El nuevo revisionismo en Gran Bretaña

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Cuadernos Políticos, Número 44, México, D.F., editorial Era, julio-diciembre de 1985 pp.
20-35.
Ralph Miliband
El nuevo revisionismo
en Gran Bretaña
Desde fines de los años setenta, y particularmente desde que el gobierno Thatcher
asumió el poder en mayo de 1979, la izquierda ha producido una vasta cantidad de
escritos que pretenden explicar los problemas que han afligido al Partido Laborista y al
movimiento laboral en su conjunto.* La búsqueda de explicaciones —y de remedios—
se ha tornado más intensa que nunca a partir de la segunda victoria electoral de los
conservadores en junio de 1983, lo que no es de sorprender ya que fue un gobierno
excepcionalmente reaccionario el que se vio reelecto; y ello a pesar del desempleo
masivo, la erosión de los servicios bienestaristas y colectivos y la incapacidad
manifiesta no sólo para revertir la declinación económica británica, sino incluso para
detenerla. Está claro que los presentes son tiempos muy duros para toda la izquierda, y
es muy natural —y muy deseable— que tiempos así produzcan un intenso pensar y
repensar en torno a lo que está mal, y lo que se puede hacer al respecto. Sin embargo,
mi argumento en este artículo será que las tendencias que han predominado en los
escritos de la izquierda de los últimos años no ofrecen soluciones socialistas a los
problemas que enfrenta; constituyen —para utilizar la frase de John Westergaard—1 un
"nuevo revisionismo"; y este nuevo revisionismo significa un retroceso muy
pronunciado respecto de algunas posiciones socialistas fundamentales. Lejos de ofrecer
una salida a la crisis, el nuevo revisionismo es una manifestación más de la crisis, y
contribuye no poco al malestar, la confusión, la pérdida de confianza e incluso la
desesperanza que tan dañinamente han afectado a la izquierda en años recientes. Desde
luego, el fenómeno no se ha confinado a la Gran Bretaña y ha asumido formas mucho
más virulentas y destructivas en otros países, muy particularmente en Francia, donde no
ha constituido un "nuevo revisionismo" sino un retroceso radical hacia la histeria
anticomunista y el oscurantismo, tanto religioso como secular. Nada de esto ha sucedido
1* Agradezco a Robin Blackburn y Marion Kozak algunos comentarios muy útiles sobre este
artículo
John Westergaard, "Class of '84", New Socialist, n. 15, enero-febrero de 1984.
en la Gran Bretaña, y debemos sentirnos realmente agradecidos; en todo caso, no ha
sucedido en el caso de las personas de cuyos trabajos me ocuparé enseguida.
Me he referido a "tendencias". Por ello quiero denotar un espectro de pensamiento
en el que se pueden hallar muchas posiciones y énfasis diferentes, sostenidos por
personas que pertenecen a diferentes generaciones, tradiciones, partidos y movimientos,
y que no necesariamente concuerdan entre sí en muchas cuestiones importantes; y es
precisamente esta diversidad la que ha contribuido a oscurecer el grado en que atas
personas trabajan en el seno de un espectro de pensamiento identificable. Cuando leo a
Eric Hobsbawm, Stuart Hall, Bob Rowthorn, Beatrix Campbell, Raphael Samuel,
Gareth Stedman Jones, Chantal Mouffe, Ernesto Laclau, Paul Hirst, Barry Hindess y
otros, en revistas como Marxism Today, New Socialist, New Statesman y otras
publicaciones, noto grandes diferencias entre ellos, pero también encuentro marcadas
similitudes de enfoque, de disposición y de interés, así como —lo que no es menos
importante— ciertos repudios en común.
La segunda oleada
Este nuevo revisionismo constituye la segunda oleada que ocurre en Gran Bretaña
desde la segunda guerra mundial. La primera oleada, que apareció en los años cincuenta
y alcanzó su clímax con el intento de Hugh Gaitslrell de remodelar el Partido Laborista
hacia la derecha, sacó fuerza de las derrotas electorales del laborismo en 1951, 1955 y
1959, pero no fue causado por ellas. La verdadera causa fue la determinación de los
dirigentes del Partido Laborista (y los dirigentes sindicales) de librar al partido de sus
compromisos socialistas y amacizar el predominio de la derecha sobre la izquierda. Las
derrotas electorales sólo vinieron a reforzar la creencia de la dirigencia laborista de que
tales compromisos significaban un estorbo intolerable en términos ideológicos, políticos
y electorales.
El revisionismo del tiempo presente es un asunto muy distinto, en su proveniencia, su
personal y sus propósitos. Para la mayoría de las personas a que aludo, las nuevas
derrotas electorales del Partido Laborista han sido sólo la ocasión de interrogarse
angustiadamente por las razones de la declinación del apoyo al laborismo en la clase
obrera; y esta interrogación es a su vez parte de un cuestionamiento mucho más amplio
de la teoría marxista y las propuestas y prácticas socialistas. En este renglón, el nuevo
revisionismo británico se vincula con un fenómeno internacional que abreva de muchas
fuentes diferentes: la experiencia del "socialismo realmente existente", Checoslovaquia
y Afganistán, el derrumbe de las ilusiones maoístas, Cambodia y las amargas
consecuencias de la victoria en Vietnam, las marchitas esperanzas eurocomunistas, el
surgimiento de "nuevos movimientos sociales" nacidos de la insatisfacción con las
limitaciones de los tradicionales movimientos y partidos laboristas y socialistas, un descreimiento creciente en la capacidad de la clase obrera para ser el agente de un cambio
social radical, y la consiguiente "crisis del marxismo". En el caso específico de Gran
Bretaña, hay que añadir lo que para muchos ha sido el trauma del "thatcherismo" y, lo
que es aún más traumático, su habilidad para ganar elecciones.
Los que forman parte del nuevo revisionismo no son social-demócratas de derecha.
Algunos de ellos, como Eric Hobsbawm y Bob Rowthorn, son miembros del Partido
Comunista, y lo han sido durante muchos años. Otros, como Stuart Hall y Raphael
Samuel, son miembros fundadores de la Nueva Izquierda de los cincuentas: ambos han
estado y siguen estando fuertemente comprometidos con un cambio radical. Algunos
otros se sitúan en diversas partes de los movimientos laboral, feminista y pacifista, o en
los tres. Muchos conservan afinidades con una u otra variante del marxismo. Ninguno
de ellos ha abjurado del socialismo: por el contrario, creen que contribuyen a su
advenimiento con las preguntas que hacen, las dudas que expresan, las críticas que
formulan y las direcciones que toman.
Entonces, ¿por qué hablo de un retroceso respecto de las posiciones socialistas? A fin
de responder esta pregunta, me ocuparé una por una de cuatro cuestiones íntimamente
relacionadas que son de importancia crucial para el movimiento laboral y que también
tienen un carácter central en el espectro de pensamiento que me propongo examinar: el
sentido y significado de la "política de clase"; la cuestión del Estado; la estrategia
socialista y el Partido Laborista; y algunos temas vinculados con la defensa y la política
exterior. Quiero señalar, antes de comenzar, que el nuevo revisionismo ya ha provocado
una oposición considerable. La Marx Memorial Lecture de Eric Hobsbawm de
septiembre de 1978 —"The Forward March of Labour Halted", publicada por primera
vez en Marxism Today— produjo una buena cantidad de comentario crítico en las
siguientes entregas de esa revista, por parte de comunistas y otros.2 A partir de entonces
se ha manifestado una oposición a los nuevos escritos revisionistas en revistas de la
2 La conferencia y los comentarios se compilaron después en E. J. Hobsbawm et al., The Forward
March of Labour Halted?, Verso/NLB, Londres, 1981.
izquierda laborista tales como Labour Herald y London Labour Briefing, así como por
parte de figuras de la izquierda laborista como Tony .Benn y Eric Heffer y de revistas
trotskistas como Socialist Worker y Socialist Action. Pero la resistencia principal ha
provenido del interior del Partido Comunista, en particular por parte del muy
tradicionalista Morning Star, así como de algunos miembros del partido.3 El presente
artículo se ha beneficiado considerablemente de lo que se ha dicho en estos sectores
sobre el nuevo revisionismo; sin embargo, expondré argumentos que difieren
muy
—
agudamente en ciertos casos— de los puntos de vista expresados por otros hasta ahora.
LA POLÍTICA DE CLASE
La "política de clase" se ha convertido en la abreviatura de mucho de lo que el nuevo
revisionismo repudia enérgicamente: ante todo, ha llegado a significar la insistencia en
la "primacía" de la clase obrera organizada en el desafío al poder capitalista y en la tarea
de crear un orden social radicalmente diferente.
El repudio de esta noción de "primacía" proviene de muchas objeciones diferentes:
que la clase obrera, en todos los países capitalistas, se ha negado a desempeñar el papel
revolucionario que le asignaron Marx y marxistas posteriores, y no da indicación alguna
de querer desempeñarlo; que, por el contrario, los objetivos de los trabajadores
organizados (los cuales desde luego constituyen sólo una minoría de la clase obrera)
siempre han sido y siguen siendo muy limitados, "economicistas", partidistas y
corporativos y que, por ende, los trabajadores organizados y los instrumentos que se
supone los representan —sindicatos y partidos— no abarcan las necesidades y
aspiraciones de todos los grupos explotados y oprimidos de la sociedad, y por tanto la
clase obrera no es la "clase universal" cuya propia liberación significará la liberación de
todos esos grupos; que la pretensión de "universalidad", además de ser espuria, abre las
puertas a la perpetuación de la dominación, por el hecho de rechazar el "pluralismo" que
está o debe de estar en el núcleo mismo del proyecto socialista; que la "clase obrera", en
el sentido marxista tradicional, de todas maneras está desapareciendo rápidamente en
los países capitalistas avanzados, como resultado de nuevos desarrollos tecnológicos
que se combinan con la división internacional del trabajo; y que los "nuevos
movimientos sociales", basados en raza, etnia, sexo, preferencia sexual, intereses
3 Véase B. Fine, L. Harris. M. Mayo, A. Weir, E. Wilson, Class Politics, Londres, 1984, y A. Weir
y E. Wilson, "The British Women 's Movement", New Left Review, n. 148, noviembre-diciembre de
1984.
ecológicos y la lucha por la paz, significan por lo menos un desafío tan grande y radical
—de hecho mayor y más radical—al orden social existente como la clase obrera
organizada. No todos aquellos que forman parte del espectro de pensamiento que abarca
al nuevo revisionismo necesariamente sustentan todas estas posiciones; pero la mayoría
sustenta algunas de ellas. El tiempo puede estar o no estar maduro para decir "adiós al
proletariado", de conformidad con André Gorz,4 pero, en la perspectiva del nuevo
revisionismo, el tiempo ciertamente está maduro ya para decir adiós a la "primacía" de
la clase obrera, dado que tal noción es arcaica, errónea y peligrosa, y remplazarla con un
modelo de lucha basado en la diversidad de intereses, preocupaciones y "discursos" que
emanan de una multitud de estratos sociales, grupos y movimientos, sin presunción ni
pretensión jerárquica, en un patrón de alianzas en cambio constante.
Sería muy necio decir que en todo esto no hay muchas aportaciones importantes,
muchas correcciones y críticas muy necesarias de las tradicionales y complacientes
nociones socialistas, como también negar que muchas cuestiones suscitadas por el
nuevo revisionismo deban enfrentarse con suma seriedad por parte de todo aquel que se
interese en el avance del socialismo. Pero esto no debe permitir que se oculte todo
aquello que es fundamentalmente erróneo en lo que el nuevo revisionismo dice o
implica a propósito del papel de la clase obrera organizada en el desafío al poder
capitalista.
La recomposición de la clase obrera
Es absolutamente cierto que en años recientes la clase obrera ha experimentado un
acelerado proceso de recomposición, con un declive de los sectores industriales
tradicionales y un considerable crecimiento adicional de los sectores de cuello blanco,
distribución, servicio y técnico. No hay nada particularmente nuevo en este fenómeno;
de una u otra forma, esto ha sucedido siempre en la historia del capitalismo, y muy
particularmente en el siglo XX, a través de la verdaderamente dramática desaparición
de los trabajadores de la tierra en tanto que amplio componente de la clase trabajadora.
En todo caso, la recomposición de la clase obrera no es sinónimo de su desaparición
como clase. Por el contrario, es muy razonable argumentar que ha habido un aumento
4 A. Gorz, Farewell to the Forking Class, Londres, 1982, ha sido un influyente texto "revisionista" en
muchos países, y parece haber tenido un marcado impacto en la corriente de pensamiento de que
me ocupo.
en el número de asalariados ubicados en los niveles subordinados del proceso
productivo y que éstos, con sus personas dependientes, constituyen la clase obrera de
los países capitalistas avanzados y conforman de lejos la mayor parte de sus
poblaciones.
La clase trabajadora no es idéntica a aquella de hace cien, o cincuenta, o incluso
veinticinco años. Pero en lo que atañe a su ubicación en el proceso productivo, su poder
y responsabilidad muy limitados o inexistentes, su dependencia casi total de la venta de
su fuerza de trabajo para obtener un ingreso, y el nivel de este ingreso, es tan "clase
trabajadora" como sus predecesoras. Y lo mismo se aplica a esa parte de la población
que conforman los trabajadores desempleados y otros que no son parte del proceso
productivo y dependen por completo o principalmente del seguro de desempleo.
Asimismo, hay que notar que la clase obrera "tradicional" está muy lejos aún de
desaparecer de la escena. En otras palabras, es muy prematuro decir adiós a la clase
obrera.
Por lo demás, no hay ninguna buena razón para suponer que la clase trabajadora
recompuesta sea menos capaz de desarrollar los compromisos y la "conciencia de clase"
que los socialistas siempre han tenido la esperanza de ver surgir. La siempre recurrente
noción de que la clase obrera contemporánea se ha finalmente integrado al capitalismo,
o de que se ha reconciliado irrevocablemente con él, o de que se ha disgregado
irreversiblemente en elementos divididos y conflictivos, es tan carente de fundamentos
hoy como ayer.
Los nuevos movimientos sociales
Es también pertinente hacer notar que la clase trabajadora incluye grandes números
de gente que son también miembros de los "nuevos movimientos sociales", o son parte
de los grupos en los que estos movimientos desean influir; y su membrecía de la clase
obrera constituye un elemento de suma importancia en su identidad social. Decir esto no
es caer en el "reduccionismo de clase" que tan fácilmente achaca el nuevo revisionismo
a Marx. Más bien es un caso de lo que podría llamarse "relacionismo de clase", la
insistencia de que la clase es un factor crítico y decisivo del "ser social".
Este punto exige que abundemos. Es posible que las mujeres trabajadoras, o los
obreros negros, o los trabajadores homosexuales, sientan en su ser más interno que es
como mujer o negros u homosexuales que se definen a sí mismos, y que es como tales
que experimentan la explotación, la discriminación y la opresión. Sin embargo, el hecho
de que sientan que es así, si bien es un asunto de la mayor importancia, no por ello
implica que se trata de una representación fidedigna de la realidad. Dicha realidad, que
incluye la explotación, la discriminación y la opresión a que se ven sujetos los negros,
los homosexuales y las mujeres, es conformada de manera crucial por el hecho de que
son trabajadores, ubicados en un punto particular del proceso productivo y de la
estructura social. Los negros, los gays y las mujeres de clase alta pueden también
experimentar la discriminación y opresión; pero la experimentan de manera distinta.
Una trabajadora blanca experimenta sobreexplotación y opresión; y una trabajadora
negra las experimenta de tres maneras: como negra, como mujer y como trabajadora; y
estas opresiones múltiples se combinan, desde luego. Oponer sexo y clase, hacer de
sexo o raza o cualquier cosa el criterio que define el "ser social", e ignorar o minimizar
el hecho de clase, significa contribuir a ahondar las divisiones que están presentes en la
clase trabajadora.
El seccionalismo, el sexismo y el racismo existen. Sin embargo, no está de más
recordar que en muchas ocasiones han sido parcialmente superados en el curso de la
Lucha; que los trabajadores en diferentes inserciones ocupacionales, hombre y mujer,
negro y blanco, han luchado a veces solidariamente contra un enemigo común; e incluso
que millones de trabajadores, pese a todas sus divisiones y divergencias, se han
vinculado entre sí, así sea tenuemente, gracias a su apoyo común a partidos cuyo
hincapié no estribaba en divisiones seccionales u otras sino en la solidaridad de clase y
el propósito mancomunado; y que no existe conflicto inherente que deba separar para
siempre a un trabajador de otro.
Nada de esto alcanza para borrar la discriminación y opresión que a diario los
trabajadores practican contra los trabajadores, pero de todas maneras es importante que
los socialistas no hagan de esto una barrera insuperable, de forma que lo más que pueda
esperarse es que se forjen alianzas pasajeras y llenas de sospechas mutuas entre socios
naturalmente antagónicos. No sólo es más deseable, sino más razonable, enfatizar la
necesidad de reconciliar las diferencias, así como el grado en que éstas, aunque reales,
son parte de un contexto dado. En Wigan Pier Revisited, Beatrix Campbell nos dice
que emprendió su viaje "como el tipo de feminista que decía: no son los hombres, es el
sistema' ", pero que su viaje la convenció de que "los hombres y la masculinidad, en sus
manifestaciones cotidianas e individuales, constituyen un bloque sistemático de
resistencia a las mujeres de su propia comunidad y clase. Son culpables tanto los
individuos varones cuanto los movimientos que los hombres han formado dentro de la
clase obrera".5 No cabe duda de que "el sistema" no puede explicarlo todo, no digamos
excusarlo todo. Pero de nada sirve, al menos en términos socialistas, lanzar este
veredicto general y sin excepciones de culpa colectiva de los "hombres".
Aquí es pertinente la experiencia de la huelga de los mineros, o más bien la
experiencia de las mujeres en la huelga. En su capítulo sobre los mineros epítomes de
"masculinidad" según ella—, Beatrix Campbell alude al "culto de la masculinidad en el
trabajo y el juego y la política" que "prospera tan sólo en las exclusivas masonerías de
los hombres, con sus códigos secretos que hacen de las mujeres inmigrantes en sus
propias comunidades".6 Y sin embargo, al mismo tiempo que se publicaba el libro de
Campbell, esas supuestas inmigrantes en sus propias comunidades estaban organizando
sus magníficos grupos de apoyo y se paraban hombro con hombro con los mineros en
los piquetes de huelga; y no parecía existir un "bloque sistemático de resistencia" de los
mineros hacia lo que estaban haciendo las mujeres: por el contrario. Asimismo —y al
riesgo de ser objeto de mucho ridículo— vale la pena señalar que el muy denostado y
despreciado movimiento sindical no ha sido del todo inconsciente de las deformaciones
que lo merman. El sexismo, el racismo, la discriminación y el seccionalismo son hechos
reales en el movimiento obrero, pero por lo general (no siempre) se reconocen como
deformaciones, contrarias a lo que se proclama como los valores y propósitos del
movimiento. Es cierto, por supuesto, que los reconocimientos y las proclamas no
bastan, y que lo que importa es la práctica. En este aspecto, hay mucho camino por
hacer. Sin embargo, sería realmente caer en una "metafísica, obrera" el creer que un
movimiento que tradicionalmente ha sido dominado por la clase obrera blanca
masculina, procreado en un contexto capitalista competitivo, en un país con una larga
historia imperialista, y sujeto a las constricciones y deformaciones producidas por tal
contexto y tal historia, podría dar un gran salto a un reino práctico y teórico en el que se
hubieran eliminado todos los defectos que lo aquejan. No se trata de pasar por alto estos
defectos, sino de luchar contra ellos con la convicción de que son remediables y de que
no hay ningún obstáculo insuperable en el llevar la práctica más cerca de lo que se
proclama.
5 B. Campbell, Wigan Pier Revisited, Londres, 1984, p. 5. [El título alude al libro-reportaje que en
1937 hizo George Orwell sobre el desempleo masivo en las áreas mineras de Lancashire y Yorkshire:
The Road to Wigan Pier. T.]
6 Ibid., p. 98. Cursivas añadidas.
Una historia de luchas
Si bien éstas pueden ser cuestiones debatibles, a primera vista no parece haber nada
debatible en la observación de que la clase obrera se ha negado consistentemente a
desempeñar el papel revolucionario que le asignó Marx: después de todo, la evidencia
histórica muestra que en ningún país capitalista avanzado ha hecho la revolución la
clase obrera.
Un examen más riguroso de la cuestión, sin embargo, muestra que quizá la evidencia
no es tan clara. La afirmación tajante de que la clase obrera nunca ha desempeñado, y
nunca ha querido desempeñar, un papel revolucionario ignora el hecho de que vastos
números de trabajadores, de un extremo de Europa al otro, con frecuencia han
desplegado en el siglo XX un activismo militante que tenía claras intenciones
revolucionarias o por lo menos fuertes connotaciones revolucionarias: en Rusia en 1917,
en Europa oriental, Austria, Alemania e Italia en los años inmediatamente posteriores a
la primera guerra mundial, en España en los treintas. Tampoco ese activismo militante,
aunque en formas menos dramáticas, ha estado ausente en la clase obrera de Gran
Bretaña o Francia o Estados Unidos. Por lo demás, esa afirmación tajante ignora el
hecho de que la resistencia a la ocupación nazi en toda Europa, durante la segunda
guerra mundial, y particularmente en Francia, Italia, Grecia y Yugoslavia —
manifestación dramática de lucha armada a escala europea—, fue obra sobre todo del
movimiento obrero, impelido no sólo por la voluntad de liberación nacional sino
también, y no menos, por la voluntad de una renovación social completa y
revolucionaria. También viene al caso mencionar que millones de obreros en los países
capitalistas avanzados han apoyado, desde la segunda guerra mundial, a partidos que se
comprometían con llevar a cabo tal renovación. Y ha habido ocasiones en los años de
posguerra —en Italia, Francia, Portugal, Grecia, Gran Bretaña— en que grandes
cantidades de obreros han desplegado el mismo tipo de activismo militante que los
obreros demostraron en periodos anteriores. Esto no significa sugerir que el "modelo"
de Marx de la revolución era el correcto: es simplemente introducir un correctivo
necesario en una versión histórica que sistemáticamente subestima la intensidad y el
alcance de la lucha de clases en que los trabajadores han estado enfrascados.
Sin embargo, existe también una razón muy diferente para afirmar que la clase obrera
ha jugado un papel más "revolucionario", en los países de capitalismo avanzado, que el
que comúnmente se le reconoce. Se trata del papel crucial, que nunca ha recibido el
reconocimiento que merece, desempeñado por la clase trabajadora en la consecución de
las reformas que han marcado la historia del capitalismo. El hecho de que "las
relaciones de producción", y para el caso las relaciones de vida, sean menos opresivas
para la mayoría de los obreros de lo que lo eran hace cien o incluso cincuenta años, en
gran medida se debe a la lucha de clase y a la presión desde abajo ejercida sobre los
patrones y el Estado, así como al impacto directo e indirecto que la clase obrera, a través
de sus instrumentos representativos, ha tenido sobre el sistema político de estos países.
Esto no ha significado la toma de Palacios de Invierno, y ciertamente no ha deparado la
transformación revolucionaria de las sociedades capitalistas. Pero ha sido mucho más
significativo en su alcance y resultados de lo que transmiten etiquetas como
"economicista", "corporativo" y demás.
Los avances logrados no han puesto fin a la explotación y opresión, y menos que
ninguna a la de las mujeres y las étnicas. Es preciso señalarlo, pero el hacerlo no debe
ocultar los beneficios que han significado muchos de estos Mires, ni el grado en que han
servido para aumentar las expectativas y promover más demandas y avances. Quizás sea
correcto descartar la noción de la clase obrera como clase "universal"; pero el hecho es
que la clase obrera organizada, en muchas de las demandas que levanta y muchas de las
luchas en que está enfrascada, no está peleando tan sólo por sus objetivos inmediatos,
"economicistas" y "corporativos", sino por toda la clase trabajadora y muchos
individuos ajenos a ella; y sus luchas abarcan muchos de los objetivos de los "nuevos
movimientos sociales" y podrían llegar a abarcarlos más plena y eficazmente.7
Las razones de decir esto nada tienen que ver con una idealización sentimental de la
clase obrera, o con atribuirle un papel privilegiado arbitrario, con el que sueñan los
empresarios intelectuales pero que la propia clase obrera rechaza. Se trata más bien de
que la clase obrera, masculina y femenina, negra y blanca, empleada y desempleada,
joven y vieja, es la que experimenta más agudamente (aunque desigualmente) las
contradicciones, constricciones y opresiones del capitalismo; y que esto produce en la
clase obrera demandas que nacen de necesidades sentidas. Los marxistas han tendido a
exagerar el grado al cual el "ser social" debe producir una conciencia de clase y
7 Así, Raphael Samuel señala: "Las cuestiones suscitadas por la huelga (mineral no son cuestiones
seccionales. Tienen que ver con la política energética, la ubicación del empleo, la democracia industrial, la
responsabilidad gubernamental, el valor adjudicado a la continuidad y la pertenencia, la ética de trabajo, el
empobrecimiento regional, el desempleo juvenil, los derechos locales —y los estándares ambiguos y
desiguales que permean nuestra vida pública". R. Samuel, "A Plan for Disaster", New Society, 7 de marzo
de 1985, p. 368.
socialista en la clase obrera. Muchos de los nuevos escritos revisionistas, sin embargo,
van directamente al otro extremo: al denunciar el vicio del determinismo económico o
mecánico, sucumben al vicio de una completa indeterminación. Esto lleva en dirección
al subjetivismo, para el cual las nociones de clase, estructura e incluso sociedad dejan de
considerarse como instrumental adecuado para el análisis. En esta perspectiva, la
ideología se convierte en un supermercado en que diversas elaboraciones o discursos
ideológicos se encuentran libremente disponibles, uno (o algunos) de los cuales la clase
obrera (suponiendo que tal cosa exista) habrá de elegir, más o menos según su
voluntad, y sin mucha (o ninguna) referencia al "ser social". De hecho, el "ser social",
en esta perspectiva, virtualmente desaparece del todo. En contra de todo esto, es preciso
enfatizar que no hay nada "metafísico", "teleológico", "mecanicista", "economicista",
"reduccionista de clase" —o cualquier otro pecado que el nuevo revisionismo achaque a
los marxistas— en la creencia de que las múltiples enajenaciones engendradas por el
capitalismo en la clase trabajadora deben producir presión, desafío, lucha, conflicto, y
también una disponibilidad, para no decir más, para las ideas de cambio y renovación
radical; e incluso, oso decir, para las ideas socialistas.
Pues después de todo es esto precisamente lo que ha sucedido en los cien años desde
la muerte de Marx, para no remontarnos más. No la revolución, no un levantamiento de
masas, sino la creación de una densa red de instituciones —partidos, sindicatos,
cooperativas, una prensa laborista y socialista, asociaciones y grupos de todo género—
que constituyen un mundo de la clase trabajadora, y cuyo propósito es presionar,
desafiar, luchar y renovar. La creación de este mundo de la clase trabajadora no ha sido
un proceso sencillo, y su historia es tanto de derrotas, retrocesos y traiciones como de
éxitos; y sus defectos, desde una perspectiva socialista, son fácilmente observables. Pero
el proceso ha continuado año tras año y década tras década; y seguirá, mientras dure el
capitalismo. En realidad, tendrá que continuar aun mucho tiempo después. Se le podrá
desviar, dividir, incluso detener temporalmente y aplastarlo. Aun así, empieza de nuevo,
y sigue esforzándose, por la simple razón de que la presión y el desafío son gemelos
siameses de la explotación y opresión.
En vista de todo esto, la "primacía" del movimiento obrero organizado en la lucha
deriva del hecho de que ningún otro grupo, movimiento o fuerza en la sociedad
capitalista es remotamente capaz de levantar un desafío tan eficaz y poderoso contra las
estructuras existentes de poder y privilegio. De ninguna manera quiere esto decir que los
movimientos de mujeres, negros, pacifistas, ecologistas, homosexuales y otros no sean
importantes, o no puedan tener efecto, o que deban renunciar a su identidad aparte. De
ninguna manera. Sólo significa que el principal (no el único) sepulturero del capitalismo
sigue siendo la clase obrera organizada. Ésta es el necesario, indispensable "instrumento
de cambio histórico". Y si, como se dice constantemente, la clase obrera organizada se
rehúsa a encargarse de la tarea, entonces la tarea no se hará; y la sociedad capitalista
pervivirá, generación tras generación, como un sistema social lleno de conflictos,
crecientemente autoritario y embrutecedor, emponzoñado por su incapacidad para hacer
uso humano y racional de los inmensos recursos que el propio capitalismo ha producido
—a menos, desde luego, que el mundo se vea arrastrado a una guerra nuclear. Nada ha
sucedido en el mundo del capitalismo avanzado y en el mundo de la clase trabajadora
que autorice una visión tal del futuro.
EL ESTADO
Uno de los temas que figura prominentemente en los textos del nuevo revisionismo es el
Estado, tema sobre el cual Stuart Hall, en noviembre de 1984, declaró que era "central
en la estrategia de renovación del proyecto socialista", detectando, asimismo, "una
considerable confusión entre socialistas" a su respecto.8 Según parece, la confusión se
debe al hecho de que los socialistas aborrecen del Estado a un nivel, y sin embargo
dependen grandemente de él en otro nivel. Esto, no obstante, no me parece a mí materia
de confusión, sino de una inevitable tensión en el pensamiento y la práctica socialistas,
debida al hecho de que los socialistas efectivamente persiguen la subordinación del
Estado a la sociedad, pero requieren del Estado en la lucha por reformas dentro del
capitalismo, y también requerirán de él (aun si es un Estado diferente) para defender y
mantener un régimen poscapitalista.
A Stuart Hall le parece que el uso del Estado para propósitos de reforma ha
significado un cambio en su naturaleza. "Todavía hablamos del 'Estado capitalista'. Pero
de hecho ya no nos comportamos como si tuviera un carácter de clase único, monolítico.
La izquierda, pese a su retórica, tiene también su parte del Estado: el Estado
bienestarista que distribuye beneficios a los necesitados; atiende las necesidades de la
sociedad; redistribuye recursos a los menos favorecidos; proporciona servicios y
8 Stuart Hall, "The State-Socialism's Old Caretaker", Marxism Today, noviembre de 1984, p. 24.
Véase también, como ejemplos del nuevo pensamiento revisionista sobre el Estado, D. Held y J.
Keane, "In a Fit State", New Socialist, marzo-abril de 1984, y G. Hodgson, "Overstating-the State",
Marxism Today, junio de 1984.
comodidades; y todo sobre una base universalista, no conforme a los términos
mercantiles de la `capacidad de pago'."9 Éste es un caso notable de concepción
equivocada del significado de las medidas bienestaristas de que se hace cargo el Estado.
Tales medidas en cierta medida afectan las formas como la explotación y la dominación
se experimentan, pero no destruyen ni amenazan el sistema cuya esencia son,
precisamente, la explotación y la dominación. Lo que hace el Estado en esa área
constituye una respuesta a las incitaciones y presiones ante las cuales él es el único ente
facultado para actuar, y ante las cuales actúa con la convicción de que su respuesta sirve
para fortalecer, no para debilitar, el sistema que el Estado procura defender. El
cumplimiento de la "función bienestarista" del Estado no lo despoja en absoluto de su
naturaleza clasista.
No hay nada extraño en el hecho de que los socialistas procuren ampliar la función
bienestarista del Estado: tal ampliación es un bien en sí misma, una victoria, conforme a
la formulación de Marx, de la "economía política del trabajo" sobre la economía política
del capital, una forma de elevar y aguzar las demandas y expectativas hacia el capital y
el Estado, una manera de fortalecer y ampliar el sentido y el alcance de los derechos
ciudadanos: en breve, parte intrínseca de la lucha de clases. Como también lo es la
denuncia de la mezquindad, las inhibiciones burocráticas y las resistencias políticas con
que el Estado acompaña su desempeño de la "función bienestarista", en marcado
contraste con su conducta manirrota cuando se trata de los gastos en armamentos.
El nuevo revisionismo denuncia el "estatismo" y el "socialismo administrado
estatalmente"; y hay mucha sustancia y razón en sus críticas al centralismo, la
burocracia, el poder arriba y la pasividad abajo. Pero aun así es peligroso que los
socialistas se nieguen a ver que el Estado en (desafortunadamente) de importancia
decisiva para todo aquello que ellos mismos quieren conseguir. Stuart Hall obviamente
tiene razón cuando rechaza "la idea de un Estado que se encarga de todo, que absorbe
toda la vida social, todas las energías populares, todas las iniciativas democráticas, y
que —así sea benévolamente— gobierna a la sociedad en vez del pueblo"10 Pero no
gene menos razón cuando reconoce el papel que incumbe al Estado y habla de un
"dilema" basado en una "realidad contradictoria" y que expresa la consigna "En y en
contra del Estado"11 Este punto es crucial para toda noción de avance socialista, pues es
9 Ibid., p. 26. Subrayado de Hall.
10 Ibid., p. 27.
11 Loc. cit. Marx, que aborrecía el Estado, sin embargo entendió su necesidad en aras de poder
promover legislación social. En las "Instrucciones a los Delegados de la Primera Internacional al
Congreso de Ginebra de 1866", insistió en que ciertos adelantos "sólo pueden lograrse si se convierte la
por medio de la acción estatal (aunque de ninguna manera tan sólo mediante la acción
estatal) que los socialistas pueden esperar efectivamente el subyugar y disolver el poder
capitalista: mediante un Estado grandemente transformado en su estructura y su
personal, pero un Estado de todas maneras.
El nuevo revisionismo subestima o ignora en todo momento el hecho de que el tipo de
cambio implícito en la noción de socialismo es una empresa muy ardua, no sólo porque
la clase trabajadora tal vez no lo apoye, sino también porque la clase dominante se le
opone, y se le opondría aun si la clase trabajadora llegara a apoyarlo fervientemente. La
"clase dominante" no es una mera expresión: denota una concentración de poder muy
real y temible, una asociación cercana entre el capital y el Estado capitalista, una fuerza
combinada de poder de clase y poder estatal, armada con vastos recursos, y decidida a
usarlos plenamente, de consuno con sus aliados extranjeros, para impedir un desafío
efectivo a su poder. El nuevo revisionismo, a mi entender, no toma este poder con la
debida seriedad: la mayor parte de los textos relevantes se ocupan muy poco de
reconocer y analizar su naturaleza y significado, así como las implicaciones para una
estrategia socialista que sea realista.
El poder dual
Se puede derrotar el poder de la clase dominante y de sus aliados; pero para ello se
necesita un Estado eficaz. Decir esto no implica ser estatista, elitista, antidemocrático o
machista ("el Estado es masculino"), ni ignorar los peligros que esconden estas
etiquetas. Pero la manera de obviar estos peligros no consiste en devaluar y negar el
papel del Estado, sino en procurar combinar el poder estatal con el poder de clase desde
abajo, en un sistema de "poder dual" que haga jugar su papel a un conjunto de fuerzas
populares —partidos, sindicatos, concejos obreros, gobierno local, grupos de mujeres,
grupos de negros y activistas de toda índole— en un ejercicio democrático del poder y
de autogobierno máximo en los procesos productivos y en toda otra faceta de la vida.
Pero el Estado debe de tener un papel importante en todo el proceso. Stuart Hall
concluye el artículo que he mencionado refiriéndose a "los sitios diferentes desde los
cuales todos podemos ya iniciar la reconstrucción de la sociedad, de la cual el Estado es
razón social en fuerza social, y, en ciertas circunstancias, no hay otro método para lograrlo más que
mediante leyes generales, sancionadas por el poder del Estado". K. Marx, Instructions for Delegates to
the Geneva Congress, in The First International and After, Penguins Books, 1974, p. 89.
el guardián anacrónico"12 Esto es demasiado simplista. El Estado hoy en día no es un
"guardián anacrónico": está involucrado crucialmente, desde arriba, en la lucha de
clases. Y no será tampoco un guardián anacrónico en cualquier futuro previsible.
Deberá ser mucho más que un guardián, no sólo para convencer y subyugar la
resistencia reaccionaria al avance socialista, sino también para cumplir muchas
funciones diferentes, incluido el arbitraje entre las diversas y posiblemente conflictivas
fuerzas subsumidas bajo la rúbrica "poder popular". Una consideración sobria nos
asegura que el propio poder popular deberá ser regulado durante un largo tiempo luego
de que se haya creado una sociedad poscapitalista; y será un (radicalmente
transformado) Estado, auténticamente democrático, representativo y llamable a cuentas,
el que funcione como tal institución reguladora. Es sobre tal Estado y sus diversos
órganos locales y regionales que recaerá la tarea de proporcionar la protección última
para los derechos políticos, civiles y sociales; y el Estado será el último recurso contra
las manifestaciones de sexismo, racismo, discriminación y los abusos de poder que
difícilmente serán algo desconocido incluso cuando el capitalismo haya sido
trascendido.
EL PARTIDO LABORISTA Y EL AVANCE SOCIALISTA
Me aboco ahora a algunas cuestiones políticas más inmediatas. Uno de los temas
más insistentes del nuevo revisionismo británico se refiere al declive del apoyo por el
Partido Laborista en la clase trabajadora y el movimiento organizado, así como al
apoyo popular que ha suscitado el "thatcherismo". Como señalé antes, fue en
septiembre de 1978, antes del "invierno del descontento" y de la victoria conservadora
en las elecciones de 1970, que Eric Hobsbawm se preguntaba si "la marcha adelante
de los trabajadores" se había detenido, y de hecho se respondía afirmativamente. De
igual manera, fue en enero de 1979 que Stuart Hall advirtió contra el avance de un
"populismo autoritario", mismo al que describió como "una forma excepcional del
Estado capitalista; a diferencia del fascismo clásico, conserva casi toda (aunque no
toda) la institución representativa formal, y al mismo tiempo ha sido capaz de
construir en torno suyo un consentimiento popular activo".13
12 Ibid., p. 29.
13 S. Hall, "The Great Moving Right Show", Marxism Today, enero de 1979, reproducido en M. Jacques
y S. Hall, comps., T he Politics of Thatcherism, Londres, 1983.
Desde entonces, esas premoniciones, esos temores, se han repetido y vuelto a repetir
a raíz de las victorias electorales de los conservadores en 1979 y 1983, y de la
incapacidad del Partido Laborista (y los sindicatos) para ofrecer una oposición eficaz
al "thatcherismo". La declinación del apoyo electoral de la clase trabajadora al Partido
Laborista, desde 1951, está ampliamente documentada y no puede cuestionarse. Pero
la significación de esa declinación, sus causas, consecuencias y remedios, son asuntos
cuyo tratamiento por el nuevo revisionismo debe decididamente cuestionarse.
El thatcherismo
Primero, sin embargo, ocupémonos del "thatcherismo", y su atractivo popular. El
"thatcherismo" es una forma mucho más vigorosa de lucha de clases entablada desde
arriba que las formas utilizadas por los conservadores a partir de la segunda guerra
mundial, con un prejuicio antisindical mucho más fuerte y una determinación mucho
mayor de reafirmar la autoridad de los empresarios, deprimir salarios, reducir el efecto
de colchón protector de los beneficios bienestaristas, "remercantilizar" la salud, la
educación, el transporte y otros servicios colectivos y bienestaristas, fortalecer la
autoridad y el poder del Estado (pese a todas sus declaraciones "libertarias") y
legitimar sus medidas y programas mediante una frenética apelación al nacionalismo
(a pesar de que Gran Bretaña sigue subordinada a los Estados Unidos), amén, claro, de
su anticomunismo. Se trata de un programa bastante terrible, y la señora Thatcher es
una política lo suficientemente ambiciosa, decidida y desdeñosa como para llevarlo, si
se le permite, mucho más lejos de lo que lo ha llevado hasta la fecha. De hecho, una
cosa que es realmente nueva del "thatcherismo" es que Margaret Thatcher es el primer
Primer Ministro Británico que transmite la muy fuerte impresión de que podría, en
circunstancias apropiadas, desempeñar cómodamente el papel de un Pinochet, o por lo
menos de una Indira Gandhi en los días infames de la Emergencia, y desde luego en
nombre de la democracia, la libertad, la ley y el orden, la lucha contra la subversión y
la defensa de la Constitución.
Es por ello que es tan importante juzgar con precisión el atractivo popular del
"thatcherismo". También en este caso Stuart Hall ha sido el más articulado y elocuente
de los muchos postulantes de la opinión de que ese atractivo es a la vez amplio y
profundo en la clase trabajadora y el movimiento obrero: "La señora Thatcher
claramente es dueña del don de traducir esta visión [de una sociedad de mercado libre] a
las expresiones familiares de la vida cotidiana en medida mayor que su mentor [Sir
Keith Joseph]. Tiene el toque populista [...] su honda penetración en el corazón mismo
del movimiento obrero está a la vista [...] Paradójicamente, Thatcher sí eleva una
pulgada o dos los corazones y las mentes, pues aun si es vil, corrupta y monstruosa su
visión del futuro, por lo menos sabemos en qué consiste" 14 Y más recientemente: "La
nueva derecha combina elementos viejos y nuevos. Se apoya en el viejo léxico del
torysmo orgánico y patriótico, pero combina esto con una especie virulenta de economía
neo-liberal y una agresiva religión del mercado. Es esta novedosa combinación la que
ha establecido una especie de cabeza de puente popular en la comunidad".15
Mucho de lo que ha escrito la izquierda en años recientes ha sido de naturaleza muy
similar, y sugiere enfáticamente que el "thatcherismo" se ha ganado los corazones y las
mentes de una parte muy grande de la clase trabajadora y del movimiento obrero; en
otras palabras, que en Gran Bretaña ha ocurrido un vasto y catastrófico corrimiento
político e ideológico hacia el conservadurismo thatcherista.16 N o existen buenas pruebas
de ello. Es pertinente
aunque no sea un gran consuelo-- señalar que el Partido
—
Conservador siempre ha contado con una medida muy sustancial de apoyo obrero en
las elecciones. En lo que a esto respecta, a los conservadores lea fue mucho mejor bajo
Baldwin en 1931 y 1935, cuando obtuvieron más de 50% del voto, que bajo Thatcher en
1979 y 1983. De hecho, también, les fue mejor en las elecciones de los años cincuenta,
y en 1970 bajo Edward Heath. En 1979 y 1983, los conservadores obtuvieron apenas
un poco más del 40% de los votos emitidos; y sólo consiguieron atraer a poco más del
30% del electorado. Además, un porcentaje un poco menor del electorado optó por los
conservadores en 1983, con relación a 1979.
Éstas no son cifras que indiquen ningún gran crecimiento ideológico y político hacia
el "thatcherismo". Tampoco indican tal cosa los sondeos de opinión17 Esto no es un
14 S. Hall, "Whistling in the Void", New Socialist, mayo-junio de 1981, pp. 11, 12.
15 S. Hall, "Faith, Hope or Clarity", Marxism Today, enero de 1985, p. 16.
16 Así, Beatrix Campbell escribe en Wigan Pier Revisited que "las movilizaciones de decencia y
patriotismo de Orwell son una intervención importante en la cultura socialista. Pero para Orwell el sentido
común es algo unificado y sencillo, y son precisamente las virtudes que afirma las que siempre ha
secuestrado la derecha, nunca más efectivamente que en los años ochenta, con la bronca renovación
operada por el thatcherismo", op. cit., p. 218. Subrayados míos.
17 Así, James Curran señala, en oposición al argumento de Stuart Hall de que el "thatcherismo" ha
socavado "el caso popular en pro del socialismo bienestarista" y "desalojado a las políticas reformistas",
que un estudio reciente, British Social Attitudes: the 1984 Report, muestra que la inmensa mayoría de
la gente se opone a una política de gastos reducidos en los rubros de salud y educación (85%), se opone
al desarrollo de un servicio de salud en dos categorías (64%) y está a favor de una política económica
dirigista y reformista: creación de empleos por el gobierno, proyectos de construcción (89%), control de
importaciones (72%), control de precios (70%) y un programa cuya prioridad sea combatir el desemp'eo y
la no inflación (69%) [...] El discurso thatcherista de incentivos no ha disminuido la opinión de la gran
argumento en favor de la complacencia; sirva tan sólo para señalar que lo que
confronta la izquierda no es un impulso hacia el conservadurismo y la reacción, sino
una enajenación muy marcada de los trabajadores respecto del Partido Laborista, lo
cual es una cuestión muy distinta. Esto lo confirma claramente el hecho de que la
mayor parte de las deserciones del Partido Laborista en las elecciones generales de
1983 aprobaron en beneficio de la alianza SDP/Liberal, y no de los conservadores; los
exvotantes laboristas que optaron por la Alianza estaban obviamente expresando una
preferencia por partidos en oposición declarada al "thatcherismo".
Respuestas populares
Vienen al caso algunas otras observaciones sobre las actitudes populares en años
recientes. La primera: ocho millones y medio de electores, la mayoría de clase obrera,
votaron por el Partido Laborista en 1983; si tomamos en cuenta la condición del
laborismo en ese momento y el tipo de campaña electoral que llevó a cabo, se trata de
un hecho verdaderamente notable, mucho más notable que las deserciones que
ocurrieron, y es testimonio de un apoyo popular de fuerza y resistencia extraordinarias.
En segundo lugar, hay que mencionar el aumento de la membresía sindical, que con
justeza destacan los autores de Class Politics : "De 1969 a 1979, la membresía sindical
creció de 10.5 millones a casi 13.5 millones, luego de mantenerse estancada en los
veinte años previos [...] sean cuales sean los resultados de las encuestas de opinión, la
popularidad de los sindicatos, medida según la membresía, reveló un crecimiento sin
precedentes en los años setenta en diversas secciones de la población".18 También
señalan que desde entonces ha habido una cierta declinación, como consecuencia del
gran incremento del desempleo. La membresía sindical no significa un compromiso
político con la izquierda; pero aún menos sugiere una adhesión al "thatcherismo".
Después de todo, uno de los puntos principales de su dogma es su hostilidad al
sindicalismo.
En tercer lugar, es necesario, al juzgar el atractivo del "thatcherismo", que se insista
en que, en términos económicos, ha sido un fracaso pavoroso. Fuera de un grupo por
cierto grande de aduladores, nadie cree realmente que Thatcher, pese a su pretensión y
arrogancia, haya hecho nada para remediar los males económicos de la Gran Bretaña, o
mayoria (72%) de que la distancia entre los ingresos altos y bajos es demasiado grande". "Rationale for
the Right", Marxism Today, febrero de 1985, p. 40.
18 Class Politics, cit., p. 5
que su gobierno propone algo serio que pueda remediarlos. Lo único que ha mantenido
a flote al gobierno es el petróleo del Mar del Norte; sin él, estaría en desesperados
aprietos. Casi toda la gente sabe que la Gran Bretaña se encuentra en un atolladero
terrible; y mucha gente de la clase trabajadora —mucha más de la que cree el nuevo
revisionismo— sabe que lo único que ha logrado el "thatcherismo" en estos seis largos
años es empeorar las cosas.
¿Qué hay, pues, del declive del apoyo al Partido Laborista? Era de esperarse que
gente interesada en la renovación socialista llevara a cabo un estudio penetrante de las
razones de tal declive; en realidad, lo que el nuevo revisionismo ha dicho sobre sus
causas —y sus remedios— no es muy esclarecedor.
El declive del Partido Laborista ha tenido lugar bajo los auspicios de un liderazgo casi
exclusivamente compuesto de gente que pertenece a la derecha y el centro del partido, y
que como es natural realizaron políticas, en el país y en el exterior, congruentes con su
disposición ideológica y política. Por ello, no parece del todo irrazonable sugerir que
tales políticas pueden haber tenido algo que ver con el creciente alejamiento popular del
Partido Laborista. El argumento, desde luego, no es que la clase trabajadora clamaba
por más socialismo y se apartó del laborismo cuando sus líderes no suministraron el
dicho socialismo. El argumento es más bien que las políticas que implementaron tales
líderes dieron pie a menos y menos razones para votar por el Partido Laborista. Lo
increíble, digámoslo de nuevo, es que tantos trabajadores se hayan mantenido fieles al
laborismo. Sin embargo, la responsabilidad por el declive y el fracaso no se puede
achacar tan sólo a individuos como Wilson y Callaghan, aun si su responsabilidad es
mucha; más bien debe atribuirse a toda una orientación política, es decir, la
socialdemocracia y su voluntad de administrar el orden social capitalista sin nunca
intentar llevar a la práctica una transformación radical de ninguno de sus rasgos básicos.
Sería erróneo sugerir que este triste desempeño no ha sido objeto de crítica, y crítica
severa, en los textos del nuevo revisionismo. Por el contrario, hay muchas referencias en
esos textos a la diversidad de fracasos y abandonos del laborismo en el curso de los
años; aunque no son tan específicas como debieran en cuanto a la responsabilidad por la
declinación del apoyo al laborismo que debe achacarse a la teoría y práctica de la
socialdemocracia. Más interesantes, empero, e instructivas sobre las tendencias del
nuevo revisionismo, son las posiciones que éste adopta respecto a las luchas de la
izquierda "tradicional", tanto dentro como fuera del Partido Laborista.
Tales luchas son desde luego tan antiguas como el propio Partido Laborista: lo que les
dio una intensidad excepcional en los años posteriores a 1979 fue precisamente la
sombría experiencia de los periodos de Wilson y Callaghan, la determinación de la
izquierda laborista de empujar al partido hacia posiciones más radicales, y la
incapacidad del liderazgo laborista para someter y suprimir a sus críticos. No cabe la
menor duda de que, hace veinticinco años, los nuevos revisionistas de hoy con edad
suficiente para involucrarse en política estuvieron del lado de la izquierda laborista,
separados de ella tan sólo por la creencia (muy legítima) de que la izquierda laborista de
entonces no se ubicaba muy a la izquierda. Lo mismo no puede decirse de su posición
respecto de las luchas actuales en el Partido Laborista. Lo que uno observa es más bien
un marcado distanciamiento tanto respecto de la izquierda laborista como de la
izquierda ubicada más allá de tales posiciones, e incluso una buena dosis de impaciencia
y hostilidad. La creencia actual es que la izquierda "tradicional", y ante todo los
marxistas que forman parte de ella, son anacrónicos, "fundamentalistas", incapaces de
encarar la dura realidad, autoritarios, estatistas y desde luego sexistas; y muchos de los
textos del nuevo revisionismo parecen sugerir o implicar que tales deformaciones son de
tan honda implantación que son virtualmente irremediables.
Eric Hobsbawm ocupa su propio sitio particular en el espectro del pensamiento
revisionista, dentro del cual probablemente es considerado a su vez por muchos como
un representante eminente de la izquierda "tradicional". En todo caso, no ha ocultado su
impaciencia con aquella gente —los partidarios de Benn y otros— que hicieron
campaña por una política de izquierda en el Partido Laborista luego de 1979. En octubre
de 1983 argumentaba que, para mucha gente de izquierda, antes de las elecciones
generales de ese año, "un gobierno Thatcher era preferible a un gobierno laborista
reformista", y por ello pensaban que elección era una derrota de todas formas, de modo
que no importaba mucho si los potenciales votantes laboristas se sintieran perplejos y
desmoralizados por el espectáculo de los líderes y activistas del partido que se hacían
trizas en público desde hacía años a propósito de cuestiones de difícil comprensión".19
En un número subsiguiente de Marxism. Today, Eric Heffer rechazó vigorosamente
la aseveración de que mucha gente de izquierda prefería un gobierno Thatcher a un
gobierno reformista de los laboristas; y creo que tenía la razón. 20 Más importante, sin
embargo, es el impaciente desinterés de Hobsbawm respecto a los conflictos del Partido
Laborista, mismos que considera no sólo dañinos sino, por lo que parece, virtualmente
19 E. Hobsbawm, "Labour's Lost Millions", Marxism Today, octubre de 1983, p. 8.
20 E. Helfer, "Labour's Lost Millions II", Marxism Today, diciembre de 1983.
sin sentido. En consecuencia, en marzo de 1984 afirmaba que por ningún motivo debía
producirse "un reinicio, por cualquiera de las partes, de la suicida guerra civil en el
Partido Laborista".21
La izquierda y la "unidad"
No cabe duda de que se deben evitar las "suicidas guerras civiles", pero esa
invocación equivale en rigor a insistir en la necesidad de "unidad". Sin embargo, esto es
ignorar el hecho de que la unidad siempre se fragua conforme a los términos de los
líderes, y que sin fuertes presiones y luchas, los líderes laboristas no habrán de avanzar
mucho en una dirección radical, incluso cuando están en la oposición, para no decir
nada de cuando están en el gobierno. No es una exageración decir que esto se aplica
tanto a Neil Kinnock, Roy Hattersley y sus colegas como a sus predecesores.
Hobsbawm dice que "ciertamente el futuro descansa en un Partido Laborista que se
desplace a la izquierda"22 Más aún, se compromete con la afirmación tajante de que "nos
guste o no, el futuro del socialismo se dará a través del Partido Laborista" 23 Sin
embargo, hay que decir que, si esto ha de significar algo en realidad, se necesitará
mucha más presión de la izquierda que la que Hobsbawm está dispuesto a aceptar. Aquí
hay una contradicción irresuelta; de todas maneras, el peso del argumento se dirige
innegablemente hacia lo que él llama "radicalismo miope y sectario".24
Desgraciadamente, la alternativa propuesta queda muy alejada de cualquier tipo de
radicalismo. Hobsbawm dice que "el Partido Laborista debe, por supuesto, recuperar el
apoyo de la clase obrera en su conjunto", pero también debe "convertirse, una vez más,
en el partido de todos los que quieren democracia, una sociedad mejor y más justa,
independientemente de la etiqueta de clase que les atribuyen los encuestadores e
investigadores de mercado: en suma, para usar la vieja consigna laborista, `todos los
trabajadores manuales y mentales'; y esto no sólo incluye a la vasta mayoría de
ciudadanos británicos asalariados".25 Sin embargo, el Partido Laborista nunca ha gozado
21 E. Hobsbawm, "Labour: Rump or Rebirth?”, Marxism Today, marzo de 1984, p. 12. Subrayado de
Hobsbawm.
22 Ibid., p. 8.
23 Loc. cit.
24 Ibid., p. 11.
25 "Labour's Lost Millions", cit., p. 9. También dice: "No hay nada oportunista en la creencia de que la
carrera armamentista nuclear es un camino al desastre, y cuando lo dice, el laborismo está ya solicitando
un apoyo más allá de las distinciones de clase. No es oportunista creer que podemos y debemos atraer a
todas las mujeres y todos los jóvenes [...]".
del apoyo de la clase obrera "en su conjunto". Y tampoco ha sido nunca el partido de
todos los trabajadores manuales y mentales". Si lo hubiera sido, sus resultados
"
electorales hubieran sido muy distintos. Pese a ello, Hobsbawm quiere que el Partido
Laborista vaya allende esa "vasta mayoría de ciudadanos británicos asalariados" y
atraiga (presumiblemente) a amplios sectores de la sólida burguesía.
El problema con este tipo de atractivo es que siempre conlleva un agudo
atenuamiento de los compromisos radicales, como también un antagonismo no menos
fuerte hacia la izquierda, la cual naturalmente se opone a ese atenuamiento. En su
famosa alusión a la posibilidad de que tal vez debería considerarse un acuerdo electoral
con la Alianza SDP/Liberal en las próximas elecciones, Hobsbawm dice que "debe
encontrarse una forma de unir a la mayoría de la gente que se opone al torysmo".26 Pero
el tipo de política al que apunta este argumento es el menos capacitado para lograr tal
objetivo. En efecto, exige una búsqueda constante de "fórmulas" capaces de acercar a
gente que se encuentra dividida a propósito de cuestiones fundamentales; es una receta
perfecta para actuar blandengue e indecisamente en la oposición, y para fracasar, por
ineficacia, en el gobierno. Lo mismo debe decirse de la idea propuesta por Martin
Jacques y Stuart Hall en su introducción a la compilación Politics of Thatcherism: que
lo que necesita del movimiento obrero es "la construcción del más amplio conjunto de
alianzas contra el thatcherismd, lo cual implica, en primera instancia, posiblemente
objetivos bastante modestos"27 Si bien algo pudiera decirse en favor del "más amplio
conjunto de alianzas", nada semejante puede decirse de los "objetivos bastante
modestos" que aquí se proponen. Ciertamente nada podría incapacitar y desarmar más al
movimiento obrero que esto, y anular, precisamente, su habilidad para ser la fuerza
organizadora de un conjunto de alianzas que abarcara a esa "vasta mayoría de
ciudadanos británicos asalariados". Sólo un programa radical, nada modesto en sus
objetivos, en el que se crea firmemente y que defiendan inequívocamente sus
impulsores, puede ser el cemento de una alianza tal, y tal vez obtener el apoyo de los
segmentos burgueses que Hobsbawm quiere atraer.
Eric Hobsbawm ha sido durante cincuenta años un hombre resuelto y firme en la
izquierda. No sólo es uno de sus intelectuales más dotados y distinguidos, sino
también un hombre de gran honestidad, cuyas réplicas a las controversias que ha
generado han sido modelo de sobriedad y moderación. Lo que se encuentra detrás de
26 Ibid. Subrayado por Hobsbawrn.
27 The Politics of Thatcherism., cit., p. 16. Subrayados mías.
su argumento es un conjunto de temores perfectamente honorables. En un artículo
publicado en enero de 1983, Hobsbawm decía: "Es patente el peligro de una derecha
populista y radical que se desplace aún más a la derecha. El peligro es particularmente
grande porque hoy día la izquierda está dividida y desmoralizada, y sobre todo porque
vastas masas británicas, o en todo caso inglesas, han perdido toda esperanza y
confianza en los procesos politicos y en los políticos: cualquier político" 28 El peligro
es ciertamente real. Pero la manera como Hobswam se propone enfrentarlo me parece
a mí más susceptible de agravarlo.
El espectro antizquierda
Otros, en el espectro de pensamiento que estoy discutiendo, ocupan posiciones un
tanto distintas. Pero su hostilidad a los empeños de izquierda es también muy notable.
Raphael Samuel, por ejemplo, en vísperas de la Conferencia Anual del Partido Laborista
de 1984, publicó un artículo intitulado "Benn Past and Benn Present" que contiene
pasajes como éstos: "En el mundo imaginativo del señor Benn [...] la Conferencia anual
cobra el carácter de un ser viviente y consciente, un sujeto colectivo dotado de mente y
personalidad propias. [...] A la angustiada pregunta de los partidarios del laborismo: `
¿Qué fue lo que falló?', el bennismo replica con una respuesta deslumbrantemente
simple: `Las decisiones de la Conferencia nunca se cumplieron'. [...] Los hipócritas
tributos a las bases, como también, dado el caso, a los sindicatos, son de aquellos que
constituyen el privilegio, y el deber, del que se mantiene aparte [...] es difícil no
recordar el clásico tono de condescendencia con que los patricios suelen desde siempre
proclamar su amor por la plebe".* Y también: "La tragedia del señor Benn es que
desposó la causa del socialismo en el momento mismo en que, según podemos apreciar
ahora, en Gran Bretaña y en el resto de Europa (del este y del oeste) dejaba de ser una fe
obrera. El rechazo a reconocer este nuevo fenómeno debe de ser el origen de la tirantez
de su retórica".29 Al leer el artículo de Raphael Samuel, es difícil tener presente que
ningún laborista que haya sido miembro del gabinete (sin excluir a Nye Bevan) ha sido
tan explícito, específico y cabal como Benn en su denuncia de la estructura británica de
poder económico, social y político. Esto no significa que no merezca críticas. Pero
28 E. Hobsbawm, "Falklands Fallout", Marxism Today, enero de 1983, p. 19
* El político Tony Benn, caudillo del ala izquierda del laborismo, es de origen aristocrático. Para enfatizar
su oposición a su clase, renunció a su título de nobleza y modificó su apellido, que solía ser WedgwoodBenn. [T.]
29 R. Samuel, "Benn Past and Benn Present", New Statesman, 28 de septiembre de 1984. Subrayados
míos.
denigrar no es criticar, y más vale dejarlo en manos de los enemigos del socialismo.
Por su parte, Stuart Hall escribía en la primavera de 1983, luego de que los mineros
votaron contra ir a la huelga, que "imaginar que la gente sacrificará sus medios de
vida siguiendo las aseveraciones no probadas de sus Líderes significa malinterpretar la
relación entre líderes y tropa y mal entender la racionalidad de la acción de clase [...]
A los mineros se les ofrecieron tres razones para votar a favor de la huelga: en
memoria de los que habían construido el sindicato; por el bien de sus familias; y
'como hombres', que tienen el deber de ponerse en pie y pelear. Encendidos
sentimientos. Y sin embargo, en su trayectoria hacia atrás, en sus suposiciones
familistas y masculinistas, esas palabras tienen un retintín arcaico a mis oídos. La
causa es correcta. El lenguaje es un lenguaje moribundo". 30 Menos de un año después
de que escribió lo anterior, los mineros fueron a la huelga, y la mantuvieron durante
un año, y Stuart Hall pudo decir que "indudablemente la huelga de los mineros ha
generado una enorme energía y confianza en la izquierda".31
Por su parte, Beatrix Campbell, en el libro que ya he citado, interpretó el rechazo de
los mineros a embarcarse en la acción industrial en 1982 como una confirmación de
"la sospecha de que se han acabado los viejos modos de entablar la guerra de clases".32
No era una sospecha que compartieran los propios mineros, ni por cierto el gobierno
Thatcher.
A fines de 1984, Beatrix Campbell estaba también muy enojada con Tariq Ali por
haberse atrevido a sugerir, en un libro que a ella le pareció "aburrido" (su libro de
entrevistasc o n Ken Livingstone, Who's A fraid of Margaret Thatcher? ) , que "un
proyecto socialista serio en la Gran Bretaña requiere la fusión del alcance teórico de una
amplia capa de marxistas [...] con la destreza, la pericia y el valor de líderes capaces de
comunicar con millones de seres como Benn. Scargill y Livingstone".33 El comentario
de Campbell es el siguiente: "Los Tres Mosqueteros. Esto equivale al cursi elitismo de
30 "Whistling in the Void", cit., p. 12.
31 "Faith, Hope or Qarity", cit., p. 18.
32 The Road to Wigan Pier, cit., p. 114. Sus comentarios sobre la huelga de los mineros sugieren que
Campbell la veía como una lucha entre "la derecha dura" y la "izquierda dura", y es a ésta a la que reserva
sus comentarios más vitriólicos. Sin embargo, nada de lo que decía —aseguraba a sus lectores— era "un
argumento contra la lucha, es simplemente un argumento contra la amnesia y la trotshabla ". [Trotsspeak, como en el Newspeak de Orwell; el prefijo trots deriva de trotskismo. T.l (B. Campbell, "Politics
Old and New", New Stetesman, 8 de marzo de 1985, p. 24). También informa, con obvia aprobación, de
mujeres que apoyaban la huelga y se sentían enajenadas respecto de "los hombres, que se comportaban
como hombres, coléricos, brutales, inútiles. Un bando es tan malo como el otro" (ibid.). Sus propios ataques
a la izquierda, en todo caso, demuestran que la brutalidad verbal no es un monopolio masculino. Subrayados
míos.
33 B. Campbell, "Politics, Pyramids, and People", Marxism Today, diciembre de 1984, p. 25. Véase T. Ali
y K. Livingstone, Who's Afraid o) Margaret Thatcher?, Verso, Londres, 1984.
extrema izquierda, disfrazado como un nuevo tipo de intervención popular en la política
[...] El precepto de Tariq es en realidad la rehabilitación de una vieja fórmula de
organización política [...] Desde luego es una pirámide; las vanguardias siempre lo son,
y en la cima hay muy, muy poca gente". No ha de sorprender que Tariq Ali describiera
esto (y muchas otras cosas en la misma vena) como una caricatura demagógica del
argumento que él proponía: "El ataque contra el elitismo fundamentalista es
demagógico, porque incluso el más radical de los libertarios tiene que procurar ser más
ilustrado, activo y organizado que la masa de ciudadanos. La única manera de evitar
esta acusación sería hundirse en una completa pasividad y agnosticismo".34
En su artículo, Beatrix Campbell también dice que "esta noción de vanguardia va [...]
justamente contra lo que era interesante del GLC,* a saber, que suministraba recursos a
facciones pobres de política popular que ya estaban involueradas en cambiar las
condiciones materiales en que vivía la gente".35 Típicamente, lo que aquí se omite es
que fue una organización, en la que había líderes, quienes de buen o mal grado
constituyeron una "vanguardia", la que fue capaz de suministrar recursos a la gente
mencionada. Es importante que entendamos la base de la que surge este tipo de
pensamiento. Surge de un conjunto de identificaciones negativas: la política de clase se
identifica con una disolución "reduccionista" de la diversidad, con un "economicismo"
estrecho y frecuentemente con un chovinismo masculino. La organización se identifica
con la burocracia, el liderazgo con el elitismo, los compromisos fundamentales con una
miopía "fundamentalista". En otras palabras, vicios y deformaciones reales, que son
parte del asunto, se tratan como si fueran el todo, y como virtualmente inerradicables.
Esto es profundamente destructivo. En muchos casos, estas identificaciones negativas
han llevado a un rechazo completo de la práctica política socialista. En el caso del
nuevo revisionismo, ha llevado a otras cosas: como un estrecho localismo de base,
emparentado con lo que Raymond Williams ha llamado el "particularismo militante",
sumamente lleno de sospechas respecto de todo lo que está más allá de él. Esto es el
reverso del sesgo centralista que con frecuencia ha afligido a la izquierda. Pero el
localismo es también una deformación; más atractiva que el centralismo, pero incapaz
de presentar un desafío efectivo a un sistema de poder sumamente concentrado. En años
recientes ha habido notables iniciativas y avances en los niveles municipal y
comunitario; y por supuesto que hay que celebrarlos y apoyarlos. Pero el "socialismo en
34 T. Ali, "Politics and Pyramids", Marxism Today, enero de 1985, p. 40
* GLC: Greater London Council. Ayuntamiento del Gran Londres. [T.]
35 Campbell, art. cit., p. 25
una sola localidad" no sustituye a la práctica política nacional en la que están obligados
a intervenir los socialistas.
LA DIMENSIÓN INTERNACIONAL
Toda esta discusión es muy provinciana y estrecha, pero es un hecho que los escritos
de que me he ocupado no hacen virtualmente ninguna referencia a la cuestión de la
Gran Bretaña en el mundo. Aquí hay una vasta zona de casi total silencio. Esto es tanto
más notable cuanto que dicha cuestión tiene una relación de lo más directa con muchos
de los temas políticos que preocupan a la gente ubicada en el espectro de pensamiento
que estamos considerando.
Puede suponerse que toda esta gente desea ver algunas reorientaciones fundamentales
de la política británica exterior y de defensa, lo que incluye el desarme nuclear
unilateral británico y cerrar las bases nucleares estadounidenses en nuestro territorio.
También podemos suponer que desean que termine el apoyo británico a la empresa
antirrevolucionaria global en que los Estados Unidos se han embarcado desde 1945, en
nombre del anticomunismo; y ciertamente se oponen a la intervención estadounidense
en Centroamérica. Muchos —quizá la mayoría— también están a favor del retiro
británico de la OTAN.
Por lo que toca a las actitudes hacia la Unión Soviética, la mayoría de esta gente sin
duda tiene un punto de vista agudamente crítico de muchas medidas políticas soviéticas
en su territorio y en el extranjero, y tiene la fuerte convicción —en base a muchas
razones— de que la Unión Soviética y otros países de tipo soviético están muy alejados
de algo que pudiera llamarse una sociedad socialista. Hay críticos del nuevo
revisionismo a los que esto les parece totalmente aborrecible, una desviación intolerable
de lo que consideran que es el camino de la rectitud socialista. Por otra parte, otros
críticos del nuevo revisionismo, incluido el presente, no comparten esta opinión, si bien
dan gracias —como lo señalé al principio de este artículo— de que en la izquierda
británica no haya habido ese virulento anticomunismo, más el apoyo a la política de
defensa y exterior estadounidense, que ha sido tan notable en los exmaoístas,
exestalinistas y otros exizquierdistas de Francia y otros países.
Con todo, las posiciones y los compromisos que tiene el nuevo revisionismo respecto
a la política, exterior y de defensa suponen implicaciones que nunca ha confrontado
seriamente; de hecho, nunca las ha confrontado en absoluto. Hay que mencionar dos de
esas implicaciones. En primer lugar está el hecho de que los líderes laboristas también
tienen sus compromisos y posiciones. Se oponen a ciertos aspectos del intervencionismo
estadounidense, como por ejemplo en Nicaragua; y formalmente están en contra —pero
¿qué tan firmemente?—de las bases nucleares en Gran Bretaña, los proyectiles Cruise y
Pershing, los Polaris, los Trident y la Guerra de las Galaxias. Pero también están muy
firmemente comprometidos —de esto no hay duda— con la alianza con Estados Unidos
y la pertenencia a la OTAN. Esta combinación es una receta perfecta para la
incoherencia y la vacilación, como bien quedó demostrado en la campaña electoral de
1983. El problema no se ha resuelto. Pero si ha de resolverse en dirección a la izquierda
—que es lo que se debe suponer que desea el nuevo revisionismo-- tendrá que bregar y
presionar mucho, y de buena parte de ello deberá encargarse la izquierda "tradicional",
tanto dentro del Partido Laborista como fuera de él. En este aspecto, como en tantos
otros, el nuevo revisionismo debería considerar a la izquierda "tradicional" como
indispensable para sus propios propósitos, y no como una fuerza ajena y sospechosa; y
también aquí —aunque sea impopular decirlo— nada se moverá realmente hasta que lo
decida la clase obrera organizada. Esto no significa devaluar la labor de loa pacifistas:
sólo quiere decir que para que haya un movimiento verdadero se requiere de la clase
obrera organizada.
El segundo punto está muy relacionado con el primero. Toda reorientación
significativa de la política exterior y de defensa —y el desarme unilateral ciertamente
lo es— muy definitivamente sería considerada "revolucionaria" por un vasto conjunto
de fuerzas conservadoras tanto en este país como en el extranjero. En rigor, todo
intento serio de un hipotético gobierno laborista por llevar a cabo medidas como el
cierre de las bases nucleares yanquis y la renuncia al arsenal nuclear británico
provocaría una oposición frenética en muchos sectores de Gran Bretaña, en los Estados
Unidos y en otros países miembros de la OTAN.
Esto subraya las mismas consideraciones que antes hicimos respecto a las medidas
socialistas diseñadas para erosionar y disolver las estructuras de poder existentes. La
oposición que suscitaría la reorientación radical, por parte de un gobierno de izquierda,
de la política exterior y de defensa actual sólo podría enfrentarse mediante una vasta
movilización de muchas fuerzas extraídas de muchas fuentes: en el núcleo tendría que
estar la fuerza obrera organizada, obreros y obreras, trabajadores blancos y trabajadores
negros, trabajadores jóvenes y trabajadores viejos. Y esta movilización también
requeriría la combinación del poder del Estado con el poder de clase, la organización y
el liderazgo con la iniciativa local y la espontaneidad de las bases. En otras palabras, la
lucha, tanto por el socialismo como por la paz, requiere un sistema de alianzas
populares: y sólo la clase obrera organizada puede formar la base de ese sistema.
Una de las consignas que más se escuchan en la izquierda hoy en día es "Pesimismo
de la inteligencia, optimismo de la voluntad". Siempre se le atribuye a Gramsci, pero él
en realidad la tomó de Romain Rolland, quien pertenecía a una tradición política muy
distinta. La izquierda la adopta de buena gana para consagrar la única sabiduría
apropiada para la época presente; pero en realidad es una pésima consigna para
socialistas. Nos dice que la razón dicta la convicción de que nada ha de culminar como
debiera, que la derrota es mucho más probable que el éxito, que la esperanza de crear
un orden social libre de explotación y dominación es probablemente ilusoria; pero que
de todas maneras hemos de empeñarnos a pesar de todos los pesares, con un ánimo
resuelto y desesperanzado. Es una consigna "noble", plena de pathos romántico, pero
desprovista hasta del mérito de lo plausible; pues difícilmente puede haber mucho
empeño si la inteligencia nos dice que la empresa es vana, sin esperanza, perdida. Y sin
embargo es en este ánimo que se encarna mucho del pensamiento del nuevo
revisionismo.
Hace veinticinco años, cuando esta revista [New Left Review] se creó, entre quienes la
crearon no había quien pensara que se hallaban en una escalera mecánica de la historia
que los llevaría inevitablemente a la tierra prometida de un socialismo fácil de realizar.
Pero tampoco había la sensación de que la empresa socialista, el proyecto de crear una
sociedad cooperativa, democrática e igualitaria, era ilusoria. Pese a todos los rudos
golpes que la causa socialista ha recibido en los últimos veinticinco años, no hay
ninguna buena razón para creer tal cosa.
[Tomado de New Left Review n. 150, Londres, 1985. Traducción de Héctor
Manjarrez]
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