1 Llorar de impotencia.

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Llorar de impotencia.
Aprender: una obstinación existencial.
Fernando Bárcena
Universidad Complutense de Madrid
Ningún aprendizaje evita el viaje. Con la orientación de un guía, la educación
empuja hacia el exterior. Parte: sal. Sal del vientre de tu madre, de la cuna, de
la sombra protectora de la casa paterna y los paisajes juveniles. Al viento y a la
lluvia: allí faltan todos los abrigos. Tus ideas iniciales no repiten sino palabras
antiguas. Joven: viejo parlanchín. El viaje de los hijos, he aquí el sentido
desnudo de la palabra griega pedagogía. Aprender provoca la errancia.
MICHEL SERRES, Le tiers-instruit.
Introducción: llorar de impotencia.
Hace poco más de una década, en el año 2000, publiqué un texto en el que trataba de
pensar la experiencia del aprender como un acontecimiento ético. Al releer aquél ensayo mío
hace poco, mientras pensaba sobre qué quería escribir para esta ocasión, me quedé un poco
parado en las líneas con las que comenzaba entonces, porque sorprendentemente parece que,
en esencia, tienen la misma afinidad de pensamiento de lo que pienso ahora sobre el mismo
asunto (al parecer, cambiamos muy poco nuestros puntos de vista; lo que no sé si es bueno o
malo). Me va a permitir el lector que recurra a ese viejo texto mío para comenzar este ensayo:
No es fácil aprender. El alumno que estudia quizá no sabe cómo aprende, pero
tal vez aprende. El padre y la madre no saben cómo aprenden cuál es su
ejercicio, si es que lo aprenden. Pero incluso a veces aprenden cada vez que se
entregan a esa vida joven de sus hijos. El ciudadano no sabe ni cómo ni dónde
se aprende su arte de la civilidad. Y aprende. Aunque quizá lo hace, sobre todo,
cuando se entrega, sin más, al desorden de la vida, encadenando, como por
casualidad, acciones propias del oficio ciudadano. Estamos acostumbrados a
pensar la experiencia del aprendizaje como actividad que se pone al servicio de
lo que nos orienta y nos centra en la búsqueda de un objetivo o meta educativa
nítidamente definida. Aprendemos según ese formato: como un sistema de
señalizaciones que nos permite saber a cada momento dónde estamos y hacia
dónde queremos dirigirnos. Punto y final de partida claros. Según esta lógica,
para aprender lo primero que hay que hacer es tomar conciencia de lo que antes
de aprender ya sabíamos y articular lo que está por aprender sobre lo ya
aprendido. Construimos el aprendizaje, de forma significativa, cuando lo que se
da a aprender queda articulado, como algo nuevo, sobre lo que ya sabíamos,
incluso, a veces, al precio de deformar lo nuevo para ajustarse a lo viejo. Pero
esta lógica es errónea. Pues es justamente lo nuevo que hay que aprender lo
que debe protegerse: la capacidad de novedad y de sorpresa. 1
Me gustaría destacar, de párrafo anterior, dos aspectos: la importancia de los momentos
1
Bárcena, F. (2000) El aprendizaje como actontecimiento ético. Enrahonar, , 31, p. 9.
2
de desorientación en la experiencia del aprendizaje y la toma de conciencia. Estos dos
aspectos son los que sigo manteniendo hoy, doce años después, aunque con algunos matices
que espero aclarar a lo largo de las siguientes páginas. Comencemos.
...
El aprender no tiene que ver con una lúcida voluntad que anticipa el curso futuro de
nuestros aprendizajes (una forma de poder), sino con una suerte de obstinación existencial
que, pese a todos los obstáculos que puede encontrar en su recorrido, nos mantiene en el
camino aunque nos haga sufrir, llorando de impotencia. El aprender tiene que ver con el
tiempo, y es precisamente el tiempo, como categoría imprescindible para pensar, no solo la
educación, en general, sino el aprender, lo que, en nombre de la educación, la pedagogía
dominante ha destruido. El lema aprender a lo largo de toda la vida es la fórmula elegida que
ha desbaratado la temporalidad en el aprender, entendida como cierta clase de duración;
porque el aprender es lo que pasa entre un principio y un final, entre un comienzo y una
conclusión, un antes y un después (algo, por tanto, que dura un tiempo), y no con una
modalidad de tiempo que parece durar, aunque se refiera a una vida, eternamente.
Trataré de explicar esto poniendo en relación con el aprender dos categorías: el placer
y el dolor.
Es cierto que aprender tiene que ver, en cierto sentido, con el placer, «cuya forma
resulta perfecta en todo momento, perpetuamente en acción» 2. Ahora bien, al ser acción, al
tener su expresión plena en la acción, el placer nunca se desarrolla en el tiempo; o a lo largo
del tiempo. Aprender es, de hecho, tener que asumir y tener que experimentar ese paso de la
potencia al acto. Ahí si hay tiempo: el tiempo de la duración: porque la potencia tiene que ver
con un cierto grado (o duración) de tiempo. La potencia, en tanto que potencia, es lo que
nunca está en la acción, la que nunca alcanza su fin; el estado de pura potencia es, pues,
cierto estado de dolor, cierto sufrir, cierto modo de padecer. Y dejamos de sufrir, y entonces el
dolor se desvanece, cuando la potencia se realiza.
Así pues, aprender tiene que ver con el hecho de poder superar la fase de una mera
potencia no actualizada, que permanece como potencia de algo: quien se instala eternamente
en ella sufre, precisamente, de impotencia, por su incapacidad, por así decir, de llegar al acto.
Si recurrimos a la filosofía de Aristóteles encontramos, en el libro IX de la Metafísica, la
definición que nos da la potencia (dýnamis) como algo estrechamente vinculado a la
«impotencia» (adynamía). Toda potencia es, al mismo tiempo, impotencia de lo mismo y
respecto de lo mismo: de lo que es potencia 3. O lo que es igual: todo «poder de hacer» es,
siempre, un «poder de no-hacer» (cierta clase de impotencia), de modo que lo que define la
potencia humana es simultáneamente potencia de ser y de no ser, de hacer y de no-hacer.
Esto expone al hombre, por supuesto, al riesgo del error, pero a la vez le permite acumular y
dominar libremente sus propias capacidades, y transformarlas en facultades.
El poder democrático, que afecta de lleno a la llamada sociedad del aprendizaje,
2
3
Agamben, G. (1989) Idea de la prosa, Barcelona, Península, p. 53.
Aristóteles, Metafísica, Madrid, Gredos, 2001, 1046a, pp. 29-31.
3
separa a los hombres, no sólo de lo que pueden hacer, sino de su poder de no-hacer. Separado
de su impotencia —es decir, «extrañándola»— y privado de la experiencia de lo que puede nohacer, el hombre, sorprendentemente, es menos libre y menos capaz de resistencia. Como dice
Agamben: «El hombre de hoy se cree capaz de todo y repite su jovial ‘no hay problema’ y su
irresponsable ‘puede hacerse’, precisamente cuando, por el contrario, debería darse cuenta de
que está entregado de manera inaudita a fuerzas y procesos sobre los que ha perdido su
control»4. Es ciego frente a sus incapacidades. Según el principio, supuestamente democrático
de «flexibilidad» —que ha devenido en la cualidad privilegiada que el mercado exige de cada
uno— el hombre puede ser una cosa y su contrario; cualquier cosa. De ahí que no deba
extrañar la confusión de los oficios y de las vocaciones, de las identidades profesionales y de
los roles sociales. Un ejemplo que nos es muy afín: en el ámbito universitario, de acuerdo con
la última reforma de los planes de estudios en Europa, en virtud del mencionado principio de
flexibilidad pedagógica, cualquier profesor ha de ser capaz de impartir cualquier tipo de
asignatura porque la unidad de medida de su dedicación no es ya su potencia (lo que sabe y
puede hacer) sino el famoso «crédito», una unidad bancaria de medida. O dicho de otro modo:
no somos capaces de ejercer nuestra capacidad de no poder hacer, que es la otra cara de la
potencia: nuestra im-potencia.
Así que el hombre que aprende (y ahora pienso en los jóvenes que sufren, como
víctimas propiciatorias, un sistema infame y cruel, que les obliga a tener que aprender a lo
largo de toda la vida), y se ve obligado a estar siempre en un aprender, en un saber y en un
poder que solo conoce la parte, digamos, clara, de la potencia: el poder de hacer. Se educa, o
se nos educa, en esa claridad un poco apolínea, en esa dimensión de la potencia que no deja
espacio alguno para habitar su parte más oscura y más dionisíaca: el poder de no-hacer. Al
sufrimiento natural de todo aprender, consistente en el esfuerzo que supone actualizar la
potencia (pasar de la potencia al acto), se suma el sufrimiento y el dolor de no saber qué
hacer con la impotencia, pues todo invita a lo contrario, es decir, a no saber cómo hacer en la
misma experiencia, pasaje o tránsito entre potencia y acto, o entre el antes y el después. Y,
entonces, el sentimiento que se tiene es el de que todas las puertas se han cerrado. Como
estatua, permanece inmóvil el aprendiz eterno en un punto que no es ni la potencia ni el acto,
ni el antes ni el después, pero tampoco, y eso es lo importante, tampoco el pasaje, el tránsito,
la experiencia de un ir hacia algún sitio. Se ha evaporado la experiencia del aprender como
algo que tiene que ver con cierta experiencia del tiempo y como una narración.
Las cosas, pues, no son nada fáciles, tratándose de la experiencia del aprender. Porque
si la educación, y por tanto el aprender, significa romper con algo y salir afuera, exponerse,
arriesgarse, la pedagogía dominante, en su afán de control y previsión, nos ha cerrado más
puertas de las que ha abierto, porque solo afirma ese poder de hacer. Hay una fuga bloqueada.
En nombre de la educación encerramos a los jóvenes (a los niños y adolescentes) en las
escuelas o en las universidades, les cerramos las puertas y les invitamos, una vez dentro, a
que aprendan eternamente. Eternamente niños; eternamente aprendices; eternamente
4
Agamben, G. (2010) Desnudez, Barcelona, Anagrama, p. 60.
4
menores de edad.5
La educación, pensada por cierta clase de pedagogía, tiene que ver, entonces, con las
ideas del control y del poder, con cierta noción de la potencia, pero no de la impotencia, en el
sentido ya señalado. Articulamos nuestros saberes, pero no hacemos un informe de nuestras
ignorancias: del resto poético que nos queda por hacer, por pensar, por aprender. Pero, de
hecho, ocurre que no terminamos de ponderar la importancia, y hasta la utilidad, del no-saber
para la vida. Como decía Paul Valéry,
«el ser humano puede actuar sólo porque está en
condición de no-saber y puede contentarse con una parte del saber que constituye su singular
peculiaridad».6 Lo que es inherente a la acción es que los que las llevan a cabo (por ejemplo:
la acción de educar, de ser padres, como la acción de amar) no pueden saber por anticipado
cómo va a terminar. Por eso hay cosas que se hacen, o que se intentan, porque no se sabe.
Sin un horizonte de no-saber que bordee nuestro saber, seríamos incapaces, de hecho, de
actuar, como dice Martin Seel.7
Este ensayo tiene que ver con estas imágenes (la impotencia, el no-saber, la puerta
cerrada), y trata de articular algunas reflexiones sobre lo que no se puede, sobre lo que no
sabemos, sobre lo que nos queda y con cierta obstinación existencial. Aprendemos como
existentes en un mundo de existentes; aprendemos si salimos afuera, si nos exponemos.
La obra de teatro de Jean-Paul Sartre Huis Clos («A puerta cerrada»), del año 1944,
se hizo famosa, sobre todo, por aquella famosa frase final: «El infierno son los otros». La obra
se inicia con el Mayordomo que conduce a un hombre llamado Garcin hacia un cuarto, que muy
pronto se identifica como el infierno. El cuarto no tiene espejos ni ventanas y sólo cuenta con
una puerta, tres sillones, una estatua de bronce y un abrecartas. Finalmente, una mujer, Inés,
entra a la habitación de Garcin, y posteriormente otra, Estelle. Después de que ambas
ingresen, el Mayordomo sale y la puerta es cerrada con llave. Todos esperan ser torturados,
pero no aparece torturador alguno. En lugar de ello, los personajes descubren que están ahí
para torturarse entre sí, lo que parecen estar logrando. Al principio, los tres observan
acontecimientos que les conciernen, y que suceden en la Tierra, pero finalmente son
abandonados con sus propios pensamientos y la compañía de los otros dos. Al final de la obra,
Garcin exige salir; tras decirlo, la puerta se abre, pero ninguno decide salir, ya que se dan
cuenta de que no pueden vivir los unos sin los otros.
Aunque esta obra de teatro parece explorar el concepto de la influencia de las miradas
ajenas en la psique personal —la mirada del otro es aquello que desnuda, mostrando al otro la
realidad del ser—, me gustaría aquí tomarla como pretexto para tratar de evocar otra idea: la
imposibilidad de una salida al exterior. Esta imposibilidad no se debe a ningún obstáculo o
impedimento externo —pues nada impide que al final los personajes salgan por la puerta que
se ha abierto, si lo desean—, sino al hecho de que ellos ya no desean salir afuera; no pueden
Bárcena, F. (2012) El aprendiz eterno. Filosofía, educación y el arte de vivir, Buenos Aires, Miño y
Dávila.
6
Valéry, P. (1960) Eupalinos ou l'arquitecte: l'âme et la danse, en Oeuvres, tomo 1, Paris, La
Pleéiade, p. 94.
7
Seel, M. (2010) De la desventaja y utilidad del no-saber para la vida, en El balance de la
autonomía. Cinco ensayos, Barcelona, Anthropos, p. 105.
5
5
vivir los unos sin los otros, se han acostumbrado demasiado a la tortura que ellos mismos se
infligen. Se han educado entre sí, se han habituado y una especie de pereza, mezclada con
cierta clase de cobardía, les impide salir y ver qué hay en el exterior.
La obra de teatro de Sartre me sirve aquí para tratar de decir otra cosa. Es mi pretexto, pues creo que en el mundo de la educación hoy pasa algo, hasta cierto punto, parecido:
en vez de hacer de la educación una práctica, una actividad o una experiencia que permita al
individuo salir y experimentar el mundo —atravesar las innumerables puertas que quizá están
todavía abiertas— parece que se está convirtiendo en un esfuerzo pedagógicamente denodado
por hacer que los jóvenes (niños y adolescentes) se adentren en la escuela, en la universidad o
en la fábrica y la oficina, cuando toca, y se acostumbren allí a estar con sus iguales, quizá
torturándose mutuamente.
Kant decía, en su famoso texto sobre la Ilustración, que la incapacidad para usar la
propia razón se debía a la pereza y a la cobardía, porque es mucho más cómodo caminar bajo
la tutela ajena que hacerlo (pensar y actual por uno mismo). En este sentido, la Ilustración es
un combate contra la ignorancia, contra la superstición, y concibe el saber como un
instrumento de liberación de toda clase de tutores. Para que la Ilustración, en este sentido,
ofrezca sus frutos se necesita, sin embargo, una firme voluntad capaz de huir de esa clase de
servidumbre que prefiere obedecer a cambio de seguridades y de cierto bienestar pasajero.
Pero hoy el saber y los conocimientos no están al servicio de esa emancipación, sino del
mercado. Se inscriben en la llamada sociedad del conocimiento. Personalmente, sospecho que
esa puerta de la educación, a diferencia de la del cuarto en la obra de Sartre, que finalmente
se abre, permanece definitivamente cerrada. Pero tengo muchas dudas. Incluso suponiendo
que existan algunas puertas abiertas, el caso es que no parece haber muchas salidas y sí, en
cambio, mucha corrupción, mucha corrosión y cierta dosis de parálisis.
Lo
que
propongo
al
lector
de
este
ensayo
son
tres
movimientos,
o
tres
desplazamientos. Primero le tengo que hablar de ciertos extravíos personales, que hicieron que
me obstinase en lo que hizo que me perdiera (Extravíos personales). Me adentro en la
decepción que supuso el comienzo de un aprender-otro. Luego voy a introduzco al posible
lector en lo que creí aprender de Deleuze (y lo aprendí dos veces, en dos tiempos) acerca del
aprender, para tratar de articularlo con dos intuiciones: que la educación tiene que ver con el
tiempo y con cierta clase de toma de conciencia súbita e impredecible (No se aprende a
voluntad). Por último le hablaré de un aprendiz frágil y obstinado (Un aprendizaje obstinado).
A ver que sale.
1. Extravíos personales.
Cuando en pedagogía queremos decir una palabra sobre el aprender, cuando nos
ponemos a escribir sobre eso que llamamos aprender o cuando queremos pensarlo para
después transmitir nuestros pensamientos a otros, incluso cuando nos ponemos a pensar en
cómo hacer para que nuestros estudiantes aprendan lo que les tratamos de enseñar (en mi
6
caso, filosofía de la educación) preferentemente vamos a los libros y a los textos, a ciertas
investigaciones ya realizadas por otros, vamos a las teorías y a los innumerables modelos de
aprendizaje ya constituidos; vamos a esas u otras fuentes, como productos ya elaborados que
fijan el aprender con una forma ya definitiva, y pretendemos, a partir de allí, deducir las reglas
o los principios, las estrategias o los procedimientos, en definitiva, el método que resolverá
nuestro problema: que el otro aprenda.
Pensamos que aprender es fijar en algún lugar de nosotros un determinado contenido.
Pero quizá olvidamos algunas cosas; olvidamos, por ejemplo, que el aprender, como cualquier
cambio de estado que sea resultado de una acción educativa (cuyo resultado es lo que en
algún momento de la historia del pensamiento se llamó Paideia o formación, Bildung), no
depende de nosotros, de nuestra acción profesional como educadores, o al menos no de una
forma absoluta o exacta, sino que depende del otro, y también del azar y de lo imprevisto (lo
que se escapa al control a la que toda pedagogía aspira en sus pretensiones de erigirse como
una saber de la formación del hombre); olvidamos regresar sobre las dificultades que nosotros
mismos tuvimos en nuestro propio trayecto de aprendizaje (no volvemos sobre nosotros
mismos, sobre nuestros pasos, sobre el marasmo de nuestra propia biografía, sobre nuestras
estupideces y despistes, sobre nuestras impotencias y sobre los innumerables atolladeros
existenciales en los que nos vimos metimos; nos exploramos nuestra propia subjetividad que
se ha ido formando, deformando y transformando, en definitiva); y, por último, no leemos a
los filósofos o a los pensadores o a los escritores que nos inspiran, los que son el objeto de
nuestra admiración o de nuestro rechazo, para ver cómo aprendieron ellos mismos a hacer lo
que hicieron y lo que elaboraron, pensaron o escribieron. Leemos su obras, e incluso las
estudiamos con la máxima atención, pero al mismo tiempo les exigimos una coherencia lógica
y argumental, la cual se fue elaborando a lo largo de su propio tiempo y se inscribió en sus
propias biografías, que no es posible que tengan. Quizá no les leemos como seres que fueron
aprendiendo, a lo largo de lo que fueron pensando, investigando o explorando, y en ese
aprendizaje cometiendo ellos mismos múltiples errores. Les leemos como autores, como
filósofos o como escritores que nos ofrecen sus productos pretendidamente acabados, pero no
como aprendices que aprendían avanzando y retrocediendo a medida que pensaban sus
propios asuntos.
En algún momento caí en la cuenta de que yo mismo tenía que buscar la verdad de lo
que creí haber conquistado centrando mejor mi atención en todas mis derrotas y en todas mis
frustraciones; también en mis decepciones. Y así me coloqué en un estado de perplejidad y de
melancolía que ponía el acento en todo lo que no había pensado, en todo lo que no había
vivido, en todo lo que me rodeaba y estaba mal; francamente mal. En mis dificultades para
aceptar el dolor que me rodeaba, en mi negativa para reconciliarme con la fragilidad que se
pegó a mi vida diaria, y que tiene nombre e idealicé, hasta convertir mi relación diaria, por
ejemplo con mi hijo, en algo que acabó adquiriendo una irrealidad asfixiante y extraña. Me
coloqué tan excesivamente en todo eso (en mi condición de profesor, en mi condición de
alguien que escribe constantemente cosas extrañas en sus innumerables cuadernos, en mi
7
condición de padre o de amante) que acabé por no saber ni quién era yo ni quienes eran los
otros.
Acabé por formular todo esto con una expresión que, en el fondo, fue una mala
ocurrencia: una pedagogía de presencia; como si fuera de verdad posible controlar (algo que
tiene que ver con la pedagogía) el hacernos presentes en nuestras cosas (algo que supone la
experiencia de la presencia), en la realidad o en los acontecimientos. Sigo pensando que, al
menos en lo que se refiere al modo como me ha dado por pensar la disciplina a la que me he
venido dedicando más de dos décadas, pensar la educación no es solamente conocer, sino
insistir en seguir pensando lo que nos da a pensar, cuando ese pensar no tiene muy claro en
qué derroteros nos va a conducir esa actividad. Es estar, como antes decía, en el no-saber. O
sea, que no todo pasa, al pensar filosóficamente la educación, por ese momento privilegiado
del conocimiento, sino que tiene que ver con ciertos ejercicios de pensamiento que son, al
mismo tiempo, ejercicios de transformación de uno mismo, y, por eso mismo, ejercicios donde
lo que pasa es tener que ejercitarse en aprender lo que no sabemos qué ni cómo hacerlo, ni de
qué manera. En este proceso nos vemos obligados a hacernos presentes en lo que pensamos,
pero esta presencia carece de posibilidad de control. Así, ni pensamos a voluntad ni
aprendemos como una tendencia natural. No basta con querer pensar para hacerlo, ni es
suficiente con querer aprender para lograrlo. Algo nos tiene que obligar a ello, algo nos tiene
que forzar, violentar; algo nos tiene que violar.
Y es en este punto donde, también hace poco, algo, o mejor, alguien, me forzó, sin ser
consciente de lo que hacía, a volver sobre mis pasos, a mis lecturas antiguas y a mis
aprendizajes pasados. Y volví sobre Deleuze, a quien nunca entendí muy bien del todo, aunque
eso no me preocupa ahora tanto como me preocupaba entonces; el propio Deleuze lo dice
cuando habla de sus cursos: lo importante para un alumno es despertarse en medio de la
lección que un maestro imparte, pero hacerlo en el momento apropiado. Así que lo que el
lector o la lectora tiene en sus manos, este ensayo, es como las derivas, los devenires, los ires
y venires de un aprendiz que quiere comprobar, volviendo sobre Deleuze, lo que el propio
Deleuze le dice, no solo sobre el aprender, sino sobre el aprender de aquél a propósito del cual
yo mismo hablo, sin decir apenas nada de él. De cómo Deleuze aprende o de cómo de Deleuze
se aprende es de lo que, en el fondo, va este ensayo, un poco caótico, como habrá advertido
ya quien esto lea, y un poco confuso, casi diríamos que un poco estúpido; pero es que
mientras se piensa lo que se piensa uno se siente como me siento yo ahora; con cara de bobo.
El extravío, la falta de orientación, el no sentirse seguro, y por tanto vulnerable y frágil;
la figura del concentrado en su tarea, pero aturdido y asombrado (¡no se imagina quien esto
lea la de vueltas que le he dado a este escrito, lo poco satisfecho que me encuentro de él y la
sensación que ahora mismo tengo de todo lo que no he podido decir, de todo lo que se me
queda dentro!), la figura, en fin, del estudioso (aquél que mira el mundo y parece, de
concentrado está, que lo está estudiando) es la que más conviene a quien aprende sin saber
que lo está haciendo. Nada que tenga que ver con lo que les enseñamos en nuestras
facultades a los alumnos que nos soportan diariamente. Es algo interminable; «El estudio es,
8
de hecho, interminable»8, dice Agamben. El estudio, esa manera de ponerse ante las cosas
como quien parece que las está estudiando, tiene que ver con un choque, con un golpe que
aturde y le pone a uno una cara un poco estúpida, un poco idiota y asombrada. Quien estudia
está en la condición de quien ha recibido un golpe y permanece estupefacto, incapaz de
reaccionar. Sufre y se apasiona.
He visto llorar a una joven lúcida, y que piensa brillantemente lo que le concierne y está
investigando, por sentirse sin control ante su tarea, por sentirse obnubilada, por hallarse
perdida en lo que le apasiona pensar y escribir, y como lo hace, además a las mil maravillas.
Porque habita su impotencia en lo que trata de aprender, que es, tanto lo que le pasa como el
objeto de su tarea intelectual. Nos enseñan el control pero no la impotencia. Llora de
impotencia pero no puede desprenderse de su impotencia, que le aturde, no de su tarea.
Alterna estupor y lucidez, acción y pasión, luz y sombra: ese es el ritmo del estudio, y no otro.
Quien estudia, y quien aprende, como quien piensa, tiene que estar en algún momento triste,
porque no hay «nada más amargo que una prologada demora en la potencia». 9 No se aprende
a voluntad, pero hay algunos obstinados que nos dan a pensar algunas cosas.
2. El aprender entre generaciones y una toma de conciencia.
Hace muchos años quedé literalmente atrapado de un pequeño libro de Deleuze: Proust
et les signes. Me quedé colgado de algunas de sus expresiones; por ejemplo, de esta:
aprendizaje de un hombre de letras.
Deleuze formula esta frase al comienzo de su libro, cuando se pregunta en qué consiste
la unidad de À la recherche du temps perdu y dice que la Recherche no consiste solamente en
un esfuerzo por recordar, en una exploración de la memoria, sino en una búsqueda de la
verdad. No es una búsqueda del tiempo pasado, sino del tiempo perdido, o sea, del tiempo que
se pierde. Por ejemplo, el tiempo que se esfuma (o que invertimos, y a medida que
alcanzamos, extraviamos) en aprender algo. Deleuze dice que más que una exposición de la
memoria es una narración; la narración de un aprendizaje: del aprendizaje de un hombre de
letras.
En un momento determinado, el protagonista de la Recherche no sabía algo: pero lo
aprenderá más tarde, y no se puede anticipar. Acaso cayó en la cuenta de algo; porque había
algo que le impedía ese aprendizaje: una determinada ilusión de la que se desprenderá
posteriormente. De ahí, dice Deleuze, el constante movimiento de decepciones y de
revelaciones. Aprender es aprender a decepcionarse y aceptar las revelaciones que las cosas
nos ofrecen. Aprender es siempre un aprendizaje temporal, no adquirir un saber abstracto. Un
desvelamiento de signos que nos dicen cosas y tenemos que descifrar, porque no se aprende
nada si no es por desciframiento. En este punto, Deleuze formula su tesis, una que aprende
leyendo a Proust, que no es un filósofo, sino un hombre de letras: «El pensamiento no es nada
8
9
Agamben, G. (1989) Idea de la prosa, ob. cit., p. 46.
Ibid., p. 47.
9
sin una cosa que fuerza a pensar, lo que hace violencia al pensamiento. Más importante que el
pensamiento es lo que 'da a pensar': más importante que el filósofo, el poeta». 10
La palabra clave en este fragmento es «forzar»: impresiones, signos, encuentros que
«fuerzan» el pensamiento. El ejercicio del pensamiento, como el del aprender, es función de un
encuentro que desde el exterior nos fuerza, no una decisión tomada desde una supuesta
claridad de la conciencia. Los actos de pensar y de aprender dependen de nosotros, pero no de
nuestra buena voluntad. La tesis de Deleuze tiene que ver con su crítica a la imagen
dominante del pensamiento, aquella que señala que el filósofo (o el pensador) busca por
naturaleza saber, o sea, que tiende naturalmente a la búsqueda de la verdad (recordemos lo
que Aristóteles decía al comienzo de la Metafísica: «Todos los hombres por naturaleza desean
saber»).11
Frente a esta imagen dominante (Deleuze dice de ella que es «dogmática», es decir, una
imagen convertida en dogma o en teoría incontestable), cabría sugerir esta otra: que el
hombre no tiende «por naturaleza» ni a pensar, ni a saber, ni a aprender, y que estas tres
cosas (pensar, saber, aprender) son el resultado de un encuentro azaroso con acontecimientos
que nos fuerzan, que nos conmueven, que nos empujan a pensar, a saber, a aprender. Esta
imagen no anula la cuestión de la existencia de la verdad y la de su búsqueda, como no anula
la cuestión del pensar o del aprender. Los sitúa en otro plano, al desplazarlos. Así, podría
decirse: no se piensa (o no se busca el saber o aprender) siempre que se quiere, sino cuando
se puede, cuando hay cosas, fuera de nosotros, que al tocarnos, al forzarnos, al violentarnos,
nos colocan en la necesidad vital de hacerlo. Se piensa, en fin, no porque sea posible (o
porque se hayan gestionado, o diseñado o programado las condiciones apropiadas para ello),
sino más bien porque, siendo en cierto modo imposible, necesitamos hacerlo porque hay cosas
que nos fuerzan (nos empujan, nos mueven) a ello.
Por tanto, el pensar, como el aprender, se relacionan con lo pensado o con lo aprendido
(con lo que hay que aprender o con lo que se aprende) no porque el pensador o el aprendiz
sepan elegir sus objetos o sus motivos (para pensar o para aprender), sino porque tanto en un
caso como en otro lo pensado o lo aprendido no dependen del sujeto: se ven forzados desde
fuera a ello. Nadie puede dar una forma acabada a eso que está fuera y que nos obliga o nos
fuerza a pensar. Tampoco cabe presuponer una afinidad, constituida en un a priori, entre el
pensador o el aprendiz y, en un caso, la verdad, o, en otro, lo aprendido. Esta es la base de la
crítica de Deleuze a la imagen dogmática de la filosofía: la que presupone que pensamos
naturalmente, o lo que es lo mismo, que tendemos naturalmente a pensar o a saber y que
existe, por tanto, una buena voluntad del sujeto pensante, una cuestión que se reduciría a
Deleuze, G. (1964) Proust et les signes, París, P.U.F. La referencia aquí al poeta no significa una
reivindicación de un modo más o menos lírico o sentimental de pensar, actuar o relacionarnos
con el mundo. Lo poético (en el sentido de la antigua palabra griega poíesis) hace referencia,
primero, a aquella modalidad de actividad técnico-artísitica que se evalúa por sus productos o
resultados, y, en segundo lugar, a una dimensión creadora a través de la cual el sujeto que piensa
aquello que le da a pensar se hace presente (produciendo su propia presencia) en aquello que es
pensado. Es pensando lo que nos da a pensar como producimos nuestra propia presencia en ello.
Bárcena, F. (2006) La experiencia reflexiva en educación, Barcelona, Paidós.
11
Aristóteles, Metafísica, ob. cit., A, I, p. 73.
10
10
asegurar un acto de voluntad, una decisión volitiva de querer lo verdadero y el método
apropiado para alcanzarlo. Como si bastase voluntad, decisión y método. La crítica de Deleuze
tiene, por tanto, que ver con una puesta en cuestión de la sumisión de la experiencia al saber
y con un enjuiciamiento de la idea de que el método es el garante del saber.
Entendido como un momento de la educación, la cuestión del aprender no se resuelve ni
el en saber ni en el método. Tampoco en la buena voluntad ni en la anticipación. Voy ahora a
plantear un giro, y proponer una idea de la educación que tiene que ver, en primer lugar, con
un encuentro entre generaciones en la filiación del tiempo, y en segundo término, con una
«toma de conciencia» o con un «caer en la cuenta» de lo que ya sabíamos y, al mismo tiempo,
ignorábamos.
1. La idea del encuentro entre generaciones la formuló, en un fragmento de Dirección
única, Walter Benjamin en los siguientes términos: «Dominar (Beherrschung) la naturaleza,
enseñan los imperialistas, es el sentido de toda técnica. Pero, ¿quién confiaría en un maestro
que, recurriendo al palmetazo, viera el sentido de la educación en el dominio de los niños por
los adultos? ¿No es la educación, ante todo, la organización indispensable de la relación entre
las generaciones y, por tanto, si se quiere hablar de dominio, el dominio de la relación entre las
generaciones y no de los niños? Lo mismo ocurre con la técnica: no es el dominio de la
naturaleza, sino dominio de la relación entre naturaleza y humanidad» 12. Este dominio, en mi
interpretación del fragmento, nada tiene que ver con una idea del poder o del control, ideas
tan afines y necesarias al discurso pedagógico, como ya he sugerido antes, que pretende que
el cambio o la transformación en el otro (el aprendiz) depende del dominio de las variables
pedagógicas adecuadas, es decir, de una acción programada y convenientemente planificada
que deja poco al azar o al acontecimiento; a lo imprevisible. Tiene más que ver, me parece,
con un saber habitar esa relación que es, al mismo tiempo, un no-saber (anticipadamente)
cómo hacerlo; es habitar la relación con una cierta clase de presencia: un hacerse presente en
el seno de esta relación o de ese encuentro entre las generaciones, que siempre convoca un
encuentro entre temporalidades diferentes: tiempo adulto y tiempo joven.
En el encuentro entre generaciones, o dicho de otro modo, en el encuentro entre
maestros y discípulos, valdría aquí mejor, para entender este singular dominio, la imagen de la
flecha lanzada al azar que a Deleuze (que era un magnífico profesor) siempre le sedujo. La
pedagogía aspira a que el alumno lo entienda todo, si el profesor hace bien su trabajo, es decir,
si ha sido capaz de controlar todas las variables pedagógicas en curso; contra esta imagen
Deleuze, al responder en su Abécédaire a una pregunta de Claire Parnet sobre la letra «P» de
«profesor», señala:
Está ese primer aspecto: lo que alguien no comprende. Hay posibilidad de que lo
comprenda después, etc. Yo creo que los mejores estudiantes son los que hacen
las preguntas una semana después. […] Así que, para mí un curso siempre ha
sido algo que no estaba destinado a ser comprendido en su totalidad. Un curso
es una especie de materia en movimiento, es a decir verdad una materia en
12
Benjamin, W. (20002) Dirección única, Madrid, Alfaguara, p. 97
11
movimiento, y... por eso es musical; y del cual cada uno, o cada grupo, o en
última instancia cada estudiante, toma lo que le conviene. Un mal curso es algo
que, literalmente, no conviene a nadie. Pero no podemos decir que todo
conviene a cualquiera, así que es preciso que la gente espere, casi hasta el
límite. Ni que decir tiene que hay quienes se duermen a la mitad, y no se sabe
por qué misteriosa razón se despiertan en el momento que les interesa. No hay
una ley que diga por adelantado: «Esto le va a interesar a tal»; tampoco es que
les interesen los temas, es otra cosa. Un curso es emoción. Es tanto emoción
como inteligencia. Si no hay emoción, no hay nada, no hay ningún interés. Así
que el problema no es seguirlo todo, ni escucharlo todo: se trata de despertarse
a tiempo para aferrar lo que te conviene, lo que te conviene personalmente. Y
por eso es muy importante un público muy variado, porque se notan muy bien
los centros de interés que se desplazan, que saltan de uno a otro, y aquello
forma un especie de tejido espléndido, una textura, sí. Eso es, sí.13
En una breve nota de 1964, que es un homenaje a Jean-Paul Sartre, donde Deleuze da
testimonio de la importancia que, como maestro, tuvo aquél para toda una generación de
estudiantes que tenían 20 años al final de la segunda guerra mundial, dice: «Triste generación
la que carece de maestros. Nuestros maestros no son únicamente los profesores públicos,
aunque tengamos gran necesidad de profesores. En el momento en que alcanzamos la mayoría
de edad, nuestros maestros son aquellos que nos impresionan con una novedad mayor, los que
saben inventar una técnica artística o literaria y encontrar la forma de pensar correspondiente
a nuestra modernidad, es decir, tanto a nuestras dificultades como a nuestros difusos
entusiasmos»14
La fórmula de Deleuze es extraña; primero, pero se trata de una extrañeza en el fondo
fácil de disipar, por la distancia que existe entre el pensamiento de Deleuze (supuesto
discípulo) y Sartre (pretendido maestro), por ejemplo con respecto a su orientación antifenomenológica (en efecto, a menudo los maestros son los que animan a sus discípulos a
buscar sus propios caminos, es decir, a abandonar a sus maestros); la segunda razón se debe
a la heterogeneidad de esta afirmación («Triste generación la que carece de maestros») con la
filosofía del mismo Deleuze, la cual deja poco espacio para un elogio de la condición del
maestro: frente a la continuidad entre las generaciones, Deleuze siempre admiró la
discontinuidad y la flecha lanzada al azar de la que hablé antes, conectada
con una crítica
filosófica a la idea del reconocimiento.
La crítica deleuziana pondría en cuestión el error como un estado negativo del
pensamiento y el saber como un elemento o ingrediente de lo verdadero; dos postulados, por
cierto, inscritos a fuego en la pedagogía y en la filosofía de la educación que defiende.
Recordemos que, según Deleuze, como recordaba François Zourabichvili, «el concepto de error,
en el que la filosofía sitúa todo lo negativo del pensamiento, está construido sobre el esquema
de una intervención exterior que aparta al pensamiento de sí mismo y opaca accidentalmente,
y por lo tanto de manera provisional, su relación natural con la verdad»15.
Esta segunda razón, conectada con la primera, es muy interesante; porque si la única
Deleuze, G. (2004) P comme Professeur, en L'Abécédaire de Gilles Deleuze. Pierre-André
Boutang, DVD, 3 vol.
14
Deleuze, G. (2005) Él fue mi maestro, en La isla desierta y otros textos, Valencia, Pre-Textos, p.
105.
15
Zourabichvili, F. (2004) Deleuze. Una filosofía del acontecimiento, Buenos Aires, Amorrortu, p.
18.
13
12
crítica que nos cabe, a partir de ese modelo de reconocimiento que tanto la filosofía como la
pedagogía han asumido sin ponerlo en cuestión, es la crítica de lo falso, entonces el trabajo
crítico, como dice Deleuze, no molesta a nadie. Y se trata de hacer daño, para movilizar el
pensamiento: «Mientras nos contentamos con criticar lo 'falso', no hacemos daño a nadie (la
verdadera crítica es la crítica de las formas verdaderas, y no de los contenidos falsos)» 16. Por la
misma razón, admiramos el genio de aquél que representa lo contrario de lo que pensamos:
sea Sartre o Kant, que encarna, para Deleuze, el modelo de la falsa crítica: hay que aprender a
admirar la obra de los que denunciamos: «Hay que estar inspirado, poseído por los genios a
quienes se denuncia»17.
2. Mi segunda idea, que la educación es una toma de conciencia más o menos súbita, un
momento existencial del y en el aprender, la tomo de una experiencia de lo más dramática: la
propia toma de conciencia de Fritz Zorn, que la adquiere mientras se está muriendo. Antes de
morir, Zorn escribe su único libro, Mars, donde describe el infierno de una educación familiar
burguesa que se las ingenia para esquivar implacablemente toda cuestión relevantemente
existencial, para negar los dramas, el sufrimiento, los deseos, la vida misma: para educar con
una muerte en vida; es decir, para eludir el presente y matar el tiempo. Zorn vive el infierno
de una exclusión de lujo, en las antípodas de los indigentes que pueblan el mundo, pero a la
postre igualmente funesto. Hablando de sus padres, dice Zorn:
Hoy no los considero tan «culpables», sino más bien víctimas, junto conmigo
(covíctimas), de la misma situación falseada. Ellos no habían inventado esa
errada forma de vivir, ellos habían sido también engañados -tanto como yo- por
esa vida falsa, aceptada sin espíritu crítico […] Lo malo no eran mis padres, ya
que ellos no eran malvados; hoy sólo puedo sentir piedad por ellos. Lo que era
malo era el hecho de que el mundo en el cual yo crecía no debía ser un mundo
imperfecto, ya que su armonía y su perfección eran obligatorias. Yo no debía
caer en la cuenta de que el mundo no era perfecto […] Me habían educado de
manera que no pudiera caer en la cuenta. Y tuvo éxito.18
La educación que Zorn recibió -seudónimo adoptado por el autor del libro, publicado
tras su fallecimiento a la edad de treinta y dos años, víctima de un cáncer, y que significa en
realidad «cólera»- le había enseñado a «utilizar lo que había aprendido», para decir siempre
«sí». Pero no le había enseñado a «caer en la cuenta». Zorn utilizó lo que había aprendido,
pero no aprendió a utilizarse a sí mismo: no logró progresar hacia sí mismo. Es evidente que lo
que acabó con su vida fue un cáncer letal. Pero él ya lo estaba antes de haber sido engullido
por la muerte, como acontecimiento de su cuerpo. Tuvo que vivir afrontando su morir sin
haber aprendido a vivir. Derrida escribió que «aprender a vivir es madurar, y también educar:
enseñar al otro, y sobre todo a uno mismo». 19 Aprender a vivir debería significar también
Deleuze, G. (2005) Sobre Nietzsche y la imagen del pensamiento, en La isla desierta y otros
textos, ob. cit., p. 181.
17
Ibid., p. 181.
18
Zorn, F. (2009) Bajo el signo de Marte, Barcelona, Anagrama, pp. 68-69.
19
Derrida, J. (2006) Aprender a vivir. Entrevista con Jean Birnbaum, Buenos Aires, Amorrortu
eds., p. 21.
16
13
aprender a morir, aprender a tomar en cuenta, para aceptarla, la mortalidad absoluta.
Madurar: salir de la infancia, «progresar hacia sí mismo», emanciparse.
Zorn aprende lo esencial de su vida cuando está ya muriendo; cuando escribe su libro,
y su escritura es la materialización de esa toma de conciencia, una escritura que adopta la
forma, inevitable, de una biografía: una vida escrita. Al darse cuenta de que el relato, o la
ficción, en la que ha vivido es falsa avanza hacia un final que contiene más que lo que hasta
ahora contenía lo que había vivido. El testimonio de Zorn enseña, entonces, que hay un tipo
de educación que, renunciando a su finalidad propia -pues toda educación es aquello que nos
hace salir afuera (educere)-, en vez de emanciparnos y hacernos madurar, nos minoriza,
volviéndonos esclavos de una vida que se muere antes de haberla experimentado o
desarrollado. Este frustrado progreso hacia sí mismo es una suerte de muerte: la muerte de
una potencia que, no actualizándose, permanece eternamente como potencia.
De todos modos, dicho proceso no es un progreso ni tan metódico ni tan mecánico como
cabría suponer o quizá una pedagogía deseara. No es lineal ni continuo, sino discontinuo y
repleto de contingencias y vericuetos. Por eso el aprender, lo que se llama aprender de verdad,
entendido este aprendizaje como un caer en la cuenta o como una toma de conciencia, es lo
inanticipable antes de su propio tiempo, lo imprevisible en sus resultados y efectos, y más que
causal, es algo casual. Cuando aprendemos de verdad, lo hacemos por casualidad. Viene
repleto de constantes decepciones, pues solo al final de la historia ésta alcanza su sentido
pleno, aunque dicho final se prefigure (o se imagine) en cada uno de los episodios que la
componen, si bien cada uno de ellos es tan contingente e imprevisible como el final mismo,
sobre todo si es un buen final; el adecuado final de una historia bien contada. Para que la
historia se desarrolle plenamente, para que avance, o para que progrese, como para que la
educación
como
un
progreso
hacia
sí
mismo
se
desarrolle,
es
necesario
provocar
constantemente decepciones en cada momento, en cada instante; o lo que es lo mismo: es
preciso que las expectativas del sujeto (de la educación) o las del lector (de la historia que lee
o que le cuentan) se frustre, porque de lo contrario no habría ningún final, ningún término o
ninguna conclusión. Hay que aprender a concluir. Y este aprender es, también, otro tipo de
aprendizaje de la muerte, de la despedida.
Hasta aquí he ofrecido dos imágenes de la educación: una tiene que ver con cierto
dominio (y por tanto cierta manera de estar y habitar) de la relación entre las generaciones,
un dominio que no pasa ni por la continuidad ni por el control; y la otra tiene que ver con un
caer en la cuenta, con una toma de conciencia destinada a emanciparnos.
Por una parte, el proceso madurativo de un individuo consiste en un proceso temporal de
descubrimiento del yo, de su subjetividad o mundo interno, de una identidad tensada siempre
entre el anhelo de un cultivo solitario de sí misma y una aspiración (pero también temor) a
encontrarse con el otro, con otra subjetividad. Toda educación del ser humano no puede dejar
de ser sino una experiencia del encuentro de un yo con el mundo y con uno mismo. Una
experiencia, un cultivo o un cuidado de sí mediado por cierta concepción del lenguaje.
En segundo lugar, ese proceso madurativo en que consiste la educación se articula como
14
una experiencia de «formación» (Bildung), es decir, en una salida de esa subjetividad y en un
regreso a la misma pero articulándola de otro modo. O dicho en otros términos: la educación
es no sólo instrucción o adquisición de conocimientos, sino transformación a través de la
salida, el viaje, la exposición. Y en la idea de que, con todo, el ser humano es un ser cultural,
un ser que sólo puede madurar y formarse a través de las producciones culturales que él
mismo crea. En definitiva, que fuera de la cultura, el ser humano no tiene posibilidad humana
alguna.
Por último, la educación, como maduración y formación, implica la capacidad del hombre,
y su coraje, para hacer uso de su libertad, para luchar contra lo que le oprime y buscar lo que
anhela, es decir, para pensar, actuar, querer y desear por sí mismo, para soltarse de la tutela
ajena: emanciparte ética, política e intelectualmente.
3. Un aprendizaje obstinado.
Es una experiencia conocida, e históricamente bien documentada, la de aquellas vidas
vinculadas a la obligación de seguir adelante pese a las fuertes resistencias que deben
vencerse cuando las suyas forman parte de lo que antes se identificaba como «vidas lisiadas»
y ahora son nombradas, movidos por un espíritu supuestamente más humano, como
impedidas, discapacitadas, o como personas necesitadas de cuidados especiales.
Este impulso de resistencia frente a un entorno hostil parece corresponderse con un
cierto mandato que puede llegar a vivirse como un imperativo existencial y a la vez estético,
pues es en la creación estética -que es otra clase de improvisación- donde algunos
aprendieron a exponerse a una forma de autoridad no esclavizante, a una forma no represiva
de diferencia. El arte, como la poesía, ne s'impose plus, elle s'expose, decía Paul Celan. Este
imperativo dice: «Has de cambiar tu vida», y tiene una resonancia poética en unos versos de
Rilke, en su poema El torso de Apolo. Ante el torso mutilado de Apolo, el poeta parece
declamar que en lo fragmentario de ese torso está su perfección; dice Rilke: «No conocimos tu
cabeza inaudita, donde maduraba el globo del ojo», y esto parece sugerir que a pesar de la
mutilación de su soporte material, Apolo posee la fuerza y la potencia de un mensaje que, a
partir de sí mismo, parece querer decir: «Has de cambiar tu vida».
La vida de Carl Hermann Unthan, nacido en la Prusia Oriental en 1848 y muerto en 1929,
es una de esas vidas mutiladas que descubren en algún momento tal imperativo. Antes de
morir a los 81 años, y cuando había cumplido más o menos los 60, mecanografió con sus pies
y con la ayuda de un punzón una especie de «apuntes sobre una vida sin brazos, con treinta
imágenes». Unthan nació sin brazos, pero a los 6 o 7 años descubrió la posibilidad de tocar el
violín, siempre y cuando estuviera fijado en un cajón asentado al suelo. Y con un implacable
tesón se puso a ello, mediante un método ideado por él mismo, de modo que el pie derecho
hacía las veces de la mano que pulsa las cuerdas mientras que el izquierdo se encargaba del
arco. Logró ser admitido en el Conservatorio de Leipzig, y alcanzó, con muchísimos esfuerzos,
un elevado grado de virtuosismo, logrando dar algunos conciertos.
15
Es muy fácil hacer de una vida como la de Unthan una especie de testimonio de
supervivencia que sirva de ejemplo a padres de hijos con discapacidades semejantes a la suya.
Una especie de lección moral destinada a hacernos recapacitar al resto de las personas
supuestamente normales: ejemplo de tesón y coraje, de resistencia y autosuperación. Sus
apuntes no son, en realidad, ni una autobiografía ni unas memorias; su tono es, a la vez,
ingenuo y sentimental. En su libro Has de cambiar tu vida, Peter Sloterdijk dice que estos
apuntes podrían ser leídos como una performance de toda una filosofía de la vida, entendida
esta expresión en un sentido muy popular. Unthan aparece ante sus lectores como un artista,
como un virtuoso del violín que se incrusta en un virtuosismo más amplio: el ejercicio de un
arte de vivir que traspasa todos los aspectos de su existencia. Sería su filosofía, dice
Sloterdijk, algo así como -y le cito textualmente- un «existencialismo de lisiado» con tintes
vitalistas: «Según éste, el impedido tiene la oportunidad de asumir su estado de minusvalía
como punto de partida para una autoelección». 20 Unthan interpreta su discapacidad como la
oportunidad de un aprendizaje: como una escuela de la voluntad: «Me agarraré con puño de
hierro, lo sacaré todo de mí mismo» (p. 65); «en aquél que desde el nacimiento depende de
sus propios intentos y al que no se le impide hacerlo […] se desarrolla una voluntad...el
impulso de independencia...incita a seguir con las tentativas» (p. 65).
Unthan se propone sacar «todo de sí mismo», someterse a algo así como a un proceso
de (re)educación, en el sentido en el que esta palabra refiere el acto de salir hacia fuera, sacar
al exterior lo que se lleva dentro, las potencias propias para desarrollarlas y ejercitartas al
máximo. Pero, al mismo tiempo, esa educación se ve acompañada de una disposición
emocional que prohíbe toda melancolía y autocompasión. Como dice Sloterdijk: «La repulsa
que siente Unthan hacia toda clase de compasión nos recuerda posiciones análogas en la
filosofía de Nietzsche».21 El escrito de Unthan concluye con estas palabras: «Yo no me siento
en nada disminuido en relación con personas físicamente íntegras […] Todavía no me he
topado con ningún hombre con el que, consideradas todas las circunstancias, hubiera querido
cambiarme» (pp. 65-66). Unthan dice haber luchado «de buena fe», sobre todo contra sí
mismo, más que contra su entorno. Y reconoce que los «gozos espirituales más finos» que ha
obtenido en esa lucha a causa de la ausencia de brazos, «a ningún precio los querría yo ceder
al mundo» (p. 66).
La lucha de Unthan se condensa en dos conceptos: emancipación y deseo de
participación. Se trata, dice, de dejar al minusválido «suficiente luz y aire para su desarrollo»
(p. 66), o lo que es igual: concederle la oportunidad de participar en la vida normal. En esta
filosofía, concentrada en el empeño de hacerse una voluntad fuerte, Unthan hace su propia
elección: abrirse paso en el mundo contra toda compasión esclavizante de los otros, contra
todo cuidado que no disimula la piedad que se debe a los que se reconoce como desiguales,
como si fueran los actos de piedad el medio de su igualación, cuando lo que piden es que sean
tratados con justicia. Quiere ser uno como los demás, vivir en el mundo en el que todos los
Sloterdijk, P. (2012) Has de cambiar tu vida. Sobre antropotécnica. ob. cit., p. 65. Todas las
referencias al libro de Unthan están tomadas del ensayo de Sloterdijk.
21
Ibid., p. 65.
20
16
iguales viven. Y por eso aspira a una norma -la de la normalidad- que es la misma que
siempre está en trance de expulsarle.
Unthan,
como
minusválido,
forma
parte
de
los
artistas
del
sufrimiento;
del
existencialismo de la obstinación y de un heroísmo del deseo de normalidad. Busca hacer de la
normalidad a la que aspira el premio de la anormalidad que los otros perciben en él, y en
cierto modo parecen avergonzarles. Es una vida, la suya, vivida a pesar de, y esa vida obliga a
su artista de la superación a hacer una ostentación permanente de la alegría de vivir. Si a
veces por dentro las cosas presentan otro aspecto, es cosa que no importa a nadie. Todo tiene
que ver dar al discapacitado la libertad, el sol y el aire que permitan su desarrollo.
Para Unthan, a pesar de su propia minusvalía, la vida merece la pena de ser vivida. Su
experiencia, como el fenómeno del cuidado de gente discapacitada, impedida o minusválida -y
cada una de esas palabras recorren las distintas sensibilidades con que las diferentes épocas
nombraron las vidas frágiles- forma parte de un rasgo característico de los siglos XIX y XX:
«La desespiritualización de las ascesis». Un fenómeno que insistía en entender la vida, toda
vida, como ejercicio en la que el hombre se produce a sí mismo y se supera buscando, a través
de una línea vertical, un lado superior de sí mismo que sigue siendo humano, en vez de divino.
No podemos saber si Unthan tomó conciencia de que su discapacidad física fuese algo
vergonzoso para él o para los demás en algún momento de su vida. Posiblemente no sentía
vergüenza alguna por su condición. Un mundo autosatisfecho y orgulloso por lo normal
opondrá, de todos modos, sus criterios sobre la normalidad a quienes no lo son. Y sus efectos
pueden ser humillantes para ellos. Esa conciencia sí la tenía Unthan: la de un entorno hostil
que impedía su desarrollo; pero también tenía la conciencia de que todo tenía que resolverse
en él mismo: de él dependía todo. Porque podía hacerlo a su modo. Y además quería hacerlo
así.
Quizá podemos pensar ese gesto heroico y artístico de Unthan desde el concepto,
acuñado por Günther Anders en La obsolescencia del hombre, de «obstinación prometeica».22
En el volumen primero de esta obra, Anders reescribe algunos fragmentos de sus diarios de
California, fechados el 11 de marzo de 1942. Leemos: «Creo que hoy por la mañana he
descubierto una nueva parte púdica, un motivo de vergüenza, que no se dio en el pasado. De
momento, para mí, lo llamaré vergüenza prometeica; con ello me refiero a la vergüenza ante
las cosas producidas [por nosotros], cuya alta calidad 'avergüenza'». 23 A continuación describe
una vita que hizo con T. (previsiblemente se refiere a Theodor Adorno) a una exposición
técnica inaugurada en California, y describe la conducta extraña de su amigo: «En cuanto
empezó a funcionar una de las piezas más complicadas, bajó los ojos y enmudeció. Aún más
sorprendente fue que ocultara sus manos detrás de la espalda, como si se avergonzara de
haber llevado estos 'aparatos' suyos, pesados, burdos y obsoletos, a esa alta sociedad de
aparatos, que funcionan con tanto esmero y finura». 24
Es como si a Adorno le resultase
Anders, G. (2011) La obsolescencia del hombre. Vol. I. Sobre el alma en la época de la segunda
revolución industrial. Valencia, Pre-Textos, p. 40.
23
Ibid., p. 39.
24
Ibid., p. 39.
22
17
insoportable tener que estar, con su propia torpeza corporal, ante aquella perfección
tecnológica. Se avergonzaba. Se avergüenza de haber llegado a ser en vez de haber sido
fabricado, de haber sido nacido: «Su vergüenza consiste, pues, en su natum esse, en su
nacimiento bajo, que él consideraba […] 'ordinario' porque es nacimiento».25 Vergüenza de sí
mismo, entonces.
Este
sentimiento
de
vergüenza
prometeica
tiene
como
compañera
contraria
la
«obstinación prometeica», que consiste en la negación a ser deudor de algo ante otro. Orgullo
prometeico es deberse todo a sí mismo. Hay una diferencia entre ser el resultado de una
fabricación (ser producido) y ser el resultado de un nacimiento (ser nacido); la que existe
entre ser un engendro y ser engendrado. La supuesta vergüenza de Adorno ante la conciencia
de su condición de ser nacido, frente a unos aparatos, producidos por el hombre, que parecen
superarlo y humillarlo, tiene una resonancia en nosotros, de otra manera, ante la experiencia
de un hijo nacido roto, incompleto y completamente imperfecto. Se mezclan aquí muchas
cosas, que la sociedad, incluso rodeada de las mejores intenciones, no hace sino reforzar hasta
crisparnos. Todo ello tiende a concentrarse en una fórmula: «Esto es un error en mi historia.
No lo tenía previsto».
Final.
Es imposible anticipar la deriva de un pensar, como la del propio devenir de una
existencia; los caminos que recorrerá una inteligencia o una vida, cuando el azar, lo
imprevisto, y lo extraño producen lo inaudito.
La razón, que aspira a la certeza, rechaza como un mal la contingencia, como una vida
prevista sin fisuras vive como derrota las sorpresas y lo que la vuelve discontinua ante su
historia. Y como somos, no el resultado de la aplicación de un programa, sino seres venidos al
mundo por el nacimiento -hemos sido engendrados, no somos un engendro- nuestra fe en el
poder de la razón y nuestra vocación prometeica no saben cómo hacer cada vez que la historia
de una vida, anticipada en lo continuo, se pliega sobre sí misma como arruga y se fractura,
obligando a vivirse como una auténtica improvisación existencial. No hay manera de negar
nuestra fragilidad, nuestro total desvalimiento como humanos. Y a menudo afirmamos esta
condición, pero nos consolamos pensando que es el precio que hay que pagar si queremos
aspirar a una vida mejor; una vida que no es esta vida, sino una vida verticalmente situada
más allá de lo humano. Pero es esta vida la que tenemos que vivir; en cada instante. Porque
no hay otra.
REFERÊNCIAS:
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ANDERS, G. La obsolescencia del hombre. Vol. I. Sobre el alma en la época de la segunda
revolución industrial. Valencia: Pre-Textos, 2011.
25
Ibid., p. 40.
18
ARISTÓTELES. Metafísica. Madrid: Gredos, 2001.
AGAMBEN, G. Desnudez. Barcelona: Anagrama, 2010.
BÁRCENA, F. El aprendizaje como actontecimiento ético. Sobre las formas del aprender.
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