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16 de febrero de 2007
La Universidad recupera los frescos de Luis Quintanilla Encargados para la Exposición Universal de Nueva York de 1939 y dados por
desaparecidos, aparecen en los pasillos de un cine de la ciudad
norteamericana
La llegada a Santander de cinco frescos del pintor Luis Quintanilla ha hecho realidad una
aspiración de la Universidad de Cantabria y supuesto el final de un largo viaje que se iniciaba
en Nueva York y acababa en el Paraninfo Universitario, a donde llegaban ayer en transporte
especial, con las adecuadas medidas de seguridad, las obras de este artista nacido en
Santander en 1893.
La Universidad de Cantabria ha logrado traer a Cantabria los cinco frescos que fueron pintados
por Luis Quintanilla para la Exposición Universal celebrada en Nueva York en el año 1939. Un
viaje a la ciudad norteamericana de representantes de la UC a principios de febrero ha dado
por finalizado un largo proceso de adquisición de esta importante obra y una aspiración de la
UC de recuperar y traer a Cantabria los frescos de uno de sus artistas más insignes y también
más olvidados debido a los avatares políticos que le tocaron vivir.
La obra recién llegada a Santander fue depositada en el vestíbulo del Paraninfo Universitario
(calle Sevilla), en donde se procederá a su instalación definitiva y restauración, en exposición
abierta y permanente.
Los frescos son cinco enormes paneles, pintados sobre placas de hormigón. La historia de
estas obras data de una fecha clave en la historia de España: 1939. Ese año se celebró la
Exposición Universal de Nueva York. El gobierno español de la República encargó a un equipo
de artistas la decoración del Pabellón español en esta muestra internacional. Los artistas
elegidos fueron el pintor Sunyer, el escultor Joan Rebull y el fresquista Luis Quintanilla.
Por esta razón, el artista santanderino se traslada a Nueva York, alquilando un estudio en la
Quinta Avenida. Se trata, pues, de un encargo análogo al que el mismo Gobierno había
realizado a Picasso para la Exposición Internacional de París de 1937, el decir, el Guernica.
Según diría el propio artista para protegerlos posteriormente, los frescos habían desaparecido,
se habían destruido cuando se inundó el almacén donde estaban guardados. Todos lo creyeron
así hasta que en 1990 fueron descubiertos en los pasillos de un cine “porno” de Nueva York.
Comienzan las negociaciones, cuyo objetivo final es recuperar esta obra de Quintanilla y
devolverla a España.
Las obras que ayer llegaban al Paraninfo Universitario son las siguientes:
"Pain" (Dolor), "Hunger" (Hambre), "Destruction" (Destrucción); "Flight" (Huida) y "Soldiers"
(Soldados).
Se sabe que la prensa norteamericana del momento no llegó a comprender bien esta obra.
Hay que tener en cuenta que en 1939 la Guerra Civil Española había finalizado y al parecer, y
debido a estas trágicas circunstancias, los espectadores americanos esperaban un mayor
patetismo en la obra de Quintanilla, brutales escenas que mostraran claramente lo monstruosa
que es una guerra, y esto no es lo que se encontraba en una primera lectura de los frescos, a
pesar de que el pintor había puesto el énfasis en el patetismo que encierra una guerra civil,
entre hermanos.
Quintanilla no relata hechos concretos de la guerra en estas obras en las que hay que destacar
sobre todo su sentido poético. Denuncia el dolor, la destrucción y el horror que una guerra
produce siempre y la desolación que, inevitablemente deja tras de sí. Es por eso por lo que
destaca su vigencia, más allá de su mera representación o significado histórico.
Los frescos partieron de infinidad de apuntes realizados por Quintanilla y se gestaron cuando el
pintor estaba ya fuera de España, con el amargo poso que las imágenes de destrucción y
horror habían dejado en la retina del artista.
El fresco titulado "Hambre" muestra un grupo de mujeres que se yergue ante el espectador
con un aire de infinita tristeza. En un primer plano, una mujer, sentada de espaldas, esconde
su rostro entre las manos.
"Destrucción" es posiblemente el más simbólico de todos los frescos. La tierra parece abrirse,
como una enorme fosa común y nos enseña, por doquier, seres muertos, especialmente
mujeres y niños.
"Fuga": el sobrecogimiento al contemplar a un grupo de mujeres y niños, acompañados de un
ciego, obligados a huir de sus hogares destruidos por la guerra.
"Dolor" habla de algo tan real y tangible como el dolor físico y de un dolor quizá más hondo,
el dolor moral.
"Soldados", por último, muestra la otra realidad de la guerra, la de los combatientes.
LUIS QUINTANILLA ISASI
El 21 de junio de 1893 nacía, en el número 13 de la santanderina calle de Santa Lucía, Luis
Quintanilla Isasi. Viene al mundo en el seno de una familia burguesa. En 1903 la familia se
traslada a vivir a Madrid, en donde Luis Quintanilla comenzará sus estudios de Bachillerato,
tras lo cual su familia le traslada durante dos cursos a estudiar a Deusto para preparar el
ingreso en la carrera que en un principio había decidido estudiar: arquitectura.
Sin embargo pronto comienza con su pasión, o mejor, compaginando sus dos grandes
pasiones: pintar (su primer estudio, en la popular Cuesta del Hospital de Santander) y viajar;
tras conocer al capitán de un barco decide enrolarse en la Marina: creía que así tendría más
tiempo para pintar y conocer mundo. Apenas tenía 18 años cuando viaja a Brasil y de allí a
Paris. En la capital francesa conoce a una serie de artistas, entre ellos Juan Gris. En Alemania
vive el ambiente prebélico de la primera guerra mundial y, de primera mano, el
expresionismo alemán. Sale de Alemania­ no sin dificultades debido a la guerra­, llega a París
nuevamente y, allí, decide regresar a España.
A su regreso a nuestro país y mecido por una cierta inactividad. Conoce a una serie de
personajes claves en la vida santanderina de los que se hace asiduo y con quienes participa en
tertulias: Gerardo Alvear, Miguel Artigas, José Valdor, Ortiz de la Torre.
El ambiente de calma de Santander choca con el espíritu aventurero, bohemio de Quintanilla.
Se marcha a Madrid, en donde comparte estudio con el escultor Victorio Macho. Conoce a
mucha gente, se mueve en los círculos artísticos e intelectuales de la capital. Entabla gran
amistad con Machado.
Vuelve a París. La amistad más importante surgida en estos momentos es la que le une para
siempre a Ernest Hemingway a quien conoce en el mismo año (1921) en que llega a España el
escritor norteamericano.
Tras una estancia en Italia y en Francia, vuelve a España. Empieza a recibir encargos: los
frescos del Consulado de Hendaya, dos frescos para el Pabellón de Gobierno de la Ciudad
Universitaria, para el Museo de Arte Moderno de Madrid en donde en 1934 inaugura una
Exposición de Grabados de Estampas. En octubre de este mismo año es detenido en su
estudio el Comité revolucionario que preparaba la huelga general. Por este motivo es llevado
a la Cárcel Modelo. Durante los meses que permanece en prisión sigue pintando. De esta
época data su importante colección de dibujos de la cárcel, base de una reciente exposición
promovida por la Universidad de Cantabria bajo el comisariado de Esther López Sobrado.
Titulada “Luis Quintanilla (1893­1978). Estampas y dibujos en el legado de Paul Quintanilla”,
la muestra pudo visitarse en el Paraninfo del 26 de mayo al 16 de julio de 2005.
Una vez en libertad, Quintanilla reanuda uno de sus trabajos: el monumento a Pablo Iglesias.
Su actividad artística se compagina con su compromiso y actividad política, más enraizada aún
a partir de la sublevación militar de 1936.
Durante la guerra sigue pintando. En 1938 el Museo MOMA de Nueva York acoge una
exposición de sus dibujos titulada ama la paz, odia la guerra. El éxito de esta muestra hace
que el gobierno de la República le elija como uno de los artistas para la Exposición Universal
de Nueva York. Allí se traslada, se casa y nace su único hijo, Paul. Inicia una fructífera y
polifacética actividad artística. Pinta, ilustra libros, modela cerámica e incluso comienza a
escribir teatro.
Tras veinte años de exilio americano, se traslada a París. Aquí se dedica frenéticamente al
encuentro de amigos exiliados en Europa y a escribir. Su salud se va deteriorando y hacia
1976 consigue uno de sus mayores anhelos: regresar a España. Dos años después muere en
Madrid, rodeado de algunos amigos y familiares. No pudo contemplar una de las exposiciones
que más ansiaba: la que escasos días después de su muerte se abría en el Museo de Arte de
Santander.
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