El Orco - Las Glosas Udunenses (extracto)

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EL ORCO
Las Glosas Ûdunenses
Thärilin de Enedwaith
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Título original: EL ORCO Las Glosas Ûdunenses
Thärilin de Enedwaith
Diseño de portada: Literanda
© Thärilin de Enedwaith 2014
© de la presente edición: Literanda, 2014
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“Dedicado a mis malos hábitos”
Thärilin de Enedwaith, 268 C.E.
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Una visita inesperada
Mi celda, amigo,1 era un agujero húmedo, sucio, repugnante,
con restos de gusanos y olor a fango. El suelo del inmundo agujero
estaba desnudo y arenoso, sin nada en que sentarse o que comer. Era
la prisión del puesto fronterizo de Lug Ûdun, en las Montañas de la
Ceniza, y eso significa incomodidad. Infinita incomodidad.
Estaba desesperado. Hacía ya días que había estrangulado a
mi único compañero de celda, en un ataque de ira, provocado por el
aburrimiento. Presa de la desmoralización, comencé a darme cabezazos contra las corrompidas rocas que me aprisionaban. Ni siquiera
el dolor fue capaz de mitigar mi ansiedad y mi furia. Aturdido, me
arrojé con rabia al suelo.
De repente, la puerta de la celda se abrió. El guardián me pateó
en el vientre varias veces, antes de facilitar el paso a alguien a quien
no esperaba ver. Enseguida comprendí que mi situación no podía ser
peor. Era Aathor, el cruel administrador de aquel puesto fronterizo.
Un numenóreano de rostro imperturbable cuya sola presencia hacía
tiritar al uruk2 más aguerrido. Aathor era la persona más poderosa en
1 Amigo: En oestron en el poema original “Uruk” de Cola de Ratón. Parece ser
que en lengua orca no existía la palabra amigo.
2 Uruk: Orco, trasgo. Combinado con la palabra “hai” (pueblo) se refiere a la
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muchas leguas a la redonda. Estaba directamente por debajo de los
más cercanos al Amo.
Cuando alguien poderoso pone los ojos sobre ti, puedes echarte
a temblar. Y si tú eres, amigo, uno de esos que piensa que por el mero
hecho de jugar bien tus drughaz3 puedes medrar en esta ratonera, sin
duda eres un ingenuo.
El humano hizo un gesto para que me levantara.
–Acompáñame –me ordenó.
Cruzamos la sala de torturas. Las paredes de aquella vasta
estancia rezumaban de deliciosa sangre roja, y me sorprendí al ver
los jirones de lo que hasta hace no mucho era un ser humano. Me excité. No era frecuente capturar humanos en Lug Ûdun. Los verdugos
estaban de suerte: ésta noche tendrían festín.
Sin dejar de caminar, Aathor comenzó a hablarme:
–Se te ve fuerte, Bagronk. Si participaras en las peleas, podrías
conseguir ciertos privilegios. ¿Cuánto tiempo hace que no pruebas
la carne humana?...
Malo es que el que manda pose los ojos en ti, pero infinitamente
peor es que te agasaje. Desde que me castigaron con este destino en
la peligrosa frontera norte, mi mente me había prevenido para que
me mantuviera alejado de la primera línea de combate. Discreción
era mi lema. Así que traté de conservar el anonimato y pasar desapercibido. Sin embargo, estaba claro que lo no había conseguido, y
que esta nueva situación requeriría nuevos planteamientos.
raza orca.
3 Drughaz: Piedra. Barbarismo proveniente del khuzdul, con raíz en la palabra
Duraz, utilizado profusamente en el dialecto orco hablado por los Bosquenegrinos.
Expresión utilizada también para denominar a un popular juego entre los orcos,
similar a los dados.
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Salimos de la prisión. Avanzamos por los tortuosos corredores
que horadan estas montañas. Al acercarnos a un almacén de armas,
el pasillo se vio inundado por humos, gritos y lamentos. Al llegar a
la espaciosa sala, dos púgiles más bien enclenques se esforzaban en
golpearse ante una muchedumbre enloquecida que prácticamente los
ignoraba. Las apuestas y el aguardiente de hígado habían avivado
entre el público reyertas mucho más violentas e interesantes que las
que el anodino combate ofrecía.
Sin meternos en el tumulto, llegamos hasta el palco. Era la
primera vez que me sentaba en aquel lugar. Desde allí contemplamos
en silencio el combate, hasta que debajo de nosotros estalló una de
esas trifulcas: un fornido orco arrancó el ojo izquierdo a un jovenzuelo de apenas diez años. Era agradable abandonar el cautiverio y
volver a la normalidad.
El combate terminó. Retiraron los restos del perdedor, y sin
más demora comenzó otra pelea. Con la vista fija en la lucha, Aathor
dijo:
–Tu encierro ha terminado… Tengo una misión para ti.
Asentí expectante.
–Mañana, al anochecer –añadió sin siquiera mirarme–, dirígete
a la Puerta Norte. Pregunta por el oficial de guardia. Te estará esperando. Deberás hacerte cargo de dos bukras4. Partiréis hacia el norte
de las Tierras Pardas, no lejos del Bosque Negro. Allí, desviaos al
este, y buscad un campamento dirigido por un semi-orco. Su nombre
es Drain… Debes contactar con él y ponerte a sus órdenes.
Su mirada seguía escrutando el combate.
–Hazlo bien, Bagronk… ¡No falles!
4 Bukra: Garra, también utilizado para dar nombre a una pequeña unidad militar. Una garra está formada por cinco orcos.
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Y ese fue el único momento en que clavó en mí su cruda mirada. Sin más, se dio la vuelta y se marchó.
Rodeado de todos los lameculos de Lug Ûdun, desde aquella
privilegiada posición, vi todos los combates. Incluso bajé a pelear
por un odre de licor, que conseguí sin excesivo esfuerzo. Una vez
exprimida la piel de la alimaña, allí mismo, aturdido, me recosté. Me
encontraba bien. Inusualmente bien.
Cuando desperté, las antorchas de la gran sala llevaban largo
rato apagadas. Me levanté malhumorado y dolorido. Después de dos
lunas encerrado, era muy posible que tuviera que hacer uso de la
fuerza para recobrar mis cosas. Como bien sabes, amigo, aquí, en
Lug Ûdun, es práctica común que si alguien se aleja por más de dos
noches de sus cosas, pierde todo derecho sobre ellas. Supongo que
será así en todos los rincones en que moramos, desde las Montañas
Grises hasta el Desierto del Sur.
Así que me encaminé hacia mi barracón para recuperar mis
pertenencias: una abollada rodela de hierro y. mi posesión más preciada: mi cimitarra de hoja ancha.
Al pasar junto a una de las pequeñas salas de vigilancia que se
repartían por todo el interior de la montaña, vi a un grupo de orcos
jugándose su soldada en una partida de drughaz. Pasé rápido, sin
prestarles atención.
–¡Bagronk! –gritó la voz ronca de uno de ellos–. ¿Eres Bagronk,
verdad?
Me detuve. Traté de identificar la voz, pero no la reconocí.
Lentamente me giré.
–¿Quién quiere saberlo?
Dos fornidos orcos se levantaron, abandonando la timba. Vinieron hacia mí. Yo los conocía: eran Haft y Ong. Haft, el más joven
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era alto y musculoso, aunque algo torpe. Ong, más orondo, era de
mediana edad, pero de mirada astuta.
–Aquí las preguntas las hacemos nosotros… ¡glob5!–me dijo
Haft.
Y lo certificó, acariciando la empuñadura de su arma con sus
sucias uñas negras. Volví a añorar mi cimitarra; di un paso atrás, y
me puse en posición de combate.
–¿Terco, el glob, eh? –añadió mientras desenfundaba suavemente su arma.
–Si eres Bagronk, será mejor que nos acompañes –dijo Ong–,
el Viejo quiere verte.
Estando desarmado, y al oír que mencionaba al Viejo, no tuve
más remedio que reprimir mis instintos y acceder, de mala gana, a
su demanda. Nos pusimos en marcha y, en menos tiempo del que se
tarda en contarlo, avistamos la galería que conducía a la madriguera
de Sharkû 6. En los tiempos en que él fue importante, yo trabajé para
él, cuando aquella miserable rata controlaba toda la chusma de las
grutas de la zona sur.
Dos noches antes de que me encarcelaran, el cerdo de Sharkû
me había fiado dos odres de licor de hígado, a cambio de unos favores. No le debió satisfacer la manera en que le pagué, pues me
exigió la devolución de los odres de aguardiente. Y créeme, amigo,
que mientras estuve en la celda, fueron varias las veces en que pensé
que ese viejo reptil no estaría demasiado contento conmigo.
Escoltado por mis nuevos camaradas, crucé la guarnición
hasta llegar al cubil del viejo, donde dos orcos armados guardaban
la entrada. Saludaron a mis acompañantes y me registraron de for5 Glob: Orco común, tonto.
6 Sharkû: Viejo
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ma brusca, aunque apresurada. Entramos en una amplia estancia, y
de entre un montón de inmundicias, asomó el húmedo hocico de
Sharkû. Su enorme y sebosa cabeza tardó una eternidad en aparecer
por completo.
–¡Bagronk! –dijo–, siempre has sido una diminuta cagada humana. Devuélveme lo mío, o serás una cagada humana aplastada por
el pie de un troll.
Mientras me hablaba, sacó a patadas, de entre las mugres, un
pequeño orco. Su olor me reveló que se trataba de una hembra en
celo.
–Venerable Sharkû –dije con toda la solemnidad que fui capaz
de fingir–, es comprensible tu indignación y te pido perdón. Me fue
imposible cumplir el compromiso que adquirí contigo, pero como
bien sabrás, tuve algunos problemas y me encerraron.
–¡Ya sé que te encerraron, pushdug7! Por si aún no te has enterado, yo sé todo lo que pasa en este piojoso fortín. Y no creas que
por pasearte bajo las faldas de Aathor te vas a librar de pagarme.
¿Dónde están los odres? ¡Los quiero ya! ¡Y con sus intereses de
demora!
Sentí el tremendo impacto de un garrotazo traicionero. Un dolor infinito galopó entre mi cerviz y mi oreja derecha. Caí al suelo.
Y vi a un infecto orco de las montañas del norte regodearse a mi
espalda blandiendo una porra tachuelada. No pude reprimir mi ira y
desde el suelo grité:
–¡Gordo apestoso!... Mueve tus sebosas papadas y dile a tus
esbirros que no se les ocurra volver a golpearme.
–¡Montañés! –chilló el Viejo–. ¡Aplasta a esa rata y que calle
para siempre!...
7 Pushdug: Asquerosos excrementos
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Aquel inútil me golpeó sin mucha contundencia en otras dos
ocasiones, pero la tercera falló. Conseguí agarrarle de su gaznate y
comencé a apretar. Mantuve mi presa hasta que, inconsciente, se derrumbó. Me hice con su arma y retrocedí hasta proteger mi espalda
contra la pared. Media docena de rufianes irrumpieron en la habitación y avanzaron hacia mí con sus espadas desenvainadas.
–¡Sharkû! –dije blandiendo frenéticamente la porra–. ¡Puede
que haya otra manera de arreglar esto! Te daré cinco odres del mejor
licor de hígado que has probado en tu vida.
–¿Cinco? ––preguntó el Viejo recobrando la compostura–.
¡Que sean diez!
–… ¿Mmmmm?... ¿Siete?...
–¡Skai!8... ¿Pretendes reírte de mí?... ¡Acabad con él!…
–Ocho me parece una cifra razonable –grité mientras a duras
penas podía defenderme de mis atacantes.
–¡No lo matéis aún! –dijo sonriendo sarcásticamente–. ¿Y
cuándo me los entregarías?
Aunque estaba claro que aquel rufián conocía todo lo que ocurría entre la tropa de la guarnición, era muy difícil que los asuntos que
conciernen a los Amos llegasen tan pronto a los oídos de sus espías.
Lo más probable era que no tuviese ni idea de que esa misma noche
yo partía en una misión que me alejaría de allí durante muchas lunas.
Así que decidí jugársela de nuevo.
–¿Te parece bien que te los entregue pasada la medianoche? –
faroleé–. Y en prueba de mi buena voluntad, te daré no sólo los ocho
acordados, sino los diez que me pedías. Es lo menos que puedo hacer
por recuperar tu confianza.
8 Skai: Interjección de desprecio
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–Aceptaré gustosamente diez –respondió–. Pero ¿no te resultará muy complicado reunir tanto licor para la medianoche?
–Tú no te preocupes, Gran Sharku –dije de manera ceremoniosa–. Pasada la medianoche mi deuda estará saldada.
–Bien. Espero que no vuelvas a fallar.
Y volvió a soltarme su largo y aburrido discurso que siempre
terminaba con la promesa de matarme si volvía a tratar de engañarle.
Todo el mundo sabe que un muerto nunca paga sus deudas,
pero aquel viejo avaro había estado a punto de acabar conmigo.
Masajeándome el cogote, abandoné la deliciosa insalubridad de la
estancia, y me dirigí a mi barracón. Cuando llegué, pude comprobar
que no me había equivocado al suponer que mis cosas habían desaparecido. En una esquina de la cueva un trasgo escuálido dormía la
borrachera. De una patada lo desperté.
–¡Piojoso! ¿Quién está ocupando este jergón? –dije señalando
mi encame.
–¿A mí qué me preguntas? –farfulló–. Yo sólo me ocupo de lo
mío.
Me giré. Simulé marcharme y cuando se descuidó le clavé mi
calloso talón en la boca. Sentí como le arrancaba varios dientes.
Gimiendo, dijo al instante:
–… ¡Potroso!... Potroso tiene tus cosas.
–Me parecía que no me habías entendido –le agité–. ¿Dónde
está ahora ese malnacido? ¿Dónde?
–Estará con los demás matando ratas en el vertedero –dijo entre escupitajos de negra sangre.
–Bien. Has salvado el resto de tu dentadura –dije–. Otra cosa
que no te resultará difícil responderme: ¿Dónde puedo conseguir algún odre de licor?
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–¿Conoces a Sharkû? –respondió atemorizado
–¡Déjalo!
Volví a girarme. Estuve a punto de volver a darle otra patada
con el talón, sólo por divertirme, pero tenía prisa. Salí de la estancia,
y cuando estaba lejos le oí chillar y maldecirme. Sonreí.
El vertedero estaba un tanto apartado, así que apreté el paso
para llegar cuanto antes. Cualquier lugar de Lug Ûdun es una corrupta cloaca, pero el llamado vertedero provoca náuseas, incluso en los
orcos más marranos. Aquella ciénaga sulfurosa engullía lentamente
las infinitas inmundicias que eran despreciadas –incomprensiblemente– por una raza nacida de la mugre. El olor allí era tan espeso
que incluso dificultaba la respiración de los roedores. A pesar de ello
era habitual ver grupos de orcos cazando las alimañas que habitaban
aquel corrupto lodo, mientras –ebrios– apostaban sus raquíticas pertenencias.
Vi dos grupos. En uno de ellos destacaba un orco de formidable
estatura. Me acerqué. Del cinturón del gran orco asomaba una empuñadura, en forma de garra de dragón, exactamente igual a la de mi
cimitarra. El sujeto contaba torpemente un montón de ratas muertas,
que se apilaban a sus pies.
–¡Nueve ratas y una comadreja! ¡He ganado! ¡El odre es mío!
Llegué hasta él, y con aire distraído, admiré la cuantía de sus
presas. Le lancé un potente cabezazo y sentí su nariz quebrarse. Aturdido, cayó hacia atrás; pero antes de que se desplomara por completo, recuperé mi cimitarra y, de un certero tajo le separé la cabeza
del cuerpo. Su cadáver se derrumbó inerte. Los demás se quedaron
paralizados, y blandiendo mi arma, les dije:
–Esta basura uruk me robó… ¡Esta cimitarra es mía! ¡Y ahora
sus ratas también! ¿Alguien está disconforme?...
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Nadie habló. Cogí el odre de licor y, sin darles la espalda, me
marché. Se quedaron inmóviles. Las cosas estaban saliendo bien:
había salido de la celda, me había librado de Sharku, y había recuperado mis cosas. Normalmente no suelen salir todo tan bien, así que
me sentí satisfecho.
Me adentré de nuevo en las galerías de Lug Ûdun durante un
buen rato. Luego me detuve para examinar la espada. Me di cuenta
de que era un poquito más larga de lo que yo recordaba y de que
el color del metal tenía otro tono. Por otro lado la empuñadura en
forma de garra de dragón es la más extendida en la Frontera Norte.
Fuera mi espada o no –que no lo era– me la ajusté en el cinturón. Sea
como fuere, una cosa estaba clara: ahora ésta era mi espada.
A pesar de los muchos problemas que presenta la vida en Lug
Ûdun, matar a alguien sin motivo no era uno de ellos. No porque no
estuviese castigado, sino porque en la práctica nunca se denunciaba.
Y no se hacía, porque nadie tenía ningún vínculo con nadie. Ni siquiera las madres sentían nada por sus cachorros. Así que en aquellos
momentos, los compañeros del fiambre, en lugar de pensar en vengarle, le estarían despojando de todas sus pertenencias.
Fue entonces cuando me di cuenta de que alguien me seguía.
La tarde llegaba a su fin, tenía que acudir a mi cita, pero antes de
irme decidí atar bien todos los cabos. Comencé a caminar deprisa.
Despisté a mi perseguidor y en un recodo me escondí. No tardó en
aparecer con actitud desorientada. Era apenas un muchacho. Con
sigilo me coloqué detrás de él y le aprisioné el pescuezo con mi
arma. Luego le di una paliza. Antes de que quedara inconsciente, le
interrogué:
–¿Por qué me persigues, trasgo?
–Sharkû quiere asegurarse de que pagas tu deuda. Y te arrancará el pellejo por lo que me has hecho, dug9.
9 Dug: Porquería
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Lo arrastré hasta unas dependencias, lo até y amordacé.
–Dile al viejo seboso que el único pellejo mío que va a tener, es
éste –dije, mientras me agarraba mis partes.
Le arrojé un odre vacío de licor, y de un patadón en la cabeza le
dejé sin sentido. Me largué de allí a paso rápido. Era probable que, a
estas alturas, el viejo se hubiera enterado de mi partida.
Cuando yo llegaba al puesto de guardia de la Puerta Norte,
hacía rato ya que el hediondo sol había desaparecido. No me hizo
falta preguntar por el oficial al mando, pues me estaba esperando.
–¿Bagronk? –interrogó con voz aguardentosa.
Asentí.
– ¡Sígueme, uruk!
Entramos en la gruta principal. En aquél momento, se estaba
llevando a cabo el cambio de guardia y las galerías bullían de actividad. Me condujo a un almacén, en el que siete orcos se hallaban
sentados sobre unos barriles de sebo, escuchando las palabras acaloradas de otro, que permanecía de pie, de espaldas a mí.
–… y en el vertedero, aquel hijo de perra, delante de nosotros,
le rebanó la cabeza de manera traicionera después de arrebatarle
el arma… porque el tal Drogho era un malnacido, que yo apenas
conocía… que de haber sido alguien de mi clan, os juro que como
me llamo Potroso, que a ese uruk traidor le arranco el prepucio a
mordiscos.
Esto empezaba bien. Acababa de llegar y ya estaban hablando
de mí. Y no negaré que fue toda una sorpresa averiguar que no había
sido a Potroso a quien yo había decapitado aquella mañana en el
vertedero. Me regodeé al imaginar la cara que pondría aquel estúpido al darse la vuelta y verme. Pero no pudo ser, porque repentinamente el aire en la estancia se enrareció, provocándome un profundo
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desasosiego, como si un halo de perniciosa luz hubiera contaminado
hasta el último de sus rincones.
Sobresaltado me giré, y vi que entraba un ser siniestro de aspecto feroz, con la cabeza rapada y toda la piel adornada con oscuras
runas. Vestía una túnica negra y caminaba descalza, contoneándose
como una ramera del sur. Su presencia era tan repulsiva como sus
pálidos pies, que mancillaban hasta el suelo que pisaban. Sin duda
era Caleriën, la cachorra fiel de Aathor el todopoderoso numenóreano.
Como bien sabes, amigo, en Lug Ûdun no es del todo extraño
que individuos de otros pueblos cohabiten con nosotros, al servicio
del Amo. Numenóreanos, trolls, variags, sureños, e incluso piratas
de Umbar10, suelen ocupar algunos de los puestos más destacados
tanto en el ejército, como en la administración. Pero los elfos, hasta
la llegada de la Dama de las Tinieblas, sólo habían estado en País
Negro abiertos en canal, empalados, a fuego lento y con una manzana en la boca.
Allí estaba ella. La elfa de la que todo el mundo hablaba. Su
mirada me heló los huesos, aunque inexplicablemente vi en sus ojos
un brillo que me cautivó. Alzó la voz y todos los presentes nos sobrecogimos.
–¡A ver! ¡Basura! ¡Poneos en formación!
Y, con desprecio, fulminó con la mirada al orco más cercano.
Adoptamos entonces una formación impecable.
–¿Quién es Bagronk?
Di un paso al frente y se acercó hacia mí. La miré fijamente a
sus inexpresivos ojos. En aquel momento, amigo, me di cuenta de
10 Umbar: Secarral. Aunque hay quien sostiene que el origen de esta palabra es
desconocido, para Thärilin de Enedwaith se trata de uno de los pocos barbarismos
procedentes de la Lengua Negra que se introdujeron en el léxico del oestron.
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que, por encima de mi aversión a los enanos, está el odio que me
producen los elfos. Y si hay algo que aborrezco más que un elfo, es
una elfa. No importa cuál sea su origen, aspecto, u olor. Pero sucedió
entonces que, de forma antinatural, aquella hipnótica bruja me subyugó, y –como presa de algún arcano conjuro– no pude evitar caer
rendido a sus encantos. Pensé que eran figuraciones mías y traté de
resistirme a su presencia, pero creo que eso aún fue peor.
–A partir de ahora estás al frente de la decimotercera compañía,
vigésimo-segunda garra –dijo con autoridad–. Saldrás ahora mismo
hacia el norte de las Tierras Pardas, por el sendero habitual. Una
vez que dejes atrás las Colinas del Espanto11, dirígete al este por
el camino del Mar del Sol Naciente12. Busca el campamento de un
semi-orco llamado Drain, y ponte a sus órdenes. Allí le entregarás
esto.
De un pliegue de entre su gruesa túnica, extrajo un pergamino
lacrado y me lo entregó.
–En otras épocas mejores para ti, serviste de correo. Así que ya
sabes lo que hay que hacer. ¿Alguna pregunta, basura orca?
La miré fijamente, pero no dije nada. Ella señaló con el dedo al
único soldado que yo conocía de todo el grupo, un enorme uruk que
respondía al nombre de Skash.
–¡Tú! ¡El más grande! –dijo–. ¡Coge ese saco! Ahí hay provisiones para varios días.
Llamó al jefe de la guardia.
–Pertréchalos a su gusto pero no te excedas, pues puede que no
vuelvan.
11 Colinas del Espanto: Emyn Muil, en Sindarin.
12 Mar del Sol Naciente: Mar de Rhûn, en Quenya.
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La Dama de las Tinieblas dio media vuelta y, con un contoneo,
se desvaneció en la oscuridad. Kjaftur13, el capitán de guardia, nos
condujo a la sala de armas. Era una nave de considerable tamaño,
excavada en la piedra. De sus paredes pendían centenares de rodelas
y escudos de combate. Unas desvencijadas estructuras de madera,
que formaban pasillos, sostenían lanzas, espadas, porras, cuchillos
y alfanjes. En el centro de la sala, sin ningún orden se encontraban
apilados petos, yelmos, brazales y grebas, de diferentes tamaños. Si
se buscaba bien entre tanto desecho, se podían encontrar algunas
piezas de estupenda factura. Así que quien encontró algún pertrecho
o arma mejor que el que poseía, aprovechó para cambiarlo.
Skash cogió dos lanzas pesadas y cambió su ajado peto de
cuero por una cota de malla en bastante buen estado. Era un orco
gigantesco, al que yo conocía porque solía participar en las peleas
organizadas, donde sabía sacar rentabilidad a su enorme corpachón.
Nunca me disgustó su presencia y nos guardábamos respeto mutuo,
que entre los nuestros, amigo, es lo más parecido a eso que los demás
pueblos llaman amistad.
Cuando estuvimos preparados, Kjaftur nos acompañó hasta la
Puerta Norte, ordenó que la abrieran y –como es costumbre–, sin
decir una palabra, se marchó. Todo el grupo, expectante, se quedó
mirándome.
–Repartámonos el peso de las provisiones –dije con autoridad.
Skash volcó el saco en el suelo. Cada uno cogió una parte. Me
acerqué a Potroso, y vi que me reconocía. En voz alta, para que todos
pudieran oírme, exclamé:
–¿Tienes algo en contra de los orcos hijos de perra que decapitan a otros orcos hijos de perra, para recuperar lo suyo?
–De momento, no –dijo altivo.
13 Kjaftur: Grito
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–¡Bien! Será como quieras que sea… ¡Venga todos! ¡En marcha! ¡Tenemos que encontrar esas asquerosas colinas y a ese apestoso semi-orco!
Y así, la noche del equinoccio de primavera, nos desvanecimos
en la oscuridad de las frías estepas. Y aunque es un mal augurio emprender un viaje en tal fecha, caminamos ligeros y cubrimos un buen
trecho sin contratiempos. Y hubiéramos avanzado más, de no ser por
un maldito orco, viejo y fulero. Vicario Sueldacostillas, que así se
llamaba aquel necio, no hizo más que crear problemas, entablando
trifulcas sin sentido con los demás miembros de la bukra. Y no tuve
más remedio que dejarle claro quién estaba al mando. No era difícil
adivinar que aquel orco marrullero iba a ser un problema añadido en
nuestro viaje.
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