Los días de heroína y `recortadas` de los 80 reviven en una

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24/5/2009
Domingo
mayo 2009
24
REVISIÓN DE LA CARA CALLEJERA DE LA TRANSICIÓN | LA HISTORIA
Los días de heroína y 'recortadas' de los 80 reviven en una
muestra
• Una exposición en el CCCB explora por fin la era quinqui como fenómeno social y pop
• Es un episodio maldito de la historia de España que tuvo al Vaquilla como símbolo
RAMÓN VENDRELL
BARCELONA
Juan José Moreno Cuenca, el
Vaquilla, a principios de los
años 80.
Ángel Fernández, 'el Torete',
sostiene un retrato de 'el
Vaquilla'. Foto: ALBERT
AYMAMÍ
MÁS INFORMACIÓN
La delincuencia juvenil de los años 70 y 80 fue explotada a conciencia
por la prensa sensacionalista y el cine popular, que convirtieron a sus
protagonistas en leyendas urbanas. Asimismo, mereció la
comprensión paternalista de una progresía con mala conciencia. Pero
apenas fue estudiada como fenómeno social y, a partir de cierto
momento, también pop. Y en cuanto pasó el episodio fue enterrado
en las profundidades de la memoria colectiva como si fuera un
bochornoso secreto de familia. La muestra Quinquis de los 80,
organizada por el CCCB y comisariada por Amanda Cuesta y Mery
Cuesta, ofrece a partir del martes un análisis global de esos días de
polígonos, heroína y escopetas recortadas.
El Lute, símbolo de la delincuencia de los 60. El Vaquilla, símbolo de
la delincuencia de los 70 y 80. El primero inició su carrera delictiva
como ladrón de gallinas. El segundo, como ladrón de coches. Mundo
rural y mundo urbano. Pero no era un mundo urbano cualquiera el
que parió al Vaquilla (Juan José Moreno Cuenca), el Jaro (José
Joaquín Sánchez Frutos), su lugarteniente el Guille (Guillermo Segura
Martín) y la tira de quinquis cuyos alias (el Fittipaldi, el Pepsicolo, el
Carica... ) causaban temblores allí donde sonaban.
El área metropolitana de Barcelona recibió casi 1.200.000 inmigrantes
del resto de España entre 1950 y 1970. En los 60, el Ministerio de
Vivienda empezó a construir polígonos en las grandes ciudades. Para
realojar a chabolistas y para absorber a nuevos inmigrantes.
Las películas sobre delincuencia
juvenil no solo reflejaron la realidad
marginal, sino que la mitificaron
GUETOS
En Barcelona y su cinturón se levantaron la Pau, el Besòs, la Mina,
FOTOGALERÍA: La cultura de los
Sant Cosme, el Polígono Canyelles. Concentración y aislamiento de la
quinquis
pobreza. Guetos. "Primero se hacían los edificios y años después
servicios como las escuelas", dice el psicólogo y educador Jaume
Funes, que en los 70 ejercía en Cornellà.
Se juntaron además dos crisis, según Carles Feixa, antropólogo especializado en culturas juveniles.
Una, económica. En 1975, España superó los 300.000 parados, cifra que creció año tras año hasta rozar
los tres millones en 1987. Y otra, política, al pasar de la dictadura a la democracia. "Hubo desajustes tanto
en las fuerzas represivas como en el uso de la libertad", dice Feixa. Muchos miembros de asociaciones de
vecinos y juventudes políticas que trabajaban a pie de calle ingresaron en partidos para las generales de
1977. Vacío de poder y de referentes.
Resume Funes su experiencia en Cornellà: "Uno de cada tres chavales estaba en peligro de ser
delincuente. Y no solo chicos de origen marginal, sino también hijos de obreros".
Un amigo íntimo de Ángel Fernández Franco, el Trompeta, rebautizado el Torete en Perros callejeros, dice
que en la Mina tenía la sensación de vivir en un "planeta olvidado". Barcelona quedaba muy lejos. "Se
puso de moda robar coches --sigue--. Como diversión. Cuando llegaba un coche robado al barrio era un
espectáculo. Íbamos todos a verlo hacer el loco". El buga se convirtió después en herramienta de trabajo.
EL FETICHE
"El coche fue el fetiche de la nueva delincuencia --analiza Funes--. Porque era el objeto de consumo mítico
del momento y porque suministraba adrenalina, era una salida a una situación de abulia vital".
Para, Feixa esa delincuencia juvenil de tinte nihilista nació de la misma sensación de no future que el
punk. "Inconscientemente era una forma de protesta", dice. El colega del Torete recuerda que hacia 1977
empezó a ver a jóvenes de la Mina a vomitar en la calle: "No sabía qué les pasaba". Había llegado la
heroína.
El caballo tuvo en España lo que los expertos en toxicomanías llaman un ciclo de consumo corto e intenso.
Llegó, mató y remitió. En 1991 la epidemia de la heroína alcanzó el pico de mortalidad con 1.700 víctimas
por sobredosis. El sida, que tenía en las jeringuillas compartidas su principal vía de contagio, se cobró
4.300 vidas en 1995. Fue en los 80 cuando los primeros muertos se engancharon y los segundos se
infectaron.
PÁNICO
"La heroína nos pilló en bragas --dice el comisario Juan Martínez, entonces agente del Grupo de Atracos de
la Brigada Criminal--. Los atracos de todo tipo se multiplicaron y endurecieron. Teníamos pánico a las
recortadas. Hacían un abanico de fuego tremendo. Años violentos".
También en las cárceles, donde menudeaban motines y fugas. "Los comunes se sentían agraviados por no
haberse beneficiado de las dos amnistías dadas a los políticos en la transición --dice Agustí Curto, jurista
de prisiones--. Las condiciones en la Modelo, con una superpoblación brutal, eran desastrosas. Las drogas
completaron el cóctel molotov".
¿Dónde están esos quinquis? Todos los célebres, muertos. Y casi todos los anónimos también.
PARTICIPACIÓN
HERRAMIENTAS
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