¿QUÉ SIGNIFICA PARA NOSOTROS LA RESURRECCIÓN DE

Anuncio
Christus resurrexit. Arvo.net, abril 2012.
1
¿QUÉ SIGNIFICA PARA NOSOTROS LA
RESURRECCIÓN DE JESUCRISTO?
Resumen
El misterio central de la fe cristiana
El «problema» nuestro de la resurrección:
la mayor «mutación», el salto más decisivo de la Historia.
Descendió a los infiernos
Luz en la oscuridad de la muerte
¿Qué novedad ha traído Cristo?
El amor más fuerte que el odio y la muerte
Un salto cualitativo en la historia de la «evolución» y de la vida
LA NUEVA VIDA EN EL CRISTIANO.
Fe y bautismo
La experiencia de Pablo: «yo, pero ya no yo»
«La fórmula de la resurrección en el tiempo»
Su resurrección es nuestra resurrección
En el cielo y en la tierra a la vez
Al hilo del magisterio del papa Benedicto XVI, tratamos de
reunir algunos de los temas que suscita el hecho de la Resurrección de Nuestro
Señor Jesucristo. Lo que es el hecho en sí y su relación con nuestro hoy y ahora; la
nueva vida de Cristo y la nueva vida del cristiano en Cristo. Naturalmente, se trata
solo de unos apuntes sobre aspectos parciales, ya que la totalidad del misterio
sobrepasa cualquier dimensión espacio temporal: toca en lo más hondo del ser del
cristiano y su efectividad se extiende a toda la historia humana, hasta adentrarse en
lo profundo de la vida eterna.
El misterio central de la fe cristiana
¡Cristo ha resucitado!, es la exclamación llena de gozo que inicia siempre el gran Día que hizo
el Señor, la mañana del Domingo de Pascua. Precede la gran Vigilia que nos hace revivir casi a
la misma hora, el acontecimiento decisivo y siempre actual de la Resurrección, misterio central
de la fe cristiana, con ritos de elocuente simbología: en las iglesias se han encendido
innumerables cirios pascuales para simbolizar la luz de Cristo que ha iluminado e ilumina a la
humanidad, venciendo para siempre las tinieblas del pecado y del mal.
Hoy resuenan con fuerza las palabras que asombraron a las mujeres que habían ido la
madrugada del primer día de la semana al sepulcro donde habían puesto el cuerpo de Cristo,
bajado apresuradamente de la cruz. Tristes y desconsoladas por la pérdida de su Maestro,
encontraron apartada la gran piedra y, al entrar, no hallaron su cuerpo. Mientras estaban allí,
perplejas y confusas, dos hombres con vestidos resplandecientes les sorprendieron, diciendo:
«¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado» (Lc 24, 5-6).
Desde aquella mañana, estas palabras siguen resonando en el universo como anuncio
perenne, impregnado a la vez de infinitos y siempre nuevos ecos, que atraviesa los siglos. «No
está aquí... ha resucitado». Los mensajeros celestes comunican ante todo que Jesús «no está
aquí»: el Hijo de Dios no ha quedado en el sepulcro, porque no podía permanecer bajo el
dominio de la muerte (cf. Hch 2, 24) y la tumba no podía retener «al que vive» (Ap 1, 18), al
que es la fuente misma de la vida […]».
El «problema» nuestro de la resurrección:
la mayor «mutación», el salto más decisivo de la Historia.
Christus resurrexit. Arvo.net, abril 2012.
2
Los Evangelios testimonian la sorpresa ante lo inesperado e inconcebible, a pesar de
que el Señor lo había anunciado varias veces antes de padecer. Les resultó muy difícil a los
primeros comprender tanto el sufrimiento del Mesías como el acontecimiento de la
resurrección. Mientras Pedro, Juan y Santiago bajaban del monte donde Jesús se transfiguró
de tal modo que «su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos
como la luz» [Mt 17, 2], Él les ordenó: « No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del
hombre haya resucitado de entre los muertos »[17, 9]. «Ellos observaron esta
recomendación», pero «discutieron entre sí qué era eso de 'resucitar de entre los muertos' »
[Mc 9, 10]. No sólo no entendían que el Mesías tuviese que padecer y morir en una cruz, ni
siquiera comprendían el concepto «resucitar de entre los muertos». Les resultaba más fácil
creer en fantasmas que en muertos resucitados (cf. Mc 6, 49; Mt 14, 26).
«En cierto modo [también nosotros] –reconoce Benedicto XVI-, vemos la resurrección
tan fuera de nuestro horizonte, tan extraña a todas nuestras experiencias, que, entrando en
nosotros mismos, continuamos con la discusión de los discípulos: ¿En qué consiste
propiamente eso de «resucitar»? ¿Qué significa para nosotros? ¿Y para el mundo y la historia
en su conjunto? Un teólogo alemán dijo una vez con ironía que el milagro de un cadáver
reanimado --si es que eso hubiera ocurrido verdaderamente, algo en lo que no creía-- sería a
fin de cuentas irrelevante para nosotros porque, justamente, no nos concierne. En efecto, el
que solamente una vez alguien haya sido reanimado, y nada más, ¿de qué modo debería
afectarnos? Pero la resurrección de Cristo es precisamente algo más, una cosa distinta. Es --si
podemos usar por una vez el lenguaje de la teoría de la evolución-- la mayor «mutación», el
salto más decisivo en absoluto hacia una dimensión totalmente nueva, que se haya producido
jamás en la larga historia de la vida y de sus desarrollos: un salto de un orden completamente
nuevo, que nos afecta y que atañe a toda la historia. Por tanto, la discusión comenzada con los
discípulos comprendería las siguientes preguntas: ¿Qué es lo que sucedió allí? ¿Qué significa
eso para nosotros, para el mundo en su conjunto y para mí personalmente? Ante todo: ¿Qué
sucedió? Jesús ya no está en el sepulcro. Está en una vida totalmente nueva. Pero, ¿cómo
pudo ocurrir eso? ¿Qué fuerzas han intervenido?»
Necesitamos volver a identificar el acontecimiento «resurrección». La muerte, según el
concepto cristiano, consiste en la separación del alma (espiritual, incorruptible) respecto al
cuerpo (material, corruptible). El alma humana es el principio vital (ánima) que anima al
cuerpo y lo espiritualiza en cierto grado, le confiere cualidades que lo distinguen del ser
irracional. Una vez se ha separado el alma del cuerpo, la naturaleza no puede volver a
reunirlas, porque el cuerpo ha iniciado la corrupción. Haría falta un milagro como el que Jesús
obró en su amigo Lázaro, después de cuatro días de permanecer éste en el sepulcro. Pero
Lázaro tornó a la vida que tenía antes de morir, es decir, recobró su anterior vida mortal.
La resurrección de Jesucristo fue un acontecer
diverso. Al morir en la cruz, su cuerpo quedó
separado del alma humana, pero el hombre Cristo
–como explica el Papa- «era uno con el Dios vivo»,
unido de tal modo con el Logos (Verbo) que
formaba con Él una sola Persona: «Se encontraba,
por así decir, en un mismo abrazo con Aquél que
es la vida misma, un abrazo no solamente
emotivo, sino que abarcaba y penetraba su ser. Su
propia vida no era solamente suya, era una
comunión existencial con Dios y un estar
insertado en Dios».
El Logos es Persona distinta pero Dios con
el Padre y el Espíritu Santo. Jesús lo había dicho:
«Yo y el Padre somos uno» [Jn 10, 30]. Por eso es
vida en plenitud y fuente de la vida: Vida de las vidas, (Vita vitarum: san Agustín, Confess. 3,
6), en la que nada muere. Recuerda Tomás de Aquino que incluso Aristóteles, «una vez
demostrado que Dios es inteligente, concluye que tiene vida perfectísima y sempiterna» [S.
Th. I, q. 18, a. 3, c]. El Dios que revela Jesucristo, «no es un Dios de muertos, sino de vivos,
Christus resurrexit. Arvo.net, abril 2012.
3
porque para él todos viven» (Lc 20, 38). Él Logos mismo es la Vida (In Ipso vita erat: Jn 1, 34).
Es asombroso que asumiera una naturaleza humana, mortal como la nuestra. Lo hizo
así para descender hasta las profundidades de la raíz del pecado y del poder de la muerte y
desde ahí liberrar de la humanidad. El cuerpo de Cristo quedó en el sepulcro separado de su
alma, pero ni el alma ni el cuerpo se separaron del Logos que los sustentaba. De ahí, que se
cumpliera la profecía: «no abandonarás mi alma en el Hades ni permitirás que tu santo
experimente la corrupción» (Hch 2, 27).
Descendió a los infiernos
Jesús, por tanto, murió realmente en la cruz, pero su muerte no fue como las demás
muertes. Su humanidad quedó realmente quebrantada, destruida, muerta. Pero solo el tiempo
suficiente para dejar claro el hecho innegable. Experimentó la muerte en toda su profundidad,
hasta descender al los «infiernos», como confesamos en el Credo. El Catecismo de la Iglesia
Católica explica que la Escritura llama infiernos, sheol, o hades a la morada de los muertos,
donde bajo Cristo después de muerto. La imaginación en seguida se pone a fantasear sobre
cómo fue todo esto, pero hay que atarla corto y atenerse con sobriedad a lo poco que
sabemos. Hay que distinguir entre el infierno de los condenados del infierno en el que se
hallaban los justos, privados de la visión de Dios, en espera de la Redención (cf. CIC, nn. 632637). En éste desciende Cristo, cumpliéndose así la última fase de su misión mesiánica: Jesús
anuncia el Evangelio - la Buena Nueva -, a todos los muertos que le precedieron (1 P 4, 6). La
apertura de las puertas del Cielo es inminente.
En el Credo decimos: "Descendió a los infiernos". Por un espacio de tiempo o de algo
parecido al tiempo, la Vida, Cristo, habita la morada de los muertos. ¿Qué ocurrió entonces?,
se pregunta el papa. Ya que no conocemos el mundo de la muerte, sólo podemos figurarnos
este proceso de la superación de la muerte, a través de imágenes que siempre resultan poco
apropiadas. Sin embargo, con toda su insuficiencia, ellas nos ayudan a entender algo del
misterio. La liturgia aplica las palabras del Salmo 23 [24] a la bajada de Jesús en la noche de
la muerte: "¡Portones!, alzad los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas!" Las puertas
de la muerte están cerradas, nadie puede volver atrás desde allí. No hay una llave para estas
puertas de hierro. Cristo, en cambio, tiene esta llave. Su Cruz abre las puertas de la muerte,
las puertas irrevocables. Éstas ahora ya no son insuperables. Su Cruz, la radicalidad de su
amor es la llave que abre estas puertas. El amor de Cristo que, siendo Dios, se ha hecho
hombre para poder morir; este amor tiene la fuerza para abrir las puertas. Este amor es más
fuerte que la muerte.
Los iconos pascuales de la Iglesia oriental muestran como Cristo entra en el mundo de
los muertos. Su vestido es luz, porque Dios es luz. "La noche es clara como el día, las tinieblas
son como luz" (cf. Sal 138 [139],12). Jesús que entra en el mundo de los muertos lleva los
estigmas: sus heridas, sus padecimientos se han convertido en fuerza, son amor que vence la
muerte. Él encuentra a Adán y a todos los hombres que esperan en la noche de la muerte. A la
vista de ellos parece como si se oyera la súplica de Jonás: "Desde el vientre del infierno pedí
auxilio, y escuchó mi clamor" (Jon 2,3). El Hijo de Dios en la encarnación se ha hecho una sola
cosa con el ser humano, con Adán. Pero sólo en aquel momento, en el que realiza aquel acto
extremo de amor descendiendo a la noche de la muerte, Él lleva a cabo el camino de la
encarnación. A través de su muerte Él toma de la mano a Adán, a todos los hombres que
esperan y los lleva a la luz.
Luz en la oscuridad de la muerte
En la oscuridad impenetrable de la muerte Él entró como luz; la noche se hizo luminosa
como el día, y las tinieblas se volvieron luz. Por esto la Iglesia puede considerar justamente la
palabra de agradecimiento y confianza como palabra del Resucitado dirigida al Padre: "Sí, he
hecho el viaje hasta lo más profundo de la tierra, hasta el abismo de la muerte y he llevado la
luz; y ahora he resucitado y estoy agarrado para siempre de tus manos". Pero estas palabras
Christus resurrexit. Arvo.net, abril 2012.
4
del Resucitado al Padre se han convertido también en las palabras que el Señor nos dirige: "He
resucitado y ahora estoy siempre contigo", dice a cada uno de nosotros. Mi mano te sostiene.
Dondequiera que tu caigas, caerás en mis manos. Estoy presente incluso a las puertas de la
muerte. Donde ya nadie puede acompañarte y donde tú no puedes llevar nada, allí te espero
yo y para ti transformo las tinieblas en luz.
En suma: El Verbo se hizo carne y puso su morada entre nosotros. La Vida se entregó a
la muerte y puso su morada en la muerte. La muerte se rindió a la Vida, como la oscuridad se
disipa ante la luz; y el veneno mortal se convirtió en medicina saludable para los mortales. Al
tercer día, el Logos, con el Padre y el Espíritu Santo, «re-unen» el Alma y el Cuerpo de Cristo:
Alma y Cuerpo entregados en un exceso de amor a la violencia de los hombres. Se diría que
todo el amor de que es capaz un corazón humano unido a la Persona del Hijo de Dios
desciende hasta lo más profundo del abismo de la muerte. La muerte violenta del Hijo del
hombre se encuentra sorprendida por la luminaria de un amor hermosísimo que la
metamorfosea en manantial de vida riquísima. La muerte ha sido visitada por la Vida y la Vida
ha decidido habitar en la muerte.
Él pudo dejarse matar por amor, y justamente así destruyó el carácter definitivo de la
muerte, porque en Él estaba presente el carácter definitivo de la vida. Él era una sola cosa con
la vida indestructible, de manera que ésta brotó de nuevo a través de la muerte.
¿Qué novedad ha traído Cristo?
Ahora, sin embargo, se puede preguntar: ¿Pero qué significa esta imagen? ¿Qué
novedad ocurrió realmente allí por medio de Cristo? El alma del hombre, precisamente, es de
por sí inmortal desde la creación, ¿qué novedad ha traído Cristo? Sí, el alma es inmortal,
porque el hombre está de modo singular en la memoria y en el amor de Dios, incluso después
de su caída. Pero su fuerza no basta para elevarse hacia Dios. No tenemos alas que podrían
llevarnos hasta aquella altura. Y sin embargo, nada puede satisfacer eternamente al hombre si
no el estar con Dios. Una eternidad sin esta unión con Dios sería una condena. El hombre no
logra llegar arriba, pero anhela ir hacia arriba: "Desde el vientre del infierno te pido auxilio...".
Sólo Cristo resucitado puede llevarnos hacia arriba, hasta la unión con Dios, hasta donde no
pueden llegar nuestras fuerzas. Él carga verdaderamente la oveja extraviada sobre sus
hombros y la lleva a casa. Nosotros vivimos aferrados a su Cuerpo, y en comunión con su
Cuerpo llegamos hasta el corazón de Dios. Y sólo así se vence la muerte, somos liberados y
nuestra vida es esperanza.
El amor más fuerte que el odio y la muerte
Éste es el júbilo de la Vigilia Pascual: nosotros somos liberados. Por medio de la
resurrección de Jesús el amor se ha revelado más fuerte que la muerte, más fuerte que el mal.
El amor lo ha hecho descender y, al mismo tiempo, es la fuerza con la que Él asciende. La
fuerza por medio de la cual nos lleva consigo. Unidos con su amor, llevados sobre las alas del
amor, como personas que aman, bajamos con Él a las tinieblas del mundo, sabiendo que
precisamente así subimos también con Él. Pidamos, pues, en esta noche: Señor, demuestra
también hoy que el amor es más fuerte que el odio. Que es más fuerte que la muerte. Baja
también en las noches y a los infiernos de nuestro tiempo moderno y toma de la mano a los
que esperan. ¡Llévalos a la luz! ¡Estate también conmigo en mis noches oscuras y llévame
fuera! ¡Ayúdame, ayúdanos a bajar contigo a la oscuridad de quienes esperan, que claman
hacia ti desde el vientre del infierno! ¡Ayúdanos a llevarles tu luz! ¡Ayúdanos a llegar al "sí" del
amor, que nos hace bajar y precisamente así subir contigo! Amén.
Un salto cualitativo en la historia de la «evolución» y de la vida
Su muerte fue un acto de amor. En la última Cena, Él anticipó la muerte y la transformó
en el don de sí mismo. Su comunión existencial con Dios era concretamente una comunión
existencial con el amor de Dios, y este amor es la verdadera potencia contra la muerte, es más
fuerte que la muerte. La resurrección fue como un estallido de luz, una explosión del amor que
desató el vínculo hasta entonces indisoluble del «morir y devenir». Inauguró una nueva
Christus resurrexit. Arvo.net, abril 2012.
5
dimensión del ser, de la vida, en la que también ha sido integrada la materia, de una manera
transformada, y a través de la cual surge un mundo nuevo. Está claro que este acontecimiento
no es un milagro cualquiera del pasado, cuya realización podría ser en el fondo indiferente
para nosotros. Es un salto cualitativo en la historia de la «evolución» y de la vida en general
hacia una nueva vida futura, hacia un mundo nuevo que, partiendo de Cristo, entra ya
continuamente en este mundo nuestro, lo transforma y lo atrae hacia sí.
El Espíritu Creador, al infundir la vida nueva y eterna en el cuerpo sepultado de Jesús de
Nazaret, llevó a la perfección la obra de la creación, dando origen a una "primicia": primicia
de una humanidad nueva que es, al mismo tiempo, primicia de un nuevo mundo y de una
nueva era.
Esta renovación del mundo se puede resumir en una frase: la que Jesús resucitado
pronunció como saludo y sobre todo como anuncio de su victoria a los discípulos: "Paz a
vosotros" (Lc 24, 36; Jn 20, 19. 21. 26). La paz es el don que Cristo ha dejado a sus amigos
(cf. Jn 14, 27) como bendición destinada a todos los hombres y a todos los pueblos. No la paz
según la mentalidad del "mundo", como equilibrio de fuerzas, sino una realidad nueva, fruto
del amor de Dios, de su misericordia. Es la paz que Jesucristo adquirió al precio de su sangre y
que comunica a los que confían en él. "Jesús, confío en ti": en estas palabras se resume la fe
del cristiano, que es fe en la omnipotencia del amor misericordioso de Dios.» (15 de abril de
2007)
Si contemplamos el curso de la historia del universo con una sucesión evolutiva de la
vida, la resurrección de Cristo es un hecho que trasciende todas las leyes del devenir de la
naturaleza, ligada siempre a la muerte. Acontece un «salto», que quiebra cualquier proceso
evolutivo. Aparece en nuestro mundo una nueva dimensión del ser, de la vida: vida que surge
de la muerte, vencida por la fuerza de un amor inaudito, que es Vida en plenitud. Se trata de
un hecho, bien testificado y localizado en el espacio y en el tiempo; no se trata de un mito. Los
Apóstoles y los demás discípulos de Cristo son enviados al mundo entero como testigos fiables
de este hecho –no una idea, no una ideología, no un código moral-, que indudablemente es del
máximo interés para todo ser creado para la inmortalidad. Afecta a todos, porque «nuestro
Salvador, quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la
verdad» (1 Tim 2, 4).
LA NUEVA VIDA EN EL CRISTIANO.
Fe y bautismo
Ahora bien, Benedicto XVI se pregunta: «¿cómo ocurre esto? ¿Cómo puede llegar
efectivamente este acontecimiento hasta mí y atraer mi vida hacia Él y hacia lo alto? La
respuesta, en un primer momento quizás sorprendente pero completamente real, es la
siguiente: dicho acontecimiento me llega mediante la fe y el bautismo. Por eso el Bautismo es
parte de la Vigilia pascual, como se subraya también en esta celebración con la administración
de los sacramentos de la iniciación cristiana a algunos adultos de diversos países. El Bautismo
significa precisamente que no es un asunto del pasado, sino un salto cualitativo de la historia
universal que llega hasta mí, tomándome para atraerme. El Bautismo es algo muy diverso de
un acto de socialización eclesial, de un ritual un poco fuera de moda y complicado para acoger
a las personas en la Iglesia. También es más que una simple limpieza, una especie de
purificación y embellecimiento del alma. Es realmente muerte y resurrección, renacimiento,
transformación en una nueva vida».
Desde los tiempos más antiguos la liturgia del día de Pascua empieza con las palabras:
Resurrexi et adhuc tecum sum - he resucitado y siempre estoy contigo; tú has puesto sobre mí
tu mano. La liturgia ve en ello las primeras palabras del Hijo dirigidas al Padre después de su
resurrección, después de volver de la noche de la muerte al mundo de los vivientes..
Obviamente el Papa ha de resumir mucho en una homilía, y también nosotros aquí.
Pero quisiera recordar que el cristiano, con frecuencia sin darse cuenta, vive en lo profundo de
Christus resurrexit. Arvo.net, abril 2012.
6
su ser en el mundo, una vida riquísima. Bastaría citar las palabras de Pablo a los Efesios:
«Dios, rico en misericordia, por el grande amor con que nos amó, estando muertos a causa de
nuestros delitos, nos vivificó juntamente con Cristo - por gracia habéis sido salvados - y con él
nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos en Cristo Jesús, a fin de mostrar en los siglos
venideros la sobreabundante riqueza de su gracia, por su bondad para con nosotros en Cristo
Jesús.» [Ef 2, 4-7]. Participamos en la muerte, resurrección y gloria de Cristo ya ahora, en
este mundo. Nos puede pasar inadvertido por falta de viveza en la fe, pero es verdad. Hemos
sido «engendrados a una nueva vida » [Col 3, 10], «nacidos de Dios» [Jn 1, 13], hechos «hijos
de Dios» [1 Jn 3, 2], «partícipes de la naturaleza divina» [ 2 Pdr 1, 4], llamados a una
conformidad y semejanza con el mismo Hijo de Dios [cfr. Rom 8, 9], de tal manera elevados
sobre el nivel de nuestra naturaleza, que un día «veremos a Dios cara a cara, tal cual es» [1
Jn 3, 2]. «Dios se hizo hombre –escribe san Agustín- para que el hombre se transforme en
Dios» [Sermo 13, De Tempore]. Aquel «seréis como dioses» [Gen 3, 5] del principio, era
satánico porque pretendía ser sin Dios, no porque estuviera al margen del plan divino sobre el
hombre: «es preciso admitir que sólo Dios puede deificar, comunicando el consorcio con su
divina naturaleza por cierta participación de semejanza, como es imposible admitir que algo
arda sin calor» (Tomás de Aquino, I-II, q. 112, a. 1). Pero el cristiano auténtico es realmente
una transformación ut deus fias ("para que te vuelvas dios", San Basilio, De Spir. Sancto, 9].
El Bautismo, ese rito que parece un trámite aplazable según la comodidad o la moda,
resulta ser el detonante de la explosión de la nueva vida en Cristo, el salto cualitativo vital, la
inserción en la Vida de Cristo verdadero Dios y verdadero hombre, resucitado, poseedor de la
vida eterna, fuente de la nueva vida en Dios, ampliación del horizonte del yo que rompe los
límites del espacio y el tiempo para vivir ya con Dios en la eternidad. ¿Cómo explicarlo?
La experiencia de Pablo: «yo, pero ya no yo»
«Pienso que lo que ocurre en el Bautismo se puede aclarar más fácilmente para
nosotros si nos fijamos en la parte final de la pequeña autobiografía espiritual que san Pablo
nos ha dejado en su Carta a los Gálatas. Concluye con las palabras que contienen también el
núcleo de dicha biografía: «Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí» (2, 20). Vivo,
pero ya no soy yo. El yo mismo, la identidad esencial del hombre --de este hombre, Pablo-- ha
cambiado. Él todavía existe y ya no existe. Ha atravesado un «no» y sigue encontrándose en
este «no»: Yo, pero ya «no» soy yo. Con estas palabras, Pablo no describe una experiencia
mística cualquiera, que tal vez podía habérsele concedido y, si acaso, podría interesarnos
desde el punto de vista histórico. No, esta frase es la expresión de lo que ha ocurrido en el
Bautismo.»
Es preciso caer en la cuenta de la seriedad del asunto, de la profundidad de la vida
cristiana en cuanto tal. Es decir, de lo que es la vida del cristiano desde su inicio en el
Bautismo; de lo que es el Bautismo y de lo que implica «ser en Cristo»; desde ese momento:
mi yo, transformado, bruñido, abierto por la inserción en el otro, en el que adquiere su nuevo
espacio de existencia. «Vosotros habéis llegado a ser uno en Cristo» responde Pablo» (cf.
Gálatas 3, 28). No sólo una cosa, sino uno, un único, un único sujeto nuevo.
«La fórmula de la resurrección en el tiempo»
Esta liberación de nuestro yo de su aislamiento, este encontrarse en un nuevo sujeto es
un encontrarse en la inmensidad de Dios y ser trasladados a una vida que ha salido ahora ya
del contexto del «morir y devenir». El gran estallido de la resurrección nos ha alcanzado en el
Bautismo para atraernos. Quedamos así asociados a una nueva dimensión de la vida en la que,
en medio de las tribulaciones de nuestro tiempo, estamos ya de algún modo inmersos. Vivir la
propia vida como un continuo entrar en este espacio abierto: éste es el sentido del ser
bautizado, del ser cristiano. Ésta es la alegría de la Vigilia pascual. La resurrección no ha
pasado, la resurrección nos ha alcanzado e impregnado. A ella, es decir al Señor resucitado,
nos sujetamos, y sabemos que también Él nos sostiene firmemente cuando nuestras manos se
debilitan. Nos agarramos a su mano, y así nos damos la mano unos a otros, nos convertimos
en un sujeto único y no solamente en una sola cosa. Yo, pero ya «no» soy yo: ésta es la
fórmula de la existencia cristiana fundada en el bautismo, la fórmula de la resurrección en el
Christus resurrexit. Arvo.net, abril 2012.
7
tiempo. Yo, pero ya «no» soy yo: si vivimos de este modo transformamos el mundo. Es la
fórmula de contraste con todas las ideologías de la violencia y el programa que se opone a la
corrupción y a las aspiraciones del poder y del poseer. «Viviréis, porque yo sigo viviendo»,
dice Jesús en el Evangelio de San Juan (14, 19) a sus discípulos, es decir, a nosotros.
Viviremos mediante la comunión existencial con Él, por estar insertos en Él, que es la vida
misma. La vida eterna, la inmortalidad beatífica, no la tenemos por nosotros mismos ni en
nosotros mismos, sino por una relación, mediante la comunión existencial con Aquél que es la
Verdad y el Amor y, por tanto, es eterno, es Dios mismo. La mera indestructibilidad del alma,
por sí sola, no podría dar un sentido a una vida eterna, no podría hacerla una vida verdadera.
La vida nos llega del ser amados por Aquél que es la Vida; nos viene del vivir con Él y del amar
con Él. Yo, pero ya «no» soy yo: ésta es la vía de la Cruz, la vía que «cruza» una existencia
encerrada solamente en el yo, abriendo precisamente así el camino a la alegría verdadera y
duradera. De este modo, llenos de gozo, podemos cantar con la Iglesia en el «Exultet»:
«Exulten por fin los coros de los ángeles... Goce también la tierra». La resurrección es un
acontecimiento cósmico, que comprende cielo y tierra, y asocia el uno con la otra. Y podemos
proclamar también con el «Exultet»: «Cristo, tu hijo resucitado... brilla sereno para el linaje
humano, y vive y reina glorioso por los siglos de los siglos». Amén.
Es formidable esa perspectiva que adopta el papa Benedicto XVI a partir de la
resurrección de Jesucristo, en consonancia con la Sagrada Escritura y las enseñanzas
contenidas en el Magisterio de la Iglesia:
Su resurrección es nuestra resurrección
Jesucristo ha «elevando al hombre y a todo el cosmos a la gloriosa libertad de los hijos
de Dios (cf. Rm 8, 21). Cumplida esta obra extraordinaria, el cuerpo exánime ha sido
traspasado por el aliento vital de Dios y, rotas las barreras del sepulcro, ha resucitado glorioso.
Por esto los ángeles proclaman «no está aquí»: ya no se le puede encontrar en la tumba. Ha
peregrinado en la tierra de los hombres, ha terminado su camino en la tumba, como todos,
pero ha vencido a la muerte y, de modo absolutamente nuevo, por un puro acto del amor, ha
abierto la tierra de par en par hacia el Cielo. Su resurrección, gracias al Bautismo que nos
“incorpora” a Él, es nuestra resurrección.» [Ibid.]
Quisiera volver ahora a la carta a los Efesios. Primero a Efesios 1, 20, donde el apóstol
indica que Dios «ha actuado en Cristo resucitándole de entre los muertos y sentándole a su
derecha en los cielos, sobre todo Principado, Potestad, Virtud y Dominación y sobre todo
cuanto existe, no sólo en este siglo sino también en el venidero. Todo lo sometió bajo sus pies
y lo hizo cabeza suprema de la Iglesia, que es su cuerpo, la plenitud de quien llena todo en
todas las cosas» [Ef 1, 20]
En las asambleas públicas de la época, el emperador gobernaba sentado en un trono. El
trono ha sido siempre el símbolo del poder supremo. Pablo nos revela aquí que Cristo participa
de la suprema potestad y gloria de Dios; la ha recibido del Padre. En su resurrección ha sido
exaltado por encima de todos los seres. Lo afirma Pablo frente a los que pretendían que había
otros superiores. La Iglesia es su cuerpo. Separar a Cristo de la Iglesia o a la Iglesia de Cristo
sería negar la verdad revelada, la realidad indisoluble. Ella es plenitud (plêrôma) de Cristo, no
porque lo complete sino porque ella está llena de Cristo, formando con Él un solo organismo
espiritual, cuyo principio unificador y vivificante es Cristo Cabeza. Jesucristo es quien lo llena
todo en todas las cosas.
En Él se encuentra la Vida eterna, por tanto, nuestra salvación. No hay otro nombre –
otra persona- en la que podamos ser salvados para la eternidad. Pero «gratia enim estis
salvati per fidem; et hoc non ex vobis, Dei donum est» [Ef 2, 8-9]. La salvación, la vida eterna
bienaventurada, es un don de Dios, que sólo en Cristo se encuentra y por ello sólo en Él y por
Él podemos alcanzar.
Muchas más cosas, en pocas palabras nos enseña el Apóstol a continuación. No
olvidemos que la Iglesia es su cuerpo. Pero ahora quisiera detenerme en lo que sigue un poco
más adelante: «Deus autem, qui dives est in misericordia, propter nimiam caritatem suam,
Christus resurrexit. Arvo.net, abril 2012.
8
qua dilexit nos, cum essemus mortui peccatis, convivificavit nos Christo -gratia estis salvati- et
conresuscitavit et consedere fecit in caelestibus in Christo Iesu, ut ostenderet in saeculis
supervenientibus abundantes divitias gratiae suae in bonitate super nos in Christo Iesu» (Ef 2,
4-7). Son palabra fuertes que solicitan fe recia: El poder de Dios actúa en el cristiano de forma
similar a como ha actuado en Cristo. San Pablo emplea casi las mismas expresiones que antes
(cfr Ef. 1,20), para mostrar el alcance que tiene en el hombre la salvación realizada por
Jesucristo.
Así como un muerto no es capaz de darse a sí mismo la vida, tampoco quienes estaban
muertos por el pecado podían alcanzar por sí solos la gracia santificante. Únicamente Cristo,
mediante la Redención, proporciona esa vida nueva que comienza con la justificación y que
tiene como fin la resurrección y la felicidad del Cielo. El Apóstol habla de esa vida de la gracia
y, en consecuencia, de nuestra futura resurrección y glorificación con Cristo en los cielos.
Observemos que todo esto lo contempla el apóstol como si se tratara de algo «ya» realizado.
La razón es ésta: Jesucristo es nuestra Cabeza y todos formamos con Él un solo cuerpo (cfr
Gal 3,28). Hemos visto que la Iglesia es «su cuerpo». Así que, como miembros vivos del
cuerpo participamos de la condición de la Cabeza. Cristo, después de su Resurrección y
Ascensión a los cielos está sentado a la derecha del Padre. «El cuerpo de Cristo, que es la
Iglesia -comenta San Agustín-, ha de estar a la derecha, es decir, en la bienaventuranza, como
dice el Apóstol: con él nos ha resucitado y hecho sentar en los cielos. Aunque nuestro cuerpo
no esté allá todavía, ya tenemos allá la esperanza» (De agone christiano, XXVI).
La resurrección y exaltación de Cristo es una realidad evidente para la fe del cristiano.
Pues bien, también es real nuestra participación en la muerte y en la resurrección de Cristo.
Incoada ya en nosotros desde el momento mismo de nuestra incorporación a Cristo por el
Bautismo. Hemos «co-muerto» con Cristo, hemos sido «con-vivificados» y «co-resucitados»
con Él. «Convivificavit nos, et conresuscitavit…», dice san Pablo. También nos ha sentado con
Él en los cielos: «et consedere fecit in caelestibus in Christo Iesu». La vida del cristiano es
realmente una vida del todo nueva nueva en Cristo; una nueva creación.
Esto es una realidad, no plena, pero real; como es real lo no pleno pero incoado y en
tensión a la plenitud. Estamos «sentados» con Cristo en el Cielo. Quizá la ley de la gravedad,
las leyes de Newton, y cualesquiera otras leyes gravosas de la existencia humana, nos
dificulten la comprensión de esta realidad, pero la sabiduría de la fe nos asegura que es así. Y
es preciso que ese saber informe toda nuestra manera de pensar, nuestro modo de ver y de
enfocar las cuestiones que la vida corriente y las circunstancias eventualmente extraordinarias
nos plantean en este mundo. Tocamos con los pies en el suelo, nos movemos en el planeta
Tierra, hemos de calcular según las leyes de este universo, pero ¡no sólo con éstas!, porque
también estamos con Cristo a la derecha del Padre y nuestra perspectiva ha de señorear sobre
todo este mundo sensible, material, apasionante, pero transitorio. Las decisiones no pueden
proceder sólo de un cálculo físico, químico, biológico, económico, político, etc. Han de contar
siempre con el factor «eternidad», o lo que para el caso es lo mismo, con la luz de la Fe, con la
ilusión sobrenatural de la esperanza cristiana y la fuerza del amor de Dios.
En el cielo y en la tierra a la vez
Por eso, en cierta ocasión, san Josemaría rezaba así: «Hemos de estar --y tengo
conciencia de habéroslo recordado muchas veces-- en el Cielo y en la tierra, siempre. No entre
el Cielo y la tierra, porque somos del mundo. ¡En el mundo y en el Paraíso a la vez! Esta sería
como la fórmula para expresar cómo hemos de componer nuestra vida, mientras
permanezcamos in hoc saeculo. En el Cielo y en la tierra, endiosados; pero sabiendo que
somos del mundo y que somos tierra, con la fragilidad propia de lo que es tierra: un cacharro
de barro que el Señor se ha dignado aprovechar para su servicio. Y cuando se ha roto, hemos
acudido a las lañas, como el hijo pródigo: he pecado contra el cielo y contra Ti. Lo mismo
cuando se trató de una cosa de categoría, que cuando era algo menudo. A veces nos ha dolido
mucho, mucho, un fallo pequeño, un desamor, un no saber mirar al Amor de los amores, un
no saber sonreír. Porque, cuando se ama, no hay cosas pequeñas: todo tiene mucha categoría,
todo es grande, aun en una criatura miserable y pobre como yo, como tú, hijo mío. Ha querido
el Señor depositar en nosotros un tesoro riquísimo. ¿Que exagero? He dicho poco. He dicho
Christus resurrexit. Arvo.net, abril 2012.
9
poco ahora, porque antes he dicho más. He recordado que en nosotros habita Dios, Señor
Nuestro, con toda su grandeza. En nuestros corazones hay habitualmente un Cielo. […]
[S.Bernal, Apuntes sobre la vida del Fundador del Opus Dei, Ed. Rialp, Epílogo, p.357 ss.]
Cristo vive. Al encarnarse se ha unido a todo hombre, a cada hombre (Juan Pablo II).
La relación de todo hombre con Cristo – la oración, la «ad-oración», el coloquio íntimo - ha de
ser viva, puesto que en Él vivimos, si se me permite hablar así, reduplicativa y
pluridimensionalmente, ya que de una parte, como afirma san Pablo: «En él [por ser sus
criaturas] vivimos, nos movemos y existimos»; de otra, por Gracia, «ya no yo, sino Cristo…».
La resurrección es todo esto en el tiempo del fiel cristiano. ¿Qué será la resurrección en la
eternidad? «Seremos semejantes a Él…», dice san Juan
Antonio Orozco
Arvo.net, 8.04.2012
Descargar