Moraleja politica del Prestige

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Moraleja política del Prestige
Manuel Peinado Lorca*
En Galicia se han concitado varias mareas. Una, la más visible, la negra. Otra, la
mejor, la más positiva, ha sido la marea de solidaridad de los miles de voluntarios que
trabajan estos días codo con codo en defensa del litoral. Una tercera, la que envuelve
aún el conjunto de ocultamientos, verdades a medias, indecisiones, y decisiones
precipitadas o erróneas que han jalonado el precioso tiempo durante el cual, apoyado
por los vientos y favorecido por el cúmulo de errores cometidos, se ha producido la
enorme dispersión del vertido contaminante. Pero hay una cuarta marea, la que
superficialmente menos se ve, pero que constituye el núcleo central del problema: la
marea de las convicciones políticas que desconfían de lo público, tienden a adelgazar a
los estados y acaban por maniatar a los gobiernos, permitiendo que unos pocos rapiñen
la mina de los beneficios y dejen la inservible escoria de la catástrofe a la respuesta
humana de la solidaridad.
Entender esa marea política es un factor clave en la interpretación de las
consecuencias derivadas del hundimiento del Prestige y para tratar de evitar que se
vuelvan a repetir. Nadie puede pensar razonablemente que las instituciones
medioambientales internacionalmente responsables ignoren el riesgo que entrañan las
condiciones técnicas bajo las que se realiza el transporte de crudo a escala mundial. Un
interminable rosario de catástrofes ecológicas con nombre de petrolero jalonan el fin del
siglo y amenazan con ennegrecer el nuevo milenio. Pero hasta ahora ha prevalecido el
interés de unas compañías fraudulentas que han transformado las aguas públicas en un
billar oceánico privado y amañado en el que unos pocos jugadores ganan, y cuyo tapete
azul es, de cuando en cuando, medio aniquilado por los desechos.
La doctrina de la eco-satisfacción que predican quienes, en nombre del
desarrollo, creen que los recursos naturales son inagotables y que la Tierra tiene
respuesta de autocuración frente a todas las agresiones, se sustenta en el pensamiento
único y en la política neoliberal. Caído el muro de Berlín y descalabrado el bloque
comunista, se ha instalado la bandera del neoliberalismo como referente único de lo
políticamente posible y deseable. Para los neoliberales, esa tropa heterogénea que en
España lidera Aznar, son los mercados los que tienen sentido de Estado. Empeñados en
adelgazar al Estado, el neoliberalismo aporta una doctrina sociopolítica y económica
redentora fundada en la vieja máxima del “laissez faire, laissez passer”, cuya
edulcorada sublimación no es otra que la que reza que el mercado es bueno y las
intervenciones estatales malas. La “mano invisible” del libre mercado corregirá los
malos efectos del crecimiento a ultranza, pontifican. Menos Estado y menos Gobierno,
nos dicen. Más que la acción del Estado, los conservadores españoles prefieren la
omisión del Estado salvo cuando se trata de escopetear la caza mayor en los parques
nacionales. Ahora, cuando aparece la tragedia, se van de caza, no aparece el Gobierno y
parece no existir el Estado.
Durante sus seis años de Gobierno, el PP ha sido muy claro recetando más
mercado y menos Estado. En ese mensaje tantas veces repetido está la clave para juzgar
su ineficaz respuesta política. Las prioridades del Gobierno del PP son otras y ahora los
gallegos sufren los efectos de una ideología que se jacta de reducir el volumen y la
capacidad de acción del Estado. Nos desenvolvemos en una tecnosfera que ha traído
consigo la llamada sociedad de riesgo, sujeta a las respuestas catastróficas naturales,
pero también a las de un medio natural que da respuesta a las agresiones que sufre desde
el frente tecnológico. En esa sociedad de riesgo el Estado no puede dejar de prestar los
servicios básicos que la protección de la ciudadanía requiere.
Ese abandono de la responsabilidad de lo público es lo que ha dejado sin
respuesta al Gobierno Aznar. Se han pasado años alardeando de los benéficos efectos de
lo privado frente al despilfarro de lo público. Aznar y sus turiferarios han pasado todo
este tiempo presumiendo de que estábamos ante un hombre de Estado y, ahora, cuando
más lo necesitamos, comprobamos que no tenía Estado detrás. La marea negra ha
venido a recordarnos la necesidad de una respuesta rápida, contundente y eficaz por
parte del Estado cuando la mano del mercado, repleta de beneficios, huye del campo de
batalla dejando un enorme y trágico vacío que sólo la solidaridad trata de colmar.
Cuando los gallegos han querido proteger al litoral, ese bien público que necesitan para
vivir, se han encontrado con que no tenían Estado.
Ahora, un tanto aturdidos, asistimos a una leve caída del telón de fondo que
diseña el pensamiento único, ese velo azul que nos envuelve adormeciendo nuestra
voluntad y, de paso, queriendo que comulguemos con ruedas de molino, enseñándonos
las vergüenzas de su insostenible contradicción: el capitalismo voraz atenta contra
nuestros derechos más elementales, porque, al desarbolar al Estado, nos damos
trágicamente cuenta de la incapacidad de los gobiernos para dar respuestas a problemas
esenciales como la seguridad de nuestros mares o la defensa del medioambiente.
Y así, mientras que el Estado y las mancomunidades de estados como la Unión
Europea se ven una y otra vez desbordados, los electores dirigen su airada mirada a
políticos y gobernantes que, abrumados por las enormes presiones de la economía
transnacional y del liberalismo que tanto habían alabado, ven que la actividad política es
impotente para dar respuestas. Por eso, cada vez es más palpable que el Estado pierde su
legitimidad. Por eso, ennegrecidos por el fuel que arrancan de los mares, agotados por el
descomunal esfuerzo de luchar por su agua y por su pan, los pescadores gallegos, hijos
de la ira, se vuelven contra aquellos a quienes habían votado.
La gran moraleja de lo que está pasando en Galicia es la de la noble entrega de
un voluntariado descoordinado y sin medios que, a dentelladas, tratar de paliar una
tragedia que le supera con mucho y cuya responsabilidad incumbe a un Estado
impotente del que lo único que se nos ha enseñado es a sospechar. En Galicia no
apareció el Estado, sólo ciudadanos organizados y solidarios. Y ahora, ¿para qué
queremos a este Gobierno? Aznar, ofensivo y displicente, ineficaz y soberbio, capitán
de un Gobierno desarbolado, no ha bajado a las playas. Al fin y al cabo, ¿qué iba a
poder decir? Nada.
*
Manuel Peinado Lorca es alcalde de Alcalá de Henares.
Diario de Alcalá,17 de diciembre de 2002.
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