12). Lo lamentable era el aumento creciente de los
despoblados durante la segunda mitad del siglo -fue el caso
de Salamanca- (13) y, esa incuria fue denominador común
de muchas otras comarcas.
Pero junto al abandono de parte de la tierra arable -fruto
de una mala organización en su explotación- se dió, paralelamente, un notable aumento de las roturaciones de tierras.
Anes ha explicado cómo había incrementado el ritmo de las
roturaciones «sin que ello supusiese un aumento de los rendimientos por unidad de grano sembrado ni por unidad de
superficie» (19). Porque se rozaron tierras al albur indiscriminado de la presión de la demanda, sin planificación previa de
las calidades de sus suelos. Se roturarón así unas tierras marginales con dudosa vocación agraria que, a la larga, aseguraron y perpetuaron al campesino su cruel atadura a la tierra.
Y es que el régimen exter}sivo imperante en su explotación,
aplicado a unas tierras incultas durante tantos años, pronto hizo
aumentar, por otros conceptos, la cuantía de la.s tierras yermas.
En el lugar de Encinas (Segovia) se abandonaron 320 fariegas en 1.777, tras haber roturado diez años antes tales tie-
(11) Informe del intendente salmantino en 1763 al Consejo: en A.H.N.
Consejos leg.: 1.842, pieza G. Corresponden los datos sólo a los sexmos más
occidentales; las tierras de Ledesma y las de la zona sureste de la provincia
no están incluidas.
(12) En el Memorial Ajustado... entre la Mesta y la Diputación General de Extremadura. Madrid 1771.
(13) Un informe del intendente de 1791 explicaba cómo habían aumentado mucho los despoblados desde 1.763. En A.H.N. Consejos; leg.: 1.534,
pieza 2.
(14) Anes: Las crisis agrarias..., págs. 196-97.
24
rras incultas cercanas al pueblo. Los vecinos se quejaban de
su poca calidad «pues son montuosas, duras y de gran esterilidad y no compensan los sudores de los trabajadores» (15). Evidentemente, sólo con un exquisito régimen de cultivo intensivo se podían haber aprovechado el conjunto de tierras lanzadas al mercado, fruto de la fiebre roturadora del setecientos.
E1 gobierno y los labradores se vieron defraudados, una vez
más, en sus expectativas.
El reparto diferente de la propiedad de la tierra y el deficiente estado de la superficie cultivada incrementaba mucho
el poder real del propietario en la sociedad campesina, ya que
no sólo era el propietario de la mayoría de la tierra arable sino
que en sus manos estaba dedicarla o no a la actividad agrícola. Los herbajes o tierras de pasto, los cotos de caza, las déhesas... no siempre se constituían sobre suelos no aptos para la
agricultura. La consecuencia -obvia- fue el desarrollo de una
fuerte especulación alrededor de la escasa tierra cultivada.
Los terratenientes iban a explotar, ampliamente, su posición de fuerza. Pronto comprendieron cómo la fuerte demanda de tierra -que llevaba aparejada el incremento demográfico del siglo XVIII-"iba a revalorizar hasta cotas insospechadas sus propiedades y, dueños de la situación, impusieron
^óntratos abusivos de arrendamiento, en los que se incrementaba a un ritmo creciente la renta a percibir. Los grandes propietarios, aun practicando su habitual absentismo, iban a volver los ojos con especial cuidado hacia la tierra que se descubría -más que nunca- como una fuente inagotable de ingresos.
Los contratos de arrendamiento fueron una de sus mejores armas. El régimen contractual fue revisado con sumo cuidado, y modiFicado h^cia su propio provecho. Como su mentalidad rentista les impedía ver las amplias posibilidades de una
(15) A.H.N. Consejos; L.eg.: 1840, pieza G. Memorial del Ayuntamiento
de Encinas al Consejo de Castilla.
^
25
explotación racional ( 16) y capitalista, se limitaron a imponer
unos cori_tratos - cortos- que posibilitasen aumentar las rentas de sus propiedades, sin grandes resistencias. El campesino
se iba a resentir muy directamente por este nuevo control de
la tierra efectuado por los propietarios. La consecuencia lógica fue la constante violación de las cláusulas contractuales y
la generalización de los desahucios, realizados para beneficio
del terrateniente. Los campesinos, indefensos, se verían privados de sus arrendamientos cada vez que un nuevo demandante pujase con generosidad y el propietario anulase el antiguo contrato, transcurridos o no los plazos contractuales. Es
bien significativo subrayar que el 89% de las demandas campesinas que recopila el expediente de Ley Agraria reflejan este
problema como la causa más determinante del malestar del campo español.
Pero este irracional sistema productivo no sólo hácía zozobrar la estabilidad laboral del arrendatario cada tres o cuatro
años - duración media de los contratos- siño que generaba
una notable masa de jornaleros. Efectivamente, en el sur, la
gran propiedad llevaba aparejada junto a la permanencia habitual del terrateniente y administrador o gran arrendatario
la necesidad, estacional, de los braceros. Era tal la amplia masa de jornaleros existente que el síndico Lince de Verastegui
exponía en 1766 al Consejo de Castilla:
^^En los pueblos sevillanos de esta intendencia no hay más
de 1 ó 2 labradores, el resto son todos jornaleros, en lugares
de hasta 300 vecinos» (17).
Y jornaleros eran también la inmensa mayoría de la población laboral activa de Jaen -el 72%-, de Granada -el
71%-, de Córdoba -e1 85%-, según los datos proporcio-
(16) Artola: Los origenes... Pág. 67.
(17) A.H.N. Consejos; Leg.: 1.844, pieza 5. Informe del síndico personero de Sevilla al Consejo el 24 de diciembr.e de 1766.
26
nados por Vilar (18). Sintéticamente se puede afirmar que el
expediente de Ley Agraria nos pone en contacto, sobre todo,
con los problemas sociales de una Castilla «arrendataria» y con
las dificultades de explotación de una Andalucía latifundista.
No obstante, este ineficaz sistema productivo se agrava notoriamente si se analizan las condiciones de vida en la sociedad rural señorial. A todos los problemas expuestos, debían
añadirse el conjunto de prestaciones -fiscales, laborales,...que imponían los señores, aprovechándose de la indefensión
de los cultivadores y que resultaban extremadamente rentables
para los titulares de los «Estados Señoriales». Conviene señalar que el expediente de Ley Agraria no recoge ni una sola demanda de campesinos castellanos y pocas de los andaluces sometidos a la jurisdicción señorial. Por el contrario, los labradores demandantes eran originarios siempre de zonas realengas. Parece claro que la administración señorial privaba al pequeño labrador de una mínima libertad de movimiento de la
que hacían gala sus compañéros de las tierras realengas. Una
vez más, se confirma la tesis de que a través de la documentación que llega al historiador (19) «sólo es posible detectar la
protesta de los labradores más libres y en mejores condiciones
económicas». No obstante, y a pesar de este significativo silencio de los núcleos señoriales, el expediente es una magnífica radiografia de las tensiones y abusos de poder de la sociedad terrateniente para con la campesina.
Un país con tan arcaica organización agraria no podía tener siquiera un decoroso nivél productivo. Los rendimientos
habían de ser -forzosamente- escasos. Se nos dice en el expediente que las tierras de la Corona de Castilla no solían producir más allá de seis veces la sementera, siendo lo más co-
(18) Vilar: «Estructures de la socielé espagnolt aers 1.750». En Melanges a la
memoire de J. Sarrailh. Tomo II. París 1966. Datos obtenidos a partir del
Catastro de Ensenada elaborado en 1752.
(19) Van Bath: Historia agraria de la Europa Occidtntal: dzsde el 500 a 1.850.
Barcelona, 1974.
27
rriente obtener el triple o el cuádruple de lo sembrado. Por ello,
las motivaciones del Despotismo Ilustrado irán encauzadas a
fomentar unos rendimientos más cercanos a los obtenidos por
los países de la Europa occidental, a los que se intentaba aproximar. Así Bruna, el ilustrado decano de la Audiencia de Sevilla explicaba en 1768 cómo se podían obtener en los fértiles
'
suelos andaluces:
«hasta veinte veces la sementera con sólo cercar las tierras
e introducir diversos sistemas de riegos; como ahora lo hacen los ingleses que hasta hace muy poco sólo obtenían seis
o todo lo más ocho veces la sementera; como ahora cosechamos aquí en las mejores tierras de Andalucía occidental» (20).
La reforma que se pretendía llevar a cabo era, en verdad,
difícil. Las resistencias de las clases detentadoras de los beneficios económicos iban a ser muchas. Había que crear la infraestructura sobre la que debía apoyarse la reforma agraria.
El gabinete ilustrado deseaba modiFicar esta agrici^ltura vieja
cuyo bajo nivel productivo se correspondía con el escaso grado de desarrollo del mercado nacional. Todo un inmenso y ambicioso programa.
En el desorganizado maremagnum de problemas que los
conflictos y el expediente presentan, se repiten una y otra vez
los mismos planteamientos y las mismas pretensiones. Conscientes de esto, hemos ordenado, también una y otra vei, las
pretensiones de unos y las respuestas de otros. En el siglo XVIII
predominó siempre el deseo de una mayor productividad de
la tierra; pero en el entramado de las condiciones, aparentemente, no quedaba claro a qué grupo social se pretendía favorecer. Se hacía caso del campesino sin tierra y, al mismo tiempo, se daba la razón al gran labrador arrendatario. Atender
(20) Informe de Francisco de Bruna, decano de la audiencia de Sevilla
al Consejo. En A.H.N. Consejos; leg.: 1844, pieza 3a. Bruna era un personaje próximo a Olavide y muy conocido en la vida ilustrada sevillana.
28
al primero implicaba mantener el orden y esquivar posibles movimientos sociales, pero el segundo era el que creaba riqueza.
En esta cuerda floja tuvieron que permanecer los distintos protagonistas de esta investigación. Al fnal, como se podrá comprobar, los gobiernos ilustrados se decantaron por los que podían generar riqueza para la nación sin someter a ésta a excesivos gastos.
Por eso este estudio carece de específica «conclusión». El
lector, poco a poco y recorriendo pugnas que dan sensación
de ser las mismas con parecidos actores, irá descubriendo la
profunda pretensión ilustrada.
Muchas son las personas a las que la autora debe gratitud
por la ayuda recibida a lo largo de esta investigación. Gratitud a mis compañeros de los Departamentos de Historia.Moderna y Contemporánea de la Universidad Autónoma de Madrid. De entre ellos, destacaré a Pablo Fernández Albadalejo
cuyas observaciones analíticas y bibliográFicas siempre me han
servido de extraordinaria utilidad. Y a Javier ponézar que,
con gran generosidad, ha leído y criticado el manuscrito original y ha tenido activa participación en la posibilidad de publicar este libro.
Mi deuda con el profesor Miguel Artola e ^, por su magnitud, de difícil valoración. El me indicó la oportunidad de realizar este trabajo y sus observaciones y magisterio han sido un
estímulo constante en mi quehacer diario.
Deseo también mostrar mi gratitud a la Fundación Juan
March por la ayuda que me concedió para realizar el trabajo
y al Instituto de Estudios Agrarios, Pesqueros y Alimentarios,
por acoger la publicación de esta primera -aunque frustradavoluntad de crear una Ley Agraria para el país.
29
PRIMERA PARTE
EL CONFLICTO AGRARIO
Si el. aumento demográfico del siglo XVIII se iba a mostrar rentable para las clases privilegiadas, incrementando sus
saneados beneficios, no iba a aportar.muchas cosas positivas
a la indigencia de las clases campesinas. Se agudizaron, en cambio, las contradicciones entre quienes se apoderaban de los excedentes agrarios -los perceptores de las rentas en especiey quienes continuaban viéndose privados de ellas -los
trabajadores-. Sobre todo cuando el gobierno, creyendo favorecer la no manipulación de los precios y la articulación de
un mercado nacional, decretó la libre circulación de granos y
la abolición de la tasa. Había hecho caso de las peticiones de
los terratenientes y no calculó que -mientras subsistiera un
modo de producción precapitalista- todas estas medidas resultaban -en sí mismas- ineficaces. Los motines en cadena
de 1766 lo probaron con amplitud. Sin embargo el gabinete
reformista de Carlos III no se amedrentó por esto y desplegó
una febril actividad.
Así, recabaron informaciones muy variadas sobre la utilización de los bienes de manos muertas, el régimen de explotación agraria de los mayorazgos, los problemas contractuales,
el reparto de tierras de comunales y baldíos entre la población
más necesitada de cada pueblo, las causas de los abundantes
despoblados, la eficacia de los subarriendos, las dificultades de
convivencia entre agricultores y ganaderos... Todos estos problemas fueron tratados, desde diferentes ópticas, en el expediente de Ley Agraria. Es obvio deducir que lo que el expe-
33
diente mostraba era una profunda conflictividad dentro de la
sociedad rural. Una sociedad rural con hartos problemas económicos en los que subyacían grandes intereses político-sociales
no tan nítidamente explicitados:
• Conflictividad entre propietarios terratenientes y arrendatarios a causa de un régimen de explotación inadecuado
de la tierra, con cortos márgenes de permanencia del labrador sobre ella, y que se concretó en un elevadísimo
número de desahucios.
•
Conflictividad entre grandes y pequeños arrendatarios
a la vista del creciente control de la tierra arable protagonizada por los primeros, que se mostraban como auténticos capitalistas, transaccionando con un bien tan escaso y tan vital para la masa campesina.
•
Conflictividad entre jornaleros y propietarios, preferentemente en Andalucía, mostrando la conveniencia de redefinir el latifundio andaluz y de transformar los cortijos.
•
Conflictividad entre campesinos y ganaderos mesteños,
por ampliar el control de la tierra arables, los primeros,
y por mantener las superficies de pasto con sus privile^
gios, los segundos.
• Conflictividad entre los grandes terratenientes y el equipo
ministerial, empeñado en llevar adelante la reforma, enfrentados abiertamente:a causa de una Ley Agraria que
los primeros no estaban dispuestos a aceptar.
Tan variados enfrentamientos mostraban la inoperante organización socio-económica que había permanecido inalterable a lo largo de todo el Antiguo Régimen y era un claro indicio del derrumbamiento de la sociedad estamental castellana,
sumida en una profunda crisis a partir de finales de la década
de los sesenta.
34
I. Enfrentamientos entre labradores y
'
Ganaderos
Las relaciones entre agricultores y ganaderos durante la edad
moderna no fueron nada cordiales. L;os enfrentamientos entre
ambos sectores se agudizaban cada vez que un nuevo impulso
demográfico ponía en peligro el difícil equilibrio entre la superficie cultivada y la de pastizales. Jean Paul Le Flem (1)ha
comprobado que a lo largo del siglo XVII se produjo un retroceso de la gran trashumancia en Castilla e insinúa la idea de
que se dió una cierta transformación de ganados trashumantes en estantes, dado que el abandono de las tierras de cultivo,
como consecuencia del descenso demográfico, hizo posible el
aumento de los pastos en cada pueblo. García Sanz ha demostrado este hecho en la provincia de Segovia (2). El incremento
de la ganadería ovina estante durante todo el siglo XVII no
originó mayores problemas a los campesinos que soportaban
la creciente despoblación de la mesetas mientras vieron satisfechas sus demandas de tierra cultivatile. Sin embargo, los problemas comenzaron a darse cuando, desde mediados del setecientos, tal situación se fué modificando. Era lógico pensar cómo
(1) Le F7em: Las cuentas de la Mesta: 1510-1709. En Moneda y Crédito
n° 121, 1972.
(2) García Sanz: Desarsollo y cris^ de subs^tencia en Castilla la Vieja: Economía y sociedad en tienas de Segoaia: de 1500 a 1814. Madrid, 1977.
35
iban a desatarse las iras campesinas, cuando la presión demográfica hiciera necesario incrementar la superficie cultivada;
la actitud de los ganaderos fue la de opósición a las nuevas roturaciones, continuando acaparando tierras, en detrimento de
las aspiraciones campesinas.
Las acusaciones de los labradores comenzaron por cuestionar el régimen de privilegios que conservaban los ganaderos
mesteños a la vez que mostraban la necesidad de reemprender
su habitual trashumancia, dejando libres las dehesas de pasto
y labor en aras de un incremento de la extensión agrícola. La
respuesta de los hermanos del honrado Concejo de la Mesta
no fué la deseada por los agricultores, pues querían continuar
disfrutando la comodidad de los pastos estantes -a los que tenían derecho por el privilegio de tasación-, a la vez que no
deseaban mermar sus sabrosos privilegios mesteños. No puede extrañarnos, por tanto, que en 1751 el ganado ovino estante representase los dos tercios de toda la cabaña provincial de
Segovia (3), y que tal situación fuese la más extendida en otras
tradicionales zoñas mesteñas de Castilla la Vieja. Los informes de los intendentes de Palencia y Avila (4) mostraban el
predominio en los mesteños de prácticas sedentarias frente a
la trashumancia.
«La gran mayoría de las tierras de pasto de estas tierras,
están en manos de los mesteños y no pasan puertos como es
tradición y práctica de los trashumantes».
En tal situación, presionados los campesinos por la ansiada ampliación de la superficie cultivada que hiciese posible satisfacer la creciente demanda de granos, fueron abundantísimos los memoriales al Consejo denunciando «el egoísmo» de
los ganaderos.
En la protesta de los campesinos destacaron tres cuestio(3) Ibidem: pág. 114.
(4) Informe al Consejo en 1767; en A.)-I.N. Consejos; leg. 1841.
36
nes: 1) la estructura de las cañadas, 2) la prioridad de los mesteños sobre los agricultores en los arrendamientos de tierras
de comunales y dehesas de pasto y labor, y 3) la deficiente utilización y aprovechamiento de los despoblados.
En efecto, las ordenanzas mesteñas dadas por los Trastamaras definían la superioridad del ganado, competidor en los
arrendamientos de esas tierras, sobre cualquier labrador. Este
se sentía en evidente situación de inferioridad ante el ganadero mesteño. Así, los vecinos de Casasola de la Encomienda (Salamanca) al ver cómo numerosas dehesas de pasto y labor se
dedicaban sólo a pastizales denunciaron en 1769 cómo Isabel
Maldonado poseía permanentemente en las tierras del lugar
800 cabezas de lanar, 200 reses vacunas y 300 caballerías
«cuando se llama trashumante, para destruir a los labradores del lugar que ven cómo las tierras labrantías del pueblo
van convirtiéndose en tierras de pasto para sus ganados,
aumentando la miseria de los trabajadores» (5).
Esta situación de creciente control de la tierra en manos
ganaderas fué relevante en las provincias de Zamora, Toro Salamanca; precisamente de donde procedieron la mayoría de los
memoriales de los agricultores. Un alegato conjunto de los labradores de estas tres provincias, enviado al Consejo en 1771,
denunciaba, como hecho grave, el control de esa tierra en manos de 20 ó 30 ganaderos mesteños que habían hecho disminuir la superficie cultivada provincial, obligando a la fuerza
a los labradores a convertirse en subarrendatarios suyos (6).
(5) A.H.N. Consejos; leg.: 1841, pieza 3a, fol. 124.
(6) Un memorial conjunto de labradores de todo Zamora y Salamanca
enviado al Consejo en 1771, denunciaba comó situación extremadamente
grave la existencia de 20 ó 30 ganaderos que habían hecho disminuir la superficie arable de las tierras, haciendo muy difícil la vida a los campesinos
que se veían impulsados a ser, a la fuerza, sus subarrendatarios. En A.H.N.
Consejos; leg.: 1841.
37
También eran bien explícitos los testimonios del viajero
'
Ponz, referentes al campo extremeño:
«el lugar de las Corchuelas, que le falta poco para despoblarse del todo, al que el señor ha reducido todos sus suelos para
pastos de sus ganados, por lo que a los vecinos no les queda
tierra chica ni grande donde arar» (7).
Parecido cuadro presentaba el Corregidor de Trujillo al dar
cuenta del grave descenso de la producción cerealista de la ciudad, consecuencia del control creciente de las dehesas y tierras
de pasto y labor en manos de los ganaderos mesteños:
«Sólo se han producido en el quinquenio 1749-53, 14.144
fanegás de trigo en la cilla de Trujillo, cuando cien años antes se habían diezmado en la misma cilla 46.407 fanegas» (8).
Este notorio descenso de la producción de granos era la nota
dominante en toda la diputación de Extremadura. Según los
testimonios del diputado Paino (9), el descenso en Badajoz era
alarmante: de 390.460 fanegas de trigo obtenidas entre 1721
y 1725 se había disminuído a 234.500 fanegas en el quinquenio 1759-63.
Pero el acaparamiento de tierra en manos de los mesteños
no sólo hacía difícil la supervivencia de los labradores; también los pequeños ganaderos que no podían ser hermanos del
honrado Concejo se veían discriminados; así lo expresaba un
pequeño ganadero extremeño:
«Como los pastos de los pueblos están en manos de los
«trashumantes» -sean tierras de baldíos, del común o de
labranza- el labrador que por San Miguel se ve con ganado y sin bellota se encuentra en la cruel necesidad de entregar su ganado a un precio vil o tomar la bellota a un precio
inmoderado. EI mesteño espera la ocasión, enriqueciéndose
con la ruina del pequeño ganadero» (10).
(7) Ponz: Viaje de España. Madrid, 1784. Tomo IV. Pág. 158.
(8) Memorial Ajustado entre Don Vicente Paino... y el Honrado Concejo de la
Mesta. Madrid, 1771. Tomo I. Pág. 8.
(9) Ibidem: pág. 174.
•
(10) Ibidem: pág. 11.
38
Por similares problemas pasaban los vecinos de la provincia de Segovia, en notoria inferioridad respecto a los privi^,egios mesteños. Los segovianos eran víctimas anualmente, en
los meses de abril y mayo, del esquileo de las grandes cabañas
mesteñas; puesto que aprovechaban los pastos comunales de
sus concejos sin tener que pagar cantidad alguna al municipio (11). Consecuentemente, las posibilidades expansivas de
la cabaña de los vecinos eran reducidas, intimidados por la intromisión de los ganados mesteños.
El análisis documental muestra cómo la táctica corriente
de los hermanos de la Mesta fué arrendar ventajosamente tierras de pasto y labor, aprovechándose de sus privilegios, y subarrendar a altos precios las tierras de calidad mediana a los
labradores del pueblo. El beneficio era seguro. Con las altas
rentas pagaba al dueño a la par que mantenía, sobradamente,
sus ganados ahorrándose los costosos desplazamientos de la trashumancia. Mientras tanto, los agricultores eran los directamente
perjudicados.
El informe del intendente de Sevilla, Olavide, corroboraba cómo la situación de Andalucía no era ajena a estas prácticas:
«Las dos terceras partes de Andalucía están incultas, reducidas a pasto. Así los ganaderos críán sus ganados en pástos gratis. Además monopolizan las tierras de propios y baldíos y hacen granjerías con las de pasto y labor» (12).
Muchas dificultades y tensiones entre labradores y ganaderos surgieron en la tierra de Ciudad Rodrigo, en donde escaseaba especialmente la tierra arable. En efecto, el 63% de
la tierra labrantía permanecía inculta, en manos de un deter-
(11) García Sanz: o.c., pág. 118.
(12) A.H.N. Consejos; leg.: 1844, informe fechado en 1768.
39
minado número de ganaderos y comerciantes (13). Por eso,
ésta fué una de las zonas protagonistas de la conflictividad rural -como el resto de la provincia de Salamanca- cuya abundancia de latifundios constituía una excepción dentro de la submeseta norte. El elevado número de despoblados provinciales
fué la respuesta evidente del ejercicio de poder efectuado por
los terratenientes y mesteños (14).
Salamanca, Extremadura y Andalucía occidental, zonas con
predominio de la gran propiedad y con amplia cabaña ganadera iban a verse especialmente resentidas por la ruptura del
equilibrio agropecuario que, en cierta medida, se había desarrallado durante el siglo XVII. Por ello no puede extrañar que
la protesta rural se asiente de forma preferente en estas zonas.
Los ilustrados, como más tarde los hombres de la II República (15), vieron en estas regiones un elevado número de problemas agrarios que las hacían sobre manera atractivas comó
modelo en el que desarrollar los planteamientos reformistas del
'
agro español.
Tantos fueron los abusos de los ganaderos mesteños en el
(13) A.H.N. Consejos; leg.: 1534. Memorial de los labradores de Ciudad Rodrigo al Consejo. Datos obtenidos del análisis comparativo entre la superficie
cultivable que proporciona el Catastro de Ensenada y la realmente cultivada que explicitan los labradores; en A.H.N. Hacienda: libros 7.476, 7.477
y 7.478, para la provincia de Salamanca.
(14) García Zarzar: Los despoblados -dehesas- salmantinar en e[ siglo XVI77.
Salamanca, 1978. Se explica cómo era el latifundio una realidad en la Salamanca del siglo XVIII; asemejándose su paisaje más a Extremadura y a Andalucía occidental que al resto de Castilla en donde predominaba la pequeña y mediana propiedad.
(15) Malefaquis: Reforma agraria y revuelta campesina tn [a España d^l siglo
XX. Barcelona, 1970. Se explica aquí como en los planes de la II República
se englababan las zonas semejantes de Salamanca, Extremadura y Andalucía occidental como elementos esenciales sobre los que desarrollar la reforma agraria; como antes lo había tomado los ilustrados.
40
control de la tierra arable que un memorial de los sexmeros
salmantinos enviado en 1760 al Consejo solicitaba:
«Que los privilegios de los hermanos del Concejo de la
Mesta sean sólo para los verdaderos trashumantes, de los que
pocos se conocen y no para los muchos ganaderos que sólo
se sirven de pretendida trashumancia para hacer granjerías
con los dichos privilegios y dejar a los labradores sin tierra
y en creciente miseria» (16).
^ Era este un desconocimiento de las leyes mesteñas o más
bien un alegato contra las prácticas monopolísticas que utilizaban para arrendar la tierra en frente de los intereses de los
labradores? Parece, más bien, entroncado con la segunda cuestión.
Las alegaciones de los ganaderos
Los ganaderos dieron una versión diferente de las acusaciones de los campesinos. Admitieron, en su descargo, que algunos se habían apoderado -con mayor o menor lieterodoxiade ciertas tierras de labor convirtiéndolas en pastizales; pero
que de ello no era posible inferir generalizaciones. Pero en ningún caso, decían, era la táctica habitual de los ganaderos mesteños. A la vista del extremado encono de las relaciones entre
agricultores y ganaderos, los mesteños salmantinos enviaron
un memorial en 1759 explicando las causas de la despoblación
y decreciente productividad de la provincia. Algunas de estas
alegaciones eran de tipo demográfico: a) la excesiva emigración a América, b) el incremento de las vocaciones religiosas,
que despoblaba al campo de trabajadores y c) la persistencia
de las guerras con Portugal; las restantes alegaciones eran un
claro ataque al modo de producción que practicaban los terratenientes y labradores: a) el absentismo y falta de control directo de las tierras realizado tanto por la nobleza como por el
(16) A.H.N. Consejos; leg.: 1841.
41
clero, b) un régimen contractual excesivamente corto en los
arrendamientos de la tierra, que desarraigaba al labrador permanentemente del campo y c) un elevado número de ataques
a la incidéñcia y escasa laboriosidad de los labradores (17).
Era evidente el deseo de señalar a las autoridades ilustradas que la raíz de la escasa productividad agraria no estaba
en los posibles abusos de los ganaderos mésteños -como mostraban las peticiones campesinas- sino en una agricultura arcaica, reflejo de la irresponsabilidad de los terratenientes y en
una deficiente planificación de la política poblacional del Despotismo Ilustrado.
Las mutuas acusaciones de unos y otros subrayaban la dificultad de reformular el difícil equilibrio de las relaciones entre labradores y ganaderos, profundamente trastocado en la segunda mitad del siglo XVIII por el incremento demo ^ráfico
de la sociedad preindustrial en la que estaban inmersos. Difícil equilibrio, que no se supo encontrar en Castilla y que enrare• ió las ya nada cordiales relaciones de los miembros de la
sociedad rural.
Pero en las argumentaciones de los ganaderos existió una
contundente crítica a la escasa profesionalidad de los labradores españoles, y una crítica harto real. Efectivamente el campesino, descapitalizado, poco podía hacer para desarrollar adecuadamente.su trabajo cotidiano. La falta de abonado y de un
ganado de tracción suficiente, el deficiente nivel de las tecnologías agrícolas y el excesivo predominio del cultivo cerealísti-.
co no eran las mejores premisas para obtener un incremento
de la productividad agraria. ^
En Nieva (Segovia) se abandonaron 500 fanegas de sembradura en 1791 que habían sido roturadas en 1768
(17) A.H.N. Consejos; leg.: 1534. Memorial al Consejo de los ganaderos mesteños de Ciudad Rodrigo, respondiendo a las acusaciones de los labradores de esa zona.
42
«pues a pesar de los muchos sudores que costaban a los trabajadores, no rendían siquiera dos veces la sementera» (18).
Y era lógico que estas tierras de larga tradición de baldíos
tuvieran tan exi^uos rendimientos, tratándolas con un régimen
de explotación tan poco apropiado como el extensivo. Y, sin
embargo, el continuo tirón de la demanda hizo necesario recurrir a cualquier sistema que posibilitase incrementar la producción peninsular. Ninguno podía encontrarse menos complicado que aumentar la superficie cultivada rozando nuevas
tierras. Además, la ampliación de la superficie cultivable se propició, sin apenas condicionantes, desde las autoridades gubernativas y municipales. Klein ha demostrado como fué relativamente fácil roturar tierras sin licencia previa a partir de
1750 (19). En la provincia de Segovia se roturó generalmente
sin licencia real y en medio del silencio y la complicidad de
la administración local. García Sanz ha señalado cómo se pusieron así en cultivo eñ torno a 2.887 obradas. Y este indiscriminado sistema de roturar las tierras de pasto hizo levantar
la guardia a los ganaderos mesteños que vieron sus privilegios
seriamente amenazados.
Porque si se atacaban las superficies de pasto significaba
el fin no sólo de su cómoda y barata situación de ganaderos
estantes, sino el inicio del fin de la privilegiadá instittición mesteña, imbatible por ley en la utilización de las tierras de pasto^.
La crítica que realizaron los «trashumantes» tenía como objetivo fundamental ce"rcenar la rutilante valoración que el setecientos dió a las actividades agrarias y cuestionar la eficacia
de sus resultados.
(18) A.H.N. Consejos: leg.: 1840. Memorial del ayuntamiento del lugar al Consejo de Castilla.
(19) Klein: La Mcsta. Pág. 341. No siempre los labradores sacaban sus
licencias, pues no existió un serio control de la administración en ese punto.
Del mismo modo se pronuncia García Sanz, en la obra citada anteriormente.
43
Porque si la expansión de la superficie cultivada fué un hecho en la segunda mitad del siglo XVIII, la produ ^ción agraria no se vió acompañada de un incremento real dé la productividad (20). En este sentido la crítica de los ganaderos fué persistente. Se podrían aducir infinito • textos recopilados en el expediente reforzando tal argumentación. Los ganaderos de Beteta (Cuenca) explicaban en 1780 cómo veían comprometidos
sus pastos comunales y la capacidad de su cabaña a causa dé
una fiebre roturadora que hacía disminuir constantemerite sus
pastizales, añadiendo:
«pues aunque han roturado y sembrado en la mayoría de las
tierras del territorio, por sus pocas calidades ven crecer poco
sus resultados, tanto que con el tiempo han tenido que abandonar parte de lo rozado» (21).
Y el alcalde de Don Benito, pueblo eminentemente ganadero, añadía por esas fechas:
«Con el ansia de sembrar no dejan monte ni breña que no
acometan y depositando en ellas sus caudales, la tierra, desagradecida, les corresponde con muy pocas utilidades» (22).
Obviamente, la ley de rendimientos decrecientes empezó
a ponerse pronto de manifiesto en unas tierras sin tradición
de cultivos y con unas técnicas extensivas nada propicias para
incrementar la productividad (23). Labradores de Cabañas de
Sayago, Ubeda, Burgos, Toró y de toda (Gastilla (24) mostra-
(20) Anes: Las c^isis agrarias... Sobre todo, en el capítulo VI.
(21) A.H.N. Consejos; leg.: 1840, pieza 3a. Memorial de los ganaderos
de Beteta (Cuenca) en 1780.
(22) Memorial ajustado ent^e Don Vicente Paino... y[a Mesta. Volúmen II.
Pág. 312, Madrid, 1771.
(23) Boserup. E.: Las condiciones del desaisollo en la agricu[tura. Madrid, 1974.
Se muestra contúndente en esa tesis.
(24) Abundante masa documental extendida por todo el expediente. En
especial en A.H.N. Consejos; legs: 1842 y 1843.
44
ron amargamente la ineficacia de estas «falsas» soluciones que
se pusieron en marcha para gestionar problemas a corto plazo
y que podían inducir a aparentes triunfalismos en el equipo
ilustrado.
No hay que olvidar que las motivaciones últimas del reformismo agrario propugnado por el Despotismo Ilustrado, desmitificada la rentabilidad de las explotaciones laneras, no eran
otras que un aumento -cualitativo y cuantitativo- del número de los vasallos pecheros (25) que había de traducirse en
el incremento de la participación del fisco en la renta agraria.
No fué tampoco ajeno a ese espíritu la solicitud y posterior obtención ante la Santa Sede de la recaudación del diezmo en
las nuevas tierras de cultivo. Se abrían así importantes expectativas a la Real Hacienda; aunque en algunas zonas hubieron de abstenerse ante las contundentes razones de los terratenientes (26).
Diferentes status ganaderos
Los ganaderos no formaban un sector homogéneo. En el
expediente se mostraban serias diferencias entre: a) los grandes ganaderos mesteños y los pequeños ganaderos, vecinos de
los pueblos de Castilla y b) los grandes mesteños y los gestores
de las grandes cabañas castellanas.
El primer caso es fácilmente comprensible. Los pequeños
ganaderos se veían privados de sus comunales y dehesas de pasto
y labor por los privilegios de los mesteños que, con su derecho
de posesión, obtenían, a bajos precios, las dehesas y tierras de
pasto apetecidas. La consecuencia más tangible fué el evidente freno a la expansión de la cabaña ganadera vecina y, por
(25) Tomás y Valiente: Prólogo al Tsatado de la Regalía de la Amo^tización
de Campomanes. Madrid, 1975.
(26) García Sanz: Obra citada; explica cómo el cobro de los diezmos novales fué imposible ante las consideraciones del obispado segoviano que, al
final, los obtuvo para sí.
45
tanto, el descenso de la capacidad arable de los pueblos de Castilla, que se veían frenados en sus deseos de ampliar sus ganados de tracción imprescindibles en el laboreo agrícola. Los ^habitantes de varios pueblos abulenses mostraron su preocupación «por las muchas granjerías y daños que periódicamente
hemos de soportar los vecinos, ante la invasión de los ganados
de los todopoderosos mesteños, que hacen estar a muchos vecinos sin posibilidades de pasto y en próxima ruina» (27). Además, los procesos «legales» que empleaban los ganaderos mesteños a través de los alcaldes de cuadrilla expropiando con fa=
cilidad las tierras apetecidas, dejaban al campesino vecino de
las rutas mesteñas en clara indefensión. Mickun ( 28) ha demostrado la facilidad con la que los alcaldes de cuadrilla obtenían sentencias favorables a los ganaderos mesteños, de gravosas consecuencias para los habitantes de los pueblos privados de sus pastizables con harta frecuencia. Sentencias que,
obviamente, salían de la jurisdicción natural del alcalde ordinario del pueblo, por lo que los vecinos sé veían juzgados -en
casos de conflicfo- por personas ajenas a su entorno y a sus
intereses.
Las respuestas de los ganaderos trashumantes fueron alegatos soberbios de su inmemorial y sostenido poder, refutando las acusaciones de los vecinos de los pueblos próximos a las
cañadas mesteñas. Era algo así como mantener una pelea entre un gato y un ratón. En un memorial de los ganaderos de
Ciudad Rodrigo se seguía invocando la utilidad de los privilegios mesteños como si todavía fuese la lana el pilar de la Real
Hacienda castellana.
^
(27) A.H.N. Consejos; leg.: 1841. Memorial de los sexmeros de Avila
al Consejo.
(28) Mickun N.: La Mesta au XVII éme. siécle. Budapest, 1984. Pág. 236.
Explica cómo ante cualquier litigio entre campesinos y ganaderos mesteños,
los alcaldes entregadores dictaminaban a favor de los segundos. Las reticencias de los campesinos ante esa institución eran muy notables.
46
«La envidia de los vecinos ganaderos de este partido muestra a Su Majestad la exactitud de la situación provincial, La
tradición y supremacía de nuestras acciones hace que las lanas salmantinas y bejaranas sean orgullo y gloria y envidia
de las demás potencias extranjeras, que no han podido fomentar -aunque sí lo han intentado- nuestras especies de
ganados» (29).
Sin embargo, la delimitación del enfrentamiento en el segundo caso señalado no es tan sencillo y permaneció más confuso. Los grandes trashumantes pertenecían -mayoritariamente- a los estamentos privilegiados o a la ascendente burguesía y ellos eran los que controlaban el Concejo de la Mesta, privado de representantes de ganaderos modestos. En la
provincia de Salamanca, por ejemplo, eran ocho las cabañas
de ganado de la nobleza y del clero, que ocupaban el vértice
de la pirámide (30) -en cuantía y poder- de lá sociedad mesteña:
• Conde de Casasola del Campo.
^
• Gonde de Villagonzalo.
• Marqués de Coquilla.
• Marquesa de Almansa.
• Comendador de Casamayor.
• Convento de San Esteban.
• Da Isabel Maldonado.
,
Sin embargo estos grandes propietarios trashumantes no
solían realizar una gestión directa de sus bienes, dejando a los
administradores la organización y explotación de sus cabañas.
Y ahí fue donde se centraron las bases de su conflicto. El absentismo de estos estamentos privilegiados provocó no escasas
tensiones entre ellos y sus gestores, como sucedió también en
la organización de las tierras de cultivo entre propietarios y
(29) A.H.N. Consejos; leg.: 1841. Memorial de los ganaderos de Ciudad Rodrigo y Salamanca al Consejo en 1787.
(30) A.H.N. Consejos; leg.: 1841. Memorial al Consejo en 1768.
47
arrendatarios. Pero si en la explotación agraria ese enfrentamiento fué perceptible, en el sector ganadero se mostró con
mayor ambigiiedad.
Los propietarios de las cabañas castellanas achacaron, con
frecuencia, a sus administradores las causas del mal funcionamiento del sector, respondiendo a las protestas campesirias. El
marqués de Coquilla, por ejemplo, que dijo hablar «por mí y
por otros muchos ganaderos de Salamanca», expuso su punto
de vista de esta forma:
«Veo con tristeza las muchas granjerías que se hacen en
el pueblo de Pedraza por parte de mi administrador Juan de
la Peña, pero he de decir, con pena, que yo soy el primero
que sufre tales granjerías más no puedo arrojarle -como
quisiera- pues está presente un arrendamiento que no termina hásta dentro de seis años y no puedo privarle de lo que
allí se estipuló, aunque en mi ánimo sería feliz rompiendo
ese contrato» (31).
Esta situación, insostenible, para las aspiraciones expansivas de los campesinos era, sin embargo, perfectamente legal
ante el ordenamiento jurídico que regulaba las actividades de
los ganaderos mesteños. Nina Mickun ha explicado cómo no
era imposible ni imprescindible para pertenecer a la Mesta ser
obligatoriamente trashumante, sino que las premisas fundamentales se concentraban en pagar a la Real Hacienda el impuesto de servicio y montazgo y en solicitar que los jueces mesteños entendiesen en sus litigios (32). Pedro García, en un trabajo en curso sobre la Mesta en el siglo XVIII (33), coincide
en señalar la importancia del servicio y montazgo para la per-.
(31) A.H.N. Consejos; leg.: 1840. Respuesta de los ganaderos de Salamanca a las acusaciones de los labradores, en 1770.
(32) Mickun, N.: La Mesta... Pág. 301.
(33) García, P.: Sociología de la Mesta en el siglo XVIII. Tesis doctoral en
curso realizada en el Departamento de Historia Moderna de la U.A.M.
48
tenencia a la privilegiada institución que, habida cuenta de la
crítica situación hacendística de las monarquías absolutas, había de sellar con mayor fuerza la alianza entre ganaderos mesteños y monarquía. Por tanto, mientras para el campesino la
no realización de la trashumancia implicaba ilegalidad en la
percepción de los privilegios mesteños, tal hecho era perfectamente legal dentro de la institución de la Mesta. Podemos comprender mejor el grado de tensiones originadas por esta causa
si subrayamos que en 1780, según las cuentas de la Mesta, existían 8.227 ganaderos trashumantes y la cifra de ganaderos estantes mesteños alcanzaba los 37.954 (34).
Del análisis del expediente se deducen serias dificultades
y enfrentamientos en la gestión de las empresas pecuarias aunque no hay indicios concretos de ese enfrentamiento. Sin embargo en la respuesta del Marqués de Coquilla subyacía un
complejo enfrentamiento con el gestor de sus propiedades común a otros propietarios mesteños. Habida cuenta de la capacidad terrateniente de muchos poderosos mesteños, Coquilla
no se presentaba, solamente, como un gran ganadero mesteño, sino también como propietario de tierras de pasto y labor
que arrendaba a una segunda persona que había desatado las
iras del vecindario por sus abusos de poder tanto entre los pequeños ganaderos como en los campesinos.
El mutuo interés por la tierra de grandes propietarios y de
ganaderos poderosos, reunidos no pocas veces en una misma
persona, hacía más complejo, si cabe, detectar unas definidas
posturas entre los estamentos más poderosos de la sociedad rural. Mickun ha subrayado los frecuentes pactos que entre estas oligarquías se desarrollaron -tácita o explícitamente
formulados- a la hora de arrendar dehesas o ampliar extensiones de tierras de pasto y labor (35). Mas, en algunos casos,
(34) Ibidem: Datos cedidos por el autor y extraídos del A.H.N. Consejos; leg.: 7086. Agradezco mucho al autor el acceso a estos trabajos aún inéditos.
(35) Mickun, N.: La Mesta... Pág.: 216.
49
esos pactos tácitos salían a la luz por la protesta de los trabajadores marginados, a tenor de una organización que excluía de
facto los intereses de los vecinos más débiles.
La respuesta que esbozaron los mesteños a los memoriales
de agravio que los campesinos realizaban fué casi siempre monotemática. No era la institución, en sí misma, la causante del
retraso económico provincial sino la mala administración de
unos gestores inadecuados. No se quería entrar, por tanto, en
las consideraciones de fondo sobre la eficacia y productividad
del sector primario, ya que podía hacer peligrar una sostenida
relación de privilegio que todos querían prolongar. La vieja
sociedad del Antiguo Régimen castellano quería ponerse anteojeras y buscar causas más o menos irrelevantes que desviasen el deseo reformista del gobierno y de amplias entidades rurales. Como hicieron los terratenientes, los ganaderos mesteños torpedearon cualquier intento dé cambio, bien desde el Concejo de la Mesta, o bien desde sus memoriales al Consejo de
Castilla, y tuvieron en la dilación y lentitud de la máquina administrativa del estado absoluto uno de sus más preclaros aliados.
Por su parte los ganaderos-gestores atacaron, en no pocas
ocasiones, la tesis de los mesteños. Criticaron su fuerte desconexión de la explotación de sus bienes y su ambición en incrementar sus beneficios, sin comprender los elevados costos sociales que éstos Ilevaban consigo.
En un memorial de 1787 se les acusaba de
«gran desconocimiento de la actividad ganadera de esta comarca de Salamanca; aunque su desconocimiento no es lugar para desear ampliar sus dehesas de pasto y labor y obtener más crecidos beneficios, a costa de malvivir sus administradores que han de aguantar, además, las quejas de los vecinos y labradores de todos sus sexmos» (36).
(36) A.H.N. Consejos; leg.: 1841. Memorial y alegaciones de los ganaderos de Ciudad Rodrigo al Consejo de Castilla en 1787.
50
C on criterios tan dispares y planteamientos tan sesgados
era muy difícil formular las líneas básicas de la reforma del sector primario. La vía de la supresión de la Mesta fué largamente acariciada por el equipo ministerial ilustrado, pero encontró demasiadas resistencias que no pudieron -o no supieronremontar. Por tanto, la polémica sería heredada, íntegramente, por la sociedad liberal.
Peticiones y éxitos campesinos
Los campesinos pronto comprendieron la dureza de la lucha que les esperaba. Conocían el poder de los hermanos del
honrado Concejo de la Mesta y si en algún momento pidieron
su abolición, su realismo les hizo ver que su actitud preferente
había de encaminarse a cortar una serie de privilegios que chocaban, frontalmente, con los intereses agrarios.
Uno de ellos fué solicitar la preferencia de los vecinos residentes sobre los forasteros en los arrendamientos de tierras.
esta petición, formulada con habilidad, dejaba fuera de juego
a los grandes mesteños y a sus administradores. Una elevada
masa documental, encaminada a ese fin, se envió al Consejo
de Castilla entre 1760 y 1783. Después de un largo pleito ganado por los labradores del pueblo granadino de Santa Fe, se
obtuvo una importante victoria campesina con la Concordia
de 1783. Campomanes logró obtener, desde su privilegiada posición de presidente del Concejo^de la Mesta, la preferencia
de los labradores vecinos frente a cualquier forastero en los
arrendamientos de tierras y dehesas de pasto y labor (37). Desde
ese momento quedaban sin efecto una buena parte de los privilegios de los mesteños en los arrendamientos de tierras y fué
el comienzo del fin de tan poderosa institución.
(37) EI largo pleito entre forasteros y vecinos de Santa Fe se sentenció
en octubre de 1763. La concordia de 1783 mostraba la preferencia de los
vecinos más antiguos sobre cualquier <^mañero» pretendiente. A.H.N. Consejos Leg.: 1840.
51
Otro denominador común de las protestas campesinas fué
extender el sistema de vallados por las tierras cultivadas, para
frenar los destrozos producidos por los ganados estantes o trashumantes. La oposición en este tema de los ganaderos fué tan
extraordinaria como tenaz la actitud reivindicativa del campesinado castellano y andaluz. García Fernándes (38) ha demostrado la larga tradicción de campos cercados que el oeste
de la meseta poseía en concordancia con la abundante existencia de dehesas y tierras de pasto y labor. Sin embargo, en el
este de Castilla todavía las tierras abiertas -de «pan llevar»eran la tónica dominante de su paisaje agrario. Tanto unos como otros desearon incrementar las tierras cercadas, no sólo para
estar más resguardados de las «granjerías» de los ganaderos,
sino como medio de asegurar su mejor productividad agraria.
Especialmente significativas fueron, en este sentido, la^ peticiones.de los pelentrines andaluces. La reconversión del término de Jerez de la Frontera en tierras cercadas, en íntima conexión con su espectacular expansión vitícola supuso un notable incremento de la productividad de sus tierras y un modelo
fácilmente exportable -pensaban los campesinos- a otras empresas agrarias regionales. .Con cierta ingenuidad mostraba que
así, era posible aumentar los rendimientos agrarios. Decía un
memorial de 1769 «que en Jerez de poco acá se han doblado
los rendimientos, alcanzándose con largueza hoy ocho veces
la sementera en cualquiera de sus cercados» (39). zQuizás ignoraban el completo modelo de transformación capitalista del
campo jerezano que estaban llevando a efecto una emprendedora burguesía inglesa? Los vallados habían de venir acompañados de nuevas técnicas de producción si de verdad se quería
(38) García Fernández: Champs ouaerts et champs cláturés en vieille Castille.
Annales, 1975.
(39) A.H.N. Consejos; leg.: 1844. Las peticiones de los labradores de
Ubeda, Ecija, Arjona, Arjonilla, Barrios, iban en ese sentido de impulsar
la extensión del vallado para incrementar la productividad de las tierras andaluzas.
52
intensificar la productividad agrícola. En los memoriales del
campesinado y en las prácticas cotidianas de los trabajadores
agrícolas parece que se olvidaba -o se desconocía- la importancia de aquellas.
Sin embargo, en esta «fiebre de cercados» los labradores
no iban a estar solos. Una vez más sus intereses iban a correr
parejos a los deseos de los ilustrados. El gabinete ministerial
había valorado positivamente las realizaciones de la revolución
agraria (40) inglesa y pretendía impulsar y desarrollar sus logros en España-(41).
Los testimonios de los intendentes andaluces y manchegos
eran muy significativos del grado de receptividad gubernamental ante la necesidad de llevar a efecto esas acciones. El
intendente manchego exponía en 1768 la urgencia de impulsar los vallados en la Mancha, no solamente por los problemas
que acarreaba el tránsito ganadero, sino porque, además, impedía la reconversión de parte del secano en regadío, al no poder utilizar racionalmente los manantiales de agua, «pues eran
utilizados con frecuencia cómo abrevaderos» (42). Los intendentes de Jaén, Sevilla, Córdoba y Granada, consideraban imprescindible la extensión del vallado como condición prioritaria para incrementar la productividad de las tierras andaluzas (43).
Pero, una vez más, la presión de los ganaderos mesteños
(40) Fontana: La quiebra de la Monarquía Absoluta. Barcelona, 1974. El modelo inglés va a estar muy presente en las mentes de los ilustrados españoles.
(41) Hill: De la r^f'orma a la reuolución industrial: 1530-1781. Barcelona, 1980.
Stone: La cris^ de la aristocracia. Madrid, 1976. Han mostrado las bases fundamentales sobre las que descánsaba el modelo de desarrollo inglés y del
que tan lejos se estaba en España.
(42) A.H.N. Consejos; leg.: 1844. Informe del intendente de la Mancha al Consejo de Castilla en 1768.
(43) Los informes de los intendentes andaluces hacen un gran hincapié
en la necesidad de extender los cercados por toda Andalucía. Todos ellos
están en A.H.N. Consejo; leg.: 1844, pieza 4a.
53
impidió que el equipo ilustrado de Carlos III llevase a efecto
un proyecto que concitaba tantos intereses. No se sintieron con
la fuerza necesaria para promulgar una ley que chocaba con
las expectativas de los grandes ganaderos. El Procurador General del Reino, Saenz de Pedroso, aconsejaba prudentemente a los miembros del Consejo de Castilla «meditar cuidadosamente la utilidad y cordura de ponerla en efecto» (44). Dentro
del agitado mundo rural del último tercio del siglo, se pensó
que esta ley podía haber enconado, hasta extremos insospechados, las dificiles relaciones de los distintos estamentos rurales. Y el equipo ilustrado, una vez más, huyó de unas posturas violentas que su temple moderado y reformista desechaba
de plano.
La ley de vallados y cercados se promulgó, por fin, como
consecuencia de la acción liberalizadora de las Cortes de Cádiz, en 1813. El expediente recopiló numerosísimas protestas
de ganaderos de toda España que veían, a la par que el fin de
su privilegiado status, cómo los éxitos campesinos, peldaño a
peldaño, se iban incrementando. Un memorial de los ganaderos del campo de Criptána solicitaba en 1814
«que se tiren los vallados y acotados de los campos de sembradura, realizados por la malicia de los campesinos, para
que las tierras vuelvan a estar abiertas, como estaban antes
de la ley de 1814» (45).
U na vez más, el expedierite había acogido la amplia protesta de Extremadura, Castilla la Nueva y norte de las provincias andaluzas, de tradicional actividad ganadera. Mientras tanto, los labradores aplaudieron la obra del Consejo y se reafir-
(44) Informe realizado tras el análisis pormenorizado de los trabajos de
los intendentes del sur de España. Se le encomendó, por parte del Consejo
de Castilla, dictaminar sobre la operatividad de ]levar adelante lo solicitado
por los intendentes meridionales. A.H.N. Consejos; leg.: 1844, pieza 3a.
(45) A.H.N. Consejos; leg.: 1840.
54
maron en la conveniencia de potenciar y respetar la ley de
cercados (46). La polémica continuaba.
1. La acción estatal: actitud y
realizaciones gubernamentales
Las repoblaciones
El incremento de la población del setecientos ocasionó una
subida verdaderamente inusitada de los precios agrarios y de
la demanda de 'tierra arable. Todos los grupos sociales vieron
en la tierra, además de un medio básico de subsistencia, un
evidente y sabroso negocio. Los tradicionales detentadores de
la propiedad revisaron, con sumo interés, sus privilegios señoriales a la vez que generaron sofisticados medios de encarecer
los arrendamientos de la tierra, que tan sustanciales beneficios
les proporcionaba.
Uno de ellos, no poco interesante, fué fomentar la existencia de despoblados para, a la par, incrementar el costo de la
tierra arable. Por su parte, también los ganaderos mesteños
fueron provocando, desde sus posibilidades arrendatarias privilegiadas, la despoblación de numerosas zonas de Castilla que
no pudieron aguantar la amenaza constante de las prácticas
de los mesteños.
Y los repartimientos fiscales mantenidos por el gobierno,
no hacían sino agudizar problemas que en ciertas zonas como
Extremadura, reduplicaban el proceso de despoblación (47).
(46) Es extraño encontrar un cuadernillo posterior a los márgenes temporales del expediente, incrustado en el legado 1840. Fué añadido con posterioridad a la recopilación documental y, sin embargo, es especialmente
útil para seguir la polémica desatada con la formulación de la L.ey de los
Cercados en toda España y sus márgenes temporales alcanzan hasta 1815.
(47) Otazu: La Refo^ma F^ca[ en Extrcmadusa: 1749-1779. Madrid, 1978.
AI no existir una práctica estadística, los repartimientos se hacían de forma
arbitraria, tomando como muestra la última contribución realizada, haciendo
muy dura la participación fiscal de los vecinos pecheros, al existir una disminución general de la población en numerosas zonas del occidente extremeño. Pág. 205 y ss.
55
Desde ambos prismas, la despoblación era rentable, mas no
lo era ni para el gobierno, ni para el interés general. El Despotismo Ilustrado hubo de tomar cartas en el asunto. 1.500 despoblados -señalados por Campomanes- eran un lujo para
un país que estaba elevando en un 50% sus posibilidades demográficas y que padecía con irritante periodicidad crisis de
subsistencia. Cierto es que era un planteamiento desde la cúspide porque, como se ha comprobado, despoblado no tenía por
qué implicar pérdida de habitantes. En el siglo XVIII el despoblado «era simplemente un lugar no poblado que se contraponía a los lugares poblados» (Vid. Catastro de Ensenada).
La acción repobladora emprendida desde el gobierno iba
a intentar paliar esas carencias, impulsando una actividad agraria que incrementase el número de los labradores pecheros y,
por tanto, los ingresos del fisco.
De nuevo, las zonas con elevados porcentajes de despoblados coincidían con la franja de mayor urgencia reformista: Andalucía, Extremadura y Salamanca; precisamente aquélla que
contaba con las más notables rutas y asentamientos de la cabaña mesteña. Y sin perjuicio de planteamientos posteriores
más ambiciosos, el inicio de la colonización o repoblación
-según los casos- comenzó en esos territorios especialmente
conflictivos; aunque con resultados desiguales.
El descenso en algunas zonas extremeñas de un 75% de
su población (48), hizo especialmente insostenible la continuación de los repartimento fiscales según anteriores criterios contributivos. Este hecho fue notoriamente gravoso para los vecinos más pobres, «cuya presión fiscal aumentaba en la misma
proporción que el vecindario disminuía e inmigraba, habida
cuenta de que los vecinos ricos eran los que confeccionaban
el repartimiento» (49). En esas condiciones, el bandolerismo
y el contrabando se mostraba como una de las escasas salidas
(48) Anes: La crisis agsarias... Págs. 141-42.
(49) Otazu: La Refo^ma Fiscal... Págs. 206.
56
para ampliar masas rurales (50) que se veían crecientemente
amenazadas por la voraz fiscalidad gubernamental.
Las especiales características extremeñas -menos incremento demográfico comparado con el resto de España y predominio de la gran prapiedad- no.facilitaban la repoblación.
Por eso, se pusó en marcha en otras superficies con creciente
expansión de su poblamiento. Tal fué el caso de Andalucía y
Salamanca. El Fuero de Nuevas Poblaciones promulgado en
1767 para Andalucía y la creación de la Junta Repobladora
para Salamarica en 1769 respondían a la política repobladora
que el gobierno propugnaba.
Sierra Morena y territorios estratégicos de la ruta MadridSevilla fueron las zonas a las que se les aplicó el modelo
colonizador-repoblador que tuvo en Olavide, como superintendente de las Nuevas Poblaciones, su más entusiasta realizador. El Fuero de las Nuevas Poblaciones de 28 de febrero
de 1767 (51) otorgaba poderes al Consejo de Castilla para el
traslado de 6.000 colonos centroeuropeos hasta la vasta zona
comprendida entre La Carolina y La Carlota, centros esenciales de donde se irradiaría más tarde la colonización. No es
éste el lugar para el análisis de la colonización andaluza, estudiado por otros historiadores, aunque el expediente hizo alusiones indirectas al éxito obtenido por medio del asistente de
Sevilla. Pero sí hay que resaltar la influencia en el Informe de
Olavide de los planteamientos agrarios del Fuero de las Nue-
(50) Campomanes: Viajes. Tomo I. Pág. 77. Da cuenta de los numerosos robos y actos de bandidaje que se hacían en el oeste de Extremadura.
Landsberger: en Rebelión campesina y cambio social. Madrid, 1978. Muestra
como salida usual de la sociedad campesina descontenta el bandolerismo,
la protesta, o incluso la jacquerie, tan abundante en las sociedades preindustriales.
(51) Novúima Rccopilación. Fuero de Nucvas Poblacio^us; libro VII, Ley III,
capítulo XXII, pág. 491. Edición de 1976.
57
vas Poblaciones. Los repartimientos de 50 fanegas (52) de tierra por colono, fueron mostrados en el informe del asistente
de Sevilla como la extensión idónea arrendable para transformar la productividad y tenencia de la tierra andaluza y fué uno
de los argumentos fundamentales de, su informe al Consejo
en 1768.
No tuvo tanto éxito la Junta Repobladora Salmantina, a
pesar de la necesidad de repoblación que mostraban muchas
de sus tierras en las que se desaprovechaban entre el 73% y
el 80% de sus posibilidades agrarias (53). Tal acción no fué'
posible en los sexmos de Baños, Valdevilloria, Peña del Rey,
en el Partido de Salamanca y en el Partido de Ciudad Rodrigo. Fueron muy fuertes las presiones de los propietarios de los
Cotos Redondos y despoblados provinciales que temían los cambios que, inevitablemente, conllevaba la instalación de nuevos
colonos, tanto en el régimen de propiedad como en el nivel de
sus beneficios económicos. Los grandes ganaderos tampoco vieron con buenos ojos una repoblación que ponía en peligro la
existencia de los privilegios mesteños. Los propios miembros
de la Junta, a pesar de algunos éxitos parciales repobladores,
tampoco veían salidas a la existencia de la Junta. Una Real
Provisión de 1801 mandaba cesar y abólir las competencias de
la Junta Repobladora de Salamanca (54).
(52) El fuero delimitaba una extensión de 50 fanegas de tierras por suerte a cada colono, aunque la realidad no siempre se ajustó a esas medidas.
Será tomado como modelo óptimo a desarrollar en toda Andalucía. Noaísima..., art. 5.
(53) Detallado informe sobre las posibilidades de repoblación y de labranzade la provinciade Salamanca. En A.H.N. Consejos; leg.: 1842, pieza G. Informe hecho por el corregidor e intendente salmantino en 1763.
(54) García Zarza: Los despoblados... Señala cómo desde los años noventa la Junta prácticamente ya no funcionaba.
58
La actitud gubernamental ante la Mesta
Las peticiones campesinas tuvieron buenos interlocutores
en los medios gubernamentales, empeñados también en frenar y abolir los privilegios de los ganaderos mesteños. Desde
los primeros monarcas borbónicos se iba a notar un cambio
notable respecto a la labor ejecutada por los Austrias, continuadores de la•política agraria diseñada por los Trastamaras.
Fernando VI y Carlos III fueron los primeros en ejecutarlo.
Carlos III conocía, además, los problemas de la trashumancia
por su estancia en el reino de Nápoles y estaba decidido a atacar en profundidad la validez o ineficacia de tal institución (55).
Pero la batalla que el Despotismo Ilustrado iba a emprender desde mediados del setecientos no era fácil. Pese a que las
más importantes mentes ilustradas mostraron, en multitud de
escritos, la necesidad de abolir la institución mesteña, las dificultades y los escollos a salvar fueron innumerables.
No obstante, se atacó -aunque con timidez- las cuestiones más vitales que impedían el incremento de la superficie arable, liecho capital para las mentes de reconocidos fisiócratas
como Olavide, Aranda, Campomanes o Jovellanos. Todos ellos
desde sus distintas parcelas de poder, favorecieron la publicación de leyes que cortacircuitasen los privilegios de los mesteños. También las leyes emitidas a partir de 1768 sobre el reparto de tierras de Propios y Baldíos entre los habitantes vecinos de los pueblos- supusieron un freno a los anuales desplazamientos del ganado semoviente, que vió recortadas sus
posibilidades de trashumancia semigratuita. Y ya desde 1761
el Consejo de Castilla venía decretando algunas disposiciones
a los municipios necesitados, concediéndoles libertad para disponer, según su parecer, de las tierras de comunales (56). A
(55) Klein, La M^sta. Pág. 350.
(56) García Sanz: La agonía de la Musta y cl hundimiento de las rxplataciones
laneras. Revista Agricultura y Sceiedad, 1978.
59
pesar de que no tuvo, en la práctica, mucha trascendencia, fué
un primer aviso a la poderosa institución.
Fué Campomanes el encargado de desmantelar el cúmulo
de privilegios mesteños desde su atalaya en el Concejo de la
Mesta. A propósito de los enfrentamientos entre labradores y
ganaderos en Extremadura, mostró públicamente las deficiencias del funcionamiento de la institución. Los dos memoriales
entre la Mesta y la diputación general de Extremadura (57)
fueron el pretexto para divulgar y criticar la supervivencia de
tan obsoleto organismo. El largo pleito entre Extremadura y
la Mesta había mostrado los innumerables casos de soborno
sistemático de los alcaldes entregadores a las ciudades. La indefensión campesina y del vecindario en general ante tales prácticas jurídicas no era menos evidente. Ese cohecho organizado
fué uno de los más eficaces argumentos para mostrar la inutilidad de los entregadores como funcionarios de la justicia.
Klein definió al reinado de Carlos III «como un largo pleito entre labradores y ganaderos en donde se resumían siglos
de discordia». Pese a la excesiva notoriedad dada al sector primario por ese historiador, no es menos cierto que la gestión
gubernamental de ese período supuso un formidable acto de
desacreditación de la Mesta a través de la publicidad dada a
su funcionamiento. El «impecable» argumento de Campomanes al rey definió bien las intenciones del Despotismo Ilustrado: «es preciso abolir la Mesta pues es una amenaza para la
propiedad y para la solvencia de la Real Hacienda». Aunque
el conflicto se desencadenó en Extremadura, era suscribible,
en buena parte, para las zonas de la corona Castellana con cañadas mesteñas. Nuevo golpe a tan añeja institución fue la declaración de ilegalidad para delimitar -artificiosamente- el
(57) Los dos tomos publicados en 1771 (el Memorial entre don Vicente
Paino y la diputación de Extremadura), y en 1783: (Memorial de concordia
entre Don Vicente Paino y la Diputación de Extremadura), fueron alentados en su realización por Campomanes, para el conocimiento público de
los excesos a los que llegaban los ganaderos mesteños extremeños.
60
precio de los pastos arrendados a través del derecho de tasación de los mesteños, así çomo, la abolición paulatina, a partir
de 1781, del alcalde entrégadór en muchos lugares castellanos (58).
,^
Todo un conjunto de nuev^s leyes iban a ir derogando numerosos privilegios y ordenanzas mesteñas.
/• El 13 de abril de^1779 ^e prohibió -por ley- a los ganaderos trashumantes introducirse buscando los pastos
de viñedos y olivares tras la obtención de la cosecha
^
ar^ual (59). La franca expansión del viñedo y olivar se
véía, así, a salvo de las incursiones de los ganaderos.
• El 15 de junio de 1788 se promulgó una nueva ley que
permitía la libertad de cercar jardines, huertos y otras
tierras de propiedad particular sin restricción alguna (60).
•. Una nueva ley de 24 de mayo de 1788 declaraba bajo
el epígrafe de dehesas de pasto y labor a todas las de Extremadura, mientras los interesados no probasen que a
finales del siglo XVI eran sólo dehesas de pasto (61). La
filosofía de esta ley era, ciertamente, dar posibilidad de
cultivo a amplias extensiones dehesiles.
• La ley de 29 de agosto de 1796, además de suprimir la
existencia de los alcaldes entregadores de la Mesta, trasladaba sus competencia a los corregidores de cada corregimiento, estructurando un único tribunal de apelación para labradores y ganaderos. Suponía terminar con
un status jurídico que había perdurado desde época
bajomedieval (62).
(58) Klein: La Mesta. Pág. 303.
(59) Noaísima Recopilación. Libro VII, Título 27.
(60) Mickun: La Mesta... Pág. 401.
(61) García Sanz: La agonía de la Mesta... y Zapata: Contribución al análisis
histórico de la ganade^ía eztsemeña. Cáceres, 1979.
(62) Pastor de Togneri, R.: La lana en Casti[lay León anks de la mata. Moneda y Crédito, n° 112, 1970. El alcalde fué una de las primeras necesidades de la institución mesteña, paza salvaguazdaz sus privilegios.
61
Paralelamente a esta abolición de ciertos privilegios mesteños, el Consejo de Castilla fué elaborando una legislación claramente protectora de los intereses de los labradores.
La victoria de los labradores de Santa Fe, en 21 de mayo
de 1766, respecto a la preferencia en los arrendamientos de los
residentes frente a los forasteros -los todopoderosos «mañeros» que se avecindaban en varios lugares para obtener los privilegios de pasto y arrendamientos-, se fué extendiendo a otras
muchas zonas. Muchos lugares quisieron acogerse a la filosofía de esta ley protectora de los intereses agrícolas.
El expediente recopiló leyes concedidas a otros tantos pueblos en situaciones parecidas:
• 22 de agosto de 1766, Churriana
•
5 de febrero de 1768, Jerez
• 23 de julio de 1768, toda la vega granadina
• 30 de agosto de 1768, Fuentes y Marchena
•
1 de septiembre de 1770, Toro y Zamora
•
2 de marzo de 1771, Salamanca
Otro amplib paquete de leyes, dadas en connivencia con
el espíritu fisiocrático que impregnaba la acción del Despotismo Ilustrado fue el que otorgaba prioridad en los arrendamientos de tierra y dehesas de pasto y labor a los labradores frente
a los ganaderos.
El expediente de Ley Agraria recogió buen número de ellas:
•
2 de febrero de 1758, Salamanca
• 12 de septiembre de 1759, Ciudad Rodrigo
•
2 de marzo de 1760, San Muñoz (Salamanca)
•
2 de marzo de 1764, Cáceres y Segovia
•
3 de agosto de 1764, Salamanca
• 10 de enero de 1765, Salamanca
•
2 de junio de 1767, Sevilla y su tierra.
Las peculiaridades localistas del ordenamiento jurídico del
Antiguo Régimen se ponían de manifiesto en estos paquetes
62
legislativos, sin olvidar que los numerosos refrendos y repeticiones de ciertas leyes para los mismos lugares eran prueba evidente de la persistencia en su incumplimiento.
Pero, ni la extraordinaria habilidad política de Campomanes, ni el fervienté deseo de Carlos III, ni la progresiva caída
de la rentabilidad de la cabaña ganadera, ni las peticiones de
los labradores fueron suficientes para lograr la abolición del
Concejo de la Mesta (63). Con tan tímidas medidas no se podía desmantelar una institución de tanto raigambre y tanta conexión con el régimen de privilegio imperante. Y es que, durante siglos, la Mesta había sido la base económica sobre la
que se sústentó Castilla.
La oposición que desarrollaron los miembros del Concejo
de la Mesta -del que eran cuidadosamente excluidos los pequeños ganaderos mesteños -fué muy fuerte. Y vino a fortalecer el boicot que los terratenientes estaban desarrollando
-paralelamente- contra el reformismo agrario borbónico.
Muchos de ellos -terratenientes y mesteños, a la vez- se oponían, doblemente, a cada uno de los planes reformistas emanados del gabinete ilustrado. Y la voluntad política del Despotismo Ilustrado se veía seriamente amenazada ante la frontal
oposición de los estamentos que querían perpetuar su régimen"
de privilegios.
Se trataba de oponer al tradicional axioma de la lana como
base de la economía peninsular un nuevo concepto: propugnar una agricultura intensiva donde no tuviese cabida un régimen de privilegios como el de los mesteños. Mas esto conllevaba subvertir el «orden» de la sociedad española del Antiguo
Régimen. Y por el momento, no fué posible.
No obstante, en el paréntesis revolucionario de la guerra
(63) La subida del precio de los arrendamientos de los pastos no fué acompañada de un incremento paralelo de los precios de la carne y de la lana;
por lo que se llegó a triplicar los gastos de la cabaña ganadera a fines del
siglo XVIII y, por lo tanto, los ingresos se redujeron. García Sanz: La agonía... Pág. 292.
63
de comienzos del siglo XIX, los campesinos roturaron cuanto
desearon aprovechando la excepcionalidad del momento. Y nuevas leyes «pro-agrarias» robustecieron sus posiciones:
• La ley de 4 de enero de 1813 reducía a dominio particular los baldíos y comunales, que podían cercarse libremente.
• La ley de 8 de junio de 1813 suprimía la tasa de tierras
de pasto y el derecho de posesión.
Suponían realmente el fin de la institución mesteña que había basado, preferentemente, su supremacía en estas dos prácticas monopolísticas (64). García Sanz lo define como el primer ataque serio a la institución. Tras el paréntesis absolutista, que supuso un restablecimiento ficticio del sistema tradicional, la abolición de la Mesta por ley de 31 de enero de 1836
terminaba con uña institución que había desencadenado un enfrentamiento permanente entre labradores y ganaderos durante
una larga etapa de la Historia de España.
(64) La ley de 29 de agosto de 1796, marcó el final del alcalde entregador y el traspaso de competencias a los fuñcionarios de la justicia local.
64
II. Los enfrentamientos entre propietarios
y arrendatarios de la tierra
Las características del campo español durante la segunda
mitad del siglo XVIII se insertaban, plenamente, dentro de
una típica economía preindustrial de base agraria. Pero en el
Antiguo Régimen español -como en tantos otros- las relaciones de propiedad y las de producción de la tierra se desarrollaron en ámbitos distintos. El análisis de la propiedad rústica muestra la existencia de dos tercios de la tierra vinculada
a nombres de personas morales (1) -concejos, iglesias, monasterios, mayorazgos o linajes familiares- que eran los que
imponían, en su beneficio, las normas en las relaciones de produción. Por tanto, la masa campesina, sin tierra propia, era
la fuerza de trabajo que sustentaba tan peculiar sistema.
Los propietarios, absentistas de sus múltiples y esparcidas
propiedades, como dice Artola, «buscaban maximizar sus rentas
a través del aumento de la demanda de la tierra y para ello
parcelaban sus propiedades, con objeto de incrementar el número de labradores en condiciones de arrendarlas, del mismo
(1) Artola: Antiguo Régimen y Rtuolución Liberal. Barcelona, 1983. Y: Los
orígenes de !a España Contemporánea. Madrid, 1959.
65
modo que elevaban las rentas de acuerdo con la evolución de
la coyuntura» (2).
Este comportamiento, tan marcadamente capitalista, fué
el que presidió las relaciones de producción durante el Antiguo Régimen peninsular, y se fué incrementando en la segunda mitad del siglo XVIII.
Los vecinos de los núcleos rurales españoles necesitaban,
por tanto, de los arrendamientos de tierras para su subsistencia. El incremento demográfico del setecientos de una parte,
y la elevación constante de los arrendamientos de la tierra efectuada por el propietario, que aprovechaba su prepotente posición, de otra fueron las constantes básicas a las que hubieron
de hacer frente a lo largo de todo el período.
Mas esta explotación indirecta de la tierra, a través de arrendamiento, no fué la única forma de gestión y utilización del
terrazgo. Una segunda vía de explotación directa, más modesta
numéricamente, era la que correspondía a la explotación de
latifundios o de pequeñas fincas que necesitaban ayuda temporal. Los jornaleros, junto con lo ^ arrendatarios, fueron los
sustentos necesarios en las relaciones de produ •ción de la tierra durante el siglo XVIII. No obstante, el análisis documental del expediente prueba, a conciencia, que el arrendamiento
fué la fórmula utilizada, con preferencia a cualquier otra, a
la hora de cultivar el suelo agrícola.
1. Los arrendamientos
La existencia de la gran propiedad agraria, concebida como fuente permanente de rentas y no como capital explotable,
determinó un tipo de vida «rentista» y absentista, de extraordinaria comodidad para los detentadores de la propiedad. Y
(2) Ibidem: Antiguo Rígimen... Pág. 46.
66
ello, no solamente en la Corona de Castilla, sino en la práctica
totalidad de la geografía^peninsular (3).
El trabajador rural había de obtener uno o más contratos
de arrendamiento para podéi subsistir. Pero no era fácil a causa,
de una parte, del aumento de la demanda de tierra cultivable,
fruto del aumento demográfico, y de otra -y sobre todo- del
creciente control de la tierra que los «labradores» (4) -o empresarios agrícolas capitalistas- venían desarrollando desde
hacía décadas (5). Los campesinos de Segovia, Zamora, Toro, Salamanca, Sevilla, Córdoba... explicaron repetidas veces,
en el expediente de Ley Agraria, la creciente dificultad de obtener tierra por el monopolio que desarrollaban en sus respectivas comarcas estos poderosos labradores. Más aún, cuando,
al fin, podían arrendar una o más suertes de tierra por 4 ó 6
años, se veían acechados por las posibles pujas que estos labradores podían ofertar al propietario. En la mayoría de los
casos su final era el desahucio. Frecuentemente, la imposibilidad de encontrar un nuevo arrendamiento desembocaba en la
miseria: Manuel Sánchez, vecino de Carrascal del Obispo (Sa-
(3) En la Corona de Aragón, el arrendamiento era también la fórmula
más usual de explotación de la tierra. Ver Torra, J.: La Renta señorial en Cataluña a fines del siglo XVIII. Y varios autores: Estructura agraria mallorquina
en e[ siglo XVIII, intento de afiroximación; y Palop: Precios agríco[asy crisis alimenticias en Valencia durante el siglo XVIII, en La economía agraria en la Historia de
España, Madrid, 1977. Para Aragón, Colas: La bailía de Caspe en el siglo XVI,
Zaragoza, 1979; Ortega, M.: La explotación de [a tiena en las baronías del estado
de Luna en el sig[o XVIII. En: Estado actual de los estudios sobre Aragón, Zaragoza, 1981.
(4) En el sentido que da Artola a la voz labrador, que no es equivalente
a la de campesino; pues «designa una clase social, los que explotan la tierra,
asumen la gestión, anticipan los recursos necesarios para el cultivo y hacen
suya la cosecha, cuya comercialización les proporciona las ganancias apetecidas para su supervivencia». En Antiguo Régimen... Pág. 66.
(5) En A.H.N. Consejos; legs.: 1.840, 1.841, 1.843 y 1.534 se denunciá
persistentemente este creciente control de unos pocos labradores poderosos
que desde comienzos de la década de los cuarenta acosaban a los campesinos arrendatarios. Ello sucedía tanto en Castilla como en Andalucía.
67
lamanca) fué desahuciado por el propietario en 1766, a pesar
de no Finalizar su contrato hasta un año después,
«al pujar en secreto un labrador de San Martín del Castañar
y obtener el arrendamiento del propietario: el convento de
Sari Esteban de Salamanca». El campesino, al no encontrar
tierra arrendable se convertía en «infeliz jornalero del
mayorazgo» (6).
Tal era la dificultad y proximidad de las economías de los
trabajadores que sustentaban las relaciones de producción.
Por tanto, pondré especial cuidado en diferenciar la voz
«campesino», en el sentido de trabajador agrícola que depende de uno o más contratos de arrendamiento o de una pequeña parcela en propiedad para posibilitar su subsistencia, de la
voz «labrador», que compite con ventaja con el primero a la
hora de asumir las relaciones contractuales necesarias que le
aporten una desahogada situación económico-social. Sin embargo, las fuentes documentales no son, en absoluto, precisas.
Bajo el genérico término de labrador, se esconde toda una diversidad de status económico-sociales muy diferenciados. Sin
embargo, los detalles y circunstancias que rodean las escritu=
ras notariales o los memoriales enviados al Consejo de Castilla por los propios afectados, son suficientemente elocuentes
para mostrar al historiador la presencia de un campesino o de
un labrador. En 1769, un memorial de los sexmeros de Cabañas de Sayago (Zamora), indicaba elocuentemente tal diferenciación; de las 799 fanegas de tierra labrables que se arrendaban, tres vecinos contrataban 546, quedando el resto dividido
en pequeñas suertes de 8 a 10 fanegas, a las que sólo podían
(6) A.H.N. Consejos; leg.: 1.842, pieza 2. Memorial de un vecino de
Carrascal del Obispo al Consejo de Cástilla.
68
acceder una parte de los 24 vecinos del lugar (7). En Cabañas, «labradores» eran únicamente esos tres veciños que controlaban a razón de 120, 310 y 116 fanegas del Cabildo de Zamora; el resto de la población no eran sino campesinos y jornaleros.
En la Corona de Castilla, durante la segunda mitad del siglo XVIII, predominaron los arrendamientos a corto plazo.
E1 expediente de Ley Agraria muestra como arrendamientos
más usuales los comprendidos entre los 4 y 6 años, ampliándose en menor medida los plazos contractuales hasta los 9 años,
y restringiéndose, en ocasiones, hasta los 3 años (8). En Segovia, por ejemplo, era costumbre entre los eclesiásticos arrendar por 3 años (9) cuando existía una tradición peculiar de
arrendamientos herenciales que fué abolida, a pesar de los campesinos, a partir de 1770. Entonces se generalizaron, los arrendamientos usuales castellanos (10). Es comprensible, por tanto, la abundante documentación que el expediente recogía de
campesinos arrendatarios del cabildo de la Catedral.
En Zamora abundaban los arrendamientos comprendidos
entre^los 4 y 6 años (11). En Salamanca, Toro, León y Burgos
(7) A.H.N. Consejos; leg.: 1.842, pieza 3a. La inmensa mayoría de la
propiedad del pueblo se la repartían comunidades eclesiásticas de Zamora
y Salamanca: el curato del pueblo y la fábrica de la iglesia arrendaban 68
fanegas y dos pequeños mayorazgos, 63 fanegas.
(8) Sobre todo en A.H.N. Consejos; legs.: 1.840 y 1.841.
(9) Según el testimonio de un escribano: «los eclesiásticos y sobre todo
el cabildo catedralicio siempre arriendan por tres años, en esta tierra de Segovia». A.H.N. Consejos; leg.: 1.843, año 1767.
(10) Una gran protesta va a generarse a partir de ese momento en la
tierra de Segovia. Los campesinos defendían los arrendamientos herenciales, tradicionales en esa tierra, que resolvían la permanencia cómoda del trabajador sobre la tierra; y, sin embargo, esa protesta no va a tener éxito.
A.H.N. Consejos; leg.: 1.843, pieza G.
(11) Catedral de Zamora y campesinos arrendatarios. Ver: Alvarez, J.:
Eaolución de [os anendamientos agrícolas de I. 450 a I. 850 en Zamora. En Congreso
de Historia Rural: siglos XV-XIX, Madrid, 1984.
69
tenían habitualmente también esas dimensiones. Otro tanto sucedía en las tierras de cultivo de la Andalucía occidental, siendo más corrientes los 6 años (12). El síndico de Sevilla corrobora en su informe al Consejo que en Sevilla y Cádiz lo corriente eran arrendamientos pór 5 y 6 años, «aunque muy pocos llegan a finalizarlo por lo extendido que está el sistema de
pujas en esa tierra, que producen un elevadísimo número de
desahucios al «pelentrín» (13).
Los arrendamientos por 8 ó más años han de identificarse
preferentemente con dehesas de pasto y labor, ya que se consideraba que la rentabilidad ganadera estaba sujeta a menos
fluctuaciones que la agricultura. Los únicos casos de arrendamientos por 9 y 12 años que recoge el expediente se localizan
en una dehesa de Marchena (Sevilla) y en un despoblado
salmantino (14).
Al propietario lo que le interesaba era asegurar y perpetuar anualmente el pago de la renta -en especie, en. dinero
o mixta- dentro de su propiedad. Los contratos incluían cláusulas sobre las técnicas, normas y obligaciones a las que estaban sujetos arrendadores y-sobre todo- arrendatarios. Las
más corrientes eran:
a) Señalar los plazos de entrega de la renta, siempre en el
domicilio del propietario o del administrador.
b) El modo de utilización de la tierra -en hojas, aradas
a una o varias vueltas..., etc.- y las dependencias
-casas, corrales- que se arrendaban.
c) El arrendatario se comprometía a pagar esa renta a riesgo
de fortuitas calamidades. Se obligaban a cubrir con sus
(12) Bernal: La lucha pos la tiena en la csisis del Antiguo Régimen. Madrid,
1979. Pág. 145.
(13) Informe del síndico de Sevilla, gran defensor de los intereses del campesinado andaluz. En A.H.N. Consejos; leg.: 1.844, pieza 5a.
(14) En A.H.N. Consejos; leg.: 1.844, año 1769 y en leg.: 1.842, año
1771. Bernal habla de cómo numerosas dehesas andaluzas sólo de pasto se
arrendaban por 40 años. En obra citada, pág. 145.
70
personas o bienes las fórmulas contractuales «pese a la
posible esterilidad de la cosecha, o a las plagas de pulgón, langosta, piedra, niebla...», obligándose a pagar sin
pretender demora o absolución de esas rentas. Incluso
en los arrendamientos que hacía el Cabildo de Zamora,
se obligaba:
«a renunciar a los colonos a las leyes del «duabus regio» y demás
leyes de esta mancomunidad que pudieran favorecerles, así como a las leyes de Veleiano, emperador Augusto, Partidas, leyes
de Toro y de Madrid y otras cualesquiera que pudieran favorecerles en contra de los intereses de los dueños» (15).
De esta forma se obviaban las dificultades climatológicas,
pestes y otras contingencias propias de las sociedades preiridustriales. Y se mostraban así, en toda su plenitud, tanto la
sumisión de los trabajadores como las relaciones de poder de
la clase propietaria.
d) El arrendatario se comprometía a tener la tierra lista y
en perfectas condiciones en el momento de finalizar el
contrato. Toda mejora de la tierra corría a cargo del.
arrendatario. Sólo en algunos contratos se explicaba que
el dueño «participaría en la mejora con una cantidad,
si la mejora superase en costo los 50 reales» (16).
e) Los plazos contractuales se rompían en caso de muerte
del arrendatario o si no tenía descendientes directos; no
obstante, si existían, se harían cargo del contrato hasta
su finalización.
^ Las contribuciones, alcabalas... y otros impuestos a pagar por esas tierras cultivadas, corrían a cargo del arren-
(15) A.H.N. Consejos; leg.: 1.840. Muestreo de 25 contratos entre el
cabildo de Zamora y sus colonos. Son todos ellos de 1.771.
(16) Arrendamiento entre un mayorazgo y un vecino de Cantimpalo (Segovia). En A.H.N. Consejos; leg.: 1.843. Año 1.774.
71
datario. Sólo en contadas ocasiones los aceptaba el propietario.
g) El «labrador» arrendatario se comprometía a solicitar permisos del propietario cada vez que desease roturar tierra de monte colindante a sus propiedades. Igualmente,
debía notificarle los subarriendos que efectuase de sus
propiedades. La existencia de esta cláusula en documentos públicos, cuando existía una expresa prohibición de
subarrendar tierra (17), mostraba tanto la ineficacia legislativa del gobierno como la extensión real de tal práctica.
h) EI arrendatario tenía la obligación de entregar la renta
de la tierra en unos plazos puntuales. La cosecha de cereal, tras la Virgen de agosto; la de vino, a finales de
octubre. El comienzo de los contratos, sin embar^ao, solía tener un orden coherente con el ciclo vegetativo agrícola: comenzaban en noviembre y terminaban en septiembre, una vez recolectada la cosecha de pan, o en octubre si eran viñedos (18).
E1 detentador de la propiedad de la tierra también tenía
sus obligaciones. Las más importantes eran:
a) No se podía desahuciar sin motivo justiFcado en el tiempo
que durase el contrato. Sólo era posible tal acción: 1)
si no se cultivaba la tierra bien; 2) si necesitaba el dueño esas tierras para llevarlas por sí mismo; 0 3) si no se
(17) Entre septiembre de 1758 y diciembre de 1785, el expediente reco• pila 12 reales pragmáticas prohibiendo el subarriendo en Toro, Salamanca,
Zamora, Sevilla, Jerez, Marchena... etc.
(18) Los contratos en Zamora comenzaban siempre coincidiendo ^on la
festividad de San Andrés - 30 de noviembre-. Los pagos de la renta en
dinero se solían pagar en dos plazos: por San Juan -24 de junio- y por
Navidad. En A.H.N. Consejos; legs.: 1.840 y 1.841; contratos realizados
entre 1.764 y 1.777.
,
72
cumplía, puntualmente, el pago de las rentas estipuladas.
.
b) El propietario había de preferir siempre a los arrendatarios residentes sobre cualquier otro forastero demandante.
c) Había de comprometerse también, a no subir las rentas
en el espacio temporal del contrato. Ni admitir ninguna
clase de pujas.
d) Comunicar al arrendatario su deseo de subir la renta,
un año antes de la finalización del contrato o de admitir
pujas para la obtención del próximo arrendamiento.
El incumplimiento de estas cláusulas fue un hecho común
para casi todos los propietarios, que no quisieron desaprovechar la beneficiosa coyuntura alcista que tanto les favorecía.
Varios vecinos de Monterrubio (Salamanca) enviaron un
memorial de protesta al Consejo; explicaban cómo en tres años
se habían visto obligados a incrementar las rentas que pagaban al propietario, el duque de Montellano, cuando poseían
un contrato de 6 años. La renta que les imponía el duque en
1782 era de 10.909 reales, 42 fanegas de lino y 3 cerclos; cuando lo estipulado 3 años antes -con una duración de 6 añoseran 6.500 reales, 3 cerdos, 3 carros de carbón y 24 gallinas (19).
El extraordinario volumen de protestas que el expediente
recogió, mostraba el notable incumplimiento de la normativa
contractual. Hasta el punto, que el 90% de la documentación
que el expediente de Ley Agraria había recopilado, tenía un
origen -más o menos directo- en el incumplimiento de las
normas contractuales. De ese 90%, un 81,3% de la conflictividad se centraba en la actual Comunidad de Castilla-León,
(19) A.H.N. Consejos; leg.: 1.534. Pieza 6a. Es éste uno de los pocos
arrendamientos que estipula el pago de la renta en animales domésticos y
dinero. La razón era ser una dehesa de pasto y labor.
73
quedando el resto asentado sobre la zona andaluza (20). Véase en el cuadro adjunto, el reparto porcentual y geográFico de
tales tensiones.
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(20) En estos porcentajes se incluyen también los problemas relativos a
agricultores y ganaderos en disputa por la tierra arrendable. Análisis realizado de unos 500 contratos recopilados en el expediente. Dentro de Castilla, Salamanca protagonizaba un 43,9% de la conflictividad; en Andalucía
era Sevilla la zona más problemática, participando con un 3,6% del total.
74
Los pagos de los contratos de arrendamiento se hacían en
especie, era una lógica aspiración de los detentadores de la propiedad para especular mejor con sus granos y aprovechar el
alza de los precios agrarios. En segundo lugar, estaban los contratos que estructuraban el pago de las rentas en especie y en
dinero. Y muy escasos eran los que se contabilizaban exclusivamente en dinero. Sólo en los arrendamientos de pastos o dehesas de pasto se utilizaban con cierta normalidad (21).
El contrato de una suerte de tierra, realizado en Salamanca en 1766 entre el Cabildo y un campesino de Carrascal de
Baños era perfectamente representativo de la preferencia de
los propietarios por el contrato en especie. El vecino firmó contrato por 6 años, y como renta pagaba 25 fanegas de trigo limpio, 2 cargas de paja, 6 cargas de leña y algunas carrascas que
llevaba puntualmente a las puertas del Cabildo (22). El campesino fué desahuciado a los 4 años «a1 pujar un poderoso labrador que secretamente se avino al nuevo precio que el cabildo mandó».
2. Los propietarios
Desgraciadamente, el análisis de la propiedad de la tierra
es una cuestión -que por su diFicultad y complejidad- la historiografia no ha profundizado lo que debiera. Todavía nos
movemos demasiado en el área de las generalizaciones (23).
Pero si la propiedad de la tierra conllevaba además de la ri-
(21) En las dehesas o tierras de pasto, los arrendamientos eran al menos
de 6 u 8 años, y se obligaban los arrendatarios a pagar la renta en metálico,
en plazos, repartidos a lo largo del año.
(22) A.H.N. Consejos; leg.: 1.842, pieza J. Memorial de un vecino de
Carrascal de Baños, junto con otras 35 demandas de colonos del cabildo de
Salamanca, desahuciados también a través del mecanismo de las pujas secretas.
(23) Bernal: La jiropiedad de la tiena, problemas que enmarcan su estudio y eoolúción. En La economía agraria en la Histosia de España. Madrid, 1979. Págs.
•
93-101.
75
queza una dignidad política y social, no cabe duda que los propietarios del siglo XVIII -como los de siglos anteriores- además de obtener de ella lucrativos beneficios, eran elementos
trascendentes en las formulaciones del poder político de su entorno físico.
Y, en este vago nivel de generalizaciones al que obligatoriamente hoy se está abocado -pese a notables avances- (24)
hemos de movernos. No obstante, no se trata aquí de analizar
la propiedad de la tierra en la Corona de Castilla, cuestión que
rebasa la finalidad de este trabajo; sino que se trata el tema
de la propiedad siempre a la luz de la conflictividad que la gestión de esa propiedad generaba en los núcleos rurales peninsulares. Era la gestión de esa propiedad la que podía crear -y
creaba- problemas o conflictos y nunca, sin embargo, se cuestionó en el Antiguo Régimen la propia titularidad de la propiedad de la tierra. En ninguna parte del expediente se vertió
el menor juicio despectivo o crítico hacia la desigual estructura de la propiedad de la tierra. Y, pese a ello, la mala organización y gestión de las relaciones de producción es la gran protagonista del expediente.
Y razón no les faltaba a los cultivadores de la tierra para
su protesta. Si la lucha por obtener tierra arrendable, supuso
la gran batalla del campesinado español durante la segunda
mitad del siglo XVIII fué, en parte también, porque no eran
muy estimulantes los niveles de ocupación del suelo que poseían -en su mayoría las clases privilegiadas.
El grupo 75' ha mostrado cómo la tierra cultivada en esos
momentos sólo suponía el 46% de la superficie catastrada; los
(24) Recientemente ha aparecido el primer estudio que se ha hecho sobre una provincia del Antiguo Régimen, utilizando las respuestas particulares del Catastro de Ensenada, únicas fuentes rigurosas que pueden solucionarnos el problema del estudio de la propiedad para el Antiguo Régimen
peninsular. Ver ponezar Riquezay propiedad en la Castilla del Anliguo Régimen:
la proaincia de Toledo en el siglo XVIII. Madrid, 1984.
76
prados y dehesas el 32%; y las tierras incultas, de las que no
se obtenía provecho alguno, el 18,8% (25).
Pero si se desciende al obligado análisis regional, las diferencias eran aún más acusadas. Mientras en el antiguo reino
` leonés las superficies cultivadas ocupaban el 47%, en la provincia de Soria el 51% de su suelo estaba compuesto por tierras incultas, registrándose uno de los porcentajes de tierra de
cultivo más reducido de la Corona; o el de Murcia, en donde
la tierra de labranza suponía el 61 % de la superficie catastrada provincial. Por regiones, Andalucía occidental registraba
los más altos porcentajes de tierra cultivada: en Sevilla el 57%,
en Córdoba el 60%..., con la excepción de Jaén, cuyas tierras
incultas superaban a las de labor. En su conjunto, Andalucía poseía unas zonas de cultivo cifradas en torno al 54% de la superficie regional (26).
Así no podrá extrañarnos, por ejemplo, la protesta de los
campesinos de Soria, que tendrían serias diFicultades para obtener tierra arrendable, ni la queja amarga del intendente de
Jaén al expresar su desolación ante tantas tierras desperdiciadas para la producción agrícola (27). ^A pesar de la distorsionada y montañosa geografía peninsular, había que pensar que
la incuria, por una parte, y las tácticas que desplegaban los
propietarios para maximizar las tierras que dedicaban al arriendo, por otra, repercutían desfavorablemente en una población
campesina en evidente aumento demográFico.
Si seguimos a los historiadores que han tratado estas cuestiones, aproximadamente entre el 75 y e180% de la tierra (28)
(25) Grupo 75: La ecanomia de[ Antiguo Régimen. La Renta Nacional de !a
Corona de Castilla. Madrid, 1977. Págs: 85-87.
(26) Ibidem: págs. 87 y 88.
(27) El intendente de Jaén mostraba su amargura en 1768 por esas razones. En A.H.N. Consejos; leg.: 1.844; la.protesta de los sorianos en leg.:
1841.
(28) Canga Arg ^elles, Palacio Atard, Moreau de Jonnes, Artola... redondean en torno a esas cifras el bagage de la propiedad amortizada o vinculada.
77
estaba en manos del rey, la nobleza y el clero; lo que suponía
un gran freno para la propiedad de los trabajadores rurales.
A nivel provincial, estas delimitaciones empiezan a ser más matizadas. Cabo Alonso explica, a través de los fondos del Mayor Hacendado, cómo el reparto de la tierra en la provincia
de Salamanca a mediados del siglo XVIII, se estructuraba en
un 54,73% para la nobleza, un 25,97% para las entidades eclesiásticas, el 1,62% para otras entidades, el 16,58 para la burguesía, el 8,18% para los concejos, el 0,90% para labriegos
vecinos y el 1,02% para otros aldeanos. Y destaca cómo de
un muestreo eritre 988 lugares, el 85,7% correspondía, como^
mayores propietarios, a la nobleza, clero o burguesía agraria,
restando sólo el 14,2% a los aldeanos, forasteros o vecinos, de
manera individual o colectiva (29).
Por tanto, la protesta de los campesinos salmantinos, grandes protagonistas del expediente, estaba íntimamente mezclada a los abusos que estos detentadores de la propiedad realizaban con la gran masa de trabajadores arrendatarios o subarrendatarios. Unido al elevádo número de dehesas en las que
nobleza y clero fomentaban el desaprovechamiento de sus posibilidades agrarias para controlar mejor el nivel. de las rentas
de sus suertes arrendables (30). Esta acción es perfectamente
evidente al analizar las peculiaridades de los despoblados provinciales. Por una parte, un elevado porcentaje de ellos se arrendaban en grandes lotes a los ganaderos mesteños, obviando la
incomodidad de los arrendamientos en pequeñas suertes y, por
otra, la tierra de labranza se ponía en el mercado de arrendamientos a precios tan altos que difícilmente podían acceder a
ellos el campesinado. No había más remedio que convertirse
(29) Cabo Alonso: Concentración de propiedad en e[ campo salmantino a mediados del siglo XVIIII. En La economía agraria en la Histo>ia de España. Madrid,
1979. Pág. 143.
'
(30) Según esa lógica la tierra al ser más escasa sería más demandada
por los campesinos y, por tanto, podían sacar más ventajas económicas a
la hora de sus arrendamientos.
78
en subarrendatario de alguna pequeña suerte o emigrar a otra
zona -zcual?- con mayores posibilidades laborales.
Así, los 170 despoblados del partido de Salamanca repartían el nivel de la propiedad entre nobleza y clero, bien individual o colectivamente (31):
En el sexmo de Armuña
En el sexmo de Baños
En el sexmo de Peña del Rey
En el sexmo de Valdevilloria
Nobleza
%
Eclesiat.
%
Mixto
%
Tota[
desp.
40
66
49,2
43,7
54
30
41
12,5
5,4
3,7
9,2
43,7
37
53
65
16
Por otro lado, la amplia participación señorial -controlando un 71 % de la superficie provincial (32)- iba a agudizar, no poco, los problemas derivados de la gestión y explotación del terrazgo. Y, sin embargo, merece la pena destacar cómo
no fueron los núcleos señoriales los protagonistas documentales del expediente, sino justamente el campesinado proveniente de la zona realenga, en torno a Salamanca y Ciudad Rodrigo. Las competencias jurisdiccionales de los grandes titulares
de sus señoríos, el duque de Alba, el de Béjar, el conde de Miranda, el marqués de Montemayor (33), eran todavía importantes y, por ello, el campesinado señorial no era tan libre como el realengo para formular sus demandas al rey. Una vez
más se pone de manifiesto que la protesta rural no siempre pro-
(31) A.H.N. Consejos; leg.: 1.842, pieza G. Exhaustiva documentación
de 1.763 de todos los despoblados del partido realizada por el corregidor de
la ciudad, a petición del Consejo, tras las denuncias realizadas por el campesinado.
(32) Amalrie, J.P.: Le part des s^igneuss dans !a prooince de Salamanque au
XVIII siéclt. En Congseso de Histosia Rural: siglos XV-XIX. Madrid, 1984.
(33) Mateos, D.: La España del Antiguo Régimen: Salamanca. Salamanca,
1969.
79
venía de las entidades más deprimidas o con mayores problemas, sino de las que podían ejercer, en libertad, estas acciones (34).
En la provincia de Segovia, otra zona que se mostró particularmente conflictiva, también las clases privilegiadas obtenían unas importantes rentas provenientes de una eficaz gestión de la propiedad de sus tierras. García Sanz ha explicado
cómo esta gestión se traducía en el control de la mitad del valor del producto anual obtenido, ejercido sobre la tercera parte de la superficie del dominio eminente (35). Sin embargo,
pese a que las dos terceras partes restantes eran propiedad de
cultivadores directos, sólo se conseguía la mitad del producto
bruto obtenido ya que en ellas se computaban las extensas e
improductivas tierras de comunales.
Pese a ello, había numerosas entidades rurales próximas
a la capital donde la presión de la propiedad de la tierra en
manos de las clases privilegiadas se hacía especialmente agobiante. En 1777, respondiendo a peticiones hechas por el Consejo de Castilla, 76 municipios enviaron las peculiaridades de
la propiedad de la tierra en sus demarcaciones. A pesar de ser
una documentación que aparece con carácter de excepcionalidad en el expediente, su análisis no deja ninguna duda respecto al monopolio de la tierra arable ejercido por la nobleza e
instituciones eclesiásticas: en Miguel Ibáñez, por ejemplo, sus
1.440 fanegas eran detentadas en un 65% por el Cabildo y otros
conventos segovianos, mientras que el 35% restante era de posesión nobiliaria. En Aragoneses, de 1.395 fanegas arables, la
Iglesia era propietaria del 41 % y la nobleza del 59% restante;
(34) Van Bath: Historia agraria de la Eusopa occidental. Barcelona, 1974.
Formulado con extraordinaria claridad por el autor: sólo protestan los campesinos más libres y en más desahogada condición económica. Se puede rastrear lo mismo en Segovia que en Zamora o en Salamanca.
(35) García Sanz: Desarsollo y crisis del Anliguo Régimen en Castilla la Vieja.
Economíay sociedad en tierras de Segoaia: 1.500-1.814. Madrid, 1977, pág. 264.
ó0
en Pinilla Ambroz, de 1.100 fanegas arables, el 23% era de
la Iglesia y el resto de la nobleza (36).
Pero además, estos informes municipales mostraban el grado
de atomización que poseía la tierra segoviana a mediados del
siglo XVIII y cómo se iba agravando a consecuencia de la presión de la demanda de tierras tras la década de los sesenta. En
Miguel Ibáñez, a sus 22 vecinos con ganado de ovino, no les
correspondía por término medio más allá de 65,4 fanegas. En
Aragoneses, sus 33 vecinos se repartían a tenor de 42,2 fanegas por vecino. En Pinilla Ambroz, 22 vecinos arrendaban por
término medio 50 fanegas (37). En realidad estas proporciones quedaban reducidas a la mitad con disponibilidad anual
de ser labradas, ya que la alternancia de año y vez o al tercio,
eran cotidianas a estas -como a las demás- tierras castellanas.
Conviene señalar que por una Real Orden de octubre de
1777, el Consejo solicitó de todos los pueblos de Segovia información detallada sobre la estructura de la propiedad de su terrazgo a través del corregidor provincial. Sin embar^o, no respondieron al cuestionario más que los 76 pueblos señalados,
todos ellos lugares de jurisdicción realenga. Es ilustrativa la
manifiesta ausencia de datos en las zonas de señorío eclesiástico o nobiliario. Este significativo dato ha sido la tónica en la
mayoría de la documentación mostrada en el expediente, tanto en Castilla como en Andalucía y muestra cómo los núcleos
señoriales se veían aún mucho más atados a la administración
señorial; y por tanto, con menos posibilidades de protesta o
de denuncia que las entidades realengas. Y ello, pese a que la
(36) A.H.N. Consejos; leg.: 1.840. Sólo responden a las peticiones del
Consejo los sexmos más cercanos a la capital y, por tanto, los que posiblemente más directamente soportaban la presión de los privilegiados. Sexmo
de San Millán...
(37) Datos de propia elaboración obtenidos al dividir la tierra arable entre los vecinos con yuntas de los pueblos.
81
monarquía absoluta estaba persiguiendo la fiscalidad señorial.
Pero, por desgracia, de los 76 pueblos que enviaron sus respuestas, sólo 47 proporcionaron datos cuantitativos detallados
que permitieran conocer la estructura de la propiedad de estos
lugares, dominando la propiedad vinculada entre el 80-95%
de ellos.
La fragmentación parcelaria era evidente. Las parFelas no
solían sobrepasar lás 10 ó 15 obradas de extensión (38). Por
ello, el campesinado debía acudir al mercado de los arrendamientos de forma casi continua: porque necesitaba dos veces
y media esa cantidad para poder subsistir. En este permanente grado de necesidad debía transcurrir buena parte de su vida.
Del grado de distribución de la tierra arable se derivaba
no sólo la existencia de un paisaje agrícola determinado
-mayor predominio del minifundio en el Norte y del latifundio en el Sur-, sino, lo que es más importante en el análisis
sociológico que pretendemos, una diferente estructura social
en la clase trabajadora de la tierra. Había un notable predominio del pequeño arrendatario al norte del Tajo que, en ocasiones, también era pequeño propietario, mientras que en el
sur el predominio de la explotación directa de la tierra confería al latifundio la obligatoriedad de un elev^adísimo número
de jornaleros. Por tanto, la fragmentación del paisaje del norte en suertes arrendablés, era en el sur mucho más escasa, y
restringida a zonas de huerta como la vega de Granada o a
la oferta que los pelentrines desarrollasen en los cortijos andaluces.
Los propietarios nobles
Las tierras de la nobleza eran las superficies de mayor en-
(38) Abundan más las tierras de propiedad eclesiástica que las de la nobleza; lo que no era extraño, dada la importancia terrateniente del cabildo
y de los numerosos conventos segovianos. Sin embargo, predominaba la fragmentación de la tierra, cultivada en numerosísimas parcelas de cortas dimensiones.
82
vergadura sometidas a propiedad particular, con evidente ventaja a otras entidades seculares y eclesiásticas. Se extendían estas
propiedades preferentemente en el sur: suponían el 67% de
la superficie sevillana, el 50% de la extremeña, el 70% de la
manchega; aunque también eran mayoría en otras zonas peninsulares: correspondían al 55% de la tierra de Asturias y
León (39). En general tenían tierras dispersas a lo largo y a
lo ancho de la Corona Castellana tanto menos abundantemente
cuanto más al norte se situaran.
La notable parcelación de las tierras al norte del Tajo hacía diferenciar las propiedades de la nobleza -como las de los
restantes propietarios- según se ubicasen en la zona septentrional o meridional. Mientras que, por ejemplo, el marqués
de Paredes poseía en Anaya (Segovia) 8 parcelas de tierra que
sumaban en total 305 obradas (40), el duque de Medinaceli
poseía en Tarifa más de 16.000 fanegas de tierras concentradas en dos cortijos (41). Y ambos casos eran ilustrativos de la
realidad distributiva de la propiedad de la tierra de la nobleza.
Naturalmente, iba a ser mucho más engorroso gestionar las
propiedades septentrionales que las sureñas. Ponerse en contacto con un sinfín de campesinos arrendatarios y formular las
relaciones contractuales pertinentes era una ardua tarea para
el absentismo nobiliario. El gran arrendamiento iba a solucionar, en parte, tan complicada gestión. No puede extrañarnos,
por tanto, que sean los campesinos castellanos los que ofrezcan un mayor grado de conflictividad en este tema.
En cambio, en el latifundio todo era mucho más sencillo.
La gestión directa impedía la parcelación excesiva y generaba
la necesidad temporal de braceros o jornaleros. En otras oca-
(39) Artola: Los o>ígenes de [a Esfiaña contemporánta. Madrid, 1959. Tomo
I. Pág. 48.
(40) A..H.N. Consejos; leg.: 1.840, pieza 3a. Las proporciones más habituales de las parcelas segovianas oscilaban entre 5 y 40 obradas de tierra.
(41) Artola: La enolución del latifundio desde el siglo XVIII. Revista Agricultura y Sociedad, 1978. Pág. 187.
83
siones, la explotación indirecta se desarrollaba también en una
parte del latifundio, pero siempre a través de grandes arrendatarios y una masa escasa de pelentrines. Los mayores latifundios nobiliarios se concentraban a la derecha del Guadalquivir, en las provincias de Córdoba, Sevilla y Cádiz; siendo,
sin embargo, escasos en Huelva, Granada y Almería (42).
La protesta andaluza se centraría, más que en la problemática contractual, en el abandono e indigencia con que se gestionaban parte de estos latifundios. Los labradores pelentrines
de Marchena denunciaban, por ejemplo, cómo de las 16.000
fanegas labrantías del duque de Arcos, reunidas en dos cortijos del lugar, sólo se cultivaban un tercio de sus posibilidades
a través de los jornaleros (43).
La nobleza, además de conservar sus patrimonios y mayorazgos, había iniciado un proceso de acaparamiento de tierras
por diversas vías que continuaba, y se incrementaba, en la segunda mitad del siglo XVIII. Rafael Mata, tomando como punto de análisis la andaluza Casa de Arcos, demuestra cómo desde
los inicios de la Edad Moderna se aprecia una cierta estrategia
tendente a consolidar y ampliar sus patrimonios. La constitución de extensos cotos redondos como base de la explotación
agro-ganadera y la conexión territorial de los distintos predios
adquiridos se englobaban dentro de tal estrategia (44). Fruto
de esta planificación ascendente eran esas 80.000 fanegas y casi
dos millones y medio de reales de renta que percibía sólo en
las 13 demarcaciones estatales en que aparecía como mayor
hacendado (45). O la del mayor hacendado de toda Andalu-
(42) Ibidem: pág. 193.
(43) A.H.N. Consejos; leg.: 1.844. Pieza 7a. ^^Cuando es tan necesario
arrendar tierra a tantos miserables pelentrines de Marchena^>, año 1768.
(44) Mata, R.: Participación de la nableza andaluza en el mercado de la tierra.
La casa de Arcos: siglas XV-XVII. En Congreso de Historia Rural siglos XVsXIX.
Madrid, 1984.
(45) Artola y otros: El lat:fundio. Propiedad y explotación sig[os XVIII-XIV.
Madrid, 1978. Pág. 42.
84
cía, el duque de Medinaceli, con más de 120.000 fanegas esparcidas por 24 pueblos de la baja Andalucía (46).
Con la consolidación de amplias extensiones territoriales
que se habían dado al sur del Tajo, la segunda mitad del siglo
XVIII va a seguir siendo extraordinariamente favorable para
la expansión de la gran propiedad. A1 monopolio nobiliario,
sobre los comunales locales, de modo parcial o total vinieron
a sumarse, con visos de legalidad desde 1762, las leyes que los
ilustrados otorgados sobre el reparto de tierras de Baldíos y
Comunales.
Zulueta ha mostrado la utilidad que tuvo en Extremadura
para la nobleza el reparto de los espacios concejiles. En las divisiones efectuadas en Zafra y Zafrilla, los mayores beneficiados fueron las grandes casas nobles con impecables patrimonios territoriales -los Ovando, Cáceres y Quiñones, Camarasa, etc.- quienes reunieron el 90,3% del repartimiento (47).
Y esto, aunque el espíritu que había presidido el reparto de
los bienes comunales había sido conceder tierra a los más débiles representantes de la sociedad rural: jornaleros, senareros
y pequeños labradores de una yunta (48). Estas actitudes acaparadoras fueron muy frecuentes en la nobleza del sur de España y tras las órdenes de 1767 que decretaban el reparto de
Propios y Baldíos por el resto de Extremadura, la Mancha y
Andalucía.
Los vecinos de Olvera (Extremadura) explicaban cómo varios mayorazgos, violando el mandato real que ordenaba repartir las tierras entre los más necesitados del pueblo, habían
acaparado sus comunales frustando las esperanzas de los braceros y senareros del lugar (49). El resultado de tales prácticas
(46) Ibidem: pág. 187.
(47) Zulueta, J.: La tierra de Cácnes: estudio geográfico. Madrid, 1977. Pág.
94.
(48) Ibidem: pág. 93.
(49) A.H.N. Consejos; leg.: 1.842. Memorial de Olvera al Consejo en
1768.
85
suponía un notable incremento de las tierras de propiedad nobiliaria quienes junto «con los labradores acomodados y justicias se quedaron mediante pujas y amenazas con casi todos los
términos» (50).
En Andalucía, en general, el reparto de tierras concejiles
resultó ser un fracaso, por la ingenuidad consustancial al hecho de que fueron las autoridades locales las encargadas de realizar el reparto de las suertes entre los jornaleros. Puede suponerse la parcialidad y argucia con la que obrarían la nobleza
y las oligarquías municipales para beneficiarse, ellas mismas,
de los nuevos repartos (51). Pues llevar a efecto la filosofía de
estas leyes significaba no sólo privarse de mano de obra barata, sino del control del mercado de la tierra arable y de unos
pastos en donde sus ganados se alimentaban de forma gratuita.
La protesta de los vecinos de Marchena, Osuna, Ecija y
tantos otros pueblos andaluces, mostró la poca eficacia y el amplio incumplimiento que tales medidas generaron (52). En resumidas cuentas, la gran propiedad se consolidaba también a
expensas de la debilidad e indefensión de los estratos más humildes del campesinado.
Los propietarios eclesiásticos
La propiedad eclesiástica, considerada globalmente, era mucho menos espectacular que la ostentada por la nobleza. Canga Argtielles subrayaba la importancia excepcional de su asentamiento en Galicia, con un 51 % de su extensión catastral. Sin
(50) Cabo Alonso: Constantes históricas de la gran propiedad en el campo extremeño. En Congreso de Historia rural...
(51) Sánchez, F.: Los repartos de tierras concejiles en Andalucía durante la segunda mitad del siglo XVIII. En Congreso de Histosia Rural... Pág. 266.
(52) A.H.N. Consejos; leg.: 1.844. Memoriales de 8 pueblos de la Andalucía occidental mostrando las razones por las que no se habían Ilevado
a efecto, según las leyes de 1.767, 1.768, 1.770 y 1.771, el reparto de las
tierras de Propios y Baldíos.
86
embargo, en Extremadura no pasaban sus propiedades del
35% (53), y en la provincia de Toledo, -trádicional reducto
eclesiástico-, del 24% (54) cuando el estado seglar reunía
-entre nobleza, dones y labradores- un 50,6% de la superficie provincial. Cantidades más inferiores eran las que se detectaban en las restantes provincias de la Corona Castellana.
Sin embargo, esta menor participación en las relaciones de
propiedad las suplía con un aparente mejor aprovechamiento
de las tiérras que las de los mayorazgos, con tanta frecuencia
deficientemente explotados (55). Este mayor control en la gestión de la tierra por parte de cabildos, curatos, conventos o monasterios,. venía subrayada de una parte, por la mejor calidad
de sus propiedades -casi todas productivas- frente a las abundantes tierras yermas o incultas de la nobleza; y de otra, por
un más exhaustivo cuidado en definir, con habilidad, las relaciones de producción.
Dice Vilar que a mediados del siglo XVIII, las rentas del
clero suponían un cuarto de las rentas agrícolas y sus ganados
la décima parte de los ingresos ganaderos totales. En conjunto, su producción económica era notable: 1/5 ó 1/4 de los ingresos globales (56). Donézar nos muestra esa realidad para
la provincia de Toledo: -siendo su extensión 762.191
fanegas-, el 27,8% del producto bruto total provincial centralizaba la notable suma de 21.130.098 reales (57): superior
a lo obtenido, proporcionalmene, por la nobleza. La atonización parcelaria del paisaje septentrional español hacía sin em-
(53) Citado por Artola en Osígenes dt la España... Pág. 39.
(54) Donézar. Riquezay propiedad...; en especial, ver el capítulo dedicado a la propiedad eclesiástica.
(55) Vilar: Structures de la societés espagnole aers 1.750. Quelques leçons du Catastre de la Ensenada. En Melanges a la memoire de Sarrailh. París, 1966.
(56) Ibidem: pág. 57.
(57) Donézar. Riqueza y propiedad en la Castilla del Antiguo Régimen. La prooincia de To[edo en el siglo XVI77. En cambio la nobleza obtenía^unos rendimientos sensiblemente menores: sus 333.668 fanegas sólo rendían 8.696.664
reales.
87
bargo, menos rentable la propiedad eclesiástica, tan asentada
en la submeseta norte, y constataba una mayor habilidad de
las propiedades eclesiásticas en tierras donde no sobraba la extensión, tal y como puso de relieve la desamortización eclesiástica de Mendizabal.
Las parcelas cuya propiedad la ostentaban curatos, obras
pías, capellanías y la llamada fábrica de la iglesia, solían ser
las de más cortas dimensiones, siguiendo en orden de importancia, las própiedades de conventos, cabildos y monasterios,
todas de mayor calidad y producción. Por ejemplo, en Tabladillos (Segovia) el cabildo provincial poseía un total de 5 propiedades a tenor de 30, 80, 20, 26 y 15 obradas de tierra (58);
el convento, dos parcelas de 32 y 60 obradas; y la fábrica de
la iglesia, sólo 3 obradas. Esta distribución no era infrecuente
en otros muchos pueblos castellanos. En Lumbrales (Salamanca), cuyas dos terceras partes de la tierra eran propiedad del
cabildo de Ciudad Rodrigo, no había ningún propietario vecino del lugar, «pues las demás tierras las tienen tres conventos de Salamanca, algún forastero y el curato y la fábrica de
la iglesia» (59).
Sin embargo, la.gran propiedad no era ajena a las instituciones eclesiásticas y se concentraba preferentemente en las dehesas. El cabildo de Ciudad Rodrigo poseía en 12 pueblos próximos 13.049 fanegas ubicadas en varias dehesas (60). Y el convento de San Clemente de Toledo, en un solo despoblado, 3.276
fanegas, por las que obtenía 8.276 reales anuales (60).
A diferencia de la nobleza, cabildos, monasterios y curatos
(58) A.H.N. Consejos; leg.: 1.840, pieza G. Datos enviados al Consejo
en diciembre de 1777. Era un pueblo próximo a la capital donde existían
también otros propietarios nobles, labradores y algún mañero.
(59) A.H.N. Consejos; leg.: 1.534. Memorial de los vecinos de Lumbrales al Consejo.
(60) A.H.N. Consejos; leg.: 1.534. Datos de propia elaboración obtenidos al analizar las dehesas que poseían en los pueblos de Atalaya, Aldea,
Alameda, Campillo de Azaba, Castillejo, Encina, Espeja, Olmedo, Pastores, Sexmiro, Zamarra y Villar de la Yegua.
88
eran mal vistos como propietarios de tierra, tanto por parte
de los labradores -que querían a su costa ampliar sus
propiedades-, como por parte de los campesinos -que sentían sus dificultades contractuales-. A1 equipo ilustrado le interesaba esta crítica a la propiedad eclesiástica, porque no era
considerada como propiedad individual. Hay que tener en cuenta que, según el pensamiento ilustrado liberal, lo que había (61)
de defenderse, primordialmente, era la propiedad individual.
De ahí que las enajenaciones se planeasen sobre bienes de «propiedad colectiva» entre los que, según esa óptica, se encontraban tanto las tierras del clero -secular o regular-, como las
de Propios y Baldíos. Tónica que había de seguirse en las desamortizaciones de los gobiernos liberales decimonónicos. En
la literatura ilustrada, la propiedad eclesiástica era tenida como un grave obstáculo para el progreso agrícola (62). Compomanes en su tratado de «Regalía de Amortización» era explícito: suponía un evidente mal para el erario público -por
la inalienabilidad de los bienes eclesiásticos- y para los campesinos a los que la búsqueda de suertes arrendables les desarraigaba con excesiva periodicidad de sus entornos, haciéndoles la vida especialmente difícil. Campomanes, cómo los restantes ilustrados, eligió cuidadosamente a los protagonistas de
su crítica, los eclesiásticos propietarios, obviando cuestionar la
propiedad nobiliaria, a la que era tan afin.
Las abundantes denuncias de los pecheros mostraban cómo el clero olvidaba, con frecuencia, sus específicas funciones
apostólicas para gestionar esos bienes que, según esas peticiones, debían de pasar a manos de los labradores. En el expediente fué muy notable la protesta de sexmeros y labradores
que querían jugar fuerte en sus aspiraciones en el mercado de
la tierra. Los sexmeros de Salamanca, Zamora y Toro solici(61) Donézar. Riquezay propiedad... Especialmente ilustrativo es el capítulo dedicado a la propiedad eclesiástica.
(62) Campomanes: Tsatado de la Regalía de la Amortización. Reedición de
la Revista de trabajo realizada por Tomás y Valiente. Madrid, 1975.
89
taron, formalmente, en 1771 que se atemperase la gestión de
los bienes eclesiásticos «para que las tierras pasen a explotarlas los propios labradores y se retiren los eclesiásticos al curato
de las almas que tan necesario es». Otro tanto pidieron los sexmeros de Ciudad Rodrigo en 179.0 y, tanto en la filosofia de
los informes de los intendentes de Andalucía como en las protestas de los diputados de Marchena y Jerez (63), se acariciaba la idea de una desamortización eclesiástica como fórmula
de mejorar la producción.
Pero la Ilustración se pronunció con mucha ambig ^edad.
Decía que apoyaba al campesino pero sabía que había de sustentarse en los labradores para llevar adelante su programa económico. Y es que el punto de vista del equipo ilustrado coincidía, plenamente, con las aspiraciones de los labradores. Desde
su óptica fisiocrática, estos empresarios agrícolas formaban el
grupo productivo por excelencia, el modelo de «empresario»
de Cantillon o de «clase productiva» de Quesnay. Eran estos
labradores y no los campesinos los que, a sus ojos, estaban llamados a revitalizar la economía de la Corona porque poseían
ahorros que deseaban invertir en tierra (64). Schumpeter en su «Historia del Análisis Económico»- dice que el propio
Quesnay nunca consideró seriamente más mundo agrícola que
el basado y promovido por una clase agraria inteligente y activa y dotada de posibilidades tecnológicas y comerciales.
Por tanto, si se quería hacer política filantrópica, las aspiraciones campesinas tenían `cabida; pero si se deseaba incrementar la producción agrícola -según el modelo fisiocráticoeran los labradores hacendados, grandes arrendatarios y comerciantes de granos los que iban a ser los beneficiados de la
(63) La petición de los castellanos se centró especialmente en A.H.N.
Consejos legs.: 1.840 y 1.534; las peticiones de los andaluces se concentraron en leg.: 1.844.
(64) Ver las consideraciones que hace Donézar en su obra citada, págs.
58-60.
90
acción desamortizadora. Y en la documentación del expediente
esta última idea era evidente.
Los ataques contra la propiedad eclesiástica aumentaron
a lo largo de la segunda mitad del setecientos y se agudizaban
toda vez que un nuevo año crítico hacia difícil no sólo pagar
la renta contractual sino proporcionarles el diezmo anual. Los
labradores, ante la precariedad de las cosechas de 1.766,
1787-1789 y de 1803-1805, solicitaron ser excluídos del pago
del diezmo. Pero aunque el objetivo inmediato era ver postergado el pago del impuesto dezmero, el verdadero motivo se
dirigía a atacar los bienes eclesiásticos con la esperanza de poder ir introduciéndose en la propiedad de las tierras que entonces sólo arrendaban. Labradores de Ronda, Santa Fe, Toro... expusieron con estas intenciones sus memoriales al Consejo. Las respuestas de los eclesiásticos, en actitud defensiva,
no tardaron en llegar. Alegaban cómo el descenso de la producción agrícola se traducía también en la mayor exig ^ idad
del diezmo recaudado y recordaban al Consejo cómo era el diezmo la fuente básica de su subsistencia. No les faltaba razón
en valorar tan positivamente las rentas dezmeras. Según las
estimaciones que poseemos, eran tan gravosas para los trabajadores como rentables para el clero. Anes ha señalado que suponía el 50% del producto neto obtenido de la agricultura y
ganadería. Donézar ha explicado cómo en la provincia de Toledo, comparando el producto bruto de la tierra de los distintos pueblos y sus diezmos, era difícil encontrar lugares que participaran con el teórico 10% pagado a la iglesia (65). En cualquier caso, se mostraban los porcentajes dezmeros por encima
o por debajo de lo que su etimología explicaba.
Mas si estos porcentajes podían ser válidos para zonas castallanas donde el clero era, a la vez, gran propietario de tierra, la importancia del diezmo se acusaba notablemente en am(65) Anes: Cris^ agrarias en la España Moderna. Pág. 293. Donézar: Riqueza.., Pág. 472. Los porcentajes variaban extraordinariamente, Ilegaban incluso hasta un 40 o u ❑ 50%.
91
plias zonas del País Vasco. En Guipúzcoa suponían -con los
ingresos complementarios- la base de las rentas eclesiásticas.
Fernández Albadalejo estima para Guipúzcoa la importancia
del diezmo en torno al 70% de las rentas totales eclesiásticas (66). Este clero, pobre en relación con el castellano, se opuso
con virulencia a la nueva ideología antidiezmo que se estaba
extendiendo por la sociedad rural, aunque no participaba el
gobierno de ese entusiasmo estando tan interesado, como lo
estaba, en continuar participando del cobro de las tercias.
Pero si el clero guipuzcoano, no detentador de propiedad
de tierra, ventilaba su subsistencia en la crítica al diezmo, no
era el caso del resto del clero terrateniente. Para éste el diezmo era una saneadísima fuente de obtención de productos agropecuarios, con vistas a su hábil comercialización en los mercados. Una saneada renta que había que unir a otras provenientes de los arrendamientos de la tierra, de las primicias, de las
limosnas...
Pero los ataques, no importa a qué partida de las rentas
eclesiásticas, continuaron a lo largo de todo el final del Antiguo Régimen. En primer lugar, el régimen ilustrado propugnó y consiguió el reparto de las propiedades de «manos muertas» -capellanías, obras pías- entre 1798 y 1808, que fueron
a parar a«ansiosos» labradores y a profesionales que deseaban
enriquecerse con el mercado de lá tierra (67). Por supuesto,
el campesino no estuvo invitado a esta fiesta. Varios vecinos
de 8 lugares salmantinos, ante el resultado de estas medidas
expusieron su desaliento al Consejo:
(66) En su obra: La crisis de[ Antiguo Régimen en Guipuzcoa, 1766-1833. Madrid, 1975. Págs. 317 y 318. El clero vasco no poseía tierra. Por tanto, sólo
el curato de almas y los emolumentos que por él obtenían, junto con el diezmo, eran las bases de su economía. El diezmo, por ejemplo, suponía el 77%
de las rentas totales en Tolosa y el 73% de las de Cestona.
(67) Herr: La vente de firopietés de main-morte en Espagne: 1798-1801. Annales 1974. Hace un detallado estudio sobre la provincia de Salamanca; los
nuevos propietarios no eran sino los labradores ricos tradicionales, regidores, militares y otros funcionarios destacados.
92
«porque hemos visto, con amargura, cómo las tierras de obras
pías de esta comarca se iban a las manos de los 19 poderosos
que ya poseen una gran parte de la tierra de Salamanca como arrendatarios de mayorazgos» (68).
En segundo lugar, la habilidad del regalismo imperante consiguió del papa Benedicto XIV que los diezmos novales diezmos obtenidos por las nuevas tierras roturadas- fuesen
transferidos a la Real Hacienda. Pero tras la concesión en 1749
a Fernando VI de tan interesantes rentas, que «era un pingiie
negocio para la corona y la nación española« (69), la voracidad de labradores y de los reformistas hacía peligrar las inestables relaciones Iglesia-Estado.
Sin embargo, el dificil equilibrio de las relaciones IglesiaEstado -incluso tras el Concordato de 1753- se agudizaba,
toda vez que la Iglesia-Institución deseaba ampliar el ámbito
de sus competencias más allá de lo establecido por el equipo
de gobierno. Una real resolución de 1764 condenó las prácticas que el obispado y cabildo salmantinos realizaban con sus
arrendatarios. Llevados del deseo de maximizar sus rentas, se
comportaban como auténticos tribunales de justicia, dictando
sentencia contra sus renteros «alegando mil argucias y falsedades» que conducían al desahucio de sus colonos. En la real
resolución, a la par que se hacía una dura y ácida crítica contra la ineficacia de sus labores de predicación y culto «que han
abandonado junto a otros trabajos propios de su rango», se prohibía tajantemente a los eclesiásticos la práctica jurídica, «que
sólo compete a los tribunales civiles» (70).
(68) A.H.N. Consejos; leg.: 1.841. Memorial de los vecinos de Terrones, Santa Marta y otros seis lugares salamantinos. Año de 1799. Enviado
al Consejo de Castilla tras su exclusión de la compra de la-nueva tierra desamortizada.
(69) Olaechea R.: Política eclesiást^a del gobiano de Fernando VI. En Textos
y Estudios de la Catedsa Fe^oo. Oviedo, 1981.
(70) A.H.N. Consejos; leg.: 1.842, pieza L. Resolución de S.M. contra
los abusos del obispo y cabildo de Salamanca. En los memoriales campesinos se argumentaba profundamente contra el abandono de sus labores de
culto.
93
No obstante, las relaciones del guante blanco presidían la
comunicación de la diplomacia española con el papado y ahí
el regalismo borbónico tuvo logros indudables. Pero los problemas internos que la gestión de la propiedad eclesiástica conllevaba fueron, por permanentes, mucho más difíciles de solventar y, en cualquier caso, la voluntad gubernamental no fué
otra que divulgar la ineficacia, incuria y escasa rentabilidad
de las relaciones de propiedad detentadas por los eclesiásticos.
E1 tratado de la Regalía de la Amortización de Campomanes
es un ejemplo ilustrativo de tal espíritu. Pero se podían dar
otros muchos.
En el expediente abundaron mucho más las demandas de
labradores y campesinos contra los cabildos .y curatos que contra
las propiedades del clero regular y órdenes militares. Mientras que contra los primeros se computan un total de 43 memoriales, sólo son 19 las demandas frente a monasterios y órdenes Militares. Es éste un hecho significativo ya que las entidades monacales solían gestionar más exhaustivamente su tierra ejerciendo una mayor presión ante los renteros (71).
Los vecinos de Robliza de Cojos mostraban las dificultades que habían de salvar anualmente con el monasterio de Valparaíso, gran propietario de esa comarca salmantina, que exigía un cuarto de la cosecha obtenida como renta contractual,
amén de diezmos, tercias, primicias y un sinfín de derechos
dominicales. Pero, al decir de los colonos, esas pesadas cargas
no eran las más importantes. La esencia de la protesta campesina estribaba en
«la claúsula que nos obligan a cumplir en todos los contratos
(71) Domínguez Ortiz: El Monasterio de Sahagún durante el siglo XVIII. En
Hechosy Figuras del sig[o XVIII españo[, Madrid, 1975. Y García, P.: El Monasterio de San Benito de Sahagún en la época moderna. Memoria de licenciatura
inédita U.A.M. Madrid, 1982. EI ^^arca de reserva» era un sofisticado sistema de piéstamos a los colonos que dependían dél monasterio como arrendatarios y como vasallos jurisdiccionales.
94
de arrendamiento: no acudir a los tribunales civiles en caso
de conllicto, aún cuando mediase desahucio» (72).
Otras peticiones y denuncias de colonos de conventos y monasterios zamoranos (73) corroboraban cómo no eran excepcionales estas prácticas dentro del clero regular. No debe minimizarse, por tanto, la relativamente escasa protesta de los
renteros de tierras monacales o conventuales ya que las limitaciones a que estaban sometidos impedían su formulación.
Y sin embargo, la mayor participación campesina en la protesta contra la gestión de curatos y obispados no estaba relacionada con un régimen abusivo en la gestión de su tierra, sino en las mayores facilidades ambientales que la posibilitan.
Hecho que, por lo demás, es perfectamente suscribible a otros
ámbitos operativos del expediente. La mayor protesta de los
pueblos realengos y la escasísima de los pueblos señoriales corroboró a conciencia estas acciones.
La creciente pérdida del prestigio social de la Iglesia era
evidente en los memoriales que labradores y campesinos enviaron al Consejo. Las peticiones desamortizadoras venían dadas, en primer lugar, para satisfacer una imperiosa necesidad
económica (74) -era el planteamiento que esgrimían los
labradores- y, en segundo lugar, para subsanar un problema
social: ocupar a jornaleros y pequeños campesinos infrautilizados. De lo poco que se hizo, en ambos sentidos, en el período ilustrado, sólo los labradores fueron los beneficiados.
(72) A.H.N. Consejos; leg.: 1.843. Memorial de los vecinos de Robliza
de Cojos, año 1768. Explicaban los colonos cómo comercializaban la tierra
a su antojo, sin problemas con la jurisdicción civil y dentro del desaliento
general del campesinado. Obtener un cuarto del producto neto en tierra de
escasa calidad, era, evidentemente, una renta abusiva.
(73) A.H.N. Consejos; leg.: 1.842. Varios pueblos de la tierra de Sayago y de la tierra del Vino denunciaban esas cláusulas.
.
(74) Tomás y Valiente: E! Proceso de desamort^ación de la tierra en España.
Agricultura y sociedad, 1978.
95
Los propietarios no nobles
Los propietarios particulares no pertenecientes a las clases
privilegiadas no controlaban una cantidad importante de tierra. Conformaban un variado grupo social en el que unos pocos se acer^aban a los niveles de rentas de los propietarios terratenientes privilegiados -los labradores hacendados, regidores y cargos municipales o administrativos, militares, grandes arrendatarios de tierra-, y los más formaban la pléyade
de campesinos rurales propietarios de mínimas parcelas pero,
a la vez, arrendatario • de otras tierras para poder subsistir.
Entre Josef Miranda, comerciante salmantino, propietario
en el lugar de Arrabal de Puerto Mayor (Salamanca) de 60 huebras de pan (75) y 10 aranzadas de viñas y Juan Arroyo, vecino de Pedrosa del Páramo (Burgos), propietario de 5 fanegas
de tierra (76) había, evidentemente, diferencias. Las que median entre un labrador propietario y gran arrendatario que formulaba unas relaciones capitalistas de producción, a través de
unos contratos trianuales, y las de un campesino indefenso que
había de recurrir al jornal para subsistir y que ocupaba, por
tanto, el estadio más bajo de la sociedad rural.
Diferencias que se manifestaban, también en el plural asentamiento del vecindario. Mientras los labradores no solían vivir en los lugares de donde eran propietarios -al menos
permanentemente-, los campesinos eran vecinos del lugar donde estaban sus propiedades. El labrador Rafael Pérez, vecino
de Granada, tenía numerosas tierras en SanEa Fé que arren-
(75) Era propietario de tres pueblos más de la provincia con un total de
170 fanegas de cereales, más un número indefinido de viñas y otros cultivos. La explotación de sus tierras era realizada mediante arriendos. A.H.N.
Consejos; leg.: 1.842. Pieza L. Sus colonos denunciaban sus abusos contractuales del mismo modo que el resto de los vecinos.
(76) El pequeño propietario arrendaba tierra para poder vivir. Arroyo
lo hacía al convento de las Huelgas de Burgos -12 fanegas-. Pero a la
vez,.trabajaba como jornalero en algunas tierras de mayorazgos. A.H.N.
Consejos; leg.: 1.842. Año 1768.
96
daba a los pelentrines del lugar; sin embargo, el campesino José
Arnáiz era vecino de Churriana y sus antepasados estaban asentados allí desde hacía tres generaciones (77). I,a pequeña propiedad implicaba automáticamente residencia; y sin embargo,
el labrador hacendado no la necesitaba para supervisar de cerca las relaciones de producción que desarrollaba en sus propiedades aprovechándose, además, ventajosamente de las tierras comunales de los diferentes lugares de donde era propietario.
En Alcázar de San Juan, que ofrecía el perfil característico
de la distribución de la propiedad en la zona manchega: poca
propiedad nobiliaria, escásos comunales y dominio de la propiedad eclesiástica, órdenes militares y dones, el 70,1 % del término era propiedad de esos grupos. Los pequeños propietarios -que no llegaban a vivir de sus tierras- ocupaban el
26,4% del total (78), siendo el resto arrendatarios y jornaleros que explotaban las tierras de la iglesia y órdenes militares
y, en menor medida, de la nobleza.
El conjunto de los propietarios no nobles era, a la fuerza,
muy amplio:
•
Los propietarios labradores. Eran escasos; aunque en algunas zonas como la Mancha suponían porcentajes notables.
•
Los propietarios que debían completar sus insuficientes
rentas con arrendamientos y trabajos temporeros. Eran
los más numerosos.
• Los que siendo habitualmente jornaleros, poseían alguna suerte de tierra. No eran muy abundantes.
• Los que perteneciendo al sector secundario o terciario
(77) A.H.N. Consejos; leg.: 1.841. Los vecinos de Santa Fe denunciaban cómo los forasteros «mañeros» controlaban la mayoría del término municipal. Los de Churriana se quejaban de la extensión del subarriendo, por
el extraordinario poder de los grandes arrendatarios en esa comarca; en leg.:
1.844, año 1769.
(78) Donézar: Riqueza y propi^dad... Págs.: 213-17.
97
poseían alguna parcela en propiedad. Iban en aumento
tras el alza de los productos agrarios, desde mediados
del siglo XVIII.
En su conjunto, fueron los propietarios nobles los que generaron una mayor coriflictividad con sus colonos. En el cuadro n° 1, se han clasificado los conflictos que muestra el expediente en función de sus propietarios. La nobleza ocupaba un
destacado lugar, con un 50% de las tensiones existentes en la
sociedad rural, aunque también estaban allí incluídos los propietarios no eclesiásticos. Seguía la Iglesia secular con un 34,7%
y la regular con un 13, 7%. Las órdenes militares sólo suponían, apenas, un 1,6% como protagonistas del conflicto que ,
enfrentaba a arrendatarios y propietarios; hacía tiempo que había perdido el brillante papel desempeñado en la época bajomédieval.
Si clasificamos estas tensiones en función de las causas, la
subida de precios de las rentas de las tierras establecidas en los
arrendamientos era la causa esencial que enfrentaba a colonos
y propietarios: ocupaba un 63% del total del conflicto. Los problemas derivados del deficiente reparto de la tierra de Propios,
suponían un 20%. Y los conflictos generados por el subarrendamiento, ineludible con la expansión del gran arrendamiento,
alcanzaban el 10,4%. Finalmente, los problemas que enfrentaron a vecinos y forasteros «mañeros» por las prioridades a
la hora de arrendar tierra, se concretaban-en torno al 6,6%
de la convulsa sociedad rural de finales del setecientos.
3. Los arrendatarios
Dentro del grupo que iba a explotar la tierra de la mayoría
absentista había que diferenciar a los pequeños de los grandes
arrendatarios. Los primeros suponían la masa campesina trabajadora. Los segundos eran la ascendente burguesía agrícola
con imperiosos deseos de controlar no sólo la tierra arable -lo
98
que ya venían realizando-, sino de convertirse en grandes propietários. Lo lograrían definitivamente con las desamortizaciones.
Los grandes arrendatarios pisaban tierra firme en la segunda
mitad del siglo XVIII. Sabían que el éxito de su rentable negocio del comercio de la tierra dependía de la irracional gestión de las clases privilegiadas y no tenían interés alguno de
echar por la borda su saneada posición. Será el suyo un modelo de comportamiento ambiguo -en todo lo que implicase defensa de los intereses campesinos- y comprometido en todo
lo que significase acercamiento a sus expectativas y al incremento del volumen de ^us rentas.
En los memoriales que enviaron al Consejo aparecen muchas veces cómo «indefensos» labradores -a la hora de denunciar un arrendamiento abusivo- hacen causa común con el
campesinado; sin embargo, otras veces critican que pudiera
ponerse un tope cuantitativo a la extensión de los arrendamientos de tierras de labranza -de los que tanto se beneficiaban-;
y en otras ocasiones instigaban al gobierno para que acelerase
la desamortización religiosa. Pero, indudablemente, tras las diferentes tácticas empleadas había un voraz deseo de desarrollar, sin cortapisas, unas prácticas capitalistas que acelerasen
su espectacular ascensión económica.
Enfrentamientos^entre propietarios y grandes arrendatarios
El absentismo de los terratenientes hizo necesaria la existencia de arrendatarios, con amplias posibilidades económicas
que facilitasen la gestión y explotación de sus tierras. La posesión de unos recursos suficientes que asegurasen -muchas veces
por adelantado- el pago de las rentas de la tierra, hacía muy
atractiva la gestión del labrador arrendatario para la nobleza
y el clero.
Como contrapartida, el gran arrendatario había de buscar
los trabajadores necesarios para obtener, con creces, las ren-
99
tas que debía de dar al propietario. Los subarriendos resolvieron la gestión de las parcelas en que, ineludiblemente, tenían
que dividirse para su explotación parte de las grandes propiedades. Parcelación que, a la vista de la escasa capitalización
del campesinado, iba a producirse por toda la geografía peninsular.
Juan Ramírez, gran arrendatario de 1.457 fanegas de tierras de varios mayorazgos e iglesias de la provincia de Burgos, arrendaba en 1769 tierras en 8 pueblos al oeste de la ciudad. Un total de 47 campesinos estaban ligados a él por un
contrato de subarrendamiento. El promedio de tierras labradas por vecino no superaba las 31 fanegas, subdivididas en 2
suertes (79).
Pero existían poderosos arrendatarios de tierras tanto en
minifundistas
tierras del norte como en los predominantes
las
latifundios del sur. La diferencia sólo estribaba en la mayor
dispersión de su gestión empresarial en la zona septentrional
-dispersión que también sufría el subarrendatario- que en
la latifundista, con una más fácil gestión de la tierra y de los
trabajadores próximos a ella. Por tanto, no debe unirse el gran
arrendatario solamente a la zona meridional. Pues, si cabe, su
gestión era más beneficiosa para los terratenientes que poseían
tierra diseminada por amplias zonas. Por ejemplo, la duquesa
de Villahermosa arrendó en 1751 un total de 11 núcleos del
señorío de Luna a un reconocido miembro de la nueva nobleza madrileña: Juan de Goyeneche, En tan importante contrato no sólo entraban las tierras de pan, viñas, olivares y tierras
de huertas de su pertenencia, sino también los pastos, los monopolios señoriales y el cobro de los derechos dominicale ^ que
se percibiesen en cada uno de los lugares. La renta establecida
anualmente era de 3.960 libras jaquesas pagadas en dos pla-
(79) Memorial de 8 pueblos de Burgos donde explicaban las altas rentas
que habían de pagar a un gran arrendatario. Los vecinos se definen como
«infelices subarrendatarios». A.H.N. Consejos; leg.: 1.843.
100
zos: a primeros de enero y de junio (80). Obviamente, debía
resultar muy beneficioso este tipo de arrendamientos para que
un Goyeneche, miembro de una de las más poderosas familias
industrialés y comerciales ^ del. país -posteriormente
ennoblecida-, se introdujese en los mercados de la tierra. Y
lo eran. Y él no fué, en absoluto, una excepción. Muchos otros
financieros y comerciantes se dirigieron al mercado de la tierra como medio seguro de obtener beneficios. A tenor de la
protesta salmantina, solamente 4 de los 16 grandes arrendatarios que controlaban una dilatada parte de su tierra eran, únicamente, empresarios agrícolas. El resto diversificaba mucho
su gestión empresarial:^ había administradores, comerciantes
de paños, fabricantes diversos ^y varios ganaderos (81). La posible competencia del^ campesino era, en esas circunstancias,
casi ridícula: todo su capital lo constituían una o dos yuntas
de bueyes; lo imprescindible para poder trabajar la tierra. Su
descapitalización era manifiesta.
Los grandes arrendatarios también desempeñaban un notable lugar en la explotación del terrazgo manchego y andaluz. En la administración del estado señorial de Osuna, por
ejemplo, los grandes arrendatarios controlaban más del 60%
de las tierras que arrendaban al duque. Uno de ellos arrendaba en Morón de la Frontera 5 cortijos sin discontinuidad geográfica, redondeando 850 fanegas (82). Pero no era inusual
(80) Archivo Ducal de Villahermosa, Fondos Luna; leg.: 9, exp. 131.
El gran arrendatario se comprometía a obtener las tercias, primicias, pagar
a los curatos de la iglesia la congrua establecida, pagar a guardas y al resto
de los servidores. Había de respetar los escasos treudos que estuviesen vigentes y tenía total libertad para imponer las cláusulas contractuales a los
vecinos, sin ningún tipo de limitaciones. Los 11 lugares eran justamente la
mitad de su señorío aragonés, ubicado en las márgenes del Ebro y del Somontano pirenaico.
(81) A.H.N. Consejos; leg.: 1.534. Pieza, 2a. Uno de ellos vivía en Madrid y el resto en Salamanca y Ciudad Rodrigo.
(82) Contreras. Fomtas de exfilotación en Andalucía en ^[ siglo XVIII. En la
Economía Agrasia en la Historia de España. Madrid, 1978, pág. 235.
101
arrendar extensiones mucho más amplias en manos de una sola
familia. Los pelentrines de Marchena denunciaban la existencia de 1.600 fanegas en manos de dos hermanos, que eran los
grandes arrendatarios del lugar y, además, miembros de su
ayuntamiento. Y no era tampoco infrecuente que en un mismo término estuviesen en manos de un único arrendatario 2.000
ó 4.000 fañegas (83). Pero si resulta interesante el gran arrendamiento en todo el territorio español, en Andalucía se mostraba especialmente valioso. En efecto, la concentración de tierras en uno o varios cortijos y la mayor abundancia de fuerza
de trabajo, sin posibilidad de arrendar tierra directamente, colocaba al gran arrendatario como la figura elave en el proceso
productivo. Le necesitaban para su supervivencia tanto los propietarios absentistas, a la usanza tradicional, como los campesinos y jornaleros, los trabajadores de la tierra.
Sin embargo, el gran propietario español, no obstante su
absentismo, fué cada vez más consciente de la importaricia de
la tierra como fuente de ingresos. Y si la incuria le llevó a entregar una parte de sus propiedades a la burguesía agrícola,
no por ello olvidaba supervisar, con cuidado, todo nuevo espacio contractual. Eran frecuentes las alzas de las rentas contractuales cada 3 ó 4 años. Los propietarios sábían la utilidad
que sacaban los labradores de sus arrendamientos; por tanto,
los segundos habían de avenirse a sus exigencias. Era, en estos casos, cuando la protesta de estos labradores coincidía con
la de los campesinos. Acuerdos, como se ve, meramente circunstanciales.
No obstante, parecía que en algunas zonas se deseaba modificar las formas de explotación de la tierra basadas en el gran
arrendamiento. Algunos grandes propietarios empezaban a verlos ^ omo un claro peligro para la supervivencia de la clase terrateniente. Un rápido análisis a sus destacadas inversiones
(83) Así sucedía en los Estados de Osuna. Ver Contreras, pág. 296.
102
agrarias podía introducir ciertas dosis de envidia en los terratenientes.
Por otra parte, al menos en las zonas con extensas dehesas, la gestión de este empresariado no siempre coincidía con
los planteamientos «agraristas» de la mayoría de la sociedad
rural. Efectivamente, el gran arrendamiento era bastante usual
en las dehesas y despoblados, explotados preferentemente como tierra de labranza y de pastos por los ganaderos mesteños.
Numerosas veces ellos mismos invertían en el lucrativo negocio de la lana y aparecen en la documentación como ganaderos mesteños que arrendaban tierra para alimentar a sus ganados. Sin embargo, una parte solían siempre subarrendarla
a los vecinos de los pueblos, lucrándose a través de unos contratos difícilmente sostenibles para el campesinado. Muchas de
las dehesas y despoblados salmantinos estaban siendo explotados por este doble sistema qué tanto alteraba los ánimos de campesinos, terratenientes y del mismo equipo fisiocrático que presidía Carlos III.
En verdad, la propia comodidad de la clase terrateniente
les había facilitado mucho las cosas. Alguno de estos ganaderosempresarios acudían a los arrendamientos de esas dehesas de
«pasto y labor» solicitando, a menudo, el derecho de tasación
clue poseían los mesteños, para facilitarles la obtención de sus
pastos de invernaderos o de agostaderos (84). El propietario
que quizás había accedido a un arrendamiento escasamente ventajoso, veía puesta en tela de juicio la gestión de sus tierras,
tras la reiterada protesta del campesino subarrendatario. Le
había inducido la escasez de la tierra de cultivo y el legítimo
deseo expasionista del labriego.
En numerosas ocasiones, la nobleza y el clero terratenientes se veían cogidos entre dos fuegos. Algunos de ellos confe-
(84) Una clara exposición de las diferencias de estos pastos y de las peculiaridades de las dehesas en Gascón Bueno: E[ Yalk de Akudia durante el
sig[o XVIII. Ciudad Real, 1978.
103
saban su impotencia ante una gestión que, en cierta manera,
se les había ido de las manos.
'
El Cabildo de Ciudad Rodrigo había arrendado a Francisco Notario, importante ganadero y sexmero del campo de Argañán, 2.334 fanegas en diversos pueblos del partido. De ellas,
sólo subarrendaba a los vecinos 757, dejando como pastizales
las restantes (85). La protesta de los campesinos fué unánime
ante el Consejo de Castilla y también la de los grandes propietarios. El propio cabildo reconocía cómo habían caído en sus
redes:
«A1 solicitar y obtener el derecho de tasación por parte
del Concejo de la Mesta, no solamente sobre las tierras de
pasto, sino también sobre las de labranza que él había dejado como pastizales para su propio beneficio» (86).
Estas últimas razones eran, esencialmente, la base de la protesta del cabildo y de los restantes terratenientes: que no podían lucrarse en el mercado de tierras de Ciudad Rodrigo, pues
la tasación a la baja de las tierras por los privilegios de los mesteños les imponía una dura ^oartada a sus intereses. No era,
por tanto, la simpatía ante la debilidad de los campesinos lo
que les hacía unirse a sus protestas, sino el deseo de quedarse
libres de unos arrendamientos nada rentables.
En un memorial conjunto, los grandes propietarios de Ciudad Rodrigo -el cabildo, el marqués de Espeja, el de Castelar y diversos conventos- y los campesinos, mostraban cómo
de las 44.823 fanegas que 16 grandes arrendatarios controla-
(85) A.H.N. Consejos; leg.: 1.534. Pieza 21. El cabildo se lamentaba
de poseerlo como gran arrendatario, a través de un contrato por seis años,
1786.
(86) Notario, fué arrendatario del cabildo al menos durante 12 años; en
el primer contrato por seis años dejó una parte de la tierra de labranza como
pastizales que, en el segundo de los contratos, manipuló como tierras de pasto
para obtener los beneficios de la tasación para todas las dehesas, rebajando
notablemente el precio del arrendamiento.
104
ban, sólo dedicaban a la labranza 16.160, dejando el resto como pastizales para sus ganados o para los de otro demandante (87).
Un detallado análisis de la tierra que gestionaban en 12 pueblos de Ciudad Rodrigo, les mostraba a los ojos de la sociedad
agraria nada menos que como «causantes de todos los males
de la agricultura». Sin embargo, el papel de esa burguesía se
remontaba más allá del puro exclusivismo agrario. Y si la tierra era un negocio rentable, la ganadería, a mediados del siglo
XVIII, no lo era menos (88). Por tanto, el gran arrendatario
que no poseía una típica mentalidad agrarista, especulaba con
la tierra en las actividades que considéraba más provechosas.
Incluso parecía existir, en algunos de ellos, un incipiente
asociacionismo empresarial. Es altamente significativo comprobar cómo 3 de los «16 grandes» del partido nos los mostraban
las fuentes documentales, como asociaciones de varios burgueses
bajo el nombre de uno de los capitalistas. Así: Diego Domingo Plaza y«compañeros socios» arrendaban 1258 fanegas; Josef Pablo y«compañeros socios», 1.600; e Ignacio Rodríguez
y«socios», 1919 (89). No se ha encontrado en ningún otro lugar del expediente referencias similares a otras zonas peninsulares.
Así, el conflicto entre propietarios y grandes arrendatarios
(87) A.H.N. Consejos; leg.: 1.534, pieza 2a. Año 1791. Memorial conjunto de los terratenientes y campesinos de 12 pueblos de Ciudad Rodrigo
en contra de la actividad de los grandes arrendatarios. Los pueblos eran:
Zamarra, Sahelices, La Redonda, Bogajo, Bañobarez, Gallegos, Alameda,
Aldea, Atalaya, Campillo, Castillejo, Espeja, Olmedo, Pastores y Villar de
la Yegua.
(88) García, P.: estima a través de las cuentas de la Mesta, que distaban
mucho de estar en decadencia las actividades ganaderas mesteñas. Tesis doctoral en curso sobre la sociología de la Mesta en el siglo XVIII. En parecidas condiciones se expresa Mickun.
(89) A.H.N. Consejos; leg.: 1.534. Este tipo de características se ha encontrado entre los grandes.arrendatarios salmantinos. Pero, quizás no fuese
infrecuente su existencia en otras zonas peninsulares con amplias dehesas.
105
trascendía más allá de la zona salmantina. Estos empezaban
a ser temidos también en otras zonas peninsulares. El duque
de Arcos, el mayor hacendado del término de Marchena, también se sentía coartado -io más bien intimidado?- ante el
poder económico de sus arrendatários. En un memorial al Consejo en 1770 exponía la necesidad de poner coto a la capacidad
de arrendar tierra. En sus planteamientos explicaba:
«como ejercen el derecho de tanteo en tantas tierras que tienen arrendadas que el dueño cae en la falta de libertad para
arrendar sus propias tierras, por lo que se recrudece un daño gravísimo tanto para propietarios como para los labradores modestos» (90).
De nuevo, las razones esgrimidas por los terratenientes no
eran otras que el temor a que su aseendente poder económico
interceptase no sólo sus propias rentas, sino, incluso, su privilegiada situación político-social. Y, ciertamente, el derecho de
tanteo del que hablaba el duque podía significar, en la práctica, una notable atadura para los propietario. Puesto que el creciente control de la tierra en manos de estos arrendatarios restaba las posibilidades que, a través de las pujas, hacían incrementar el precio de los arrendamientos. Según esta lógica, si
se prohibía arrendar más allá de las 50 ó 100 fanegas de tierra,
los terratenientes podían ofertar nuevos precios en el mercado
de los arrendamientos cada tres o cuatro años. Así el cuidado
más directo de sus empresa^ agrarias se traducía en unas rentas más sobresalientes.
Las presiones que recibió el Consejo para poner un tope
a los arrendamientos fueron importantes. Provinieron tanto de
algunos terratenientes, como de la masa campesina deseosa de
tierras. Marchena, Jerez, Ecija, Palma del Río y otros muni-
(90) A.H.N. Consejos; leg.: 1.843. Pieza 3a. El duque elaboró este informe a petición del Consejo de Castilla, a la vista de la abundante protesta
campesina contra el poder de los grandes arrendatarios.
106
cipios andaluces solicitaron entre 1766 y 1769 esta restricción.
No debe olvidarse la existencia de aristocráticos terratenientes, rectores en los municipios andaluces.
Los hacendados de Ciudad Rodrigo, inmersos en un litigio de envergadura con los grandes arrendatarios, solicitaron
poder desahuciar a todo aquél que superase las 50 fanegas de
labranza. También los labradores y sexmeros de Segovia, Toro y Zamora solicitaron, repetidas veces, poner topes a la expansión arrendaticia. Tan abundantes Ilegaron a ser estas peticiones que el Consejo pidió la opinión de todos los intendentes, para establecer -en su caso- la delimitación de la superficie arrendable (91).
Las opiniones de los expertos provinciales fueron muy variadas. En general, eran consecuentes con el modelo que Cantillon y Quesnay habían dibujado. Preferían la existencia de
grandes arrendatarios, pues se les consideraba necesarios para
el incremento de la productividad agraria. Eran los únicos elementos no descapitalizados de la sociedad rural «activa» y temían que la debilidad financiera del campesinado fuese un freno
real al expansionismo agrario. Bruna, decano de la audiencia
de Sevilla, lo expuso con claridad:
«el reducir las grandes labores arrendadas no lo hallo conveniente, pues no hay en esta tierra un número necesario de
pequeños labradores autónomos de dos o cuatro yuntas, en
los que pueda distribuirse tanta labor» (92).
Y Olavide, que soñaba con convertir los latifundios en un
universo cultivable de 50 fanegas por campesino, tampoco consideraba oportuno implantar, por ley, una organización de difícil operatividad en Andalucía. En sus argumentaciones se mos-
(91) Solicitud pedida a los intendentes en 1768. En A.H.N. Consejos;
leg.: 1.844.
(92) Inforrne del decano de la audiencia de Sevilla, Francisco de Bruna,
A.H.N. Consejos; leg.: 1.844, pieza 3a. Año 1769.
107
traba muy escéptico: «delimitar el número de fanegas arrendables es ley muy peligrosa, se necesita prepararla mucho, pues
darla con celeridad sería muy perjudicial» (93).
Haciéndose eco de estos razonamientos, el Consejo no consideró conveniente acceder a las peticiones mayoritarias de algunos grandes terratenientes que tanto apoyaban los campesinos. Campomanes, Aranda y otros ministros y fiscales del Consejo pensaban como el decano Bruna. No deseaban restar poder a los que consideraban piezas claves para llevar adelante
sus planteamientos reformistas.
Enfrentamientos entre grandes arrendatarios y subarrendatarios
La importancia del poder de los grandes arrendatarios, generó en el mercado de la tierra un creciente número de subarrendatarios. Resulta difícil calcular la existencia numérica de
los campesinos subarrendatarios en la Corona de Castilla; pero la documentación muestra cómo en numerosos lugares de
las dos Castillas y de Andalucía, muchas entidades rurales no
estaban compuestas más que de subarrendatarios y jornaleros.
Cuantitativamente eran más numerosos en Andalucía, pero en
Castilla no era desdeñable su presencia en las amplias extensiones de tierras adehesadas del oeste y sur de la meseta.
Los 59 vecinos de San Martín del Río (Salamanca) solicitaron a la marquesa de Castelar, la mayor hacendada del lugar, que rescindiese el contrato al gran arrendatario que llevaba la explotación de sus tierras en el pueblo. Sus abusos e intimidaciones «les hacía vivir en gran miseria» pues sólo ponía
en subarriendo una parte de la tierra, haciendo granjerías con
las tierras restantes (94). Sin embargo, para la tranquilidad de
(93) A.H.N. Consejos; leg.: 1.844, pieza 3a, folio 118.
(94) El gcan arrendatario Nicolás Zurita, desperdiciaba para la agricultura 690 fanegas de tierra que dedicaba a pastos. Notario, era también un
importante ganadero, que pastaba en esas zonas, antiguas tierras de labranza.
108
propietarios y gestores provinciales, afirmaban tener ganado
de tracción suficiente para «llevar por nosotros mismos las labores agrícolas con la ayuda de 131 bueyes, 134 mulas y 125
zerretas».
Los pelentrines de Osuna denunciaban su indefensión ante los poderosos arrendatarios del Estado de Osuna -recuérdese
que controlaban la gestión de más del 60% de la tierra arrendada por el duque-. El ejercicio de su poder era irritante para el vecindario:
«pues no sólo se contentaban con arrendar las peores tierras
a precios muy crecidos, sino que además usurpan en pretendida propiedad, las tierras comunales, subarrendándonoslas
a los vecinos cuando somos los vecinos de Osuna los auténticos propietarios de esas tierras» (95).
El evidente deseo de poseer tierra en propiedad hacía cometer a los arrendatarios poderosos estas acciones, que violaban las leyes existentes. Pero la convulsiórt que supuso para
el campo el comienzo del repárto de las tierras de Comunales
y Baldíos, con las apropiaciones ilegítimas que conllevaron, no
hace excesivamente inaudita esta protesta.
En términos parecidos se pronunciaban los pelentrines de
Olvera y de Jerez. E1 tal extremo había llegado la indefensión
del subarrendatario jerezano que solicitaron ante el Consejo
la prohibición de los contratos de subarriendo en ese término (96). La insistencia en estas peticiones hizo que se concediese una ley, de 5 de febrero de 1768, que prohibía la práctica del subarriendo en el término de Jerez. Sin embargo, no
surtió los resultados apetecidos por los pelentrines; y tácita o
solapadamente los subarriendos continuaron realizándose.
Es conocida la importancia que el reformismo ilustrado concedió al gran arrendatario y, sin embargo, no fueron escasas
(95) A.H.N. Consejos; leg.: 1.842. Memorial de 2 de mayo de 1766.
(96) A.H.N. Consejos; leg.: 1.844. Memorial de los pelentrines de Jerez, de 16 de septiembre de 1766.
109
las críticas a las consecuencias que generaban sus planteamientos
capitalistas, incluso dentro de los propios seguidores de la política de «las luces». El intendente de Jaen, por ejemplo, coincidía con los campesinos de su provincia en acusarles de ser
los más directos causantes de las constantes subidas de precios,
como resultado de sú lucrativo negocio de mercaderes de
grano (97). Sin embargo, el equipo ilustrado no prestó demasiada atención a este tipo de argumentaciones y mantuvo su
confianza y prerrogativas a estos labradores.
No era infrecuente, sobre todo en Andalucía, la figura del
gran arrendatario eclesiástico, tanto secular como regular. El
intendente de Córdoba se hacía eco de las abundantes protestas de campesinos -y labradores- que condenaban la competencia clerical en el mercado de la tierra. Explicaban cómo
a pesar de la taxativa prohibición del Consejo, continuaban
arrendando amplias extensiones de tierra. Sobre el mismo asunto insistieron también los intendentes de Ciudad Real y
Granada (98).
Pero los eclesiásticos no pocas veces camuflaban su identidad bajo oscuros hombres de paja que en muchas ocasiones
figuraban incluso al frente de sus contratos. Arrendaban abundante tierra que explotaban como aventajados rentistas, subarrendando la parte menos fértil, de la que obtenían la plusvalía necesaria para pagar la renta al propietario sin apenas costos. Generalmente, la tierra más rica la reservaban para una
explotación directa que realizaban aprovechándose de la abundante y barata fuerza de trabajo jornalera. Dado que el precio
del trigo siempre estuvo por encima de las periódicas subidas
de la renta, los grandes arrendatarios fueron los más beneficiados, ya que el aumento del precio del cereal les favorecía
como labradores poderosos que eran.
Y, sin embargo, al aumento periódico de la renta del pro-
(97) Ibidem: folios 45-58.
(98) A.H.N. Consejos; leg.: 1.844. Todos ellos son informes de 1768.
110
pietario respondían con la misma tendencia en sus contratos
de subarriendo. Por ejemplo, los cartujos de Sevilla y de Jerez
quienes eran habituales arrendamientos grandes de las casas
de la nobleza. La cotidianidad de estos abusos con sus subarrendatarios la subrayó el fiscal de la chancillería de Granada
con estas palabras: «es práctica muy extendida y de difícil condena el gran arrendamiento de tierra a los eclesiásticos andaluces» (99).
Pese a la ley de 18 de febrero de 1768, que penaba el arrendamiento de tierra a eclesiásticos, la lucrativa práctica continuó. Su persistencia hizo formular al fiscal la oportunidad de
dar un fuerte escarmiento y, como en el caso de Córdoba, enajenar sus bienes a los clérigos infractores acogiéndose al fuero
dado para esa zona por Fernando III en 1269.
La persistencia de sus violaciones a la ley y la gran protesta de los campesinos ante los tribunales, estuvo en el origen
de tan dura proposición.
La crítica del fiscal de Granada se extendió al conjunto de
sus actividades:
«Pues con estas prácticas apartan a los seculares de lo que
Dios les da la máxima utilidad, como es la labranza, y no
se conforman con los privilegios, bienes y patrimonios, diezmos y primicias que poseen; eso junto a su vida de oración
y edificación debería de hacerles vivir en plena conformidad».
Bruna no esgrimió, en cambio, planteamientos tan radicales aunque, como decano de la audiencia de Sevilla, conocía
la importancia numérica del gran arrendatario eclesiástico. Pidió
al Consejo que se castigase con dureza a los violadores de la
• ley de 1768, y tanto a los arrendatarios como a los terratenientes que, conociendo la prohibición, arrendasen a eclesiásticos (100).
(99) Ibidem: pieza 3a. Añadiendo «que no es conforme con su vida de
oración y de edificación».
(100) Ibidem: folio 198.
111
Sin embargo, colegiatas, curatos, cabildos y monasterios
continuaron ejerciendo como intermediarios en el mercado de
la tierra ^El cura Juan Sánchez, arrendatario de 238 marjales
de tierra dé Oxijares (Granada) explotaba 140 de ellos con la
ayuda de jornaleros y subarrendaba el resto a los pelentrines
vecinos del lugar (101). Por otra parte, los vecinos de Cabañas de Sayago (Zamora) denunciaban las prácticas del gran
arrendatario de todas las tierras de propiedad nobiliaria del término, el deán de la catedral de Zamora, con estas palabras:
«de las 902 cargas de tierra que arrendaba, sólo subarrendaba 599 de pésima calidad, encontrándose los vecinos en gran
miseria y escasez de tierras» (102).
El arrendamiento de amplias extensiones de tierra era, por
tanto, un saneado negocio que no escapaba ni a la habilidad
de la burguesía ascendente, ni a la del estamento eclesiástico
que supo burlar las prohibiciones existentes.
Los subarrendatarios fueron los que pagaron el coste de tan
rentables acciones. Permanentemente expuestos a posibles desahucios, las pujas secretas de los labradores hací^n obsoletos,
con frecuencia, contratos hechos sólo dos o tres años antes.
La escasa elasticidad del mercado de la tierra hacía competidores entre sí a los diversos niveles del campesinado, permanentes demandantes de tierra. Pero no sólo con estas prácticas solapadas se les sustraía de la posibilidad de acceder a la
tierra, sino que enfrentaban al débil tercer estado entre sí, desdibujando y minimizando la organización caciquil instaurada
en el suelo español.
(101) Los pelentrines se quejaban de las altas rentas que les solicitaban
en los contratos de subarrendamiento, así como los menguados jornales que
pagaban a los braceros. A.H.N. Consejos; leg.: 1.844, pieza 3a, folio 1-16.
(102) A.H.N. Consejos; leg.: 1.842. Febrero de 1770. A pesar de la prohibición con carácter nacional desde 1768, no parece que hubiese surtido
efecto esta ley.
112
Enfrentamientos entre propietarios y pequeños arrendatarios
El conflicto entre propietarios y arrendatarios modestos aparece a la luz de la documentación histórica como un motivo
de tensión muy importante en la sociedad del siglo XVIII.
El pequeño arreridatario entra, de lleno, en la conceptualización que se ha hecho del término campesino. La explotación
de la tierra arrendada la hacía ayudado por la capacidad de
trabajo que podía generar su propia familia y por su escaso
capital que se concentraba en una o dos yuntas de ganado de
tracción.
Pese a la ambig ^edad del término labrador -ya que englobaba tanto a propietarios como arrendatarios- las dos Castillas se mostraban como las zonas con predominante población de pequeños arrendatarios. P. Vilar ha puesto de manifiesto cómo en casi todas sus regiones sus porcentajes superaban el 70% de la población agraria activa, ampliándose más
su importancia numérica a las dos orillas del Duero, y decreciendo, simétricamente, en las zonas surcadas por el Tajo. Toro
se podía formular como modelo para las zonas ubicadas en torno
al Duero: el 74,8% de su población agrícola estaba formada
por labradores y hortelanos frente al 25,2% de jornaleros y pastores. Y, por otra parte, Toledo resultaría modélica como representante de las tierras allende el Tajo: el 39,3% de su.población activa agraria eran labradores, mientras que los jornaleros se elevaban a un 60,7% según ha precisado Javier
Donézar (103). Pese a la dificultad de ubicar correctamente a
(103) Vilar, P.: Structures... A la luz del Catastro, sólo es posible operar
genéricamente con los conceptos de labrador y hortelano -que incluyen propietarios y arrendatarios- y jornaleros y pastores que suponen dos conceptos diferentes de asalariados. Sin embargo, como ha explicado Donézar: labradores eran los que podían vivir de sus tierras -y además podían ser
arrendatarios- y jornaleros eran los que, aun teniendo alguna tierra, debían trabajar a costa de otros para completar su subsistencia. Donézar: Riquezay propiedad... Por eso los datos catastrales, interpretados fielmente, resultan cada vez más atractivos como reflejo de la sociedad peninsular.
113
los labradores pequeño-arrendatarios, -similar a la de desagregar a la población bracera de los pastores con los que se les
consignó globalmente-, las cifras pueden ser tomadas como
orientativas. Y, sin embargo, Andalucía suponía una diferenciada réplica al modelo castellanó. Aquí el porcentaje de mano de obra asalariada -los jornaleros- superaban, en cambio, con creces, el 70% de la población activa agrícola; en la
provincia de Granada suponían el 85,5% el 72,5% en Jaen,
el 71,6 en Granada..., cifras que mostraban la escasez de pequeños arrendatarios y de otros status englobados en la voz
campesinado.
Por tanto, cuando se hable del conflicto entre campesinos
arrendatarios y propietarios, la ubicación territorial será predominantemente la ^astellana, sin olvidar la importante presencia de estos grupos en otras zonas de la antigua Corona de
Aragón (104). No es de extrañar el protagonismo castellano
en el expediente de Ley Agraria, pues el mayor bagaje numérico del campesino arrendatario imponía un ritmo de protesta
más ágil y contundente que la que se podía generar en una
predominante población jornalera, sin existencia Fiscal y, por
ello, difícilmente demandante en toda sociedad del Antiguo Régimen.
E1 pequeño arrendatario -castellano o andaluz- no era,
sin embargo, un grupo homogéneo. No podía serlo, pues la
mayor o menor cuantía de su ganado de tracción era elemento
determinante a la hora de poder acceder al mercado de la tie- '
rra arable. Desde los más modestos campesinos que con un asno
intentaban continuar su maltrecha subsistencia, -sin descen(104) La importancia numérica de estos pequeños arrendatarios era sobresaliente en Cataluña, Valencia, Baleares y Aragón. Pese a la inexistencia de Catastros al modo castellano, se ha mostrado cómo suponían la base
para la explotación de sus respectivos terraz ^os. Los trabajos de la revista
Studis para Valencia y las diversas monograGas para Cataluña, muestran
la importancia de estos colonos. En Aragón sucedía algo similar; ver Ortega, M.: La explotación de la tiena en el Estado de Luna en el siglo XVIII. En Estado
actua[ de [os estudios sobre Aragón. Volumen II, Zaragoza, 1981.
114
der el escalón que les separaba de los braceros, arrendando escasas suertes de tierras-, al trabajador de par de mulas o al
que -con dos pares- no obtenía la tierra necesaria para aprovechar su ganado o sus posibilidades de trabajo.
Sin ánimo de agotar esta cuestión, sumamente importante
por las fuertes relaciones de dependencia que implicaba la existencia del ganado de tiro, en el expediente fueron perfectamente
constatables las existencias de estos tres tipos de pequeños arrendatarios.
Así, Felipe Sánchez, vecino de Illescas (Toledo), propietario de un a^no arrendaba una pequeña heredad de tierra «para
su miserable susténto» (1,05). O Juan Terrones, arrendatario
del cabildo de Segovia, de una parcela de 26 obradas en Abades que labraba con su única yunta de bueyes (106). O, el caso de dos labradores salmantinos, de Espeja, «que viven con
mucha dificultad por no. tener tierra suficiente en la que emplear sus dos yuntas de mulas» (107). Sin embargo, la existencia de dos yuntas significaba, en la sociedad rural del Antiguo
Régimen, un status superior y nada desdeñable si se le unía
una proporcional superFcie de tierra arable. En ese caso, incluso resultaba dudosa su pertenencia al campesinado entrando, sin ambages, a formar parte de la élite rural (108).
Por eso las estadísticas dadas por Canga Argiielles ofrecen
cierta luz en la compleja y estratificada sociedad agraria del
Antiguo Régimen. Para la provincia de Salamanca, por ejemplo, la base de la explotación de su terrón eran los:
(105) A.H.N. Consejos; leg.: 1.843. Año 1770.
(106) A.H.N. Consejos; leg.: 1.840, pieza G, noviembre de 1977.
(107) A.H.N. Consejos; leg.: 1.834. En Espeja, el evidente descenso de
la superficie cultivada en la segunda mitad del siglo XVIII, no hacía infrecuente la existencia de trabajadores arrendátarios, que infrautilizaban sus
posibilidades agrarias.
(108) En la Mancha, estas delimitaciones eran perceptibles, incluso con
mayores matizaciones, ya en los siglos XVI-XVIII. Ver López de Salazar:
Estructuras Agrarias y Sociedad Rural de la Mancha en los siglos XVI y XVII. Tesis
doctoral inédita, Madrid, 1980. Universidad Complutense.
115
15.223 arrendatarios
2.603 propietarios
12.613 jornaleros (109)
E1 elevado número de los jornaleros agrícolas -tan silenciados en la conflictividad del expediente- estaban relacionados con la explotación de las dehesas y despoblados llevadas
directamente por los terratenientes o por la burguesía rural.
Si el Catastro de Ensenada no diferenció el status de propietario del de arrendatario, -porque no le interesaba- mucho menos hizo para delimitar el uñiverso de grandes y pequeAbades (sexmo de San Millán, Segovia). Término 2.100 obradas
Propietario
Vecinos
Obradas
Clase
Cu[tiao
5
8
3
430
220
150
Labrantío
Labrantío
Labrantío
Pan
Pan
Pan
Catedral de Segovia
Convento Santa María
Una vecina del pueblo
9
410
Labrantío
Pan
Marqués Quintana
3
1
4
2
2
1
1
1
1
100
70
70
60
70
70
46
26
18
60
90
80
14
16
40
40
Labrantío
Labrantío
Labrantío
Labrantío
Labrantío
Labrantío
Labrantío
Labrantío
Labrantío
Labrantío
Labrantío
Labrantío
Labrantío
Labrantío
Labrantío
Labrantío
Pan
Pan
Pan
Pan
Pan
Pan
Pan
Pan
Pan
Pan
Pan
Pan
Pan
Pan
Pan
Pan
Marqués Paredes
Convento Encarnación (Segovia)
Marqués Lozoya
Mayorazgo Mampasos
Mayorazgo Riofrío
Mayorazgo Vela
Carmelitas descalzas (Segovia)
Capellanía Segovia
Marqués Gramosa
Marqués Ontiveros
Un vecino Fuentepelayo
Monjas San Vicente (Segovia)
Un vecino Valverde
Curato del pueblo
Convento San Agustín (Segovia)
Cuatro hermanos de Segovia (110)
2
1
1
1
3
(109) Canga Arg ^elles: Diccionario de Hacienda. Madrid, 1834.
(110) A.H.N. Consejos; leg.: 1.840, pieza G. Noviembre de 1777. Informe del ayuntamiento de Abades al Consejo de Castilla.
116
ños arrendatarios. Sin embargo, la documentación cualitativa
que mostró el expediente, próporcionó una masiva abundancia de pequeños arrendatarios. Abades, lugar segoviano, puede ser bastante representativo del predominio de este campesinado pequeño-arrendatario en la explotación de la tierra de
Castilla la Vieja.
Como se ve es modélico en cuanto a mostrar la unidad de
explotación de su término, tan usual en Castilla la Vieja, y en
cuanto a la notable y variada concurrencia de nobleza y clero
en la propiedad de la tierra. La mayoría de sus 70 vecinos eran
pequeños arrendatarios de los conventos y mayorazgos provinciales. Sólo una vecina residente en el lugar, podía considerarse como élite por ser propietaria de 150 obradas de tierra.
Sin embargo, el resto de los convecinos se habían de conformar con un promedio de 30 obradas de tierra en arriendo. Cifra, por lo demás, extrémadamente baja si se tiene en cuenta
que la tierra de la provincia se rozaba con un sistema de alternancias de año y vez (111). No obstante, este pueblo aún podía considerarse afortunado; en otros como El Fresno, de señorío solariego, esa proporción resulta ridícula: 16 obradas por
vecino. Evidentemente, 96 obradas labrables de término eran
muy poca tierra para los seis pequeños arrendatarios. El memorial de sus vecinos explicaba junto a la deficiente calidad
de sus tierras de cultivo, la existencia de una utilización mixta
del terrazgo municipal: el vizconde poseía un elevado número
de cabezas de ganado en el término. El campesinado deseaba
poseer más tierra arable a costa de «roturar las buenas tierras
de prados y pastos que no se aprovechan a conciencia» (112).
Dada esa escasez de tierra, la complementariedad hacia otros,
(111) Grupo 75: La uonomía... La alternancia al tercio era más infrecuente
en Segovia.
(112) A.H.N. Consejos; leg.: 1.840. Era uno de los pocos señoríos solariegos que hemos registrado en este trabajo; ya que a la jurisdicción, el vizconde poseía, <^la propiedad de todas las tierras del término^>. Pieza G, folio
536. Memorial de 1778.
117
ámbitos de producción como el sector pecuario o el artesanado textil dentro de la familia campesina, se imponía como ineludible forma de vida (113). La importancia de la ganadería
estante y trashumante y la aplicación en las labores textiles de
paños finos, sayales y jergas, estameñas, lienzos y estopas, significaba el necesario refuerzo para la célula familiar campesina. Sin embargo, esta diversiFicación sectorial de las economías
agrarias segovianas no era demasiado corriente en otras zonas
de la corona castellana que vivian únicamente del campo. E1
conflicto por obtener más extensión de tierra de labranza será
allí, por consecuencia, mucho más agudizado. Los trabajadores segovianos, según estas consideraciones, podían sentirsé
afortunados con respecto a los de Burgos, Zamora, Toro y los
partidos alejados del centro textil de Béjar.
Los problemas que el pequeño arrendatario mostraba como lo ^ más corrierites y que les enfrentaban al propietario se
reducían preferentemente a tres. El que aparecía como más
importante, cuantitativa y cualitativamente, era la constante
subida de los precios de los arrendamientos de la tierra; con
un desarrollo variado en cada región, le correspondía el 63%
del conflicto que el expediente presentaba. En segundo lugar,
el originado por los abusos que propietarios y burguesía rural
hicieron en el reparto de tierras de Propios y Baldíos: suponía
el 20% de la problemática del expediente. Los problemas entre vecinos y forasteros, o los que enfrentaban a pueblos con
términos próximos, suponían el 6,6% de la conflictividad total, por lo demás, íntimamente relacionada con la primera de
las tensiones. El resto se repartía entre los enfrentamientos de
subarrendatarios y terratenientes o burguesía rural y otros de
menor trascendencia. En este apartado consideraremos, globalrriente, el primer y tercer motivo de tensiones y analizaremos en otro capítulo las cuestiones sobre el mal reparto -al
decir del campesino- de las tierras de Propios.
(113) García Sanz: Desanollo y crisis... Pág. 246.
118
Como se ha dicho, el conflicto fundamental mostrado en
el expediente es la subida de los precios de la renta de la tierra,
en correspondencia con el alza de la demanda de los granos
resultante del incremento demográfico y de la liberalización
del comercio de granos. Eran estas tensiones las más evidentes en las relaciones que enfrentaban al clero secular y regular
-con el 90,8 y 76,4% respectivamente- con sus colonos. Por
contra, la nobleza y los propietarios particulares, tenían más
diversiiicados sus enfrentamientos.
Clasificación de los conflictos en función de los propietarios
Núm. conflictos
V alores absol.
Valor porcen.
Propietarios
noblesparticulares
secu[ar
62
50%
43
34,7%
j^lesia
Monaslerios
Ordenes
Total
Militares
17
13,7%
2
1,6%
124
100
Clasificación de los conflictos en función de las causas
Causas
Subida
Ma! reparto
Núm. conflictos
p recios
de las tiesras
Su b arrien dos
de propios c.
Valores absol.
Valor porcen.
78
63%
25
20%
Problema
^tre pueblos
aecinos y
Total
forastaos
13
10,4%
8
6,6%
124
100
La subida de las rentas contractuales ocupaban un 38,7%;
idéntico porcentaje suponían las demandas campesinas sobre
los abusos en el reparto de la tierra de Propios; lós problemas
de Iqs subarriendos alcanzaban el 11,3%, lo mismo que los litigios entre forasteros-vecinos o entre pueblos por tener más
superficie de cultivo.
Uno de los efectos más conflictivos que la liberalización del
comercio de granos generó a la sociedad española fué el incre-
119
Clasificación de los conflictos en función de
la interrelación causa-propietarios
Litigios
Mal
Causas
Subida de
reparto
Profiietarios precios
tierras de
propios
Subamendos
^tre
pueblos
cer.canos
Total
Años
de las
demandas
y , forast.
Nobles:
Val. absol.
Porcent.
24
38,7%
24
38,7%
7
11,3%
7
11,3%
62
100
1766-1784
-
I gle. sec.
Val. absol.
Porcent.
30
90,8%
1
2,3%
3
6,9%
-
43
100
1764-1807
-
M onaste.
V al. absol.
Porcent.
13
76,4%
-
3
17,3%
1
5,9%
17
100
1764-1783
-
Ord. Mil.
Val. absol.
Porcent.
2
100%
-
-
-
2
100
1767-1784
-
mento del precio de los arrendamientos de la tierra. Los que
^padecieron sus consecuencias directas no fueron otros que los
cultivadores de la tierra quienes, como dice Artola, vieron así
sellada la alianza de la aristocracia con los especuladores en
contra de sus intereses. El fracaso del idearium ilustrado que
esperaba mejorar, sustancialmente, la vida del campo a través
de este liberalismo económico, fué maniFesto para la sociedad
campesina. Pero difícilmente se podía esperar una modificación en el despegue de la productividad agraria sin incidir sobre el régimen de propiedad de la tierra. La especulación con
los arrendamientos de la tierra fué mucho más feroz tras la ley
de 1765, y colmó la paciencia de la sociedad campesina.
La subida de la renta contractual
No solían respetarse los cortos contratos de arrendamiento
que imponían los terrátenientes a los colonos. Por lo que mu-
120
chos de ellos, a pesar de su evidente casuismo, no se terminaban. El campesinado, veía cada vez más difícil lograr una mínima estabilidad laboral, necesaria para la más cuidadosa gestión agrícola. El desaliento y el desarraigo ante la tierra que
cultivaban por tan poco tiempo, eran las respuestas extendidas a este estado de cosas. ^
El desahucio fué el mayor mal que se pudo infringir a la
sociedad campesina. Y el temor a no ser desahuciado justificaba toda una filosofía de extralimitaciones y de abusos que
se practicaban desde los terratenientes, y que se aceptaba
-como mal menor- por los labriegos. Este temor no hacía
infrecuente qué se pusiesen ataduras a la libertad de denunciar y demandar a los tribunales por parte del arrendatario 0
que, sin esa prohibición, el miedo impidiese su formulación.
Veinte campesinos zamoranos, arrendatarios del cabildo de la
ciudad denunciaron,.tras muchos problemas, la prohibición
efectuada por el cabildo de acudir a los tribunales civiles. O,
por ejemplo, varios pequeños arrendatarios del duque de Alba mostraron cómo el miedo les había impedido denunciar los
abusos que se estaban cometiendo en la concreción del precio
de los arrendamientos en Salamanca (114). Así Fabian García, vecino de Pitigua (Salamanca), demandó el convento de
la Paz de la misma ciudad por desahuciarle a los 3 años de un
arrendamiento establecido para seis. Acusó al convento de haber
dado el arriendo a otro vecino que se valió de pujas secretas
más altas para obtener esa tierra (115).
Y es que la generalización de las pujas servía, admirable-
(114) Ambos en A.H.N. Consejos; leg.: 1.842. En e1 primer caso, hubo
enfrentamiento entre el poder civil y el religioso, e incluso una resolución
real que condenaba la competencia de los tribunales religiosos para mediar
en los conflictos entre el cabildo y sus renteros. En el segundo caso las desorbitadas rentas impuestas a partir de 1770 soliriantó la paciencia campesina.
(115) A.H.N. Consejos; leg.: 1.842. Año 1765. Fué desahuciado por un
tribunal eclesiástico de Salamanca.
121
mente, a los intereses de los propietarios, interesados en el incremento de sus rentas. El duque de Montellano, por ejemplo, desahució en septiembre de 1782 a varios vecinos de Carabias (Salamanca) tras dos años del contrato que no se Finalizaba hasta dos años más tarde. El notable aumento del precio
del contrato, que pasó de 3.000 reales, 3 carros de leña y 12
pavos a 4.000 reales, 12 pavos y tres arrobas de lana, fué la
causa desencadenante (116).
Algunas veces la subida de las rentas contractuales resultaba de difícil credibilidad. Entre 1770 y 1771, un arrendamiento pasó en Garcigalindo, de 5.500 reales a 10.000 reales. Como es natural, el duque de Alba, como propietario negó la veracidad de la demanda de su arrendatario (117). Sin embargo, la insistencia de otros pequeños arrendatarios en lugares
próximos, mostraba en términos cualitativos cómo la protesta
campesina radicaba en una brusca subida de los arrendamientos. Los renteros de Santibáñez, Carnedo y Castañeda también denunciaban la duplicación de sus rentas en el período
1770-1771. En cualquier caso, estos memoriales mostraban una
reduplicación dé rentas a arrendatarios salmantinos de envergadura superior a cualquiera otra demanda recogida en el expediente. ^Fué una simple revisión de rentas obsoletas o quizás el control en la gestión de la tierra que el nuevo duque de
Alba introdujo tras su nombramiento? Parece que las dos cosas. Ya que el arrendatario de Garcigalindo explicaba cómo
la renta de esas heredades de tierra apenas había variado en
25 ó 30 años, y se extrañaba mucho de la nueva dinámica impuesta por el nuevo titular de la casa ducal (118). Resultaba
(116) A.H.N. Consejos; leg.: 1.534. Denuncia reiterada por abundantes colonos de esa tierra.
(117) A.H.N. Consejos; leg.: 1.840. Según el cámpesino se vió forzado
a pagar esa renta bajo la amenaza de desahucio efectuada por el administrador del duque.
(118) La renta que pagaron sus padres durante años había sido de 4.500
reales, que se habían incrementado en 1.000 más en ese momento.
122
igualmente curioso constatar cómo todavía existían algunos
arrendamientos herenciales como reductos de una época anterior con escasa demanda de tierra. Tales arrendamientos fueron terminándose como consecuencia de la lucha por la obtención de superficies árables que acompañó el transcurrir final
del Antiguo Régimen peninsular. Las pujas y el desahucio serían, seguramente, sus más directos causantes.
Pero esta acusada subida de las rentas no sólo eran periódicas en la explotación de las tierras de la nobleza. Las de la
Iglesia seguían parecidas pautas. Un colono del cabildo de Salamanca mostraba la dinámica alcista que se le había impuesto entre 1759-1765. En tres etapas sucesivas se le había forzado a pagar por sus tierras arrendadas de 2.500 a 8.450 reales;
pero lo más destacable era el grado de coacción al que se le
había sometido. Existía una cláusula contractual por la que se
obligaba al colono a no demandar al canónigo racionero ante
la justicia en caso de existir inconveniencias y litigios. Y más
sorprendente aún fué la retirada de su demanda en 1766, ante
la dureza de las presiones a las que -seguramente- hubo de
hacer frente. Según su propio testimonio invalidó su demanda
«pues estoy de acuerdo, convencido y compuesto con el canónigo racionero y el^ cabildo de Salamanca» (119).
Muchos otros pueblos sufrían la presión del cabildo y conventos salmantinos, especialmente en los sexmos supeditados
al corregimiento de la ciudad, un importante asentamiento de
la propiedad eclesiástica (120). Sus propios arrendatarios en
Doniños, Santa Marta, Castellanos, Tejares, Villares de la Reina y Arrabal de la puerta de Zamora, explicaban al Consejo
los numerosos desahucios injustificados que se estaban desa-
(119) A.H.N. Consejos; leg.: 1.841. Memorial de Lorenzo Sánchez, vecino de Terrones.
(120) Mateos: La España del Anti,^uo Régimen: Salamanca. Esta presión descendía según se iba alejando de la circunscripción ciudadana. Salamanca,
1979.
^
123
rrollando en la mayor impunidad y a pesar del cumplimiento
estricto de las obligaciones contracturales del vecindario.
Verdaderamente ilustrativa de la indefensión y manipulación de los pequeños arrendatarios. castellanos fué la apostilla
que un escribano añadió a las alegaciones campesinas. Explicaba al Consejo la irrelevancia numérica de la protesta campesina ante la amplia generalización de los desahucios en Salamanca y añadiá: «pero los arrendatarios se vén impotentes
para defender sus ^ontratos pues los propietarios eclesiásticos
siempre ganan en los pleitos por desahucios» (121).
A pesar de las numerosas leyes que el Consejo de Castilla
envió con circunscripción local -como correspondía al ordenamiento legislativo del Antiguo Régimen- prohibiendo los
desahucios injustificados, la situación no se alteró sensiblemente.
La dificultad de supervisar la organización de multitud de núcleos rurales dispersos y con diversos propietarios hacía casi
inviable la resolución de esas ideas. Además, propietarios y
grandes arrendatarios negaban en los pleitos las denuncias señaladas por los coloños. La inexistencia de funcionarios o inspectores que investigasen la veracidad de las cuestiones expuestas convertía en papel mojado cualquier noble intento de mejorar la situacióñ campesina.
Las subidas de las rentas contractuales fueron también importantes en el campo andaluz, aunque existen en el expediente
insuFicientes datos concretos, pues la escasez e indefensión de
los pelentrines era -si cabe- más acusada que la del pequeño arrendatario castellano. La información predominante aquí
era la que síndicos, diputados del común, intendentes y audiencias proporcionaron al Consejo de Castilla con evidentes matices ideológicos. Se echa en falta la demanda directa de tantos
arrendatarios de la meseta. No obstante, sí existen algunos me-
(121) A.H.N. Consejos; leg: 1.842. Anotación hecha al margen del memorial enviado por varios pueblos contra el cabildo de Salamanca.
124
moriales que, como excepción, mostraban los problemas de estos pelentrines.
Los vecinos de Bornos (Cádiz), enviaron en 1769 un memorial que ilustraba sobre la dificultad de arrendar tierra directamente sin la mediación de los grandés arrendatarios. De
los 90 vecinos, sólo había 10 privilegiados que, por poseer una
o dos yuntas podían obtener algún «arado de tierra», pero veían
muy difícil continuar en estos arrendamientos por la espectacular subida de la renta que se había originado a partir de
1765 (122). Dos grandes arrendatarios eran los que explotaban la tierra del término. El resto era una amplia masa de jornaleros sin voz.
La protesta del pelentrín andaluz se concentró en torno a
los críticos años 1766-1769. La esterilidad generalizada de muchas zonas andaluzas -como en la mayoría de la tierra peninsular- hizo aumentar las demandas campesinas, mien'tras mostraban su deseo de ampliar la superficie de tierras de cultivo
controladas por pegujaleros o pelentrines. Y es que; el incremento de los precios del trigo alcanzó cotas espectaculares en
los núcleos andaluces. Los vecinos de Tablada (Sevilla) explicaban cómo la escasez de trigo hacía pagar en 1766 «más de
180 reales por fanega y es práctica corriente pagar 240 a 250
reales» (123). En su demanda criticaban la imposibilidad de
obtener alguna suerte o arado de tierra que les facilitase mantenerse un poco al margen del negocio -entonces sobresaliente- de los comerciantes de granos. Los pegujaleros de Tablada decían que «sólo tres arrendatarios de una yunta pueden
(122) A.H.N. Consejos; leg.: 1.843. «Los arados» eran heredádos de tierra
de cierta magnitud, ^^en torno a 40 ó 50 fanegas», que se solían obtener por
el sistema de pujas. El incremento de los precios agrícolas había originado
el aumento de la demanda de la tierra arable y, por lo tanto, había encarecido mucho la renta contractual.
(123) A.H.N. Consejos; leg.: 1.844, pieza 4a, folio 29. Memorial enviado el 14 de junio de 1766, en plena crisis de esterilidad.
125
escapar a tan saneado negocio». No parece que había, por tanto,
más allá de una docena de pequeños arrendatarios en los populosos municipios andaluces. Y hay que supóner que la supervivencia de su status relativamente independiente de la burguesía rural sería persistentemente torpedeado por estos ges=
tores de la mayoría de la tierra.
Un pelentrín de Medina Sidonia, mostraba la subida de
la renta contractual a la que se había visto sometido entre 1764
y 1768. El incremento había pasado de 1.500 reales a 2.800;
pero el campesino explicaba cómo no podía permitirse el lujo
de rechazar el contrato pues «los tres labradores poderosos no
dejaban más tierra del duque que arrendar y tendrían gran contento con pujar la tierra arrendada a palentrines y pegujaleros» (124).
Sin embargo, muchos otros campesinos no pudieron hacer
frente al brusco incremento de las rentas contractuales, tan habituales en las economías preindustriales. En Andalucía, como en el resto de la península, los años- 1766-67, 1770-71,
1787-89 y 1803-04 (125) supusieron un descenso real de la pequeña participación del arrendatario modesto en el mercado
de la tierra. No todos los campesinos pudieron hacer frente,
como el colono de Medina Sidonia, al incremento de las rentas y, no pocos, no tuvieron otra salida que ofertar su fuerza
de trabajo a través de un jornal: 133 braceros del Campo de
Gibraltar explicaban al Consejo en 1769 cómo más de la mitad de ellos eran pelentrines «que araban varias `suertes' o`arados' de tierra antes de la gran calamidad y esterilidad de 1766
(124) A.H.N. Consejos; leg.: 1.844, pieza 6a.
(125) Las demandas más importantes de campesinos al Consejo. se concentraron preferentemente en torno a estos momentos críticos de la producción agrícola. La carestía de los granos empujaba a incrementar constantemente las rentas de la tierra. Estos años fueron tan diCciles para Andalucía
como para el resto de Castilla. Ver Anes: C^úis agrarias...
126
que hizo muy dificultoso su permanencia en esas tierras» (126).
El pequeño arrendatario fué escaseando en la sociedad rural meridional. No podía tener una situación prepotente en la
lucha por la tierra que el expediente mostraba. Su poder arrendaticio fué disminuyendo al carecer de bienes propios para ofertar como posible hipoteca al terrateniente. El absentismo de
los propietarios y la enorme competencia de la burguesía rural
hizo especialmente difícil su subsistencia.
Enfrentamientos entre vecinos y forasteros por el arrendamiento de tierra
Pero la escaséz de tierra de labranza no sólo enfrentaba a
los detentadores de la propiedad y a sus explotadores. El conflicto trascendía directa o indirectamente a los más diversos ámbitos de los núcleos rurales. Si los labradores, grandes arrendatario de la comarca, eran los más beneficiados en el mercado de la tierra, los forasteros mañeros no deseaban quedarse
atrás.
Profesionales liberales, comerciantes, regidores u otros cargos administrativos no quisieron estar al margen del interesante negocio de arrendar tierra. La salida escogida por estos
«forasteros» -como los denominaban los campesinos- fué pedir títulos de vecindad en varios lugares a la vez. Esta vecindad se realizaba a través de ficciones o triquiñuelas (127) que
mostraban a los ayuntamientos respectivos y que les permitía
concurrir en pie de igualdad jurídica con los campesinos y con
notoria superioridad económica. Esta mayor capacidad económica jugaba en su favor a la hora de ofertar y pujar por enci-
(126) A.H.N. Consejos; leg.: 1.840. Memorial de jornaleros del campo
de Gibraltar al Consejo de Castilla. Es éste el único caso de petición directa
de tierra por parte de unos braceros que se recopila en el expediente de Ley
Agraria.
(127) Para mostrar su vecindad solían alquilar o construir una casa que
no era habitada permanentemente; se habitaba únicamente unos días al año
para corroborar la Ficticia vecindad.
127
ma de las posibilidades campesinas y se concretaba en un progresivo acaparamiento de la tierra de labranza. Los vecinos se
veían privados, -una vez más desalentados-, de sus posibilidades arrendaticias y frenados por tan desiguales competidores. La protesta, insistentemente esgrimida ante el Consejo,
mostraba la sutileza y falsedad de tantos «vecinos mañeros» que
les impedía acceder como pequeños arrendatarios al cultivo de
la tierra. Por estos métodos, se les iba también mermando su
participación en las tierras de Propios o Gomunales, ya que
los recursos de la comunidad se disfrutaban proporcionalmente a la cantidad de tierra que se labrase en ese término. El resultado fué un paulatino empobrecimiento del pequeño campesino que se veía burlado y acosado por los «forasteros» en
su propia tierra.
Los vecinos de 6 pueblos salmantinos, próximos a la capital, denunciaban la imposibilidad de arrendar tierra «pues varios letrados de la vecindad, forasteros al término, han hecho
habitación jurídica en estos pueblos para arrendar más fácilmente las tierras labrantías» (128).
Pero no sólo eran abogados y letrados los que obtenían el
título de vecindad para comercializar con el mercado de la tierra. Muchos miembros de los sectores terciario y secundario
veían así abiertas sus posibilidades de competir e invertir en
el rentable negocio de la tierra. Son abundantes las protestas
campesinas que denuncian a los carreteros, trajineros, taberneros, mesoneros, ganaderos... por realizar esas prácticas. Y
la mayor envergadura de sus capitales jugaba en contra de las
pujas que ofertaban los propios campesinos. De paso, los terratenientes veían incrementadas sus rentas ante la existencia
de tantos competidores ávidos de tierra.
Especialmente notable fué la extensión de los «vecinos ma-
(128) Los pueblos eran Bodino, Cañadino, Samasita, Arena de la Rivera, Aldea Gutiérrez, Santamaría. En A.H.N. Consejos; leg.: 1.840. Memorial de 1.777.
128
ñeros» por Andalucía, más concretamente en la provincia de
Granada. Existen numerosas demandas de la totalidad de los
municipios de la vega granadina (Santa Fe, Churriana, Purchil y Cullar de la Vega, Nijar), y municipios sevillanos como
Marchena, Palma del Río, Ecija, etc., denunciaron la desleal
competencia de los forasteros en los arrendamiento9 de tierra.
EI largo pleito que enfrentó a los pelentrines de Santa Fe
con los forásteros explicaba en profundidad esas dificultades.
Fue tanta la contundencia de las pruebas presentadas por los
vecinos que el Consejo concedió una real resolución para Santa Fe, que sirvió posteriormente de modelo extensible a otras
zonas demandantes. Según esta resolución -de 1764- «los
pecheros, legos con familia y casa poblada permanente han de
ser preferidos siempre sobre los forasteros en los arrendamientos
de tierras» (129). Más tarde, la vega de Granada también tendría una resolución concordante con este espíritu. Mas a pesar de la evidente preferencia del vecino estable frente al mañero, estas leyes no supusieron un gran alivio para el campesinado. Nuevas y reiterativas ordenanzas se dieron a partir de
1768 para numero ^ os pueblos andaluces, manchegos y caste- ,
llanos, mostrando, por una parte, su incumplimiento generalizado y, por otra, su lesividad hacia los pequeños arrendatarios de tierra.
Campomanes condenó las prácticas de los vecinos mañeros ganaderos, que utilizaban los gratuitos pastos comunales
para sus intereses (130). Pero ni «forasteros» ganaderos, ni de
cualquier otra actividad, pudieron ser separados realmente de
su peculiar forma de acercarse al mercado de la tierra.
(129) A.H.N. Consejos; leg.: 1.840. Comprende el largo pleito cinco voluminosos expedientes que recopilan una detallada información entre
1762-1764.
(130) Mickun, N.: La Mesla au XVIZI éme siecle. Budapest, 1983. Pág.
90.
129
Enfrentamientos entre varios pueblos por los arrendamientos de la tierra
Ni siquiera las tensiones generadas por obtener tierra arrendable terminaban en los propios intereses particulares. Trascendían, incluso, a colectividades más amplias: así, varios municipios litigaron por obtener mayores facilidades en el mercado de la tierra.
Los problemas que muestra el análisis documental suelen
centrar las tensiones en dos municipios colindantes, con amplio término uno de ellos y reducido el otro. Los casos de Arjona y Arjonilla en Jaén y de Fuentes y Marchena, en Sevilla,
fueron los más significativos.
En el primer caso, Arjona y Arjonilla poseían un único término hasta 1553 cuando Carlos I concedió a la primera el título de villa y subordinó a Arjonilla al protagonismo expansionista de Arjona. Aprovechando hábilmente los dictámenes
de preferencia en los arrendamientos de los vecinos sobre los
forasteros, el municipio de Arjona libraba desahucios sobre todo
al campesinado arrendatario de su municipio contiguo. Por lo
que se acentuaban las dificultades de subsistencia de los segundos, poseedores de un modesto término de olivares y pastos.
Los vecinos de Arjonilla enviaron un memorial ilustrativo del
conflicto general que enfrentaba a las comunidades campesinas de ambos términos (131) y que suponía la mutilación de
las actividades agrícolas del municipio.
Los vecinos de Arjonilla no tenían posibilidades de defenderse ya que, supeditados a la justicia detentada por el alcalde
de Arjona, éste restringía invariablemente la tierra arrendable a los residentes de la villa. El Consejo dictaminó mostrando la equidad y solidaridad que había de acompañar al reparto de un bien tan escaso como la tierra:
(131) A.H.N. Consejos; leg.: 1.843. Memorial de Arjona y Arjonilla,
año 1.767.
130
«El privilegio de villazgo no altera el aprovechamiento
equitativo de sus términos. Las villas forman con sus antiguos lugares un sólo término y un sólo vecindario, por eso
Arjonilla no es forastera de Arjona: son vecinos unos y otros
de una tierra que debe disfrutarse y explotarse en beneficiosa armonía» (132).
•
Un enfrentamiento similar existía entre otros dos pueblos
contiguos sevillanos, Marchena y Fuentes, ubicados en plena
zona de latifundio. El amplio término de Marchena contrastaba con el más escaso de Fuentes, que se veía arrojado de sus
arrendamiento^ tradicionales en el término de Marchena so pretexto de su foraneidad. Los 1.800 vecinos de Fuentes explicaban al Consejo, junto a la imposibilidad de subsistencia del municipio «ya que sólo 300 pelentrines y jornaleros pueden vivir
de la tierra municipal», la imperiosa necesidad que tenían de
acudir a los arrendamientos de la tierra de Marchena (133).
El Consejo, tras computar que la amplitud del término de Marchena hacia posible la holgada supervivencia de ambas comunidades, formuló la misma filosofía que había desarrollado para
los pueblos jienenses: «que no se moleste a los vecinos de Fuentes
en los arrendamientos hechos en el término de Marchena, y
que se les devuelva las tierras, caso de haber existido
desahucio» (134).
Sin embargo, la protesta dé numerosas comunidades rurales no era únicamente orquestada por los pequeños arrendatarios. Hay que intuir un amplio status al término «vecino». Y,
si bien es cierto que los pequeños campesinos tuvieron un importante papel en la formulación de las bases reformistas del
(132) Ibidem: dictamen del Consejo, como culminación del pleito que
enfrentó a los dos pueblos jienenses.
(133) A.H.N. Consejos; leg.: 1.844, pieza 7a. Memorial de Fuentes y
de Marchena en 1768.
(134) Ibidem: Resolución del Consejo, de 20 de mayo de 1768.
131
campo español (135), no es menos cierto que los labradores,
Ilevados de su rentable ambig^edad, lograron sacar partido de
todo aquello que incrementase su participación en el mercado
de la tierra.
'
Tras la protesta de Arjonilla y Fuentes no sólo había pequeños campesinos ávidos de tierra en arriendo, sino labradores que deseaban redondear y consolidar su sólida situación
económica. La contraofensiva del muriicipio de Marchena tenía bien presente esta realidad «pues varios labradores de Fuentes no desean sino adquirir más tierra, a precios de vecindad,
con lo que hacer grarijerías a los vecinos subarrendatarios». Las
genéricas resoluciones del Consejo de Castilla muchas veces
servían, a la inversa, a la ideología que las había formulado.
Un notable ambiente de crispación presidía, como •e ve,
las relaciones entre los detentadores de la propiedad y los que
la explotaban o cultivaban que en nada favorecían el incremento
de la productividad agraria. Los abundantes memoriales, protestas, pleitos que llegaban al Consejo de Castilla no eran más
que una mínima muestra de la importancia de estas tensiones.
El Consejo se sentía desbordado ante la complejidad y diFicultad de legislar para tan variado grupo humano. Y no le ayudaban demasiado, en ese necesario fenómeno de esclarecimiento, las diferentes instancias municipales o provinciáles. El análisis documental muestra la de •conexión y enfrentamiento, en
algunos casos, de instituciones tan vitales para salvaguardar
el orden rural como chancillerías, audiencias o intendentes. Los
campesinos salmantinos mostraban sus reticencias ante los dictámenes de la chancillería de Valladolid y solicitaban al Consejo se le diesen competencias al intendente de Salamanca pa-
(135) Bernal defiende la importancia de la protesta en los núcleos señoriales andaluces, que fueron minando el incuestionable poder de los señores. En La lucha por la tiena en la crisis del Antiguo Régimen. Pág. 147.
132
ra solucionar los conflictos rurales (136). El labriego había perdido la confianza en que la justicia real pudiese solucionar el
cúmulo de intereses contrapuestos que se fundían en la explotación de la tierra y mucho más que arbitrase un orden justo
que potenciase la- agricultura. Un campesino zamorano mostraba su escepticismo de este modo:
«no se acude a la Audiencia y menos a la Chancillería en esta tierra, pues además de la lentitud y lo gravoso de estas
prácticas judiciales, los poderosos siempre ganan los pleitos» (137).
Según los planteamientos del campesinado, no había más
salida que el establecimiento de una Ley Agraria que sentase,
con claridad las bases del entendimiento de la sociedad rural.
Unicamente así se llegaría al deseado aumento de la productividad de la tierra (138).
(136) A.H.N. Consejos; leg.: 1.534, pieza la, folio 14: ^.conoce mejor
las intrigas y granjerias a las que se somete al pequeño labrador de esta tierra, que la lejana chancillería, cuyos jueces muchas veces son amigos o aliados de poderosos aliados».
(137) A.H.N. Consejos; leg.: 1.840. Año 1764. También opinaba que
era el intendente la persona que mejor conocía la realidad provincial: «es
el que conoce mejor las intrigas de los poderosos^>.
(138) Memorial conjunto de Zamora, Toro y Salamanca al Consejo en
1770, del que se harán eco campesinos del resto de Castilla y de varios pueblos andaluces. La Ley Agraria era la esperanza para todo pequeño campesino de la Corona de Castilla.
133
III. Los jornaleros
1. Vida y miseria
Las relaciones de producción que presentaba la agricultura del siglo XVIII, mostraban un marcado carácter capitalista. La presencia de una burguesía agraria arrendataria de tierras y de fuerza de trabajo por una parte, -cuidadosa vigilante de las rentas contractuales- y la existencia de una masa
de jornaleros por otra, enmarcaban dentro del modo de producción capitalista (1) las relaciones agrarias peninsulares.
Tanto la explotación directa por parte del terrateniente como
la realizada por los grandes arrendatarios, necesitaban una fuerza de trabajo abundante -y, por tanto, barata- para el perfecto engranaje de la máquina productiva. Y braceros, jornaleros, azadoneros o mancebós de campo -de todas estas formas se les enunciaba en el expediente- eran demandados, temporalmente para la realización de las faenas agrícolas.
Resulta, igualmente, muy difícil conocer con exactitud, el
(1) Según la tesis de Artola que tipificaba en la organización española
el modelo propugnado por Marx. Ver Antiguo Régimen y Reoolución liberal.
Pág. 47. Aunque el pago de la reñta en dinero se enmarca con más fuerza
en este modelo capitalista, no es rechazable el pago en especie pues su comercialización en el mercado será tanto o más beneficiosa.
135 '
bagaje de jornaleros al final del Antiguo Régimen español. Por
lo demás, no más difícil que en épocas anteriores. Noel Salomón, por ejemplo, concluyó mostrando que en Castilla la Nueva, en la época de Felipe II, más de la mitad de la población
era bracera (2). Según sus estimaciones, el porcentaje del proletariado rural en esa región oscilaba entre un 60 y un 70%
del efectivo en el último tercio del siglo XVI. Pero dos siglos
más tarde, su permanencia en ese mismo paisaje agrario apenas había variado. Canga Argiielles señalaba su presencia a
finales del siglo XVIII, en la provincia de Toledo, en torno
a un 66,8% y de un 45,7% en el resto de Castilla la Nueva (3).
Tal era la estabilidad y, permanencia de esta sociedad preindustrial castellana y muestra cómo no se había producido ningún progreso destacable en el campo durante la edad moderna.
Pero la situación y permanencia del asalariado agrícola no
sólo se había estancado en la región manchega, sino también
en el resto de España. El mejor censo español del siglo XVIII
mostraba la existencia de 964.577 jornaleros frente a los 907.197
labradores de los que cabe suponer que, en su mayoría, no pasaban del nivel de cultivadores directos (4). Y un poco antes
-en 1752- el Catastro de Ensenada daba una media de 2,4
jornaleros por labrador en la Corona de Castilla, diseminados
por tierras con grandes diferencias regionales. Así, el análisis
que el Catastro proporcionaba de la población agraria activa,
mostraba la escasez de asalariados al norte del Duero. En,León,
por ejemplo, no suponían más allá del 4,5%; en Soria, el
10,3%; en Burgos el 12,6..., porcentajes que no superaban,
en ningún caso, el 20% de sus trabajadores agrícolas. Una segunda zona era la situada entre el Duero y el Tajo, donde las
pequeñas parcelas familiares estaban cercanas a amplias ex-
(2) La oida rura[ caste[lana en tiempos de Felipe II. Barcelona, 1982. Pág. 264.
(3) Canga Argiielles: Diccionario de Hacienda. Ver voces «población de España» y«labradores»; son datos de 1797 procedentes del censo de Godoy.
(4) Artola: Antiguo Régimen... Pág. 47.
136
tensiones.de tierras que demandaban, más abundantemente,
asalariados del campo. Su presencia suponía entre el 20 y el
40% de la población rural: Guadalajara tenía un 31^,2% de
población jornalera; Cuenca, un 40%; Segovia un 31 %; Valladolid un 33,5%; Salamanca un 37,8%... La tercera zona
con los porcentajes más altos de braceros se asentaba en las
tierras al sur del Tajo y, sobre todo, en Andalucía. Suponía
el 58,4% de la población extremeña; el 71,6.% de la de Granada; el 72,5% de la de Jaén, el 85,9% de la de Córdoba (5).
Jornaleros o braceros se caracterizaban por no poseer capacidad inversora. En una sociedad cuyo capital más valioso
para la amplia población campesina era poseer yuntas y aperos de labranza, los límites con el asalariado venían impuestos
por esas carencias. Su trabajo, basado únicamente en las propias fuerzas, era obligatoriamente temporal y vinculado al ciclo agrario vigente. Bernal calcula un período medio de 200
días de trabajo al año para el proletariado andaluz lo que suponía trabajar durante tres cuartas partes del año (6). Parecidos índices de trabajo se extendían por Ciudad Rodrigo, La
Armuña y otras comarcas salmantinas (7).
Mas ese obligado descanso en determinado momento del
ciclo agrario, propugnaba una no escasa movilidad hacia pueblos o comarcas próximos. Los 14 jornaleros de Alameda (Salamanca) se trasladaban todos los años en octubre a las vendimias de Lumbrales, pueblo cercano, para ayudar a la recolección de sus uvas, una vez que habían terminado su propia
(5) Vilar: Structures de la societé espagnole vers 1750: quelques leçons du Catastre
de la Ensenada. La diferencia existente entre 1752 y 1789 respecto a Toledo,
además del diferente recuento en que se basan ambas fuentes, podía estribar también en el incremento de jornaleros en las tres últimas décadas del
siglo XVIII como consecuencia de la deficiente organización de la gestión
de la superficie cultivada.
^
(6) Bernal: La [ucha por la tierra al fina[ del Antiguo Régimen. Pág. 415.
(7) En Ciudad Rodrigo se calculaba 189 días trabajados por bracero, en
la Armuña eran 201 días.
137
vendimia (8). La proletarización de la sociedad rural salmantina se muestra muy evidente al comprobar cómo 35 años después la población jornalera de Alameda había aumentado a 31
hombres. Y este incremento de jornaleros entre el Catastro de
Ensenada -1752- y el Censo de Floridablanca -1787-, era
muy notorio en^12 pueblos tomados como muestreo.
Jornaleros de 12 pueblos del Partido de Ciudad Rodrigo (9)
1752
1787
Alameda . ..............................
Atalaya ..:.......... ...................
Aldea ... ...............................
Campillo ...............................
Castillejo ...............................
14
6
25
6
7
31
6
29
17
1
Encina ..... ............................
3
1
Espeja ....... ..........................
Olmedo ...... ..........................
7
6
50
18
Pastores ................................
-
-
Sexmiro ..... ...........................
Villar de la Yegua . ......................
15
12
3
25
Z amarra^ ...............................
7
15
Este aumento de los asalariados no sólo es consecuente con
una fecha como 1787, época de paludismo (10) y de crisis agrícolas, que originaría no pocos descensos desde el inestable status de campesino hacia el de jornalero, sino también con el acu-
(8) A.H.N. Consejos: leg.: 1.534, pieza 19. Poseía el término 118 fanegas de viñas, aparte de las tierras de pan y de pastos.
(9) Datos obtenidos del Catastro de Ensenada de sus respuestas generales para Salamanca. En A.H.N. Hacienda; lib. 7.476 y Consejos; leg.: 1.534,
pieza 21.
(10) Pérez Moreda: Crisis demográfica y crisis agrarias: fialudismo y agricultura en España a finales del siglo XVIIL En Congreso de Historia Rural... Madrid,
1984 y La cri.ris de mortalidad en la España interior: siglos XVI-XIX. Madrid, 1980.
Tercianas y paludismo fueron el resultado de un excesivo régimen pluviométrico, en los dos años anteriores a esa fecha.
138
sado descenso de la tierra de labranza acaecido entre ambas
fechas, como consecuencia del comercio especulativo efectuado con la tierra por ganaderos y burguesía comarcal. El análisis documental muestra un notable descenso de las tierras de
cultivo en los 12 pueblos en ese período: de 30.595 fanegas labradas se pasaba a 25.909 fanegas en 1790 (11).
El aumento de la población jornalera en la provincia de Salamanca es un hecho que constató el expediente. El extremado y complicadó conflicto que se estaba desarrollando dentro
de su estructura social iba a mostrarse, una vez más, en esta
proletarización ascendente vislumbrada a partir de la década
de los setenta. Por otra parte, muchos de los memoriales y protestas de los campesinos irían encaminados a escapar del acechante «fatum» de convertise en braceros de terratenientes y
grandes arrendatarios. Y este lamentable hecho no sólo era privativo de Salamanca: la provincia de Toledo y amplias zonas
andaluzas ( 12), también estaban presenciando este aumento
de asalariados rurales.
Además, la extensión y penetración del viñedo y olivar en
una buena parte de la agricultura mediterránea de la Corona
de Castilla, favorecía el incremento de los jornaleros. Muchos
pueblos cerealistas fueron reconvirtiendo una parte de sus tierras de pan hacia cultivos más rentables: olivares y viñedos.
Este tipo de mano de obra barata era el más adecuado, por
ejemplo, para las duras labores de la vendimia. Práctica que
ya era percibida en el oriente castellano desde finales del siglo
XVI (13).
(11) A.H.N. Hacienda; lib. 7.476 y Consejos; leg.: 1.534, pieza 21.
(12) Donézar. Riqutza y profiúdad en la Castilla del Anti^uo Régimen: la prouincia de Toledo en el siglo XVIII. Madrid, 1984 y Bernal: La lucha...
(13) Fernández de Pinedo muestra cómo aumentó en el País Vasco el
número de jornaleros a la par que se expansionó el viñedo. En Crecimúnto
económúo y transfarmaciones sociales en el Paú Vasco: 1.100-1.850. Madrid, 1974.
H uetz de Lemps: Vignob[es et oins du Nord-ouest de ['Espagne. Tomo I. Bordeaux, 1969 señala cómo había ya una emigración estacional de los jornaleros vitícolas de Ciudad Rodrigo hacia otras zonas relativamente próximas.
139
E1 algunos municipios, los braceros no sólo estaban al servicio temporal de propietarios o arrendatarios, también realizaban trabajos en las tierras Comunales o de Propios. En Alameda, Villar de la Yegua y Aldea del Obispo una parte de su
trabajo temporero transcurría en la labranza de las tierras de
Propios, ya que los Concejos explotaban directamente y, sin
ayuda de intermediarios, sus tierras de labranza (14). Algunos ayuntamientos proporcionaban, graciosamente, a sus jornaleros algunos corros de tierra para ayudarles a su manutención. El concejo de Villar de la Yegua otorgaba 44 fanegas de
tierra «para remediar la crecida infelicidad de sus 36 braceros,
por la mucha necesidad y escasez que poseen» (15), y prosiguió el incremento de sus jornaleros; 11 más en 1787. muchos
de ellos eran, en su origen, modestos campesinos que no habían podido hacer frente a la crisis de esterilidad de 1787 a 1789.
Y, sin embargo, no eran muchas las diferencias en el nivel
medio de la vida del campesino y del jornalero. El campesino
se veía obligado a pagar, además de la renta establecida, los
diezmos, primicias, excusado, pechas, alcabalas..., así como
a detraer de la cosecha obtenida la sementera necesaria para
el próximo ciclo agrícola. En el señorío de Buitrago, por ejemplo, campesinos y jornaleros se sit^zaban en un nivel de vida
similar (16). La información que proporciona el Catastro de
Ensenada muestra una cierta semejanza salarial -calculada
diariamente- entre campesinos -pequeños arrendatarios, pequeños propietarios, subarrendatarios- y jornaleros en la tierra
(14) Esta información municipal muestra cómo en muchos lugares de
España no se realizó el reparto de las tierras de Propios y Baldíos según la
Ley de 1768. Todavía el ayuntamiento en 1791 era el único explotador de
las tierras de propios del municipio.
(15) A.H.N. Consejos; leg.: 1.534, piezas 19 y 21. Memorial del pueblo
de Villar de la Yegua al Consejo. Nótese que había aumentado en 11 jornaleros más el número de sus asalariados del campo réspecto a los datos de
1787.
(16) Grupo 73: La economía del Antiguo Régimen: el señorío de Buitrago. Madrid 1975, pág. 131.
140
de Salamanca. Según estos datos, existían en el total provincial:
Ganancia media diaria de los labradores
N ° labradores
Reales/día
4
2
7 65
1.168
5.367
4.743
Y respecto a los jornaleros:
N ° jornaleros
Reales/día
138
1.932
9.644
4
3
2 (17)
Por tanto, la inmensa mayoría de la población agrícola salmantina no superaba unos niveles mínimos de renta diaria por
encima de los 3 reales. Y el grueso de los braceros se había
de conformar con 2 reales. Además, en Salamanca se podía
establecer que por encima de los 4 reales diarios se colocaban
únicamente la burguesía rural y los terratenientes: 781 personas eran los privilegiados de esta sociedad compuesta por un
número próximo a los 24.000 vecinos. Reducido grupo aquél,
que se correspondía con «esos labradores poderosos» que tan
machaconamente denunciaban las dos decenas de millares de
trabajadores del campo de Salamanca.
Pero esta relativa equiparación salarial castellana entre el
bajo campesinado y los jornaleros no es defendible ni para la
(17) A.H.N. Hacienda, Lib. 7.476. Respuestas generales de la provincia de Salamanca. Resumen del libro de los seglares.
141
Mancha, ni para Andalucía. El modelo rural meridional no
radicaba en un cuantioso número de pequeños campesinos como en Castilla-, sino en una mayoritaria población jornalera acompañada de algún campesino pelentrín y unos pócos
poderosos.
Illán de Bacas (Toledo) podía ser considerado como pueblo modélico en el reparto estructural de la población agrícola
allende el Tajo. Según su Concejo, constaba en 1776 de «70
vecinos, de los que hay 7 hidalgos, 25 labradores y el resto son
braceros» (18). Es decir, que más del 54% de su población dependía del salario temporal para su supervivencia. La importancia numérica de este proletariado rural hacía que se diferenciase notablemente de los niveles de renta de los 25 medianos o grandes arrendatarios y los 7 terratenientes.
Y en el caso andaluz, estas diferencias aún se agudizaban
de modo más sobresaliente. Un modelo teórico ampliamente
constatable en la documentación podía estar conformado en
un pueblo de 300 vecinos donde, salvo la existencia de 4 ó 5
labradores, el resto eran jornaleros (19). Muy probablemente
esos 4 ó 5 grandes arrendatarios eran familias que desde generaciones poseían un status económico muy alto al controlar gran
parte de la tierra de cultivo. Como contrapartida, la inmensa
mayoría trabajadora vivía miserablemente (20).
En otros casos, la radical diferenciación estructural entre
jornaleros y burguesía agrícola, se veía atemperada por un re-
(18) Salomón, N.: La aida Rura[ castel[ana en tiempas de Felipe li. Pág. 265.
(19) Datos del síndico de Sevilla, Lynce de Verástegui, y válidos para
la provincia de Sevilla y que coinciden con los planteamientos reformistas
dados por los intendentes de Jaén y Córdoba que deseaban convertir a la
amplia masa de jornaleros en pequeños campesinos. A.H.N. Consejos; leg.:
1.844.
(20) Miembros de familias muy concretas fueron los grandes arrendatarios de los duques de Osuna. En Morón, Osuna, Archidona, Olvera... los
Carrascos, Cepeda, Topete, llevaban más de 60 años al frente de la explotación de esas tierras: ver Contreras: Las formas de explotación en la Andalucía
del siglo XVIII: los Estados de Osuna.
142
lativo número de pelentrines o pegujaleros arrendatarios de algunas heredades. No era infrecuente en los pueblos de la vega
de Granada (21) y en pueblos próximos a la sierra, encontrar
un 10 o un 15% de pelentrines junto a una mayoría jornalera.
En estos casos, la semejanza en el nivel de vida entre braceros
y pelentrines era mucho más acusada. En Extremadura -al
decir de Otazu- sucedía algo parecido (22).
La descripción que hace de los jornaleros el intendente Olavide es muy ilustrativa:
<^Es gente que vive de^sus brazos, sin aperos ni ganados, con
gran infelicidad. Solamente trabajan cuando el administrador de los cortijos necesita brazos y ayuda. Van casi desnudos, viven por el pan y el gazpacho que les dan, duermen
en el suelo, por lo que con las lluvias y el mal tiempo, muchos mueren de hambre y de frío. Calculo que por el invierno entran a millares a Sevilla, pues la mitad del año son jornaleros y la otra mitad mendigos. Con el tiempo se acostumbran a la mendicidad y no quieren trabajar» (23).
Testimonios no menos expresivos existen sobre el jornalero extremeño (24) y manchego. El intendente de Ciudad Real
hablaba en 1768 de la pobreza, suciedad y miseria que acompañaba la vida de los braceros manchegos y en, una privilegiada zona de pastos de invernaderos como era el valle de Alcudia, un 49,8% de su población vivía permanentemente en
(21) En Purchil, Oxigares de la Vega, Churriana... esos eran los porcentajes dados por los propios vecinos entre 1768 y 1769. En los pueblos
serranos, su paisaje admitía una mayor parcelación y, por lo tanto, era más
abundante la existencia de pequeños campesinos.
(22) Otazu: La Refomea Fiscal en Extremadusa: de 1749 a 1779. Madrid,
1978. En la Mancha, datos parecidos da Salomón en La oida ^ural... Así como la información vertidá por el intendente de Ciudad Real, en A.H.N.
C onsejos. leg.: 1.844.
(23) A.H.N. Consejos; leg.: 1.844, pieza 3a, folios 99-101.
(24) Ponz: Viaje por España. Tomo VII. Pág. 205.
143
la miseria y un 34,5% (25) alternaba su vida anual entre pobreza y subsistencia en función de una buena o mala cosecha.
Esta inseguridad vital en la que trans ^úrría su existencia
estaba íntimamente relacionada con el determinismo climatológico en el que estaban sumidas las economías campesinas
preindustriales. Así como una buena cosecha significaba, por
la abundancia de trabajo, un buen año para braceros, azadoneros y segadores, un año de esterilidad o sequía, como el de
1766, implicaba hambres y pestes para un alto porcentaje de
ellos. Pero no era sólo la climatología la base de sus problemas. La irracional organización y gestión de las tierras de cultivo, junto a un sistema de tasa de sus salarios estipulado por
los aristocráticos concejos, componían un marco de dificultades de difícil superación.
2. Las soluciones ilustradas al problema de los jornaleros
E1 gabinete ilustrado, fué desarrollando una acción progresiva dentro de la doctrina liberal para ir levantando entre los
escollos, insalvables durante tanto tiempo, una práctica común
en los medios rurales desde el reinado de Carlos III (26). En
esa idea se inscribe el decreto de 29 de noviembre de 1767 que
estableció «que en cuanto a los salarios de los trabajadores se
dejen en libertad para que cada uno se ajuste como pueda con
los labradores y dueños de las tierras». Como mantiene Artola, «se forzaba así una negociación colectiva con los empresarios agrícolas que hasta entonces habían impuesto sus condi-
( 25) Gascón Bueno: El Valle de Alcudia durante el siglo XVIII. Ciudad Real,
1978. Los jornaleros vivían en chozas cubiertas de retama, ripia y tejilla,
y muchos de ellos -que no tenían casa- se recogían numerosas veces en
los habitáculos de los ganados.
(26) Artola: Antiguo Régimen... Págs. 51 y 52. Explica cómo mucho antes
de las Cortes de Cádiz, la práctica liberal se estaba introduciendo en el ordenamiento jurídico y en las realizaciones prácticas de la segunda mitad del
sig. XVIII.
144
ciones a. través de los organismos municipales que controlaban» (27).
Las reacciones en contra de propietarios y burguesía agraria no se hicieron esperar. Los concejos de Ciudad Rodrigo,
de Zamora, de Jerez, de Marchena y de otros municipios españoles argumentaban en contra de la libertad de fijación de
salarios, y«el empleo urgente de la tasa para los salarios de
braceros como ha sido práctica tradicional e inmemorial en esta
tierra» (28). Las abundantes contrargumentaciones de los labradores a la utilidad de la tasa, como norma reguladora de
las relaciones en el mercado de trabajo, hacían suponer -a
la contra- un relativo alivio en la valoración del trabajo a jornal; sobre todo cuando se piensa en la estructura municipal
del Antiguo Régimen, dominada por elementos que tenían a
la tierra como una de las mayores fuentes de renta y de su privilegiado status.
La protesta de los labradores de Belmonte de Campos (Palencia) mostraba, con precisión, los verdaderos términos de la
oposición a la ley: «en esta tierra de Campos los labradores nos
vemos obligados a pagar no lo justo sino lo que los trabajadores quieren» (29). Impedidos documentalmente de conocer el
alcance y consecuencias para los jornaleros de esta resolución
real -pues no existen memoriales de jornaleros- habrán de
tomarse las críticas opiniones de los labradores y de los concejos como muestra de que se estababari empezando a poner las
bases para mejorar el lamentable estado de los asalariados del
campo.
Otra de estas significativas muestras fueron las leyes sobre
el reparto de tierras de Propios y Baldíos y Concéjiles que -se
(27) Ibidem: pág. 51.
(28) Concejo de Ciudad Rodrigo, 1777. A.H.N. Consejos; leg.: 1.841.
El memorial mostró al malestar de los campesinos por las consecuencias «liberalizadoras» que significaba tal disposición.
(29) A.H.N. Consejos; leg.: 1.841. Memorial de Belmonte de Campos,
en 1.770.
'
145
pensaba- habían de entregarse a censo en primer lugar a la
masa de braceros, azadoneros y senareros para remediar su
precaria situación. Si primero se legisló para Extremadura -2
de mayo de 1766-, posteriormente se fué aplicando esa filosofia al conjunto peninsular. EI 12 de junio de 1767 para Andalucía y, más tarde, el 29 de noviembre de 1767 para el resto
del país. Sin embargo, la dificultad y complejidad para llevar
a efecto esas disposiciones hizo proliferar una amplia actividad legislativa de marcado carácter local o comarcal. El expediente recoge 9 disposiciones más, otorgadas -a otros tantos
lugares o provincias- entre 1768 y 1771 (30).
Estas leyes nacidas de la presión y conflictividad de las crisis de 1766 (31) -que originó, entre otros, el inicio del expediente de Ley Agraria iban a tener dos etapas significativas.
Durante la primera -entre 1766 y 1770- las disposiciones
establecían la preferencia en los repartos a favor de los vecinos
más necesitados de los pueblos -senareros y braceros-; durante la segunda etapa, a partir de mayo de 1770 (32), los labradores de una o más yuntas serán los preferidos y los más
favorecidos en los repartos. La inviabilidad operativa de las
primeras provisiones -que hacían recaer únicamente en el aparato legislativo la vigencia del repartimento- y el oportuno
contraataque de los labradores fueron las bases que originaron ese cambio. Por tanto, sólo fué la primera etapa la que significó una notable esperanza pára el asalariado rural.
(30) Concretamente a la Mancha, Algeciras, Salamanca, Badajoz, OIvera, Osuna y Burgos para aclarar o matizar alguna duda generada por las
posibilidades de repartir las tierras de Propios y Baldíos. En A.H.N. Consejos; legs.: 1.842 y 1.844.
(31) Vilar: El Motín de Esquilachey la cn:sú de[Antiguo Régimen. En Economía y sociedad en los siglos XVIII y XIX. Madrid, 1973, y Anes: Clases y conflictos sociales en la Historia, Madrid, 1977.
(32) A.H.N. Consejos; leg.: 1.842. Reparto de las Tierras de Propios
y Baldíos. Sin embargo, también hay noticias diversas esparcidas por los
^
legs. 1.840-41-43-44 y 1.534.
146
La creación de la Junta Local de Propios, en colaboración
con el intendente provincial y la Audiencia o Chancillería correspondiente, fué el marco institucional encargado de efectuar el repartimiento. La tierra de Propios se subdividía en tantas suertes de 8 fanegas como fuera posible, que se repartirían
primero entre los braceros más necesitados y luego los senareros y azadoneros, siempre a razón de un lote por persona, con
la prohibición tajante de conocer dos o más suertes de tierra.
Las obligaciones de los jornaleros no eran sino cultivar bien
las tierras, pagar el canon establecido como renta a la Junta
de Propios y no subarrendar ni comerciar con esa tierra. E1
incumplimiento dé estas obligaciones acarreaba la expulsión
de su suerte y el subsiguiente reparto a otro jornalero del lugar.
El canon a pagar por estas 8 fanegas era establecido de forma proporcional a la calidad y fertilidad de la tierra. La Junta
de Propios, con el Corregidor o alcalde del lugar, establecían
esos supuestos. Las suertes siempre se conformaban en una sola
haza, evitando toda parcelación innecesaria. Se establecía también que sólo se habían de roturar las tierras y dehesas de labor, prohibiendo roturar pastos sin el consentimiento del Consejo de Castilla y previo análisis de su viabilidad agrícola. Estaban radicalmente excluídos de los repartos toda persona eclesiástica y todos los labradores poseedores de tierra y de una
o más yuntas.
Como excepción a la ausencia documental de los jornaleros en las fuentes archivísticas del Antiguo Régimen, un memorial conjunto de los jornaleros de Gibraltar y de Barrios explicaba la urgencia del repartimiento de esas tierras andaluzas. Los 90 braceros de Gibraltar y los 43 de Los Barrios mostraban ante el Consejo de Castilla su impaciencia por la poca
celeridad en llevar a efecto el repartimiento en sus términos (33);
(33) A.H.N. Consejos; leg.: 1.840. Memorial de los jornaleros de Los
Barrios y Gibraltar al Consejo de Castilla en 1769.
147
zera sólo un mero malestar o, más bien, una intuición del boicot que se quería hacer a estas leyes? Desde noviembre de 1767
a noviembre de 1769:
«no se habían estudiado todavía las suertes que han de repartirse conforme a la resolución.del Consejo y a una especial ordenanza de 16 de diciembr^ de 1768 en donde se ordenaba dividir, con urgencia, entre la miserable población de
Los Barrios y de Gibraltar las tierras de Propios y Concejiles
de esos términos».
Los peticionarios consignaban, junto a sus nombres y apellidos, el imperioso deseo de poder repartirse las tierras de la, bor de sus Propios esparcidas por 7 dehesas cercanas. Según
su cálculo; los 133 braceros de estas tierras del Campo de Gibraltar -Los Barrios era considerado un anexo del concejo
gibraltareño- podíañ convertirse, todos ellos, en pequeños usufructuarios de una heredad de 8 fanegas e, incluso, sobraría
todavía tierra para «46 pelentrines que viven miserablemente». ^
En este memorial extrañan, cuando menos, dos cuestiones.
La primera, que existiesen tan pocos jornaleros en zona de tanta
envergadura latifundista; y la segunda, que se hiciese mención
de los pelentrines -en teoría sus más directos rivales en estos
repartimientos-. zNo sería, quizás, una táctica formulada por
una parte de los jornaleros que buscaban, para fortalecerse,
la alianza de los pecheros pelentrines? Pues ni aquí parecía efectuarse el modelo estructural del poblamiento andal ^z formulado por los intendentes y síndicos de unos 300 braceros por
pueblo; ni se seguían estrictamente las observaciones de la ley
de 12 de junio de 1767. Todo hace pensar que sólo eran una
parte exigua de la población jornalera, que buscó la alianza
de un grupo del bajo campesinado, para hacer Ilegar con mayor insistencia o con mayor eficacia sus demandas. Su exclusión del aparato fiscal y su insignificancia social quizás les hacía temer por la ineficacia de su gestión.
En cualquier caso, las esperanzas de estos jornaleros gadi-
148
tanos -como de otros muchos peninsulares- se vieron brúscamente aniquiladas por las nuevas disposiciones emanadas a
partir de 1770. Una real provisión de 26 de mayo de 1770 (34)
dió fin a la filosofía que había presidido estos repartimientos
desde 1766, y supuso un coto más de las apetencias expansionistas de los labradores. A partir de ahora se atendería, en primer lugar, a los labradores de una a tres yuntas sin tierras suficientes para emplearlas, los cuales recibirían una suerte de
8 fanegas por yunta, y sólo, en segundo lugar, a los braceros,
que obtendrían una suerte de 3 fanegas inmediatas a la población. Las oligarquías rurales se habían opuesto, como intuían
los jornaleros del campo de Gibraltar, a la aplicación del espíritu legislativo de 1766. Varias eran las razones que lo motivaban. No sólo pensaban que así desaparecería una mano de
obra barata para sus haciendas, sino que descendería el precio
de los cereales -que ellos manipulaban- al estar la tierra en
manos de personas necesitadas de venderlos al tiempo de la
cosecha; e, incluso, veían peligrar unos pastos que disfrutaban
sus ganados de forma gratuita si se repartía y rozaban las dehesas de pasto y labor (35).
La manipulación -que sabiamente utilizaron- consistió
en mostrar la incuria y el desconocimiento de la labranza de
unos jornaleros «a los que -según el concejo de Villamayor
de los Montes- nada debe repartirse pues se originaría un gran
perjuicio para la agricultura, que en nada beneficiaría a la real
Hacienda» (36). Y mucho más contundente se mostraba el Con(34) Nooísima Recopilación. Ley XVIII, Tit. 25. Libro 7°. Una nueva adición a ella se formuló en la ley de 29 de noviembre de 1.771 sobre la forma
en que habían de efectuarse las tasaciones de las tierras. También en A.H.N.
Consejos; leg.: 1.843, pieza 39, folios 26-28.
(35) Ver todas esas consideraciones en Sánchez Salazar: Los sepastos d^
Tieaas concejiles en Andalucía durante la segunda mitad del sig[o XVIII. Y Gareía
Sanz: El reparto de tienas concejiles en Segoaia entse 1.761 y 1.770. En Congseso
de Histo^ia Ru^al: siglos XV-XIX. Madrid, 1984.
(36) Memorial del concejo de Villamayor de los Montes al Consejo de
Castilla en Octubre de 1768. En A.H.N. Consejos; leg.: 1.842.
149
cejo de Marchena: «Es un manifiesto fracaso pretender repartir tierra a braceros: no las labrarían por falta de aperos y por
su gran desidia», añadiendo
«es absurdo repartir tierra entre pobres, vagos e inútiles, pues
ya lo decía el licenciado Celorrio hace medio siglo: en todas
las acciones humanas se requiere poder y querer, juntamente, y no basta lo uno sin lo otro y el no disponer de norma
tan preclara es causa por donde le entra el daño a nuestra
España, pues los que quieren labrar más tierra no pueden
y a los que se les puede dar, no quieren» (37).
E1 concejo de Marchena, supeditado a la jurisdicción del
duque de Osuna, no sólo veía en peligro, si se repartían a los
jornaleros las tierras de Propios, la puesta en explotación de
su terrazgo dividido en 52 cortijos (38),sino que el reparto de
tierras iba a suponer -como en el resto de la Andalucía sometida a la jurisdicción señorial- el comienzo de una lucha
mucho más compleja, en donde se cuestionaba la licitud de la
gestión señorial (39). La dura protesta de los Concejos señoriales de Osuna, Los Malores, EI Coronil y de Marchena al
repartimiento de tierras de Propios entre los jornaleros, había
de ligarse al clima de supervisión de la organización de los estados señoriales realizada por los ilustrados, çon gran contento del campesinado. La frustración que los asalariados sintieron a partir de la nueva filosofía de la ^ leyes de 1770 agudizó
el malestar del jornalero peninsular. Bernal cifra para Anda-
(37) Memorial del Concejo de Marchena al Consejo de Castilla. En
A.H.N. Consejos; leg.: 1.844, pieza 7a.
(38) Bernal: La lucha por la tierra... Pág. 186. En toda esa amplia zona
de la campaña el latifundio predominaba de forma casi absoluta, dividido
para su explotación en cortijos. Lo mismo sucedía en Osuna, El Coronil,
los Morales y otros pueblos próximos ya realengos, como Ecija, Carmona,
Utrera... Los 52 Cortijos de Osuna repartían su propiedad entre el ducado
de Arcos y el de Osuna.
(39) Ibidem: pág. 127.
150
lucía, en estos momentos, el inicio de una mentalización del
proletariado rural hacia acciones de lucha reivindicativa, tendentes a fomentar los repartimientos de la tierra. Y toda la acción posterior, enmarcada ya en el siglo XIX, estuvo centrada
en la desestabilización del latifundio (40).
(40) Martínez Alier: La rstabilidad dil lat^ndismo. París, 1968. Hace un
sugestivo análisis sobre la persistencia en el campesinado andaluz de las peticiones sobre el reparto de la tierra del sur de España.
151
IV. Problemas enmarcados en la gestión y
el reparto de las tierras de Propios
1. La explotación de las Tierras de Propios
Lorenzo Santayana (1) describía así la utilidad de los bienes y tierras de propios: «para cumplir con las cargas concejiles no hay pueblo que no tenga su patrimonio. A e ^e, comúnmente, lo llamamos propios porque sus caudales son propios
del pueblo». Añadiendo más adelante cómo se concentraban
preferentemente esos bienes en «campos, viñas, pastos, censos, casas, treudos y otros derechos» (2). Esta tierra se explotaba usualmente en régimen de arrendamientos que el concejo regulaba a través de subastas públicas y periódicas. Con el
producto obtenido se atendían a los servicios generales que demandaba esa comunidad -médico, escribano, preceptor de
gramática...- que obtenía de esos fondos sus salarios.
Aunque para Santayana la diferenciación entre Comunales y Propios parecía bastante evidente, el análisis documental
(1) Santayana Bustillo: Gobierno político de los pueblos de España y Conegidor, alcalde y juez de ellos. Madrid, 1769, dos volúmenes.
(2) Las partidas de la Ley IX, Título XXVIII, parte 3a, los definían
como los bienes que siendo del Común, poseían cada uno de sus habitantes
y podían usar y disfrutar de ellos.
153
con frecuencia mezclaba ambos supuestos, incluso la partida
de los bienes Baldíós. Por tanto, aunque los bienes Comunales parecían diferenciarse de los de Propios, ambos de titularidad municipal, y de los Baldíos realengos, ni siquiera el Catastro de Ensenada delimitó habitualmente esas partidas (3).
El expediente solía computar con b?.stante frecuencia a las tres
clases de tierras, no pertenecientes^ propiedad particular, bajo la denominación de «bienes del pueblo», o«propiedades del
lugar». En escasas ocasiones -como en Jerez- diferenciaba
las tierras de Propios de las tierras Baldías.
Tierras de ^Propios (Jerez) (4)
3.532 aranzadas de sembradura
1.800 aranzadas de pasto '
4.800 aranzadas de monte alto, que suponen 301.835 reales/año.
33.300 aranzadas de dehesas para yeguas
500 aranzadas de dehesas para potros
5.544 aranzadas de dehesas boyales.
Tierras Baldías (Jerez)
3 79 aranzadas de sembradura -roturadas hace 4 años42.847 aranzadas de pasto
5.279 aranzadas de tierra inútil
Pese a la respetabilidad de estas cifras, los labradores de
(3) Así lo explica Donézar tras el análisis de las Respuestas Particulares
del Catastro de Ensenada en la provincia de Toledo. En Riqueza y propiedad
en la Castilla del Antiguo Régimen: la proaincia de Toledo en el siglo XVIII. Madrid, 1984.
(4) A.H.N. Consejos; leg.: 1844. Datos proporcionados en el pleito sobreseido en la Sala de Justicia del Consejo de Castilla. El pleito entre el municipio y el mayorazgo de los Quincoces se había iniciado en 1607, por acaparamiento ilegítimo de los bienes de Propios y Baldíos del municipio. Se
mostró, con todo lujo de detalles, el cómputo total de las tierras usurpadas
por el mayorazgo.
154
Jerez expusieron sus dificultades ya que habían de repartirse
estas tierras para su explotación y utilización entre los 7.032
vecinos, con una amplia cabaña ganadera cifrada en 90.390
cabezas (5), por lo que los labradores solicitaban la devolución
de las tierras del Común, usurpadas desde hacía años por el
mayorazgo de los Quincoces. La usurpación de la nobleza hacia la propiedad comunitaria se venía desarrollando, sin mayores problemas, desde el reinado de Felipe II como ha mostrado Vassberg (6). A pesar del miedo a posibles represalias
o el excesivo temor de los costos judiciales, algunos ricos concejos -como éste de Jerez- o el de Morón, iniciaron pleitos
contra.la nobleza para recuperar las reales dimensiones de sus
términos. Aunque alguno de ellos obtuvo ciertos éxitos, no pocos
desistieron del empeño, o con escepticismo, -como en este caso
de Jerez- continuaron tras 150 años las diligencias judiciales.
Sin embargo lo más usual en el expediente fué globalizar
los bienes que tenía el pueblo, sin diferenciación alguna. Según el informe dei ayuntamiento de Alamedilla (Salamanca)
los bienes del pueblo en 1767 eran:
4
80
fanegas de eras para la trilla
fanegas para encinares, pastos de cerdos y animales
160
fanegas de centeno en una hoja
130
150
40
fanegas de centeno en la segunda hoja
fanegas de centeno en la tercera hoja
fanegas de tierras eriales (7)
Estas tierras sólo eran accesibles a los vecinos labradores,
(5) A.H.N. Consejos; leg.: 1844. La cabaña de Jerez era en 1761 de:
37.687 cabezas de ganado lanar, 21.827 cabras, 5.000 cerdos, 423 mulas,
3.873 asnos, 5.187 caballos y yeguas.
(6) Vassberg: La venta de titrras Baldías: el comunita^ismo agsario y la Cosona
de Castil[a dusante el siglo XVI. Madrid, 1983.
(7) A.H.N. Consejos; leg.: 1843, enero de 1764. Información solicitada por el Consejo de Castilla al municipio de Alamedilla.
155
quedando excluídas, muchas veces, las capas más desposeidas
de la sociedad rural. El campesinado, una vez más, quedaba
marginado de los beneficios reportados por los pastizales, eriales
o carboneos del monte, acaparados por los labradores y por
los vecinos mañeros que mantenían su ficción de vecindad para
usufructuar unos apetecibles pastos gratuitos. Las ordenanzas
concejiles solían determinar las condiciones de tales aprovechamientos y se alejaban de un supuesto, aunque inexistente, igualitarismo comunitario. En los lugares de titularidad señorial
las decisiones de sus «ordinaciones» distaban mucho de ser concedidas para el usufructo de la generalidad vecinal. Decían por
ejemplo las ordenanzas de Pedrola (8): «que sólo pueden pastar y aposentarse en las tierras del Común los vecinos con dos
yuntas de labranza y con aperos suficientes para hacer con largueza las labores propias de la labranza».
En el descapitalizado marco de la sociedad campesina, ya
se ha visto cómo eran pócos los afortunados propietarios o arrendatarios de dos o más yuntas de labor. Por debajo de este techo la «vecindad» no llevaba aparejada el disfrute de los pastos, de la leña y del suelo comunal. Los campesinos y jornaleros, una vez más, se veían marginados y excluídos de la organización comunitaria de la tierra. En el señorío de Buitrago,
la explotación del Común de la Villa y Tierra era ocupado en
un 57% por una oligarquía de ganaderos, entre ellos la duquesa del Infantado, que sin más señal de vecindad que una
residencia de recreo tenía pastando más de 80.000 (9). También la duquesa disfrutaba, en exclusividad, de las tierras de
Comunales de Hontoria (Burgos) (10); el pueblo sólo podía ac-
(8) Ordinaciones de la baronía de Pedrola en 1634. Archivo Ducal de
V illahermosa, fondos Luna, leg. 23. Exp. 17.
(9) Grupo 73: El señorío de Buicrago. Madrid, 1975. La cabaña vecinal
era, por el contrario, obligatoriamente exigua.
(10) A.H.N. Consejos; leg.: 1842. Memorial de los labradores de Hontoria en 1768.
156
ceder a 8 fanegas de tierra con arbolado, utilizadas para pasto
de sus ganados.
Pero el expediente mostró numerosos casos de acaparamiento de las tierras de Comunales y Propios en manos del señor
del lugar o de varios terratenientes. En Novés (Toledo) los vecinos indicaban que 5 mayorazgos se repartían todas sus tierras de Comunales, sin dar opción alguna al vecindario de acudir a sus pastos (11). Y quejas similares se formularon al Consejo en otros muchos pueblos, instigados por la nueva filosofía
de protección a los más desvalidos que parecía deducirse de
las leyes de 1.767 sobre repartos de tierras de Propios. Alentados por esa esperanza y deseando estar presente en la utilización comunitaria de sus tierras, los pelentrines de Olvera, Trujillo, Osuna, Tablada, Baeza, mostraron la realidad, nada idílica, de sus entornos.
Pero la explotación de las tiert^as de Propios y Comunales
de los núcleos realengos tampoco podía ser tomada como un
modelo de equidad, «pues los regidores perpetuos o elegidos
tomaban soluciones que distaban mucho de ajustarse a los intereses de la generalidad de los vecinos» (12). Y no tenía nada
de extraño esa aparente disfuncionalidad, dada la escasa representatividad de los cargos municipales durante el siglo
XVIII. Por una parte, su supeditación a la política de la Corona hacía necesaria la conservación y aumento de los pastos
municipales para la ganadería mesteña y, por otra parte, limitaba el aprovechamiento del carboneo del monte que quedaba
restringido para la mera subsistencia del campesino. Los vecinos más débiles se veían supeditados, una vez más, a los intereses de los más fuertes.
Pero este boyante status de los concejos venía siendo cer-
(11) Memorial de lo^ vecinos de Novés al Consejo en mayo de 1770.
en A.H.N. Consejos; leg.: 1842. Explicaban cómo iba descendiendo la capacidad de labranza del territorio, al no poder mantener al ganado de tracción en los suFicientes pastizales donde alimentarlos.
(12) Artola: An^iguo Rígimen y seaolución libera[. Pág. 64.
157
cenado desde el siglo XVI por una zigzagueante política de enajenación de tierras baldías a tenor de las dificultades de la Corona. Esta enajenación que comenzó con Felipe II -según han
explicado Vassberg y Gómez Mendoza- que había continuado en época de Felipe IV y Felipe V(13) se remodelaría con
el despotismo ilustrado de Carlos ITi en los decretos sobre reparto de tierras de Propios y Baldíc^. Las consecuencias, evidentes, en tan dilatado período enajenador, iban a concretarse en un cúmulo de enfrentamientos y tensiones que globalizaban un balance socialmente negativo. Muchas tierras de Comunales se restringieron en sus dimensiones a pesar de la oposición muni ^ ipal a esas ventas. El caso sevillano fué ilustrativo, con un espectacular descenso entre 1634 y 1765 de la extensión de sus tierras de Propios y Baldíos que hacen menguar
sus rendimientos en un 43% (14). Pero si, como dice Domínguez Ortiz, los campesinos escasamente pudieron ir al mercado de la tierra enajenada -salvo las ventas en lotes de 5 fanegas en algunos pueblos de Jaén- sí consolidaron sus heredades conventos, mayorazgos y labradores con notable malestar
de los ganaderos mesteños (15).
La manipulación de las dimensiones reales de los amojanamientos de los términos fué otro gran motivo de malestar
social que heredó el siglo XVIII y que ocasionó muchos conflictos tras las leyes de repartimientos de las tierras de Propios
(13) Dominguez Ortiz: La comisión de don Luis Gudie[ para la aenta de Baldíos de Anda[ucía. En Congreso de Historia Rural, Madrid, 1984. García Sanz:
Bienes y derechos comuna[es y e[ proceso de su psiaatización en Casti[la, Revista Hispania, 1980. Para el siglo XVI. Gómez Mendoza, J. La oenta de Baldíos y
Comunales en el siglo XVI en Guadalajara. Revista Estudios Geográficos, n° 109
y Vassberg: Usurfiación de tierras concejilesy baldías durante el siglo XVI. Boletín
de la Real Academia de la Historia, 1978.
(14) Bernal: Historia de Andalucía. Tomo VI. Setpasó de computar un
76% de los ingresos municipales a un 23% en 1765.
(15) Los alegatos de Caxa de Leruela son significativos: en Restauración
de la antigua abundancia de España. Reedición de 1975. La venta de Baldíos
significaba el descenso en la utilización de pastizales gratuitos.
158
y Baldíos. El balance no fué otro que un paulatino empobrecimiento del campesinado frente al enriquecimiento de los más
poderosos y la agudización de los conflictos que a menudo enfrentaban a la sociedad rural.
Mas el análisis documental muestra una notable variedad
en la utilización de estos bienes colectivos. Sin embargo, el
arrendamiento al mejor postor se destacó como la fórmula más
estable en la explotación de esos bienes comunitarios. En Pampliega (Burgos) el arrendamiento de los bienes del Común proporcionaban el pago anual de sus servicios comunitarios; se pagaba al maestro de primeras letras, al médico-barbero y a dos
guardias de sus campos, obteniéndose en los años buenos el
dinero necesario para sufragar el censo redimible que adeudaban al monasterio burgalés de Las Huelgas (16). En Mezerreyes, también en la provincia burgalesa, se ensayaba un doble
método de utilización de estos bienes. Mientras los pastizales
eran ocupados por «los vecinos con dos o más yuntas de labranza, las tierras de cultivo se repartían en lotes adjudicados
de por vida a los vecinos poseedores de una yunta en adelante». Tras la muerte de cada vecino se procedía a un nuevo sorteo entre el vecindario con aperos y yuntas de labranza (17).
Este doble modo de explotación de los bienes de Propios no
era infrecuente en otros pueblos castellanos: Cabrillas, Doñinos y Santamarta, en la provincia de Salamanca, se pronunciaron por esta modalidad. Otra variedad eran los repartos temporale^ de lotes de tierras de sembradura entre los labradores
poseedores de yuntas. En Villar de los Ciervos, con 2.023 fanegas de Propios, se subdividían en suertes de seis fanegas de
(16) Memorial del ayuntamiento de Pampliega en 1768. En A.H.N. Consejos; leg.: 1842. El monasterio de Las Huelgas era el mayor hacendado en
un buen número de pueblos al oeste y suroeste de Burgos. Algunos de estos
pueblos, de reducidos Propios, compraron tierras al monasterio. De ahí la
amplia proliferación de censos redimibles en la provincia burgalesa.
(17) Memorial de Mezerreyes al Consejo en A.H. N. Consejos; leg.: 1842.
Los pueblos salmantinos concentraron sus alegatos en Consejos; leg.: 1843.
159
cultivo entre «los vecinos pecheros y labradores de dos
yuntas» (18) que se repartían cada tres años. Obviamente, de
estos repartos se excluían azadoneros, campesinos y jornaleros y estas formas de explotación se repetían, con mucha frecuencia, en el partido .de Ciudad Ródrigo.
También hay en el expediente, alguna muestra de comunitarismo en la explotación de las tierras de propiedad colectiva; comunitarismo residualmente presente en algunas otras zonas como Sayago y La Armuña (19). En Pedrosa de Duero
(Burgos) las 30 fanegas de sembradura de centeno se labraban
y trabajaban por todos los vecinos sin más gratificación que
el vino que se les daba en los días de laboreo. Sus habitantes
explicaban cómo habían adquirido, recientemente, esas tierras
al convento de las clarisas de Burgos por 50.000 reales ya que
no poseían tierra alguna de labor en sus Comunales (20).
Los rendimientos que se obtenían por la explotación de esas
tierras eran escasos y venían dados tanto por la abundancia
de tierras incultas o de eriales como por su explotación, menos
cuidadosa que la gestión individualizada de la propiedad colectiva.
En las tierras de la extensa provincia toledana, reunida en
292 pueblos, la producción media por fanega de sus Propios,
no superaban los 2,26 reales (21). Hecho a destacar, ya que
la amplitud media de esas parcelas, superiores a las de propiedad particular, podía haber inclinado esa balanza hacia por-
(18) A.H.N. Consejos;: 1843. Martillán, Campillo de Azaba, Olmedo,
Pastores, Lumbrales y otros pueblos próximos seguían también esas direc[rices.
(19) Cabo Alonso: El co[ectioismo agrario en tierras de Sayago. En Revista
de Estudios Geográficos, n° 64. 1955. Y La Armuña y su eaolución económica.
Idem °n° 58 y n° 59, 1955.
(20) A.H.N. Consejos; leg.: 1842. Memorial de septiembre de 1768. Las
tierras de cultivo siempre eran muy inferiores a las de pasto en el cómputo
total de los bienes del Común.
(21) Donézar: Riquezay propiedad... La extensión media de las tierras de
Propios provinciales eran de 209 fanegas.
160
centajes mucho más notables. Por lo que aunque suponían el
23,6% de la extensión provincial, sólo obtenían el 2,7% de su
producto.
Esta escasa rentabilidad se percibía también en la provincia de Segovia, no menos que en la de Salamanca, en donde
los porcentajes de 24 pueblos del partido de Ciudad Rodrigo
no superaban los 2,2 reales por fanega (22). En su conjunto,
numerosos pueblos no podían hacer frente con las tierras de
propios a los nunca exiguos gastos de la comunidad vecinal.
Los vecinos de Ledesma mostraron esas deficiencias. El concejo de la villa declaraba obtener anualmente 9.200 reales con
los que dificilmente podían enfrentarse a la reparación de los
servicios públicos o al saneamiento de su término, ya que esas
rentas se destinaban a pagar los salarios de los servidores de
ese concejo. En este caso, el «poder pagar» había de ser un permanente problema: el cirujano ganaba 7.500 reales, el escribano 3.500 y el maestro 2.000 reales anuales.
Pero las mínimas dimensiones de los Propios castellanos tanto más pequeños cuanto más al norte se ubicasen- no se
correspondían con la mayor amplitud de los Propios meridionales, consolidados por las características de la conquista y repoblación del valle del Guadalquivir. Mientras no es infrecuente
topar en la provincia de Burgos con núcleos que confiesan no
tener ninguna tierra de cultivo (23), en las tierras del Común,
o con extensiones que no superaban las 40 fanegas, en la provincia de Salamanca se pueden encontrar esos topes en torno
a las 400 ó 500 fanegas y alcan^an las 4.000 fanegas en las tie-
(22) Datos de elaboración propia realizados en el partido de Ciudad Rodrigo tras obtener de las fuentes del Catastro de Ensenada la rentabilidad
de sus Propios. En A.H.N. Hacienda, Lib. 7.476.
(23) 25 pueblos de Burgos no superaban en 1768 esos topes. Tanto en
Andalucía como en Extremadura o en Castilla la superficie de los pastos y
de los eriales, doblaban o triplicaban las superficies de cultivo. En A.H.N.
Consejos legs.: 1842 y 1843. Información vertida por los ayuntamientos que,
pese a su posible infravaloración, puede tomarse como válida.
161
rras allende del Tajo. El malestar municipal, percibido con claridad tras el dictamen de las leyes sobre reparto de Propios:
intentaría minimizar la significación de esas tierras que empezaban a estar fuera del control hacendístico municipal. Desde
ese punto de vista las reformas de la década de los sesenta, continuadas en la dé los ochenta, no sólo proporcionaron la información necesaria para la creación de las<Juntas municipales
de Propios, sino que avanzaron en la consecución de los planteamientos del Despotismo Ilustrado, que no eran otros que
vaciar de poder a las haciendas locales, relanzando y potenciando la hacienda gubernativa (24).
2. Dificultades y resistencias a aplicar las leyes sobre el
reparto de tierras de Propios y Baldíos a los
jornaleros
La filosofía del reparto de las tierras de Propios pasó
-como se ha dicho- por dos momentos claramente diferenciados. En el primero -eñtre 1.766 y 1.770- la finalidad no
era otra que asentar a los jornaleros en la tierra. Sin embargo,
labradores y concejos no vieron con agrado la implantación de
esas medidas que mermaban su privilegiado status, por lo que
desarrollaron una crítica sistemática y efectiva que condujo a
los resultados deseados. La Ley de 26 de mayo de 1.770 hacía
partícipes de los repartimientos exclusivamente a los labradores que, poseyendo de una a tres yuntas, no tuvieron tierra
suficiente para emplearlas satisfactoriamente. Se primaba así
las apetencias expansionistas de la élite rural de frenar las expectativas de los asalariados rurales. Pocos años había durado
el pulso que labradores y concejos habían desencadenado con
el ejecutivo, pero se mostró -clarividentemente- tanto la ha-
(24) Fernández Albadalejo: Monasquia ilustsada y haciendas locales en la segunda mitad del siglo XVIIL Comunicación presentada al curso sobre La Hacienda en el siglo XVIIL Universidad Menendez Pelayo. Santander, 1983.
162
bilidad de sus tácticas como la inmadurez e improvisación de
las medidas gubernamentales. En esos 4 años, labradores y concejos inundaron de problemas y de peticiones al Consejo de
Castilla; hasta el punto de que los conflictos originados tras la
promulgación de las leyes sobre repartimientos de tierras de
Propios ocuparon un 20% de la conflictividad recogida en el
expediente, como pudo verse en los cuadros adjuntados. La
gran mayoría de estos memoriales aducían razones de inviabilidad e imposibilidad para llevar a efecto las leyes que introducían al jornalero como un miembro de pleno derecho de la sociedad rural. No obstante, hay también informaciones de campesinos, intendentes o síndi^os personeros mostrando los abusos y tergiversaciones que se estaban cometiendo en los lugares donde se habían iniciado los repartos.
La táctica desplegada por los labradores hácendados fué doble. No solamente criticaron y retrasaron la realización de esos
repartimientos a braceros sino que, a la par y en connivencia
con los concejos que muchos de ellos conformaban, monopolizaron en su propio beneficio parte de esas tierras. Ya se ha visto
la importancia de esas anexiones ilícitas en el incremento de
la gran propiedad extremeña. Y otro tanto puede decirse de
Andalucía y la Mancha. Campesinos de Vallecas, Vicálvaro,
Maqueda, Yebra y Casarrubios en Madrid, de Torrijos, Añover
de Tajo, Novés y Villanueva en Toledo, de Marmolejo, Baeza y Torres de don Jimeno en Jaén, de Trujillo y Mérida en
Extremadura, de Olvera y Jerez en Cádiz, y de Ecija, Marchena, Fuentes y Carmona en Sevilla, mostraban los abusos
que «los poderosos están efectuando un año más tarde de promulgarse para toda España la ley de 12 de junio de 1.767» (25).
(25) Todas las protestas en A.H.N. Consejos; leg.: 1843. Son todos memoriales del otoño de 1768, justo un año después de la promulgación de las
leyes con carácter nacional. Explicaban cómo la tierra se había repartido
entre grandes propietarios o labradores de yuntas abundantes, sin dejar apenas nada de tierra para los jornaleros.
163
Quizás esos abusos que marginaban al verdadero protagonista de esa ley, el. jornalero, provocaron no pócas tensiones
y violentos conflictos dentro de la sociedad agraria. Sin embargo, no se recogió en el expediente más que uno de ellos ^quizás el más sobresaliente? A tenor de la geografia y de las características de su entorno, pudo haber sido uno de los más
destacados: fué el que protagonizaron los jornaleros de Jerez.
Toda una sangrienta revuelta que tuvo todos los visos de una
«jacquerie», no poco frecuente en cualquier sociedad preindustrial. Los campesinos jerezanos explicaban así los sucesos de
1767:
«la mayoría de los labradores poderosos han usurpado con
granjerías todas las tierras de sus Comunales, con gran celeridad a lo que han respondido los jornaleros y pegujaleros
pobres asaltando las tierras de varios propietarios de cortijos, quemando sus graneros y caúsando otros males, entre
ellos la existencia de varias muertes, pues exi^te en Jerez gran
miseria y necesidad entre jornaleros y pegujaleros>^ (26).
E1 móvil de esta revuelta no fué otro que conseguir un alivio inmediato a la impotencia y rabia sentida al comprobarse
los nuevos abusos de los terratenientes. Hechos como éste fueron corrientes en otras muchas zonas europeas, cuyos campesinos, cansados de la usurpación de sus comunales, se levantaron contra el «orden señorial» o municipal (27). Pero la violencia de los jornaleros andaluces no dio pie a ningún cambio
cualitativo en su status al no existir, todavía, una ideología y
(26) A.H.N. Consejo ^ ; leg.: 1844, pieza 7a. El memorial lo envían los
pelentrines de Jerez, pues los jornaleros -al no ser pecheros- no eran sujetos ordinarios en la sociedad peninsular del Antiguo Régimen. Es perceptible, no obstante, su sincronización con el movimiento jornalero andaluz.
(27) Le Roy Ladurie: Revolte et contestation ^usal en France: 1675-1787. Annales, enero, 1974. Lo específico del movimiento campesino francés fué su
carácter antiseñorial, debido a la repetición de abusos y violaciones de la
justicia.
164
unos líderes que encauzasen la organización de ese movimiento. No se estaba,_aún, ante un movimiento revolucionario co^mo el que se desarrolló durante el siglo XIX; había todavía
mucha dosis de reformismo y conservadurismo, y no existía
tampoco un prisma de cambio social (28); era un intento de
responder a las injusticias con señales externas que no iban más
allá de la pura protesta. Y, sin embargo, esta lucha por la tierra fué el punto de partida de su concienciación posterior (29).
Las resistencias a la aplicación de la ley también provinieron de antiguos arrendatarios de las tierras de Propios, que
veían truncadas así la posibilidad de continuar especulando desde esas colectividades. El punto sexto de la ley, mostraba la
urgencia de esos repartimientos aunque existiese en vigor un
contrato de arrendamiento entre los concejos y sus arrendatarios. No se deseaba esperar ni siquiera los pocos años que duraba un contrato. Había urgencia en asentar al jornalero sobre la tierra. La reacción de los arrendatarios de Villanueva
de los Infantes y de Pedromuñoz, en la Mancha, como los de
Castrojeriz e Inestrosa en Burgos, fué contundente. Despojados uno o dos años antes de lo que se especificaba en su contrato «han pasado a rastrojar sus tierras ocasionando un grave
perjuicio a los vecinos jornaleros y pequeños labradores a quienes tocase por repartimiento esas suertes» (30). La ira acom=
(28) Landsberger: Rebelión campesina y cambio social. Distusbios campesinos,
temas y aa^iaciones. Madrid, 1978. Muestra la dificultad organizativa de la
sociedad campesina, su conservadurismo y su sumisión a la autoridad tradicional. Los éxitos se deben, más bien, a las alianzas externas y a la obtención de líderes carismáticos que organicen el movimiento.
„
(29) Bernal hace partir de estos momento finales del siglo XVIII el inicio del movimiento campesino andaluz, tan ligado a la lucha por obtener
tierra arable. En La lucha po^ la tierra en la crisis del Antiguo Régimen. Madrid,
1979.
(30) A.H.N. Consejos; leg.: 1842. Junio de 1768. Memorial de Villanueva al Consejo. La ley obligaba a repartir las suertes a los jornaleros nada
más levantar la cosecha del cereal, en agosto, quedando en ese momento
anulado el posible contrato de arrendamiento.
165
pañaba no solamente a los jornaleros, burlados en sus expectativas de mejora, sino también a los grandes y medianos arrendatarios, esa burguesía rural que se sentía frenada en una importante parcela de la que obtenía saneados beneficios: el arrendamiento de las tierras de Propios.
El síndico personero del ayuntamiento de Sevilla resumió
así el balance de los repartimientos efectuados hasta 1768 en
la provincia: «se han repartido no muchas tierras, pero las efectuadas no han sido hechas conforme a la ley de 12 de junio
de 1767, pues toman los ricos las mejores tierras y dejan las
que no desean, las peores, para los jornaleros que se ven incapacitados para arrancar a la tierra sus frutos» (31).
Con tan peculiar reparto, utilizaron la escasa productividad de esas tierras como argumento en contra de la laboriosidad del jornalero al que culpaban, sin razón, de la precariedad de esas cosechas. El memorial de los labradores de Marchena -ya citado- resumía la manipulación y falsedad con
que se estaban poniendo en práctica las dispo ^iciones del ejecutivo. El gabinete pronto se vió desbordado e impotente para
responder a tan sofisticado y múltiple contraataque de las élites rurales.
Pero las reticencias a aplicar la ley de repartimientos de 1767
por parte de labradores y de concejos encontró otros cauces.
En unos casos la exigiiidad de las tierras de cultivo de los bienes comunales hacía poco viable su cumplimiento; aunque no
era elemento menos importante el miedo de los concejos a perder las riendas en las que descansaba la base fundamental de
su autonomía hacendística. Los concejos de la provincia de Burgos fueron sensibles a estos problemas. La táctica desplegada
ante el •onsejo consistió en minimizar la extensión de sus tierras de Propios, así como la presencia numérica de los jorna-
(31) Informe de Lynce de Verastegui al Consejo. En A.H.N. Consejos;
leg.: 1844, pieza 5a. Recuérdese que esa ley se dió sólo para Andalucía, meses antes de que se implantase en todo el territorio nacional.
166
leros en sus pueblos, delimitada en un 12,6% de su población
activa, según Vilar.
Otro problema preocupaba, además, a los regidores y jurados burgaleses, y era cómo hacer frente a los censos y salarios que habitualmente salían de la explotación de esas tierras.
Si esos concejos se habían endeudado para consolidar y beneficiar a los pequeños propietarios o arrendatarios -que componían el fundamento de su estructura social- el fruto de ese
esfuerzo iba a recaer en unos pocos jornaleros, que, además,
no habían participado con su esfuerzo en la política hacendística. De los memoriales de los concejos de 25 pueblos burgaleses se deducía, junto a la escasez de sus tierras de Propios y
la importancia de la gran propiedad de monasterios y conventos, el temor a cómo hacer frente a los censos contraídos cón
esos mismos monasterios, y que habían servido, en no pocas
ocasiones, para ampliar o crear las tierras de Propios del lugar (32). En Anguix, las 50 fanegas de labranza habían sido
adquiridas a Las Huelgas de Burgos «del que se es deudor
de 47.000 reales que se pagan a censo, con lo que se obtiene
de esas fanegas y con la ayuda de un canon anual que pagan
todos los pecheros del lugar» (33).
Se presentaba un grave problema a estos ayuntamientos
si cumplían con lo dispuesto en la ley de 1767: perdían su autonomía, su dinero y su respetabilidad. El informe del intendente
de Burgos corroboró, sin embargo, lo^ fundamentos de su protesta. La escasez de jornaleros y la gran abtindancia de pequeños poseedores de una yunta «c^ue se empobrecerían aún más
(32) En Roa, las 40 fanegas de labranza del Común servían para pagar
los censos pendientes con varios conventos, mantener una casa de huérfanos y pagar los salarios del maestro y del cirujano. A.H.N. Consejos; leg.:
1842. Octubre de 1768.
(33) El concejo, además, había construido un mesón y había realizado
otras mejoras en la infraestructura del pueblo. Temían repartir sus tierras
de Propios pues de su explotación salía la formulación y el pago de toda su
política Financiera.
167
si se reparte la tierra que ellos mismos han comprado para benefició del Común» (34) les hacía argumentar en contra del repartimiento de las tierras de Propios.
El Consejo de Castilla pronto vió la dificultad de formular
leyes con carácter nacional en territorios con tan variadas formas de explótación y tenencia de la tierra. Si habían sido concebidas estas leyes por la urgencia de la cr^isis de 1766 y pensando, quizás, en la amplitud de los Propios meridionales, resultaban de difícil aplicación en el norte peninsular, con mayoría de pequeños campesinos, que sostenían con su trabajo
la existencia de unas tierras que se pretendían transferir a los
jornaleros. Sin embargo, el Consejo no reconoció las argumentaciones de la provincia -temiendo, posiblemente, interpelaciones parecidas- e instigó a la conveniencia de llevar adelante la filosofía de la ley de 1767. No obstante, tres años más
tarde reconoció, no ya con carácter provincial sino con transcendencia nacional, la ineficacia e inviabilidad de esas leyes.
Los informes de los intendentes y de las audiencias habían mostrado el irrealizable utopismo que llevaban implícitas.esas medidas.
Las dificultades del repartimiento de los Propios en suertes de 8 fanegas a cada jornalero, pronto empezaron a ser conocidas por el Consejo de Castilla. No se trataba ya de ralentizar la viabilidad de esa ley, sino de considerar inadecuada
esa extensión de tierra, que solía estar alejada varias leguas de
los núcleos rurales.
Diversos concejos mostraron otras propuestas alternativas,
que consideraban más realistas para su correcta utilización. Para
el concejo de Novés (Toledo) repartiendo «de una a dos fanegas entre braceros y azadoneros S.M. hará su felicidad, pues
(34) Informe del intendente de Burgos en 1768. A.H.N. Consejos; leg.:
1842. Las deudas no se podían pagar y la ruina sería automática para muchos labradores que se beneficiaban de sus pastos, leña y tierras de labranza. Además, sólo se podía repartir tierra a tres o cuatro jornalero ^ en razón
a la exigiiidad de las tierras agrícolas de sus comunales.
168
no tienen ni aperos ni material adecuado para arar las 8 fanegas indicadas». Y, para los concejos de Villasandino, Casa de
la Reina, Frandovínez, en Burgos, la extensión adecuada era
la de repartir una fanega a cada uno de los braceros del
lugar (35)..
Olavide como intendente de Sevilla, y Bruna, decano de
la audiencia de la misma ciudad, pusieron de manifiesto lo irrealizable de tal proposición. Olavide, con el reglamentarismo que
le caracterizaba, opinaba que «se ha de repartir entre los jornaleros las tierras más cercanas al pueblo; que nunca distasen
más de media legua, pues si están a tres o cuatro leguas quedan muy pronto yermas por su extrema lejanía y la inexistencia de una casa con sus aperos adecuados; por eso pienso que
la cantidad razonable a repartir a cada bracero ha de ser de
dos fanegas por suerte. Las tierras más distantes de media legua se dividan en parcelas de 50 fanegas y se den a los pelentrines que no tengan 20 fanegas propias, obligándoles a tener
dos pares de bueyes y a hacerse allí casa y corrales» (36).
Uno de los errores fundamentales de la ley de 1767 fue considerar que con sólo proporcionar 8 fanegas de tierra a braceros y senareros éstos iban a convertise en «flamantes» labradores; ^de dónde iban a obtener las yuntas, los aperos, la sementera y el pago anual del canón establecido para ponerlas en funcionamiento? zPor qué no se les concedió préstamos para hacer frente a su nueva condición? Gran parte del fracaso de esta primera etapa de la política de repartimientos fué debida
tanto a estos errores técnicos como a la oposición que desde
los concejos y los sexmos efectuaron los terratenientes y los labradores. Por ejemplo, en 34 de los 36 pueblos segovianos que
habían efectuado el repartimiento conforme a lo legislado por
el Consejo, no se cultivaban las tierras repartidas a los jorna-
(35) A.H.N. Consejos; leg.: 1.842. Memorial de Novés al Consejo en
abril de 1770. Los de los pueblos burgaleses eran de 1768.
(36) A.H.N. Consejos; leg.: 1.844, pieza 7a, folio 196-198. Informes
ambos de 1768.
169
leros o, en el mejor de los casos, sólo se hacía de forma parcial
y deficiente (37). La consecuencia, más evidente, fué el descenso de los ingresos obtenidos de la explotación de los Propios, justo lo contrario que perseguía el ejecutivo. De difícil
cuantificación fué el malestar de los labradores y arrendatarios de tierras de Propios por el desalojo del que habían sido
objeto y del que, como celosos notarios, mostraban sus resultados nada halagiieños.
Todas estas cuestiones, junto con el alarmante descenso de
los ingresos concejiles en los pueblos en que se había efectuado el reparto, llevaron al Consejo de Castilla al convencimiento de plantear estos repartimientos con una nueva filosofía. La
ley de 26 de mayo de 1770 no sólo significaba el éxito de las
propuestas formuladas por los labradores, sino que marginaba definitivamente las aspiraciones de los jornaleros y campesinos modestos. El clima de inseguridad y de conflictividad iba
a ser desde ese momento más perceptible.
(37) García Sanz: E! repartimiento de tierras concejiles en Segoaia entre 1768
y 1770. En Congreso de Historial Rura1, Madrid, 1984.
170
V. Localización del conflicto agrario
La sociedad rural soportaba, a finales del Antiguo Régimen, unas profundas tensiones que di^cilmente era posible acallar. La lentitud e ineficacia de la administración de justicia,
hizo generar una notable protesta que los pecheros de la Corona de Castilla -individual o corporativamente- fueron enviando a su Majestad. Los súbitos de la antigua Corona de Aragón, con similares conflictos, o no participaron o los recopiladores del expediente no consideraron oportuna su inclusión.
Pero el análisis de la geografía conflictiva explica cómo esa protesta, o el criterio selectivo que la presidió, no se repartió equitativamente por toda la Corona Castellana. No existen datos
algunos sobre las tradicionales zonas minifundistas del litoral
cantábrico: zNo había interés en conocer y mejorar las condiciones de vida del subforero gallego o del pequeño propietario
vasco o cántabro?, o ^es que se intuía su superioridad respecto
al campesino castellano o andaluz? Lo q ^e era indudable era
la alta valora•ión que el campesino de la submeseta norte poseía de las condiciones de vida del trabajador del litoral (1).
(1) Labradores de Toro, Zamora y Salamanca, ponían como modelo a
seguir la amplia permanencia que suponía el foro para todo el campesinado
del oeste periinsular. También tenían referencias de los progresos vascos,
efectuados a través de la expansión del maíz y de las leguminosas.
171
Las dos zonas en donde se asentó la mayoría de la información correspondía al minifundista y parcelado paisaje agrario
de la cuenca del Duero y, en segundo lugar, al núcleo latifundista disperso por Andalucía, Extremadura, La Macha, y la
propia Salamanca. Quizás, por eso, sea la provincia de Salamanca -que participaba tanto de los problemas del minifundismo como del latifundismo y de la difícil convivencia con los
ganaderos mesteños- la indiscutible protagonista del expediente de Ley Agraria.
Se tiene la impresión que el Procurador General del Reino, Saenz de Pedroso, a quien se le encargó esa selección, quiso mostrar en profundidad los conflictos que acarreaban minifundismo y latifundismo en la sociedad del setecientos. Y para
ello ñada mejor que operar sobre unas zonas concretas, con
sus problemas concretos. De ahí, por qué Salamanca, Segovia, Zamora, Toro y Burgos, por un lado, y Sevilla, Granada,
Jaén y Cádiz fuesen la muestra ilustrativa de esa realidad nacional que se deseaba reformar. Por eso, los problemas del campesino castellano, sobreviviendo con pequeños contratos de
arrendamiento o subarrendamiento o los de jornaleros o pelentrines andaluces tuvieron preferencia respecto a todo lo demás. Se deseaba perfeccionar un sistema de organización agrario que se había quedado obsoleto.
La localización selectiva de los conflictos se ubicó, por tanto, en dos polos relativamente homogéneos.
La zona castellana, donde Salamanca protagonizó el 43,9%
de los problemas totales, seguida de Segovia con un 28,9, Zamora con un 6,5 y Toro con un 1,8 y con cuestiones de similar
envergadura. Junto a ellas los problemas que las leyes sobre
el repartimiento de Propios habían originado en Burgos, la
Mancha, Avila y Madrid.
La zona andaluza asentada principalmente en torno al Guadalquivir y a los problemas que la gran propiedad originaba.
Si se observa el cuadro I, se aprecia cómo las mayores tensiones del expediente correspondían a Salamanca, Segovia, Zamora y Toro, que juntaban más de las dos terceras partes de
172
los conflictos: un 81,3% del tótal. La explotación del paisaje
minifundista, junto al crecimiento de las dehesas y despoblados -importantes latifundios- fueron la base de los conflictos que dividían a su sociedad.
Pero hay que especificar que ese cuadro (pág. 74) da sólo
una imagen parcial del conflicto; pues se ha confeccionado atendiendo a las demandas particulares de campesinos y no a los
informes de ayuntamientos, diputados, sexmeros, intendentes
u otras instituciones. Por ello, resulta pobre la participación
andaluza y excesivamente rica la «segunda zona castellana» de
la que sólo se posee conocimiento de los problemas que planteó el repartimiento de las tierras de Propios.
La zona andáluza fué especialmente rica en informes de
instituciones y organismos municipales y adoleció, en cambio,
de demandas de sus propios pelentrines. Pero, visto en conj unto, fué mucho más notable la participación andaluza que
las de las provincias de Burgos, Madrid, o la Mancha. Los interesantes informes de los intendentes de Granada, Jaen, Córdoba, Sevilla, el del decano de la audiencia sevillana, las peticiones de los diputados de Marchena y los dos memoriales de
los procuradores de Jerez, los informes del ayuntamiento de
Jerez, el expresivo trabajo del síndico sevillano, el informe del
fiscal que dictaminó el caso de Oxijares de la Vega, y, por fin,.
el de la agricultura andaluza realizado por el propio Procurador General del Reino, así lo confirman. Por tanto, el escaso
protagonismo subsumido en el 9,5% de la conflictividad total,
sólo representa una mínima parte de la información que se vertió en el expediente sobre el campo andaluz. Y es que aquí sucedió el fenómeno contrario de lo acaecido en Castilla: no fueron las demandas-directas de sus labradores la base documental fundamental, sino el doctrinarismo de funcionarios ilustrados e instituciones provinciales.
Si se observa de nuevo el cuadro (pág. 74), la causa fundamental de la protesta r^ral fué la subida de las rentas contractuales, así como la difícil convivencia entre labradores y
ganaderos con más del 90% de las tensiones allí reseñadas.
173
Cuantitativamente menos importante fué la cQnfusión que las
leyes de 1767 originaron en los repartimientos de las tierras
de Propios simbolizado en un 9,16% de los problemas totales.
1. Los problemas de Castilla
.
Pocas zonas como Salamanca podían representar en España la complejidad de la explotación del sector primario. Participaba del paisaje agrario presente en la submeseta norte a
la par que constituía una excepción en cuanto al régimen de
propiedad existente. Mostraba una notable parcelación en las
empresas agrarias -como en el resto de la Castilla orientalpero, a la vez, la gran propiedad -dehesas y despobladosoponían evidentes diferencias al minifundismo imperante. Los
problemas que mostrabá Salamanca eran parecidos, por una
parte, a los del minifundismo segoviano o burgalés -cuando
se trataba de suertes pequeñas arrendables- pero se parecían
como una gota de agua en la explotación de sus dehesas a la
gestión extensiva que se daba a los latifundios del sur (2). Sin
olvidar que nunca faltaron las fricciones con los ganaderos mesteños por ser una zona de pastos abundantes y de amplias cañadas. Difícilmente se podía haber obtenido eñ una geografía
tan concreta el amplio y espectacular grado de conflictos como
los que dentro de Salamanca se produjeron. En buena medida, por tanto, hablar de los problemas de Salamanca era hablar de los problemas agrarios de toda España. No nos debe
de extrañar, consecuentemente, la inflación de conflictos, demandas, pleitos, informes... que la sociedad rural salmantina
envió al Consejo de Castilla. El ejecutivo demandaba esa in-
(2) Salamanca, junto con Extremadura y Andalucía occidental, tenían
problemas estructurales parecidos, como ha demostrado Pascual Carrión en
Los latifundios en España. Reedición de 1975. Su configuración actual es bien
parecida a la que poseía en el siglo XVIII. Ver García Zarza: Los despoblados
-dehcsas- salamantinos en el siglo XVIII. Salamanca, 1978.
174
formación pues deseaba reunir en esa provincia el más variado acopio documental para su análisis y posterior formulación
de una Ley Agraria nacional.
Por estas mismas razones, no debe sorprender que de otras
muchas provincias castellanas apenas haya información. Un
memorial de labradores vallisoletanos y leoneses explicaba esas
ausencias: «la agricultura tiene en estas tierras las mismas necesidades y urgencias que en las de Salamanca», añadiendo más
adelante su apoyo a«las peticiones que han hecho al Consejo
los labradores de la Tierra del Pan, del Vino y de Salamanca» (3). Si bien sería excesivo hablar de un liderazgo reivindicativo en los labradores y campesinos.de Salamanca, sí pareció existir un cierto conócimiento de lo que se estaba intentando fraguar en el muestreo que el expediente realizaba. Por otra
parte, los problemas o demandas que provenían de Zamora,
Segovia... etc, no hacían sinó desarrollar algún particularismo o matiz a los problemas generales a los que se veían sometidos todos los castellanos. La temática conflictiva de Castilla
en la segunda mitad del siglo XVIII podían resumirse en estos puntos:
- La necesidad de ampliar las superficies de cultivo, como resultado del impulso demográfico dé la época.
- Los enfrentamientos entre labradores y ganaderos por
la posesión de la tierra.
- Los problemas derivados de los contratos cortos de arrendamiento y de las claúsulas contractuales de oneroso cumplimiento.
- El alza de las rentas y de los productos agrarios.
- Los abusos de poder de propietarios y grandes arrendatarios.
(3) A.H.N. Consejos: leg.: 1843. Los pueblos que se expresaban así eran
1 ordesillas y Wamba, en Valladolid, y Villamañán en León. Conocieron
un año más tarde de su realización el memorial conjunto que los labradores
salmantinos y zamoranos habían enviado al Consejo, solicitando una ley agraria, en 1770.
175
- Los subarriendo^ .
- La abundancia de los desahucios.
- Los despoblados.
- La decadencia de la agricultura castellana.
- Las tensiones originadas por las leyes sobre repartimiento
de tierras de Propios y Baldíos.
- La pobreza del campesinado que sufría periódicas crisis
de subsistencia entre la incompresión de los terratenientes
y grandes arrendatarios.
Ante tan lamentable estado de la agricultura, las demandas campesinas se concentraron en solicitar leyes contra lo que
se consideraba las causas de ese abandono; aunque sin perder
nunca de vista el deseo de establecer un marco jurídico idóneo
para el sector primario. Una ley agraria fué pedida con ínsistencia por el campesinado castellano a partir de 1770; sin embargo, el desencanto no tardé demansiado en llegar. Y las presiones antirreformistas que protagonizaron las élites rurales,
no cejaron en las últimas décadas del siglo XVIII.
La escasez de tierra de labranza aparecía como el problema más agudo del campesino. Ese era un caballo de batalla
que habían de ganar en un doble frente: por un lado, a los ganaderos mesteños, y, por otro, a los terratenientes que conocían los beneficios que les reportaba esa escasez de tierra arable. Y es que la realidad de la superficie castallana cultivada
era muy exigua: a mediados del siglo XVIII sólo un 40% (4)
eran tierras de labranza. Salamanca participaba, plenamente,
de ese escaso aprovechamiento del suelo agrario, «pues había
para cada pareja de bueyes sólo 110 aranzadas de tierra», cifra muy elevada si tenemos en cuenta las peticiones de un campesino de la Armuña:
^
(4) Grupo 75: La economía del Antiguo Régimen. La Renta nacional en la Corona de Casti[la. Madrid, 1977. En gran medida, la escasez de yuntas de labor
marcaba un techo insalvabe a la expansión agrícola. Pág. 80.
176
«no es posible arar con yunta de bueyes más allá de 25 aranzadas de tierra, si bien pueden alargarse a 40 aranzadas si
se utilizan yuntas de mulas» (5).
Las conclusiones que Dolores Mateos ofrece insisten en el
deseo roturador que mostraba la provincia: «pues en ningún
caso se labraba más de la mitad de la tierra» (6). Había una
intencionalidad en presentar que se, debía al déficit del ganado
de tracción: se decía que había que contabilizar 29.219 bueyes
y 3.808 mulas para apoyar el trabajo de 19.209 labradores y
11.714 jornaleros. Pero hay que tener en cuenta que como los
jornaleros no tenían animales, para los labradores podían ser
suficientes (7).
Salamanca
El censo de Floridablanca reconocía el espectacular crecimiento demográfico de la provincia durante la segunda mitad
del siglo XVIII; en 1.787 la tasa de crecimiento salmantina
era la más alta del total nacional (8). Este aumento de la población se concentró, preferentemente en la zona rural, puesto que la ciudad fué perdiendo habitantes (9) durante las últimas décadas del siglo. Es este un dato de capital importancia
para comprender el nivel de determinismo que hubo de soportar
(5) Pedro Rodríguez, campesino de esa comarca, se expresaba así en 1771.
En A.H.N. Consejos; leg.: 1841.
(6) Mateos: La España de[Antiguo R^imen: Salamanca. Salamanca, 1969.
Pág. 59.
(7) Según los datos del Censo de Frutosy Manufacturas. Madrid, 1780. La
superFicie cultivada en Salamanca era de 1.766.744 aranzadas, lo que suponía como término medio, 62,7 fanegas labradas por trabajador, excluidos
los jornaleros. Pero recuérdese que los cultivos en dos o tres hojas mermaban sustancialmente esa teórica superficie labrable por año. Los datos de
los labradores y jornaleros se han obtenido de Vilar: Structures de la societé
espagnole oers 1750. París, 1966.
(8) Mateos, ibidem: pág. 17.
(9) Ibidem: pág. 25. La ciudad descendió de 15.200 a 13.918 habitantes
entre 1754 y comienzos del siglo XIX.
177
la sociedad agraria provincial y que iba a ser causa de multitud de tensiones encaminadas a obtener una tierra, cada vez
más escasa y, por tanto, cada vez más cara.
Tierra que, en términos generales, no era la más adecuada para el cultivo agrario. Sus suelos graníticos o pizarrosos
impedían arar convenientemente el terrón al aflorar muy pronto
la roca (10). X sus encinares y robledales mostraban la mayor
adecuación de esa tierra para el predominio de las actividades
ganaderas. Y, sin embargo, la presión demográfica y la mentalidad fisiocrática imperante encaminaron a esas tierras hacia la agricultura. Los mismos labradores de Salamanca fueron conscientes de la dificultad y contradición en la que desarrollaban su trabajo: «hay gran diferencia entre las buenas tierras de Valladolid y Zamora y las de esta provincia, allí parece que Dios creó la tierra para fructificarla, aquí sólo la necesidad de obtener el pan hace labrarlas» (11).
Pero esa escasa calidad no fué la única causa determinante
de sus bajos niveles de productividad. Aquí no sucedió el «milagro» de la agricultura flamenca o la del norte de Europa, en
las que la necesidad fué el móvil que hizo posible su reconversión hacia una agricultura intensiva y capitalizada (12).
Necesidad que la explosión demográfica había originado
y que urgió al campesino a explotar a fondo sus parcelas. En
ese sentido, las acciones que se recogen en el expediente no
(10) Mapa p^ooincial de suelos de Salamanca. Mapa agronómico nacional,
Ministerio de agricultura, 1970. Pág. 48.
(11) Memorial de los labradores de Ledesma, Alba, Béjar y del partido
de Salamanca, en mayo de 1780. En A.H.N. Consejos; leg.: 1843, Pza 3a,
folio 84.
(12) Van Bath: Hislona agraria de la Europa occidental. Barcelona, 1974.
Pág. 358. Ese modelo de desarrollo no estaría tanto en función de la riqueza
cuanto de la supervivencia del trabajador.
178
son más que puras anécdotas (13). La tendencia mayoritaria
del campesino español fué extraordinariamente tradicional y
continuista. No hubo innovación en sus ritmos y horarios de
trabajo, ni en sus utillajes y tecnología, ni en la capitalización
de sus empresas. Los días de trabajo no eran excesivos en el
cereal -hecho que censuraron los «activos» intendentes-, el
arado romano y las yuntas de labor dominaban el universo de
las tecnologías agrarias, el abonado era escaso y de difícil obtención y los cortos contratos de arrendamiento impedían una
estabilidad que podía haber originado su reconversión hacia
una agricultura intensiva. Las salidas propugnadas por la sociedad agraria fueron escasamente innovadoras y de menguado costo personal: solicitar con urgencia ampliar las superficies de cultivo -a costa de eriales y pastizales-, y lamentarse
ante el Consejo de Castilla de una organización agraria que
paralizaba o frenaba sus iniciativas. Pero la desamortización
decimonónica demostró cómo no eran, solamente, el marco organizativo y la escasa calidad del suelo peninsular, los únicos
culpables de los bajos rendimientos agrícolas.
El labrador de Salamanca se erigió como modelo de la sociedad rural del siglo XVIII. Ninguno como él solicitó, tan insistentemente, el incremento de las roturaciones de yecos y pastos, ninguno como él opuso una resistencia tan tenaz a los privilegios de los ganaderos mesteños, ninguno batalló tanto por
modificar el régimen contractual y nadie se opuso tanto, como
él, al incremento de las rentas agrícolas. Pero, insistimos, fueron siempre soluciones muy tradicionales las que se pedían;
quizás hubiesen podido paliar la miseria en la que desarrolla-
(13) Un campesino de Ledesma, que producía en 1780 intensivamente
sus tierras aprovechaba la fértil zona de los ^<arribes» del Duero, colocando
en los mercados lino, frutales, herrén y trigo de primera calidad «trabajados
con mucho sudor y permanentes jornadas». Datos del corregidor de Salamanca al Consejo de Castilla, mostrando las excepciones a una tradicional
mentalidad campesina basada en el monocultivo cerealístico. A.H.N. Consejos; leg.: 1843.
179
ban sus vidas, pero nunca podrían incrementar la productividad y riqueza del suelo agrario. Y ese era, precisamente, el
móvil que llevaba a los ilustrados a propugnar una ley agraria.
Pocas expectativas de cambio podían existir con un predominio tan alto del sistema trienal en el cultivo. El cultivo alternativo en tres hojas, aunque venía marcado por una necesidad de alimentar al ganado, significaba que cada empresa agraria sólo producía anualmente un tercio de sus posibilidades reales. En Europa, mientras tanto, se iba abandonando el barbecho y se implantaban, con éxito, otros cultivos de ciclo (14)
corto que, como las forrajeras, enriquecían al suelo a la par
que descansaban del esterilizante cultivo cerealistico. Ni siquiera
se siguió aquí el ejemplo de algunas zonas litorales peninsulares que estaban desarrollando, con buenos resultados, algunas
innovaciones en sus técnicas de producción (15).
En Olmedo, sus 1.843 fanegas de sembradura se reducían,
anualmente, a 614 fanegas (16) porque predominaban en toda la provincia los cultivos alternativos en tres hojas. Las lamentaciones de sus campesinos ante tal determinismo eran compartidas por otros 117 pueblos, que mostraron al Consejo las
diiicultades de su subsistencia (17) sometida, en ocasiones, a
alternancias aún más prolongadas. Sólo los labradores de la
(14) Boserup, E.: Las cond^iones de desanollo en la agricultura. Madrid, 1967.
Fueron desapareciendo, paulatinamente, tanto los barbechos cortos como
los largos.
(15) Fernández Albadalejo: La crisis del Antiguo Régimen en Guipúzcoa. Madrid 1975. El maíz se pudo extender debido, en parte, a la acción fertilizante de la cal.
(16) Lamentaciones de los campesinos de Olmedo, en 1791. En A.H.N.
Consejo; leg.: 1534, pieza 21. El 69% de la producción total del suelo era
trigo; el 23% centeno y el 7% herrén.
(17) En todo el oeste de Castilla predominaban los cultivos al tercio. Ver
García Fernández: Champs ouverts et champs clótures en Vieille Castille. Annales,
1965. En algunas zonas de Ledesma y de Ciudad Rodrigo, la alternancia
alcanzaba periodo muy lagos: 1/6 0 1/8. ^
180
^omarca de la Armuña, presionados por un notable crecimiento
demográfico y por unos suelos más ricos, fueron transformando él barbecho largo en cultivos de año y vez. Incluso los despoblados numerosos de su entorno fueron divididos en dobles
hojas que labraban con empeño lo ^ campesinos.
Así el despoblado de Navarros de Valdunciel, propiedad
de los cistercienses de Salamanca, se arrendaba a los campesinos de Carrascosa. Eran 1.000 fanegas de labranza divididas
en dos hojas y 70 fanegas de pasto en donde se alimentaban
50 bueyes, 40 mulas y 60 cerdos (18).
Pero el incremento demográfico y la mayor disponibilidad
ha•ia el incremento obli ‚ado de la jornada laboral, había hecho a los armuñenses despertar de un largo letargo. Sin embargo, algunos intentos de introducir forrajeras en su aplastante monocultivo cerealístico, no tuvieron tanta fortuna (19).
Sin magnificar las modestas innovaciones de esta comarca, que
le permitió mantener sus tasas de crecimiento, en ninguna otra
zona fué perceptible modificación alguna en la explotación de
sus suelos, y los conflictos allí fueron mucho más agudos.
' Los partidos de Salamanca y Ciudad Rodrigo fueron realmente los más conflictivos. Las tensiones con los ganaderos y
con los terratenientes y poderosos fué el origen permanente de
la polémica campesina. El partido de Salamanca reunía, junto con el de Ciudad Rodrigo, el mayor número de los despoblados provinciales: casi la mitad de los 340 despoblados existentes en 1764 (20).
(18) A.H.N. Consejos; leg.: 1842, pieza G. Era uno de los 37 despoblados de la Armuñá; explotado de forma inusual para el resto de la provincia,
en donde se desaprovechaban para la labranza amplias extensiones de tierras de cultivo.
(19) Interesantes datos dados para la Armuña por Cabo Alonso: La A^muiea y su cvo[ución uonómica. Revista Estudios Geográficos, 1955. La Armuña alta pasó de 42.279 habitantes en 1752 a 5.072 en 1787; la Armuña baja
pasó, en esos mismos años, de 4.610 a 5.242 habitantes.
(20) A.H.N. Consejos; leg.: 1.842. Informe del corregidor de Salamanc a.
181
La explotación que se daba a esos despoblados era muy deficiente. En el sexmo de Baños, por ejemplo, el 80% de las
tierras utilizadas como pastizales, eran tierras de labranza
abandonadas (21). Las propuestas campesinas aducían la necesidad de reconvertirlas de nuevo al cultivo agrario, pues «la
infelicidad y el hambre nos acompaña por esa causa». Mientras tanto, se produjo un fenómeno de emigración hacia la Armuña y tierras del norte de la provincia, en busca de mejores
expectativas, y el despoblamiento del partido de Salamanca continuó durante toda la segunda mitad del siglo. A principios del
siglo XIX, sólo suponía ya un 30,5%.de la población total de
la provincia, dándosé la mayor concentración humana en las
tierras periféricas de los partidos de Alba, Béjar, Mirón... que
ofrecian cabidá al 63% de sus trabajadores (22).
Y ese éxodo en los despoblados no era para menos cuando
-como en Baños- (23) con una extensión total de 14.152 fanegas, sólo se labraban 5.140, desaprovechándose las posibilidades agrarias de casi 9.012 fanegas. Todo un lujo, orquestado, sabiamente, en pro de los intereses de terratenientes y ganaderos -ver capítulo 1°-, pero insostenible para el campesinado.
E1 celo poblacionista de los ilustrados potenció la realización de numerosos informes que esclarecieron la conflictiva información del campo de Salamanca. Según uno de ellos, el sexmo de Valdevilloria desaprovechaba 4.096 fanegas del conjunto
de sus despoblados. El corregidor salmantino suscitaba la po(21) A.H.N. Consejos; leg.: 1.842. Datos de propia elaboración: e166%
de esos despoblados eran de propiedad nobiliaria, el 30% de propiedad eclesiástica, y el resto de propiedad compartida entre varios mayorazgos y entidades religiosas.
(22) Mateos: La España... Pág. 14. Las tierras de señorío eclesiástico sólo suponían el 6,36% del total de la población después de haberse realizado
la desamortización de 1798-1808.
(23) Una de las partes administrativas en las que subdividía un partido
en el Antiguo Régimen. El de Salamanca, por ejemplo, se veía dividido en
4 sexmos: Armuña, Baños, Peña del Rey y Valdevilloria.
182
sibilidad de que 74 colonos pudieran desplazarse allí y labrar
esas tierras. No obstante, no ignoraba la dificultad de llevar
adelante tal empresa, cuando la mitad de esos despoblados eran
de propiedad compartida entre la nobleza y los conventos salmantinos.
Mientras tanto, su situación se iba depauperando. Habían
de someterse a contratos en condiciones desfavorables, con revisiones periódicas de sus rentas, que organizaban los terratenientes a su favor. Los desahucios y, en muchos casos, la miseria, eran las salidas conocidas.
E1 partido de Ciudad Rodrigo
Del estupor inicial producido por el protagonismo de 12
pueblos de Ciudad Rodrigo, llegué pronto a la conclusiór] de
que era necesario consultar una serie de fuentes auxiliares censo de Floridablanca y Catastro de Ensenada- que, junto
a las proporcionadas por el propio expediente, pudieran aclarar los motivos reales del intenso enfrentamiento que se estaba desarrollando dentro de sus estructuras sociales. Y el análisis de tales fuentes fué extraordinariamente fructífero: mostraba
una sociedad rural con graves problemas económicos y sociales; una sociedad que, 'incluso, vió descender notablemente su
producción agrícola entre 1752 y 1790, y que, a través de un
fuerte enfrentamiento entre sus estamentós, mostraba las graves contradicciones de muchas de las sociedades rurales peninsulares del Antiguo Régimen.
Los 12 pueblos más insistentes en sus demandas se encontraban al oeste y suroeste de Ciudad Rodrigo, cerca ya de la
frontera portuguesa: Alameda, Atalaya, Aldea del Obispo,
Campillo de Azaba, Castillejo Martín Viejo, Encina, Espeja,
Olmedo, Pastores, Sexmiro, Villar de la Yegua y Zamarra;
todos de forma comunitaria expusieron al Consejo de Castilla
sus problemas, instándole a que la Ley Agraria terminase con
los abusos de propietarios y grandes arrendatarios y permitie-
183
se a los campesinos explotar, más racionalmente, una tierra
que se desaprovechaba en su mayor parte.
La sociedad rural española no era una sociedad homogénea. Estaba compuesta de muy distintos elementos con fines
y características peculiares -propietarios, campesinos, labradores, ganaderos, jornaleros- pero a todos ellos les unía la
idea de considerar a la tierra como la única fuente de riqueza.
La tierra era, ciertamente, el ideal de la época, pero considerada no como un capital de explotación sino como una fuente
segura de percepción de rentas (24). Esta sociedad estaba configurada también por otros miembros que no basaban su vida
en las actividades agrarias, pero por su escaso número (25) dentro del total de la población hace que aquí se estudien sólo las
actividades de la población campesina, siempre mayoritaria.
Existía un gran abismo entre los elementos sociales mejor
situados -propietarios y ^randes arrendatarios- y los menos
favorecidos -pequeños arrendatarios, pequeños propietarios,
subarrendatarios-. Aquellos eran la auténtica clase dominante
como rectores, además, de las decisiones municipales. Pero es
evidente que terratenientes y labradores, a pesar de su común
situación de privilegio, no formaban una clase avenida. Los
enfrentamientos entre ambos por la explotación de la tierra derivó, con frecuencia en una auténtica lucha de clases (26), pese
a proliferar -en ocasiones- posiciones ambiguas, pactos y
alianzas, frente al pequeño campesino, siempre dictadas por
la conveniencia del momento. El grupo de de los propietarios
en estos 12 pueblos era numeróso. La tierra estaba bastante
(24) Artola: Los orígenes de la España Contemposánea. Madrid, 1959.
(25) A.H.N. Hacienda; lib. 7.476. En Alameda, por ejemplo, existía un
herrero y dos tejedores, como únicos elementos pertenecientes, teóricamente a los sectores terciario y secundario. En Espeja, esa proporción se centraba en un herrero,.dos sastres y un carpintero.
( 26) Postel, Vignay: La rente fonci^re dans le capitalisme agricole, París, 1974.
Así denomina el autor a este usual enfrentamiento rural en la sociedad preindustrial.
184
parcelada en suertes de mediana y pequeña factura (27). Sólo
abundaban las parcelas de amplias dimensiones en las dehesas
de pasto y labor alejadas de los pueblos y en los despoblados.
Los propietarios más importantes eran el oblispo y el cabildo
de Ciudad Rodrigo, el marqués de Espeja, el marqués de Castelar y algunos otros conventos; además de ciertos funcionarios públicos -abogados, regidores, tesoreros- que invertían
sus ahorros en la tierra como medio de producción preferente
en aquella época.
Los propietarios, y sobre todo los terratenientes, se presentaban como un grupo unido y compacto; alentados en su lucha contra los grandes arrendatarios por el auténtico «alma»
del grupo, el cabildo de Ciudad Rodrigo que, por su cercanía
a estos pueblos, conocía mejor la situación que los propietarios, absentistas casi siempre de sus propias tierras. La situación crítica de la zona -malas cosechas en los 1766-1768,
1789-1790, 1802-1805- dió (28) lugar a un largo pleito que
puso de manifiesto los intereses y los problemas que enfrentaban a ambos grupos sociales. La distinción que hicieron los
terratenientes entre pequeños y grandes arrendatarios mostraba
la estratificación social existente en la provincia salmantina.
Este duro enfrentamiento entre propietarios y grandes arrendatarios se prolongó durante toda la segunda mitad del siglo
XVIII (29). Si en algún momento es perceptible intuir en el
expediente alguna alianza entre las élites rurales en ciertas zonas castellanas, en Ciudad Rodrigo fué inviable esa alianza.
Aquí el conflicto fué de gran magnitud y ni siquiera la posibilidad de luchar juntos contra las reivindicaciones del campesi-
(27) A.H.N. Consejos; leg.: 1.534, expediente XIX. Como en toda Castilla, la tierra estaba muy parcelada y las dimensiones de las suertes no eran
usualmente superiores a las 20 ó 25 fanegas.
(28) Ver Ortega, M: Producción y conflictioidad social en el fiartido de Ciudad
Rod^igo a Jinaks de[ Antiguo Rígimen. En Congreso de Historia Rural, Madrid,
1984.
(29) A.H.N. Consejos: leg.: 1.534, expedientes XXI, XXIII y XXVII.
185
nado les permitió unirse para hacer un frente común. Los propietarios consideraron a los grandes arrendatarios -el ^rupo
de los 16- (30) como los orquestadores de todos los problemas de la zona, así como «los causantes directos del estado de
subversión y malestar de los campesinos frente a los dueños,
pues instigan a los colonos a solicitar rebajas en el precio de
la renta de la tierra y a enfrentarse con los propietarios» (31).
El grupo más contestado fué, ciertamente, el de los grandes arrendatarios. Unos y otros les achacaban buena parte de
culpa en la decadencia agraria de la comarca. Las demandas
campesinas no• hablan de 16 poderosos hombres que controlaban la mayoría del terrázgo salmantino cultivado dañando
los intereses de los trabajadores, que habían de contentarse con
ser subarrendatarios de las tierras por ellos controladas. Dentro de este grupo de grandes arrendatarios había burgueses,
comerciantes y funcionarios quienes, con clara mentalidad capitalista, imponían a los campesinos unas condiciones contractuales dificiles de soportar. Existía también un importante grupo
de ganaderos mesteños que, valiéndose de sus privilegios, arrendaban las dehesas de pasto y labor, transformándolas en pastos para sus ganados. De aquí iban a próceder, en gran medida, las iras de los labradores y campesinos que veían mermar
las superiicies cultivadas en momentos, precisamente, de renovado auge roturador como los de la segunda mitad del siglo
XVIII.
E1 acaparamiento de tierras en manos de estos grandes
arrendatarios fué importante: Juan Arozamena controlaba
7.652 fanegas en 1776, esparcidas por los 12 pueblos, suba-
(30) Ibidem: fué un largo pleito que enfrentó durante más de 50 años
a los 12 pueblos señalados y que las fuentes documentales hacen recaer su
desafortunado protagonismo al «grupo de los 16».
(31) A.H.N. Consejos; leg.: 1.534, expediente XXIII. Año 1789.
186
rrendando a los vecinos sólo una parte de esa tierra (32). La
postura de los grandes arrendatarios será delicada y combatida por unos y otros, más no hizo mella en sus actitudes futidamentales ya que -sobre todo en los años críticos- se vieron
convertidos en los únicos poseedores y monopolistas de grano
de la zona (33). Ahí se basaba su importancia social y administrativa, puesto que campesinos, funcionarios, jueces y comerciantes, habían de recurrir forzosamente a sus servicios en
los años críticos. Nadie quería indisponerse con el «grupo de
los 16», elemento clave en una economía cerrada y sin la existencia de mercados como lo era aquella. Los campesinos recurrieron con frecuencia al grupo para que les prestaran sementera o grano para su subsistencia. El intendente Lucas Palomeque afirmaba en su informe al Consejo, de 1791: «casi todos los años los colonos se ven obligados a recurrir a ellos para
comprarles el pan, si no quieren perecer de hambre» (34).
Este hecho de ser los monopolizadores de los granos de la
comarca fué denunciado también por los propietarios, que veían
en ello un buen negocio del que hasta entonces no habían tomado demasiada parte. Les acusaron, también, de ser los más
directos responsables de la subida de los productos agrícolas,
tanto más altos cuanto más escasa hubiese sido la cosecha, según el modelo perfectamente mostrado por Labrousse (35). Elemento importante del ataque de los terratenientes fué mostrar
que la mayoría de la tierra no cultivada del partido estaba en
sus manos:
(32) Arozamena fué uno de los más importantes hombres que operaban
en las tierras del oeste castellano. Residía en Madrid, y arrendaba amplias
extensiones de tierra en Salamanca, Ciudad Rodrigo, Zamora y Segovia.
(33) A.H.N. Consejos; leg.: 1.843, exp. X. Otros campesinos de los pueblos de Lumbrales y Bogajo, cercanos a los-que nos ocupan, se expresaban
de forma parecida en sus memoriales al Consejo de Castilla en 1787.
(34)•A.H.N. Consejos; leg.: 1.534, expe. L.
(35) En Fluctuaciones uonóm ^as t h^to^ia socia[, Madrid, 1973.
187
«los 16 arrendatarios importantes tenían conjuntamente
44.823 fanegas labrantías en arrendamiento, de ellas sólo labran sus colonos 16.160, quédando 28.663 sin aprovechamiento alguno, con gran ruina para la agricultura» (36).
Es decir, que el 63% de las tierras del grupo permanecían incultas, mermando considerablemente las posibilidades
de mejorar la vida campesina en los 12 pueblos; su queja, según esas cantidades, era perfectamente razonable.
Según la información que proporciona el Catastro de Ensenada, a mediados del siglo XVIII, el valor del producto agrario en todos los núcleos rurales estudiados suponía más de la
mitad del producto bruto total obtenido (37), el 72,5% frente
al 27,5 que ocupaba la ganadería.
En 4 pueblos -Villar de la Yegua, Sexmiro, Castillejo y
Aldea- esa proporción alcanzaba más de las dos terceras partes del producto bruto total. La economía de estos pueblos se
fundamentaba en un predominio absoluto del cultivo del cereal frente a cualquier producto. Tan alto porcentaje da idea
de la importancia que tenía la agricultura como medio de vida
de la inmensa mayoría de la población. Consecuentemente, el
ciclo vegetativo agrícola era el auténtico protagonista de la zona y de la abundancia o escasez de sus cosechas dependía la
subsistencia de toda la población.
El Catastro contabilizó exhaustivamente las tierras cultivadas, su producción anual en reales y su división, atendiendo a la propiedad eclesiástica o seglar. El predominio de la propiedad secular es indudable: representaba el 73,8% frente al
26,2% de las tierras detentadas por la propiedad eclesiástica.
(36) A.H.N. Consejos; leg.: 1.534, exps.: 53 y 57.
(37) El producto neto es dificil de hallar aquí, ya que no se conocen los
gastos de semillas, instrumentos y utillajes de trabajo, gastos de recolección
y de siembra... Por lo que, consciente de la imperfección de ese término,
se utiliza el producto bruto total obtenido a partir de la suma de la productividad anual del sector primario que proporciona el Catastro de Ensenada.
188
Estas, cultivadas en régimen trienal, obtenían unos rendimientos medios muy bajos; los rendimientos más notables se daban en Alameda y Sexmiro -con 18,6 y 18,1 reales por fanega cultivada-, siendo los más bajos los de Espeja y Atalaya
-con 4,5 y 7,2 reales por fanega en cultivo-. Con tan bajos
rendimientos, los beneficios medios que tales tierras reportaban al campesino, eran apenas perceptibles y en muchas ocasiones, deficitarios (38). Pese a tan escasos rendimientos, los
campesinos se aferraban a las actividades agrarias como su exclusiva tabla de subsistencia. Consiguientemente, el producto
bruto por trabajador del sector primario era escaso: en Espeja, 80 reales anuales, en Atalaya, 98 reales (39). El límite máximo del producto bruto por habitante dedicado al sector agropecuario, lo poseía Sexmiro, con 218 reales por año, en lógica
correspondencia con su mayor producción media por fanega
cultivada.
^
El caso de Espeja fué especialmente grave: sus tierras rendían al mínimo de sus posibilidades, 4,5 reales por fanega sembrada, y sus 4.086 fanegas de sembradura suponían una producción anual muy escasa (40), por lo .que su producto bruto
anual por habitante arrojaba la cantidad de 80 reales. No es
extraño que tan baja productividad originase un abandono de
tierras de labranza entre 1752 y 1790, y que una no desdeñable parte de sus campesinos pasasen a ser jornaleros a finales
del siglo. La baja rentabilidad de estos 12 pueblos se podía resumir diciendo que e198,9% de las tierras cultivadas sólo pro-
(38) Entre pagos de rentas, diezmos y otros gastos se le iban al campesino más de las dos terceras partes de la cosecha obtenida. Con el resto habían de vivir él y su familia durante todo el año. EI préstamo era una situación generalizada en la economía campesina. Ver Goubert: Beauaa^ et beauaais^ au XVIIIéme siicle. París, 1958.
(39) En Espeja se labraban 1.800 fanegas menos en 1790 que en 1754.
La población jornalera subió, consecuentemente, de manera espectacular:
de 7 jornaleros a 50 en 1790.
(40) Datos obtenidos al comparar la información del Catastro de Ensenada y la del expediente de Ley Agraria que da cifras concretas para 1790.
189
ducían una reñta anual comprendida entre 26 reales y medio
real por fanega, mientras que el resto de las tierras -el 1,1 %proporcionaban las máximas rentas: entre 40 y 400 reales.
El descenso de la extensión cultiváda entre 1752 y 1790 fué
notorio. Este hecho es esencial para comprender la situación
conflictiva que arrojaban estos 12 municipios de Ciudad Rodrigo. Si se comparan las tierras cultivadas que proporciona
el Catastro de Ensenada con las que mostraban los municipios
en su informe de 1790, se observa que de los 12 pueblos, 10
bajaron su proporción de tierras cultivadas, uno permaneció
estacionario y solamente Zamarra aumentó su extensión en
1.200 fanegas de labranza:
Datos de
1965
Alameda ...
Atalaya ....
Campillo ...
Castillejo ...
Encina .....
Espeja .....
Aldea .......
Olmedo ....
Pastores ....
Sexmiro ....
V illar . . . . . . .
Zamarra ...
3.200
2.469
2.600
5.562
3.041
9.777
2.469
8.972
1.271
1.677
3.541
4.777
Extensión en fanegas
1752
1799
3.468
2.367
752
1.100
3.273
4.086
4.193
3.436
1.284
1.102
3.973
1.561
3:056
2.305
739
1.052
2.160
1.883
3.390
1.843
1.285
817
3.303
2.780
D:ferencia
en fanegas
-412
-62
-13
-48 _
-1.113
-2.203
-803
-1.593
+1
-285
-670
+ 1.219
(41)
De las 30.595 fanegas labradas en 1752 se pasó a 24.613
fanegas en 1790. Este descenso numérico de la tierra labrada
(41) Recuérdese que estas tierras se cultivaban al tercio, por lo que las
disponibilidades de labranza han de dividirse por tres en las éolumnas mencionadas. Los datos para 1965 se han sacado del Atlas de España r índices de
sus lérntinos munipa[es. Madrid, 1969.
190
corroboró la veracidad de los informes de los campesinos de
la zona que denunciaron cómo se iban abandonando las tie'rras de labranza, convirtiéndose en pastizales o eriales por la
acción continua de los desahucios que los propietarios hacían
contra los campesinos y del control de gran parte de la tierra
en manos de los grandes arrendatarios.
^
El labrador modesto, al no poder pagar los precios que le
imponían los dueños, dejaba el campo libre a los grandes arrendatarios. El pequeño campesino fué, por tanto, el que más sufrió este descenso de la extensión agraria de sus términos. El
control de la edad matrimonial en los hombres, y sobre todo
en las mujeres retrasando la tasa de nupcialidad, hubo de imponerse en esos lugares necesariamente, no más que un severo control de la fecundidad de las parejas. Es el único medio
que poseían para amortiguar una situación que tenía muchos
visos de ser malthusiana.
Si se observa la disminución de la extensión labrantía por
pueblos, se percibe que los municipios en donde descendió más
la superficie de sus tierras labradas fueron precisamente aquellos cuyo término era más amplio: Espeja, Encina, Olmedo y
V illar y, a la vez, donde el control jurídico y económico de los
grandes arrendatarios era más exhaustivo (42). Permaneció estacionario o con pequeños descensos de las superficies cultivadas en pueblos como Castillejo o Campillo, o como Atalaya
o Pastores, con especial configuración montañosa, escasamente
apetecibles para los grandes arrendatarios y, en los que un importante descenso de la superficie de labranza hubiese proporcionado gravísimos problemas de autoabastecimiento.
El único caso de un franco auge roturador fue el de Zamarra, que poseía 1.219 fanegas más a finales del siglo XVIII que
en 1752. Posiblemente el elevado número de sus labradores,
(42) Directa acusación de los vecinos de Villar de la Yegua sobre las manipulaciones que efectuaban los terratenientes y grandes arredatarios a la
vida municipal. En A.H.N. Consejos; legs. 1843 y 1534.
191
según la fuente catastral, frente a las escasas dimensiones de
su término, impulsó la roturación de las dehesas de pasto y labor cercanas; y sus posibilidades de labranza quedaron ásí más
racionalmente explotadas (43).
Ciertamente la mayoría de los pueblos explotaban al mínimo sus posibilidades de cultivo. Los pueblos al oeste de Ciudad Rodrigo contabilizaban los mayores índices de desaprovechamiento de su terrón, seguramente mejor explotados si un
régimen contractual largo hubiese permitido al campesino una
estabilidad en el empleo que, en esos momentos, era inviable
demandar.
Además, la época comprendida entre el Catastro de Ensenada y 1790 no fué propicia a la consecución de buenas cosechás en esta comarca como en tantas otras de la geografia peninsular. Existieron varias crisis agrícolas de considerable intensidad que mermaron todavía más la ya deficiente producción agrícola de la zona. Especialmente duras fueron las crisis
de esterilidad de 1766-1770, 1787-1790 y 1.803-1805. La crisis de 1766 se inició aquí con una serie de malas cosechas que
incrementaron, notablemente, los precios de los arrendamientos
de la tierra y de los productos agrarios. Los sexmeros de los
cinco campos de Ciudad Rodrigo, en un memorial conjunto,
solicitaron posponer el pago de las rentas de las cosechas de
1767 y 1768, puesto que
«en esta tierra se llevan tres años sin obtener siquiera dos veces la sementera, por lo que muchos labradores han dejado
de sembrar sus tierras» (44).
(43) Zamarra poseía 64 labradores y 7 jornaleros en 1752; muchos trabajadores para tan poca tierra de sembradura. Se roturará, por tanto, amplias superficies de dehesas de pasto y labor durante la segunda mitad del
siglo, y en 1790, prácticamente, se estaba llegando al techo de las posibilidades labrantías. En A.H.N. Hacienda; lib. 7.477.
(44) A.H.N. Consejos; leg.: 1.842, exp. XXXIII. Año 1768.
192
Los sexmeros también se quejaron de las espectaculares
alzas que estaban alcanzando los productos agrícolas, «pues es
corriente pagar ahora 70 reales por fanega de trigo, siendo lo
establecido por el Catastro 15 reales por fanegada de trigo» (45).
Especialmente grave fué para la zona la crisis de 1787, de
la que no se repusieron los trabajadores hasta 1790. Todos los
pueblos explicaban la dificultad de obtener unos mínimos rendimientos en sus cosechas, a la vez que solicitaban la urgencia
de posponer el pago de la renta a los terratenientes. Abundaron, ciertamente, los datos cuantitativos y cualitativos que mostraban el descenso de la productividad agraria de la comarca.
Por ejemplo los diezmos de la villa de Sexmiro descendieron
sustancialmente en estos años: de 2.522 reales, antes de la crisis, a 1.459 reales en 1789. Si se tiene en cuenta que Sexmiro
era un pueblo afortunado -su producto bruto era el más alto
de los obtenidos en los 12 concejos- habrá que pensar que
la crisis de los años 1787-1890, en pueblos menos favorecidos
como Espeja, llevarían a muchos de sus vecinos al borde de
la miseria (46). También fueron muy críticos los años iniciales del siglo XIX y, especialmente, los años 1803-1805. Los
colonos arrendatarios del hospicio de Ciudad Rodrigo explicaban la notable esterilidad de sus parcelas ya que «desde el
año 1803 apenas se obtiene la mitad de lo sembrado, por lo
que muchos trabajadores han de abandonar las tierras con gran
desazón» (47). Pese a ello, el director del hospicio exigió la renta
estipulada en la fórmula contractual realizada (48).
Eñ conclusión, en los 12 pueblos de Ciudad Rodrigo, durante la segunda mitad del siglo XVIII, se asistió a un descen-
(45) A.H.N. Consejos; leg.: 1.843, año 1.775.
(46) Los datos del Catastm de Ensenada en A.H.N. Hacienda; lib. 7.476
y los de 1.787 en Consejos; leg.: 1.534.
(47) A.H.N. Consejos; leg.: 1.534. Memoriat del año 1790 al Consejo
de Castilla.
(48) Ibidem: exp. II. Agosto de 1.807. Memorial de 5 colonos del hospicio de Ciudad Rodrigo al Consejo de Castilla.
193
so notable de la superficie cultivada por la mala gestión de los
terratenientes y por el poder extraordinario concentrado en un
•grupo de empresarios agrícolas que fueron controlando, ascendentemente, las posibilidades arrendaticias de sus términos. El
campesino asistió dolorosamente a este cambio que, en muchos casos -complicado por una serie de malas cosechas-,
supuso su ruina y la imposibilidad de acceder a arrendar libremente tierras de cultivo, convirtiéndose en jornalero sin sueldo ni trabajo fijo. Las tensiones entre los diversos estamentos
que componían su sociedad rural hubieron de ser, por fuerza,
de extremada dureza.
2. Los problemas andaluces
El segundo de los problemas que recopiló el Consejo de Castilla fué el del latifundio. En ninguna otra zona peninsular, como
en Andalucía, se podía encontrar una mayor información de
las características y problemas que conllevaba su explotación.
Por eso en su vertiente andaluza fué Andalucía occidental la
gran protagonista del expediente.
E1 marco general
Las diferencias, aquí, eran notables con respecto a los problemas de la meseta. En primer lugar, la riqueza de sus suelos, asentados sobre materiales terciarios y cuartenarios, extraordinariamente aptos para el cultivo agrícola. En contraste
con los pobres suelos mesetarios, la depresión del Guadalquivir ofertaba las mejores superficies de cultivo peninsulares. No
es extraño, por tanto, que sus tierras alcanzasen los más elevados porcentajes de cultivos de toda la Corona de Castilla:
el 60% en Córdoba, el 57% en Sevilla..., mientras tanto las
provincias alejadas de la cuenca del Guadalquivir -como
Jaen- tenían un claro comportamiento diferencial respecto a
ellas; ya que sus tierras incultas superaban a la superficie de
194
labor (49). Las zonas más orientales de la depresión del Guadalquivir, tampoco poseían el privilegio de esos suelos. En Granada predominaban los suelos paleozoicos y triásicos, con abun.dancia de rocas cristalinas (50), semejantes a los castellanos en
su dificultad de labranza.
Mas, la riqueza de las posibilidades agrarias de Andalucía
se vió frenada no tanto por determinismos físicos, cuanto por
las peculiares formas de propiedad y explotación de la tierra
que sobre ella se asentaban. Su alta densidad de población
-19,3 habitantes km2 0 1.600.000 millones de habitantes sobre 84.803 km2- (51), hacía necesario un sistema más equitativo de organización del suelo agrario que el que desarrollaban sus latifundios. Las tensiones sociales, en ese contexto, se
sucedieron con demasiada frecuencia.
La primera de las diferencias respecto a la meseta estribaba en la notable concentración de sus tierras, característica de
todo el suroeste peninsular. La gran propiedad se asentaba sobre una geografía y muy concreta, y por tanto, fácilmente controlable. La amplitud de ese peculiar paisaje agrario configuró las empresas agrarias en torno a la organización latifundista. Tomaremos, con Pascual Carrión (52), por latifundio cualquier tierra superior a 250 Has. en manos de un solo propietario. Y la tierra de Andalucía occidental era detentada, en su
mayoría, por escasos propietarios que poseían extensos latifundios trabajados a través de jornales o de pequeños arriendos
o subarriendos de sus suertes de tierra. Por ejemplo, el duque
de Béjar poseía 13.000 has. en Gibraleón (Sevilla), el de Me-
(49) Grupo 75: La economía d^l Antiguo Régimen: La Renta Naciona[ de la
Cosona de Castilla. Madrid, 1977. Pág. 88.
(50) Bosque Muriel: Geogsafía u^bana de Cranada. Zaragoza, 1962. Pág.
25. La dificultad de ararlos viene dada por la proximidad de la roca.
(51) Grupo 75: La economía... Pág. 71. La densidad de Castilla la Vieja
era de 15,6%, la de Castilla la Nueva 12,8%, la de León 17,2% y la de
Extremadura 9,3 Hab/km2.
(52) Carrión: Los latifundios en España. Madrid, 1973.
195
dinaceli más de 120.000 fanegas en 24 pueblos andaluces, de
las cuales sólo 16.000 se concentraban en Tarifa (53). EI duque de Osuna era propietario del 81,8% y del 95,9 de dos de
sus núcleos jurisdiccionales: Olvera y Ortejicar y de 24.702 fanegas en la propia villa ducal (54) y parecía no tener dudas,
respecto al deseo de incrementar, constantemente, sus latifundios (55). La base económica de la nobleza andaluza -como
la del resto de España- descansaba en el dominio y control
sobre la tierra, en cambio su poder jurisdiccional fué aquí mucho más escaso que en el resto; Andalucía fué la región con
menos lugares de señorío jurisdiccional de toda España (56),
23 dentro de un total de 6.377.
Enmarcado dentro de esos condicionantes transcurría la vida
de su sociedad agraria; sociedad que -no debe olvidarse- dependía de los jornales y de los contratos de arrendamiento fijados por los latifundistás para la explotación de su tierra. La
geografía conflictiva andaluza se asentó, preferentemente, sobre el territorio de Andalucía occidental, cuyos óptimos suelos
no llevaban aparejados unos sistemas organizativos adecuados
para el bienestar del trabajador. En la protesta campesina tuvo participación capital la provincia de Sevilla. La importan-
( 53) Artola: La eaolución del latifundio desde el siglo XVIII. Revista Agricultura y Sociedad, 1978. Pág. 186.
(54) Contreras: Las formas de explotación de /a Andalucía del siglo XVIII los
Estados de Osuna. En La economía agraria en la Historia de España. Madrid, 1979.
(55) Mata, R.: Participación de la alta nobleza anda[uza en el mercado de la tierra: la casa de Arcos, siglos XV-XVII. En Congreso de Historia Rural. Madrid,
1984. Esa estrategia se concretaba acudiendo a todos los mercados posibles
de las tierras y realizando las tácticas necesarias que consolidasen esas posiciones. Ver también Herrera García: Procesos integradores y desintegradares en
los latifundios Yafareños. Revista Archivo Hipalense, Sevilla, 1981 y Tinoco
Rubiales: Capital y crédito en la baja Andalucía durante la crisis del Antiguo Régimen, en la Economía esfiañola al final del Antiguo Régimen. Madrid, 1982.
(56) Bernal: La lucha por la tierra en la crisis del Antiguo Régimen. Madrid,
1979. Pág. 94. En cambio, era la región que poseía más ciudades señoriales
de toda España: 6 entre un total de 21.
196
cia y fertilidad de sus íatifundios hacía mucho más criticable
la debilidad de los rendimientos obtenidos.
Sin embargo, no todo era achacable a la deficiente organización del sector-primario. La enorme irregularidad pluviométrica de la cuenca del Guadalquivir produjo no pocas catástrofes durante el siglo XVIII. Las malas cosechas abundaron
e incidieron desventajosamente sobre las débiles y estacionarias economías campesinas. En la cosecha de 1734, por ejemplo, la escasez de Iluvias fué la causa determinante de que se
obtuvieran escasos granos en el territorio sevillano y gaditano; en cambio, en la de 1750 fué el fenómeno contrario -un
exceso de lluvias en la primavera- la causa que originó la catástrofe económica en todo el occidente andaluz. Hechos similares habían destruido las cosechas de 1709 y 1717 (57). Varios años de extrémada sequía -entre 1763 y 1765- fueron
la consecuencia de que se abandonaran amplias tierras «pues
llevan años sin rendir ni tan apenas la sementera». Los labradores de Ronda, Santa Fe, Ecija y Jerez, mostraban su impotencia ante tales determinismos. La recolección entre 1763 y
1766 fué, ciertamente, muy escasa para toda España y en especial para muchos pueblos andaluces; en Ronda se abandonó casi un 30% de las superficies de cultivo (58) y en parecidas circunstancias se hallaban los territorios próximos. La crisis de 1766 llegó a tener especiales características conflictivas
en Andalucía. La revuelta de los jornaleros jerezanos se ha de
enmarcar, así, como una reacción primitiva de quienes no podían soportar la rigidez y detet`minismo de un sistema productivo, en el que la barrera entre los que nada tenían y quienes
lo poseían todo era tajante e infranqueable. Las malas cose-
(57) Informe de los labradores de Sevilla al Consejo. En A.H.N. Consejos; leg.: 1.844, pieza 5a. Julio de 1762.
(58) Memorial de los labradores de Ronda en 1765. Daban cuenta del
descenso de la producción cerealística y de (os problemas de consumo que
acarreaba. En A.H.N. Consejos; leg.: 1841, pieza 9a. EI de Jerez, en leg.:
.
1.844, pieza 3a
197
chas siguieron sucediéndose en las décadas siguientes
-preferentemente por una pertinaz escasez pluviométrica-.
Y entre 1784 y 1793, y 1795 y 17981a sequía se agudizó hasta
provocar las graves crisis de esterilidad de comienzos del siglo
XIX (59).
La irregularidad de las lluvias no sólo era una constante
temible en el campo andaluz, existían también otros determinantes que incrementaban los riesgos de su ineficaz sistema productivo. La amplitud de las tierras yermas de los Baldíos extremeños y manchegos originaban unas plagas de langosta que
arrasaban parte de la cosecha andaluza ante el estupor de los
trabajadores. El intendente de Córdoba mostraba la dificultad
de luchar contra la langosta que «ha despoblado numerosos pueblo ^ del noroeste de la provincia, pues sus vecinos hambrientos y sin poder frenar la terrible plaga se han lanzado hacia
esta ciudad en busca del pan» (60). La cotidianidad de estas
plagas estaba, no obstante, plenamente asumida e insertada
en el proceso productivo. En los más de 600 contratos de arrendamiento que recopiló el expediente era casi un axioma la cláusula que obligaba a pagar al propietario la renta estipulada,
«a pesar de la posible langosta, oruga, pulgón u otras plagas
del campo». La indefensión del trabajador rural era manifiesta.
Sin existir un protagonismo tan evidente como el de Salamanca, fueron las actuales provincias de Cádiz y Sevilla las
que aportaron mayor información -como provincias eminentemente latifundistas- sobre las tensiones del campo andaluz.
El desigual reparto y acumulación de la propiedad, común a
todo el Antiguo Régimen, alzaba aquí cotas insospechadas. La
lucha por obtener tierra -en arrendamiento 0
(59) Dominguez Ortíz: La sociedad española del siglo XVIII. Tomo I. Madrid, 1955, pág. 261.
(60) Intendente de Córdoba al Consrjo de Castilla en 1768. En A.H.N.
Consejos; leg.: 1844. Pidió ayuda para frenar el hambre del norte de la provincia.
198
subarrendamiento- o por obtener unos jornales lo menos coyunturales posibles, presidió aquí el universo conflictivo. Y es
que la población bracera podía subsistir, con dificultad, con
unos jornales en torno a tres reales por día trabajado; y que,
en pocas ocasiones, superaban los 600 reales anuales (61). Pues
el cultivo extensivo, practicado sobre estas feraces tierras, no
proporcionaba al asalariado rural más que dos momentos propicios para el trabajo: el de la siembra y el de la recolección.
Sin embargo muchas voces ilustradas criticaron la desidia que
presidía la explotación de la tierra andaluza. Sus móviles, aunque impreganados de un matiz expansionista y desarrollista tuvieron, en ocasiones, una indudable vertiente social. El síndico de Sevilla propugnó capitalizar y explotar intensivamente
el latifundio y entre consideraciones turgotianas aducía que «así
esa masa de miserables braceros podía tener trabajo durante
una gran parte del año». Esa falta de trabajo también ocasionó a los diputados del común y al intendente de Granada no
pocos problemas (62).
E1 predominio de la explotación directa de la tierra en Andalucía había consolidado a una población jornalera pérmanente y la tibieza reformista del ejecutivo apenás había avanzado tras las leyes de 1767. Ni se deseaba modificar en profundidad el régimen de explotación agraria, ni, por lo tanEo,
tampoco había demasiado interés en mejorar la cantidad y calidad de las jornadas laborales de esos asalariados. Los 118.741
(61) No se trabajaba más allá de 200 días al año; una sencilla multiplicación nos pone en contacto con sus rentas globales por año. Abundante
información en el expediente sobre esos habituales 200 días de jornada laboral anual para los braceros.
(62) En A.H.N. Consejos; leg.: 1.844. «Se han de proporcionar más jornadas de sementera, recolección y limpieza de los campos a los braceros del
lugar, impidiéndose así ocios y desgracias poco justificadas». Así se expresaban los diputados del común de Jerez en 1770. También el intendente de
Granada proponía hacer mejoras en las tierras de cultivo para tener más
ocupados a los jornaleros y evitar su miseria.
199
jornaleros del reino de Sevilla siguieron permaneciendo, como siempre, en función de las ofertas de trabajo de los 5.309
propietarios y de los 14.007 arrendatarios (63).
Pero el grueso de la problemática mostrada en el expediente
no guarda relación directa con esa abrumadora realidad que
suponían los braceros. La sociedad estamental solo daba voz,
y por tanto, posibilidades de protesta, a los vasallos útiles para
la Real Hacienda, es decir, a la población pechera. Y no eran
pecheros los jornaleros. La recopilación documental, por tanto, fué encaminada a censurar los efectos que el monopolio de
los grandes arrendatarios producía sobre el grueso de la sociedad rural. Esa sociedad que sobrevivía anclada en una tecnología obsoleta e impedida por las élites rurales para modificar
los sistemas de producción.
E1 barbecho largo y el trienal fueron las formas habituales
de utilización del suelo andaluz; cuando, por su riqueza podían haber aspirado a más racionales y rentables formas de aprovechamiento. Los vecinos de Eçija al denunciar cómo una parte
de las mejores tierras del término se dividía en tres hojas (64),
no hacían sino mostrar una dolorosa realidad que las autoridades regionales estaban empeñadas en erradicar. Francisco
de Bruna, decano de la audiencia de Sevilla, mostraba con indignación la extensión de los barbechos largos:
«Cuando poseemos las mejores tierras del país y sólo es
la vagancia y el escaso entendimiento lo que favorece la perpetuación de tan ineficaces prácticas» (65).
Poco más se podía hacer con un nivel tecnológico que, al
(63) Desdevises du Dezert: L'Espagne de 1'Ancien Régimen. Tomo I. Pág.
262. París, 1897-1904.
(64) Memorial de los vecinos de Ecija en 1770. En A.N.N. Consejos;
leg.: 1.844.
(65) Francisco de Bruna, Informe al Consejo de Castilla en 1769.
200
decir del síndico de Sevilla, no había avanzado nada desde la
antiguedad:
^
«Pues la técnica es la misma que la utilizada por los romanos hace dos mil años y aun aquí se omiten algunos instrumentos beneficiosos: el rastro con el que ellos desterronaban, la difusión de semillas que favorecía su germinación,
y cuyo empleo han renovado con otros ingredientes y evidentes éxitos los flamencos, ingleses y otros extranjeros» (66):
El asistente de Sevilla añadía, por lo demás, otra faceta que
originaba no pocos problemas a la explotación agraria:
«Se labra mal la tierra, se hacen surcos muy pequeños,
no se pulveriza ni se escardan las mieses, ni se abona como
debiera» (67).
Estas cuestiones intentaron subsanarse a través de la extensión de los Seminarios de Agricultura y Artes dirigidos a
los párrocos y a sus entornos rurales. Mas esas dificultades no
se lograron salvar y supusieron que sólo se labrase aceptablemente las tierras de los núcleos de vecindario, abandonándose
amplias extensiones de tierras demasiado alejadas para una gestión cuidadosa. En esos casos los propietarios acudían a la connivencia de los ganaderos; así obtenían unas rentas que, si no
eran muy notables, les permitían disfrutar de unos cómodos
arriendos. Los vecinos de Ronda y de Santa Fé (68) denunciaron cómo se sustrayeron, por esos métodos, amplias superficies de tierra en detrimento de las economías campesinas.
(66) A.H.N. Consejos; leg.: 1.844. Informe de Lynce de Verástegui en
1.768.
(67) A.H.N. Consejos: leg.: 1.844. Informe de Olavide en 1768.
(68) A.H.N. Consejos; le^ .: 1.842. Memorial de los vecinos de Ronda
en 1768 y en leg.: 1.843, memorial de los vecinos de Santa Fe. Año 1767.
201
Sin embargo, muchas otras veces la excesiva amplitud de
los términos suponía un serio obstáculo a la operatividad de
su gestión. En Utrera los vecinos se lamentaban de cómo la
extensión de su término, de más de cuatro leguas, hacía difícil
al pegujalero arriesgarse a obtener alguna sueTte en subarriendo
a varias leguas del pueblo, y añadían: «así existen más de 21.000
fanegas incultas y de buerias aptitudes para la labranza» (69).
No menos complicada había de ser la explotación del amplísimo término jerezano, ya que sus 18 leguas, englobando al término municipal, habían de originar no pocos problemas; y,
sin embargo, la implantación de una agricultura intensiva, de
la mano del asentamiento vitícola inglés, la hizo modélica desde el prisma ilustrado (70).
Todos estos desfavorables condicionantes no impedían, sin
embargo, que Andalucía tuviese una participación sobresaliente
en las reformas que el Despotismo Ilustrado deseaba propiciar.
Si con tantos determinismos era capaz de aportar la cuarta parte
del producto total bruto del sector primario (71), cuando ninguna de las dos Castillas aportaba e120%, se pueden comprender los esfuerzos que se hicieron desde el ejecutivo -nacional
y provincial- para formular las mejores soluciones para incrementar su producción. En ese contexto, nada tiene de extraño la proliferación de informes de intendentes, síndicos y
otros funcionarios sobre la situación de Andalucía. Y resulta
mucho más comprensible el por qué de la alta participación
de los doctrinarios andaluces en relación a los escasos infor-
(69) Memorial de los labradores de Utrera en mayo de 1768. En A.H.N.
Consejos; leg.: 1.844, pieza 7a, folio 42.
(70) Abundantísimos testimonios de ese cambio en el sistema productivo jerezano se vierten en el expediente. La introducción del sistema de vallados, por primera vez en España y la expansión del viñedo de manos de
capital inglés fué punto de mira de todas las posibles innovaciones nacionales. Bruna explicaba cómo había que replantearse la explotación de una tierra distante de la casa del trabajador 4 ó 5 leguas, y mostraba la importancia de crear nuevos núcleos de población cercanos a las parcelas de cultivo.
(71) Grupo 75: La economía... Madrid, 1977.
202
mes existentes sobre la situación castellana. La expansión de
la productividad agrícola se veía más posible, a pesar de todo,
sobre el latifundio andaluz que sobre las áridas tierras de la
mesetá.
Los problemas de los pelentrines
Excluída la protesta en el expediente de más del 75% (72)
de la población de la Andalucía occidental -por ser jornaleros-, restaba sólo definir los problemas y formular las soluciones al 25% restante, precisamente el elemento realmente
productivo. Estos fueron por muchas razones -entre las que
destacaban las fiscales- el centro de atención del ejecutivo ilustrado.
Si excluimos a los escasos detentadores de la gran propiedad y a la gran burguesía, cada vez más atraida por los beneficios que le proporcionaba la tierra (73), casi el tercio restante estaba compuesto por pequeños arrendatarios o subarrendatarios, es decir, los pelentrines o pegujaleros de los que no
hablan los textos documentales. Fracasados los débiles intentos de transformación de los jornaleros en pequeños campesinos -tras la ley de 1.770-, el interés se centró en el análisis
de la realidad de ese casi tercio de su población que sostenía
a sus expensas al resto y que, o bien vivía miserablemente, o
bien nadaba en la opulencia. Y es que, señalar los problemas
de los pelentrines era señalar la variedad de problemas que conllevaba el latifundio.
La gestión de los latifundios se solía subdividir en cortijos,
al frente de cuyo arrendámiento figuraba un labrador o un
miembro de la burguesía. Los amplios términos de los municipios andaluces podían englobar cifras superiores incluso a los
(72) Dominguez Ortiz así los computa; en Andalucía oriental el porcentaje descendía entre el 50 y el 75%. En La Sociedad española... Madrid, 1956.
Tomo I, pág. 25%.
(73) Tinoco Rubiales: Capital y crídito... Con parecidas concepciones se
han pronunciado en sus estudios Ruiz Martín, Carande y Viñas Mey.
203
200 cortijos. La extensión media de esos cortijos era bastante
oscilante y muy ligada á las peculiaridades históricas y geográficas de cada pueblo; sin embargo, eran corrientes los que alcanzaban las 100 fanegas, y no eran infrecuentes los que superaban las 2.000 fanegas. La práctica de la casa ducal de Osuna, por ejemplo, era la de arrendar el 95% de sus cortijos como unidades indivisibles a sus arrendatarios (74). Así comenzaba la lucha de los pelentrines por buscar y obtener algunas
de las suertes eñ las que se fraccionaban los cortijos para la
mejor utilización de los vecinos. Lucha ardua y difícil; pues
los arrendadores no eran débiles negociadores y, con frecuencia, controlaban la explotación de varios cortijos a la vez. Los
pelentrines de Marchena (Sevilla) y los'de Churriana, Oxijares, Purchil y Cúllar de la Vega (Granada) explicaban al Consejo la dificultad de obtener suertes de subarrendamientos en
sus pueblos, dado el monópolio de unos pocos arrendadores
que controlaban la mayoría de los cortijos utilizando braceros
y añadían: «es aquí corriente que los arrendatarios tengan 4
ó 5 cortijos y hay bastantes que tienen docenas» (75).
Los pelentrines de Azahal explicaban esa misma realidad
vivida en su pueblo:
«pues 15 grandes arrendatarios se reparten las 11.629 fanegas de tierras mejores y el resto, no más de 8.000 fanegas
en su mayoría de pastos y eriales, es lo que resta de arrendable de la casa ducal de Osuna para los trabajadores» (76).
(74) Las formas de explotación... En la villa de Osuna existían 229 cortijos
del duque, que computaban 24.702 fanegas, con una extensión media de
100 fanegas por cada cortijo.
(75) Memorial conjunto solicitando poner un tope a los arrendatarios
en su disponibilidad de arrendar tierra. En A.H.N. Consejos; leg.: 1.844,
pieza 9a.
(76) Memorial de los pelentrines de Azahal en 1770. En A.H.N, Consejos; leg.: 1.843. Sólo estos 15 arrendatarios explotaban el 60% de las tierras
del duque en ese término.
204
La lucha de los pelentrines por obtener tierras en arrendamiento era casi inviable, habida cuenta de la competencia que
había de soportar con la burguesía rural. Pero tampoco era fácil obtener alguna suerte en subarrendamiento. No existía una
transparencia en el mercado de la tierra -como fruto evidente de ese monopolio- y por ello los arrendatarios eran los que
definían, sin competidores, no solamente el precio sino también las dimensiones de las suertes. Los vecinos no tenían más
salida que aceptar las onerosas rentas impaestas por los arrendatarios, pues sabían cómo una parte de esos cortijos, precisamente la más fértil, iba a ser objeto de explotación a través de
los asalariados del lugar. No tenían, por tanto, más que dos
opciones: o convertirse en jornaleros, o aceptar sus imposiciones, pues la burguesía rural controlaba en su tbtalidad todo
el proceso productivo. Las subidas periódicas del precio del'cereal incluso les favorecieron, puesto que el aumento del trigo
les rentaba extraordinariamente -como comerciantes de granos que eran- y al incremento de las rentas de los cortijos de
los terratenientes respondían cargando al subarrendatario la
plusvalía suficiente para pagar esas rentas sin apenas costos de
explotación.
Las reivindicaciones de los pelentrines se coñcentraron en
tres frentes fundamentales. Primero, en poder arrendar directamente las suertes al propietario. Segundo, en prohibir a los
grandes arrendatarios arrendar más de un cortijo o poner topes a la capacidad de arrendarlos en fanegas y tercero, en prohibir los desahucios injustificados.
En el primer caso, su insistencia tuvo poca efectividad; pues
la complicada gestión de la gran propiedad llevó al terrateniente
a preferir el entendimiento contractual con unos pocos labradores a la legión de pequeños arrendatarios. En opinión de Olavide, ningún gran propietario estaba dispuesto a seguir el extraordinario costo administrativo que conllevaba un arrendamiento pormenorizado. Sin embargo, demandas como las de
los pelentrines de Palma del Río fueron frecuentes: -
^ 205
«ante tantas granjerías de los 7 grandes arrendatarios del duque de Medinaceli que han reducido a pastos abundantes tierras labrantías, solicitamos a S.M. poder labrar tierra sin intermediarios y no con los subarriendos que nos imponen los
poderosos» (77).
Las demandas de estos pelentrines no tuvieron interlocutores adecuados ni en los propietarios ni en las autoridades ilustradas provinciales. Sus peticiones, vistas desde la óptica ilustrada, ponían freno a la realización de ese ideario de labrador
que Quesnay había dibujado y que ellos deséaban potenciar.
En la segunda de sus peticiones iban a encontrar más eco,
originario de una amplia polémica de la que se harán portavoces también los intendentes provinciales. El contraataque de
la burguesía fué inmediato. La atracción que sentían los burgueses sevillanos, cada vez más desvinculados del comercio colonial, por el rentable negocio de la tierra fué creciente durante la segunda mitad del siglo XVIII y no eran ajenos a esta
actitud los extraordinarios beneficios que obtenían por la comercialización de los productos agrarios, tanto en los mercados interiores como exteriores, hasta el punto de aceptar una
dependencia industrial por la cual no se sentían demasiado
atraidos (78). Estos empresarios atacaron las tesis campesinas
aprovechándose del espíritu liberál que emanaban las realizaciones del despotismo ilustrado. Los grandes arrendatarios de
Marchena se mostraban partidarios de defender la posibilidad
de arrendar cuanta tierra se quisiera: «pues la limitación es un
freno para su aplicación e industria, ya que tan perjudicial es
q ^ e unos pocos tengan todo como que se disipe esparciéndolo
por las manos del vulgo». Su liberalismo era, ciertamente, sólo un pretexto para sus ambiciones que no eran otras sino llegar, cuanto antes a la gran propiedad. En cambio, según estas
(77) A.H.N. Consejos; leg.: 1.840. Memorial de los vecinos de Palma
del Río. 1769.
(78) Tinoco Rubiales: Capi[al y c^édico... Madrid, 1982. Pág. 258.
206
formulaciones, una política restrictiva sí era correcta para facilitar su propia ascensión al mercado de la tierra. El fiscal Campomanes quizás no reparó en esa ambivalencia de la burguesía cuando formuló en 1765 su programa de desarrollo económico, que finalizaba toda una larga tradición de.proteccionismo peninsular (79).
Las argumentaciones del ayuntamiento de Jerez, caja fiel
de resonancia de las apetencias de la oligarquía rural, no eran
menos expresivas en la condena de los deseos de los pelentrines:
«las limitaciones de poseer o arrendar dos o más cortijos nos
parece inconveniente, pues los pelentrines no solucionan nada a la república y sí los labradores ricos, pues les permiten
arrendar la tierra, prestarles granos y defenderles contra la
adversidad» (80).
Una mentalidad tan sofisticadamente estamental como la
del ayuntamiento jerezano no podía comprender los problemas y dificultades que poseían sus vecinos con los arrendamientos de la tierra. Sin embargo, su prisma social era el mismo
que desarrollaban desde hacía siglos, y se seguía basando en
la profunda explotación del régimen de privilegios. Pero los
vecinos de Jerez fueron más lejos y temieron que el nuevo concepto de libertad económica fuese manipulado por los privilegiados en contra de los intereses campesinos. Por lo pronto advirtieron al Consejo cómo se había concretado la nueva filosofía en el incremento de la tierra arrendada en manos de los
(79) La pragmática de 11 de julio de 1765 daba entrada a la libertad como el nuevo y único supuesto que había de regir la economía del país. Libertad para los precios agrícolas, para el comercio, para los arrendamientos
de la tierra... Oficialmente, la política de tasas había terminado.
(80) A.H.N. Consejos; leg.: 1.844, pieza 2. Informe de l.767. EI ayuntamiento en manos de la casa ducal de Alba y del mayorazgo de los Quincoces, era, como los del siglo XVIII, escasamente representativo del sentir popular del vecindario.
207
labradorés: «en realidad 7 u 8 acaudalados tienen en Jerez arrendada la mitad de la tierra del pan y si la libertad continúa pronto
se harán con todas las demás tierras. Pues los acaudalados se
hacen cada vez más ricos al pujar más y subir los precios excesivamente y los pelentrines se ven obligados a meterse en su
lucro o a arruinarse y mendigar» (81).
Protestas similares recibió el Consejo entre 1767 y 1770.
Pelentrines de Olvera, de Fuentes, de Ecija, de Arjona y varios lugares más incitaban a la prohibición de arrendar más
de un cortijo en Andalucía. Pero el debate estaba perdido para los campesinos. Difícilmente, en las primeras formulaciones de su política librecambista el Consejo iba a dar marcha
atrás. Los labradores se ^onsideraron como la base operativa
que iba a hacer posible el incremento de la producción agraria, y ponerles cortapisas era, bajo esos supuestos, cercenar sus
posibilidades expansivas. Sólo el asistente de Sevilla y el intendente de Córdoba esbozaron una salida intermedia a ese
conflicto: prohibir todo arrendamiento individualizado superior a 200 fanegas de tierra, con el objeto de dar cabida a las
expectativas del pelentrín (82). Pero esta idea, como tantas otras
que recogió el expediente, no se puso en funcionamiento.
La tercera de las pretensiones campesinas era la prohibición de los desahucios injustificados. Pero este problema era
de muy difícil solución en opinión de los integrantes de la
audiencia de Sevilla. Sin embargo, la protesta de los pegujaleros fué persistente y unánime. Dos pelentrines del Cortijo de
Trujete (Sevilla) mostraban la feroz competencia por la tierra
arrendable que llevaba camino de proletarizar al término municipal. Explicaban cómo habían sido desahuciados dos años
antes de finalizar su contrato «por un vecino de Marchena que
(81) Memorial de los pelentrines de Jerez en 1767.
(82) Informe de Olavide. El intendente de Córdoba, Miguel Arrondo
• armona, lo computaba en un máximo de 300 fanegas, explotadas con la
ayuda de 72 bueyes de labor. Ambos en A.H.N. Consejos; leg.: 1.844,
pieza 3a.
208
ha pujado en secreto ante los propietarios del cortijo, los cartujos de Sevilla». En 1768, sin tierra que poder trabajar, se hallaban ya recluídos en el hospicio de Marchena (83). La proliferación de Casas de Misericordia (84) por todo el territorio
peninsular fué una consecuencia lógica de la dificultad y falta
de elasticidad del mercado de la tierra.
Este miedo al desahucio paralizaba las escasas innovaciones que algunos campesinos realizaban en sus parcelas. Rafael Sanz, vecino de Ecija exponía en 1768 cómó se había gastado 20 ducados en hacer regables sus tierras arrendadas y,
tras tres años de contrato, era desahuciado al pujar en secreto
otro vecino del lugar (85). Las mejoras que había efectuado
el colono no habían sido óbice para que el gran arrendatario
comercializase, a su favor, el esfuerzo del pelentrín. El contrato, realizado por 6 años, no había siquiera llegado a la mitad
del tiempo marcado. Difícilmente se podían realizar en Andalucía las espectaculares transformaciones que otros campesinos europeos estaban logrando. No era únicamente la necesidad (86) el motor de las. innovaciones en las técnicas agrícolas; se necesitaba una estabilidad laboral que distaba mucho
de darse en el territorio peninsular.
(83) Memorial de dos pelentrines de Sevilla. En A.H.N. Consejos; leg.:
1.844, pieza 5a. El contrato era por 6 años y habían sido desahuciados a
los 4 años. No era usual, sin embargo, un contrato tan largo en Andalucía.
( 84) Soubeyroux: El encuentro del pobre y la sociedad: asistentia y represión en
e/ Madrid del sig[o XVIII. En Estudios de Historia Social, 1982. Herrera García: El a jaraft sevi[lano durante el Antiguo Rígimen. Sevilla, 1980. Y Bernal, Collantes de Terán y García Vaquero: Sevilla: de los gremios a la industrialización.
Sevilla, 1979.
(85) A.H.N. Consejos; leg.: 1.843, pieza 3a. Se lamentaba cómo había
sido desahuciado <^sin remuneración alguna por el trabajo hecho en esas tierras» y añadía <^desgraciadamente es práctica muy frecuente en esta tierra».
(86) Van Bath: Historia agraria dt la Eurofia occidental. Madrid, 1978. Insiste en la necesidad, como el móvil principal que hizo modificar el comportamiento de los labradores hacia una agricultura intensiva. Pág. 358.
209
El síndico de Sevilla mostraba la importancia de los desahucios como medio de intimidación, generosamente utilizado
por los propietarios y no menos por los grandes arrendatarios,
para la obtención de los fines:
,
«es frecuente que el pelentrín no termine su corto contrato
de 4 ó 6 años, antes bien, se le desahucia por el sistema de
pujas, bien en secreto o mediando contrato ficticio, o incluso, por las pujas por bando, muy frecuentes en Cádiz y
Sevilla» (87).
Esta peculiar ilegalidad en la que se insertaban buena parte de las tierras arrendables no era ajena a la audiencia de Sevilla. Su decano se hacía eco de la importancia de este conflicto, pero -como se verá más adelante- se declaraba impotente para poderlo controlar.
Sevilla fué la provincia adalid en la protesta campesina del'
sur; aunque sin llegar al protagonismo que Salamanca encarnó para las tierras de Castilla. Extraña la falta de participación de los pelentrines cordobeses; aunque la aplastante mayoría de la población jornalera -e185,9% de la población agraria activa (88)- puede explicar, en parte, la escasez de esas
demandas. Quizás otra causa pudo ser la notable presión que
algunos señores todavía ejercían sobre sus vasallos señoriales.
Dominguez Ortiz indica cómo aún existía: «el derecho de cuerno, peaje, portazgo, agua, pesos, medidas, el almojarife y el
derecho más gravoso para él campesino andaluz: el monopolio del aceite» (89). Ambas cuestiones quizás impedían la formulación de una protesta más activa por parte de sus pecheros. La mayor presión señorial impedía la creación de un cli-
(87) A.H.N. Consejos; leg.: 1.844.
(88) Vilar: S^ractures de la societé espagnole aers 1.750. parís, 1966. El porcentaje era menor en Jaen -el 72%- y en Granada -el 71,6%-.
(89) Los cómputos eran percibidos por el duque de Sesa en lás tierras
de Baena. En la sociedad española del siglo XVIII. Madrid, 1956.
210
ma reivindicativo, como también sucedía en Castilla. Como
allí, las demandas también provenían de los pueblos más libres. Pero én Andalucía no se efectuó, únicamente, la protesta en los pueblos sometidos a la jurisdicción realenga, como
había sucedido en Castilla. La^ demandas provenían de algunos pueblos realengos -los de la Vega de Granada- pero también de numerosos lugares señoriales: Osuna, Marchena... quizás porque el control fiscalizador ejercido por la Corona, con
el aplauso campesino, hacia las jurisdicciones señoriales y la
escasa rentabilidad económica en la que se traducían esas jurisdicciones, habían hecho descender el clima opresor que impedía la protesta.
Las consecuencias de la liberalización del comercio de granos
Objetivo decisivo de la política económica del Despotismo
Ilustrado fué el incremento de la producción agrícola. Las reformas del gabinete no propiciaron una redistribución de la
propiedad de la tierra -hecho revolucionario antitético a su
moderantismo-, sino una serie de alternativas tendentes a modificar las relaciones del mercado. La abolición de la tasa y el
libre comercio de granos fué ley dirigida a incentivar la producción agrícola, pero al no ir al fondo del problema -no modificó las relaciones de propiedad y explotación de la tierra-,
sus resultados hubieron de ser, forzosamente, diferentes a los
previstos. En 1764, el marqués de Esquilache planteaba el tema de la libertad de comercio como cuestión prioritaria para
favorecer la producción a^rícola. La tradición gubernamental, por el contrario, seguía centrada en el establecimiento de
una política proteccionista que tasaba los productos agrarios
y la renta de la tierra y favorecía la estabilidad del trabajador
a través de la prórroga sistemática de los contratos y de la renovación de otras formas de asentamiento del trabajador sobre la tierra (90).
(90) Como los contratos herenciales en la tierra de Segovia, que asentaban a familias enteras sobre una misma parcela agraria.
211
Peró la política de la Corona apuntaba a promocionar a
los labradores, que eran la base de la deseada expansión agraria, y el programa de libertad se llevó adelante como fórmula
imprescindible para hacer realidad esa meta. Campomanes y
otros fiscales del Consejo defendieron la utilidad de esta nue-.
va filosofía; pese «a que diez de los veintitrés ministros del Consejo formularon voto particular poniendo de manifiesto la especulación que los terratenientes habían de realizar forzosamente» (91). Pero el planteamiento de Campomanes, basado
en una hipótesis de producción suficiente que la subida de precios no haría sino incrementar (92) forzando luego su inmediata rebaja, terminó por imponerse y la pragmática de 11 de
julio de 1765 implantaba la libertad de comercio para todo el
territorio nacional.
Naturalmente, el estímulo de la libertad del comercio de
granos, al ir acompañado de la inseguridad de un contrato por
3 ó 4 años, no podía favorecer ningún intento de mejora en
la explotación de la tierra. Y, dada la baja tecnificación del campo español, era elemento imprescindible para incrementar su
superficie de cultivo. Difícilmente se podían ambicionar cotas
sobresalientes de productividad sin mejorar la situación ambiental del trabajador. Pero, una vez más, la imprevisión legislativa ilustrada vió como se volvían en contra sus propias
disposiciones.
Muy pronto los trabajadores del campo se vieron afectados por las repercusiones que este liberalismo económico Ilevaba a sus relaciones laborales y a su economía. El fin del proteccionismo supuso un incremento generalizado de las rentas
de la tierra, ya que al no efectuarse reforma alguna en su régi-
(91) Artola: Antiguo Régimeny seoolución liberal. Pág. 137. Y A.H.N. Consejos; leg.: 3.595. Consulta de 14 de junio de 1775.
(92) Ibidem: pág. 137.
(93) Rodríguez Labandeira: La política económ ^a de los Bo^bones. En La
economía del Antiguo Régimen. Volumen IV: Instituciones. Madrid, 1982. Pág.
147.
•
212
men de propiedad, favoreció directamente a los intereses de
terratenientes y empresarios agrícolas. El incremento del precio de los arrendamientos de los granos fueron dos hechos sufridos directamente por el campesinado y provocaron coincidiendo con la crisis de 1766- la parte más contundente
de su protesta. Los pelentrines de Jerez mostraban la connivencia de terratenientes y comerciantes de granos a la hora de
imponer las rentas de la tierra y los precios del cereal: «pues
ahora amparados por las leyes no hay sanción posible para su
lucro» (94). Dos años más tarde del establecimiento de esta ley,
sus efectos eran contundentes tanto en Andalucía como en Castilla.
Las alegaciones campesinas de toda España tuvieron un denominador común: mostrar al gobierno la imposibilidad de continuar con unas leyes que nada atemperabañ el monopolio tradicional de los poderosos. Felipe Hernández, pelentrín de Marchena, explicaba el sentir popular ante las consecuencias de estas
^ medidas:
«es grande el daño que ocasiona el libre comercio a esta población; pues han subido las rentas de la tierra a extremos
imposibles, los granos se han triplicado o cuatriplicado y la
ruina de los vasallos es manifiesta por las granjerías que hacen los poderosos con el estanco del trigo que les produce iñusitadas ganancias» (95).
Las peticiones campesinas se encauzaron en mantener el
conservadurismo que la tasa imponía a las relaciones de mercado. A1 menos así se veían menos indefensos ante las especulaciones de terratenientes y burgueses. Olavide y otros intendentes y Fiscales defensores de ese liberalismo, ante el estupor
de Campomanes, pidieron la abolición de la pragmática de
1.765 y la continuación del proteccionismo anterior. La conflictividad se extremó, además; por la ineficacia e inconvenientes
(94) A.H.N. Consejos; leg.: 1.844, pieza 2a. Memorial de 1.767.
(95) Ibidem: pieza 9a. Año 1769.
213
que las leyes sobre el reparto de Propios y Baldíos estaban originando. Manuel Moreno, vecino de Ronda, explicaba la miseria en la que vivía su pueblo de esta forma: «el incremento
del precio de los arrendamientos y la indefensión del pelentrín,
que no puede obtener el recurso de la tasa, hace abandonar
la fe en la supervivencia de este gremio, devorado por la avaricia de los poderosos» (96). La solución que proponía Moreno no era otra que el intervencionismo gubernamental en la
tasación de los granos y del precio de la tierra. Intervencionismo que era^solicitado, también, para el conjunto de las relaciones económicas en las que los pósitos ocupaban un papel
significativo (97). Los vecinos de Ronda explicaban así el monopolio que los terratenientes hacían de los pósitos comarcales:
«unos pocos labradores y comerciantes tienen el pósito en su
poder y como estamos empeñados con él por las malas cosechas habidas, suben nuestras deudas y los intereses que nos
imponen son de difícil pago, por lo que no podemos obtener
de él el grano necesario desde hace dos años».
Un círculo vicioso hacía cada vez más dificil la subsistencia campesina. La esterilidad de la tierra, el incremento de las
rentas y de los intereses a pagar al pósito local eran cuestiones
que en nada favorecían al asentamiento y aceptación de las prácticas del liberalismo económico que déseaba extender el gobierno. La indefensión de los vecinos ante unos municipios monopolizados por la propia oligarquía rural, que definía las leyes
del mercado, restaba al campesino de la mínima capacidad de
(96) A.H.N. Consejos; leg.: 1.841. Año 1.777.
(97) Anes: Economía e Ilustración en la España del siglo XVIII. Barcelona,
1969. El control de los terratenientes o de los concejos dominados por ellos,
hacía inviable la ayuda que habían de prestar al campesino, según las motivaciones con las que habían surgido los pósitos. En Ronda se dejaron de
sembrar las tierras arrendadas a pequeños campesinos por no poder hacer
frente a los pagos del pósito. A.H.N. Consejos; leg.: 1.841, pieza 5; numerosos •testigo^ de los trabajos de los pelentrines corroboraban ese aserto.
214
réplica ante las instancias locales e impulsaba a dirigir su protesta ante el Consejo de Castilla.
Los vecinos de Ecija explicaban su desconfianza ante la justicia local, que siempre dictaminaba a favor de los precios impuestos por los poderosos, e instigaban al Consejo a que supervisasen e impusieseri la tasa de los granos y de la tierra, para proteger a los desvalidos pecheros de «las granjerías» (98)
de terratenientes y comerciantes. Pero si era alarmante la conflictividad que generó esta ley, mucho más lamentables resultaron ser las consecuencias que desarrollaron en el nivel de producción agrícola. Aunque las noticias que proporcionó el expediente fueron escasas y tienen el defecto de ser indirectas,
la información recopilada no mostró ese incremento de la producción agrícola. No sólo descendió en pueblos concreto ^ Ronda, Santa Fé, Oxijares y Cúllar de la Vega, Jerez, Palma
del Río, Olvera, Ecijá, Arjona...- sino que la información
de varios intendentes extendió ese descenso a no pocas provincias. Los intendentes de Jaen y Córdoba así lo afirmaron
respecto a sus territorios. Y no se olvide el descenso de la producción agrícola que mostraba el expediente en otras zonas como Salamanca y Extremadura. Paralelamerite, las importaciones de grano en los años siguientes a 1765 fueron alarmantes.
Artola cifra el incremento de esas importaciones de trigo en
un 263% sobre los datos de la segunda mitad del siglo XVIII
y; las de cebada alcanzaron un incremento de un 379%, en
ese mismo período.
El planteamiento -excesivamente teórico- de nuestros librecambistas, difícilmente se podía conseguir con una tan profunda rigidez del mercado, en donde la desigualdad de unas
provincias que se morían de hambre y se despoblaban contrastaba con otras con notables excedentes de productos
(98) A.H.N. Consejos: leg.: 1.844. Memorial de los vecinos de Ecija,
en 1768. «Granjería» es un término muy usado en las explicaciones de los
campesinos; implica, tanto conceptos especulativos, como actitudes morales desarrolladas contra los trabajadores.
215
agrarios (98). Ponsot ha analizado la deficiente organización
de los mercados andaluces a la luz de la debilidad de sus sistemas de transporte (100) que hacía encarecer el trigo, dentro
de la misma región, entre un 40 y un 46%. Y estas carencias
y dificultades del transporte eran habituales en el resto de la
península, pues el estado de la red y de los medios de transporte hacían prácticamente imposible el traslado, a grandes distancias, de mercancías voluminosas .y baratas (101). Todavía
era una entelequia pretender unificar los precios de los productos agrícolas basándose en la libertad de mercado, ya que
las estructuras del Antiguo Régimen encorsetaban e impedían
la creación de un mercado nacional. Sólo así puede comprenderse las diferencias que poseían en los precios de los productos agrícolas localidades muy próximas. En 1766, dos lugares
gaditanos, distantes no más de 30 kilómetros, mostraban unas
diferencias en sus precios realmente notables. Mientras en Conil
de la Frontera el precio por fanega de trigo era de 17 reales,
en Medina Sidonia se alcanzaban cifras próximas a los 50
reales (102). Tales desequilibrios favorecían muy poco la estabilidad social del campo andaluz.
El Consejo de Castilla, desbordado por las consecuencias
de su política librecabista solicitó informes a intendentes y síndicos para comprobar el alcance verdadero de la protesta cam(99) Brunel, A.: Voyage en_ Espagne: 1655. Revue Hispanique XXX. Pág.
458. Clarividente opinión de este viajero sobre la ineficacia de la organización del mercado español.
(100) En Andalousie occidentale: systémes de transports et développement économique. Annales, 1976. Pág. 1.206.
(101) Madrazo, S.: Precios del transportey tráfico de mercancias en la España
de f:nales del Antiguo Régimen. Moneda y Crédito, n° 159. Madrid, 1981. Sereni: Capitalismo y mercado nacional. Barcelona, 1980. Anes: Las cr^is agrarias
en la España moderna. Madrid, 1970. Ringrose, D.: Los transportes y el estancamiento económ ^o de España: 1750-1850. Madrid, 1972. Sánchez Albornoz: La
cris^ de subs^tencia de España en el siglo XIX. Rosario, 1973. Fontana: Cambio
económico y actitudes políticas en la España del sig[o XIX. Barcelona, 1973.
(102) A.H.N. Consejos; leg.: 1.844. Pelentrines de Medina Sidonia y
pelentrines de Conil de la Fmntera al Consejo de Castilla.
216
pesina. Estos informes corroboraron cómo los beneficiados habían sido los labradores con grandes recursos, capaces de conservar almacenadas sus cosechas durante años. En tanto, los
campesinos sufrían las consecuencias de su dependencia del
mercado al que vendían a precios bajos sus granos en los meses siguientes de la recolección, para comprar a precios altos
él mismo producto en los meses de escasez.
Las soluciones a la política económica del gobierno empezaron a no ser uhánimes por parte de algunos ilustrad^s provinciales. Desde los años setenta, la implantación de ^^ política de tasas para los granos y para las rentas de 1^. ^.ra, ya
no era sólo una reivindicación campesina. El síndico de Sevilla, los diputados de Marchena y el intendente de Salamanca,
empezaron a considerarla como un mal menor que había que
implantar a la vista del fracaso de los resultados de la pragmática de 1765. El aparatoso volumen informativo que recoge el
expediente, centrado en esta polémica, mostró el grado de confusión y diferencias de criterio existentes entre el ejecutivo y
algunas instancias provinciales. En dos realidades geográficas
diferentes -Ciudad Rodrigo y Jerez- se pormenorizaron estas tensiones. El síndico del ayuntamiento de Jerez, apoyando
a los pelentrines, conminó a la necesidad de acudir a la tasa
para frenar el desencanto y proletarización de la sociedad campesina. El intendente de Salamanca acogió e instigó, desde su
competencia, las aspiraciones de los castellanos. Sin embargo,
los terratenientes contraatacaron con dureza: ni era cierto el
incremento de los arrendamiéntos, ni el de los precios agrícolas, ni especulaban con la fragilidad de las economías campesinas (103), ni mucho menos estaban dispuestos a que se tasase la tierra según los datos catastrales.
(103) Sobre Ciudad Rodrigo, en A.H.N. Consejos; leg.: 1.534; durísimo contraataque del cabildo, el marqués de Castelar y el de Espeja a los
memoriales campesinos. En Jerez, en leg.: 1844, gran enFrentamiento entre
propietarios y pelentrines en 1777. Se negaron en rotundo los terratenientes
a que se tasase la tierra según lo establecido en el Catastro en 1752.
217
El Consejo de Castilla, según su tradicional costumbre, procedió a requerir nuevas informaciones a los intendentes y a los
obispos; con todo ello, encargó al fiscal Juan Herrián Pérez el
pertinente pronunciamiento. El tibio dictamen no satisfizo a
nadie ya que se atenía sólo al análisis del ordenamiento jurídico y no al que se reflejaba en la conflictiva información presentada. No había lugar a extender la ta^a para todo el país,
a pesar de que desde 1785 el partido de Ciudad Rodrigo ya
la poseía (104).
Pese a ello, la protesta continuó y en 1790 Campomanes
fué requerido para buscar algún medio que pusiese fin a las
alzas de la renta y de los precios agrarios. El viejo conde no
ocultaba ya su decepción porque la esperada abundancia y barafura del trigo no se había producido. Su denuncia contra la
especulación de los comerciantes de granos fue terminante (105). Sin embargo, la dureza de las crisis de esterilidad de
comienzos de siglo, terminaron formulando la ne •esidad de establecer la tasa. Así entre 1802 y 1804 se cercenó la libertad
que había surgido en 1765 (106).
(104) Ley de 6 de diciembre de 1785 que concedía la tasa para ese partido. En A.H.N. Consejos; leg.: 1.534; el veredicto del Fiscal se dió el 2 de
enero de 1790.
(105) Artola: Anliguo Régimen... Pág.: 144. En esos momentos era presidente del Consejo de Castilla, en vísperas ya de su jubilación.
(106) Aunque se había obtenido la tasa para algunas zonas aisladas, no
se extendió a todo el territorio hasta 1802.
218
SEGUNDA PAItTE
EL EXPEDIENTE DE LE Y A GRARIA
I. I.a composición del expediente
El expediente de Ley Agraria concentró en sus páginas el
deseo de reformar el sector primario, sentido por amplias y numerosas capas sociales no pertenecientes a las clases dominantes.
Fué, ciertamente, resultado evidente de la política reformista del despotismo ilustrado español -que se encargó de
materializarlo-; pero no es menos cierto, también, que ministros y consejeros del rey se iban a mostrar especialmente sensibles a su recopilación, como consecuencia de la presión del
campesinado ante el Consejo de Castilla, urgiendo a modificar el obsoleto marco de las relaciones agrarias peninsulares.
Si bien es cierto que sería excesivo mostrar la existencia
en el expediente de un auténtico movimiento campesino -que
llevaría a plantearnos si el móvil de la protesta tendía a modificar en profundidad la estructura de la propiedad y explotación de la tierra o, como sucedió, a encauzar, simplemente,
el descontento campesino ante la inflación de los precios de las
rentas y. productos agrarios-; tampoco lo es menos que los
trabajadores de la tierra, sin proponer soluciones revoluciónarias, aunaron esfuerzos en un precario, pero existente, movimiento social que, a la par que denunció los abusos y"ñepotismos de la clase dirigente, propuso unas alternativas tendentes
a mejorar el marco de las relaciones laborales. A falta de
221
líderes (1), difíciles de surgir en una sociedad tan incomunicada y autárquica como la peninsular, los sexmeros, procuradores síndicos personeros y diputados del común fueron, a menudo, los intermediarios de la protesta campesina ante el Consejo de Castilla. El memorial de los sexmeros de Salamanca,
Zamora y Toro, de 1771, se insertaba dentro de esa filosofía
reformista -tari alejada del movimiento revolucionario cuyo
modelo ha propuesto Hobsbawm (2)- y que fué la habitual
forma de encauzar el descontento campesino de la segunda mitad del siglo XVIII español.
El expediente fué consecuencia, por tanto, del malestar que
la escasa productividad agraria desencadenó tanto en los trabajadores agrícolas, como en la élite ilustrada: Ya desde 1752 (3)
se comenzaron a recibir en la sala de gobierno del Consejo de
C astilla las priméras peticiones campesinas que instaban a modificar, por la vía legislativa, el conjunto de la organización
agraria de la Corona de Castilla. Pero no era nada nuevo para
(1) La existencia de un líder fué difícil en las sociedades preindustriales,
con un grado de dispersión geográfica difícilmente salvable. Era mucho más
corriente la existencia, a nivel local, de una persona que hacía de portavoz
de sus compañeros y que, con frecuencia, -como en el'caso de Terrones
(Salamanca)- era el cura del lugar. En A.H.N. Consejos; leg.: 1.841. Año
1769. También señala esta dificultad, aunque no la considera indispensable, Landsberger: Rebelión campesina y cambio socia[. Disturbios campesinos: temas y oariaciones. Barcelona, 1978.
(2) A.H.N. Consejos; leg.: 1.840. Año 1771. Memorial donde se denunciaban los abusos de los terratenientes y las soluciones que ellos veían imprescindibles. Hobsbawm: Rebeldes p^imitiaos. Barcelona, 1983. Diferencia
lo que denomina movimiento social reformista -como el de los trabajadores rurales- de los movimientos revolucionarios, que poseyendo ideología
y liderazgo, se proponen subvertir el orden de las relaciones económicas y
laborales. En parecidos términos se pronuncia Kossok: Los moaimienlos populares ers el ciclo de la reaolución burguesa. En Las reaoluciones burguesas. Barcelona,
1983.
(3) Son memoriales de campesinos zamoranos que mostraban la indefensión de los trabajadores ante el alza espectacular de las rentas de la tierra. En A.H.N. Consejos; leg.: 1.842.
222
el equipo gubernamental la realidad funcional del campo peninsular que mostraban esos memoriales. Los trabajos empíricos y las abundantes encuestas que se habían efectuado durante el reinado de Fernando VI -además del valiosísimo Catastro del marqués de la Ensenada- y los propios informes
de los intendentes y síndicos provinciales, señalaban cómo no
era infundada, ni carente de urgencia, la protesta campesina.
El equipo de gobierno que Carlos III supo reunir, iba a encontrar en ellos, desde 1759, un notable eleménto de apoyo
de sus planteamientos reformistas.
El protagonismo de la cuestión agraria en la sociedad española del setecientos fué, por tanto, resultado de la confluencia y connivencia de los sectores gubernamentales y de los trabajadores del campo. Nunca se hubiese alcanzado tal popularidad sin la existencia de alguno de esos sumandos. A1 subrayar esta importante participación campesina en la composición
del expediente, nó hago sino constatar lo que el análisis documental muesta y que, quizás, no habíamos valorado los historiadores en su justa medida, fácilmente conducidos por la incansable dinámica reformista de nuestros ilustrados. Mas no
es mi intención infravalorar el espléndido esfuerzo que se iba
a poner en funcionamiento desde la Secretaría de Estado y de
Despacho de la Real Hacienda. Efectivamente, según una real
orden de 7 de abril de 1766 (4), se puso en marcha la elaboración de un expediente general que mostrase los problemas del
campo, a la par que se vertiesen allí las alternativas más interesantes para reformar la organización agraria. Los primeros
interpelados fueron los intendentes, a los que se les envió una
detallada encuesta que habían de devolver con rapidez al Consejo de Castilla. A pesar de que la convocatoria se hizo cori
carácter nacional para todos los intendentes del reino, no hay
información alguna sobre el estado de la agricultura del este
(4) Anes, G.: Economía t Ilustsatión en la España del siglo XVIII. Barcelona, 1969. Pág. 104.
223
del país. La antigua Corona de Aragón permaneció al margen
de estos planteamientos. Ni un informe de sus intendentes y
síndicos personeros, ninguna demanda de sus abundantes y conflictivas comunidades campesinas (5). El alejamiento o zquizás, el rechazo?, hacia la política borbónica que les había privado de «sus libertades tradicionales» y que les confería tacaño protagonismo dentro del estado, parecía seguir siendo evidente.
Desde ese mismo año de 1766, el Consejo encargó a uno
de sus miembros, el Procurador General del Reino, la selección y recopilación de la variada información agraria que continuaba llegando a s>ls manos. Este jurista recopiló, según la
práctica tradicional, acumulativa y escasamente analítica vigente (6), una antología ilustrativa de las cuestiones a solucionar con mayor urgencia, así como diversas fórmulas que se proponían -desde la base trabajadora y desde los despachos
provinciales- para salir de ese estancamiento.
El procurador Saenz de Pedroso reunió, pacientemente, una
importante masa documental que reflejaba los problemas de
producción =considerado el más importante, a los ojos de los
tecnócratas gubernamentales-, explotación -en los que hacían el máximo hincapié los campesinos- y distribución de
la tierra, que habían de servir de soporte para formular la futura Ley Agraria. El expediente de Ley Agraria fué la consecuencia de ese trabajo. No tuvo, por tanto, nada de insólito
(5) Sólo a título de ejemplo, ver Palop: Hambrey lucha antifeudal. Las cr^is
de subs^tencia en Valencia en el siglo XVIII. Madrid, 1977. Y Ortega, M.: El
abastecimiento de una villa aragonesa de señorío entre 1686 y 1793: la baronía de Pedrola. En Miscelánea Conmemorativa. Madrid, U.A.M. 1982.
(6) Clavero, B.: La idea de código en la ilustración jurídica. En Historia, Instituciones, Documentos. Sevilla, 1979. Las recopilaciones se continuaron realizando a lo largo de toda la Ilustración, pese a la conveniencia teórica de
realizar códigos o formulaciones positivas defendidas por mentes más críticas como Jovellanos. Ver también Tomás y Valiente: Manual de Historia
de[ Derecho español. Madrid, 1981.
224
ni de extraordinario, pese a que en muchas ocasiones así se
ha mostrado. Procesalmente, fué un expediente más de los muchos acometidos por la monarquía borbónica, mostrando como aquéllos- un ponderado criterio de selección y de prioridades valorativas del conjunto de los problemas de la agricultura del país.
La labor que a sí mismo se marcó el Consejo de Castilla
fué únicamente la materialización del expediente; pero no se
avanzó mucho más. Ni siquiera se llegó a emitir un dictamen
fiscal; pues en los presupuestos teóricos del equipo ilustrado
se condicionaba toda acción legislativa posterior al juicio que
habían de pronunciar los miembros de la clase de agricultura
de la Sociedad Económica Matritense, a los que se había solicitado su asesoramiento. Pero, además, habían de soslayar la
crítica -cada vez más exacerbada- que los terratenientes y
las oligarquías urbanas estaban desplegando para torpedear la
reforma.
El conflicto permanente en el que se desenvolvía el campo
español en la segunda mitad del siglo XVIII, aparece profusamente reflejado en las páginas del expediente en sus variadas
motivaciones. Los conflictos entre grandes y pequeños arrendatarios, propietarios y arrendatarios, mesteños y campesinos,
mesteños y labradores... eran suficientemente explicativos del
estancamiento e inmovilidad en la que había permanecido la
sociedad española preindustrial y a la que la presión demográfica del setecientos y la nueva filosofía de «las luces» pretendían ir sacando de su letargo.
Tampoco hay que buscar uniformidad en la documentación del expediente de Ley Agraria, pese a que más de las dos
terceras partes de él son demandas directas de campesinos al
Consejo. Desde los informes de fiscales, síndicos, intendentes,
corregidores... a los memoriales de campesinos, sexmeros, concejos y ayuntamientos; desde pleitos entre arrendatarios y propietarios a solicitudes y concesiones de leyes especiales para un
determinado territorio; desde los abusos en los repartimientos
de la tierra de Propios a los modelos «racionales» efectuados
225
en alguna empresa agraria.. Nunca se cerraron las páginas del
expediente a nuevos y generalizados problemas que impidieran la productividad del agro español. Los casi 20 años empleados en su recopilación selectiva y la variedad cronológica (7)
de su masa documental, fué un buen ejemplo del amplio muestreo que se pretendía alcanzar y que, indudablemente, se logró.
Pero las vicisitudes que hubo de atravesar el expediente de
Ley Agraria no fueron pocas. En 1777, el Consejo de Castilla
envió a la Sociedad Económica matritense 67 piezas documentales- que era lo que entonces comprendía el expedientepara que fuesen estudiados, en su clase de agricultura, los problemas agrarios allí expuestos, e informaran con posterioridad
sobre los planteamientos esenciales a desarrollar en una Ley
Agraria. Es ésta la masa documental más abundante del expediente, y está íntimamente relacionada con los problemas que
acarreó la crisis de 1766 (8) y que dió origen a su recopilación.
Estos problemas, sobre todo de Andalucía y Castilla la Vieja,
se reunieron profusamente y suponen más del 75% de la información allí recogida.
Pero, en el transcurso de los años 1777-1784, siguieron enviándose muchos más memoriales de campesinos y de labradores al Consejo. En este caso, el protagonismo de los arrendatarios de la tierra de Segovia fué notable. Criticaban la obstrucción que había supuesto para esa zona la ley de 20 de ma-
(7) Aunque la abundancia documental señala el período 1768-1771 como el más conflictivo; fue también importante el volumen documental de
los años 80; sobre todo en Catilla la Vieja y Extremadura. Los últimos documentos son de 1784, excepción hecha de un cuadernillo fechado en 1833.
(8) Y los subsiguientes motines que se desencadenaron por toda España. Ver Vilar: Hidalgos, amotinadosyguerrilleros. Barcelona, 1982. Rodríguez,
L.: E[ motín de Madrid de 1766. Revista de Occidente, 1973. Y Los motines
en prooincias; Revista de Occidente, 1973. Anes: Antecedentes próximos de[ motín
contra Esquilache. Moneda y Crédito, 1974. Ruiz, P.: Los motines de 1766 y
los inicios de la crisis del Antiguo Régimen. En Estudios sobre la reoo[ución en España. Madrid, 1979.
226
yo de 1770, que terminaba con,su amplia tradición de los arrendamientos herenciales, y daba libertad al propietario para imponer arrendamientos cortos (9), como consecuencia del liberalismo económico que desde 1765 venía desarrollando el gobierno, y que poco o nada favorecía al campesinado. Pese a
todo, el procurador Saenz de Pedroso continuó recopilando los
memoriales más representativos que se seguían recibiendo. En
sucesivos envíos, hasta 1784, fueron remitiéndose a la Sociedad Económica Matritense el resto de las piezas documentales
seleccionadas.
.
Las previsiones iniciales se vieron desbordadas ante la amplitud del volumen documental recopilado, por lo que Campomanes sugirió se imprimiese un resumen del expediente para su más fácil análisis en la Matritense. Este resumen fué el
Memorial Ajustado para una Ley Agraria, impreso en Madrid en 1784 (10). Con él, los miembros de la clase de agricultura pasaron largos años estudiando y discutiendo las bases de
la Ley Agraria que con tanta ansiedad esperaban tanto los campesinos como las élites ilustradas. Trabajadores rurales de muchos puntos de Castilla la Vieja (11) urgían, con 'impaciencia,
a las autoridades del Consejo su inmediata promulgación.
(9) La crítica de Segovia fué muy fuerte, sus campesinos se veían privados de una estabilidad laboral que disfrutaban desde hacía siglos. En A.H.N.
Consejos; leg.: 1.843. Piezas G. y H. Artola: Antiguo Rígimen y r^volución [iberal. Barcelona, 1983. Muestra cómo el liberalismo económico de los ilustrados modifica radicalmente las prácticas mercantilistas de los arrendamientos largos, la tasa de granos..., favoreciendo claramente los intereses de los
labradores. Pág. 135.
(10) E[Mtmosial Ajustado sobre el establetimicnto de una Ley Agraria. Madrid,
1784. No obstante, predominó aquí la información de los burócratas ilustrados sobre la de los campesinos; a la ínversa de lo que realmente sucedía
en el expediente de Ley Agraria.
(11) De Zamora, Toro, y sobre todo Salamanca. Muchos otros lugares
insistían al Consejo de Castilla sobre la urgencia en promulgar esa ley y se
lamentaban de la extraordinaria lentitud con que era tratada. En A.H.N.
Consejos; legs.: 1.841 y 1.534.
227
Pero muchos problemas hubieron de solventarse hasta que,
al fin, el informe de la Sociedad Económica de Madrid fuera
publicado en 1795. El informe para una Ley Agraria, realizado por Jovellanos (12) llegó cuando ya los campesinos habían
perdido la esperanza de que su déseada Ley Agraria se promulgase algún día y cuaiido la coyuntura política distaba mucho de ser la adecuada para planteamientos innovadores. Si
en 1766 aún parecía posible la formulación reformista que se
pretendía para «modernizar» el país, no era ya el caso de 1795.
Muerto el rey Carlos III y desencadenada la revolución francesa, se habían abandonado, hacía tiempo, los planteamientos anteriores. El miedo a una inminente revolución contuvo
toda capacidad de reforma en las esferas gubernamentales.
1. Las demandas de los campesinos y concejos
Las demandas de campesinos y sexmeros al Consejo, constituyen la documentación más numerosa del expediente, además de ser la más rica en situaciones dispares, fruto de la frescura e inmediatez que los propios trabajadores solían conferir. Es esta masa documental -que comprende más de las dos
terceras partes del total- la que da una mayor personalidad
y vivacidad al cúmulo de problemas que allí se reflejan. La que,
a la postre, interesa más especialmente al historiador social,
empeñado en desentrañar quiénes eran los componentes predominantes de esta protesta, cómo enfocaban los problemas,
y cuáles eran sus soluciones o sus deseos. Así ha sido posible
dilucidar el variado grupo humano que bajo el término excesivamente genérico de campesinado, hacía frente -como podía- al incremento ascendente de la renta de la tierra, y para
el que la ambición de los propietarios y labradores, amparados en la liberalidad gubernamental, parecía no tener fin.
De este modo sabemos los problemas reales que los pelentrines andaluces soportaban; conocemos sus nombres, sus eda-
(12) En Obras de fovellanos. Volumen II. Madrid, B.A.E. 1956.
228
des, el precio de la tierra arrendada o subarrendada, sus duras
condiciones contractuales, sus dificultades de permanencia ante.
el voraz incremento de la gestión «monópolística» de los «labradores», sus lamentos ante el desamparo en que se encontraban...; lo que, en una feliz observación, Rudé denomina
«mostrar el rostro de la multitud» (13). Y, no era mejor el status de los pequeños arrendatarios y subarrendatarios castellanos pese a no poseer una literatura tan dramática. Pedro Sánchez, pequeño arrendatario zamorano, no veía amplias diferencias entre los siervos medievales y sus compañeros arrendatarios: «pues aquéllos aún tenían algún tipo de protección
de la que carecemos nosotros» (14).
La inestabilidad laboral del arrendatario castellano, obligado a un éxodo permanente, de tierra en tierra, no sólo daba
lugar a multitud de problemas familiares, sino que impedía el
necesario y fecundo encariñamiento del trabajador con la tierra, traduciéndose en una gestión ramplona y poco productiva. Un modesto arrendatario salmantino, José Pérez, explicaba al Consejo cómo una de las causas determinantes de la escasa producción agrícola era «la infelicidad y miedo que el trabajador siente al saber que transcurridos los 4 años de contrato, su sudor, su trabajo empleado en rozar, limpiar y abonar
bien la tierra iba a encarecer el nuevo contrato al que sólo un
poderoso u otro labrador acomodado podía tener acceso» (15).
En estos memoriales hay todo un mundo de problemas y
de situaciones que, con ser ciertas, difícilmente podían ser mostradas desde la frialdad de los despachos de los burócratas pro-
(13) Rude: Psotesta populary revolución en el siglo XVIIL Barcelona, 1978.
(14) A.H.N. Consejos; leg.: 1.841. Este campesino había sido desahuciado dos veces en los últimos 7 años de forma incorrecta; a través de pujas
secretas que hacían los grandes arrendatarios. Su protesta es de 1770.
(15) José Pérez, campesino de Lumbrales (Salamanca) envió un memorial al Consejo en 1779. Se lamentaba, con amargura, de esas instancias que
el mismo había sufrido en el cercano pueblo de Olmedo, A.H.N. Consejos:
leg.: 1.842.
229
vinciales. Pero el tema que planteaba José Pérez no era, sin
embargo, menor. Mostraba cómo la aplicación del liberalis- mo económico, sin matizaciones, nunca iba a favorecer a los
trabajadores quienes, por no ser propietarios de tierra, no podían estimularse con los beneficios de una creciente capitalización que sólo rentaba al propietario.
El estudio de estos memoriales y demandas muestra el extraordinario apego que el campesinado español -como el de
la restante Europa preindustrial (16)- tenía por el funcionamiento tradicional de la sociedad agraria. Las protestas se dirigían -en parte- contra los abusos de terratenientes y poderosos; pero también contra los cambios promovidos en nombre del «progreso» por el despotismo ilustrado español que, si
bien tenía muy clara la idea de favorecer la libertad de acción
de labradores y comerciantes, quizás no alcanzó a pensar, en
toda su magnitud, las duras consecuencias que traían para los
pequeños arrendatarios y subarrendatarios. Por ejemplo, la libertad que se confirió a los propietarios para que pudiesen dejar suspensas ataduras y fórmulas contractuales^ medievales
-enfiteusis, treudos, arrendamientos herenciales- caso claro de «modernización» del país, sólo causó problemas a los campesinos, muchos de ellos arrancados con violencia de sus seculares parcelas, que tendrían que competir, en adelante, con colonos y grandes arrendatarios en el_mercado de la tierra.
Los favorecidos, ciertamente, fueron los propietarios quienes, a tenor de la alta demanda de tierra, vieron crecer osténsiblemente sus rentas y; sin embargo, la productividad, el móvil final ilustrado, no salió muy beneficiada ya que nadie estaba dispuesto a incrementar su trabajo sin una mínima estabilidad en esas parcelas agrícolas.
Dada la lentitud y poca operatividad de los tribunales de
justicia en relación al campesinado -recuérdese aquella ob-
(16) Rudé: Protesta popular... Pág. 22. De idéntica forma se pronuncia
Landsberg: Rebelión campesina... Pág. 138.
230
servación dé un escribano en el sentido de que «los poderosos
siempre ganan en los pleitos»-, las demandas directas fueron
las fórmulas qué más utilizaron para poner en conocimiento
del rey los conflictos de la sociedad rural en la que habitaban.
En efecto, como todo vasallo de Su Majestad recurrieron directamente al rey, sin pasar por ningún otro organismo institucional o judicial, y lo hicieron mayoritariamente, a juzgar
por la impresionante masa documental acumulada; ya que se
mostró como la fórmula más rápida, más barata, además de
la más efectiva. Los tribunales de justicia eran demasiado costosos para el campesino y había que aguardar muchos años a
sus dictámenes. Una demanda directa al rey, en cambio, no
tardaba más de dos meses en superar sus trámites de llegada
a la corte (17).
E1 proceso que seguían estas demandas era siempre el mismo: el rey remitía todo ^ los memoriales a la Sala de Gobierno
del Consejo de Castilla. Además, paralelamente, se seguía obteniendo información de la conflictividad rural a través de la
Sala de Justicia del mismo Consejo. A ella llegaban, en última
instancia, los pleitos más conflictivos que no habían logrado
avenencia ni en la chancillería ni en la audiencia correspondiente. De ellos se hablará más adelante.
Los 8 ministros de la Sala de Gobierno (18) fueron los encargados de recibir y seleccionar el material que el procurador
general, Saenz de Pedroso, había de ir recopilando durante casi
20 años. De este modo, demandas y conflictos de los más diversos lugares de Castilla y Andalucía -aunque, como se ha
(17) Eso era lo más habitual y no era infrecuente que tardase incluso algo menos. Entre 6 y 8 años era un tiempo relativamente frecuente, para
los tribunales de justicia.
(18) Para el funcionamiento del Consejo de Castilla, ver Escolano de
Arrieta: P^áctica del Consejo Real. Madrid, 1776. Desdevises du Dezert: Le
Conseil de Castil<c au XVllléme siecle. Revue Hispanique, n° 74. París 1902.
Cabrera Boch: El podn leg•latiuo en la España dcl siglo XVIII. En la economía
española al f:nal del Antiguo Régimen: Instituciones. Madrid, 1982.
231
visto, con un claro protagonismo de Salamanca-, fueron conformando los fondos del futuro expediente general para la realización de una Ley Agraria.
El predominio incuestionable de las demandas individuales de campesinos -más de un 90% de todas ellas- no puedé
ocultarnos la existencia de un auténtico movimiento popular
que iba más allá de la pura petición individual. Cuando los
sexmeros de Salamanca, Zamora y Toro mostraban, ante el
Consejo, su demanda formal de una Ley Agraria, la'solicitaban trascendiendo los estrechos moldes de territorialidad (19),
tan habitual en las formulaciones legislativas del Antiguo Régimen. Deseaban una Ley Agraria para todos los campesinos
españoles, espe^ ificando, por otra parte, su conocimiento de
los diversos sistemas laborales vigentes en zonas tan apartadas
como Galicia o Cataluña (20). O, cuando los sexmeros de León
y de Valladolid, ^quizás apremiados por el desaliento de sus
compañeros salmantinos?, enviaron un memorial en 1783 apoyando todas las peticiones del campo salmantino y argumentando que «todos nosotros padecemos sus mismos problemas
y tenemos los mismos afanes» (21). Es decir, que pese a las dificultades, existió una intercomunicación y un apoyo entre amplias comunidades campesinas, todavía escasamente organizado, pero documentalmente cierto.
La mecánica administrativa por la que pasaban estas demandas era siempre idéntica: conocida, por ejemplo, la deman-
(19) Tomás y Valiente: Manual de Historia del Derecho español. Madrid, 1981.
Y Artola: Los orígenes de la España contemporánea. Madrid, 1959.
(20) Eran envidiadas .estas dos zonas por la amplitud temporal de sus
sistemas de explotación. Foros y enfiteusis se mostraban como modelos ideales
a imitar. Se repite, varias veces, que era necesaria una ley para todo el territorio nacional y no exclusivamente para Castilla. En A.H.N. Consejos; leg.:
1840.
(21) A.H.N. Consejos: leg.: 1843. Lo avanzado de la fecha hace suponer esos supuestos al no encontrarse ningún documento similar, individual
o colectivo, en las páginas del expediente.
232
da del colono, el terrateniente o el gran arrendatario -si era
un subarrendatario- dirigía otro memorial en parecidos términos al rey, en el que se daba «su versión» del hecho; evidentemente, diferente a la anterior. El paso subsiguiente era nombrar ambas partes sus abogados ante el Consejo: «para que puedan parecer y parezcan en su lugar añte los reales presidentes
y oidores de dicho real Consejo y demás tribunales necesarios» (22).
El Consejo, relativamente pronto (23) y a través de la Sala
de Gobierno, convocaba a los representantes de las dos partes
encontradas. Ellos, por su parte, solían mostrar documentos
y pruebas de testigos que corroborasen las alegaciones de sus
defendidos. Destacable fué la existencia de memoriales de apoyo
al campesino por parte de los sexmeros y procuradores de la
tierra de la comarca a la que pertenecian, caso de tratarse de
problemas en Castilla, mostrando, una vez más, la interrelación que estamos defendiendo y que efectivamente existía en
el movimiento campesino castellano (24).
Pero no en él andaluz. No hay ni un sólo caso de apoyo
a los pelentrines por parte de asociaciones agrarias en defensa
de sus intereses. La evidente escasez de peq ^eñbs arrendatarios o subarrendatarios en Andalucía -cuya población laboral básica, los jornaleros, superaba el 75% del cuerpo sociál
(22) Así se explica en el expediente promovido por dos colonos de Sanchiricones (Salamanca) en 1767, contra el cabildo de la ciudad. El desahucio había sido realizado fuera de la tipología contractual. En A.H.N. Consejos; leg.: 1842, pieza 12.
(23) En el caso de Sanchiricones, un mes y medio después de recibir la
demanda de los dos colonos.
(24) En todas las demandas de Salamanca, Segovia, Burgos..., existen
esos apoyos de sus sexmeros o procuradores de la tierra a los campesinos
demandantes, cosa que no sucedió en Andalucía. El papel de los sexmeros
trascendía mucho más de lo que les confiere la Real Academia de la Lengua: «la administración las tierras de Comunales en los pueblos próximos».
Sus testimonios en los desahucios, subidas de la renta contractual, abusos
de los ganaderos mesteños... fueron innumerables.
233
activo- y el extraordinario poder de los terratenientes y labradores parece que impedían la existencia de asociaciones de
campesinos con cierta permanencia y estabilidad.
El informe del fiscal, tras el análisis de las pruebas presentadas por ambas partes, era el pa ^o ulterior que, procesalmente, requerían todas las demandas. Pero no fué abundante el
pronunciamiento de los siempre escasos fiscales (25) del Consejo ante los temas agrarios. Solían solicitar información complementaria a las dos partes: contratos, demanda de recibos
de haber pagado las rentas los colonos, peritajes de las calidades de las tierras arrendadas, información a intendentes, corregidores... Así, la démanda inicial se enriquecía de noticias
y datos contrastados por los más diversos componentes de la
sociedad rural. La información que, de este modo, se vertía
era extraordinariamente rica y pormenorizada en cada demanda. Sin embargo, en la mayoría de los casos, el breve informe
del fiscal no iba más allá de la simple afirmación o negación
de la culpabilidad de alguna de las partes. Con muy pocas excepciones. No se dieron más allá de 6 ó 7 informes de fiscales
relativamente pormenorizados. Lo usual fué dictaminar
-afirmativa o negativamente- sobre la culpabilidad de alguna de las partes, aunque supeditándose siempre al dictamen
final del Consejo (26).
Fué excepción el informe que en 1792 realizó el fiscal sobre el conflicto desencadenado en la sociedad rural de Ciudad
Rodrigo; informe amplio y con vocación de conciliar los inte-
(25) Isabel Cabrera señala cómo existían dos fiscales desde 1715 para
todas las cuestiones que competían al Consejo de Castilla. Sólo se creó una
tercera plaza de fiscal en 1771. En cualquier caso, la dificultad de funcionamiento con tan exiguos funcionarios hubo de ser muy importante. En: El
podn legislatiUO... Madrid, 1982.
(26) La coletilla se formulaba en estos o parecidos términos: «el Consejo
juzgará y dictaminará lo más conveniente^>. Así terminaba el dictamen del
iiscal que juzgó el problema de los arrendamientos de tierra a eclesiásticos
en Oxijares de la Vega. A.H.N. Consejos; leg,: 1844, pieza 3a, año 1767.
234
reses de propietarios, labradores y campesinos. El fiscal se mostraba como un convencido ilustrado al denunciar la desigualdad en el reparto de lá tierra como causa determinante de la
infelicidad de la comarca. Pero un ilustrado que, no parece que
conocía el grado de dispersión de las empresas agrarias en Castilla la Vieja, o que quizás pretendía desarrollar en el norte del
país un modelo de explotación más conforme con la difusión
del latifundismo por el sur peninsular. Fué polémica su aportación. Se centró en establecer que «las 100 fanegas máximas
de tierra arrendable es la congrua dotación del labrador» (27),
y esto cuando ni siquiera los técnicos andaluces se habían atrevido a pronuncia'rse tan descaradamente a favor de grandes
arrendatarios o labradores acomodados e, incluso, cuando el
mismo Olavide se inclinaba por las 50 fanegas como los propietarios y campesinos de Ciudad Rodrigo (28).
La influencia del paisaje agrario del sur se mostraba también en otro punto clave de su informe: la obligatoriedad de
tener que construir la casa en torno a las 100 fanegas arrendables, con ánimo de permanencia familiar. Más allá de sus preocupaciones poblacionistas, fué también -como muchos otros
defensores de las «luces»- un detractor fulminante de la tasación para solucionar los problemas de inflación de rentas y productos agrarios (29). Finalmente, la dura crítica que dirigió a
(27) A.H.N. Consejos; leg.: 1.534. Informe de 1792. Desconocemos el
nombre de este, como del resto de los fiscales; pero sí sabemos la polémica
que desencadenó entre intendentes, corregidor y campesinos al estimar excesivo el tope de 100 fanegas para las menguadas economías campesinas.
(28) La «congrua« en la sociedad de Ciudad Rodrigo se ceniraba en 50
fanegas. Hecho documental repetido varias veces en sus memoriales al Gonsejo. En A.H.N. Consejos; legs.: 1.843 y 1.534. Siguen repitiéndolo desde
1752 hasta 1792.
(29) La tasa era una conservadora aspiración campesina para prevenir
las alzas indiscriminadas de la renta de los productos agrarios, con la que
ningún miembro del equipo dirigente podía estar de acuerdo dada la importancia que el liberalismo económico concedía a esta práctica. Ver Informe, en leg.: 1.534.
235
la gestión del intendente de Salamanca, Lucas Palomeque defensor incansable del movimiento reivindicador campesino,
mostraba la inequívoca preferencia del fiscal, zandaluz?, como tantos otros ilustrados por las aspiracione ^ expansionistas
de labradores y grandes arrendatarios.
Procesalmente, tras el informe del fiscal, había de emitir
su juicio el Consejo, generalmente en concordancia con la opinión de su fiscal. Sin embargo, no fueron pocos los expedientes recopilados en los que el Consejo, como tal, no se pronunció en ningún sentido terminándose, de modo tan incompleto,
la mecánica administrativa que había seguido las demandas.
De este modo, en la mayoría de los casos, el juicio personal del fiscal fué el último procedimiento jurídico de los memoriales y demandas recogidas en el expediente de Ley Agraria que ahora examinamos.
2. Los pleitos de la sociedad rural
Una pequeña masa documental del expediente recogía una
selección de pleitos que, surgidos del enfrentamiento existente
dentro del sector primario peninsular, llegaban a la Sala de Justicia del Consejo de Castilla tras haber superado, sin avéniencia, los cauces ordinarios previos (30) de la administración de
justicia.
(30) Son escasos los pleitos recopilados. Casi todos ellos provenían de
la chancillería de Valladolid a donde habían acudido litigantes sin avenencia de diversas audiencias del norte de España. La gran conflictividad del
campo castellano y la mayor libertad de acción de sus hombres, propiciaba
su mayor presencia en la chancillería castellana en relación a las escasas posibilidades de los pelentrines andaluces de acudir a la chancillería de Granada. Ver el funcionamiento de la Chancillería de Valladolid en Kagan, R.:
Pleitos y p oder real, la Chanci[lería de Valladolid: 1500-1700. En Cuadernos de
Investigación histórica, n° 2. Madrid, 1978. Y Molas: La Chancillería de Va[[ado[id en e[ siglo XVIII. En Historia Social de la Administración Española. Barcelona, 1980.
236
Los cuatro ministros integrantes de la Sala de Justicia (31)
fueron los encargados de proporcionar a Saenz de Pedroso el
material conflictivo de la sociedad rural que él buscaba. Pero
lo que hizo el procurador general no fué, exclusivamente, una
recopilación aséptica de esos fondos. Más allá de los propios
intereses corporativistas o profesionales de la magistratura a la que pertenecía-, se interesó, con esmero, en mostrar la
imposibilidad de resolver, con los escasos medios técnicos y humanos que poseía la justicia, las múltiples tensiones existentes
en las sociedades rurales peninsulares. Con su significativa selección, se señalaba la urgencia de planificar otras formas de
resolver los conflictos que no fueran acudir a unos tribunales
de justicia, con escasas dotaciones ^umanas y donde no siempre se dictaminaba en sus salas con la imparcialidad debida (32).
El pleito entre un campesino del Barco de Avila y el propietario de la tierra arrendada, el vizconde de Huerta, fué un
ejemplo ilustrativo de sus móviles. La causa fué el desahucio
injustificado del colono, tres años antes de concluir su contrato. El largo periplo comenzó al no existir avenencia ante el alcalde del lugar y pasar el caso al dictamen de la audiencia de
Salamanca, tribunal competente en segunda instancia en ese
entorno entonces inmerso en el corregimiento salmantino. Entre
1770 y 1775 la audiencia solicitó testigos, pruebas contractuales, recibos de pagos anuales, peritos y tasadores que explicasen la calidad y el precio adecuado de ese arrendamiento... para
pronunciarse a favor del propietario y corroborar la licitud del
(31) Tras la reorganización del Consejo de Castilla en 1715, cuatro eran
los Ministros de la Sala de Justicia, otros cuatro estaban en la Sala de Provincia, cinco en la del Mil y Quinientos, ocho en la de Gobierno. Ver Cabrera: EI poder legislativo en la España del siglo XVIII. Pág. 194.
(32) Tomás y Valiente: E[ deruho fienal de la Monarquía Absoluta. Madrid,
1969. Varias razones da sobre ello: la incontrolable e incontrolada libertad
de los jueces que interpretan, según sus convicciones, las leyes; la no presunción de inocencia a favor del reo, la confusa estructuración de las instituciones que administran justicia... eran algunas de ellas.
237
desahucio «por tasáción indebida y escasez de la renta de las
27 fanegas de tierra» (33). Sin embargo, el colonó Juan Hernández, en desacuerdo con la sentencia, continuó recurriendo
a la instancia superior: la chancillería de Valladolid. Transcurrieron siete años los autos a la espera de nueva sentencia; el
14 de enero de 1782, la Chancillería desestimó el desahucio
del colono 12 años más tarde de efectuada la expulsión. Sin
conocer exactamente el motivo de su inclusión en el Consejo
-no se dice que haya apelación por alguna de las partes-,
se envío toda la documentación a la Sala de Justicia «para que
se haga allí lo que se crea más conveniente».
Pleitos como éste hubieron de resultar especialmente atractivos para los planes del procurador general. Su propósito al
incluirlos era evidente: mostrar la indefensión del colono ante
los tribunales tras pasar por largos y costosos pleitos. Algo que
con claridad había denunciado el intendente Lucas Palomeque:
«propietarios y poderosos arrendatarios suelen ganar casi todós los pleitos en esa audiencia, pues tienen amigos en los
tribunales que dictan con frecuencia sentencias a su favor;
por tanto los colonos no intentan resolver sus problemas por
vía de la justicia, pues ni pueden costearse un gasto tan alto
ni confian en sus resoluciones» (34).
La lentitud en la administración de la justicia, los desplazamientos a la audiencia -no pocas veces abandonando las
faenas agrícolas- y el costo ecónómico que acarreaban los
autos, eran, además, factores a tener en cuenta y que explicaban la aversión del campesinado por los tribunales.
(33) A.H.N. Consejos; leg.: 1.843, pieza 3a. El contrato se estipuló por
6 años, en 1768; sin embargo, en 1770 se le desahucia al colono y se emprende un largo pleito, que pasó por la chancillería de Valladolid y llegó
al Consejo quien debía reintegrar al colono a la suerte que le correspondía.
(34) A.H.N. Consejos; leg.: 1.843, pieza 1 a. Palabras del intendente de
Salamanca en 1791.
238
Los pelentrines de Nijar (Almería) explicaban en 1767 su
suspicacia y escepticismo por la práctica jurídica que se desarrollaba en Granada, y apelaban al Consejo para que resolviera la invasión de arrendatarios «forasteros» en su término, en
contra de las reales provisiones concedidas en 1595 que protegían a los vecinos en el disfrute de las tierras. Las causas que
les impedían acudir a Granada en busca de una solución eran
contundentes: «como somos pobres pelentrines y ellos poderosos no podemos arriesgar nuestro escaso dinero en pagar unos
autos que pocas veces nos favorecen» (35).
Resulta por eso especialmente ilustrativa la actitud del campesino del Barco de Avila. Su excepcionalidad radicaba en su
tenacidad por recurrir las sentencias emitidas -la de la justicia ordinaria y la de la propia audiencia- ante las instancias
superiores sin otro móvil que obtener una resolución justa por
la que pocos campesinos apostaban. ^Quizás. fué esa la causa
de su inclusión testimonial en el expediente? o, zera la ineficacia e injusticia de los tribunales provinciales condicionados por
su entorno social (36) lo que se pretendía mostrar? Mtiy posiblemente ambas cosas.
Ante la lentitud de los tribunales, los campesinos optaron
en masa por las demandas directas a Su Majestad, a través del
Consejo de Castilla. En el caso anterior era, cuando menos,
(35) A.H.N. Consejos; leg.: 1844, pieza 7a. Memorial de 1767. Varios
pueblos de la vega de Granada se pronunciaron en parecidos términos Churriana, Oxijares, Purchil, Cullar y Ambroz-. EI elevado grado de po=
blación morisca expulsada en 1610, obligó a plantearse una nueva repoblación. La filosofía fué crear un amplio número de pequeños y medianos propietarios; sin embargo, parece que seguía sin conseguirse en el siglo XVIII.
(36) La alianza de la judicatura con los estamentos superiores no era infrecuente en otros países europeos. Lefebvre lo subraya para el caso francés
en: Les Paysans du Nosd fiendant la seaolution fiançaisse. París, 1972. Molas en
La Chancillería de Yalladolid... Muestra la complejidad de los asuntos que eran
competentes de las audiencias y de las chancillerías y la lentitud de su funcionamiento. Pág. 88.
239
burdo pretender resolver un desahucio 14 años después de efectuado. E incluso, tras la sentencia fávorable de la chancillería,
no se terminó de resolver su caso; un memorial del mismo colono mostraba en 1789 (37) la amargura del campesino ante
la negativa del propietario de reintegrarle a sus tierras arrendadas. y es que una cosa era dictaminar una sentencia y otra,
muy diferente, lograr su cumplimiento.
Otro significativo fondo documental recopilado recogía varios pleitos entre labradores y ganaderos mesteños salmantinos (38). Sin embargo, el privilegiado sistema judicial que
poseían los trashumantes -los alcaldes mayores entregadores- (39), convertía a las audiencias (40) en tribunales de escaso poder y de dudosa competencia en materia pecuaria. Los
labradores y campesinos, no obstante, tendían a utilizarlos más
bien como un foro para criticar y desacreditar las prácticas e
instituciones del Honrado Concejo de la Mesta con la complacencia de los miembros de los propios tribunales. En esa labor
tuvieron, además, unos aliados muy directos en alcaldes rurales y corregidores (41), quienes a los alcaldes entregadores les
privaban de sus competencias jurídicas habituales; hasta que
la ley de 1796 (42) -que les suprimió- les hizo competentes
(37) A.H.N. Consejos, leg.: 1843. Memorial mostrando la desgracia sentida ante tantos esfuerzos realizados inútilmente.
(38) A.H.N. Consejos; leg.: 1.841. Recoge 6 pleitos de esa provincia interpuestos entre 1758 y 1792.
(39) Era una auténtica audiencia trashumante que protegía la inviolabilidad de la institución mesteña, salvaguardando sus intereses en todo momento y hurtando a los alcaldes de los pueblos donde se ubicaban, la competencia judicial. Mickun: La Mesta au XVIII éme siécle. Budapest, 1983.
(40) Noaísma Recopilación. Libro V. Título 1°: «De las chancillerías y
audiencias^^. Un estudio pormenorizado sobre las competencias diversas de
las audiencias en Fernández Vega: La Real Audiencia de Calicia, órgano de gobierno durante e1 Antiguo Régimen. La Coruña 1982.
(41).El corregidor de Salamanca apoyaba las demandas de los vecinos
de Ledesma contra las prácticas de los mesteños. En A.H.N. Consejos; leg.:
1.842, pieza la.
240
en materia jurídica ante toda clase de sectores productivos.
De nuevo se puso de manifiesto la intencionalidad del procurador general al recopilar algunos pleitos entre labradores
y ganaderos de los muchos que llegaban a la Sala de Justicia
del Consejo. Si, como parece, estaba en su ánimo mostrar la
inoperancia de la justicia para resolver las tensiones de la sociedad rural del setecientos, no se podía encontrar un ámbito
más confuso y con menos posibilidades de éxito para los tribunales que el sector ganadero mesteño. Y ello debía de ser especialmente frustrante dada la general complacencia de oidores
y ministros de las audiencias y del Consejo de Castilla (43) ante
la prioridad de la agricultura frente a la ganadería trashumante.
Era una magnífica demóstración de lo que podía esperarse
si se continuaban desarrollando las «soluciones» tradicionales
y una significativa forma de mostrar la urgencia de transformar el marco legal de las relaciones de producción del sector
primario.
(42) Ley de 29 de agosto de 1796 que supuso un duro golpe a los privilegios de la Mesta. García Sanz: La agonía de la Mesla y el hundimiento de las
exportaciones laneras: un capítulo de las csúis económúas del Antiguo Régimen. Agricultura y Sociedad, 1978. Págs. 283-316.
(43) El convencimiento de la supremacía agrícola frente a la ganadería
se mostró, por ejemplo, en los dictámenes de la audiencia de Sevilla y eri
los de las chancillerías de Granada y Valladolid. E^l Procurador Generál se
hacía eco de todos ellos.
241
II. Las posiciones doctrinales:
La información
1. Los informes de los intendentes
Kamen ha mostrado cómo el advenimiento de las reformas
administrativas borbónicas coincidió y se desarrolló paralelamente a las necesidades de la guerra de Sucesión (1). Una de
esas substanciales reformas fué la creación de las intendencias.
La eficacia de más de un siglo de actuación en territorio
francés aconsejó su entronización en el aparato gubernativo de
Felipe V, tras la implantación de los decretos de la Nueva Planta. Se pretendían crear, deslindados de la figura del corregidor, unos agentes provinciales dotados de agilidad administrativa y con amplias com^etencias, judiciales, policiales, hacendísticas, y como administradores de los ejércitos reales, según
correspondía a la práctica política del Antiguo Régimen. Se
estructuró la reunión de tan diversas materias con la finalidad
de movilizar la lenta e inoperante burocratización de la «res
pública» provincial, así como para evitar roces entre distintos
(1) Kamen: La Cuena de Sucesión en España: 1700-1715. Madrid, 1974.
Y El establecim ^nlo de [os intendtntes en la administración tspañola. Revista Hispánia 1964. Las ordenanzas de 1714 y, sobre todo, las de 1718, desarrollaría
las variadas competencias con las que se dotaron a los intendentes.
243
funcionarios. Tal aspiración quedó frecuentemente defraudada, pues los problemas con corregidores, audiencias y cl3anciIlerías no ^fueron escasos.
La creación de las intendencias por parte de la dinastía borbónica sentó lás bases del estado iñtervencionista que ^e perseguía para controlar todos lo^ ámbitos de la aetuación territorial: La centralización, la uniformización (2) fué, así, objetivo
prioritario. No obstante, tras las reformas de 1749 (3) y de 1766,
perdieroñ importancia como fiscalizadores y administradores
de,las tropas reales, para especializarse en un papel eséncialmente,espe • ífico del siglo XVIII: instigadores del fomento y
propiedad de los puéblos. Eri palabras de Gallardo Fernández:
los intendentes era considerados como «los agentes de la felicidad del pueblo» (4).
Fueron,^ así, los fvncionarios encargados de impulsar todas las actividades productivas regionales y provinciales, así
como las obras públicas y servicios útiles a la comunidad, por
ser los máximos responsbles de las cuestiones hacendísticas provinciales. No es extraña la importancia que alcanzaron en la
sociedad española dada la necesidad sentida por el Despotismo Ilustrado de transformar el país.
Los intendentes eran nombrados por el rey, aunque con
la ayuda de otros organismos - Consejo de Hacienda o Secre-
(2) Pérez Martín: La institución de los intendentes en la España del sig[o XVIII.
Memoriá de licenciatura. U.A.M. Madrid, 1980. Inédita.
.(3.) Anes: El Antiguo Régimen: los borbones. Madrid, 1975, págs. 315-317.
La ley de 13 de octubre de 17,49 subrayaba 'esos supuestos y posponía sus
primitivas funciones en la administración del ejército, dándoles un cariz diferente a los intendentes extranjeros y mostrando las peculiaridades de los
intendeñte_s españoles. Por la real cédula de 1766, se separaban los corregi^mientos de las intendencias, debido a los problemas e interferencias que habían óriginado esa unión. En A.H.N. Consejos; leg.: 1843.
( 4) En: Prontuario de intendentes y obligaciones de los intendentes y demíu empleados en la administración dc las rentas reales. Madrid, 1806.
'
244
taría de De^pacho de Hacienda- (5), por un tiempo.no infe-"
rior a tres años (6), aunque era'^frecuente que si había existido
una gestióft satisfactoria, se les p'rorrogase el mañdato. Su importancia en la aristocrática sociedad del setecientos sé, manifestabá en su preemiñenciá social: eran; tras el presidente de
la chancillería o el decano de la audien• ia, la máacima autoridad provincial (7).
^
Fueron escogidos entre personas de sólida formación, cul- .
tural o económica, expertos en alguna «ciencia útil» y, desde
luego, convencidos ilustrados ($), pues iban a ser lós más férvientes difusores de su doctrina. En sus abundantes informes,
las alusiones a filósofos y políticos instigadores del cambio gestado en la sociedad europea fueron constantes. Por ejemplo, en los informes de los intendentes andaluces que recopiló
el expediente, eran citados con mucha frecuencia Locke y
Rousseau (9), además de los enciclopedistas franceses, como
autoridades sobresalientes a la hora de formular la conveniencia de modernizar las obsoletas mentalidades que imperaban
en la vida española. Pero, sobre todo, y en aras de esa utilidad
pública, mostraron un amplio conocimiento y asimilacióñ de
los principáles téóricos de la ^gronomía.y agricultura'eurq-^
pea (10): El intendénte manchego deseaba experimentar en las
( 5) Lalinde Abadía: Los medios personqles de gestión del poder público en la Histo^ia de España. Alcalá de Henares, 1969. Pág. 70.
^
(6).Según las ordenanzas de 1749. Ver Matilla Tascón: La Unica Cont^is
bución y el Catastro de Ensenada. Madrid, 1947; pág. 87.
(7) Pérez Ivlartín: La institución... Pág. 57.
^
(8) Carande: Estudio pscaio á la publicación de[ Infornu de Olaoide. B.A.H.
1956. Tomo CXXXIX.
(9) Sobre todo erá muy evidente la inE)uencia de Rousseau, al que lo presentaban «como el amigo de los hombres». En A.H.N. Consejos, leg.: 1844.
También se citaba a Diderot.
(10) Sobre todo presentaron las realizaciones de la revolución agrícola
en Flandes, Inglaterra y Francia, aunque es perfectamente evidente su pro_
nunciamiento por el modelo inglés. Tull, Muckoll, eran presentados como
eminentes agrónomos. EI sistema de los campos cercados ingleses se anheló
implantar como solución a la escasa productividad a‚raria.
245-
llanuras próximas a Ciudad Real los magníficos resultados de
la sembradora inventada por Jethero Tull y las experiencias
realizadas por Lord Townshend en sus fincas (11). El propio
intendente manchego había diseñado un ambicioso plan de
aprovechamiento de las aguas de los ríos Záncara, Jabalón y
Azuer, para irrigar y fecundar gran parte de las superficies manchegas. Y el expediente de Ley Agraria proporcionó múltiples
noticias del celo desencadenado para lograr una mejor calidad
de vida a los habitantes de sus intendencias. Sus habituales desplazamientos por la provincia les pusieron en contacto con los
problemas de sus vecinos. Así conocieron la deficiencia de los
caminos, las calidades de sus suelos, los rendimientos de sus
tierras, los distintos sistemas de explotación agrarios... y ese
conocimiento fué su más directo adalid para urgir la reestructuración de las economías provinciales, donde la agricultura
ocupaba papel predominante (12).
No toda la labor de los intendentes se redujo a informar
al gobierno acerca del estado de las cosechas o de posibles soluciones a los problemas agrarios. Con mucha frecuencia, y
en cumplimiento de sus reales ordenes de 1718, 1749 y circulares complementarias, emitieron bandos para el fomento de
alguna especie determinada. Miguel Bañuelos, intcadente de
Burgos en 1768 aconsejaba así a los pueblos de su provincia:
«La sequedad general de este año ha perjudicado mucho
el experimento de los cáñamos, que obedeciendo gustosa la
provincia y la voluntad de Su Majestad, ha hecho con particular esmero... Así pues confio y persuado que se alimenten
a la sementera del referido género el próximo año, dejando
(11) Ambos en A.H.N. Consejos; leg.: 1844. El informe del intendente
de la Mancha en pieza 3a, folios 63 y ss. Y el de Córdoba, folios 33 y ss.
(12) El intendente de Salamanca la denominó en 1790 como «la primera
de las artes de la humanidad>^. En A.H.N. Consejos; leg.: 1.534. Lucas Palomeque diseñó un nuevo modelo para repoblar los despoblados provinciales cuando la Junta de Repoblación había desistido ya de la viabilidad de
ese repoblamiento, tras varias décadas de infructuosos trabajos.
246
tierras preparadas para esa práctica, pues una vez no hace
ejemplar y la constaitcia supera los inconvenientes» (13).
En órdenes posteriores reincidió sobre la rentabilidad de
propagar la extensión del cáñamo en su provincia: «por lo útil
que es a1 cosechero y al estado». También el intendente de Avila,
por esas fechas, incitó a la expansión del cultivo de las legumbres en su intendencia: «pues son siempre útil socorro y de mucho alimento en naturalezas flacas y trabajadas» (14). El fin
perseguido por la totalidad de los intendentes fué siempre el
mismo: lograr la mayor «felicidad» para los habitantes de sus
zonas; atendiendo el concepto de felicidad en su acepción, más
material, de bienestar. Pensaban que la felicidad individual conseguida por labradores y campesinos, originada por la existencia
de unos excedentes agrícolas, repercutiría favorablemente en
la prosperidad -y, por tanto, en la felicidad- del país. No
es extraño que el intendente de Soria definiese a su provincia,
tras una abundante cosecha, como una de las más «felices del
reino» (15); no hacía sino explicitar que la ética de la ilustración, conforme a toda la tradición prekantiana, era la de la
felicidad (16). Nada había más perfecto para un ilustrado que
obtener la felicidad a través de la utilidad pública (17).
(13) A.H.N. Consejos; leg.: 489. Año 1768.
(14) A.H.N. Consejos; leg.: 1.843. Año 1769. Junto a las legumbres,
la expansión del herrén se consideraba muy rentable en la zona de Avila.
Existía un insusitado deseo de introducir en España los avances agrícolas
de otras zonas.
(15) A.H.N. Consejos; leg.: 1840. En 1768 existió una buena cosecha
en Soria, tras varios años de esterilidad. El intendente, no obstante, señalaba cómo el acaparamiento de los granos realizado por algunos comerciantes, hizo que esa «felicidad» no fuese completa, ni alcanzase a los vecinos
más humildes.
(16) Una brillante demostración del economicismo del siglo XVIII, en
Aranguren, J.L.: Moral y Sociedad. La mosal española en el siglo XIX. Madrid,
1974. Faure Soulet: Economía po[ítica y progreso en el Siglo d^ las Luces. Madrid,
1974.
(17) Bermudo, J.M.: La f:losofía modernay au proyuc^ón contemfio,dnea. Barcelona, 1983.
247
De ahí la importancia para los intendentes de los repartimientos de tierras, tanto en régimen de propiedad como a través de arrendamientos más estables. Si la tierra estaba mejor
repartida, el labrador y el campesino podrían producir, sin tantas cortapisas, mayor cantidad de excedentes y, a la postre; ser
más felices. La nación, a través del incremento de los fondos
de la Real Hacienda, recogía la rentabilidad de esas medidas,
y, además, el fisco (18) podía promover las ambiciosas metas
del reformismo ministerial.
Estas modificaciones no podían hacerse, sin embargo, sin
gran cuidado. La vía pacífica de la persuasión al campesino
se consideró fundámental para ir introduciendo, gradualmente, una nueva mentalidad en la sociedad rural peninsular. Nada se hizo por la vía revolucionaria; se pensaba que todas las
reformas necesitaban un tiempo de adaptación adecuado; ninguna cuestión debía de improvisarse. Antonio Carmona, intendente cordobés, concluyó con estas palabras su informe de
1768:
«son numerosas las dificultades para establecer una ley agraria en todo el reino. Es necesario saber que ha de instaurarse
globalmente con mucha prudencia, midiendo los pasos que
se efectúen para que no puedan ser dañados con posterioridad; nada ha de establecerse con aceleración, nada por la fuerza, hay que convencer al labrador de la utilidad de este
empeño» (19).
E1 moderanismo y sincretismo para combinar la tradición
y la novedad fué constante en sus argumentaciones, como en
las de los restantes hombres de la ilustración española (20). Nada más repugnante a los intendentes de Burgos, Ciudad Real
(18) Hecho crucial que era el denominador común de todas las reformas
de los equipos ilustrados; en Tomás y Valiente: Estudio preliminar al Tratado de [a Rega[ia de la Amortitación del Conde de Campomarees. Madrid, 1975.
(19) A.H.N. Consejos; lég.: 1.844, pieza 3a, fols. 34-35.
(20) Artola: Estudio preliminar a las Obras de fovellanos, en B.A.E. Tomo III, Madrid, 1955.
248
o Salamanca que mostrar una vía revolucionaria para implantar la reforma. Jovellanos coincidió, años más tarde en su Informe sobre la Ley Agraria, en la prudencia (21), zexagerada?, que todos ellos mostraron. Especial importancia tuvo la
campaña desarrollada en orden a valorar el trabajo y a desenmascarar las ancestrales actitudes rentistas de la sociedad española. El trabajo se mostró, en sus informes, como el factor
esencial de cuantos intervenían en la producción agraria; algo, por lo demás, perfectamente connatural a toda la sociedad (22) anterior a la revolución agrícola. Criticaron la dejación, la ociosidad, la mendicidad y la menguada jornada laboral de los habitantes de sus intendencias, así como los impedimentos -ideológicos, estamentales, sociales...- que impulsaban, a la contra, el fomento del espíritu de trabajo. Difícil
fué mantener ese empeño burgués en una sociedad tan estamentalizada como aquella. Sin embargo, la recuperación de
la valoración y estima del trabajo fué central en sus programas, por encima de los etiquetados impuestos por una sociedad todavía con mentalidad medieval.
El intendente de Córdoba explicó cómo una de las causas
fundamentales de la decadencia agrícola cordobesa «era la holgazanería y ociosidad de sus habitantes, pues los pelentrines
y jornaleros no trabajan bien la tierra, consumen demasiado
tiempo en discusiones y pasan muchas horas de la jornada en
la taberna, gastando demasiado dinero y tiempo» (23). El intendente de Ciudad Real iba aún más allá en su crítica y mostraba el enraizamiento antilaboral de la población española:
(21) Su mentalidad conciliadora rechazaba la vía revolucionaria desarrollada en Francia y que no deseaba, en absoluto, instigar aquí. Antes, los
intendentes obraron con una prudencia exquisita, conocedores de la fuerza
notable de los estamentos superiores decididamente reacios a la reforma. Ver
el Informe sobre la Ley Agraria. En Obras de,Jovellanos. Pág. 139.
(22) Artola: Antiguo Régimen y Revolución libera[. Madrid, 1983. Pág. 49.
(23) Informe de Miguel Arrondo Carmona, 24 de marzo de 1768. En
A.H.N. Consejos; leg.: 1.844, pieza 3a, folios 18-35.
249
«si un labrador tiene dos o tres yuntas, pronto sus hijos no
desean sino acogerse a algún empleo ocioso, solicitar alguna
^ apellanía o patronato religioso, o desean ser regidores o alcaldes de sus pueblos; todo menos trabajar la tierra, que es
la verdadera fuente de riqueza» (24).
Esta actitud de «quietismo laboral» difícilmente se casaba
con las motivaciones fisiocráticas que los intendentes mostraron en sus informes. La producción agraria no podía realizarse sino dejando atrás una mentalidad - tan aristocrática como
poco productiva- que había acompañado tanto tiempo a la
sociedad española. Tanto, que cualquier campesino deseaba
copiar ese ideal de vida noble e improductiva que ordenaba
el marco social del país. Difícil y ambicioso programa el que
se propusieron.
Los informes de los intendentes castellanos
Los informes de los castellanos, a diferencia de los andaluces, no respondieron a ningún cuestionario previo. Fueron trabajos aislados, sin continuidad temporal, originados para apoyar
demandas campesinas o para exponer, en la mayoría de los
casos, sus opiniones sobre la organización agrícola de las provincias. Los problemas que denunciaron se podrían sintetizar
en dos puntos; el primero, recogía los derivados de la deficiente y escasa distribución de la tierra. El segundo, los originados
por unas formas de explotación y unos sistemas de cultivo ina- •
decuados.
(24) Intendente Juan de Ipiña en 1768. Idem: Las influencias del Tableau Economique de Quesnay son patentes en su informe; los conceptos
de esterilidad, las calidades de la tierra manchega, los cuadros realizados
a través del estudio de los rendimientos de algunas grandes propiedades...
etc., son buena prueba de ese seguimiento teórico de Quesnay. Ver Tab[eau
Economique, Barcelona, 1976. Meck: La F•iocracia. Barcelona, 1980. Schumpeter: H•toria del anális• cconómico. Barcelona, 1971.
250
En el primer caso, no debe verse crítica alguna al desigual
sistema distributivo imperante, según el cual unos pocos poseían la casi totalidad de las tierras que trabajaban los más.
La defensa que hizo el intendente de Zamora del sistema de
mayorazgos, demostraba la convicción de perpetuar el entramado amortizador:
«la utilidad de los mayora2gos en esta provincia es muy alta,
pues dan trabajo y ocupación a los trabajadores, aliviando
de la mendicidad y emigración a muchas familias» (25).
No existía novedad alguna en eso^ planteamientos -tan
filantrópicos como injustos- pero de uso habitual en la estamentalizada sociedad de setecientos. Sin embargo, ciertas palabras de algunos intendentes parecían indicar la conveniencia de innovaciones, aunque todavía sólo eran literaturas.
Miguel Bañuelos, intendente de Burgos, se lamentaba así:
«compadezco mucho a los labradores de esta provincia porque
no tienen tierra propia y son esclavos y miserables renteros de
mayorazgos e iglesias» (26).
Mayor deseo existió en desamortizar las tierras de propiedad eclesiástica, aunque ninguno se atrevió a explicitarlo como lo habían hecho los campesinos que solicitaban al Consejo.
desamortizar las tierras mal aprovechadas de capellanías, cofradías y obras pías (27). Mucho más conscientes de las difi-
(25) Informe al Consejo de Castilla en julio de 1770. En A.H.N. Consejos; leg. 1842.
(26) Informe enviado apoyando las peticiones de los campesinos burgaleses sobre la dificultad de aplicación, en esa tierra, de las leyes sobre repartimiento de tierras de Propios. En A.H.N. Consejos; leg.: 1.842.
(27) Memorial de los labradores de Ciudad Rodrigo. En A.H.N. Consejos; leg.: 1.534. En términos parecidos se pronunciaban los labradores de
Purchil en 1769 y de Oña en ese mismo año. Todos ellos no van mis allá
de solicitar la desamortización de las tierras de Obras Pías e Instituciones
benéficas.
251
cultades que implicaban esas ideas, los intendentes ni siquiera
consideraron tal posibilidad. Los problemas en las negociaciones con la Santa Sede, suficientemente difíciles (28), no fueron ajenos a su contención. Sin embargo, años más tarde, y
por otras circunstancias (29), comenzaron las ventas de bienes eclesiásticos de Manos Muertas.
Los intendentes, por tanto, sólo aceptaron la desamortización para las tierras de propiedad comunal y para los baldíos,
donde no se chocaba con los poderosos propietarios. Informaron positivamente primero, y después desarrollaron en sus provincias el espíritu que surgió del reparto de las tierras de los
Propios extremeños -según real provisión de 2 de mayo de
1766, ampliada después al resto del país- . Muchos de ellos
fueron también los primeros en destacar la inviabilidad y precipitación que trajeron consigo esas leyes en numerosos lugares. El intendente de Burgos explicaba la ineficacia de repartir
en lotes de 8 fanegas las tierras de Propios de numerosos pueblos burgaleses, dada la pequeñez y el endeudamiento de sus
concejos (30).
Sin embargo, los informes más abundantes incidieron en
los problemas que conllevaban la organización de la tierra mesetaria. Su explotación indirecta originaba una multitud de contratos de arrendamiento que, por su brevedad y por el incremento de las tierras demandadas, acarreaban una notable cantidad de conflictos. Los intendentes supieron mucho de los pro-
(28) Tomás y Valiente: El ma^co político de la desamortización en España. Barcelona, 1977. Pág. 31. Olaechea; Política ecúsiástica del gobierno de Fernando VI.
En Textoy Estudios de la Cátedsa Fe^oo. Oviedo, 1981. Y las Relaciones hispano^omanas en la segunda mitad del siglo XVIII, Zaragoza, 1965. Dos volúmenes.
(29) Herr: La Vente de propietés de Main-morte en Espagne: 1798-1808. Annales, enero 1974. Fueron los problemas fiscales los que indujeron, preferentemente, a la venta.
(30) A.H.N. Consejos; leg.: 1.842. Año 1768. Los vecinos habían ido
adquiriendo tierra qué todavía pagaban en forma de censos. Muchos pueblos no poseían más allá de 50 fanegas de tierras de Propios labrables.
252
blemas entre agricultores y ganaderos, de los desahucios injustificados, de abusos contractuales, de manipulaciones y pujas para encarecer la tierra..., generalmente se hicieron eco de
la protesta campesina y apoyaron, muchas veces, las demandas de los colonos frente a las de los poderosos, siempre que
hubiese existido manifiesto abuso de poder, evitando enfrentarse frontalmente con los terratenientes provinciales. Pero siempre se realizaron estos trabajos con extrema cautela, con más
dosis de teoría que de práctica, con mínima finalidad social (31)
y con machacona preocupación utilitarista.
El intendente salmantino apoyó en 1763 las acusaciones que
los agricultores hicieron á los ganaderos mesteños y a los grandes
arrendatarios (32). Ya se ha visto, también, la encendida defensa que otro intendente posterior, Lucas Palomeque, hizo
del campesino charro. Sin embargo, en el plan repoblador presentado al Consejo por el primero de ellos, privó más el concepto utilitario -en orden al incremento de la producciónque los móviles de asentar a nuevos colonos con urgencia de
obtener tierras.
También el intendente de Toro señaló la necesidad de ampliar la duración de los contratos de arrendamiento, que proporcionasen mayor estabilidad laboral al campesinado. Los numerosos desahucios efectuados allí por el duque de Veragua le
llevó a la conclusión de la utilidad de alargar a un mínimo de
10 años los plazos contractuales (33). En parecidos términos
se pronunció el intendente de Burgos, relacionando la mayor
producción agrícola con el alárgamiento de los contratos:
(31) En el sentido de mejorar la condición de las clases rurales más desposeidas. Predomina, en cambio, la preocupación económica en orden a labran más tierra y a producir más. Tomás y Valiente también se pronuncia
así en El marco polí^ico... Pág. 16.
(32) A.H.N. Consejos; leg.: 1.842, pieza G. El mismo formuló, con gran
detalle, los pobladores, yuntas y técnicas necesarias para su puesta en funcionamiento.
(33) Informe de 1771. En A.H.N. Consejos; leg.: 1.840.
253
«pues así los renteros abandonarán el estado de colonización
actual, pues aborrecen la labranza que les esclaviza sólo por
unos pocos años y les deja en la indigencia a los más, por
lo que se muestran con el mínimo trabajo: lo necesario para
pagar las rentas y comer, sin intentar hacer progreso ni mejora alguna en la tierra» (34).
Pese a la coincidencia de tantos intendentes en la necesidad de alargar los contratos, no fueron capaces de mayores precisiones. Salvo el intendente de Toro, los restantes se escudaron en inefectivas generalizaciones: introducir la enfiteusis, los
contratos por una vida..., ni siquiera fueron capaces de proponer una regulación contractual, a pesar de ser considerada
por todos como la clave de la organización agraria castellana.
Si, pese a la insistencia del Consejo, no fueron estructuradas unas normas marco por los responsables de la «felicidad
de los pueblos», ^cómo lograr un corpus legal de alcance nacional? No es difícil adivinar las dificultades del Consejo, del
Procurador General y de la Sociedad Económica Matritense
para esbozar las líneas fundamentales de una ley Agraria con
voluntad de implantación nacional. Es más fácil, así, comprender el por qué de tanta norma aislada, improvisada y escasamente estudiada, que se emitía desde el Consejo, a la par del
esfuerzo recopilador logrado en el expediente de Ley Agraria.
Había que atender a demasiados frentes y no parecía que hubiese demasiada coincidencia sobre las directrices a seguir.
Tampoco hubó aquiescencia en los intendentes castellanos
en enmarcar los problemas mesetarios en una Ley Agraria común con el pueblo andaluz. Y no les faltaba razón. Las diferencias de su paisaje agrícola eran tan notables y la estructura
laboral tan diferenciada, que se hacía necesario, por ambas par^tes, un esfuerzo asimilador de dudosa efectividad. Así lo comprendió el intendente de Burgos, que mostraba al Consejo los
(34) Informe de 1766. En A.H.N. Consejos; leg.: 1.842.
254
problemas de simplificar variedades geográficas tan
contrastadas (35). Y, en un informe del intendente de Zamora en 1768, se abundaba en esa idea de esa manera:
«no pueden darse soluciones comunes a tierras diferentes,
pues el terrón pobre y mísero de Zamora tiene poco en común con otras tierras castellanas más ricas y mucho menos
con las más fértiles de Andalucía» (36).
Y, aunque nunca se explicitó, ^se temía que el modelo por
el que apostaban algunos intendentes andaluces -empresas
en arrendamiento de 50 fanegas- significara una profunda conmoción en la explotación del paisaje agrario parcelado, minifundista en ocasiones? (37). No sería extraño comprender la prevención de los intendentes castellanos ante unas transformaciones de tan imprevisibles consecuencias.
Los informes de los intendentes andaluces
El origen de los informes de los intendentes andaluces fué
una real orden de. 18 de febrero de 1768, que solicitaba respuesta a 7 cuestiones que el Consejo de Castilla juzgaba como
las más conflicti^as y comunes a. todo el sur del país. Las preguntas fueron éstas:
- Necesidad o no utilidad de prohibir los contratos de subarrendamiento.
- Fijar un número de yuntas de labor mínimas por cada
empresa agraria.
(35) Informe de 1768. En A.H.N. Consejos; leg.: 1.842. Calificó de error
pretender una Ley Agraria única para todo el país, dada la extraordinaria
diversidad nacional.
(36) Intendente de Zamora. En A.H.N. Consejos; leg.: 1.841.
(37) La gran propiedad era poco si^anificativa en la submeseta norte; donde predominaban las parcelas pequeñas y dispersas -incluso en las tierras
señoriales-. Era difícil pretender realizar aquí las concentraciones que aducía
Olavide en su informe, de 50 fanegas de tierra.
255
- Delimitar la extensión máxima de tierra que podía poner en cultivo directamente el labrador.
- Preguntar si se prefería el elemento secular frente al eclesiástico en los contratos de arrendamiento de tierra.
- Delimitar la duración media de los contratos.
- C1ariFicar si es aconsejable o improcedente que las rentas de la tierra se perciban siempre en especie.
- Cómo era posible transformar los cortijos en pueblos y
lugares de habitación.
A estas 7 preguntas, que recogían los problemas básicos
enunciados por los campesinos en sus memoriales, contestaron todos los intendentes: el de Córdoba, Miguel Arrondo Carmona; el sevillano, Pabro de Olavide; el de Granada, Ignacio
Bermúdez; el de Jaén, Pedro Francisco de Pueyo; así como
el de Ciudad Real, Juan de Ipiña. Igualmente, se pidió a Francisco de Bruna, decano de la audiencia sevillana, su opinión
como profundo conocedor de los contenciosos agrarios regionales.
Hay que distinguir, entre ellos, dos clases de infórmes. Los
que se limitan a responder escuetamente a las cuestiones planteadas en la encuesta -es el caso de los intendentes de Granada y Jaen-, y los estudios de los restantes intendentes que argumentan sobre la viabilidad de solucionar los problemas allí
planteados. Por la trascendencia de su estudio, se tratará aparte
el conocido informe de Olavide.
Los trabajos de los intendentes de Granada y Jaen son escasamente aprovechables. No añadían demasiada luz a la información del campo de sus provincias. No estaban de acuerdo con los subarriendos, ni tampoco con los contratos cortos
de arrendamiento (38). Pensaban que era importante trans-
(38) Los contratos eran por 3 años en Granada, y por 4 en Jaen. Pensaban que habían de alargarse hasta los 9 ó 10 años. En A.H.N. Consejos;
leg.: 1.844, pieza 3a.
256
formar los cortijos en pueblos con vida - sin explicar cómoy no estaban de acuerdo en delimitar el número máximo de
yuntas por labrador. Su información, en conjunto, fué escasa
y pobre su participación en la empresa colectiva de transformar la organización del campo andaluz. Sin embargo, los restantes informes son mucho más interesantes. Los intendentes
de Ciudad Real y Córdoba coincidían en la necesidad de prohibir el subarriendo; lo consideraban gravoso para el trabajador que había de acceder a él en condiciones contractuales
abusivas (39).
El intendente cordobés explicaba un hecho generalizado en
su provincia: la cotidiana existencia de dos contratos de subarrendamiento en muchos trabajadores de la tierra. Uno era el
legal, el que firmaban las dos partes ante la justicia, y otro era
el real, el que verdaderamente surtía efecto y al que se veía
abocado, irremediablemente, el campesino. El gran arrendatario se aprovechaba del control efectuado sobre buena parte
de la tierra cultivada y obligaba al subarrendatario a iirmar
un contrato -del que no se daba cuenta a la justicia-, en donde el trabajador había de pagarle una renta más alta de la estipulada en el contrato legal (40). Que esta situación irregular
no era privativa únicamente de Córdoba lo atestiguaron las numerosas protestas de los pelentrines al Consejo (41). El contundente informe de Bruna no dejaba dudas de la amplia extensión de tal práctica en Andalucía. Sugería el decano de la
audiencia que
(39) Tanto en Andalúcía como en Castilla, las tierras marginales y dehesas de pasto y labor, eran objeto de subarrendamientos con mucha frecuencia. Muchas protestas campesinas hablaban de la dificultad de trabajar
bien esas tierras.
(40) A.H.N. Consejos; leg.: 1.844, pieza 3a. Denuncia hecha por el intendente de Córdoba en su informe de marzo de 1768.
(41) Informe del decano de la audiencia de Sevilla en agosto de 1768.
En A.H.N. Consejos; leg:: 1.844, pieza 3a.
257
«Se deben controlar con efectividad todos los contratos
secretos de arrendamiento pues anulan el contrato inicial, tenido erróneamente por válido».
Este estado de cosas era verdaderamente complicado. Suponía realizar un control de todos los contratos legales -de
por sí suficientemente laborioso- y además revisar otros tantos contratos secretos de difícil obtención. Si -como se quejaba Bruna- la audiencia de Sevilla se veía imposibilitada en
dirimir los pleitos de la abundante conflictividad rural, pare ^ e
difícil suponer que, sin aumentar el material humano de la
audiencia, pudierá realizarse este doble trabajo.
El subarrendamiento fué considerado nefasto por todos los
intendentes andaluces, ya que mermaba el acceso directo del
pequeño campesino a la tierra laborable. Para reforzar esta tesis,
llegaban abundantes memoriales de campesinos apoyando las
ideas de los intendentes. había, en este caso una evidente unidad de criterios sobre la ineficacia del subarrendamiento.
La segunda y tercera cuestión planteada en la encuesta era
de vital importancia. Se trataba de delimitar cuales eran las
proporciones óptimas de las empresas agrarias del sur de España, así como la ayuda técnica adecuada -las yuntas- para
realizar el trabajo agrícola. La diferente extensión de las empresas manchegas fué una cuestión de difícil solución para el
intendente de Ciudad Real. En la Mancha había una no desdeñable cantidad de pequeños y medianos labradores que coexistían junto con la gran propiedad. Consecuentemente, era
difícil poner topes en uno y otro caso. En términos generales
la idea que apuntaba el intendente Ipiña era no restringir la
capacidad de arrendar tierra de laboreo, sino limitar a dos yuntas de bueyes los medios de tracción de cualquier pequeño 0
^ mediano trabajador. En su opinión, la unidad básica de explotación agraria estaría en relación a esas dos yuntas de labor. Se consideraban imprescindibles como elementos básicos
en la subsistencia familiar de la sociedad manchega.
258
Sin embargo, no había ningún tipo de restricciones (42) para la gran empresa. Ni se ponía tope alguno a la expansión
de las grandes haciendas; allí no existían prevenciones en las
yuntas de labor utilizadas. Del análisis de su informe parecía
deducirse una urgente necesidad de que medianos y pequeños
labradores no pudiesen incrementar la capacidad de sus empresas, haciendo así más fácil la vida de los más desposeidos.
Sin embargo, esa misma lógica no fué empleada en las grandes haciendas. Aquí, esctidándose en motivaciones generales
-«se cultivará mejor la tierra grande y con más facilidad»no se consideró oportuno poner tope alguno al latifundio. Metodológicamente, Ipiña creía en la desigualdad estructural como norma válida de funcionámiento, y no era una excepción
dentro de los hombres de la ilustración española.
El decano de Sevilla se aproximó bastante a las ideas del
intendente manchego. Bruna fué un defensor evidente de la
gran explotación rural. En su informe al Consejo de Castilla
señaló:
«reducir las grandes labores de tierra a pequeñas suertes lo
juzgo imposible y no lo hallo conveniente, pues no encuentro en esta provincia un número adecuado de pequeños labradores con dos o cuatro yuntas de labor en quien pueda
distribuirse esa tierra» (43).
El Consejo conocía este estado de cosas por las abundantes
protestas que los campesinos le habían dirigido. Lo curioso era
que el decano de la audiencia más importante de Andalucía
aceptase la miseria e indigencia de pelentrines y jornaleros como un hecho consustancial a la explotación agraria andaluza.
El intendente cordobés sí consideró, en cambio, necesario
restringir la capacidad de utilidad de la tierra, tanto si se ex-
(42) A.H.N. Consejos; leg.: 1.844, pieza 3a, folios 57 y 58.
(43) Palabras del decano de la audiencia de Sevilla. Idem.
259
plotaba directa como indirectamente (44). En el caso de la gran
propiedad, el tope válido fué no excederse de 300 fanegas y
la ayuda de 72 yuntas de labor. Todo lo que superase esa extensión, había de arrendarse, obligatoriamente, a los pelentrines. Del mismo modo, la capacidad máxima arrendable por
individuo la formulaba en 100 fanegas con la ayuda de 24 animales de labor. Los informes de Arrondo Carmona y del asistente de Sevilla son los mejor estructurados y argumentados
de todo el expediente de Ley Agraria. El intendente cordobés,
como Olavide, pensaba en la urgente necesidad de reformar
el campo andaluz; además, ideológicamente ambos estaban bastante próximos y ambos esbozaron soluciones; el cordobés, más
timidamente, con más audacia Olavide.
A pesar de que en las cuestiones referentes a la explotación
de tierras de propiedad particular, Ipiña, Arrondo Carmona
y Bruna discreparon en sus planteamientos, hubo coincidencia en todos ellos en la necesidad de roturar y repartir las tierras de Propios y Baldíos. Esos repartos serían proporcionales
a la necesidad de tierra de los trabajadores más desposeidos
y, sólo si sobrase, se podía pensar en repartirla entre los labradores (45). Todos ellos mostraban el exquisito cuidado que había de ponerse en el reparto para evitar los abusos que se estaban dando. Ipiña, intendente manchego, explicaba cómo se
repartieron los Propios y Baldíos de Almagro:
«tres labradores hacendados y dos clérigos con nombres falsos y, so pretexto de no poseer nada de tierra, fueron los más
beneficiados en ese reparto. Las autoridades les concedieron
esa tierra -ignorantes de su argucia- y sólo se aclararon
(44) Las consideraciones que hace pensaba que sólo eran válidas para
Andalucía, no para Castilla, con notables diferencias en sus suelos, cultivos, y tenencias de la tieira.
(45) En A.H.N. Consejos; leg.: 1.534 y leg.: 1.842.
260
los hechos ante la airada y real protesta de los jornaleros y
azadoneros del lugar» (46).
Los intendentes mostraron, como buenos fisiócratas, su
preocupación por lograr una mayor productividad en los campos y conseguir un excedente cerealístico que proporcionase
una vida más confortable al labrador. Llevados de esa idea,
señalaron, no sin disgusto, el avance del viñedo y del olivar
en el sur del país a costa de mermar la expansión del cereal.
Este avance era preocupante para su pensamiento fisiocrático, dada la alta valoración que conferían al trigo y a los restantes cereales. En sus informes todos abogaron por el incremento de la producción triguera -«el verdadero oro de la nación» en palabras de Bruna- y la contención de los cultivos
no panificables. En sus argumentaciones se mezclaron consideraciones de tipo económico con otras de índole puramente
moral, por lo demás tan común a todo el pensamiento ilustrado (47).
Las opiniones difirieron, sobre el pago de la renta en especie. El decano de la audiencia era de la opinión de dar libertad
al labrador para que la efectuase, en dinero o en frutos, pues
pensaba que no era procedente obligar a pagar las rentas de
forma fija. El intendente de la Mancha, opinó que la renta debía pagarse según lo estipulado en la Unica Contribución: el
5% de la producción total de la cosecha. El intendente de Córdoba vió peligrosa la tasación obligatoria de la renta en especie ya que había que tener, previamente, cumplida cuenta de
las calidades de la tierra; no obstante, se pronunció por la tradición cordobesa del «noveo» donde el colono pagaba al propietario de cada nueve partes, dos, deducido previamente el
(46) Informe de Ipiña. En A.H.N. Consejos; leg.: 1.844. Similar a este
desafortunado reparto fué el efectuado en Osuna, Baza, Jerez, Marchena...
y tantos otros lugares donde no se repartió la tierra a jornaleros y azadoneros.
(47) Aranguren: Moral y soci^dad... Y Faure-Co^let: Economía polít^a...
261
diezmo. Pensó que no era mala esta costumbre y que quizás
se podía extender esa renta por todas las tierras de la meseta
sur (48).
Todos fueron unánimes en la condena de los contratos cortos
de arrendamiento, sumándose a las aspiraciones de tantos campesinos castellanos y andaluces. Los intendentes abogaron por
institucionar los contratos largos, como medio notable para favorecer el incremento del cultivo agrario. La duración considerada válida, oscilaba entre contratos enfitéuticos o contratos de larga duración; estableciéndose los mínimos en contratos de 10 años. Coincidieron todos en la urgencia e importañcia de ampliar los márgenes contractuales para proporcionar
una mayor estabilidad -y un descenso de la conflictividadal trabajador andaluz.
Sin embargo, se mostraron todos contrarios a que los^eclesiásticos pudiesen dedicarse por sí mismos, al oficio de agricultor, fuese como propietarios o como arrendatarios, ya que
consideraban que era incompatible con su actividad esencial
de apostolado. Fueron muy duros y persistentes en mentalizar
a los hombres del Consejo de Castilla para que prohibiesen
arrendar tierra al elemento eclesiástico, por ser una actividad
específica del elemento civil. La coincidencia^de todos los intendentes en este punto, así como los abundantes memoriales
de pelentrines andaluces solicitando tal pronunciamiento, dieron una idea de la extensión y del arraigo de esta práctica entre la población eclesiástica (49).
Todos coincidieron, también, en la necesidad de reducir
(48) A.H.N. Consejos; leg.: 1.844. Olavide y Carmona estaban de acuerdo en establecer ese canon como renta fija de la tierra a pagar al propietario. No obstante, Olavide matizó y, finalmente, se decidió por establecer
el octavo de la producción por considerarlo más equitativo para propietarios y colonos.
(49) La respuesta del Consejo de Castilla fué la prohibición de arrendar
tierra a los clérigos. Resolución de septiembre de 1768. En A.H.N. Consejos; leg.: 1.842.
262
una buena parte de los cortijos a pueblos. Dejarían así de ser
lugares despoblados y escasamente explotados para convertirse en centros activos de poblamiento y de producción. El intendente cordobés consideró necesario estimular a pelentrines
y jornaleros para que se construyesén sus casas próximas a las
tierras del cortijo, viviendo allí permanentemente. Así, toda
la familia ayudaría al cabeza de ella en sus trabajos, estimulándole a la mayor productividad de sus empresas. También
se pronunció por una ayuda estatal para la construcción de casas, escuela, iglesia y otros servicios públicos, eximiéndoles de
pagar toda clase de impuestos mientras durase el enraizamiento
de la familia en el nuevó centro de población. Corroboraron
esta misma idea los intendentes de Jaen y Granada.
E1 Informe de Olavide
E1 fin que persiguió Olavide en su estudio sobre la agricultura andaluza, estaba claramente expuesto en estas palabras
de su informe: «yo aspiro a proponer leyes que produciendo
por sí mismas, indirectamente y sin violencia el efecto que se
desea de abaratar los arrendamientos, proponga y extienda la
agricultura, faciliten los medios de mejorarla, aumenten la población útil y la mayor abundancia de granos que traerán consigo una mayor felicidad a los labradores» (50). Una profunda
reforma del campo andaluz, se desprendía de estos supuestos.
El informe del intendente de Sevilla es el más extenso y matizado de todos los que recopila ^el expediente de Ley Agraria.
Sus argumentaciones básicas respondían al más preciso desarrollo ilustrado y fisiocrático -tan presente en la ideología de
Olavide- sobre cómo realizar la reforma de la tierra andaluza. También había otras notables influencias en su trabajo: las
(50) Olavide enunció un total de 38 leyes para solucionar los problemas•
del campo andaluz.
263
de los arbitristas españoles de los siglos XVI y XVII (51), y
más especialmente Navarrete, Saavedra, Vázquez y Peralta;
aunque ninguno de ellos tuvo una influencia equiparable a las
de las doctrinas fisiocráticas. Olavide deseó, fundamentalmente,
incrementar el excedente agrario, sobre todo el excedente cerealístico; paralelamente pensó que este incremento iba a incidir en la reducción de los precios de los granos y en su mayor
accesibilidad a las clases necesitadas. Fue la idea central en la
que fundamentó todas sus proposiciones. Los objetivos básicos contenidos en su famoso informe son sobradamente conocidos; no obstante, no estará de más señalar los más destacables:
- Las primeras tierras que pensó habían de repartirse eran
las Baldías, las tierras de,Manos Muertas, las de la Compañía de Jesús y los Propios y Comunales. Sólo si fuera
necesario acudir a la^ tierras de propiedad particular, éstas serían objeto de reparto, y no en el caso contrario.
- La óptima unidad familiar de cultivo la estableció en 50
fanegas. Así, lotes de esa cuantía se repartirían entre pelentrines no poseedores de más de 20 fanegas de tierra
arrendada y poseedores de dos pares de yuntas. Como
esas tierras concedidas a los pelentrines estaban alejadas de los pueblos, contraían la obligación de hacerse
una casa, cerca de las tierras y vivir permanentemente
en ellas. Naturalmente había de facilitarse al pelentrín
la compra de esas 50 fanegas y, en todo caso, dárselas
a censo enfiteútico.
- Para paliar la. mala situación de los jornaleros, la solución propuesta era concederles las tierras más cercanas
a los pueblos. Con las suertes, de una extensión de 2 fa-
(51) Una visión general de los arbitristas españoles puede encontrarse
en Elliott, J.H.: Instsospución colectiaay decadencia en España a principios del siglo
X VII. En Poder y sociedad en la España de los Austrias. Barcelona, 1982.
264
negas, se les proporcionaría los medios auxiliares para
poner en cultivo dichas tierras.
- Se estableció el límite máximo que todo propietario podía explotar directamente: 200 fanegas de tierra. Todo
lo que sobrepasase esa cuantía había obligatoriamente
de arrendarse, en lotes de 50 fanegas, entre los pelentrines del lugar.
- Se prohibió el desahucio. Sólo si los arrendatarios no
cumplían las condiciones legales era factible desahuciarles. La prohibición del subarrendamiento fué igualmente
categórica.
- Gran novedad sobre los informes de los intendentes andaluces fué la idea de Olavide de que el pago de los arrendamientos se efectuase siempre en especie. El canon que
estableció fue pagar al propietario un octavo del producto
total obtenido, deduciendo el diezmo previamente (52).
- Las suertes de tierra establecidas como extensiones óptimas de cultivo -las 50 fanegas- no podían ser objeto
de división; habían de pasar, sin merma alguna, al primogénito del colono, con las mismas condiciones contractuales que su antecesor.
- Los bienes de propiedad eclesiástica se repartían en lotes de 50 fanegas, y ningún eclesiástico podía explotarlas directamente. Se arrendarían obligatoriamente entre los pelentrines del lugar, que habían de abonar el octavo de la producción total.
- Para evitar la concentración de propiedades agrarias en
manos de especuladores, estableció que no era posible
reunir más allá de una única empresa de 50 fanegas, fuesen de baldíos o de particulares. Si por herencia o por
(52) Olavide creía que 1/10 de la renta total favorecía al colono; 1/9 empezaba a favorecer al propietario y 1/8 le favorecía claramente; sin embargo, puesto que los arrendamientos que él proponía iban a ser de más de 100
años, se verían favorecidos tanto los colonos como los propietarios por ese
sistema.
265
cualquier otro motivo se llegasen a sumar varias empresas agrícolas, el colono, obligatoriamente había de cederlas a otros trabajadores sin tierra.
- Pensó que había que respetar los mayorazgos, dados los
muchos problemas que su supresión conllevaba. No obstante, conminó a prohibir fundar nuevos mayorazgos desde ese momento; sólo habían de respetarse los ya existentes.
- En consecuencia, con todas esas argumentaciones, habían de declararse nulos los arrendamientos hechos hasta 1768. Pensó que era necesario repartir de nuevo todas las tierras de Andalucía según el espíritu de las leyes
propuestas en su informe.
El trabajo del asistente de Sevilla fué una bonita construcción teórica, dentro del más puro racionalismo propugnando
por «las luces», sin embargo, era en exceso teórico y de difícil
entronque en la organización del agro andaluz. Los planes de
Olavide eran inviables en su puesta en funcionamiento; se olvidaban de la estructura oligárquica imperante. En ese mismo
fallo incurrió el entonces presidente del Consejo de Castilla -su
amigo Aranda- con las leyes sobre reparto de Propios y Baldíos.
No podía esperarse demasiado de unas leyes que, pese a
sus indudables buenas intenciones, era muy dudoso que pudiesen llegar a cumplirse, dada las fuertes connotaciones señoriales de una gran parte de los terratenientes, reacios a toda
innovación que supusiese la más mínima pérdida de sus rentas y privilegios. Como decía Costa: «no era suficiente la tutela del legislador, necesitaba coadyuvantes en cada pueblo influidos del mismo espíritu que animaban al consejo de
Castilla» (53). Y esa no era todavía la situación en lasegunda
mitad del siglo XVIII.
Era lógico pensar en las grandes dificultades que entraña-
(53) Costa: Colectiaismo agrario. En Obras completas. Tomo V, pág. 123.
266
ba realizar la reforma ag'raria y los intendentes no fueron muy
conscientes de las notables complicaciones que su realización
conllevaba. El plan de Olavide -por ser el más completohabía de traer consigo muchos problemas en su puesta en funcionamiento. Y Olavide, no repáró demasiado en ellos.
zCómo dividir y repartir esos lotes «óptimos» de 50 fanegas?, zcómo transformar los latifundios y baldíos andaluces en
empresas agrarias de dimensiones medias y vigorosas productoras de excedentes agrarios?, ^cómo resolver la negativa forzosa de muchos propietarios ante estas peticiones? Se necesitaba, primero, un generalizado espíritu reformista entre la clase
terrateniente -espírit ^ poco frecuente- y segundo, una legión de técnicos para poder realizar esos planes. Poco podía
hacer la sola fuerza de la ley, si esas premisas no eran posible.
Los trabajos de los intendentes y, particularmente el de Olavide, estaban condenados al fracaso.
Sin embargo, su programa teórico fue válido como ideario. Había que repartir más proporcionalmente la tierra, si se
quería cultivar mejor el paisaje agrario. Paralelamente, al existir
una mayor oferta de tierras accesibles, no sería tan acuciante
la presión de la demanda. De este modo, se incidía sobre dos
graves problemas: lograr una mayor productividad agraria y
frenar el alza de los precios en los arrendamientos.
No era una novedad cifrar en 50 fanegas el óptimo cultivable por labrador. En variadas ocasiones, muchos pelentrines
de toda Andalucía habían solicitado esas fanegas como modelo adecuado para la explotación agraria (54). Labradores de
Jerez, Salamanca, Ciudad Rodrigo... abogaron por esas dimensiones para sus heredades. La gran novedad del planteamiento de Olavide fué que las rentas habían de pagarse al pro-
(54) Los labradores salmantinos la denominaban ^^congrua dotación del
labradon>. Los diputados de Jerez, también se pronunciaban por esas 50 fanegas para sus empresas agrarias; pelentrines de Marchena coincidían también en esos deseos. En A.H.N. Consejos; leg.: 1.534 y 1.844.
267
pietario en especie, fijándose el canon de producción en una
octava parte del producto total. Se trataba, así, de eliminar a
los prestamistas, tan gravosos a la economía campesina, y de
estimular, paralelamente, la creatividad y el celo del trabajador.
Otra novedad, no totalmente suya, pero que tenía la virtud de recoger una aspiración universal del campesinado, fué
la de fijar los arrendamientos con márgenes temporales muy
amplios: de 100 años como mínimo. Se perseguía así estabilizar el labriego y a su familia y olvidar los innumerables problemas que conllevaban los contratos cortos de arrendamiento.
El informe de Olavide fué un modelo de buenas intenciones y de culto a las ideas ilustradas. Por la envergadura de su
trabajo hizo posible que se silenciaran, a efectos oficiales, los
no desdeñables trabajos de otros intendentes; es lo que acaeció con el meritorio informe del intendente Arrondo Carmona. El dictamen favorable del Procurador General del
Reino (55), encumbró el trabajo de Olavide casi como un único
arquetipo en la transformación agraria del sur de España.
A pesar de las alabanzas de varios miembros del Consejo
de Castilla y de que Saenz de Pedroso consideró necesario implantar en Andalucía las ideas desarrolladas por Olavide, las
azarosas circunstancia de su vida (56), sus intrigas y sobre todo, sus problemas con la Inquisición, imposibilitaron realizar
las ideas aprovechables existentes en su informe al Consejo.
(55) El Procurador General fué el encargado de recopilar todo el material y realizar posteriormente su informe. Saenz de Pedroso estaba totalmente
de acuerdo con las ideas de Olavide y recomendó al Consejo que se pusiesen
pronto en^funcionamiento. En A.H.N. Consejos; leg.: 1.844.
(56) Defourneaux: Pablo de Olaaide ou 1'afrancesado. (1725-1803). París,
1933. En 1769, un año después de su informe, fué acusado por la Inquisición; se declararon sus actividades poco ortodoxas y adecuadas. Se le procesó en 1778, con condena posterior, y se le expulsó del país definitivamente.
Sin embargo, poco antes de su muerte en 1802, regresó a España.
268
2. Otros informes
Los corregidores
González Alonso ha explicado (57) los mecanismos que condujeron a la transformación del corregidor, desde la época de
los Austrias -netamente político-, al corregidor -funcionario- del periodo borbónico; aunque, sin embargo, continuaron desempeñando excesivas y deslabazadas atribuciones que,
en nada favorecían la agilidad de su gestión. En opinión de
Desdevises du Dezert, se clarificaron poco sus competencias,
sin deslindarse la materia administrativa de la económica y de
la judicial -que siguió siendo la más definitoria de su status (58)-; por lo -que el corregidor ostentaba un variopinto
mundo de dispares competencias, inmersas en los diversos campos de la vida local o provincial.
Esta variedad de atribuciones se reflejó en el expediente de
Ley Agraria aunque sobresalieron sus competencias jurisdiccionales, por cuanto mantuvieron intactas sus funciones judiciales «conociendo en primera instancia los procesos criminales con apelación a las audiencias y chancillerías» (59).
Muchas de las tensiones de la sociedad rural castellana terminaron en el tribunal jurídico del corregimiento. La figura
del corregidor juez fué muy frecuente en el expediente. Los
pleitos entre labradores y ganaderos, los que enfrentaban a propietarios y arrendatarios y a éstos con sus subarrendatarios,
habían de pasar por sus manos antes de cualquier ulterior apelación a las audiencias. De ahí la forzosa amplitud de su conocimiento sobre las tensiones del mundo rural y su notable participación en el expediente desde una vertiente más jurídica
(57) González Alonso: El conegidos caskllano: 1.348-1808. Madrid, 1970.
(58) Desdevises du Dezert: L'Espagne de 1'tlncien Regimen. Tomo I, París,
1899. Pág. 156.a
(59) González Alonso: El conegidos... Pág. 234.
269
que teórica (60). Sin embargo, no pocas veces participaron como agentes del reformismo borbónico (61) informando sobre
diferentes aspectos de la economía rural.
Definitivamente, el despotismo ilustrado -tras acumular
intendencia y corregimientos en 1749, y, separarlos de nuevo
en 1766- por cédula de 15 de mayo de 1788, formuló una
nueva Instrucción de Corregidores (62) en la que no se silenciaba su importancia en el fomento de la riqueza, al margen
de sus tradicionales atribuciones concejiles y provinciales.
Los corregidores fueron los encargados de dictaminar la mayoría de los innumerables desahucios que recopiló el expediente;
muchos de ellos notoriamente improcedentes como lo demostraron posteriores sentencias absolutorias de los tribunales superiores (63).
Esta falta de imparcialidad en los jueces provinciales no fué
escasa, dada su participáción en el cobro de las penas pecuniarias (64) por lo que, no era frecuente se dirigiesen contra hacendados y oligarquías municipales. Los mismos campesinos
denunciaron, en repetidas ocasiones, la connivencia de jueces
(60) Mientras sus dictámenes como jueces provinciales fueron innumerables, resultaron ser escasos sus trabajos sobre el estado de la agricultura
provincial. Sólo se recopilaron dos notables informes: el de corregidor de
Segovia en A.H.N. Consejos; leg.: 1.843, en 1781, y el de Salamanca en
Consejos, leg.: 1.842, de 1763.
(61) Garrigós, E.: Organización tcrritorial a fines del Antiguo Régimen. En La
economía española al final del Antiguo Régimen: Las instituciones. Madrid, 1982.
Pág. 89.
(62) González Alonso: El régimen municipal en el siglo XVIIL En Sobre el
Estado y la administración de la Corona de Castilla en tl Antiguo Régimen. Madrid,
1981. Pág. 232.
(63) Muchos casos podían avalar esa acción. A título de ejemplo, el dictamen de la chancillería de Valladolid en contra de la sentencia del corregidor de Tordesillas que daba luz verde al desahucio, a un colono de la Vega
de Valdetronco. En A.H.N. Consejos; leg.: 1.843. Dictamen de octubre
de 1784.
(64) Tomás y Valiente: El derecho penal de la Monarquía Absoluta: siglos XVIXVIII. Madrid, 1969. Pág. 199.
270
y terratenientes. Los pelentrines de Ecija y los campesinos de
Zamora y Salamanca (65) se lamentaron de esta alianza que
hacía, aún más débil, la indefensión de los trabajadores del campo. Alianza que, también era común, en otros paises de la Europa occidental (66) entre el poder económico y el judicial.
Los vecinos de Ecija, por ejemplo, denunciaban en 1768,
la alianza del corregidor con los propietarios y arrendatarios
de los cortijo, que se traducía en autos arbitrarios, favorecedores de los intereses de los más fuertes. Y no era inverosímil
ese dictamen en un sistema judicial que propiciaba una ilimitada libertad dé interpretación y aplicación al juez (67). En la
práctica, no pocas resoluciones, estaban imbuídas de motivaciones personales y locales.
Sin embargo, no sería lícito mostrar un cuadro tan pesimista de la justiciá local y provincial provocado, en gran parte, por las deficiencias del sistema penal del Antiguo Régimen.
Algunos corregidores realizaron trabajos encomiables: prohibiendo la ejecución de desahucios -si no había habido incumplimiento contractual (68)-, simpatizando con la protesta campesina ante la perpetuación de los privilegios mesteños (69),
prohibiendo las subidas aleatorias de los granos y de las rentas
(65) Memorial de los pelentrines de Ecija. En A.H.N. Consejos; leg.:
1.844, pieza 4a; el de Cabañas de Sayago, en leg.: 1.840. Y el de Terrones
en leg.: 1.841.
(66) Postel Vignay: La sente fonciére dans l^ capilalisme agrico[e. París, 1974.
Muy corriente entre la magistratura francesa y las oligarquías rurales.
(67) Tomás y Valiente: El derecho penal... Pág. 199; hasta el extremo de
poder hablar de auténticas prácticas curiales locales.
(68) Corregidor de Salamanca, Francisco de Mendoza. El expediente recopiló vazios autos suyos entre 1756 y 1760. En A.H.N. Consejos; leg.: 1.841,
pieza J.
(69) Ese fué un denominador común a todos los corregidores del reformismo borbónico. En especial la labor del corregidor de Badajoz. En A. H.N.
Consejos; leg.: 1.843.
271
de la tierra sin causa justificada (70)... pero, indudablemente,
se vieron desbordados e impotentes para apaciguar los cotidianos conflictos de la sociedad rural en los momentos finales del
Antiguo Régimen.
Buena prueba de ello fué el informe del corregidor de Segovia que; incapaz de ordenar la convivencia entre propietarios y colonos - rota tras una ley emitida en mayo de 1770
que rompía sus tradicionales arrendamientos herenciales- solicitaba al Consejo la urgencia de promulgar la Ley Agraria (71)
como única espéranza de contener el caos dé la sociedad rural; máxime cuando existían interferencias notables, en el ejercicio de sus funciones, entre corregidores e intendentes. Efectivamente, la acumulación e indefinición de competencias en
todos los ámbitos de la administraeión estatal -que no pudo
o no supo desbrozar el equipo ilustrado- no ayudó en nada
a apaciguar las tensiones rurales. El intento de acumular corregimientos e intendencias entre 1749 y 1766, no resultó especialmente efectivo. El grueso documental del expediente
-realizado como se sabe a partir de 1766- mostró numerosas interferencias en materia agraria entre ambos funcionarios,
y una mayor proximidad del campesinado hacia el trabajo de
los intendentes. Muchos de ellos recurrieron a su protección,
tras comprobar las injusticias de los dictámenes de los corregidores. En ese estado de cosas, no puede extrañar las constantes fricciones entre corregidores e intendentes, extensibles tam-
(70) Corregidor de Ciudad Rodrigo en 1759. En A.H.N. Consejos; leg.:
1.841. También un sucesor suyo de finales de siglo se mostró estricto, aunque impotente en detener los precios. En leg.: 1.534, pieza L.
(71) Ilustrado inforr^ie realizado en 1781. En A.H.N. Consejos; leg.:
1.843, pieza G. <^Sólo así S. M. favorecerá la felicidad y el bienestar de esta
desgraciada provincia y de toda la nación^^. La abundancia de (os deshaucios efectuados por los propietarios desde 1770, colapsaba la administráción
de la justicia del corregidor.
272
bién a otros diversos ámbitos de actuación provincial (72).
Un campesino de Sahagún recurrió al intendente de León
contra una sentencia de desahucio decretada por el corregidor
y a favor del terrateniente, un convento de la ciudad (73). Ambos se enzarzaron en una prolija discusión que el Consejo de
Castilla saldó a favor de la justicia ordinaria. Pero no resultaba tan fácil el dictamen cuando la materia conflictiva pivotaba
entre las competencias de ambos agentes reales. Por ejemplo,
en las cuestiones relacionadas con la administración de la hacienda local o en «la vigencia de los intereses materiales de la
provincia» (74): los problemas entre el corregidor de Ciudad
Rodrigo y el interidente de Salamanca no fueron ajenos a estas interferencias (75).
Sin embargo, el expediente también recogió muestras de
su ilustrado celo por el fomento de la agricultura de su entorno. La creciente centralización administrativa exigía la confección anual de informes ( 76) sobre el estado de la hacienda
municipal y provincial. A través de ellos, conocemos algo más
(72) Pérez Martín, J.: La institución de los intendentes en la España del sig[o
XVIII. Memoria de licenciatura, inédita. Madrid. U.A.M. 1980. Págs.
76-104. Dedica un capítulo entero al análisis de esas fricciones. Fueron excepciones los casos que, como en Sevilla, continuaron corregimiento e intendencia reunidos; en^el caso de Olavide.
(73) A.H.N. Consejos; leg.: 1.840. El Consejo solía definir la supremacía de la justicia sobre los demás ámbitos de su competencia. En ese caso,
el corregidor tenía claramenté la supremacía.
(74) La Instrucción de Corregidores de 15 de mayo de 1788, marcaba
con precisión la esfera de actuación del corregidor. A pesar de ello, las funciones relativas a la hacienda local, seguían estando dentro de sus competencias inspectoras y chocaban, con frecuencia, con las atribuciones del intendente. Ver González Alonso: E[ rígimen mun ^ipal... Madrid, 1981.
(75) A propósito de la explotación de los Propios y Baldíos de la ciudad.
A.H.N. Consejos; leg.: 1.840 y leg.: 1.534.
(76) González Alonso: El corregido^... Pág. 237. Informando sobre despoblados, artesanías y el fomento del comercio e industria; velando, por el
establecimiento de las pragmáticas que establecían el libre comercio en sus
corregimientos.
273
de la agricultura de Ciudad Rodrigo, Salamanca, Zamora y
Segovia (77). Entre todos ellos, destacó el informe que sobre
la repoblación de los despoblados provinciales hizo el corregidor salmantino en 1763. Fué la respuesta a una orden de 22
de octubre, en la que el Consejo mandaba se le enviasen la relación de los despoblados provinciales, los nombres de sus propietarios y arrendatarios, la extensión de las fanegas de labor
y las de pasto, la cuantía de la ganadería que allí se sostenía
y las posibilidades de habitabilidad de los despoblados, consignando el número adecuado de posibles colonos a instalar (78).
.
El pormenorizado trabajo (79) sólo se hizo bien para los
170 despoblados que comprendían los 4 sexmos en los que se
subdividía el partido de Salamanca -Armuña, Baños, Valdevilloria y Peña del Rey-, dejando para otro momento el
análisis de los restantes partidos de la provincia (80). Estos despoblados, tras ser analizados, definieron así su escaso aprovechamiento:
(77) Informes de distinta validez: el de Ciudad Rodrigo en A.H.N. Consejos; leg.: 1.841 -año 1759-, el de Salamanca en leg.: 1.842 -año 1763-,
el de Zamora en leg.: 1842 -año 1769- y los de Segovia en leg.: 1.843
-años 1777 y 1783-.
(78) A la vista de los numerosos memoriales que insistían sobre el despoblamiento de Salamanca se solicitó ese informe al corregidor, que tardó
dos meses en realizar ese trabajo. En A.H.N. Consejos; leg.: 1.842.
(79) Se hizo con toda profusión de detalles; a pesar de lo cual el campesino no estuvo conforme con las líneas básicas de ese estudio, denunciando
que se había hecho sin ninguna participación de los propios trabajadores;
el corregidor se había servido del asesoramiento de «personas de oficios menestrales y con gran malicia del corregidor que no ha contado con el conocimiento de los labradores y de los ganaderos^>. En A.H.N. Consejos; leg.:
1.843. En 1780 solicitaron al Consejo la realización de otro informe, oídos
los interesados y la invalidez del trabajo de 1763.
(80) Ciudad Rodrigo era el partido con mayor número de despoblados;
en cambio en Ledesma, Alba de Tormes y Miranda eran mucho más escasos. En García Zarza: Los dus¢oblados-dehesas salmantinos en el siglo XVIII. Salamanca, 1978.
274
Armuña ...............
Baños ................
Valdevilloria ...........
Peña del Rey ..........
F. totales
F. labranza
F. pasto
36.327
14.152
17.177
11.929
13.136
5.140
14.477
7.833
23.191
9.012
2.700
4.096
Sólo son correctos, en ese cuadro, los datos para la Armuña y Baños; ya que, en el resto se consignaron solo las tierras
de pasto que habían tenido un origen labrantío, invirtiendo
la realidad de su paisaje agrícola en el que existían mayores
proporciones de tierras de pasto que de labranza (81).
El afán poblacionista del corregidor mostraba la posibilidad de repoblar, con relativa facilidad, esos despoblados. Se
llegó a la conclusión de que se podía asentar a colonos cuando
se les proporcionase empresas agrícolas por encima de 30 fanegas -en Valdevilloria, con tierras de cierta calidad- y, en
el caso de tierras más esteriles, la subsistenciá mínima se dibujaba en torno a 63 fanegas (82). Supuestos no muy diferentes
a los que los propios campesinos y algún intendente señalaban
como los adecuados para una subsistencia digna (83). Se podían asentar así 74 nuevos colonos en Valdevilloria y 65 en Peña
del Rey (84), con unos contratos largos de arrendamiento que
permitiesen realizar los trabajos imprescindibles para el reciclaje de esas tierras incultas.
También se dieron datos cualitativos de otros 110 despo-
(81) Datos obtenidos a partir del análisis del corregidor, donde la nobleza poseía en torno al 50% de las tierras de esos despoblados, salvo en la
Armuña en donde el 54% de sus despoblados eran de propiedad eclesiástica. En A.H.N. Consejos; leg.: 1.842, pieza G.
(82) Como era el caso del campo del sexmo de Peña del Rey, de calidad
muy deFiciente.
(83) Recuérdese cómo se formulaba en 50 fanegas <^la congrua dotación
del labrador^>. Los campesinos de Ciudad Rodrigo y el intendente de Sevilla, entre otros, así lo habían explicitado.
(84) A.H.N. Consejos; leg.: 1.842, pieza G. año 1763.
275
blados de Ciudad Rodrigo y 40 despoblados de Alba de Tormes más bien con la intención de no agotar su estudio y poner
el prólogo a ulteriores trabajos (85). El iriforme del corregidor
de Salamanca explicaba además el grado de habitabilidad de
cada uno de los despoblados de los 4 sexmos:
«el despoblado de Montellano, en el sexmo de Peña del Rey
y propiedad del márques de Castelar, no tiene vecino alguno, pero se perciben cuatro casas y una iglesia prácticamente en ruinas» (86).
La participación de los corregidores en la elaboración del
expediente, si bien no fué muy notable, puso de manifiesto la
incapacidad organizativa de la justicia de la que eran máximos responsables en los corregimientos para imponer unas es- .
tables relaciones de producción al mundo rural. Pero, este hecho no era imputable tanto a su falta de celo o de preparación^
jurídica (87), cuanto a un equivocado concepto de la administración gubernamental; lejos aún de la división de poderes que
definió la sociedad liberal (88).
Tampoco eran los culpables de que se perpetuase en el sector
primario una organización medieval, inviable de sostenerse por
la pura fuerza coercitiva de unas leyes obsoletas. Sus actuaciones mostraron cómo era un eufemismo pretender que la
(85) García Zarza recoge el trabajo realizado por el corregidor Juan Salvador de Aspres en 1769 y el Nomenclator de 1789 recogía la totalidad de
los despoblados provinciales. La Junta de Repoblación intentó, sin éxito,
llevar a cabo esa repoblación. Ver Los despoblados...
(86) A.H.N. Consejos; leg.: leg.: 1.842.
(87) Fayard, J.: Los miembros del Consejo de Castilla en la época modesna:
1621-1746. Madrid, 1982.
(88) Molas: La chancillería de Valladolid en el siglo XVIII: apunte sociológico.
En Historia social de la administración españo[a. Barcelona, 1980. Todos los tribunales de Justicia se veían.inmersos en un cómplicado sistema de competencias múltiples que tenía su origen en el predominio del oficio de la justicia sobre todos los demás que el Rey ejercía.
276
«violencia» (89) de la ley resolviera la irracionalidad del sistema produetivo.
Los síndicos personeros y los diputados del Común
El estallido popular y la cadena de motines desencadenados en 1766 no dejaba lugar a posibles dudas sobre la urgencia de modificar la organización municipal peninsular. A parte de otras razones de carácter político el motín de Esquilache
se originó tras el empeoramiento del abastecimiento de las ciudades, como consecuencia de graves crisis de subsistencia, esparçidas por toda la geografía nacional. Y, precisamente, el
abastecimiento era una de las competencias básicas de la organización municipal. Por tanto, no había más salidas posibles para la sociedad del Antiguo Régimen que introducir nuevos parches al oligárquico sistema concejil imperante (90). Y
ése fué el sentido del Auto Acordado de 5 de mayo de 1766 (91)
que establecía la existencia «en todos los pueblos de 2.000 vecinos» de un procurador síndico personero y de 4 diputados
del Común. Desde entonces, realizaron su trabajo municipal
junto a los regidores y el corregidor.
Los, diputados del Común fueron los encargados de la fiscalización del abastecimiento municipal, procurando facilitar
la concurrencia de vendedores en los mercados y teniendo fa-
(89) De violencia califica Tomás y Valiente la práctica jurídica de la España Moderna, que perpetuaba situaciones de prepotencia, evitando cualquier modificación que pudiese disminuir los privilegios existentes. En El
daecho pena[... Pág. 409.
(90) Tomás y Valiente: Las ocntas de ofic:ns de rcgidoresy la formación de oligarquías usbanas en Costilla: sig[os XVII y XVIII. En Historia, Instituciones y
Documentos, n° 2, Sevilla, 1975. También Dominguez Ortiz: La sociedad
española en ^l sig[o XVIII. Madrid, 1955.
(91) Novísima Recopilación, VII, 18, 1 y 2: nd^ los diputados di abastos
y síndicos personeros del Común d^ los pueblosN.
277
cultades disciplinarias (92) sobre los encargados de esos servicios. Su nombramiento se realizó bianualmente (93), por los
propios vecinos, a través de las circunscripciones parroquiales, tomaron una parte muy activa, con voz y voto en las decisiones de la vida municipal. A los síndicos personeros, en cambio, sólo se les otorgó voz (94) -privándoles, por tanto, de
capacidad decisoria- y se les encomendó, especialmente, la
defensa de los intereses vecinales. De la contundente acción
desempeñada como abogados defensores del vecindario, el expediente dió alguna muestra muy notable (95).
Los informes de los diputados del Común recogidos en el
expediente mostraban cómo la inexistencia de un mercado
nacional (96) originaba, periódicos y graves problemas en el
abástecimiento de los municipios peninsulares, de difícil solución. Todos ellos fueron diputados de la Andalucía interior (97),
abandonada -como tantas otras zonas no marítimas- a una
insatisfactoria economía de autoconsumo desde hacía muchos
siglos.
Sin embargo y, como se ha señalado ya en otros informes,
no se avanzó más allá de indicar los problemas y de lamentar-
(92) Las competencias policiales eran evidentes; el oficio podía recaer
indistintamente sobre nobles o plebeyos.
(93) González Alonso: EI régimen municipal en el sig[o XVIII. En Sobre e[
estado y la administ^ación de la Cosona de Castilla en el Antiguo Régimen. Pág. 228.
Si bien al principio fué de renovación anual, en 1769 se convirtió en bianual
al prescribirse la renovación por mitades.
(94) González Alonso: El régimen municipal... Pág. 229.
(95) El informe, sobre todo, el síndico de Sevilla. En A.H.N. Consejos;
leg.: 1.844, pieza 7a. Año 1766.
(96) Fontana: La primera etapa en la forntació de1 mercat nacional en Espanya.
En Homenaje de Vicens Vives. Barcelona 1969.
(97) En Marchena, Ecija y Jerez. Todos esos informes se hicieron entre
1766 y 1768. Sin embargo, la relativa proximidad del mar atemperaría mucho la rigidez del modelo económico peninsular; de mucha mayor dureza
habían de ser las crisis de subsistencia de la meseta. En A.H.N. Consejos;
leg.: 1.844.
278
se de la acción de especuladores y poderosos. El abastecimiento de la carne y de los granos fueron mostrados como dos de
los problemas fundamentales en su labor cotidiana. No solamente ellos habían denunciado la escasez de carne vacuna: intendentes, corregidores y labradores habían mostrado esa carencia en otras zonas peninsulares en la difícil década de los
años sesenta (98).
Los vecinos dé una baronía del señorío aragonés de Luna
explicaban la imposibilidad de que el campesinado accediese
a una alimentación más variada que aquélla que tenía a los
hidratos de carbono y grasas como casi exclusivos protagonistas (99). P. Vilar (100) ha demostrado cómo la carne no proveniente del cerdo era privativa casi sólo de las clases privilegiadas del Antiguo Régimen europeo. Y esa escasez se extendía también por España, originando las lamentaciones -entre
otros- de los diputados del común de Marchena y Sevilla (101).
Pero esa deficiencia no era solucionable con la implantación de una política de tasas, como pedían los diputados del
común sevillanos (102), política por lo demás divergente del
liberalismo económico propugnado desde el ejecutivo. La cuestión era otra y no se podía solucionar si no se fomentaba la
(98) Intendente de Burgos y de Ciudad Real en 1768; también el intendente de Segovia en 1771. Y el de Soria en el mismo año.
(99) Vecinos de la baronía de Pedrola ante la audiencia de Zaragoza,
con motivo de un pleito que les enfrentaba con el señor por los abusos en
la utilización de sus monopolios. En Archivo ducal de Villahermosa, Luna,
leg.: 25, exp. 77. Año 1734: Ver Ortega, M.: E[ abastecimiento d^ una vi[la
aragonesa de señosío, entre 1786y 1793: la baronía de Pedrola. En Miscelánea conmemorativa. Madrid, U.A.M. 1982. Explicaban los vecinos cómo la carne vacuna sólo era privativa del duque, del administrador y de tres vecinos acomodados.
(100) Civilización material y capitalismo. Madrid, 1973.
(lÓl) A.H.N. Consejos, leg.: 1.844, datos de 1768.
(102) A.H.N. Consejos; leg.: 1.844, piezas 5 y 7. Proponían tasar los
precios de la carne y de los granos con el precio estable del año 1734.
279
expansión del ganado y ello era difícil en pleno reinado de las
teorías fisiocráticas y con un febril proceso roturador enmarcado en el incremento de los cultivos cerealísticos peninsulares. Por otra parte, el rechazo general de la sociedad española
ante los privilegios de la Mesta se extendía, sin excesivas precisiones, a las restantes actividades pecuarias.
En Andalucía, por ejemplo, las actividades ganaderas mostraban una exigua participación en el conjunto de la economía provincial; la escasez de pastos propicios no era uno de
sus menores problemas (103). En Castilla, con una opción política tan volcada en la expansión «de las tierras de pan» y con
tan incontroladas roturaciones (104) de ejidos y pastos, tampoco se podían hacer avances espectaculares. Sin embargo, algunos pioneros obtenían unos beneficios cuantiosos, produciendo entre otras cosas, carne, con vistas a los mercados de la España interior (105).
Pero, si no existieron modificaciones impo'rtantes en la España interior, sí se fueron logrando algunos muy notables en
la periferia y, sobre todo, en la franja litoral cantábrica (106).
(103) Grupo 75: La economía del Antiguo Régimen... Pág. 119.
(104) Recuérdese cómo estas roturaciones se hacían muchas veces sin
licencia de los ayuntamientos, aunque con su tácito consentimiento. Ver García Sanz: Desarrollo y cris^ del Antiguo Régimen en Castilla la Vieja: economía y
sociedad en tienas de Segovia. Madrid, 1977.
(105) López Salazaz, J.: Una empsesa agraria capital^ta en la Castilla del XVII:
la hacienda de Don Gonzálo Muñoz Treviño de Loaisa. Revista Hispania, 1981
y Estructusas agrarias y sociedad rara[ en la Mancha en [os siglos XVI y XVII. Tesis
doctoral inédita. Universidad Complutense, Madrid, 1980. Se muestran datos
muy significativos de manchegos capitalistas que diversifican sus productos
con vistas a los mercados de la España interior, obteniendo con esta mentalidad no rentista saneados beneficios.
(106) Cordero Do Pico y Rodríguez Galdo: La d^tsibución especial del ganado en Galicia según el Catastro de Ensenada. En Congreso de H^toria Rural, Madrid, 1984. Se intensificó la ganadería tanto en régimen de pastoreo, como
en el de semiestabulación, en la zona donde no se incrementaron los cultivos agrarios más punteros: el maíz y el viñedo. Pág. 285.
280
En Asturias (107) se intensificó la cabaña vacuna, con vistas
a su comercialización en la meseta como ganado de tracción
y como elemento proteínico de la dieta alimenticia. Sin embargo, ese esfuerzo no resultó suficiente. Pero el problema mayor que presentaron los diputados del común al Consejo fué
el abastecimiento de los granos. Los diputados de Jerez explicaron las dificultades -tras la crisis de 1766- de alimentar
a la población trabajadora; en su informe decían sentirse desbordados por la imposibilidad de alimentar a las capas más modestas:
«que han pasado muchas hambres y calamidades al no tener
recursos para comprar el grano importado de Sicilia, vendido a precios ni siquiera altos, por voluntad del mismo concejo de Jerez» (108).
Los ataques a la obsoleta organización agraria que hacía
posible, cíclicamente, esos desajustes no fueron escasos en los
diputados del común. Para los de Marchena no era tan importante repartir las tierras de Propios, cuanto obligar a los
terratenientes a cultivar racionalmente sus tierras de labranza, «sin dejar nada labrable como tierra para ocios y
pastos» (109). Los de Sevilla criticaban la posibilidad de cultivar adecuadamente los cortijos superiores a 1.000 fanegas, por
lo que invocaban la obligatoriedad de arrendar a los pelentrines por encima de ese tope. Sus ataques a los intermediarios
(107) Barreiro, B.: La introducción de nueaos cultivosy la eaolución de la ganaderia en Asturia.s durank la Edad Mod^rna. En Congseso de Historia Rural. Madrid, 1984.
(108) A.H.N. Consejos; leg.: 1.844. Informe de 24 de marzo de 1767.
EI concejo de Jerez pagó una parte del trigo importado para que no fuese
su compra excesivamente onerosa para la población más modesta. Aún así,
para muchos vecinos no fué posible adquirirlo.
(109) A.H.N. Consejos; leg.: 1.844, pieza 7a, folio 38. Incluso propugnaban que se prohibiese por real decreto.
281
y mercaderes de grano, como instigadores de las oscilaciones
de los precios, no fueron escasos (110).
Sin embargo, fueron los síndicos personeros los más directos defensores de las reivindicaciones campesinas; en lógica correspondencia con el matiz de portavoz -que no de ejecutorque el Auto Acordado de 1766 les había conferido. El expediente brindó notables ejecuciones de varios síndicos andaluces que, incarisables, pusieron en marcha la" filosofía que había presidido su fundación: «pedir y proponer todo lo que convenga al público generalmente según el mandato de la
ley» (111). A pesar de su restricción ejecutiva o, quizás por ella,
los ámbitos y competencias sobre los que se pronunciaron fueron universales y supusieron una cálida defensa de los intereses de los más débiles. El informe del síndico de Jerez mostraba la oligárquica composición de su ayuntamiento (112), in- .
capaz siquiera de oir las reivindicaciones campesinas, y, por
tanto, no tomando en consideraciones la figura del síndico. Reconocer, públicamente, estos hechos suponía reconocer la dificultad del ejecutivo para desbloquear la oligárquica organización municipal, que no deseaba tener junto a sí a elementos
que desde el principio habían resultado incómodos (113).
No es difícil presuponér que los síndicos nó despetaran entusiasmo alguno en los ayuntamientos. Pero, las críticas no
siempre los síndicos las dirigieron hacia sus concejos; en no pocas ocasiones se cuestionaron decisiones gubernamentales que
poco favorecían al grueso del vecindario. La forrriulación y eje-
(110) Sus planteamientos se encaminaban a incrementar el número de
productores directos y mitigar el poder de los acaparadores de grano.
(111) Noaísima Recopilación, VI, 18, la.
(112) A.H.N. Consejos; leg.: 1.844. Dominado por los terratenientes de
la zona, no prestaba atención a los problemas que el síndico les presentaba;
fué el motivo que le indujo a explicar la situación directamente al Consejo
de Castilla.
(113) Desdevises du Dezert: Les institutions. Pág. 230 y González Alonso: El régimen municipal... Pág. 229.
282
cución de la libertad de los precios, sin transformaciones previas de las relaciones de producción, fué denunciada por el síndico de Marchena como una ley que «disfrutan los propietarios y poderosos, cuando se pretendían favorecer a los cultivadores directos que ven cómo disfrutan aquellos lo que se meditó para fomentar el trabajo y aplicación de los trabajado'
res» (114).
Sin embargo, el informe más importante recopilado fué el
del síndico personero de Sevilla, Ped'ro Lince de Verástegui,
que realizó su trabajo en el mismo año 1766, revestido del celo innovador que la défensa ^de los intereses vecinales le proporcionaba. Su celo se demostró no sólo en la defensa de los
vecinos de la ciudad, sino en la realización de encuestas y estudios en los pueblos más numerosos del arzobispado de Sevila, convencido de la similitud de los conflictos en otras tierras
andaluzas. En su informe, junto a las causas «clásicas» que originaban el estancamiento de la producción agraria, esbozó algunos planteamientos renovadores. El primero fué la denuncia realizada en contra de los caciques (115) -así los denominó- que arrendaban la mayoría de la tierra con fines especulativos y que habían originado tanto un descenso del nivel
de vida de los pelentrines como de las superficies de cultivo.
A los ojos del síndico el descenso de las tierras de labranza era
e strepitoso:
«si antes se labraban 1.600 fanegas en este arzobispado hoy,
para nuestra desdicha, son menos de 800» (116).
(114) A.H.N. Consejos; leg.: 1.844, pieza 7a. Informe de 1768.
(115) A.H.N. Consejos; leg.: 1.844, pieza 5a. Informe de 1766. Fué la
primera vez que se denominó en el expediente así a los grandes arcendatarios de la tierra.
(116) No explicó a qué momento histórico pertenecía ese vago término
de «antes^>, ni en que lugares del arzobispado centró su análisis. Por tanto
esas cifras han de verse más como un acercamiento cualitativo al problema,
ligado al fisiocrático deseo de incrementar la producción cerealística.
283
Aunque en otros lugares se habían denunciado estas prácticas de la burguesía agraria (117), nunca habían provenido
de miembros de las instituciones del Antiguo Régimen, sino
de los campesinos a los que se les hurtaba al acceso, sin intermediarios, al mercado de la tierra. Como tantas otras veces,
el expediente mostró la necesidad de poner coto a esos especuladores. Sin embargo, no se pronunció con claridad: «pues es
labor del Consejo esta fijación moderada de un tope que no
pueda ser sobrepasado».
La solución para incrementar la productividad de la tierra
y para estabilizar la excesiva movilidad del campesino, se centró en la necesidad de estudiar, con rigor, las calidades y rendimientos exactos de la tierra y, en función de ello, formular
las rentas de los arrendamientos, siempre en especie, pagando
al propietario la novena parte del producto obtenido, deducido el diezmo. Su aproximación a las tesis del intendente de Córdoba eran evidentes.
La expansión e incremento de los cultivos panificables fue
otra de sus obsesiones. No solamente su reconocido temple fisiocrático, sino los cíclicos problemas de abastecimiento, recomendaban proteger el cultivo del trigo:
«pues es el producto más importante para la república, por
lo que han de limitarse los olivares, de los que existen demasiados en Andalucía y que resultan muy poco provechosos
en años calamitosos» (119).
(117) Recuérdese las demandas de los campesinos de Ciudad Rodrigo
y el descenso de la superficie labrable en los 12 pueblos objeto de muestreo
efectuado.
(118) Ya se había esbozado esa renta como la más adecuada, a ojos del
intendente de Córdoba, además de ser la práctica habitual en esa provincia.
Olavide, en cambio, se pronunció por el octavo de la producción total, pues
aunque teóricamente salía beneficiado el propietario, la larga duración de
los nuevos contratos iban a favorecer a los colonos.
(119) A.H.N. Consejos; leg.: 1.844, pieza 5a, folio 16.
284
Los estragos de la crisis de 1766, que tanta hambre habían
generado no podían ser silenciados por este portavoz de las inquietudes vecinales. Sus ecos, tan próximos cronológicamente
a esas crisis hubieron de ser recogidos en su informe. Todos
estos informes, tan localistas, adolecieron del aparato teórico
mostrado por algunos intendentes y no pasaron de ser denuncias de problemas conocidos.
3. EI Procurador General del Reino
Aunque no hay ningún estudio que delimite, con claridad,
sus funciones -ni Martínéz Salazar, ni Escolano de Arrieta (120) se hacen eco de su existencia- parece ser que fué un
miembro del Consejo de Castilla encargado de llevar adelante
la realización dél expediente de Ley Agraria. Quizás no fuese
siquiera un miembro permanente y se le requiriese sólo para
resolución de alguna cuestión concreta, teniendo alguna remota
conexión con el procurador general existente en la Corona de
Aragón en la baja Edad Media (121).
A la luz del expediente se móstró como un experto en asuntos jurídicos y económicos, asesorando al Consejo de Castilla
durante los casi 30 años transcurridos entre el inicio y la cul-^
minación del expediente. El procurador general, Pedro Manuel Saez de Pedroso, realizó, personalmente, esta labor durante todo ese tiempo pese a la conocida actitud de Carlos III
de no hacer inamovibles los cargos de sus colaboradores, tra-
(120) Escolano de Arrieta: Práct^a del Consejo Real. Madrid, 1796. Martínez Salazar: Colección de memorias y not^ias dtl gobitmo general y polít ^o dtl Cons^o.
Madrid, 1764.
(121) Sólo se ha encontrado esa denominación para la Corona de Aragón. En ese caso el Procurador General era un consejero real cualificado,
además de ser un representante volante del rey. Ver García de Valdeavellano: Curso dt Histosia dt las instituciones española.i. madrid, 1973.
285
duciendo públicamente así el reconocimiento de su competencia.
El trabajo de Saenz de Pedroso fué triple. Supuso -en primer lugar- recopilar los conflictos más representativos del
mundo rural. Además -en segundo lugar- se informó, in
situ, desplazándose a las zonas de mayor tensión y redactó informes sobre los problemas allí detectados. Finalmente, hubo
de valorar y criticar las aportaciones teóricas de los intendentes y de los expertos provinciales.
La década de los sesenta fué el momento de máxima recopilación del material documental y, por tanto, de mayor trabajo para el procurador general. La mayoría de sus informes
se redactaron entonces (122). No obstante, hay huellas del seguimiento de su trabajo a lo largo de las décadas siguientes;
en ese caso no fueron tan abundantes sus informes sino breves
notas suyas en donde se aconsejaba unir al expediente ciertos
memoriales o pleitos llegados al Consejo de Castilla (123). Incluso, más allá de la pura labor selectiva que realizó en el expediente, se poseen noticias de su celo y de su mediación en
él pleito (124) que enfrentó a propietarios y a arrendatarios de
C iudad Rodrigo.
Parece deducirse, de todo ello, el conocimiento y la solvencia
que le confirió el Consejo de Castilla como conocedor de los
problemas agrarios del país. Quizás fuese esa una de las cau-
(122) Sus informes más destacados fueron los que realizó sobre el campo andaluz tras los análisis de los trabajos que enviaron sus intendentes en
1768; los que hizo sobre Extremadura y Ciudad Rodrigo en 1767 y los de
Salamanca en 1791. En A.H.N. Consejos; leg.: 1.842 y 1.534.
(123) ^^Unase al expediente general de Ley Agraria: Saenz de Pedroso».
De este modo o de forma similar se iban seleccionando los pleitos y expedientes que llegaban al Consejo; es muy corriente encontrar estos signos de
su trabajo selectivo entre 1771 y 1790.
(124) Muy notable fué su informe sobre la agricultura de ese partido.
En A.H.N. Consejos; leg.: 1.534, pieza 3a. Este legajo fué a todas luces
una directa continuación del expediente de Ley Agraria.
286
sas de la lentitud recopiladora del expediente, intentando mostrar el amplio abanico de problemas con los que se enfrentaba
la agricultura nacional. Lentitud, de la que no era único responsable sino también las instancias que habían de pronunciarse con posterioridad (125) como la Sociedad Económica Matritense.
Su pensamiento, analizado globalmente, fué conservador.
Sorprende la profusión de citas de filósofos clásicos y escolásticos, máxime cuando -como se ha visto- no había sido ese
el empeño de informes anteriores. Aristóteles, Justiniano, San
Juan Crisóstomo y otros moralistas ^ristianos fueron utilizados frecuentemente para reforzar sus argumentaciones.
La defensa de la sociedad estamental y, por tanto, de la
profunda desigualdad jurídica y económica- existente dentro
del mundo rural, prevaleció en sus informes. A pesar de ser
defendidas con enunciaciones tan vagas e inconsistentes como
«que unos y otros hombres se ayudan y prosperan en los trabajos agrícolas, como consecuencia del deseo de la Divina Providencia, que fomenta la buena correspondencia con la que
quiere dependamos unos de otros».
Tan irreal y utópico sistema -del que el expediente era
una crítica muestra- se apoyaba directamente, en la tradición cristiana y en la Política de Aristóteles (126), que mostraba la conveniencia de la existencia de pequeños y grandes labradores junto a jornaleros «para la buena marcha de la repú-
(125) Varias veces el Procurador General urgirá al Consejo sobre la importancia de un rápido pronunciamiento de la sociedad económica matritense, a la vista del desánimo del campesinado y de los labradores ante la
excesiva demora que sufría la futura Ley Agraria.
(126) Libro 7°, capítulo 8° de la Política de Aristóteles, del cual hizo
más de 7 referencias en su informe al Consejo de 1768. En A.H.N. Consejos; leg.: 1.844, pieza 3a, págs. 207-226. San Juan Crisóstomo en su homilía «fide anne» argumentaba sobre la utilidad de la pobreza en la sociedad
así: «pues si todos fuesen ricos todos andarían ociosos y las cosas llegarían
a corromperse».
287
blica». No existieron motivaciones sociales en sus informes. Sus
trabajos, extremadamente moderados, y conformistas con el
orden agrario, fueron más conservadores que cualquiera de los
informes de los intendentes castellanos o andaluces. Escasearon, además, las argumentaciones brillantes (127) de varios de
los intendentes andaluces, zquizás consideradas excesivamente innovadoras para un ejecutivo que había de sortear el
boicot (128) de los estamentos privilegiados?
El programa que formuló para la realización de una ley
agraria con voluntad de implantación nacional (129) descansaba en los dos puntos fundamentales perseguidos por el pensamiento fisiocrático: intensificar.y extender los cultivos agrarios y mejorar la producción cerealística. En el primer caso,
la agricultura se topaba con los extensos privilegios que poseía
la Mesta y que impedían la libre expansión de los cultivos panificables. En su informe sobre Extremadura -próximo a las
argumentaciones del diputado Paino (130)- criticó la escasa
productividad de los baldíos y dehesas de pasto y labor, dominados en parte por los trashumantes. La necesidad de incre-
(127) Sus juicios resultaron mucho menos átractivos e inconsistentes que
los de Francisco de Bruna o los de Carmona, I-Piña u Olavide.
(128) Aranda y Campomanes primero, y Floridablanca después siguieron de cerca las vicisitudes del expediente y hubieron de sortear la crítica,
el incumplimiento y la tergiversación de numerosas ordenanzas que se formulaban desde el ejecutivo. Quizás ellos mismos o el propio Saenz de Pedroso, conocedor de esas acciones, atemperaron el espíritu de las propuestas de los expertos provinciales.
(129) <^Pues delimitar leyes particulares para las distintas provincias sería caer en excesivo particularismo nada eficaz». Así criticaba las distintas
visiones parciales que algunos expertos habían señalado y con las que no
estaba de acuerdo.
(130) Memorial Ajustado entre el Diputado General de la tiesra de Extremadura,
Vicente Paino y el Consejo de la Mesta. Madrid, 1771 y Memorial Ajustado de Concordia entre la Diputación de Extremadura y e[ Concejo de la Mesta. Madrid, 1783.
Paino defendió la necesidad de extender la agricultura a costa de mermar
los privilegios mesteños sobre los baldíos y dehesas de pasto y labor.
288
mentar la superficie de cultivo le hizo pronunciarse por la conveniencia de repartir los baldíos extremeños, pese al espíritu
de leyes anteriores que, primando la expansión mesteña, prohibían su parcelación. La revocación de las leyes de 1609, 1639
y 1650 y la consideración dé la agricultura «como el oficio más
importante para toda república» (131), le encuadraba entre los
numerosos ilustrados críticos (132) a la supervivencia de los
privilegios de la Mesta.
" El incremento del ganado de tiro fué en su pensamiento
tarea prioritaria, para la expansión de la agricultura nacional.
Nadie había dado la importancia que concedió Saenz de Pedroso al incremertto dé la cabaña mular y boyal, como elemento
determinante en la expansión del agro peninsular. Pero, una
vez más, ese necesario incremento de las yuntas de labor no
se contempló desde el prisma del trabajador agrícola, sino desde
la ventajosa posición de los grandes empresarios y propietarios.
Según sus presupuestos, era preciso incrementar el número de yuntas de labor como solución previa a ilimitados acaparamientos de tierra; es decir, que sólo unas fuertes inversiones
en capital -traducibles en la adquisición de abundante ganado de tiro- hacían posible el ascendente poder de los grandes
arrendatarios que, definitivamente, no encontraban cortapisa
legal alguna para sus fines. Mientras, se estrangulaban las aspiraciones expansionistas del campesinado, advirtiendo que
«ningún labrador que tenga una yunta podrá aspirar a más tierra de la poseída en ese momento» (133).
(131) Informe de 22 de mayor de 1767. La recomendación de urgir al
reparto de los Baldíos no era una novedad para Extremadura que, desde
hacía un año, tenía concedida una real pragmática sobre el reparto de sus
tierras Baldías; sin embargo, la insistencia del Procurador General hace prever
el incumplimiento y dejación en el reparto.
(132) <^El poderoso Concejo de la Mesta es muy perjudiciable para la nación entera y para su fomento agrícola». En A.H.N. Consejos; leg.: 1.534,
pieza la.
(133) A.H.N. Consejos; leg.: 1.534 y leg.: 1.841.
289
Pocas veces se había explicado, con tanta claridad, incentivos tan proclives al empresario agrario y prueba hasta qué
extremó el punto de mira ilustrado estuvo presente en el gran
labrador arrendatario (134).
Por lo demás el pequeño arrendatario descapitalizado, no
podía embarcarse en adquisiciones de esa envergadura económica; por lo que quedaba aparcado y a merced de la voracidad especulativa y acumulativa de los grandes arrendatarios.
De poco había servido el empeño del pequeño campesino en
frenar el ascendente poder de esta burguesía sobre la explotación del suelo agrícola. Poca mella parece que hicieron las demandas campesinas en el pensamiento del procurador general; ya que habían pedido, con insistencia, que se fijasen topes
máximos a la capacidad ilimitada de arrendar tierra (135).
Tampoco tuvo el procurador general demasiado en cuenta recomendaciones tan estimulantes como las de Miguel Arrondo
Carmona o la del propio Olavide (136).
La expansión del cultivo tropezaba también con los impedimentos que imponía un régimen contractual breve y que había
podido experimentar sus consecuencias en sus desplazamientos hechos a Extremadura y Salamanca: «pues he podido observar, yo mismo, en la visita a tierras de Ledesma, Ciudad
Rodrigo y Cáceres, sus escasos beneficios para la agricultura» (137). Y, sin embargo, no trascendió más allá de propugnar una política tendente a alargar los plazos temporales de
los arrendamientos, así como a prohibir los desahucios y su-
(134) Donézar: Riqueza y^óropiedad en la Castilla del Antiguo Régimen. La
provincia de Toledo en el siglo XVIII. Madrid, 1984. Pág.: 96.
(135) Los pecheros de Salamanca habían pedido en 1771, 1783 y 1787,
1789 y 1791 que se fijasen esos topes. También se habían recogido solicitudes semejantes de los pelentrines de Marchena y de Jerez en 1768 y de 6
pueblos granadinos en 1769.
(136) Ambos consideraban importante poner barreras a la capacidad expansiva del empresario agrícola: no más de 200 fanegas para Olavide y de
300 para el intendente cordobés.
(137).A.H.N. Consejos; leg.: 1.534, pieza la, folio 178.
290
barriendos, encomendando a los corregidores el cumplimiento de las leyes vigentes.
Sus deseos de prohibir el subarriendo se mostraron extraordinariamente contradictorios con la inyección de moral dada
a los grandes arrendatarios sobre la inviabilidad de poner topes a su capacidad arrendadora o zes que la concentración de
importantes empresas agrarias no descansaba sobre el incremento del número de los subarrendatarios?
El aumento de los rendimientos agrarios fué otro de los puntos perseguidos en su informe. Sus viajes le mostraban unos
resultados preocupantes en la agricultura; ya que, según sus
verificaciones, en las tierras panificables mejores sólo se lograban, de tarde en tarde, seis veces la sementera; siendo los rendimientos más frecuentes en la meseta obtener 3 ó 4 veces la
simiente sembrada (138). El aumento de la productividad agraria lo ligaba al aumento de la duración de los arrendamientos
y a la introducción de nuevas técnicas de cultivo (139) que propiciasen la expansión de cultivos innovadores más rentables.
La irrigación de las tierras de mejores calidades fué su objetivo prioritario; así se aseguraba la expansión de cultivos que
la revolución agrícola europea había mostrado como altamente rentables: productos hortícolas, lino, frutales, y prados artificiales.
En líneas generales se mostró de acuerdo con los informes
de los intendentes, y especialmente con el de Olavide, al que
ensalzó en no pocas ocasiones. Sin embargo, no simpatizó con
el particularismo legislativo que, en materia agraria, defendieron algunos intendentes. Su idea fue mostrar la viabilidad de
una solución global para la agricultura española; ligado íntimamente al planteamiento «racional» perseguido por los ilustrados, según el cual se había de operar sobre cuestiones bási-
(139) A.H.N. Consejos; leg.: 1.844, pieza 3a, folio 226.
(138) A.H.N. Consejos; leg.: 1.534, datos coincidentes en intendentes
y colonos.
291
cas que afectasen a la generalidad (140) sin entrar a considerar localismos o regionalismos. Bastaba con definir una ley agraria racional y coherente con los problemas fundamentales que
acuciaban a todas las sociedades agrarias peninsulares. Su selectiva recopilación de los conflictos de este país se encaminó,
precisamente, a señalar cuáles eran esos problemas.
(140) Ese era el modelo de la Ilustración que había de someterse al dictamen de la razón, en ese sentido, formular leyes agrarias diferentes no podía ser aceptadó por la metodología ilustrada que perseguía homogeneizar
y homologar las sociedades humanas. Ver Elorza: La ideología libesal de [a Ilustración Espaieola. Madrid, 1970. Pág. 99.
292
III. La Legislación
La monarquía borbónica inició un ambicioso programa reformista que tuvo sus fundamentos en la emisión de reales cédulas y otros tipos de legislación real mientras la legislación
de Cortes, crecientemente mermada desde la época de los Austrias, fué imperceptible durante el siglo XVIII. En el reinado
de Carlos III, por ejemplo, se emitieron 856 reales cédulas y
1.066 leyes diversas, frente a una sola ley generada en Cortes (1).
Para cualquier investigador de la época no pasa desapercibida la enorme riqueza legislativa llevada a cabo durante el
siglo XVIII, cí^alquiera que sea el juicio que formemos de su
necesidad o, en su caso, de su oportunidad. Pero, según el volumen de las disposiciones normativas, resulta difícil atribuir
la paternidad a la actividad de un legislador individual. E1
absolutismo (2) no cabe entenderlo como el gobierno personal
y, como tal, arbitrario del rey, sino que una serie de institu-
(1) Pérez Martín-Scholz: Legislación y jurisprudencia en la España d^l Antiguo Régimen. Valencia, 1978. Pág. 14. Además de 27 Pragmáticas, 27 Autos
Acordados y. 156 Reales Décretos.
(2) Artola: La economra espaitola al,final dsl Antiguo Rígimen: Instituciones.
Madrid, 1982, Pág. 15.
293
ciones y consejeros le ayudaban en esa tarea legislativa que el
Monarca, en última instancia, sancionaba.
Por tanto, las Secretarías de Estado y de Despacho y los
Consejos -a donde podían enviarse las iniciativas de individíos, grupos sociales o instituciones locales o territoriales (3)eran partícipes directos de la acción legislativa. Era evidente
que la puesta en funcionamiento del sistema estaba abocado
a no pocas corruptelas; toda vez que un cuerpo social importante desease ser protegido o favorecido por .la política estatal
y encontrase los interlocutores válidos para encauzar sus propuestas. Tal fué, por ejemplo, el caso de la ley de 26 de mayo
de 1770, favorecedora de los intereses de los propietarios y que
delimitaba:
«que los dueños son libres para contratar a sus colonos, teniendo así mismo libertad para desahuciarles una vez cumplido el contrato, cuando se les ha avisado con un año de antelación, negándose el derecho de tanteo a los labradores
arrendatarios por más tiempo que el estipulado en el cont rato» (4).
En este caso la impopularidad de la ley entre los colonos
fué de tal magnitud que el propio Consejo intentó subsanar
su error emitiendo leyes derogatorias sobre lo estipulado en mayo de 1770. Primero, para las tierras más afe^ tadas: las de Segovia, en 15 de marzo de 1775; y más tarde para Zamora, Toro, Palencia y Salamanca en 14 de enero de 1782 (5).
No puede extrañarnos tamaña falta de rigor legislativo cuan-
(3) Cabrera Bosch, I.: El Pode^ Legislatiuo en la España del siglo XVIII. En
La Economía Española... Pág. 225.
(4) A.H.N. Consejos; leg.: 1.842. Ley muy atacada por los pequeños
y grandes arrendatarios que veían su estabilidad laboral amenazada.
(5) Paza las tierras de Segovia. En A.H.N. Consejos; leg.: 1.843, y para
el resto en leg.: 1.840. La generalización de los desahucios en Castilla, produjo esta reacción del Consejo de Castilla que sancionó el Rey.
294
do el pensamiento ilustrado, pese a su preoctipación por introducir un método racional en el ordenamiento jurídico, fué incapaz de llevar adelante siquiera la realización de un código (6).
Por lo que se continuó legislando sin definir los principios generales de la sociedad y conservando todo el cúmulo de particularismos y localismos que arrastraban las sociedades del Antiguo Régimen desde época medieval. A pesar de voces tan autorizadas como la de Mayans, que deseaba «un código normativo, metódico y general», o la de Olavide, que se lamentaba
de que «carecemos de un código de leyes ordenadas y seguidas
por principios y en forma de sistemas, un código nacional cuya confección ha de ser tarea primaria» (8), o la de Jovellanos
-que propugnaba establecer un sistema científico en donde
se formulasen los principios generales del derecho- (9). Más
no fué posible realizarlo mientras estuviese vigente un orden
estamental con inusitada pluralidad de jurisdicciones.
No se quiso buscar una alternativa a la vieja técnica de las
recopilaciones, que continuaron desarrollándose hasta la sociedad liberal; por lo que la inflación de leyes -muchas de ellas
repetidas y no pocas absoletas- fué el denominador común
de esa sociedad que «quería conservar los cimientos del edificio y derribar con orden gran parte de sus partes» (10).
La prohibición del desahucio para las tierras salmantinas
se formuló, por ejemplo, no menos de 15 veces entre 1752 y
(6) Clavero, B.: La idea de código en la Ilustración jurídica. En Historia, Instituciones, Documentos, 1979 y La d^puta del mítodo en las postrimerías de una
sociedad.• 1789-1808. A.H.D.E. 1978. Tomás y Valiente: Manual de H^toria
del Derecho español. Madrid, 1981.
(7) Proyecto de reforma de las facultades jurídicas de 1772. Citado por
Peset: Cregorio Mayans y la reforma unioersitaria. Valencia, 1975. Pág. 153.
(8) Olavide: Plan de Estudios para la Uniaersidad de Seailla. Estudio preliminar de Aguilar, F. Barcelona, 1969.
(9) Jovellanos: Obras Completas, B.A.E. Tomo L. Págs. 145-148.
(10) Tomás y Valiente: La cris^ del Derecho al final del Antiguo Régimen.
En Manual de Historia... Pág. 384. Este reformismo propugnaba un equilibrio de muy difícil formulación.
295
1793, y no sólo motivadas por el general incumplimiento, sino
por el deseo localista de sus sexmos, partidos y pueblos por poseer una ley específica para su entorno (11).
Y si no se fué capaz de establecer un método jurídico (12),
nada ha de extrañarnos que no se alcanzase a realizar una ley
agraria que implicaba desarrollar en el ámbito del ^éctor primario esos principios. Los propios intendentes t •vieron razones muy dispares a la hora de emitir sus informes, sobre la oportunidad de establecer leyes agrarias con carácter general; no
pocos - como se ha visto- se pronunciaron por planteamientos más retringidos. Pese a ello y aunque con ingenuidad, el
expediente instó a una formulación universal (13). Pero los problemas crecientes entre los componentes de la sociedad rural
fueron creciendo y enconándose en las postrimerías del Antiguo Régimen, por lo que hubo que poner constantes «parches»
legislativos para - teóricamente- contener esa conflictividad.
El expediente se hizo eco de todo este aluvión de nuevas leyes
que deseaban contener la tensión acarreada por^los problemas
de la explotación del terrazgo.
1. El incumplimiento como norma
EI incumplimiento fué el denominador común de la gran
mayoría de leyes recopiladas en el expediente. El análisis do-
(11) Ciudad Rodrigo, Ledesma y los sexmos del partido de Salamanca
solicitaban al Consejo resoluciones particulares que refrendasen el desahucio en cada una de esas zonas; no contentos con la ley de 20 de septiembre
de 1758 que prohibía el desahucio en toda la tierra de Salamanca. En A.H.N.
Consejos; leg.: 1.841.
(12) Clavero: La disputa de[ método... Págs. 307-331.
(13) Campesinos, labradores y los propios ilustrados instaban a la Matritense a que se emitiesen pronto las bases de la futura ley a ‚raria. Incluso,
cada vez que se daba a luz una nueva resolución, se explicaba cómo con
la promulgación de la Ley Agraria quedarían invalidades todas ellas.
296
cumental lo mostró repetidas veces. Varios pueblos de la vega
de Granada explicaban al Consejo su desaliento por el incumplimiento que los terratenientes realizaban a las leyes que prohibían en la zona el subarriendo, el desahucio, el gran arrendatario eclesiástico... (14). Y memoriales similares se enviaron desde Zamora, Toro, Salamanca y Segovia. Incluso algún
intendente denunció esas prácticas (15) que favorecían poco
las expectativas de los trabajadores.
La misma insistente reiteración del legislativo sobre idénticas materias y sobre los mismos lugares denunciaban su propia ineficacia. No parece lógico pensar que la voracidad legislativa borbónica llegase a extremos como el señalado anteriormente para Salamanca. O el de las 7 leyes que regulaban en
los arrendamientos de dehesas de pasto y labor la prioridad de
los labradores sobre los ganaderos salmantinos (16).
Varias eran las ca^ sas que impedían cumplir el mandato
legislativo. En primer lugar, la excesiva racionalización que
se quiso sustentar en algunas leyes, ^quizás para paliar la ineficacia codificadora? Con frecuencia se emitieron leyes, racionalménte impecables, que resultaron nefastas aplicadas a las
estructuras reales de la sociedad agraria. Ya que lo racionálmente correcto no siempre coincidía con lo que necesitaba el
complejo y distorsionado mundo rural. Fueron buen ejemplo
de este problema las leyes propuestas por Olavide -a pesar
de que nunca llegaron a promulgarse- o las leyes sobre el reparto de tierras de Propios y Baldíos -de tan difícil aplicación en su pura versión teórica-.
Los ilustrados no supieron conciliar, con frecuencia, lo realmente necesario con lo racionalmente conveniente; por lo que
muchos de esos esfuerzos tuvieron, en la práctica, mínima ope-
(14) Memorial de 1769. En A.H.N. Consejos; leg.: 1844, pieza 8°
(15) Intendente de Salamanca, Lucas Palomeque en 1790. En A.H.N.
Consejos; leg.: 1.534, pieza la.
(16) Emitidas entre 1758 y 1765.
297
ratividad. Y es que la sociedad rural éstaba dominada en su
vida política, económica y social por una oligarquía rural de
terratenientes y burgueses especuladores que no tenían especial afición en modificar su ventajoso status en aras de la invocada «racionalidad». Además, eran ellos o sus representantes,
los que dominaban los ayuntamientos y gestionaban las tierras
de la Comunidad, según su exclusivo provecho y en contra,
por tanto, de los intereses de los vecinos menos afortunados.
Estos eran los que habían de ejecutar las leyes del reformismo borbónico y no es difícil adivinar el boicot al que ibari
a someterlas. Eran reticentes a cualquier innovación que trastocase -aunque fuese en pequeña medida- el orden general
que ellos mismos habían establecido.
En segundo lugar, el legislativo tuvo que luchar con una
actitud conservadora en los terratenientes y sus adlateres que
utilizaron la dilación como arma boicoteadora. El incumplimiento de las leyes emanadas desde el Consejo de Castilla o
desde las Secretarías de Estado y de Despacho, fué tónica habitual tanto de los propietarios como de los ayuntamientos que
habían de administrar justicia según el ordenamiento jurídico
borbónico y que, en realidad, pocas veces lo cumplían.
El campesino seguía estando desprotegido, a pesar de los
deseos de tutelaje en los que se enmarcaron muchas de las leyes del setecientos. Unas veces, estos pequeños arrendatarios
o subarrendatarios no conocían la existencia de tal protección
legislativa -nadie se la había comunicado-; y otras, desistían de acudir a la justicia ordinaria como aliada de los intereses de los poderosos. Tampoco era mucho más atractivo acudir a la audiencia (17). El análisis documental que aportó el
expediente mostraba cómo eran los terratenientes los que, con
mayor frecuencia, obtenían sentencias favorables.
(17) Los mutuos intereses hacían que, mientras a los propietarios les solucionasen los problemas jurídicos, en los años di^ciles pudieran tener un
cómodo abastecimiento los jueces.
298
Ante la actitud opositora de los propietarios, el gobierno
tenía muy pocas defensas. Había empezado la casa por el tejado y no se había asegurado de catapultar la reforma en las manos idóneas. Su respuesta habitual fué recordar la necesidad
de cumplir las leyes emitidas o, incluso, ampliar el universo
legislativo con una nueva ley similar a la formulada dos o tres
años antes. Reduplicaciones legislativas, a todas luces, ineficaces.
2. Las leyes agrarias recopiladas en el expediente.
El expediente recopiló una parte de la legislación que sobre política agraria fué elaborada por los gabinetes ministeriales de los tres monarcas que ocuparon la segunda mitad del
siglo XVIII -Fernando VI, Carlos III y Carlos IV-. Se va
a subdividir temáticamente esta acción legislativa para su mejor conocimiento.
Leyes que prohibían el desahucio del campesino arrendat ario
Estas leyes fueron las más abundantes de todas las recopiladas en el expediente. Las más importantes recopiladas fueron:
Ley 22 de diciembre de 1752 para Zamora
Ley 20 de septiembre de 1758 para Salamanca
Ley. 8 de octubre de 1763 para Salamanca
Ley 13 de noviembre de 1766 para Salamanca
Ley 26 de abril de 1768 para Toro
Ley 15 de junio de 1768 para Níjar, Purchil, Churriana
y Jerez
Ley 20 de diciembre de 1768 para Salamanca
Ley 4 de octubre de 1768 para Sevilla
Ley 15 de marzo de 1775 para Segovia
Ley 14 de enero de 1782 para Salamanca
299
Ley 29 de junio de 1782 para Zamora y Toro
Ley 28 de mayo de 1783 para Segovia
Ley 16 de febrero de 1784 para Salamanca
Ley 29 de junio de 1785 para Ciudad Rodrigo
Ley 6 de diciembre de 1785 para Ciudad Rodrigo
Ley 21 de septiembre de 1785 para Ciudad Rodrigo
Ley 15 de junio de 1788 para Ciudad Rodrigo
Ley 27 de noviembre de 1789 para Salamanca
Ley 2 de septiembre de 1790 para Salamanca
Ley 26 de octubre de 1790 para Ciudad Rodrigo
Ley 13 de julio de 1792 para Ciudad Rodrigo
Ley 9 de julio de 1793 para Ciudad Rodrigo
Ley 2 de noviembre de 1801 para Toro y Zamora
La mayoría de estas leyes solían tener varios apartados. En
ocasiones, una misma ley prohibía el desahucio, el subarriendo, las subidas de la renta de la tierra... en una misma región.
Leyes que prohibían la subida de las reñtas de los arrendamientos
C omo subió notablemente la demanda de tierras a lo largo
de la segunda mitad del siglo XVIII, los propietarios utilizaron sus tierras como medio de alcanzar una véntajosa especulación con su terrazgo. Cada tres, cuatro o cinco años subían
sus precios, coincidiendo con la renovación de los cortos con• tratos establecidos. Estas fueron las leyes más significativas emitidas para prohibir esas prácticas:
Ley 22 de diciembre de 1752 para Zamora
Ley 20 de septiembre de 1758 para Zamora
Ley 8 de octubre de 1763 para Salamanca
Ley 13 de noviembre de 1766 para Salamanca
Ley 20 de diciembre de 1768 para Salamanca
Ley 4 de octubre de 1768 para Sevilla
Ley 5 de mayo de 1777 para Segovia
Ley 29 de junio de 1782 para Ciudad Rodrigo
300
Ley 14 de enero de 1782 para Salamanca
Ley 6 de diciembre de 1785 para Ciudad Rodrigo
Ley 15 de junio de 1788 para todo el Reino de Castilla
Ley 9 de junio de 1793 para Ciudad Rodrigo
Ley 5 de abril de 1805 para Ciudad Rodrigo
Leyes que prohibían el subarrendamiento
Ley 20 de septiembre de 1758 para Zamora y Toro
Ley 8 de octubre de 1763 para Salamanca
Ley 30 de junio de 1768 para todo el país
Ley 18 de febrero de 1768 para Oxijares de la Vega
Ley 18 de marzo de 1768 para Zamora, Toro y Salamanca
Ley 5 de febrero de 1768 para Jerez
Ley 4 de octubre de 1768 para Sevilla
Ley 20 de diciembre de 1768 para Marchena
Ley 14 de enero de 1782 para. Salamanca
Ley 21 de septiembre de 1785 para Ciudad Rodrigo
Ley 6 de diciembre de 1785 para Ciudad Rodrigo (18)
Leyes que regulaban la preferencia del vecino frente al forastero en los arrendamientos de la tierra
La polémica se inició con el pleito y el recurso de los labradores de Santa Fe (Granada), contra los forasteros que explotaban gran parte de las tierras arrendadas del término. Por una
ley de 21 de mayo de 1766 se dió preferencia a los vecinos de
Santa Fe frente a cualquier extraño. Más tarde, leyes similares se promulgaron para otras zonas:
Ley 21 de mayo de 1766 para Santa Fe
Ley 22 de agosto de 1766 para la vega de Granada
(18) «Que se incluya y vea la viabilidad de introducir estas leyes en la
futura Ley Agraria^>. En A.H.N. Consejos; leg.: 1.844. No obstante se pidieron informes a los intendentes para ver sus posibilidades de implantación.
301
Ley 5 de febrero de 1768 para Jerez
Ley 23 de julio de 1768 para la vega de Granada
Ley 30 de agosto de 1768 para Marchena y Fuentes
Ley 2 de septiembre de 1770 para Zamora y Toro
Ley 2 de marzo de 1771 para Salamanca
Leyes que prohibían la capacidad de gestión directa de los
eclesiásticos en la explotación agraria
E1 regalismo estatal se acentuó en la segunda mitad del siglo XVIII. La ilustración tuvo un marcado carácter anticlerical. Su crítica se dirigió contra la iglesia-institución, uno de
los grandes propietarios de tierra del país (19).
El rey prohibió a los eclesiásticos administrar directamente sus propiedades; aunque tampoco fué una ley que se cumpliera siquiera mínimamente. En un segundo paso, se prohibió, también, a los eclesiásticos ser arrendatarios de tierra. Las
leyes recopiladas por el expediente, con ser escasas, fueron muy
polémicas:
Ley 11 de septiembre de 1767 para Zamora
Ley 5 de octubre de 1767 para Salamanca
Ley 9 de diciembre de 1767 para Sevilla
Ley 5 de mayo de 1768 para Sevilla
Ley 18 de febrero de 1768 para Oxijares, vega de Granada
y todo el territorio nacional.
Leyes que establecían la tasa para controlar las alzas de los
arrendamientos de la tierra y de los granos
` A partir del 11 de julio de 1765 se desencadenó una gran
protesta campesina contra el liberalismo económico que imprimía esa ley. Desde la década de los ochenta, el Consejo de
Castilla acogió esa protesta y paulátinaménte fué acometiendo una política parcial de tasas, consideradas «como un mal
(19) Palacio Atard: Los españoles de /a Ilustración. Madrid, 1969.
302
menor que evitaba otros males mayores». Las más significativas leyes sobre tasas en los precios de la tierra y de los granos
fueron:
Ley 27 de febrero de 1784 para Salamanca
Ley 6 de diciembre de 1785 para Ciudad Rodrigo
Ley 15 de junio de 1788 para Ciudad Rodrigo
Ley 27 de noviembre de 1789 para Salamanca
Ley 26 de octubre de 1790 para Zamora
Ley 23 de marzo de 1791 para Salamanca
Ley 2 de noviembre de 1801 para Palencia, Toro y Zamora
Ley 11 de noviembre de 1802 para todo el territorio nacional
Leyes sobre el repartimiento de las tierras de Propios y Baldíos
Las leyes que repartían la tierra comunal entre jornaleros,
azadoneros y pegujaleros, comenzaron a emitirse a partir de
1766; sin embargo, la complejidad y dificultad de ese reparto
originó numerosas provisiones de matiz local o regional. El boicot de las clases poderosas hizo replantear la filosofía de estas
leyes, y la ley de Mayo de 1770 supuso -como se ha vistouna radical modificación del espíritu surgido en 1766; desde
entonces fueron los propietarios de dos o más yuntas los beneficiados en estos repartos de bienes de la Comunidad. Las leyes recopiladas en el expediente fueron:
Ley 2 de mayo de 1766 para Extremadura
Ley 12 de junio de 1767 para Andalucía
Ley 29 de septiembre de 1767 para todo el país
Ley 2 de noviembre de 1767 para Badajoz
Ley 2 de diciembre de 1767 para Osuna
Ley 20 de mayo de 1768 para Olvera
Ley 20 de mayo de 1768 para toda la Mancha
Ley 6 de diciembre de 1768 para Algeciras
303
Ley 2 de diciembre de 1769 para Burgos
Ley 29 de noviembre de 1769 para Novés
Ley 26 de mayo de 1770 para todo el país
Ley 29 de noviembre de 1771 para Sevilla
304
Fuentes y Bibliografía
FUENTES
Por las. peculiaridades de este trabajo, centrado en el análisis del expediente de Ley Agraria, los fondos documentales
son, obligatoriamente, los del propio expediente; legajos 1.840,
1. 841, 1. 842, 1. 843 y 1. 844, de la sección de Consejos del Archivo Histórico Nacional. Sin embargo, han sido de gran utilidad la consulta de fuentes auxiliares que han arrojado luz sobre puntos oscuros o ambiguos que aquél mostraba. Así, el estudio promenorizado de 12 comunidades rurales de Ciudad Rodrigo obligó a consultar algunas de las fuentes catastrales y demográficas existentes para la segunda mitad del siglo XVIII.
Archivos Nacionales
Archiao Histórico Nacional
Sección de Consejos:
Legs.:
Legs.:
1.840, 1.841, 1.842, 1.843 y
1.844 (expediente de L.A.)
1.534 (Pleito entre labradores
y arrendatarios de Ciudad Rodrigo entre 1780 y 1808).
305
Leg.:
Legs.:
Sección de Hacienda: Libs:
489 (Diversos informes de intendente^ castellanos de la segunda mitad del siglo XVIII)
1.365 y 3.658 (diversos asuntos relativos a la Sociedad Económica Matritense)
7.476, 7477 y 7.478 (MapasResumenes de las Respuestas
Generales de la provincia de
Salamanca)
Archiao General de Simancas
Sección de Hacienda: Libs.: 536 y 537 (Mayor Hacendado del Partido de Ciudad Rodrigo)
Archiuo Academia de la Historia
Censo de Aranda: Pueblos del Obispado de Ciudad Rodrigo
(Incompletos).
Censo de Floridablanca: Leg.: 6.240 (Provincia de Salamanca).
Biblioteca Nacional
Sección Manuscritos: Memorial Ajustado sobre el establecimiento de una Ley Agraria. Madrid,
1784.
Memorial Ajustado entre la Diputación
de Extremadura y la Mesta. Madrid,
1771.
Memorial de Concordancia entre la Diputación de Extremadura y Mesta. Madrid, 1783.
306
Archivos Locales
Archiaos Parroquiales
Villar de la Yegua (Salamanca): Libro de Bautizados, desposados y difuntos. (17401803).
Bañobarez (Salamanca: Libros de Defunciones, núms. 1, 2,
3, y 5, 6, 7. (1631-1851)
Libros de Tazmizas núms. 1, 2 y 3
(1784-1833).
Archiao Ducal de Villahermosa (Madrid):
Sección Luna: Legs.: 9(Arrendamientos de las tierras del señorío en 1751).
Legs.: 8(Arrendamientos de tierra en varios
pueblos en 1780).
Legs.: 2 bis (Arrendamiento de pastos del se_
ñorío entre 1723-1799).
Legs.: 1(Arrendamiento de quiñones en varios pueblos en 1777).
Legs.: 26 (Arrendamiento de tierras de regadío en 1760).
Archiao Fundación Uniaersitaria Española y Archiao particular de los
Herederos de Rodríguez Moñino
Diversos papeles relativos a Campomanes.
Archivo Sociedad Económica Matritense
Papeles varios referentes a la clase de Agricultura.
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de Campomanes... sobre establecimiento de una Ley Agraria. Madrid, 1784.
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trata del honrado Consejo de la Mesta con la Diputación General.del Reino y Provincia de Extremadura ante el Ilmo.
Sr. Conde de Campomanes del Consejo y Cámara de S.M.
su primer Fiscal y Presidente del mismo Honrado Concejo.
Madrid, 1783. 2 volúmenes.
MEMORIAL AJUSTADO, hecho en virtud de Decreto del
Consejo, del expediente consultivo, que pende en él, en fuerza
de Real Orden, comunicada por la Secretaría de Estado y
del despacho universal de Hacienda, con fecha en San Ildefonso de 20 de julio del año 1764. Entre don Vicente Paino
y Hurtado, por sí, y toda la provincia de Extremadura, y
el Honrado Concejo de la Mesta general de estos Reinos...
sobre que se pongan en práctica los diecisiete capítulos o medios que en representación puesta en las reales manos de S.M.
propone el Diputado de las ciudades y provincias de Extre-
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madura, para fomentar en ella la agricultura y cría de ganados y corregir los abusos de los ganaderos trashumantes.
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321
Apéndices
Apéndice n°. 1
Grandes arrendatarios de Ciudad Rodrigo en 1790
Resumen de las tierras que en el Partido de Ciudad Rodrigo
llevan en arrendamiento 16 labradores
(A.H.N. Consejos; Leg. 1534. Pza. 19)
Labradores
.
J uan Matías de Arozarena . . . . . . . . . .
Josef Prieto Ramajo .. . . .. .. . . . .....
Josef Maldonado ..................
Antonio Corbalán ... . . . .. .. . . .. .. ..
Francisco Carrillo . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Manuel de las Casas ...............
Gabriel Montes . . . . .. .. .. .. . . . . . . . .
Francisco Notario ..................
Josef Alonso ......................
V icente Tarabilla . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Josef Alba ........................
Ignacio Rodríguez .................
Pedro y Nicolás Calvo . . . . . . . . . . . . . .
Josef Pablo y Compañeros ..........
Juan y Francisco Benito ............
Domingo Plaza y Compañeros .......
Total ....................
Cabida tota[
•
Labora!
7.650
4.646
3.502
3.596
2.072
4.972
3.288
2.334
2.430
988
2.200
1.919
1.452
1.600
913
1.258
1.802
522
1.232
1.317
408
1.767
1.164
757
800
660
1.200
1.511
1.322
300
385
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44.823
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Apéndice n°. 4
Labradores y jorna[eros de 12 pueblos de Ciudad Rodrigo en 1752, 1787 y 1790
LABRADORES
1787
1790
I 752
1787
1790
81
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27
14
21
91
50
47
44
41
40
64
55
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44
13
18
51
40
56
19
12
62
65
59
49
54
16
25
49
48
63
22
68
72
14
6
25
6
7
3
7
6
15
12
7
31
6
29
7
1
50
18
20
3
25
15
36
-
520
435
525
108
205
36
1752
Alameda ......
Atalaya .......
Aldea ........
.
Campillo .
Castillejo .....
Encina .......
Espejos .......
Olmedo ......
P astores ......
Sexmiro ......
V illar Yegua ..
Zamarra ......
fORNALER OS
Fuentes: Catastro de Censados, Censo de Floridablanca y Leg. 1.534 de la
sección de Consejos del A.H.N.
327
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Distribución dt las suertes arrendadas tn un pueblo salmantino en 1769:
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1
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20
25
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12
12
12
6
10
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30
25
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2 ° hoja fanegas
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10
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12
12
12
12
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9
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11
11
11
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13
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18
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15
12
15
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15
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11
13
329
1
1
1
1
1
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12
7
20
4
15
12
7
20
4
15
11
6
18
4
13
683
641
559
Total: 1.883 fanegadas labrantias que se reparten de este modo entre
los 43 labradores del lugar.
(En A.H.N. Consejo, Leg. 1.534. Año 1769).
330
OTROS TITULOS PUBLICADOS
SERIE ESTUDIOS
1.
La innoaación tecnológica y su difusión en la agricultura, por
Manuel García Ferrando. Año 1976.
2.
La explotación agraria familiar. Varios autores. Año 1977.
3.
Profiiedad, herencia y diaisión de la ex;blotación agraria. La sucesión en el Derecho Agrario, por José Luis de los Mozos. Año
^
1977.
4.
El latifundio. Profiiedady ex^ilotación, SS. XVIII-XX, por Miguel Artola y otros. Año 1978.
5.
La formación de la Agroindustria en Esfiaña (1960-1970), por
Rafael Juan i Fenollar. Año 1978.
6.
Antropología de la ferocidad cotidiana: Superaiaencia y trabajo
en una comunidad cántabra, por Javier López Linage. Año
1978.
7.
La conflictiaidad campesina en la proaincia de Córdoba
(1931-1935), por Manuel Pérez Yruela. Año 1979.
8.
El sector oleícola y el oliaar: Oligopolio y coste de recolección, por
Agustín López Ontiveros. Año 1978.
9.
Propietarios muy fiobres. Sobre la subordinación política del ^iequeño campesino (La Confederación Nacional Católico-Agraria,
1917-1942), por Juan José Castillo. Año 1979.
10.
La eaolución del campesinado: La agricultura en el desarrollo capitalista, por Miren Etxezarreta. Año 1979.
1 1.
La agricultura esfiañola a mediados del siglo XIX (1850-1870).
Resultados de una encuesta agraria de la época, por Joaquín del
Moral Ruiz. Año 1979.
12.
Crisis económica y empleo en Andalucía, por Antonio Titos
Moreno y José Javier Rodríguez Alcaide. Año 1979.
13.
Aproveckamiento en común de pastos y leñas, por Manuel Cuadrado Iglesias. Año 1980.
14.
Prensa agraria en la Esf^aña de la Ilustración. el Semanario de
Agricultura y Artes dirigido a los párrocos (1797-1808), por Fernando Díez Rodríguez. Año 1980.
15.
Agricultura a tiem^o ^iarcial en el País Valenciano. Naturaleza
y efectos del fenómeno en el regadío litoral, por Eladio Arnalte
Alegre. año 1980.
16.
Las agriculturas andaluzas, por Grupo ERA (Estudios Rurales Andaluces). Año 1980.
17.
El problema agrario en Cataluña. La cuestión Rabassaire
(1890-1936), por Albert Balcells. Año 1980. ^
18.
Expansión vinícola y atraso agrario (1870-1900), por Teresa
Carnero i Arbat. Año 1980.
19.
Propiedad y uso de la tierra en la Baja Andalucía. Carmona, siglos XIII-XX, por Josefina Cruz Villalón. Año 1980.
20.
Tierra y parentesco en el camfio sevillano: la revolución agrícola
del siglo XIX, por François Heran. Año 1980.
21.
Investigación Agraria y organización social. Estudio sociológico
del INIA, por Manuel García Ferrando y Pedro González Blasco. Año 1981.
22.
Energía y^iroducción de alimentos, por Gerald Leach. Año
1981.
23.
El régimen comunal agrario de los Concejos de Castilla, por José M. Mangas Navas. Año 1981.
24.
La política de aceite comestibles en la España del sigo XX, por
Carlos Tío. Año 1982.
25.
Camposy campesinos de la Andalucía mediterránea, por Christian Mignon. Año 1982.
26.
Agricultura y capitalismo. Análisis de la fiequeña ^iroducción campesina, por Emilio Pérez Touriño. Año 1983.
27.
La aenta de tierras baldías. El comunitarismo agrario y la Corona de Castilla durante el siglo XVI, por David E. Vassberg.
Año 1983.
28. ^ Pro^iiedad y sociedad rural en la Esfiaña mediterránea. Los casos
aalenciano y castellano en los siglos XIX y XX, por Juan Romero González. Año 1983.
29.
Estructura de la producción porcina en Aragón, por Javier Gros.
Año 1984.
30.
El boicot de la derecha a las reformas de la Segunda Refiública,
por Alejandro López López. Año 1984.
31.
Cor^ioratismo y agricultura. Asociaciones profesionales y articulación de intereses en la agricultura es;bañola, por Eduardo Moyano Estrada. Año 1984.
32.
Riqueza y firopiedad en la Castil[a del Antiguo Régimen. (La
proaincia de Toledo en el siglo XVIII), por Javier M. a Donezar. Año 1984.
33.
La ^iropiedad de la tierra en Es^iaña. Los Patrimonios Públicos,
por José M. Mangas Navas. Año 1984.
34.
Sobre agricultores y camfiesinos. Estudios de Sociología Rural en
España, por Eduardo Sevilla Guzmán (coordinador). Año
1984.
35.
La integración de la agricultura gallega en el ca^italismo. El horizonte de la C. E. E., por José Colino Sueiras. Año 1984.
36.
Economía y energía en la dehesa extremeña, por Pablo Campos Palacín. Año 1984.
37.
La agricultura valenciana de expostación y su formación histórica, por Juan Piqueras. Año 1985.
38.
La inserción de España en el com^ilejo soja-mundial, por Lourdes Viladomiú Canela. Año 1985.
39.
El consumo y la industria alimentaria en España, por Maria
Luisa Peinado Gracia. Año 1985:
40.
Lecturas sobre agricultura familiar, por Manuel Rodríguez
Zúñiga, Rosa Soria Gutiérrez (coordinadores). Año 1985
41.
La agricultura insuficiente, por Miren Etxezarreta Zubizarreta. Año 1985
^ERIE CLASICOS
1.
Agricultura General de Gabriel Alonso Herrera. Edición crítica
de Eloy Terrón. Año 1981.
2.
Colectivismo Agrario en España deJoaquín Costa. Edición crítica de Carlos Serrano. Año 1983.
3.
Aldeas, aldeanosy labriegos en la Galicia tradicional, por J. A.
Durán Iglesias. Año 1984.
^
4.
Valeriano Villanueva: Organización del cultivo y de la sociédad
agraria en Galicia y en la España atlántica. Edición, estudios
preliminares y notas de José A. Durán. Año 1985.
5.
Henry George: Progreso y miseria. Estudio preliminar de Ana
María Martín Uriz. Año 1985.
SERIE RECURSOS NATL'RALES
1.
Ecología de los hayedos meridionales ibéricos: el macizo de Ayllón, por J. E. Hernández Bermejo y M. Sanz Ollero. Segunda edición año 1984.
SERIE LEGISLACION
1.
Recopilación de normas. Núm. 1. Ganadería. Año 1978.
2.
Recopilación de normas. Pesca Marítima. Año 1981.
SERIE TECNICA
1.
La técnica y tecnología del riego por as^iersión, por Pedro Gómez Pompa. Año 1981.
2.
La energía solar, el hombrey la agricultura, por José J. García
Badell. Año 1982.
3.
Fruticultura. Fisiología, ecología del árbol frulal y tecnología aplicada, por Jesús Vozmediano. Año 1982.
4.
Bases técnicas y aplicatiaas de la mejora genética del ganado aacuno lechero, por V. Calcedo Ordoñez. Año 1983.
5.
Manual f^ara la interf^retación y aplicación de las tarifas eléctricas en el sector agrario, por Rafael Calvo Baguena y Pedro
Molezún Rebellón. Año 1984.
6.
Patología e Higiene Animal, por Manuel Rodríguez Rebollo. Año 1985.
7.
Animales y Contaminación Biótica Ambiental, por Laureano
Saiz Moreno y Carlos Compairé Fernández. Año 1985.
8.
La agricultura y el ahorro energético, por José Javier GarcíaBadell. Año 1985.
^
9.
El espacio rural en la Ordenación del Territorio, por pomin ^o
Gómez Orea. Año 1985.
10.
La informática, una herramienta al seraicio del agricultor, por
Primitivo Gómez Torán. Año 1985.
P. V. P.: ].500 Ptas.
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