agosto de 2015 y en noviembre fue uno de los postu

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en diferentes guerras con los cachiqueles y los mam
durante los años anteriores, se vieron sometidos a un
modelo administrativo impuesto por la Corona española. Un modelo racista que excluía a los indígenas de
los ayuntamientos, dejándoles así la puerta abierta
para su autogobierno. Este modelo maya quiché de organización comunitaria a través de concejos de sabios
o ancianos siguió funcionando y en los siglos XVII y
XVIII, relata Ixchiú, se desplazaron en dos ocasiones a
Europa en barco, cargados de oro, y compraron los títulos de propiedad de su bosque. Unos títulos que se
preservan hasta el día de hoy y donde el bosque de
este municipio está inscrito a nombre comunal del
pueblo indígena de Totonicapán.
Una de las veces más significativas en que esta organización entró en contacto con la Corona española
fue entre 1811 y 1812. Atanasio Tzul, un líder comunitario al que habían llegado noticias de una nueva constitución en la que los indígenas ya no debían pagar
tributos a la Corona, se desplazó nuevamente a Europa,
a las Cortes de Cádiz, a denunciar que los intermediarios seguían requiriendo el pago de tributos.
«El rey les dice a los indígenas, encabezados por Atanasio Tzul, que se habían abolido los tributos. Pero
cuando regresan al país, los funcionarios de la Corona
dicen que se tiene que seguir pagando. Por eso, en el
monumento de Totonicapán, lo que tiene en la mano
izquierda Atanasio Tzul es un papel, y es la Constitución de Cádiz». En 1820, un año antes de la independencia de Centroamérica del dominio español, Tzul
encabezó un levantamiento indígena que logró apartar
al alcalde mayor y establecerle durante 29 días como
rey quiché. Un mes de gobierno independiente que
terminó con Tzul capturado, azotado y encarcelado.
Así, a pesar de la existencia previa de un modelo administrativo, Atanasio Tzul es considerado el primer
presidente de los 48 cantones de Totonicapán.
«Totonicapán era un bastión de resistencia a la colonización y entonces se le va aislando. Se le aísla, no
se le da educación y tampoco acceso a las armas y de
esa manera se le reduce a su mínima expresión», explica Pedro Ixchiú.
Justicia maya. «Yo soy el presidente 196», cuenta Geremías Álvarez Xalic, alcalde comunitario de la aldea
Barreneché y presidente durante 2016 de los 48 cantones de Totonicapán, quien nos atiende en la alcaldía
indígena al regreso del bosque. Geremías, de profesión
médico, fue elegido alcalde de esta comunidad en
agosto de 2015 y en noviembre fue uno de los postulantes a ocupar el puesto de presidente de la Junta Directiva de 48 cantones.
Aquella asamblea, celebrada en la casa comunal,
fue, como todos los años, en presencia de los 48 alcaldes salientes y los 48 entrantes. Geremías tuvo tres
minutos, bajo la luz de una bombilla verde, para convencer a los demás de que él era la mejor opción para
presidir la Junta. A día de hoy, aunque ha tenido que
dejar su trabajo en el centro médico de Santa Cruz del
Quiché para poder desempeñar el cargo, con el gran
esfuerzo económico que implica, afirma que asumir
el cargo implica un honor, «porque es historia. Es el
abuelo Atanasio Tzul, que usaba la sabiduría maya
para resolver los problemas».
Una de las principales atribuciones de los alcaldes
comunitarios es actuar como una suerte de juez de
paz. Se tratan, en general, de labores conciliatorias
ejercidas por todas las autoridades comunitarias del
altiplano del país. Debido a la falta de presencia del
Estado, el mal funcionamiento de la justicia oficial y
el fuerte sentimiento comunitario, los alcaldes indígenas muchas veces son llamados para resolver todo
tipo de conflictos a través de justicia maya, incluyendo
casos penales. Dentro de esta justicia ancestral se aplican tres castigos en función del tipo de delito: el consejo, que implica la exposición pública, el látigo y, por
último, el destierro. En el caso de Totonicapán, debido
a la influencia de los 48 cantones, se ha logrado que el
sistema oficial de justicia haya convalidado en varias
ocasiones los asuntos resueltos por alcaldes comunitarios.
Le pedimos al alcalde de esta aldea, este año presidente de los 48 cantones, fotografiar el título de propiedad, adquirido a un particular en 1882 y también
inscrito a nombre de la comunidad. El alcalde explica
que no es posible. Para tener acceso a las escrituras,
son necesarias cinco llaves, en posesión de él mismo,
otros tres cargos electos y el hombre más anciano de
la comunidad. Además, para sacar las escrituras del
cofre donde se encuentran resguardadas, deben estar
presentes quince ancianos. En el caso de las escrituras
del bosque de Totonicapán, guardadas en la casa comunal del municipio, es todavía más complicado. Estas se encuentran en una bóveda protegida día y noche, y para abrir el cofre es necesaria la presencia de
los 48 alcaldes comunitarios.
Al salir del despacho, cientos de habitantes de la aldea están llegando a una asamblea convocada por el
zazpika 3 5
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