El globo perdido - Krismar Educación Moodle

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El globo perdido
Gladys era una niña muy bondadosa que vivía frente al mar. Su casa estaba en un
hermoso llano, lejos de los manglares. Por allí había otras viviendas, una iglesia y la
escuela a la cual asistían Gladys y su hermano Glen.
A menudo ellos traían libros para leer en la casa. Ambos preferían los temas de la jungla,
de cohetes y de los indios con sus petroglifos. También gustaban de los cuentos
españoles, ingleses y de otros países. Algunos libros traían glosarios que ellos usaban
con gran interés.
Un día los niños iban para la escuela, entre ellos Gloria, que llevaba un ramo de gladiolas
para la maestra. De pronto vieron algo así como una manta sobre las uvas playeras.
—Parece un iglú— dijo Gloria sonriendo.
—Yo creo que es un paracaídas— exclamó Glen. —Lo llevaré a la escuela para arreglarlo
y ver si funciona. Gladys, ¿quieres hacerme el favor de coger mis libros y mi regla? Voy
a alcanzar el paracaídas.
Glen se acercó al arbusto, haló la manta y exclamó:
—¡Es un globo! Llamen al conserje para que nos ayude a cargarlo hasta la glorieta de la
escuela.
Allí los esperaba la señorita Iglesias, maestra de ciencia. Entre todos, extendieron el
globo en el suelo.
—¿Dónde lo encontraron?— preguntó ella —Aquí tienen todo un equipo para estudiar la
atmósfera.
—Cayó en la playa, señorita. ¡Hoy es mi día glorioso!— exclamó Glen saltando
alegremente.
20 de Noviembre No. 68. San Salvador Tizatlali
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La maestra continuó hablando:
—Además del globo, hay un paracaídas y la cajita que contiene los instrumentos para
medir la temperatura y la humedad de la atmósfera. Ustedes saben que para elevar un
globo hay que llenarlo de un gas más liviano que el aire, por ejemplo el helio. El globo se
infla y se infla como un niñito glotón.
Entonces sigue subiendo por el aire hasta que explota. Enseguida el paracaídas se abre
y cae al suelo con los instrumentos. Miren, aquí está la cajita. Vamos a ver...
—¡Un momento! Esperen, por favor. Soy el señor Anglada, del Centro Meteorológico.
Perdonen que los interrumpa, pero debo leer los datos anotados por esos instrumentos.
El globo no se cayó por negligencia nuestra. Yo seguía la dirección en el radar y así pude
localizarlo.
— ¿Tiene usted que llevárselo, señor Anglada?— preguntó Glen temiendo perder su
tesoro.
— Sí, pero reconozco que ustedes nos han dado un gran servicio. Ahora les diré cómo
se toman los datos. Luego irán al Centro Meteorológico para explicarles, en forma global,
la labor que allí realizamos. Ustedes fijarán la fecha.
— Gracias, señor Anglada— expresó la señorita Iglesias. Esperamos visitarlo muy
pronto.
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