Novela posterior al 29 - Colegio Salesiano de Merida

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Colegio "Mº Auxiliadora" 2º BACH. Prof.ª Rosa Mª Delgado
Tema 10 Literatura
TEMA 10. LA NOVELA DESDE 1939
HASTA NUESTROS DÍAS
1. INTRODUCCIÓN
En 1940 comienza la postguerra española y con ella la era Franco. Son años difíciles, de pobreza
extrema y de falta de libertades en todos los órdenes de la vida. El aislamiento y la censura provocan una
tremenda ruptura en el mundo cultural español impidiendo, por un lado, la entrada de las innovaciones
de la literatura
europea y de la producción de los españoles en el exilio, y por otro, la expresión libre de los escritores
de dentro. Con el desarrollo económico de los años 50 y 60 la situación se hará menos difícil, pero no
será hasta la muerte de Franco, en 1975, cuando se recuperen las libertades plenas.
2. LA LITERATURA EN EL EXILIO
La prosa narrativa de los exiliados españoles alcanza una dimensión enorme, pues entre ellos
se encuentran algunos de los novelistas más importantes de toda la postguerra. No fue conocida
en España a su debido tiempo y solamente los más famosos (Sénder, Ayala, Aub...) pudieron
llegar, aunque tardíamente, a los lectores del interior. Reunirlos aquí en un apretadísimo resumen
acarrea muchos problemas a causa de la variedad de sus grupos generacionales y la diversidad
de sus planteamientos y tendencias narrativas, desde la coexistencia de formas tradicionales y
vanguardistas en sus comienzos antes de la guerra hasta su tratamiento de la inmediata historia
de España, interpretada desde la distancia del exilio.
Algunos de estos autores ya habían comenzado su obra antes de la Guerra Civil:
Ramón J. Sénder, Réquiem por un campesino español; Francisco Ayala, Muertes de perro; Max
Aub, Campo cerrado; Rosa Chacel, La sinrazón. Otros la iniciaron en el exilio: Manuel Andújar,
Historias de una historia, José Ramón Arana, El cura de Almuniacel.
3. LOS AÑOS 40
Como ya hemos dicho los primeros años de la postguerra se caracterizan por la represión, la
censura y el aislamiento. Se buscó uniformar el mundo de las ideas en favor del régimen creando
un clima de intolerancia intelectual que hizo muy difícil el despegue de la cultura después de la
Guerra Civil.
El mundo de la literatura también se resintió de esta situación. Hay que tener en cuenta que un
grupo muy importante de escritores optó por el exilio, dejando a los de dentro sin maestros ni
representantes de la tradición. La España oficial, además, alimentó esta ruptura con el pasado
inmediato impulsando la publicación de novelas irrelevantes y, sobre todo, de literatura
nacionalista muy mediocre; sirva como ejemplo la novela Raza de Jaime de Andrade
(pseudónimo del propio Franco).
La narrativa no oficialista abandona la línea deshumanizada anterior a la guerra, que en la
nueva situación resultaba inadecuada, y se interna por el camino del realismo. Este realismo de
postguerra hunde sus raíces en el decimonónico pero avanza en dos direcciones distintas: la del
tremendismo y la del realismo tradicional.
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Tremendismo es el nombre que recibe la corriente iniciada por C. J. Cela en 1942, año
de publicación de La familia de Pascual Duarte, (Pascual Duarte, un hombre condenado
a muerte, trata de justificar sus crímenes por la situación social en que vivió). Ese año se
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considera como el del renacer de la novela española.
El tremendismo se caracteriza por la gran fuerza expresiva con que se abordan los
temas de interés humano. Cela abrió una vía en la que se sucedían las pasiones desatadas
y los bajos instintos, aunque ya sin la calidad de la obra que inicia el ciclo.
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Nada de Carmen Laforet (Premio Nadal de 1945) es la aportación más importante de un
realismo, a la manera tradicional, que refleja la realidad social española con un estilo
desnudo y un tono de desesperada tristeza.
Las corrientes mantienen unas características comunes: el reflejo amargo de la vida cotidiana
y el enfoque existencial hacen que los temas preferidos sean la soledad, la inadaptación, la
muerte... Es sintomática la abundancia de personajes marginales y desarraigados, o desorientados
y angustiados. Todo ello revela el malestar del momento. Malestar que, en último término, es
social y que se trasluce en esas pinturas grises y sombrías. Sin embargo, como la censura hace
imposible la crítica y la denuncia, no podemos aún hablar de novela "social"; más que los testimonios
sobre la España de la época, lo que resulta característico de los años 40 es la trasposición del
malestar social a la esfera de lo personal, de lo existencial.
Otros autores que comienzan su andadura en la década de los 40: Delibes, La sombra del ciprés
es alargada; Torrente Ballester, Javier Marino.
4. LOS AÑOS 50
Hacia 1955 se sitúa el final de la postguerra propiamente dicha. Ese momento coincide con la
consolidación del nuevo régimen, tanto en el interior como en el exterior, lo que se traduce en
una mejora de la economía. Además, se produce un cierto relajamiento de la represión política
y de la censura, lo que aprovecharán algunos escritores para ser más audaces en sus obras.
En 1951 aparece La colmena de Cela (tres días en el Madrid de 1943, plasmando la realidad
social a través de más de trescientos personajes). Esta obra rompe con muchas de las ataduras del
realismo tradicional y es, para muchos críticos, la precursora, con su despiadada visión de la
sociedad madrileña, de la corriente de novela social que se inicia en esta década.
Una nueva generación comienza su andadura estos años, es la generación del 50 (I. Aldecoa,
R. Sánchez Ferlosio, C. Martín Gaite, A. Ma. Matute...). En ellos hay evidentes rasgos comunes.
Son autores comprometidos con la sociedad en la que viven, de la que no quieren ser meros
testigos, sino que se atreven con la denuncia del atraso material y de la injusticia social. Sin
embargo, no todos llevan hasta su extremo este compromiso, el distinto grado de adhesión
evidencia dos líneas diferentes: el neorrealismo y el realismo social.
A) El realismo crítico o neorrealismo considera que la literatura debe cumplir una función
social pero sin que ello vaya en menoscabo de la forma, de la coherencia artística y de la calidad
literaria. Autores que cultivan esta línea son: I. Aldecoa, El fulgor y la sangre (1954); J.
Fernández Santos, Los bravos (1954); R. Sánchez Ferlosio, El Jaram.a (1955); C. Martín Gaite,
Entre visillos (1957).
B) El realismo social, por el contrario, se lanza a reflejar la realidad con un afán de denuncia
de la injusticia, con una concepción instrumental de la literatura, incluso si eso supone una
merma de la calidad literaria. Cultivaron esta tendencia López Pacheco, Central eléctrica (1958)
y A. Grosso, La zanja (1961).
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No obstante, ambas tendencias utilizan técnicas y temáticas semejantes. Todos van a
reflejar en sus obras temas alejados del individualismo de la década anterior, su mayor interés
ahora se centra en la sociedad misma. Así, van a plasmar la dureza de la vida en todos los
ámbitos: urbanos y rurales, preferentemente centrados en el mundo del trabajador.
Las técnicas elegidas serán aquellas que sirvan de realce al contenido social de las
novelas:
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Lo importante es lo que se cuenta, así que el virtuosismo y el experimentalismo
quedan fuera de lugar.
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La sencillez, al menos aparente, es la guía de estos novelistas, por eso prefieren
la estructura lineal en sus narraciones.
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Muchas novelas tienden a la concentración temporal (toda la historia que se
cuenta en El Jarama de Sánchez Ferlosio ocurre en un día), lo que evidencia un
gran esfuerzo de construcción.
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El protagonista de las novelas suele ser un personaje colectivo, o bien un
personaje representativo, tomado como síntesis de una clase social. Ello enlaza
con un rasgo fundamental de esta corriente: el rechazo de la novela psicológica,
que se centraba en el análisis detenido de almas.
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Otras características derivadas del objetivismo apetecido son la desaparición del
narrador omnisciente y también del autor, pues su mirada se asemeja a la
cámara de una televisión.
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La forma de narrar preferida es el diálogo; muchas novelas son sólo eso, diálogo,
con el que el novelista recoge el habla viva, en un lenguaje cercano a la crónica:
desnudo, directo, sencillo y, en el caso del realismo social, empobrecido.
Otras tendencias que se cultivan en estos años van desde el realismo tradicional de
Torrente Ballester en su trilogía Los gozos y las sombras, a la inagotable imaginación de Álvaro
Cunqueiro, Merlín y familia (1957).
5. DESDE 1960 HASTA 1975
Contexto histórico
Los quince años que abarca este periodo suponen una de las épocas más fecundas en cambios
de la historia reciente de España, que culmina con la muerte de Franco en 1975 y el cambio de
régimen político.
Los años 60 suponen el fin definitivo del aislamiento y el resurgir de la economía. Estamos en
un punto de renacimiento, enterrada ya la postguerra y con una España más abierta en todos los
campos. Buena prueba de ello es la cada vez mayor flexibilización de la censura, que favorece
la superación del anquilosamiento cultural de épocas anteriores.
Literatura
A partir de 1960 comienzan a manifestarse signos de cansancio del realismo dominante en la
novela española, el mundo literario del momento desprecia a la generación anterior, rechazando
su descuido de estilo y su negación de la imaginación. Este cansancio se hace más evidente ante
las nuevas influencias que
llegan desde fuera, sobre todo por la irrupción de la narrativa hispanoamericana, que en esta
época vive su "boom".
Pero el verdadero revulsivo para las letras españolas fue la aparición en 1962 de un libro
renovador e innovador: Tiempo de silencio de Luis Martín Santos (cuenta la historia de Pedro,
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un joven investigador, frustrado por las dificultades que encuentra para llevar a cabo sus
investigaciones en medio de una sociedad a punto de derrumbarse). Con esta obra Martín Santos
demostró que se podía hacer novela de contenido social sin caer en el desaliño y desechando el
realismo objetivista para dar entrada a una desbordante imaginación que somete a la realidad a
una elaboración metafórica y simbólica.
Lo auténticamente renovador, lo más original es el enfoque, la forma, los recursos de los
que Martín Santos se valió para crear ese ambiente:
Elige un personaje individual.
Hace un tratamiento inadecuado de la realidad que refleja (por ejemplo, la descripción
de la chabola del Muecas con las mismas palabras que usaría para describir un palacio).
Usa un lenguaje barroco, culto e irónico para referirse a una realidad miserable.
Experimenta con la presentación de los diálogos, que aparecen de forma brusca, sin aclarar
quiénes son los interlocutores, sin marcas tipográficas. A veces, los hace con frases
truncadas, o bien presentando sólo las intervenciones de un interlocutor.
La consecuencia inmediata de la aparición de esta novela es el abandono definitivo de la
novela social y el auge, siquiera momentáneo, de la creación y la experimentación. Las
características esenciales de esa novela son el resultado de una suma de influencias, tanto de la
literatura en lengua extranjera (Faulkner, Joyce, Proust) como hispanoamericana (los autores del
"boom" de los 60), que ya aparecían en Tiempo de silencio.
Los autores de todas las generaciones se acercan a esta nueva tendencia de forma muy diversa.
En general aceptan la vía abierta aunque, tal vez, sin el entusiasmo de la, por estos años,
emergente generación del 68. Son obras como Cinco horas con Mario de Delibes (1966); La
saga/fuga de JB. de Torrente Ballester (1973); Últimas tardes con Teresa de J. Marsé (1966) o
Volverás a Región de J. Benet (1967).
Los excesos experimentalistas se produjeron entre los más jóvenes. Algunos títulos de sus
obras dan una idea de la "revolución" experimentalista: De vulgari Zyclon B manifestante de
Antonio F. Molina (1975).
6. DESDE 1975 HASTA 2008
Situación histórica
Con la muerte de Franco se abre la senda del cambio político en España. En lo que afecta al
mundo de la cultura hay que reseñar la definitiva desaparición de la censura. Acabada ésta, se
respira un ambiente de gran libertad que favorece la recuperación de las obras de los exiliados
y de las que habían estado prohibidas, una mayor difusión de la cultura extranjera en España y,
algo nuevo, de la cultura española en el mundo.
Literatura
En estos últimos años conviven cuatro generaciones de escritores: la generación del 36
(Torrente Ballester y Delibes), la generación del 50 (J. Marsé, C. Martín Gaite), la generación del
68 (J. Marías, E. Mendoza) y la emergente promoción de los 80 (A. Muñoz Molina, J.
Llamazares, A. Pérez Reverte...).
Tal confluencia de novelistas y la plena libertad de que al fin se goza favorecen el cultivo de
todas las tendencias literarias. Trataremos de señalar las más importantes.
Los primeros años de libertad presentan una auténtica invasión de libros políticos.
Son novelas con vocación documental que se explican por la imposibilidad que hubo durante
años de tratar temas de cariz político. Fue una tendencia que se agotó pronto, pero que dejó obras
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tan famosas como Autobiografía de Federico Sánchez de Jorge Semprún (1977).
Una manifestación clara de modernidad novelística es la metanovela que, a la vez, cuenta
una historia y el proceso seguido en la narración de la misma. Son obras como La orilla oscura
de J. Ma Merino (1985) y El desorden de tu nombre de J.J. Millás (1988).
La novela lírica centra al máximo su interés en el texto y en la calidad poética de cada página.
Rechazan la imitación de la realidad y están pobladas por personajes insondables, cercanos al
mito y al símbolo. Dos ejemplos de esta tendencia son Nada en domingo de Francisco Umbral
(1988) y La lluvia amarilla de Julio Llamazares (1988).
La novela histórica como tabulación imaginaria del pasado. Estas novelas realizan una
reconstrucción de la historia que permite proyectar el pasado sobre el presente. Sobre esta
tendencia influyó notablemente el éxito de Umberto Eco. Obras de esta tendencia son: Bélver
Yin de J. Perrero (1981) y Extramuros de J. Fernández Santos (1978)o El mozárabe de Jesús
Sánchez Adalid
La novela de intriga con esquemas policíacos aparece en la serie sobre el detective Carvalho
de M. Vázquez Montalbán. Una obra muy importante de esta tendencia es La verdad sobre el
caso Savolta de E. Mendoza (1975).
Las novelas generacionales son novelas que recogen los años del franquismo, las luchas
antifranquistas, la revolución del año 68, la transición o el posterior desengaño con la intención
de dar una visión panorámica de la reciente historia de España. Así, Las ninfas de F. Umbral
(1976) o Un día volveré J. Marsé (1982).
La novela realista actual presenta un realismo mucho más complejo y libre que el de épocas
pasadas. En él cabe de todo (hace uso de todas las nuevas técnicas) como demuestra, por
ejemplo, la obra de Delibes Los santos inocentes (1981), una obra realista con evidente intención
de denuncia y cargada de lirismo.
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