(Reseña sobre) Tramas, libros, nombres. Para entender la

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LLUCH PRATS Javier: (Reseña sobre) Tramas, libros, nombres. Para entender la literatura española, 1944-2000, de José-Carlos
Mainer
Olivar, 2008 9(11), pp.185-191. ISSN 1852-4478.
http://www.olivar.fahce.unlp.edu.ar
josé-Carlos mainer, Tramas, libros, nombres.
Para entender la literatura española, 19442000, Barcelona: Anagrama, 2005, 347 pp.
Javier Lluch Prats
CSIC-CCHS-ILLA
Si consideramos la historia de la literatura como un modo de lectura,
volver a contar y esbozar un sentido deviene una práctica que compromete y responsabiliza al crítico. Ante todo, para ello es necesario establecer criterios que con una perspectiva cronológica permitan atender,
como aquí se propone, a lo panorámico, lo escrito o lo más personal,
en suma, tal como José-Carlos Mainer señala, los criterios se resumirían
en las tramas, los libros y los nombres de la historia literaria. La mirada
sintética, precisa e iluminadora de Mainer opera, pues, en tres frentes
diversos pero complementarios. Como es habitual en sus sólidos trabajos de historiografía literaria, su análisis es inseparable de lo histórico,
ya que “la literatura se nos hace inteligible en forma de historia […] los
acontecimientos dictan de algún modo las palabras, las imágenes, las
opciones de género y tono de los libros” (59).
Mainer reúne diez contribuciones suyas publicadas entre 1993 y
2004, más dos artículos inéditos, principalmente en torno a la narrativa
española contemporánea, pero también a la poesía, el cine y el ensayo.
Ante posibles críticas que no pocas carencias pudieran depararle (el teatro, por poner un caso), Mainer las reconoce al anunciar en el prólogo
que estamos ante un compendio de textos que muestran filiaciones, reconocimientos, hermandades significantes de la tríada señalada. Frente
a la sistematicidad que caracterizaría a un ensayo de conjunto sobre la
literatura del periodo escogido (1944-2002), esta colección de textos de
un mismo autor –no alejados en su escritura– manifiesta no sólo auOlivar Nº 11 (2008), 185-191.
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sencias sino que, al mantener los originales casi sin retoque alguno, no
puede evitarse la reiteración de datos y expresiones, las vueltas a libros
y autores, si bien es cierto que cualquiera evidenciaría en su obra crítica
cierta intertextualidad, sobre todo cuando, como aquí, los tiempos, las
voces y las obras no son tan distantes. Además, si los textos desvelan
repeticiones puntuales también apuntan temas en los que un crítico se
detiene, aspectos a los que regresa para matizarlos o relacionarlos con
otros que tal vez no advirtió en otro lugar, y todo enriquece la interpretación respecto de cuestiones que concitan la mirada crítica, como en
este libro ocurre con la Transición española o el interés de Mainer por
ciertos escritores: Álvaro Pombo, Antonio Muñoz Molina, Javier Cercas
o Juan José Millás.
En el prólogo Mainer aclara el significado de la secuencia del título
(autores-libros-tramas), la cual responde a un efecto retórico tan grato
al autor: “la enumeración como sucedáneo de la explicación” (9). Y todo
ello para que dispongamos de una lectura moral (y así histórica) de la
literatura, que sume los elementos aducidos, lectura que es lo que Mainer
denomina entender la historia de la literatura. A la pregunta axial para
interpretar la praxis crítica (¿qué antepone el historiador como modo
de trabajar?), Mainer responde definiendo la secuencia escogida: por un
lado, las tramas muestran temas o motivos que perseveran cuando se
realiza una visión panorámica de obras o autores, o bien predican una
forma de coherencia interior en un marco de coincidencia cronológica
que reúne nombres y autores. Por otro lado, los libros privilegian una
obra sobre otras, mas también el diálogo establecido entre ellas por influencia o convergencia. Convocar nombres implica que, a la visión de la
obra concreta, el crítico anticipa el designio personal, el constructor de
la obra. Mainer plantea igualmente otras preguntas fundamentales: “¿Sobreviven las tramas, los títulos y los nombres en una época de síntomas,
de escrituras, de indicios de autoría?” (8). Y ante el arriesgado análisis de
la literatura más reciente, en que la perspectiva es insuficiente, también
cuestiona si es posible decir algo provechoso sin que el tiempo invalide
“las afirmaciones jactanciosas, las profecías inútiles, las admiraciones
malgastadas o los olvidos temerarios” (8).
El libro se divide en tres partes. La primera, en torno a las tramas,
se abre con el artículo titulado “Por ejemplo, 1944. Un año de literatura”
(1999). Como es usual en sus trabajos, Mainer inicialmente nos acerca el
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contexto de un año tan amargo para Europa y para la España de posguerra. Publicaciones como La Estafeta Literaria o Arriba le permiten
enunciar lecturas epocales y adalides como Eugenio D’Ors y Ernesto
Jiménez Caballero. También recuerda la consolidación del ensayo de
alta divulgación y las síntesis universitarias de calidad (entre otras, la
Historia de la lengua española de Lapesa). A lo largo de estas páginas
(y en otras del libro), Mainer incorpora, afortunadamente, nombres del
exilio al canon que se va trazando: Zambrano, Ferrater Mora, Ayala, Aub
o Gil-Albert. Bajo un epígrafe de revelador título, “De la vegetación al
páramo”, muestra cómo bajo el primer franquismo se produjo la definitiva separación entre las culturas elevada y popular, quebrándose “el
frágil edificio populista pero integrador de la vida intelectual española
de anteguerra” (27). La convaleciente vida literaria del 44 la definen promociones de veteranos: Azorín, Manuel Machado, Wenceslao Fernández
Flórez y Pío Baroja. De manera concreta, Mainer analiza Hijos de la ira
y Sombra del paraíso, de Dámaso Alonso y Vicente Aleixandre; señala
los pasos iniciales de revistas como Garcilaso y Espadaña; de una voz
acuñada que calaría: ‘tremendismo’; la relevancia de Nada y Mariona
Rebull, así como de las novelas rosa de Carmen de Icaza y Rafael Pérez
y Pérez. Por otra parte, Cela, ya en aquel tiempo nombre imprescindible,
irá construyendo su carrera literaria: nadie como él encarnó la literatura
franquista, concluye Mainer.
Seguidamente, mediante lo que era un trabajo inédito, pasamos a
la poesía en “1952: en el cincuentenario de una quinta”, en claro guiño
a Quinta del 42, de José Hierro. En el repaso a la constitución literaria
de la posguerra encontramos esta significativa declaración personal de
Mainer: “Cuando supe quiénes eran los míos y los de enfrente y quién
tuvo razón, me pasé de bando. Pero, porque yo también ignoré, siempre
he preferido inclinarme con comprensión y piedad hacia los equivocados, o hacia los débiles y flexibles, que muy a menudo, he traído a mi
mesa de trabajo (43). Para entender la posguerra (y otras épocas), Mainer
recomienda la discriminación atenta y la lectura que busque síntomas
más que hechos constantes. Él selecciona y dedica sus páginas a José
Hierro, Ildefonso Manuel Gil y Blas de Otero. En el apartado “Hablando
de historia y de literatura” comenta hechos políticos, películas, novelas
y poemarios, revistas juveniles como Alcalá, y hasta reitera (esos inter-
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textos que mencioné antes) la consolidación del ensayo académico de
carácter divulgativo.
En “El otoño del miedo: la imagen fílmica y literaria de la decadencia de Franco” (1998), para la primera, entre 1970 y 1985, Mainer
pone sobre el tapete películas de Saura, Erice, Borau, Gutiérrez Aragón,
Mercero y Camino. Para la imagen literaria da entrada a Goytisolo, Valente, Sahagún, Irigoye, Umbral y Vázquez Montalbán, de quien destaca
Autobiografía del general Franco (1992) con rotunda afirmación: “libro
que se impone por su sinceridad generosa y por su fe en la virtud moral
de la Historia con mayúscula” (87). Como hace previamente en otros
casos, toma el pulso al estado de un año concreto, ahora al emblemático
1992.
Este artículo engarza bien con “El peso de la memoria o la imposibilidad del heroísmo en el fin de siglo” (2004), texto que Mainer inicia
delimitando la Transición española (1973-1986). De nuevo, una sumaria
introducción histórica nos adentra en la memoria de un tiempo de posmodernidad ética, reflejo de la “pérdida de la inocencia” en la España
reciente. Mainer establece varios apartados: en el dedicado a los mitos
relacionados con la Guerra civil aborda relatos sobre la contienda durante los años ochenta. Por un lado, la fase mítica representada por Cela
o Benet. Por otro, la imaginaria posesión y la indagación que expresan
novelas como Beatus Ille de Antonio Muñoz Molina y más tarde Soldados
de Salamina de Javier Cercas. Por otra parte, las que denomina “Cenizas
del 68” caen sobre Luz de la memoria de Lourdes Ortiz, El río de la luna
de Guelbenzu, Muchos años después de José A. Gabriel y Galán, pero
sobre todo para Mainer es Visión del ahogado, de Millás, “la primera
gran parábola del desencanto en la España de la primera transición”
(108). Luego da paso a Gabriel Albiac como representante de una nueva
casta intelectual apoyada en las columnas de los diarios; la poesía de
Jorge Riechmann; las memorias de Martínez Sarrión, es decir, textos que
desembocan en la última batalla intelectual, que, para Mainer, es la emprendida por quienes se enfrentan al terrorismo etarra: Savater, Juaristi,
Elorza, Unzueta, Azurmendi. De modo particular se ocupa de Juaristi
por considerar su aportación la de mayor desarrollo de “una indagación
de naturaleza político-filológica sobre la autopercepción de los vascos”
(120).
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En la segunda parte, tras las tramas llegan los libros. En primer lugar, en “Síntomas de solidaridad: una lectura conjunta de Los bravos y El
Jarama” (2001), Mainer escoge estas novelas señeras que dan una lección
de historia viva y “encierran todavía una lección de fe en los poderes de
la literatura” (150), novelas que encarnan el inicio de una nueva narrativa
y describen la evolución de las clases subalternas en los cincuenta. Al
contexto socio-histórico de la generación de los niños de la guerra, en
una posguerra de marcada jerarquización social, Mainer añade detalles,
por ejemplo, respecto de la edición española, con colecciones que marcaron rumbos nuevos en editoriales como Castalia y Destino. Tal como él
comenta, la literatura de la mirada fue la que entró en la historia literaria,
con relatos en los cuales la observación vehicula el reconocimiento y la
mecánica del relato, organiza afectos, recuerdos e impotencias.
En esta zona del libro el lector se encuentra con obras aludidas en la
parte primera y que, ahora, el crítico analiza explícitamente en “Identidad
y desencanto en tres novelas de la Transición (Visión del ahogado, El río
de la luna y El héroe de las mansardas de Mansard)” (2004, en su versión francesa en 2000). Vuelve igualmente a definir la Transición, con las
premisas de desencanto e identidad presentes en casi todas las novelas
desde los setenta hasta 1985. Cuanto deparó la propuesta de Sobejano
en torno a la “novela ensimismada”, aquí se resume en “novela egoísta”,
la cual sigue marcando la literatura del siglo XXI (que Mainer intuye novelero y egoísta). Escoge, por tanto, tres novelas que exploran el pasado
mediante un exorcismo de la memoria a través de la mirada enajenada
(Millás); mítica (Guelbenzu) y cómplice (Pombo).
Después, Mainer inserta una larga reseña sobre Rafael Sánchez
Ferlosio originalmente publicada en Saber/leer en 1994: “La razón desesperada (sobre Vendrán más años malos y nos harán más ciegos)”. Se
detiene en la devoción del autor por Machado y sus similitudes; pero
también en el secreto de este texto: su ritmo, su estilo entre vulgar y
elucubrado, popular y culto; una prosa que, a juicio del crítico, ocupa
un lugar de excepción en la historia literaria. Le sigue a esta reseña un
texto publicado por el Centro de Profesores y Recursos de Cuenca en
2002: Ensayos, dietarios, novelas en el telar: la “novela a noticia”. Es un
acierto el rescate de este excelente trabajo que, ligado al anterior, comienza enunciando los límites de la novela, la pugna con ámbitos como
la filosofía, las características del relato contemporáneo en que la duda
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frente a la fuerza de las tramas lleva a incorporar el proceso de escritura
al texto. De Torres Naharro toma el concepto de “novelas a noticia”, que
definiría muchas novelas actuales nacidas de la perplejidad, evocadoras
de un mundo que llega a través de la información cotidiana, conscientes
de la inviabilidad de penetrar en los auténticos motivos de las acciones
humanas. Textos por los que retorna una literatura del yo, “forma vicaria
de metaliteratura” (204). Y es que cada día hay más escritura personal,
más diarios y dietarios, es decir, modos de descubrimiento, que son
también síntomas de madurez y complicidad apreciados por Mainer en
Muñoz Molina, Trapiello y Sánchez Ostiz. Bajo el epígrafe “Novela e información” se interroga la relación entre reportaje periodístico y prosa
de novela, relación que exhiben autores como Juan José Millás, Manuel
Vicent, Álvaro Pombo y Arcadi Espada, sobre quien Mainer se extiende en su análisis. Todo ratifica que hoy el relato explora los límites de
la imaginación “y merodea, a falta de otras presas, en las páginas del
periódico” (214). O de la misma literatura, como hace Vila Matas, cuya
praxis se define como ejercicio de “ensayo narrado”, “narración ensayo”
o “novela a noticia”. Todo se literaturiza, como muestra El mal de Montano. Así también, en el libro reaparece Cercas por sus novelas de campus
como El vientre de la ballena, y nuevamente por Soldados de Salamina.
Y del arriesgado conocimiento y la vuelta a la literatura propia y ajena
Mainer pone como testimonio a Javier Marías y Antonio Muñoz Molina,
este último por Sefarad.
De la narrativa se regresa a la poesía en “Algunos poetas en el campus”, texto estructurado en cinco secciones correspondientes a cinco
breves artículos de una serie de folletos no venales que vieron la luz entre 1993 y 2000. Tales secciones se ocupan de Antonio Martínez Sarrión,
Guillermo Carnero y Jon Juaristi. Se añade otra dedicada a Andrés
Trapiello, donde Mainer redunda en la distinción entre diario y dietario
apuntada en páginas precedentes (252). Por último, cierra su contribución
con la escritura poética de una voz fundamental: Luis García Montero.
En la tercera parte, los libros, Mainer selecciona tres modelos de
escritura. “Introducción al realismo de Álvaro Pombo” (texto presentado
en 2004 en un encuentro en Neuchâtel) es una extensa contribución
sobre un autor a quien la filosofía le permite, como la novela, elaborar
un discurso acerca de los grandes temas de la vida, fundamentado en la
libertad, como eje central, así como en los juegos de apariencia, realidad,
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verosimilitud y mucho humor. Como Mainer resalta, Pombo ha dividido
su obra entre un ciclo de “falta de sustancia” y otro de “la religación”,
que le suena más filosófico que realidad. Mainer acoge su obra por
considerarla insólita en nuestra literatura, la de mayor alcance moral y
filosófico, obra que intenta “hacer legible lo ilegible” (285). En segundo
lugar, en “El orden patriarcal, el orden del mundo: motivos en la obra de
Juan José Millás” (2000), Mainer destaca la dimensión histórico-metafísica
de un autor marcado por el psicoanálisis y, en consecuencia, por una
escritura que indaga las figuras primigenias y, sobre todo, la familia, de
tanto peso en su escritura. Visión del ahogado (1977), texto que vuelve
a estas páginas, sabido es que para Mainer representa “quizás la más
reveladora del clima vital de la Transición española” (304). Por último se
incorpora un ensayo inédito: “Ignacio Martínez de Pisón: contando el fin
de los buenos tiempos”, donde Mainer se ocupa del notable interés del
autor por la enunciación femenina de la experiencia familiar, de la fuerza
de un escritor en la densidad del núcleo duro de su obra.
En su conjunto, este libro consigue lo que el autor apunta como
deseo en su prólogo: suscitar la imagen de múltiples relaciones donde
prima lo presencial, que “adquiere de forma espontánea la disposición
de la contigüidad o incluso de superposición” (9). Combate conceptos
inestables y personalizaciones abusivas provenientes de “la manía de la
simetría y de una concepción mecánica del tiempo histórico” (10). Además, como he apuntado con anterioridad, esta colección de trabajos de
autor permite apreciar sus intereses, sus vueltas y revueltas, en suma, el
taller de uno de nuestros más destacados historiadores literarios. Y en
este tiempo en el que centros de investigación y universidades configuran los denominados repositorios –archivos digitales–, que permitirán el
acceso a todos los trabajos de un crítico, queda todavía, como aquí, la
posibilidad de que el propio autor los seleccione y nos guíe para entender el fenómeno literario, aun cuando el editor pueda traicionar la expectativa lectora con un título que podría haberse definido más (“entender la
narrativa española”, por ejemplo, o “algunas tramas, libros, nombres”).
Sin embargo, es frecuente el recurso a similares títulos para despertar
la atención del curioso lector (pensemos en las muchas “Historias de la
novela española”, que lo son sólo de la castellana y peninsular), quien,
por cierto, encontrará en este libro un útil índice onomástico, referencias
bibliográficas comentadas y notas informativas al final de cada trabajo.
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